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La iglesia del páramo sombrío

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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Rue el Mar Sep 20, 2011 6:40 pm

Luego de limpiar la sangre desparramada en la cara y su bastón el chico empujo a la criatura hacia la hierba gigante, luego de eso enterró un extremo de su bastón en el piso aun tomándolo entre la mitad, tratando de omitir y quitar los gritos que había hecho aquella criatura que el pulpo había matado, esos sonidos eran un tanto perturbadores a lo que el chico llamó a su halcón, este firme y valiente se poso en su hombro haciendo ciertas melodías a baja tono, que solo el podía escuchar, haciendo que aquellos gritos desaparecieran de su mente, luego se quedo mirando la cueva a lo que el pulpo empieza hablar, quería que lo siguieran, cosa que el chico no creía buena idea, pero tampoco e iba a quedar en la entrada de aquella cueva esperando mas y mas monstruos tratando de matarlos a todos, el solo dijo con tono firme y sin miedo - Yo entraré entonces, en realidad no me importa, con tal de que todos regresemos a nuestras respectivas locaciones- quitando su bastón del piso para luego ponerlo en su espalda como era lo habitual, su fiel halcón a donde el iba siempre lo acompañaba, se aferro al hombro del chico y siguió su mismo camino, ya estaba acostumbrado a esos hedores putrefactos, los halcones son aves cazadoras siempre lo han sido y lo serán, el chico caminaba detrás del pulpo, ya que al parecer nadie se animaba a hacerlo, no tenia intensiones de nada puesto que él ya había visto sus técnicas y seria uy útil en cualquier tipo de monstruo poderoso al que se enfrentasen, el chico podía escuchar como detrás de él, en aquel angosto pasillo no se podía ver luz alguna, al parecer esas pequeñas criaturas tenían ojos poderosos, el chico sabia como eran algunas de las cuevas, puesto que para no perderse tocaba constantemente las paredes con las dos manos tan solo las rozaba ya que el asqueroso musgo se sentía desagradable al tacto.

Al cabo de unos minutos caminando por el recto pasillo el grupo llego a una habitación enorme, por fin haciendo que aquel extraño pasillo quedase en el pasado, era un poco espantoso y tétrico, aquella luz que iluminaba todo no era nada especial, al parecer era magia obscuro, cosa que no le impresiono al chico, ya que la magia obscura era algo que odiaba mucho y no era de su agrado, puesto que su dios la prohíbe, habían dos corredores uno iluminado por una hermosa luz azul y el otro por una dorada, diciendo algo dudoso -¿Qué camino tomamos entonces?-.

Un momento después se podía ver como el enano esta seguía el camino de la luz azul, el chico estaba a punto de seguirles pero pudo escuchar un ligero crack, y una puesta de hierro macizo cerro rápidamente el lugar donde estaba Rose, Khaelos y el enano, en ese mismo momento, otra puerta cerro el pasadizo del cual todos habían llegado, dejando solamente al pulpo y a el chico solos, una cosa que era un poco chocante, dos personalidades distintas, dos enemigos, dos hermanos de frente etnia, se odiaban como el aire, cosa que solo demostraban en pensamientos y algunas veces en palabras absurdas y sin sentido, aquellas dos entes eran como el agua y el aceite, el chico miró al pulpo con indiferencia, puesto que ese momento no era de luchar, sino de salir convida de aquel lugar, - Entonces… supongo que quedamos solos, opino que deberíamos ir al otro corredor- tratando de ser un poco amable pero apretando los dientes con cada palabra.

El chico siguió el camino, era lo suficientemente ancho para que los dos pudiesen caminar de lado a lado, ya que siempre había la posibilidad de que uno de los dos hiciera el primer movimiento; unos 10 minutos estuvieron caminando por aquel corredor, estaba igual de obscuro, cosa que era un poco extraño porque la luz que emitió era muy fuerte, por suerte en las paredes habían pequeñas antorchas situadas en puntos específicos, cosa que el chico aprovecho y tomo para iluminar su camino, mientras sentía como la humedad y el calor del lugar le hacían sudar un poco, era muy parecido a la jungla de Uzuri, aquel lugar donde solo valientes se atreven a entrar. Sin platicar en el camino el pulpo y el chico al fin habían llegado a una habitación de tamaño medio, no mas grande que una buena posada, de una altura muy superior, en la cual al fondo había un esqueleto sentado en un trono, cosa que el chico ignoro ya que al parecer había sido un estúpido jugando a ser malvado, un ser cuya codicia al parecer era muy grande, ya que a su alrededor había toneladas y toneladas de oro, diamantes, joyas, armaduras hechas de oro puro, el chico estaba un poco sorprendido, ni en su extraño país había tanto oro, con un puñado de el mismo podía comprar un castillo, el chico pinto una pequeña sonrisa en su rostro seguido de un -Ja….- acercándose lentamente al botín pero aun un poco atento de los movimientos de su acompañante, buscando aun entre el tesoro, quizás para encontrar algo, algo especial, algo que podría verse bien o quizás algo para su halcón fiel como siempre estando en su hombro como todo buen guerrero, entre tanto oro en un pequeño altar pudo ver aquello, una pequeña armadura de lo que parecía ser un metal liviano recubierta con oro azul en algunas partes, no pesaba mucho, quizás un kilogramo o dos, el chico tomo a su compañero por las patas y lo coloco en el altar, tratando de ponerle aquella armadura, estaba seguro que sería un acompañante perfecto, pronto termino de ponérsela, aquella criatura era la mas hermosa, su azul zafiro le hacia lucir como un ángel, la coloco en su hombro para que se acostumbrara al peso y se tropezó un poco con otro objeto, esa cosa solo se la había visto a un elfo una vez y de ella salían melodías hermosas, quizás el también podría aprender un poco del mismo, era un instrumento que los elfos llamaban flauta, no tenia mas de 30 centímetros y era de oro puro, con pequeñas manijas de diamantes, el chico la tomo junto con un pequeño bolso que estaba tirado como si nada y lo coloco allí, ya no pondría sus pertenencias entre ropajes, ya tenia un lugar donde ponerlas, coloco todo lo que había tomado en sus viajes también otros pequeños diamantes y se lo coloco en la espalda debajo de su guitarra, luego se empezó a recorrer la habitación buscando una salida.
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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Zyrxog el Mar Sep 20, 2011 10:46 pm

Quizás no eran las mejores palabras para atraer a los inferiores, mas de cualquier manera habían funcionado, el primero en entrar fue el enano, luego la hembra y el nigromante, el mocoso los siguió, el cefalópodo era el último, algo agradable ya que así podía estar seguro que lo que hubiera dentro de esa “agradable” cueva tendría que despedazar cuatro cuerpos para llegar a él, el pequeño túnel era angosto, las paredes cubiertas de limo viscoso que de seguro seria venenoso también, el agujero era irregular y varias veces la aberración debió de agacharse para no golpear con una raíz o una roca, mas por suerte aquel lamentable trayecto duro poco, una sala o mejor dicho un agujero más grande se encontraba al fondo, no parecía gran cosa, un fuego ardía para iluminar, un fuego que parecía esencia que se quemaba lentamente, la habitación tenía dos pasillos, al parecer uno brillaba y el otro igual, la hembra junto con el enano y el nigromante siguieron uno, el mocoso tubo ademanes de seguirlos, más un extraño sonido se escucho y con ello dos pesadas puertas de hierro bloquearon el paso, tanto de la salida como el del camino que habían seguido los inferiores, solo quedaron solos tanto el mocoso como la aberración, el destino estaba apostando a lo más alto o quizás la fortuna simplemente había puesto en bandeja de plata los sucesos para la abominación, está ahora tenía a su merced al mocoso, sería fácil utilizar cualquiera de sus conjuros y verlo retorcer como la alimaña que era, un par de cortes y seria la misma imagen que hace poco se había quedado gimiendo y chillando de dolor en la hierba, mas había algo que molestaba y era aquel pájaro que estaba en su hombro, este lo miraba penetrantemente, tanto como su dueño el ave no confiaba en la aberración, mas eso se podía arreglar sin problemas.

Mas aunque fuera divertido ver sufrir al mocoso aun le era de utilidad, y debía de esperar el momento preciso, no quería malgastar energías en inútiles confrontaciones con un ser tan miserable, mientras el mocoso se internaba en el túnel, la abominación se acerco a aquel extraño fuego, acerco su mano y no sintió ningún calor, extendiéndola agarro entre sus manos aquel fuego, parecía que fuera arcilla en sus manos, cerrando el puño el fuego se escurría por sus garras, ahora tenía algo de luz, con su mano por frente siguió al mocoso, iluminando aquel extraño tune, las paredes brillaban con el limo, mientras que aparecían detalles que la oscuridad había devorado, huesos ocultos de inferiores, cráneos perforados y calcinados, pequeñas pilas de restos de algunos animales, conejos ciervos y ratas, el camino no era muy largo, apenas unos minutos de caminata en ese túnel, mas al llegar encontró algo un tanto extraño para aquel lugar, grandes pilas de monedas de oro y gemas se apilaban en una habitación de considerable tamaño, gemas de las más diferentes procedencias, armas hechas de oro puro, armaduras y yelmos, para cualquier inferior seria un tesoro por el que matarían sin pensarlo, pero para la abominación eran baratijas sin ninguna utilidad, camino entre el oro sin prestarle ninguna atención, mas si encontró algo que resaltaba entre el brillante oro.

En el centro de ese lugar había un trono, un gran trono hecho de roca blanca, en el había un esqueleto, ya carcomido por los años, con su ropas roídas, sus ojos vacios, aun tenia la corona sobre su cráneo, y en su cuello un extraño collar, un amuleto por decirlo de alguna forma, extrañamente aquel artilugio emanaba un poder sin igual, como si fuera hecho de algo sumamente poderoso, era la esencia de la muerte, el aroma de la decadencia, como si la esencia de infinidad de cadáveres hubiera sido destilado en una pequeña gota, la abominación se sintió atraído hacia aquel objeto, mientras que de reojo veía a el humano obtener oro y gemas de su codicio, llenando sus bolsillos con lo que había a su alcance, incluso montando sobre su ave laminas de oro semejantes a una armadura, los delgados dedos de la abominación se estiraron, tocando aquel colgante ligeramente, una imagen se clavo en su mente, como si fuera un puñal, un rostro pálido, sus ojos como ardientes carbones, sus labios susurraban … susurraban algo que la abominación ya sabía, remediar aquel error que había cometido antes, cuando se alejo algo del cadáver en su mano estaba aquel colgante, mas de reojo vio algo tras el trono, caminando a su alrededor vio algo que hizo que sus tentáculos se movieran, un busto de un dragón hecho de oro y con los ojos de rubí, el dragón parecía que estaba vivo y a sus pies había un esqueleto, el esqueleto de un inferior con sus manos llenas de oro.





Patetico  Invitado no eres mas que un inferior ... una alimaña que deberia de pisar con mi pie


I Eat Your Brain Muajaja




Llevo varios cadaveres a mis espaldas: Rue, Elena, Aleria, Jack Cross, Erik, Fayt Reeden, Malblung Anwarünya, Lairë Tinúviel, Naerys, Björki Gotriksson, Sheoldred, Silence, Ferenec, Iosif, Tuxy, Light Yagami, Vanegan, Jarko, Hans Stoker ... quizas el proximo seas tu Invitado
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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Rose Atillart el Miér Sep 21, 2011 4:53 pm

Rápidamente rodé sobre mí misma aprovechando que gracias al tiempo que había pasado con Veluzi era algo más ágil que una niña normal y me situé detrás del elfo, intentando luego clavar mi espada. Pero claro, eso sería demasiado fácil. Mi hoja impactó contra algo antes que contra la piel del oscuro elfo, un escudo que me devolvió mi propia fuerza aumentada, lanzando lejos mi espada y a mí con ella. Sobrevolé el lugar por encima de la cabeza de Khaelos, a unos dos metros, y acabé dando con los huesos de la espalda en una columna, el dolor era increíblemente alto, algo insufrible que nunca había sentido, pero al menos no fue en vano, mi estúpido movimiento propio sólo de una chiquilla inexperta en batallas había servido al conde y al enano para prevenirse, más al primero que al segundo, que parecía que de algún modo ya conocía contra quien se enfrentaba. Al ver como mi espada había salido volando guardó la ballesta y sacó la espada, la cual produjo un sonido anormal, chirriante, al chocar la hoja contra la vaina. Aquel chillido parecía sacado de la garganta de un torturado, alguien a quien le queda poco de vida pero está conociendo el infierno en vida -¡¿La recuerdas?! – inquirió Arkins mientras avanzaba corriendo hacia el elfo, que se llevó las manos a las orejas por el terrible sonido -¡Maldito tapón de bañera peludo! – gritó entonces el hombre de orejas picudas, maldiciendo a los dioses por entregarle tales capacidades auditivas. Me fijé en como extendía sus manos y de estas salía una bruma morada que envolvía al enano, haciendo que frenase en el acto, llevándose las manos a la garganta.

Todo pasa tan rápido, hacía un momento estaba junto con Arkins y Khaelos en la entrada y ahora me encontraba tirada contra la pared. Quería moverme, quería ayudar y sabía que debía de hacerlo para poder regresar con Nogard, pero mi cuerpo no respondía, las manos dormidas, las piernas parecían no existir y mi pecho bajaba y subía acelerado por culpa de mi respiración entrecortada, como si aquello pudiera calmar el dolor. Mientras que yo me sentía la más inútil entre todas las personas de todas las razas del mundo vi como el humano daba un paso hacia el elfo, lanzando un corte con su espada de acero sanguíneo -¡¡No!! – grité al verlo hacer eso, si mi poca fuerza había bastado para empujarme tan lejos al ser devuelta a él lo mataría, pero lejos de eso la espada cortó limpiamente el aire y sesgó sin piedad la piel del hombre oscuro, arrancándole un grito de dolor, otro más que se sumaba a la lista que poco a poco iba creciendo. Su herida comenzó a sangrar de manera abundante, y la niebla que mantenía sin aire al hombre más bajito y peludo se disipó al momento. ¿Cómo? ¿Cómo lo había hecho? Si mi espada apenas había quedado a un metro del elfo -¡¡Maldito humano!! – gritó mientras se intentaba recomponer del golpe, su cara reflejaba el dolor que sentía, pero también miedo, miedo porque alguien había podido traspasar su impenetrable barrera: -¿Creías que el acero de mi espada era normal? La chiquilla puede que no lo sepa, pero yo sí, el acero de sangre, el único acero capaz de catalizar la magia como un báculo. Vi como tu campo de energía rechazaba su espada al ser simple y mundano acero que es incompatible con la esencia de la magia, pero el mío es diferente, está en sintonía con la magia, con tu magia. – dijo mientras alzaba una mano de la cual comenzó a brotar un hilo negro, esencia, pero una esencia oscura y malvada.

El elfo cayó de rodillas, doblado por el dolor como habían caído varios enemigos frente al pulpo. Se sujetaba con fuerza el pecho mientras que Khaelos mantenía la punta de su espada fija en él, estaba recibiendo un temible hechizo de dolor como los que Zyrxog era capaz de invocar, pero… ¿Él también? ¿Cómo lo hacía? Zyrxog era malvado, era normal que tuviera aquella esencia, pero no lo veía normal en Khaelos, que no parecía ser un mal hombre. Fuere como fuere no duró mucho, pues el elfino se alzó enviando un pulso de antimagia contra el nigromante, cortando en seco su conjuro y recuperándose, tal vez demasiado tarde, pues el enano se le arrojó encima con la espada por delante. Cerré los ojos para no ver aquello, pero no era difícil saber que pasaba, los golpes, el acero chocar contra un igual y los gritos e insultos que revelaban un pasado conjunto entre ambas razas. Era… era una completa inútil, no podía hacer nada para ayudar en esa pelea que se veía, o más bien percibía, tan igualada ¿O quizás sí? Apreté con fuerza los ojos y comencé a entonar un salmo en el idioma de la magia mientras en mi mente mantenía sólo dos figuras: Khaelos y Arkins, sentía como la esencia recorría ahora mis venas y mi canto se hacía cada vez más rápido, también subía el tono hasta el punto de que cada frase se podía escuchar por la dorada sala -¡No! ¡Detente! – gritó el elfo, pero fue demasiado tarde. Cuando abrí los ojos tenía encima al enano, que durante un momento pareció sonreírme justo antes de lanzar una poderosa cuchillada que golpeó la madera de su báculo, hasta ahora esa madera había resistido, pero no lo haría esta vez, las fuerzas del enano se veían aumentadas por mi desesperado cántico que hacía que el viento de la primavera recorriese los pasillos oscuros hasta nosotros, una magia poderosa sin duda, agradecía a los dioses que me hubieran hecho entrega de aquel conjuro, cuando estaba sola no servía de nada, pero con más gente era perfecto, les ayudaba a ellos y a mí también. La hoja rúnica de Arkins atravesó sin piedad el cuello del elfo oscuro y le robó un último alarido de dolor antes de que cayera muerto. El enano estaba bañado en sangre casi negra, al igual que la hoja del nigromante humano – Dalamar. Elfo hijo de una ramera. – dijo con odio el enano, sacando la espada del pecho de su enemigo al tiempo que se ponía en pie -¡Vamos! ¡Hay que buscar el mapa! – dijo con tono imperativo, pero no estaba en situación de ponerme en pie por mí misma, cosa que sólo Khaelos pareció percibir, tendiéndome una mano y tirando de mí cuando le di la mía –Gracias… - dije recogiendo mi espada y limpiando mi ropa –Sí… Vamos… - dije, notando todavía el dolor de la espalda, un dolor que de seguro me duraría al menos unas horas, pero no tenía tiempo que perder si quería que aquello acabase rápido, así que al igual que Khaelos y Arkins me puse a palpar las paredes, buscando algún tipo de interruptor o un doble fondo donde el elfo escondiera sus pertenencias. Finalmente fue Khaelos el que dio con un cajón oculto tras recorrer las paredes con sus manos -¡Apartad! – dijo el enano, golpeando tras esto la pared con su nudosa mano. Un buen trozo del muro se fue abajo, como si fuera una puerta oculta de unos dos metros de alto y uno de ancho – Grrr… Odio que escondan mis cosas en armarios, no soy un puto elfo para meterme en los armarios y los cuartos oscuros. – fe lo último que le escuché decir a Arkins, que como de costumbre se lanzó el primero a la aventura por el amplio pasillo. Yo pasé por detrás de él, haciendo de guía desde una posición segura e iluminando con el colgante del dragón, que automáticamente se encendió al poner un pie en la densa oscuridad, despejando las tinieblas y alumbrando el camino que ahora había ante mí, gracias a ese colgante no debía temer a la oscuridad, pues cuando estaba encendido emanaba un calor agradable, el calor de Nogard. Khaelos cerraba de nuevo el grupo, pero lo que ninguno, o al menos eso pensaba, se esperaba es que al poner este último un pie en la oscura mazmorra tras él se cerraría la puerta, dejándonos aislados de la sala donde ahora yacía el cuerpo de Dalamar, el elfo oscuro –Odio las puertas que se cierran solas… - dije con un tono de obvio enfado, enfado que pasó a susto al notar una mano en mi hombro –Soy yo… - dijo Khaelos al tiempo que yo suspiraba aliviada – Tranquila, nunca se cierra una puerta sin que se abra otra.- añadió después, dejando luego que el silencio reinara entre nosotros tres y el pasillo, que se extendía hasta donde me alcanzaba la vista, que no era demasiado.

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“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?”

Los reyes al morir envenenan el oro que con ellos ha de ser enterrado para que los ladrones, los rateros y asalta nichos, incluso los que caen por error en sus panteones, no se lleven ni un doblón de oro o un ducado de plata, una simple pieza de cobre robada sobra para que estos sean presa de sus maldiciones, tan variopintas como colores de un arcoíris.


Las manos de Rue se llenaron de oro y posesiones valiosas, envistió a su fiel pájaro con una armadura perteneciente al antiguo halcón del rey que ahora yacía tirado en su trono, recostado contra la superficie de marfil de su asiento siendo contemplado por el nigromante de aspecto cefalópodo. La flauta que tomó había pertenecido en vida a la bella hija del rey muerto, y la bolsa a su querido hermano que dejaría la vida en la batalla como un noble guerrero, pero todo aquello lo estaba tomando ahora un chiquillo que había demostrado con muchas ocasiones su prepotencia. Mas no sería en vano que los hechiceros del monarca fallecido embrujaran sus cuantiosas pertenencias. Lentamente las placas de bello metal azulado del ave de Rue comenzarían a aumentar su temperatura, al principio no era nada, un par de grados más, pero al cabo de unos veinte segundos el pobre animal experimentaría un terrible dolor en las alas, donde el metal comenzó a ponerse de color rojo intenso, bajando lentamente hacia su cuerpo, el halcón estaba sufriendo lo indecible mientras que su amo debía observar impasible como esto ocurría ¿Por qué? Se preguntará alguno, simple, él también había tomado pertenencias del rey, mucho más valiosas que el halcón había sido obligado a cargar, y ahora estaba pagando su precio. Las manos le arderían, los pies también, desde el pecho su corazón bombearía su ahora espesa sangre que lentamente se iba calentando, a fuego lento se podría decir. Gruesas gotas de sudor nacerían en su frente y golpearían el suelo al despedirse de su piel, pero ya no sólo ardía el oro que había tomado como recuerdo, sino también la garra que llevaba a modo de guante, la púa que había encargado y la figurilla que el supuesto “herrero” le había hecho. Si el joven músico hubiera puesto más atención al hombre de la falsa forja hubiera visto la marca de su cuello, la terrible marca maldita que poseía y que lo hacía estar bajo las órdenes de un señor oscuro, el mismo que en su cabeza le había hablado. Si hubiera tenido suerte todo aquello hubiera terminado rápido, pero el rey exánime sabía dónde más le dolía, sabía el golpe más bajo que podía recibir el chico, y era encontrarse bajo el yugo opresor del pulpo, el cual ahora, habiendo tomado el colgante de magia negra de su cuello se encontraría con que este emanaba un terrible poder, suficiente como para que Zyrxog pudiera alzar al rey esqueleto. ¿Lo que ocurrió en aquella sala? Lo desconozco, pero de Rue nunca más se supo, sólo por las palabras del pulpo se podría adivinar que tomó asiento junto con la parca en el largo camino de ida al más allá.






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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Zyrxog el Miér Sep 21, 2011 9:14 pm

El dragón miraba el trono con aquellos ojos rojos por los rubís, el esqueleto estaba a medio calcinar, sus ropas quemadas, su expresión de dolor y agonía era reconocible por aquel pastor de muerte, mas sus pensamientos fueron despojados de valor cuando escucho aquel sonido, aquel sonido de un aleteo desesperado y del metal chocando contra el suelo, se giro lentamente para ver aquel delicioso espectáculo, aquel halcón, esa ave molesta estaba en el piso, aleteando por su vida, profiriendo aquellos chillidos lastimeros, mientras el azul cambiaba a rojo en su armadura, el olor a plumas quemadas y carne era natural, mientras que en un instante el ave se prendió fuego, mas este no era como aquella esencia que se quemaba, no … este era un ser vivo que era calcinado hasta los huesos, los chillidos del pájaro se callaron cuando el fuego quemo sus pulmones, ahora solo era una llama vestida de rojo carmesí, mas el espectáculo no era ese, si no el de su amo, aquel miserable mocoso se llevo las manos al cuello, al pecho, mientras sudaba copiosamente, sus ojos estaban abiertos completamente, mientras jadeaba para tomar fresco aire, debía de sentir que se rostizaba como lo había hecho su querido halcón, o no era ese el precio por la codicia de los inferiores, el cefalópodo se acerco al muchacho que retrocedió un paso, no por miedo si no buscando aire fresco, la voz de aquella abominación resonó por las paredes de oro, contra el trono de roca y el esqueleto que miraba con sus vacios ojos la escena que se presentaba.

-¿No es gracioso mocoso? … si hubieras pensado antes no tendrías estos problemas *mientras se colocaba el collar alrededor de su muñeca, junto la mandíbula que colgaba de esta* los inferiores son seres despreciables y desagradables, solamente útiles cuando tienen algo que ofrecer, más un muerto siempre es de utilidad-

Miro unos instantes al inferior, mientras que le daba un golpe con el reverso de su mano, haciendo que este perdiera el equilibrio y cayera sobre el oro, podía ver como intentaba quitarse las cosas que había tomado, jadeando desesperadamente, por su parte el cefalópodo disfrutaba de aquella visión, en esos momentos habían sucedido dos cosas que habían inclinado la balanza hacia su favor, el estar solos en ese maldito lugar y el que el mocoso hubiera sucumbido a la codicia que los inferiores emanaban por sus poros como el sudor, la abominación se acerco al chico, el cual ya estaba volviéndose loco, su piel comenzaba a cambiar de tono, los vellos de sus brazos se quemaban dejando salir un desagradable olor que no molestaba a la abominación, su brazo se estiro mientras sus garras se aferraban al cuello del chico, más este viéndolo tan cerca aun retaba a la muerte, de sus labios un escupo salió disparado hacia el rostro del cefalópodo, mientras aquella saliva resbalaba por su grisácea piel el chico aun tenía fuerzas para hablar.

-¿Crees… crees que me vas a matar maldito?... pulpo de mierda ándate a coger un cadáver que tanto te gustan, te matare…. Te matare y voy a cagarme en tu cráneo-

Uno de sus tentáculos pasó por su rostro, sacando aquella baba repugnante de su piel y mirando con desagrado al inferior, tan idiotas que eran…. Tan imbéciles que podían comportarse, mas faltaba algo, si lo que quería era dolor con gusto al abominación se lo daría, extendió su mano hacia él, mientras lo miraba fijamente, el mocoso conocía aquel movimiento, lo había sentido en el pasado cuando sus venas parecían quemadas con hierro fundido, cerró los ojos con fuerza esperando aquel dolor, mas no lo sintió, solo estaba la quemazón que su piel poco a poco conocía, miro a la abominación, mas esta tenía la mano hacia el esqueleto, un chasquido de sus dedos fue todo, mientras se alejaba del mocoso y caminaba hacia el esqueleto, este no hizo ningún movimiento, más el tronar de sus huesos se escucho en breve, sus pies tocaron el suelo, mientras animado por su amo caminaba hasta este, mas el cefalópodo paso de él y como si fuera el señor de ese lugar se sentó en el trono, acomodándose con una presencia oscura, el esqueleto con su larga túnica miraba al choco, de sus ojos oscuros una lumbre amarilla surgía, al igual que desde sus ropas un mango aparecía, la abominación movía sus tentáculos y como si fueran ordenes el esqueleto tomo aquel mango y surgió un hacha de su cuerpo, un hacha mellada por el tiempo pero imponente, la abominación hablo , mas tan solo fueron dos palabras, dos simples palabras que no tenían ninguna connotación maléfica … o tal vez si …

-Las… piernas…-

El esqueleto miro a su amo, y tomando con ambas manos la pesada hacha la levanto por sobre su cabeza, el muchacho ahora comprendía lo que pasaría, ahora sabía que su muerte tardaría en llegar, el hacha bajo con fuerza, golpeando con su filo una de las piernas del muchacho, la carne fue cortada junto con el hueso, un grito desgarrador surgió de su garganta que resonó por cada pared de esa habitación, nuevamente el hacha se levanto y cayó de nuevo, cortando otra parte de su piernas, una y otra vez el hacha subía y bajaba cortando esas piernas en diferente partes, el oro se teñía de sangre, las paredes eran manchadas con aquel elixir carmesí con cada golpe, los gritos no cesaban cuando el hacha literalmente molían la carne, la abominación solo disfrutaba mientras la locura por el dolor comenzaban a corroer el cerebro del mocoso, pero la aberración tenia mas planes, su voz se escucho de nuevo, una voz que rasgaba los gritos del mocoso.

-Los brazos…-

El hacha cambio su caída, ahora comenzaba a golpear los brazos del muchacho que caían en trozos a su alrededor, como si fuera un carnicero faenando un animal la carne se deslizaba por el oro, manchando las monedas relucientes, el cuerpo ahora solo era un tronco ensangrentado con una cabeza que tenia abierto sus ojos, el pecho subía y bajaba lentamente, el chico aun estaba vivo después de tal carnicería, era impresionante que aguantara tanto dolor, mas aun quedaba lo divertido, la aberración se levanto de su asiento, caminando por el piso ensangrentado hasta el muchacho, extendió su mano y tomo sus ropas manchadas, levantándolo y mirándolo hacia los ojos que lentamente perdían su color, su vida se escurría por la sangre que brotaba por sus miembros cercenados, mas aun tenía conciencia para ello.

-Cometí la equivocación de mostrarte piedad hace mucho tiempo… cometí la equivocación e mostrar piedad con un simple inferior… mas ahora remediare eso… no serás mi equivocación en este mundo… ni muerto me sirves mocoso, solo serás un cadáver mas en este lugar-


Sus tentáculos se dispararon hacia el rostro del muchacho, aferrándose fuertemente a el, y acercándolo a su boca que se poso en su frente, sus dientes comenzaron a roer y roer, la carne fue masticada, el hueso triturado, mientras sus tentáculos se internaban en aquel cráneo y arrancaban trozo tras trozo de cerebro, mas estos no eran consumidos si no arrojados al suelo, ni siquiera valía la pena consumir algo tan insípido, sus tentáculos taladraron aquel cráneo, sus ojos salieron de sus cuencas cuando dos tentáculos salieron por ellos moviéndose cual serpientes, aquella fuerza con la que sostenía el cráneo comenzó a hacerlo crujir mientras los huesos eran rotos y la bóveda craneal era reducida a una masa informe de huesos y carne, la vida del mocoso había terminado, este había sido su final, uno que ya había sido escrito desde el encuentro hacia tanto tiempo con la abominación, el esqueleto comenzó a moverse, mas no por ordenes de su amo, ya había cumplido su misión, caminando hacia el trono volvió a sentarse sobre este y como antes se dejo caer en la misma posición, con sus ojos vacios y sin vida, a la abominación no le molesto, el día había sido fructífero, mas quería una cosa, algo para recordar no tener nuevamente aquella piedad con nadie, tomo el cadáver del mocoso y una de sus cuchillas, comenzó a cortar de su piel una larga tira, los suficiente para lo que deseaba, busco aquello encontrándolo, las manos del mocoso, aquellas manos ensangrentadas y con sus huesos al aire, las ato con fuerza a ambas, y después las ato en su cinto, no tenía problemas en que fueran visibles, serian un buen recordatorio.

Después de tan agradable velada entre el mocoso y la abominación ahora quedaba el problema de salir de ese lugar, extrañamente una de las paredes manchadas de sangre burbujeaba, mientras se acercaba a esta sintió una leve corriente de aire fétido, la abominación se acerco aun más a la pared posando su mano en esta, levemente el muro cedió y haciendo un empujón mas cedió completamente dejando un oscuro túnel frente a el, la abominación sin dudarlo camino por ese oscuro lugar, cuanto habrá caminado no sabía, mas si sabía algo que cuando salió de ese lugar nuevamente estaba en aquel agujero con el fuego de esencia.




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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Rose Atillart el Jue Sep 22, 2011 4:59 pm

El camino angosto y oscuro parecía no tener fin, uno tras otro los metros que recorríamos iluminados únicamente por la luz de mi colgante me parecían leguas, no sabía ya ni cuanto llevábamos debajo de la tierra, el calor, el aire viciado, la oscuridad a mi alrededor y la falta de unos brazos, una brazos que sólo poseía cierta persona en todo el mundo, me hacían perder la noción del tiempo. Durante el rato que caminamos por la densa oscuridad rota por la luz de mi joya escuché gritos, los atribuí simplemente a mi imaginación, corrompida ahora por culpa del maldito pulpo al que esperaba en lo más profundo de mi corazón que la tierra se hubiera tragado, aquel rostro con tentáculos largos y gruesos, palpitantes como si cada uno tuviera su propio corazón, aquellos ojos faltos de expresión, llenos sólo de las chispas de la maldad más pura, el ansía de consumirlo todo, poblados por la ira y la oscuridad que su sola presencia emanaba. Pensaba que todo el mundo tenía redención, incluso el viejo comealmas que me había cruzado en mi primera aventura con el engendro de aspecto de reptil, pero él… debía ser la excepción que confirmaba la regla, no consideraba que tuviera salvación, y mucho menos que la mereciera, hacía aflorar en mí sentimientos que nadie había podido sacar: Ira, odio, asco… No sabía porque, pero no me gustaba tenerlo ni cerca. Por ir como iba, tan perdida en mis pensamientos, no me fijé en que el enano había hecho un alto, así que choqué contra él, impactando con mi vientre contra su nuca, gruñó y me dijo algo, lo hizo usando su idioma, así que seguramente un insulto – Quietos… - dejé de oír los metálicos pasos de la armadura de Khaelos y traté de no mirar atrás, no quería ver la densa oscuridad que había. Vi como Arkins retrocedía el puño y golpeaba de nuevo otra pared.

La luz me cegó un primer momento, aunque logré ver antes de cerrar los ojos una figura alta y esbelta en una sala iluminada por un potente fuego que se mantenía en una cuenca de oro enorme. Parpadeé un par de veces y por fin recuperé mi visión, al menos en su mayoría, porque todavía veía chispas flotando enfrente de mis ojos, chispas que lentamente se fueron apagando a medida que reconocí la figura que había en el salón. Esa piel grisácea, esos ojos apagados y mortecinos, la túnica negra y las manos caídas, casi inservibles al tener tentáculos más largos que mis brazos. Casi dejé escapar un gemido de terror al ver lo que ahora colgaba de su cinto, dos manos, dos manos ensangrentadas que todavía goteaban el líquido carmesí, recién amputadas. Contuve como pude una arcada y enterré mi rostro en la armadura de Khaelos, no… no quería mirar más a ese ser, no quería creer que esa maldad pudiera existir ni mucho menos que la tuviera tan cerca –Rose… - musitó el hombre de la armadura mientras el enano reprendía al pulpo en su lengua. Khaelos se arrodilló ante mí y me quitó las lágrimas con su grueso dedo de hierro – No te preocupes… No quedará mucho de este viaje y estarás de nuevo con tu chico ¿Vale? – asentí temerosa – No te acerques a él y no te pasará nada, no lo mires, no le hables y si necesita tu ayuda vuelve el rostro… - dijo mientras me abrazaba, sentí un calor extraño dentro de mí, un calor que nunca había sentido, era agradable, como el abrazo de Nogard y de Veluzi, como el abrazo que sólo un padre puede dar a su hija –S…Sí… - contesté mientras me tragaba mis propias lágrimas, tenía que mirar hacia delante, no debía de centrarme sólo en el pulpo, él ya tendría el castigo por parte de los dioses el día de su juicio.

-¡Ni mapa, ni kobolds que matar y sólo el puto elfo ese al que zurrarle! – protestó el enano tras arrancar del cinto de Zyrxog las manos, arrojándolas al fuego que las consumió como si fuera un carbón mojado en alcohol puro. Ahora de la antorcha surgía un humo negro en el cual se formaron unas palabras: “Al fuego no has de temer si tu alma pura es” Y luego nada… el humo se difuminó y las palabras se borraron. Me quedé mirando unos instantes al fuego y finalmente me decidí, estirando las manos hacia las llamas para tocarlas. Notaba ya su sofocante calor, su horrible ardor en mi piel -¡Quieta! – gritó el enano, pero antes de que pudiera detenerme sumergí mis manos en el aceite supuestamente hirviendo y busqué por el fondo. No quemaba, no ardía mi piel como yo misma esperaba, era como meter las manos en agua tibia. En apenas un minuto saqué las manos completamente sanas y con ellas una botella con algo dentro. No me tomé la molestia de descorcharla y de un solo golpe contra el plato que contenía el fuego la partí, dejando ver el pergamino que había dentro –Ya tenemos el mapa, ahora vayámonos… - dije con tono un tanto sombrío, no malvado, pero que denotaba que mis ganas de permanecer en un espacio tan pequeño y falto de vida con un ser como Zyrxog eran cuando menos escasas. De nuevo la formación para salir del lugar era la misma, Arkins abría el grupo, luego yo para sentirme segura tras el enano y detrás de mí Khaelos, como si él supiera que no caminaría tranquila teniendo detrás al hombre-pulpo. Al salir era de noche, una noche cerrada que parecía ser el amparo perfecto para una emboscada, pero sin embargo no nos pasó de nada en el camino de regreso, fue calmado, avanzamos durante casi toda la noche y paramos un rato al estar casi al lado del pueblo, durmiendo de madrugada para despertar a medio día casi, retomando la marcha.

Teníamos el mapa y la misión seguía en pie pese a la baja, no podíamos flaquear ahora. Entramos al pueblo los cuatro, el enano resoplaba por lo cansado que estaba de la hierba alta, el nigromante se mantenía cerca de mí, cuidando hacer de muro entre el pulpo y yo, buscando que nuestras miradas no se cruzaran. Yo, obviamente, caminaba cerca del humano de sangre azul, me agradaba su compañía, parecía protegerme, pero no sólo con su escudo y su espada, si no protegerme como si fuera su propia hija. Y finalmente el pulpo, al cual no veía, pero suponía que como siempre caminaba cerrando el grupo, eso no me agradaba, pero sabía que era lo mejor, con suerte nos tenderían una emboscada y lo tomarían a él como primer bocado. Al adentrarnos por las el arco de madera que unía la muralla al pequeño pueblo pudimos observar como la vida que anteriormente había habido allí ya no existía, los niños no corrían alegres y la posada tenía el cierre echado. La sangre manchaba el suelo y las puertas de las casas tenían ahora nuevas decoraciones hechas por garras nada pequeñas, cruces pintadas con sangre se agolpaban en las puertas de las casas. Algunas tenían dos, otras tres y hasta cinco llegué a ver. La forja había sido destrozada y quemada, Arkins gritó y maldijo al cielo, pude ver como en su frente se marcaba una vena que denotaba la furia que tenía, su cuerpo estaría tal vez más caliente que las humeantes cenizas, había sido esa misma noche cuando todo había sucedido. Se escuchó un sonido de cascos rocosos caer uno sobre otro y rápidamente llevé la mano a la empuñadura de mi espada, al igual que Khaelos, que se adelantó a mí y sacó su rojiza hoja todavía manchada con el negro de la sangre del elfo oscuro. De entre las ruinas de una de las casas salió corriendo un chico de cabello rubio, no parecía tener más de doce años, con el rostro inundado en lágrimas y los brazos llenos de arañones cubiertos de polvo, seguramente se hubiera metido entre algunas rocas de difícil acceso para que no lo atrapara lo que fuera que había asolado el pueblo, apenas iba cubierto con un saco de esparto con un par de agujeros a modo de túnica. Sus temblorosas manos rodearon al enano, el cual, llorando, también lo abrazó, ahora recordaba a ese chico, era el mismo que cuando entramos al pueblo movía la manivela de la piedra pómez giratoria -¡Maese! – gritó desesperado. Enfundé mi espada a diferencia del nigromante humano y puse mis manos en jarra para que el agua mágica brotara de ellas. Tras reunir un buen trago se lo ofrecí, y el chico bebió sin desconfiar, pues había visto a su maestro tomar lo mismo –Gr… gracias… - respondió todavía algo débil, aunque notoriamente mejor por la pureza del agua de mis manos. Limpió sus lágrimas y trató de hablar –Ella… la marca… brilló y… - Arkins lo apretó contra él y negó con la cabeza – Calma, Aarón, cálmate y piensa antes de hablar –dijo con tono serio, reprimiendo su propia tristeza - ¿Qué pasó? ¿Quién es ella? – el chico respiró un par de veces –La… la posadera, tenía una marca en el hombro, durante la noche vi luces, una venía desde la posada, y otra desde la casa del alfeñique que se hace pasar por herrero, luego… sólo recuerdo que la gente comenzó a gritar, a gritar con furia, con rabia. Se transformaron en horribles seres de carne rojiza y huesos destrozados y mataron a los que había resistido la magia negra de esa condenada bruja… yo logré esconderme entre los escombros de una casa, y allí he pasado la noche, acosado por sus garras y sus largas lenguas… yo… - su voz se quebró y Arkins de nuevo lo arropó en sus brazos, pero ahora se podía ver en su cara la ira más profunda que jamás había visto en un rostro. Respiró hondo un par de veces y nos adentramos en el pueblo, yo tenía la espada en una mano y el escudo en la otra, Khaelos igual, y el enano caminaba con seguridad, haciendo sonar la tierra bajo sus botas, ballesta en mano esperando que algo saliera de entre las ruinas de lo que un día fue su hogar.

-Saldremos ahora mismo hacia la iglesia. – dijo Arkins con voz autoritaria, se le notaba furioso, así que lo mejor sería no contradecirlo – Recoged lo que se pueda de cada sitio y preparaos, no estaremos más de una hora, así que rápido, no os entretengáis. – asentí y me fui con Khaelos hacia la posada, con su ayuda rompí el biombo que cubría el cubo que era el bar y una vez dentro buscamos las provisiones, Arkins rebuscó entre las cenizas de su forja junto con el niño humano, y del otro tipo… no supe nada, con suerte algo se lo tragaría, o simplemente andaría a buscar algo.






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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Zyrxog el Vie Sep 23, 2011 9:25 pm

No era curioso aquel encuentro, la pequeña gruta sofocante, las paredes cubiertas de aquel limo goteante y de su humedad, la sangre que había en el aroma y aquella sensación de haber cumplido una meta en la vida, era eso lo que sentía la abominación después de quitarse aquella piedra del zapato que significaba el mocoso, aun poda escuchar sus gritos como una melodía flotando en el aire, aunque esa melodía fue interrumpida por el crujir de un muro, mientras el limo se desprendía y la tierra caía al suelo aparecieron los inferiores, no era sorprendente ver al enano cubierto de sangre, a la hembra en brazos del nigromante, debieron de haberse enfrentado a algo pero lamentablemente no los habían matado … el enano comenzó a quejarse como si le estuvieran golpeando con hierros calientes, mas su acto siguiente hizo que aquella “alegría” de la aberración desapareciera para sumergirlo nuevamente en esa ira contenida, en ese desagrado por los inferiores y el placer de hacerlos sufrir lentamente, aquel miserable enano, ese inferior que solo serbia para fundir metal tomo las manos del mocoso, las arranco del cinto arrojándolas al fuego, estas se consumieron hasta convertirse en no más que meras cenizas, aquel recuero se extinguió como el polvo ante el viento, la mirada fría del cefalópodo se planto contra la del enano ensangrentado, mas girándola lentamente hacia la hembra, de una u otra forma el enano compensaría aquello que había hecho.

Lo siguiente apenas es digno de mencionar, la hembra metió la mano en aquel aceite hirviendo y saco el mapa por el que habían ido, lo siguiente fue salir de ese lugar y volver a caminar hacia el pueblo , al parecer la humana no se sentía cómoda con la abominación, y el nigromante estuvo haciendo de muro, no era para menos, desde un inicio la abominación había sido como si la muerte hubiera acompañado al grupo esperando llevarse alguno a su frio reino … y asombrosamente si se había llevado a uno, uno que ahora estaba pudriéndose sobre el oro en esa gruta, pudriéndose en la oscuridad sobre el oro que fue su perdición, el camino fue igual de largo mas cuando estuvieron cerca del pueblo … o mejor dicho los restos del pueblo, cuando llegaron solo vieron destrucción, las crías habían desaparecido, la herrería ahora era un montón de piedras humeantes, había sangre por todos lados al igual que algunos cadáveres, la sangre adornaba ese lugar como si fuera fiesta, cruces sobre puertas hechas con garras, el enano rápidamente se dirigió a los restos humeantes de su forja, mientras el resto del grupo los seguía, un inferior salió de entre los escombros llorando, el resto fue pérdida de tiempo, una historia sobre la tabernera, la hembra que le dio de beber agua, por su lado la abominación se interno en las ruinas del pueblo, había llanto, se podía notar la miseria en ese lugar, al parecer no habían encontrado el cadáver del niño ya que nadie lo miraba con miedo o con temor, era más, algunos se le acercaron y le miraban suplicantes, estos comenzaban a pedir que los salvara de las bestias, que defendiera el pueblo, mas no era a el mejor ser a quien pedírselo.

-Lárguense inferiores… *con tono de molestia y desagrado* o les aseguro que las bestias serán suaves en comparación conmigo-

Los que se le habían acercado vieron como sus tentáculos se movían violentamente y como aquel tono demostraba solamente maldad, cuando el camino estuvo libre la abominación volvió a caminar, todo lo que había eran casas manchadas de sangre, algunas con las puertas abiertas y el aroma a muerte saliendo de ellas, entre todas ellas entro a una, curiosamente parecía una forja, mas esta no tenía el aroma a fuego ni tampoco los clásicos instrumentos de herrería, abriendo una puerta encontró algo que a cualquiera le perturbaría, mas a la abominación tan solo le miro serio, sobre un pequeño altar había un infante, este había sido desollado y clavado a varios clavos a madera, frente a él un extraño ídolo, su rostro era muy semejante a un pez, mas su cuerpo era como la de los merrow, una deidad aunque algo curiosa, de todas formas no había anda útil en ese lugar, tan solo el aroma a muerte que reinaba en todo el pueblo.




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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Rose Atillart el Vie Sep 23, 2011 11:50 pm

Durante algunos minutos, unos diez, rebuscamos por las distintas rendijas del lugar, cajones, armarios bajos y altos, paneras y demás, pero allí había poco. De las escasas provisiones que logramos coger contaban entre ellas una barra de pan de un par de día atrás, algo gomosa pero todavía comestible, un poco de carne en salazón que se conservaba en perfecto estado y medio queso que tras retirar una parte mohosa descubrimos que nos podría servir. Para beber apenas pudimos abastecernos con un odre y medio de agua, por lo visto aquello más que una posada había sido en su momento una tapadera para algún tipo de rito oscuro o secta, pues las maderas estaban marcadas y ensangrentadas, sí, cualquiera que no tuviera un ojo crítico para esas cosas, como yo, lo hubiera pasado por alto, pero la mano del nigromante humano se deslizó sobre la sangre y los trazados en la madera –Seca… - dijo en un tono bajo, más para él que hablando en voz alta –Esto no ha sido una coincidencia, aquí llevaban planeando algo mucho tiempo. – concluyó Khaelos mientras se cargaba un saco al hombro, no era ni más ni menos que un saco de patatas, pero bastante destrozadas ¿Para qué las cargaba entonces? Bueno, nunca está de más la comida, tal vez con mi magia natural pudiera recuperar parte de esas patatas y hacerlas comestibles. Salimos del cubículo tal y como habíamos entrado, saltando por encima de la madera, yo llevaba la capa de escamas, así que no se me veía nada inapropiado para la situación y las personas, algo que sólo Nogard debía ver y disfrutar. Tras esto caminamos unos pasos hasta la forja y nos encontramos de nuevo con el enano, que malhumorado apartaba los escombros con una terrible velocidad, excavando como un perro por su hueso. Las cenizas se mezclaban con los trozos de pesadas piedras que Arkins arrojaba hacia sus espaldas como si se trataran de bloques de ligera paja -¡Aquí! – dijo mientras metía la mano en un agujero recién creado. El chico se quedó mirando a su maese, todavía algo tembloroso y mirando con terror hacia todos los lados, me daba pena, tan joven y… Bueno, no era quien para mencionar nada sobre su situación. Finalmente el pequeño barbudo sacó de entre las ruinas humeantes un poderoso mazo que si no alcanzaba una altura hasta mi pecho no alcanzaba nada. La cabeza de hierro negro como el carbón estaba recubierta de runas rojas como la sangre y el mango hecho de acero también poseía runas, pero estas de un color azul eléctrico. Me sorprendió el hecho de que no había quedado aplastado bajo semejante peso, pero supuse que era cosa de la magia que lo rodeaba, claramente visible incluso para mí –Perdón por llevarme tu espada nueva, Aarón. – dijo mientras le tendía la espada al chico –Está bien, nos va… - antes de acabar la frase algo lo interrumpió, una visión poco agradable y un grito por parte de su alumno que luego secundé.

Ahora que lo veía bien, sí, era tan aterrador como para dar el grito que acabábamos de pegar los dos más pequeños. Una enorme criatura verde oscuro de casi dos metros se alzaba ante nosotros. Carecía de cuello y sus ojos blancos como la nieve no tenían pupilas. Una chepa coronada por una cresta algo más clara adornaba su espalda, mientras que sus largos brazos finalizaban en poderosas garras de color marfil bañadas sus puntas en sangre fresca que todavía goteaba para acabar en lágrimas sobre la tierra, que de tanta sangre que había tomado en esa noche se estaba tornando ya de color más oscuro. Caminaba con las rodillas semi flexionadas, listo para dar un salto en cualquier momento, y la respiración que salía de su boca repleta de afilados colmillos dispuestos en cuatro filas interiores y dos exteriores salía una respiración entrecortada, como si le costara agarrar el aire, que me producía escalofríos. Lentamente llevé la mano a mi espada, pero antes de que pudiera hacer nada la criatura saltó sobre mí. Cerré los ojos. Se había acabado, mi estupidez me había llevado a la muerte, ahora sólo me quedaba esperar las frías y huesudas manos de esta, que me arrastraría a distancia de mi amor. Pero lejos ocurrir eso lo que pasó fue que escuché el sonido de la madera al quebrarse. Khaelos, el enorme mago oscuro que en las minas de los kobold había demostrado que bien podría ser mi padre adoptivo, interceptó a la bestia con su escudo cometa, a cambio de esto, el enorme broquel que portaba el hombre se quebró, pero no pareció importarle, pues apenas reparó en ello uno segundo antes de hundir su sanguínea espada en el abdomen del ser, que furioso por la cercanía de la tan conocida parca intentó por todos los medios arrastrar con él al que la convocaba, pero sin éxito alguno, pues la gruesa armadura de Khaelos resistió los cinco arañazos que le produjo la criatura. Finalmente cayó muerta, pero por desgracia no sólo había una, sino que el pueblo estaba infestada –Mierda – escuché mascullar al enano, mientras se ponía en posición con su discípulo, espalda con espalda rechazaban la oleada verde sin temor, los cuerpos que eran zamarreados por el martillo del enano simplemente se partían en dos o golpeaban a unos cuantos antes de dar con los huesos en el suelo, donde terminaban de quebrarse en interminables aullidos de dolor que conjunto con los que desprendían los enemigos del chiquillo creaban una macabra melodía que bien se podría escuchar por todo el pueblo. Uno a uno el muchacho de rubios cabellos los apilaba a sus pies como si fueran mansos corderitos que se prestaban a ser sacrificados a su dios fuere cual fuere, el acero mágico en sus manos parecía multiplicarse por diez a juzgar por la velocidad con la cual los ensartaba. Pronto entre ellos dos redujeron la temible horda a menos de diez, la mayoría se centraron en ellos, pero dos de esos extraños seres decidieron ir a por la carne fácil, al menos lo que parecía carne fácil.

Saqué la espada en cuanto que vi a uno querer arrojarse sobre mí y agradecí que mi escudo fuera enteramente de metal, pues sus garras impactaron con tal fuerza que hubieran quebrado la madera en manos inexpertas como las mías. Tras rechazar la primera andanada de golpes por parte de la criatura de garras níveas arrojé un corte a su pecho que fácilmente detuvo con los mismos apéndices que usaba para atacar, pero no se pudo esperar lo siguiente, aquel bruta golpe que le propiné con el escudo en toda la entrepierna, había visto a Nogard golpearse esa zona jugando, le dolía, y mucho, que le golpearan aquello parecía ser un temible dolor que tardaba horas en pasársele pese a mis curas, así que si la criatura había sido en algún momento un varón humano puede que recordase tan temible dolor. En efecto, se dobló por el agudo dolor que en ese momento debió sentir al quebrar mi rodela acerada parte de su entrepierna, tenía más fuerza de la que pensaba. Mientras caía de rodillas con los ojos extrañamente negros no desaproveché el momento y hundí mi espada en su estómago, arrastrándola entonces hasta su pecho, donde sin piedad alguna cambié bruscamente de sentido, llegando a rajar uno de sus pulmones y luego el corazón, dando por fin caída al telón de su vida. El nigromante por su parte había hecho alarde de a magia que poseía, haciéndolo caer de rodillas con un nuevo dolor y luego sesgando su cuello como si fueran espigas de trigo, sólo que en lugar de cosechar harina cosechaba muerte como si fuera su granjero. Arkins y Aarón seguían por su parte rechazando uno tras otro a los componentes de aquel horrendo ejército de caídos, que pronto, gracias a las armas mágicas ambos y a la ayuda brindada por mí y por Khaelos, se vio menguado a menos de la mitad, aun así no había que bajar la guardia, y ahora primaba salir de allí como fuera. Desclavé la espada de mi enemigo vencido y me até bien la capa al pecho, no quería por nada del mundo que se me cayera, no podría regresar a por ella. Escondí el colgante entre mis pechos y eché a correr. Nos abríamos camino con facilidad, guiada la marcha por el maese herrero que sin mostrar un ápice de bondad destrozaba cráneos y torsos del enemigo un día amigo como quien camina por el campo, y cerrada por el aprendiz de este, el cual con algo más de amargura en la mirada atravesaba los cuellos de los que un día llamó amigos, el panadero, la lechera, el carpintero y el cura del pueblo cayeron bajo su espada, pudo reconocerlos gracias a que todavía portaban cosas de cuando eran humanos, un colgante, una cicatriz, algo que los identificaba como sus viejos vecinos, por eso el dolor fue mayor al tener que perforar con el acero sus carnes y verlos retorcerse de dolor mientras la espada se calentaba hasta alcanzar un color rojo vivo, un rojo que pasaba a ser rosado a causa de la temperatura.

Finalmente llegamos a las puertas del pueblo, pero no las que ya había visto un total de tres veces, todas ellas en ocasiones diferentes, sino que ahora estábamos en la otra punta de la ciudad, esperando por petición del enano al pulpo, que parecía que tenía problemas propios para llegar, ojala se lo tragaran aquellos bichos, ojala no tuviera que volver a verle el rostro con tentáculos largos y gruesos que me producía escalofríos.

[El nigromante sí, estaba teniendo sus problemas, aunque no como deseaba la niña, no, no estaba rodeado por esas bestias de color verde que lo devoraban lentamente, sino que estas se acercaban a él y lo miraban con respeto, también con temor ante la visión de algo tan parecido como lo que la elfa de la posada había calificado de Mesías. Las enormes figuras del color de la hierba y los árboles iban a postrarse ante él como si de una deidad se tratase, pero no todas le rendían culto, puesto que algunas, todavía teniendo parte de mentalidad humana, se abalanzaba sobre él como bestias furiosas y sedientas de carne, mas los fieles interceptaban a estos traidores a la sangre y allí mismo los ejecutaban para luego darse un festín con sus vísceras, algo que bien podía satisfacer al pastor de muerte, ser venerado como un dios ¿El problema? Estaba claro, estaba en su altar sagrado pisando los cadáveres de quienes se les habían opuesto, pero no podía salir de allí, pues no permitirían las bestias que su mesías salvador escapara de la nueva vida que le tenían preparada, pobres desgraciados, que no esperaban que los cuerpos mutilados que dejaban fueran a ser su perdición.]






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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Zyrxog el Sáb Sep 24, 2011 7:56 am

El pueblo parecía muerto o por lo menos hubiera deseado que así fuera, el aroma a muerte era suave y tenue, aunque el de sangre era fuerte y profundo, ver las condiciones del pueblo le agradaba a la abominación, tantos seres inferiores, tan miserables y lamentables, como insectos listos para que los pisaran e hicieran crujir, ver tanta destrucción era como un dulce bocado, aquel deseo que tenia la criatura, aquel sueño de convertir el mundo en una tierra yerma y despoblada era lo que lo hacía vivir, era lo que lo había salvado tantas veces de la muerte, aun recordaba como ene l pasado había tenido que ser un simple peón de dioses y demonios, como había tenido que compartir el aire con inferiores, con razas despreciables y enfermas, vio a inferiores que morían por idioteces, por no responder como debían, ver cadáveres tragados por los abismos de la tierra, mas aun estaba vivo, había sobrevivido tanto a la misma muerte como a sus secuaces, no le temía a la fría parca, no le temía por que el la controlaba, porque la usaba para sus deseos y planes.

Mas no demoro mucho en encontrar una traba en su paso, el sonido de la lucha era intenso, al igual que el aroma a sangre fresca que se derramaba, su paso se acelero, mas el camino fue bloqueado por una enorme criatura, pronto otra y otra surgieron, algunos aun vestían ropas de inferiores, algunos eran pequeños y otros de gran altura, la abominación permaneció quieta, eran demasiados para atacarlos, pero extrañamente estos no hicieron ningún movimiento, lo miraban fascinado si es que podían expresar ese rostro, mas no todos eran así, varios de aquellas criaturas se lanzaron contra la abominación, pero fueron detenidos por las demás criaturas acabando con ellas, pronto las bestias se arrodillaron y comenzaron a adorar a la abominación, como si fuera una deidad, aquello era extraño e incluso la aberración levanto la ceja al no entender aquello, mas no podía entretenerse con aquel enfermizo espectáculo, si las criaturas no le atacarían este pasaría entre ellos, mas cuando lo intento las criaturas le erraron el paso gruñendo y meciendo sus brazos, para nuevamente adorarle.

-Déjenme pasar inferiores…-


Mas las criaturas no se movían y miraban embobadas a la abominación, esta no tenía tiempo que perder, no le agradaba obedecer a nadie y menos estar rodeado de aquellas desagradables bestias, de reojo miro los cadáveres aun en buenas condiciones de las bestias, durante unos instantes la mente de la aberración pensó en un plan para poder seguir avanzando, tenuemente movió sus dedos, unos gruñidos guturales se escucharon mientras los cuatro cadáveres se elvantaban, aquello consumía rápidamente la esencia de las venas del nigromante, no podría durante demasiado tiempo mantenerlos con vida, los gritos no se hicieron escuchar, mientras las garras de los cadáveres se incrustaban en las gargantas de las criaturas, estas comenzaron a defenderse, sus zarpas rasgaban la carne de los cadáveres mas estos no sentían dolor ni temor, siempre luchando, entre varios de esos seres atacaron a uno de los cadáveres, logrando desmembrarlos, pero fue demasiado tarde, sus zarpas habían herido de muerte a los que loa tacaban, aprovechando el ajetreo de la lucha la abominación se encamino hacia la herrería o bueno sus ruinas, mas sus adoradores no pensaban dejar libre a su mesías, dos bestias corriendo en sus cuatro extremidades saltaron sobre la abominación cuando esta había avanzado un largo tramo, le gruñían y amenazaban con sus zarpas para que retrocediera hasta donde estaba, mas sus gritos fueron callados cuando sobre la aberración uno de los cadáveres salto atacando a una de las criaturas, sus colmillos se incrustaron bajo su brazo arrancando un gran trozo de carne, la bestia gruñía de dolor y odio mientras la sangre de la herida salía a borbotones, por su parte la bestia que aun estaba con vida intento ayudar a su compañero, golpeando el cuerpo del cadáver tan fuerte que uno de sus brazos fue roto y convertido en astillas, o por lo menos era lo que parecía, más el cadáver no mostro la mínima señal de dolor y a modo de látigo comenzó a azotar a la bestia, nuevamente aprovecho para correr hacia la herrería, mas cuando llego ahí solo encontró cadáveres mutilados, uno de sus cadáveres apareció, había perdido medio rostro y su vientre estaba abierto dejando escapar sus intestinos, mas de ese momento necesitaba seguridad, sus pasos siguieron los cadáveres que como una alfombra carmesí, pronto la abominación vislumbro al resto del grupo, el mocoso estaba luchando contra el enano, aun estaban con vidala hembra y el nigromante, quías alivio o quizás decepción pero hubo un sentimiento, uno difícil de describir, de reojo vio como el enano goteaba sangre y los cadáveres se apilaban a su lado.

-Inferiores patéticos-





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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Rose Atillart el Sáb Sep 24, 2011 3:48 pm

No, lamentablemente no estaba muerto aquel ser de pura maldad que ahora caminaba siguiendo el rastro de cadáveres que habíamos dejado para poder avanzar por mitad del pueblo. Dijo algo que por suerte no llegué a escuchar, y tal y como Khaelos me había dicho, ni le miré, no debía hacerlo -¡Vamos joder! – gritó Arkins mientras apartaba a uno de los últimos que se acercó, despejándolo con el ensangrentado mazo cuya cabeza destelló por un momento con el fulgor del trueno, dejando una negra marca en el torso del caído. Asentí junto con el nigromante humano y el chico de cabellos dorados y comenzamos a movernos camino a la iglesia, no era un camino tan fácil como el de ida a la guarida de los kobolds, sino que este estaba empedrado y no de una manera artificial, de vez en cuando aparecían ante nosotros grandes rocas que el enano tenía que reducir a escombros con golpes de su colosal mazo, que parecía no tener rival sobre la faz del mundo. El mapa indicaba un camino serpenteante hacia la iglesia, que ahora estaba mucho mejor dibujada, en lugar de ser una simple cruz trazada sobre el cuero humano. Ahora se veía en el papiro la desdibujada silueta de una cruz mucho más grande de la cual salía varias alas, salas sin duda alguna, pero por algún motivo algunas de esas salas se reflejaban en el mapa cerradas y otras abiertas, otras incluso parecían imposibles de traspasar. Había día y medio de camino hasta la iglesia, y en el primer tramo de movimiento debíamos recorrer la mitad o más para llegar a tiempo ¿A tiempo para qué? Todo el tema de la iglesia me estaba empezando a poner de los nervios, mucho además, no me agradaba no saber a qué me enfrentaba. Tras caminar durante horas llegamos a un riachuelo de aguas puras y cristalinas, menos mal, tenía bastante sed, pero para cuando fui a mojarme las manos el enano me detuvo con una mano sobre la mía, tirando de tal modo que logró sentarme –Ni se te ocurra beber de esa agua. Viene de “El pozo” – dijo mientras me tendía su cantimplora de recubierta de pelaje de animal, no parecía quedarle mucho y en un principio me negué a beber – Bebe y calla, niña. Soy un enano, me puedo pasar tranquilamente dos semanas sin beber nada de agua, además, yo cargo algo que ningún otro puede tomar, así que dale un trago. – asentí y me quedé mirándolo curiosa ¿Qué cargaba que los demás no pudieran beber? Le devolví la cantimplora nada más saciar mi abundante sed y miré como los demás, a excepción del pulpo, daban buena cuenta de las provisiones que tenían previas al pueblo.

Me acerqué al chico, que todavía parecía algo dolido por lo ocurrido en su hogar y me acomodé a su lado mientras sacaba mis provisiones, me quedaba bastante queso y poca carne, pero no me importaba compartirlas con él, que parecía ser el único que no había podido reunir una mochila con estas. Corté el queso en un grueso taco algo torcido dada mi inexperiencia para ello y se lo tendí – Come algo, no es bueno dormir con el estómago vacío. – dije mientras sonreía, él negó con la cabeza y la bajó, noté un ligero rubor en su rostro. Esperaba no tener que partirle el corazón –N… no puedo aceptarlo… - dijo tímidamente mientras jugueteaba con sus dedos. Suspiré y obligándome a mí misma a no reír por su tartamudeo le alcé el rostro, aprovechando el momento de sorpresa en que quedó con la boca abierta le metí el trozo de queso en la boca para luego cerrársela – He dicho que no es bueno dormir con el estómago vacío. – comenté sonriendo, él masticó y tragó algo rojo para luego quedarse mirando fijamente como yo comía mi pedazo - ¿Quieres más? – le pregunté sonriendo, todavía me quedaba para un par de veces, así que no me molestaba ofrecerle – N… No… sólo… que eres muy guapa. – respondió, haciendo que yo también me sonrojara. Sabía que era guapa, era difícil no saberlo cuando Nogard me lo día a todas horas, pero de otro chico no me lo hubiera esperando –Gracias… - respondí mientras intentaba mostrar una sonrisa que me salió sin querer algo forzada - ¿Eres herrero? – pregunté para variar el tema de la conversación – No. – negó él – Soy aprendiz y mago… - suspiró al ver que su cumplido no surtía el efecto que seguramente buscase, realmente lo sentía por él, era guapo y simpático, pero demasiado pequeño, además de que mi corazón ya estaba ocupado - ¡Mago! – exclamé sorprendida, vaya, no lo habría dicho - ¿Te… molesta eso? – negué con la cabeza y extendí mi mano, repitiendo el truco que había hecho una vez para Nogard de crear un pétalo en mi mano –No, para nada… - dije calmándome – Es que… vaya, nunca lo hubiera dicho de un aprendiz herrero… - me acerqué a él para susurrarle algo a su oído – Y menos de un amigo de enano. – rió conmigo pero Arkins nos lanzó una heladora mirada ante los comentarios, no esperaba que nos hubiera escuchado –Pues sí. Soy mago, y bastante bueno además. – confirmó más animado, me alegraba eso - ¿Y qué rama de la magia usas? Yo uso el agua y la naturaleza soy… Mmm… ¿Cómo me llamó Dr… - corté rápidamente mis palabras, iba a decir “Draco” pero obviamente no podía mencionar a ese dragón por la seguridad de mi chico – Nogard…? ¡Ah! ¡Sí! Druida, so y una druida. – le dije – Yo invocador. – respondió todavía animado, que suerte que no se hubiera dado cuenta de mi pequeño fallo – Puedo hacer esto. – se levantó y mientras Khaelos lo seguía con la mirada él se colocó a unos pasos de nosotros – Ahora verás, los invocadores son magos muy poderosos. – me susurró Khaelos – Pero… espero que ese chico no haya tenido que pagar un alto precio por su magia… - miré algo extrañada al nigromante pero pronto le devolví la mirada al chico, que moviendo ágilmente sus manos repetía para él las palabras de un complicado conjuro. En el suelo, a unos pasos de él se formó un enorme círculo que cubría la distancia que nos separaba, unos cuatro metros, del cual salió primero una gigantesca zarpa que ya de por sí era más grande que yo, poco a poco se fue revelando un cuerpo azul eléctrico moteado con partes de pelaje blanco como la nieve y algunas escamas gruesas de un tono dorado oscuro y sin brillo, como el oro sucio. Ante nosotros apareció una temible bestia de cuatro metros de largo por dos y medio de alto. Sus colmillos goteaban una saliva espesa parecida a la de los lobos y su mirada se clavó en mí haciendo que se me helara la sangre. Al ver esto rápidamente hizo desaparecer a la criatura tal y como había venido. Arkins lo miró con mala cara, pero yo, todavía algo pálida y asustada, negué con la cabeza – N… no pasa nada… un susto, ha sido un simple susto… - Khaelos también parecía impresionado, masticando todavía incrédulo un trozo de su carne mientras sus ojos parecían salirse de sus órbitas – A mi hija… le encantarías… - comentó el nigromante intentando recuperar la compostura por la sorpresa.

Después del espectáculo no tardamos mucho en irnos a dormir. Yo me acosté cerca de Aarón, casi pegada a él, sabía que le gustaba, y aunque él a mí no al menos quería que fuera feliz el tiempo que me tuviera cerca, conocía esa sensación que él sentía dentro del pecho, ese miedo a no ser correspondido. Con suerte yo luego desaparecería como había aparecido, rodeada por una inmensa luz, así que creería que era un ángel y se olvidaría de mí, guardándome como un recuerdo, ojala fuera así. Khaelos por su parte se acostó un poco más tarde, tras preparar varios colgantes en los árboles hechos de patatas podridas, supuestamente aquello, conjunto con el oportuno olor de la bestia que había invocado Aarón, alejaría a las bestias y los que intentaran asaltarnos, pero aun así el enano colocó de nuevo su campo rúnico, sembrando un par de runas en el terreno y creando de nuevo aquel campo protector que difuminaba un poco la visión de las estrellas. Lentamente me fui quedando dormida mientras hablaba y reía con el chico, me agradaba bastante su compañía, y sin duda se había convertido en un buen amigo en poco tiempo, sólo me quedaba esperar que encontrase una buena chica que lo amase tanto como yo amaba a Nogard, porque más era imposible.

[El espectáculo dado por el mocoso seguramente no hubiera agradado a la abominación, a la cual ninguno de los allí presentes parecía agradarles, pero no importaría eso, no importaría porque el cefalópodo se vería de nuevo invadido por aquella sensación de pesadez en los párpados, esas mortecinas manos rozando su piel como nunca y llamándolo al plano de los sueños, donde de nuevo se le mostraría el sueño de la otra vez. Sentado en un trono oscuro rodeado de sus opositores. En su mano había esta vez un cayado mágico que brillaba levemente, pero no era de importancia este, sino más bien lo que sostenían las tres garras de dragón talladas en oro que había, sostenían entre ellas una joya esférica y de aspecto diamantino, dentro de la cual la esencia de la magia se removía en una pelota negra que rebotaba de uno a otro lado. De golpe se detuvo aquella magia caótica para “mirar” a su portador, una boca aparecería primero, chorreando roja sangre, luego unos ojos oscuros que apenas se diferenciaban de su sombrío cuerpo, y finalmente unos colmillos casi tan grandes como el resto del cuerpo. Su mirada paralizaría a la aberración hasta que escuchara su voz: -Libérame y conocerás el poder. – fue lo que dijo aquel pequeño ser cuyo poder se sentía tan fuerte que la propia mutación de pulpo sentiría la imperiosa necesidad de poseerlo, poseerlo para que nada ni nadie se lo arrebatara.]






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Re: La iglesia del páramo sombrío

Mensaje por Zyrxog el Sáb Sep 24, 2011 6:01 pm

Como siempre los cadáveres eran de ayuda, pero incluso la abominación concia sus límites en la magia, estaba en ese punto en donde por sus venas la magia se pegaba a esas y hacia que su cuerpo doliera, había llegado al límite, era solo cosa de un nuevo conjuro y conocería en carne propia el dolor de su propio conjuro, con un movimiento de su mano el cadáver cayo sin vida al suelo, un largo suspiro salió de los pulmones de la aberración, debía descansar, por lo menos un día para recuperar sus fuerzas, pero durante ese tiempo no podría defenderse, tendría que usar a los inferiores, era detestable aquel sentimiento que nuevamente le invadía, estar indefenso sin su magia, se sentía como un inferior, como una criatura que necesitaba la ayuda de otros para sobrevivir, sus tentáculos se movieron como si tuvieran vida propia mientras el aroma a sangre se levantaba por el calor del sol, el enano termino de rematar a una de las ultimas bestias que habían atacado, refunfuñando como era natural en su raza, era hora de partir, bajo el sol que miraba desde lo alto como un testigo mudo a las criaturas que vagaban por la faz de la tierra.

La caminata no fue como aquella en busca del mapa, el camino era abrupto y el enano debía de limpiarlo de vez en cuando con su mazo, parecía una bestia limpiando la tierra, mas era de utilidad, paso a paso, el bastón era de ayuda, desde que lo había obtenido de aquella alimaña había sido de mucha utilidad, ahora servía para apoyarse en la grava, con cada paso el cuerpo e la abominación se resentía, el era un hechicero, un conjurador, un amo de muerte y agonía, no era un guerrero tampoco un aventurero, más sus pasos para obtener aquel impío poder lo habían hecho aliarse o mejor dicho utilizar a esos inferiores, la muerte del mocoso había sido como aquella moneda que la buena fortuna les daba a los inferiores, mas para la abominación solo era remediar un error del pasado, el bastón se enterraba en la grava como si apuñalara esta, mientras los delgados dedos de la aberración se afirmaban a la cabeza de este, era verdad … ahora estaba muy lejos del campo de batalla, estaba muy lejos de donde los cadáveres habían sido levantados por su amo, estaba en un lugar donde emanaba vida, donde la hierba era suave, donde el roció era dulce como la miel, mas era desagradable, era como le hiel que recorría los labios del moribundo, como el sonido de la carne de uno mismo ser atravesada por el frio hierro.

El camino cambiaba abruptamente, donde antes era liso ahora era empinado, donde había una pendiente volvía a ser liso, era una gran serpiente en la tierra lo que los aventureros seguían, un reptil que serpenteaba entre las colinas hacia un punto, un lugar alejado de las manos de los dioses y donde lo impío reinaba, el caminar se detuvo cuando los inferiores llegaron hasta n riachuelo, la abominación deseaba descansar algo, aquellas caminatas no eran lo suyo y aun cuando su pose era fría como siempre sabia que como aquellos inferiores debía de descansar … como aquellos inferiores, que más le desagradaba que sentirse como ellos, sentir aquellas vagas sensaciones a las que estaban atados, aquellos sentimientos que los convertían en seres débiles y frágiles, mientras los inferiores hablaban la abominación se interno un poco entre los arboles, necesitaba estar solo, una piedra que sobresalía le fue útil como asiento, mientras recapitulaba cada acto de aquella aventura. Mas mientras descansaba sus cansadas piernas, el sonido de los arbustos moviéndose lo hizo tomar guardia, no tenia su magia mas como si se tratara de un último combate saco aquella daga de cuarzo, esperaba de nuevo a una de esas alimañas, mas de entre los arbustos salió un conejo, la abominación levanto su mano, quería hacer sufrir a esa débil criatura, como había podido reaccionar como un maldito inferior ante un miserable conejo, mas antes de poder usar el conjuro una fuerte punzada golpeo su mano, esta tembló por el dolor y bajo la mano, no debía de usar magia, por lo menos hasta legar a la iglesia, el conejo sintiendo el aroma a cadáver se alejo presto, mas la abominación debió de regresar con los inferiores, pronto la noche cayo y con ello el tiempo de descansar, con tranquilidad la abominación se acomodo al lado de una roca, alejado de los inferiores, por su bien y el de ellos, mientras el enano ponía nuevamente sus runas el aroma a descomposición llego a la aberración, era el nigromante que colgaba patatas podridas, algo extraño pero de menor importancia.

Pronto el sentimiento de pesadez volvió a la aberración, la cual fue absorbida nuevamente por el sueño, se veía rodeado de cadáveres, sentado en un trono impío portando un cetro con garras de dragón, la gema que sostenían en malsana presencia ebullía de oscuridad, mas dentro de la gema algo surgía, un rostro aberrante, algo que incluso la propia abominación llamaría inquietante y maléfico, sus palabras prometían poder, algo en su ser lo impulsaba a liberarlo, algo lo arrastraba a ese acto, mas el sueño termino y la abominación abrió sus ojos instantes antes de que el enano se levantara, había sido un sueño … mas el no soñaba jamás … no le agradaban aquellos sueños, mas este …. Este podía serle de utilidad.




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Re: La iglesia del páramo sombrío

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