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Mensaje por Shezis el Lun Nov 14, 2011 5:02 pm

¡Bang! Fue el sonido atronador del arma del inventor escupiendo su mortal carga de plomo y fuego, como si de un dragón furioso se tratase. A tan poca distancia, la cabeza del ser biomecánico estalló en mil pedazos, esparciendo su sangre negra y espesa por todo el cuarto. Para sorpresa de todos, su cadáver comenzó a pudrirse, a descomponerse, a hervir y a desaparecer envuelto en aquél burbujeante ácido del que fue engendrado.

Shezis e Ivo ya casi habían alcanzado la puerta, pero al escuchar la voz de Kefka ambos supieron que nada bueno iba a ocurrir, pues incluso Shezis empezaba ya a hacerse una idea de lo imprevisible que podía llegar a ser aquél elfo. Y es que el mago demostró ser un auténtico peligro, tanto para amigos como para enemigos. Había aprovechado el tiempo en el que los demás luchaban contra las criaturas para canalizar una gran energía mágica y convertirla en un bloque de hielo que explotó con un ensordecedor ruido de cristales rotos, lanzando afiladas picas de hielo que se clavaron en todo lo que encontraron a su paso. El hombre que arrastraba su rostro por el suelo se vio atravesado por tres de estas picas, disolviéndose del mismo modo que su compañero biomecánico. No obstante, al chocar contra objetos más lejanos, algunas de estas picas simplemente rebotaron, carentes de fuerza, pues el hechizo del elfo aún necesitaba práctica para perfeccionarse. Varias alcanzaron al centípedo, aunque solo dos lograron clavarse en su cuerpo, haciéndole chillar pero aún sin ser suficiente para derrotarle. Shezis pudo contemplar con horror y pena cómo la araña que parecía ser fiel mascota de Da Firence sucumbía ante el mortífero abrazo de la salvaje criatura. No obstante, aún tenía una última carta en la manga.

La araña escupió su ácido, quemando el cuerpo del centípedo, que la aplastó hasta convertirla en una masa deforme y retorcida, dolorido y furioso. Su largo cuerpo azotó todo lo que encontraba a su paso con violencia mientras su carne ardía y se disolvía, con el único propósito de aniquilar a los que habían osado perturbar su sueño.

Shezis no planeaba tentar más a la suerte y abrió la puerta, que chirrió quejumbrosa por la vieja madera que la formaba.

-¡Vamos! ¡Salgamos de aquí!

Salió de la habitación acompañada por el inventor y seguida por los otros dos… y el centípedo. En cuanto todos salieron, Shezis cerró la puerta sin perder tiempo. En su furia ciega, la criatura se lanzó contra ellos golpeándose con fuerza contra la puerta pero sin ser capaz de salir, pues era demasiado pequeña para ella. El grupo tenía muy claro que no iba a quedarse allí a comprobar si sería capaz de echar la pared abajo y al haber solo un largo pasillo ante ellos no tenían muchas opciones a sopesar.

Avanzando por el pasillo, aún podían escuchar los rugidos y golpes de la bestia. No habían avanzado demasiado cuando el escalofriante sonido de la pared cediendo llegó a sus oídos. Aún no se habían librado de aquél ser, pero no podían enfrentarse a él allí, en aquél pasillo estrecho y oscuro. No solo por esto, sino porque también podrían alertar a cualquier otra criatura que andara cerca, si no lo habían hecho ya…

-Ssssh, ¡allí!

Al ver que la luz de los espíritus alumbraba una puerta lateral, Shezis no dudó en abrirla mientras de fondo se escuchaba el demoledor avance del centípedo. Entró en la habitación sin perder un segundo, cerrando la puerta con sumo cuidado cuando todos estuvieron en el interior. Hizo un gesto a todos llevando un dedo a sus labios para que guardaran absoluto silencio. Se mantuvieron así unos segundos, rezando para que la criatura no descubriese su paradero. Escuchaban su cuerpo arrastrándose al otro lado de la puerta, gruñendo, buscando…

Y, por fin, se alejó.

Pero Shezis aún no respiraba tranquila. No viendo el estado en que había quedado el grupo. Ella y Da Firence parecían ser los únicos que no habían sufrido graves daños, además de algunos mordiscos de aquellas sanguijuelas. El elfo tenía las manos quemadas y heladas, pero el inventor era quien se había llevado la peor parte. La herida en su rostro sangraba y cojeaba de la pierna que había sufrido la quemadura de aquella sustancia ácida. La antropomorfa miró en su bolsa. Ya casi no la quedaba nada de su ungüento curativo, pero felizmente daría el último bote al inventor.

-No te muevas.-dijo amablemente, posando una mano sobre el rostro del inventor, observando su herida.-Esto escocerá un poco.

Rasgó un trozo del pañuelo de su cintura y extendió un poco del ungüento en él. A continuación palpó con él la herida de Ivo con gran cuidado, limpiando la sangre y repartiendo sobre ella algo de la sustancia curativa.

-No te preocupes, se curará pronto.-sonrió, hablando en voz baja por precaución.- Toma, quédatelo.-depositó el frasquito en su mano.- Cura con esto tu herida para que no quede cicatriz alguna.

“Si salimos de aquí…” pensó, pero inmediatamente expulsó ese funesto pensamiento de su cabeza. ¡Claro que iban a salir de allí!

Echó un vistazo alrededor. Se encontraban en una habitación pequeña, probablemente del servicio, pues no había decoración alguna en sus paredes. Solo había una mesa rota en un rincón y una cama llena de polvo contra la pared. Podían descansar brevemente allí para recuperar fuerzas y calmar el acelerado ritmo de su corazón.


Spoiler:
Perdonad lo apresurado del post u.u no tengo mucho tiempo para postear y no quería dejaros esperando más tiempo.Perdón también por controlar a vuestros personajes, pero era para avanzar un poco y no quedarnos estancados otro turno en esta sutuación. Cualquier queja/duda en el off tpopic ^^


No soy española, así que por favor avisadme si veis alguna falta en mi escritura =)

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Mensaje por Doctor Ivo Robotnik el Miér Nov 16, 2011 10:50 pm

“A veces el dolor es la mejor forma de volver a la realidad
Romper las mascaras y mostrar lo verdadero de uno mismo”
Christian Chacana 16 de noviembre del 2011

Podría decirse que la situación en aquel lugar no era la mejor y con razones, la herida del inventor sangraba entre sus dedo, sus guantes de impecable blanco ahora estaban manchados de carmín, mientras trataba de llegar a la puerta, con algo más de satisfacción, mas el dolor le recordaba que había terminado el tiempo de sonrisas y había que ponerse serio en la lucha, su pierna ardía y era como si hubiera sido apuñalado por una daga y esta fuera girada dentro de su carne con cada movimiento, aunque el verdadero dolor lo sentía en su rostro y el sonido de sus dientes crujiendo para soportar era más que notorio para cualquiera, con algo de suerte pudo llegar a la puerta, fatigado, ya que había perdido bastante sangre y esta parecía ser un imán para las sanguijuelas que hambrientas se lanzaban por ella, sin importar que tuvieran que reptar por armas y madera … los problemas no terminaban con ello, si no que aumentarían gracias a aquel maldito payaso desquiciado que volvía a utilizar su magia, esta vez de hielo, tan solo pudo echar un reojo al cubo de hielo antes de entender “algo” de lo que sucedía en la mente de tan desquiciado ser, el cubo estallo en mil pedazos, clavando todo lo que tenían por frente, quizás fuera una leve sonrisa de los dioses, pero tanto el inventor como la antropomorfo habían salido ilesos de aquel ataque … escucho como algo caía al suelo, retorciéndose unos instantes antes de disolverse nuevamente en una mescla de acido burbujeante, el gran gusano había sido lastimado pero no de manera mortal, cosa que fue un gran error ya que sin detenerse comenzó a azotar su alrededor con su enorme cuerpo, Shezis abrió la puerta y después de algunas maniobras extrañas el grupo pudo salir de ese lugar, de esa maldita habitación que había solo traído dolor, la puerta fue cerrada con llave, más un golpe en esta dejaba dicho que el gusano no se quedaría tranquilo.

Estaban en un pasillo, oscuro, como era todo en ese lugar, mas con rapidez comenzaron a avanzar, más que nada porque se podía escuchar el crujir del muro que los separaba de la bestia, aquel sonido no duraría demasiado y sería reemplazado por otro en la oscuridad, el de la pared cediendo y el movimiento de un enorme cuerpo arrastrándose, aquel sonido seria lo suficiente como para erizarle el cabello a cualquiera, mas el inventor no tenia cabello en su calva y no tenía tiempo de preocuparse por la bestia más que por el dolor en su rostro y la sangre que goteaba entre sus dedos.

Las luces fatuas y el gato espiritual de Shezis iluminaban una pequeña puerta, sin demorar el grupo entro y guardo silencio, mientras tras la puerta, el sonido del gusano arrastrando su cuerpo se acercaba y luego se hacia más tenue, había pasado … pero cuanto tiempo demoraría en volver por su camino e intentar abrir … o derribar la puerta, el inventor tomo asiento en la única cama de ese lugar, al parecer no era más que otra habitación de la servidumbre, el colchón era duro, la cama de hierro y algunos muebles toscos de madera, un tubo sujetaba aun los restos de cortinaje que cubrían la sucia ventana, todo estaba cubierto de polvo … como era natural … en un momento la antropomorfo estaba frente al inventor y rasgando parte de su ropa comenzó a limpiar el corte, no demasiado profundo, pero cualquier herida en el rostro terminaría por sangrar y dejar una marcha, el dolor fue aun más punzante cuando la tela áspera rozaba la carne abierta, el inventor ya no sonreía, solo se mantenía serio, mientras su mente funcionaba sin detenerse, al final, Shezis le entrego un bote con una crema, supuestamente ayudaría a cicatrizar … mas no apaleaba el dolor que con cada latido sentía el inventor, no demoro en que la tela se manchara de carmesí, mas el inventor tenía otros planes …

Se levanto de la cama mientras caminaba hacia una pequeña mesa, no sin antes mirar a la antropomorfa y susurrar un casi imperceptible ”gracias” hacia ella, ya en la mesa comenzó a vaciar sus bolsillos, algunas piezas de metal aparecieron, el gatillo de un arma, el pedernal y la piedra, resortes y laminas de hierro, la pistola que había usado antes y había sido inservible por el fuego … de su cintura saco un largo cinturón, lleno de pequeñas bolsas de cuero cuadradas unidas a este, abriéndolas aparecieron tornillos, tuercas, mas piezas de metal herramientas de las más diversas índoles e incluso una pequeña sierra plegable, la hoja estaba en otro compartimiento, el inventor guardo silencio mientras miraba lo que tenía a mano, de su espalda dejo a un lado su hacha y arcabuz y su ballesta, las saetas estaban a un lado … de seguro no tenía mucho tiempo antes de que volviera el gusano … mas no necesitaba demasiado si tenía la mente ocupada, aun el dolor parecía que fuera un cuchillo enterrado en su rostro, pero aquel dolor le ayudaba a pensar … ya que … ¿Por qué no compartir el mismo dolor con sus enemigos?

El inventor se giro y se dirigió a la cama, quitando las sabanas y el colchón sin cuidado, no le importaba aquello, si no el armazón de metal, tomando la pequeña sierra comenzó a trabajar, debía de apresurarse, entre corte y corte trataba de guardar silencio y aunque escucho que le decían algunas cosas no prest atención, pronto la cama literalmente estuvo diseccionada en todas sus partes, tubos largos algunos otros fierros rectos o hierros retorcidos, cuando el inventor tomo uno de los tubos sintió algo bajo su pie, quitándolo vio un pequeño libro con paginas amarillentas y medias carcomidas, rápidamente lo tomo, y mirando al encapuchado se lo lanzo de forma “amigable” sin tratar de ser rudo y le hablo.

-Quizás te sea de más utilidad a ti… encapuchado-

El inventor no espero que le respondiera o algo, no había olvidado sus modales, mas ahora estaba ocupado, dejo el tubo sobre la mesa y volvió por algunos trozos mas, al igual que por un trozo de madera que pudo arrancar de un mueble, con todo se puso a trabajar, corto un tubo de un metro de largo y otro un poco más pequeño, el trozo de madera también fue tratado para cortar los bordes, la pequeña pistola fue desarmada y sus piezas usadas para el sistema de ignición y de disparo, pieza tras pieza desaparecían entre los guantes carmín del inventor, esperaba que las huinchas de metal soportaran el peso, el segundo tubo fue sujeto para darle peso y soporte, cualquiera podría decir que el inventor podía crear cualquier cosa con algo de metal, todo el sistema estaba completo, cada pieza en su lugar, tomando varios tornillos sujeto con fuerza el cañón a la madera, no era una culata hermosa, pero si útil, le daría contrapeso al arma, tomando parte de la sabana, la rompió, quedándose con un trozo el cual lleno con varios cristales de fuego que poseía, formando una pequeña bolsa con la tela dio dos golpes al suelo, para triturar en algo los cristales, abriendo al bolsa improvisada los cristales en su mayoría se habrían fracturad y dividido, en cualquier otro momento aquel acto hubiera significado una explosión como apara volar toda la habitación, pero como ahora eran simples trozos de cristal no se podía hacer … el inventor trataba de trabajar rápidamente, prestando atención si le decían algo … un arma nueva, y algo “especial” para la buena de la oruga … con un ameno de risa que no paso más allá … de una idea que se esfumo con el dolor, estaba un rifle, no de la mejor calidad por el lugar y los implementos, pero si funcional … y especialmente peligroso como casi todas sus creaciones.


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Mensaje por Dust el Vie Nov 18, 2011 6:43 pm

Oí como las picas de hielo se clavaba como dagas en la madera de la mesa, algunas incluso tuvieron suficiente fuerza como para que la punta atravesara la madera y se mostrara ante mis ojos rojos como la sangre brindándome el reflejo de estos por un momento, ese maldito elfo era un peligro más que una ayuda. Los gritos de dolor de la criatura de múltiples cuerpos se mezclaron con los alaridos de horror de la serpiente cadavérica al verse asaltada tanto por esas espadas repentinamente creadas como por el ácido de mi araña, a la cual pude oír morir, escuchando como sus huesos se quebraban uno a uno tras cumplir su última misión, que no había sido otra que darnos tiempo. Con la rapidez que me caracterizaba, me puse en pie una vez dejé de oír los cristales de hielo chocando contra la madera y corrí como alma que lleva el diablo hacia la puerta, entreabierta ya por la antropomorfa. Apenas vi su marco semipodrido al atravesarla a tanta velocidad que incluso derrapé al intentar frenar una vez en el oscuro pasillo, girándome para ver a la horrible mutación de magia negra incrustarse en el hueco de la pared. Allí, tan indefensa, con su lengua compuesta de largos brazos intentando atraparnos. La falta de ojos en su rostro me dejaba un punto débil menos al que atinar, pero aun así podía acertarle en la boca, o eso creía, pues cuando la vi dar el primer bandazo contra la gran pared de roca negué con la cabeza y guardé la daga que había planeado arrojarle, era mejor no tentar demasiado a la suerte y no perder allí un valioso tiempo que luego podríamos usar. Avanzamos por el pasillo, negro en su totalidad de no ser por las tenues luces de los tres fantasmas que, a diferencia de Zek, no repelían la luz ni tampoco la rehuían, sino que la proyectaban de forma leve haciendo que el movimiento de grupo fuera más sencillo. Aunque por desgracia, en aquella oscura casa, nada podía ser sencillo. No pasaron más de cinco minutos de agónico avance casi a ciegas, hasta que el sonido de la pared reventando me hizo girarme por un instante, captando mejor el infernal grito de la bestia justo antes de empezar a arrastrarse sobre los torsos que tenía por vientre para darnos caza.

No pronuncié palabra alguna, no hice ningún gesto, simplemente; Corrí, corrí como pocas veces por mi vida. Era un asesino, no un guerrero, mi labor era matar, no luchar. Tras la llegada a una nueva habitación y que de nuevo la antropomorfa cerrara la puerta, quedamos todos en silencio, escuchando tan sólo los rugidos inhumanos y la baba dela enorme sierpe necromántica al golpear el suelo y la pared al moverse, buscándonos, buscando la comida que tanto le estaba costando de conseguir. Esos mismos instantes, minutos creo recordar, fueron agónicos, donde una respiración más agitada de lo normal suponía la muerte, el decir adiós a todo lo que había logrado y me faltaba por lograr, y todo por una carta enviada por un desconocido ¿Qué más me daba que conociera mi nombre? Al fin y al cabo eso era bueno, pues me podía lograr más trabajos, pero yo, con todo mi orgullo que no me dejaba ver a más de dos palmos de mis narices, había asistido a la citación colocándome en jaque a mí mismo. Patético. Una vez se hubo marchado la criatura que nadie quería enfrentar cada uno se dedicó a lo suyo. La antropomorfa le prestó un ungüento –otro más- al Doctor Ivo, aplicándoselo en la herida casi mortal que le atajaba por el rostro, esa cicatriz le quedaría de por vida. Mientras tanto, este mismo, tomaba asiento en una polvorienta cama bastante destrozada, con el colchón hecho polvo y el somier todavía más destrozado, hecho de hierro puro. Al poner más atención en la habitación, dejando de mirar a mis “compañeros”, pude ver como aquello era otra habitación del servicio, pero todavía más austera que la anterior. En toda la sala, que tampoco era especialmente grande en comparación con las otras dos, apenas sí había un par de muebles, un espejo pequeño colgado de la pared y la cama, que estaba siendo desvalijada por el rechoncho artífice de disparos en la sala anterior, los mismos que nos había colocado en aprietos.

Mientras él se entretenía con eso, yo, como la otra vez, me dediqué a buscar por encima delos polvorientos muebles y debajo de los mismos algún tipo de documento, algo que nos diera la pista para encontrar la salida o la forma de terminar con ese demonio, lo que fuera más rápido. No hallé nada, pero por suerte sí lo hizo el hombre del medio bigote, que con un gesto desinteresado me arrojó al pecho una libreta que no tardé en interceptar, por precaución con la daga, atravesando las dos primeras hojas que, por suerte, no contenían demasiado escrito además de un par de líneas dedicadas a una mujer. Lentamente, me acerqué a una de las mesitas que todavía no había sido asaltada por el ingeniero y con la punta de otra daga dejé encima de esta el diario abriéndolo con cuidado de no dañar las hojas, bastante viejas y amarillentas. Tras la salida de una gruesa capa de polvo, dado lo viejo, al soplar sobre sus páginas pude distinguir las primeras letras legibles del texto, hablaban de cocina, no me importaba. Más adelante, tras pasar unas quince páginas o más, encontré por fin lo que me interesaba, el diario del cocinero, lo más reciente, no tenía la fecha escrita, así que era imposible saber cuándo había sido escrito: - Hoy recibimos una visita inesperada en la mansión… bueno, inesperada para nosotros, pues al parecer el señor Applewhite sabía de la llegada de esa elfa drow. ¿Qué asuntos tendrá con ella? Muchos estamos inquietos. Los ojos negros de esa elfa parecían poder desgarrar nuestras almas con solo una mirada. El señor ha actuado de forma extraña desde que la señora murió, pero esto es lo más raro que le he visto hacer, invitar a una drow a su casa. Supongo que debería preguntar qué la gustaría de cena… no me gustaría ofenderla de alguna forma sirviéndola algo que no la esté permitido comer. Nunca se sabe con estos elfos… - esa página terminaba ahí, con una firma ilegible, seguramente el nombre del hombre. La siguiente, ligeramente manchada por la tinta volcada, seguía el escrito del día siguiente, se suponía: - Los perros no han dejado de ladrar en todo el día. Tuvieron que encerrarlos para que no se lanzaran a atacar a la drow, Ihnet se llama, pero personalmente no creo que esa puerta aguante mucho sus arañazos y mordiscos. Confiaba en que esto asustara a la drow, pero parece determinada a quedarse. El señor ha ordenado preparar una gran cena para esta noche, para cuatro personas. La señorita Dyana, el señor, la drow…. ¿y quién más? ¿Esperamos otro invitado? – después de eso nada… tan sólo otra página, al cual tuve que despegar con una de mis dagas a modo de abrecartas, sujetando siempre el papel con una segunda cuchilla. Finalmente las hojas se separaron y me dejaron ver el resto del escrito, no era muy alentador: - ¡Por todos los dioses! ¡Todos! ¡Todos muertos! ¡O peor! ¡Están por todas partes! ¡Están buscándonos a todos! ¡La drow! ¡Fue la drow! …- y ahí, cerré el diario, el resto eran simples lamentaciones, como gritos desesperados que, pese a estar hechos en tinta, parecían rebotar en mi cabeza como si estuvieran sucediéndose en esos mismos aposentos.

Con una media sonrisa deposité el libro en la mesilla y cerré sus páginas guardando entonces la daga de la diestra, mano con la cual “sostenía” el escrito: -Tengo el nombre de la drow… Ihnet, dicen que se llamaba ¿Sirve de algo? – pregunté, lanzando al momento una mirada al elfo, que por lo visto era el más versado en artes mágicas allí.


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