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Los cimientos del Imperio

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Los cimientos del Imperio

Mensaje por Doctor Ivo Robotnik el Miér Sep 21, 2011 11:38 pm

El carromato viajaba por aquel camino tantas veces recorrido, el caballo relinchaba por el mal trato que recibía de su amo, mas era un simple animal, carne y huesos, no había metal aparte de sus herraduras y estas eran pisoteadas contra las duras rocas de ese lugar, el hombre que sujetaba los estribos arreglaba aquellas oscuras gafas que protegían sus ojos, en el interior del carromato los elementos químicos estaban tras cristales con llave, el baúl sujetado fuertemente con cadenas, no deseaba volar por los cielos en una explosión, aquel carromato aprecia normal, pero literalmente era una bomba muy preparada, el inventos saludaba con una sonrisa a los viajeros, mientras las ruedas giraban en dirección de la ciudad, su misión era muy clara, necesitaba brazos fuertes, espadas brillantes y martillos duros, en pocas palabras brutos con experiencia en luchar, no muy difícil en esas épocas y menos si se dirigía a una de las ciudades más concurridas de los hombres, donde todas las razas convergían entre negocios y tabernas. Qué curioso eran los seres vivos, llenos de esperanzas, de sueños que podían ser truncados con el simple mover de una mano, con el filo del metal o incluso una palabra, eran seres débiles que se jactaban de sentimientos que les llevaban a la muerte, no se parecían al metal, no había esa dureza, esa resistencia o templanza que el metal demostraba en las peores condiciones, que sería de los humanos sin la espada de hierro, sin el escudo que protegía su frágil cuerpo, sin el metal rígido no existirían sus ciudades.

Pronto se divisaron los grandes muros, levantados por manos sangrantes y sudor, el carromato se detuvo frente a las grandes puertas, los guardias se acercaron al carromato y al hombre que lo conducía, este los saludo con una gran sonrisa bajo su rojo mostacho, sus espadas no habían sido desenvainadas y sus lanzas estaban bajas, no era un hombre que amenazara a la ciudad, era el inventor de la clase alta, el amo de las maquinas maravillosas y también el artífice de la muerte en el campo de batalla. Uno de los guardias saludo al inventor y con voz firme le hablo.

-Dr. Ivo, no lo habíamos visto desde la pasada primavera, ¿qué le trae a la ciudad? ¿Acaso Lord Tergos necesita de sus servicios nuevamente?-

-Jojojo… en lo absoluto joven, vengo por otros asuntos, pero es probable que Lord Tergos quiera pedirme algo, ese jovencito no se contenta con las maquinas que le fabrico, siempre esta habido de nuevas Jojojo-

La visita del inventor siempre era bienvenida, aunque no por todos, algunos nobles veían en el viejo doctor alguien que podría traer paz a el reino, derrotar a los invasores y devolverle la tan antigua gloria militar a la ciudad, otros simplemente lo veían como un ser despiadado que no se detenía ante sus objetivos, ambas caras sonreían, mas uno por ayudar el otro por destruir, al final solo el metal quedaría y la carne se pudriría, el carromato comenzó a moverse después de despedirse de los guardias, la ciudad ebullía entre tantas razas y especies, era día de mercado y los granjeros traían sus cosechas para obtener algo de oro, intercambiar productos o enterarse de los milagros que en la iglesia sucedía, varios niños se acercaron al carromato, los trozos de metal que chocaban entre sí colgados desde el techo producían el sonido de pequeñas campanas, no siempre veían aquel extraño carro y menos al hombre que lo manejaba, mas los niños desaparecieron después de un rato, mientras el artilugio rodaba por las calles.

El sol estaba en lo más alto cuando las ruedas se detuvieron, el inventor ato al equino a un árbol cercano, mientras este entraba a su “hogar”, abriendo uno de los escritorios saco un extraño cilindro de metal, apoyándolo en un trozo de pergamino el extraño cilindro comenzó a gotear lentamente tinta a medida que escribía sobre este, al pasar los minutos ya había completado aquel extraño anuncio, después de enrollar el pergamino el extraño inventor se marcho de su carromato, no sin antes cerrarlo con aquellos engranajes en combinación, solo él podía abrir esa puerta. El camino a la taberna no era largo, mas cada cierto tiempo los guardias le saludaban y él le devolvía el saludo, la mayoría de los soldados conocían o habían escuchado de ese hombre y de cómo sus creaciones podían traer tanto paz como guerra, la taberna estaba atestada de gente, las mozas corrían de un lado a otro llevando grandes jarras de cerveza e hidromiel, otras llevaban grandes trozos de carne de cordero, o cerdo, el inventor entro con una gran sonrisa, su objetivo era claro y no demoro en encontrarlo, un tablón de anuncio, desenrollando el pergamino lo clavo en ese lugar y mirando lo que decía unos instantes se retiro a una mesa alejada del barullo de los que habían ahí.

Cualquiera podría leer el pergamino, estaba escrito en cite, un idioma muy común en ese lugar, más que los otros, el cartel estaba escrito con fina letra, y cada una de sus letras parecía resaltar a la vista de quien lo leyera, el anuncio decía mas menos así.


“Grandes tesoros, riquezas mas allá de la vista, objetos que se han perdido en el tiempo, se busca a aventureros que deseen hacer un viaje no exentos de peligros, pero con una gran recompensa, El Dr. Ivo Robotnik hará una excursión a las Colinas de Cristal, en busca de tesoros misteriosos, quien tenga el temple de acero, los nervios de hierro, la mente viva y perspicaz preséntese en la Taberna del Ciervo azul, hable con el hombre del mostacho”


El inventor hizo que una de las mozas se le acercara y con voz profunda le pidió una jarra de hidromiel, el hombre le dejo varias monedas a la mujer, más de lo que ella podría haber cobrado, el dinero no le era de importancia al Dr. pero quería algo para refrescar su vieja garganta, ahora solo quedaba esperar que alguien acudiera por el anuncio, simplemente necesitaba a alguien que fuera lo suficientemente listo y fuerte para la búsqueda que tenía en mente, mientras pensaba sonrió inconscientemente, bajo aquel rojo mostacho.


OFF:

Spoiler:
Bueno, aclaraciones off, en este post pueden llegar como deseen hasta la taberna del ciervo azul, y presentarse al “hombre del mostacho”, pueden hacer preguntas si lo desean, el viaje comenzara después de que lleguen todos, B me a dicho que quizás no pueda postear hasta el día 26, por lo que espero no tener que entrar a la mina sin uno de los miembros.

Otro punto es que la partida será rápida, así que tienen hasta el día 24 de septiembre en la noche, después de eso si alguno no a posteado me lo saltare, la partida será rápida como últimamente es la moda, pero no por eso aburrida, hay muchas sorpresas para los participantes, jugosos premios o por lo menos bestias que los verán jugosos.

Un último punto, espero que se diviertan, esta sería mi segunda partida, la otra me la dejaron abandonada xD, así que ya saben por qué la advertencia, han firmado, sus vidas me pertenecen y si se me portan mal lo mínimo que se encontraran es que han perdido la cabeza sin saberlo.
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Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Zargum Ironhammer el Jue Sep 22, 2011 6:25 pm

Tres meses. Tres largos meses habían pasado desde que el enano heredero al trono de su clan en las heladas montañas del norte de Thonomer, Zargum Ironhammer, había abandonado sus frías tierras en busca del conocimiento y la experiencia que un hombre necesita tener antes de proclamarse cabeza del clan Martillo de Hierro.

Su padre y mentor, el gran Ruathim Ironhammer cabeza del clan Martillo de Hierro, había muerto hacía poco más de cuatro meses en los brazos de Zargum. Murió en batalla, una muerte honorable para un gran enano, dejando un legado de honor y gloria sembrados en el corazón de su hijo. Pero Zargum sabía que ser cabeza del clan era un puesto que no había ganado por su propio esfuerzo, por lo que prometió ante la tumba de su padre viajar por las tierras de Noreth en busca del honor y el orgullo de un miembro del clan Martillo de Hierro. Elevaría el nombre de su clan y el mundo entero sabría que tan resistentes son los enanos de las montañas al norte de Erenmios y que tan honorables son sus intenciones. Zargum deseaba la gloria y el reconocimiento de su clan, y haría cualquier cosa por conseguirlos.

Ahora se encontraba a las afueras de Phonterek. Una gran ciudad amurallada al sur de Erenmios en las costas de Thonomer. Había escuchado acerca de su grandeza arquitectónica, pero ningún relato había hecho justicia a tan hermosas estructuras de piedra y mármol.

Es una gran ciudad, de eso no hay la menor duda - Se dijo así mismo mientras atravesaba las enormes puertas de la ciudad. Los guardias eran hombres respetuosos aunque logró percibir cierto recelos en sus miradas. No parecía que confiaran demasiado en los extranjeros, pero no tenían de que preocuparse. El enano parecía más interesado en la arquitectura de las construcciones que en su gente y sus riquezas económicas.

A través del mercado, hasta una gran fuente de agua cristalina, Zargum disfrutaba del paisaje. Comerciantes de mercancías raras, como joyas y alfarería exótica, granjeros con las frutas y verduras de temporada y ropas de todos los estilos de las tierras norteñas decoraban las calles dándole un especial colorido al recorrido. Aún así, le sería imposible entablar alguna buena conversación en esa concurrida ciudad. Pues si bien era un enano respetuoso y de grandes ideales, también tenía demasiados prejuicios ante las razas de los elfos, los orcos y los antropomorfos. Y para su mala fortuna, Phonterek era un lugar donde cientos de personas de distintas razas congeniaban y habitaban sus murallas con cierta tranquilidad - Tan bonita que es esta ciudad como para ser invadida por seres tan extraños - Pensó mientras observaba la negociación que mantenían un mercader orco y un hombre con cabeza de carnero.

La iglesia del Dragón azul. Eso si era una construcción magnífica. Zargum quedó impresionado cuando sus ojos vieron como se erguía orgullosa aquella iglesia al centro de la ciudad. Un gran Dragón azul se posaba majestuoso en la cúpula exterior viendo expectante hacia el horizonte lejano. El enano admitió la habilidad que tuvieron los hombres que habían construido esta ciudad, y reconoció el trabajo de la mano de obra enana. Era inconfundible aunque no conocía de que clan se trataba o de cuantos ingenieros habían sido necesarios.

Una buena cerveza y un pedazo de carne ahumada, eso es lo que necesito - Se dijo así mismo mientras buscaba por los alrededores alguna taberna o posada donde sirvieran buenas bebidas y carne de buena calidad. Debía celebrar su llegada a tan hermosa ciudad humana y no había otra forma de hacerlo más que beber y comer hasta la caída del sol. Solo pudo encontrar una taberna en esa zona, la taberna del Ciervo Azul.

Parecía ser una gran taberna con servicio de posada, y no estaba equivocado. Al adentrarse en sus puertas pudo ver lo amplio que era el establecimiento, aunque casi no podía ver la barra debido a la cantidad de gente pasando de un lado a otro. Era un enano después de todo, muy poco podía hacer cuando se juntaba una multitud. Pero su olfato era muy útil en estas circunstancias. Pronto descubrió el aroma de la carne que se movía de un lado a otro, acarreado por las camareras - Excelente, si la carne sabe tan bien como huele entonces me daré un festín - Empujando a algunas personas, logró pasar a la parte posterior de la taberna. Justo donde se encontraba la mayoría de las mesas familiares y un gran tablón de anuncios - ¡Camarera! - Le dijo a una mujer que llevaba una jarra de cerveza negra hasta una mesa cercana - Me puede traer un gran bistek, el mejor que tenga, y una jarra de su mejor ale. Necesito algo fuerte - La mujer sonrió en señal de aceptación y continuó su camino.

Zargum se encaminaba a una mesa vacía cuando su mirada se desvió hacia el tablón de anuncios. ya antes había encontrado información interesante en tabernas y otros tablones, por lo que echarle una mirada ahora que no había tanta gente amontonada sería práctico - hmm... la Colina de Cristal. Es un lugar bien conocido por mi gente, pero peligroso, muy peligroso. - Zargum parecía intrigado ante el anuncio que sobresalía de los demás como si hubiese sido recientemente colocado ahí. La promesa de riquezas y grandes tesoros eran algo digno de mención, pero más le intrigaba la idea de explorar las tierras que en el pasado habían sido tan codiciadas por su gente. Si existían tesoros y riquezas en las Colinas de Cristal debían pertenecer a su raza, y no había forma de ignorar la posibilidad de descubrir las reliquias de sus antepasados - ¿El hombre del mostacho? Eso no es muy específico que digamos... - Desvió la mirada tratando de localizar algún sujeto con bigote extraño. Muchos tenían uno en este lugar, incluyéndole. Pero no tuvo que buscar demasiado. A unos cuantos metros del muro de avisos se encontraba un humano de extraña apariencia el cual le miraba con curiosidad y cierta expectativa. Parecía una persona de dudosa reputación, pero el enano no dudó en acercarse a él - Así que... - Dijo el enano al llegar a la mesa del extraño humano de bigote rojizo y gafas extrañas - ¿Las Colinas de Cristal?... es un lugar peligroso para los humanos, y sobre todo para personas de su envergadura - Las palabras del enano hacían referencia a la barriga del hombre, pero en un tono respetuoso - Si lo que busca en esas tierras abandonadas por el tiempo son los restos y las antigüedades de mi gente sepa que Zargum Ironhammer, del clan Martillo de Hierro, presta sus servicios para tal empresa. - El enano esperaba la respuesta del humano justo en el momento en que recibía una buena jarra de ale de parte de la camarera que había intercambiado miradas con Zargum - Gracias señorita, le encargo otra jarra. Esta no durará demasiado.
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Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Josef K el Vie Sep 23, 2011 11:22 am

Contemplarla mientras dormía casi hacía que Josef se lamentará de tener que continuar con su viaje. Su estadía en Phonterek sin duda había resultado fascinante, pero ni los templos de diseños fastuosos, ni los mercados atiborrados de joyas y telas de lujo impensable, ni siquiera la grandiosa biblioteca del gremio de Eruditos de Elhías, se comparaban con la maravilla que representaba la entrepierna de la hija del cocinero, quien había visitado su habitación por primera vez, siendo doncella.

K había llegado a la ciudad acompañando a una caravana mercante que partió desde Puerto Salobre con un cargamento de telas coloridas de la Isla de la Primavera y una docena de los esclavos de piel azabache que él mismo había ayudado a capturar. Nunca extrañó tanto los barcos como cuando tuvo que desplazarse durante semanas a lomos de una vieja yegua alazán, sin embargo, una vez se hubo instalado en la taberna del Ciervo Azul, no volvió a recordar con anhelo sus travesías marítimas, sino que se propuso la empresa de descubrir que era lo que podía enseñarle aquella ciudad de arquitectura monumental y gentes variopintas.

Phonterek representaba una revolución para muchos de los preconceptos que Josef K había afianzado a lo largo de su experiencia por el mundo. Sus viajes hasta las remotas islas del oeste le habían permitido presenciar panoramas tan improbables como el de una cadena de asentamientos elevada con pilares sobre la costa, ciudades con adoquines de plata y pirámides gigantescas, divisó desde la distancia poblaciones enteras de aberrantes ratas gigantes con forma humanoide e incluso tuvo la oportunidad de caminar por las calles polvorientas de una ciudad que insólitamente era gobernada por un consejo de mujeres; pero pocas cosas le resultaban tan inverosímiles como asomarse por la ventana de su habitación y comprobar que las personas de Phonterek compartían su espacio y convivían con groseros orcos, humanos de pieles oscuras, e incluso repugnantes seres antropomorfos, tratándolos como sus semejantes, estableciendo relaciones horizontales, aparentemente de igualdad. Al respecto llegó a anotar en su cuaderno.

-Phonterek es la prueba de los peligros que subyacen en un sistema económico demasiado enfocado al comercio y no tanto a las relaciones tradicionales de vasallaje. Con el intercambio no se empodera el más digno, sino el que más vende, abriéndose la posibilidad de que seres inferiores asciendan en la escala social-

Tanto le fascinó el universo nuevo de posibilidades que representaba la ciudad, que lo que planeaba ser una mera estación en su viaje al seno del continente, terminó por convertirse en una estadía de 4 meses. Sin embargo ya en aquella mañana Josef K se encontraba determinado a abandonar la ciudad, decisión que se vio acelerada gracias a la picara perversidad de Abrahel, quien en un descuido de su amo, terminó sodomizando en un callejón a un infante noble que supuestamente le había provocado con muecas. Por supuesto que K no deseaba ningún tipo de percance con las autoridades, así que planeó cuanto antes su partida. Partiría dentro de 2 días con un grupo de clérigos que viajaban de poblado en poblado predicando su fe y ofreciendo servicios eclesiásticos.

Josef K aspiró una vez más el aroma jazmín del cabello de la muchacha, y entonces salió de la habitación con pasos silenciosos en dirección a la primera planta, atraído por las notas melancólicas de un bardo recién llegado, que le cantaba con voz conmovedora a la tragedia y los amores imposibles. Para desgracia de Josef ese era un día particularmente ajetreado en la taberna, lo que significaba un ambiente bochornoso y enrarecido, y unas camareras tan atareadas de encargos que tuvo que esperar más de lo que le habría gustado para recibir el vaso de vino especiado que había ordenado, fueron esos minutos de fastidiosa espera los que K aprovechó para examinar a la pequeña multitud que abarrotaba el lugar. Primero se fijó en una hermosa jovencita de rizos castaños, después en un hombretón mhare vestido en pomposas sedas coloridas, que bien podría haber sido la versión opulenta de Zagreb “Mataesposas”, su viejo compañero esclavista. Eventualmente se fijó en la figura regordeta del doctor Ivo Robotnik, de manera que cuando leyó el pergamino pegado en el tablón de anuncios, mientras se dirigía en busca de una mesa cercana al espectáculo del bardo, supo inmediatamente hacía donde se encontraba el hombre que debía contactar, pues no dudó un instante de que la compañía de un grupo de aventureros ambiciosos sería más deseable que la de ese grupo de clérigos y su cansina retahíla religiosa.

El enano Zargum Ironhammer se encontraba hablando con Robotnik en el momento en que Josef K se acercó a su mesa. –¿Un enano colaborando para que un humano cualquiera usufructúe los vestigios de sus antepasados? Vaya si eso es curioso, después de todo no sería mala idea viajar con los clérigos, la falta de principios de este tipo de mercenarios tal vez amenace mis pertenencias… o mi integridad- Decía a sus adentros mientras aguardaba para no interrumpir, sin embargo terminó por dar un paso al frente, y después de beber un trago de su vaso de vino, se animó a hablar… ya decidiría en el camino si valía la pena o no acompañar a esos individuos hasta el final de su aventura, por ahora se conformaba con salir presto de la ciudad, por supuesto, en compañía de individuos útiles para sortear los peligros del camino, pero de eso tampoco estaba seguro.

-Tenga usted un buen día. Mi nombre es Josef K y, si no encuentra objeción, me gustaría embarcarme en su aventura hacía esas célebres Colinas de Cristal, esperando, por supuesto, que las recompensas sean tan jugosas como sugiere-
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Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Doctor Ivo Robotnik el Sáb Sep 24, 2011 1:20 am

La taberna hervía entre barullo y canciones, la cerveza y vino fluían como si fueran cascadas en las gargantas de hombres y mujeres por igual, el orco bebía con el enano, golpeándose los hombros como hermanos, el elfo en silencio en la esquina mientras el humano hacia alardes de sus cacerías, un silfo volaba por aquí y por allá, aquella ciudad no era simplemente una de las más grandes si no también donde el dinero hacia cambiar a los hombres, el dinero reinaba ese lugar como un dios, que no importaba si eras antropomorfo o humano, mientras tuvieras el dinero para comprar el respeto o el miedo, de cualquier forma la taberna estaba llena, y entre todos los que bebían y se divertían llegaron dos individuos en donde un hombre de basto mostacho esperaba con una jarra de hidromiel sin tocarla, el primero en llegar fue un enano, su amplia barba rojiza, que aprecia estar encendida por las llamas de las forjas enanas, su reducido tamaño era natural en su raza mas ello no significaba que los enanos fueran débiles, nada más lejos de la verdad, eran temidos guerreros, hábiles artesanos y respetados individuos … claro los que aun mantenían su honor y no habían caído en las redes de los duergar. El enano se presento como Zargum Ironhammer, del clan Martillo de Hierro, los enanos se enorgullecían de su linaje y antepasados, muy diferente a las demás razas, sus comentarios sobre la apariencia del inventor solo saco una pequeña risa de sus labios, estaba acostumbrado a esos comentarios desde la mayor parte de su vida.

-Jojojo… maese Zargum, será un placer contar con su presencia en esta expedición, mas prefiero no decir que busco sus antigüedades… tan solo busco un camino hacia ellas*mientras hablaba llevo sus dedos a su mostacho para arreglarlo un poco*-

El siguiente en acercarse fue un humano o por lo menos lo parecía, se presento como Josef K, un nombre no muy común, especialmente por usar su inicial y no el nombre completo, mas a diferencia del honorable enano, el joven demostró lo natural en su raza, la codicia que demostraban todos los de esa ciudad, el inventor miro de arriba hacia abajo unos instantes a el joven, a diferencia del enano que podría ser de utilidad en la aventura el joven parecía algo más que un simple muchacho, no veía que pudiera cargar demasiado peso encima, y en esa aventura no esperaba tener que cargar con alguien encima si se lastimaba, de cualquier forma el inventor sonrió ampliamente.

-Joven Josef, como ya le he dicho a maese Zargum, será un placer contar con su presencia, mas debo de preguntar… ¿cree que está al nivel de esta expedición? O mejor dicho que podría ofrecer a ella, no deseo que a mitad del camino debamos de cargarlo si se ha lastimado *sonriendo ampliamente y mirándolo con tranquilidad*-

Mas antes de que el joven contestara sucedió algo un tanto curioso, para no decir perturbador, el anuncio del tablón comenzó a arder, las propias letras parecían que fueran las responsables de que ese pergamino pronto se convirtieran en meras cenizas, más claro el pequeño fuego hizo que los personajes de la taberna se inquietaran, el tabernero salió con cuchillo en mano profesando a grandes gritos el culpable de ese fuego, lamentablemente nadie contestaba y mientras el tabernero buscaba a los culpables vio a un grupo de antropomorfos que fumaban mientras jugaban a las cartas, estaría de más decir que una pequeña pelea comenzó, mientras los golpes volaban las mujeres gritaban, el ajetreo atrajo la atención de los guardias que prontamente aparecieron trayendo calma, los antropomorfos como el tabernero salieron del lugar, mientras fuera de la puerta se escuchaba como discutían todos, por su lado el viejo inventor solo sonrió, aquella tinta de cristales de fuego funcionaba, aunque no esperaba que armara tanto alboroto unas diminutas flamas, era curioso, pero no había tiempo, con atención escucho lo que tenía que decir el muchacho, con atención , mas su sonrisa no se borro después de escucharlo, la magia era algo que el desagradable ya que lo que no fuera metal no era de utilidad y el necesitar mercenarios solo era momentáneo.

-Bien … es interesante joven Josef, pues bienvenido, mas hay un asunto que debemos de tratar y eso es algo muy puntual … el contrato, no deseo partir con esta aventura sin tener aquello listo, por eso si me lo permiten, quisiera verlos dentro de dos horas en la salida norte de la ciudad, espero que comprendan que necesito tiempo para completar todo, ahí fijaremos el pago por sus servicios caballeros y principalmente las condiciones en las que se llevara esta pequeña aventura si me lo permiten decir *el inventor sonrió mientras se levantaba y dejaba algunas monedas por la bebida que no había bebido* recuerden … dentro de dos horas en la salida norte, les aconsejaría que tomaran provisiones, yo dispondré del transporte para la travesía-

El viejo doctor se retiro de la presencia de los dos, su extraño cuerpo no tenía problemas para moverse entre los borrachos que felices cantaban canciones desafinadas y curiosas sobre un pollo caballero y su ejército de calamares vestidos con pétalos de alelí, el inventor solo rio con esa voz jovial que mantenía a pesar de los años y huesos cansados, cuando salió de la taberna vio a los guardias aun discutir con el tabernero, los antropomorfos se habían marchado ya, pero el inventor tenía otros asuntos, con paso firme camino hasta donde había dejado el carromato, esperando que tanto el enano como el joven se aprovisionaran adecuadamente, aquella misión no seria para cobardes y menos aun para débiles de cuerpo y espíritu.

El carromato el esperaba como siempre atado al árbol, el caballo relinchaba algo por la espera, mas como siempre encontró a alguien indeseable, un hombre en estado de shock e inconsciente tirado en el suelo, se podía sentir el olor a piel quemada de sus manos, había intentado entrar al carromato, pobre imbécil, el inventor aparto con el pie al hombre, mientras como si fuera puna puerta de combinación giraba los engranajes en una posición adecuada, dos crack se escucharon y la puerta se abrió suavemente, el aroma a metal y productos químicos era intenso, el inventor entro y girando una manivela cercana se abrió el pequeño tragaluz del carromato, el interior de este parecía un verdadero laboratorio, planos regados por todos lados, una mesa con papeles encima, los libros apilados en estantes y en las esquinas, herramientas de todo tipo y tamaño por las paredes, ordenadas con maestría, era el taller del inventor, mas había un libro particular en el estante, un libro de un grosor muy superior al de tres libros juntos, en letras metálicas decía la palabra “IMPERIO” , mas el inventor debía de trabajar en el contrato, tomando uno de los cilindros metálicos y un pergamino comenzó a escribir el acuerdo entre los mercenarios y el, hubiera esperado un tercero, mas debía de conformarse con dos, una hora paso mientras la pluma de metal recorría el pergamino plasmando las palabras, mas cuando el reloj dio tres campanadas estaba listo, mirándolo bien era un contrato extraño ya que faltaba el último punto, que solo estaba numerado mas no definido …

El viejo inventor tomo las riendas del caballo y este comenzó a tirar el pesado carromato, la ciudad aun hervía de razas y negocios, pero antes de dirigirse hacia la puerta norte debía de visitar al herrero, el camino como siempre era tranquilo, se podía ver a los negociantes regatear por las mercancías más curiosas, desde una rana de tres ojos hasta un ángel hecho únicamente de colmillos de lobo, aquí se vendía desde la suciedad de los zapatos hasta la vida de las personas, mientras alguien comprara alguien vendería, el carromato se detuvo frente a una pequeña casa hecha de rocas, un yunque había al lado de la puerta y junto a él un pesado mazo, el inventor bajo del carromato y entro con una sonrisa, en su interior el aroma a metal caliente era embriagador, mas únicamente para el inventor, para cualquier otro seria un aroma demasiado fuerte, entre los vapores del agua tras meter la espada al rojo vivo en ella apareció un enano, su cabeza completamente calva y su larga barba que estaba trenzada.

-¿Dígame? … ¿Qué le trae a la forja del viejo Flin Druggam?-

El inventor le explico que necesitaba algunos implementos especialmente un mazo rúnico, uno de pequeño tamaño, de sus ropas saco un pergamino muy antiguo, en este estaba dibujado un mazo, no más grande dos palmos con una única runa en su cabeza, el herrero miro unos instantes el plano, mirando su forja, al parecer buscaba el metal y los implementos para la runa, después de acordar el precio el enano comenzó a trabajar, casi una hora después había un mazo en las manos del Dr. era idéntico al del pergamino, el mazo se intercambio por una bolsa de oro, al final para vivir en esa ciudad se necesitaba dinero, aun cuando se vendieran las creaciones de las propias manos, el carromato volvió a avanzar por las calles concurridas, poco antes de cumplirse las dos horas el carromato se detuvo ante las grandes puertas del norte, mientras el inventor dentro del carromato ponía una pluma común y tinta al lado del contrato. No tuvo que esperar, pronto aparecieron tanto el joven como el maese enano, este ultimo venia armado con un fuerte escudo.

-Me alegra de que no hayan cambiado de parecer, dentro del carromato esta el contrato, tan solo necesito sus firmas o quizás su marca, con eso será suficiente-

El inventor sonrió mientras todos entraban al carromato, no era demasiado grande en su interior pero si daba comodidad para moverse, frente a los tres había un pergamino escrito, el contrato como el inventor había dicho, mas los puntos importantes eran los siguientes:

Contrato

1.- El Dr. Ivo Robotnik se compromete con mantener con vida a los señores Zargum Ironhammer y al joven Josef K.

2.- Los honorarios de los señores Zargum Ironhammer y Josef K eran los siguientes : Toda riqueza y tesoro que se encuentre en la expedición, lo que engloba a cualquier moneda o pepita de oro que haya, cualquier gema o piedra preciosa, cualquier arma de utilidad o pergamino en buenas condiciones, al igual que cualquier objeto que desean cargar. Los tesoros podrán ser llevados por los señores Zargum Ironhammer y Josef K.

3.- El Dr. Ivo Robotnik solo exige de lo encontrado tres cosas: cualquier metal o veta mineral, cualquier tecnología que se encuentre y por ultimo cualquier fuente de energía.

4.-

EL Dr. firmo aquel extraño pergamino, mientras veía como los demás lo leía, esperaba que no hubiera problema, mas estaban libres de echar pie atrás cuando lo desearan, mas si firmaban ya no podría hacerlo aunque lo desearan.

Off
Spoiler:
En este post son libres de hacer lo que deseen durante esas dos horas, cuando vayan a la puerta norte estará el carromato esperándolos junto con Ivo, son libres de firmar o no, mas espero que firmen, el 4to punto se verá más adelante, por ahora espero que sea de su agrado los términos del contrato, por otra parte pueden subir tanto al carromato o como llevar sus propios caballos, les aconsejo aprovisionarse correctamente, estaremos alrededor de uno o dos post antes de llegar a las colinas de cristal, de ahí les espera la sorpresa, otra cosa, creo que B alcanzara a llegar a postear, si es así la partida se alargara un poco más, pero si postean rápido a mediados de octubre estará el tema listo.

No queda más que decir que disfruten el rol.
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Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Zargum Ironhammer el Sáb Sep 24, 2011 9:42 pm

Las palabras y la actitud de Zargum habían sido notablemente bien recibidas por su anfitrión. Parecía un poco fuera de serie, pero sus intenciones no eran las de un hombre avaricioso. Aunque no sabía cuanto podría confiar en sus ambiciones. Zargum seguiría atentamente esta expedición si intentaría asegurar cualquier el bienestar tesoro que su raza hubiere dejado olvidado en la oscuridad de sus minas.

A la mesa se acercó un mozo alfeñique con la intención de brindar su ayuda al grupo de exploración. Zargum sabía que los humanos eran seres frágiles en la mayoría de sus casos, pero este hombre parecía como si en cualquier momento pudiese caer roto en mil pedazos a causa de una briza ligeramente violenta. No era del tipo más indicado para entrar en una mina donde hasta los hombres mas fuertes deben emplear sus fuerzas paraa salir avante - Valla hombre ¿sabes que una mina es un lugar donde el músculo rige? - Sus palabras fueron lo más corteses posible, tratando de no insultar en alguna medida al hombre con el nombre de Josef. Si bien decía la verdad por su propia integridad física, no sabía de lo que podía ser capaz. Y el enano había comenzado a comprender que no había que juzgar tan rápidamente a los extraños.

Le habían llevado una segunda jarra de dos litros de aquel oscuro ale. Se trataba de una bebida típica de la región tostada con una cebada de sabor similar al tabaco natural. Era hasta cierto punto demasiado poderosa como para cualquier persona pero en extremo deliciosa para el paladar entrenado del enano del clan Martillo de Hierro, el cual dejaba ir uno o dos eructos en muestra del placer que dicho brebaje le confería.

Tras la presentación del joven Josef, el doctor Ivo se retiró de la mesa dejado atrás una propina y anunciando una reunión dentro de dos horas. Tiempo suficiente para beber y comer bien antes de emprender un viaje que seguramente consumiría tiempo, dinero y energía.

Aquí está su comida mi señor - interrumpió con una delicada voz la camarera que había estado atendiendo al enano - Un buen bistec de cordero asado a la leña acompañado de patatas asadas y nuestra salsa secreta - El aroma del tremendo platillo que hacía escurrir la baba del educado enano era tal que más de uno miró con desprecio al enano por tener la plata necesaria y el estómago de hierro. Lo que Zargum no sabía es que la salsa secreta del Ciervo azul tenía la fama de ser extremadamente picosa, siendo utilizada en mayor medida como un "levanta muertos" con los ebrios que perdían el conocimiento después de no poder controlar su propia sed. Zargum no pudo contener su apetito y, sin siquiera preocuparse por el joven Josef ni su amigable camarera, cogió el trinche ensartando de lleno en el bistec al cual dio una mordida desesperada dejando escapar los jugos de la carne bien asada y haciendo escurrir la salsa rojiza que cubría por completo al cordero. Las voces acallaron a su alrededor. La expectativa y la curiosidad carcomía a os testigos de tan valiente acto. Una persona había osado llevar a su boca aquella sustancia picante por voluntad propia. Incluso la camarera esperaba expectante la reacción del enano ¿Le gustaría su comida? ¿Acabaría ahogando su lengua en las cubetas de agua para los caballos? El silencio dejó pasmados a la mayor parte del establecimiento, quienes no sabían el por que del repentino silencio. Solo las mordidas despreocupadas del enano se escuchaban. Jugosas y sin modales, como si no hubiese tomado bocado alguno por semanas. Todo parecía en orden. El enano habría pasado una prueba de fuego literalmente, honor que seguramente era digno de su gente. Pero todo se fue al caño cuando una inspección más detallada de su camarera dejo entrever la razón de su hilarante carcajada. La cara del enano se había tornado roja como un tomate. Las lágrimas salían de sus ojos desesperadas por coger aire fresco y encontrar calma a su tortura. Las risas irrumpieron en el lugar. Nadie era capaz de contener las carcajadas ante tal escena de sufrimiento interior. Pero Zargum era demasiado obstinado, y no dejaría que su orgullo se viera mermado por un pedazo de animal. En efecto, sufría como si tuviese una antorcha encendida en su garganta, pero no era escusa para dejar caer al suelo tan suculenta carne. No era propio de un caballero cejarse de la cocina de una dama, por más que esta se burlara al punto de orinarse encima. Haciendo acopio de toda su voluntad, Zargum Ironhammer, cabeza del clan Martillo de Hierro, abrió la boca casi destrabando su mandíbula y consumió de un bocado el pedazo de carne como si nada pasara. Masticó la carne ante la sorpresa de sus espectadores dando fuertes mordidas que fácilmente pudieron haber roto una o dos piedras de paso y engulló por completo la molida y picante carne jugosa acompañada de un gran sorbo de aquel ale oscuro de fuerte aroma. El silencio volvió a invadir en la taberna mientras Zargum recuperaba un poco su compostura y su aliento. Observó por lo bajo a la mujer y dirigió unas suaves palabras - A... a... - La mujer se acercó al enano tratando de entender lo que decía - ...agua... - Logró comprender al fin - ¿¡Agua!? - La pregunta de la camarera volvió a provocar las risas de los clientes así como sus alabanzas ante tal proeza. Pocos habían logrado sobrevivir a la salsa del fuego eterno, como popularmente le conocían, y la mayoría de quienes la probaban eran borrachos sin conciencia como para sentir el ardor del infierno. Un acto heroico por parte del enano, el primero de su viaje tal parecía - Maese enano, usted no necesita agua - Dijo la camarera la cual sostenía una nueva jarra de ale helada - Usted necesita más ale del viejo sauce y otro pedazo de carne asada - La alegría del enano solo se vio sobrepasada por su temor ante la posibilidad de una muerte a causa de la salsa tan picante, por lo que rápidamente cogió por la falda a la mujer - S... sin picante señorita... - Una vez mas, las risas alegraron el ambiente a la par de la aceptación de la mujer.

La tarde transcurrió sin mayor percance. La comida había sido deliciosa y la bebida un tanto mas. Había comprado tres barriles del fuerte ale y unos cuantos kilos de carne de cordero y patatas. Todo cabía bien en su gran mochila, a excepción de uno de los barriles. El cual portaba en las manos.

El humano del mostacho, como se había auto-nombrado, esperaba paciente la llegada de sus dos acompañantes tal y como había prometido. No era el primero en llegar, pero no importaba demasiado. Importaba más leer el contrato que ahora posaba en sus manos. Y algo debió aclarar antes de considerar aceptar aquellas condiciones - Sus exigencias sobre el metal no las cuestionaré pues es su expedición. Pero en cuanto a las tecnologías y las fuentes de energía de mi gente debo decir que no permitiré que sean mancilladas por ningún humano. Puede poseerlas, pero no destruya el legado de mis ancestros - Aclarando su propia condición, Zargum firmó aquel documento y buscó un buen y amplio lugar sobre el carromato del doctor donde poder posar su entidad y su pesada mochila.






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Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Josef K el Lun Sep 26, 2011 6:33 am

Un mundo como Noreth, en el que, por doquier, las mentes eran subyugadas por las tradiciones e instituciones religiosas, atándolas a compromiso con aquella ficción denominada “el bien”, no era lugar pertinente para que un hechicero de las artes ocultas presumiera de sus habilidades, pues bien le había advertido su mentor, Vaes Tharud, que recurrentemente tropezaría con idiotas obtusos dispuestos a asesinarle en nombre de algún dios o algún código. De manera que Josef K conservaba como pauta el ser discreto respecto a sus conocimientos y prácticas, más aún en la interacción con desconocidos.

Sin embargo pasó por alto el nimio detalle de que si, como sospechaba, la palabra “aventureros” en el pergamino no era más que un eufemismo de “mercenarios”, el hombre que solicitaba tales servicios en efecto esperaría encontrarse con algún energúmeno colmado de cicatrices. Asumir el rol de un creyente recién convertido a la fe de Matre no había resultado difícil a la hora de solicitar la compañía del grupo de clérigos, pero ahora, muy para su fortuna, no tenía en absoluto la apariencia tosca que se esperaría de alguien útil para ese tipo de empresas. Tal vez la única opción para no ser rechazado era confesar que tenía un par de pactos con unas criaturas demoniacas, después de todo, ¿Qué conducta moral puede tener alguien que busca usurpar vestigios de un pueblo distinto del suyo a las que, por tanto, no tiene derecho por tradición?, sin embargo, cuando se disponía a hacerlo, un curioso incidente acaparó toda su atención.

El mismo pergamino que le había convocado hasta la presencia de Ivo Robotnik empezaba a arder en llamas, hecho que motivó a Josef a un par de reflexiones que le llevaron a replantear las palabras que habría de pronunciar, mientras que la taberna se sumía en una convulsión pasajera. Sin duda era curioso que únicamente ese cartel hubiera ardido, además con una propagación bastante peculiar, las causas podrían ser varias, y una de ellas resultaba perturbadora. Tal vez fuese simplemente un accidente propiciado por las aberraciones que fumaban, en tal caso no valdría la pena preocuparse, por otro lado, tal vez el pergamino mismo tuviera un mecanismo metafísico que le llevara a arder por si solo luego de cierto tiempo, pero eso parecía absurdo, pues de cierto sabía que al amanecer el cartel aún no se encontraba colgado, al estar tan poco tiempo en su lugar, el riesgo de que se consumiera antes de aparecer ningún o muy pocos voluntarios era demasiado alto, hecho que hubiera resultado cierto si él mismo se hubiera tardado otros minutos en bajar a la primera planta. No, el Doctor Ivo Robotnik tenía que ser un piromante, y quemó el pergamino a voluntad desde la distancia, lo que significa que estaba satisfecho con sus 2 voluntarios, pese a los objeciones que había hecho sobre la utilidad de K; sin embargo un piromante resultaba peligroso, pues algunos de los magos elementales formados en instituciones oficiales solían tener un visceral odio hacía aquellos hechiceros que decantaron por la vertiente ominosa del manejo de la esencia, y estaba dentro de las probabilidades que, si mantenía la idea de su confesión inicial, terminara por desatarse una pelea a muerte entre ambos.

-Verá Doctor… ¿Ivo, cierto?- empezó a decir una vez que la reyerta se hubo trasladado al exterior de la edificación y estuvo seguro de que el alboroto no volvería a interrumpir sus palabras. Hablaba decidido a evitar las 2 variables contraproducentes entre las probabilidades, ser rechazado por no resultar de utilidad y verse obligado a enfrentar una inútil pelea a muerte- Entiendo que mi apariencia esbelta y mis ropas de seda le lleven a dudar de mi utilidad en su empresa, pero creo que no discrepará usted conmigo si afirmo que existen otras… cualidades útiles para enfrentar los peligros y adversidades, a parte de la llana fuerza bruta, cuyo requerimiento no reprocho. Ese es mi caso Doctor, que no tengo espada que esgrimir, pero que en cambio he aprendido durante años de meticuloso estudio a canalizar la esencia proveniente de los seres vivos y así dar forma a mi arte, la magia naturalista-

Si bien el enano no parecía estar del todo en acuerdo, la respuesta resultó satisfactoria para el Doctor Ivo, que era todo lo que importaba a K, sin embargo, conforme aquel hombre de apariencia excéntrica hablaba, cierta sensación de incomodidad surgió en su interior. El viaje se le antojó precipitado, pues, aunque en realidad era incapaz de reconocerlo, no estaba preparado para abandonar de forma tan repentina a la vida de sosiego y cálida intimidad que había construido durante aquellos meses en Phonterek, sin embargo la lucidez cínica de su Abrahel, y su bolsa de oro cada vez más liviana, se había encargado de recordarle que, en efecto la vida nunca sería una utopía de aquellas que aparecían en las creaciones quiméricas de los escritores de historias de caballeros y princesas, y que, en algún momento, tendría que buscar la manera de obtener lucro, pues como comprobaba a diario en esa ciudad, el oro compra el pan, y también el poder. Así que, aún cuando consideró el simplemente simular su interés en la empresa del doctor para eventualmente abandonarlo, la mención de un contrato le llevó a recapacitar, no porque creyera en la autoridad de un papel firmado por un hombre que no era ni rey ni señor, sino porque sabía que aquel trozo de papel haría creer a quien lo quisiera que le concedería ciertos derechos, y a veces quien tiene derechos lucha por defenderlos cuando no le son reconocidos, cosa que podría resultar problemática. Además, ¿acaso estaba ciego? Casi le avergonzó reconocer que había estado a punto de ignorar una aventura que implicaba el contacto con posibles vestigios que tendrían mucho que contar respecto a antiguos pueblos enanos, una de las pocas razas que, según su opinión, tenían una capacidad creativa y reflexiva equiparable a la de los humanos, tal vez incluso se decidiera a escribir un relato que narrara aquella experiencia, ya lo vería.

De modo que, cuando Ivo terminó de dar sus explicaciones y se marchó, Josef no encontró más que prepararse para emprender el dicho viaje que, aún con lo escaso de sus conocimientos respecto a la geografía de aquella parte del mundo, se adivinaba sumamente largo y cansino. Josef agradeció que el enano Zargum se preocupara más por su comida que por presentarse, no se encontraba de humor para socializar con ningún desconocido, así que en silencio se retiró de la mesa, para dirigirse en busca del tabernero, antes agarró la jarra de hidromiel que había sido abandonada, y en su trayecto la depositó sobre la mesa que compartían Martin Tres Orejas y 2 prostitutas de la casa de Sasha Lennin, dedicándoles una sonrisa mientras continuaba, tal vez significando una despedida tácita. Una vez dio con el tabernero, no le costó mucho convencerle de intercambiar los 2 días que le restaban de pago anticipado de su habitación por algunos trozos de carne de cerdo y cordero al salazón más un par de pellejos de vino tinto, cosecha de La Villa del Racimo, otra de las maravillas que descubrió en Phonterek.

Comió medio capón con patatas hervidas, acompañado de vino especiado, y entonces subió a su habitación, donde no encontró a la moza, quien seguramente se encontraría recibiendo alguna clase de castigo por haberse ausentado de sus labores, que si que eran necesarias en un día movido como ese. Iba a ser una lástima no poder despedirse de ella, ni poder contemplarla una última vez, pero vaya si lo había dicho Abrahel “Mírate pensando en esa niñita y no en sus tetas, como sería comprensible, parece que olvidaste que no vives en el mundo de Darin el escriba, sino en uno más palpable… en un mundo de mierda” y seguramente que así era, de nada serviría a sus propósitos pensar en ella, después de todo no era más que un ser tan tierno como básico, su destino probablemente sería parir media docena de los hijos de algún comerciante o guerrero de poca monta para eventualmente morir analfabeta, Josef en cambio aspiraba al poder y la sabiduría, y eso no se encontraba en aquella compañía, por cálida que fuera, sino más bien en empresas como la propuesta por Ivo Robotnik, por eso firmó con decisión aquel contrato, una vez estuvo en el carromato, pese a que se prometiera pagar con objetos que en aquel momentos sólo eran hipotéticos y pese a la sospechosa presencia de un punto sin determinar, pues no firmaba un compromiso con Ivo tanto como lo firmaba consigo mismo, cuando su caligrafía estilizada se detuvo en la sencilla “K”, hubo de recordar quién era y cuáles eran sus objetivos, habría de despertar de su fantasía.

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Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Doctor Ivo Robotnik el Mar Sep 27, 2011 1:06 am

La firma … muchas veces puede ser tomada a la ligera, pero todo depende con quien se firme y lo que este escrito en las letras pequeñas, una firma era un pacto, un pacto que debía de cumplirse, pero no era obligación … o quizás si dependiendo de quién era el jefe en esos momentos, cuándo la tinta rasgo aquel pergamino el inventor no dejaba de sonreír, dos firmas en un contrato bellamente escrito con tinta de hierro, como si fuera algo valioso el hombre del mostacho enrollo el pergamino y entro a el carromato, era verdad, no era un lujoso lugar donde se pudiera tomar el té con galletitas en las tardes, pero era mejor que dormir en el duro suelo encontrando algunos escarabajos o insectos entre las mantas, el interior estaba oscuro, las ventanas estaban cubierta por los pesados estantes, y la única ventana era la trasera sobre la cama, mas el viejo inventor guardando el pergamino en una caja de metal se giro hacia una serie de poleas, manivelas y engranajes, sin mucha complicación y girando una de estas las cuerdas comenzaron a moverse, estas accionaban los engranajes tras las paredes, el tragaluz del techo comenzó a abrirse, dejando entrar aire fresco y también luz a ese lugar, lo que había sido oculto por la oscuridad y sombras se mostro, las herramientas en las paredes, los pergaminos y libros apiñados, los estantes con materiales tanto alquímicos como minerales, un pequeño yunque en la esquina al lado de la salamandra, un pesado cubo con carbón más negro del normal, algunas armas extrañas colgando de una pared y planos, cientos de planos apilados sobre la mesa, era su estudio, su hogar y su taller, donde creaba lo que deseaba con el fuego y el metal, el inventos sonrió mientras cerraba la puerta por dentro y abría una pequeña compuerta que lo dejaba salir hacia adelante donde podía guiar el carromato.

-Jojojo bueno maese Zargum y joven Josef, espero que estén cómodos, puede que demoremos unos días en llegar a las colinas de cristal, si es que no nos topamos con algún imprevisto Jojojo-


Al parecer el viejo inventor aparentaba mucho con aquella sonrisa, mas cuando fue hacia adelante para tomar las riendas del equino su rostro se volvió serio, mientras sin mucho cuidado hacia que el equino, el caballo relincho amargamente, aparte de tirar el pesado carro ahora debía de también llevar el peso de los dos mercenarios, aun así los cascos sonaban mientras el carromato comenzaba a tomar velocidad de a poco, era verdad que el camino no era el mejor y que aunque era concurrido no necesariamente estaba en buen estado, aun así el peso del carromato servía para que este no saltara con cada piedra, dentro de este se sentía un vaivén suave, los frascos tintineaban cuando chocaban entre si y más aun, de vez en cuando un libro caía del estante como si fuera normal, la ciudad comenzó a quedar atrás con cada vuelta de la rueda, mientras se ocultaba tras una pequeña colina, el camino serpenteaba entre las pequeñas granjas que se elevaban aquí y allá, las vacas pastando y mugiendo, algunos caballos que como corceles salvajes corrían sobre la verde hierba libres como el viento tras las verjas de madera que se levantaban, a lo lejos se podía ver como algunos niños jugaban, otras veces a los hombres trabajando picando la leña.

-Hmm… *mirando a los campesinos*… carne… *negando con un suspiro*-

El carromato seguía con su vaivén continuo, el caballo de vez en cuando relinchaba por la pesada carga, pero no podía negarse a avanzar, ya que era lo único que podía hacer, dentro del carromato pronto las planchas de metal comenzaron a calentarse por el propio metal, haciendo que dentro la temperatura aumentara, lo suficiente como para incomodar al enano y hacer sudar copiosamente al muchacho, el viejo inventor escucho algunos comentarios del calor, halando las riendas del caballo deteniendo su caminar, así por lo menos este podría descansar algo y no moriría de fatiga a mitad del camino, el viejo inventor entro al carromato y sintió el calor, negando con la cabeza, rápidamente se dirigió hasta donde estaban los engranajes, y accionando una palanca se escucho un clack, los pequeños engranajes se alinearon y comenzaron a funcionar en dirección contraria a antes, esto no cerro el tragaluz si no que comenzó a mover unas aspas desde parte de la pared, era un sistema bastante curioso, ya que este absorbía el aire del exterior y refrescaba el interior, la risa del inventor s escucho, parecía bastante risueño en esos momentos.

-Mis disculpas, había olvidado lo caluroso que se coloca este lugar con todo el sol, mas con este pequeño artilugio podrán mantenerse frescos, si gustan hay queso, pan y vino en aquel cajón *apuntando a un cajón rectangular bajo la mesa de trabajo* bueno yo seguiré adelante, nos queda mucho camino por recorrer-

El inventor volvió adelante con el relincho negativo del caballo, nuevamente el tintineo de los frascos se escucho, el vaivén comenzó y el pesado carromato se coloco en marcha, pronto los campos de cultivo quedaron atrás, junto con los agricultores y las pequeñas cazas de barro y paja, el bosque se elevo hacia ambos lados, la bóveda verse cubría el carromato, mientras los insectos revoloteaban entre los arbustos, ya la tarde comenzaba a caer, y con esta el peligro de los bandidos, mas mientras el carromato estuviera en movimiento estaría a salvo, al igual que quien estuviera tras sus aparentes inofensivas paredes. Mas el carromato paro, mientras el camino se dividía en dos, mas adelante en medio de la bifurcación un anuncio en madera se podía leer, mas la letra era pequeña y el inventor debió de bajarse para leerlo, craso error, no había avanzado más de diez pasos desde el carromato cuando aparecieron tres asaltantes, o por lo menos eso parecían, los tres estaban cubiertos por armaduras de cuero y tenían desenvainadas tanto sus espadas como sus armas de fuego, en sus rostros poseían varios rasgos, uno tenía rostro de un pez, mientras que otro tenia las antenas de una hormiga y el ultimo que parecía ser el líder la cara de pulpo, o mejor dicho de calamar ya que tenía los ojos hacia los lados y no hacia delante, uno que parecía ser el líder tomo con brusquedad al viejo inventor y colocando la espada en su cuello grito hacia el carromato.

-LOS QUE ESTEN DENTRO SALGAN DESARMADOS, SI NO MATAMOS A EL VIEJO-

Ahora parecía que todo quedaba en manos del enano y el joven, podría ser que en un pis plas todo acabara, la promesa de riquezas se esfumaría ante sus ojos si el viejo inventor terminaba muerto, mas el inventor sonrió, una de sus manos estaba libre, y esta se movió lentamente hasta su cinto, tan solo era cosa de moverlo, mas deseaba ver que tan capaces eran el maese enano y el joven humano.

Off
Spoiler:
Bueno que se podría decir, pueden hacer lo que quieran en el carromato, mientras no se pongan a jugar con los productos químicos y me hagan volar el carrito, en este turno pueden atacar a los tres antropomorfos, mas no matarlos, claro que los pueden dejar molidos a golpes si lo desean, la misión en este turno es salvar al pobre viejo inofensivo del Dr, si lo lastiman la pasaran mal xD (integridad física del inventor máxima prioridad) en este turno llegara B, ya hemos hablado del post por MP así que no hay problema, lo otro pueden relatar lo que deseen, incluso hablar entre ustedes, ver los libros o tomar de las provisiones que ofreció el Dr.

Les dejo los datos de los antropomorfos para que sepan como son sus apariencias:

Cara de pez

Resistencia: 7
Fortaleza: 10
Agilidad: 10
Destreza: 8
Espíritu: 5
Esencia: 0

http://2.bp.blogspot.com/_E7HjcppMfxI/R3-3vDNoWvI/AAAAAAAAAd0/Thb-tURzhnw/s320/eiioda.jpg

Antenas de Hormiga

Resistencia: 10
Fortaleza: 5
Agilidad: 10
Destreza: 12
Espíritu: 2
Esencia: 0

http://2.bp.blogspot.com/_bcNbSXnVu-s/S-8r10XVGjI/AAAAAAAAAP8/ZA5il8yCt-A/s1600/IMG_5303.JPG

Cabeza de Calamar

Resistencia: 15
Fortaleza: 12
Agilidad: 12
Destreza: 4
Espíritu: 8
Esencia: 0

http://trikinhuelas.com/wp-content/calamar05.jpg

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Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Zargum Ironhammer el Mar Sep 27, 2011 9:14 pm

Era una carroza muy peculiar. Si no era más extraña que peculiar. Parecía como si el humano del mostacho viajara transportando su hogar a cuestas. Algo en verdad ingenioso aunque peligroso teniendo en cuenta los peligros a los que un humano solitario podría verse hostigado. Sin embargo, Zargum consideró por un momento la comodidad que le inferiría el viajar con su cómoda habitación labrada en la piedra de sus montañas y no tener que preocupare por encontrar hospedajes en las crujientes construcciones de madera de las posadas humanas que en más de una ocasión habían sucumbido ante el peso del enano. Razón por al cual prefería dormir siempre en la plata baja o en la comodidad de la barra del bar.

El doctor Ivo Robotnik, extraño nombre al cual Zargum con su poca refinada lengua no se lograba acostumbrar, movió algunos artilugios de su carromato logrando así que una serie de mecanismos descubrieran el techo y dejaran pasar la luz del día. La intención era mejorar la visión dentro de su oscuro carruaje metálico pero, al menos por Zargum, no había problema en cuanto a la oscuridad. Siendo un enano aquello no sugería problema alguno.

Poco a poco, Phonterek quedaba fuera del alcance de la vista. El carro metálico, que en su interior asemejaba más a un taller o un pequeño laboratorio, se tambaleaba ligeramente ante la tortura del pobre equino que no tenía más opción que el de obedecer a su amo. El paisaje campirano que rodeaba la visión de los viajeros se conformaba por granjas y colinas con pastizales verdes y trabajadores del campo. Un placentero camino bordeado de vegetación hasta donde se alcanzaba a ver. Pero Zargum tenía otras preocupaciones en mente. Llevaba consigo un barril del ale del viejo sauce que había ingerido hacía algunas horas y tenía el deber cívico de continuar su consumo - ¿Quieres un poco joven mozo? - Extendió el barril ofreciendo un sorbo de aquel brebaje de fuerte aroma al enclenque Josef - Huele fuerte, pero es sabroso - Zargum sirvió un vaso dejándolo al alcance del humano el cual era un poco receloso de mostrar cortesía - Bebe si gustas joven mozo - Zargum comenzó a beber sin más contemplaciones. Ensimismado en sus propios pensamientos y sus recuerdos.

El calor se hizo presente tras un buen tramo de camino. El inclemente Sol calentaba de sobremanera el metal con el que estaba recubierto aquel carruaje. El sentimiento era agradable para el enano. Casi nostálgico. Pues le hacía recordar el calor de las forjas y el sudor que tan orgullosamente había derramado al lado de su padre y mentor. Claro que en el exterior de sus cavernas el hielo tenía un dominio absoluto, pero el calor de la forja había logrado crear en el valeroso enano una fortaleza especial ante tales cambios climáticos - Este calor... es un calor que me recuerda mis años de aprendiz. ¡Ah! la nostalgia de años pasados - Las palabras del enano sonaron la campana de sus acompañantes, sobre todo del conductor y dueño del carro el cual activó un aparato de ventilación bastante ingenioso y desconocido para el guerrero del clan Martillo de Hierro - Hombre, debo admitir que tiene usted un talento envidiable joven Ivo - Las palabras de admiración fueron aceptadas por el doctor con una de sus peculiares sonrisas para así continuar el camino.

Tras reanudar el viaje el silencio se hizo presente en el lugar. Posiblemente a causa del calor y las brisas refrescantes que contrastaban con la sensación climática. El carro entonces se detuvo, pasando cerca a una bifurcación en el camino. No preocupó demasiado. Solo intentaría leer las indicaciones viales por lo que el enano se limitó a tratar de disfrutar la briza mientras se cercioraba de la limpieza de Khazûn Tronnell, su martillo. De pronto, la voz de un individuo en el exterior se dejo escuchar, rompiendo la relativa tranquilidad - ¿Asaltantes? ¿A plena luz del día? - Zargum no pudo evitar sentir sorpresa ante tal situación, pero mayor fue su sorpresa al ver que se trataba de un grupo de antropomorfos - He, Josef. - Le dirigió la palabra discretamente - Creo que es hora de que muestres cualquier cualidad que eso débil cuerpo tuyo tenga escondidos - El enano se burló por lo bajo, pero no de forma ofensiva. Más bien de emoción ante un poco de acción diurna y ante la posibilidad de ver de que era capaz su compañero de viaje.

Dejando atrás a Josef, Zargum descendió del carromato con su escudo en mano y Khazûn Tronnell empuñado firmemente en su mano derecha. Las tres deformes criaturas le siguieron con la mirada. Reconocían que el enano era peligroso a corta distancia, pero no le darían la oportunidad - Doc, parece que bajaste por necesidad y la necesidad de estas criaturas te pilló por sorpresa - Zargum rió un poco tras la cómica escena formada por cuatro individuos tan extraños. Las risas del enano y de su anfitrión parecieron coincidir creando cierto desconcierto en los asaltantes, los cuales se tornaron agresivos ante el enano - HEY, MENOS CHARLAS ENANO O TU AMIGO BIGOTÓN LA PASARÁ MAL - Dijo el calamar que mantenía sujetado al doctor mientras desviaba su espada apuntando amenazante al enano que se mofaba de ellos. Cosa que no desaprovechó el enano. El cual en un rápido movimiento de su brazo derecho arrojó su pesado martillo directamente a la cara del hombre-calamar, asestando un contundente golpe entre sus aguosos ojos y tirándolo al suelo muerto o inconsciente. Sería imposible saberlo a primer vista.

Los otros dos bandidos, sorprendidos por el repentino ataque, sujetaron sus armas apuntando directamente a su enemigo de piernas cortas. Pero Zargum ya tenía preparado su poderoso escudo y su postura defensiva que tanto orgullo le daba. Parecía un bulto de metal atascado en el camino, dejando sin angulo de disparo a sus contrincantes - Doctor, póngase a cubierto - gritó el enano mientras esperaba la ayuda de su compañero. Si es que su ayuda era suficiente. En todo caso, su escudo podría encargarse de ambos bandidos en un santiamén. La situación era escasamente complicada pero un buen calentamiento y una buena escusa para estirar un poco las piernas antes de seguir bebiendo.
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Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Josef K el Miér Sep 28, 2011 2:54 pm

El carromato empezó ese perseverante vaivén causado por las irregularidades de la superficie y, por un instante, Josef K se vio de nuevo en uno de los oscuros camarotes del Victoria Sangrante, navegando a través de islas tan remotas que, difícilmente, alguno de sus acompañantes habría escuchado mencionar. Entonces un inaudito sistema mecánico permitió el paso de la luz por el techo, y con ella Josef salió de su ensimismamiento. En efecto se estaba alejando aún más de aquellas aguas, y también se apartaba de Phonterek, cuyas murallas perdían imponencia conforme el carromato avanzaba.

El extrañó armatoste de Ivo Robotnik llamó su atención, llevar el hogar a cuestas era tan ingenioso como practico, Josef pensaba en la manera en que su bolsa estaría más llena de haberse ahorrado los gastos por hospedaje, que por demás, eran particularmente costosos en Phonterek. Pero aquello era más que un hogar, parecía un lugar para la reflexión… para la creación, pero, ¿Qué tipo de creaciones? No podía imaginarlo, ¿alquimia quizás? Los numerosos recipientes tintineando en una orquesta de improvisación inducían a pensarlo, pero también había herramientas propias de un herrero… tal vez las armas que colgaban por doquier fuesen todas creaciones suyas. Pese a que le parecía un acto de mal gusto, la curiosidad llevó a K a levantar uno de los libros que habían caído de los estantes y ojearlo, se trataba de una sucesión interminable de planos, pero no de construcciones arquitectónicas, sino artilugios impensables, algunos parecían destinados a finalidades bélicas, otros sencillamente escapaban a su comprensión. Después de ojear otros tantos libros K finalmente se convenció de que aquel hombre no era ningún tipo de piromante, en cambio él si era un hechicero, y estando tan próximo a enfrentar el peligro, cualquiera fuera, de adentrarse en el seno de una montaña, comprendió que era mejor que dedicara su tiempo a releer algunos apartes de su manuscrito de demonología. Sin las contemplaciones que había abandonado cuando se convirtió en un fisgón, dio en sentarse sobre la cama, de manera que la luz de la única ventana iluminara plenamente las páginas frágiles de su libro.

Al momento en que más sumergido se encontraba en la clarividencia de las palabras de Vaes Duthum, con su caligrafía arcaica y su retórica densa, el enano rompió el silencio para ofrecerle a Josef un trago de ale del viejo sauce. Pocos motivos le hubieran parecido tan justificados para una interrupción así, al notar una fina capa de sudor cubriendo su frente y su garganta tan seca como los senos de Leonor, la esposa del tabernero. Sin bien hubiera preferido un trago del vino terroso y seco de la Villa del Racimo que llevaba en los pellejos, no encontró razón para rechazar la oferta de su compañero, pues pese a lo que este hubiera podido pensar, los años que Josef pasó surcando los mares en compañía de rústicos piratas le otorgaron una nada despreciable resistencia a las bebidas alcohólicas, incluso aquellas tan fuertes como ese ale que pasó quemando su garganta.

-Gracias- Se limitó a decir, con voz casi ronca por efecto de la bebida, y entonces bebió un segundo trago, mientras contemplaba a través de la ventana a una campesina de pechos enormes que acarreaba una enorme vasija que se adivinaba pesada.

Mientras el calor arreciaba, Josef se preguntó cuántos años habrían pasado desde que Zargum dejó de ser un aprendiz, como mencionaba. Sin duda envidiaba la notable longevidad que alcanzaban seres como los enanos, aunque por otro lado, le pareció triste que un individuo muy probablemente centenario, aparentara tener un intelecto tan poco cultivado como aquel enano. El Doctor Ivo Robotnik pareció malinterpretar las palabras de Zargum, y entonces descendió para activar un sofisticado sistema de ventilación, cosa que Josef agradeció durante el resto del viaje silencioso que, poco más adelante, dieron en interrumpir aquellos 3 antropomorfos.

El descenso de Zargum fue precipitado en consideración de Josef, las amenazas indicaban que el Doctor Ivo se encontraba en una posición comprometida, y no estaba de más el evaluar un tanto la situación antes de actuar, ahora todo dependía de que aquel grupo de asaltantes no tuviera la suficiente sangre fría para cumplir con lo que prometía. El amuleto se deslizó hasta la palma del hechicero, quien susurró las palabras oscuras e ininteligibles que momentáneamente eliminaron la barrera entre su plano de existencia y aquel otro ignoto del que provenía su sirviente siniestra, el ambiente pareció cargarse con la corrupción de los sentimientos negativos que utilizó para extraer la esencia, y de pronto la figura seductora de Abrahel se materializó ante sus ojos, cuanto se alegraba de verla.

-He de suponer que quieres un par de explicaciones, mi perversa beldad, pero créeme cuando te digo que no hay tiempo, asómate conmigo por aquella rendija- le dijo, señalando uno de los orificios que permitían la ventilación- ¿Ves a aquel hombre de apariencia ovalada que se encuentra rodeado de…-dudó de lo que veía- … lo que parece ser un cadáver y 2 de los esperpentos más desagradables de la faz de este planeta? Necesito urgentemente ponerle a salvo, y vaya si me serán de ayuda tus garras y tu aliento afectuoso-

-Mi pequeño Kaufman, parece que te resistes a creer el hecho providencial de que se bastante más de lo que insistes en imaginar… ¿no te parece más productivo darle un vistazo a este corcel? Mira que arrastrar un armatoste metálico como este él sólo, deberías rezar por que maten a aquel hombre del que me hablas y así tal vez puedas conservar a la bestia jijiji-

-Tengo una mejor idea, hermosa, te voy a ignorar de la manera más cortés posible, y entonces descenderé del carruaje y distraeré a esos asaltantes, que parecen lo suficientemente faltos de carácter como para atreverse a negociar, entonces tu, que bajaras por el lado contrario, les darás… un saludito por la espalda-

Josef K descendió del carromato sin darle opción de replica a su sirviente demoniaca, y entonces, antes de salir a la vista de los agresores, desenfundó su daga estilizada y la ocultó en la parte trasera de su cinto, era arriesgado, pero no soportaría permitir que 3 de los seres más patéticos de la existencia arruinaran sus planes de hurgar en la antigua sabiduría de un pueblo enano. Caminó con una sonrisa, pasando al lado de Zargum, quien había adoptado una posición defensiva que lucía inexpugnable, y entonces se dirigió a aquel par de humanoides.

-¡Oh señores míos, por favor disculpen a mi torpe escolta! Le había ordenado que negociaríamos ¡No dañen a mi padre por favor! Si le dejan ileso les entregare una bolsa repleta de dragones de oro, se los aseguro… ahora cálmense, vamos a conversar…-

Josef creyó atisbar el asomo de la codicia en el rostro repugnante con forma de pez del más feo de los asaltantes, justo antes de que Abrahel se abalanzara por su espalda bañando su cuello escamoso con el fuego abrazador que salía a través de sus labios delicados, y entonces, ante el desconcierto del tercero, se abalanzó cuán rápido pudo para tomarle desprevenido y posar la daga sobre su cuello, tal vez valdría la pena interrogarlo antes de poner fin a su existencia lastimera.
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Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por B el Miér Sep 28, 2011 7:16 pm

Un nuevo capítulo en su vida había dado comienzo. Hacía ya unos cuantos días que su ajetreada visita a la Ciudad Negra había terminado, pero su cometido principal seguía vigente: acabar con Khnel Mninteror y recuperar su piroquinesis. Además, ahora tenía también la misión personal de vengar a su amigo Elexis, el cual había sido asesinado en Malik Thalish. Su verdugo ya había sido eliminado, aunque, por desgraciados motivos, no había recibido la ración de tortura pertinente. Sin embargo, aún quedaba toda una investigación que resolver. Por qué ordenaron que fuera asesinado o quiénes forman la cadena de mando que tomó esa decisión, son preguntas que B debía de averiguar.

Por ese motivo, su nuevo destino era la amurallada ciudad de Phonterek, a la que llegó transportándose en una de las líneas de carruajes taxi que eran tan comunes entre Malik Thalish y Phonterek. Esta ciudad, lugar de alto comercio, era motivo de frecuente visita para su fallecido amigo Elexis y quizás aquí consiguiera un poco de información para comenzar a resolver el entresijo. B solamente la había visitado en una ocasión, precisamente acompañado de Elexis. En este viaje, su viejo amigo le llevó a una fabulosa tienda de ropa, comandada por un tío suyo, para regalarla una ornamentada túnica de mago rebajada con un suculente descuento. Al final, B se negó a recibir uno de esos repelentes ropajes que suelen llevar los magos acicalados y acabó prendiendo fuego a cinco criminales que creían ser los reyes del mundo. Pero el resultado de esa jornada ahora era irrelevante. Lo verdaderamente importante es que pudo conocer al tío de su amigo y que todavía recordaba el emplazamiento donde se situaba su tienda.

Lo primero que hizo al entrar en la ciudad fue encaminarse hacia allí. Aunque sólo sabía la ruta a grandes rasgos, por una calle o por otra, no le costó demasiado tiempo terminar llegando a su objetivo. Ahí estaba, situada en una pequeña callejuela, una diminuta tienda que no llamaba apenas la atención, cuyas paredes pintadas de un azul turquesa, más comido por el sol de lo que B recordaba, estaban acompañadas de un gran letrero en la parte superior que rezaba “Micses”.

Por suerte, aunque habían pasado unos cuantos años, la tienda no se había movido de lugar. Con la esperanza de que su dependiente también fuera el mismo, el joven enmascarado se adentró en el establecimiento.

Nuevamente, el torturador no había caído en desgracia, y es que, efectivamente, el tío de Elexis estaba tras el mostrador. No obstante, ostentaba una gran barba que antes no tenía y que le hacía difícil ser reconocido.

Buenos días –saludó B una vez que la puerta del local se hubo cerrado, provocando la mirada del conocido dependiente, cuyo toque de inquietud en las pupilas era razonable al ver a un aparente cliente enmascarado –Tranquilo, llevo la cara cubierta pero matarte no es para nada mi intención –tranquilizó.
En ese caso, no te acerques más a mí y déjame coger el puñal que tengo en mi bota. Por si acaso. –replicó el tío de Elexis. Era calvo, de contextura musculosa y parecía tener alrededor de cuarenta años.
Como quieras –dio permiso el enmascarado, con su tono grave y frío habitual. El tío hizo lo debido y pasó a ser el turno de B –Verás. Aunque no es posible saberlo al cien por cien, Elexis ha sido asesinado –el tío, conmocionado y sorprendido, dejó caer el cuchillo al suelo y agachó su cabeza en el mostrador. Conducido por la rabia, pego un fuerte golpe en la madera de éste con su puño y comenzó a gritar al enmascarado.
¿Y tú quién coño eres? ¿Cómo sabes eso? ¡Lo has matado tú! ¡Hijo de puta! –aunque sus palabras parecían llenas de valentía, su cuerpo, inmóvil, no les hacía honor
Soy un amigo suyo, aunque no creo que alguna vez te hablase de mi –mintió, manteniendo su tono tranquilo a pesar de que el dependiente no lo había hecho. No podía revelarle su nueva identidad, ahora era una persona diferente y solamente su maestro sabía la relación entre su antiguo Hek Rakai y su nuevo B. –Me hablaron de su muerte y ahora quiero venganza. Agradecería que me dijeses cualquier cosa que pueda servirme para proceder con mi investigación.
Pues…la verdad es que no se nada. La última vez que le vi fue hace un año y sólo estuvo aquí de pasada. No hablé mucho con él, pero igualmente no me dijo nada acerca de que estuviese en peligro o algo semejante que pudiera acabar convirtiéndose en…esto –en esta ocasión, los incómodos gritos habían pasado a transformarse en lágrimas de agua que salían discretamente de sus ojos y una voz mucho más grave y temblorosa.
Está bien, es una lástima. Lamento su pérdida, de verdad –dijo el enmascarado antes de darse la vuelta y salir de la tienda, dejando al tío de Elexis con la cara pegada al mostrador, sacudiendo su nostalgia a base de lágrimas.

No tenía ni idea de cuál sería su próximo paso. Francamente, esperaba que el tío de Elexis le dijera cualquier cosa que le sirviera, por mínima que fuera. Pero ahora lo único que tenía era una ropa ensangrentada como consecuencia de su último viaje y mucha, mucha hambre. Sin más dilación, se dirigió a la taberna más próxima a Masics. Con el estómago lleno se piensa mejor. Una vez dentro, tras darle un par de vistazos a una pequeña y andrajosa carta, encargó que le sirvieran unos filetes bien fritos y unas papas con salsa de remolacha. Le agradaba degustar su comida con lentitud, sin prisas, así que eso es lo que hizo. Mientras masticaba lentamente, su cabeza pensaba en cuál sería su próximo movimiento.

No importaba si la comida estaba buena o mala, fría o caliente, salada o sosa, lo único que no era irrelevante en ese momento es que su hambre estaba siendo saciada y su apetito estaba muy agradecido por ello. Al terminar, sintiéndose como un hombre nuevo, salió de nuevo a la pacífica ciudad, buscando alguna lavandería en la que quitar la sangre seca incrustada en su ropa. La gente no confiaba en un hombre enmascarado, así que le costó encontrar a algún ciudadano que, aun con voz de nerviosismo, le indicó dónde podía lavar su vestimenta, con la esperanza de que se fuera tras obtener aquella información.

Finalmente, fue a parar a una pequeña lavandería, situada en uno de los extremos de Phonterek. El enmascarado se quitó la túnica que llevaba puesta, que había cogido de casa de Elexis anteriormente y servía para proteger su manchada túnica de miradas ajenas, y la tiró. Ya no la necesitaría más. Después, se desvistió su oscura y ensangrentada túnica y comenzó a lavarla, vestido únicamente con su blanco kimono. Enjuagaba, enjabonaba y frotaba. Tras repetir esta acción unas cuantas veces en cada una de las manchas rojizas, dejó la prenda recién limpia en el suelo, para que se secara, y se tumbó. Estuvo echado un par de horas, descansando su cuerpo y su mente, aunque no llegó a cerrar los ojos del todo, por si acaso algún desgraciado intentaba mangarle en un ataque de valentía; hasta que un imprevisto rompió su nirvana.

Venga, que hemos venido aquí sólo a por provisiones –susurró una extraña voz.
Si. Cuanto antes nos vayamos, antes volveremos a nuestro bosque y antes podremos tener nuevas víctimas –añadió otro desconocido, cercano al primero. B se reincorporó levemente, levantando su tren superior del suelo y miró en dirección donde provenían las voces. Tres antropomorfos, uno cara de pez, otro con antenas de hormiga y un último con cara de calamar estaban andando, a unos treinta metros de la posición de B, en dirección a la salida de la ciudad.

Aquello de víctima sonaba muy sospechoso. ¿Serían algún tipo de asaltadores antropomorfos? Probablemente. B no se pensó demasiado el ir a cazarlos o no. Ya estaba cansado de estar tumbado y quizás matar a unos cuantos malhechores le ayudase a pensar sobre su nuevo movimiento.

La decisión ya estaba tomada. Cuando los antropomorfos se alejaron un poco más, B terminó de levantarse, cogió su túnica, aún un poco húmeda, y se la puso. Era molesto llevar ropa mojada, pero ya se secaría con el viaje. Cuando estuvo en la puerta de la ciudad, vio como tres figuras desaparecían en la lejanía, ayudados por unos veloces caballos. Mierda, no contaba con que seguramente tendrían caballos. Parecían ir en línea recta y tenía todo el día por delante, por tanto no había excusas para no comenzar a andar, a paso ligero, siguiendo la misma dirección. Estuvo caminando un buen rato, sin volver a ver a sus perseguidores pero brevemente guiado por las huellas que las herraduras de sus animales dejaban en la tierra, hasta que un extraño joven a caballo pasó a su lado y al enmascarado se le ocurrió una interesante idea.

Perdona –saludó. A simple vista, era un agricultor, de unos veinte años, que volvía a casa.
Eh…dime, enmascarado –contestó, extrañado al ver la protección en la cara que el torturador portaba.
Necesito ir en el mismo camino que estás yendo tú, al menos un rato más, y no llevo caballo. Si me permitieras acompañarte, estaría muy agradecido –propuso, intenando parecer amable e inofensivo. –Por cierto, no te asustes por la máscara. Me quemé la cara en un terrible incendio y si la llevo descubierta el sol me molesta en gran medida
Vaya…creo que sería más peligroso llevarte que negarme a hacerlo –respondió con tono irónico. No parecía un mal chaval.
Ten en cuenta que si quisiera matarte o robarte, ya lo habría hecho. O quizás, la pelea hubiera tenido un final distinto –un cumplido era una buena manera de convencer a la gente desconocida de que hiciese algo.
Venga, sube antes de que me arrepienta. Por cierto, me llamo André, y este es Igor –dijo mientras acariciaba brevemente el cuello de su blanquecino caballo.

Esto no solía pasar. Que un desconocido se fiara tan rápidamente de un hombre enmascarado, armado con una katana y cuya grave voz hace temblar la tierra cada vez que enunciaba una palabra. Hoy era una excepción, por lo visto. Tras presentarse con un nombre falso, B aceptó con gusto la invitación de André y subió a su montura. Estuvieron unas cuantas horas viajando, mientras hablaban de todo tipo de cosas. Comentaron razas de animales extraños que habían tenido el placer de ver, lugares extraños por lo que habían pasado, cómo hacer un buen negocio en un pequeño pueblo, la comida que con más gusto solían devorar…incluso André se permitió la iniciativa de contarle toda su vida. B, sin embargo, se limitó a contar alguna historia de su pasado, modificada, para que el muchacho no se asustara.

En cierto momento, un bosque apareció en el camino. Curiosamente, André aprovechó para explicarle que recientemente ha habido rumores acerca de asaltantes en ese mismo bosque. Poniendo como excusa que ya había llegado a su destino, B se bajó del caballo, dio un abrazo a su nuevo amigo en forma de despedida y se adentró. Tras divagar por unos cuantos árboles y matorrales, un camino llegó a las órbitas de sus ojos. Comenzó a andar paralelamente a él, pero permaneciendo escondido entre los árboles, hasta que divisó un carruaje metálico a lo lejos. Ante aquél sorprendente acontecimiento, comenzó a correr en su dirección y poco a poco vio como aparecían unas nuevas figuras. Los antropomorfos parecían estar atacando a un nuevo grupo de víctimas: un viejo gordo, un humano con cara de excéntrico y un enano. Comprobado, eran asaltantes y merecían morir.

Acercándose por el bosque, cubierto por sus amplios árboles repletos de hojas, B realizó un ataque sorpresa, saliendo de los matorrales. Para cuando llegó, el enano ya había tumbado al cabeza de calamar y estaba protegiendo al gordo. El otro hombre, ahora acompañado por una Seraphi Tenebri que había salido de la nada, se estaba encargando de los otros dos con la ayuda de la chica.

Veo que no necesitáis más ayuda –dijo en tonto contundente. –Este cabrón aún sigue vivo –anunció cuando se acercó al antropomorfo con cara de calamar y , agachado, colocó su dedo índice en su cuello para palpar su pulso –pero no lo suficiente como para torturarle –susurró. De momento era mejor no pronunciar su condición de torturador. No sabía si los nuevos extraños iban a tener una buena recepción respecto a ese tema –Si me permites, señor enano, me encargaré de terminar con tu enemigo –el enmascarado sacó su cuchillo de sierra de su túnica y procedió a cortarle la cabeza, practicando pequeños cortes horizontales. El suelo empezó a llenarse de la sangre que brotaba del cuello recién cortado del antropomorfo. No le torturaría, pero nadie le iba a negar una sangrienta decapitación –Seguro que ahora no se levanta. Por cierto ¿qué hacéis por aquí? –había hecho una buena actuación, presentándose como alguien que quería ayudarles, y además era verdad, así que no esperaba una respuesta hostil por parte de ellos.
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Re: Los cimientos del Imperio

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