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Alma de Dragón, Corazón de Lobo

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Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Moray el Sáb Oct 29, 2011 12:11 am

Bordeando el bosque de Silvide existe un camino. Una senda muy nueva, de tierra dura, afianzada por las raíces de los árboles y las rocas de la Montaña Quebrada, la cual puede verse tan cerca que, comparado con ella, cualquiera se sentiría solo una hormiga en el gran mundo seco. En esta senda estaban marcadas las huellas tanto de carros y los animales que los tiraban como de personas, indicando que debió haber sido una senda muy concurrida no hace mucho. Y era cierto, mucha gente solía viajar por ese camino en los últimos años, buscando la maravillosa ciudad que esperaba al final de la senda.

Parisho.



La ciudad se levantaba con orgullo entre dos gigantes: la Montaña Quebrada y el Bosque de Silvide, tan próspera llegó a ser que pasó de ser un simple pueblo de no más de 50 habitantes a una ciudad en toda regla, donde convivían millares de personas. Moray ya podía ver sus edificios de piedra y sus altísimas murallas en la distancia, recibiendo una leve llovizna sobre ellos. El cielo parecía tener envidia de tan magnífica metrópolis y cubría con nubes grises los niveles más altos, sin dejar averiguar cuán altos serían aquellos edificios.

El antropomorfo se ocultó de la vista de cualquiera que pudiese andar cerca bajo el puente que cruzaba el caudaloso y apacible río que sesgaba en dos el pequeño valle en el que Parisho se levantaba, rodeando su parte sur y cortando la ciudad en dos para después volver a internarse en el bosque. Al alzar su largo cuello para observar mejor, Moray pudo descubrir que gran parte de ese valle era artificial, pues muchos árboles aparecían talados y solo mostraban un tocón de lo que alguna vez pudo haber sido un árbol milenario. Así eran los humanos… destrozaban su propio hogar sin pensar en las consecuencias que eso podría acarrear. Le repugnaban.

Al escuchar unas voces cercanas, volvió a ocultar su cuello en su caparazón, pegándose a la pared interior del puente de roca y aguzando el oído.

-¿Por qué lo dices?-dijo una de las voces, un hombre.- Alamnad puede ser viejo, pero es tan fuerte como un roble.

-Que sea un dragón no quiere decir que sea inmune a la vejez.-reprochó el otro.- Puede que siga siendo poderoso, pero al pobre lagarto ya no le queda mucho. Escuché que lograron herirle en el último ataque.

-¿Qué? ¿La Hermandad de la Espesura?

-Sí, eso he oído. Yo no estaba en la ciudad cuando ocurrió, al parecer esos salvajes treparon las murallas en la noche y quemaron una parte del primer nivel. Alamnad bajó a defenderlo y uno de los salvajes le clavó una lanza en el pecho.

A partir de ahí las voces se alejaban, en dirección a la ciudad. ¿Un dragón? Tal vez uno de los pocos seres del mundo seco que Moray podría llegar a respetar de verdad. Eran criaturas poderosas y sabias, que vivían incontables años y guardaban tesoros de incalculable valor en su guarida. ¿Por qué uno tan poderoso como ese Alamnad querría defender a unos seres tan despreciables como los humanos? Fuera como fuese, Moray debía verlo con sus propios ojos. Ese ser milenario no solo podría proporcionarle conocimientos sobre el mundo antiguo, sino que tal vez le aceptase como su siervo y su mano ejecutora para librarse de esos humanos que seguramente tuviesen algún tipo de control sobre él, obligándole a hacer su voluntad a cambio de algo. Había oído de humanos que habían logrado someter dragones robando sus huevos y escondiéndolos. Tal vez era eso. Los habitantes de Parisho habían encontrado su nido y tenían los huevos, así que el dragón no podía hacer nada más que obedecer para recuperar lo que es suyo.

No le sorprendería nada de seres tan viles como los humanos.

Así pues, se dirigió hacia Parisho por el río, oculto a la vista. Desgraciadamente, no contó con que el acceso que pasaba a través de las murallas estaría bloqueado por unos fuertes barrotes de hierro. Era extraño… al acercarse tanto, sintió que la rabia y el odio en su interior se apaciguaban. O al menos eso le pareció. Volviendo sobre sus pasos hacia el puente, Moray supo que solo podría acceder a la ciudad por la puerta principal… y para eso necesitaría un buen disfraz.

Aguardó durante varios minutos a que alguien pasara por el puente. Un hombre en caballo fue su elegido. Al tenerle en el centro del puente, Moray se impulsó con todas sus fuerzas y, extendiendo su cuello todo lo que podía, atrapó una pata del caballo entre sus fauces. El animal, encabritado, tropezó y cayó al río junto a su jinete. Solo el caballo salió a la superficie, alcanzando la orilla y corriendo con dificultad a causa de la herida de su pata hasta perderse de vista. El jinete no tuvo esa suerte. La sangre teñía el agua y las burbujas causadas por sus gritos bajo el agua pronto cesaron.

Moray salió del río, alcanzando la orilla bajo el puente, a cubierto de toda vista. Con el arrastraba el desfigurado cadáver del humano, totalmente irreconocible. Procedió a desnudarlo con cuidado de no romper la ropa, tomando primero su camisa. Era demasiado pequeña y las púas de su caparazón la rasgaron en varios puntos cuando intentó ponérsela, dejando sobresalir las patas de crustáceo que no dejaban de moverse con lentos movimientos en su espalda. Aún así, no cesó en su empeño y logró ponérsela, aunque fuesen solo harapos. El jinete también llevaba una larga capa negra, la cual Moray no perdió tiempo en ponerse. Encogió su cuello para que la capucha tapase lo más posible su rostro y así parecer más humano. Siseó con repugnancia solo de pensar que debía parecerse a uno de ellos, pero no había más opción si quería entrar a la ciudad. Con la capa logró cubrir su espalda y, cerrándola, también logró cubrir su pecho. Los pantalones del hombre eran un caso perdido, de ningún modo podría ponérselos sin destrozarlos completamente. También tenía unas botas de montar. El pie del hombre era grande, pero no tanto como sus aletas. Aún así, éstas podían doblarse y, aunque era incómodo, podría servir.

No parecía muy humano, pero algo era mejor que nada.

Con paso torpe debido a la molestia del calzado, al cual no estaba acostumbrado, Moray caminó hacia la puerta principal de la ciudad, con las ropas empapadas, aunque eso tampoco sería extraño debido a la lluvia que caía, ahora con más insistencia.

Conforme se acercaba, descubrió que las puertas estaban abiertas y con varios guardias vigilando. Pero no fue esto lo único que descubrió. De nuevo, aquella sensación tranquilizadora le envolvió, y se hizo más y más fuerte cuanto menos distancia le separaba de Parisho. Era… extraño. Nunca se había sentido así, como si todo… estuviera bien. Los guardias, ataviados con armaduras metálicas simples y armados con alabardas, no hicieron nada para detener su marcha… al contrario. Recibió un cordial saludo por su parte. No fue esto lo que más sorprendió a Moray, sino que no había sentido deseo alguno de destrozar a esos humanos, de electrocutarles, de arrancarles la cabeza de un mordisco y hacerles crujir sus frágiles huesos. Esto empeoró cuando entró en la ciudad.

Estaba llena de humanos, aunque también había muchos enanos. Algunos se fijaron en él, pero inclinaron la cabeza en un amable saludo mientras pasaban de largo. Había algo que cargaba el ambiente. Moray podía sentirlo. Pero no era algo que te hiciera sentir incómodo, sino todo lo contrario. Despejaba tu mente como un soplo de aire fresco, como la caricia de una corriente marina. Su cuerpo se relajó, pues ya no sentía tensión alguna. De una forma o de otra, sabía que en esa ciudad no había peligro para él. Y que él tampoco sería un peligro para los demás. Por una vez en su vida, al ver un humano, no fue el deseo de destrozarlo lo que le vino a la cabeza. Su mente ahora estaba en paz y, aunque seguía odiando a esos seres repugnantes, no tenía ese deseo de eliminarlos en una cruel carnicería.

Los restos de una cruenta batalla podían distinguirse en el primer nivel, tal y como habían dicho aquellos dos viajeros. Había muchos escombros y casas quemadas y en ruinas, y mucha gente lloraba sus pérdidas e intentaba rescatar lo poco que les quedaba de entre las piedras de sus hogares. Era la primera vez que Moray estaba en una ciudad distinta a Malik-Thalish y, aunque en comparación Parisho era mucho más pequeña, sí que era más hermosa. Todas sus casas tenían grabados de dragones en las puertas o en la roca, y no fueron pocos los ciudadanos que Moray vio rezando extrañas oraciones al pie de estatuas de formas dragonescas. Al parecer, Parisho atravesaba una época de dolor causada por aquellos atacantes, llamados La Hermandad de la Espesura. En la ciudad no había guardias de profesión, pues jamás lo habían necesitado. Los que había visto no eran sino habitantes normales, campesinos, artesanos y comerciantes, que vestían la armadura y portaban armas para defender Parisho de los llamados salvajes y al dragón, Alamnad.

El dragón… para eso había entrado en la ciudad.

-Dragón… ¿dónde está?-preguntó a uno de los transeúntes.

-Alamnad está en el templo, en el tercer nivel.-explicó amablemente el enano al que había preguntado.- Nadie puede verle ahora, esos salvajes le envenenaron con una lanza. Monstruos cobardes… atacar al anochecer… ¿qué les hemos hecho nosotros?

Moray juró que el enano tenía los ojos humedecidos al pronunciar esta última frase. ¿Tan querido era ese dragón?

-Lo siento viajero, tengo asuntos que atender. Será un placer para mí recibirte en mi casa más tarde, si es tu deseo. Pregunta por mi casa a cualquiera, me llamo Hermund.

¿Una invitación a casa de un enano? Ni siquiera se lo había pensado al ofrecerse su hogar, lo cual le sorprendió. Moray debía confesar que sonaba interesante, pues sabía que los enanos poseían curiosas costumbres incluso para los habitantes del mundo seco. Sería interesante oírlas de boca de uno, pero ahora lo único que tenía en mente era encontrar la forma de ver a ese dragón. Cada vez se le hacía más improbable que la gente de esa ciudad le tuviese cautivo de alguna forma. ¿Qué era lo que le llevó a defenderlos entonces?

El sonido de unas campanas interrumpió sus pensamientos.

-¡Están aquí! ¡Nos atacan!

Instintivamente, Moray se giró hacia la fuente del sonido, el cual golpeaba su cabeza como un martillazo.

-¡La Hermandad! ¡Están aquí otra vez, cerrad las…!

Una flecha acalló la voz de aquél hombre que tocaba la campana, situado en las almenas de la muralla. El sonido de las puertas al cerrarse pudo ser escuchado en todo el primer nivel, pero además de eso escucharon un sonido. Un ruido, más bien, inquietante como pocos. Era el crujido de ramas y hojas agitándose con furia y, al otro lado de las murallas, podía verse como si el bosque mismo avanzase hacia Parisho.

Spoiler:
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Phoenix el Sáb Oct 29, 2011 5:06 am

El dolor carcomía mis sentidos, como si no pudiera ser capaz de pensar en nada más que la quemadura que se teñía como un terreno baldío en mi piel de oro. Era un ardor solo comparable con aquel que en corazón deja sus huellas por la desolación que causa el desamor… o la soledad, la verdadera soledad. Por suerte, o quizá no tanta, para mí este era un ardor físico, causado por el abrazador rojo del fuego…

Mientras el sudor humedecía mis sienes y caminaban con paso lento y calmado hasta las mejillas sonrosadas por la angustia del ardor, miraba con el entrecejo sostenido en la preocupación. Mi mano derecha posada sobre la quemadura, usando un trozo de tela húmeda con agua tibia, solo para limpiar el área, me estaba costando demasiado esfuerzo usar mi magia para curarme… mucho esfuerzo a decir verdad. Cerré los ojos un instante solo para relajarme lo mas posible pero era casi imposible de hacer, y entonces el carrocero da aviso a los únicos cuatro pasajeros contándome a mi, de que habíamos llegado a las afueras de una ciudad. Parisho.

Un nombre suave como una caricia, pero tenia un toque de misterio. Me agrado el nombre, y gracias a que no tenía yo un rumbo fijo, y debido a que la herida podría empeorar, preferí bajar en esa parada. Tome mis pertenencias y descendí de la carreta con poca avidez, pues la pierna lesionada no me permitía tener la movilidad común de una joven de mi edad y con mis cualidades. El paño que antes cobijaba la herida ahora lo tenia atado sobre la misma, y camine entonces por un sendero que si bien no tenia gente ahora, se notaba que era concurrido debido a las marcas que en su trayecto se notaban. Podría decirse que al menos eso era lo que yo esperaba, ya que iba a necesitar un sitio donde refugiarme un tiempo. Y comida. En verdad sentía que morirá de hambre.

Un suspiro largo y afligido se escapo de mi, dando paso al recuerdo de cómo me había hecho esa horrenda quemadura. Pero no quería en realidad, la voz de Vishous me atormentaba con el dolor que le parecía causar un intento de…. Algo tan atroz para ella que mencionarlo seria causarle una nueva crisis.

A estas alturas, ya estoy pensando que no estoy loca del todo. Ella tiene tantas emociones tan opuestas a las mías, y tantos recuerdos que no me pertenecen me agobian día y noche. No. A decir verdad, más de día que de noche.

Pero las respuestas de la identidad verdadera de V, aun me parecen demasiado lejanas, por mucho que mis viajes parecen acercarme a ese destino tan soñado y anhelado, en realidad me dan la impresión de ser un espejismo. Y sin embargo conservo el espectro de una esperanza, infundida o falsa… muy real tal vez.

No me di cuenta de cuanto tiempo me embelece con mis propios pensamientos, de hecho olvidando mi herida a pesar de ir caminando con dificultad evidente, pero la entrada a una ciudad estaba casi frente a mí. Así entonces solté un suspiro de alivio. Podría curarme más rápido si comía algo. Y descansaba. Cuando por fin estuve al pie del gran umbral, deslice en mis labios el aura de una sonrisa tenue y discreta, una sonrisa de mera tranquilidad y paz… ¿Por qué seria? Casualmente se sentía dentro de la ciudad una calma implacable, y una armonía que solo había visto en el amor de mis padres.

Entre a la ciudad, pasando por donde los guardias me recibían con una leve reverencia correcta para una dama que pasa frente a caballeros, y que decir de los ciudadanos que aunque no eran demasiados, suficientes para poblar una ciudad así. De la que no tenia, por cierto, ni remota idea de su existencia, hasta ahora. Sin embargo y a pesar de ser tan amables parecía que habían sufrido un ataque, pues cuando avancé dentro de la ciudad, me percate de una escena triste, en verdad triste. Una gran parte de pequeños edificios habían sido reducidos a cenizas, las lagrimas y sollozos se podían escuchar como el canto de un ave al fallecer su pareja, ¿Quién habría atacado a una población con tanta buena vibra?

No parecían ser personas dedicadas a la guerra, muy a pesar de que muchos enanos convivían aquí con humanos, pues hasta donde mi joven sabiduría me concierne, los enanos son seres que gustan de grandes batallas y conflictos. Pero los que habitaban aquí no me daban esa impresión… pero no me fío del todo. Nada, nunca, es como parece.

-¡Usted esta herida! Venga, la ayudare…

Una voz me sobresalto, y gire de inmediato la cabeza en esa dirección para ver a una mujer de edad avanzada, con cabellos plateados como la salada espuma del mar, y sus rasgos, aunque arrugados, eran la sombra de una belleza inigualable en su juventud. Pero en vez de una sonrisa, había una mueca de clara preocupación y angustia. No me terminé de convencer de que me estuviera hablando a mi, pero su fija mirada en mis ojos de color dispar, me invitaba a no temer de acercarme. Y no lo hice. Camine hacia ella con un pie aun un poco cojo por el dolor, y la anciana de inmediato me indico que me sentase en un tronco grueso que estaba puesto ahí en su terraza, junto con varios mas, como una especie de salita.

-No quisiera molestarla señora… ustedes deben tener mas cosas de las que preocuparse aquí.

Eso lo había dicho, mientras mi mirada recorría ese paisaje tan dolido y acongojado. Pero la negativa de la anciana fue insistente y no parecía que pudiera convencerla de no ayudarme.

-No tenemos demasiados heridos, y usted parece…

El asombro no se hizo esperar cuando vio la magnitud de la quemadura, y de inmediato fue a un rincón donde había un montoncito de varias hierbas, supe que eran muchos tipos de ellas, debido a que mi madre tenia muchos conocimientos en herbolaria. La detuve un instante con una mano alzada, no quería ser demasiada molestia en realidad.

-Solo necesito algo de aguamiel, y comer algún bocadillo. Es la falta de energía, que no me permite usar mis habilidades para curarme yo misma… usted podría necesitar esas hierbas para otra persona.

Ella había dudado un momento, pero al verme detenidamente a los ojos, se resigno con un gesto de aprobación, y una media sonrisa. Entro a su hogar, o eso supuse que era, y volvió con un vaso con aguamiel, pan y queso. Entonces le agradecí, y comí sin esperar un segundo más, estaba realmente hambrienta. Y aunque era bastante lo que la mujer me había ofrecido, no me sentí del todo satisfecha, pero era lo suficiente. Así entonces pude cerrar los ojos y llenarme de mi propia energía para cubrirme con ella… y sentir como la herida rápidamente, en comparación con la curación común, se iba mejorando. El dolor cesaba, y a decir por la expresión algo sorprendida de la anciana supe que mi piel volvía a su color normal… entonces un grito agudo pero breve me hizo abrir los ojos, era la anciana señalando hacia mi regazo. Mire hacia abajo y vi a Sona avanzar sobremos piernas con un poco de nerviosismo. Y bueno, después de ese grito, ¿Quién no? entonces sonreí y en el instante en que iba a explicarle que era inofensiva unas grandes campanas resonaron feroces por toda la ciudadela.

Instintivamente mis manos sostuvieron a Sona, quien se retorcía con molestia, como si algo la incomodara. La gente se había alterado, no del todo, pero a mí al menos me estaban impacientando un poco. Me levante, agradeciendo a la señora quien no me permitió terminar de hacerlo ya que tomo sus cosas y entro a su hogar con premura pero no sin antes ofrecerme refugio en su casa, a lo que dije que no… no sabia que sucedía y hasta no entenderlo no podría darme el lujo de ocultarme de lo desconocido.

Sona se enredo en mi muñeca y camine hacia donde estaba la entrada, y la vi cerrarse, obviamente porque los guardias la habían cerrado. La gente temía, y alguien menciono a la distancia “La hermandad de la espesura”. ¿Pero que era eso? Fuese, lo que fuese, al parecer yo estaba atrapada en todo eso. Y no me gustaba nada la idea.

“Se te va haciendo una manía llevarme a los problemas, Nix. No quiero morir de nuevo… así que sácanos pronto de esto.”

Vishous… los riesgos siempre la toman por sorpresa y la alteran de sobremanera.

-No te creas que quiero quedarme por mucho tiempo…

Lo ultimo lo dije en un tono bajo, pues no quisiera que alguien me escuchara hablar a “nadie” aunque yo supiera que hablo con ella… en todo caso, la gente estaba mas ocupada en sus propios problemas como para fijarse en una joven de diecisiete años hablando “sola”.
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Shuma Gorath el Sáb Oct 29, 2011 8:15 pm

“El largo camino del mundo comienza con un simple paso”, así profesa una vieja frase, todo comienza por el primer paso y termina cuando se da el último, el camino polvoriento, el bosque que de vez en cuando se levantaba como tratando de devorar lo que con esfuerzo fue labrado, la figura recorría los senderos del mundo … buscando algo que desconocía, y que aun así le llamaba, le llamaba desde lo más profundo de los bosques, entre las altas montañas, en lo oscuro del océano, mas aun así su caminar jamás se detenía, pasaba por ciudades y pueblos, comía algo y se marchaba, no deseaba llamar la atención, no deseaba que le intentaran dañar, el no era un monstruo, pero aun así los demás solo veían un ser de pesadilla … y como tantos otros, debía de ser asesinado por el bien de la humanidad … que equivocados estaban, usualmente aquella voz le taladraba su cerebro cuando debía de descansar, palabras de desprecio hacia los que llamaba “inferiores” palabras de ánimo para dejar de comportarse como algo miserable y convertirse en el verdadero monstruo … pero como todo la voz se callaba, ¿a dónde iba? … nunca lo sabía, solo conocía lo que podía pensar…

Los caminos del mundo son extraños, a veces llevan a lugares tan bellos como también terribles … mas aquel prometía mucho, cuánto tiempo camino sobre aquella dura tierra … no lo sabía, los días habían dejado de parecerle importantes cuando recorres el mundo durante tanto tiempo, mas aquel camino lo llevaba a aun lugar que había escuchado, la ciudad de Parisho, cuando recién pudo verla no era más que una pequeña ciudad, pero los rumores hablaban de un poderoso dragón que la protegía, quería saber si era verdad, sus pasos lo llevaron cerca de la ciudad, un par de guardias protegían la entrada, y Shuma solo esperaba que no se percataran de lo que realmente era, mas con cada paso que daba se sentía extraño, era como si fuera más seguro de lo que hacía, como si una paz que hubiera buscado, camino entre los guardias, los cuales simplemente le saludaron, mayor fue su sorpresa cuando la ciudad misma parecía tan tranquila y en paz como si fuera un jardín … entre tantas cosas que no había visto pronto noto algo … aquella voz o mejor dicho la criatura que poseía aquella voz, era normal para Shuma verlo mascullar o incluso caminar de un lado a otro con su aterradora apariencia, pero ahora veía algo que jamás hubiera creído ver en toda su existencia … algo tan horrible que lo dejaría traumado para toda su existencia … la bestia estaba … ¿bailando y cantando?

-Brilla… brilla… linda estrellita, tú que moras en el cielo, brilla cuan lucero en todo tu esplendor *mientras parecía danzar contra su naturaleza por alrededor de Shuma* la felicidad… de sentir amor… lindos inferiores, tan lindos e inteligentes –

Aquella visión tan “terrorífica” fue demasiado para la pobre criatura que acostumbrado a la crueldad de aquel ser jamás lo había visto en aquella situación tan … contraria a su propia naturaleza, tanta fue la impresión que no se fijo que seguía avanzando por la calle y no demoro mucho en tropezar con alguien, lamentablemente la baja estatura del contrario hizo que Shuma diera una voltereta en el aire aterrizando con toda su existencia sobre el suelo, situación que no hubiera traído mayores contratiempos más que una simple disculpa si no fuera porque con aquel movimiento parte de la túnica que usaba para cubrir su apariencia se había movido, dejando ver la mayor parte de sus tentáculos y su gran ojo.

Aquel día había sido bueno para Rodrik Ironhammer, había conseguido minerales para la nueva entrada de su hogar y había podido conseguir ciervo fresco del mercado, todo era felicidad en su vida, lamentablemente no se había fijado en aquel instante en que algo muy grande tropezó con él y termino en el piso, durante unos instantes el enano se agarro la cabeza, ya que el golpe había sido duro, pero pronto vio quien se había tropezado con él, a vista era un antropomorfo o un monstruo, cosa difícil lo último, aun así la criatura o lo que fuera pareció asustarse ya que rápidamente comenzó a cubrirse por la oscura tela y en un parpadear se levanto, Rodrik lo siguió corriendo con sus cortas piernas enanas, hasta que lo alcanzo y tomo de la tela, una voz extraña surgió de bajo la manta, como una voz mecánica “Shuma no desear hacer daño, Shuma solo querer marcharse” pero el enano tenía otras ideas, con potente voz dejo salir una carcajada de su rostro con amplia barba.

-Espera… calma, no te hare daño, simplemente quería decirte que no tienes que temer miedo… supongo que por tu apariencia es un poco difícil vivir y por eso te ocultas pero Rodrik Ironhammer no se queda solamente con las primeras impresiones-

Lamentablemente no pudo durar mucho más la conversación un grito y el canto de la campana fue algo que rompió el apacible silencio, algo sobre una hermandad pudo ser oída y gran alboroto, Rodrik pareció preocupado mientras Shuma lo oía atentamente.
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Mitsuhide Akechi el Lun Oct 31, 2011 9:11 pm

Un día tranquilo sin más problemas que los que puedan dar un bosque al caminar, así era aquella tarde en la que me encontraba a punto de pasar el linde de un bosque para salir a un enorme valle por el cual podría avanzar hasta la siguiente urbe. Jundo avanzaba con una cierta dificultad por el azaroso terreno de tierra batida y barro formado a consecuencia de la lluvia caída hacía algunas lunas, una lluvia intensa, pareciera que los dioses querían ahogar a todos los injustos y pecadores, pero que se compadecieran de los justos que vagábamos por el mundo y cesaran el agua celestial, dejando entonces la tierra cubierta por el fango como recuerdo de su ira y también de su infinita misericordia. El sonido de los cascos del caballo me mantenía alerta, pero no sólo eso, sino también los sonidos del bosque y el piar de los pájaros muy por encima de mi cabeza, cubierta por el sombrero de agricultor oriental. Era este que me protegía la cabeza de las rojas jaras disparadas por el gigante rojo del cielo diurno. Hacía poco que había abandonado la ciudad de Arás con la decepción entre las manos de descubrir que aquello no había sido sino una broma de mal gusto para ridiculizarnos a mí y a mis compañeros con la promesa de la paz en el mundo, maldito sea su gobernador y su tierra, pero por lo menos podía sentirme orgulloso de mis actos en aquella tierra, pues todavía recordaba a los infantes a los cuales había enseñado a combatir y también la sonrisa de las gentes a mi paso tras ver tan noble acción. Hubiera seguido recordando tiempos mejores, pero entonces algo extraño para un bosque fue lo que llamó mi atención, un grito agudo y que sólo podía crear una dama en apuros. Rápidamente espoleé a mi fiel compañero en pos del sonido y juntos cruzamos la inconmensurable marea verde de hojas y ramas bajas y delgadas que se rompían tras el impacto contra la placa de acero de mi pecho, enmascarada por la capa azulada. Gracias a la ligereza de mi equipo y la falta de alforjas de mi caballo no tardamos demasiado en alcanzar lo que parecía ser un claro en el bosque, redondo por completo y con los únicos confidentes que eran los robles de la arboleda.

Allí mismo había detenida una lujosa carroza tallada en una madera de aspecto similar a la de los árboles, con grandes ruedas recubiertas de lustroso metal que relucía bajo el sol y decorada en exceso con motivos de ángeles y damas con cornucopias ofreciendo a la nada una mirada perdida de serenidad reflejada por dos diamantes junto con toda la comida que su cuerno de la abundancia pudiera proveer, pero sin embargo esto no fue lo que llamó mi atención, sino el hecho que acaecía a pocos metros del carruaje, tirado por dos corceles de anchas patas y crines recortadas. En ese mismo lugar se estaba produciendo un acto que cuando menos me dio asco. La mujer que había gritado, al menos era la única mujer que había, así que supuse que debía ser ella, se encontraba contra un árbol mientras un hombre poco pelo y menos atractivo la sujetaba por las piernas, evitando así que patease y un segundo por los brazos para evadir así sus arañados, sumándose un tercero que con lascivia acariciaba la cintura de la dama de cabellos de fuego. Los tres acosadores eran como tres copos de nieve, no se parecían en lo más mínimo: El primero estaba calvo y era gordo como una bola de hierro, de poco más de metro y medio de altura y vestido con harapos que trataban de cubrir su oronda figura, con piel grasienta y dedos nudosos que más parecían salchichas que apéndices de una mano sana, amoratados por el agolpamiento de sangre en ellos y con unas uñas cubiertas de mugre y porquería que seguramente fueran peor arma que la cimitarra que cargaba a su cinto. El segundo era el que sujetaba las piernas de la mujer, delgado y en apariencia también bajito, de cabello castaño y raído como una capa maltratada por el tiempo y los estragos de la mala vida, sus ojos eran grandes para un rostro con tan finas facciones. De rostro alargado y perfilado, como si estuviera tallado en madera y después animado mediante brujería. Sus finos dedos no se detenían –seguramente por no captar mi presencia- en el obsceno recorrido por el cuerpo de la mujer, flaco como era parecía el más rápido de los tres, y sus armas no eran sino pequeñas dagas, un total de cinco visibles, que seguramente usara para acertar a sus enemigos sin dar opción a un combate limpio. Y el tercero y último, que también era el que más se divertía con la mujer pese a la negación de esta, era un hombre alto y de pelo rapado cual cadete miliciano, su rostro todavía estaba oculto para mí, pero su espalda era ancha y fuerte, como si fuera un orco con piel morena, su cinto cargaba con diversas armas, todas ellas roídas por el viento y el óxidos, sólo una espada corta conservaba el lustro y el filo, siendo las demás una simple intimidación.

-¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdame! – gritó la mujer, desesperada por una mano salvadora, ante lo cual el hombre que la magreaba no hizo sino reír con burlesca voz: -¿Quién pretendes que te ayude? – inquirió con voz dominante: -Yo seré el que la ayude. – Raudo, se giró para ver de quien provenía esa voz, olvidándose casi al completo de la mujer. Sin perder el tiempo me apeé del caballo y saqué el arco con la mayor calma posible, el asesino se disponía ya para lanzar su primer y traicionero ataque, pero lo atajé yo con mayor velocidad de disparo y endemoniada puntería, haciendo blanco justo en su mano y dejando esta clavada en el árbol. Su grito de dolor jamás se me borrará de la memoria, y tampoco el rostro de dolor que tenía formado justo antes de que una segunda saeta le atravesara el cráneo: -Os recomiendo marchar ya y puede que los dioses sean benévolos con unas ratas como vos. – lentamente bajé el arco tras mis palabras, descubriendo bajo la capa, al retirarla, la armadura de color cerúleo junto con la vaina magenta de mi sable. El más horondo de los dos tomó posesión de su espada, y cual perro se lanzó sobre mí para defender a su amo en primera instancia, alzando la acerada de una manera torpe, con pasos pesados y que hacían crujir las hojas: -Los dioses tengan piedad… - dije esperando a que se acercase un poco más. Cuando lo tuve a más o menos dos metros saqué la espada y con un rápido y certero corte cercené su cabeza, que tardó unos segundos en desprenderse del esférico cuerpo para finalmente caer al suelo con un sonido seco, justo antes de que lo hiciera el cadáver. La sangre que manaba como de una fuente bañaba mis pies y me hacía notar el calor del líquido de la vida, desgracia tener que derramar sangre, pero aquellos que no entienden el valor de la paz no merecen sino la muerte, pues deben ser sacrificados para un mundo mejor para el resto. El tercero y último retrocedió, asustado como estaba y deseoso de acabar conmigo tras ver cómo había ajusticiado a sus dos amigos. -¡¡Asesino!! – bramó en mi contra, llevando la mano a la empuñadura de su espada: -Justiciero. – respondí yo, de nuevo con calma y esperando que fuera él quien iniciara un nuevo enfrentamiento, y no tardó en hacerlo.

Con todo el peso de su cuerpo se arrojó sobre mí, iracundo y vencido por el dolor de la muerte de dos compañeros. Sabía de aquel dolor y de la ira que sentía en ese momento, pero era su castigo por no respetar a una dama como era debido. Con envidiable velocidad sajé su estómago una vez lo tuve cerca y lo dejé caer de rodillas para colocarme frente a él. El corte no había sido mortal, pero sí suficiente como para que soltara la espada y se inclinara ante el majestuoso bosque. Con la parte sin filo de la espada alcé su rostro por la barbilla, y haciendo que me mirara, con sus ojos rojos como el fuego por ira pero bañados en lágrimas de dolor, le pregunté: -¿Estás arrepentido de tus actos? – asintió con la cabeza, retorciéndose por el dolor pero aguantando de rodillas, como negándose a caer: -¡Sí! ¡Por favor, perdóname! ¡Juro que… - y ahí se acabaron sus palabras, pues sin que me temblara el pulso corté su garganta con el mortal filo de mi inseparable compañera. Su cuerpo cayó al suelo. Enfundé la katana e hinqué una rodilla en el suelo y me retiré uno de los guanteletes, cerrando sus ojos para que descansara en paz, despidiéndolo con una última frase que tal vez llegara a su alma: -Sólo los dioses pueden brindar el perdón que buscas, espero que al enviarte a su lado ellos sean capaces de atender tus ruegos y puedas expiar tus culpas. – y sin más me levanté, tomando las riendas de mi caballo y dirigiéndome a la mujer, que todavía temblaba por el miedo, pero no por un miedo hacia la escena de sangre que acababa de presenciar, sino por el hecho de que casi la violan. Cuando estuve lo bastante cerca de ella le tendí la mano inclinándome en una leve reverencia que hizo que el cabello me bañara los hombros con su negra marea: - Akechi Mitsuhide es mi nombre, bella dama. Ya podéis dejar de temer, no tengo intención de continuar la tarea de estos pobres desgraciados caídos aquí. – dije, para intentar calmarla. Ante mis palabras ella alzó el rostro y me dejó ver un rostro pálido y enmascarado por un buen porte de maquillaje, con mejillas falsamente sonrosadas con colorete y pestañas largas y negras. Los surcos de sus mejillas correspondían a las lágrimas que hasta el momento no cejaban de caer cual catarata: -G…g…gracias… - respondió ella con un fino hilo de voz que apenas llegó a mis oídos. Pronto noté el peso de su cuerpo al tomar mi mano para ayudarse a adoptar una postura más noble; Era una mujer de poca altura, llegándome apenas por el pecho, con cabellos rojos como el fuego y tez cubierta por el maquillaje ya casi borrado por el llanto. Sus mejillas eran carnosas al igual que sus labios pintados, vestida con ropas de gasa y bastantes pomposas cual muñeca de porcelana, colgaban desde su cuello varios colgantes de oro puro engastados con joyas, sin duda alguna una mujer de sangre azul.

-¿Puedo preguntar, sino es afrenta a vuesa persona, dónde os dirigíais antes del infortunio? – ella, todavía limpiando su rostro con un pañuelo de seda blanca, asintió: -A Parisho, la ciudad del dragón. – respondió ella tratando de calmarse – Pero me temo que tendré que regresar a la villa más cerca que haya tras el bosque y buscar un nuevo conductor, esos salvajes mataron a mi chófer cuando este trató de defenderme. – añadió después, con notable tono de pena ante la pérdida de su cochero. –No será eso necesario, yo mismo os escoltaré hasta la ciudad que mencionáis. – pero ella negó con la cabeza como si a mí me pudiera suponer una molestia: -No puedo pediros eso gentilhombre, ya habéis hecho mucho por mí al arriesgar vuestra vida para además pediros que también os desviéis de vuestra senda. – fue su respuesta, ante la cual no pude hacer otra cosa que negar con la cabeza, como ella había hecho antes: -No sigo senda o camino alguno, así que no me apartáis de ningún destino que no sea el que los dioses me tienen reservado. Por favor, mostradme la dirección en la que se encuentra la ciudad y subid al coche. – y ella obediente señaló hacia el norte, allí donde las nubes se arremolinaban alrededor de una enorme montaña, cubriéndola en parte. Asentí y puse en marcha los caballos, subido en el carro por delante y dejando que Jundo caminara sin mi peso un rato, siempre al mismo ritmo que los caballos del carruaje. Tras unas horas de cabalgata llegamos por fin ante las puertas de una majestuosa ciudad. Se mostraban abiertas de par en par y dejaban ver lo que, no mucho tiempo atrás, pudo haber sido una magnífica urbe, pues ahora se encontraba devastada por los estragos de la guerra. Con gran pena por ver esto desde la entrada comencé a hacer caminar a los caballos hacia el interior de la ciudad, y una vez dentro de esta me despedí de la dama que insistió en continuar sola hasta el nivel superior, pues ese no era más que el primero de todos. No me había dado cuenta mientras iba junto con la mujer, puede que por mi estado de supuesta alerta, pero una vez esta se fue pude notar en todo mi cuerpo una enorme relajación que se había propagado por mi cuerpo nada más cruzar las puertas, era sensación extraña de total calma, puede que gracias a ver la imagen de un elfo teniendo la mano a un enano para ayudar a este a reconstruir su morada, que ahora no era más que un par de palos todavía candentes y humeantes, era, verdaderamente, la urbe la paz, pero como siempre debe haber algo que altere el preciado equilibrio donde prevalece la dichosa, el sonido de las campanas me devolvió a la realidad, era el sonido de la guerra junto con el grito de un hombre que de pronto se había acallado. Subí a mi caballo y me cubrí de nuevo con la capa y el sombrero, ocultando mis armas por si había batalla, de ser necesario lucharía con todo lo que tenía para proteger la ciudad que todos llamaban “La Ciudad del Dragón”, era un lugar que no podía desaparecer, y que con suerte podría extender por todo el mundo, para tener al fin, un mundo en paz.
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Moray el Lun Oct 31, 2011 10:10 pm

El caos en la ciudad alcanzó ya su punto álgido. Los hombres se ataviaban con armas y armaduras que sacaban del arsenal del primer nivel de la ciudad, preparándose para el inminente combate. Una lluvia de flechas cortó el aire y pasó sobre las murallas, clavándose de manera indiferente en niños mujeres y hombres por igual, alcanzando a gran parte de los rezagados que aún no habían alcanzado un refugio. Al verse en peligro, Moray ocultó su brazo y su cabeza, las partes sin armazón de su cuerpo, en el interior de su grueso caparazón, en el cual rebotaron varias flechas. Al volver a sacar la cabeza, descubrió que algunas se habían quedado clavadas de forma superficial en su espalda, pero no tuvo tiempo que invertir en quitárselas.

Las copas de los árboles se dejaban ver ahora al otro lado de las murallas, dejando entender que aquellos árboles se habían movido por sí mismos y estaban atacando la ciudad con sus ramas y raíces… pero los árboles no lanzaban flechas.

No tuvieron que esperar mucho para saber quiénes eran los verdaderos atacantes. Un tropel de antropomorfos saltó de los árboles a la muralla, luchando contra los guardias y saltando al interior de la ciudad. Sus ropas eran de pieles de animales y su piel, escamas o pelaje estaban cubiertos de pinturas tribales de colores vivos. La mayoría llevaba arcos y flechas, otros espadas, unos lanzas y muchos se bastaban con sus garras, colmillos, colas con púas y otros apéndices peligrosos. Lo más curioso es que ninguna de estas armas era de metal, sino de sílex, huesos, grandes colmillos de bestias o madera tallada de manera afilada. Algunos llevaban cráneos de lobo y otros animales en sus cabezas y sus pinturas y armaduras eran mucho más elaboradas, lo que sin duda les identificaba como guerreros de élite.

Eran la Hermandad de la Espesura.

Aquella sensación de paz había desaparecido, al menos en parte, pues Moray aún no sentía el deseo de eliminar a esos humanos despreciables que habitaban la ciudad, pero no ocurría lo mismo con esos antropomorfos. Sus instintos respondieron por él y, lanzando un aterrador rugido, se lanzó a atacar al primer asaltante que vio. Era un antropomorfo semejante a un tejón, el cual nada más ver a su atacante se quedó de piedra ante su furia y su desgarrador rugido. Moray recogió su cabeza para evitar un tajo de la afilada espada de hueso del tejón, agarrándole a continuación con su brazo de anguila y enroscándolo alrededor de los suyos, apretando con tanta fuerza que no tardó en escucharse el crujido de sus huesos al romperse. El tejón chilló con un desgarrador alarido justo antes de recibir una potente descarga eléctrica del Profundo que le hizo perder la consciencia. Moray no tuvo tiempo de rematarlo aplastando su cabeza contra el suelo, pues otro asaltante le empujó para apartarle de su compañero caído con poco éxito.

Esta vez se trataba de lo que parecía ser un hombre-lince, de constitución atlética pero sin la fuerza suficiente como para tirar al suelo a Moray, quien aprovechó el dolor del hombro dislocado del antropomorfo para sacar su cabeza en un rápido movimiento y aplastar su peluda cabeza entre sus crueles fauces, arrojando el despojo a un grupo de sus compañeros que también se dirigían hacia él.

Algo volvió a clavarse en el caparazón de Moray. Esta vez era una espada corta cuyo dueño, un sátiro, trataba de recuperar. El Profundo trató de alcanzarle, pero su adversario intentaba permanecer en su espalda en todo momento, lo cual le enfureció en gran medida. Sin tolerar más esa burla de cobardes, Moray cargó de electricidad su cuerpo, electrocutando al sátiro que, dolorido y atontado, retrocedió torpemente para caer al suelo sufriendo leves espasmos.

La espada, junto a las flechas, seguían clavadas en el caparazón del Profundo, pero esto no parecía importarle en absoluto y seguía atacando a cuantos se cruzaban en su camino, llegando a luchar incluso junto a algunos de los “improvisados” soldados de la ciudad. Esto era algo que jamás se hubiera planteado. ¿Por qué no quería matarlos? ¿Por qué no podía matarlos? Eran humanos, despreciables y asquerosos humanos. ¿Por qué defendía su ridícula ciudad? ¿Qué era esa sensación que se apoderaba de él?

No tenía tiempo de pensar en esto, pues un enorme guerrero rinoceronte le embistió tanto a él como a otros soldados… y este sí que tenía fuerza. La piel de lobo que decoraba su cabeza le distinguía como guerrero de élite. Era enorme, probablemente más de dos metros de alto y pesaría más de 200 kg. Moray se levantó del suelo y cargó su electricidad contra él, propinándole un latigazo con su brazo de anguila, pero debido a la gruesa piel del antropomorfo esto apenas surtió efecto. El rinoceronte le golpeó con su enorme martillo de piedra, haciendo retumbar todo su caparazón y tirándole al suelo de nuevo. Trató de incorporarse, pero estaba agotado. El martillo del antropomorfo se alzó en el aire para asestar el golpe de gracia… pero este nunca se produjo.

Spoiler:
Mirad el off rol!
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Shuma Gorath el Mar Nov 01, 2011 4:15 am

Carmesí, es aquel el color de la sangre, sangre que se mantiene en el cuerpo de los vivos para mantener su existencia, extrañamente el enano en vez de atacarlo le había detenido, mas no para reclamarle por el golpe, si no para tenderle la mano, en señal de paz, era algo extraño a lo que Shuma jamás había experimentado, era como si en aquel lugar todos pudieran vivir tranquilos sin importar en lo absoluto la apariencia o el origen, lamentablemente no duro demasiado, como si fuera una lluvia de muerte las flechas surcaron el cielo, dejando tras de sí aquella estela de sonido, como precisas portadoras de olvido comenzaron a caer por donde la vista alcanzaba, ante los ojos de Shuma caían los cuerpos de hombres mujeres y niños, sin discriminar, sin piedad, era como si con su llegada la muerte le hubiera perseguido, pero sucedió algo, algo que gatillo como si hubieran dejado libre a una bestia sedienta de sangre, Rodrik cayó de rodillas, mientras un hilo carmín comenzaba a escurrir por la comisura de sus labios, sus ojos estaban clavados en el suelo, en aquel momento Shuma las vio … tres largas y gruesas flechas incrustadas en la espalda del enano, Shuma no sabía qué hacer, era el primero en mostrarle algo de amabilidad y frente a sus ojos había sido herido, mas el enano solo balbuceo algunas palabras, “Maldita hermandad” , sus ojos perdieron color, su respiración ceso mientras su cuerpo se desplomaba hacia un costado, sin vida, sin futuro, un cadáver mas que se apilaría en el cementerio, más para Shuma era diferente, los gritos que escuchaban le parecían tan lejanos, mientras que aquella voz volvía a resonar en su mente, como si aquella locura que durante un instante se había vuelto un baile errático de incoherencias hubiera desaparecido para volver a la crueldad que emanaba con cada segundo que aquella figura con tentáculos en su rostro se mostraba.

-¿Curioso no crees? … el único que hasta ahora no te había atacado o llamado monstruo… a muerto, que curiosa es la vida… ¿no crees que es mejor devolverle con la misma moneda a esa tal “hermandad”?-

Después de tanto tiempo volvía a sentir como su sangre dolía, como sus músculos se tensaban, a lo lejos se podía ver como varias figuras saltaban por las paredes como si fueran animales y sin piedad mataban todo lo que se le colocaba por delante, como si aquello fuera una invitación Shuma “corrió” mas en realidad hizo algo aterrador con su cuerpo, bajo aquella túnica sus seis tentáculos parecían endurecerse en las puntas mientras que como un insecto se colocaba sobre el piso y a una velocidad asombrosa avanzaba como se movería un animal de seis patas, las flechas seguían cayendo pero Shuma las evitaba en su mayoría, algunas terminaron rozando la tela que lo ocultaba, pero aun así no le importaba, en su mente una risa extraña podía ser escuchada, mientras que una y otra vez una palabra se repetía con voz inhumana bajo los tentáculos que habían en su rostro “mata … mata … mata” como un resorte la figura encapuchada se irguió, como un animal salvaje, el aroma a sangre parecía enardecerlo con cada instante mas y mas, pronto una de esas figuras se le lanzo, a simple vista parecía un antropomorfo, un hombre bestia ya que tenia rasgos de zorro en su rostro y cuerpo, blandía una extraña espada hecha de hueso, lamentablemente había escogido un oponente que no podría vencer, la espada dio contra el piso con un gran estruendo, la figura encapuchada se había hecho a un lado, mas el antropomorfo no tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió que algo lo sujetaba fuertemente por una de sus patas y con rapidez lo levantaba, pronto lo vio, un único tentáculo verde que surgía por debajo de aquella túnica, Shuma no perdió tiempo con fuerza levanto el cuerpo del antropomorfo y usando su fuerza y la gravedad comenzó a azotarlo contra el piso, formando media circunferencia en el aire con cada golpe, tras cada impacto la sangre comenzaba a regar, y a caer como lluvia, el cuerpo empezaba a triturarse y mas que ello, a convertirse en algo amorfo y sin una figura completa.

Un golpe tras otro, sin piedad o sentimientos, tan solo matar de una forma inhumana, otro antropomorfo vio la escena y rápidamente sujetando la lanza con punta de piedra se lanzo contra el encapuchado, la lanza tendría dos metros de largo, suficiente como para evitar cualquier ataque, mas la lanza se detuvo en seco a cm del cuerpo de Shuma, la larga lanza estaba tensa, mientras que desde las ropas un tentáculo mas había surgido, este se había estirado aun mas que la misma lanza y se había incrustado en el pecho de ese antropomorfo que parecía una mescla de mapache y hombre, como con el cuerpo anterior los azotes contra el piso no se hicieron esperar, mas vio una escena que le pareció curiosa, había alguien más luchando contra aquellos que habían matado a tantos, parecía un molusco, ya que poseía caparazón pero su cabeza era como si fuera una serpiente marina, un antropomorfo con apariencia de rinoceronte estaba por machacarlo con su masa, mas Shuma tenía dos objetos útiles, como si fueran proyectiles los dos cuerpos salieron disparados contra el hombre-rinoceronte, impactando directamente contra él y frenando su ataque, incluso haciéndolo retroceder unos pasos, como si fuera nuevamente un insecto avanzo contra el rinoceronte y cuando estuvo cerca de el hizo algo inconcebible si no hubieras sido él, sus tentáculos se aferraron a su cuerpo, sus brazos y piernas fueron enrollados como si sogas se trataran, dos tentáculos se enrollaban en su cuerpo, el espectáculo era demasiado atroz, aprecia un gran pulpo que lo sujetaba, pero todo tenía una razón, sus brazos se abrieron, dejándolo indefenso y con su vientre y pecho expuestos, aun así los músculos de Shuma se tensaban contra los del rinoceronte que trataba de zafarse gruñendo sonoramente.
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Phoenix el Jue Nov 03, 2011 1:00 am

Lluvia anunciando la batalla, una densa lluvia de asesinas flechas inunda el cielo de la ciudadela, y entonces mi corazón da un vuelco al ver que no muy lejos de donde yo estaba situada las flechas surcaron los pechos, piernas, brazos e incluso cabezas de los pobladores… Mujeres, jóvenes, hombres, niños…

Me dolió el pecho con una fuerza inmensa, estaba presenciando una masacre…

“Huye… ¡Huye, maldición! ¡Déjalos ahí a todos, sálvanos! ¿Es que estas ciega?”

El pánico se apoderaba de la poca o casi nula cordura de V, como en un vuelco del mar que se agita sin razón aparente, azota sus olas de desesperación dentro de mi cabeza. Chocando dentro y agitándome consigo.

Tenia que hacer algo… pero mi vida estaba en riesgo. La gente en el pueblo sin embargo comenzaba sin retrasos a prepararse para la batalla, una peor…. Y la piel se me erizaba de solo pensar en ello. Como acto seguido y sorprendiéndome mucho mas de lo que ya estaba, aunque mas que sorprendida me encontraba horrorizada, las copas de los árboles que en su momento deberían ser sombra y resguardo, estaban moviéndose… ¿moviéndose por si solos?

Poco a poco la alarma del peligro hizo dispersarse la paz, como si me olvidara de lo pacifica que me había resultado la gente que poblaba este sitio y la seguridad que la ciudad en si misma me había transmitido, todo ello había empezado a quedar en el olvido al verme atrapada en una guerra que definitivamente no era mía. Y para terminar de sorprenderme, la presencia repentina de seres que no había visto antes, con formas extrañas y otras tantas horrendas. Me asusté mucho más al ver la batalla desatada en carne y huesos, espadas, lanzas, golpes… sangre. Tanta sangre que un dolor punzante y agudo me ataco como una migraña, pero este era tan repentino y palpitante que me pareció más bien el vago dolor de un recuerdo. Uno que no me pertenecía, un recuerdo de la vida de Vishous.

Aun esa mujer me era un misterio, mis pocas pistas incluían la sangre, la sangre la hacia recordar y me dolía tanto… su ansiedad me nubla la vista.

Pero sin mas, parte de mi pánico fue aplacando su fuerza y dejo pasar el instinto de supervivencia y un poco de empatia con estas personas. Pero llamo mi atención un ser de tamaño descomunal con un cuerpo similar a los rinocerontes, sin embargo tenia movimientos que solo suelen hacer los seres pensantes además de poseer un mazo… y eso me hizo pensar que no era un animal simplemente y verlo atacar así a…. ¿otro ser de forma extraña? Y con el… a varios humanos. Mi primer impulso fue correr hacia ellos, pero me detuve cuando concebí que tenia a sona en mis manos, la guarde en mi morral que cruzaba mi torso y entonces supe que debía actuar menos impulsiva y mas pensativa. Muchas vidas había aquí en riesgo, pero mas importante, la mía.

No pensé mas cuando otro ser extraño detuvo el ataque del ser aquel, que no dudo habría sido mortal para la otra criatura. Y no me detuve un instante mas en mi sitio para correr hacia donde se hallaba la criatura de cuerpo puntiagudo, harapos sobre el y una cabeza muy rara. No me importo tanto la apariencia, pues jamás se me ha dado muy bien prejuzgar a nadie ni nada por su apariencia, si no por sus actos. Y este había sido atacado, y me daba la impresión entonces de que no era un enemigo del todo…

“Pero… ¡¿Qué demonios estas haciendo Phoenix?! Aléjate… ¡¡Aléjate ahora!!”

Mi mueca de disgusto se hizo presente y dije casi gritando.

-¡¡Hago algo que me enseñaron en mi aldea, tener un poco de consideración por los demás!!

Mis manos se acercaron con cautela al ser, no por miedo de mi, si no que no sabia que reacción podría causarle al acercarme… mis manos a penas tocaron su duro cuerpo cuando mire hacia el otro lado, donde la otra criatura detuvo a la bestia, y mire a mi alrededor, yo no sabia como matar… no uso armas…

-Alguien tiene que matar a esa bestia… ¡Alguien debe matarlo antes de que haga un daño peor!

Mi mirada esmeralda y azul, tan dispar como las personalidades dentro de mi ser, divagó por alrededor con la esperanza de que alguien tomase partido por algo que yo era incapaz de hacer. Y mis manos aun posaban en el cuerpo duro y de forma extraña. Quería ayudar pero no sabia como….
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Mitsuhide Akechi el Lun Nov 07, 2011 7:47 pm

El sonido de las campanas pronto fue reemplazado por otro todavía más atroz. El grito de un hombre muerto, pero este no duró mucho, apenas surcó el aire unos segundos tal alarido de dolor, antes de ser cubierto por el silbar de decenas de flechas cayendo a mis espaldas. El acero no hacía distinción entre mujer, niño o soldado, y mucho menos cuando la persona que lo empuñaba era sólo un mercenario o, peor aún, alguien que se creía con razón para arrebatar una vida. Pese a todo esto seguí mi camino como si nada pasara hasta que, desgraciadamente, algo pasó. Yo iba en dirección contraria a la masa de soldados de a pie que se estaban movilizando, hombres simples que sacaban de sus casas las armas para defender lo que ellos conocían como hogar, un acto noble. Uno de aquellos hombres que salió lo pude ver con total claridad, alto y fuerte, de espaldas anchas y cargando un hacha a sus espaldas. Momentos antes de abandonar su hogar para, tal vez, no regresar nunca más lo vi despedirse de su familia justo antes de partir a la batalla, pero por desgracia no lo hizo solo. Cuando salió corriendo para embestir a un grupo de antropomorfos que se acercaban demasiado a su hogar un niño salió tras él, seguramente su hijo. El benjamín no parecía alcanzar más allá de los doce años, de cabello rapado y de color marrón, más o menos de metro sesenta de altura y delgado. Sus ojos avellanados destellaron un momento justo antes de que lo hicieran las puntas de las flechas que sobre él se cernían, estaba paralizado por el horror, seguramente sólo quería ser como su padre, pero las saetas lo matarían de igual forma que al padre. Rápidamente, sin pensar demasiado en lo que hacía, espoleé al caballo y lo dirigí hacia el niño agarrándolo del brazo cuando pasé a su lado, fue un milagro que no se lo descolocara. El sonido de las flechas al clavarse a mis espaldas se acercaba cada vez más, y Jundo ya iba bastante desbocado, pero pese a todo ello aguantó un último trecho hasta llegar tras una casa, donde por fin me pude guarnecer con el niño que se rebatía sobre el jamelgo para intentar escapar de mi agarre y hacer lo que demonios tuviera en mente con aquella daga que tenía colgando de su cinto de cuero.

-¡Suéltame! ¡Engendro! – gritó mientras que se bajaba del caballo, cosa que yo también hice para ponerme delante de él dejándome ver como un humano más. Era bastante más alto que él y eso, sumado además a que pudo ver el mango de mi katana entre la capa de color oscuro, bastó para que se quedara quieto: -¿Quieres que acaben contigo? – pregunté mientras que me colocaba un paso más cerca para intimidarlo, mas no bastó esto y el muy bravucón siguió gritando: - ¡No me matarán! ¡Defenderé mi hogar! – negué con la cabeza y con una rápida a mis espaldas para comprobar que no había nadie que nos pudiera emboscar asentí para mí: - ¿Qué es lo que más aprecias en este mundo, chiquillo? – volví a preguntar al tiempo que dejaba ver la empuñadura de la espada ahora ya sí, por completo –Mi hermana, señor. – respondió, con un tono mucho más sosegado –No es más que una niña y… - en ese momento enmudeció y en un intento por echar a correr, como si se hubiera olvidado de que estaba allí, chocó contra mí cayendo después al suelo - ¡En el granero! ¡Está en el granero de la casa! ¡Por favor! – dijo él, llorando mientras que se llevaba las manos a la empuñadura de su daga, sacándola con la diestra – S… ¡Si no te apartas te mataré! ¡Tengo que salvarla! – exclamó de nuevo, ante lo cual negué una tercera vez con la cabeza – No te moverás de aquí, iré yo y la traeré. Guarda eso, muchacho, y no vuelvas a amenazar a nadie con ella. – callé por un momento y luego subí de nuevo al caballo para añadir: - Empuñar un arma no sirve para disuadir. Hay que saber usarla. – y tras esto espoleé al caballo de vuelta a la lluvia de flechas, que ya había frenado sustituyéndose ahora por una de chispas. Eran las chispas de acero contra acero. Los gritos de la guerra de nuevo llenaban mi cabeza de malos recuerdos, un tiempo lejano donde era mi acero el que se alzaba en contra del pueblo y cortaba la libertad y los sueños de este. Años durante los cuales no me importó matar a niños o mujeres con tal de demostrar mi superioridad ante personas desarmadas, demostrando una crueldad impropia de un ser humano. Nunca podría redimirme por todo aquello, pero al menos podía darle al mundo una segunda oportunidad, acabando con todo aquel que deseara la guerra, y finalmente conmigo, pues al fin y al cabo sólo era un arma, un ser creado para la destrucción y la muerte.

Recorrí en completo silencio el corto camino que había entre la parte trasera de la casa donde nos habíamos cobijado y el granero de la casa anterior y una vez allí me bajé del caballo dejándolo en un lugar poco visible, escondido tras unas balas de heno grandes, seguro que aprovecharía para alimentarse. El lugar no era demasiado grande, siendo tan sólo un par de cuadras para caballos, un gallinero y una pequeña charca para tres o cuatro cerdos que estaban acorralados contra la verja más alejada de la entrada, cobijándose ahí mismo de tres curiosos seres con cuerpo grisáceo. Estos, carecían de pelo alguno y además tenían membranosas alas como las de los murciélagos, adornadas con círculos de colores oscuros como el marrón o incluso el negro. Sus piernas eran raquíticas pero largas, acabadas en tres garras de peligrosas puntas que parecían hechas para cerrarse en torno a la carne más blanda de la cual poder alimentarse. Parecían sacados directamente de una pesadilla, y le darían más de una a la niña que había escondida tras los marranos, llorando y gritando por auxilio. Me era imposible saber su edad o algún detalle de ella a causa de la difícil visibilidad entre la rosada piel de los gorrinos, pero seguramente fuera la hermana del chiquillo. Con una sonora pisada en el barro llamé la atención de los seres que en el acto se giraron furiosos. No empuñaban arma alguna más que sus manos convertidas en garras largas y afiladas y sus dientes, que sobresalían de las bocas como enormes agujas, delgadas pero largas y con pequeñas sierras que me costó apreciar. Una mueca de sonrisa se dibujó en mi rostro mientras que también lo hacía en el de ellos, pero la mía era de seguridad, la de ellos de maldad, como si vieran en mí una presa fácil al no ver mis armas, ocultas bajo la capa. Con un único movimiento arrojé la misma hacia ellos y con la diestra saqué velozmente el sable de su funda para acabar con la vida de uno de los seres, al cual la tela de color oscuro le había impedido defenderse a tiempo, con un primer y único corte. Su cuerpo cayó al suelo cortado casi por la mitad, dejándome notar en ese momento lo patéticamente débiles que eran físicamente, aunque para mi desgracia a ese sólo le había cogido de sorpresa.

De repente un golpe en mis costillas hizo que soltara el aire en una única expiración en la cual esputé algo de saliva. Cuando mis ojos tornaron en sí pude ver como dos manchas de color marrón se movían cual polillas alrededor de una lámpara de aceite, sin apenas dejarse ver yo únicamente lograba bloquear con la katana algunos de los movimientos más lentos de ambos seres, que aun así bastaban para igualar mi velocidad. Los golpes en sí no eran demasiado fuertes de uno en uno, la armadura paraba la gran mayoría en su totalidad por la escasa fuerza de los monstruos, pero aun así eran demasiados, y no podría continuar así por mucho tiempo. Entonces recordé algo que me habían enseñado en mis primeros días como soldado: “Si no puedes ver a tu enemigo los ojos no te son útiles abiertos. Ciérralos y deja que tus otros sentidos se expandan.” Haciendo caso de ese consejo dejé que mis párpados me cubrieran la vista y pronto me sumí en las sombras de la invidencia, quedando como un ciego. Los golpes continuaban su impasible lluvia por todo mi cuerpo, pero algo había cambiado, ahora era como si los tuviera localizados, cada golpe encendía en mi cabeza una luz en un “mapa” mental de mi cuerpo que había hecho, así, de ese modo, podía calcular desde donde golpeaban. Ahora lo podía ver todo mejor, irónicamente, no eran golpes ni mucho menos al azar, sino combinaciones de golpes que buscaban ablandar mi carne en ciertos puntos: La zona de los riñones, el pecho y el estómago. Esos tres puntos eran donde más se concentraban las sacudidas de ambas criaturas. De nuevo, volví a asentir para mí y con la misma velocidad de antes, justo cuando recibía un impacto en la delantera, blandí la espada dejando caer sobre mi enemigo un golpe que resultó mortal por la poca resistencia de su cuerpo y la gran capacidad para sajar de mi arma. Una vez concluido ese golpe hice que la acerada girase en mi mano con mortal destreza y la llevé hacia mi propio costado, pasando tan cerca de este que pude notar el sesgo de la hoja pasar al lado de las cinchas de la armadura para finalmente detenerse en la carne. Retorcí y saqué. Una herida mortal con la que ajusticié al tercero.

Sin embargo, antes de que pudiera acercarme a los cerdos, que seguían protegiendo a la niña con más coraje que muchos soldados con los que me había cruzado en vida, un grito llamó mi atención. Sin dudad era de mujer, y pedía ayuda para acabar con un monstruo. Otro más. No me detuve entonces para nada, sólo dejé a mi caballo atrás y recorrí las calles infestas de pequeñas contiendas entre soldados y engendros hasta llegar a ver a una mujer arrodillada al lado de una ¿Roca? No lo pude saber bien en ese momento, pero cuando me acerqué un poco más noté que era un caparazón bastante grande, seguramente otro engendro, pero si una humana le estaba ayudando no debía ser malo. Frente a ellos, a no más de metro y medio, había otra contienda entre dos engendros de los cuales uno era una especie de bola de espinos con tentáculos y un único ojo y el otro un rinoceronte enorme, de piel gruesa y ojos menudos que buscaba por todos los medios librarse del agarre de esa bestia ocular. No dudé un instante y me retiré unos pasos para ganar algo de distancia, sacando así la alabarda de hoja recurvada y poniéndola a la par que la katana, creando así una especie de doble filo. El cuerpo del ser ciclópeo no ocupaba gran parte de sus dimensiones reales, y la separación entre dos de sus tentáculos me dejaba la perfecta abertura a una zona que a todo hombre y mujer se le suele olvidar cubrir y donde, por lo general, la piel es más débil: La entrepierna. No era un golpe precisamente lleno de heroísmo pero no por ello perdía orgullo, así que con rapidez empecé a correr apuntando a esa zona con mis dos armas. Si todo iba bien me hincaría en él con sendos filos y como si fuera un matador de todos retorcería en tan privada zona para matarlo del dolor o al menos causarle uno tan intenso que hiciera imposible que se volviera a poner en pie.
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Moray el Lun Nov 07, 2011 10:09 pm

Algo chocó contra ese rinoceronte en el momento que levantó sendos brazos portando su enorme martillo de roca, haciéndole retroceder y así librando a Moray de un golpe que, con suerte, lo menos que hubiese hecho sería quebrar su caparazón. Intentó levantarse, pero estaba algo aturdido aún por el golpe contra el suelo y solo logró apoyar su brazo izquierdo en el suelo mientras un misterioso ser con tentáculos semi oculto en una capa intentaba inmovilizar a la mole rinoceronte, que luchaba contra el agarre con todas sus fuerzas.

Alguien se acercó a él en ese instante, una mujer, la cual clamó que alguien debía acabar con aquella bestia mientras posaba sus manos sobre su endurecido pecho. Era una humana, y en otras circunstancias Moray no hubiese dudado en matarla pero, además de que no era momento para ello, ese “hechizo” que flotaba en el aire parecía impedírselo, bloqueando esos pensamientos cada vez que cruzaban por su cabeza. De todas formas, que la humana le tocase no le agradó lo más mínimo, por lo que simplemente desvió su mirada, ignorándola al tiempo que se levantaba con esfuerzo, haciendo el peso de su caparazón más complicada la tarea.

El rinoceronte continuaba debatiéndose, tensando sus músculos. Casi parecía que iba a lograr arrancar los tentáculos de aquella criatura, pero entonces algo sucedió. Un tercer desconocido se abalanzó con su alabarda por delante, embistiendo contra la entrepierna del rinoceronte. Este soltó un grito desgarrador cuando sintió el metal destrozando aquella zona, pues su armadura de cuero no logró protegerle. En ese instante que sus músculos se aflojaron por el dolor, sus brazos crujieron al partirse hacia atrás por el tirón de la criatura de los tentáculos. Aquí Moray vio el momento perfecto para actuar y, sin perder un solo segundo, embistió al enorme antropomorfo con todas sus fuerzas, hundiendo sus fauces en su cuello y arrancando su dura piel.

El rinoceronte cayó hacia atrás sin remedio, desangrándose, habiendo muerto antes de chocar contra el suelo.

Los “soldados” que había cerca aclamaron la acción del grupo, alzando sus espadas al cielo. Los antropomorfos que había cerca, al ver derrotado a tan gran guerrero, se miraron asustados entre ellos, pero no iban a cesar su acometida. No cuando estaban tan cerca. Nadie iba a salvarles de esa furiosa acometida, cansados por la lucha como estaban. Sus rugidos guturales destilaban fiereza y decisión y en sus ojos casi podía verse el fuego ardiendo. ¿Era aquél el final? ¿Tanto de Parisho como de los forasteros?

Un gran rugido traído desde lo más alto de la ciudad, oculto por la niebla, recorrió todos los niveles de la ciudad. Los antropomorfos miraron al cielo, deteniéndose de inmediato ahora con terror. Sisearon, gruñeron y bufaron, emprendiendo la huida remontando de nuevo las murallas de la ciudad, como si aquél sonido fuera lo más aterrador del mundo para ellos. Los soldados les persiguieron, envalentonados por aquél estruendo, matando a todos los que quedaban rezagados o que no lograban subir por las murallas a tiempo. En el primer nivel de Parisho se disponía ahora una auténtica masacre por parte de los dos bandos. A pesar de que los atacantes se hubieran retirado, nadie podía decir que hubiese sido una gran victoria.

Moray dirigió una mirada a aquellos que habían combatido contra el rinoceronte. El que había parado su martillazo contra él parecía también un antropomorfo, pero el Profundo no podía asegurarlo. Después estaba aquella mujer, la cual no había hecho gran cosa, simplemente gritar y tocarle con aquellas inmundas manos humanas. El tercero era otro humano que vestía una exótica armadura, con un cabello tan largo que llegaba hasta su cintura.

Le gustase o no, esas personas posiblemente le habían salvado la vida.

Se limitó a agradecérselo con un movimiento de cabeza, inclinándola respetuosamente, pero no dijo nada y en su mirada era evidente que no lo hacía precisamente por placer.

-¡Un hurra por los forasteros!-exclamó alguien entre la multitud congregada a su alrededor.

Las ovaciones se sucedieron a ese grito, las caras felices de aquellas gentes reían, sonreían, mientras les aclamaban. Aquello era algo nuevo para Moray, quien jamás había recibido tal homenaje. ¿Alguna vez había recibido alguno? No, no lo había hecho. Se sentía incómodo, pero por una vez esa gente no intentaba matarle. Tal vez… pudiera aceptar la existencia de esos humanos. Tal pensamiento le costó horrores de formular en su cabeza.

-¡Dejadme pasad! ¡Por favor!

Todos los rostros se giraron para ver a una adolescente ataviada con una túnica blanca y dorada con capucha, que luchaba por alzar su voz sobre las de los demás, abriéndose paso como podía entre la multitud hasta llegar ante el grupo de forasteros.

- ¡Gracias por ayudarnos a defender nuestra ciudad!-dijo mientras intentaba recuperar el aliento.- Soy la novicia Maika y he sido enviada por Alamnad el Dorado.-explicó aún algo apresuradamente.- El Dorado está muy agradecido por vuestra inestimable ayuda, y solicita poder conoceros en persona, si no tenéis inconveniente en encontraros con él enseguida.

Una audiencia con el gran dragón dorado… Moray no podía negarse. Así podría conocer cara a cara a tan magnífico y poderoso ser, un ser milenario que podría convertirse en su nuevo amo. En todo lo que había buscado, pues… ¿qué más le quedaba que servir a otro? Además, tenía curiosidad por saber qué era lo que ocurría en Parisho, por qué un dragón protegía aquella ciudad cuando podría destruirla sin apenas esfuerzo.

-Acompañaré.

El antropomorfo caminó hacia la joven, la cual era muy superada por él en altura incluso con su cuello recogido, llegándole tan solo al pecho. Moray no sabía distinguir bien las edades humanas, pero aparentaba aproximadamente los 16 años.

Cuando los forasteros accedieron a seguirla, ella les guió por las calles de la ciudad, siempre cuesta arriba o subiendo escaleras, lo cual en el estado de agotamiento en el que se encontraban todos, se les hacía especialmente cansado.

La ciudad obviamente sería mucho más bella con el sol reluciendo y acariciando los edificios que con un día gris y con llovizna intermitente. Muchas de las casas poseían cabezas de dragón en madera en sus dinteles o dibujos de estos seres alados en sus jambas con pinturas doradas o grabados excavados directamente en la madera y en la roca. Ninguno de los edificios era muy alto y ninguno superaba los dos pisos, a excepción de tabernas y otros edificios más importantes.

Por fin llegaron al cuarto nivel de la ciudad. Lo primero que vieron les dejó sin aliento, pues se trataba nada más y nada menos que de un colosal templo de mármol y oro que parecía alzarse sobre las nubes, con la Montaña Quebrada recortando su silueta tras él. Grandes piras ardían a ambos lados de un camino de roca que subía hasta la entrada principal. La novicia Maika explicó que aquél era el Templo Dorado, construido en honor al dragón Alamnad para que lo usara como su hogar y que así pudiera vivir en la ciudad. Sobre la ciudad.

Cómo no… había que subir más escaleras.

Cuando llegaron arriba se encontraban exhaustos. Nadie se había librado del cansancio, y la novicia era la que más lo aparentaba. De cualquier forma, intentó recomponerse antes de dar el primer paso al interior del templo, que sorprendentemente no estaba guardado por soldados de relucientes armaduras, sino por sacerdotisas y novicias. Mujeres vistiendo aquellas túnicas blancas y doradas. Los ojos de Moray quedaron fascinados por tanto esplendor, pues jamás había visto algo tan reluciente y magnífico como eso. La gran sala principal era alargada, salpicada de hileras de columnas las cuales ni siete hombres juntos podrían rodear con sus brazos. Al alzar la mirada hacia el techo, Moray se encontró con que en este era abovedado, con pinturas representando al gran dragón dorado. Tardaron un minuto entero en llegar a la otra punta de la sala, pues aunque esta no era muy alargada, sus pasos eran más lentos por el agotamiento.

-Pasad.-invitó la novicia al detenerse frente a una magnífica puerta dorada.- El Dorado está esperando, pero sed pacientes con él.-advirtió.- Está muy débil desde el último ataque. No…-la novicia apartó la mirada.- No creemos que vaya a vivir mucho más.

Tras dar Maika dos toques a la puerta, ésta se abrió lentamente sin que nadie la tocase. Era imposible que lo estuvieran haciendo desde dentro, pues las puertas se abrían en ese sentido. ¿Era tal vez esa maquinaria que inventaban los hombres? ¿O quizás fruto de su magia… o la del dragón?

Al pasar por las puertas, éstas comenzaron a cerrarse. Sin embargo, nadie se inquietó. Aquél “hechizo” era mucho más fuerte allí, casi abrumador. La paz que les invadía era agradable, casi invitaba a tumbarse allí mismo a descansar. Una profunda y arrastrada voz les instó a no hacerlo.

-Pasad, por favor. Mi casa es vuestra casa.

La sala estaba en la penumbra, iluminada solo por la luz de algunos cuencos de acero que contenían llamas anaranjadas. En esta sala solo había dos hileras de columnas que marcaban el camino hacia el frente, decorado por una alfombra blanca con motivos dorados. Al avanzar en esa dirección, por fin pudieron verlo, allí, tumbado sobre un gran tesoro como el hombre jamás podría imaginar. Aquél era Alamnad, el Dragón Dorado.

Sus escamas, sin embargo, poco brillantes eran ya. Aunque algunas conservaban su brillo, las demás parecían oxidadas, apagadas, de tono ocre en lugar de dorado. El tesoro se fundía con el cuerpo del dragón, tanto piedras preciosas como monedas de tiempos antiguos y adornos de oro puro y diamantes. La lenta respiración del reptil alado hacía que su pecho se hinchara y deshinchara como si cada mínimo movimiento le fuese doloroso. Su cabeza se movió un poco, lo justo para mirar a los cuatro forasteros que se disponían ante él con sus ojos dorados y cansados, de profundas y marcadas arrugas que le daban un aspecto anciano y de poseer gran sabiduría. Aunque intentó levantar su cabeza en un pequeño esfuerzo no lo consiguió, denotando su precario estado.

-Vosotros… habéis ayudado a las buenas gentes de esta ciudad.-una sonrisa pudo apreciarse en sus escamosos labios arrugados.- Tenéis mi simpatía por ello, nobles forasteros.-se vio obligado a interrumpirse por una repentina tos que voló el cabello de la mujer y el humano.- Pero lamentablemente, esta victoria no significa nada, pues esos… asesinos, La Hermandad de la Espesura, volverán y volverán hasta que no quede ya nada que destruir. En su último ataque lograron herirme con veneno, y mucho me temo que no podré evitar… la destrucción de esta ciudad.-sus ojos se cerraron momentáneamente.- Por eso me veo obligado a pediros ayuda, honorables forasteros. Vosotros sois diestros en la lucha, fuertes en sentimiento.-miró a la mujer, haciendo una breve pausa.- Si aceptáis ayudarme, no solo seréis siempre recibidos en Parisho con los honores de un rey, sino que podréis pedir cualquier cosa que esté en mi mano daros. ¿Aceptaréis tomar parte en esta empresa? ¿Aceptaréis brindar ayuda a un viejo dragón, aunque debáis adentraros en el gran bosque, a cambio de mi bendición?

La voz de aquél dragón era tan respetable que ninguno de los allí presentes se atrevió a interrumpirle. Aquella era una criatura sagrada, poderosa, majestuosa… aún cuando se encontraba en aquél lamentable estado, poseía el porte de un rey de reyes. Moray quedó pensativo, analizando sus palabras.

Como había pensado, el dragón defendía Parisho. No había sido obligado por esa gente a permanecer allí. Jamás obedecería las órdenes de un dragón que sintiera simpatía por los humanos, por muy poderoso que fuera. En cualquier caso, la recompensa que prometía sonaba demasiado interesante como para ignorarla. A Moray no le interesaba el tesoro del dragón, pero una recompensa no siempre es de oro y joyas.

-¿Qué hacer para ayudar dragón?
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

Mensaje por Phoenix el Jue Nov 17, 2011 5:12 am

Mis manos pequeñas y delgadas se fijaban con suavidad y cierto recelo ante la textura dura que estaban aguardando entre ellas, mis ojos no podían dejar de visualizar la escena que sin duda me tenía tanto a mi, como al resto de los pobladores, con el alma pendiendo de un hilo. Pero sentí el momento en que un fuerte rechazo seme encimaba como una serpiente venenosa, mis ojos se entrecerraron y mi mirada divago hasta encontrarse con el ser a quien había tratado, sin llegar a una conclusión, de ayudar en lo que me fuera posible.

Sin embargo parece que no todos tienen como grato que alguien se interese por el bienestar ajeno, en toda la forma cordial que pude me levante despacio y entonces presencie el acto que tanto había pedido. Pues si bien tengo valor, carezco irremediablemente de las armas y la fuerza para tomar esa tarea entre mis manos gitanas. Un hombre de gallarda figura, cabellera brillante y una espada que sin más, el crujido de la criatura al ser perforada con esa fiereza me hizo estremecer. Incluso había resultado algo desagradable, asqueroso en realidad… y una mueca de incomodidad en mis labios no se hizo esperar.

Di dos pasos hacia atrás mirando como el ser aquel que antes había aterrorizado a la gente de la ciudadela, se dejaba rendir ante una muerte dolorosa… se notaba que bastante. No he sido partidaria nunca de causar dolor, y muy a pesar de que esta criatura bien me hubiera devorado o destrozado de solo ponerme en su camino, tampoco le deseaba ese sufrimiento.

“Y como consuelo te quede bien que, el dolor de una muerte inminente no es mas que un llanto de niños, el dolor de una vida interminable es una amargura digna solo del abismo.”

La incursión de la voz de Vishous me hizo paralizarme como si de un fantasma frente a mis ojos se tratase, perdiendo total noción de las cosas, ella había dicho algo que me asustaba… una vida interminable. Sangre… locura… los signos más inequívocos de una raza que hace mucho no escucho de ella. Y no quería mencionarla. Eran una estirpe por mucho peligrosa, pero cuyas debilidades son equivalentes a su poder.

¿Quién es ella en realidad? ¿Qué quiere de mi entonces…?

En realidad no estaba aun dispuesta a preguntarle, cada vez que lo intentaba ella se sentía agredida, se encerraba en un delirio que no podía entender y se ausentaba por días. Pero dejando eso a un lado, volví en si cuando escuche un clamor que me exasperó.

Como si de héroes se tratara aplaudiendo y gritando, resonaban sus voces en mi cabeza y yo note algunas miradas sobre mi, y por supuesto sobre los que estaban situados cerca de mi. No me estaba equivocando, me incluían en un acto que no era de mi incumbencia. Y eso me estaba desconcertando, una de mis manos se elevo hasta quedar sobre mi pecho como si eso pudiera protegerme, no era de mi agrado abusar de la ignorancia de la gente. Mucho menos de esta que esta tan herida por batallas y pérdidas de familiares en manos de seres extraños.

Sin pensarlo dos veces yo lo único que hice fue dar media vuelta y querer huir entre las multitudes aclamando el valor que en mi al menos, no había sido demostrado….

En realidad no tuve la oportunidad, pues de inmediato una joven que bien parecía de mi edad, se acerco tomando un titulo de anfitriona, y ofreciendo que le acompañásemos. Lo que por evidentes razones me pareció que era ya demasiado, pero pareciera que no aceptaría un No como respuesta. Camine tras ella, junto con el resto… me sentía tan diminuta entre los demás que eran tan extraños y altos. Que me mordí el labio tratando de no sentirme intimidada. Exhale el aire con calma y camine casi al paso de la joven. No quería estar muy lejos de ella, sintiéndome como en ese momento lo hacia.

Una larga caminata y mucha cuesta arriba que había que estar avanzando, hizo que mis piernas se sintieran bastante agotadas, y el éxtasis de las escenas anteriores no ayudaba en nada a sentirme con menos cansancio. Todo había sucedido tan rápido y tan horrendamente sanguinario…

Pasamos por varios paisajes entre los cuales una especie de templo, donde había una evidente adoración al dragón del que nos había estado hablando un poco, el templo se veía tan deslumbrante, sobre todo por las que le rendían culto, sus vestimentas eran de un estilo brillante y glamoroso y a la vez pulcro y digno de los dioses. Cuando nos hubo conducido hacia donde residía el dragón a quien se le notaba que amaba, me senti como en un ambiente de tristeza, aunque mas bien era mi propia tristeza por la pena que me da su futuro tan incierto…. O corto.

Yo jamás había visto a un dragón, y para ser sincera nunca creí que alguna vez en mi vida podría ver a uno y en ese instante se me instalo un aire de emoción y curiosidad. Pero al mismo tiempo bien dotado de la pena de su estado a como lo narraba la joven. Una vez invitados por esa voz moribunda y penetrante y cuando pude presenciar su magnifica figura con mis propios ojos casi me quedo en un trance. Era tan nuevo esto para mi que me sentí como una niña explorando un pequeño jardín que a sus ojos es una inmensidad de aventuras. El tesoro posado bajo él, tenía ahora más esplendor que la misma piel escamosa del dragón, sin dejar de lado que el simple hecho de ser lo que era, para mi era mas interesante mirarlo a él, era mas hermoso si vislumbraba su pasado de forma creativa… debía haber sido hermoso hace tiempo.

Escuche con atención cada arrastrada y apagada palabra que podía pronunciar, y a notar por su estado seguro el defendería estas tierras como ninguno, y entonces yo quise interrumpir, no había hecho nada por este pueblo, yo no merecía su confianza.

“¿Y que supones? ¿Te iras así nada más privándote de puertas que pueden darte la riqueza de mi estirpe? Eres demasiado inculta para mí… no eres demasiado conformista.”

Mi mirada se torno furiosa, a veces muy a pesar de que tenia razón en la mayoría de las ocaciones, me enfada su ambición tan ciega. Y mi voz delicadamente como un simple suspiro al viento….

- Tu eres quien debería dejar de ser ambiciosa, y ser mas humana….”

“¡¡Nunca!! ¿Me escuchas? ¡¡Jamás perteneceré a tu raza tan frágil!!

Su voz, alterada y nerviosa, indignada diria yo, me hizo sentir confundida aun mas. Pero el caso de todo, y lo que en verdad requeria de mi atención era esta situación en el pueblo…

-Perdone, pero yo no he hecho mas nada por su pueblo, y no es que me falte el valor, o la humanidad para ayudar a quienes requieren, pero mi fuerza no es la de una bestia, ni mi habilidad en batalla es la de un guerrero… soy una simple gitana. Sin embargo…

Solo me pude quedar en silencio, temí ofenderle y no por miedo si no porque no soy tan irrespetuosa como parezco. A mi corta edad incluso se reconocer a quienes merecen mi reverencia.
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Re: Alma de Dragón, Corazón de Lobo

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