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La Necrópolis Sepultada

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La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Mar Nov 01, 2011 3:45 am

¡Bravos aventureros, diestros guerreros y poderosos magos!

¡Se os convoca a todos a la ciudad de Muqtasin, en la Tierra Muerta! ¡El todopoderoso califa Al-Jawad, que los dioses le honren, ha descubierto recientemente una antigua ciudad de una civilización ya olvidada en el desierto, y necesita a guerreros que le acompañen en su expedición a la ciudad para que le escolten! La recompensa que se ofrece es de… ¡100.000 monedas de oro! ¿A qué estáis esperando? ¡El califa os espera con los brazos abiertos! ¡La recompensa está asegurada!


Este cartel colgaba de los muros de todas las ciudades humanas de Noreth, y por todos sitios montones de curiosos se agolpaban, enormemente animados por la recompensa a pesar de lo lejos que se encontraba el lugar de destino. Como todos, yo también me vi atraído por la enorme suma que prometían. 100.000 monedas… Eso era el sueldo de 200 soldados…

En aquellos momentos yo me hallaba en la ciudad de Muqtasin, buscando alguna aventura que pudiera reportarme suficiente fama y dinero como para poder proseguir con mi campaña armamentística. Contra más renombre tuviera yo, más apoyos ganaría, tanto en Zhakhesh como fuera de él, y contra más dinero lograra, más soldados podría financiar y más pronto podría devolver al trono a Amon, y con ello, poder iniciar la venganza contra el Imperio. Además, aquella ciudad era renombrada por sus alquimistas, y a lo mejor podría lograrme el favor de alguno para obtener nuevos conocimientos.

Por las calles de la ciudad podían escucharse a numerosos pregoneros, chicos de tez morena, casi negra, con conos de metal que amplificaban sus ya estruendosas voces, que leían con pomposidad unos papeles que se les habían distribuido. Todos decían exactamente lo mismo, y por todas partes se les escuchaba:

-¡A todos los interesados en la misión del califa Al-Jawad, diríjanse a la taberna de la Rosa del Desierto! ¡Allí se les darán indicaciones acerca de la misión! ¡Vamos señores, no sean tímidos, no tengan miedo! ¡Les espera una gran fortuna, y el califa les pagará la estancia! ¡Hoy es el último día!-

Escuché con atención al chaval, y pronto me acerqué a una persona que pasaba por ahí. Hablaba en el idioma común, pero su acento era bastante extraño, aunque gracias a que estaba acostumbrado a lidiar con muchos acentos, logré entenderle. Era un hombre gordo y jovial, con una barba extensa, hasta el ombligo. Estaba ya entrado en años, e iba vestido con una chilaba, un turbante, y esos extraños zapatos que suelen llevar la gente de esa región. Babuchas llaman a ese calzado. Con tono animoso, me habló:

-Salam aleikum! Vaya vaya vaya, así que usted está también interesado en la misión que ofrece el califa, ¿cierto? La taberna está siguiendo recto por esta calle, entonces, no a la primera ni a la segunda ni a la cuarta calle a la derecha, si no a la tercera, se encuentra la taberna. Sólo deberá pasar una tienda de herboristería y la tienda de zapatos del viejo Mohammed, y ahí estará la taberna. Beslama!-

-Beslama. Gracias por indicarme el camino, buen hombre.-

Seguí sus indicaciones, y al cabo de cinco minutos llegué a la taberna. Era un sitio muy espacioso. Parecía casi un palacio construido al estilo Deseh, como toda la ciudad. Incluso en la puerta había un par de hombres armados, y según pude escuchar a un par de mujeres, que iban con velos transparentes ocultando de su nariz hacia la barbilla y ropas ligeras y no precisamente recatadas, aquella taberna también era hogar del califa.

Una vez entré, una bella mujer deseh se me acercó, haciendo una grácil reverencia, como si estuviera bailando, y me dijo, con una voz dulce y melodiosa:

-Ahlan wa sahlan, caballero… Usted también viene a por la misión del califa, ¿cierto?-

-Así es.-

-Si hace el favor de acompañarme…-

Esa mujer u otra de las cortesanas de la taberna harían lo mismo con cualquier persona que entrara en la taberna. Mientras yo seguía a la mujer, que movía las caderas de una forma provocativa pero a la vez elegante, lo cual la hacía doblemente atractiva al moverse con sensualidad pero sin parecer una puta barata de taberna. Finalmente, me condujo a una habitación espaciosa. En ella había dos hombres y una mujer. Los tres conversaban, e iban armados. Tenían delante una gran cachimba, de la que fumaban un extraño tabaco que desprendía un olor como a macedonia. En la sala había varias cachimbas más, y en el fondo había una especie de cortina que tapaba el resto de la sala. Frente a ella se podían ver a dos hombres de piel negra que perfectamente llegaban a los dos metros de alto y cuyos músculos se marcaban poderosamente, y en sus cintos llevaban cimitarras de filo serrado, las cuales denotaban que un corte con ella sería algo fatal para la mayoría de personas.

Decidí sentarme junto a los tres desconocidos, que me hacían un ademán con las manos para invitarme a fumar con ellos el tabaco de fruta. Una vez me senté y me quité el casco, empezó a hablarme uno de ellos. Era un enano, el cual iba equipado con una armadura de cuero endurecido tachonado. A su lado, reposaban un hacha de mano y una ballesta, cuyo chasis estaba hecho de acero en lugar de madera. En su costado se apreciaba un juego de ganzúas. Tenía un cuerpo grande y fuerte, y a pesar de llevar ropa ancha, cuando se le pegaba una manga al brazo podía adivinarse que la circunferencia de sus bíceps era próxima a la del tronco de un pino. Su voz sonaba anciana, pero sus gestos estaban cargados de vida:

-Así que tú también te unes a esta aventurra, humano. Bien, bien, eso está bien. Nosotrros somos el último grrupo de aventurrerros, según nos han dicho. Al parrecer, estuvierron recogiendo gente durrante dos semanas, y hoy es la fecha límite parra prresentarse. Mi nombrre es Rorky, mucho gusto.-

Decidí presentarme yo también, asintiendo con la cabeza, y le dije, sonriendo cortésmente:

-Mi nombre es Khaelos, de la familia Kohlheim, para servirte a ti y a tu clan.-

El enano asintió, complacido, al ver que conocía las tradiciones enanas de respeto. A su lado reposaba una gran jarra de cerveza, a la cual cada cierto tiempo le daba un trago. El siguiente en presentarse fue un individuo viejo pero de gesto fuerte. Una túnica marrón ancha cubría su cuerpo, llevando en la cabeza un gorro de color gris. A su lado, estaba apoyado contra la pared un bastón hecho con ramas de roble, y de su cinturón pendía una espada. Hizo una reverencia, seguida de una exhalación de humo con forma de barco, que pasó por dentro de un anillo de humo que hizo el enano, y dijo, con voz una voz más digna de un poderoso rey que de un venerable anciano:

-Saludos, Khaelos. Mi nombre es Brandalf, y acabas de ver ya a mi amigo Rorky presentarse. Al parecer seremos compañeros en esta interesante aventura… Veremos cómo va…-

Su forma de mirarme me inquietaba, me inquietaba mucho, y más aún el tono etéreo en el que había acabado la frase. Parecía como si lograra ver cada rincón de mi alma, como si pudiera ver cada crimen que yo había cometido a lo largo, como si desnudara mi mente y la sometiera a un examen, y sin embargo, no era una mirada como la que lanzaría un ser malvado, pues no buscaba dañarme. Solamente me leía como si fuera un libro abierto. Era extraño. Muy extraño. Decidí responderle:

-Encantado de conoceros, venerable hombre… Eso mismo digo yo, veamos cómo va la aventura…-

Rápidamente aparté la mirada de él para fijarla en la tercera persona. Era una hörige, bastante hermosa por cierto. Llevaba unas hombreras y brazales de acero, rematados por unos guantes de cuero, y su torso era cubierto por una especie de corsé de placas y cuero endurecido el cual dejaba ver su vientre y el ombligo. Sus piernas eran cubiertas por grebas que cubrían desde el pie hasta la rodilla, y tenía una falda de cuero tachonado sobre los pantalones de cuero que llevaba. Tenía un par de cuernos en la cabeza echados hacia atrás, como si fueran los de una cabra, pero el resto de su cuerpo era totalmente normal, a excepción de su color de piel azulado y sus ojos de color celeste. En el cuello llevaba un collar que brillaba débilmente con un color ámbar. Me devolvió la mirada, clavando sus ojos en los míos, aunque a diferencia de Brandalf, ella no me intimidó. En su espalda llevaba una maza de cabeza redonda con una especie de filo, y arriba del todo poseía una especie de pincho. Apoyado contra la pared estaba su escudo, sin adornos y redondo, capaz de cubrirle de cintura hasta el cuello. Empezó a hablar con tono solemne pero a la vez humilde:

-Mi nombre es Drayara. Es un placer conoceros, señor Kohlheim.-

Asentí y le respondí, con el mismo tono:

-El placer es mío, milady.-

La mujer de antes entró entonces en la estancia, y nos preguntó si queríamos comer algo, a lo cual asentimos. Tras eso, decidí empezar a socializar con aquellas personas y fumar un poco de la cachimba, en la cual aún quedaba una pipa libre.
_____________________________________________

Off: Bien, primer post, instrucciones en la sección táctica! Very Happy
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Re: La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Drake el Mar Nov 01, 2011 4:25 pm

¡Bravos aventureros, diestros guerreros y poderosos magos!

¡Se os convoca a todos a la ciudad de Muqtasin, en la Tierra Muerta! ¡El todopoderoso califa Al-Jawad, que los dioses le honren, ha descubierto recientemente una antigua ciudad de una civilización ya olvidada en el desierto, y necesita a guerreros que le acompañen en su expedición a la ciudad para que le escolten! La recompensa que se ofrece es de… ¡100.000 monedas de oro! ¿A qué estáis esperando? ¡El califa os espera con los brazos abiertos! ¡La recompensa está asegurada!

-Hmm, suena interesante...-

Mientras el mercenario ojeaba el papel que había sobre una pared, se acariciaba la barbilla, pensativo; la ciudad de Sülh Dunes, una ciudad de paz y descanso por excelencia, ahora se convertía en el centro de atención mediante el anuncio de una cuantiosa suma de dinero ofrecida por un califa- alguien con poder en esa zona oeste de Noreth-
asegurando que 100.000 monedas de oro pueden ser cosa fácil si aceptaba el trabajo. Mucha gente venida de diferentes puntos de Noreth se congregaba entorno a los carteles, por lo que sabía Drake, el califa era alguien de mucha influencia, ya que había carteles por todas las ciudades en las que el común estuviese presente, congregando así, a cualquier tipo; desde fuertes hombres cubiertos con pesadas armaduras, hasta ligeros y melancólicos elfos. La ciudad, en el desierto, se presentaba abarrotada de gente, daba igual el por que, pero muchos salían a la calle envueltos en sus turbantes para contemplar la sobre-actividad que se estaba dando esos días, ya que la ciudad era un importante centro turístico y de estudios sobre la historia de Noreth, así que por lo general, solía haber bastante gente.

Chavales jóvenes, de tez morena, andan por la calle, dando información del lugar de reunión para la misión. Drake se acercó un muchacho, el cuál estaba acabando de enunciar el texto que llevaba sonado toda la mañana en la ciudad.

-Oye, perdona que te interrumpa pero...¿Dondé esta la taberna que dices?-

El joven de tez morena despegó de sus rosados labios una especia de cono metálico, que amplificaba la voz y miro, minuciosamente de arriba a abajo al hombre que se le presentaba. Tras cinco segundos el joven pareció entender que aquel tipo con tantas cicatrices no iba a hacerle daño, y con un efusivo salto se movió.

-Yo llevarle señor, ¡yo llevarle!- El niño parecía que no sabía hablar muy bien el común, ya que en esta tierra se usaba un común distinto, con ''expresiones del desierto''. El joven cogió de la mano al hombre y tiró de él, hasta que este empezó a correr al ritmo de las pequeñas zancadas del muchacho.

Tras dar un par de vueltas, llegaron a un edificio, sobre el cuál, y con un bonito letrero de madera decía: ''Rosa del Desierto''. El joven soltó a Drake, mientras se giraba con una amplia sonrisa hacia él, diciendo:

-¡Aquí es!- El muchacho, con una amplia sonrisa extendió la mano hacia el mercenario. Drake miró, primero la mano, y después al chaval. Tardó un momento en darse cuanta de que el joven de tez morena quería una propina por su trabajo.

-Es que verás, yo no tengo dinero ahora mismo...-

Drake, miraba al chaval, moviendo las manos, intentando que el niño se enterase de lo que decía, pero nada, se hacía el sordo, con la mano extendida, y aún con la amplia sonrisa.

-Ahg...Bueno está bien, toma- El hombre se llevó las manos al cinto, donde había una pequeña bolsa con un puñado de Kulls de bronce. La abrió y le dio diez monedas al joven, que las miró y volvió a sonreir como antes.

Drake movió las manos con gesto negativo.-Lo siento, ando escaso de dinero, pero gracias por traerme.- El joven pareció entender que no iba a sacar mucho más de aquel tipo, y se esfumó aún entonando el texto para que la gente fuese a la taberna.

Sin más dilación el hombre se acercó a las puertas de la taberna, en la que unos enormes guardaeslpaldas custodiaban la entrada. Entró sin ningún tipo de problemas al enorme salón. Era la primera vez que el guerrero veía una taberna de ese lujo; contaba con numerosas mesas, todas limpias, e impecables, como el resto del lugar; al fondo una sala con gente, la taberna se lazaba lujosa, sin duda un buen punto de encuentro ante un califa. Una hermosa camarera de pelo rojo como el fuego se dirigió la mercenario, el cuál maravillado por el lugar, no se fijó en el elegante y provocativo movimiento de la mujer, hasta que esta le sacó de sus pensamientos.

-Bienaventurado viajero, ¿viene por las cartas de nuestro califa?-

Ahora Drake, tenía toda la atención puesta en las lentejuelas de la mujer de cabellos rojos.-Si, por eso vengo señorita-

La pelirroja con una sonrisa que la hacia aún más atractiva le hizo un gesto al hombre, para que lo siguiese. Drake la siguió sin rechistar, admirando el movimiento grácil de la mujer, hasta que llegaron a un salón enorme lleno de pipas, o lago por el estilo que el mercenario no sabía muy bien que eran, y se dirigió al único grupo de personas que se habían girado al oír los golpes de las botas del humano.

Allí, entorno a una mesa redonda se hallaban cuatro personas: Un par de humanos, uno de ellos un viejo, otro un hombre con una armadura, una hörige y un enano. Sentados en torno a la mesa, fumando de aquella pipa, conversaban alegremente, como si fuesen amigos de todas la vida.


La camarera le indico al humano de pelo rubio que allí debería de esperar al califa, hasta entonces podía beber lo que quisiese, que era una invitación de la casa. Drake con pasó firme se puso al lado de la mesa, mirando a los presentes, y presentándose. La educación era algo que no se debía perder, así lo habían educado.

-Señores, señorita-Dijo sonriendo-Mi nombre es Drake, encantado de compartir mesas con ustedes- Dijo con palabras seguras, al igual que la reverencia que era más un signo de cortesía que otra cosa, y se dispuso a sentarse junto al hombre de la túnica gris, dejando sus pertenencias sobre la pared, como estaban las demás.-Encantado, espero que halla algo de acción en la misión, por lo visto está moviendo a mucha gente- Comentó Drake mientras tomaba asiento entorno a la mesa, mirando la pipa.

Al cabo de unos minutos ya conocía todos los nombres de la gente que había en la mesa, aún quedaban huecos, que se irían rellenando con el tiempo, pero por el momento conversaba alegremente con el hombre de la túnica, el cuál le había parecido interesante por la forma en la que miraba, analizaba. Al principio, cuando Drake lo miró a los ojos, notó como si el hombre viese a través de él, era raro, pero a la vez a Drake le tranquilizaba, y nunca aparto el contacto visual con él, no quería dar una imagen de alguien que se achanta ante una mirada, así que ahora bromeaban sobre una especia de goblin que una vez interrumpió a Brandalf mientras se bañaba desnudo en un lago. Reían y bebían alegremente, y Drake tenía la sensación de que aquel anciano iba a ser una gran ayuda en tiempos futuros.
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Re: La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Doctor Ivo Robotnik el Mar Nov 01, 2011 10:55 pm

Aquellas aspas giraban lentamente, mientras la extraña habitación permanecía en penumbras, en el centro de esta había una cómoda silla, hecha únicamente de metal reluciente, como si fuera un trono, un hombre había sentado en esta, sujetando una hoja de papel frente a si leyendo con una sonrisa un poco preocupante, las lámparas de aceite iluminaban junto a los cristales que reflejaban la luz en su interior, pronto otra figura se hizo presente, un pequeño goblin de no más de medio metro de alto, vestido completamente de etiqueta, algo que contrastaba con su cabeza desprovista de cabello y su piel verde moco, rápidamente se coloco al lado del hombre mientras este con su guante de blanco inmaculado apuntaba hacia una pequeña manivela adosada a la pared, el goblin atendió a las necesidades de su amo, mientras como s hubiera sido azotado rápidamente comenzó a girar aquel dispositivo, la pared comenzó a cambiar, dejando ver gruesas persianas, directamente hechas de metal y que dejaban entrar el cálido aire del desierto a esa habitación, la luz pareció lentamente ganar terreno en ese extraño lugar, el relucir del metal, las piezas y herramientas de creación el alto horno como también los cientos de planos y los miles de bosquejos que adornaban las paredes dieron la bienvenida a la luz.

¡Bravos aventureros, diestros guerreros y poderosos magos!

¡Se os convoca a todos a la ciudad de Muqtasin, en la Tierra Muerta! ¡El todopoderoso califa Al-Jawad, que los dioses le honren, ha descubierto recientemente una antigua ciudad de una civilización ya olvidada en el desierto, y necesita a guerreros que le acompañen en su expedición a la ciudad para que le escolten! La recompensa que se ofrece es de… ¡100.000 monedas de oro! ¿A qué estáis esperando? ¡El califa os espera con los brazos abiertos! ¡La recompensa está asegurada!


-Jojojo… vaya vaya vaya… así que una expedición… sería interesante ver si encuentro algo de utilidad en esa ciudad… el dinero es lo de menos, pero… si encuentro otra gema seria más que fortuna* metió su mano entre sus ropas, mientras sacaba una gema de considerable tamaño y finamente tallada, la gema parecía latir con su propia fuerza, a la vez que iluminaba el rostro de hombre*-

-¿El señor desea que prepare su transporte?*hablo el goblin con voz chillona y con extraño respeto hacia el hombre*-

El hombre hizo una señal afirmativa, mientras el goblin se retiraba, durante un par de minutos el inventor miro a través de las persianas, viendo el mercado y a las personas que lo recorrían, después de un largo suspiro se levanto, mientras que abría una puerta para bajar un par de escaleras, cada habitación que pasaba era más extraña que la anterior, habitaciones que estaban hasta el techo de metales, otros donde se guardaban extraños líquidos en frascos de cristal, todo su taller que en pocas palabras ocupaba toda una casa en esa ciudad, el inventor abrió la puerta principal, fuera le esperaba su carromato, pero lo rechazo, caminar algunos metros no lo mataría, mas antes de salir tomo varias cosas del carromato, especialmente sus armas y artilugios, bombas, balas y cristales. Media hora después estaba frente a la taberna, con una gran sonrisa avanzo, aunque lo primero que entro fue su gran vientre, una bella mujer le saludo e invito a pasar, el inventor dejo su mochila cerca de un pilar, mientras con una amplia sonrisa le pedía a la mujer un te amargo, lo más amargo posible, durante una fracción de segundo miro a todos los presentes, un mercenario, lo que parecía ser una hörige, un enano, un anciano de larga barba y alguien que le sorprendió, ¿acaso no era el joven conde? De cualquier manera sonrió ampliamente tomando asiento y presentándose.

-Permítanme presentarme, la mayoría no me conoce aunque el joven de armadura sí, soy el Doctor Ivo Robotnik, y seré parte de la expedición hacia las ruinas, por lo que coloco mis artilugios a sus servicios, y esperemos que podamos trabajar correctamente-

Tranquilamente la conversación se dio, mientras la mujer que lo había recibido trajo una copa de cristal con él te amargo que había solicitado, el inventor sonrió dándole un pequeño sorbo y sintiendo aquel amargor tan fuerte que a cualquiera hubiera hecho caer de espalda pero para el estaba perfecto, la conversación era amena, especialmente con el enano, el cual parecía asombrado por la expedición que había llevado a cabo aquel inventor hacia las Colinas de cristal y más aun lo que habían encontrado ahí, mas durante un instante el inventor miro al conde, sonriéndole y con voz suave le dirigió la palabra.

-Joven Khaelos, permítame hacerle una pregunta ¿Qué le ha parecido el lote de armaduras que le he enviado? Sé que diez eran muy pocas, pero tan solo son prototipos, quería saber si son aptas para la batalla o si necesitan más modificaciones, por lo que no dude en comunicarme cualquier desperfecto o problema, así podre mejorarlas-



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Re: La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Egates el Dom Nov 06, 2011 10:46 pm

Por fin había llegado la hora. Ya estaba aburriéndome de no encontrar nada bueno, solo aventuras sin mucha acción y cerca de los mismos continentes de Noreth. Desde que había salido de mi lugar natal pocas o mejor dicho tal vez solo una aventura como tal valió la pena hablando de acción y ahora por fin, Sülh Dunes, una tierra lejana parecía bastante prometedora para un mercenario como yo.

Deje Tek-nur a penas pude, la ciudad de las hadas realmente me había dado muchos trabajos y fastidios. Ahora necesitaba algo serio y ahí, en el desierto sería donde lo encontraría o al menos eso esperaba. Era una misión de búsqueda aparentemente, pero teniendo en cuenta tal cantidad de dinero... ¡Solo un tonto llegaría a pensar que sería un juego de niños! Y más le valía a ese tal califa que me divirtiese durante la misión o luego sus familiares tendrían que pagar la misma fortuna a quien encuentre su cadáver y asesino.

(…)

El viaje fue agotador. Primero fue en barco cosa a la cual ya estaba casi acostumbrado y no fue tan tedioso como luego fue el viaje por el árido desierto de la zona. Realmente llegué a tal punto de arrepentirme por no haber contratado un guía hasta Sülh Dunes. Pero justo un amanecer después de haber perdido la cuenta de los días que había estado caminando, la ciudad se alzó majestuosa frente a mis ojos. Mi primera impresión sin embargo fue que ya había enloquecido y comenzaba a ver cosas, pero al adentrarme me di cuenta de que de hecho lo había logrado. ¡Había llegado a la ciudad! Y ahora solo me quedaba encontrar el lugar donde residía el tal califa.

Parecía casi una broma de mal gusto, el mismo cartel que había leído a miles de kilometros de donde estaba se encontraba disperso por todas partes. No solo eso sino que un gran cumulo de gente se acoplaba cerca del cartel creyendo que tenían las habilidades suficientes como para salir con vida. ¿Cómo fue que llegué solo a la ciudad siendo una misión tan reconocida? No podía encontrar otra respuesta más que el ensimismamiento y el calor casi mortal del desierto.

Mi morral estaba bastante abultado, no era tan grande y gracias al calor del día había tenido que guardar mi chaqueta de cuero ahí. Lo incomodo ahora no era el peso, sino las miradas perversas de los niños. Estaba casi completamente seguro de que estos pensaban que tenía un montón de dinero y estaban al acecho esperando el momento en que me descuidase para robarme. Lamentablemente no les daría tal gusto.

Cerca de todos los carteles había al menos un hombre que gritaba y llamaba la atención de los viajeros para que se sumaran a la misión. Aquello era una suerte para mi. Si lograba acercarme a uno este podría guiarme hasta la residencia del nuevo jefe. No tuve mucho problema, mi apariencia decía a millas de distancia que era un mercenario, así que el hombre apenas vio que me dirigía hacía él se acercó sin necesidad de llamar su atención. El único problema que tuve fue su acento, aunque fue bastante leve. No acostumbraba a hablar con sujetos que usaran jergas extrañas o su voz sonará levemente distinta a lo que acostumbraba. Aunque la diferencia en el acento cambiaba ligeramente de continente a continente, era la primera vez que encontraba un cambio tan notable. Para mi fortuna el único que aparentemente tuvo problemas para entender fui yo.

(…)

Y tras unos minutos de caminatas, formalidades y una mujer ¨exótica¨ haciéndome de guía por fin llegué a la sala donde aparentemente todos estaban reunidos sentados al rededor de una mesa. Al entrar no hice ademán de observarlos, sino que esta tarea me salió extrañamente sutil. No quería llamar más la atención de lo que había hecho afuera con el solo hecho de dirigirme a alguien, era algo que odiaba y que por primera vez me servía de ayuda. Así que resumiendo, un hombre con armadura y aspecto de caballero, un caza recompensas, o al menos eso me pareció gracias a su vestimenta. Un hombre cuyo atuendo sin duda se ganaba el premio al más llamativo que conversaba con el de la armadura o eso parecía cuando entre. Y además, un hechicero al cual fue el único que le dirigí una mirada; una fulminante que advertía las consecuencias de su magia en contra mi persona, un enano y una mujer cuya raza me dejaba algunas dudas.

Me senté alejado del grupo como siempre. No solo mi cara mostraba que era alguien de pocos amigos. Si, probablemente irían a ser mis compañeros, pero si querían que cubriese sus espaldas deberían ganárselo Si alguno se presentó lo único que recibiría como respuesta sería mi mano levantada en señal de saludo. Otras preguntas serían ignoradas al menos que fuesen realmente molestas. No me interesaba socializar aún, estaba agotado, de brazos cruzados y cabeza gacha, pero bien sentado algo alejado de la mesa. Solo me interesaba hablar con el califa, el resto ya tendría toda la misión para conocerme.

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Off: lamento la demora, he estado secuestrado, más vago y borracho que de costumbre estos días D:
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Re: La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Bargho el Mar Nov 08, 2011 12:02 am

El desierto, pocos paisajes en el mundo reúnen esa serenidad y esa ilusión de infinito como lo hacen los desiertos, al contrario que los mares cuyo azul firmamento puede ser al tiempo la superficie de cristal sobre la que sopla la brisa marina e inmediatamente después remolino, tormenta, kraken y tumba helada. En el desierto la gente no corre, no hay para que correr a menos que sobrevenga una tormenta de arena.

Bargho pocas veces en sus viajes le había tocado recorrer desiertos demasiado extensos, y aquel era el vigésimo séptimo día de jornadas sobre las arenas de la Tierra Muerta, sirviendo de protección a una caravana de deseh que viajaban desde la ciudad de Səhra şəhəri hasta la ciudad de Muqtasin; el tramo mas peligroso eran los alrededores de la primera y los servicios del minotauro (junto con el de una docena de individuos casi igual de corpulentos) fueron requeridos debido mas que nada al tremendo porte que tenía... y al parecer la táctica resultó efectiva, ya que a excepción de alguna falsa alarma y de una que otra cabeza de vigía asomando sobre las rocas, no hubieron mayores inconvenientes en el viaje y en el desierto abierto. Las noches transcurrían gélidas y los días tórridos sin que esto afecte mayormente al Uro debido a la extraordinaria resistencia que los de su raza poseen a las variaciones térmicas y que les permite sobrellevar con holgura los climas mas extremos, sorprendiendo a los deseh quienes a pesar de llevar toda su vida en el desierto, de vez en cuando resoplaban por el calor en el día o tiritaban de frío por las noches.

A pesar del carácter algo receloso de los integrantes de aquella caravana y de la natural desconfianza que se debe tener de un matón antropomorfo contratado en una ciudad de traficantes, Bargho con su amabilidad y su honorabilidad naturales fue ganándose paulatinamente su confianza y pronto era invitado al interior de las tiendas, donde los ricos mercaderes nómadas construían paradójicos y esplendorosos palacios interiores en cada oásis en el que se detenían, especialmente la del jefe tribal Akhbar que dirigía aquella caravana, finas colgaduras de damasco bordadas con hilo de oro, cojines mullidos y alfombras primorosamente trabajadas cubrían el suelo arenoso hasta hacerlo desaparecer de la vista; por toda la tienda se veían narguiles finamente trabajados en galacio con boquillas de oro, bandejas de plata repletas de dátiles y de pequeñas exquisiteces de tierras lejanas y jarras de elegantes y delgados cuellos contenían vinos deliciosos que eran servidos en copas de cristal cortado con grabados en oro por hermosas esclavas de distintas etnias; la tienda de Akhbar no tenía nada que envidiarle en cuanto a gusto, inmobiliario y riquezas a cualquier noble o de incluso varios reyes de Noreth.

Era en este pequeño Edén de paredes de tela donde Bargho se encontraba la noche de su vigésimo séptimo día en el desierto mientras acampaban en el tercer oásis del viaje para hacer algunos intercambios comerciales, el Jefe de la caravana se había encariñado bastante con el minotauro debido a su honorabilidad y seriedad en cuanto al trabajo, muchos de los matones que habían sido contratados en Səhra şəhəri habían desertado al llegar al primer oasis aprovechando que la mitad de su paga les había sido adelantada y tratando de esfumarse sin realizar ni la mitad del trabajo, su ayuda ya no era de vital importancia ya que el tramo mas peligroso había sido sorteado y los poco mas de trescientos camellos que componían la caravana podían ser bien vigilados por los cincuenta guerreros tribales armados hasta los dientes del viejo Akhbar, sin embargo a este su actitud le pareció demasiado deshonrosa y encargó allí mismo una recompensa del triple de la paga total que había sido ofrecida a los desertores, a cambio de que le remitieran sus cabezas… antes de llegar al segundo oasis todos los mercenarios habían vuelto (o al menos lo que quedaba de sus cuerpos arriba del cuello). Y en fin, como se decía, era en este lugar y con este anfitrión de pobladas y cepilladas barbas blancas como la nieve donde Bargho compartía algunas horas durante la noche del ambiente, la música y la atención de las bellas mujeres, a la par que escuchaba los relatos del desierto que contaban las viejas amistades del Jefe Akhbar y con quienes se cruzaba infinitas veces en sus viajes por el desierto, muchos de estos pedían a su vez al minotauro que les cuente historias de las tierras lejanas que había visitado y estas eran escuchadas con bastante interés, para unos nómadas como aquellos, acostumbrados a lidiar con todo tipo de seres, un ser gigante mitad hombre mitad toro era a lo mucho un invitado curioso en ves de una aberración.

Uno de aquellos hombres comentó, sin mirar a nadie en concreto y por lo tanto dirigiéndose a todos:

-¿Han escuchado de aquella recompensa que ofrece el califa Al-Jawad a quienes le ayuden a explorar la vieja ciudad que ha descubierto?

-¡100.000 piezas de oro! – Interrumpió otro- Una fortuna exorbitante ¿Habrá perdido el juicio el califa?

-Ten cuidado en como te refieres al halcón del desierto- Le dijeron- Su brazo es largo y su puño duro-

Un estremecimiento recorrió la nuca del impertinente, el poder de Al-Jawad era inmenso y la sola idea de atraer su ira por algo tan estúpido como un comentario imprudente le aterrorizó.

-Parece una suma interesante- Dijo Bargho como hablando para si mismo.

El Jefe Akhbar se puso algo nervioso ya que había apreciado bien los servicios del minotauro y no quería dejarlo ir muy fácilmente, pero por otra parte no podía ofrecerle la quinta parte de su fortuna a alguien por protección, aunque fuera por toda su vida natural, de manera que trató de disuadirlo sutilmente.

-Debe ser un gran peligro el que vayan a correr los expedicionarios si la recompensa es una suma tan grande, las grandes cascadas de oro no son más que una señal de muerte que hunde a los incautos que se les acercan, una gran y sólida fortuna se construye solo paso por paso a través de los años- Dijo con un tono paternal.

Varios de los presentes aplaudieron y celebraron la sabiduría del anciano, pero Bargho permaneció en el mismo estado meditabundo.

-Comparto sus palabras Sabio Akhbar, pero es precisamente ese peligro el que me llama, las ruinas deben estar llenas de artículos mágicos de los Antiguos… y entre aquellos artículos puede que exista algún tipo de arma que me ayude en mi lucha- Los ojos del minotauro se extendieron hacia la lejanía, como si mirara el desierto.

El viejo jefe suspiró, nunca entendería a los guerreros que se entregan a la muerte por un ideal y era una pena, tendría que dejarlo ir, seguramente no sobreviviría a aquella aventura…

Tres días después llegaron a destino, la ciudad de Muqtasin, el Jefe Akhbar se despidió del minotauro dándole su paga y una bonificación, además de bendecirlo como habría hecho con cualquiera de aquellos hombres de su tribu a los que consideraba sus hijos, el minotauro no pudo hacer mas que agradecerle profundamente.

No fue difícil dar con la taberna donde se reunían los expedicionarios luego de preguntar a un par de lugareños, la taberna se veía bastante limpia y en buen estado, la recepción por parte de aquella hermosa esclava le hacía sentirse en casa, durante ese mes de viaje con la caravana de Akhbar se había acostumbrado a la compañía de las bellas esclavas de este y había que hacerle honra, no tenían nada que envidiarles a esta.

Llegó a la mesa y contempló a los viajeros que se habían reunido allí, dio un respetuoso saludo a los presentes y se presentó con su gruesa voz de baritono.

-Saludos, soy Bargho hijo de Baraghorn, vengo a ofrecer mis servicios en esta travesía, por favor admitidme como a uno de los suyos.

Y dicho esto se dirigió con soltura al anciano enano en su lengua materna, el khazalid.

-Bendecido sea su clan con largos días y oro en abundancia, anciano maestro.-
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Re: La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Miér Nov 09, 2011 2:14 am

Uno a uno, todos los aventureros dispuestos a arriesgar la vida por semejante empresa fuimos llegando. El primero en llegar fue un hombre con aspecto de mercenario ambulante, no tan bien equipado como yo pero parecía estar curtido, lo cuál era bueno teniendo en cuenta semejante misión. Se presentó y empezó a hablar con el mago, el cual tenía un montón de historias buenas por contar, y más de una nos hizo reír. Para mí, fue una sorpresa quien vino después.

Un viejo conocido llegó luego, el maestro inventor que conocí en aquella aventura que vivimos en Theezeroth, involucrando un barco y demás peligros. Recuerdo que tras aquella misión, establecimos un pacto acerca de su ayuda, y me mandó unas armaduras para equipar a los soldados. Él lo recordaba, y ante sus palabras, asentí, respondiéndole:

-Las armaduras han cumplido las expectativas bastante bien, Ivo, sois indudablemente bueno en vuestro trabajo. No perdimos a ninguno de los hombres que llevó los prototipos, aunque me preguntaba si serías capaz de hacerles algunas modificaciones…-

El próximo en llegar fue un tipo de pocas palabras y al parecer bastante solitario. Decidí no darle importancia, pues seguramente en el momento de la batalla cambiaría. Nadie se metía a una misión en la que ofrecían semejante suma de dinero sin ser un mercenario experimentado y capaz. ¿O sí? Lo comprobaríamos cuando llegaran los problemas.

Finalmente, llegó un ser bastante grande, aunque la taberna parecía adaptada para poder recibir incluso a huéspedes de su talla. Un minotauro… Era la primera vez que tenía a uno en mi mismo equipo, aunque no el primero que había visto. Recordé aquella aventura de la que yo salí vivo… Y no pude evitar recordar a Dalahak. Sin embargo, aquél minotauro era todo lo contrario a los que había visto en aquella descabellada aventura, y nada más presentarse lo hizo con elegancia y cortesía. Al igual que a Ivo y a Drake, a Bargho también le recibieron cálidamente, y así yo lo hice, respondiendo con una ligera sonrisa:

-Cualquier compañero de aventuras es bien recibido aquí. Saludos, Bargho.-

Al igual que cuando llegaron Drake y Ivo, todos se presentaron al minotauro, muy concretamente el enano, el cual, sonriente al ver a un conocedor de su lengua y de sus fórmulas de cortesía, pronto empezó a hablar con Bargho animadamente, tras presentarse del mismo modo al minotauro. Según parecía, exceptuando al tipo que había llegado y se había sentado solo, todo el grupo se llevaría más o menos bien, lo cual era bueno. No es divertido morir con gente que te cae mal.

Al cabo de una media hora aproximadamente tras aquella reunión social, escuchamos un par de carraspeos graves en la sala. Al menos yo me giré hacia quienes los habían proferido, y resultaban ser los dos hombres de piel negra que se hallaban frente a la cortina. Como si tuvieran aquél movimiento ensayado, abrieron a la vez las cortinas, para dejarnos ver en el interior a un hombre que fumaba una pipa con opio, a juzgar por el aspecto de sus ojos. Los guardias, de mientras, hablaron al unísono:

-Aventureros, ¡os presentamos al califa Al-Jawad!-

El califa nos escrutó a todos con su mirada, y pronto se levantó, demostrando una presencia imponente. Me sacaba al menos una cabeza, y su piel estaba tostada al sol. Iba ataviado con un turbante negro, y una especie de túnica que cubría parte de su cuerpo, dejando a la vista sus brazos y parte de su pecho. Más que un califa, parecía uno de esos príncipes de las arenas, un guerrero curtido en mil batallas que había logrado alcanzar la gloria a base de espada. En sus ojos brillaba una mirada extraña, tal vez efecto del opio, tal vez algo más oscuro. Se levantó, y entonces empezó a hablar. Su voz no tenía ningún acento en absoluto. Parecía hablar el común tan bien como alguien que sólo hubiera hablado esa lengua en toda su vida:

-Dama, caballeros… Les agradezco que se hayan presentado como voluntarios para esta misión. Sólo diré las cosas una vez, y si a alguien no le quedan claras, puede preguntárselo a otros compañeros que sí lo hayan captado. Verán, hace poco, descubrimos una necrópolis enterrada en el desierto. De ella tan sólo se ven las puertas, pero se dice que una vez cada cien años, esa necrópolis queda totalmente a la vista… Y dentro de dos días va a ser ese momento. Por supuesto, poca gente sabe eso. Dentro de cuatro horas partiremos hasta el oasis de Wakumad, en el cual el resto de los aventureros llevan ya días acampados. Siento no poderles dar descanso hasta que lleguemos al oasis, pero es crucial que se llegue ahí cuanto antes. Una vez estemos en el oasis, les explicaré junto con los demás la situación de forma más detallada, pero de momento basta con que sepan que el lugar que visitaremos posiblemente está infectado con magia, y que ya no hay marcha atrás. Si necesitan algún tipo de materiales, como víveres o lo que sea, no se preocupen, pídanselo a alguna de mis camareras. Si es algo que se pueda localizar por la ciudad, lo tendrán en menos de una hora. De momento, si quieren algo para comer o beber, sólo pídanlo. Invita la casa.-

Tras eso, el califa se retiró de la sala a pasos largos y seguros, seguido por sus guardaespaldas, casi tan imponentes como él. Ni siquiera nos miró, y su rostro parecía una máscara totalmente inexpresiva. Era imponente. Decidí no darle importancia, y en lugar de eso, pedí algo para comer y beber, decantándome por algo local, a lo que ellos llamaban cuscús, y un poco de licor de aquellas tierras. El enano, por su parte, pidió un camello asado y una jarra de cerveza, mientras que el mago pidió algo más ligero, y como bebida un zumo hecho con una fruta tropical. La hörige, de mientras, pidió algo con verduras y un zumo también. Durante las cuatro horas siguientes, cada uno hizo lo que quiso, aunque al menos Brandalf, Rorky, Drayara y yo nos quedamos en aquella sala, aunque en algún momento les dije algunas cosas que necesitaría que tuvieran para mí a una de las camareras, pues a pesar del momento de relax, había que pensar en la aventura.

Cuando pasaron las cuatro horas que nos dio el califa, los dos guardaespaldas negros de antes nos vinieron a buscar, indicándonos que ya debíamos partir. Tras equiparnos todos con lo que necesitábamos además de lo que habíamos traído, salimos al exterior de la posada, en el cual había varias monturas dispuestas para cada uno, aunque si alguno llevaba una propia podría prescindir de esas monturas. Para casi todos nos dispusieron camellos, a excepción de Bargho, al cual le dieron una montura que, si bien era de aspecto manso, era bastante grande y pesada, suficiente para poder llevar al minotauro sin problemas.

El viaje no fue excesivamente largo. Habíamos salido a las seis de la tarde aproximadamente, y llegamos al oasis de Wakumad a medianoche. No hubo ningún percance por el camino, afortunadamente, y quitando las conversaciones entre los distintos aventureros, no sucedió nada. Una vez allí, vimos que había montado un pequeño campamento. En total, unas diez tiendas de campaña distribuidas por todo el oasis, todas alrededor del lago central. A nosotros nos condujeron a una de ellas, que se hallaba justo orientada hacia el sur. Algunos de los aventureros estaban despiertos, otros ya estaban durmiendo. Yo por mi parte decidí no perder mucho el tiempo, así que, tras llegar, desempaqueté y me metí en mi tienda, durmiéndome rápidamente. Necesitábamos energía para el día siguiente.

Off: Mirar post táctico.
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Re: La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Egates el Jue Nov 10, 2011 8:05 pm

Tal parecía que luego del minotauro que llegó después de mi no tendríamos más visitas y al ver que este se presentaba cordialmente como todos no pude hacer nada más que una cosa...

Cualquiera pensaría que estaba meditando o esperando ahí sentado en mi rincón apartado de la mesa con la cabeza gacha y brazos cruzados. Empero la mala noticia para los crédulos era que en realidad tan aburrida espera y largo viaje me habían dejado exhausto y por ende no me quedo de otra que conciliar un rápido sueño. No escucharía nada de lo que estos digieran a no ser que hablasen directamente a mi persona, pero lo dudaba ya que los tipos de buenos modales solían evitarme cuando no quería devolver las cordialidades. Y para ser honestos, estaba dormido así que me importaba un huevo lo que pensaran. Parecían cotorras, hablando de cuanto se les daba la gana. ¿De cuándo que los mercenarios hablaban tanto?...

Y después de unos minutos un maldito imprudente decidió despertarme, afortunadamente para él con buenas noticias. No hice amago ninguno de despertarme, como mostrando que siempre había estado despierto. Nada reflejaba sueño en mi cara cuando la levante para dirigir mi mirada al califa. Entonces antes de que este comenzara a hablar, nuestras miradas se cruzaron. Parecía querer sacar chispas con su mirada, pero a diferencia de mis otros compañeros poco en este mundo lograba intimidarme lo suficiente como para arrodillarme, de hecho, no conocía nada que pudiera hacer eso y si llegase a intimidarme algo simplemente le pateaba el trasero. Aquel hombre lejos de asustarme, emanaba esa sensación de peligro que me incitaba a seguir adelante... Era tentador el solo hecho de imaginármelo enojado. ¿A cuántos hombres me lanzaría? ¿Mil, dos mil, una legión entera...? ¿O sería tan valiente como para enfrentarme solo? Si no fuese aquel mi nuevo jefe ya estaría a pequeños pasos de averiguarlo. La misión que nos tenía preparada era lo único que salvaba su trasero de mi bota....

Escuché atento cada palabra que mencionaba, como si estuviese esperando la primera advertencia para saltarme las normas con tal de tener una escusa mejor para enfrentarlo. Lamentablemente el hombre sabía elegir bien sus palabras y a diferencia del resto con los que había hablado no tenía acento que le hiciera difícil de darse a entender.

Mas lo que me dejo con las dudas era que no nos hubiese entregado más detalles de la supuesta necrópolis. Parecía más que una misión de riesgo máximo una simple misión de reconocimiento, pero ¿por qué ofrecía tanto dinero para una misión tan simple? ¿O acaso estaba consciente de los peligros que se encontraban en ese lugar? Si se abría cada cien años era ilógico pensar que el hombre lo hubiese visto por el mismo, a simple vista se veía humano. ¿Eran sus fuentes lo suficientemente confiables? ¿O nos tenía preparado una trampa? Tal vez el camino hacía allí era el peligroso y varios hombres habían muerto en el camino, pero de ser así parecía aún más ilógico que no nos hubiese informado de aquello. ¿Tan confiado estaba de sus nuevos hombres? Yo no lo estaría y menos con un hechicero dentro del grupo... Y finalmente, nos dejo cuatro preciadas horas para vivir como reyes... ¿A caso sería nuestra última cena? Sin duda si se lo dejaba a la imaginación parecía una misión interesante y más le valía al tal califa que así lo fuera ya que por eso había venido más que por el dinero. Y pronto quedamos a nuestra propia voluntad la cual pensaba aprovechar lo más posible.

Sin hablar con nadie me levante de la mesa y me dirigí hasta una de las camareras, la misma que me había guiado hasta ahí. No me costó mucho encontrarla y parecía algo cargada del trabajo, me dijo que la esperara un momento y eso hizo. Al cabo de pocos segundos ya estaba de vuelta. Le pedí que me llenase mi cantimplora y si podía que me consiguiese otras dos, además de dos kilos de carne cruda para llevar, un vaso de agua y estofado de carne para comer ahí mismo. Luego volví a tomar asiento donde mismo y a los pocos minutos la mujer vino con todo lo que le pedí preguntándome luego si necesitaba algo más a lo que simplemente respondí negando con la cabeza.

Empaqué todo lo que era para llevar en mi morral. Vi por una de las ventanas para observar que quedaban pocas horas de día, así que me puse mi chaqueta para viajar con el morral más liviano. Comí, bebí y finalmente volví a dormir en la misma posición que había hecho antes a la espera de que nos llamasen para partir hacía la aventura.

(…)

No me gustaba viajar en monturas, pero ya que había viajado mucho para llegar ahí y aún me quedaba un buen tramo por recorrer no me negué a subirme al camello. Además, era la primera vez que viajaba en uno de esos, era bastante parecido a viajar en caballo cosa que había hecho pocas veces y cuando aún era humano.

Al igual que en la taberna, no hable con nadie ni mire a nadie. Simplemente mantenía mi vista al frente esperando el momento de llegar a la dichosa necrópolis. Claro, que la idea al final del viaje de descansar en un campamento no me vino nada mal así que la necrópolis podía esperar hasta el amanecer. Debía admitirlo, el sueño cortado no era la mejor forma de descansar y menos antes de una misión.

Y el primero en entrar en la carpa que nos habían asignado fue el hombre de armadura. Ya había decidido que no dormiría ahí, eramos muchos para compartir una sola tienda y honestamente sentía cierta desconfianza en el grupo además de que prefería dormir al aire libre. Y ya que había sido el último del grupo durante el camino, también fui el último que supuestamente debería entrar a la tienda.

La medianoche había llegado para cuando todos estuvieron dentro. Y entonces fue mi momento de aprovechar para quedarme afuera. A un costado de la entrada. Mi espada estaba desenfundada y yo sentado de piernas y brazos cruzados y acero sobre mis piernas presto para el combate. Decidí quedarme solo dos horas más despierto con la escusa de que estaba haciendo guardia, pero luego me quede dormido, despertando cada cierto tiempo. No había mucho movimiento fuera más que el de los guardias. Y cada vez que alguien pasaba cerca mío despertaba, lo cual afortunadamente no fue mucho. Ahora solo me quedaba esperar a que nos vinieran a buscar nuevamente para recibir más detalles sobre la misión.


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Re: La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Drake el Mar Nov 15, 2011 4:28 pm

El ambiente que se respiraba en la sala era sin duda una cálida sensación grata, sin duda todos los presentes -a excepción de un tipo que llegó y se fue a una mesa, apartado del grupo- lo pasaban en grande intercambiando historietas y anécdotas. Drake y el mago hablaron largo y tendido sobre el tipo de enemigos a los que se habían enfrentado. Drake comentaba que una vez, luchó fieramente junto con un raptor en un Coliseo, contra pollos sin plumas, contra gusanos gigantes, que nadaban en la tierra...

Treinta minutos, en los que ya el ambiente era amistosos entre los presentes, la llegada del califa se hizo presente: Un tipo musculoso, fornido, alto; la imagen de de Drake del califa contrastaba un montón con lo que el pensaba: Un tipo grande y gordo, abanicado por bellas vírgenes embutido en preciosas prendas de tela sudadas; con una gran porción de carne entre sus manos...Pero ahora Drake debía de cambiar su arquetipo sobre califas.

En dos ocasiones cruzó la mirada con el califa; ambas miradas sin duda intimidantes, pero que Drake supo aguantar, hasta que el califa pasaba a mirar a otra persona. El mercenario humano, atento, recogió en su cabeza todas la información que pudo antes de que aquel extraño califa se fuese. Cuatro horas; en ese tiempo habría que estar de vuelta en la taberna. Drake se despidió de todos, para salir a la entrada de la posada, en la cuál encontró a la bella camarera que lo había atendido. El hombre pidió unas raciones de carne y de vegetales, además de agua para el viaje, las cuales recibió poco después. Tras hablar con la camarera, dejo las provisiones en la taberna, y salió a la ciudad.


El sol en lo alto iluminaba toda la ciudad, y, como el interior de la taberna era más oscuro Drake tuvo que llevarse una mano encima de los ojos, hasta que se acostumbró al poder del Astro rey.

-Bien, cuatro horas, haber que hay por aquí-Dijo el hombre, tras adaptar su vista al día esplendido que hacía.

Para su suerte, hoy era día de mercado, y el joven humano se dedicó a ojear los sables y armas típicas del desierto, y probó alguna que otra, pero no le acababan de convencer los estilos de combate y armas de la ciudad. Ando por el mercado casi las cuatro horas, buscando alguna cosa útil, y aprendiendo algo de cultura de la ciudad. También trató de buscar información sobre el sitio al que iba a ir. Tras el tiempo acordado, llegó puntual a la taberna, en la cuál se encontró con unos camellos, y otro gran animal, supuso, entonces, que quedaba poco para partir.

[...]

A Drake el viaje se le hizo ameno, y, aunque nunca había montado en camello, le resultó una buena experiencia. Por el camino, poco que decir: Mucha arena, arena, y algún que otro cactus, pero el camino en general se entretuvo hablando con los que serían uno de los muchos grupos en entrar a la necrópolis. La charla del califa lo había dejado todo en ascuas, y se moría de ganas de entrar a la necrópolis, seguro que había algún gran reto, pero por lo visto tenía que esperar un par de días hasta que eso sucediese. El mercenario comentaba con el enano los estilos de lucha con armas de dos manos, la verdad, lo único que le interesaba a Drake eran los combates, las peleas, le encantaba la acción, y si había alguien como él, se volvía loco hablando horas y horas sober comabtes pasados y marcas de guerras, que es lo que fue haciendo durante el viaje.

Cuandó el sol cayó y la luna se alzó el grupo llegó a un campamento, allí estaban asentados los demás grupos de mercenarios dispuesto para la misión. Drake ató al camello con los demás y tras darle unos golpes en el lomo, le agradeció el viaje dándole una manzana, que el camello comió a gusto. Tras eso, poco se acuerda, solo recuerda haberse despedido de sus compañeros, quitarse las armas y tirase a lo que sería su cama...
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Re: La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Doctor Ivo Robotnik el Miér Nov 16, 2011 3:00 pm

Arena y sol, que más se podía esperar fuera de aquellas lujosas paredes, el viento azotando la piel desnuda como si llevara agujas navegando en sus corrientes, mas era la simple arena, dorada y blanca que como danzante giraba acorde a su compañero el viento, no había arboles, no había agua, solo un océano de arena que parecía no tener fin, mas dentro de esas murallas todo era diferente, las grandes puertas separaban la ciudad del desierto que continuamente intentaba devorarla como una bestia hambrienta, mas la vida no era tan simple, con el sudor de sus frentes y espaldas un lugar se había levantado en medio del desierto, un lugar que sería llamado ciudad, ahí sus habitantes eran de las más diversas índoles, piel oscura y clara se mesclaban, como comerciantes y mercaderes, como si todos fueran conocidos las sonrisas se mostraban en sus rostros, el dinero sonaba al pasar de mano en mano, y con ello la ciudad crecía y se fortalecía … hacía mucho tiempo el inventor había oído un poema en ese lugar … un poema que las ancianas arrugadas y apergaminadas le contaban a los niños pequeños …

Más que piedras y polvo eres, desierto;
sólo tú has gozado el horizonte
llegando más allá.
¿No tienes aves? Canten un concierto,
el alba anuncien, vuelen sobre el monte,
que el bravo Sol se da.
El desierto profundo tiene vida
en sus sierpes, sus buitres, sus arañas;
y algunos viajeros silenciosos,
enfermos de la noche reprimida,
buscando en las entrañas
de la arena, jardines pedregosos.


Mas dentro de la taberna las cosas eran diferentes, había llegado un último aventurero, mas este parecía ajeno al grupo, como si la sola presencia de este le incomodara o simplemente le molestara … era verdad, ninguno de los presentes había llegado para hacer amistad, ni tampoco amigos … tan solo eran negocios, lo más probable era que los que pudieran salir con vida de ese lugar se dispersarían por el mundo y nunca más se encontrarían … bueno a excepción del inventor y el conde, que los unía los negocios y cierta predilección por las armas, una amplia sonrisa apareció bajo el bigote del inventor cuando escucho las palabras del conde de la muerte, sus armaduras habían sido nada más que prototipos, sin muchos aditamentos, mas lo importante había sido el metal, dándole un sorbo al te amargo le miro de reojo.

-Joven Khaelos, con gusto las modificare… mas necesitaría saber qué es lo que necesita… ya que el simple hecho de modificar una armadura sin saber qué es lo que se desea puede ser algo complicado, podría hacerlas más ligeras cuando las quiere más resistentes, o podría hacerlas más flexibles cuando quiere hacerlas mas rápidas… la combinación puede ser tan amplia como abrumadora en el campo de batalla-

Mas la conversación se dirigía a los relatos del mago como del enano, tantas aventuras sobre los hombros, al igual que tantas perdidas y dificultades, como habían visto la muerte al rostro y habían salido vivos de ese encuentro … mas el inventor solo sonreía mientras lentamente acababa aquel te amargo con tranquilidad, mas nuevamente surgió algo mas, los guardias comenzaron a aparecer y con ellos tras una cortina, el califa, aunque su apariencia más parecía la de un rey de las arenas más que de un rey de ciudad, su cuerpo era el de un guerrero y de seguro las batallas que había tenido que soportar serian muy superiores a la del mago o el enano …

Mas las sospechas comenzaron a surgir, la información que le daba aquel hombre hizo que los engranajes comenzaran a girar, en dos ocasiones ambas miradas se enfrentaron y aunque aquellos dos carbones ardiendo que poseía el califa chocaban contra las gafas del inventor, este ultimo sentía que debía de tenerle cierto respeto a aquel hombre … al fin y al cabo el pagaría todo, las palabras del califa le resultaron interesantes, tenían cuatro horas para poder descansar o quizás prepararse, el inventor sonriendo hizo una pequeña reverencia ante todos.

-Si me lo permiten… me retirare estas horas, deseo completar varias cosas para el camino y mi taller es lo más idóneo para el trabajo, si que con su permiso caballeros y dama, nos veremos dentro de poco menos de cuatro horas-

El inventor desapareció por la puerta dejando a todos tranquilamente, su bolso aun estaba en la taberna, era fácil que cualquiera de ellos movidos por la curiosidad hubiera intentado ver su contenido, aunque se hubiera llevado la desagradable sorpresa de encontrar el sistema de seguridad y con ello volaría toda la taberna como si nada, mas después de poco más de tres horas el inventor volvió, con otro bolso un poco más grande, rectangular y hecho de metal, parecía adornado con pequeñas marcas que parecían ser divisiones, junto con el uso de varios engranajes que sobresalían, y algunas ranuras, con toda tranquilidad sonrió saludando, para caminar hasta el otro bolso, y moviendo algunos engranajes se escucho un clic, para que se abriera solo aquel bolso que parecía baúl, en su interior varias armas de fuego habían , junto con bastante pólvora, con toda tranquilidad el inventor cambio todo el contenido del viejo bolso al nuevo, justo a tiempo como para que comenzara el viaje.

Tan solo al salir al sol vio su medio de transporte, un camello … en aquel momento el inventor había deseado llevar algo más de su estilo … y una pequeña luz se ilumino en su mente, con toda tranquilidad salió disparado hacia dirección desconocida, mientras todos montaban , mas no habían pasado más de 15 minutos de viaje cuando los camellos se inquietaron e incluso la montura del minotauro se puso nervioso, a lo lejos se veía una mole roja moviéndose, un rugido metálico hizo que se detuvieran un instante, mientras ante ellos aparecía el inventor … montado en no menos que lo que parecía un dragón de metal, quizás no fue el mejor de los transportes para ellos, pero para el inventor era como sentirse en casa, el vaivén le era agradable y la estela de humo era una columna que lentamente se funcia con el firmamento, durante horas la mole metálica avanzaba a la misma velocidad que los camellos, rugiendo de vez en cuando para malestar de los animales que se alejaban un poco, mientras el inventor sobre la maquina limpiaba sus armas y preparaba las cargas, no quería ninguna sorpresa, otras veces el armatoste parecía tener vida propia, ya que limpiaba aquellas guadañas que semejaban ser sus brazos y garras, quien hubiera creído que en realidad si tenía vida propia y como tal solo obedecía al inventor … a veces las cosas en ese mundo eran peores de lo que uno desearía en realidad… la noche cayo y el sonido del metal fue lo único, mas su imagen no fue placentera para los que estaban en el campamento y oasis, varios tomaron sus armas, mientras veían acercarse a aquel monstruo, pero las bajaron cuando notaron que eran los guardias del califa y algunos aventureros, con toda tranquilidad la caravana se disperso por el oasis, mientras que el inventor como si fuera natural, limpiaba la arena que se le había metido en la mandíbula a su “mascota”



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Re: La Necrópolis Sepultada

Mensaje por Bargho el Miér Nov 16, 2011 6:22 pm

La conversación transcurrió tranquila y hasta afable en la taberna, Bargho en un determinado momento entabló una animada conversación con el enano sobre los mejores combatientes de su raza de la historia, hasta que llegaron a un punto muerto sobre si Thorin Kazdun o si Barjk Thorinson merecían cada uno el título.

-El viejo Thorin pudo prácticamente el solo contra ese maldito dragón rojo Jürghenhainer, es el único caso histórico.-

-Casi, maese Rorky, pero Barjk pudo realmente el solo contra prácticamente todo un ejército de Goblins durante tres días hasta que lo abatieron.

-¡Solo eran goblins!-
Replicó refunfuñando el anciano enano

-Solo un ejército, y de ello tampoco hay precedentes históricos.

Y así siguió la conversación hasta que en algún momento recordaron a otro héroe enano más antiguo y el curso de la misma derivó hacia si este guerrero era mas diestro con sus hachas o con su mazo. Estaban a mitad de ese debate cuando ingresó desde su recamara el famoso califa que les había contratado, todos hicieron una reverencia.

Sus instrucciones fueron bastante claras y a la vez insuficientes ¿Una necrópolis? ¿De que tipo? ¿Y quien en todo Noreth tendría semejante poder para ocultar toda una ciudad de los muertos en las arenas del desierto y hacerla reaparecer cíclicamente cada 100 años? Bargho tenía muy malos recuerdos de sus experiencias pasadas con nigromantes, de manera que el hecho de llegar a una ciudad completamente plagada de muertos que sabía (por propia experiencia) que eran bien capaces de levantarse en cualquier momento por medio del uso de la magia… y esto no resultaba una tarea demasiado complicada para cualquier idiota que supiera manejar los hechizos, y si, idiota, la inteligencia necesaria para aprender un salmo oscuro no necesariamente viene acompañada de una mínima pizca de sentido común, es más, el puro hecho de aprender un verso de los libros oscuros y asumir el compromiso eterno con el alma que ello implica solo por mero poder denota una total falta de sentido común.

Las órdenes habían sido las de salir en cuatro horas rumbo al desierto, mientras tanto tenían el tiempo libre y podían pedir cualquier cosa que desearan, Bargho esperó a que el extraño hombre que había permanecido silencioso todo aquel tiempo dejara de hablar con la muchacha pelirroja y le hizo señas para que se le aproximara, ella puso una sonrisa particular en el rostro que escondía un poco de sorpresa y vino con toda la brevedad posible, meneando bamboleante sus amplias y apetitosas caderas, detalle que no pasó desapercibido al ojo del uro… pero en fin, no era momento para aquellas cosas, le pidió a la pelirroja con su tono mas amable que por favor hablara con el armero del califa y le proporcionara media docena de jabalinas de buena calidad, la cara de la chica se trastocó en una mueca de velada decepción; “Quizás… si pueda ser un momento para aquellas cosas, de todas maneras hay que probar, nunca se sabe”

-Y niña –le dijo con total naturalidad- Quisiera que me lleves esas armas que te pedí personalmente a la habitación en la que tomaré mi siesta en el piso de arriba.

La muchacha recuperó su anterior sonrisa que ya no era tan enigmática y el asunto quedó claro- “Las pelirrojas son realmente terribles” se dijo a si mismo Bargho mientras bebía otro sorbo de su cerveza, cinco minutos mas tarde y tras saludar a los presentes en la mesa se dirigía a la habitación disponible.

La jovencita llegó a la misma diez minutos después, cuando Bargho le abrió la puerta estaba ella de pie con una sonrisa nerviosa en la cara y toda llena de ansiedad, detrás de ella estaba un muchachuelo de quince años que observaba atónito a la enorme sombra negra que había atendido a la puerta mientras que apenas y con mucha dificultad cargaba el manojo de jabalinas, seguramente el pobre chico no había podido decir “No” a cualquier petición de la joven (cosa que desgraciadamente para el, no era ningún problema para ella). Bargho sonrió, cogió el manojo de jabalinas con una mano y con la otra y rodeando casi completamente la estrecha cintura de la pelirroja, la introdujo en la habitación mientras esta daba una carcajada. El pobre chico se quedó estupefacto ante la escena y solo reacciono con el portazo; lágrimas de impotencia derramaría esa noche sobre su cama de paja.

Bargho acarició suavemente las mejillas de la joven, desde la altura en la que se encontraba era realmente incesante ver como el escote de la joven se manifestaba en todo su esplendor, ella le sonreía desde abajo con una expresión de infinita picardía y lentamente y con algo de timidez posó su mano sobre el vientre desnudo del minotauro, palpando los músculos duros como rocas y ocultos por la piel recia y cubierta de un pelo corto que rodeaba al minotauro; la mano descendió lentamente aquella superficie irregular, tanto por los marcados músculos rectores como por las sendas cicatrices de batallas pasadas, hasta llegar a la misma entrepierna del minotauro que solo se hallaba cubierta por un taparrabos, ella lo retiró y desde la altura de su pecho y pasando la cima de su coronilla se erguía el símbolo de la virilidad del minotauro, la codicia y la lujuria estaban encarnadas en sus ojos verde esmeralda.

-Tal como lo esperaba- le dijo

-¿Estás segura de que no será demasiado para ti?-

La muchacha dio una fuerte risotada.

-¿Por quien me tomas? ¿Por una virgen?-

No había mas que decir, Bargho arrancó en dos movimientos las escasas ropas de la muchacha y nuevamente la tomó por la cintura y la tiró sobre la cama, eso sí, cuidando de no dañarla.

-Ja,ja,ja,ja, Parece que eres menos amable una vez estás solo-

-¿Como la quieres?

-Mmmm ¿Ya tan pronto?- dijo divertida la muchacha- Pues veaaamos, ¿Qué tal así?

La joven se dio la vuelta y apoyando sus generosos pechos en las sabanas, levantó sus firmes nalgas hacia el cielo, o más bien, hacia el rostro del Uro.

-¿Qué tal así?- Dijo traviesa- vamos mi torito te estoy esper… aaaaaahhh-

Las dos horas siguientes fueron una sucesión de gemidos, gritos, orgasmos arrolladores y del desmadre de un revoltijo apocalíptico y bizarro en el que los cuerpos de ambos se entrelazaron de las maneras mas insólitas, el cuerpo de la joven belleza se enroscaba y desenroscaba del cuerpo de el mientras el la embestía con una calculada y gran fuerza, ella era una llamarada roja, un súcubo, una diosa, el infierno hecho mujer en medio del cual Bargho se encontraba como un oscuro demonio rodeado por el brillo escarlata del fuego de sus cabellos que lo envolvían todo. Ambos perdieron la conciencia un par de veces y durante esos breves instantes era difícil saber si aquel lugar era el paraíso de los placeres imperecederos o el Valhalla del combate eterno. Al final, la más grande y simultánea de todas aquellas explosiones dio lugar a un viaje hacia algún lugar vacío y blanco, lejos ya del deseo, lejos de todo: el Nirvana.

Cuando Bargho retornó de aquel sitio se encontraba sudoroso, agotado e increíblemente feliz, la mujer dormía a su lado, dormiría diez horas seguidas y para cuando despertara aquella noche el ya no estaría allí.


Se reunió puntual con el resto de los aventureros en el punto de encuentro, listo para partir hacia el oasis de Wakumad, los otros miembros de la expedición se fueron llegando y Bargho los iba saludando. Finalmente y cuando llegó el momento de la partida el minotauro vio la montura que le habían asignado, era grande y pesada y probablemente a pesar de que seguramente estaba acostumbrada a los viajes en el desierto, retrasaría a los demás por su lentitud.

-Es una gran montura- les dijo a los mozos de cuadra- sin embargo dispongo de otro medio de transporte… ¿Eánnathir?-

La voz de la sierpe alada resonó con un tono peligroso en la mente de Bargho.

-Vaya, parece que ahora si te acuerdas de mi existencia, hazme un favor Bargho, cuando vayas a acostarte con una muchachita de taberna, avísame antes para salir de esa caldera a presión en la que te transformas ¿Quieres?

Bargho había cometido un doble error: Se olvidó de la presencia de Eannathir y olvidó que Eannathir era una dama al fin y al cabo.

-Lo siento mucho mi noble dama, prometo que no volverá a suceder.-

-Eso espero Bargho… por tu bien.-


Los mozos de cuadra no tenían idea de lo que hacía el minotauro hablando solo, pero tampoco tuvieron idea de que sucedía cuando tras un resplandor verde una gigantesca serpiente alada apareció de la nada, irguiendo su torso cuatro metros sobre el suelo para extender sus enormes alas verdes.

-Ya misss alasss ssse essstaban apolillando allí- Dijo aún molesta, a los oídos de todos menos de Bargho, la voz de Eannathir tenía un tono siseante-

-Ruego que me disculpes también por eso, pero necesito que me ayudes a llegar al oasis de Wakumand-

-Tsssk, qué masss dá sssube.

Bargho subio a los lomos de Eannathir con un ágil movimiento y tras una señal, la gigantesca criatura batió sus alas y salió disparada hacia el cielo a una velocidad insólita para su tamaño alcanzando una gran altura en pocos segundos.

El resto del viaje Eannathir y Bargho se lo pasaron dando sobrevuelos circulares alrededor de la caravana. En un determinado momento los potentes ojos del minotauro llegaron a divisar a un órix solitario en medio del desierto y tras señalárselo a la sierpe esta se abalanzó sobre el en picado, devorándolo inmediatamente para luego retomar el vuelo ya de mucho mejor humor.

Llegaron al oasis y tras explicarle a los que estaban de guardia allí la naturaleza de su emplumada acompañante y pedir permiso, le dijo a esta que podía sumergirse en el agua si lo deseaba, cosa que ella aceptó encantada ya que como a todas las de su especie le encantaba la humedad y esta era especialmente escasa en aquel tórrido desierto, Bargho la dejó a sus anchas para que pase la noche por allí y le dijo que lo despertara si quería volver a refugiarse con el.

La noche sobrevino rápidamente y el minotauro tras saludar al resto de los aventureros se recostó en el espacio que se le había asignado al fondo de la tienda, algo empezó a revolverse en su alforja, Mughi al parecer había despertado, el hurón llevaba durmiendo todo el día y asomó su hocico.

-¿Como estás mi cornudo amigo?- saludó

-Callate ya Mughi, quiero dormir estoy cansado.-

-¿Y por que tu estarías cansado? Si no eres más que una vaca perezo… Momento ¿Hueles a mujer?-

El minotauro no le hizo caso y solo sonrió ante la total indignación del pequeño y libidinoso mustélido que se había visto fuera de la fiesta: lo que Mughi más amaba en el mundo después de dormir eran las mujeres bellas, y no dudaba del buen gusto del minotauro.

-¡Bastardo!-



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Re: La Necrópolis Sepultada

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