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The Doom of Fear

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Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Feb 28, 2013 7:51 pm

La respuesta de Shiro me hizo sonreír, pues se notaba que él estaba aún más consagrado que yo a la lucha, a pesar de que yo estuviera más comprometido con la guerra. Así que era uno de esos monjes guerreros... Pensaba que se trataban de una leyenda, pero viendo las proezas que aquél hombre realizaba usando solo sus músculos y sus puños me di cuenta de que, como en el caso de otras muchas leyendas, resultaban tener su parte cierta. Vale que sí, no partía montañas por la mitad, pero usar un árbol para atacar a un bégimo... Sin duda es algo que nunca antes había visto hacer. No a un humano, al menos. Fue entonces cuando él preguntó por mi origen, y no pude evitar responderle con un toque de orgullo, denotando que me sentía honrado por ser el primogénito de los Kohlheim y un Conde zhakheshiano:

-Soy el Conde Khaelos Kohlheim, de Zhakhesh, hijo de Thargus Kohlheim. Mi familia es de las más antiguas de Zhakhesh, y es posible que sea uno de los apellidos que más tiempo hace que perdura en todo Noreth. Mis habilidades son las que se esperan de alguien que pertenece a la nobleza zhakheshiana. ¿Sabes qué lugar es la Academia Negra? Allí fui adiestrado. Aunque debo decir que allí no nos enseñan a luchar con las manos y los pies de una forma tan impresionante como te han enseñado a ti. Si peleara sin armas contra ti sé que me darías una buena paliza.-

Reí ligeramente, alegrándome de que aquél hombre entendiera la forma de ser de un guerrero orientado a la fuerza. Si bien Necros era un muy buen camarada y nos entendíamos bien por el hecho de que él había sido capitán y yo en aquellos momentos lo era, a diferencia de mí él prefería confiar en el ataque a distancia antes que en golpear con una espada o desarrollar gran fuerza. En ese sentido, me entendía mejor con el monje.

Poco después, y omitiendo los detalles de lo que sucedió pues ya lo expliqué anteriormente, nos encontrábamos todos con el extraño pergamino, tratando de descifrarlo. La mayoría fallamos, y sólo la elfa lo logró. Nada más ver aquello, las primeras palabras que escaparon de mis labios fueron dirigidas a ella:

-Algún día deberás enseñarme cómo has hecho eso.-

Apenas descifró el mapa la mujer, el retumbar de la piedra moviéndose me hizo alzar la vista para contemplar cómo se apartaban las lanzas de las grandes estatuas. Al parecer, su función era simplemente bloquear las puertas con su imponente presencia, antes que resultar verdaderamente ofensivas. Sin pensarlo mucho, de nuevo tomé mi lugar como vanguardia de la compañía, haciendo un movimiento de cabeza a Shiro para indicarle que fuera delante conmigo. De por sí meterse en una cueva es peligroso, así que, como siempre digo, que se arriesgue primero el que puede aguantar el riesgo. Y en esa ocasión éramos Shiro y yo dichas personas.

Pronto nos adentrábamos en la fría cueva, aunque extrañamente había una cierta luz ahí dentro. Aunque no se podía ver tan lejos como se podría en condiciones normales, para ser una cueva y yo un humano, la verdad es que era una visibilidad más que aceptable. Por lo demás, el olor a muerte que desprendía era muy inferior al que habíamos notado en el bosque, de modo que entre eso y la costumbre que da la nigromancia, apenas me sentí afectado por aquello. Lo que sí me afectó fue el hecho de que ahí dentro hacía frío, y de no haberme preparado a conciencia, en esos momentos temblaría como un flan, aunque eso no quitaba que el simple hecho de respirar dolía en la garganta, así que quitándome el yelmo unos instantes subí el cubrebocas de malla forrado con piel, la cual filtraba el aire y permitía que no entrara tan frío en mis pulmones. Tras eso, no tardé ni un segundo en volver a ponerme el yelmo.

El lugar me desasosegaba profundamente, sobre todo porque no se escuchaba más ruido que el de nuestros pasos y respiraciones. La mano que empuñaba la espada se cerró con más fuerza sobre la empuñadura, y pronto adopté la posición de avance en combate. Espada horizontal, con la punta hacia adelante, y el escudo por delante ocultándola, avanzando a zancadas largas pero no excesivamente rápidas, con el cuerpo levemente ladeado. Finalmente, y tras mucho rato de camino en el que permanecimos en silencio, pudimos avistar un cofre de madera bastante curioso y, para qué negarlo, hermoso. Tal vez guardaba algún tesoro, pero... ¿Qué hacía ahí? No me gustaba ni un pelo, y menos aún el hecho de que la bola de cristal que había en la parte alta de dicho recipiente contenía una especie de humo, y de vez en cuando maléficas miradas se posaban en mí. Me puse algo nervioso, pero sabía que mientras aquello siguiera ahí dentro no pasaría nada, así que sencillamente nos acercamos. Después de que Necros diera orden de parar, yo me quedé observando la bola de cristal, e iba a hablar cuando escuché el silbido de un arco y vi una flecha impactando contra la bola de cristal. Rápidamente di la alarma:

-¡No maldición! ¡Si esa bola se rompe saldrá lo que contiene y no sabemos si es amigo o...!-

Nada más partirse el cristal se empezaron a escuchar gritos y un fuerte chirrido que me hizo apretar los dientes. Di gracias de no ser elfo en aquellos momentos. Sin embargo, fue entonces que me percaté de algo mucho más curioso... ¡El cofre! ¡El maldito cofre estaba vivo! ¡Muy vivo! Sacando patas de su estructura y abriendo la tapa, que resultó ser su boca, se reveló ante nosotros como lo que verdaderamente era. En ese momento, solo pude decir una cosa:

-¡Sabía que la bola de cristal era mala, pero no me imaginaba que el cofre fuera un monstruo!-

Fue en ese momento que el baúl volvió a gritar, y abriendo su boca empezó a arrojarnos a cada uno una cosa. Yo fui el primero en recibir el ataque... Y fue un Templario imperial. No necesité nada más para lanzarme a combatir contra el Templario. En la primera embestida nuestros escudos cayeron al suelo, y en la segunda nos arrebatamos mútuamente las espadas. Fue entonces que el Templario tomó la iniciativa, y placándome logró derribarme. Pronto aquello se convirtió en un combate a puño limpio, en el que yo le lanzaba golpe tras golpe y él me lo lanzaba a mí. Ambos nos dedicábamos insultos, al principio en común, él llamándome hereje, diciendo que debía ser purgado y purificado, y yo respondiéndole que iba a acabar con su miserable vida y con la de todo su tiránico Imperio. Pronto pasamos a hacerlo cada uno en su lengua materna, pareciendo que estuviéramos recitando plegarias a nuestros respectivos dioses aunque en realidad solo nos estuviéramos insultando constantemente. Y fue entonces cuando un momento de lucidez, precedido por un puñetazo que me alcanzó en el rostro, me hizo pensar algo. ¿De dónde demonios había salido un Templario imperial? ¿Cómo había salido de la maldita boca de un cofre viviente? No era real. Y por lo que escuché, no era el único. Vi como el Templario imperial mostraba un rastro de duda en su rostro, y entonces le dije:

-¿Qué te pasa? ¿Te molesta que sepa que no eres real?-

La ilusión soltó un grito y desesperadamente trató de atacarme, pero el saber que no era lo que era hizo que sus fuerzas pasaran a ser más débiles que las mías. Velozmente mi puño se estrelló contra la sien de su yelmo, mandándolo a volar y haciendo que él cayera al suelo. Fue entonces cuando vi que su rostro no tenía más forma definida aparte de los ojos, única parte de su rostro que podría verse si llevaba puesto el yelmo. Con una sonrisa sádica, me subí encima de la ilusión y le dije, antes de empezar a golpearle la cabeza con el puño derecho y las garras de la mano izquierda:

-¡Odio...! ¡Qué...! ¡Me...! ¡Engañen! ¡Muere, ilusión!-

El último de los golpes le aplastó la cara, hundiéndola y fracturando su cráneo, salpicándome de sangre. Aunque mi fuerza no era tanta como la de Shiro... Un puño recubierto de metal le añade bastante potencia a un golpe, y ya llevaba muchos, de modo que su supuesto cráneo habría ido cediendo hasta que no pudiera aguantar más. Respirando furiosamente, alcé la mirada para observar al cofre, y sin perder el tiempo empuñé mi espada y mi escudo. Necros gritó que atacáramos a los ojos de la criatura, pero aquello era difícil sin acercarse frontalmente, y esa lengua con saliva que corroía el suelo... No me causaba buena impresión. Respondiendo a su advertencia, grité:

-¡Necros, encargaros Varyamë y tú de sus ojos! ¡Yo voy a por las piernas, y de paso así os doy tiempo a los demás! ¡Vamos, vamos!-

Sin perder más tiempo en hablar, me moví lateralmente, observando al cofre y aguardando cualquier reacción por su parte mientras me mantenía a una distancia prudencial. A la que viera una oportunidad, y todo sea dicho, tuviera las piernas de la criatura a mi alcance... Sin dudarlo lanzaría un tajo con intención de cortárselas.
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El Conde Nigromante

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Mensaje por Shiro el Vie Mar 01, 2013 9:22 pm

El frío de la región estaba empezando a calar en sus huesos. Durante su aprendizaje en el templo había tenido que pasar por múltiples pruebas, entre ellas la resistencia a cualquier clima, frío o cálido, seco o húmedo. Sin embargo la fuente de procedencia de aquella temperatura no parecía normal, y sus músculos se tensaban ante el gélido aire que les rodeaban. Su expresión sería estaba enteramente dedicada al cofre que se encontraba ante ellos, al cual se aproximaban más a cada momento. Durante los primeros minutos de camino había estado pensando en las palabras de Khaelos. ¡Kolheim! Claro, era un noble de Zhakhesh. Era por tanto algo normal que su nombre estuviese ya en mi memoria. Además parecía un gran guerrero, y no dudaba que mejoraría aun más. Probablemente tuviese una reputación mucho mayor a la que yo conocía, y sus palabras y su forma de hablar me gustaban. Era diestro en el combate, pero cada frase destilaba sabiduría, era un guerrero que peleaba con la cabeza, no con los músculos.
La tensión se respiraba en el ambiente casi tan heladora como el frío en si. En un intento por calentar su cuerpo respiró profundamente, sintiendo como el aire corría por su garganta y produciéndole una sensación similar a la que uno tendría si se pasasen miles de diminutas cuchillas. Pero una vez hubo llenado sus pulmones hasta el máximo de su capacidad lo mantuvo dentro unos segundos, notando como se volvía más cálido en su interior, para posteriormente soltarlo lentamente y contemplar como se formaba una nube de vaho ante él. Se sentía mucho mejor después de eso.

Se percató entonces de un detalle particular. Sobre la caja de madera y hierro había una esfera de cristal que parecía tener algo en su interior. A simple vista era difícil percibir o intuir de que se trataba, pero tras unos segundos descubrió lo que creyó que era una nube de humo danzante en su interior, que tomaba a cada segundo grotescas formas de siniestro aspecto que se retorcían y cambiaban sin parar. De vez en cuando su forma se asemejaba a la de una mirada intensa que les atravesaba como si fuese capaz de descubrir sus intenciones, de ver hasta el más profundo y personal rincón de nuestros pensamientos. Rápidamente se puso en guardia, no era algo natural, y eso era completamente seguro. No era el típico objeto que te gustaría tener sobre la chimenea, más bien era de esos de los que te alejas cuanto puedes. Khaelos intentó lanzarless un aviso, pero no llegó a terminar antes de que una flecha de Necros silbase y cortase el aire y las distancias hasta aquella bola de cristal, tirándola al suelo y partiéndola en mil pedazos. Pero lo más importante. Liberando todo su contenido. Susurró una maldición mientras veía como aquel recipiente de madera empezaba a cobrar vida y escupía múltiples cosas de su interior. ¡Era una maldita trampa! Y el elfo había caído en ella.

-¡No importa lo que sea!-Exclamó en respuesta a las palabras del conde.-¡La cuestión es que no parece amigo! Será mejor destrozarlo antes de que...

Demasiado tarde. De pronto tenía ante él algo conocido. Una figura de aspecto conocido, demasiado conocido. Lao.
No terminó la frase, pues debió concentrar todas sus fuerzas en evadirse de un puñetazo dirigido de lleno al rostro. Agachado y con uno de sus laterales en su visual lanzó un codazo con el brazo izquierdo para poner distancias entre ellos. No llegó a darle, pero cumplió su función cuando su antiguo amigo se echó hacia atrás para apartarse del golpe. De pronto su mundo se cerró en torno a él. Sus ojos contemplaban toda la cueva en una visión panorámica, pero la atención estaba centrada en su oponente. Podía percibir la lucha de suscompañeros. Un guerrero, un dragón, una sombra, un orco y un esqueleto eran las nuevas figuras de aquel lugar, a parte de aquel a quien encaraba. Kun era precipitado y poco paciente, siempre lo había sido, y no tardó demasiado en avanzar las distancias que les separaban en dos simples zancadas, girando e intentando propinarlee una patada en el rostro.

Se limitó a retrasar un pie y cubrirse con los brazos, recibiendo el impacto mientras utilizaba la posición de los brazos para desviar la energía del golpe...
"Duro como la piedra... Relajado como el agua... Rápido como la liebre"
Esta vez quien retrocedió fue Shiro, pero de forma totalmente voluntaria. Sise quedaban tan cerca de los demás no sería difícil que los combates empezasen a mezclarse, además, en caso de fallar les daría a todos una oportunidad para defenderse del otro monje, pues estaría obligado a salvar los metros que habría entre ellos.
Una lluvia de golpes empezó a cernirse sobre él, cayendo uno tras otro en sucesión contínua. Lejos de atacar o pararlos siquiera se limitó a apartarse de su trayectoria, aunque comúnmente algunos golpes lograban acertarle, si bien no llegaba a hacerlo de forma directa.

Finalmente, llegados a una distancia prudencial llegó el momento del contraataque... Kun Lao, aquel hombre que había acabado con la vida de todos los monjes que habían vivido con ellos. Aquel que le retó a vencerle... Muchas veces se había encontrado pensando en que la culpa de todo aquello era la suya, que si acabó con los demás fue solamente para poder enfrentarle con él y demostrarle que todos morían alguna vez, que siempre había alguien mejor. Aun recordaba sus algunas de palabras... "Eres el único que merece la pena dejar con vida..." La rabia brilló como una llama en sus ojos... Apretó los puños con fuerza y golpeó con sus guantes metálicos el rostro de su compañero... O eso intentó. De pronto su golpe había pasado de largo, y el otro estaba a un lado alzando las piernas. Era tarde para evadirlo. De pronto sintió un potente golpe en el estómago que le lanzó hacia atrás unos metros y le hizo caer.
Sin perder un momento se levantó enfurecido, con una mano adelantada, y la otra cubriéndose el dolorido abdomen. La fuerza de Kun era como la recordaba... Exactamente igual... De pronto pensó algo... ¿No había mejorado en ese tiempo?

Imágenes acudieron a su cabeza, el momento de su propia muerte, cuando aquel hombre lagarto había atravesado su cuerpo con sus propios puños. Justo el mismo lugar donde acababa de golpear Kun. Sintió el frío aliento de la muerte, recordó aquel dolor que había sentido, y de pronto todo empezó a volverse difuso, irreal.
¿Como demonios había salido Lao de aquel cofre? O mejor aún ¿Como habían salido todos los demás? Aunque hubiese podido escupir todo aquello, era imposible que aquel que tenía frente a él fuese el mismo con el que había combatido en el pasado, o mejor dicho... Era el mismo. El monje al que se enfrentó le dijo que le buscase una vez estuviese preparado, pero no lo estaba, aun tenía muchas cosas que pasar para poder combatir a su antiguo amigo. Él jamás le habría buscado a él. Y su fuerza, sus técnicas, eran exactamente las mismas. No había sufrido un desarrollo, era la misma persona que tenía en su memoria.

Sonrió de forma pícara, y pronto escuchó la exclamación de Khaelos. Estaba de acuerdo, aquello tenía toda la pinta de ser una ilusión. Una alucinación creada a partir de sus recuerdos.
Ahora que conocía mejor la situación podría enfrentarla de forma diferente, todo parecía menos complicado, y el dolor que sentía se desvanecía rápidamente, al fin y al cabo, si todo aquello no era real ¿Como podía serlo los golpes que recibía? Se centró únicamente en su oponente, ya no me importaban los otros combates, ahora que sabía que no podían hacernles un verdadero daño, lo único que quedaba era librarse de la ilusión.
Pronto el combate empezó a invertirse. Antes no había sido capaz de llegar a golpearle ni una sola vez, mientras que su cuerpo había recibido varios impactos de sus puños y piernas. Pero en ese momento era capaz de anticiparlos, conocía todos los movimientos de mi adversario, y sabía todo de lo que era capaz, durante años había revivido aquel combate, pensando en sus fallos, corrigiéndolos.

Desviaba cada puño que se le acercaba, las piernas se detenían en seco cuando sus puños las interceptaban con firmeza, y sus golpes no paraban de hacerle retroceder, ganando terreno nuevamente. Frustrado, su adversario se lanzó contra él, y en esta ocasión lo que hizo fue quedarse quieto, con una posición retrasada y un brazo adelantado con la palma extendida hacia él, como si le indicase que parara. El puñetazo iba dirigido al rostro, pero antes de llegar su mano lo captó, no lo detuvo, si no que lo aferró con fuerza y tiró hacia si, pero alejándolo de su cuerpo. Mientras, el otro brazo que había estado libre se precipitó hacia delante, junto con el resto de su cuerpo, y le dio un poderoso empujón en la clavícula del brazo que, lejos de haber soltado, seguía tirando hacia atrás.
El resultado fue obvio. Un crujido nefasto escapó de la articulación, y cuando lo soltó su oponente cayó al suelo con el brazo derecho colgando inerte y desencajado. Probablemente le habría partido varios huesos con el golpe, además de haberle sacado el brazo e inutilizarselo.
Fuerte como él solo se levantó, dejando la parte izquierda de su cuerpo delante, dispuesto a golpearme con esta, pero conocía aquella posición, era la misma que utilizaba cuando...

Su cuerpo se giró precipitadamente, y la pierna derecha fue lanzada con una fuerza tremenda hacia el monje. Este, en vez de retroceder avanzó a su encuentro, pero por un lateral, haciendo que la técnica pasase por su lado. Al tener una única pierna de apoyo, derribarlo con el puñetazo que arrastró todo ese recorrido no fue difícil, y cayó al suelo con la nariz partida, de la cual manaba sangre como una fuente. Antes de que se levantase, llegó el momento de la piedad, y rápidamente sacó su bastón que colgaba de su espalda y con un rápido movimiento descendente, las cuchillas salieron y entraron profundamente en uno de sus ojos. La muerte llegó rápida, y el cuerpo quedó quieto.
Mientras sacaba la hoja de la órbita de su adversario, Shiro escuchó el grito de Khaelos, y de Necros. El cofre... ¡Cierto! El monje se había olvidado de él durante el combate, un gran error. Pero no demoró en volver junto a sus compañeros con las cuchillas de su bastón aún extendidas, y una de ellas impregnada con el carmesí de la sangre.

-Yo me encargaré de hacerle cosquillas.-Dijo con una mueca de complicidad posicionándose a un lado del cofre viviente que obviamente quería seguir estándolo. Su intención era clara, evitar que aquella cosa huyese por aquel lado, y herirlo cuando pudiese con la lanza. Él también se había percatado de la lengua de saliva corrosiva, por eso no utilizaría los puños, si no el bo, para pincharlo cuanto pudiese. Patas, ojos, o convertirlo en una regadera. Mientras lograse herirlo no importaba.
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Mensaje por Zyrxog el Miér Mar 27, 2013 3:15 am

Define soledad
Define amargura
Define odio y desprecio
Define miedo y asco
Define un corazón marchito
Que aun late pero que no siente
Defíneme lo que es estar cansado de un mundo despreciable.

Christian Chacana 26 de marzo de 2013

Esta vida tiene muchos secretos, algunos jamás deben de ser revelados, otros han sido forzados y como consecuencia, las plantas se marchitan, el ganado enferma, y los hombres sufren terriblemente. El mundo oculta muchas cosas, bellos parajes que jamás han sido tocados por manos humanas y no humanas, hermosas cuevas de perfectos cristales que brillan con tenue fulgor, corazones que gimen de miedo y que se entierran en la fría tierra, esperando no ser encontrados y gemir en soledad. La bestia avanzo, no por placer ni por deber, avanzo por desprecio y odio, con cada paso, aquellos que le rodeaban le eran más detestables, con cada paso el aroma de sus cuerpos le era más nauseabundo, miserables inferiores, alimañas despreciables, seres que con su sola presencia, lograban que la abominación tuviera mal carácter… si es que eso podía ser posible.

Con cada paso se internaban más en la oscuridad, con cada paso los ecos desaparecían, hasta llegar al punto en que incluso el latido del corazón se volvió silencioso ¿acaso aun latía?, la bestia se llevo la mano a su pecho, como para tan solo saber que aun latía algo dentro de su marchito cuerpo, mas no fue por mucho tiempo, para su alivio, pronto llegaron a una cámara, aunque claro, nada de lo que había en ese lugar parecía ser natural y aun menos cuando se vio el cofre … un cofre con una esfera sobre este, quizás fuera la experiencia con la magia lo que hizo que la bestia notara la oscuridad de ese lugar, pero el maldito, el miserable elfo inmundo simplemente actuó como la bestia irracional que es, atacando cualquier cosa que entrara en su radio de vista, cuando al esfera se reventó, nuevos enemigos se presentaban, mas la aberración no pudo evitar dar un grito de desagrado.

-MALDITO INFERIOR, NO ACTÚES COMO EL ANIMAL QUE ERES, O YO MISMO TE ABRIRÉ EN CANAL POR MISERABLE IMBÉCIL-

Frente a la abominación se levanto una figura muy conocida o por lo menos lo parecía, para el azota mentes, un esqueleto, armado con todo tipo de armas de guerra y coronado como si fuera un rey del pasado, su mirada solo demostraba odio y nada más, como si esto le alimentara y como si el origen de aquello fuera el Horige que tenia frente a el, la abominación no podía estar ya más molesta, estaba a punto de destrozar a alguien y en ese instante, si hubiera tenido más cerca al elfo, le habría partido en dos con esa inútil arma que ahora poseía, el poder aun se le negaba, lo tenía frente a sus manos, como si fuera un cofre con las promesas del mundo, pero que se encontraba fuertemente cerrado con llave, rápidamente, o bueno tan rápido como se lo permitía su cuerpo, saco la guadaña que permanecía en su espalda y miro al esqueleto, a pesar de su apariencia, a pesar de lo que intentaba lograr , asustarle, no era más que un simple cadáver. La abominación miro con desprecio a aquel montón de huesos, sería un nuevo sirviente, ya que la muerte debía de obedecer y no al revés, como lo hacían los patéticos humanos, la bestia inclino su mano hacia el esqueleto y simplemente pronuncio “arrodíllate”, mientras dejaba fluir la magia por su cuerpo, y le miraba con aquel desprecio que solo pueden llegar a sentir aquellos que no poseen humanidad ni rastro de sentimientos en su interior… mas el esqueleto no se movió y de un salto blandió su espada, lanzándose contra la abominación, esta tan solo alcanzo a colocar el mango de la guadaña entre él y al espada, mas esta parecía ser más fuerte que la abominación, ya que de un movimiento le arrojo contra el muro, sintiendo en sus huesos el dolor del impacto y la roca irregular.

Los ojos grises miraron con furia las cuencas vacías, mientras que volvía a levantar su mano, utilizando aun mas poder del que recorría sus venas, un leve dolor comenzaba a subir por la yema de sus garras hasta su muñeca, la magia existía, pero no había nada que controlar, nada que poseer, el esqueleto desenvaino su espada y sin piedad intento asestar un golpe contra la abominación, esta le bloqueo, no podía huir … huir … que pensamiento tan insignificante, que miserable seria si lo hiciera …aquella criatura no le obedecía… por lo tanto no debería de existir. El Horige miro con furia al esqueleto, mientras se erguía nuevamente y le contemplaba, el esqueleto volvió a cargar contra él, pero esta vez, la abominación no le bloqueo, si no que acepto el golpe, la espada atravesó el cuerpo de la criatura sin producirle ningún daño y Zyrxog avanzo, paso a paso, mirando con desprecio y odio al esqueleto, que infructuosamente, usaba una tras otra de sus armas para atacar a la criatura, mas los golpes parecían atravesarle y no producirle daño, el esqueleto choco contra un muro, mientras la garra de la aberración se poso sobre la corona, apretando lentamente, el metal se trisó, como si fuera el más frágil cristal, aquella abominación le hablo.

-Que despreciable y nauseabundos son los interiores…-

Con fuerza apretó, la corona se hizo añicos, el cráneo le siguió y todo el esqueleto le acompaño, como simple polvo este desapareció, la abominación comenzaba tener un leve y agudo dolor de cabeza, su mano había comenzado a cambiar de color, ya no era aquel color grisáceo, si no más oscuro, casi negro, la magia estaba haciendo estragos en su cuerpo, magia que el dominaba, mas en vez de poder tomar asiento y descansar, el repugnante inferior dio un grito, mientras el cofre tomaba otra apariencia y el “grupo” le atacaba como lo harían un par de lobos contra un simple trozo de carne, la abominación miro, el no era físico, si no mágico y en esos instantes, debía de reposar, muy a su pesar.


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Patetico  Invitado no eres mas que un inferior ... una alimaña que deberia de pisar con mi pie

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Llevo varios cadaveres a mis espaldas: Rue, Elena, Aleria, Jack Cross, Erik, Fayt Reeden, Malblung Anwarünya, Lairë Tinúviel, Naerys, Björki Gotriksson, Sheoldred, Silence, Ferenec, Iosif, Tuxy, Light Yagami, Vanegan, Jarko, Hans Stoker ... quizas el proximo seas tu Invitado
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