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Cuentos de Noreth
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El comienzo

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El comienzo

Mensaje por Yorinka el Miér Ago 10, 2011 3:50 am

El mundo de Noreth a veces podía ser muy cruel y desalmado en ocasiones. Muchas criaturas insanas moraban en las cuevas, castillos abandonados y yermas. Malvados brujos, criaturas deformadas por magia maligna y prohibida, asesinos que se regocijaban al llenarse con la sangre de sus víctimas. Por suerte algunos muros de las ciudades de Thonomer todavía ofrecían refugio al viajero, aunque la tierra estuviese asolada por una guerra sin sentido durante ya largos años.

El dragón de Phonterek aún se alzaba orgullosa en lo alto de la catedral más grande de la ciudad, que se divisaba incluso a kilómetros de la amplia muralla de mármol que defendía la ciudad. Muchos de los caminantes, sean mujeres portando bebés de teta en su regazo, u hombres dispuestos a morir por cualquier bandera, veían avivadas sus ganas de correr, llegar a la ciudad, y a ser protegidos bajo sus murallas. No era raro, pues Phonterek era impresionante, y era una pena que estuviese sumergida en una guerra eterna que la ciudad vecina mantenía con su eterno enemigo: Erenmios, una ciudad temida por muchos, por no decir toda la ciudad de Phonterek. Quizá la paranoia de Malik-Thalish había hecho mucha mella en la sociedad de la ciudad costera.

En la entrada, filas de carromatos y gente buscando refugio se apelotonaba hacia el portón, bien resguardado por casi la mitad de una guarnición de soldados. Registraban cada persona, vehículo, montura que entrase. Aquellos tiempos oscuros justificaban la rudeza de sus actuaciones.

Un hombre de cabellera ondulada y azulada se dirigía a la puerta. Tenía la cara alargada, unas facciones duras, ojos pequeños y nariz romboide. Sus ojos brillaban con un destello negro muy particular. Vestía una túnica blanca y usada, ribeteada por los bordes en rojo, acabando en detalles romboideos, incluía una capucha, que colgaba de la nuca del hombre. Cuando se acercó al primer soldado que le cortaba el paso, este se le mostró muy extrañado.

- ¿Viajas sólo, buen hombre?

- Afortunadamente no - respondió la voz melodiosa del peliazulado - me acompaña un amigo.

- Pues no lo veo... - dijo el soldado, que volteaba la cabeza mirando a ver si había alguien detrás de él. Pero tuvo que bajar la mirada para verlo.

Se trataba de un hombrecillo de corta estatura, posiblemente mediría igual que un niño de 5 años. Sus facciones eran añiñadas, pero su cabellera lisa y corta era verde como el muérdago. Los ojos compartían aquel color tan natural y extraño. El soldado se le quedó mirando por unos segundos, confuso.

- ¿Qué pasa? - le espetó el hombrecillo - ¿Es que nunca habías visto un silfo?
- N...no... - tartamudeó el soldado.

- ¡Por dios! ¡Qué ignorancia! Creía que los humanos, al menos, nos estudiaban; si hasta los ninfómanos Diviums lo hacen ¡Por Amnias!

- Déjale, Killi - el hombre reprendió a su amigo, para voltearse de nuevo al guardia - Este humilde hombre solo hace su trabajo. Qué es el de asegurarse de que tenemos el salvoconducto - luego sacó entre los bolsillos de sus túnicas (que no eran pocos) dos pequeños documentos doblados que el guardia no dudó en revisar.

- Bien... entonces. Todo en orden. Podéis pasar, señor y... lo que quiera que sea esa cosa... - esto último lo murmuró, para que no se oyera. No obstante, Killi tenía un afinadísimo oído, y no reparó en mostrar su enfado.

- Trata de no llamar mucho la atención - le dijo - no podemos intranquilizar más de lo que están ya los habitantes de esta ciudad. Recuerda que es zona de guerra.

- ¿Desde cuándo? - refunfuñó el chiquitín.

- Probablemente, nadie sepa responderte con exactitud esa pregunta....

La curiosa pareja se alejó de la puerta principal de las murallas y se adentró entre los edificios de la metrópolis de mármol. Las calles estaban bien adoquinadas, en cada esquina podía encontrarse alguna otra estatua, y en cada lado, los mercaderes gritaban eufóricos que aún les quedaba acelgas, carne y trigo, para vender. El gobierno había hecho bien en proteger concienzudamente los cultivos más lejanos de su enemigo, y aún podían subsistir. Y no hubiera sido así, habrían caído hace mucho tiempo.
- Es increíble que la ciudad haya mantenido tanto su belleza pese a estar en guerra. Por algo tenía que ser famosa...

Killi, sin interés por responder las impresiones del hombre, cuyo nombre era Yurcheal; señaló en un lado de las calles una posada, tallada con un material parecido al resto de las casas. En frente de las dos puertas se encontraba adornando una pequeña estatua. Era una réplica del dragón tallado en piedra que se alzaba encima de la catedral.
- Perfecto. Tu ve pidiendo las habitaciones, yo me voy un momento al puerto.

- ¿Para qué? - preguntó el silfo - ¿No estás cansado después de tanto caminar?

- Si, pero me apetece ver el mar antes de dormir. Hace mucho que no tengo la oportunidad de verlo.

El silfo se encogió de hombros, y lo despidió con un gesto antes de entrar en la posada. Yurcheal siguió adelante y en la esquina siguiente pidió explicaciones para averiguar dónde se encontraba el puerto. Pues en el lugar donde se encontraba los edificios eran tan grandes que no dejaban orientarse. Después de que un amable anciano nativo del lugar le indicase el camino, hacia allá partió hasta encontrarse con una ancha avenida de piedra que parecía bordear la costa de la ciudad entera, toda no, pues un trozo de ella se había convertido en una playa de arena por la acción de las olas. A Yurcheal aquello le pareció curioso, y no le pareció nada mal darse un paseo por la costa hasta que llegara el ocaso.

Cuando puso los pies en la arenilla blanca de la playa, una suave brisa se levantó y batió su cabellera. El sitio era agradable, y aunque ignoraba como era Erenmios, sería una pena que llegase a destruir Phonterek; esperó de verdad que no pasase nunca. Que la guerra acabase antes de que las tres principales urbes de Thonomer se convirtiesen en ruinas.
Otra cosa extraña es que nadie se encontrase en aquellos momentos en la playa más que él. Y que sólo pudiese encontrar una figura tendida en la orilla. ¿Una persona?

"¡Hay alguien tirado allí¡" Su mente actuó rápido, y corrió hacia el cuerpo aparentemente inerte. Parecía una persona desde lejos y así se fue confirmando a medida que corría hacia él. Para su sorpresa, de la espalda de aquella criatura salían sendas alas de plumaje negro.

Según tenía entendido Yurchual, los Diviums tenían las alas blancas, y aquellos parientes de ellos tenebrosos, alas de murciélago. Nunca había visto nada como aquello. Al agacharse, volteó el cuerpo, era una Divium joven, de una belleza que lo dejó boquiabierto durante unos segundos. Su cabello era plateado, los flecos mojados le acariciaban las mejillas, tanto sus alas como la extraña ropa que llevaba estaba cubierta de la arena de la playa. Comprobó que respiraba y una oleada de alivio surcó todo su cuerpo. Por un momento creyó que estaba muerta. ¿Pero qué haría en ese lugar...? Ahora que lo pensaba, no muy lejos de allí podía divisarse el embarcadero, aunque pensándolo mejor, los de su raza viajaban volando. A lo mejor podía haber sucumbido después de un viaje largo y duro.

Tras dudarlo durante unos instantes, Yurcheal tomó el cuerpo entre sus brazos. Nunca le había sido tan fácil levantar un cuerpo. Pero claro, era una Divium. Esta era especialmente bajita y ligera. Se preguntó qué secretos y razones tenía para hallarse allí en esas condiciones, y la llevó a la posada.
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