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Be coming home

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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Vie Jul 22, 2011 5:40 pm

Me retiré el sudor de la frente con el guante de curo y miré al frente, ya se veían las marismas de Zakesh, las pantanosas aguas del lugar y su tierra negra como el hollín. Llevaba caminando unas cuantas horas por el desierto de piedras que había tenido que cruzar antes de lograr verlas ya más cerca. Era curioso como yo mismo me metía en la boca del lobo, en la carta ponía que Bruzio había sido tomada por templarios imperiales, soldados recios como el del barco y capaces de todo por tener mi cabeza en una bandeja de plata, era para preguntarse si realmente no estaba en mis cabales, pero al menos si liberaba a Eler de su castigo de ultratumba me libraría a mí mismo de los malditos sueños y las cosas extrañas, valía la pena. Pateé una piedra en el camino y escuché como caía al agua, había llegado. Alcé la vista y en efecto, delante de mí ya tenía la tierra de la desolación, extendiéndose de manera basta hasta los confines del horizonte tanto en ancho como en largo. El olor a agua de mar proveniente de la tierra inundaba mis fosas nasales mientras que la vista del lugar me recordaba viejos tiempos. Sabía que tenía que ir con cuidado por esas tierras, pues bien podía caer en cualquier foso de arenas o algo peor.

Di un nuevo sus piro al aire mirando al cielo y recordando a Chloé y rápidamente negué con la cabeza para luego acercarme a un árbol seco y deshojado que había, muerto hace tiempo, y arrancarle una rama larga y gruesa, lo suficiente como para servirme de bastón a la hora de ponerlo por delante de mí y así poder palpar el terreno. Ahora empezaba la auténtica aventura, caminar por un lugar infesto de no-muertos, imperiales, antropomorfos y, en menor medida, patrullas de Zakeshianos que bien podían coserme a ballestazos antes de preguntarme si era amigo o enemigo. Di un primer paso por el terreno y comencé poco a poco el camino, palpando con el improvisado bastón la arena. Mientras tanto me puse a pensar en las historias que había escuchado en el barco sobre las criaturas de las marismas, hablaban de monstruos de piel azul y ojos saltones. Con branquias en lugar de nariz y espaldas recuvadas, los tomaba por tonterías, historias de los marineros para asustar a la gente de tierra, pero por desgracia no fueron tan mentira. Clavé el palo en tierra y este se hundió un poco, lo suficiente como para hacerme encorvarme. La arena burbujeó y rápidamente solté el palo, justo a tiempo para evitar un arpón furtivo surgido aparentemente de la nada. ¿Qué demonios era aquello? – Pencereboh! – dijo una voz mientras el arpón terminaba de salir del agua y detrás de él salía un hombre azul, algo más bajito que yo y de rodillas curvadas al igual que su espalda. Sus ojos saltones y extremadamente húmedos parecían no ser humanos, y la boca de morena con cuatro filas de dientes definitivamente no era de un ser humano - penceroboh terbunuh! – dijo con su voz medio rota, como si hiciera gárgaras en todo momento. Sin apenas tener tiempo para nada más que evadirlo de milagro él ser se lanzó a por mí arpón por delante.

Me apoyé solo sobre el pie izquierdo evitando así el pincho y rápidamente saqué una de las dagas hundiéndola en su cráneo por detrás haciéndolo caer de boca al suelo, muerto. Lo volteé de una patada para ver que era, pero nada, no me sonaba haber visto nada así, y lo peor es que era exactamente igual que lo que describían los marineros, con lo cual puede que no fueran solo mentiras y patrañas para asustarme. Pateé un par de veces más el cuerpo y me agaché para rajar su cuello y matarlo por segunda vez, tomando luego su arma como sustituta de mi bastón improvisado que me había hecho perder. Me puse en pie para seguir, pero dos más de esos seres estaban por delante – No… me… jodas… - dije lentamente, retrocediendo mientras uno se lanzaba a por mí. Desvié su tridente con el arpón y salté hacia atrás para ganar terreno en el combate - ¿Qué cojones sois? – pregunté mientras ponía el arma de tal manera que podría bloquear un primer ataque de los enemigos. Obviamente no recibí respuesta, al menos no en un idioma tangible para mí. - Hentikan penceroboh! – gritó el que todavía no se había movido, saltando en ese momento por encima de mi cabeza con sus ancas, porque eso no eran piernas, y quedando detrás de mí, dejándome rodeado.


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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Vie Jul 22, 2011 7:24 pm

Only for fight:
Miré atrás y vi al bichejo raro ese que había saltado a mis espaldas. Por la parte de adelante igual. Estaba rodeado, no parecían enemigos precisamente torpes ni poco diestros en el combate con sus armas, más bien me había impresionado que hubieran sido capaces de bloquear un golpe tan rápido. Cerré los ojos para centrarme solo en el sonido de la arena al desplazarse bajo sus pies y me agaché al tiempo que un primer golpe de tridente venía a por mí, abriendo los ojos para ver a mi enemigo a la espalda, corriendo con mientras daba un grito en su extraña lengua. Sonreí de medio lado y esperé a tenerlo los suficientemente cerca como para dar una patada en su estómago, cosa que lo hizo soltar el arma que por poco no acaba conmigo, llevándose las manos al estómago. Desde esa misma postura me impulsé con el otro pie para dar una voltereta en el aire y evadir en parte en otro golpe del que tenía delante, aunque no del todo, llevándome un corte bastante amplio en el pecho, aunque no era profundo escocía mucho, demasiado como para poder aguantarlo demasiado. Resoplé al caer al suelo y miré a ambos objetivos, uno recuperándose del golpe, y otro cargando hacia mí. - ¡Mierda! – maldije en alto mi suerte y cuando el que tenía de frente me cargo en un ataque frontal logré bloquear con el hasta de mi arpón su golpe y dar una brutal patada en su pierna izquierda para tumbarlo retorciéndose del dolor por la pierna rota. Con toda la rapidez que pude me giré arpón en mano describiendo un arco que me abría camino en el aire y con el que logré herir al ser de piel cerúlea a la altura del estómago, haciéndolo retroceder así lo suficiente como para descansar un poco. Miré su pecho y vi como la sangre que vomitaba era de un color azul como su piel, una cosa muy extraña, me giré para ver mi arpón y observé ese mismo líquido azul goteando desde ahí, sonreí y lancé un golpe directo hacia su pulmón, si es que tenía, derecho con el arma robada, sacando la daga zurda lista para hincarse en la cabeza del engendro cuando esquivase la lanza. Tal y como había planeado el bicho esquivó hacia la izquierda y fue directo a la hoja de la daga, que quedaba oculta por mi mano hasta el momento en que fue demasiado tarde y recibió un golpe mortal en plena frente, entre los ojos. Sonreí y saqué la daga, con aires de superioridad por el enemigo perdido. Sentándome a respirar unos segundos, no demasiado hasta que escuché de nuevo aquel tipo de voces, esta vez cuatro al mismo tiempo -¡Joder, joder, joder! – grité mientras me levantaba. Desde luego no iba a quedar a luchar allí contra cuatro más de esos, además, siguiendo la lógica si de uno habían salido dos y de dos cuatro de cuatro saldrían ocho.

Con toda la velocidad que me permitía mi cuerpo lancé el arpó contra uno de ellos a modo de distracción y salí corriendo como alma que lleva el diablo y sin girarme, escuchando los arpones clavarse cerca de mí y como aquellos monstruos clamaban mi sangre con gritos y gorgojos. Iba saltando los obstáculos que me encontraba como los troncos de árboles muertos, fosas entre dos montones de arena o charcos que posiblemente fueran arenas movedizas, maldiciendo en todo momento el haberme metido en aquel lugar en el que cada vez me internaba más. Vi entonces una cueva a lo lejos, unos doscientos o trescientos metros. Sentía pinchazos en el pecho con cada paso, pero no me quedaba otra, debía intentarlo o jamás podría alcanzar la fortaleza de Bruzio si parecía en aquel desierto de agua salada y peces mutantes. Hice un último esfuerzo y me olvidé de todo menos de endurecer mis piernas más para correr más rápido, notando la sangre bombear en los gemelos y hacerlos parecer rocas durante la carrera. Los metros que me separaban de la caverna se hicieron eternos, era como si por más que corriese hacia la gruta esta se alejase de mí. Finalmente llegué en apenas dos minutos, lanzándome a la oscuridad del lugar jadeando como un perro y agotado. Miré a la entrada de la cueva y no vi nada, no me habían seguido o al menos no por ahora. Dejé que mi cabeza golpeara el suelo al caer hacia atrás para tumbarme y me quedé mirando el techo de la cueva un rato, mirando solo la oscuridad de la piedra cubierta del sol y notando como el sudor de mi frente se enfriaba sobre la piel y la ropa, secándose y humedeciendo todavía más mi piel. Agotado, simplemente, agotado. Con mis últimas fuerzas me puse en pié y me dejé caer sobre al final de la cueva, detrás de una gran roca que había y que podía usar para cubrirme de las miradas indiscretas. Jadeando del agotamiento saqué una de las cantimploras de agua y me lavé la herida del pecho con abundante agua poniéndome luego una venda con mi propia capa para que no se ensuciara durante la noche, lo último que necesitaba era una herida infectada en el pecho. Di un trago largo de agua para que la boca se me humedeciera un poco y con lo que había restado de mi capa me sequé el sudor para luego sacar la manta negra como la noche y cubrirme con ella completamente, pasaría calor durante las horas que quedaban de sol, pero por la noche lo agradecería, además, así era todavía menos visible, pareciendo incluso la propia sombra de la roca donde me cobijaba. Allí, en mitad de la nada y agazapado como un perro bajo una manta fue donde comencé a caer dormido, usando la mochila a modo de almohada y sin tan siquiera retirarme la capucha.


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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Vie Jul 22, 2011 11:04 pm

No es que tardarse demasiado en conciliar el sueño con aquel agotamiento extremo y el dolor de músculos que sentía ahora. Al quedarme dormido noté como si una parte de mi flotase lejos de la cueva para dejarse arrastrar por el viento hasta la fortaleza, que esta vez vi desde arriba. Ondeaban banderas con la cruz roja sobre el fondo blanco, el símbolo distintivo de los caballeros templarios del ejército imperial. Era impresionante como la ciudadela que un día perteneció a los asesinos ahora estaba decorada con las banderas imperiales, los estandartes en las almenas y los ballesteros en estas, con las arbalestas listas y cargadas para un primer y único disparo contra los intrusos. Bajé hasta el suelo y allí recuperé mi forma carnal, al menos eso creía.

Palpé mis manos y me atravesé a mí mismo - ¿Qué demonios soy? – dije asustado mientras retrocedía. Aunque no demasiado, pues pronto choqué contra algo sólido. Me giré y de nuevo estaba allí, Eler con su ropa blanca característica igual a la que yo llevaba en la realidad, porque en el sueño volvía a vestir como los Hunters – Ayúdame a liberarme, Loki… - de nuevo aquellas cadenas que arrastraba desde sus pies hasta el suelo e igual en sus manos. Su cara ya no tenía un aspecto ni mucho menos joven, había envejecido y ahora tenía una barba rojiza que le cubría la garganta. Sencillamente la palabra “miedo” se quedaría corta para lo que sentí en ese preciso instante. Di un paso hacia atrás para evitarlo pero tropecé – Ayúdame, Loki. – se acercó a mí y tocó mi frente con una mano flaca y que se veía incapaz de sostener nada. Cerré los ojos y para cuando los volví a abrir ya no estaba en la entrada de la ciudadela, sino tirado en una sala oscura cerrada por barrotes. No podía mover el cuerpo, lo tenía como… congelado, sí, esa era la palabra. Los goznes de la puerta giraron chirriando y seis hombres con armadura entraron. Dos llevaban alabardas, otros dos la espada de la orden templaria en la mano, apuntándome con ella, y los otros dos se limitaron a arrastrarme con las rodillas por el lugar, cargándome de los brazos hacia no sé dónde.

Recuerdo que pasamos por varias salas de la fortaleza, entre ellas la sala de torturas y la de entrenamiento, que estaban una al lado de la otra para “motivar” a los novatos. La fricción contra el suelo calentaba mis rodillas y mis espinillas, cubiertas todavía por la ropa de “hunter”. Muchos de los soldados reían a mi paso, deteniendo sus quehaceres solo para humillarme lanzando algo a mi paso o simplemente pincharme con la punta de sus armas pero yo… no alcanzaba a sentir nada, solo un dolor punzante en el pecho que anulaba a los demás. Finalmente cruzamos el pasillo de los condenados, por donde antaño desfilaban los traidores o los demasiado torpes para llegar a la parte trasera de la ciudadela, un enorme balcón abierto con cinco tablas de madera sobresalientes durante más de dos metros de la roca construida. Debajo de estos nada, solo el frío suelo de la montaña que escondía Bruzio de los ojos indiscretos. Una preciosa vista de las montañas a izquierda. Hacia el frente una montaña de cumbres heladas con nieve perpetua, la cumbre de la montaña donde estaba ubicado el lugar.

Miré al frente cuando me incorporaron y vi a un “viejo amigo”, Petruccio, el comandante de uno de los escuadrones que más hombres había perdido en intentos de atacar a la fortaleza. Me miró con asco y ordenó a los guardias que me soltaran, como si supiera que de algún modo yo no iba a poder librarme, y así fue, solo era capaz de mirar al hombre que tenía delante, con aquella cabellera hasta las orejas, los rasgos finos y delicados de un elfo pese a que era en su totalidad humano. Vestido con la armadura de los caballeros de alto rango y con un estoque en la pierna derecha. Se puso detrás de mí y me empujó hasta que ambos estuvimos sobre la tercera tabla empezando por la izquierda, tal y como los colmillos, el segundo diente desde una de las paletas. Puso la mano en mi capucha y me destapó la cabeza dejando ver mi rostro joven y algo pálido con el pelo rojo como el fuego tapando un poco los ojos. A mi cuello noté una soga de áspera cuerda que poco a poco se fue ciñendo a este hasta que no podía escapar del material. Entonces puso ambas manos en mis hombros y se acercó a mi oído para preguntarme algo sin mucho sentido: -¿Qué ves abajo, Colmillo Izquierdo? – miré hacia el fondo del desfiladero respirando agitadamente, sabiendo que ya estaba muerto. Abajo… nada. – Nada. – respondí lo más tranquilo que pude. Se retiró un poco – Eso es porque no tienes futuro. – una vez dicho esto me empujó de tal manera que quedé ahorcado a varios cientos de metros del suelo. Ya está… estaba muerto ¿O no? Seguía sintiendo el frío en el cuerpo y la sangre agolparse en los pies. A los pocos minutos escuché como cortaban la cuerda y como caía.


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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Sáb Jul 23, 2011 3:26 am

Desperté llevándome las manos al cuello sintiendo todavía el tacto áspero de la cuerda en la piel. De nuevo empapado en un sudor frío que me recubría entero con una película que no dejaba escapar un trozo de mi piel pálida. Las gotas se deslizaban desde los cabellos rojos pasando entre mis cejas para luego caer desde la punta de la nariz al suelo, haciendo un sonido que producía eco por la cueva. Miré la manta y la vi cubierta de sudor. Por la entrada penetraba la luz de las lunas, sobre todo la de la roja. Tomé la cantimplora de agua y di un trago largo para mojarme la garganta, ya había dormido suficiente, me estaba incluso planteando si volver a dormir hasta que lograse dar descanso al alma de mi hermano. Negué fuertemente con la cabeza para olvidar la pesadilla y me levanté estirando los músculos un poco al desperezarme con un largo y pronunciado bostezo que fue acompañado de un gruñido parecido al de un animal.

De manera instintiva saqué mis dagas, pero cuando lo volví a escuchar con más atención me di cuenta de dónde provenía, y era de mi estómago. Llevaba ya casi dos días sin comer y el estómago se me resentía. Miré la mochila y tras guardar las dagas y reírme un poco de mí mismo por mi estupidez me senté recostado en la pared de la cueva dejando que el sudor me secase sobre la piel y buscando mientras tanto en mi mochila la bolsa de cuero donde iba la cecina. Saqué un par de cintas grandes y las devoré con mucha hambre mientras miraba a las marismas apoyando en la roca por la parte delantera. De noche eran un lugar bastante siniestro para la mayoría de la gente, aunque no demasiado para mí. Sus arenas mojadas de color oscuro ahora se teñían de un curioso rojo sangre como mis ojos, dándole un matiz oscuro al lugar. Tragué otro trozo de una tercera cinta de cecina y miré al cielo con nubes de color también sanguíneo. Curiosa escena, un manto de sangre ante un asesino como yo. Terminé ese trozo de comida y recogí todos los pertrechos para ponerme a caminar entre la niebla baja y densa que se había formado.

En el camino no se podía hacer mucho, solo rezar por no caer en una fosa, en arenas movedizas, por despertar a los jodidos bichos azules o a algo peor. Caminaba palpando primero el terreno con el pie, pisando con la punta por delante y caminando solo si veía que era seguro, un avance lento pero que ya me había hecho dejar atrás varias fosas comunes de engendros, fácilmente distinguibles por el olor. Tras varias horas de caminata por fin escuché los primeros signos de vida, y eso podía ser todo menos bueno. Rápidamente me escondí en un matorral que había. No era tampoco el plan del siglo, me comerían los mosquitos y además seguramente hubiera alguna que otra pulga pero al menos era mejor que darse a esperar una muerte segura. Los pasos pesados que se acercaban cada vez más denotaban que no eran un número precisamente pequeño, tal vez unos ocho o diez soldados. Sus voces estaban distorsionadas por el acero, ergo tenían cascos, además hacía un sonoro ruido metálico con cada paso. Espadas al cinto. Aparté un par de briznas de hierba y me asomé levemente entre esta para ver que había fuera. Vi cuatro antorchas resplandecer entre la niebla y escuché unas voces, demasiado difuminadas como para escucharlas con atención. Las antorchas se dividieron y de la que quedó más cerca de mí pude escuchar una frase: -Cuidado con la maleza. – sonreí para mis adentros cuando terminó su frase. Sacando lentamente la ballesta con la mano derecha.

Iban dos figuras juntas, así que lo mejor sería encargarme primero del tipo de la antorcha. Apunté con cuidado, respirando hondo y agradeciendo que la niebla me diera algo de tiempo extra. Conté hasta tres como siempre y disparé sin ningún tipo de tapujos. Escuché el virote con baño de plata clavarse en el yelmo con una sonrisa, mucho mejor de lo que esperaba. Sin darme tiempo a nada solté la ballesta y salí de entre las zarzas para saltar encima al otro tipo, sacando de golpe la daga de la derecha y acabando con él clavándola directamente en el corazón. Regresé para recuperar la ballesta pero algo me golpeó con fuerza la cabeza. Lo último que alcancé a ver fue una enorme figura de dos metros, ancha y fuerte, una sombra. Escupí sangre cayendo de rodillas y me desvanecí con una última frase: - Debo… liberar al Colmillo Derecho. -


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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Sáb Jul 23, 2011 8:11 pm

Desperté al poco, y la verdad es que esperaba hacerlo de nuevo en un sueño o mejor dicho, en una pesadilla, pero en lugar de eso lo hice en una jaula bastante pequeña, rodeado por dos tipos encadenados y vestidos todavía con la armadura templaria y la cruz de malta en el pecho. Sacudí un par de veces la cabeza hacia los lados para despejarme y vi donde estaba, un campamento tenebre en la zona frondosa de la marisma, donde la hierba era tan alta como un árbol y proporcionaba cobijo a las familias que allí se encontraban, eran bastantes y bastante pobres. Los hombres lucían viejas armaduras casi oxidadas y espadas poco lustrosas que en su día y aun hoy representaban su orgullo como tenebres, con una calavera al final de la empuñadura. Las mujeres por su contra llevaban poco más que harapos, ropas sucias o vestidos viejos y rasgados, con los bajos manchados de barro o sangre seca, no sabría diferenciarlo del todo. Los niños apenas vestían algo más que una túnica sucia, y muy desgastada, una imagen penosa para cualquiera, para mí simplemente una imagen más que catalogué de manera automática de inútil.

Me fijé en los dos guardias que guardaban el carromato con barrotes que hacía la función de celda y los miré a los dos, con improvisadas lanzas de punta de sílex como única arma. En parte estaba avergonzado de que alguien así me hubiera capturado, pero al menos me subía un poco la moral el saber que me habían cogido desprevenido. Rápidamente comprobé mi estado en lo referente a armas y vi que no llevaba los brazales de asesino, lógico que me hubieran desarmado. Me habían dejado la ropa, pero no las armas, al menos no las visibles. Me llevé las manos a mi bota zurda y palpé disimuladamente la suela, donde había una de las cuchillas perfectamente disimulada con el cuero. Sonreí y miré de nuevo a los guardias - ¡Eh! Vosotros dos. – dije sin ningún tipo de cuidado ni respeto – Tengo sed, así que dadme mi mochila o al menos un vaso de agua. – uno se giró algo molesto y me puso la punta de la lanza en el cuello - ¡¿Qué demonios te has creído, maldito imperial?! – sonreí de medio lado, era de esperar que me llamase eso, después de todo me habían encerrado con templarios - ¿Imperial? Escúchame intento de mono fallido, por tus venas corre mucha más sangre imperial que por cualquiera de mis venas. – aparté la lanza con cuidado de mi cuello y me acerqué a la jaula – Y ahora dame agua, te he dicho que tengo sed. – rió con furia contenida y clavó la lanza cerca de mí, haciéndome notar una leve corriente de aire – ¿Y sino qué? – preguntó. Apenas había terminado de hablar y ya tenía la daga al cuello, algo que tampoco me habían podido quitar fue el hilo de acero, pero esa baza me la reservaría para después – Sino te abriré el cuello como hice con el templario en las marismas. –

El hombre se sorprendió, al igual que su compañero, que rápidamente desenfundó una pequeña espada para ponérmela al cuello en un intento por hacerme retroceder. Sonreí de medio lado dispuesto a clavar la daga en el cuello del primero cuando unos aplausos secos sonaron desde la otra punta del campamento. Un hombre mayor, que no viejo, se puso en pie lentamente, caminando hacia nosotros tres y apartando a los dos guardias con suavidad pero también autoridad, obligándolos a retroceder sumisamente con una mano en el pecho. Sonreí y lo miré con desprecio por tenerme allí encerrado - ¿Y tú qué eres, el abuelo de toda esta chusma? – el hombre río de una manera disimulada vio mi daga – Sin duda pocos pueden pasar un arma sin ser vista, y seguro que te quedan más. – dijo mientras miraba a los imperiales, que empezaban a despertar -¿Qué tienes que ver tú con el Colmillo Derecho? – preguntó mientras mi miraba a los ojos, no visibles bajo la capucha. - ¿Y eso qué más te da? – respondí poniéndome a la defensiva de momento – Puede que si me lo dices te saque de esa jaula y te deje seguir tu camino… no pareces muy contento encerrado con la basura. – no pude evitar una sonrisa cínica al escucharle decir eso. – Soy Da Firenze. – retiré mi capucha de la cabeza dejando ver primero de todo el pelo rojo como el fuego que ardía en el campamento, para luego mostrar mis ojos rojo sangre que destellaron bajo la luna del mismo color. Mi piel de tonos pálidos se mostraba ahora rosada, mas no por vergüenza, sino por la mezcla del escaso color de mi piel con el rojo oscuro de la luna. Finalmente me puse en pie para dejar ver la insignia de mi credo en mi cinturón y sonreí – El Colmillo Izquierdo. - dije mientras esperaba su respuesta.


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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Sáb Jul 23, 2011 9:20 pm

El hombre pareció asustarse ante la mención de mi viejo nombre de asesino, era normal. La leyenda que circulaba era que yo mismo había dado fin al Colmillo Derecho, y hasta hacía pocos días yo mismo lo creía también así, pero la visión de la cárcel de Bruzio, la visión de los templarios ocupando el lugar y la visión de la que seguramente fue la muerte de Eler me hizo pensarme mejor las cosas, analizar los detalles de lo ocurrido hace unos años. Todo lo que ocurrió en aquel balcón. Sonreí de medio lado para devolver la mirada al hombre que todavía seguía bastante incrédulo ante lo dicho. -¿Cuántos años hace que lo mataste? – Preguntó él con la voz todavía quebrada. Pensé un poco antes de responder, contando con los dedos sin guantes puesto que también me los habían quitado – Hace tres años y medio que acabé con él… - respondí, ahorrándome una parte de la frase: “O al menos eso creía.”

El viejo torció su gesto en una sonrisa e hizo una señal a los guardias de que abrieran la verja para dejarme salir. Rápidamente uno de los dos centinelas abrió la puerta mientras que el otro apuntaba con su lanza al imperial más despierto para que no intentase nada raro. Salí del carro de un simple salto y me volví a colocar la capucha para que no me viera nadie más la cara, solo había mostrado mi rostro para cerciorar que de verdad era quien decía, nadie más tenía porque vérmelo. El hombre me indicó el camino hacia su tienda, la más lujosa del lugar. En realidad la tienda no eran gran cosa, una tienda de campaña militar, redonda y adornada con varias armas colgadas de una especie de muñecos de madera de tamaño humano. Una mesa coronaba el lugar en el centro, rodeada por varios taburetes y con una alfombra de tonos naranjas debajo. Al final de la tienda había una cómoda cama de dos personas con varios cojines encima, lo cual me hacía preguntarme si realmente vivían tan mal esa panda de vagabundos de las marismas, por ahora no parecía faltarle demasiado, al menos no a su líder, pues no había visto las demás tiendas.

Una vez dentro me ofreció sentarme en uno de los taburetes mientras él tomaba asiento en otro, y no pasó demasiado rato hasta que trajeron mis cosas, guardadas todas en un trapo que dejaron el en suelo a mi lado. Sin más demora lo primero que hice fue comenzar a beber agua, estaba bastante sediento y quería quitarme el sabor a sangre seca de la boca. Le ofrecí u trago y negó con la cabeza cogiendo una bota de vino de debajo de la mesa y echándose un buen chorro a la boca antes de comenzar a hablar: - No sé con quién acabarías aquel día hace tres años y medio, pero puedo asegurarte que no con el Colmillo Derecho. – dijo mientras acariciaba su larga barba de tono gris, rascándosela un poco de manera disimulada. – Después de la caída de Bruzio muchos de los asesinos se unieron a las filas imperiales para no ser torturados y finalmente ejecutados por Pretuccio. – hizo una pausa para tomar aire y siguió tranquilamente. – El Colmillo Derecho… - le corté un instante – Eler, ese era su nombre. – dije interrumpiéndole un instante antes de indicarle que siguiera. – Eler, se resguardó en las marismas de la posterior caza de asesinos que hubo, ocultándose como tú en la maleza y aprovechando las sombras de la noche para acabar con quienes le placía. Una noche nos lo encontramos durmiendo entre unas zarzas, acurrucado como un perro por el frío y decidimos darle cobijo, pues como tú llevaba los símbolos de una orden tenebre. – miré entonces a mi cinto y la insignia de mi credo, era lógico que fuera tenebre pues que Bruzio lo era, pero jamás esperé que aquello me salvase la vida.

Asentí para que siguiera – Se quedó aquí algún tiempo, pero finalmente su orgullo pudo con él, decía que no podía quedarse aquí escondido como una rata en las alcantarillas, que saldría a recuperar lo que era suyo y luego saldría a buscar al colmillo izquierdo… Desde el día en que se fue no ha vuelto más. Fue ejecutado tras meses de tortura, su cadáver lo encontramos a trozos en el suelo de la montaña bajo la fortaleza a la que te diriges. – tragué saliva de manera violenta recordando el sueño de la noche anterior y el hombre se calló ya del todo, esperando solo a que yo respondiera de algún modo, mas solo di otro trago de agua parándome a pensar en todo lo ocurrido. La sala de combates, el supuesto cadáver de Eler, la muerte de mi maestro y la posterior caída de la Orden. Finalmente… lo único que había hecho había sido matar a Bruzio, Eler se me había escapado de algún modo y ahora pedía mi ayuda. Por supuesto que lo ayudaría, de un modo u otro había acabado yo con su vida mortal y ahora tenía que poner reposo a su alma para poder volver a ver a Chloé.


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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Lun Jul 25, 2011 8:34 pm

Me rasqué la barbilla suspirando ¿Y ahora? Todo lo que había creído mí desde los dieciséis años era mentira. Negué con la cabeza y di otro trago de agua, acariciando con la mano la cicatriz de mi cara y recordando un poco el combate contra Eler. Ahora que lo pensaba sí que había tenido algo extraño aquel combate, pero ahora no era momento de pararme a pensar en eso. Miré al hombre de barba gris y suspiré, la verdad es que iba a ser la primera vez en mi vida en que dependiese de la caridad de alguien, por lo general siempre me había valido del dinero o de las dagas para conseguir lo que buscaba, pero al no llevar dinero encima y como matar a aquel hombre no tendría sentido, dado que seguramente me descubriesen al poco, al menos mientras no traicionara a esos tipos tendría un aliado, un sitio donde quedarme durante por lo menos una noche. - ¿Tengo que marcharme esta noche? – pregunté tras da un trago más de agua. El hombre negó con la cabeza – Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites. Mi tienda será tu casa. – dijo mientras se salía por la puerta para ver lo que pasaba con los dos imperiales que todavía mantenían presos. Me tumbé en la alfombra para descansar un rato los músculos y me quedé mirando el techo de la tienda, la tela sucia y medio rasgada de color ocre por la cual se entreveían las estrellas blancas en un cielo rojo pardo pintado por la luna. Los ojos se me medio cerraban por el sueño y el cansancio que de nuevo tenía ¿Cómo podía tener sueño? Hacía apenas media hora que me había levantado en aquella cueva empapado en mi propio sudor, aquello no podía ser normal, yo… yo apenas dormía de normal y ahora. – Ayúdame, Loki – la voz de Eler resonó desde todas partes y desde ninguna a la vez - ¿A qué? – pregunté levantándome en la tienda. Y entonces escuché el piar de un halcón y vi como una de sus plumas cayó a mi mano, miré el cielo y no había nada, solo el eco de ese piar – Joder… - dije en voz baja mientras lanzaba la pluma a un lado para volver a recostarme en la gruesa tela de la alfombra naranja. ¿Me estaba acaso volviendo loco? ¿Perdiendo la cordura? Suspiré cansado y extendí los brazos en cruz en el suelo, cerrando poco a poco los ojos en contra de mi voluntad – No… no quiero… no quiero… - fue lo último que dije antes de dejar caer mi cabeza hacia un lado dormido.

“Desperté” de nuevo en la fortaleza, esta vez detrás de Petruccio mientras este empujaba a alguien a… ¡A Eler! Rápidamente corrí a socorrerlo sacando ambas dagas de los brazos y lanzándome directamente sobre él para acuchillarlo por la espalda y liberar a mi hermano. Salté dispuesto a acabar con la vida del caballero imperial pero caí sobre la madera. Me quedé mirando mis manos, de un color blanco lechoso y entonces me fijé en que resplandecían levemente como si cientos de miles de pequeñas velas se hubieran posado sobre mi piel. Miré las dagas e intenté atravesarme con ellas, de todas formas sabía que estaba soñando, y efectivamente, eso pasó, atravesado me quedé por mi propia daga, pero… sin dolor, ni sangre, nada, incluso pude sacar la mano por la espalda ¿Qué demonios me pasaba? Me puse rápidamente en pie para ver que estaba pasando y vi como Petruccio ponía la soga al cuello de Eler apretándola como había hecho conmigo y luego poniendo las manos en el cuello del muchacho vestido de blanco. Me acerqué para ver si podía escuchar lo que decían y la pregunta que oí me heló la sangre: - ¿Qué ves abajo, Colmillo Derecho? – preguntó el templario mientras lo reclinaba suavemente para que viese el fondo del desfiladero. La nieve, el frío, yo solo era capaz de ver eso. – Un halcón esperándome. – dijo con frialdad Eler mientras mantenía la cabeza alta, con la capucha fuera y mostrando el cabello casi azul marino, respirando calmado. Petruccio torció el gesto en una mueca de sonrisa y se apartó – Dime una cosa más… - dijo mientras se limpiaba las manos sacudiéndolas - ¿Qué crees que nos diferencia a ti y a mí? – Eler sonrió aún con la soga al cuello y suspiró – Que yo viviré hoy… para morir otro día. – y sin más se arrojó él mismo al precipicio, con la soga al cuello para ejecutarse. Me quedé mirando la imagen un rato, el cadáver colgando y meciéndose por el viento. No lograba entender la frase que había dicho, al menos no del todo. ¿Si ya estaba muerto? – Ayúdame, Loki – dijo de nuevo su voz justo antes de que despertase de nuevo en el suelo de la tienda, cubierto de una película de sudor frío pero mucho menos que las anteriores - ¿Qué…? –

Me levante para desperezarme sin saber qué hora era y cuando me giré para recoger la mochila y los pertrechos vi allí un halcón posado sobre ellas, en un primer momento le temí. Abrió su pico para piar y parece ser que nadie más que yo lo oía, un canto melancólico que me recordaba a la voz de Eler en sus buenos días. Alargué la mano para tocarlo y de pronto desapareció como si nada, dejando solo una pluma de color marrón claro y dorado que brillaba levemente – Eler… - dije en voz baja. Negué con la cabeza y recogí mis cosas, ya estaba bien de hacerlo esperar. Ahora entendía la frase: El alma de Eler no había muerto, solo su cuerpo físico. Su espíritu seguía ligado a este mundo y solo yo podía ayudarle. Pues si era así no dudaría en hacerlo – Te liberaré, hermano… - me coloqué los brazales y guardé las dagas en su lugar correspondiente, escondiendo como siempre una en la bota, en un hueco en la suela, para que nunca estuviera del todo desarmado.


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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Lun Jul 25, 2011 10:03 pm

Salí de la tienda cuando las lunas ya pasaban hacia el oeste y el sol comenzaba asomar por el lado de los vientos de levante que soplaban con algo de fuerza. Miré al cielo todavía indeciso entre el día y la noche y sonreí, al menos faltaba todavía un día de camino hacia Bruzio, puede que un poco menos si avanzaba deprisa entre la arena y el agua salada de las marismas. Suspiré y bajé de nuevo la vista al terreno, mirando la hierba tan alta como árboles y negué con la cabeza, sería difícil avanzar por allí sin algo con lo que abrirme camino, además con los insectos y el calor poco podría hacer sin algo para abrirme paso. Recordaba haber visto bastantes espadas en algún lugar de ese mismo campamento, cerca de la improvisada celda rodante. Asentí para mí mismo y me dirigí allí lo más rápido que pude, esquivando algunas hogueras y guardias dormidos con las cabezas apoyadas en las lanzas. Finalmente llegué hasta el carromato donde vi a los dos templarios dormidos, llenos de moratones, golpes y algo de sangre, seguramente más que dormidos estuvieran inconscientes. Delante de ellos sus espadas, fuera de la celda pero justo enfrente, una manera de hacer que el prisionero se sintiera impotente, desde luego esos tipos sabían cómo torturar.

Sonreí de medio lado y cogí una falcata que había colgada en un palo con una vaina de cuero marrón. No era muy grande y seguramente fuese un arma de una sola mano, de todas formas no me importaba, solo la quería para desbrozarme el camino, para luchar ya tenía las dagas y el hilo de acero. Sin hacer o decir nada más en aquel campamento me interné entre la alta y espesa hierba, esperando unos metros para empezar a destrozar la maleza, así si alguien encontraba en camino que había seguido no los encontraría a ellos, pues al final daría con mucha más hierba, como una especie de laberinto. Fui desbrozando haciendo eses por el camino, cual borracho durante la noche, para así doblar la dificultad de seguirme o de encontrar el camino desde fuera. Al cabo de unas dos horas salí por fin al “desierto” de dunas de arena mojadas por la sal del mar. El potente olor a pescado me hizo pensarme si continuar, recordando todavía los seres azules del principio de la desolación, aquellas… Cosas, fueren lo fueren no me apetecía volver a cruzármelas en mi vida.

De repente me giré asustado, mis pisadas no eran lo único que se escuchaba. Guardé el sable y saqué la ballesta rápidamente, apuñándola con una mano y centrándome en escuchar los pasos sobre el barro, varios hombres se acercaban por el flanco y estaba en terreno abierto, sin posibilidad alguna de esconderme, tendría que luchar. Miré hacia todos los lados y no conseguía distinguir desde donde me atacarían, era como si el sonido proviniera de varios lugares. Fue entonces cuando lo vi, tres esqueletos asomando sus cabezas detrás de una duna, no-muertos sin duda alguna. Los tres venían corriendo con la boca abierta hacia mí. Sin pensármelo demasiado apreté el gatillo apuntado a uno de ellos que, para mi sorpresa, le bastó con girar un poco su cráneo para evadir el virote - ¡Mierda! – bramé mientras que sacaba de nuevo la espada. Sí, iba a usarla para combatir, principalmente porque ellos también tenían espadas. Había leído un poco en casa de Chloé sobre esos “bichos”, seres sin mente ni conciencia alguna. Solo se movían impulsados por la magia de alguien, generalmente un nigromante, que les daba de nuevo la vida para que cumplieran sus designios. La única manera posible de acabar con ellos que yo conocía era despegar la cabeza del cuerpo y así darles un descanso más apacible.

Uno de ellos alzó la espada cuando ya apenas faltaba un metro para encontrarme con él y descargó un potente golpe que apenas logré esquivar y que dejó una nueva marca en el traje blanco de asesino en forma de corte. Afortunadamente no había llegado a tocar la carne, pero no le había faltado mucho. Ese fue el primero al que descabecé, deshaciéndome de él con un simple corte giratorio al ponerme de cara a los otros dos que ya estaban bastante cerca. Di un salto hacia atrás para ganar terreno y con el pie, poniendo la bota bajo la hoja de la espada como si de un baló se tratase, levanté la otra espada para así hacerme con dos sables y poder luchar más igualadamente contra los seres del otro mundo que todavía llevaban su armadura de cuando habían estado en las filas del ejército tenebre: una armadura completa de color azul eléctrico toda manchada de barro, arañada por la arena y recorrida por el óxido. Castigada por el tiempo y de la cual sobresalían pequeños cuernos de hueso putrefacto que parecía poco recomendable tocar siquiera. Reí por lo bajo de una manera un tanto extraña y me puse en guardia con las espadas, esperando para enfrentarlos a los dos a la vez, pues parecía no haber más remedio. Pero al menos estos no se duplicaban por cada vez que mataba a uno.
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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Mar Jul 26, 2011 12:59 am

Los dos no-muertos pronto se hicieron con el control de la situación, haciéndome retroceder con cada golpe que debía bloquear con ambos sables para no ser cortado por la mitad. Las fintas y los cortes que lanzaban los dos zombis eran más propios de soldados entrenados y curtidos en mil batallas que de simples cadáveres sin raciocinio. Esquivé una estocada directa al pecho aparándome un poco y dejando que la espada de ese se hundiera en la madera y rápidamente dirigí un corte lateral de derecha a izquierda con ambas hojas en busca del huesudo cuello del putrefacto cadáver. Tenía pensado acabar con él en ese mismo instante, pero entonces sonó el entrechocar de aceros y me quedé momentáneamente paralizado, no me esperaba aquello. Giré la cara para ver quien había bloqueado las espadas y me encontré de frente con la mirada imbuida en magia del otro caído. Sus ojos destellaban de un color azul eléctrico parecido al de su armadura pero sin el sucio del barro ni el óxido del tiempo. Vi como las chispas saltaban desde las hojas de mis espadas y en último intento por liberarme de aquella incómoda situación me fijé bien hacia donde iría su corte si apartaba las espadas, directo al brazo de su compañero, que tiraba y tiraba por sacar la hoja encallada en la madera. Sonreí de medio lado y crucé de nuevo la mirada de mis ojos carmesí con aquellos chisporroteantes ojos mágicos y que destilaban un odio sobrenatural hacia mí, seguramente por mis orígenes imperiales, que no podía ocultar aunque mis raíces fueran tenebres al igual que mi mente.

Di un empujón de mis espadas hacia el frente para que él hiciera fuerza hacia delante en un intento por cortarme con mis propias espadas y en cuanto noté su respuesta solté las hojas, lazándome al suelo y viendo a cámara lenta como la mano del primero era amputada de un solo tajo que hubiera acabado con mi vida de haberme quedado ahí. Rodé por el suelo para hacerme al menos con una de las espadas y en cuando la tuve en la mano pincé la pierna del que gritaba como un animal herido para lanzarlo al suelo, haciéndolo tragar fango y rápidamente machacando su cráneo con la espada para inutilizarlo. El segundo rápidamente se redimió de su error arrojándome un fuerte corte hacia la sien que logré bloquear con el sable, aunque la fuerza fue tanta que prácticamente me plantó la hoja en la cara, con aquellos ojos maliciosos y llenos de rencor hincados en los míos, buscando la sangre y haciendo cada vez más y más fuerza para destrozarme el cráneo como yo había hecho con su compañero.

Todo parecía acabado hasta que vi sus rodillas, dobladas para darse mayor fuerza. Sonreí y disimuladamente levanté el pie y lo puse justo delante del menisco justo antes de patear con fuerza la rodilla hundiéndola hacia atrás de tal modo que acabé por desencajar el hueso. No tenía mucha fuerza, pero él tampoco estaba en buen estado, además de que la posición que tenía era perfecta para ese golpe. Aprovechando su momentáneo despiste por la rodilla perdida me aparté de la trayectoria del arma de la misma manera que la otra vez, dejando atrás mi espada y rápidamente, al levantarme, extender un trozo de cable desde mi mano zurda hasta la diestra, haciendo una soga con la que rodeé su cuello y cerrándola rápidamente para cercenar la cabeza aprovechando la velocidad. Los guantes de cuero evitaron que me cortase yo mismo las manos por la mitad. Apreté más fuerte el hilo contra su cuello y posé la pierna derecha en la espalda del ser para poder hacer más fuerza.

Finalmente vi la cabeza salir rodando hacia delante mientras el cuerpo caía en redondo al suelo y yo me daba un espaldazo contra la hierba mojada en agua salada del mar. Recogí la espada y pateé lo más lejos que pude la cabeza del último al que había matado - ¡Hijo de perra! – dije mientras reía con una sonrisa de victoria, una imagen un tanto extraña. Recogí la espada y esperé unos segundos para recuperar el aliento, dando un trago largo de agua y guardando la cantimplora vacía. Todavía me quedaba la otra al menos. Me alejé unos metros de los cadáveres y me paré a reposar en la hierba, tomando algunas cintas de cecina como desayuno y un nuevo trago largo de agua. Me limpié la boca y miré al horizonte con el sol ya pegando fuerte pese a ser temprano. A lo lejos se veía la fortaleza de Bruzio, la cual todavía tapaba un trozo del sol. Podía ver las banderas del imperio ondeando, lo que me hizo sonreír – Al final resulta que no estoy aquí en vano… - dije reconociendo el glifo de los templarios imperiales.


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Re: Be coming home

Mensaje por Dust el Mar Jul 26, 2011 2:25 am

Tras dejar atrás a los muertos y haber desayunado un poco de manera frugal para no perder el tiempo que corría en mi contra para liberar a Eler de su tormento. Todavía no tenía muy claro como lo iba a hacer, pero eso sería algo que ya vería. Por ahora me interesaba más preocuparme del camino que me quedaba por delante, el último trecho de la desolación, donde poca gente se atrevía a acercarse a causa de todo lo que había que pasar con anterioridad. La última vez que había cruzado ese camino era invierno, y la nieve cubría los senderos y la sangre que ensuciaba mi traje todavía estaba fresca. Ahora sin embargo estaba frente a piedra dura de la montaña en la que se hallaba edificada Bruzio con la ropa destrozada, medio rota por un brazo y sin la media capa que caracterizaba al traje, llevando esta por venda en el pecho para cubrir la herida que me iba de hombro a hombro. La capucha había tenido días mejores en los que lucía de un color blanco impoluto, y no ahora, embarrada y sucia por detrás, dejando entrever solo algunas betas blancas de tela algo destrozada. Las botas que hace años lucían del color característico del cuero, marrón, ahora estaban tintadas en parte por el barro, arañadas por la arena y curtidas por el sol y el desgaste. Me parece que lo único que seguía tal y como lo había sacado de la fortaleza eran los guantes y las dagas, que parecían no sufrir el paso del tiempo, aunque también era cierto que eran lo que más cuidaba.

Suspiré pesadamente y me agarré a la primera piedra gruesa que me podía servir de escalón para empezar a subir por la pared casi vertical de roca oscura que me llevaría hasta la entrada misma de la fortaleza. Cada piedra que caía hacia abajo me hacía desviar la mirada para seguir su recorriendo, viendo como botaba y rebotaba contra sus “hermanas” para finalmente dar contra el suelo y partirse. Eso era lo que pasaba la mayoría de veces y no me agradaba pensar que eso me pasaría a mí. Me apoyé en una roca que parecía sólida para descansar, ya estaba más o menos a mitad de camino, a una altura que no me apetecía calcular asomándome al borde, solo recuerdo de ese momento que cada roca que caí hacia abajo se perdía dejando de hacer ruido al cabo de un rato y resonando después con su caída. Tragué saliva con algo de dificultad ante la idea de poner mal un pie y acabar como las piedras esas y retomé la marcha, mirando arriba del risco y viendo aparecer ya la roca grisácea de la fortaleza que resplandecía por el sol. El frío en la parte de arriba era mucho mayor, y la nieve comenzaba a cubrir algunas rocas de manera peligrosa, pues podía hacerme resbalar con una roca y caer desde la gran altura a la que me encontraba.

Negué con la cabeza y continué subiendo un poco más hasta que finalmente logré tocar tierra nevada y llevarme unas cuantas hojas conmigo. El bosque que ocultaba el camino hacia la ciudadela sin duda alguna. Era un pequeño bosque de pinos que cubría el sendero oculto en la montaña para acceder a la fortaleza. Me conocía ese lugar de memoria, pues era también el bosque donde entrenaban los recién llegados y donde luchaban los diferentes grupos de asesinos en peleas a muerte para demostrar ser merecedores del traje negro de los hunters. Ascendí del todo y me escondí presto detrás de uno de los pinos sacando la ballesta ya recargada. Solo había podido recuperar uno de los virotes, así que ahora tenía solo cinco y no seis como de costumbre. Una vez recargada avancé ballesta en mano por si daba con algún templario patrullero. Avancé entre la maleza olvidándome por completo del sendero adecentado para caminar, creado solo para los idiotas que creían poder pasar la primera línea de defensa de Bruzio, los ballesteros situados en los altos torreones. Uno en cada punto cardinal para evitar cualquier tipo de intrusión no deseada.

Los pasos metálicos de una armadura. Subí de inmediato a un árbol cercano y me escondí entre sus hojas de aguja para ver pasar a un caballero con armadura y una pica en la mano derecha. Un guardia sin duda. Arranqué una de las piñas del pino y la lancé hacia un arbusto cercano, espantando de allí a un conejo de color blanco sucio que salió corriendo produciendo un sonoro ruido de hojas que el tipo siguió como un corderito a su pastor. No se podía ser más inútil. En cuanto estuvo debajo de mí me lancé a por él y tapé la boca con el guante derecho, sacando la daga del izquierdo y poniéndola. – ¿Cuántos guardias y en qué orden? – dije mientras hacía presión con la daga en el cuello, en señal de que no era un farol, estaba dispuesto a matarlo. No dijo nada, tampoco levantó ningún dedo, otro igual que el del barco, que no soltaba prenda. Gruñí por lo bajo y le hinqué con fuerza la hoja en el cuello dejándolo desangrarse mientras me limpiaba las manos y miraba al frente, hacia la fortaleza. Tendría que acercarme sin la seguridad de un número exacto de guardias.


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