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El Toque del Desierto (Libre)

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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Ray Wuzuo el Sáb Oct 29, 2011 5:42 pm

Abrazado junto a su mascota, el mago despertó como consecuencia del sobrado sol, que hacía imposible seguir durmiendo. La temperatura había vuelto a aumentar y la oscura túnica que había empleado como manta ahora le asaba. Tras despejarse las legañas de los ojos y despertar a Beed agitándolo brevemente, Ray se montó en su nuevo caballo y salió en busca de algo de comer, con su grifo sujeto en su cabeza. Por experiencia sabía que los grifos eran criaturas famosas por su gran valentía, pero Beed temblaba ante la simple idea de alejarse de Ray. Sumando su cobardía a su carencia de vuelo, tenían como resultado un grifo que era la excepción que confirmaba la regla. Sin embargo, todavía era una cría y a su temprana edad ya se había enfrentado a duros momentos como perder a su familia y el dolor de la soledad.

Ray no estaba acostumbrado a montar un caballo como medio de transporte y, aunque sabía hacerlo, le resultaba curioso, y más teniendo en cuenta que se trataba de uno de agua. Su galopar era cómodo y deslizante y a pesar de haber demostrado su hostilidad la noche anterior, ahora era tan dócil como un perro lameculos. El desierto no era un banquete noble precisamente, salvo algo de fruta que consiguió atrapar en lo alto de un árbol, no encontró nada más que se pudieran llevar al estómago para quitarse el ayuno. Cuando llegó al campamento, observó cómo el portentoso elfo estaba cocinando carne para todos en la hoguera renacida. Ray cortó la fruta, a ojo, en tantos trozos como seres vivos había allí reunidos, incluidos los animales. El resultado fueron pequeños fragmentos que cabían en una boca humana de un solo bocado.

Junto a la fruta degustaron la cocinada carne. Ray sacrificó un poco de su porción para dejarle algo a su compañero alado. El joven Ahmed dijo algo de una princesa y que unos poderes premonitorios suyos habían declarado que no llegarían a tiempo de salvarla. Todo parecía indicar que mientras dormía se había perdido algo, pues aquella no parecía sino la continuación de una conversación anterior. ¿Ahora también podía ver el futuro? El muchacho de piel oscura era una verdadera caja de sospresas.
Es lo mejor que he oído en toda la mañana –respondió el hidromago ante la propuesta del elfo de salir inmediatamente. Se levantó y mientras se terminaba su trozo de carne comenzó a prepararse. Cogió su túnica del suelo y la sacudió dando un par de golpes al aire, haciendo que el viento se llevase los granos de arena adheridos a ella. Llevar tanta tela puesta y encima negra era algo muy molesto ante tal irradiante calor, pero a su vez era algo obligado para protegerse de las quemaduras. Por tanto, con dolor mental, se puso la túnica, cogió su bolsa de tela y se ató la katana a la espalda, como siempre. Se acercó a su nuevo caballo, preparado para un rápido y nuevo trayecto, y se subió a él junto a su grifo. Echó una última mirada al cómodo oasis en el que tan a gusto habían acampado y, tras una correcta señal, el kelpie comenzó a galopar siguiendo a sus compañeros.

Viajar montado era incomparablemente más cómodo que hacerlo caminando, y más teniendo que cargar cosas. Al rato de viaje, una superestructura en la lejanía rompió la rojiza monotonía del desierto. Podía traer tanto buenas como malas nuevas, pero los aventureros no titubearon en acercarse a explorar más la zona. Al atravesar unas columnas que hacían de entrada, se mostró una visión poco alentadora. Una especie de ciudad en ruinas yacía como un cadáver entre la arena. El mago se bajó de su caballo y comenzó a pasear por las ruinas, contemplando todo con mayor exactitud. Numerosos detalles y no tan detalles indicaban que el desorden allí acontecido no había sido precisamente un acontecimiento pacífico.

Avisando del peligro, un segmento de arena a lo lejos comenzó a hincharse, como un globo inflado por un niño. Un verdoso y titánico monstruo salió de la arena. Su protección natural sobre el cuerpo y su tamaño de coloso hacían que hasta el más valiente de los valientes se pudiera mear encima. Ray, sin embargo, estaba acostumbrado a bestias de aquella índole, entrenando por los Raptor. Lejos de temblar o acongojarse, una sonrisa de excitación se dibujó en su rostro. Por fin algo grande que matar, desde aquel Draco de Phonterek hacía tiempo que no se enfrentaba cara a cara con una criatura tan grande.

Con rapidez volvió a su caballo y lanzó a su grifo a un lugar seguro, pidiéndole perdón por el agresivo aterrizaje que le hizo propinar.
Veremos cómo se te da el combate de verdad –le dijo a su caballo. Era el momento decisivo para probarlo en una situación real. El elfo había decidido que sería más seguro seguir a pie, pero Ray confiaba plenamente en su nuevo amigo. Galopó hacia la bestia, intentando propinarle ayuda a su armado compañero, pero ésta se refugió en la protectora arena. Como había dicho el arquero, la mejor opción era atacar su núcleo: el jinete que probablemente la conducía, aunque con tal majestuosa criatura era difícil fijarse en él. El próximo movimiento estaba claro, cuando un terremoto anunciase otra visita de la bestia, Ray correría junto a su kelpie hacia su costado y, tras ponerse lo más cerca del jinete que le fuera posible, lanzaría su aturdidor hechizo que creaba una esfera hídrica y dejaría al jinete a punto de flecha para el elfo.

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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Shezis el Dom Oct 30, 2011 12:02 pm

Aquellos seres que salieron de la nada, ataviados con ropas del desierto, la causaron una gran sorpresa. Sus pequeños ojos se abrieron y al instante retrocedió unos pasos, en guardia, sin saber cómo reaccionar, esperando que no fueran hostiles. Para su sorpresa, una de estas “criaturas” la dirigió unas palabras amables, melodiosas, casi como una dulce canción. Shezis relajó sus músculos al instante, dejando caer al suelo su daga, que se clavó en la arena.

Explicaron que los Kelpies eran un regalo, que no tenía por qué temer por ellos. No iba a dudar de aquellas voces mágicas, algo la decía que esos seres estaban allí para ayudarles. ¿Por qué motivo? No lo sabía. Pero si el camino no podía ser realizado a pie, esa ayuda no sería desperdiciada.

Otro Kelpie salió de las aguas y avanzó hasta ella mientras los seres se retiraban. La antropomorfa avanzó también hacia el animal, comprobando que sus riendas ya estaban puestas. Estas riendas no parecían normales, pues podía sentir una fuerte energía proveniente de ellas. ¿Por qué eran distintas? ¿Qué poder ocultaban? Eso tampoco lo sabía, pero mañana podría averiguarlo. Acarició al caballo de agua, que para su sorpresa no empapó su mano. Shezis no comprendía la magia, pero si esos seres estaban imbuidos de ella entonces lo que habían dicho los guardianes del lago debía ser cierto. Recogiendo su daga del suelo, durmió al pie de la palmera junto al Kelpie, cansada. Cuando cerró los ojos, ya no los volvió a abrir hasta la mañana siguiente.

La luz del sol volvió a molestar a sus ojos en el amanecer, pues no se había cubierto con sus alas esa noche. El Kelpie seguía a su lado, de pie, esperando pacientemente. Shezis lo acarició de nuevo, comprobando a la vez que los demás también despertaban. Hacía algo de frío todavía, pero por suerte su pelaje la protegía… y se convertiría en una carga más tarde, cuando el calor fuese insoportable. Estaba estirando sus brazos cuando escuchó la voz de Ahmed gritando un nombre en sueños y poniéndose en pie con su arma en guardia. El elfo logró despertarle con bastante brusquedad, pero Ahmed no explicó nada sobre aquella Gesley. Tal vez era solo un simple sueño, o una pesadilla a la que seguramente habrían contribuido sus heridas. Caminando hasta él, Shezis le pidió que la permitiera tratarlas, usando las hierbas que guardaba en su bolsa. Mientras hacía esto, el hidromante había salido a buscar comida y el elfo cocinaba carne que guardaba en su alforja. La antropomorfa también guardaba algo de carne envuelta en hojas para conservarla, dentro de su bolsa, pero pensó que lo mejor sería guardarla para más adelante, pues no sabían cuánto les llevaría llegar a la ciudad… y luego regresar. Dio a conocer al grupo la existencia de estos víveres de emergencia, pues no la importaba en absoluto compartirlos con los demás.

-Ya está.-sonrió al joven.- Intenta no tocar las heridas, picarán un poco.

Se hizo un silencio bastante incómodo mientras se sentaban a esperar a que se cocinara la comida. A Shezis la agradaba charlar y conocer las historias de otras personas, pero… aquellas parecían demasiado abstraídas en sí mismas como para intentar romper el hielo. Era cierto, no estaban allí para hacer amigos ni mucho menos, pues era el destino no de uno, sino de dos pueblos lo que estaba en juego, y Shezis no iba a olvidar lo que les prometió a las gentes de aquella aldea que fueron saqueadas por un bárbaro. Se encontraba pensando en esto cuando Ahmed se echó a sus brazos, llorando. La antropomorfa tuvo que apoyarse con una mano en la arena para no caer sobre su espalda, pero no protestó en ningún momento. Ahmed era, al fin y al cabo, solo un niño. En actitud protectora, le envolvió entre sus alas, intentando calmarle mientras él explicaba por qué había gritado ese nombre, Gesley, anunciando que era una princesa a la que había visto morir en sueños… unos sueños que, al parecer, revelaban el futuro. ¿Era Ahmed… un Oráculo?

-No te preocupes Ahmed. No debes llorar por algo que aún no ha ocurrido y que podemos evitar.

El elfo, que no había tardado en convertirse en el líder del grupo, anunció su decisión de ponerse en camino de inmediato, con la cual Shezis estaba más que de acuerdo. Ayudó a Ahmed a levantarse y a subir a su Kelpie, pues la antropomorfa tenía miedo de que sus heridas le jugasen una mala pasada. Cuando estuvo listo, ella acudió junto a su Kelpie, ahora tranquila por la explicación de los guardianes del lago. Sabiendo que no sufrirían ningún daño, subió ágilmente al animal. Nunca había montado a caballo, así que estaba realmente entusiasmada por hacerlo, nada más y nada menos que con un Kelpie. El animal era muy suave y húmedo, pero no mojaba a su jinete, además Shezis podía notar que la temperatura era más agradable cerca de la criatura. Tomó las riendas entre sus manos, algo insegura sobre cómo debía usarlas. Dio una suave caricia al cuello del animal y amablemente le pidió que se pusiera en marcha, sosteniendo las riendas tanto para agarrarse como para dirigirlo. Era… ¡divertido!

Se adentraron en el inhóspito desierto con Ahmed al frente, galopando a través de las dunas de arena roja bajo el tórrido sol. Shezis tomó el pañuelo de su cintura y se lo colocó en la frente como había visto a Ahmed hacerlo, protegiendo así un poco más sus ojos de la dolorosa luz.

No pasó mucho tiempo hasta que, a lo lejos, divisaron unas ruinas. Shezis fue la última en descubrirlas, pues su visión no era precisamente buena bajo aquél sol tan cruel. Al acercarse más, la antropomorfa comprobó que se trataba de columnas ya consumidas por los años pero que aún conservaban algunos de sus relieves. Éstas eran las inmóviles guardianas de una antigua ciudad, destruida por solo el tiempo sabe qué. El viento atizaba al grupo como nunca antes desde que estaban en aquél yermo arenoso, haciendo complicada la visión debido a la cortina de arena roja que levantaba a su paso.

Shezis tenía curiosidad por conocer más sobre aquél lugar, pero no sería prudente detenerse, además de que, si lo que decía Ahmed era cierto, el tiempo apremiaba. Escuchó un extraño sonido proveniente de las dunas que les rodeaban y, al girarse para comprobar su origen, pudo ver con horror que un colosal cuerpo escamoso surgía de entre las arenas. El Kelpie tomó la iniciativa y se apartó de la trayectoria del monstruo, haciendo que Shezis cayera de su grupa al ser la primera vez que montaba un animal. Varias columnas se quebraron al pasar la criatura rozándolas, provocando que los escombros de una de ellas fuesen a caer sobre Shezis. No podía apartarse a tiempo así que se protegió con sus brazos instintivamente… pero el golpe nunca llegó. Al abrir sus ojos, se encontró rodeada de lo que parecía ser un escudo de agua, creado por el Kelpie para protegerla. Las rocas no habían logrado atravesarlo y se encontraban esparcidas a su alrededor, a escasos centímetros. Sin perder tiempo, Shezis corrió hacia el Kelpie, y subió de nuevo a su grupa, tomando el arco de su espalda y tomando una flecha.

La criatura que tenían ante ellos era inmensa. Jamás había visto nada igual. Sus escamas pardas serían muy duras y su anatomía reflejaba que era un ser adaptado a la vida entre las arenas. No sabía cómo podrían enfrentarse a algo así… mejor dicho, no sabía cómo podrían llegar a tiempo hasta la princesa si lo hacían. No obstante… ¿qué otra opción tenían? La bestia de arena estaba dirigida por un jinete, quien sin duda no los dejaría escapar tan fácilmente. El elfo dijo que lo atacaran, pero era complicado desde una distancia segura, pues como pudo comprobar Shezis, la flecha que lanzó se vio desviada por el viento y alcanzó a la criatura, rebotando en su dura piel. No, no podían hacerlo de esa forma.

Decidida, Shezis guardó su arco y ordenó al Kelpie que se pusiera a salvo, extendiendo sus alas aún montada sobre él. Debido al fuerte viento, se elevó en el aire sin mucho control al principio, pero gracias a su experiencia en vuelo pudo recuperar el control y mantenerse en el aire con relativa estabilidad. Gracias a su oído, podía escuchar a la criatura moviéndose, escarbando bajo la arena. Utilizó su habilidad de sonar para estar al tanto de cualquier movimiento bajo ella. Así pues, cuando emergiera, Shezis estaría preparada para caer sobre el jinete e intentar derribarlo de su montura.


No soy española, así que por favor avisadme si veis alguna falta en mi escritura =)



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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Necros el Lun Oct 31, 2011 4:45 am

La espera se hacía agónica, como si el tiempo se estancara para, al cabo de un rato, avanzar de golpe. El viento que soplaba desde el este arrastraba con él los remolinos de arena de más de medio metro que se formaban por el constante cambio de dirección en las corrientes de aire caliente del día y el frío de la noche, y estos acariciaban mi armadura con su tórrida caricia matutina, terminando de despertarme por si el combate no lo había hecho ya. Aquella calma, aquella paz y tranquilidad ante la tormenta que se cernía no me dejaba pensar con claridad, pues si había algo que odiaba –y odio- era tener a un enemigo cerca y no saber dónde estaba. El corazón desbocado y mis compañeros preparando ya sus estrategias, parecía ser yo el único que no tenía un plan perfecto. El hidromante seguía su carrera hacia una muerte segura, siguiendo los temblores seguramente para usar alguno de sus hechizos, tal vez uno que requiriese una cierta distancia mínima, mientras que la mujer alada había hecho algo digno de admiración y respeto, demostrando que su raza no eran sólo salvajes devoracorazones. Con sus alas extendidas cual pájaro estaba usando las corrientes de aire caliente para elevarse en el cielo carmín como la sangre, buscando desde el aire con un agudo chillido que llegó has mis oídos, dándome al momento una idea de lo que estaba haciendo, sino mal me equivocaba , era crea un mapa de la topografía del lugar mediante el sonido, que fácilmente podría atravesar los espacios entre las arenas para rebotar en la criatura y volver a sus grandes y cónicas orejas, por lo visto aquella pinta de murciélago no eran sólo una maldición. No sé cuánto tiempo aguardamos para por fin ver emerger los enormes dientes de la criatura hacia el aire, amenazando con devorar a la dama que con elegancia, demostrando una increíble maestría en el vuelo, logró evadir el mordisco que se cerró en el aire, provocando una fuerte corriente de viento que tal vez la desestabilizara, pero no tuve demasiado tiempo para fijarme en eso, sino que más bien me centré en el jinete que cabalgaba sobre la bestia, cerrando un ojo para apuntar mejor a su cuerpo.

En esos momentos el tiempo, que ya parecía discurrir por un cauce más ancho y por lo tanto más lento, se detuvo unos instantes, avanzando apenas unos cuadros cada tiempo. Pude ver con total claridad el jinete envestido de negro azabache sobre la espalda de la criatura, perlada por los reflejos del rojo sol sobre el verde de su coraza natural. Pero volviendo al hombre; Era un tipo de anchos hombros y mirada férrea, su armadura, por completo negra, no dejaba hueco por el que colar una sola saeta, en su cinto podía distinguir una enorme maza de roja cabeza rojo sangre, como el mismo sol. Fue en ese momento cuando más me concentré; La respiración casi detenida, los latidos de mi corazón no eran ya rápidos y debocados como caballos asustados por un lobo salvaje, sino que ahora se parecía más bien a un campo habitado únicamente por la calma y la paz, sin un solo ser vivo que perturbase el mortal silencio que se había formado en él. Pronto solté mis dedos de la parte trasera de la saeta y esta salió disparada allí donde había puesto mi ojo de águila, era como si con cada flecha yo mismo viajase, viendo en mi cabeza el trayecto que esta seguía hasta alojarse en mi enemigo. Daba por hecho el impacto en el cuello del caballero negro, pero lejos de impactar en su yugular lo que hizo fue ir bajando cada vez más: ¡No! ¡Otra vez no! ¡Yo no podía fallar dos tiros en un solo día! De nuevo mi corazón latía a mil por hora bombeando la sangre antes contenida, dándome a entender con un fuerte pinchazo de dolor que eso que hacía no era bueno para él. Estaba… confuso, no entendía porque había vuelto a fallar el disparo, pero sin duda no podía rendirme ahora. Por suerte el mago de agua me ganó algo de tiempo creando una extraña esfera en la cabeza del enemigo que lo desorientó unos segundos, lo suficiente como para que la mujer murciélago pudiera lanzarse sobre él como si se tratase de una rata, derribándolo de su impresionante montura con un placaje más propio de un deportista de élite que de una dama como ella parecía ser: Era ahora o nunca. Con un potente silbido hice saber a mi montura que era seguro regresar a por mí, y haciendo honor al apodo que gracias él me daban, como una sombra pasó ante mí bajando su cabeza para facilitarme la subida. Ya estaba acostumbrado a eso, lo había practicado muchas veces el subirme al caballo en marcha, y por suerte no en un campo cerrado, sino en situaciones reales. Una vez sobre su lomo traté de apuntar de nuevo al jinete que se sacudía la cabeza tratando de sacarse la esfera de agua y a la vez a la mujer, tenía un tiro limpio, perfecto para acertar en su corazón desde atrás, sería una muerte limpia y rápida.

De nuevo al cuerda del arco se encontraba tensa, el sonido de la madera al crujir por la fuerza que ejercía mi brazo derecho era música para mis oídos, y una vez más me dispuse a soltar el punto más alejado de la punta de la flecha para que esta surcara los cielos con su mortal canción de muerte, pero en lugar de eso lo que hice no fue otra cosa que sorprenderme cuando al mirar hacia delante para asegurarme de que no había ningún obstáculo me encontré casi de frente con una de aquellas criaturas de las arenas, cabeza plana y dientes pequeños, había decenas de esas criaturas dispuestas en un círculo del cual los tres nos encontrábamos en medio. Rápidamente desvié la trayectoria de mi disparo y apunté contra el que tenía enfrente, soltando la cuerda y haciendo que la flecha atrasara primero la cabeza de la montura y luego el estómago del jinete, que derrotado cayó al suelo, pero no era suficiente. Me acerqué a recoger la saeta y para cuando la guardé y levanté la vista, todo estaba perdido. Más de doce hombres con túnicas azules y montados sobre sus espeluznantes criaturas nos rodeaban a los tres en un mortal círculo dentro del cual el hombre de la armadura demostró no sólo ser un impresionante mago al rechazar con un simple chasqueo de dedos el hechizo del hidromante, desvaneciendo en agua como si fuera su señor, sino también zafándose con toda facilidad de la dama de la noche, despachándola con un simple manotazo en su pecho que la hizo rodar varios metros hacia atrás hasta acabar al lado del hidromante, ante la presencia del hombre el halo de magia de los caballos de agua parecía palpitar, incluso debilitarse un poco, pero aun así mantenían su orgulloso porte con impasible y serena mirada de ojos cristalinos como el hielo, como si lo desafiaran a tocar a sus amos. Sin remilgo alguno fui conducido ante el hombre de la negra armadura con la punta de una lanza pinchando mi espalda, ejerciendo presión sobre la coraza y amenazando con traspasarla. Una vez delante de él este sencillamente hizo un ademán con la mano y cuatro piqueros más nos pusieran a todos las puntas de sus afiladas armas al cuello, esperando sólo una nueva orden para ajusticiarnos. El chico, Ahmed, se encontraba con nosotros, magullado y herido como lo había dejado, pero además temblando como un limo ante la presencia de semejante hombre, un hombre que con facilidad superaba los dos metros, y cuya sombra nos eclipsaba la luz del sol, en cierto modo, un alivio.

-Ahmed, has hecho muy bien tu trabajo. – dijo en común, un común que para nada sonaba como el del chico, al menos no como lo había hecho hasta ahora: -Calla… Quiero… quiero verla. – respondió Ahmed apartando las lanzas que tenía él al cuello, descubriéndose como uno más de aquellos ladrones del desierto que ahora nos tenían prisioneros; -Que tierno… el traidor quiere ver a su princesa ¿Acaso te arrepientes de lo que has hecho? – preguntó con sarna el hombre de la armadura, su voz cada vez me traspasaba más la cabeza. La sangre me hervía al tiempo que me veía forzado a comprobar como toda mi confianza, la que había depositado en ese muchacho, se iban al averno junto con mi esperanzas de salir con vida: -No… No me arrepiento de nada, ahora déjame verla. – terció el muchacho, pero esta vez no obtuvo más respuesta que una simple carcajada por parte del hombre, que no tardó mucho más en golpear con fuerza el lomo de su montura para que ésta, como si se tratase de un autómata, se abriera por sus branquias, donde el joven muchacho se perdió. Maldito fuera él y toda su puta raza, humanos, traidores que no conocen de honor y orgullo, y que lo darían todo por cuatro monedas o una mujer hermosa, malditos. –Soltad las armas. – imperó el hombre de negro, por un momento me resistí a soltar mi preciado arco y mis flechas, pero finalmente desistí al ver que era eso o la vida y dejé el arco junto con la aljaba en una manta que habían dispuesto en el suelo, pero en ese momento tuve lo que podía ser un buen plan.

Sin dar tiempo a que ninguno de los guardias me detuviera me arrodillé junto a nuestras pertenencias, las mías y las de mis compañeros, y las rocé con la mano mientras pronunciaba unas palabras en élfico. Ante aquello el hombre de la armadura se asustó y con todas sus fuerzas, que he de reconocer que no eran pocas, me pateó el pecho dejándome caer de espaldas, pero aun así con una sonrisa. Rápidamente se lanzó sobre mí como lobo sobre conejo y me agarró del yelmo arrancándome este de cuajo, y por poco la cabeza con él, y agarrándome del cabello, pero aun así ni grité: -¿¡Qué has hecho, maldito elfo!? – gritó con evidente preocupación ¿Por qué esa violencia de repente? –He encantado nuestras armas, quien se crea capaz enfrentarse a la madre de las serpientes venenosas que ose tocar tan siquiera una de mis saetas o rozar el cuchillo de la mujer, y esta saldrá desde la misma tierra para engullirlo. – con una mirada de odio penetrante me arrojó contra la arena y yo sonreí -¿Y quién me dice que no mientes? ¿Qué no es un farol? – preguntó exasperado. –Si es un farol atrévete a ordenar que tus hombres toquen esas armas. – fue mi única respuesta. Luego todo lo recuerdo es otro golpe en la nuca –no podían darme un jodido somnífero, no, tenían que arrearme siempre en la nuca- y al momento todo se fue volviendo negro. Sentí como cargaban mi cuerpo hasta una superficie de madera, pero mis ojos no se abrían, pesaban demasiado. El dolor de la nuca y también el de la caída del caballo, pero sobre todo, el dolor en el pecho por la traición de ese joven muchacho, algo que nunca había experimentado… Traición. Después sólo… dormí.

{…}

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero cuando desperté no tenía ni mi armadura ni mi daga, y obviamente no estaba en el desierto, sino en una celda más bien pequeña, cuatro metros de ancho por cuatro de largo, con un par de camastros duros y sucios –además de malolientes- situados a sendos lados de la estancia y uno al fondo de la misma. Dos de ellos se encontraban ocupados por mis compañeros, si es que todavía los podía llamar así, Shezis y Ray, pero había algo extraño, el mago de agua no estaba junto con su grifo, al igual que yo sin Pyros, ellos iban vestidos como de costumbre, con su poca ropa, y yo, a diferencia de todas la veces que me habían visto, sólo cargaba con los guantes de cuero que llevaba siempre debajo de los metálicos, un cuero que pese a que era duro también era fino, y mi camisa blanca, combinada con los pantalones de color marrón claro y los botines negros. Maldita sea, ¿Quién me había cambiado? Ahora eso no importaba, mis compañeros empezaban a despertar, y a lo lejos se escuchaba el sonido de pasos, tal vez la mujer los captase por el tamaño de sus oídos, pudiendo, como yo, diferenciar el rítmico sonido de unos pasos rápidos entre los gritos y gemidos de los demás prisiones, que por el escándalo que armaban debían ser más de cien, y todos agitaban con furia los barrotes de sus celdas, buscando acabar con estos para liberarse. ¿En qué clase de conflicto nos habíamos metido?





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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Ray Wuzuo el Sáb Nov 05, 2011 10:32 pm

El suelo comenzó a vibrar progresivamente, anticipando los hechos a los aventureros, hasta que la criatura salió de la arena e intentó atrapar a la murciélago deforme en el aire como el tiburón que despega unos instantes del mar para alcanzar su comida. Sin embargo, el gigantesco monstruo tenía pensando quedarse, y así lo demostró cuando comenzó a deambular por la zona, preparando su próximo y bestial ataque. El hidromante, montado en su acuático caballo, comenzó una peligrosa persecución. Cabalgó en paralelo al monstruo y cuando se aproximó lo apropiado al jinete, lanzó una esfera hídrica con su diestra que impactó con destreza en su cabeza. El jinete, de oscura armadura, recibió el ataque mágico con sorpresa. Como si se hubiera tratado de un estratégico movimiento planeado con anterioridad, la antropomorfa realizó una embestida en pleno vuelo, en sustitución de la flecha fallida del elfo, que provocó su inmediata caída.

Ya en el suelo, el jinete intentaba reincorporarse mientras agitaba con desespero su cabeza, intentando escabullirse de la cárcel acuática que se había implantado en su cabeza y que le impedía respirar por su protegida nariz. Ray se acercó a él y se bajó de su caballo, dispuesto a sentenciarlo, pero el elfo se le adelantó. Tensando su arco, estaba a punto de acabar con él de una vez por todas cuando el mago vio cómo con conmoción intentó cambiar de objetivo. Entonces miró y vio a varios jinetes como a los que se había enfrento el otro día. Habían aparecido de forma sigilosa y sorprendente, ninguno había podido percatarse de su entrada. Los jinetes les estaban rodeando. El mago miró hacia atrás, intentando localizar a su pequeño grifo, rezando para que no le hubiera ocurrido nada malo, pero no pudo divisarlo. La ingente cantidad de jinete impedía cualquier visibilidad a través de ellos.

Ray corrió hacia uno de los lados más desprotegidos, intentando salir de la repentina emboscada e ir en busca de Beed, aunque velozmente los jinetes se interpusieron en su camino. El hidromago se lanzó a por uno de ellos, embistiéndole con su katana, pero una fuerza invisible lo cogió desde atrás y le propinó un golpetazo con un contundente objeto. Ray cayó al suelo, consciente pero mareado. La cabeza le ardía, sobre todo donde le habían pegado, y veía su alrededor en un constante movimiento. Se levantó sin mirar, aunque con dificultades, y dio desorientados espadas al aire. No iba a permitir que le separaran de Beed, otra vez no, haría lo que fuera. El aturdido mago no vio venir otro golpe, esta vez en su barriga, que nuevamente le hizo caer al suelo, permitiéndole palpar la caliente arena con su frente. Intentó volver a reincorporarse, pero su mareo hizo que lo único que consiguiera fuera dar vueltas y masticar rugosos granos de arena.

Malamente pudo verse junto a sus compañeros. Ninguno había conseguido escapar de ese lio excepto el joven Ahmed. Estaría escondido en algún lugar, temblando, sin valor ni habilidad para rescatar a sus compañeros. Cuando su aturdimiento se hizo más leve y sus ojos le enseñaban una realidad más realista, vio como uno de los jinetes tiraba a Ahmed al círculo, junto a ellos. Unas picas les impedían cualquier movimiento de fuga cuando el jinete, que parecía ser el jefe, se acercó para hablar con el joven. La conversación que tuvo lugar no fue agradable para ninguno de ellos. El hecho de que Ahmed era un traidor fue revelado. Esa emboscara había sido planeada para ellos. El mago, que ya tenía la conciencia enteramente funcional, le otorgó una mirada de desprecio y odio. No se lo podía creer, estaba totalmente pasmado. No se podía haber figurado que el joven del desierto fuera finalmente un traidor. Quizás era muy confiado. Ellos se habían presentado voluntarios, arriesgando su vida con tal de salvarle el pellejo a su pueblo y a su princesa de los cojones ¿y así se lo iba a agradecer? Esto no iba a quedar así. Sus ensimismados pensamientos de disgusto fueron interrumpidos por la orden de que dejaran las armas. Sin una opción viable a oponerse, Ray dejó su katana en el suelo. Había que saber cuándo se es vencido. La batalla estaba perdida, pero la guerra aún no había terminado. De hecho, no había hecho más que comenzar.

El elfo se arrodilló ante las armas y dijo algo acerca de que las estaba embrujando. Ray no sabía si era cierto o en realidad estaba cometiendo un farol. La verdad es que el elfo seguía siendo muy enigmático para él. Aunque amable y caballeresco, era algo frió y hasta ahora únicamente había demostrado su estilo de combate con el arco. No era descartable que fuera un híbrido entre guerrero y mago, al igual que Ray y todos los demás raptors. Un duro golpe en la nuca y la conciencia del mago se salió de su psique, causando que su cuerpo cayera en el suelo propinado un seco golpe. La arena mullida amortiguó la breve caída, aunque no iba a dolerle igualmente. Sin conciencia, no hay dolor.

(…)

Poco a poco, sus párpados se abrieron, permitiéndole ver dónde se encontraba. Era una pequeña celda. Lo habían encerrado. Al menos no estaba solo. Sus compañeros yacían presos en la misma celda, haciendo una agradable compañía. Fuera, se dejaba oír multitud de gritos. Parecía como si un millar de presos cabreados estuvieran manifestando sus olvidados derechos a la celda que había en la otra punta con gritos descabellados.

¡Dame mi dedo! –exclamó una voz tras la pared. Sin verlo, parecía que se trataba de algún enfermo mental con tono infantil.
¡No! –contestó otra con una risa malévola.
¡Que me des mi dedo! –ordenó la primera voz, estallando a llantos.
No haber apostado ¡lo perdiste! Ahora…me lo voy a comer –nuevamente la alocada risa siguió a la frase.
Mi dedo…¡yo también tengo hambre!
No más que yo, maldito loco

¿En qué maldita prisión les habían encerrado? El latoso y ajetreado ruido del entorno se sumaba a la ya de por sí desagradable escena en la que los viajeros se encontraban irremediablemente sin salida, sin sus posesiones y hasta sin sus mascotas. Cuando Ray advirtió que ni su kelpie ni Beed estaban, intentó forcejear su prisión, intentando escapar con movimientos atormentados. Ese Ahmed se iba a enterar. Por su culpa había perdido a Beed de nuevo. Se juró que lo de Zheroker había sido la última vez, pero el maldito traidor se había encargado de que eso no se fuera a cumplir. Todo por una joven y el amor. Ray también estaba moviéndose por amor, por venganza, pero jamás cometería un acto así. Lo que Ahmed había hecho no era para nada justificable.

¡AHMEEEEEED! –gritó con fuerza para que su voz traspasara hasta el muro más denso –¡HIJO DE PUTAAAA! ¡VEN AQUÍ! –seguramente no le estaría oyendo, pero su rabIa le impedía pensar con raciocinio en aquél momento. –¡TE VOY A MATAR CABRÓOOON! – Ese maldito traidor le había separado de Beed. Ray no soportaba la idea de pensar que le estuvieran haciendo algo. Cada segundo que pasaba era un segundo en el que Beed podía estar sufriendo. O peor…muerto. No había tiempo que perder. El mago se acercó a la puerta de la jaula y con odio intentó abrirla con un géiser que salía de su mano dirigido hacia la cerradura. Ese hechizo no era muy fuerte a distancia, pero a pocos palmos era capaz de perforar hasta el material más duro.


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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Shezis el Dom Nov 06, 2011 5:20 pm

Era complicado mantener la estabilidad del vuelo con aquél viento, pero el truco estaba en atender la dirección de las corrientes de aire. Gracias a la información recibida por su habilidad de sonar, la antropomorfa pudo preveer dónde asomaría la criatura y actuar en consecuencia, apartándose de la trayectoria de su mordisco algo apresurada y torpemente, pero logrando su objetivo de no ser devorada y machacada por aquellos enormes dientes afilados. Cuando tuvo al jinete a tiro, no dudó ni un segundo. Se lanzó en picado contra él, embistiéndole con todas sus fuerzas y derribándole de su montura, rodando junto a él por la arena y quedando sobre él, percatándose de que una esfera de agua, producida por el hidromante, le envolvía el cuerpo.

Pero la estratagema no terminó como ellos esperaban, y todo se desató a partir de una pregunta que todos formularon en sus cabezas. ¿Dónde estaba Ahmed?

Más tiburones de arena con sus respectivos jinetes hicieron acto de presencia. El elfo logró derrotar a uno de ellos, pero al instante se vio rodeado un grupo de aquellas gentes del desierto con vestiduras azules. Para su sorpresa, el hombre sobre el que se encontraba, inmovilizándolo, chasqueó sus dedos e hizo que el hechizo de agua se desvaneciera, revelándose como un poderoso mago. Sin apenas esfuerzo, la propinó un fuerte golpe en el pecho, tirándola hacia atrás, junto al hidromante. El golpe la dejó sin respiración unos momentos, sin permitirla incorporarse. Sentía un palpitante dolor en la zona del golpe, pero no pensó que se hubiera roto alguna costilla o que tuviese alguna hemorragia interna. ¿Quién era ese hombre? ¿Era tal vez un enviado de aquél tirano dictador del que habló Ahmed? Los Kelpies estaban situados a lado de sus dueños, desafiantes, sin apartarse de ellos, pero ahora parecían algo debilitados. ¿Tendría algo que ver con la magia de aquél jinete?

Arrastraron al elfo y les agruparon a los tres, amenazándolos con sus lanzas muy cerca de sus cuellos. Al incorporarse, Shezis pudo descubrir a Ahmed, magullado y asustado. Shezis tomó su mano con la suya, intentando calmarle… pero lo que vino a continuación la dejó petrificada.

Ahmed fue llamado por el jinete de la armadura negra, uniéndose al grupo de atacantes, desvelándose como un traidor y afirmando no arrepentirse de nada de lo que había hecho. ¿El chico le había llevado hasta esa trampa? ¡No podía ser! ¿Cómo podría traicionarles cuando lo único que querían era ayudarle?

Shezis no podía creerlo. Arrojó sus armas sobre la manta que dispusieron, sin ofrecer resistencia alguna, sin apartar su mirada de Ahmed en ningún momento. Tal vez no le habían dejado opción. Tal vez le habían amenazado con matar a la princesa si no les llevaba hasta esa trampa. Sí, debía de ser eso. ¿Qué otra cosa sino?

-¡Ahmed! ¡Ellos te han obligado! ¿Verdad?-preguntó mirándole fijamente a los ojos, esperando su respuesta.

Y esta respuesta nunca llegó. Tras recibir un fuerte golpe en la cabeza, tanto Shezis como los demás perdieron el conocimiento. Primero se desplomó en el suelo, luego sintió el dolor en su nuca y, después, en su corazón. No… Ahmed no les había traicionado. Estaba segura de ello…

Cuando despertó, desorientada y aún algo dolorida, se encontró sobre un camastro duro y maloliente en el interior de una pequeña celda, donde también se encontraban el hidromante y el elfo. Ninguno tenía sus armas ni tampoco sus armaduras ni sus mascotas. Ella permaneció en silencio, sentándose en la cama y pensando en lo que había ocurrido cuando escuchó unos pasos por el pasillo, acompañados por gritos y todo tipo de sonidos y conversaciones entre más presos… muchos más presos. Shezis no pudo evitar asustarse. No la gustaba estar encerrada y mucho menos estarlo en ese lugar. Agachó sus orejas, preocupada por lo que les pudiera pasar y esperando ver aparecer a Ahmed en cualquier momento al otro lado de los barrotes con intención de liberarles.

El grito desbocado del hidromante la obligó a taparse los oídos, dolorida.

-¡No digas eso!-exclamó con el ceño fruncido.- ¡Ahmed no ha tenido la culpa! ¡Ellos le han obligado a hacerlo!

Al instante se arrepintió de haberse encarado al hidromante, pues no sabía cómo reaccionaría éste furioso como estaba por la traición y la desaparición de su pequeño grifo. Su ataque sobre la cerradura no tuvo ningún efecto, pero por otro lado tal vez hubiera sido mejor así, pues no sabían con qué peligros se encontrarían al otro lado. Aunque… tenían una forma de saberlo.

-¡Cheshire!-llamó.

El travieso espíritu con aspecto felino solo manifestó sus brillantes ojos azules y su sibilina sonrisa frente a ellos, riendo suavemente.

-No he sido yo.-canturreó distraídamente mientras poco a poco dejaba ver el resto de su cuerpo.

-Cheshire, no hay tiempo para bromas.-dijo la antropomorfa con seriedad.- Necesitamos que atravieses esos barrotes e inspecciones la zona, no sabemos dónde estamos o a qué nos enfrentamos.

-¡Que aburrido!-bostezó, flotando sobre las cabezas de los demás.- Aunque… podría ser divertido. Sí, claro. Por qué no.

-Intenta buscar también la llave de nuestra celda y traerla hasta aquí, por favor. ¡Y que no te vean!

-Seré un fantasma... espera... ya lo soy.-murmuró divertido, desapareciendo su cuerpo mientras se escurría entre los barrotes, atravesándolos.

Ahora solo faltaba que volviese con información… y tal vez con la llave.

Spoiler:
Necros, si quieres en tu siguiente post puedes controlar a Cheshire para que nos cuente qué ve y si encuentra la llave o no =)


No soy española, así que por favor avisadme si veis alguna falta en mi escritura =)



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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Necros el Lun Nov 07, 2011 9:03 pm

Todavía no me había terminado de despejar del golpe en la nuca, y la cabeza parecía que me iba a estallar a casar de los continuos gritos y alaridos provenientes de otras celdas. Muchas eran las conversaciones que captaba con mis oídos, unas de locos, otras de soldados que se contaban sus batallas, incluso se escuchaban… ¿Gemidos? ¿Dónde mierdas me habían metido? El olor a heces y demás cosas semejantes era insoportable, y la única fuente de luz que había eran un par de teas a medio fuego colgando del alto techo de la sala, de más o menos cinco metros de alto. Mi mente intentaba unir los retazos y fragmentos rotos por el golpe del mazo en la nuca que eran mis recuerdos: Arena, una primera emboscada, un joven que decía ser un prisionero y después un misterioso oasis en mitad del desierto, como cedido por los dioses. También daban vueltas por mi cabeza las imágenes de caballos enteramente formados de agua y… Bueno, y nada más, porque el grito del humano que había encarcelado conmigo hizo que, como Shezis, me tuviera que cubrir los oídos para así poder conservar la audición. Antes de que terminara de gritar le lancé la almohada a la boca para tapársela y retomé como pude el control de la situación: -¡Qué coño quieres ganar gritando! ¿¡Qué eres!? ¿¡Un hombre o un cerdo antes de ser llevado al matadero!? Si no sabes pensar cállate y deja que los demás lo hagamos. – exclamé mientras que él se ponía en pie y trataba inútilmente de forzar la cerradura disparando un fuerte chorro de agua. Este no surtió efecto alguno, y lo único que logró fue que el agua rebotara en las cerraduras y le golpeara la cara con fuerza, aunque no suficiente como para perforársela, por suerte. Mientras tanto la mujer de alas de murciélago hizo aparecer el fantasma de un gato de color rosa y excéntrica sonrisa que apareció con un pequeño chiste el cual no me hizo gracia alguna y mucho menos en esa situación. Pronto volvió a desaparecer pero esta vez por la gruesa puerta de metal completamente plateado que no había podido ser forzada por el hidromago. El sonido de pasos se repetía cada vez más cerca mientras que los gritos y las conversaciones de lo más variopintas crecían en el aire hasta convertirse en inaguantables, haciendo que me fuera casi imposible trazar un plan.

Pronto el gato regresó con datos para su dueña, datos que todos pudimos escuchar claramente: -Os recomendaría parecer normales, hay visita y no parece amables. – y una vez más, desapareció. Pero razón no le faltaba, los pasos se escuchaban ya bastante cerca, y junto con ellos el sonido de los presos se iba acallando. Mierda. Sin preguntar nada a nadie empecé a descolocar las camas y ponerlas todas contra la pared, para que taparan todas una misma zona y que pareciera que ahí había algo. Después de eso tomé una mano de la engendra y otra del mago y antes de que pudieran abrir las bocas los pegué a la pared para luego hablar una vez más, de manera más calmada claro está: -Ahora que nadie mueva un solo músculo hasta mi señal, no preguntéis, no habléis, ni respiréis. – dije mientras que pronunciaba unas palabras en élfico, muy suaves, como un susurro al viento, al mismo tiempo que los pasos se escuchaban ya tan cerca que hasta el humano los podría haber oído. Se podía distinguir el traqueteo de una armadura junto con el de unos pasos más suaves, como de tacón de aguja sobre la roca. Tras mis palabras empezó a rodearnos una fina neblina que destellaba levemente vista desde dentro, pero que desde fuera no podía ni tan siquiera ser vistos, para los ojos de los no muy versados en magia, habíamos desaparecido. Los segundos pasaban de manera verdaderamente en ese estado de total calma en el que nos habíamos de mantener. Mi pecho subía y bajaba de manera lenta y el propio mundo parecía haber obedecido mis órdenes, puesto que cuando nosotros nos callamos lo hicieron también el resto de enjaulados de toda la cárcel, o al menos lo que parecía ser una cárcel. Por fin los pasos cesaron, justo delante de nuestra puerta, el sonido de metal al frotarse contra metal sonó cuando la placa que cubría la rendija de vigilancia de la puerta se abrió con violencia para que una voz comenzara a hablar: -¡A c… - pero antes de terminar su frase, que era más que obvia, se calló al ver que en esa celda no había nadie, y tan sólo quedaba como prueba de nuestra estancia en ella las camas apiladas en una esquina, como si quisieran cubrir algo: -¡Se han fugado! – gritó entonces la misma voz; -¿Por dónde coño se van a fugar? – secundó entonces una segunda voz: - ¡Y yo qué mierdas sé, pero ahí no hay nadie joder! – volvió a responder la primera voz. El sonido de las llaves al encajarse en una cerradura se hizo patente y mi respiración se aceleró un poco, aunque por suerte no lo suficiente para delatarnos al quebrar el fino equilibrio de esa zona de invisibilidad que había podido crear.

A la celda entraron un total de cuatro hombres. Tres de ellos tenían pinta de ser soldados, altos y fornidos, de más o menos metro noventa cada uno y anchos hombros, cabellos rapados y ojos rapaces como los de los buitres del desierto. Portaban con ellos un par de espadas cada uno y una ballesta de mano junto con una pequeña aljaba de doce municiones a la espalda, seguramente para situaciones en las cuales las cosas se ponían feas. El cuarto sin embargo era bastante diferente, de estatura obviamente más pequeña y pelos más largos que sus guardianes, sin armas y vestido, en lugar de con armadura de cuero como los soldados, con túnicas de algodón y franela roja como la sangre. La fracción de segundo que había visto sus ojos me había bastado para saber que era mago, ojos dorados, el color que sólo un corrupto podía obtener, alguien tan cargado de poder que estuviera a punto de explotar por este mismo. Su rostro, joven y de piel agrietada, mostraba los estragos que la arcana esencia había causado en él, surcando su rostro con cicatrices como si fueran valles, y sus manos chisporroteaban la esencia de la magia, pero aun así no era capaz de ver más allá de lo que sus mortales ojos le mostraban, lo cual me había dado una ventaja enorme contra tal archimago. Los cuatro pasaron hasta el fondo de la habitación dejando la puerta abierta con las llaves puestas, no se podía ser más idiota. Con rapidez le tapé la boca al guardia más cercano a nosotros y lo arrastré hasta la salida una vez le había partido el cuello, cerrándola tras que saliéramos yo y mis compañeros, dejando al mago encerrado ahí dentro, ahora al menos teníamos armamento, no era mucho pero era mejor que nada.

Mientras tanto, dentro de la jaula, se podían escuchar los improperios del mago contra los soldados y los hechizos que lanzaba contra la puerta, que eran inútiles, si una magia como esa rebotaba contra ese armatoste de metal sólo podía ser una cosa: Adamantium. Pero eso ya no era problema nuestro. Tras hacernos con algo de equipo, por mi parte tomé la ballesta del soldado junto con las flechas, pues obviamente una espada en mis manos no servía de mucho, escondimos el cuerpo en otra celda en la cual los famélicos presos no tardaron demasiado en hacerlo suyo con mordiscos y demás, caníbales. Sin embargo hubo algo que me llamó la atención, tenían todos uniformes militares del color de la arena, sus barbas no eran blancas como uno hubiera esperado, pues la locura parecía haberlos consumido, sino que más bien parecían ser milicianos con ciertos años pero no viejos. Ante nosotros se abrían ahora tres caminos, uno a la derecha que llevaba frente a una puerta, otro, mucho más largo y plagado de puertas de metal plateado como la anterior, que no parecía tener final, y el de la izquierda, que simplemente era un pasillo negro, oscuro como la boca de un lobo y el cual no me inspiraba demasiada confianza. Era el momento de trazar un plan: - Veamos… - dije mientras me recostaba contra la pared, ignorando los constantes intentos del hombre de la túnica roja por destrozar la puerta que una y otra vez acababa con sus hechizos: - Uno de estos tres caminos nos debería llevar a la libertad pero… ¿Cuál? Además de eso ¿os habéis fijado? Todos los de aquí llevan uniforme militar, ¿Qué puede querer decir eso? – mientras iba hablando, y sin darme cuenta, me había sentado bastante cerca de una de las jaulas sin puerta, sino que simplemente tenían duros barrotes de acero para evitar la fuga de los presos, y justo en ese mismo instante una mano se posó en mi hombro haciendo que me sobresaltara: -Somos el pueblo de Arevi, su ejército original. – dijo mientras que su voz se tornaba más triste – Fuimos encarcelados aquí tras el derrocamiento de nuestro rey, la cárcel en realidad era un criadero de bestias, por eso algunas celdas tienen puertas de metal y otras no. Aquí encerrados no podemos hacer mucho, pero si nos liberáis puede que os seamos de utilidad. – dijo mientras que apartaba la mano de mi hombro. Me encontraba confundido. En mi corazón la traición del joven Ahmed todavía hacia mella, pero sin embargo las palabras de aquel viejo habían sonado tan convincentes: - ¿Qué sabes de un tal Ahmed? – le pregunté mientras que me ponía en pie, mirando de soslayo a mis dos compañeros, los que por ahora lo eran, ellos también debían estar de acuerdo en liberarlo. –Ah… Ahmed, el traidor. Era de la… - antes de que pudiera seguir su conversación el sonido de pasos metálicos sobre la dura piedra del suelo de la improvisada prisión me llamó la atención, más soldados, a jurar por los pasos al menos seis, no, más.

-Mierda… - dije mientras que recargaba la ballesta y miraba a mis dos compañeros: -Rápido elfo, dame las llaves para que podamos salir de aquí y ayudaros, estaremos famélicos, pero somos suficientes como para acabar con unos cuantos perros de ese dictador. – dijo mientras que se ponía en pie en su celda. Dichas llaves quedaban demasiado lejos de mí como para poder entregárselas yo, quien más cerca las tenía era la mujer engendra, así que sobre ella recaía la opción de entregárselas o no. Por otra parte, de detrás de la puerta de madera salían rugidos cortos y agudos: ¡Pyros! Y también algún que otro piar seguramente perteneciente al hipogrifo del humano, no teníamos tiempo para andar probando llaves, los soldados ya estaban demasiado cerca y era el momento de actuar. La primera flecha salió de mi ballesta en dirección al soldado que primero se mostró, impactando en el pecho de este con mortal precisión, dejando que la sangre brotara de él: - ¡Rápido! – dije apremiando a mis compañeros para que tomaran una decisión, recargando mientras tanto la ballesta para un segundo disparo, tenían que tomar una decisión y debían hacerlo ya, o estaríamos muertos.





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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Ray Wuzuo el Vie Nov 11, 2011 9:35 pm

Con firmeza, el elfo le replicó sus gritos. ¿Quién se había creído que era? Por su actitud, puede que a él no le importasen sus mascotas, pero a Ray sí y estaba a dispuesto a gritar hasta que su garganta se atrofiara. Estuvo a punto de contestarle con agresividad, víctima del control que el cabreo hacía sobre su mente, pero finalmente se mordió los labios. Lo que menos necesitaba en ese momento era combatir con el elfo y crear enemistad en el grupo. Para salir de ahí y recuperar a Beed necesitaban ayudarse, y por muy caliente que el mago estuviera, eso lo entendía, aunque le costó bastante. Por suerte, pudo pagar su cólera con la cerradura de la puerta. Su hechizo, lejos de funcionar, rebotó contra la puerta y le impactó en la cara, haciendo que tuviera que dar un paso atrás para seguir manteniéndose estable. Con furia, emprendió a patadas sin sentido a la puerta, hasta que comprendió que debía seguir los consejos del elfo y mantener la calma. En realidad, él tenía razón, aunque sus métodos no hubieran sido lo más apetecibles para Ray.

La extraña criatura fantasmal de la extraña criatura con forma de murciélago llegó de su fugaz inspección, anunciando que iban a tener visita. Velozmente el elfo trazó una estrategia, o eso pareció estar haciendo cuando comenzó a mover las camas y susurró algo que Ray vagamente pudo percibir. Los pasos se comenzaron a oír cuando una niebla mágica les cubrió, haciéndoles aparentemente invisibles a los ojos de los demás. Sorprendente, el elfo era también un mago. Totalmente inmóvil e intentando que no se oyeran ni los latidos de su corazón, que cada vez iban aumentando el ritmo, Ray vio cómo la puerta de la celda se abrió para dejar pasar a unas voces. Con una mezcla de asombro y enfado empezaron a indagar sobre qué había sucedido allí.

Pronto las voces se transformaron en cuatro hombres. Tres eran soldados comunes, con la cabeza vacía seguramente, pero el último era destacable. Indudablemente era un mago. Cu cara repleta de cicatrices y su tenebrosa mirada provocaban cierto miedo en el hidromago. Ray podía sentir como de él emanaba un poder mágico indescriptible que anunciaba que sería un feroz enemigo al que puede que en algún momento se tuvieran que enfrentar. Con ligereza, el grupo se movió, Necros eliminó a uno de los guardias y dejó a los demás encerrados a su despiste. Seguro que no volverían a cometer el mismo error. Examinando su cuerpo en busca de algo de utilidad, encontró una espada de la que se benefició. Parecía una espada élfica. Tenía una hoja curvada y una largura menor que la de una katana, pero se manejaba con una velocidad propia de los comehojas.

Mientras corrían Ray escuchó cómo el mago intentaba salir de allí con sus hechizos pero resultando en vano, al igual que poco antes le había sucedido a él. No era su poder pues, si no que la puerta estaba hecha de un material muy poderoso. Eso le excusó moralmente. A la primera trifurcación del camino, los aventureros se pararon y decidieron pensar en un plan. Al oír las palabras del elfo, Ray, que no había caído en la cuenta, dedicó una mirada general a las celdas para corroborar la información que Necros había resaltado: los prisioneros tenían todos uniformes militares. Eso indicaba que se trataban de presos de guerra. Al menos lo que Ahmed les había contado sobre la guerra de su pueblo no era mentira. Ahora faltaba averiguar qué era cierto y qué falso.

Un grupo de presos se pronunció, corroborando un poco más de la tiránica historia de Ahmed. –Abramámosles. Su historia parecer ser la misma que la del chico, no parecen mentir. Es nuestro deber ayudarles –propuso el mago, cuyos ya de por si buenos ideales de nacimiento corroboraron los Raptor con obligaciones a sembrar justicia y protección. Unos graznidos propios de un hipogrifo se dejaron oír tras otra puerta. Iba a correr con desespero a liberarle, cuando l mirar a su compañero de orejas puntiagudas, comprendió que de nuevo era la hora de combatir. Dedicándole una mirada a Shezis, indicándole que se encargase de las llaves mientras combatían, se colocó al lado de Necros y se puso en posición defensiva. Puede que no tuviera el arma con el que mejor sabía manejarse, pero la magia no puede arrebatarla ni la mejor prisión de Noreth.
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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Shezis el Lun Nov 14, 2011 9:45 pm

Para sorpresa de Shezis, Chesire regresó casi inmediatamente. Eso solo podía significar una cosa: problemas. Así lo anunció el espectro al grupo, alertándoles antes de desaparecer de que alguien se aproximaba con intenciones de hacerles una visita. ¿Qué iban a hacerles? Les habían privado de su libertad, ¿ahora también iban a quitarles la vida? A los oídos de la antropomorfa llegaba el sonido de pasos acercándose, pero el elfo parecía tener un plan pues comenzó a descolocar las camas sin dar ninguna explicación. Shezis tampoco la necesitaba. Si tenía una idea seguro que era mejor que quedarse parados esperando al destino que les tuvieran reservado. Ayudó al elfo a descolocar las camas, pero esa solo era una parte de su plan. A continuación tomó su mano y también la del mago, llevándoles hasta la pared de roca.

-¿Qué…?

Shezis iba a preguntar qué se proponía, pero el elfo respondió con una tajante advertencia que les instaba a callar. La antropomorfa asintió, bajando sus orejas, nerviosa por los pasos cada vez más cercanos. Unas palabras élficas surgieron de los labios del elfo, originando una neblina que envolvió a los tres reclusos. ¿Magia? ¿También él era un mago? ¡Increíble! La magia era un total misterio para ella y por este motivo no dejaba de fascinarla. Pero ese no era el momento para recrearse en esos pensamientos. Ahora debían velar por sus vidas.

Cuatro hombres entraron en la celda. Uno de ellos destacaba por su aspecto, pero lo que más temía Shezis de ese hombre eran sus ojos dorados. No parecía ser un humano cualquiera.

Contuvo la respiración, sin tranquilizarse a pesar de que la magia del elfo parecía ocultarles a la vista de esos hombres. Se pegó todo lo que pudo a la pared, apartando la mirada del hombre de ojos dorados y apretando los dientes, rezando internamente porque todo pasara sin problemas para ellos. Pero todos sabían que no podían quedarse allí esperando, aquella era su mejor oportunidad para escapar al estar la puerta abierta con las llaves puestas. El elfo fue el primero en actuar, noqueando a uno de los soldados. Los tres no perdieron tiempo en salir de la celda cerrándola a su paso y dejando encerrados allí a sus furiosos verdugos. El elfo tomó del cuerpo del soldado una ballesta y sus flechas, mientras que el mago se apropió de su espada, una hoja curva. Shezis frunció el ceño, pues no la agradaba saquear los cuerpos de los caídos, ya fuera por respeto o por miedo de enfurecer a su espíritu. Podía luchar con sus garras si era necesario, las cuales la servirían mejor que una daga. Así pues, dejó el cuerpo del cadáver tranquilo.

Tres caminos se disponían en aquella “prisión”. ¿Cuál debían tomar? Esa era la pregunta que todos se formulaban. El elfo además observó que todos los presos llevaban uniforme, pero Shezis no entendía de asuntos de humanos, de guerras y conflictos de ese tipo. No sabía qué podía significar ese detalle, pero estaban a punto de resolver el misterio.

Uno de los presos agarró al elfo del hombro, llamando su atención y de paso asustándoles. Explicó que pertenecían al pueblo de Arevi y les sugirieron que, de liberarlos, les ayudaríana salir de allí.

-Todos somos presos de esta prisión.-resolvió Shezis.- Si hemos de escapar, tendremos más posibilidades de conseguirlo si contamos con ayuda.

Toda su atención se centró en el soldado preso al ser preguntado por Ahmed, pero su respuesta no fue completa, ya que el sonido de botas de metal contra la roca llegó hasta ellos, y eso solo podía significar grandes problemas.

Al escuchar la palabra “llaves” Shezis inmediatamente buscó con la mirada dicho objeto, encontrándolo al alcance de su mano, colgadas de la pared de un clavo torcido. Nerviosamente mientras el mago y el elfo se preparaban para atacar a los oponentes, Shezis se acercó a la puerta de los soldados presos y comenzó sus intentos por encontrar la llave. ¡¿Cómo se suponía que iba a encontrar la que abría la puerta entre todas las demás!? Las voces y ruidos que llegaban hasta ella no hacían sino acrecentar su nerviosismo, acelerando el ritmo de los latidos de su corazón. Tras varios intentos fallidos, al fin logró hacer girar la llave en la cerradura, abriendo la celda y liberando a los soldados.

Solo quedaba esperar que cumplieran su palabra...


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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Necros el Mar Nov 15, 2011 7:17 pm

Mientras que yo ya disparaba el segundo virote dela ballesta el humano se situaba a mi lado para combatir. Al menos había tomado la decisión más acertada, por el momento. Los soldados prácticamente se nos echaban encima en guarniciones de tres y cuatro hombres a los cuales había que despejar con rapidez, pues la otra guarnición ya se preparaba. La escasa anchura de los pasillos jugaba a nuestro favor, y los apenas dos metros de separación que había entre pared y pared impedían que los enormes armatostes con armaduras metálicas avanzaran hasta nosotros, lo cual era una enorme ventaja táctica que empezaba a agotarse a medida que los nuevos soldados llegaban cada vez con armas más largas, como alabardas y semejantes, y comenzaban a escasear los que simplemente llevaban sus dobles espadas, había que huir rápido, pero eso no era nuestra decisión, al menos no de momento. El sonido de las llaves, temblorosas en las manos de la antropomorfa, entrar y salir una y otra vez de la cerradura sin resultado no ayudaba a calmar lo agitado de la situación, y mucho menos si cada vez que ella fallaba su intento de abrir la puerta los soldados parecían aumentar en número y armamento, joder, estábamos perdidos. Finalmente, el sonido del correcto engranaje de llave y cerradura, llegó a mis oídos como si fuera música celestial, y los soldados de esa celda salieron prestos a socorrernos. El primero fue el que me había hablado a mí cuando todavía se hallaba dentro de la jaula, el cual, ahora, se armaba en apenas un segundo con la espada larga del primer soldado abatido, el mismo que había sido saqueado por el hidromago para obtener la espada que ahora le estaba sirviendo tan fielmente. Serían más o menos veinte soldados, sólo de esa celda, y todos cogieron armas y nos dejaron a mí y a Ray detrás, empujando con fornidos brazos y apuñalando con las espadas de manera increíblemente rápida, como si en lugar de personas fueran máquinas diseñadas únicamente para matar. Gracias a su ayuda la horda fue reducida con relativa facilidad, puesto que no pudimos evitar que alguno sufriera un corte o dos, pero por suerte todos estaban vivos.

-¡Coged sus armas! – Gritó entonces el que parecía ser el sargento de aquel escuadrón de hombres, que sin dudarlo un instante se armaron con lo que pudieron antes de comenzar una retirada estratégica en la cual nos arrastraron como una manada de elefantes arrastraría a un grupo de cebras que se cruzara en su camino. El sonido de los pasos del siguiente batallón ya se escuchaba, y el tiempo apremiaba, así que ninguno de los soldados que por ahora teníamos de nuestro bando se molestó en buscar o preguntar dónde estaban las llaves, y simplemente, entre dos o tres de espaldas bien anchas, derribaron la puerta para dejarnos pasar a la sala de donde provenían los rugidos de antes. Era una sala enorme, mucho más que cualquiera de las celdas que hubiéramos visto antes, con al menos seis metros de altura hasta el techo y más de diez de ancho y largo, como un enorme cuadrado donde se encontraban posicionadas varias jaulas; vacías y llenas. Algunas de esas jaulas contenían los más extraños animales que jamás hubiera visto nadie, incluso a mí me sorprendieron: Escorpiones gigantes –de más de un metro de largo y medio de alto-, tiburones de arena como los de los jinetes pero en miniatura, más o menos del tamaño de Pyros, y muchas más criaturas, una lista casi interminable entre las cuales se encontraban mi mascota y la del hidromante, encerrados en jaulas parejas una sobre la otra. Rápidamente, mientras que dos de los soldados rebeldes apuntaban hacia la puerta con sus espadas y murmuraban lo que seguramente sería un conjuro, me acerqué hacia la jaula de mi pequeño compañero y observé el candado que tenía. Mierda, no teníamos las llaves de aquellas jaulas. Sin pensármelo dos veces arrebaté la espada a uno de los milicianos y golpeé varias veces el candado hasta que por fin cedió, abriéndose en dos y dejando libre a mi escamoso amigo, que saltó sobre mí con alegría haciendo que tuviera que soltar la espada dejándola caer muy cerca de los pies del hidromante, el cual, seguramente, también correría a socorrer a su mascota. Pero todo aquello terminó pronto, y era lógico, pues después de todo seguíamos allí encerrados, únicamente dependientes de que el conjuro de los dos guardias funcionara. Finalmente, ambos bajaron las espadas y pude ver como entre nosotros y los demás guardias, los que no estaban de nuestro lado, se había formado una gruesa pared de arena, tanto como la propia puerta derribada con anterioridad, pero mucho más resistente, puesto que aunque llegaba el sonido de los golpes del acero contra la compacta arena hasta mis oídos la cara que daba hacia nosotros ni se inmutaba.

-No os preocupéis. – Dijo el hombre, como siempre, más viejo de allí, que con la máxima tranquilidad que podía tener una persona en una circunstancia como esa se acercó hasta mí y me examinó con la mirada de una manera un tanto inquietante; -Es verdad lo que dicen los libros: Los elfos no envejecen nunca. – comentó, mirando después a mis dos compañeros y continuando con sus palabras –Permitidme que me presente, soy Dastan, sargento de la novena legión de Arevi y, ahora, traidor al reino. Antes mi cargo significaba algo bueno, pero ahora no es más que una pesada piedra que llevo a la espalda, pues quiera o no yo ayudé sin saberlo a que el golpe de estado fuera posible. – Añadió después, tomando un poco de la arena del muro y soplándola desde su mano hasta nosotros, mostrándonos delante una especie de ilusión donde se podía ver un majestuoso castillo enteramente tallado en mármol y oro, con adornos de enormes piedras preciosas que reflejaban el sol del día en mil colores. –Hace algunos años, unos cinco, este era un lugar pacífico, donde las buenas gentes ejercían sus oficios sin miedo alguno y donde “El ejército” únicamente era una palabra para disuadir a la gente de cometer malas acciones. Nuestro rey, Al-Rammad, era amable con otros pueblos y esto nos favorecía a todos, pero para su desgracia tenía bajo su mando a un visir que para nada era como él. Un hombre de malas intenciones, mirada maliciosa y capaz de todo por una pizca de poder… Un poder que le llegó con la venida del Soberano del Desierto, como se hace llamar esa miserable alimaña que cabalga los tiburones de la arena. Cuando él llegó la hija del rey fue secuestrada, y en pago por su vida nuestro soberano hubo de dar su derecho divino a la soberanía sobre las tierras áridas que conocéis para salvarla, mas no fue así, y tras recibir la bendición de Al-Rammand lo ejecutaron en la plaza del pueblo, en presencia de su hija y de todas las gentes que en ese momento habitaban el reino, que fueron convocadas a la plaza. En aquel mismo lugar nuestro ejército fue desprestigiado y deshonrado, nos fueron retiradas las armas y nos encarcelaron aquí. Intentamos montar un motín, pero fuimos diezmados por la magia del poderoso visir, el mismo que habéis dejado encerrado en la jaula donde estabais. No sé cuánto tiempo le puede durar esa puerta de Adamantium a ese condenado, pero lo que es seguro es que mientras tanto el otro perro estará desprotegido, pues su poder proviene del propio visir. – paró unos segundos para tomar aire y pretendía continuar, pero en ese momento lo interrumpí: -¿Y qué hay de Ahmed? – pregunté mientras que seguía examinando con la mirada fija a aquel hombre, ya había sufrido una traición por parte de los humanos, no iba a dejar que me sucediera de nuevo en menos de un siglo: - Ahmed… Es el hijo del visir. Siempre ansió convertirse en el esposo de la princesa, pero esta jamás demostró afecto por él, así que cuando dieron el golpe de estado su padre hizo que convirtieran a Farah, la princesa, en su esclava personal. Por su bien espero que no la haya tocado ni un pelo. – añadió finalmente. Sus últimas palabras sonaron rudas, con fuerza y a la vez ira, sin duda ese hombre deseaba con todo su corazón ver al joven muchacho de piel casi negra atravesado por su acero, así que era de fiar.

La triste historia de Dastan nos había sido mostrada en imágenes por la arena que antes había soplado cerca de nuestros ojos, los cuales, extrañamente, no había dañado. Aquellos soldados no eran normales, sino que también eran magos, así que sus celdas seguramente hubieran sido hechizadas para impedirles hacer magia. Todos se habían rearmado con cuanto habían podido coger de allí, espadas, hachas, machetes, arcos, ballestas e incluso mosquetes. En la misma sala también se encontraban nuestras armas, así que sin dudarlo me enfundé en mi armadura y me coloqué el carcaj a la espalda, dejando un par de flechas en mi diestra y el arco en la siniestra: - Yo os ayudaré, joven Dastan… Os ayudaré a recuperar vuestro pueblo porque sé lo que duele perder un hogar. – sentencié con tono severo, no sabía si mis dos compañeros también lo harían, pero yo al menos sí: -Quedo bajo tus órdenes mientras estemos en tu tierra… Como en los viejos tiempos. – añadí justo después mientras lo veía sonreír. Asintió y señaló a un par de hombres para que nos siguieran, dando después órdenes a los otros: - Yo me llevaré diez hombres, los que quedáis: Cinco id con la mujer, otros cinco con el espadachín, mientras yo no esté ellos son los que mandan. Y recordad, hay que liberar a todos los camaradas posibles, no temáis matar a los traidores, pues es el único destino que merecen. – ordenó, finalmente para después partir conmigo y los otros diez soldados por una trampilla oculta. Tras cruzar la trampilla nos dirigimos hacia un pasillo oscuro, sin más iluminación que un par de velas y completamente abarrotado de puertas y jaulas tras las cuales se podían oír lamentos y sollozos, lo típico en una cárcel. A lo lejos, justo en la otra punta del pasillo, había un par de guardias de los cuales no dudé en encargarme con dos saetas que atravesaron limpiamente sus pechos arrebatándoles la vida. Una vez recogidas las llaves, liberamos a los que pudimos, pues algunos se habían suicidado, y los soldados les dieron una espada, pues cada uno portaba dos, de nuevo el saqueo de cadáveres fue lo más normal que se podía ver en aquel lugar, pero no me importaba tampoco demasiado, era necesario.

{Entre tanto que el elfo y Dastan hacían suya una de alas de la prisión los demás deberían hacer lo mismo. La pequeña guarnición de hombres con la que había quedado Shezis se componía de arqueros y ballesteros principalmente, todos ellos armados con dos ballestas cada uno y un arco largo que sin duda sabían manejar tan bien o mejor que el propio elfo. A la espalda cargaban cada uno con un fusil de largo alcance y varias balas en el cinto, no llevaban armas de cuerpo a cuerpo, pero no les harían falta, pues se suponía que de eso se encargaban Shezis y su daga, claro está, si a los enemigos les daba tiempo de acercarse. A su derecha, la mujer con aspecto de murciélago tenía una puerta semioculta por un armario tras la cual se encontraría una sala enorme, también plagada de puertas y de detrás de todas ellas habría al menos veinte soldados, no todos se podrían armar en el momento, pero tampoco les hacía falta, pues en su gran mayoría, además de excelentes guerreros, eran magos bastante poderosos. Una vez los liberase a todos debería encaminarse por el pasillo que había ante ella hasta la luz que veía al fondo, la luz de la superficie indudablemente, allí la aguardaba la libertad, pero también la sangre y los ecos de la guerra, pues a sus refinados oídos llegaban los pasos de las botas de metal del bando rival, también armándose y preparándose para una cruenta batalla de la que, si querían salir vivos, tendrían que vencer a un ejército.

Por su parte, el hidromante, había quedado al cargo de cinco hombres que, lejos de parecerse a sus compañeros, portaban todos grandes espadas de más de un metro de largo en cada mano, dos por soldado como está claro. Sus curvas hojas blandidas por los desmesurados brazos de los guerreros de más de dos metros cada uno daban auténtico miedo, y aunque estos estaban desprovistos del toque de la magia como sus camaradas, no les hacía falta, un solo tortazo suyo ya podía hacer ver las estrellas sin necesidad de conjurar nada. Ray tenía por detrás de él, justo detrás de la jaula de su querida y recuperada mascota, una puerta estrecha por la cual no entraban dos de aquellos hombres a la vez, que conducía a un pasillo un tanto más ancho, pero aun así bastante estrecho, incómodo para los gigantes que le acompañaban. Dicho pasillo acababa en otro cruce de caminos como el primero, un cruce algo más ancho y que daba libertad de movimiento. A la derecha había únicamente tres puertas, pero a su izquierda había un total de diez puertas con un mínimo de cinco soldados por puerta. Una vez fueran liberados tendría, como la antropomorfa, la opción de ascender hacia la superficie, pues también escucharía el sonido de la guerra, las espadas afilándose y los gritos de los capitanes enemigos, pero además de todo eso llegaría algo más a sus oídos. Justo detrás de una puerta reforzada con remaches de acero se escucharían gritos de miedo, de terror junto con una risa sádica y el sonido de los golpes de la carne contra la carne, ese sonido que sólo un guantazo o un azote puede producir, acompañados de los gritos de un hombre, que, a diferencia de gritar de miedo o dolor, lo hacía con diversión. La voz le sería conocida al hidromante, pues no era otra que la de Ahmed, ahora la pregunta era ¿Qué orden podría dar a aquellos hombres para que no le arrebatasen la pieza? Y además… ¿Qué haría si por su culpa mataban a la princesa? Debía de ser cuidadoso con su elección, pues ahora dependía de él el futuro de todo un pueblo.}






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Re: El Toque del Desierto (Libre)

Mensaje por Ray Wuzuo el Dom Nov 20, 2011 8:52 pm

Los soldados recortaron la distancia y al poco tiempo nos vimos envueltos en una pelea, de nuevo. Que viaje más agotador, y todavía les quedaba. Por suerte, la estrechez de la zona impidió que su superioridad en número fuera una ventaja radical y les permitió defenderse de las oleadas de ataques sin tener que lamentarlo. El elfo y el humano luchaban diestramente y sus rivales iban cayendo, pero cada muerto era una lección para ellos y cada vez aparecieron más enemigos con lanzas y armas largas. Ray batía a sus enemigos con coraje. Era la primera vez que usaba un arma como la que tenía, pero eso no le impidió hacer sangrar a sus enemigos, ayudado por su magia. La complicación decreciente de la batalla fue sofocada por la liberación de los soldados rebeldes, que acudieron en su ayuda y limpiaron la zona con una celeridad asombrosa. Visto así, incluso parecía fácil repeler a esos soldados.

Los rebeldes se armaron y, haciendo uso de su portentosa fuerza, abrieron la puerta donde estaban sus mascotas antes de que un nuevo regimiento de soldados enemigos les generase más problemas. Con ansiedad, el mago entró en la habitación donde casi con total seguridad se encontraba su mascota. En la gigantesca habitación, además de su mascota y la del elfo, había decenas de mascotas de lo más variopintas. Ray pensó en liberarlas, pero rápidamente se quitó esa idea de la cabeza. Si soltaban a alguna criatura peligrosa pondría a todos en peligro, por no hablar de que no tenían tanto tiempo como para abrir las jaulas de una en una. Beed estaba junto a Pyrus, graznando con toda su alma al ver a Ray. El hipogrifo estaba ahora contento y sus esfuerzos por salir de entre los barrotes eran inútiles. Un candado ataba fírmeme su cárcel. En esta ocasión, el hechizo de Ray sí que fue capaz de perforar el candando y abrir la jaula. Por lo visto era un metal común, no todo allí estaba compuesto por rarezas. Tan pronto como el candado cayó, Beed saltó hacia el regazo de Ray
Lo siento...lo siento otra vez –se disculpó mientras acariciaba su plumada y oscura cabeza.

Al girarse, vio cómo los soldados se habían encargado de crear una puerta de arena, o más bien una pared, que les protegiera en la sala. Después, el soldado que hasta ahora tenía el mayor índice de parecer ser el líder, les contó toda la verdad. Como había podido suponer, reflexionando entre la versión de Ahmed que había oído y las pistas a su alrededor, pertenecían a un grupo de soldados de un pueblo de la arena que, dados unos acontecimientos, sufrió un golpe de estado que cambió drásticamente el gobierno. Los soldados que se encontraban con ellos en ese momento eran, efectivamente, renegados que ahora formaban parte de la rebelión. Todo ellos les fue mostrado con una sorprendente visión mágica. Otro dato a destacar de las palabras del sargento Dastan fue su comentario sobre Ahmed. Hasta ahora, Ray había pensado que la traición por un motivo amoroso, aunque despreciable e injustificada, no era tan descabellado que hacerlo por otro tipo de motivos. Sin embargo, al descubrir que el único vínculo que unía a Ahmed con la princesa que, hasta ahora creía su enamorada, era la coacción (por parte de Ahmed, por supuesto). Más motivos para odiar al joven traidor.

Mi arma también está a vuestro servicio –manifestó el mago al sargento rebelde mientras cogía sus pertenencias, que se encontraban en la misma habitación –os ayudaré a acabar con la tiranía que somete vuestro pueblo –añadió a la par que asentía mirando a Dastan en señal de respeto. Lo próximo sería dividirse en varios segmentos. Necros iría con Dastan y diez hombres más, la murciélago deforme con cinco soldados y Ray junto a otros cinco. Según las órdenes de Dastan, Ray tenía el mandato de sus cinco hombres, que eran fornidos y musculosos. Irónico, hasta hace poco no era más que un soldado raso de los raptor, bueno pero raso al fin y al cabo, al que se le había concedido una excedencia, saltándose así todas las normas. Pero ahora, en plena excedencia, se encontraba formando parte de una rebelión y con cinco hombres a su mando. Por primera vez en su corta vida, tenía la responsabilidad de liderar ávidamente a unos soldados.

Su misión ahora era liberar el mayor número de soldados que pudiese. Decidió traspasar una pequeña puerta que les condujo a través de un ancho pasillo. Los portentosos soldados, cuya gigantesca altura y envergadura hacían que Ray a su lado pareciera un mero enano, siguieron a su improvisado líder a través de él, con todas las dificultados que conllevaba pasar por allí con su cuerpo. Un cruce tras el pasillo les dio a los soldados la oportunidad de respirar y moverse con mayor comodidad de nuevo. A su derecha había tres puertas, a su izquierda diez con soldados en su interior. Tras dar la orden a sus hombres de que comenzaran a liberar a sus compatriotas, Ray se dirigió hacía una de las puertas con intención de liberar a los presos, pero una risa malévola y sangrienta llamó su atención. El sonido, acompañado de gritos femeninos y golpetazos que reproducían un “clac” doloroso, provenía del interior de una puerta. Sus soldados terminaron velozmente de abrir las celdas y librera a sus compañeros, actuando con toda la rapidez que sus musculosos cuerpos podían. Ahora el número de hombres bajo su mando había aumentado considerablemente. Todos le miraban fijamente, esperando respuestas.
Mi nombre es Ray Wuzuo y soy hidromante. Éste de aquí es mi hipogrifo Beed–les susurró – y según el sargento Dastan, por ahora estoy a vuestro mando – en la superficie el ruido de la batalla comenzó a hacer mella. Gritos, órdenes, movimientos y armas se oían, dispuestos a acabar con el bando contrario con toda su voluntad –me alegra ver que vuestros compañeros os han ayudado a armaros. Antes de salir a luchar arriba, tenemos que ayudar a la mujer que está sufriendo tras esa puerta y que es la causa de que esté hablando con este bajo tonto –no podía dejar atrás ese cometido. La vida de alguien estaba en sus manos y como líder, no iba a permitir que eso sucediera. –para evitar problemas, ésta será nuestra estrategia: vosotros me abriréis la puerta sin que se os vea desde el interior. Yo entraré y rápidamente haré un hechizo que golpeará a todos en su interior, pero sin lastimar gravemente a ninguno, para esquivar cosas como rehenes. Cuando esté dentro, entraréis a mi orden o si pierdo el conocimiento, pero si no, no entréis. Vuestra presencia es un factor que podremos utilizar como sorpresa si algo sale mal– una vez planificada la estrategia, era el momento de actuar. Mientras los soldados habrían la puerta, el mago dejó a Beed a un lado y desenvainó su katana. En cuanto se abriese, bastaba con utilizar su hechizo “oleaje” para apartar a ese maníaco y a todos los que hubieran de la mujer.
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Ray Wuzuo

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Re: El Toque del Desierto (Libre)

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