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El Toque del Desierto (Libre)

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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Necros el Dom Oct 02, 2011 12:59 am

Y cuando las cosas parecía que no podía ir peor llegó el ojo de la tormenta, ese momento el cual todo parece en una absoluta calma pero sin embargo es el peor momento. Otro humano más se sumó al grupo que sin querer habíamos formado en mitad de las tórridas arenas que emanaban su calor como si debajo de ellas estuviera el mismísimo brasero de los avernos. Miré al recién llegado de aspecto humano y pude distinguir en su cabeza un pequeño animal, no sería mucho más grande que Pyros, que en estos momentos regresaba a mi lado posándose fielmente en mi hombro, pero a diferencia de mi escamoso amigo el del tal Ray tenía plumas en lugar de escamas, con un pico de color oscuro con un par de hueco que habían de ser las fosas nasales. De color negro intenso sus plumas parecía tragarse la luz del sol, y aunque ciertamente imponía todavía era una cría, se notaba por varias cosas, entre ellas eso de temblar como un limo ante la presencia de otros animales. Había tenido ocasión de montar en grifos cuando todavía Qualinost estaba en pie, y si algo se puede decir de esos animales es que ni contra el más grande de los dragones retrocederían – Ni tú ni nadie, humano. – le dije mientras me sacaba de nuevo el casco para demostrarle que no tenía intención alguna de ocultar mi rostro para que no me reconociera si nos volvíamos a cruzar. Una nueva voz que hasta el momento no habíamos escuchado me llamó la atención haciendo que me llevara las manos al arco de manera instintiva, sacando la flecha que hacía poco había recuperado de las entrañas del tiburón de arena para ponerla en la cuerda de mi arco -¿Quién va? – pregunté tensando el arma, no tenía intención de dejar que me capturase ningún bandido del desierto, pero para mi sorpresa, y creo que la general, se dejó ver una criatura como ninguna otra. De pelaje marrón oscuro y delgada en cuanto a contextura. Desde la lejanía no parecía especialmente alta y así lo pude cerciorar una vez cerca. Por un momento desconfié de ella, mirándola desde mi altura, superior a la suya por varios palmos, y sorprendido de encontrarme aquello en mitad del desierto. Sus orejas en punta y abiertas me hicieron pensar que tendría buen oído, pues parecían de murciélago. Los ojos, pequeños y con pupilas muy pequeñas parecían hechos para captar la mínima luz del día, y cuando me fijé en sus brazos, lánguidos y deformados para pasar a ser alas negras como el tizón confirmé lo que pensaba: Un engendro hembra.

-¿Estás bien? – le inquirí, no parecía hostil, se había delatado ella misma, así que no podía ser un atacante, tal vez un cebo para una emboscada, aunque en apariencia estaba tranquila y no nerviosa o al amparo de que algo saliera de algún lugar. Apenas pasaron unos segundos desde mi pregunta hasta que se levantó una terrible tormenta de arena. Sabía que podían darse en poco tiempo, pero aquello era sumamente extraño, pues de la nada se había levantado un terrible tornado de arena que nos envolvió a todos -¿Qué… mierdas? – escuché el zumbar de cientos de insectos, pero cuando por fin logré entreabrir los ojos con el yelmo recolocado, aprovechando sus cristales para que la arenisca no me molestara a la vista, pude ver perfectamente lo que ocurría. Donde debían estar el bárbaro y la otra elfa ahora sólo había un enorme escualo del desierto con un jinete vestido con telas azules encima. Parecía sacado de un relato de ficción, alto, de piel oscura como un grano de café tostado al sol y una mirada de furia que se dejaba ver a medias entre las prendas de color azul oscuro que portaba. Cargaba consigo diversas armas, pero la más notable de todas era el mazo de hierro negro que blandía en la diestra. Por un momento me sentí paralizado por el miedo, pero luego negué con la cabeza ¿Un Guardián miedo? ¡Jamás! De nuevo tensé el arco y con la flecha que había sacado para la mujer murciélago disparé al jinete de la bestia, que alargó un grito al aire justo antes de que el acero terminara de hendirse en su cuello. Si sólo hubiera sido uno habrían terminado bien las cosas. Pronto sentí en mi espalda un golpe, un brutal golpe que me hizo morder el polvo y perder poco a poco la consciencia.

[No sería el elfo el único atacado por los moradores de las arenas. Al tiempo que el Silvano era derribado dos más aparecerían de debajo de las arenas para tratar de llevarse a los otros dos que todavía quedaban en pie, mas de seguro que no se esperaban que fueran guerreros tan versados como eran, y pronto quedaría reducidos los asaltantes y con ellos la tormenta, pero ahora los dos aventureros todavía conscientes tenían un nuevo problema, y es que el elfo había quedado inconsciente, y por más que su mascota trataba de despertarlo con evidente preocupación no parecía que fuera a haber manera, tal vez un poco de agua ayudase.]
---
Spoiler:
Off: Perdón la tardanza, pero el sueño y la depre no son buenos compañeros de las musas xD. Bueno, este turno quería "allanarme" un poco el terreno para poder tener mi propia base de la partida. Por ahora lo que ocurre es que nos atacan jinetes que montan tiburones como el que mostré en uno de los post anteriores de Necros. A mí me dejan KO tras cargarme a mi enemigo, así que tenéis que derrotar a los vuestros (Un jinete cada uno) y luego la tormenta amaina, dejando ver a Pyros tratando de despertar a Necros, si creéis que no va con vuestra psicología no es necesario que me levantéis xD. Las mascotas y monturas están perfectas.


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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Ray Wuzuo el Miér Oct 05, 2011 6:43 pm

Menos mal. Por lo visto los extraños no eran hostiles, o eso parecieron indicar las palabras del guerrero que portaba la armadura. Como muestra de confianza, incluso tuvo el detalle de descubrir el rostro que se escondía tras el yelmo. Aquello convenció al mago, que no dudó en terminar de acercarse hasta su posición. Beed no paraba de estirar los castaños pelos de Ray a medida que se acercaban más al grupo. –No te preocupes, no parecen agresivos –declaró Ray mientras le acariciaba su redonda cabeza, intentando tranquilizarle pero resultando en un vano y fallido intento.

Otro desconocido apareció entre el viento que desordenaba los granos de arena del paisaje. El escudado guerrero reaccionó sacando su arco, viendo la posibilidad de una nueva amenaza, así que Ray, que no iba a ser menos, también desenvainó su katana y se preparó para cualquier cosa. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pudo contemplar con asombro cómo se trataba de un ser tremendamente anormal. Era difícil de describir. Parecía uno de los protagonistas de esas historias terroríficas y ebrias de taberna que son en realidad un mito engrandecido. Se podría decir que era la fusión de un humano y un murciélago a la que además le habían propinado una imprevista paliza. Pero a pesar de ser una criatura horrible, no mostró signos de rebelión para con el grupo, que la admitió con gusto al igual que poco antes habían hecho con Ray.

Inesperadamente, una tormenta que agitaba kilos y kilos de arena apareció de la nada a los pocos segundos. Rápidamente, el mago alzó su mano izquierda y sujetó a su mascota, que seguía aparcada en su cabeza, aunque ésta ya se había encargado de permanecer allí pegada pues volvía a sujetar con fuerza los pelos de Ray. Esta vez, parecía de verdad que se los iba a arrancar de cuajo. Mientras el mago y el pequeño grifo libraban su propia batalla por mantenerse unidos, un desconocido enemigo apareció en escena para no tardar en ser devorado por una de las flechas del guerrero de la armadura. Pero, para mayor asombro, otros dos enemigos se descubrieron, saliendo directamente desde el interior de la cálida arena, y tumbaron al guerrero utilizando un poderoso e imponente mazo por atrás. Aquello parecía una emboscada en toda regla, aunque Ray no tenía ni idea de qué querían. Quizás alguno de los miembros del grupo era alguien cuya presencia requería de inmediato algún tercero.

Uno de los enemigos, que montaba una especie de tiburón del desierto con la cabeza aplanada como si fuera un corcel y portaba un ropaje negro que tapaba hasta casi la totalidad de su moreno rostro, corrió directamente hacia el mago, pensando que sería una presa fácil. Ray, que ya sujetaba de antes su katana, se protegió con un salto lateral de la embestida que le realizó el jinete, pero no sin problemas, pues Beed salió disparado tras aquella acción evasiva. Velozmente el mago se colocó delante de su acongojada mascota, que intentaba reincorporarse pero no tenía del todo claro su papel en esta pelea, para hacerle de escudo. El jinete del desierto efectuó una segunda embestida, sujetando su oscuro mazo con firmeza, pero en esta ocasión el hidromago no volvería a caer. El humano se quedó quieto, sin dar apariencia de tener planeado moverse ni un palmo hasta que, anticipándose al repetido movimiento de su enemigo, esperó a que el jinete estuviera a pocos centímetros y de la palma de su mano salió un géiser de agua que perforó la cabeza del tiburón, dilatándole un agujero y provocando su repentina muerte. El jinete cayó de boca, como consecuencia de la muerte de su animal, y Ray aprovechó tal acontecimiento para incrustar su arma en su cabeza, quedando el acero clavado en la arena y atravesándole el cráneo.

Cuando Ray se giró, pudo observar cómo la tormenta estaba decreciendo, permitiéndole una visibilidad más destacada que la que había tenido presencia durante el combate. El otro jinete también había sido derribado, previsiblemente por la curiosa criatura, pues todos los demás miembros del grupo habían desaparecido a excepción de ella, Ray y el guerrero de la armadura, que seguía tumbado en el suelo. El mago volvió a agarrar a su grifo, se acercó a Necros y acompañó a su mascota, que intentaba que volviera a la consciencia sin resultado. El hidromago agitaba y agitaba su cuerpo, pero lo único que consiguió fue dar la sensación de que el guerrero estaba convulsionando. Nada, no había manera. Como último intento, el mago le quitó el casco e hizo que de su mano saliera un pequeño chorro de agua que desembocaba en la boca del guerrero inconsciente.

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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Shezis el Miér Oct 05, 2011 9:55 pm

Cuando el grupo se acercó a su posición, Shezis pudo descubrir los gestos de sorpresa de los caminantes del desierto. Uno de ellos, con un yelmo de acero abierto que dejaba ver sus facciones élficas, se preocupó por su estado. Su amabilidad la causó una buena impresión y se mostró más relajada.

-Sí, solo algo magullada… y perdida.

Sus ojos anaranjados pasaron rápidamente del elfo a su escamoso acompañante, un joven wyvern. La alegría por encontrar una de esas magníficas criaturas se reflejó en su rostro, aunque sabía que no sería prudente intentar acariciarlo. Esta alegría se vio duplicada cuando, al mirar a los demás miembros del grupo, encontró sobre un humano de ojos azulados una cría de grifo de plumaje oscuro. Debido a la presencia de estas criaturas, Shezis se sentía más confiada entre los extraños. Las criaturas estaban en un óptimo estado de salud, y se podía adivinar con solo mirarlas que parecían felices con sus dueños. Eso la hizo pensar que no tenía nada que temer de ellos.

-Prometí a los habitantes de un pueblo de estas tierras que encontraría al bárbaro que robó sus posesiones y les traería de vuelta el botín.-explicó, haciendo de parasol con su mano.- El sol del día me sorprendió por su fuerza y caí del cielo.-agregó frotándose su cabeza, aún algo dolorida.

No pudo detenerse mucho en la observación de los otros miembros del grupo, pues lo que parecía una fuerte tormenta de arena les sorprendió de repente. ¿Eso era normal en esas tierras? Nunca había visto a la naturaleza actuar con tanta rapidez. Pronto esa tormenta se rebeló como un atacante de rostro oculto tras telas oscuras que montaba una extraña criatura del desierto, surgiendo de entre las arenas.

El elfo disparó una flecha certera, haciendo que el jinete se desplomase sin vida, pero sin tardanza dos más le reemplazaron y golpearon al arquero por la espalda con una maza. Uno de ellos atacó al humano con el grifo y el otro se lanzó directo hacia ella, pues los demás integrantes del grupo se habían esfumado con las arenas, probablemente huyendo.

El otro jinete espoleó a su montura contra Shezis, quien no tuvo tiempo de acudir en ayuda del elfo derribado. Sus ojos no podían ver bien con toda esa luz, y por lo tanto los reflejos de la antropomorfa estaban mermados. Apenas logró apartarse a tiempo de la embestida, siendo golpeada en el costado por la cabeza plana de la criatura. El golpe la hizo rodar por el suelo, pero no causó más daño que el roce de las escamas del animal. El jinete corrigió el rumbo de la criatura y se preparó para una nueva embestida, pero esta vez Shezis estaba preparada. Corrió en dirección contraria, permitiendo que la persiguiera y, cuando tomó suficiente velocidad, saltó lo más alto que pudo, extendiendo sus alas e impulsándose con fuerza con ellas, doblando la altitud. El jinete, con sus ojos abiertos de par en par por la sorpresa, miró hacia arriba solo para ver cómo la antropomorfa caía sobre él golpeándole con sus pies y derribándole de su montura, que continuó su camino aprovechando su libertad.

Shezis se paró en cuclillas sobre su adversario, inmovilizándole. Iba contra sus principios matar a su adversario a menos que fuese estrictamente necesario, y en esa ocasión no veía esa necesidad. Se aseguró de que sus nuevos compañeros estuvieran bien. Descubrió con tristeza que el humano había matado tanto al jinete como a la criatura, denotando en su rostro un atisbo de dolor. EL elfo estaba siendo atendido por él, que demostró ser un mago versado en la magia acuática.

-¿Está bien?-preguntó al humano.- ¿Por qué nos atacáis?-devolvió la vista al jinete.- ¿Sois vosotros quienes robaron a las gentes del pueblo?-inquirió con voz firme.


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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Necros el Sáb Oct 08, 2011 10:08 pm

Sabor metálico, espesa, y cuando la vi reflejada en la arena pude distinguirla claramente; Sangre, estaba escupiendo sangre. Quería levantarme pero no podía, sentía cada vez que lo intentaba un terrible dolor en la espalda que me impedía moverme para lo que fuera, y sólo cuando me movieron para ponerme bocarriba pude decir algo, que no fue más que un horrible gemido de dolor. El agua deslizó por mi boca hasta mi garganta de manera lenta, me dolía el mero hecho de tragar, pero debía de ser capaz de sobreponerme al dolor, ya no por mí, sino por la promesa que había hecho el día que ardió Qualinost, la promesa de acabar con el cuervo de plata para vengar la muerte de todo un poblado que jamás había atacado a nadie. Tosí un par de veces y me incorporé para sorpresa de Pyros, que como un loco saltó sobre mí con sus treinta y pocos kilos de peso en mi pecho, volviendo a tumbarme en la arena para darme una fuerte lamida en la cara -¡Ya ya ya! – dije mientras lo apartaba con una sonrisa, ciertamente era una alegría volver a ver esa escamosa cara y esos ojos de serpiente combinados con las enormes alas de cuero rojo por el interior. Cuando me volví a incorporar ya por tercera vez me pude fijar en que frente a mí tenía al hombre de pelo largo que antes me había saludado. Sobre él tenía a su grifo, por lo visto eran también un par de compañeros inseparables. Luego me llamó la atención una voz un poco más aguda ante la cual desvié la mirada para encontrarme con la mujer murciélago, que estaba “interrogando” a uno de los jinetes al cual no había matado, por lo general eso era un error mortal en presencia el dejar con vida a un rival, pero en este caso me vendría bien. Me puse en pie y limpié la arenisca de mi armadura que quedó levemente arañada por el roce de los minúsculos granos de la misma, maldita sea, tendría que repararla. Al ponerme en pie agradecí con una leve reverencia típico del pueblo elfo su acción al humano, pues de no haber sido por su mágica agua todavía estaría tirado en mitad de la arena y avancé hacia la mujer, que seguía preguntando en vano al hombre cubierto de ropas azules y negras. Vi como este se llevaba una mano al alfanje que tenía en el cinto y antes de que pudiera moverse un centímetro más le clavé la mano en la arena de un flechazo, cargando una nueva saeta en el arco para darle a entender que un movimiento más y sería atravesado como su compañero, que yacía muerto sobre una duna no demasiado lejana, incluso un humano alcanzaría a verla, siendo picoteado por los buitres que rondaban la zona, que roían su interior con mortales graznidos.

-Bırak gideyim! Bana davetsiz misafirlerin gidelim! – gritaba una y otra vez en un dialecto del humano que pocas veces había escuchado. No era la primera vez que transitaba los desiertos, y la primera vez lo había hecho con un grupo de comerciantes de una etnia exiliada en mitad de las arenas, condenados a vagar por agua y a luchar por sobrevivir. Su lengua era extraña, pero me la enseñaron como agradecimiento a mis servicios como guardaespaldas de su princesa –Kapalı! – le grité mientras me llevaba la mano a la daga que tenía en el cinto para intimidarlo, cosa que pareció funcionar. Sin temor a una reacción violenta, pues sabía que tenía todas las de ganar si ese tipo intentaba algo, retiré su máscara de tela de delante de su rostro. Era un muchacho humano de tez morena aunque no negra. Tenía el cabello largo de color negro intenso, al igual que sus pobladas cejas del mismo tono que contrastaban con unos ojos de tono color avellana que me recordaba a los de los perros pequeños. A juzgar por sus rasgos no superaría ni los dieciocho años, con una expresión de miedo y a la vez valentía en su rostro, dispuesto a luchar hasta su última gota de sudor si hacía falta con tal de no inclinarse ante extraños. Pero en esa cara joven y valiente también se podían ver cosas claras, como la inexperiencia en la batalla al no tener cicatriz alguna como el tipo que yo había finiquitado, que tenía un corte que atravesaba toda su cara. Además había sido bastante lento sacando sus armas, con lo cual eso terminaba de cerciorar mi teoría rápidamente armada sobre que era un recién reclutado. En sus mejillas chupadas hacia dentro podían notarse los efectos de una hambruna y también en los dientes dañados y algunos a punto de caerse, eso no era lo que yo había visto cuarenta años atrás en esas tierras, algo había ocurrido: - Ortak konuşma? – pregunté de nuevo en su idioma, si hablaba común mejor que mejor. -Sadece temel kavramlar, ancak çok – respondió en ese momento, algo que me sorprendió que hiciera – ¿Cómo te llamas, niño? – le pregunté mientras le tendía una mano para ponerse en pie. Renegó de mi mano y con una arrogancia que sólo podía tener a quien habían enseñado a ser racista se arrancó la flecha de su mano conteniendo un nuevo grito de dolor –Teşekkürler. Benim iki arkadaşı anlamak için Şimdi ortak tartışacağız. – dije guardando la flecha que le acababa de arrebatar de las manos cuando estaba a punto de romperla –Yo Ahmed. – dijo con una voz que era la de un niño –Yo deber vida a ti. – añadió después, algo que me dejó bastante confundido - ¿Por qué? – pregunté mientras que me dirigía a mi caballo para sacar algo de comida, tanto para mí como para los demás. Lo mejor sería hacer un campamento para comer.

Tardé un rato en montar un pequeño refugió con una manta y cuatro palos detrás de una roca más o menos alta que nos daba sombra, no era gran cosa, pero mejor que nada. Una vez todos estuvimos sentamos alrededor de un punto que parecía ser el centro de la roca el chico comenzó a hablar en un común poco fluido. No me entretendré narrando todo lo que dijo, pues los errores fueron muchos, pero lo más importante de su relato fue el hecho que nos contó porque ahora su pueblo, antaño pastores del desierto y honrados comerciantes con poca avaricia y que sólo buscaban sobrevivir alejados de las ciudades más modernas, ahora se veía forzado a robar como vulgares asaltantes y ladrones sin honor alguno. Lo que él describía como “El rey de las arenas” había acabado con la vida de su rey y tenía presa a la princesa, obligando mediante las amenazas a esta, la última con sangre real, a saquear y matar a todo aquel que pisara el desierto ¿Sería esa la suerte que había corrido los demás? ¿Muertos como perros? Bueno, no era mi problema, pero sí lo era la mujer de la nobleza, pues no sería ella, pero sí su abuela a la que yo protegí tiempo atrás, y seguramente me pudieran dar alguna información sobre el dragón plateado del que se hablaba por las inmediaciones, o aunque fuera, podría mejorar mi equipo y mis destrezas con el arco gracias a las gentes del desierto, que si bien no cazaban sí lo habían hecho tiempo atrás y tenían fama de ser lanzadores de cuchillos temibles. Tras acabar un pedazo de carne que había cocinado un poco con un improvisado fuego creado con astillas y el calor del sol al pasar por el cristal del ojo de mi caso me puse en pie ayudando a Ahmed a hacerlo – Yo te ayudaré. – dije en ese momento mientras ensillaba de nuevo al caballo, que había podido beber gracias al chico de tez morena que también resultó ser un hidromante bastante bueno –Gracias. – respondió en un tono bastante seco pero que aun así denotaba su agradecimiento – Los demás… No sé qué haréis, pero os aconsejo seguirme, estas gentes saben recompensar bien a quienes les ayudan. – sin más me giré y me coloqué de nuevo el casco, dejando subir tras de mí al chico del turbante dado que él no tenía montura. Era el medio día pasado y el sol se encontraba en su punto más álgido, golpeando con sus flechas de luz la superficie de la dorada arena que por culpa de la flama que ascendía parecía ser un mar embravecido cuyas olas se movían de manera caótica por todos los lados. La noche todavía tardaría en llegar y con suerte llegaríamos a los pies de un lago para pasarla, así el caballo podría descansar y nosotros dormir mejor al estabilizar el agua la temperatura.
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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Ray Wuzuo el Miér Oct 12, 2011 1:39 pm

Si –respondió el mago secamente a la pregunta de la extraña criatura. Todo le resultaba un poco chocante. Llevaba toda la tarde tranquilo, incluso las desconocidas figuras no resultaron ser problemáticas como podrían haberlo sido, pero al poco tiempo de venir la extraña criatura alada, emboscaron al grupo rápidamente, como si todo estuviese planeado. En adición, a diferencia de Ray, ella no había matado a su rival. ¿Es que acaso no quería dañar a los suyos? Ray se había enfrentado a muchas, y sabía que la mayoría de las bestias horrendas no tenían buen corazón, ni aunque hablaran. Su estrafalario cuerpo tampoco daba una sensación de paz, precisamente. Una contextura tan poco común no le inspiraba ninguna confianza. Tal vez fuera uno de esos proyectos de fusión de humanos con criaturas que se realizaron en los Montes Keybak. Cuando fue destinado ahí por los raptors, no contempló nada agradable para la vista. No confiaba en la criatura, pero de momento era mejor no guiarse por las apariencias. El elfo parecía estar de su parte, así que aun el mago y el arquero eran superiores. Quizá fuera mejor ser precavido y esperar. Puede que si fuesen asaltantes tuvieran dinero, un dinero que no les pertenece y que podría ser usado para comprar la espada de fyerristalum que Ray tanto necesitaba.

Aunque le demoró un poco, el elfo terminó reincorporándose, para alegría de su mascota. Después le dedicó una señal de agradecimiento a Ray, que intentó devolvérsela imitando el mismo movimiento. A diferencia de la criatura, en el elfo sí que confiaba. Hasta ahora, aunque algo frío, parecía de buen corazón. Además de la segura animadversión que tenía con las mascotas al igual que Ray, había tenido pequeños detalles que no le señalaban como a alguien nocivo.

Cuando todo se hubo restablecido, el jinete interrogado intentó atacarles de nuevo, pero la atenta acción de Necros lo impidió. Luego intercambiaron algunas palabras en algún tipo de idioma que el hidromago desconocía y su compañero le desveló el rostro al asalante. Era prácticamente un infante, incluso más pequeño que Ray. Tan joven y ya luchando en algún tipo de armada, al mago le recordaba a sus comienzos, en los que se alistó en el ejército phonterekiano a la temprana edad de diecisiete años.

El muchacho resultó no ser tan malo como había aparentado. Les contó una historia según la cual su pueblo había sido obligado de forma tiránica a realizar este tipo de acciones en contra de su voluntad. Al fin y al cabo solo eran unos pobres sometidos, como muchos hay en Noreth. Eso sigue sin justificar que hayan intentado asesinarles, pero Ray Wuzuo no pudo negarse a prestar sus armas para ayudarles cuando el elfo lo anunció. Era un raptor y una cosa era estar de permiso y otra muy distinta ignorar por completo la posibilidad de liberar de un gobierno dictatorial a unos desafortunados y salvar a una princesa. Lo referente a “El Rey de las Arenas” también le llamó bastante la atención. ¿Sería alguna criatura recia o un poderoso guerrero? Fuera lo que fuese, el destino de un raptor es prestar sus servicios y acabar con este tipo de opresiones, por encima de todo.

El grupo, dirigido por Ahmed, se encaminó hacia su pueblo. El viaje fue arduo y lento, más aun teniendo en cuenta que las caminatas en la desmoronante arena fatigan el doble. La frescura del agua de los dos hidromantes alivio el pesar del grupo, pero por desgracia los sofocantes rayos de sol irradiantes de luz cegadora no se pudieron ocultar. Hicieron algunos parones para comer y otras razones instantáneas. El camino le sirvió a Ray para conocer mejor a sus compañeros. La criatura, de inocentes palabras, seguía sin inspirarle confianza, pero el mago reconocía que los argumentos de traición que había manejado antes, se habían disipado con la resolución final de las cosas. Incluso, muy a su pesar, debía de admitir que era la que más correctamente había obrado, aunque también la más imprudente, pero si no se hubiera arriesgado a dejar a su enemigo con vida para interrogarle, ninguno habría advertido de la situación de su pueblo y no podrían estar dirigiéndose a él en ese preciso instante con el importante objeto de ayudarles.
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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Shezis el Miér Oct 12, 2011 2:21 pm

Por suerte, el elfo no había sufrido ningún daño a tener en cuenta, solo alguna contusión leve. Más tarde se ofrecería para aliviar cualquier dolor que sintiera con sus dotes de curandera, pues jamás negaría ayuda, por poco que se necesitara, a alguien que había sido herido.

El elfo mantuvo una conversación con el jinete derribado, que resultó ser un muchacho con el miedo pintado en su joven rostro. Shezis se alegraba de no haberle causado ningún daño, y más aún tras oír su historia sobre un tirano que había esclavizado a su gente. La antropomorfa observó primero al elfo, después al humano. Ambos parecían buenas personas, aunque no habían dudado en eliminar a sus enemigos a la mínima oportunidad. Era lo más fácil y seguro, pero de haber matado a su oponente ella también jamás habrían conocido su historia. Era posible que fuese una mentira, pero a Shezis eso no le cabía en la cabeza. ¿Qué podía obligar a alguien tan joven a asesinar a unos viajeros si no era un tirano? No comprendía el concepto de la maldad, por mucho que se esforzara no podía imaginar que esa gente les hubiese atacado por placer o para robar sus pertenencias, pues tampoco parecían tener mucho de valor, especialmente ella.

-No me interesa la recompensa.-aseguró Shezis.- Comencé este viaje para ayudar a un pueblo, y no dudaré en ayudar también a estas gentes. El bárbaro que busco podría estar con los pastores del desierto, o tal vez ellos sepan algo sobre su paradero.-explicó.- Ayudaré a esta gente. Nadie merece vivir bajo el mando de un tirano.

Tras pedir permiso al elfo para atender sus contusiones, bajo el abrasador sol, se pusieron en marcha hacia el poblado de Ahmed, nombre con el que el chico se había presentado. Pararon para comer y charlar, aunque de esto último no hubo demasiado. Shezis era inocente, pero no tonta. Se había percatado de las miradas que el hidromante la dedicaba, llenas de desconfianza. No hizo comentario alguno al respecto, al menos hasta mitad del viaje, cuando acamparon para descansar unos minutos. Shezis se acercó al mago con respeto, realizando una leve reverencia con su cabeza.

-Comprendo tu desconfianza.-comenzó a decir con característico amable y tranquilo tono de voz.- Pero no debes temer por mi traición.-dio un paso atrás y miró también al elfo.- Sé que no puedo hacer nada para demostraros lo contrario, pero no deseo causaros mal alguno.

Realmente comprendía esa reacción de rechazo. Los antropomorfos nunca habían sido bien recibidos por las demás razas, especialmente humanos y elfos. No tanto por su aspecto como por las historias que se contaban sobre ellos: asesinos despiadados, sanguinarios salvajes, devoradores de hombres... y lo peor es que muchas de esas historias eran ciertas. Pero al igual que no todos los humanos eran iguales tampoco los antropomorfos lo eran. No obstante, los prejuicios contra su raza eran demasiados como para ignorarlos, sobre todo si se trataba de alguien precavido.

El pueblo de Ahmed le pareció a Shezis lejano. Muy lejano. Pasó más de la mitad del camino con los ojos cerrados, caminando guiándose por el sonido de los pasos de sus compañeros. Solo deseaba una cosa: que el sol se ocultara pronto.


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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Necros el Jue Oct 13, 2011 7:58 pm

El camino fue cuanto poco; Agónico. El calor de los rayos del sol que golpeaban con fuerza mi cabeza bajo el yelmo parecía no tener fin y no dejar de subir nunca. El poco viento que corría por las arenas y no hacía sino empeorar las cosas, entre otras cosas por el horrendo sonido de los minúsculos granos de arena al chocar contra la armadura una y otra vez, puede que para los oídos del humano no fuera demasiado, es más, que ni lo escuchara, pues su raza no podía presumir precisamente de tener un gran oído, pero puede que la mujer alcanzara a escuchar alguna de mis maldiciones e improperios bajo el yelmo, aludiendo la mala hora en que ese desierto se creó. Ante nosotros se extendía una estepa de color dorado tenue que mostraba los horrores de la vida en ese lugar si no se estaba acostumbrado a la falta de agua. Los huesos de los caballos esparcidos y medio cubiertos por la hambrientas dunas me hicieron pensar en lo peor, y no era otra cosa que desfallecer allí junto con mis compañeros, y no me refería precisamente al mago acuático y a la mujer con aspecto de murciélago, sino a mis dos mascotas y únicos amigos, los únicos que por el momento habían demostrado ser de más confianza que un grupo de desconocidos, pero de todos modos también me impresionó el hecho de que caminaran a pie por el desierto ¿Qué loco se interna entre las tórridas arenas de un desierto sin más que lo que puede cargar en sus bolsillos? Fuere como fuere eso no era mi problema. Tras largas horas de caminata, cuando el sol ya caía a plomo por occidente y la flama parecía descender, llegamos a un pequeño oasis del desierto, donde el agua pura y cristalina no se había estancado gracias a las corrientes que bajo de este circulaban. Grandes y curvadas palmeras crecían en sus costados mientras que las enormes matas de arbustos tropicales parecían ignorar el clima del lugar para crecer a los derredores del cristalino líquido como si fuera su húmedo hogar. Tras cruzar a golpe de sable la pequeña pero frondosa línea verde que separaba las abrasantes arenas del pequeño trozo de paraíso allí depositado en mitad de tal infierno hicimos el alto cuando la noche ya casi había terminado de caer. Una vez a orillas del lago me bajé del caballo y le solté las riendas, liberándolo luego de sus alforjas y de la silla para que descansara tras pasar tal tormento por el desierto. Rápidamente el negro y magnífico ejempla equino acudió a su improvisado abrevadero para tomar parte de lo que en esos momentos incluso a mí me pareció un néctar de dioses al entrar en mi boca.

Montamos el campamento cerca de la orilla, y con ayuda de Ahmed para encontrar leña logré hacer fuego para pasar la noche sin morir de hipotermia, pues pese a que el día había sido terriblemente cálido las noches en los desiertos tendían a ser cuanto poco gélidas, y por lo visto era el único allí preparado para pasarla sin morir. Todo iba bien, pero como no podía ser de otro modo, mi fatídica suerte no había terminado con el maldito calor, sino que, sumada a la baja de las temperaturas, había empeorado. Mientras asaba un trozo de carne para cenar y dejaba que mi mascota y la del hidromante se dieran un festín con otros pedazos escuché los gritos del muchacho de tez oscura -¡Ayuda! – gritaba una y otra vez -¡Joder! ¡Ni cenar tranquilo! – dije en voz alta al tiempo que tomaba el arco y un par de flechas para salir hacia donde provenían los gritos. No sabía si los demás me iban a seguir, pero personalmente no iba a dejar que mi único nexo con el poblado del desierto muriera a causa de una emboscada. Todo lo rápido que pude, avancé por entre la maleza enormemente espesa para llegar a lo que prácticamente era el otro extremo del lago desértico, allí se encontraba Ahmed, subido a un majestuoso caballo formado enteramente por agua y con unos ojos blancos como la luna que en esos momentos brillaba. Su simple presencia me hizo retroceder ¿Qué bestia era aquella que tanto respeto imponía? Me había enfrentado antes a cosas mucho más grandes y amenazadoras que un simple caballo de agua, pero aquel jamelgo parecía tener más poder que muchas de las criaturas que yo había matado. Su traslúcido cuerpo me permitía ver al otro lado un par de encapuchados que al ver el destello del acero bajo la luna desaparecieron -¡Emboscada! – grité entonces al tiempo que soltaba la flecha que había preparado para cualquier enemigo que se nos acercara. En un principio mi disparo iba dirigido hacia los encapuchados que estarían a unos veinte metros, pero algo ocurrió, algo que pocas veces ocurría. ¡Fallé! ¡Maldita sea! ¡Había fallado un tiro! ¡Imperdonable! La saeta cortó el aire hasta las riendas acuáticas del animal que se revolvía tratando de ahogar al humano. En ese momento en el cual la flecha entró en contacto con la acuática piel del animal este soltó un terrible relincho ¿Acaso podía ser herido? Pues parecía ser que sí, porque en ese mismo instante comenzó a agitarse todavía más nervioso con el proyectil metido de lleno en la mandíbula: ya no buscaba acabar con el humano, sino simplemente huir de este, que con tremenda rapidez y agilidad le enganchó un par de riendas aprovechando lo desbocado del animal para recuperar el aliento -¡Ya! – gritó entonces el muchacho al tiempo que salía del agua como sin nada -¿Qué demonios es eso? – exclamé sacando un nuevo proyectil, listo para asaetarlo, pero esta vez apuntaba al pecho, directo al corazón. –No… tú no herir Kelpie. – me dijo con su común tan burdo - ¿Kelpie? – volví a preguntar mientras bajaba el arco al ver que el muchacho se ponía entre yo y el caballo para que no lo asaetara, maldita compasión que sentía por el pobre chico y su pueblo.

Al cabo de un rato regresamos al campamento, donde nos sentamos y pudimos escuchar mejor su historia: -Kelpie ser espíritus de agua. – comenzó a decir mientras que su nueva montura se acercaba como si nada al agua y bebía como un caballo más –Kelpies intentar matar sus dueños, pero cuando estos cambiar riendas de agua por normales Kelpies ser fieles y fuertes caballos de guerra. – explicó de nuevo. No terminaba de convencerme, pero al menos él ya se había ganado una montura para el día siguiente, pues ese ya se hacía tarde y teníamos que descansar. No sé qué harían los demás, pero yo por mi parte me tumbé algo intranquilo cerca del fuego, pensando todavía en las dos figuras que había visto en el lago hacía poco ¿Acaso nos iban a matar mientras dormíamos? Con este pensamiento en la cabeza poco a poco me fui quedando dormido, por algún motivo siempre, pero siempre, era el primero en caer en el letargo de la noche, como si mi cuerpo no soportara más ese agotador ritmo al que lo forzaba. También es cierto que era la noche el único momento en el cual, sólo en mis sueños, podía volver a ver a Ariadna, su hermoso rostro y su sus ojos de esmeralda parecidos a los míos. Sin más acabé por dormirme con la pesada manta de piel de oso encima de los hombros y cubriéndome el cuerpo todavía con la armadura. Bajo la misma quedaron ocultos mi arco y las flechas para que nadie me las quitara mientras dormía, pues eran lo único de mi poblado que me quedaban… no quería que fuera dañado y mucho menos que se me perdieran como me había pasado ya una vez cuando lo acababa de recibir, que lo dejé en un árbol y luego no recordaba cual era. Esa vez pasé días buscándolo.


[Mientras el elfo dormía como un niño pequeño tras un día de juegos el agua del lago comenzó a burbujear fuertemente. Ambos caballos, tanto el del elfo como el del humano formado por agua, relincharon con fuerza, mas esto no bastó para despertar al cazador. Pronto la tensión superficial de la primera capa de agua se vio rota por un par de cuerpos que emergían de allí, dos Kelpies más que querían “jugar” con los pobres aventureros que ahora deberían domarlos. No sería tarea fácil colocarles las riendas que misteriosamente habían aparecido a sus costados, pero si lo lograban hacer podrían quedarse con los animales. En sus sueños no pasaría nada extraño, más sí en los del chiquillo de las arenas, que durante toda la noche jadearía como un perro apaleado, llorando incluso y suplicando no por su vida, sino por la de su familia ¿Qué era lo que lo atormentaba? Pues no había modo de saberlo por el momento, sólo podían saber aquellos que quedaran despiertos que no paraba de repetir un nombre: Gesley. Ese nombre sería repetido por el muchacho hasta el amanecer que despertaría al elfo al primero, pues era el que más pronto había dormido.]





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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Ray Wuzuo el Mar Oct 18, 2011 8:04 pm

A la par que el rojo astro comenzaba a anunciar la noche, un imprevisto oasis apareció entre la arena como si se tratara de una señal que les recomendaba acampar. Era bello de admirar. Como si con magia se hubiera creado, un lago limpio y fulgurante acompañaba a una serie de matorrales y palmeras que chocaban demasiado con la cálida arena. Dos ecosistemas tan dispares conviviendo juntos cortantemente como un gato y un ratón que han enterrado el hacha de guerra. Aunque tenían agua de sobra, Ray y Beed se acercaron a la serena orilla para remojarse la cabeza. Las gotas que impactaban con el lago al pervertir el agua provocaban unas ondas que rápidamente se esparcían entre el amable líquido.

Mostrando su cara más cortés, el elfo y Ahmed fueron a por leña, lo que Ray les agradeció con sinceridad. En unas horas comenzaría a refrescar hasta el punto de que, a las seis o siete horas de que el Sol hubiera caído, un contundente frío tiránico alcanzaría su máxima e impondría su voluntad frente a la de los aventureros. Mientras cenaban al son de la caliente hoguera, extrañamente Ahmed desapareció sin previo aviso. El mago no le dio importancia, no era un hecho tan ajeno, hasta que sus gritos de socorro rompieron la paz que había hasta el momento. El raptor siguió al elfo, que rápidamente acudió al auxilio del otro hidromante. ¿Una bestia salvaje? ¿Otros asaltantes morenos que querían encargarse de su traidor? Ray no tenía ni idea de lo que estaba pasando, pero con coraje y sin permitirse mirar atrás fue a salvar a su único guía, seguido por su acongojado grifo, que no estaba acostumbrado a sustos de esta índole

Un caballo hecho íntegramente de agua era montado por Ahmed. Eso sí que no se lo esperaba el mago. Había visto a innumerables criaturas, cada una más curiosa que la otra, pero sus ojos jamás le habían podido contemplar una tan magnífica. –¡Quédate aquí! ¡No te muevas! –le ordenó a su grifo cuando el elfo disparó a unos enemigos cubiertos con capuchas de los que no se habían percatado aún. Miró en todas direcciones, esperando no encontrarse con más, y corrió hacia ellos. La acción nuevamente cambió de protagonistas cuando una flecha del armado elfo se incrustó en el caballo hídrico, que trataba hostilmente a Ahmed, por eso mismo habría recibido el disparo. El animal comenzó a moverse desesperadamente, intentando en vano escapar de la clavada flecha, hasta que Ahmed le colocó unas riendas y consiguió tranquilizar al animal.

Por lo visto, Ahmed conocía de antemano a ese tipo de criaturas. Una vez que el ambiente estuvo más tranquilo, les explicó el acontecimiento que acababan de ver. Esos caballos, llamados kelpie, eran unas extrañas criaturas cuyo proceso de sumisión es intentar matar a su domador antes de que éste les cambie las riendas y se declare así como su dueño en sí. Magnífica manera de elegir a tu montador. Un poco radical, sin duda ¿pero qué mejor montador que uno cuyo coraje y habilidad supera a la tuya? Era incluso romántico para un habitual de los animales como Ray.

El fin de la sorpresa dio aparentemente por cerrado el día y Ray se fue a dormir junto a su pequeño grifo tumbado en el pacífico oasis. No supo en qué momento de la noche, pero unos relinchos acabaron con el fructuoso descanso del mago. Con ojos entreabiertos y plagados de legañas, el hidromago, extrañado, descubrió el origen de su despertar: dos kelpies más habían aparecido de la nada, al igual que unas riendas situadas a su costado. No tenía ni idea de quién las había puesto ahí, pero no podía dejar escapar la oportunidad de atrapar a uno. Necesitaba un caballo y la composición acuática de los kelpie los hacía hechos a su medida. Sin dudarlo, Ray se enganchó su arma a la espalda, se ató las riendas a su vaina y fue corriendo hacia uno de los caballos. Como había planeado, el kelpie fijó su objetivo en el hidromante y galopó hacia él. El mago desvió su carrera hacia un lado para apartar el duelo de los demás, siendo seguido por su rival y cuando consideró la distancia apropiada, paró en seco. El caballo vaciló unos instantes y también se detuvo a escasos metros del mago. Ray tenía que obligarle a querer matarle y únicamente con eso en mente recortó la breve distancia que le separaba con el kelpie se subió a él de un salto. No obstante y para su sorpresa, la inercia de la carrera y un movimiento esquivo del deslizante kelpie provocaron que el mago terminase cayendo en el suelo. El caballo le atacó con el morro hasta que Ray le pego una patada y se reincorporó. Procuró un nuevo salto y esta vez no falló, se montó sobre el kelpie. El animal, como horas antes había sucedido, intentó tirar a su montador con agobiantes movimientos de un lado a otro, pero Ray estaba sujeto con firmeza y no se dejó tumbar de nuevo. Era el momento. Cogió las riendas que tenía guardas en su espalda y rápidamente se las intercambió por las de agua originales. Como si se hubiera transformado en una apacible criatura, el kelpie se calmó de sopetón. Lo había conseguido, había domado al kelpie.

Con una sonrisa de oreja a oreja y subido en su nuevo transporte, Ray se acercó al campamento indicándole a Beed con la mano que todo había salido bien. Tras galopar un par de vueltas como jinete para conocer al caballo acuático, se tumbó junto a su grifo intentando retomar el sueño. Un sueño que sería dificultado por las terribles pesadillas que inconscientemente Ahmed no pudo evitar exteriorizar. Fuera lo que fuese lo que le pasara a ese chaval, debía de ser terrorífico.


Última edición por Ray Wuzuo el Jue Oct 20, 2011 11:45 pm, editado 1 vez
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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Shezis el Jue Oct 20, 2011 10:17 pm

El brillante sol rojo se ocultó tras las dunas del desierto un poco más cada hora que pasaba hasta que, al fin, las horas de cruel y dolorosa luz terminaron. Ahora era la amable luz de la gran luna la que iluminaba los pasos del grupo y bañaba las arenas, enfriándolas. El ambiente también refrescó, dándoles un respiro del asfixiante calor que hasta ahora venían soportando. Shezis por fin pudo dejar de proteger sus ojos y, animada y con fuerzas algo recuperadas después de la anterior parada, optó por tomar impulso y alzar el vuelo dejando que fueran las corrientes de aire quienes la sostuvieran en el aire. Así, además, podría detectar cualquier peligro, como nuevos e inesperados atacantes, antes de que fuese demasiado tarde para lamentarse.

No pasó mucho tiempo hasta que, tras unas dunas, divisaron un pequeño oasis rodeado de altas palmeras y una zona de hierba alta. El agua del lago central era tan cristalina que podía verse el fondo con total claridad y la antropomorfa no se entretuvo en otra cosa que en aterrizar junto a la orilla y rellenar tranquilamente su cantimplora, observando aliviada cómo los compañeros animales del elfo y el mago calmaban su sed. El fresco líquido era como una bendición deslizándose por su garganta y Shezis sintió que debía agradecer aquél amable regalo a la Naturaleza, tal y como la habían enseñado. Pronunció unas breves palabras, como una rítmica oración, que dedicaban un sincero agradecimiento por el presente mientras se arrodillaba a la orilla del lago y llevaba sus manos a su pecho para después posarlas sobre la superficie del agua. Cuando terminó, dio las buenas noches a sus compañeros amablemente y, de un ágil salto, trepó por el tronco de una palmera arqueada hacia el suelo por el peso de sus frutos. Allí se colgó con las garras de sus pies descalzos y se envolvió en sus alas para dormir pues, aunque no acostumbraba a hacerlo de noche, estaba cansada después de tan duro día.

Al hacer esto, no había podido reparar en que Ahmed había desaparecido hasta que su grito llegó hasta ellos. Sus orejas se erizaron y miró hacia la dirección desde la que provenía el sonido con sus pequeños ojos abiertos de par en par, aún boca abajo. El elfo ya había corrido en su busca y el mago no tardó en unirse a él. Shezis, sin perder tiempo, se descolgó del tronco y batió sus alas con fuerza para elevarse en el aire y evitar chocar contra el suelo, volando como una flecha hacia la escena, pero debido a la alta vegetación no pudo ver a los supuestos atacantes… pero sí que vio a aquél caballo acuático. Un kelpie.

Sabía de ellos por las historias de la matriarca, pero jamás había visto uno con sus propios ojos. Era una criatura de infinita belleza, formada por agua tan cristalina que podía verse a través de él. Pero toda esta belleza no servía sino para ocultar el lado macabro de su leyenda, pues como bien les explicó Ahmed más tarde los kelpie intentaban matar a quien subiera a su lomo hasta que este se proclamase su jinete cambiando sus riendas.

-¡No le hagas daño!-exclamó Shezis al ver que el elfo intentaba herir de nuevo al animal.

Iba a apartarle para obligarle a fallar el tiro, pero eso no fue necesario. Con la explicación de Ahmed, todos quedaron más tranquilos por la presencia de la criatura acuática, que serviría de montura al joven para el día siguiente.

-¡No puedes llevártelo!-se interpuso ella.- ¡Este es su hogar! ¡Si le llevas al desierto morirá!

No podía permitir que tal cosa sucediera. La aridez del desierto drenaría las fuerzas del pobre animal hasta que éste muriese exhausto. Ahmed, en todo caso, no la escuchó o tal vez no quiso escucharla.

-No lo hagas.

Solo insistió esa vez. Esperaba que al llegar el día, Ahmed tuviera suficiente corazón como liberar al kelpie y así salvar su vida.

Volvieron al campamento, preocupados aún por los misteriosos individuos que habían desaparecido entre la maleza. ¿Quiénes eran? ¿Qué querían? No les habían atacado… ¿serían exploradores? Era inútil darle vueltas a eso, pues no encontraría respuesta en sus cavilaciones. Aún así, debían estar atentos por si volvían con malas intenciones.

Shezis volvió a su lugar elegido para pasar la noche, envolviéndose de nuevo en sus alas. Pero su sueño volvió a ser interrumpido por un sonido burbujeante proveniente de las aguas. Este ruido no pasó desapercibido para su agudo oído, y al apartar la cortina que formaban sus alas y abrir sus ojos lo que vio casi la hace caer de la palmera.

Otros dos magníficos kelpies se habían acercado hasta la orilla. Uno de ellos se acercó al mago, mientras que el otro se desvió de su compañero y alzó su cristalina mirada hacia ella. La antropomorfa, además de embelesada por la belleza de sendas criaturas, se sintió alarmada por su presencia.

-¡No! ¡Marchaos! ¡Volved al agua!-gritó, bajando bruscamente del tronco.

Caminando hasta los kelpies, extendió sus alas para intentar asustarlos antes de que fuera demasiado tarde, y funcionó con uno… pero el otro animal había sido atrapado por el mago, quien había logrado, después de una trifulca, cambiar las riendas de la criatura.

-¡No! ¿Por qué has hecho eso? ¡Libéralo! ¡No puedes llevártelo!

Pero el mago también la ignoró, probando a su nueva montura dando unas vueltas por la orilla. ¿Qué podía hacer ella? No iba a obligarles a soltarlos a la fuerza, no era propio de ella, ¿pero cómo iba a convencer a alguien que ni siquiera escuchaba sus palabras?

La idea llegó a altas horas de la noche. Todo estaba en calma y solo se escuchaba la respiración de los animales y sus compañeros. Shezis no había podido conciliar el sueño debido a la preocupación por los kelpies y lo único que se la ocurrió hacer fue intentar liberarlos por su cuenta. En completo silencio, se deslizó hacia las monturas acuáticas con su daga en la mano.

Su intención era cortar esas riendas para salvar a aquellas criaturas de una muerte segura.

Spoiler:
Necros, tú decides si consigo lo que me propongo o no. ¡No os enfadéis conmigo! ¡Solo soy una pobre hippie! XD


No soy española, así que por favor avisadme si veis alguna falta en mi escritura =)



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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Necros el Lun Oct 24, 2011 10:41 pm

{El elfo todavía dormía cuando la mujer de orejas grandes intentaba liberar a los animales de sus compañeros, una y otra vez lo intentaba, pero aquellas riendas le parecerían hechas del más duro metal, rechazando su daga como si se tratase de un juguete, produciendo el estridente sonido de metal contra metal que debería haber despertado al elfo, que de tanto oído presumía, o tan siquiera a los humanos, pero no fue nada así, nadie despertó mientras ella, en su cejo por liberar a las bestias, intentaba una y otra vez cortar las riendas. Serían unos minutos de intensa angustia para ella, no sabía si sus compañeros serían alertados por el sonido o no, pero sin duda quienes si fueron alertados fueron los guardianes del lago, los mismos encapuchados que a los que antes Necros había intentado dañar. Eran un par de seres, pues ni de hombres ni de mujeres se trataban, de estatura menos a la de Shezis, más o menos un metro cuarenta o rondando esa altura, vestían con ropas holgadas y raídas, secadas al sol y que en su mayoría eran seda y gasa, encapuchados ocultado la gran mayoría de sus ragos para la antropomorfa –Tienes un corazón puro y un alma noble. – dijo una de aquellas criaturas, con una voz tan melodiosa y dulce que el oído de la mujer se derretiría ante ellas, perdiendo la fuerza en sus brazos –Pero los Kelpies son un regalo que os hacemos, pues el camino hasta la ciudad del desierto es largo y demasiado tortuoso para hacerlo a pie. No debes tener preocupación alguna por su vida, noble dama, pues ellos están hechos de magia que no entiende de calor o frío. – y con esta última frase se retiraron ambos seres, dejando de nuevo uno de esos mágicos caballos al lado de la antropomorfa, este ya tenía las riendas puestas, pero a diferencias de los hidromantes sus rienda no eran rojas como la sangre, el rojo, el color de la pasión y también de la violencia, sino que eran blanco puro como la sal, como el azúcar de caña, un blanco que incluso irradiaba luz propia ¿Qué era aquello? La recompensa a un corazón tan noble, que había preferido enfrentarse a sus compañeros en una batalla de seguro perdida a sacrificar una vida. Los Kelpies eran tan rápidos como un caballo normal, pero el de la antropomorfa además sería capaz de protegerla, como ella había hecho con él, un lazo que difícilmente se rompería, aunque eso, todavía lo tenía que averiguar ella.}

Desperté temprano por la mañana, cuando todavía el sol no había terminado de poner su baño carmesí sobre las todavía azules dunas. Ante mí se mostraba un precioso espectáculo que más bien parecía la lucha entre el bien y el mal; Por un lado, el oeste para ser más concretos, se mostraban las tres lunas, tres damas de diferentes colores que con su manto de negrura pretendían permanecer en el firmamento para hacer frente al gigante rojo que poco a poco nacía por el este, que teníamos de frente y que poco a poco, en una danza invisible para los ojos mortales como los míos, desprestigiaba a las tres señoras de la noche con fulminantes lanzas de color bermellón. Todavía hacía algo de frío, y más con la armadura, que pese a que había estado cubierta toda la noche con la manta, no dejaba de ser frío y duro metal. Rápidamente bajé la visual para buscar mi arco y mis flechas, quería asegurarme de que estaban en su lugar, pero antes de que tocase con las manos la madera de color negro intenso del arco pude ver como en su lecho se retorcía el joven de tez más morena, Ahmed, pronunciando constantemente un nombre. Su rostro parecía descompuesto por el dolor y la pena de perder una familia, sabía cómo era ese dolor y la cara de ese chico era esa misma. Sudaba a mares, y su manta estaba totalmente mojada, como la de un cadete en su primera noche de cacería, que tiene pesadillas con los monstruos de su imaginación que lo acechan pareciendo incluso reales. Sin perder un instante en recoger mis cosas y vendo el febril estado del muchacho me puse en pie y corrí hacia él, palmeándole un par de veces la cara con fuerza, le iba a doler, pero al menos despertaría. Tras unos momentos de tensión fue que despertó, sobresaltado como nunca había visto a nadie, como si volviera de otro lugar, de otro tiempo incluso; sus ojos enrojecidos por el llanto tenían las pupilas tan encogidas que apenas eran dos puntos negros en un iris de tonos avellanas, y su cabello ya no lucía en ondas como antaño, sino que ahora eran hebras finas y raídas por un tiempo que era algo más que una noche, culpa del sudor aquella ilusión óptica.

-¡Gesley! – vociferó, al ponerse en pie empuñando su arma -¿Quién es Gesley? – le pregunté casi con el mismo tono, aunque también intentando calmarlo, pues sus gritos incluso habían despertado a mi mascota -¡Gesley! – repitió, blandiendo su arma contra enemigos que sólo estaban en su cabeza. Aquello me colmaba de ira, no soportaba ver a alguien así, no después de haberlo vivido yo mismo, despertarme durante las noches y apuntar con el arco a dragones que no existían, librar combates en mi mente como si fueran reales, y lo peor era… despertar y darme cuenta de que mi lucha era inútil, pero sin embargo no podía quedarme esperando un milagro toda mi vida. Si quería encontrar a Ariadna lo haría con mis manos, al igual que acabaría con el Cuervo de Plata. Sin pensármelo dos veces me terminé de poner en pie y apretando el puño con fuerza descargué un sonoro puñetazo en su cara, dejando una marca fea y sangrante, pero era el único modo de que despertarse: -¡No hay ninguna Gesley aquí! ¡Despierta maldita sea! – grité enfurecido, preparando un segundo golpe ante el cual el chico se cubrió cual cachorro apaleado -¡No! ¡No golpear! ¡Por favor! – suplicó Ahmed, con la cara llena de lágrimas y la boca sangrante, daba verdadera pena, pero no había otro medio.

Poco después de ese incidente, cuando ya todos estábamos despiertos y la mujer murciélago atendía las heridas del chico que ayudaba en lo que podía con su magia, nos sentamos a desayunar algo de carne que todavía tenía en mi alforja con un par de frutas que alguno recolectó, no sabría decir cual pues perdí demasiado tiempo revisando mi equipo de caza. La hoguera de la noche anterior ardió bien con nueva madera, y al estar el sitio caliente era el mejor lugar para de nuevo prender el fuego que nos cocinaría la comida. Había más o menos cuatro kilos de carne, para tres varones adultos y una mujer que ninguno sabíamos hasta que punto podía engullir, puesto que los antropomorfos, además de por sanguinarios, eran conocidos por ser fieros comedores, así que repartí la carne de la manera más ecuánime que pude, haciendo varias brochetas para cada uno y rezando mientras tanto para que otro de esos tiburones de arena apareciera cuando por fin saliéramos de allí, pero bueno, volviendo al momento actual. La carne se cocinaba en el improvisado asador mientras que nuestras miradas se iban perdiendo unas en otras. La mujer murciélago la podía ver dedicarme alguna que otra mirada de desconfianza, y era normal, pues no había actuado como un elfo precisamente “típico” o “normal”, pero en esas situaciones de poco valen los tópicos. Aunque sin embargo la mirada que más me intrigaba era la del joven Ahmed, que perdía sus ojos, pequeños y todavía nerviosos, en los míos, que ahora con el yelmo fuera permanecía sentado mirando al muchacho, esperando a que hablase, interrogándolo con la mirada de un veterano que ya ha visto caer ante él muchos jóvenes como ese, mis cadetes eran iguales, y con él sentía que volvía a ser aquel Necros de antes… El “Viejo”, como me apodaban los recién llegados al campamento Guardián, o “Ojo mortal”, dado que nunca un cadete me vio fallar una flecha.

-Gesley ser princesa… - confesó finalmente, echándose luego en brazos de la mujer a llorar como un crío, y es que no era otra cosa. –Yo… tener poder para ver futuro en sueños. Yo ver princesa muerta bajo Rey del Desierto… nosotros no llegar a tiempo. – añadió después, entre lágrimas de desesperación ¿Sería aquello cierto? Ya había demostrado ser capaz de muchas cosas, entre otras de domar a un Kelpie cuando nosotros ni sabíamos que estaban allí, así pues… ¿Por qué no de eso? –En ese caso, salimos ahora mismo. – dije mientras lanza al aire mi improvisada brocheta de carne trinchada en un palo afilado con la punta de una de mis flechas. Pyros no tardó demasiado en oler la carne toscamente asada, lanzándose a por ella en el aire e interceptándola con letal velocidad para hacerla suya y de su estómago. Era hora de partir y no aceptaría reproches. Mientras los demás terminaban sus preparaciones para el viaje yo ensillé mi caballo con cuidado de no hacerle daño en la espalda, colocándole las alforjas y dándole una cálida caricia en la cara –Espero que hayas bebido bastante agua, pequeño… Hoy tendrás mucho trabajo. – le dije de manera cariñosa al oído, en un leve susurro que sólo yo y él oímos. Su relincho acompañado de lo que a mí me pareció un asentimiento de cabeza me indicó que sí, así que era el momento de salir del vergel de nuevo al tórrido y duro desierto, con armadura y caballo negro, además de una aljaba a la espalda y el arco, que daban también su calor a la espalda. Fuera de la protección de las palmeras datileras y el agua cristalina del lago, casi tan pura como la de los animales que ahora montaban mis compañeros, el paisaje era tan distinto que hubiera jurado que aquello no era sino un trozo de paraíso arrancado de su lugar original y depositado en un punto al azar del mundo, tan desubicado y tan extraño a la par. Las arenas teñidas de rojo parecían un infinito mar de sangre derramada sobre una tierra un día fértil. Las dunas se intercalaban con las interminables estepas de tal manera que daba más la sensación de estar perdidos, pero como Ahmed era el que abría el grupo no me tenía demasiado preocupado.

A lo lejos, a una distancia que yo juraría, era apreciable para el ojo humano, se podían ver unas ruinas; columnas ya consumidas por la acción de la arena y el viento, que prácticamente se habían tragado lo que antaño, y por las imágenes que yo sí lograba diferenciar en las paredes pese a la enorme distancia que había, debió ser un templo en sus días. Por sus cercanías, a unos cuatro metros de donde se hallaba la primera columna de todas, se removían las arenas cual mar embravecido, levantándose las olas de rojo polvo y luego volviendo a hundirse con una pronunciada cresta, nos movíamos hacia ellas, y como si lo supieran, estas hacían mayor su empeño por parecer tsunamis rojos como la sangre. La distancia en caballo se hacía más llevadera, pero no por ello menor, y al menos tardamos una media hora en llegar a acercarnos hasta casi entrar en el viejo templo, que ahora de cerca se veía mucho mejor. Las columnas sólo marcaban la entrada a una ciudad derruida, totalmente arrasada por las mareas rojas. Bóvedas destrozadas y esparcidas por el suelo, columnas que parecían carcomidas por algo más que la arena y el tiempo, puertas con cortinas tan raídas que apenas sí eran un par de hebras que caían de uno a otro lado, dejándose mecer con el suave y tórrido viento del noroeste. Durante unos instantes me quedé contemplando el lugar, disfrutando en parte de las vistas porque, aunque una tragedia, era hermoso en su cierto punto, pero no pude disfrutar demasiado de aquella visión de destrucción y muerte, no sin conocer de primera mano a su creador.

A unos cien metros de nuestra posición, donde más arrasado estaba el lugar, se comenzaron a ondular las llanuras rojas, convirtiéndose de golpe en pronunciadas colinas de arena grano a grano fueron cayendo por su propio peso a través de un cuerpo enorme, gigante más bien, que superaba con creces el tamaño de la más grande de las dunas vistas hasta el momento, alcanzando al menos los tres metros de altura sin mucho problema. -¡Al suelo! – grité mientras que me arrojaba desde mi caballo hacia el mar rojo, espoleando en el último momento a mi caballo que salió corriendo hacia un lugar seguro. Para evitar partir el arco caí de bruces al suelo pudiendo girarme sólo para ver como un enrome cuerpo de escamas verde musgo. En total, lo que yo pude ver al menos, medía cerca de quince metros de largo y unos dos de ancho, dos piernas traseras que parecían ser ancas y dos delanteras como aletas ¿Otro tiburón de arena? No, demasiado grande para ser uno normal ¿Sería aquello lo que había acabado con las personas de ese pueblo? Antes de que mis preguntas encontraran respuesta tuve que rodar sobre mí mismo evitando así se tragado por su gigantesca boca, que al abrirse me empujó para que rodara unos cinco metros por la arena, tragando parte de esta cuando se colaba por el cubre cuellos de una manera incómoda. Ahora sí que me daba por perdido, estaba totalmente blindado, al menos él, pero no el tipo que había visto sobre la bestia. Sin perder un instante me puse en pie y tomé mi arco y dos flechas: -¡Atacad al jinete! – ordené tajante, tensando la cuerda y esperando su próxima salida, nada difícil de predecir gracias a los temblores que causaba cada vez que iba a salir de debajo de tierra. Era el momento de luchar, aunque contra semejante criatura ¿Tendríamos algún tipo de posibilidad?





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Re: El Toque del Desierto (Libre)

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