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Camino al destino (parte I)

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Mensaje por Gerard Sieglein el Mar Sep 13, 2011 6:41 am

Mi miraba cambio de estúpida a seria, cuando uno de los hombres bajo de su caballo, con cuenco en mano; y se dirigió a mí, acercándose. Inmediatamente retrocedí un paso y lo observe cuidadoso, que rábanos querían conmigo?. Mientras se acercaba metió su mano en el bolsillo, lo que me puso más alerta, pero saco un papel ene l cual se mostraba un símbolo gubernamental. No conocía la isla, probablemente era el gobierno de aquí, lo que me hizo rechinar los dientes; acaso me deportarían? Si volvía a mi tierra natal mi padre me ejecutaría, como mínimo. El silencio reino unos segundos hasta que el hombre soltó unas palabras -Seré directo contigo, desconozco quien eres pero esta brújula mágica nos ha guiado hacia ti-dijo calmadamente mientras me mostraba como una aguja sobre una hoja giraba enérgicamente sobre el agua del cuenco, dejándome sorprendido- guiado hacia mí?-dije algo aun sorprendido, pero sin bajar demasiado la guardia- bajo que motivo?-agregue aun dudando, aunque el papel se veía autentico, era la primera vez en esta isla y era natural desconfiar de esta manera, mas dada mi condición de exilio, por más que yo confiara demasiado en las personas.
El guardián de ese misterioso cuenco, volvió a contestarme dándome una razonable explicación sobre el porqué de mi búsqueda;. Razonable si, realmente de utilidad, escasa. Solo supe que él era intermediario entre yo y el gobernador de la provincia, como solían llamarlo. Decidí acceder a u propuesta y acompañarlo, para observar el destino que me depara


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Mensaje por Mitsuhide Akechi el Mar Sep 13, 2011 10:24 pm

Me quedé mirando extrañado lo que decía, aunque no se me veía del todo bien gracias a que iba cabizbajo y con el sombrero puesto, junto con la capa que lo único que dejaba ver era mi arco y un poco la vaina de mi katana, que sobresalía por entre la raída tela por si me era menester tomarla para algo. Comenzó con su plática uno, el que tenía pinta de ser el más joven y desentendido. Cabello castaño y corto, frente ancha y nariz respingona junto con unos labios finos que parecían dirigirse con respeto hacia a mí. Ahora que prestaba atención a sus ropas se podía ver fácilmente que eran más bien sencillas, más de lo que en un principio había pensado. Carecían de insignia alguna y todavía tenían el lustre que sólo las armaduras de los cadetes tienen, así pues, era normal que su tono fuera un tanto quebrado el dirigirse hacia mí, la capa entreabierta dejaba ver algunas medallas con los logros que había hecho durante los años como soldado, no me sentía orgulloso de eso como era de esperar, pero mi código de honor me impedía intentar borrar el pasado, cada muerte de inocente pesaba sobre mi conciencia como el arado les pesa a los bueyes y las bestias de carga, pero era algo con lo que debía avanzar.

Fue el otro quien acudió en ayuda de su compañero. También se le notaba joven, incluso más joven que yo, lo cual, siendo soldado, ya era un mérito. En su cabeza había una media melena de color más oscuro mientras que su cara se mostraba más relajada en presencia de un superior militar como era yo, bajé un momento la vista a su pecho y pude ver la insignia distintiva de los sargentos. Tomé la carta que me ofrecía y la leí rápidamente, escuchando más sus palabras que fiándome de la carta, la cual guardé en mi bolsillo. Ambos, la carta y el sargento, decían requerirme para evitar una guerra, una tarea noble sin duda, pero que me hacía preguntarme el por qué. Acababa de llegar a esa isla y ya se presentaban ante mí un soldado raso y su sargento diciendo que yo era lo que hacía falta para evitar una guerra. ¿Tan lejos habían llegado mis hazañas? ¿Tal era el empeño de los Dioses en convertirme en heraldo de la paz? Con la cabeza asentí a ambos y luego dediqué una mirada seria, como solía hacer antaño con mis tropas, al de mayor rango.

-Está bien, siendo el caso, mi espada está al servicio de vuestro señor. – dije mientras hacía que el caballo se alineara con el de ellos y estos con el mío, comenzando a cabalgar lentamente los tres por la arena dorada de la costa – Pero saber has que si es una mentira lo que predicáis tú y tu señor será la ira del cielo la que os aplastará y la hoja de los dioses la que cortará el hilo de vuestras vidas. – añadí al final, dirigiendo luego una mirada al otro hombre, el soldado raso. Sólo hacía falta ver si era verdad lo que decían, y había dicho que ayudaría si la causa era noble, con lo cual, mi ayuda estaba brindada. Ni viento y marea podrían detener ya mi hazaña hasta que el último enemigo de la paz hubiera quedado bajo el filo de mi espada. Que la muerte aguardara, todavía no era mi hora, una nueva misión daba comienzo, y con ella, un paso más hacia un mundo en paz donde la guerra no sería más que un cuento de terror y los soldados monstruos ya retirados, las espadas juguetes de madera y los caballos animales para viajar por los senderos sin miedo, y no para armarlos en pesadas armaduras para la cruenta batalla. Un mundo ideal.

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Off: Perdón que el post sea tan corto, pero con 10 líneas de las cuales 6 son diálogo no puedo hacer mucho.


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Mensaje por Rion el Vie Sep 16, 2011 8:24 am

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Zargum
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En el instante en que Zargum dio el sí, la aguja se freno en seco para luego apuntar en una nueva dirección, al parecer apuntaba hacia Enetral.

El enano había decidido rentar una carreta para el viaje, inteligente decisión pues aun sin ser un viaje demasiado largo, sería una verdadera tortura para cualquiera de los caballos en posesión de los guardias, tener que soportar el peso de su jinete sumado al del enano y todo su pesado equipo. Eran buenos corceles pero no de hierro.

Como gesto de buena fe, sus acompañantes pusieron la mitad del dinero para la tarea. Aunque en realidad aquel dinero no era de ellos sino que se les había entregado por si era necesario recurrir a un incentivo monetario para convencer a aquel que la brújula marcara.

Ya habiendo salido del establo, momentos antes de comenzar el viaje final hacia la ciudad destino, un silbido se escucho a espaldas de los tres. Ambos soldados giraron rápidamente ante el repentino ruido y grande fue su sorpresa al ver a dos de sus compañeros montados en sus caballos. Uno de ellos a su vez, llevaba a sus espaldas a una persona encapuchada.

(… continua más abajo…)
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Gerard
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Los soldados se mostraron complacidos cuando el mago aceptó acompañarlos a ver al Gobernador. Realizar el viaje hasta Arás para recibir un “no” hubiese sido una gran decepción que por fortuna no tuvieron que enfrentar. El hombre que había explicado la situación a Gerard, rápidamente regresó a su caballo y obligó a este dar unos cuantos pasos hasta ganarse al costado del joven. Extendió entonces su mano hacia él con el fin de invitarlo a subir a la espalda del animal.

Rápidamente ambos jinetes encaminaron sus caballos hacia las afueras del puerto, tenían la intención de llegar a Enetral lo antes posible a su destino, sin embargo antes de siquiera salir del todo de Arás frenaron sus corceles al ver salir de un establo a otros dos jinetes junto a una carreta. Las vestimentas de los dos jinetes eran idénticas a las propias, no había duda de que se trataba de otra de las parejas de búsqueda que por lo visto había tenido éxito.

El soldado que montaba solo en su corcel al reconocer a los otros hizo señal de alto a su compañero e inmediatamente después llevó una mano a sus labios para emitir un chiflido y así llamar la atención de aquellos que se encontraban varios metros por delante.

(… continua más abajo…)
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Mitsuhide
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El guerrero había aceptado ayudarles, sin embargo advirtió que la muerte caería sobre ellos si mentían sobre la razón por la cual le habían convocado. Tales palabras asustaron un poco al más joven de los soldados, mientras que molestaron a su compañero.

-Guarde sus amenazas y no meta a los dioses en esto, que ante ellos juro que todo el asunto es verdad. Créame que no vinimos hasta esta solitaria playa a decir mentiras. Estamos aquí solo porque el respetable Dremar nos encargó esta importante misión y no me cabe duda de que el no nos enviaría solo para engañar a alguien arriesgando así nuestra vida. Aclarado esto, le pediré nos siga por favor, debemos llegar a Enetral cuanto antes así que iremos lo más rápido posible-

Dicho esto el hombre dio la señal a su compañero de regresar a Enetral que fue acatada de inmediato. Pronto ambos jinetes cabalgaban rápidamente por la playa hacia el puerto. Los corceles desplazaban hacia los costados la arena con cada pisada de sus cascos mientras el viento hacia que sus crines se mecieran hacia los lados. Su acompañante tenía corcel propio, lo cual significaba que ninguno debería cargar con el hombre para fortuna de sus animales.

Arás, ciudad portuaria de gran importancia para Soth al ser el único nexo con el resto de Noreth, se caracterizaba por sus calles constantemente transitadas; sus numerosas tabernas y posadas; la gran cantidad de barcos pesqueros con la que contaba y un montón de comercios que se beneficiaban de sobremanera de todos los productos que los barcos de carga traían a la isla desde el exterior. Era sin duda una ciudad próspera pese a su relativamente pequeño tamaño.

Los caballos se vieron obligados a avanzar lentamente por las calles de la ciudad para evitar pisotear a tanta persona que deambulaba de aquí para allá y que cedían espacio a los jinetes de mala gana y solo porque sus vestimentas denotaban importancia. Por desgracia el paso por la urbe era necesario, considerando el camino al que debían dirigirse.

Al llegar a las afueras de la localidad un ancho camino de tierra se dejaba ver delante de ellos. Camino para nada solitario, muchos eran los que entraban y salían a diario de Arás por aquella ruta. A los costados del camino las pasturas teñían de verde el paisaje libre de árboles y arbustos o piedras de gran altura. Aparentemente la mano del hombre estaba involucrada en ello.

Tras un par de horas de camino, a los flancos del camino empezaban a divisarse campos trabajados, ganado abundante y muy a la distancia casas de amplio tamaño que parecían pertenecer a los dueños de aquellas tierras agrícolas.

Cuando los tres viajeros llevaban ya siete horas de camino se vieron forzados a detenerse, delante de ellos unas cuantas personas bloqueaban temporalmente el camino pues intentaban enderezar una diligencia que por alguna razón se encontraba tumbada en el suelo. Milagrosamente dicho carruaje tenia las ruedas intactas a su vez que los animales que halaban el carro estaban sanos, por ello una vez las personas lograron ponerla en pie el camino se despejo rápidamente.

Para sorpresa de los tres, cuando la diligencia de apartó, pudieron ver delante suyo a otros cuatro jinetes vestidos con los distintivos trajes rojos y un poco más adelante una carreta tirada por un solo corcel que aparentemente les acompañaba.

(… continua más abajo…)

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Zargum & Gerard
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Para los cuatro soldados fue grato descubrir que su grupo no era el único en tener éxito. Se aproximaron los unos a los otros y estrecharon las manos a forma de saludo y felicitación.

-Veo que ustedes también cumplieron con la misión, a nosotros esta cosa nos llevo al entunicado que pueden ver detrás de mi compañero… ¿Y vosotros que traéis?-

-Un enano, y no me refiero a un humano pequeño, sino a un autentico enano de los que difícilmente se ven por estas tierras, si eso no es prueba de que estas agujas mágicas funcionan, no sé que lo es-

Sus compañeros rieron al escuchar aquel comentario, no burlándose de Zargum sino por la alegría de ver que su trabajo estaba resultando exitoso.

Claro que aun no había terminado la tarea, ahora debían encaminarse hacia Enetral lo antes posible. Si bien tardarían varias horas en llegar, el camino no resultaba un reto importante. Después de todo la ruta a Enetral era un amplio camino de tierra alisada que permitía que varios hombres avanzaran en paralelo.

A los costados de la ruta el verde predominaba a causa de las pasturas. El más joven de los guardias veía esto con curiosidad.

-Mmm… ¿Se dan cuenta que no hay ni un arbusto por aquí?-

-Todos los objetos altos fueron sacados de la ruta para impedir que bribones tomaran por asalto a viajeros desprevenidos. Lo cual significaba que la gente viajara sin miedo entre las dos ciudades.- explicó otro de ellos.

El viaje transcurría con tranquilidad permitiendo a los viajeros disfrutar del paisaje que aunque repetitivo, no era para nada desagradable. Las horas se sucedían con tranquilidad, el sol no parecía descargar sobre ellos calor sofocante lo cual garantizaba que la jornada no fuera tan agotadora.

No fue sino después de varias horas de trayecto que los seis descubrirían que no eran precisamente el grupo más apurado por llegar a Enetral. En un momento paso a un costado de ellos una diligencia que marchaba a gran velocidad siendo tirada por cuatro poderosos caballos. Cuando la misma parecía que se perdería en la distancia se escucho el relinchar de los caballos y el grito de sorpresa de varias personas. Un segundo después los seis veían como la carreta comenzaba a tumbarse en el suelo girando un par de veces debido a la velocidad en que iba y finalmente quedado de costado cortando el camino.

Los cuatro guardias apuraron sus caballos en dirección al carro para asegurarse de que no hubiera heridos. Por fortuna así era. Todo mundo parecía ileso. La razón del accidente era una serpiente que se encontraba varios metros más adelante, ahora muerta por la daga de un viajero. Cuando los caballos que tiraban la diligencia vieron al reptil se asustaron y buscaron desviar su camino. Pero por culpa de la velocidad a la que iban el carro se descontroló y terminó en el suelo.

Los guardias rodearon la diligencia y pidieron ayuda a los viajeros que en esos momentos se encontraban en el camino para poner en pie misma. Tal vez por solidaridad o simplemente para no meterse en problemas con los soldados, pero todos los allí presentes (incluso el chofer de la diligencia y sus ocupantes, que se encontraban un tanto golpeados y asustados) ayudaron en la tarea. Mientras algunos se encargaban de dicha tarea, otras personas recogían el equipaje que se había dispersado por los alrededores. Si bien alguno que otro aprovechado se había hecho con algunos objetos de valor, la mayoría de las cosas volvieron a la diligencia una vez que esta se encontraba de pie.

Después de calmar a los corceles y ponerlos en posición. La gente empezó a dispersarse mientras el chofer dio la orden a los caballos de avanzar. Pronto el camino se encontraba nuevamente libre. Los cuatro jinetes que estaban por retomar marcha también se sorprendieron al ver a otros dos de sus compañeros que por lo visto viajaban junto a otro jinete cuyo rostro era imposible de ver gracias a un peculiar sombrero que usaba.

(… continua inmediatamente abajo…)


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Los tres
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Ahora los seis soldados y los tres viajeros estaban juntos en medio de la ruta hacia Enetral. Los guardias repartieron saludos entre ellos nuevamente aunque fue algo breve. Después de todo debían seguir el viaje cuanto antes.

El camino desde allí transcurrió sin otros incidentes y después de poco menos de medio día de viaje desde que habían salido de Arás, estaban arribando a la gran ciudad de Enetral. Si Arás era un sitio próspero no era de sorprender que Enetral lo fuera aún más. A lo largo y ancho se dejaban ver las numerosas casas que presumían de estar bien construidas. Las calles en su gran mayoría se encontraban empedradas y en buen estado. Mientras los viajeros avanzaban por la calle principal podían ver a los niños jugar entre ellos. Los puestos de mercaderes se extendían por el ala derecha de la calle y sus dueños ofrecían enérgicamente sus productos a la gente que deambulaba.

Numerosos eran los guardias que deambulaban por la ciudad, sus armaduras eran idénticas a las de los seis soldados, salvo por el color de las telas. La guardia de la ciudad vestía de azul oscuro mientras que los acompañantes de los extranjeros poseían ropas rojas. Eso se debía ciertamente a que no se trataba de simples guardias de ciudad, pertenecían a la guardia particular del Gobernador.

Después de avanzar un buen rato por la calle principal, llegaron finalmente a un gran edificio de gruesas paredes de roca que no era otra cosa que el edificio de gobierno. En las puertas del mismo otro par de guardias se encontraba. Al ver al grupo llegar, uno de ellos ingreso rápidamente al edificio mientras el otro pedía respetuosamente que esperen afuera. Momentos después el primero volvió a salir.

-El gobernador espera les espera en el sala de reuniones. Dejen los caballos aquí si así lo desean, nos encargaremos de guiarlos hasta el establo.-

El viaje hacia Enetral había finalizado, pero aun los viajeros no podrían descansar, aun faltaba que se vieran cara a cara con el tan nombrado gobernador.

Al llegar a la sala reuniones verían a un hombre oscuro traje, blancos guantes. Pero corto y cuidado. Ojos color café, lentes que ayudaban a su visión. Y una barba bien arreglada. En apariencia no superaba los cuarenta años. En su mano derecha sostenía un papiro enrollado.

-Saludos caballeros… mi nombre es Dremar, aunque probablemente ya lo sepan… sin duda el viaje debió agotarles pero rogare un poco mas de su paciencia para explicarles la situación en las que se les pide ayuda...-


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Off Rol
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Bueno, como verán ya están los tres reunidos. Al próximo turno incorporare a Rion en el relato al igual que Haruko deberá colocar post.


Dejo aquí una imagen de cómo sería el gobernador:

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Mitsuhide, no veo que debas disculparte, está aclarado que no pido una gran cantidad de líneas (cuando solo se puede el mínimo, no tienen porque comerse la cabeza con mas). Cada uno hace lo que en el momento puede.

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Mensaje por Gerard Sieglein el Miér Sep 21, 2011 8:50 pm

El hombre, tras recibir mi respuesta se subió a su caballo y acerco el mismo a mí para que subiera, a lo cual asentí y al recibir su mano estirada, la tome y la use de impulso para subirme,. Comenzamos a cabalgar, abandonando el puerto y al parecer con orientación a abandonar la ciudad, pero luego de un camino largo recorrido ambos caballos se frenaron, haciendo que prestara atención al frente. En ese momento divise dos caballos, con jinetes igual a este que me llevaba, junto a una carreta; mi jinete levanto la mano seguido de chiflar en busca de la atención de ambos jinetes en frente nuestro. Casi inmediatamente se frenaron y se saludaron, hablando de algo que no preste mucha atención, salvo de que traían a alguien más para reunirse con el gobernador; me dedique en pensar que pasaría si esto fuere una trampa? No creí que fueran tan meticulosos, si hubieran querido eliminarme lo hubieran dicho desde un principio. Mis pensamientos vagaban mientras, sin darme cuenta, ya nos habíamos puesto en camino. Comencé a ver el solitario camino y observe la carreta; habría una persona ahí?... no le di importancia probablemente este cansado y durmiendo, no era de mi molestar a la gente cuando quiere descansar; pero antes de que pudiera siquiera continuar mi pensamiento un ruido cambio mi atención, además del cambio de ritmo del caballo.
Más adelante, una carreta había volcado bruscamente, alcance a ver una valija en la ruta, asique decidí tomarla para devolverla apenas lleguemos. No sabía bien la raíz del accidente, sin embargo me puse a ayudar junto a los que me llevaban camino a ver al gobernador, o eso me habían dicho al menos. En ningún momento supuse ver si alguien bajo de nuestra carreta o no, solo propuse ayudar y seguir camino.
(…)
Ya al terminar, nos preparamos para seguir, habiendo llegado un par mas de jinetes, junto a ,al parecer, ser llamado por el gobernador. Casi al ver eso y sentir al fresca brisa que chocaba con el bello día y tan escaso de calor, hizo que quisiera quitarme al capucha de mi túnica descubriendo mi azul cabello y mirando a los soldados, suspire esperando que avanzáramos, el viaje me había cansado bastante y era una persona que se dormía hasta en paseos.
Paso un largo tiempo mientras andábamos, tanto que prácticamente me quede dormido sentado, práctica que no tenía casi conocida, cayendo sobre el hombro del jinete que me transportaba, dormido de cansancio. Para cuando me desperté, estábamos llegando a un gran edificio en el cual nos detuvieron, esperaron a que bajáramos y nos guiaron hasta una especie de despacho, bueno, un despacho como los de mi padre, más bien una sala de reuniones. Un hombre sentado nos esperaba, presentándose como Dremar, aclarando que pronto dejaría las dudas de lado, esas dudas que me recurrían la cabeza además de mi agotador cansancio.
-emm, un gusto soy Gerard Sieglein- dije tímidamente, aun no acostumbrado a esto. Había tenido mucho tiempo con mi padre en reuniones importantes antes de mi exilio, pero jamás me acostumbre a eso.


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Mensaje por Zargum Ironhammer el Miér Sep 21, 2011 9:51 pm

La escolta que acompañaba al honorable enano del clan Martillo de Hierro estaba conformada de dos hombres de noble apariencia y armamento. Zargum sabía que se trataba de un simple uniforme de la guardia, pero como cualquier buen enano que se jactara de ser herrero y artesano sabía que aquellas armaduras contaban historias de gloria y honor, las cuales precedían a los hombres que con orgullo las portaban.

Los humanos se mostraban entusiasmados ante la presencia de un enano en tierras tan lejanas a sus montañas. Nunca habían tenido la oportunidad de convivir con uno de su raza y mucho menos hubiesen podido imaginar que aquella aguja les llevaría a conocer a un enano de linaje real. Zargum disfrutaba con la atención que ocasionaba en los hombres, quienes no paraban de preguntar sobre el helado hogar del enano y sobre sus costumbres. Por suerte para Zargum, el ale del tabernero se bebía fácilmente desde el barril, por lo que la conversación que había comenzado en la taberna se extendió hasta los bellos caminos monótonos de la región.

De pronto, un silbido resonó a lo lejos. Se trataba de un grupo de dos guardias vestidos de forma similar, si no idéntica, los cuales escoltaban a otro guerrero posiblemente en la misma posición que el mismo enano. El humano en cuestión permanecía oculto bajo una capucha, como si estuviese avergonzado de su apariencia. Sin embargo, Zargum no hizo caso a tal comportamiento, presentándose apropiadamente ante el grupo recién llegado - Saludos hombres isleños. Mi nombre es Zargum Ironhammer y he brindado los servicios de mi escudo a su causa - Respetuosamente saludaron los recién llegados guardias al enano, tratando de no ofenderle con miradas curiosas sobre sus hombros, no así el hombre encapuchado quien no hizo más que ignorar la presencia del enano como si no supiese que estuviera en el mismo lugar. Cosa que molestó a Zargum por la falta de modales.

El viaje hubiese sido tranquilo de no ser por un grupo de mercaderes batallando por enderezar una de sus carretas de mercancías, la cual había sido volcada por sus propios caballos. Muchas razones pasaron por la mente de Zargum tratando de encontrar explicación al accidente, pero sabía que era más necesaria su asistencia que sus pensamientos - Muchachos, recojan sus faldas porque se van a ensuciar un poco con buen ejercicio físico - El comentario en tono de broma dejaba ver que la bebida estaba teniendo efecto en el enano, sin embargo rieron ante tal comentario antes de descender de sus respectivos caballos.

Por suerte no había nadie herido en aquel accidente. Una serpiente había asustado a los animales generando el percance. Nada raro de ver pero si muy inconveniente. Enderezar la carreta no fue problema para el grupo de hombres y el fuerte enano del martillo, quienes en un abrir y cerrar de ojos habían resuelto los problemas de los buenos mercaderes. Para sorpresa de todos, un grupo de tres hombres con la misma descripción que los otros dos grupos que e habían reunido aparecieron ante ellos. Se trataba de dos guardias del mismo porte que los cuatro que se encontraban ahí y un humano con armaduras extrañas para Zargum. Seguramente tenían cierta descendencia isleña aunque no podría apostar por ello. Zargum se presentó de igual manera que en ocasiones anteriores mostrando su cordialidad y buena voluntad, esperando el mismo gesto en respuesta.

El viaje continuó sin más contratiempos. Enetral hacía honor a su fama, pues sin duda era una ciudad bien edificada y con construcciones de gran envergadura. Los detalles arquitectónicos y la forma en la que las grandes paredes de piedra blanca jugaban con la luz del día y las sombras no pasaron por alto ante los ojos del enano artesano - Hmm, no está nada mal. Pero si quieres construir una ciudad como se debe necesitas escavar no edificar - Sin duda su comentario hizo reír a uno que otro de los guardias. Era extraño escuchar la crítica de un enano ante una gran ciudad como Enetral.

El camino culminó a los pies de un enorme portón. El edificio dejaba ver la magnificencia de la historia de la ciudad y marcaba un grado de jerarquía superior al de el resto de las construcciones locales. Las puertas se abrieron una vez que el anuncio de los recién llegados se hubiese proclamado en el interior del edificio. Zargum abandonó su carreta y cogió sus pertenencias. Se relamió el cabello y acomodo sus trenzas para que su barba no luciera desordenada.

Dremar era el nombre de aquel que convocara a Zargum haciendo uso de un artefacto misterioso. Le habían comentado que el destino había jugado sus cartas en favor de Enetral y el enano no perdería la oportunidad de demostrar su valía, su honor y su fortaleza - Es un placer gobernador, mi nombre es Zargum Ironhammer del clan Martillo de Hierro y vengo a esta ciudad impulsado por mi deseo de conocimiento y la mano del destino - La introducción de Zargum denotaba lo honorables de sus intenciones y esperaba atento ante la explicación de su llamado.


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Mensaje por Mitsuhide Akechi el Jue Sep 22, 2011 9:08 pm

-No confunda vos la afrenta de una amenaza con la honradez de una advertencia. – dije bajando de nuevo mi sombrero para impedir que se me viera nada, completamente oculto en las sombras de mi capa y mi sombrero de humilde agricultor que tan usado era por generales para darse un tono de grandeza, en mi caso sólo era para que el plomizo sol diera con un barrera entre sus feroces llamaradas y mis indefensos ojos violáceos. Tras esto comenzamos a cabalgar por la arena de la costa, dejando que el sonido de los férreos cascos de los caballos al impactar contra la arena a gran velocidad eclipsara el de las olas que se alzaban para intentar rozar el cielo, cayendo luego con todo su peso sobre el erosionado borde de la recortada costa. Rápidamente la velocidad de los caballos iba a aumentando, y yo debía refrenar de vez en cuando al mío para que no pasara por mucho a los de los soldados. Era un buen equino, pero además no lo hacía cargar con alforjas pesadas como otros, ni tampoco con placas de armadura, simplemente la silla y las rienda de mundano cuero negro, así evitaba sobrecargar a mi fiel compañero de batalla, pues según la educación que me habían dado debía tratar a mis allegados como quería que me trataran a mí, y eso incluía pertenencias y compañeros de otras especies.

Tras un rato de cabalgar tendido y sin descanso alcanzamos una ciudad, Arás, por lo que pude escuchar a los guardias. Una vez dentro de sus muros hubimos de reducir el ritmo de los equinos para no aplastar los pies de las mujeres que salían al abarrotado mercado con cestas bajo el brazo, en busca de las mejores ofertas que ofrecían los comerciantes a voces, típico. También debíamos llevar cuidado de apartar con la mayor delicadeza que pudiéramos a los infantes que curiosos de ver a tres hombres armados en sus habituales patios de juego corrían hacia los caballos buscando tocar nuestras armaduras como si nos tratáramos de dioses recién bajados del cielo, estirando sus pequeñas y frágiles manos para intentar alcanzar nuestras pertenencias. Me fijé en que algunos vestían sólo harapos remendados varias veces, trapos viejos y los pies vendados al no poder pagarse unos zapatos, esa escena pudo conmigo: -Alto. – dije a los dos hombres, que mirándome con mala cara hicieron un alto en su apresurado paso entre la gente. Yo me apeé del caballo y saqué una bolsa de oro que llevaba bajo la capa, dejando ver en ese momento la espada y parte del arco que llevaba a la espalda. Los zagales, asustados al ver mi armadura y la vaina de mi sable retrocedieron pensando que les haría algo, lo cual me hizo lanzar una mirara furtiva al más joven de los soldados, por su bien esperaba que no fuera un hombre belicoso: -¿Tenéis hambre? – pregunté mientras me ponía en posición de hacer sentadillas para hablar con ellos, con una mano apoyada en el suelo para evitar perder el equilibrio. Asintieron los cinco muchachos y lo sopesé la bolsa ante ellos –Os daré esto si me prometéis que compraréis comida y no otras cosas que os hagan daño.“Dale de comer a un pobre y comerá un día, enséñale a pescar y comerá toda su vida” decía un viejo refrán, no les iba a enseñar precisamente a pescar, y aunque no me hacía gracia mostrar las artes de la guerra a unos muchachos como ellos tampoco me agradaba verlos pasar hambre, así que me entretuve unos minutos más, tomando los palos que me cedió un amable comerciante de la zona y mostrándoles la manera de sujetar una espada, de embestir con ella y lo más importante, como luchar sin dañar al contrario. Me tomó aquello una media hora hasta que de nuevo subí al caballo, no parecían en demasía contentos los muchachos que me acompañaban, pero no era de mi incumbencia su preocupación, conocía desde hacía mucho las reglas de bushido, y una de ellas era salirse del camino para ayudar a los más desfavorecidos.

Salimos de la urbe ya con el sol en alto, ahora habría que cabalgar más rápido y que espolear un poco más a los animales para que aguantaran el trabajado camino. Apenas pude apreciar el verdor del paraje que se extendía a mis costados, recortado el camino por piedras de gran tamaño en las cuales se notaba la mano del hombre. Durante el galope lo que mi vista sí alcanzó a ver fueron las cientos de cruces de los caminos, frases inscritas en lápidas de los que habían dejado su vida en la peregrinación o simplemente querían ser recordados, y así ordenaban se enterrados a los lados de un camino con algo grabado en sus nichos. A veces su nombre, otras veces sus hazañas y en otros casos frases filosóficas, cortas y largas, todo dependía del dinero que se tuviera para pagar al tallista de la roca. Pero pronto desapareció esta estampa, dando paso a los campos labrados por el hombre. Los campesinos aprovechaban el clima del mar y lo salino de sus aguas para plantar a mi diestra, costado donde quedaba el inmenso océano, para plantar el arroz que de tanta agua necesitaba, y a mi siniestra se extendía los enormes campos de plantas aromáticas que luego plagaban Noreth con su aroma y su belleza en los tocados de las damas más elegantes o en perfumes, también algo precioso. Pastaba el ganado la hierba que crecía salvaje en los campos de más atrás, las ovejas y los bovinos, incluso alcancé a ver algún que otro puerco atiborrándose de bellotas bajo el mismo árbol de estas, feliz comiendo y emitiendo su típico sonido, pobre animal si supiera su destino, acabar en platos, cortado en lonchas y asado.

Largas horas cabalgamos hasta dar con el primer obstáculo, un carromato tumbado en tierra, en un lodazal donde una de las ruedas había quedado atrapada. Tras ayudar junto con un enano de barbas carmín suave y aspecto de estropajo a recuperar del cieno la carreta pude ver tras que esta se apartara otros dos jinetes de trajes rojos como los que me acompañaban a mí. Las presentaciones por ahora estaban de más, pues el tiempo apremiaba para llegar a la capital del reino donde conocer al tal gobernador para comprobar la veracidad de sus palabras. Con la marcha mantenida durante el día llegamos casi a la noche a Enetral, la capital de la isla por lo que escuché, donde el gobernador nos requería. De nuevo una ciudad en su máximo apogeo, con las casas construidas en rica piedra y cuidadas sus paredes, los centinelas paseaban entre las calles mientras los comerciantes hacían públicos sus anuncios de venta para que las mujeres y los hombres menos allegados al trabajo compraran, de nuevo pude ver una escena de infantes jugando, pero estos nos prestaron menos atención que los de Arás, también iban mejor vestidos y portaban en su mayoría zapatos de paja enhebrada o esparto, así que no debía preocuparme. Jugaban con espadas de madera a imitar a sus padres, lanzando pútridas frutas y hortalizas a modo de flechas y usando a un pobre perro de dimensiones irreales como montura, el animal se mostraba juguetón con los infantes, pero eso no quitaba que no le hiciera mucha gracia tener que acoger a tres o cuatro chinches más grandes de lo normal y con espadas de madera en su espalda, algo cómico sin duda. Pero la comedía no podía durar todo el día, pues finalmente fuimos a dar con los muros gruesos de la casa más lujosa que aprecié por el lugar, hermosamente labrada con adornos en las banderas y las puertas ribeteadas de ricos metales. Tras una breve espera nos fueron abiertas la puertas, seguramente el mozuelo hubiera ido a anunciar nuestra presencia en la ciudad y solicitar así nuestra entrada en el palacete. El camino había sido agotador, mas no descansábamos todavía, aunque había algunos que no lo necesitaban, como el muchacho que iba encapuchado, que había dormido todo el camino. Aún era joven e inexperto en las jornadas a caballo, supuse.

Escudriñé con mi vista al mozo que se llevó a mi caballo y dejé en este mi capa y mi sombrero, dejando ver en ese momento mi cabello negro como la noche recogido en una coleta que caía hasta mi cintura, abierta por el centro y cerrada a unos veinte centímetros del final. Llegamos a la sala de reuniones del lugar, al menos la que se nos mostró, y allí pude ver a un hombre espigado, puede que de mi misma altura o algo más bajo, pero no demasiado. Cabello corto y de peinado ordenado, estilo militar. Sus ojos se escondían tras unas lentes transparentes de vidrio pulido por mabos lados, un aparejo para ver mejor por lo que sabía, de color café mostraban una mirada serena y tranquila, veterana, sin duda sería mayor que yo. Lucía una barba con perilla y bigote fino que le daba un aspecto familiar, no lo conocía de nada desde luego, pero había visto varios estrategas en mis días de general de ejércitos que se dejaban esa curiosa perilla de chivo bajo el labio, cortada en forma de pirámide invertida. Se presentaron el joven encapuchado y el enano. La actitud del primero me pareció sumo ofensiva, negándose a dar su rostro ante quien nos había citado, y por lo que sabía de enanos al señor Ironhammer, como se presentó, tampoco le haría mucha gracia. Era mi turno y lo último que estaba era nervioso, sabía comportarme ante altos cargos de la clase militar y política, y al ser un hombre no había posibilidad de padecer nervios como con una dama engalanada. Llevé la mano a mi espada de manera lenta y la desaté de mi cinto, mostrándola a la altura de mi entrecejo para girarla en mi mano, quedando la parte que no tenía filo mirando al hombre de nombre Dremar. Planté la vaina en tierra e hice una leve inclinación, un gesto de vasallaje y respeto a un superior: -Akechi Mitsuhide, hombre de paz y antiguo general de las tropas de Oda Nobunaga. A su servicio y al de los dioses que nos brindarán la paz, espero. – dije mientras levantaba de nuevo mi cabeza para cruzar mi mirada con la de él, devolviendo la espada a su lugar de la misma manera, no quería que malinterpretaran mi gesto de saludo inofensivo como una amenaza para su jefe de estado.


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Mitsuhide Akechi
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Mensaje por Invitado el Mar Sep 27, 2011 4:18 pm

Rion se negó a soltarme durante toda la noche y al final me dormí entre sus brazos llorando. El cantar de los pájaros me sacó del mundo de los sueños, observé a mi alrededor con ojos nuevos, había encontrado una felicidad distinta a la esperada que llenaba mi corazón de alegría y de esperanza. Al fin me sentía libre de todo lo malo, ya no importaban mi padre o mi hermano, por fin era mi vida la que iba a ser vivida hasta el final.
¿Y cómo acabaría nuestra historia? ¿Cómo se resolverían lo sentimientos que en mi comenzaban a aparecer?
Rion sonrió dormido, yo sonreí al verlo… Aún era un niño, uno que actuaba como hombre e intentaba hacer lo mejor para todos; me incliné lentamente a su lado y suavemente besé sus labios. ¿Por qué tenía que dejarlo morir? ¿Querría acaso escapar conmigo rumbo a tierras desconocidas?
Él suspiró y giró quedando de espaldas a mí, la suave brisa agitó las cortinas mostrando un bonito juego de luces y sombras en la habitación. Por unos instantes me quedé absorta siguiendo con la mirada hasta que por segunda vez la brisa movió las cortinas, golpeando mi rostro, trayéndome consigo el mar y su perfume particular, ese que se encontraba impregnado en cada cosa que tocaba dando la sensación de que la isla fuera parte del mar.
Me levanté de la cama con cuidado para no interrumpir el sueño de mi amante, sabía que en el baño siempre estaban disponibles algunas cubetas de agua limpia por lo que me dirigí a el apenas cubierta por una sábana. El ser hija de un soldado puede hacer tu vida más fácil algunas veces, el agua de la primera cubeta recorrió mi cuerpo lentamente sin producirme ni un solo escalofrío. Pronto me encontré restregando cada centímetro de mi piel, mis alas y cabello; una segunda cubeta me ayudó a enjuagarme. Cada gota de agua arrastró consigo las impurezas que mi alma cargaba, me sentí feliz por lo que había encontrado… Ni siquiera las cicatrices en mi cuerpo podían arruinar aquel instante, con el agua habían marchado los malos recuerdos dejando paz en mi interior.
Salí del baño y tomé mi ropa; tranquila me dediqué a vestirme, cada tanto observaba a Rion y volvía a sonreír ¿porqué me sentía tan extraña junto a él?

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Un par de días después de mí regreso desperté sobresaltada, por mucho que me esforzara mis pesadillas aún me perseguían sin que pudiera hacer algo para evitarlas; a veces los sonidos más comunes me producían nervios haciéndome reír o llorar de miedo.
Rion no se alejó demasiado de mí durante ningún momento, quizás temía que volviera a marcharme sin decir adiós… Me hubiera gustado poder encontrar las palabras necesarias para explicarle que no podía separarme de él, que no volvería a dejarlo y caminaría junto a él hasta el final de su camino.
Mientras entrenaba su magia en los jardines de Dremar me dediqué a vigilar todo lo que a su alrededor sucedía, el tiempo que tendríamos juntos era poco y no quería que nadie me lo arrebatara.

- El almuerzo está servido- dijo una voz a espaldas de Rion.
- En un momento iremos- respondió él.

Me levanté del lugar en el que me encontraba, acercándome a Rion para tomarlo de la mano e ir junto a él al comedor. Riendo por los amplios a iluminados pasillos llegamos donde la comida y el gobernador; como siempre nos esperaba una mesa sencilla pero opípara: carne asada, verduras preparadas de distintas formas y una deliciosa sopa de pescado, todo regado por un sabroso vino local que Rion se negó a probar aún cuando se lo rogué entre risas.
Después de la comida nos retiramos a nuestra habitación a descansar, la brisa había cambiado, el aire parecía denso y cargado de presagios. En mi mente comenzaron a agolparse los monstruos que solían acecharme…
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