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Mensaje por Dust el Miér Jul 27, 2011 5:21 pm

Una vez me hube deshecho del cadáver arrojándolo barranco abajo me quedé parado unos instantes, mirando la piedra de la fortaleza con algo de desconfianza, pues si algo no me agradaba era tener que acercarme en demasía a la edificación sin contar con la seguridad de conocer el número exacto de guardias que había ni su localización, pues bien podrían tenderme una emboscada, ser una trampa o mil cosas. Negué con la cabeza y me apoyé en el tronco del árbol al que me había subido antes, mirando todavía la piedra marmórea del lugar, intentando recordar algún lugar por donde se pudiera entrar sin ser visto. Por más que lo intentaba en mi cabeza solo estaban las palabras de Eler justo antes de saltar: “Yo viviré hoy para morir otro día”. En parte las entendía, entendía que quería decir que su espíritu seguía allí, atado con la misma cuerda que le quitó la vida, pero la frase no tenía sentido completo ¿acaso estaba vivo de otro modo? Negué con la cabeza para olvidarme de eso y me centré en lo que tenía por delante, bajando y acercándome a la entrada principal para pegar el oído a la enorme puerta de madera y hierro que aseguraba la primera defensa del lugar, habiendo tras esta un largo pasillo oscuro, un par de salas y un enorme patio de armas. Me quedé en el lado izquierdo con la oreja de ese mismo costado pegada a la pared, sosteniendo una daga en diestra por si las moscas, fue entonces cuando lo recordé. Aquella posición, aquel lugar y aquellos sonidos de pasos desde lejos, acercándose más y más a la puerta. Era… era el primer sueño que había tenido. Sonreí para mis adentros y en cuanto una de las hojas de la puerta giró para abrirse hacia dentro, chirriando sus goznes oxidados y dejando ver dos templarios avancé de una manera veloz, sesgando sus cuellos antes de que pudieran decir nada. Dentro del pasillo había un carromato tirado por un par de caballos, y dentro un tipo horondo y cubierto con alhajas de oro y plata, sentado en un confortable sillón de terciopelo dentro del carruaje con el techo decorado. Lo miré unos instantes y me pareció ver a Eler entrar por la otra puerta, que se abrió sola. En mi cabeza algo comenzó a enlazar las cosas hasta que, sin darme cuenta, hundí la daga en pectoral izquierdo atravesando su corazón, haciendo que la sangre brotase de una manera brutal -¡Esto lo he vivido! – grité mientras escuchaba los pesados pasos de la caballería que acudía a mi caza.

Por ambos lados aparecieron hombres, uno por cada costado, armados con alabardas. El del costado izquierdo cargó hacia mí, que, imitando los movimientos de mi sueño, me pegué a la pared cogiendo enseguida la alabarda con una mano y desviándola hacia abajo para partir la madera justo antes de aprovechar ese momento de desconcierto para hundir la daga zurda en su cuello, notando por un instante la presión de su sangre y sus huesos desplazarse, casi como si pudiera verlo retorcí la daga para darle una muerte más rápida y la saqué presto, retornándola a su lugar y echando a correr por los metros restantes de pasillo. Me giré para ver si el otro me perseguía y lo vi en el suelo, tumbado y sangrando al igual que su compañero - ¿¡Eler!? – pregunté gritando. Increíblemente una voz me respondió – Una vez más, hermano… - su voz, de nuevo su joven voz. Sonreí contento y asentí mientras mis botas hacían el sonido típico del cuero al chocar con la piedra, la oscura piedra de dentro de la fortaleza. Aquel olor a sangre seca proveniente de las habitaciones y casi podía escuchar los gritos de las cámaras superiores. ¡Estaba en casa! Derrapé por el pasillo para torcer a la derecha y limpiar de templarios las salas de ese lado. Ya veía la luz del patio de armas, el lugar donde antes se agrupaban los escuadrones de asesinos para ser informados de castigos, recompensas, misiones disponibles y todo tipo de cosas, el lugar de entrenamiento de los más novatos, donde no estaban al amparo de los templarios. Sonreí cuando la luz me dio en el rostro y aspiré el aire frío de montaña -¡Intruso! – gritó un hombre con voz potente y uniformado como todos los caballeros. Sonreí y sin dudarlo ni un instante, apenas deteniendo la carrera para aprovechar la adrenalina de mis venas salté con fuerza sobre su pecho hundiendo la daga en su frente y viendo como empezaban a salir más y más templarios. Aproveché el salto que había usado para asesinar al primero para rodar y así no perder la velocidad total, recuperándome enseguida de la carrera y dirigiéndome a por otro.


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Re: Home, sweet home

Mensaje por Dust el Miér Jul 27, 2011 6:35 pm

Un vídeo que ayudará a ver mejor el combate:
Como hormigas de un hormiguero con el agujero tapado los templarios comenzaron a salir en hileras de soldados que pronto inundaron el patio de armas rodeándome, algunos con lanzas, otros simplemente con espadas y otros tantos que únicamente cargaban una daga en sus manos, asesinos convertidos. Traidores. Uno se lanzó a por mí con una pica. Rápidamente viré hacia un lado para lograr evadir su arma, hincando mi daga en su pecho con fuerza y sacándola al momento, rodando sobre el cadáver todavía en pie que pronto cayó al suelo. Un segundo templario se adelantó a por mí desde una fila mucho más cercana, cuando apenas tenía la alabarda lista cogí esta por la hasta y la puse contra su pecho, golpeándolo con fuerza en la cabeza e hincándole la daga en el cuello haciéndome con fu arma e hincarla en el estómago de un tercero soltando rápidamente el arma, ocupándome de un nuevo enemigo que venía espada en alza. Agarré el brazo del arma y lo torcí para parar el impacto de una alabarda, dando una patada al tipo del arma larga, retorciendo luego con fuerza el brazo del espadachín aprovechando el impulso que traía el propio soldado para poner su mano a la espalda e hincar la espada en la espalda por el lado del corazón, dejando caer el cadáver sobre el nevado suelo de oscura pero reflectante piedra que parecía absorber los rayos del escaso sol del lugar, cubierto por nubes de color ceniza que indicaban tormenta. Casi milagrosamente logré evadir el impacto de una nueva pica alzándome al tiempo que el caballero caía por el peso de su arma, juntando mis manos en un solo puño para golpear en el inicio de su espalda haciéndolo perder el sentido, cogiendo rápidamente su cuello y girándolo de una manera tan brusca que lo partí en el acto.

Por la espalda escuché cerca el sonido de pasos metálicos avanzando a mi posición, imposible saber cuántos eran, pero al menos a uno mataría. No me dio tiempo a girarme, pues un templario me sujetó los brazos para que un nuevo acoplado dirigiera su alabarda a mi cuello. Sonreí de medio lado y ayudándome de la adrenalina que invadía mis venas hice un esfuerzo para librarme de mi opresor, dejando así que el arma golpease en su cabeza matándolo al acto y acabando yo con el atacante con un golpe seco en la nariz que le subió el tabique al cerebro. Con el mismo impulso de ese golpe me giré para cortar un nuevo cuello, cogiendo también la alabarda de otro templario y poniéndola en el cuello de su amigo. Poco a poco fui retrocediendo para acercarme a la pared, donde cogí por el cuello a uno desprevenido y lo hice chocarse contra la pared de la montaña, sacando la daga por su frente cuando esta había entrado por la nuca.

En un momento de respiro me giré hacia los soldados que quedaban, dedicándoles una furiosa mirada ante la que algunos retrocedieron, sacando ambas dagas , viendo la piscina de sangre que se había formado a mi alrededor con abundantes cuerpos chorreando el líquido carmesí. Once cadáveres a mi alrededor me delataban como un buen asesino que pronto algunos no tardaron en reconocer, dando media vuelta. Dos se me acercaron y no tuvieron un buen final, pues acabaron con el acero de mis dagas en el pecho y cayendo derrotados. Miré al frente y vi la figura de Eler resplandecer entre las armaduras, como si el tiempo se hubiera desvanecido – Sígueme… - dijo y justo entonces todo pareció recobrar el flujo natural. Una espada se dirigía hacia mí con velocidad, tanta que apenas me dio tiempo a cubrirme con la punta de la daga, desviando la hoja pero haciendo que la cuchilla oculta volase por los aires. Perdí el equilibrio y golpee la nuca contra el suelo con tanta fuerza que me quedé inconsciente. Lo último que vi entonces fue de nuevo la fantasmagórica figura de Eler desvaneciéndose entre los soldados que me rodeaban apuntándome con las lanzas y las espadas. Me di por muerto.

Desperté horas después en una celda de oscuras paredes y sin ventanas, vestido todavía con los harapos que había usado durante todo el viaje. Miré a mis alrededores y me di cuenta de que no estaba solo, al menos no físicamente. Allí había dos cuerpos más, uno vestido con ropas de imperial que parecía el más reciente y otro con la ropa de los hunters, mucho más antiguo por lo visto.
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Re: Home, sweet home

Mensaje por Dust el Miér Jul 27, 2011 9:17 pm

Me acerqué al cuerpo del tipo que estaba uniformado como un hunter y lo examiné con curiosidad. No era normal ver un hunter en le prisión de Bruzio, al ser un escuadrón bajo mi mando nunca pisaban la prisión por un fallo, sino que directamente eran ejecutados por sus compañeros para que aprendieran a no atarse a otras personas. Retiré suavemente la empolvada capucha y descubrí debajo de esta un cráneo medio destrozado por los golpes, aboyado en algunos sitios y al que le faltaban trozos. La nuca tenía signos de haber sido acuchillada varias veces y su boca permanecía abierta en un eterno gesto de dolor ahogado en un grito que seguramente nunca llegase a proferirse, pues eran heridas mortales lo que tenía en el cráneo. Rápidamente, aprovechando que mi celda era la de aislamiento, la cual solo podía ser vista desde la puerta de esta, donde ahora parecía no haber guardias, pues los visores estaban cerrados, despojé al cadáver de su vestimenta y la limpié adecuadamente antes de dejarla en un rincón, por ahora no podía ponérmela, pues sospecharían y me registrarían para quitarme las armas, si es que no lo había hecho ya. Miré a izquierda y a derecha para ver si se me ocurría algún modo de salir de aquel lugar y negué, era una trampa mortal de paredes negras cubiertas de musgo por la humedad que flotaba en el aire, atosigante para la respiración.

El olor de los dos cuerpos muertos era bastante vomitivo, aunque comparado con otros que había tenido que aguantar no tanto. Cerré los ojos apoyándome contra la pared con una rodilla medio pegada al pecho y la otra pierna estirada, perdiéndome en mis pensamientos y recuerdos mientras a la vez examinaba más a fondo el lugar. Las piedras negras parecían inamovibles, y la enorme puerta de hierro de dos metros de alto y varios centímetros de grosor estaba cerrada a cal y canto, solo me quedaba esperar, desarmado como estaba. Me quedé pensando en Chloé, la alquimista de Thalis Nertheliam de la que, quisiera admitirlo o no, me había enamorado, y ella de mí. Era una relación extraña, teníamos nuestros momentos de cariño, de amor, pero tampoco era todo un camino de rosas, discutíamos, peleábamos e incluso nos lanzábamos cosas, pero por algún motivo esas discusiones siempre acababan del mismo modo, ambos en la cama, y no precisamente para dormir. Suspiré recordando nuestro primer encuentro, casi todas las parejas se conocen, se enamoran y son felices, ella y yo… Bueno, yo casi la degolló tras el primer baile y ella casi me arranca la cabeza con un guantazo durante el tiempo que la tuve como rehén, algo curioso.

Los pasos del metal sobre la piedra me sacaron de aquellos preciosos recuerdos y me borraron de la cabeza la imagen de la rubia alquimista junto a la mía, no había tiempo para recordar aquellos dulces instantes en los que tenía su frente contra la mía y sus ojos mirándome sin miedo. La puerta se abrió con violencia resonando tanto el metal como la roca, que se resintió con un leve crujir bastante característico. En la puerta apareció un tipo bastante alto, poco más que yo o tal vez de la misma altura. Llevaba una armadura plateada que relucía bajo la luz de su antorcha, dejándome un tanto ciego por unos momentos. Cerré y abrí los ojos un par de veces para acostumbrarme y entonces pude reconocer aquel cabello cortado como si fuera un tazón, cayendo hasta los hombros. Aquel rostro arrogante de nariz ancha y ojos marrones con unos labios carnosos y un tanto secos por el frío – Petruccio De Pazzi. – dije mientras él caminaba a mi lado, escoltado por dos caballeros como todos los anteriores, embutidos en sus armaduras con los símbolos del imperio – Sabía que tenías fama de cobarde – me puse en pie haciendo que los dos soldados sacaran sus armas mientras él retrocedía un paso –, pero creía que serías capaz de venir a enfrentar tú solo a un prisionero desarmado y medio desnutrido. – solté un carcajada que él, rojo de ira, cortó rápidamente de un puñetazo en el estómago que no hizo más que hacer que me riese más, doliéndome incluso la mandíbula –Oh… por los dioses, venir escoltado a ver a un prisionero desarmado y desnutrido ¿Y tú eres un capitán imperial? – cortando de golpe la risa avancé hacia él y lo empujé con un hombro, pensando en arrojarme sobre él una vez estuviera en el suelo, pero dos espadas bien afiladas a mi cuello me hicieron pensarme el avanza. – ¡Penoso! – dije mientras le escupía a la cara – ¡Prendedlo! – gritó él, ante lo que los dos centinelas me cogieron de los brazos, siendo mucho más fuertes que yo y apretando con fuerza para impedir que me moviera -¡Llevadlo a la sala de torturas! – gritó mientras se daba la vuelta, indignado y limpiado mi saliva de su cara - ¿Torturas? Vaya, estás perdiendo puntos a una velocidad mucho mayor de lo que esperaba. – dije para aumentar su furia. Vi como sus puños se apretaban y cambiaban a un color más blanquecino los nudillos por la propia fuerza que hacía – ¡Cerradle la puta boca al puto asesino de los cojones o juro que rodarán cabezas! – gritó con fuerza mientras se largaba por el pasillo oscuro. Pronto me cubrieron la cabeza con un saco de esparto que apestaba bastante.
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Pretuccio De Pazzi:


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Re: Home, sweet home

Mensaje por Dust el Miér Jul 27, 2011 11:46 pm

Me arrastraron con la cabeza cubierta por los pasillos de la fortaleza, con aquella máscara improvisada de esparto apestoso y sucio que se me pegaba al pelo sin capucha. Cruzamos varias puertas que un tercer guardia se encargaba de cerrar tras nosotros, y mis rodillas ya iban un tanto cansadas de arrastrarse por el suelo. Me sentaron en una silla bastante incómoda de madera que crujió con mi peso, lo cual demostraba sus años - ¿Sabes? Hasta las garrapatas cuando se alojan en un perro… limpian. – dije mientras me retiraban la bolsa de la cabeza. El lugar estaba bastante oscuro, y no había nadie delante, supuse que lo tenía detrás. De golpe cuatro antorchas se encendieron y una mano se posó en mi nuca hasta estrellarme contra la mesa de madera con bastante fuerza. Tanta que me hizo marearme y apoyar una mano en la madera –Uuuuh… - me llevé la mano a la cabeza – Oh… No hay que empezar por la cabeza… la víctima se… marea y no siente el… - antes de poder terminar se hablar me golpeó salvajemente la mano que tenía sobre la mesa, la diestra, sentí dolor, bastante, pero no era nada que no hubiera aprendido a callarme. Lo sufría, pero lo interiorizaba, así parecía que no me dolía y eso jodía increíblemente al torturador - ¿Ves? – dije mientras miraba la mano como si no hubiera pasado nada.

Enfrente de mí tomó posición Petruccion, con un rostro serio pero en el que circulaban numerosas gotas de sudor - ¿Nervioso? – pregunté mientras lo miraba directamente a los ojos mientras veía como sus pupilas se movían nerviosas hacia los lados y él pasaba un tormentoso infierno por ser capaz de contenerlas en sus iris marrones – Durante las sesiones de tortura… suele estar nervioso el torturado… - solté una pequeña risa maquiavélica mientras de nuevo el grandullón que tenía detrás me atizaba de nuevo en la espalda para intentar que me callase – Oh… Joder… ¿Traer a un mazas? Ugh… No es un mal punto… cuando no importa quedar como un cobarde. – dije sonriendo pese al dolor.

Notaba sus pupilas dilatarse por el miedo al ver que era capaz de dejar de lado el dolor solo para divertir con él cuando se suponía que debía esta doblado del dolor, suplicando clemencia en el suelo. Pretuccio torció su gesto en una sonrisa más que forzada, sudando como un cerdo en su San Martín y mirándome con odio y terror mezclados con la desconfianza que le daba el lugar. Eso último fue lo que me permitió destrozarlo un poco más. Me fijé en que llevaba los hombros bajos a causa de la armadura, como casi todos, pero siendo un noble se vería por encima de todos, cargando con el peso de su “hombría”. –Dime, ¿Sientes el peso en los hombros? ¿Una suave brisa helada que a veces recorre los pasillos hasta tu habitación? ¿Te acosan las pesadillas en este lugar, verdad? Cuando lo recorriste por primera vez de la mano de tu padre, te traía para que vieras lo que hacían con los cobardes ¿A qué sí? Fue así como aprendiste a ocultar lo perro que eres. Viendo como otros eran mutilados y masacrados delante de sus compañeros, por eso ahora te cubres las espaldas con un par de templarios que por la noche no pueden evitar que los fantasmas de este lugar entren en tu cabeza para recordarte quien eres. No eres un joven capitán prodigio, eres un simple desgraciado que llegó hasta donde está gracias a que un noble aburrido lo recogió de una esquina. – aquello pareció dolerle más de lo normal, pues recibí un nuevo golpe. - ¿Te molesta recordar que tu madre era una ramera y tu padre un triste mendigo? ¿Te molesta acaso saber que la sangre de tus venas es tan roja como la mía? – reí de una manera siniestra justo antes de continuar de nuevo, tomando algo de aire en el proceso: - O tal vez… lo que más te molesta es que – me relamí los labios y clavé directamente mi mirada en la suya -; yo viviré hoy para morir otro día. – la última frase lo hizo palidecer de terror mientras que mi sonrisa aumentaba en una escala de locura que parecía escaparse hasta de mi propio control.

Fue entonces cuando se levantó de la silla enfurecido y rojo de ira y vergüenza - ¡Tor… Tortúralo hasta que pierda el sentido! – gritó entonces mientras salía de la habitación apretando de nuevo los puños. De nuevo me cubrieron la cabeza con una bolsa, pero esta vez en lugar de arrastrarme de nuevo a la celda el tipo grande que había en la estancia me metió la cabeza en lo parecía un barreño de agua. El esparto se pegaba a mi cara y a mi nariz haciendo que no pudiera respirar en condiciones. Daba una tremenda sensación de ahogo, y eso combinado con que el tipo parecía no ser muy consciente de que yo no era un medio pez me hicieron perder pronto la conciencia por la falta de aire bajo el agua.


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Re: Home, sweet home

Mensaje por Dust el Jue Jul 28, 2011 1:07 am

Desperté nuevamente en la celda con un tremendo dolor de cabeza. Abrí lentamente los ojos, notando la fría roca negra contra mi pómulo derecho. Con bastante cuidado me incorporé mirando mi mano diestra con un buen morado mientras me fijaba bien donde estaba, de nuevo la celda de aislamiento. Aquel pequeño cubículo de piedra maciza donde poco podía hacer alguien. Las paredes negras reflejaban esta vez una tenue luz que apenas alcanzaba a iluminar del todo la pequeña habitación de tres metros cuadrados con olor a muerto. Un fino humo oscuro subía hasta arriba para quedarse allí estancado acumulando más hollín en las piedras oscuras que tan bien lo camuflaban. Miré hacia todos los lados para encontrar el foco de luz y finalmente di con él, un pequeño porta velas de color cobrizo que descansaba varios metros sobre mi cabeza, desde donde ardía un cirio de sebo que emitía esa suave luz naranja. El silencio que invadía la sala me permitía pensar con tranquilidad que iba a hacer allí, estaba solo, sin armas más que una daga en la suela del zapato y algo de hilo de acero en los mismos, nada verdaderamente útil contra toda una fortaleza.

Negué con la cabeza y suspiré con aire de derrota, asumiendo que iba a morir allí, de hambre, de sed, tal vez ejecutado como en mi sueño. Al pensar eso, solo la idea de no ver más aquella sonrisa de Chloé cuando la abrazaba por la espalda, su voz a mi oído durante la noche, el cálido tacto de su piel sobre la mía como una manta. Eran sensaciones que nunca había sentido, algo que me obligaba a quererla, a amarla como lo hacía ella conmigo. Negué con la cabeza y noté una lágrima recorrer mi mejilla en la soledad de la celda. Pensé en lo que diría ella, era la única persona con vida que conocía mi nombre, la única persona por la que no me importaba arriesgarlo todo y sin embargo… había decidido salir de Thalis en pos de una carta que ni sabía quién había mandado.

Me senté el suelo lleno de ira y de rabia, recordando solo los buenos momentos con la rubia y maldiciendo mi suerte y mi cabezonería, negándome a mí mismo una cosa tan evidente como que mi tiempo se consumía tan deprisa como una mecha de pólvora. Los recuerdos, las emociones, las risas, las lágrimas, los besos. Enterré la cabeza en mis rodillas queriendo olvidar que estaba allí y fue entonces cuando noté un abrazo por la espalda, pero… ¿Cómo? Levanté la cabeza, emocionado al pensar que todo aquello era una simple pesadilla, una pesadilla muy larga. Me acostumbré nuevamente a la ligera luz que había en la estancia y suspiré con un mayor aire de derrota al verme todavía allí enjaulado. Pero entonces una sensación cálida me invadió de nuevo. Sentía que el dolor desaparecía y las penas se iban. Miré mi mano y me fijé como el enorme cardenal remitía sobre sí mismo para acabar desapareciendo dejando solo la piel pálida – No puedes rendirte ahora… - dijo una voz enfrente de mí. Un pequeño cuerpo luminoso se formó a poca distancia de mí y me tomó la mano. Tenía la forma de Chloé, su cara, sus ojos, su preciosa sonrisa y su mano secando mi lágrima, que al momento desapareció – Te queda poco para terminar el trabajo, Loki… - me guiñó un ojo y lentamente se acercó a mí para besarme la frente como ella solía hacer cuando me despistaba, acariciando enseguida mi mejilla. Las fuerzas se me renovaron y las penas terminaron de volar – No… No lo haré… No voy a caer… - dije mientras me ponía en pie, apoyándome en la pared con una media sonrisa de victoria, aquella imagen me había llenado de confianza, la suficiente como para aguantar lo que me echasen - ¡Petruccio! –grité todavía con aquella tez sonriente - ¡¿Ya te has olvidado de mí?! – pregunté mientras pateaba la puerta. Rápidamente me desvestí para ponerme el traje negro y apagué la vela con la vieja capucha, dejando así toda la estancia a oscuras. Con la daga en la mano y poco de hilo en la otra atado a esta esperé pacientemente mientras el sonido de pasos pesados por el pasillo se escuchaba, solo uno, y bastante grande.

Por la puerta cruzó un enorme hombre de más de dos metros, lo recordaba, el tipo que me había golpeado en la frente durante la primera tortura, como para olvidarse de él. Aquellos ojos cargados de rabia, la capucha de ejecutor y el traje de cuero marrón y holgado como ningún otro. Llevaba al cinto un hacha de una mano y en la mano una antorcha. Sin darle ningún tipo de oportunidad salté rápidamente sobre él rajando su cuello con la hoja de la daga haciéndolo caer en redondo, robando su hacha para poder defenderme mejor y cerrando la puerta con el cadáver dentro para tapar las pruebas al menos durante un rato.
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Tipo del hacha:


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Re: Home, sweet home

Mensaje por Dust el Jue Jul 28, 2011 3:28 am

Recorrí en completo silencio los pasillos de la fortaleza apagando a mi paso las antorchas y creando la oscuridad allí por donde pasaba, el hacha ya estaba manchada con la sangre de algunos templarios que sin tiempo a gritar habían caído bajo ellas, dejando como única prueba del asesinato la sangre en la hoja y el mango. Mis recién recuperadas ropas de asesino “hunter” me hacían sentirme con mayor confianza, aunque sin duda lo que más confianza me daba era el hecho de haber visto a Chloé en aquella celda, animándome pese a no estar allí. ¿Magia? Posiblemente ¿Suya? Imposible, era alquimista y no le gustaban los magos, como a mí, prefería creer en el proceso de la ciencia a pensar que había algo flotando a mi alrededor que me permitía conjurar una bola de fuego. O prender de nuevo las antorchas que se habían sido apagadas a mi paso. Escuché las voces de dos templarios más, estos ya alertados de mi fuga por los ríos de sangre que se colaban entre las piedras para delatarme. Me agaché a recoger la daga que uno llevaba al cinto y también su espada, poniéndome esta última al cinto para darle un uso más tarde, cuando el hacha no pudiera más. Ambos se adentraron hacia la oscuridad sin ningún tipo de luz que los guiase, y para cuando se dieron cuenta era demasiado tarde. Caí desde una viga haciendo el mínimo ruido posible, flexionando las rodillas para no partirme las piernas y elevándome lentamente mientras con el hacha la lanzaba hacia el más lejano. Apenas lograba ver dos siluetas remarcadas por una fina aureola de luz, pero eso era suficiente como para acertarles y acabar con ellos. Un ahogado grito salió de la espalda del templario al tiempo que, sin dar opción alguna a la defensa, asaltaba al segundo hundiendo la daga de su compañero en el cuello sin piedad alguna.

Esa vez ni me molesté en esconder los cuerpos, más bien daría una señal con ellos, pues la habitación de Bruzio no quedaba lejos, y me podía jugar los huevos a que ese perro de mierda dormía en la habitación de otro perro, el exlíder del cónclave. Arrastré uno de los cuerpos ensangrentados hasta la pared que había frente a la habitación del susodicho he hinqué las espadas con fuerza en la pared, atravesando tanto las grietas en la roca como las manos y los pies del sujeto. Con el hacha atravesé su cabeza por la mitad y me bañé las manos en su sangre para acto seguido escribir en la pared con su sangre: “He vuelto a casa”.

Hecho eso me marché ya de esa zona, con solo una espada y dos dagas al cinto, buscando todavía el modo de acabar con cuantos enemigos había allí y al mismo tiempo de dar descanso al alma de Eler. No sabía cómo había pasado lo de las heridas curadas por arte de magia, no podía explicar cómo es que las luces se apagaban a mi paso como si fuera yo la sombra de la muerte que había de cernirse sobre los templarios esa noche. La sangre que corría por mis venas estaba impregnada de adrenalina que se disparaba a cada nuevo objetivo derribado. Mis pupilas negras consumían casi en la totalidad a los iris rojos mientras que avanzaba el tiempo, haciendo así que captase mejor la poca luz que llegaba, que era tan solo la de las antorchas que los templarios volvían a prender. Fuera la luna roja seguía brillando una noche más iluminando tenuemente las escasas baldosas de negra piedra que gozaban de ventanas. Casi como si no tuviera control de mi cuerpo, pese a que sabía que era casi un suicidio directo, torcí a la derecha en un cruce de caminos, dirigiéndome directamente hacia el lugar donde deberían estar mis armas, más que las mías las viejas armas del credo, dagas, guantes, espadas cortas con su antiguo símbolo y algunas ballestas de los viejos hunters. Me asomé levemente por la esquina y vi a dos guardias vigilando las puertas, embutidos en armaduras mucho más pesadas que las anteriores y con espadas enormes, casi más grandes que ellos. Me asomé a la puerta temerario y lancé una daga al primero, que cayó el redondo con la mano en el pecho, lancé la otra daga para tumbar al segundo pero interpuso la espada de una manera rápida y ágil que me hizo sacar la mía con velocidad, lamentándome de haber dejado el hacha en otro lugar. Se abalanzó sobre mí espada en mano y lo esquivé con un ágil movimiento de giro, lanzando un corte que, para mi sorpresa bloqueó con la misma velocidad y contraatacó con una nueva estocada que hizo que yo retrocediera para ganar terreno, pensando algo de mientras que él atajaba con un segundo golpe directo que tuve que esquivar para ver como destrozaba la puerta.
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Guardias de la puerta de la armería:


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Re: Home, sweet home

Mensaje por Dust el Jue Jul 28, 2011 7:42 pm

La hoja de su enorme espada destrozó la madera de un solo golpe mientras que yo me recuperaba momentáneamente del desgaste sufrido. Miré a todos los lados y por más que lo intentaba no lograba recordar cómo había llegado allí, no me hacía a la idea de que yo mismo había ido hacia el lugar más peligroso aun sabiendo que era una trampa mortal. El hombre de la armadura finalmente pudo desencajar su espada de entre los restos de la puerta y lanzó un nuevo golpe hacia mí con tanta velocidad que no tuve opción de reaccionar para esquivar, pudiendo solo poner la hoja de mi espada frente a la suya. Mi claymore salió despedida hacia atrás con fuerza y mis manos se resintieron de la enorme y rápida vibración de la misma. Veía como el tipo ya alzaba de nuevo la hoja de su mandoble para cortarme por la mitad. Entonces un grito cortó el aire, un grito tan fuerte que hizo que el hombre se despistara el tiempo suficiente como para que yo pudiese evitar su hoja y clavar la hoja en las juntas de la armadura que unían esta con el casto. Retorcí bien el plateado filo del cuchillo dentro de la herida y saqué este mientras la sangre manaba a modo de chorro a presión que el hombre se esforzaba por tapar con las manos. Escuchaba los pasos de los templarios recorrer los pasillos en mi búsqueda, separarse en grupos y lo mejor que podía escuchar en esos momentos, lo que me arrancó una sonrisa del rostro, los lamentos de Petruccio ante el “regalito” que había dejado frente a su puerta, eso era lo último que recordaba haber hecho, luego el resto es como si mi cabeza hubiera estado en otro lugar, como si mi cuerpo hubiera sido un autómata controlado por otro.

Entré a la armería con rapidez para ocultarme de un grupo de tres templarios que pasó rápidamente, ignorando ese pasillo, y una vez dentro me puse a buscar a tientas alguna ballesta o algún arma que me sirviera, sin luz estaba bastante jodido, no había manera de saber se la que cogía estaba cargada o descarga, tampoco podía ver las dagas ni las espadas - ¡Joder, joder, joder! – bramé mientras rebuscaba por las paredes intentando dar con las armas de larga distancia. Lentamente la estancia comenzó a iluminarse con una lúgubre luz blanquecina como la que desprendía Eler cuando se aparecía en mis sueños - ¡¿Eler?! – dije mientras sentía que el corazón se me aceleraba –Debes dejar que te atrapen…- dijo mientras desaparecía - ¡¿Qué?! – pregunté mientras aprovechaba los últimos instantes de luz para agarrar una ballesta y algunas dagas, guardándome una en el suelo de la bota con rapidez - ¡¿Qué me cojan?! – negué con la cabeza- ¡Antes muerto, enterrado y agusanado! – agregué por último. En la puerta de la armería se congregaron varios templarios que no tardé mucho en despachar a disparos mientras la luz de sus antorchar me facilitaba los blancos para poder matarlos antes. Los templarios caían al ritmo que yo cogía una ballesta con cada mano y las disparaba para luego soltarlas y hacerme con otras dos. Durante cinco minutos logré mantener ese ritmo, teniendo escasos descansos en lo que venía más y apartaban la pila de cadáveres. Finalmente se lanzaron cuatro soldados sobre mí y de nuevo me colocaron una bolsa en la cabeza. Luego solo golpes y más golpes hasta que perdí el sentido por completo.

Al cabo de un rato desperté de nuevo en la celda de aislamiento, el suelo estaba manchado de sangre y yo atado a la pared, más bien encadenado donde antes había estado el traje del Hunter, mirando al cadáver consumido del imperial. Esta vez estaba mucho más alumbrado, había varias antorchas que me permitían ver el negro techo y las sombras de varios insectos y ratas moverse por las paredes –Siento haberte dejado… - dijo una voz oscura que parecía no venir de ningún lado. Sonreí de medio lado al identificarla como la voz de Eler y suspiré - ¿Dejado? – chasqueé la lengua descontento – Supongo que es culpa mía por no haberte hecho caso… - delante de mí apareció su figura, de nuevo desnutrida y bastante desmejorada – Todavía tendrás que aguantar algo más de sufrimiento… Será lo último que tengas que hacer para liberarme, matar a la persona que acabó con mi vida… - su figura se desvaneció y yo me desmayé del cansancio y el hambre mientras que esperaba una muerte que cada vez parecía más segura, derramando de nuevo una lágrima al recordar a Chloé.


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Re: Home, sweet home

Mensaje por Dust el Vie Jul 29, 2011 4:47 pm

Al cabo de unas horas me despertaron con un jarro de agua fría, literalmente. Sentí la ropa negra pegarse a mi piel y esta temblar como un gato recién sacado de un río. Miré al frente con la vista un poco nublada por el hambre y la sed y vi a Petruccio justo enfrente de mí, sentado en una silla lujosa y bastante bien cuidada. Al mirar mejor a mi alrededor vi donde estaba, el viejo salón del trono de la fortaleza. La luz que entraba por el enorme balcón donde estaban las tablas de ejecución iluminaba todo el lugar. El viento helado hacía que el agua que todavía no se había secado se helada directamente sobre mi piel produciendo una sensación bastante desagradable pero a la vez refrescante.

Miré directamente a Petruccio con una mirada de desafío mientras que él se limitaba a terminar de engullir lo que había en un plato de oro sobre una bandeja de plata –Ojala se te indigeste. – dije con cinismo mientras movía las manos despreocupadamente para pasar el rato. Ciertamente me daba igual si tenía pensado ejecutarme para que yo le sirviera de espectáculo en el postre o si simplemente me quería torturar haciéndome ver la jugosa carne de cerdo entra en su boca y no volver a salir –Tengo un estómago resistente – respondió mientras sonreía. Cerré los ojos un momento y luego le devolví la mirada llena de odio y de ira, pero también de diversión por la situación en la que él creía tener la ventaja –Cualquiera lo hubiera dicho con el grito que diste anoche… - reí un poco y suspiré – Supongo que no te hizo gracia saber que el legítimo heredero del lugar está aquí ¿No? – esa frase le debió llegar al alma, la carne que tenía en la boca pareció atragantársele a medida que mis palabras avanzaban, poniéndose más pálido a cada instante y con los ojos inyectados en sangre de la rabia pero también del miedo.

No podía dejar pasar esa oportunidad de torturarlo mentalmente, no si quería salir de allí: - Dime ¿Cuántos cayeron ayer? ¿Veinte? ¿Treinta? ¿Le gustará eso al emperador? Quién sabe… a lo mejor es tu cabeza la que acaba en esa bandeja de plata si se entera de que has usado a sus soldados para atrapar a un solo asesino, que encima se te ha escapado. – vi como sus manos rodeaban los posa brazos del trono y como sus dedos se cerraban sobre los pomos de estos para evitar gritar –Eso no te concierne. – dijo él mientras intentaba calmarse – Eres una basura que mata por dinero. – añadió luego. No pude evitar una ligera carcajada ante lo que dijo, mirándolo de nuevo a los ojos - ¿Yo soy una basura que mata por dinero? Dime, ¿No cobras tú un jornal por masacrar familias enteras? ¿Acaso decapitas a tenebres a modo de pasatiempo, sin pedir ni un diamante a cambio? – tomé un poco de aire para hacer mayor su desesperación - ¿No eres tú quien gasta el dinero de las arcas imperiales en perseguir y azotar inocentes mientras que ordena a sus perros rastrear a la Legión Perdida? – torcí una sonrisa mientras que seguía hablando - ¿Crees que no sé para que se usa esta fortaleza? – había visto la sangre fresca en los aparatos de tortura de la sala, pero él no sabía eso, así que podía usarlo a mi favor para torturarlo todavía más - ¿Es que acaso crees que pudiste acabar con Los Colmillos Gemelos matando solo a uno y encarcelado al otro? ¿No sientes una presencia a tus espaldas, un frío invernal sobre cabeza y algo que impide que te levantes de la silla? – por un momento la figura de Eler se hizo visible para mí, sosteniendo al capitán en la silla de piedra para impedir que se levantara y así darme más tiempo - ¿Por qué no lo intentas? Vamos, ponte de pie y acaba tú mismo conmigo. – dije mientras lo veía temblar -¡Ultraje! – gritó mientras hacía fuerza con las manos para separarlas de la roca.

Para su sorpresa estas no le respondieron, quedándose adheridas a la roca como si tuvieran algún tipo de resina pegajosa. Su cuerpo tampoco respondía y solo lograba mirar la cabeza -¡Hereje! ¡Brujo! – gritó, ante lo que no pude evitar una sonrisa - ¿Brujo? ¿Has visto que mueva las manos? ¿Qué hable en el idioma de la magia? Te explicaré lo que pasa, pequeño insecto. Esta fortaleza me reconoce como su dueño legítimo, los fantasmas de los asesinos con los que acabaste al entrar me recuerdan como su líder. Harán lo que les ordene mientras permanezcas aquí ¿Crees que matarme te servirá de algo? Yo también tomaré lugar como fantasma, no volverás a dormir en tu vida, haré que cada cabezada sea un infierno y cada noche supliques a tus dioses por no caer en el letargo del sueño para poder escapar de mí. Morirás de una manera lenta y especialmente dolorosa, de cansancio. Primero sentirás el cuerpo débil y te notarás febril, un malestar general te invadirá, los huesos crujirán y los músculos se retorcerán a medida que tu seso se seca por la falta de sueño. Los ojos se te irán hundiendo en las cuencas y las ojeras se harán tan visibles que más bien parecerás un vampiro con hambruna. – tomé aire para continuar pero un golpe de uno de sus guardias me hizo echarlo todo de golpe, aun manteniendo la sonrisa pude ver como ordenaba que me retirasen de su vista, horrorizado por esa idea y todavía sin poder levantarse.
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Re: Home, sweet home

Mensaje por Dust el Vie Jul 29, 2011 5:51 pm

De nuevo me arrastraron hacia la celda, esta vez con la cabeza descubierta, mientras entre ellos comentaban algo en un idioma que desconocía, y por el modo de hablarlo parecía élfico, con los rasgos típicos de esa lengua pero sin el acento ni tampoco la entonación de los drow, sin mencionar había palabras que desconocía por completo al conocer tan solo la variante oscura de ese idioma milenario. Me arrojaron contra la piedra oscura del lugar de aislamiento donde ya había pasado unos tres días y cerraron la puerta a cal y canto, dejando un solo guardia en la misma para que me vigilase y no se repitiera el escándalo de la otra vez. E nuevo me apoyé con la pared y esperé lo que para mí ya era seguro que iba a ocurrir, la aparición de Eler para darme una nueva ayuda, del algún modo estaba seguro de que aparecería de nuevo, y efectivamente, su figura se hizo patente en la estancia con lentitud, formándose desde el más allá y tomando asiento a mi lado, riendo por lo que le había hecho a Petruccio – A veces me sorprende que puedas ser tan maquiavélico, hermano. – dijo riendo mientras se quitaba la capucha de su espectral traje. Yo por mi parte simplemente reí su chiste y destapé también mi cabeza para dejarlo ver mi pelo rojo y mis ojos del mismo tono, en contraste con los suyos de color azul marino y el cabello del mismo tono, como si el día y la noche se hubieran sentado a charlar tranquilamente de los viejos tiempos.

Suspiré y lo miré lleno de culpa en parte – Yo… Bueno… - negó con la cabeza y revolvió mis cabellos aun en aquella forma espectral – No tuviste culpa de mi muerte, Loki. Aquella pelea era por tu vida, yo hubiera hecho lo mismo, por suerte logré intercambiarme con un “Hunter” y ver el combate desde arriba, en las vigas. – asentí y eché la cabeza hacia atrás mientras mi estómago rugía de hambre – ¡Dioses! ¡Qué te saquen ese león del estómago! – dijo riendo mientras me miraba. Reí con él y pronto el guardia golpeó la puerta - ¡A callar! – dijo con voz potente. De la mano de mi hermano salió algo, como una especie de cuchilla que sin más arrojó a la puerta, donde se suponía que al otro lado estaba el soldado. Pronto escuché el sonido de la armadura golpeando el suelo y me quedé sorprendido, mirándolo a él y la puerta alternativamente - ¿Qué? – dijo sonriendo mientras otra de esas cuchillas aparecía en sus manos. Eran de un color blanco lechoso con un leve humo blanquecino flotando a su alrededor, a través de su hoja se podía ver la pared negra algo desfigurada, y tenía dos extremos afilados – Como tú mismo has dicho en la sala del trono los fantasmas tenemos ventajas. Por ejemplo estas cuchillas, en cuanto golpean a alguien… saca el alma de su cuerpo hasta que yo las retiro. – abrí los ojos para expresar mi sorpresa y me quedé mirándolo - ¿Entonces por qué no me sacas de aquí? – pregunté mientras lo miraba. Su sonrisa se borró de su rostro y suspiró – No tengo tanto poder. A decir verdad… ya noto como la muerte me reclama de nuevo, necesito que me hagas el favor de liberar mi alma de su tormento, este lugar debe ser de nuevo de los colmillos gemelos, al menos de uno, Loki. – asentí y lo vi mirar la hoja mientras que yo me perdía en mis propios pensamientos, imaginando la tristeza que sentiría Chloé porque todavía no había vuelto.

Había pasado más de una semana y no le había podido enviar ni una miserable carta - ¿Quieres verla? – dijo mientras seguía mirando la hoja - ¿Eh? ¿A quién? – pregunté como si no supiera de que hablaba – No te hagas el loco, hermano. He aparecido recientemente en tus sueños, pero llevo siguiéndote toda la vida, mirando como progresas y avanzas. Aquella chica... Chloé, ¿Es especial, verdad? – sonrió - ¡Vamos! ¡Te dejaré verla! – hincó la daga en mi pecho con fuerza y noté que mi sangre se helaba y mi cuerpo dejaba de responder, golpeé con la cara en el suelo como si fuera un simple pelele y mi alma se elevó de mi cuerpo al que pronto pude ver en tercera persona - ¡¿Qué demonios?! – grité mientras él me tomaba la mano. Por un momento creí que mi corazón me iba a estallar, pero olvidé esa sensación recordar ¡Qué no tenía corazón! Como si hubiera un solo paso entre Zakesh y Thalis Nertheliam, así de rápido llegamos a la mansión de Chloé.

Atravesamos el techo y llegamos a la habitación en la que yo y Chloé dormíamos, estaba tumbada en la cama, despeinada y con el pijama puesto. La cama estaba alborotada como nunca y ella tenía un pañuelo completamente mojado en las manos. Por su bello rostro resbalaban las lágrimas derramadas al creerme muerto -¡No! ¡Chloé! – grité mientras me acercaba a ella para intentar tocarle la cara, pero simplemente la atravesé -¡Eler! – dije girándome para ver a mi hermano - ¡¿Cómo lo hago?! ¡¿Cómo entro a sus sueños?! – mi hermano suspiró y guió mi mano hacia su corazón – Los sueños son el reflejo del alma… Solo puedes entrar si al tocar su corazón este se relaja. – tal y como me indicó esperé a que su corazón se relajase por mi tacto y cuando lo hizo fui absorbido por un remolino que me llevó hasta la misma habitación, solo que tenía mi cuerpo. Rápidamente abracé a Chloé y la besé con fuerza mientras acariciaba su espalda y ella la mía - ¡Loki! – dijo mientras lloraba. Apoyé su cabeza en mi pecho y besé su frente - ¡Chloé! Juro… juro que me queda poco… no llores, sigo vivo… y lo seguiré solo para verte de nuevo sonreír. – la separé un poco de mí y tomé sus manos sonriendo con la cara llena de lágrima – Solo unos días más… te juro y perjuro que volveré aunque tenga que enfrentar viento y marea. Estoy vivo… lo juro… - sin más me desvanecí y la vi despertar, aunque no pude hacer nada más, pues de nuevo estaba en la celda aquella, encerrado aunque todavía con la forma espectral – Eler… méteme de nuevo en mi cuerpo. Pienso salir de este lugar con vida cueste lo que cueste. – dije mientras apretaba los puños con tanta fuerza que incluso que incluso me pareció volver a ser de carne y hueso – Loki… - lo miré con los ojos bañados en lágrimas - ¡Hazlo! – grité mientras escuchaba pasos en el pasillo. Retiró la daga fantasmal y me devolvió a mi cuerpo, aunque ahora no podía moverme.


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Re: Home, sweet home

Mensaje por Dust el Vie Jul 29, 2011 7:15 pm

Los pasos se acercaban lentamente los pasos de los soldados sonaban cada vez con más fuerza en el pasillo mientras que estos se acercaban a la puerta. Al cabo de apenas un minuto se abrió con fuerza y entraron un total de cuatro guardias, dos me cogieron de los brazos y me ataron las manos mientras que los otros dos me apuntaban con las lanzas para que no hiciera nada sospechoso. Salimos fuera de la celda y me arrastraron hasta una sala iluminada por varias antorchas. Había una enorme mesa en el centro repleta de comida y bebida. Los cuadros que colgaban de las paredes representaban varias escenas entre nobles imperiales y mujeres de la corte bien vestidas y empolvadas. Rápidamente uno de los guardias me sentó en una silla frente a la mesa y se quedó allí, apuntándome con la espada mientras sonreía – Hasta los condenados a muerte como tú tienen derecho a una última cena. – se rió por debajo del yelmo y me golpeó con la vaina de la espada - ¡Vamos! Tienes poco tiempo. Tranquilo, tu muerte no será por envenenamiento, a ti te espera algo más rápido pero igual de doloroso. – sonrió y esperó a que empezara a comer, cosa que no tardé mucho en hacer. Pese a que llevaba días sin alimentarme y sin apenas beber nada no me puse a comer como un salvaje, que seguramente fuera lo que él esperase, comí y bebí como todo un señorito, partiendo la carne con el cuchillo y pinchándola con el tenedor en lugar de mordiéndola como un animal salvaje y hambriento, aunque bien lo podía haber hecho. Al cabo de unos minutos el templario que estaba a mi lado apartó la silla de la mesa y sin dejarme acabar la copa de agua que me estaba tomando me ató las manos de nuevo y me hizo caminar hacia la puerta, donde otro centinela me tomó el brazo derecho y el que había estado durante mi cena el zurdo para arrastrarme a través de la fortaleza.

Recorrimos numerosos pasillos e incluso salimos al patio de armas para cruzar al ala donde se encontraban tanto el trono como las tablas de ejecución. Era completamente innecesario y estúpido dar tanta vuelta, se podía atajar por dentro de la fortaleza, pero entonces escuché unas palabras al viento con la voz de Eler – Te muestran lo que vas a perder… - sonreí de medio lado y mientras me hacían friccionar las rodillas contra el níveo suelo del patio iba pensando en cómo lo haría para salvarme de Petruccio, pues su mi ejecución iba a ser como la de Eler sería el propio capitán quien empujase mi cuerpo al vacío.

Finalmente me arrastraron desde la parte externa hasta el salón del trono de nuevo, donde el superior de ese destacamento esperaba tranquilamente con una sonrisa cínica en el rostro. Esperaba que yo hiciera lo mismo que hizo mi gemelo y que fuera sumiso, esperando hasta tener la soga al cuello para moverme, pero le fallaron los planes. Forcejeé con ambos templarios que me sostenían las manos y puse los pies firmes en el suelo. Escuché las espadas salir de sus vainas y vi como las hojas se adelantaban hasta mi cuello - ¡Dejadlo! – dijo Petruccio al ver que mis pasos se dirigían hacia la tabla en la que yo debía ser ejecutado, la tabla central. Caminé hacia él y cuando pasé por su lado le dirigí una sonrisa igual de cínica que la suya. Él me empujó para que caminase y casi perdí el equilibro a aquella altura. Giré la cabeza recordando mi sueño y vi a Eler caminar al mismo ritmo que yo, con las manos libres y la capucha puesta. Una vez estuve al borde de la madera Petruccio me despojó de mi capucha dejando ver mi pelo rojo como el fuego y los ojos de tinte sanguíneo.

La cuerda se ciñó a mi cuello y el espíritu de Eler saltó desde la madera hacia la nada, tomando la forma de un halcón que solo yo podía ver. - ¿Qué ves al fondo del barranco, Colmillo Izquierdo? – preguntó. Para él era la primera vez que me formulaba la pregunta, para mí, la tercera, pero esta vez respondí tranquilamente –Un halcón esperándome. – noté que su agarre se intensificaba mientras que el piar de un solo halcón peregrino resonaba por el monte. Era Eler, estaba allí y cuidaba de mí. Volvió a abrir la boca y esta vez se humedeció los labios - ¿Qué… crees que nos diferencia a ti y a mí? – preguntó mientras relajaba sus manos sobre mis hombros, mucho más tranquilo al dejar de escuchar al ave. Sonreí sin la capucha y cuando noté que el viento era más frío, más fuerte y más pesado respondí –Que yo viviré hoy; para morir otro día. – dije con mi voz, pero también sonó la voz de Eler arrastrada por el viento. El piar del halcón se intensificó y yo me giré bruscamente empujando con el codo izquierdo a Petruccio, que perdió el equilibrio sobre la madera y cayó al vacío moviendo las manos. Los caballeros del temple avanzaron con intención de rematar la faena, pero un fuerte viento que arrastraba la furia de la tormenta de nieve los inutilizó dejándolo prácticamente ciegos.

Me asusté, creía que caería pero en lugar de eso noté como las amarras se aflojaban y mi cuello quedaba libre. El traje comenzó a pesar más y más a cada instante, recubriéndose de armas por todos los huecos -¡Ahora! – gritó Eler. Sin pensarlo dos veces moví los dedos para activar las dagas que me había proporcionado y ajusticié al primero mientras los demás se recuperaban. Sus cuerpos caían uno tras otro atravesados por el filo de mis dagas mientras que el gélido viento de la montaña se azotaba furioso reclamando para mí Bruzio.
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Curiosidad:
En el momento en el que Loki dice "Que yo viviré hoy; para morir otro día" está en rojo oscuro porque son dos voces a la vez, la suya y la de su gemelo combinadas.

Traje con el que queda Loki:
Es negro y no rojo.


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Re: Home, sweet home

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