Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» La fuga (priv. Calígula) [Phonterek]
Hoy a las 12:56 am por Calígula

» El secuestro de Gr´olKos "El clan cuchilla sangrienta"
Ayer a las 3:30 pm por Lilith Schwarz

» [Evento] Los Cuentos Perdidos de Noreth
Ayer a las 10:57 am por Lamb

» Buenas
Vie Dic 15, 2017 3:27 pm por Balka

» A Hope's Tale
Jue Dic 14, 2017 10:56 pm por Gar'Shur

» Anhouk, la forjadora
Jue Dic 14, 2017 9:33 pm por Bizcocho

» Demonología: Adulterium [+18]
Mar Dic 12, 2017 10:23 am por Envidia

» Aulenor Abe
Dom Dic 10, 2017 6:33 pm por Bizcocho

» - Apocalipsis now -
Sáb Dic 09, 2017 10:11 pm por Balka

» Una mala decisión
Sáb Dic 09, 2017 1:56 pm por Bizcocho

» Calígula, el demonio del mar
Sáb Dic 09, 2017 1:13 am por Calígula

» Aracnofobia [Campaña]
Vie Dic 08, 2017 10:27 pm por Vanidad

» Un paseo inesperado [Priv. Celeste Shaw]
Mar Dic 05, 2017 10:06 am por Celeste Shaw

» Locuras en Santa Timotea para Jóvenes Azuzables [Priv. Eudes]
Sáb Dic 02, 2017 9:26 pm por Isarika Endier

» The Shining of a Thousand Suns (Privada)
Miér Nov 29, 2017 6:51 pm por Vanidad




Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


Los cimientos del Imperio

Página 3 de 6. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Josef K el Vie Oct 07, 2011 6:15 am

La calidez reconfortante del Siervo Azul, la posada que le había acogido durante varios meses, estaba ausente en aquella taberna de las montañas, no había bardos sacando notas de sus harpas, ni meseras hermosas acarreando platos suculentos, ni las risas y el júbilo de aquellos que beben para celebrar; sino que el salón mal iluminado parecía cargar con una tensión silenciosa que inundaba el ambiente, bestias taciturnas de expresión cansada, devorando trozos secos de carne o bebiendo cerveza de mala calidad, algunos de ellos sosegando junto a sus instrumentos de minería, otros junto a sus armas. Una aglomeración variopinta de hombretones curtidos, enanos, orcos, antropomorfos, todos ellos con músculos marcados, todos ellos dignos de desconfianza.

Josef había tomado una pequeña cantidad de las monedas que el Doctor Ivo Robotnik dejó para el grupo y a caminaba sobre las tablas estrepitosas en dirección a la barra, acosado por el hambre, esperaba encontrar algo de carne y vino. Pese a ser un hombre relativamente alto, el hechicero se sentía decrecer conforme pasaba al lado de orcos y minotauros gigantescos. Ya le había parecido desde el exterior que la estructura de la taberna era llamativamente enorme, pero con consumidores como aquellas bestias malolientes, un techo excepcionalmente alto resultaba imprescindible. Sin duda aquel lugar no era del agrado de K, que incluso llegó a considerar que preferiría la compañía de los lobos antes que la de una turba de semejante calaña, convenciéndose de tal idea horas más tarde, al encontrarse más avanzada la noche.

-Buenas noches caballero. Por favor, de ser posible, me gustaría un buen trozo de capón asado con un vaso de vino tinto- Dijo, dirigiéndose al tabernero, al tiempo que arrastraba un robusto taburete para sentarse cerca al Doctor Ivo, quien aparentemente acababa de salir de alguna clase de altercado.

-¡¡Fanny!! ¡Un trozo de cordero hervido y un vaso de cerveza para este joven humano!- Fue la respuesta del tabernero, quien apenas le dedicó una mirada indiferente con su único ojo, antes de proseguir en la conversación que sostenía con Robotnik.

Mientras tanto, Abrahel había tenido tiempo para deslizar sus manecillas hasta la bolsa de cuero que colgaba del cinto de Josef, extrayendo algunas platas. Él contempló esa risilla provocadora que la demonio esbozaba cada vez que conseguía engañarle, sin enterarse de la travesura hasta que tuvo que pagar el trozo de cordero más insípido del mundo y se encontró con que su bolsa estaba abierta. En algún momento, mientras trataba asqueado de retirar de su lengua uno de los cabellos enmarañados de Fanny, la cocinera que competía en fealdad con su jefe el tabernero, Abrahel se desvaneció de su vista, no la volvería a ver hasta el momento en que le salvó la vida.

Dejando el trozo de cordero a medio terminar y casi intacto el vaso de vino, que más bien parecía un jugo de uva ácido y grumoso, Josef K se arrepintió de haberse molestado en explicarle a la camarera que lo que había ordenado no era cerveza sino vino, tal vez la primera bebida no fuese de calidad tan mala como aquel esperpento violáceo que le habían llevado. Resignado, subió por las escaleras mal clavadas hasta la segunda planta, guiado por el jovencito escuálido que le indicó cual era su habitación, antes de adentrarse en otra con su recado de cerveza. La habitación constaba de un lecho con colchón de paja y mantas mal remendadas, una silla y una mesa sencillas con una vela sin cerillas, aunque no tenía forma de saberlo, al menos una docena de cucarachas habían llegado antes que él, y la ventana asimétrica y clavada, tal vez para evitar fugas sin pagar, no permitía ver nada más que las ramas frondosas de un árbol que estaba a punto de colarse al edifico.

-¿El único árbol de este maldito desierto de rocas es el que bloquea la vista de mi ventana?- Se preguntó entre la diversión y la pesadumbre, mientras se sonreía con sorna, y entonces dio en sintetizar con una palabra lo que había significado su experiencia en aquella taberna de mala muerte- ¡Mierda!-

Sin ganas de leer en la oscuridad, y sin paisaje en el que extraviar sus pensamientos, Josef decidió recostarse sobre la cama, aunque incapaz de dormir, pues le preocupaban el paradero de la maldita demonio insolente y el hecho de que empezaba a sentir las pulgas del colchón. De manera que se encontraba en vigilia cuando, bien entrada la noche, una hermosa mujer de ropas vaporosas entró lentamente en la habitación. Josef tuvo la certeza de que aquello era obra de Abrahel, ya en Phonterek se había entretenido varias veces llevándole campesinas y prostitutas a su habitación, aunque resultaba extraño que ella no ingresara también, dado que su divertimento consistía en observar, y sobre todo, en recorrer con sus dedos y lengua los cuerpos desnudos de las jovencitas, provocándoles orgasmos casi maniáticos. Por otro lado, aquella mujer no era tan joven como lo usual, y sus caderas anchas ya anunciaban uno o dos partos, algo totalmente ajeno a los gustos de Abrahel, la confusión hubo de aumentar cuando escuchó el ruido de una puerta siendo derribada.

Josef no es equivocaba en cuanto a las intenciones de su sometida descaminada, en efecto había usado las monedas de plata para convencer a una menuda campesina de cabellos rojos que respondía al nombre de Clare, para que subiera a la habitación y abriera sus piernas. Sin embargo, cuando las pequeñas mujeres subieron por las escaleras hacía la segunda planta, se encontraron con que 2 orcos derribaban una puerta violentamente, y otros 2 hombres aguardaban, armas en mano, fuera de la habitación de Josef. Estando su vida ligada a la del hechicero en todos los sentidos, Abrahel comprendió que aquella amenaza también le ponía en peligro a ella, y de inmediato soltó la manecilla frágil de la campesina para emprender carrera y abalanzarse sobre el más bajo de los acechadores, de manera que ambos irrumpieron estrepitosamente en la habitación, al tiempo que la demonio incrustaba sus colmillos en la garganta del hombre a quien había tomado desprevenido, extirpándole, además, los ojos con sus zarpas puntiagudas.

Un sobresaltado Josef, comprendió de inmediato el peligro que estaba corriendo, y en asalto de adrenalina, desenfundó presto su daga, que descansaba sobre el colchón, para incorporarse y embestir, en arrebato violento, con intención de apuñalar en el tórax a la mujer semidesnuda. Todo al tiempo que Abrahel, con la boca ensangrentada y sus uñas aun clavadas en el rostro del asaltante, se giraba sobre sí misma para no perder de vista al tercer hombre armado que entraba con intención de ayudar a su amigo desangrado. Bajo el techo maltrecho de aquella taberna miserable, quedaban vidas por extinguirse.
avatar
Josef K

Mensajes : 28
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por B el Vie Oct 07, 2011 7:22 pm

La pregunta del enmascarado le sirvió para conocer un poco mejor a sus aliados de expedición. Sorprendente fue la revelación del humano Josef K, que además de tener la amabilidad de dar a conocer su nombre, reveló que se trataba de un invocador. B rápidamente ató hilos. Él había estado pensando todo este tiempo que la mujer era una aventurera más y su asombro fue mayúsculo cuando descubrió que no era en realidad si no una mera sirvienta del mago. Interesante, no se tiene oportunidad todos los días de conocer a un invocador. El enano, en contraposición, tuvo el pequeño descaro de anunciar su opinión con unas improvistas palabras en lugar de responder a la pregunta. B no sabía si estaba borracho o era tan irritante normalmente. Con ese afecto por la priva, cualquier persona sería un residuo callejero, sin embargo, con bastante seguridad, el enano mañana volvería a estar como una rosa aunque se bebiera diez litros de cerveza, listo tanto para volver a beber como para entablar combate con un centenar de orcos. Al torturador no dejaba de sorprenderle esta raza y sus aficiones tan dispares pero tan bien llevadas a la vez. Los únicos borrachos que B había conocido que peleasen diestramente, eran enanos. Los demás, simples vagabundos, intentos de mercenario o buena gente que por desgracia hace tiempo perdió su rumbo.

Las luces de una apartada taberna anunciaron el final del trayecto de ese día. Al enmascarado no le importaba pernoctar en un oscuro rincón, junto a un árbol o incómodamente tumbado en un seco terrenal, estaba acostumbrado, durante gran parte de su desamparada vida había descansado con sumo placer en lugares así, pero la idea de dormir en un reconfortante colchón le subió el ánimo. Hacía tiempo que no se acostaba en uno.

Al bajar del carromato, el Doctor Ivo les ofreció una pesada cantidad de dinero para aprovecharlo allí y comprar víveres para el camino restante. Aquello le hizo pensar. Para dejar tanto dinero en manos de tres aventureros que has conocido hace escasos días, que avispadamente podían gastárselo en todo tipo de lujos personales sin que su poseedor se percatara de su destino real, tenías que ser alguien con muchas monedas. Esa reflexión provocó cierto sentimiento de tranquilidad en B. Hasta el momento había confiado en el Doctor, pero fácilmente este podría estar engañándoles. Quizás las Colinas de Cristal eran un cementerio de aventureros que con entusiasmo se habían dirigido hacia allí, quizás incluso ni existiesen esas colinas que contienen reliquias antiguas. Pero la sensación de que Ivo, que había demostrado poseer bajo su manga extraños artefactos, era tan rico, le hacía pensar que de alguna manera no necesitaría engañar a alguien o, en caso de que estuvieran dirigiéndose a una misión suicida, que podría haber contratado más guerreros y más cualificados si la expedición así lo requería. Pero aquello era sólo una especulación. El tiempo diría.

Cuando hubo traspasado las cochambrosas puertas de la taberna, una pícara sonrisa se dibujó suavemente en el rostro de B, ocultada por su albina máscara. Ni en las peores tabernas de Malik-Thalish se podía contemplar tal cantidad de seres pestilentes como allí había. Antropomorfos, orcos, minotauros…Incluso a los criminales les gusta el jolgorio, pero en aquella taberna el silencio solo dejaba palpar un inquietante aroma a odio. Era perfecto. Casi podía afirmar con certeza, a simple vista, que todos aquellos despreciables seres eran criminales. Criminales que pedían a gritos que les provocaran pánico y dolor. Criminales que tenían más sangre fluyendo por su cuerpo de la que B solía permitir. Criminales que tenían un nexo entre cabeza y cuerpo que debía de extirparse: el cuello. En otros tiempos, habría bastado con unas cuantas llamas deslumbrantes para acabar con toda esa inmundicia en un momento, pero ahora debía de hacerlo con sus propias manos y siendo cauteloso. Esta noche volvería a matar y a torturar, cuando fuese más tarde, y sin que el enano se enterase.

Mientras se regocijaba en sus planes nocturnos, un asqueroso humano hizo B volviese a la realidad cuando notó cierta agresividad en sus palabras, dirigidas al Doctor. El enmascarado dio un paso hacia él y colocó discretamente su mano en el mango de su arma, nadie tocaría a Ivo hasta que éste les llevase a las Colinas de Cristal. Pero no fue necesario, el Doctor Robotnik tenía sus propias habilidades y ni de cerca necesitó un pellizco de auxilio. Pasado sin problemas aquél obstáculo, B se encaminó hacia la barra y le pidió al tabernero un plato con dos enormes filetes y un cuenco repleto de pasta aliñada con diferentes especias, acompañados del frescor de una transparente jarra de agua (a pesar del gesto de incredulidad que colocó el tabernero al oír esto último). Cuando su cena estuvo lista, se disculpó ante sus compañeros por marcharse a su cuarto en lugar de acompañarles en la mesa y siguió a un joven mozo con mala cara a través de las escaleras que le enseñó sus poco ornamentados aposentos, situados en la primera y última planta de la taberna. La habitación tenía un colchón mal puesto en la esquina derecha, una ventana, dos velas (una rota y apagada) que iluminaban el cuarto desde el techo y una impecable mesa de madera que no dudó en utilizar para dejar la comida. Por fin solo, por fin podría quitarse la máscara y comer libremente. Dejando ésta a mano en la mesa, comprobó que nada de luz pasaba a través de la cortina de la ventana, dejó su túnica encima de su cama y se sentó, de espaldas a la puerta, para comenzar con su cena.

No estaba muy buena. Los filetes estaban demasiado hechos, tanto que a veces tenía que masticar con fuerza para que su mandíbula pudiese partirlos en trozos. El agua tenía cierto sabor a antigüedad, igual que cuando bebes de un vaso tan antiguo que se a repleto de polvo, y la pasta, la cual le obligó a dejarse la mitad porque era excesiva para su estómago, tampoco era un dulce manjar, pero se dejaba comer sin problemas. B no tenía objeciones, una comida era una comida. Lleno hasta las trancas, el torturador volvió a colocarse la máscara y se sentó junto a la ventana para admirar el paisaje. Era luna llena, lo que complementaba el horizonte y lo hacía digno de ser observado. Lástima que nunca haya dominado el dibujo, era una buena vista para congelar.

Estuvo así cerca de diez minutos, mientras esperaba que se le bajase la comida. Después se tumbó en la cama y al poco tiempo el cansancio pesó sobre él y se durmió. Como había planeado, se despertó a las pocas horas con unas ganas insalvables de mear. La enorme jarra de agua que había degustado durante la cena, ahora quería salir. Rápidamente cogió la mencionada jarra, ahora vacía, y vació su vejiga en ella. No era la primera vez que hacía algo así, y es que le resultaba curiosa la comparación la cantidad meada y la cantidad bebida, aunque el comportamiento del cuerpo humano no es algo de lo que el enmascarado que supiera demasiado.

Un crujir de madera perpetuó el silencio de la estancia. ¿Alguien que también iría a evacuar? El torturador no le dio mucha importancia. Se puso la túnica, cogió sus cosas y se dispuso a salir por la ventana. Su próxima víctima caería muy pronto, hoy se iba a derramarse mucha sangre. Pero entonces volvió a oír la madera. No eran pasos normales, eran pasos sigilosos, de alguien que no quería ser advertido. Muy extraño. De pronto, la puerta, que carecía de un buen sistema de seguridad como es un cerrojo, comenzó a abrirse lentamente. B colocó su palma en el mango de su katana, expectante. Con un movimiento fugaz, un cuerpo marrón atravesó la puerta, que no se había terminado de abrir, partiéndola en trozos, y el enmascarado desenvainó. Un licántropo peludo y enorme, en su forma híbrida, se encontraba ante él. Tenía una armadura de cuero tachonado que le ofrecía protección en el pecho y los muslos y unos ojos que irradiaban una ira que inundó el ambiente. El atacante dio un nuevo salto, en dirección hacia B, pero éste consiguió esquivarlo gracias a su agilidad y chocó con la pared. La habitación era muy pequeña, no tenía espacio para aprovechar su rapidez. Estaba jodido. En un intento de mantener las distancias, el torturador colocó su espada horizontalmente y apuntó al licántropo, que le devolvió el movimiento enseñándole sus enormes y amarillentos dientes. El lobo se propuso recortar distancias, pero B le alejó con un suave movimiento de katana que le produjo un leve corte en el brazo, arrancándole unos cuantos pelos apenas. Tenía enfrente a su enemigo, a su derecha la ventana y a su izquierda la puerta. Debía de salir de la habitación y llegar a una zona más amplia para poder moverse con mayor soltura, pero no sabía cuál de las dos salidas sería más fácil. Hizo un amago, dando unos pasos a la derecha, de que se dirigía hacia la puerta, pero con un corte fugaz cambió de ritmo y fue hacia la ventana, directo a saltar y romper los cristales. El licántropo no se creyó el truco y logró agarrar a B del brazo izquierdo para impedir su escape. El humano contraatacó dando la vuelta y efectuando un ataque completamente a ciegas, que terminó incrustando su katana en el hombro derecho de su rival. El licántropo rugió, pero lejos de hacerlo por dolor, lo provocó la ira. Agarró con fuerza la katana del enmascarado, que no conseguía sacarla del cuerpo de su enemigo, y la tiró a un lado de la habitación. Tranquilidad. Debía de mantener la calma, el torturador aún tenía sus cuchillos. Estaba sacando el que tenía oculto en su túnico, que medía veinte centímetros, cuando el licántropo se le echó encima, tirándole al suelo. En una última oportunidad, antes de que el lobo le arrancase la cabeza de un bocado, B intentó cortar su cuello con el cuchillo que acababa de coger.


avatar
B

Mensajes : 133
Edad : 25
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Doctor Ivo Robotnik el Sáb Oct 08, 2011 4:13 pm

Como si la luna, en lo alto del mundo viera correr la sangre entre la oscuridad, el inventor permanecía en su carromato, ajeno a los peligros que sus compañeros de viaje estaban sufriendo, acaso aquello era una prueba de la propia muerte o era un obstáculo más para llegar a aquel tesoro escondido en las profundas entrañas de la tierra, la roca enana era poderosa, el acero de los asesinos preciso, las llamas que el averno o guardaba para sí superaban las del sol, y aun así el inventor permanecía dentro de su carromato, con la luz de los cristales iluminando la mesa de trabajo, iluminando las piezas de metal que se ensamblaban una sobre otra, como un gran rompecabezas, mas la verdadera historia no está con el inventor, ni tampoco con el tabernero que en esos momentos estaba durmiendo apaciblemente, si no que estaba en la taberna sobre las viejas tablas del piso en su interior … donde la sangre era vertida con dolor y desesperación.

Tras las roídas tablas se podía escuchar el sonido de la batalla, de la muerte rondando entre las paredes, esperando que un corazón dejara de latir para siempre, quizás el primero también sería el último en ese lugar, el enano… un simple enano, hijo de antiguo y legendario linaje, hijo de un gran jefe que sin pensarlo había dejado todo en manos de aquel joven ser, era verdad…. Un enano no necesitaba sus armas para ser temible, tan solo necesitaba sus puños y su temple de acero, el cual no se doblegaría ante nada ni nadie, no importaba si era rey o dios… un enano jamás se dejaría vencer sin luchar, una muerte honorable en el campo de batalla… ese era el anhelo de cada guerrero enano, mas en aquel lugar no perdería la vida…. Aun no llegaba su momento, el primero de sus enemigos había sido un par de orcos que habían sellado su destino al enfrentarse al pequeño pero robusto ente, con una patada fulminante uno de ellos cayo inconsciente al piso, con la cara deformada y la sangre burbujeando de la masa amorfa que había sido su nariz, mas el otro no dejaría pasar tal ofensa, el enano tomo su martillo e incito con bravas palabras al verde ser, este haciendo gala de su fuerza se lanzo contra el enano, blandiendo aquella hacha hecha de acero y cráneos, quizás el enano no poseía armadura … ni tampoco su pesado escudo, pero en aquella oportunidad le seria de suerte …. El hacha se dirigió directamente hacia su cráneo, pero el enano haciendo gala de una agilidad desconocida incluso para si mismo vio como el filo del arma pasaba a su lado, incrustándose en la madera, el enano aprovecho aquella ocasión para descargar toda su fuerza en su martillo, este cayo como si fuera una tonelada de pesada piedra, mas en vez de golpear la madera del piso dio contra el cráneo del orco, si alguien hubiera estado a su lado hubiera podido escuchar como los huesos se destrozaban bajo el enorme peso del martillo, el orco cayó al suelo, con el cráneo reventado y con algunas convulsiones aun por su sistema nervioso, mas aun quedaba un orco y este estaba comenzando a despertar … ¿seria hora de luchar o el enano esperaría a que su enemigo fuera un digno combatiente?

Por otra parte, tras aquella delgada pared otro combate se llevaba a cabo, la mujer dio un largo gemido de dolor cuando el frio metal atravesó su pecho y apuñalo su corazón, unos instantes solamente, un parpadeo quizás, mas la mujer contra todo pronóstico sujeto con ambas manos, fuertemente, la mano de Josef, entre sus labios se podía entender varias palabras antes de que dejara su último aliento oliendo a perfume barato y rancio “El dinero …”, por otra parte, aquella súcubo no dejaba su presa, sus garras se incrustaban fuertemente en la carne de el asesino, mientras que sus colmillos como un vampiro mordían sin detenerse, los gritos eran desgarradores, tanto como el dolor de tener sus cuencas vaciadas, por aquel terrible demonio … pero lamentablemente las cosas no eran tan fáciles, pudo haber sido que la súcubo había permanecido durante demasiado tiempo en el plano de los simples mortales, o quizás fuera que aquella noche la luna habían danzado de diferente forma, quizás algo tan simple como que el invocador estaba ante la muerte fue lo que lo detono pero eso solo lo sabrían los titiriteros de la vida, el ultimo asesino saco una daga de entre sus ropas y se abalanzo contra la demonio, está sintiendo aquel peso encima intento quitárselo de encima, sin lograrlo, ambos cuerpos rodaron por el suelo, dejando un cuerpo moribundo en el suelo goteando sangre entre las tablas, pero el asesino no era de poca monta y con un rápido movimiento incrusto su daga entre las costillas de Abrahel, esta dio un largo quejido de dolor al sentir el metal atravesar uno de sus pulmones si es que poseía, mas su agonía no duro demasiado, levantándose dio unos pasos tambaleándose, mientras que su cuerpo parecía desaparecer lentamente, no moriría, pero si volvería a su plano y durante un tiempo debería estar en su propio hogar recuperándose, esto sería una gran desventaja para el invocador, ahora estaba solo frene a un asesino que no dudaría en acabar con su vida… que haría … eso solamente él lo sabría.

La luna llena trae muchas promesas, para enamorados y bestias, como si fuera una triada el asesino enmascarado no tenía mucha más suerte que los demás aventureros, su enemigo era alguien que solo la muerte podría detener y aun así había que estar preparado para enfrentarse a su espíritu vengativo, el afilado cuchillo se dirigió ávidamente hacia el cuello de su atacante, mas el cuchillo choco contra el metal de algo oculto en el cuello del licano, este viendo las intenciones del enmascarado salto hacia atrás gruñendo furioso, sobre el pecho del enmascarado habría un relicario, había sido la razón por la cual aun estaba el licano con vida, el licántropo gruño con furia mientras tomaba con fuerza la katana y la arrancaba lentamente de su carne arrojándola hacia uno de los costados, en ese instante una voz grave y ronca se escucho de las fauces de la bestia.

-La mataste…. ¡¡¡LA MATASTE!!! … ¡¡¡ELLA TENIA A MIS CRIAS!!! ¡¡¡ ¿Y AHORA ME QUIERES ARREBATAR LO ULTIMO QUE ME QUEDA DE ELLA?!!!-

Sin saberlo el enmascarado había provocado todo, a noche anterior el alimento había atraído a un lobo … mas este simplemente era una loba hambrienta buscando alimento, su muerte había sido un duro golpe para aquel licano, padre de las crías nonatas de la loba, dúrate todo el día anterior los había seguido, sin descansar con su apariencia humana, recorriendo el camino que lo separaba del carromato, ahora tenía frente a si el asesino no solo de su hembra si no de sus crías nonatas, si el enmascarado viera el pequeño relicario vería un pequeño retrato de el humano y la loba a su lado, mas no era momento para sentimentalismos, el licano estaba decidido a terminar con la vida del asesino de su familia, aunque le costara su existencia, el licano volvió a lanzarse contra el asesino, pero este se había levantado y podido calcular todo aquel ataque y con un rápido movimiento uno de sus cuchillos surco el aire incrustándose en el ojo derecho del animal, este perdió la concentración del ataque por el dolor y el metal incrustado en su rostro, era un momento perfecto para rematarlo, tenía cerca de él la katana, tan solo debía de usarla para acabar con el sufrimiento de ese ser.

A la mañana siguiente la taberna estaría vacía, el tabernero se encontraba limpiando la mesa mientras el inventor bebía una cerveza espumosa en la barra, aquella noche había dormido bien y tranquilo después de preparar los últimos detalles para su llegada a las colinas de cristal, ahora esperaba a los aventureros, quizás ellos habían pasado buena noche… ya que … no siempre se puede contar con una apacible taberna perdida en ningún lugar y acarreada por el propio demonio.

Off.
Spoiler:
Bueno que decir de este turno, el combate finalizara para todos, como ven cada uno tiene ventaja y desventajas en este punto, por favor no piensen que tengo favoritismo ni nada, o que haya sido un castigo, todos recibirán sus heridas por igual más adelante, así que despreocúpense , ahora a explicar el post, Zargum tiene un orco que comienza a despertar, puede o no matarlo como guste, Josef en estos momentos el cadáver de la mujer sujeta firmemente tu muñeca si forcejeas un poco te liberaras, Abrahel volvió a el void, esto lo hago porque la has tenido contigo más de dos turnos y de a poco a consumido tu esencia para permanecer en el mundo de los mortales, puedes invocar a otro demonio si gustas, pero Abrahel no podrá aparecer hasta que estemos en la mina enana, B puedes matar al licano como gustes, ya que desconoces las palabras de este, mas cuando lo antes y veas el relicario entenderás, lo que piense tu pj es asunto tuyo, todos tienen permiso para matar a sus respectivos enemigos como más les convenga, pero sean realistas, solo Josef está en peligro mortal este turno, los demás solo peligro medio, si no me gusta como matan a sus enemigos los hare sufrir más adelante xD.

Bueno de mas esta decir que disculpen la tardanza, el próximo mastereo será el martes 11 así que cualquier duda por MP



~~
avatar
Doctor Ivo Robotnik
Artifice Mecanico

Mensajes : 301
Edad : 52
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Zargum Ironhammer el Dom Oct 09, 2011 8:13 am

El placer es un sentimiento difícil de medir y clasificar. Zargum sabía que el odio visceral que sentía hacia los orcos siempre venía acompañado de una ola de placer sin límites. Claro, solo si dichas criaturas fuesen eliminadas por su enorme martillo o sus fieros puños forjados. El orco, enfurecido por las provocaciones del enano y la caída de su compañero, atacó sin meditar demasiado en sus movimientos. Su hacha doble surcó los aires letálmente, pero su enemigo era más ágil y más curtido en la pelea. Solo un movimiento de su gran martillo y el orco logro comparar la resistencia de su cráneo con el duro acero enano de Zargum. La comparación no fue nada placentera - Bah... malditas bestias sin honor. - Zargum miró al cadáver de su enemigo y mostró una cara de resignación. Sabía que tales criaturas no eran dignas de vivir, pero la debilidad de sus enemigos le hizo recapacitar en que quizá había sido demasiado severo - Ergg... ya no los hacen como antes...

Cogió al orco recién acabado y lo lanzó por la ventana de su horrenda habitación. El orco iría a caer sobre un montón de estiércol. un final apropiado para alguien parte de su especie - Que los dioses te bendigan permitiéndote renacer en algo menos desagradable - Zargum trató de pronunciar aquellas palabras con el mayor respeto posible que aquel enemigo pudiese merecer. Mirando a su alrededor, logró encontrar una vieja soga mordisqueada por las ratas que se escuchaban a través de la pared de madera de la habitación. Ahora que estaba en relativo silencio, Zargum logró escuchar el ruido que tenían en las habitaciones contiguas. Quizá sus compañeros tenían alguna fiesta privada y ni siquiera se habían percatado del combate anterior. Aunque poco hubiesen podido hacer para ayudar en cualquier caso. No era costumbre de Zargum el fisgonear las habitaciones de los humanos. Generalmente siempre se trataba de mujeres violentas y depravadas. Y la molestia de los humanos al ser descubiertos mientras copulan era algo que Zargum había aprendido a evitar - ¿Que demonios haré contigo? - Se preguntó a sí mismo mientras pensaba que hacer con el cuerpo del orco inconsciente que yacía en su habitación. morir sería demasiado bueno para ese esperpento. Zargum prefería ver al orco muerto, pero sus principios le indicaban que eliminar a tal criatura sería demasiado bajo para un honorable enano como él mismo. Pero tampoco podía perdonar el hecho de que su asquerosa y mal oliente sangre ahora decoraba las suelas de sus botas - Bueno... creo que solo hay una cosa que hacer con la basura... - Decidido, el enano cogió al orco por el pantalón y su armadura. Arrastró al orco con poca delicadeza a través de la habitación hasta la ventana. Tomó al orco con fuerza y balanceándolo un par de veces se despidió del orco y lo mandó a volar fuera de su habitación - ¡Por la mañana me lo agradecerás!... ah... uggg... - Su frase trataba de dar a entender que le agradecería el gesto de haberle dejado con vida, pero fue interrumpido por el crujir del cuello del pobre matón el cual fue a dar al suelo de cabeza. Cosa que no era intención del enano por supuesto - Diablos... pobre cretino... - Dijo en tono de respeto, a su entender - No señor... ya no los hacen como antes.

Los ruidos de las habitaciones contiguas cesaron al fin ya entrada la noche Ya era hora... estos humanos no dejan dormir con tanto escándalo. Uno se carga a un par de orcos y ellos seguramente disfrutan de la compañía de una mujer o de miles de bebidas y por supuesto que no invitan al pobre de Zargum. No compartiré con ellos mi tabaco. - El enano estaba convencido de que sus compañeros llevaban una fiesta en sus respectivas habitaciones y nadie le sacaría esa idea de encima por lo que restaba de la noche. O al menos hasta el momento en que logró conciliar el sueño, veinte minutos después de haberse cargado a sus dos contrincantes.

A la mañana siguiente Zargum sería el último en abrir sus ojos. No era usual en él descansar tanto pero ya no recordaba la última vez que durmió sobre una cama. Por más fea que esta fuese. Cogió sus cosas rápidamente esperando no haber hecho esperar demasiado al grupo. Las habitaciones de sus compañeros mostraban maderos rotos, muebles destrozados y sangre derramada en paredes y piso. Los mozos de la taberna limpiaban la sangre con un gesto de aburrimiento tal que parecía como si aquello fuese cosa de todos los días. Algo digno de ver.

En la barra, el grupo de humanos ya se encontraba reunido y bebían un poco junto al doctor. Esperaban al enano, pero una duda invadía su cabeza en esos momentos. Las escenas vistas en las habitaciones de sus compañeros no pudieron evitar que se interrogara sobre lo ocurrido la noche anterior. Debía preguntar apropiadamente que había ocurrido o al menos decir algo al respecto. Lo que fuera. - ¡Joder! La próxima vez que armen un jolgorio en sus cuartos invítenme a la fiesta... Algo me dice que se divertían de lo lindo mientras que yo me tiraba a un par de orcos asquerosos - El gesto de interrogación de los humanos pareció más una mirada desconcertante. De todas maneras, lo más importante para todos era retomar el camino. El tabernero vio al enano con una fría mirada y al resto del equipo, excluyendo al doctor - Todo lo que pediste está afuera. Largaos de mi negocio... - Parecía furioso. Posiblemente por los orcos que ahora dormían apaciblemente en el exterior. La verdad poco importaba. Le había hecho un favor al librarle de dos criaturas repugnantes y había sido retribuido con una buena carga de carne, cerveza de barril y tabaco - Bien... todo listo para partir señores.


avatar
Zargum Ironhammer

Mensajes : 29
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por B el Dom Oct 09, 2011 7:03 pm

El filo del cuchillo estaba a punto de crear un rio rojizo en el cuello del licántropo cuando algo se interpuso entre la hoja y su piel. El lobo brincó hacia atrás, dejando caer algo metálico en el pecho de B. Era un relicario, pero no había tiempo para ojearlo. El enmascarado lo tiró a un lado y se reincorporó con ligereza. La katana estaba fuera de su alcance, nuevamente se encontraba en la misma situación que hace unos escasos segundos. Tenía frente a él un licántropo cuya mirada desprendía un rencor tan ingente que casi se podía ver una atmósfera de rabia en torno a él y, además, la sangre que emanaba de la herida de su hombro no le importaba lo más mínimo y parecía no impedirle movilidad alguna. Entre la vida y la muerte, solamente estaban sus cuchillos, que por suerte guardaba en gran número para ocasiones como ésta, pues su arma principal había quedado fuera de combate.

El licántropo comenzó a rugir unas palabras, como si el enmascarado le pudiera entender, inundando la estancia de un ruido solo equiparable a la furia del propio lobo, que parecía que en cualquier momento le iba a hacer implosionar. B aprovechó agradecido ese momento de intranquila paz para desenvainar el cuchillo que tenía oculto bajo su manga izquierda. Ante la falta de su larga katana, dos cuchillos no eran malos sustitutos, pero tenía que incrustarlos con brío sobre su enemigo y después arrastrarlos sobre su piel. Para matar a un licántropo no bastaba como hacer un corte de unos pocos centímetros.
El rabioso lobo saltó nuevamente sobre el torturador cuando terminó su ensordecedor discurso. El enmascarado había perdido la cuenta, pero su enemigo ya había realizado ese ataque varias veces en el transcurso de su pelea. Esta vez sería la última. Prácticamente sin apuntar, por puro instinto, lanzó los dos cuchillos que sujetaba con sus dos manos. Uno fue a parar a la pared, totalmente desviado, y ni siquiera se clavó sobre la madera, pues chocó con el mango y cayó al suelo para quedarse inmóvil. Por suerte, ironía o virtuosidad, el otro cuchillo impactó de lleno y sin remordimientos se clavó en una de sus cuencas oculares. B se movió unos pasos hacia un lado para evitar que el cuerpo medio muerto del animal cayese otra vez sobre él.

El licántropo yacía en el suelo, con una migaja de vida, dando pequeños espasmos. Su cara señalaba el dolor que estaba sufriendo en ese instante, mientras intentaba en vano mover su brazo para sacarse el cuchillo.

No voy a acabar con tu sufrimiento –declaró B a la par que se sentaba junto a su abatido enemigo. Su vida se estaba esfumando, pero los ojos del lobo seguían irradiando un intenso odio que el enmascarado no lograba comprender. –Has entrado en mi cuarto y, sin decirme nada, me has atacado. Asqueroso mercenario. Y dame las gracias, tienes suerte de que el dolor que estás sufriendo sea sólo ése, ni siquiera se te puede torturar en tu estado. Ahora odiarás la vida –le dijo B. En su tono se notaba repugnancia, pero también incomprensión. Estaba prácticamente seguro de que el lobo no tenía razones para haberle atacado, razones justas al menos. Era luna llena, así que la locura y el odio habrían dominado su psique y el enmascarado había tenido la mala suerte de haber sido su premeditada comida. Mientras el licántropo seguía sufriendo, B se levantó y observó su habitación. Había un par de golpes y arañazos en la pared y la mesa que le había servido para comer estaba en el suelo, tirada y rota por la mitad. Salvo eso, el cuarto estaba bien, incluyendo, anecdóticamente, el colchón intacto.

Al dar un paso, un chirrido propio del sonido de la rozadura entre el metal y la madera sonó a sus pies. El relicario estaba en el suelo. Prácticamente se había olvidado de él, pero ahora que lo pensaba, no era normal en un furioso licántropo tener un objeto así. Lo cogió para observarlo, simple curiosidad, y el retrato que portaba le produjo un nudo en el estómago. Su sufrido enemigo salía junto a una loba. Ambos parecían un par de animales felices, no unos licántropos desalmados y descontrolados. La loba le era muy familiar…el asombro se produjo cuando el enmascarado cayó en la cuenta de quién era. Un silencio absoluto reinó en la habitación, corrompido a los pocos segundos por un angustiado espasmo del licántropo. Estaba oscuro, pero cuando se mata a alguien cara a cara, es difícil olvidar su rostro a los pocos días. La loba del retrato era la misma que el día antes se había encontrado en el bosque, la cual mató con un breve movimiento. Ahora lo entendía. El licántropo era su pareja y, aunque el enmascarado no sabía cómo, le había visto matar a la loba. Tras eso, había trazado una senda de venganza que acabó tan pronto como el cuchillo del torturador penetró en su ojo.

B se giró para mirar a su víctima. Ahora que sabía que su acción no había sido un capricho del dinero o desprovista de un motivo justificable, no tenía sentido no impedir que el licántropo siguiera sufriendo. Sin embargo, ya era demasiado tarde. El animal había muerto. Sus ojos abiertos miraban directamente en dirección a B, con un odio permanente, pero se palpaba que ya ningún alma estaba detrás de aquellas pupilas. ¿Lástima? Sí, hasta para llenar con ella un crucero gigantesco. ¿Remordimientos? No, ni siquiera cabían en el cerebro de un apestoso orco. B no tenía la culpa de que en la oscuridad de la noche una loba le hubiese atacado, aunque estuviera buscando comida. Él solamente se había defendido, al igual que esa misma noche, en la que el vengativo licántropo había intentado quitarle la vida en nombre del amor. Por desgracia, no era la primera vez que mataba a alguien inocente, cuyo único pecado había sido cometer el error de levantar su arma contra el enmascarado. Pero Noreth no era un mundo justo, por eso el enmascarado hacía lo que hacía, sacar la basura. Aun así, que sucedan cosas como éstas de vez en cuando no se puedía evitar, excepto que los demás dejen a un lado la ira y piensen con claridad antes de cometer un acto suicida.

Ya había acabado con su agresor, solventando así el problema con éxito. Pero ahora tenía otro. ¿Cómo iba a sacar de allí al enorme licántropo para poder dormir? En unas horas, aproximadamente siete, el cuerpo comenzaría a oler mal, pero no era eso lo que le preocupaba pues seguramente ya se habría marchado. Lo que le molestaba era la incomodidad de tener que dormir con un cadáver al lado. Despertarse y ver, de buena mañana, a un licántropo muerto y sangrando no era la mejor imagen para levantar el ánimo, ni siquiera para un torturador. Además ¿qué dirían los de la taberna cuando se enterasen? B tendría que hacerse el loco, pues el cadáver pesaba demasiado para moverlo de ahí y no quería despertar a sus compañeros.

“Que le den a esta asquerosa habitación y al cadáver, con el aire de la naturaleza se duerme como en ningún lado”. Pensando aquello, el enmascarado cogió la katana del suelo, el cuchillo del ojo de su rival, los limpió y se los guardó. Acto seguido, revisó que no se dejara nada en un despiste, cogió el colchón y salto con él por la ventana. A pocos metros, a su derecha, había dos orcos muertos encima de un estiércol. Por lo visto ese tipo de cosas eran normales en ese lugar. Extrañado, el torturador se marchó y cuando encontró un lugar apropiado, dejó el colchón bajo un árbol que actuaría como sombra al amanecer. Bonito dormitorio improvisado, pero aún no era tiempo de dormir, tenía muchas cosas que hacer. Volvió a la taberna, buscando alguna víctima, pero no fue necesario investigar en exceso. Dos hombres que parecían cadáveres estaban tumbados en la puerta, con el pelo desordenado y las ropas sucias. Apestaban a alcohol. Sin más, el enmascarado cargó cada uno en sus hombros y se marchó lejos de los ojos curiosos de cualquiera. Durante el camino, las dos posibles víctimas estaban tan dormidas y borrachas que no se despertaron, excepto alguna miradita que echaron con el ojo abierto y que probablemente acabaron pensando que sería un sueño.

Al rato despertaron a base de palmadas en la cara. Para entonces, ya se encontraban bien ocultos, maniatados con sus propias camisetas sucias y con una mordaza en la boca, para que hicieran el menor ruido posible.
Buenas noches. –saludó el enmascarado. Los dos borrachos, incrédulos, intentaron soltarse, pero la resaca fue demasiado para ellos, apenas podían moverse y pensar con claridad, así que se limitaron a poner mala cara y dolerse.
He encontrado esto en uno de vuestros bolsillos –dijo sacando un papel arrugado de su túnica –Aquí pone algo acerca del paradero de una casa de ganaderos que debíais asesinar para eliminar a la competencia. A mí me envía J. Donb, que como pone aquí es el que os ha ordenado esta misión y tengo la labor de comprobar si la habéis completado con eficiencia. Necesito, como también señala aquí, alguna muestra de vuestro éxito. ¿La tenéis? –B levantó la mordaza del hombre que más dispuesto a hablar parecía.
¿Q-que? ¿Es esto una maldita trampa? Nosotros ya le dimos la prueba a un mandado de J. Donb que nos la pidió hacer cuatro días –contestó la víctima entre tembleques. Las especulaciones del torturador se comprobaron ciertas.
¿Seguro? ¿Matasteis a esa familia de ganaderos? –preguntó de nuevo el enmascarado. Antes de matar debía de cerciorarse con total seguridad.
¡Sí! ¡Lo juro! ¡Lo juro por lo que más quiero!
Mal hecho. Os he engañado. No sirvo a ese tal Donb, sirvo a la justicia, y en nombre de la justicia hoy vais a morir –manifestó B mientras volvía a ponerle la mordaza en su sitio. Los dos resacosos duplicaron sus poco avispados movimientos y sus quejas al oír las declaraciones del asesino.

Tras aquello, el torturador se tomó su tiempo para hacer su ejercicio entre un festival de gritos ahogados. Primero, rompió uno a uno sus dedos de las manos. Después, le sacó un ojo a cada uno y les obligó a comerse el de su compañero. Uno lo hizo, pero el otro se negó, así que el enmascarado comenzó a arrancarle la piel, lo cual debía hacerse con parsimonia. Desgraciadamente, ni siquiera el efecto calmante del alcohol fue suficiente para que su víctima muriera cuando aún iba por la piel de la pierna (empezó por abajo). El otro no resultó ser tan malo, así que, como ya comenzaba a hacérsele tarde, le cortó las extremidades, pero solamente con un tajo cada una, no poco a poco en varios trozos como solía hacer en numerosas ocasiones, hasta que también murió desangrado.

Al finalizar, se quitó el trozo de manta que había usado para no mancharse (había nacido entre hielo, no necesitaba una manta para no pasar frío) y se fue al lugar donde había dejado su colchón, dejando los ensangrentados cadáveres a disposición de que algún desafortunado los viera, y se tumbó hasta que sus ojos somnolientos terminaron de cerrarse. Los primeros rayos de sol atravesaron sus párpados, haciendo que el invento de la sombra del árbol no funcionase, y B tuvo que despertar. Aprovechó que tenía tiempo para devolver el colchón a su cuarto, donde el cadáver del lobo seguía intacto. Tras aquello, fue a la taberna a desayunar y beber un poco de hidromiel. Al poco tiempo, llegaron los demás y le acompañaron.
No fue muy divertido encontrarme a un licántropo que quería matarme cuando me desperté para mear, enano. Quizás si eso no hubiera ocurrido, hubiera tenido ganas de fiesta –contestó a la pregunta del enano. Por lo visto, su pequeño aliado no tenía pensado callarse nunca. Pero lo que no sabía el barbudo, era que B sí que se había pegado una fiesta, aunque muy sangrienta y personal.

avatar
B

Mensajes : 133
Edad : 25
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Josef K el Mar Oct 11, 2011 7:11 pm

Los cuerpos se encontraron duramente luego de que el hechicero emprendiera la carrera, y el sonido ingrato del metal cortando la carne y filtrándose entre las costillas de aquella mujer, casi sacó a Josef de su encarnizamiento violento, pues le comunicaba que su hoja de metal estaba acabando con una vida, y si Josef no estaba acostumbrado a matar, menos acostumbrado estaba a que su víctima muriera mirándole a los ojos, a tan poca distancia de su rostro, que pudo percibir con claridad el aroma dulzón de su aliento y la calidez cada vez más tenue de sus exhalaciones.- “El dinero…”- pareció susurrar la mujer mientras su vida se extinguía, y cuando usó las escasas fuerzas que le quedaban para sujetar con firmeza la mano de Josef, bien podría haber parecido que se trataba de una pareja de amantes, pero entre la oscuridad, sus brazos entrelazados se empapaban con el baño tibio de la sangre, que fluyó constante hasta que la mujer dejó de respirar.

En cambio la victima de Abrahel vivía, pocas veces habría estado tan vivo como cuando el sufrimiento era su testigo, pues si vivía no era porque respirara, porque amara o porque sus reflexiones le llevaran a ser consciente de su existencia… vivía porque le dolía, y entonces, al saber que no estaba muerto, lo deseaba. Las garras de la demonio permanecían incrustadas sobre las cuencas oculares de aquel desgraciado, había destrozado sus ojos y parecía escarbar como si fuese a encontrar más que sangre en aquel par de agujeros. Abrahel sabía que un tercer asesino estaría a sus espaldas, de manera que se giró para no perderle de vista, pero tendría que haber sabido que retorcer de esa manera la carne viva del hombre derribado tendría alguna clase de consecuencia, la oleada de dolor incontenible provocó unos espasmos aterradores en el hombre que se sacudió con violencia, desetabilizando lo suficiente a la demonio, para que no pudiera hacer nada cuando el otro asesino se abalanzó sobre ella.

Con aquellas delicadas manos aún aferradas a su ser, Josef K contempló con impotencia como un tercer asesino emergía súbitamente para derribar y apuñalar a Abrahel. -¡Nooo hijo de puta!- Masculló entre dientes, inundado por la ira empezó a forcejear para liberarse de las ataduras cada vez más rígidas y entonces, agobiado por la idea aterradora de que su Abrahel fuese a morir, viéndola desvanecerse, explotó en ira y valiéndose de todas sus fuerzas empujó al cuerpo muerto de la mujer que, dejando atrás a la daga que le había quitado la vida, fue a desplomarse sobre el asesino, quien se apresuró a recibirla, casi como si tuviera la esperanza de encontrarla con vida, pero Josef no le daría tiempo para decepcionarse, de pronto, la silla volaba por los aires y se destrozaba al impactar sobre el antebrazo de asesino, después la mesa imitaba el mismo trayecto, pero de tal suerte, que al no impactar, permitió al asesino el lapso que necesitaba para desenfundar un nuevo cuchillo y lanzarlo con precisión certera hasta clavarse el hombro izquierdo del hechicero.

Con la oleada repentina de dolor, llegó también a Josef la idea que le salvaría la vida. Sin soltar la daga de sus manos, se valió de los 2 brazos para cargar el colchón girándose justo a tiempo para que el siguiente proyectil del asesino se clavara entre la paja, y entonces emprendió carrera desesperada de tal forma que embistió al asesino con todas sus fuerzas, derribándole y atrapándolo bajo la paja polvorienta. Entonces empuñó presto su daga y con violencia inusitada empezó a apuñalar lo que pensaba iba a ser su lecho de reposo, la apuñalo tantas veces y con tanta furia, que pronto la sangre se filtró a través de la paja para empapar la tela blanca, apuñalaba y apuñalaba, aun cuando sabía que ya aquel bastardo estaba muerto, aun cuando sentía que cada esfuerzo representaba un dolor terrible sobre su hombro, seguía apuñalando con tanta saña, que incluso Abrahel se habría aterrado de ver a Josef padeciendo un rencor tanto así cruel y vehemente. Entonces, cuando estuvo exhausto, se tumbo de espaldas sobre el suelo, a pocos centímetros del hombre sin ojos cuya agonía por fin había terminado, y susurrando unas pocas palabras, trato de traer a Aamon a este mundo antes de quedar inconsciente.

Cuando despertó, la habitación seguía tan maltrecha como la había dejado, los muebles estaban destrozados y el suelo estaba teñido con el rojo mortecino de la sangre coagulada, sin embargo no había rastro de los cuerpos, y más aún, su hombro apenas le dolía y se encontraba vendado. Entonces tomó forma ante sus ojos la pequeña figura del más pequeño de sus demonios, por fortuna había tenido la fuerza suficiente para traer a Aamon hasta este mundo, y era evidente que se había valido de sus habilidades mágicas para curar la herida de Josef.

-Bien hecho Aamon, ojalá Abrahel no se hubiera desvanecido para que pudieras curarla-

El pequeño demonio con la apariencia angelical de un infante, alcanzó el pellejo de vino a Josef, y luego de una breve conversación, se despidió abrazándole antes de regresar a su dimensión. El hechicero agotado descendió con cautela por las escaleras, sólo para comprobar que si bien había aclarado, la taberna se encontraba desierta, pero ahí estaba el Doctor Ivo Robotnik, descansando sobre la barra.

-Va a tener usted que regalarme una de sus prácticas armas de fuego Doctor Ivo, no sé si se ha enterado, pero anoche trataron de asesinarme, y por poco lo logran-
avatar
Josef K

Mensajes : 28
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Doctor Ivo Robotnik el Miér Oct 12, 2011 1:46 pm

Aquella noche había sido muy diferente de lo que cualquiera de los tres aventureros hubieran imaginado, el único que había dormido a gusto había sido el inventor, ya que después de una noche con orcos el enano había descansado relativamente, el asesino había disfrutado de una noche de sangre pero el sol había destruido su descanso, quizás lo peor se lo había llevado el más joven de todos, K había estado a punto de morir, su querida Abrahel habia sido lastimada y enviada nuevamente al void y sus manos se habian manchado de sangre en la desesperación, solamente la presencia de su demonio Aamon habia hecho que pudiera descanzar en la inconciencia, el primero en lelgar habia sido el asesino, encontrándose al inventor bebía tranquilamente una cerveza, pronto apareció K, no tenia buena cara y de reojo el inventor sonrio mientras le daba un trago a la cerveza, el comentario de un arma y un intento de asesinato eran sorprendente, no por el hecho en si, si no por que el joven había sobrevivido.

-Pues joven Josef, con gusto le prestare una de mis armas, aunque si no sabe usarla es muy probable que se vuele un pie con facilidad … pero bueno, esperemos a los demás que en breve deben de bajar, nos queda muy poco para llegar a las colinas de cristal y mucho menos para obtener nuestro cometido-

Casi en ese mismo instante el asesino bajo, su cara era una mascara, asi que no se podía decir nada sobre su semblante, el único que parecía descanzado y de buen humor era el enano que saludando a todos menciono algo sobre una fiesta, el asesino le contesto sobre un licano y el enano menciono unos orcos, ese lugar habia sido literalmente una trampa, por fortuna nadie habia sido muerto, y aparte de la mala cara de cansancio del joven parecía que no hubiera pasado gran cosa, el inventor estaba feliz, sabia que ahora podría ir sin problemas dentro de la mina, de un trago se bebió aquella cerveza amarga, dejando unas pocas monedas sobre la barra mientras le entragaban al enano varios paquetes, pedidos de el eran de suponer.

-Bueno… creo que no volveremos a este lugar nunca mas, no queda nada para llegar a las colinas de cristal y creo que seria recomendable partir lo antes posible, no quiero entrar con oscuridad a la profunda tierra, aunque allí todo será igual-

El grupo volvió al carromato, el caballo estaba descanzado y el camino esperaba, las ruedas volvieron a girar mientras dejaban tras de si sangre y muerte, de ese lugar no sabrían nada mas, menos de lo que pasaría luego allí, pero prosigamos con la historia, el camino era agreste, los cristales surgían de la tierra como colmillos azules, el sol no calentaba la tierra , ya que pronto esta comenzaría a ser fría y seca, la subida por caminos cercanos a barrancos era peligroso, en especial para aquel armatoste de acero, pero todos llegaron hasta el punto señalado en el mapa, los enormes cristales como afiladas garras se levantaban hacia ambos lados del camino, el sol atravesaba sus cristalinas formas, dividiendo sus rayos en cientos de miles que formaban formas y colores indescriptibles, el carromato se detuvo frente a un enorme cristal, mientras el inventor sacaba el mapa y lo revisaba, estaban en el lugar adecuado, pero de entrada o pasadizo no habia señal, ni siquiera habia un camino marcado, pero era natural, miles de años habian borrado cualquier huella y el cristal habia recobrado lo que por derecho le correspondía, el inventor sonrio mientras guardaba el mapa, bajando del carromato y abriendo la puerta.

-Bueno, hemos llegado, pero encesitamos abrir la entrada, joven Josef podría facitarme el barril bajo la cama por favor, y es mejor que permanezcan dentro del carromato, la explosión será monumental Jojojo-

El barril le fue acercado al inventor el cual cargándolo en su hombro lo apoyo contra el gran cristal, el barril era de simple madera, pero los grandes aros de metal eran de un diametr considerable, el inventor movio el carromato para que quedara en posición adecuada, perder al caballo en ese lugar seria mortal, el bigotudo entro al carromato y cerrando la ventana fuertemente comenzó a trabajar, las manivelas se movían mientras que fuera del carromato un pequeño cañon surgia desde una de las paredes, el inventor comenzó a preparar todo, la municion un cristal de fuego del porte de su puño, el cual ya de por si era mas grande que una persona normal, la municion fue cargada y accionado el gatillo, el disparo no fue muy poderoso, pero el crista surco el espacio entre el carromato y el barril, la explosión de este fue intensa, lo suficiente como apra que los libros en lso estantes cayeran sobre la cabeza del enano y el asesino debiera de afirmarse para no caer, los frascos tintinearon unos instantes a la vez que todo el carromato se sacudia violentamente, un molesto sonido quedo en lso oídos de todos, incluyendo al inventor que esperando unos instantes abrió la puerta del carromato, lo que quedaba del gran cristal era impresionante, todo el area estaba cubierta por afilados trozos brillantes del gran cristal, incluso el carromato habia terminado con varios incrustados en el metal, pero el inventor habia logrado su objetivo, frente a ellos ahora ya no estaba esa barrera cristalina, si no la roca tallada de una entrada de mina, los rostros enanos miraban desde la fría roca, tallados hacia incontables siglos y aun saludando a aquellos que se internaban en sus dominios, el inventor sonrio, mientras volvia al carromato para buscar sus cosas.

-Bueno … ahora comenzara la aventura caballeros, la entrada esta despejada, tomen todo lo que crean necesario, puede que estemos un largo tiempo dentro, y tampoco sabemos lo que habita esas minas, Maese Zargum como ya habíamos hablado le pediré que nos guie con las runas enanas, no deseo caer en un abismo por no tener a un conocedor cerca-

El inventor comenzó a preparar su bolso, varias bombas, varios frascos cuidadosamente ordenados, una larga soga, una bolsa con alimentos, varios cristales de juego y una lámpara de aceite, virotes para una extraña ballesta, junto con mapas y un pequeño martillo, varias pistolas, y piezas de metal, y para finalizar un extraño cilindro negro, el inventor sonrió, la enorme mochila era rectangular, muy parecida a una caja de metal, el inventor salió del carromato y camino hasta la entrada de la mina, era hora de actuar.

Off:
Spoiler:
Bueno un mastereo mas, en este no pasa gran cosa, disculpen, pero solo quedan 6 mastereo en total, ahora las instrucciones, esta vez quiero que avancen en la mina, les dejare un mapa, esta mas que obvio hacia donde hay que ir, pero para cualquier duda es hacia la esquina superior izquierda, nosotros nos encontramos en la entrada de más abajo, aunque es una mina enana no crean que solo son cuevas y listo, los primeros cien metros, estarán con cristales por ambos lados, si los rozan se cortaran así que cuidado, la mina fue hecha por enanos, así que cualquiera más grande que Zargum (todos) tendrán que estar agachados hasta nuevo aviso xD, la oscuridad es total y a medida que se ensanche la mina mas oscuridad habrá (entre más grande el área menos luz parece que hubiera) ahora les diré el cronograma de los siguientes mastereo, para que no digan que mi aventura es aburrida (sabe que si es aburrida) Un mastereo mas bajando la mina, dos mastereo (o tres si quieren) de lucha, un mastereo mas bajando la mina y llegando a la ciudad, un mastereo para obtener los premios, y el mastereo final y cierre de este capítulo, saben que no soy buen máster, pero hasta ahora espero que no les sea tan desagradable la partida, les dejare el mapa para que se orienten, por cierto, pueden bajar todo lo que quieran, mientras no pongan nada de combate y no digan que encuentran la ciudad, habrá runas por doquier, estas mantienen la mina intacta así que cuidado con destruirlas

http://3.bp.blogspot.com/_ANKpcZ56sZ0/SrOU5cEgK_I/AAAAAAAAAf8/OVMmU4buoIg/s1600-h/cueva+enana.jpg

PD: Quiciera que me mandaran un MP si es posible, diciendome que les parece la aventura hasta ahora, cual a sido lo malo y bueno, para asi comenzar a mejorar ^^ gracias de antemano



~~
avatar
Doctor Ivo Robotnik
Artifice Mecanico

Mensajes : 301
Edad : 52
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por B el Sáb Oct 15, 2011 9:48 pm

Antes de partir, el enmascarado se acercó a la barra y compró algo de víveres con el dinero del inventor: filetes, verduras…alimentos que sirvieran para comer ese mismo día o que se conservaran en condiciones normales durante unas cuantas jornadas. El grupo de aventureros se adentró en el metálico carromato y comenzó otro día más de viaje. Según las palabras del jefe, llegarían ese mismo día a las colinas. Por esa razón, el ambiente en el carromato durante el trayecto no fue tan tranquilo y aburrido como otras veces, si no que se podía palpar cierto grado de excitación en la atmósfera de su interior. El motivo por el que durante los últimos días los aventureros habían estado soportando rutinarias horas de trayecto encerrados en un carromato metálico estaba a punto de aflorar.

Anunciando su proximidad a las Colinas de Cristal, el paisaje mostraba punzantes cristales que provenían de la tierra de manera agresiva. El rojizo Sol ya poco podía hacer calentando la tierra protegida por las montañas, creando una frescura que le resultaba muy confortante al enmascarado. La senda tuvo puntos complicados, sobre todo para alguien con vértigo que se asustara fácilmente de los apuntados barrancos. Por suerte, el enmascarado no temía a las alturas, aunque sí al peligro de que el vehículo se desestabilizara y se llevara consigo a todos sus pasajeros al más allá. A pesar de los momentos de riesgo, el enmascarado fue capaz de dormirse un rato gracias a su frió temple. La noche, aunque productiva, no le había permitido descansar demasiado y ahora era el momento de recuperar las fuerzas que seguro tendría que derrochar en el interior de las colinas.

Finalmente, llegaron a un enorme cristal que el Doctor Ivo Robotnik señalaba como la ansiada entrada. Colocó un barril junto al cristal y lo disparó con un cañón que había salido de una de las paredes del vehículo de manera imprevista. El bigotudo era una caja de sorpresas. Una enorme bala de cristal impactó contra el barril, provocando una dura explosión que hizo vibrar hasta los cimientos de las rocosas montañas. El interior del carromato casi pareció explotar. Los objetos de su interior temblaron tanto que parecía que realmente tenían miedo, como si estuvieran observando a un omnipotente demonio que quería acabar con sus insignificantes e inanimadas vidas. Unos cuantos libros cayó en la cabeza de B, que miró al estante de donde provenían para comprobar que todos se habían derribado como consecuencia de la explosión.

Con un ensordecedor pitido agudo en sus orejas, el torturador salió del carromato para observar cómo el cristal había desaparecido, dando lugar, por fin, a la entrada de las Colinas de Cristal, que consistía en una roca con rostros enanos cuidadosamente tallados. B los contempló maravillado. Sus ojos parecían contar miles de historias transcurridas a lo largo del interior de las colinas. El enano Zargum debía de estar maravillado y altamente excitado ante tal acontecimiento. El enmascarado dejó de observar la entrada con asombro para comprobar los resultados de la explosión fuera del carromato. Miles de trozos de brillante cristal estaban esparcidos por la estancia. Destacables los punzantes trozos que habían ido a parar al carromato y se había quedado clavados en su superestructura. Menos mal que era de metal.

Con unas palabras el Doctor Ivo les indicó que Zargum sería su guía. Comprobado, era de eso de lo que habían estado hablando el doctor y él la otra noche. B lo aceptó sin problema alguno. El enano había demostrado ser muy dicharachero pero el torturador no dudaba de sus capacidades como guía y es que ¿quién mejor para guiar en una mina que un enano? Lo llevan en su pequeña y barbuda sangre.

Era la hora de coger las cosas y adentrarse. El enmascarado, cuyas pertenencias consistían en la máscara, su ropa, su katana, un juego de astillas y cinco cuchillos, volvió al carromato para coger una bolsa de tela y meter algo de comida en su interior –Cogeré algo de víveres –anunció a sus compañeros desde el interior del vehículo.

El momento había llegado. Había que despedirse de la preciada luz del Sol, a la que dejarían de ver durante un tiempo, para adentrarse en la oscuridad que reinaba en la mina. Una vez dentro, no habría vuelta atrás cuando los problemas llegasen. Con determinación y un objetivo claro, conseguir alguna de esas reliquias, el enmascarado se acercó a la entrada de la mina y desapareció en su negrura siguiendo al Doctor Ivo. El pasillo era bajo y estrecho, construido para enanos. Incómodamente, B tuvo que andar por él agachado. Para su sorpresa, a pesar de la escasa (pero todavía existente) luz, pudo advertir unos peligrosos cristales en las paredes del túnel. Los enanos no se andaban con chiquitas, después de todo. Si éste era el recibimiento de la mina, no quería ni pensar qué encontrarían más en el interior. –Cuidado, cristales afilados a ambos lados –advirtió a sus compañeros mientras, inclinado y bolsa de tela en mano, intentaba traspasar la peligrosa senda sin ocasionarse ningún poco agradecido corte.

avatar
B

Mensajes : 133
Edad : 25
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Josef K el Dom Oct 16, 2011 7:37 pm

La cabeza de Josef palpitaba con persistente malestar, como si padeciera una resaca que atestiguara una noche provechosa para sus pretensiones hedonistas, sin embargo difícilmente la noche anterior había tenido al placer por protagonista, sino que más bien había sido una pesadilla violenta, pero real, atestiguada ella sí por la venda sobre su hombro y por la seda del camisón manchada por su sangre y la de otras 2 personas. La apariencia del hechicero habría sido indudablemente llamativa en cualquier otro contexto, pero ese ere un lugar espantoso en el que la muerte, aparentemente, se había establecido con el proceso normalizador de la rutina.

-Verá Doctor Ivo, he leído bastante sobre el funcionamiento y el valor estratégico de los arcabuces, incluso podría decir que estoy de acuerdo con aquellos puristas que lo repudian por la sencillez inmeritoria de su uso, así que, cuando usted guste, me bastaría con unas breves instrucciones sobre la manera de recargarlo. Aunque bueno, sus aparatos parecen harto más sofisticados y pequeños que los descritos en los libros, tal vez en verdad termine por volarme un pie-

Antes de partir y mientras el caballo era sacado del establo para acomodarlo nuevamente al carromato, Josef aprovechó para llenar su estómago con algo de carne fresca. En realidad seguía siendo insípida y dura, pero al menos esta vez recordó llevar consigo uno de sus pellejos de vino, para hacer más leve el impase gastronómico. –Atravesaría el mar y regresaría a “casa” sólo para probar una vez más el cerdo asado con especias del viejo Thomas- se decía a sí mismo, rememorando al viejo cocinero de su palacio, y percatándose después de que durante varios meses no había pensado en aquel hogar olvidado. Por supuesto volver no era posible, tal vez a esas alturas todos los Kaufman estarían muertos, y si no, el mismo se encargaría de asesinar a buena parte de ellos. Pero ¿acaso importaba? Su realidad ahora implicaba a un carromato metálico a punto de reiniciar su camino, de manera que le abordó presto.

Agotado como estaba, Josef volvió a ocupar el mismo puesto de siempre y durante la mayor parte del viaje no hizo más que dormitar, tratando de recuperar energías. En otro estado de ánimo, ese paisaje inusual donde prístinos cristales emergían de la tierra, como buscando el cielo, le habría resultado conmovedor y hasta le habría inspirado a garabatear un amago de poesía, sin embargo en ese momento todo lo que le importó fue encontrar una postura cómoda para descansar.

Aún adormecido, Josef se levantó para alcanzarle a Robotnik aquel barril que posteriormente explotaría, sin embargo, el pinchazo que sintió sobre su hombro al soportar el peso del contenedor se encargó de despetarlo. Consiente ahora de que la verdadera aventura estaba a punto de empezar, K decidió examinar su daga, a sabiendas de que probablemente tendría que usarla de nuevo. La sangre coagulada sobre la hoja le recordó a aquel bastardo al que había destrozado, aunque en realidad nunca había visto a su cuerpo sin vida, podía imaginarse, con cierta perturbación, yaciendo desfigurado sobre el suelo de aquella habitación.

El estrepito de la explosión sacó a Josef de su ensimismamiento, quien esperó un rato para bajar del carromato. Aún aturdido y mientras estiraba sus músculos, sintió el frio fresco del ambiente, contemplando el paisaje empinado y rocoso. – Si el caballo se hubiera sobresaltado tanto como yo, probablemente se habría encabritado y todos habríamos muerto. Mierda, sí que es un caballo extraño-

Josef acomodó su mochila de viajero sobre el torso y siguiendo al resto del grupo, que tenía al enano por guía, se adentró en la profundidad de un túnel que empezaba a descender en constante pendiente.

-La altura de este túnel me va a destrozar la espalda- Murmuró mientras, encorvado, bebía otro trago de su pellejo de vino y sacaba de su mochila una vara de madera de ébano que empezó a emitir una luz blanquecina después de un rato.
avatar
Josef K

Mensajes : 28
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Zargum Ironhammer el Lun Oct 17, 2011 7:54 pm

Una vez más, al camino pedregoso y a la senda iluminada por la luz del gran astro candente. Zargum había tenido una noche francamente entretenida. Machacar las cabezas de un par de orcos siempre era demasiado bueno como para iniciar el día de buen humor. Sin embargo, sus compañeros no habían pasado tan buena noce después de todo. Parecía como si hubiesen tenido problemas serios. Sobretodo el mozo Josef, quien mostraba un rostro demacrado y cansino - Valla... y yo que pensé que tenían una fiesta a la que habían decidido no invitarme. La próxima vez solo griten mi nombre y mi martillo aplastará algunas cabezas negligentes o mi nombre no es Zargum Ironhammer, del clan Martillo de Hierro - Tan honorable como de costumbre. Su necesidad de engrandecer su propio nombre y el de su clan era algo que ya comenzaba a fastidiar a los humanos. Pero ellos no entendían sobre el honor de pertenecer a un gran clan enano, por lo que sus gestos de fastidio pasaron desadvertidos por el enano ensimismado.

Era solo cuestión de horas antes de llegar a las Colinas de Cristal y a las tierras olvidadas de sus ancestros. La emoción del enano solo era sobrepasada por su necesidad de continuar bebiendo aquella fuerte cerveza y de mala calidad que había conseguido en la posada. Como siempre, sus sorbos eran amplios y tendidos. Como si el mundo entero dependiera de que el enano terminara de beberse el barril entero lo más pronto posible - Ahhhh - Refrescó su garganta - No hay nada como comenzar el día con un buen sorbo de cerveza y un buen trozo de carne ahumada - Sin contemplaciones, Zargum desenvolvió un bistek ahumado de los que había pedido y lo comió rápidamente. Lo bueno de ser enano y carecer de papilas gustativas sensibles es el poder disfrutar la carne sin necesidad de asarla o cocinarla. Los problemas digestivos tampoco eran un problema, pues no había mejor cura que la cruda de la cerveza ruda, tal y como decía su padre.

El camino fue corto, o al menos eso le pareció al enano quien no pudo evitar pestañear un par de veces gracias a los efectos tranquilizantes de su bebida energética. Tras el anuncio del doctor, yacía ante ellos las grandes Colinas de Cristal. Unas colinas que hacían honor a su nombre, pues parecía como si hubiesen sido cuidadosamente formadas por las manos de artesanos enanos y alfareros - Tan hermosas como las recuerdo - Dijo el enano mientras sacaba otro barril de cerveza para brindar en honor a sus recuerdos de la infancia y sus exploraciones de caza a estas montañas inhóspitas. Parecía que Josef cargaba un pesado barril rojizo tras la petición del doctor. Zargum no prestó mucha atención pues contemplaba la belleza de los cristales que brillaban con gran intensidad y generaban colores como los del arcoiris al ser bombardeados por los intensos rayos solares. De pronto, el doctor y todos los demás ya estaban reunidos en el interior del carromato. Parecía como si esperaran alguna especie de ruido o impacto mientras el doctor apuntaba su arma hacia el exterior. Pero para Zargum no había mas que esperar, era hora de un brindis y un nuevo sorbo de cerveza - Amigos míos, brindo por el inicio de nuestra aventura y por la belleza de las tierras de mi gente. ¡Salu .....! .... ¡...aaargggggg..! - Había empinado el barril para dar un gran y despreocupado sorbo cuando una tremenda explosión cimbró el carromato, haciendo que un sin fin de libros de pasta gruesa golpearan la cabeza del enano y haciendo que este tirara su barril y derramara aquel sagrado brebaje que tanto amaba -¡Mi brindis! ... ¡Mi cerveza! ... agg ... Mi cabeza ... - Sentado sobre el piso y sobre un charco de su cerveza negra, Zargum trataba de apaciguar el dolor causado por los pesados libros del doctor. Sabía que los libros sobre ingeniería eran un dolor de cabeza, pero no esperaba que el dolor fuese tan literal.

Al exterior, todos quedaron asombrados por el descubrimiento que dejo entre ver la explosión generada por el doctor. Pero su expresión no superó la del enano, quien contemplo extasiado el descubrimiento de la entrada a las minas de Dun Bara Dum. Aquella entrada que había permanecido bloqueada por el cristal y las arenas del tiempo. Sin duda era un descubrimiento importante, y Zargum era parte de él - Amigo, te agradezco la oportunidad que me has dado. Dudaba de tus cualidades, pero ahora sé que puedo enaltecer el honor de mi clan si te sigo al interior de estas minas. Vallamos en marcha, no hay tiempo que perder - El entusiasmo de Zargum fue contagiado a los demás. Dejaría en el carromato asediado por filosos cristales una buena parte de su carga para llevar solamente una cuerda, su yesca y pedernal y una provisión de carne y cerveza. Había que viajar ligeros.

El enano encabezó la expedición al interior de la mina como ya lo había acordado con el doctor. Quien sabe que cosas pudiera encontrar dentro de Dun Bara Dum. Solo sabía lo que su viejo padre le había contado sobre sus hermanos de las montañas cristalinas, y sabía bien que no era un lugar al que pudieras acceder sin llevarte una o dos heridas si no eras demasiado precavido en su interior - Bajen la cabeza chicos, esto podría ser algo angosto al principio, pero seguramente la mina contará con cámaras más amplias. Si algo caracteriza a las construcciones enanas es su magnificencia. No piensen que por ser pequeños no podemos construir cosas enormes - Sus palabras trataron de apaciguar la incomodidad temprana que sufrirían los humanos al adentrarse en una mina decorada por filosos cristales puntiagudos a lo largo y ancho de las paredes - Y no se preocupen por la oscuridad de la cueva... este enano tiene más de un truco bajo la manga, se van a enterar - Sacó su gran martillo de guerra, el cual emitía un tenue resplandor mágico imperceptible en el exterior y lo cogió con ambas manos por enfrente de él - ¡Bryn! ¡Khazûn Tronnell! - Tras las palabras del enano, el resplandor del martillo se convirtió en una luz similar a la de una antorcha pero con un brillo más blanco que amarillo. La luz iluminó claramente la senda proyectando la luz a través de los cristales translucidos de las paredes, generando un espectáculo de luces variopintas que dejaban sin cabida a la oscuridad -Solo cuiden su cabeza, iré destrozando los cristales de los costados para evitar que rocen con ellos... en especial tu, mi redondo amigo- La risa del enano fue más amistosa que ofensiva. Si el grupo quería un guía no pudieron haber conseguido uno mejor - Exploraremos esta mina y descubriremos la ciudad perdida de Dun Bara Dum, o mi nombre no es Zargum Ironhammer, del clan ¡Martillo de Hierro!





avatar
Zargum Ironhammer

Mensajes : 29
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Los cimientos del Imperio

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 3 de 6. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.