Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» [Evento] Criaturas Norethianas y dónde encontrarlas
por Staff de Noreth Ayer a las 8:03 pm

» Criaturas Norethianas: Hexagoat
por Croatoan Ayer a las 8:03 pm

» Criaturas Norethianas: Pejesapo
por Strindgaard Ayer a las 7:48 am

» Criaturas Norethianas: Bargest
por Kenzo Dom Jul 15, 2018 6:17 pm

» Los Que Se Niegan a Dormir [Campaña]
por Rimbaud Dom Jul 15, 2018 6:15 pm

» Criaturas northerianas: Troll
por Bediam Sáb Jul 14, 2018 11:04 pm

» Bediam
por Alegorn Sáb Jul 14, 2018 9:26 pm

» Criaturas Norethianas: Gargola
por Kenzo Sáb Jul 14, 2018 6:44 pm

» Reglas de Noreth
por Tariom Vie Jul 13, 2018 8:39 pm

» Otro más que se une
por Tariom Vie Jul 13, 2018 8:26 pm




Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


El Castillo de la Noche Eterna

Ir abajo

El Castillo de la Noche Eterna

Mensaje por Kefka Palazzo el Mar Nov 01, 2011 9:12 pm

Spoiler:

Thezeroth. Un bosque maldito por rituales oscuros y magia fuera de control. Un lugar donde la maldad converge y el peligro asecha desde las sombras. Un paso necesario entre las rutas más importantes de Efrinder y a la vez era el camino que menos personas trataban de tomar. Solo algunas villas y aldeas se habían establecido dentro de esos oscuros bosques. Llenas de ricos escépticos en busca de privacidad y trabajadores del campo o leñadores. Comunidades esencialmente pequeñas pero abundantes económicamente.

El pequeño pueblo de Elmena era uno de los establecimientos más importantes del bosque. Con poco más de mil habitantes, Elmena fue edificado en un gran claro del bosque de Thezeroth el cual había crecido de forma considerable a lo largo de cien años gracias a la agricultura y la tala de árboles. Rutas comerciales hacían frecuentes paradas en Elmena en busca de mercancía o descanso, pues no había lugar más seguro dentro de aquel bosque maldito que ese. Un lugar en donde nunca nada había pasado. Un lugar que le perdió el respeto al bosque y a sus peligros. Un lugar de relativa seguridad. Una mera ilusión.

Kefka había llegado a Elmena la noche anterior. Su viaje desde Malik-Thalish había resultado más problemático de lo que hubiese deseado, pues en el camino tuvo que sacrificar a sus caballos y a su chofer, ya que los tres se había torcido un tobillo tras caer en una zanja profunda que por suerte no había lastimado al arlequín, pero si le había dejado tirado en medio de aquel bosque que ya había visitado en incontables ocasiones.

El elfo había decidido pasar uno o dos días en la posada del árbol torcido, la posada más importante de la pequeña ciudad y la única con servicio decente. Tomaría un carruaje hasta Erinimar, pero el siguiente mercader en ir a esa ciudad no saldría si no hasta dentro de dos días – Parece que no me queda otra opción que pasar un día más en este mugroso agujero de incultos… - Las palabras del elfo fueron claramente escuchadas por la gente del local. La mayoría pueblerinos y unos cuantos aventureros y viajeros que ahí se encontraban. Kefka no era reconocido por sus buenos modales y había ofendido a más de uno esa noche, sin embargo nadie en esa villa era violento si no todo lo contrario. Elmena era conocida por la amabilidad de sus residentes. Una aldea tranquila y comercialmente activa. Un claro de tranquilidad en medio de aquel lugar rodeado de maldad y magia oscura.

La noche sería tranquila, o al menos eso se esperaba. Kefka había pasado la noche en vela nueva mente. Sus pensamientos vagaban alimentados por el aburrimiento y la desesperación de tener que pasar un día más en aquella ciudad – Maldita aldea… desearía prenderle fuego y llevarla a su destrucción muejejeje – Palabras de aliento para su propio confort. Debía mantener su mente sádica entretenida con pensamientos neuróticos o suicidas. Algo que aquella noche no fue necesario en lo absoluto.

Una repentina sobra oscureció el cielo estrellado que aquella noche presentaba. Las lunas de Noreth, aquellas que con su luz mantienen un resplandor tenue sobre la tierra cambiaron de color repentinamente, enrojeciendo por completo. Imitando el color y la textura de la sangre - ¡Que es esta brujería! – Gritó el elfo del caos levantándose de su sillón cercano a la ventana de su habitación. La sorpresa había sido grande y la expectativa lo invadía. Las lunas se enrojecían y junto a ellas brotaba la emoción y la demencia del arlequín - ¡Sangre! ¡Las lunas de sangre! ¡Sangre y tinieblas se avecinan! ¡JA JA JA JA JA JA! – La magia oscura invadió el bosque y la aldea. Rayos de luz rojos, provenientes de una cortina de nubes oscuras hacia el norte de la aldea, incendiaban la madera y los árboles a su paso haciendo de la aldea una gran hoguera en cuestión de segundos - ¡SI! ¡SI! ¡SI! ¡SI! ¡QUEMALOS VIVOS! ¡QUEMALOS A TODOS! ¡JA JA JA JA A JA! – Las neuróticas y desquiciadas risas del payaso en una de las habitaciones superiores alarmaron a sus inquilinos, los cuales pensaban que este sería el causante del caos que la aldea experimentaba aquella noche de supuesta tranquilidad. Pero no podrían haber estado más equivocados.

Los gritos de las mujeres y los niños, sufriendo al ver sus hogares envueltas en llamas, no solo gritaban por ver pérdidas sus propiedades o algunos seres queridos. La visión de algo más aterrador alimentaba los alaridos de terror de los pobres habitantes de Elmena. Demonios alados, esqueletos andantes, fantasmas, arañas gigantes y un sinfín de criaturas salidas de los cuentos de terror más ancestrales asediaban la aldea quemando los hogares, empalando con largas lanzas a sus ciudadanos, violando con armas filosas y miembros sexuales llenos de huesos y púas a las mujeres y a los niños sin hacer distinción de sexo ni edad. Los pocos hombres que tomaban sus armas para defender a sus familias terminaban muertos ya fuera por un sinfín de cortes de los diablos alados o explotaban desde su interior tras ser invadidos por espectros con forma de cráneos demoníacos.

El caos era como uno de los sueños más sádicos del arlequín, y esto le daba gozo y placer al mismo. Kefka debía saber qué locura había llevado a estas criaturas de la noche a invadir tan insignificante aldea ¿Por qué esta noche? ¿Por qué esta aldea? Se preguntaba el elfo. Preguntas que merecían una respuesta pero que debían esperar, pues el caos era algo que rara vez podía disfrutar en su vida cotidiana.

Avanzando a través de los corredores en llamas de la posada, Kefka aprovechó la confusión para incendiar una o dos habitaciones que se mantenían en pie. El fuego era algo que siempre había alimentado su sed de destrucción, y ahora que lo tenía en abundancia no podía si no alimentarlo en retribución al placer que siembre le había otorgado.

El exterior del edificio era indescriptible. Habían transcurrido apenas quince minutos desde que la media noche había llegado y desde que los demonios habían esparcido la desesperación en esa aldea y ya era posible contar un centenar de víctimas y un sinfín de criaturas volando y maldiciendo por doquier. Miembros cercenados de hombres y mujeres por igual a las afueras de sus hogares y sobre los caminos de la aldea ya eran visibles. Algunos cuerpos sin vida aún se movían a causa de los propios reflejos del cuerpo que aún no concebía el hecho de que había perecido. Sangre y fuego. Una terrible combinación – ¡Muejejejeje! ¡A quien debo agradecer este festín! ¡A quien! ¡Díganme a quien! – Gritaba el elfo elevando sus manos en todo lo alto, pero sus gritos eran acalladas por el crujir de la madera incendiada y los gritos de desesperación de los que ahora combatían por sus vidas. Dos esqueletos armados con espadas miraron al arlequín mientras este exigía respuestas. Ambos se acercaron convencidos de que la presa sería una muerte segura. Pero en cuestión de segundos se vieron envueltos en flamas invocadas desde las manos el elfo, quien solo esbozó una sonrisa de satisfacción ante la caída de ambos seres sin vida. Aunque aún así, el elfo prefería objetivos capaces de gritar de dolor.

La muerte de más de la mitad de los pobladores de Elmena era evidente. El elfo del caos había logrado culminar con la existencia de varios demonios y esqueletos que osaban acercarse a él. Había acumulado un par de heridas superficiales pero nada que lamentar hasta el momento. Incluso se había tomado la libertad de calcinar y acabar con la vida de algunas personas moribundas pidiendo auxilio. No había mayor alivio a su dolor que la muerte, y las llamas sin duda les brindarían esa muerte anhelada una vez les consumieran por completo. Un elfo piadoso según su propia filosofía, aunque muchos pensaran lo contrario.

De pronto un gran estruendo golpeo la aldea. Una risa malévola hizo eco en los alrededores. Una risa grave y muy profunda, como la de un señor de la oscuridad. Sin duda era la fuente que controlaba el asedio de Elmena. Nadie se libró del sentimiento de terror e impotencia que aquella presencia infundió en las almas de los ahí presentes. Incluido el elfo, quien se arrodillo y trató de cubrir sus ojos como si de un niño aterrado se tratara, pero logró ver claramente como se materializaba a escasos cien metros de distancia una figura humanoide flotando algunos metros sobre la tierra y en medio de un grupo de dos hombres y una mujer.

¡Demonio! ¡Suéltala y regresa al infierno! – La voz de un hombre de cabellera larga castaña y gabardina azul se escuchó firme y decidida. Le gritaba a la persona que recién se había materializado en el aire y que ahora sujetaba con firmeza a una mujer de largo cabello rubio. La mujer yacía inconsciente en sus manos - ¡Devuélveme a Annete! - Continuó el hombre tras desenfundar un largo látigo con una bola metálica en la punta.

Así que… un Belmont… Interesante… - Dijo el endemoniado hombre. Su cuerpo estaba cubierto por un aura roja y un largo y refinado traje negro con capa. Una cabellera blanca como la nieve y sus ojos rojos como la sangre indicaban la verdadera procedencia del hombre. Un vampiro. Pero no uno cualquiera. Este vampiro estaba más allá de lo que jamás había visto el elfo. Era un demonio en vida. Un ser de maldad y avaricia mas allá de la comprensión de los humanos o las razas mortales e, incluso, más allá de la comprensión de sus congéneres – Sabía que algo me había impulsado a dejar a esta mujer con vida, y ahora me has dado un motivo real joven Belmont – Su sonrisa áspera y sus colmillos afilados denotaron una seguridad y prepotencia implacables. El hombre del látigo, al que se refería como Belmont, fruncía el ceño en señal de impotencia y odio. No podía hacer nada, eso era evidente – Ven a mi morada Belmont. Revive la sangre del cazador que llevas dentro ¡Ven y revive esos días de gloria en los que tus antepasados peleaban en mi contra! – La risa del vampiro se volvió a escuchar inundando de terror a todos los sobrevivientes de aquella masacre - ¡Ven a mi castillo y revive el honor de tu sangre y la emoción de mi corazón sin vida! – El vampiro volvió reír y desapareció dejando atrás una estela de nubes negras y murciélagos. Al mismo tiempo, las criaturas y demonios que atacaban sin piedad a los habitantes de Elmena desaparecieron como si de figuras de arena se trataran. Dejando atrás solo el recuerdo y un sinfín de cadáveres inocentes.

Toma este pergamino, joven Belmont… - El segundo de los hombres que estaba ahí presente extendió una esquelética mano hacia el humano del atuendo azul. El misterioso hombre era cubierto totalmente por las sombras de su túnica roja. Un nigromante o un practicante de la magia oscura sin duda alguna y, por el tono de su voz, bastante viejo – Es un mapa del castillo de mi señor Lord Drácula. Espero no rehúse su invitación, le estaremos esperando… - El hombre desapareció al igual que el sin fin e servidores infernales del supuesto vampiro, dejando atrás solo el pergamino entregado y una estela de polvo rojo y cenizas.

Kefka, junto con otras personas cercanas al lugar, habían presenciado el suceso por completo. El hombre con el apellido Belmont parecía decidido acudir en auxilio de su mujer, y para Kefka esta era una oportunidad de oro que no podía dejar pasar. Si en aquel castillo, del que no sabía su existencia, se hallaba un ser tan poderoso sin duda encontraría artilugios o poderes que exigían ser poseídos por las manos del arlequín. La demencia que parecía tener el señor de aquella horda de bestias sangrientas era gratificante y a la vez aterradora para el elfo – Interesante… muy interesante… - Interrumpió los pensamientos del humano mientras el elfo se acercaba tomándose la barbilla con una mano y la cintura con la otra – No sé quien seas, ni me interesa lo que le pase a tu mujer – Palabras duras, pero sinceras al final – Pero estoy dispuesto a darle una visita a este castillo, y si nuestros caminos son los mismos creo que podríamos beneficiarnos el uno al otro muejejeje – Al joven Belmont no le agradó el tono de voz del arlequín ni mucho menos sus misteriosas intenciones, pero tenía razón en una cosa, su camino definitivamente le llevaría al castillo nombrado.

Un grupo de sujetos se acercó con intenciones similares. Mostrando cierto interés en la situación. Algunos más grandes y deformes que otros. Algunos con la intención de ayudar y otros con intenciones más siniestras. Un grupo de individuos dispares con aspiraciones diferentes. El simple hecho de asistir voluntariamente a aquel castillo era un claro indicativo de su locura, pero el humano agradeció a los dioses que al menos no iría solo a aquel lugar misterioso en el que sin duda más de uno podría encontrar la muerte, o algo peor – Soy Ritcher Belmont… los motivos que les hicieron venir a mí me tienen sin cuidado... pero si piensan acompañarme no me estorben, pues haré cualquier cosa por conseguir de vuelta a mi querida Annete – Sin decir más palabras, Ritcher corrió hacia donde los murciélagos habían volado. Hacia el norte, adentrándose en el oscuro bosque de Thezeroth. Adentrándose a su posible perdición…



avatar
Kefka Palazzo

Mensajes : 114
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El Castillo de la Noche Eterna

Mensaje por Raksäy el Sáb Nov 05, 2011 2:32 am

Spoiler:
+18 Este post es desagradable y contiene cosas poco divertidas para algunos. Concretamente en relación al sexo y al canibalismo


Tres horas. Tres malditas horas llevaba persiguiendo a esa pareja de elfos dorados. Acababa de comerse un sabroso divium (eso sí, las alas estaban asquerosas, como a tortuga podrida) cuando los vio por primera vez. Como la carne le gusta fresca, decidió seguirlos hasta que su estómago se volviera a vaciar y su apetito volviera a resurgir; cosa que, de hecho, pasaba con bastante frecuencia. La persecución empezó fácil, siguiéndoles por una ruta llena de árboles entre los que era fácil esconderse. Los dos elfos cantaban alegremente, mientras se acariciaban de vez en cuando manera recíproca y pegaban saltitos a modo de andar. Al cabo de un rato, los árboles comenzaron a ajuntarse paulatinamente hasta que, sin darse cuenta, el demente elfo se hallaba en un bosque. Al entrar en él, Raksäy vio un pequeño pajarito que atrajo su atención. Era de un color naranja chillón y no paraba de mirar de un lado a otro, con rápidos y bruscos movimientos de cabeza. El elfo se acercó cuidadosamente para no asustarlo, tratando de no pisar ninguna rama traicionera, y finalmente lo consiguió. Extendió su mano sobre la cabeza del animal y comenzó a acariciarle suavemente. Su plumada contextura era carrasposa y no muy placentera de palpar, pero eso no importunó al elfo de pelo verdoso, que siguió haciéndolo esbozando una sonrisa de oreja a oreja. El animal miró con gusto a Raksäy y no se movió ni una pluma en los dos o tres minutos que elfo estuvo acariciándole. De pronto su semblante cambió, su sonrisa desapareció y dejó al pájaro. Ya no le apetecía tocarlo.

Entonces lo recordó: ¡la pareja! ¡Su comida! Rápidamente echó a correr, tratando de averiguar el rastro de los elfos. Sus pies desnudos corrían por el bosque pisando matorrales, enormes raíces de árbol, hojas secas…lo único que importaba era volver a alcanzar su objetivo. Gracias a sus potentes instintos innatos, el elfo no se demoró en reencontrarse con ellos. Esta vez, sin embargo, no andaban felices cogidos de la mano y haciendo eso tan incomprensible que llaman reír. Sus cuerpos desnudos estaban sobre la impertinencia de la tierra, jadeando y haciendo agitados movimientos, como si trataran de apuñalar al otro, ¡pero con su aparato de mear! La ropa estaba a un lado, colocada sin cuidado y arrugada. Eso significaba que… ¡Oh! ¡Otra vez! ¡Otra vez esa extraña danza! Si se habían quitado la ropa a conciencia y hacían esos repetitivos movimientos solamente podía significar que estaban haciendo eso.

Aunque no era la primera vez que lo veía, Raksäy no entendía su significado, pero sí que entendía que sería la última vez que ellos lo harían. Sacó su afilada espada, salió del árbol que le había estado ofreciendo protección y se colocó delante de ellos, a un par de metros, inmóvil, observándoles. La pareja estaba tan ensimismada en sus desafinados gritos de placer que no se percató de la presencia de Raksäy. La hembra le susurró unas palabras al oído del macho, poco antes de que éste aumentara el volumen de sus gemidos. De las bellas pieles amarillentas empezaron a caer gotas de sudor mientras que la hembra imitaba a su compañero, alzando sus gritos tanto que en cualquier momento podrían llegar a una de las lunas. Entonces empezaron a vociferar frases cortas, como si fueran los únicos elfos del mundo, como si nadie ni nada estuviera a su alrededor. Decían cosas como “te quiero” o “me voy ya, me voy ya”. Tanto ruido exaltó los tímpanos del caníbal, que se hartó de ser el espectador de la rara danza y definitivamente se decidió a incrustar su espada élfica en sus estrechos torsos, justo cuando el momento clímax del acto había tenido lugar. El semblante de la hembra, que estaba boca arriba y era la única que el demente elfo podía observar, pasó de evocar asombroso placer a terrorífico asombro tan rápido como una estrella fugaz aparece y desaparece en el oscuro firmamento. Sus petrificados ojos incrédulos orientaron sus pupilas hacia Raksäy, a la par que su rostro se salpicaba de la sangre que su novio escupía. Éste intentó moverse, creyendo que podía escapar de la hoja del acero incrustada en él, a pesar de su ahora limitada movilidad. Raksäy, que no quería más problemas, cogió su cuchillo aserrado y desguazó su cuello, provocando un afluente de sangre que desembocaba directamente en la hembra, llenando su cara enteramente de líquido bermellón. Sus débiles tosidas y escupidas no fueron suficientes para evitar que la sangre de su novio terminara atragantándole. Los dos cuerpos sin vida yacían en el suelo, pegados con una espada que atravesaba sus torsos, uniéndoles así de por vida a a su enamorado. Que romántico.

La caza había terminado, y como siempre, después de ésta venía lo verdaderamente divertido: el festín. Además, ahora tenía ante sí dos platos, y elfos (sus preferidos), lo que le iba a permitir seleccionar las partes más sabrosas de sus cuerpos y prescindir de otras. De lo contrario, acabaría saciándose con una pieza y no tendría más sitio en su estómago para la otra. Comenzó. Antes que nada, sacó la espada de sus cuerpos y terminó de decapitar la cabeza del elfo para que no le molestase. La cogió por su larga melena limpia y oscura, la puso en lo alto y colocó su boca bajo ella. El afluente sanguíneo que salía de su cuello cayó a borbotones sobre la lengua del caníbal, como si fuera un rió interminable, manchando además todo su cuerpo de ese líquido tan pegajoso. La sangre estaba riquísima. Caliente, dulce. Entraba sola en su paladar. Parecía que se acababa, pero un pequeño corte práctico en el lugar adecuado y seguía saliendo unos instantes más. Unos instantes deliciosos que hacían que realmente valiera la pena seguir viviendo.

Después, una vez exprimida toda la sangre, sacó un ojo de sus ojos con la punta de su cuchillo y se lo comió. Los ojos eran difíciles de tragar, muy gelatinosos, pero merecía la pena cuando tu gusto acariciaba su sabor. Tan rico que no pudo resistirse a extirparle el otro y comérselo también. Lo próximo sería la lengua. Apoyó la cabeza del cadáver en el suelo y, con mucho cuidado, se la cortó. Mmm… ¡sabrosísima! Era hora de pasar al cuerpo, ya poca chicha quedaba en la cabeza. Al acercarse a él vio algo que no le gustó nada. Su aparato de mear (de tamaño pequeño, por cierto. Algo frecuente para los elfos, al menos para los que él había visto) estaba repleto de una sustancia blanquecina. Le resultaba familiar, no era la primera vez que la veía, incluso a él también le había salido alguna vez, algunas noches o cuando comía algo muy sabroso. Era divertido, pero su sabor daba asco. Ahora tendría que limpiarlo antes de comer las zonas manchadas, como parte de la cadera y las piernas. ¡Menudo engorro!

Para no tener complicaciones de momento, decidió pasar a comerse a la hembra. Al igual que su pareja, ya estaba desnuda, no hacía falta la molestia de quitarle la ropa. Cosas con suerte. Primer paso, las costillas. Tras despellejar un poco su pecho, horrorizando por el camino sus sensuales senos diminutos, empezó a sacar pequeños fragmentos de carne de las costillas con su cuchillo, para posteriormente llevárselos a la jugosa boca. Era, la verdad, un latoso procedimiento, pero las costillas no podían dejarse sin comer. Cuando la carne de la superficie estaba ya eliminada, utilizó su fuerza para arrancar uno a uno las costillas y repelarlas con la boca. El blanco de los huesos ya estaba en otro plano, impregnado totalmente con el color de la sangre. Era la hora de comerse el estómago. Para ello, simplemente había que hacer un corte a modo de operación en su respectiva parte (Raksáy sabía de esto), desligarlo un poco de los otros órganos con esmero en no romper nada y, una vez el estómago en toda su plenitud en su mano, solamente faltaba tragarlo a bocados.

Recorrió con fuerza su cuchillo por su muslo, con cortes verticales. Cuando un gran trozo de muslo estuvo recortado, lo cogió con su mano y comenzó a comérselo mientras miraba la belleza del bosque que tenía ante él. De la boca le salpicaban gotas de sangre, que no hacían si no manchar aún más su cuerpo y su pantalón, pero Raksäy seguía inmutable, con su trozo de carne en mano, mirando atónito como un niño el alar de los pájaros cantarines, los caminos de hormigas desesperadas en busca de comida, el baile de las hojas de los árboles con el viento. Una armonía nocturna, liderada por las tres bellas lunas en lo alto del cielo, tres lunas que… ¡se estaban enrojeciendo! En adición, un mar de nubes negras crecía a lo lejos, lanzando rayos sangrientos ¿Qué sería eso? ¡Ah! ¡Fuegos artificiales! ¡Qué divertido! Rápidamente el insano caníbal cortó las dos delicadas piernas de la elfa, se las apoyó en el hombro y se fue corriendo hacia la zona de enigmáticos acontecimientos.

A los pocos minutos llegó. Ante él se hallaba una aldea ardiente, literalmente. Al sonido del fulgor del fuego acompañaban el de los gritos. La mitad de personas corrían de un lado a otro mientras sus cuerpos se quemaban. La otra mitad, huía de monstruosos seres que estaban por todas partes, con formas diferentes pero con un solo fin: matar. Sumándose a la ya ingente cantidad de cadáveres que yacían, las vidas se esfumaban prácticamente sin defensa, tan rápido como las llamas pasaban de un hogar a otro. Sin avisar, una especie de divium pero de piel y alas rojas impactó en pleno vuelo contra el elfo expectante, tirándole al suelo a él y las piernas que sujetaba. Raksäy desenfundó su espada con celeridad y la condujo hacia el demonio, que intentaba levantarse tras su aparatoso aterrizaje. Su acción fue en vano pues su cuello fue atravesado por la sinuosa hoja del caníbal y terminó cayéndose de nuevo, pero esta vez inmóvil y para siempre.

Acompañado de una maliciosa y perturbadora carcajada, una figura se materializó, provocando una honda de pánico que hasta el héroe más valiente acallaría. Temblando, el elfo fue corriendo hacia un árbol que tenía a escasos metros y se ocultó, intentando evidenciar su presencia ante tal terrorífico ser. Un nuevo hombre apareció en escena, aunque este parecía normal, y entabló una conversación con ser terrorífico. Al mencionar a una tal Annete, el elfo indagó por los alrededores con la vista, intentando buscaron a la joven. Hasta que no volvió sus ojos hasta el terrorífico ser no evidenció que se refería a la mujer que sujetaba. Había tenido tanto miedo de mirarle que no se había dado cuenta de que estaba ahí. Tenía un rostro y unos cabellos rubios preciosos. Los hombres siguieron hablando, pero Raksäy seguía inmerso, con su mirada fija en el resplandor de la joven, ajeno a lo demás. Sus extremidades, aún titiritando del terror que aquél ser evocaba, empezaron a arrastrar su cuerpo por el suelo hacia Annete. El aroma de la joven poco a poco se fue haciendo más fuerte. Raksäy lo necesitaba como si fuera una droga, tenía que ir hacía él. Cuando recorrió unos pocos metros y su nariz podía captar el olor de la muchacha sin molesia, lo entendió. La necesitaba, necesitaba comérsela. Jamás había sentido algo por alguien así, y menos por alguien que no fuera un elfo, pero el aroma de Annete le impedía pensar en otra cosa que no fuera comérsela.

De repente, el terrorífico ser desapareció, y con él la muchacha rubia tan sabrosa. Raksäy miro a su alrededor desesperadamente, con giros completos de cabeza, pero no consiguió ver nada, la joven se había esfumado con el ser, para su desesperación. ¡Ahora se había quedado sin su comida y sin la joven! Por cierto ¿y las piernas que se había traído? Daban igual, ahora solo importaba la mujer. La necesitaba. Necesitaba encontrarla y comérsela. Incluso podría comenzar a comérsela viva. Un grupo de gente se reunió en torno al hombre que había conversado con el ser. Dijo algo de buscar a Annete y un sentimiento de alegría acompañado de una infantil sonrisa inundó a Raksäy. El elfo se plantó ante él y, ajeno a las pautas sociales de comportamiento y la comunicación social, se limitó a mirarle a los ojos sin mediar palabra alguna. Mientras, las gotas de sangre de su cuerpo comenzaban a secarse, anunciando a todos que no era alguien normal a simple vista.

avatar
Raksäy

Mensajes : 9
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El Castillo de la Noche Eterna

Mensaje por Nar el Dom Nov 06, 2011 11:07 pm

Era de día, hacía apenas unos minutos que había amanecido, pero el sol empezaba a levantarse por las hileras de árboles que formaban los Bosques de Theezeroth. Sin duda era una buena vista desde el exterior; más en el interior...nada era bonito en el interior. La historia del bosque era bien conocida, y más por mí, que había estado estudiando en Thalis Arys.

Me acerqué a uno de los árboles que más destacaban d en las lindes, pasando su mano por la áspera corteza de este, recordé lo que se decía de Theezeroth: ''Un bosque maldito'',''Solo hallarás la muerte en él'',''Una de las principales fuentes de magia de Noreth''. Los libros ya no me interesaban tanto, ahora que era libre de ver por mi mismo mundo, y poder de verdad saber de verdad que hay en realidad en él. Sin duda mi partida había sido acertada, ya que notaba como me hacía fuerte, como el fuego se me resistía menos, sin duda alguna, llegaría a cumplir mi sueño si seguía por ese camino. Lo único que echaba en falta eran las camas de pluma; dormir de continuo en paja, o en tablas de madera, no era muy aconsejable, aún así me gustaba viajar.

Escuche el traqueteo de unos caballos, a lo lejos. Ahora mismo me encontraba a escasos metros de un camino de tierra que se adentraba en el bosque, la noche anterior la había pasado en una ''posada'', de una aldea llamada Huti, o algo así, la verdad, no me acuerdo bien, ni quiero acordarme, ya que la razón de estar en las lindes del bosque justo para ver el amanecer era por que había estado andando por la noche los cinco mil metros de distancia. La razón...Nunca vayas a Huti, la gente es muy rara, empieza a hacerte preguntas, claro como viven cuatro gatos...pues e aburren, pero era gente rara, y decidí pirarme de allí, por eso, y por que debía de pagar por la mañana la habitación. No, no tengo dinero, estoy sin blanca.

Cogí la vieja mochila y me la eché al hombro. Ande hasta que me quede en la cuneta del camino, ya se podían ver los cuatro caballos negros que tiraban de una carro cargando con barriles. Agité las manos con la esperanza de que el tipo que iba en el carro me subiese y me llevase a través del bosque.

(...)

-¿Y...dónde dices que estamos?

-En Elmena, ¿no la conoces?-

Me encogí de hombros, estábamos ante las puertas de una pequeña ciudad. El viaje había durado aproximadamente unas tres horas, un coñazo, me gusta viajar, pero lo que es ir en carro o a pie durante un montón de horas, lo odio, es que no lo aguanto, de ninguna manera. El hombre con el que iba tiraba de los caballos, y cuando pasó por la puerta saludo a uno de los guardias. Bueno, antes de seguir: sobre el tipo que me había llevado poco había que decir, era un buen hombre, se encarga de traer el alcohol del exterior del bosque a las diferentes taberna que había en Elmena, parecía buena gente.

Hablé con Mak -respondía a ese nombre el tipo del carro- largo y tendido, sobre donde iba a pasar al noche, hasta que al final me prometió una cama caliente y cena a cambio. No me negué. Por la noche, llegué reventado a la casa de Mak, tras toda la tarde bajando barriles. La casa era de una humilde familia; había dos pisos, aunque en la casa solo vivía Mak y su mujer, Sylva. Era un matrimonio de unos...¿Cuarenta?Quizá menos, años. Sylva y Mak eran buena gente, y me dieron el mejor caldo caliente que podía tomar.

La cena me sentó genial, el caldo calentito elimino el cansancio de los últimos días, y ahora que la noche estaba ya en Elmena, Mak me enseño la habitación que iba a usar, en el piso de arriba.La habitación, con una cama, un armario y una gran ventana, era sin duda confortable, hacía calor, y sin duda, ¡La cama era de lana! Tras despedirme de Mak y de Sylva pasé a lo que sería mi cuarto un par de días. Mak tenía que adentrarse más en otro pueblo del bosque en dos días, y me había dicho que me llevaría con él, así que solo tenía que preocuparme por no molestar...

(...)


Me levanté sudando como un pollo, aún era de noche, pero una pesadilla me había echo pegar un brinco en la cama. Como era normal, no me acordaba de lo que había soñado, pero sin duda me dio un escalofrío al intentar recordar qué había pasado en mi sueño. Seguía en la cama, y, al darme cuenta de que seguía en la cama, me eche otra vez sobre la almohada, para seguir durmiendo. Cuanta fe tenía; un golpetazo que venía del piso de abajo me hizo saltar de la cama, creando una llama en mi mano, casi por acto reflejo. Algo me llamó la atención: Por la ventana entraba un brillo que no era el de las estrellas, ni el de las calles. ¡Fuego!¡Toda Elmena estaba ardiendo!

Un grito agudo me sacó de mi empanamiento momentáneo.Bajé los escalones de madera de tres en tres, para encontrarme el salón en el que había cenado esa noche estaba ahora echo un caos: Todo tirado, roto... Sin duda parecía que había pasado un tornado por el salón de aquella casa. Otro grito. Me lancé hacía una puerta entreabierta, era la habitación de Mak Y Sylva. Me quedé helado. Mak extendido sobre la cama, con los ojos abiertos de par en par, con una gran herida en la cabeza, había muerto. Sylva no corría la misma dicha. Un ser rojizo con unas pequeñas alas negras a la espalda se hallaba en el otro lado de la cama, sobre la mujer, violándola.

No se como lo hice, ni lo recuerdo bien, pero vi un hacha sobre la cama, al lado de Mak, y la clavé una y otra vez, eschuchando gemir a Sylva, ecuchando los rugidos de dolor del demonio...Acabé cubierto de sangre, iba con el torso desnudo, y tanto como este como la cara estaban salpicados de una sangre de color verdoso. El demonio cayó sobre la mujer. Traté de apartar el demonio, pero el muy hijo de perra quiso llevarse a la encantadora Sylva con el al infierno, y acabó con ella antes de perecer. Escupiendo un aliento de fuego quemó a la mujer y la cama. Enseguida todo comenzó a arder... Subí rápidamente por la escalera, y en un segundo tenía la túnica puesta, y la mochila al hombro, estaba saliendo de la casa y mirando atrás.

Fuera...Anarquía...Lo que había pasado en la casa que ahora se empezaba a derrumbar no era nada: Las misma violaciones, asesinatos, masacres, incendios, abusos...Todo...La pacífica ciudad de Elmena era ahora un gran punto de desesperación y sufrimiento, cuando...Todo se estremeció. Silenció, incluso el fuego se calló. Los gritos se apagaron. Todo estaba en silencio. Me tapé los oídos, caí de rodillas, y luego al frío suelo. Una risa, una risa revolvió mi estómago, me puso las pelotas en la garganta. Tenía miedo, pero sabía que allí no podría estar seguro. Me levanté, la risa había acabado, y ahora empezaba otra vez la pesadilla. Deseaba que fuese eso, solo un mal sueño, y mañana desayunar con el matrimonio que había conocido, pero no, no iba a ser así...

Corrí todo lo que pude, pero no fue suficiente. La escena de discusión de dos hombres, el terror que le inspiraba el tipo del látigo...me atrapó. La escena del enamorado enfrentándose al mal por el amor. Sin duda yo nunca habría querido tanto a nadie, quizá al viejo, pero mejor que no lo sepa, y a mis padres, pero el valor de aquel tipo...no sé, me inspiró, me dio las fuerzas necesarias para tirar el miedo y armarme de fuerza. En ese preciso instante decidí ir al castillo. Si bien quería ayudar, lo que quería era hacerme más fuerte, era sin duda, mirar a aquel tipo que ahora aya se había esfumado, mirarlo a los ojos, desafiarlo, mostrarle que no tenía miedo, y que quería vengar a Mak y Sylva.

Vi otro grupo de personas cerca de la escena, prestando atención a Belmont. Esté corrió hacia el norte. Sinceramente, no se lo que me empujó ha hacerlo, pero lo seguí. Belmont me dio algo en lo que creer, algo por lo que luchar, me había dado lo que necesitaba para echarle un par de huevos, en vez de refugiarme en mi actitud de pasota. Ahora mientras me adentraba por el bosque mi única pregunta era...¿Encontraré algo o alguien por lo que luchar?
avatar
Nar

Mensajes : 43
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El Castillo de la Noche Eterna

Mensaje por Bargho el Mar Nov 08, 2011 12:06 pm

Bargho llevaba tres días en este pueblo y no dejaba de pensar en dos cosas: una era el preguntarse como sus pobladores podrían ser tan estúpidos para asentarse tan cerca de uno de los lugares más peligrosos de Noreth y la otra es ¿Cómo es que seguían vivos? La idea de “pueblos” en el interior de Thezeroth le resultaba tan descabellada que era difícil de creer… y sin embargo ahí estaba, de pie en medio de aquella calle rodeado de personas que le miraban con suspicacia, era un antropomorfo, cierto, los antropomorfos de Thezeroth devoraban gente, cierto, ¡Pero él no era un jodido antropomorfo de Thezeroth! Seguramente alguien con un mayor bagaje cultural a cuestas que el de aquellos colonos estúpidos notaría que el era un minotauro y que los minotauros eran algo absolutamente diferente de los engendros, pero Bargho ya había perdido toda esperanza de entablar alguna discusión civilizada y se encontraba ahora semi-acorralado, rodeado por un grupo de poco más de una docena de personas que le hostigaban, trataba de reunir toda su paciencia para no empezar a machacarlos a todos por su necedad.

-¡Maldito! ¿Qué haces aquí?- Le espetó uno de los lugareños que tenía una cara especialmente fea y una expresión de infinita imbecilidad en el rostro.

-Ya les he dicho que soy un minotauro, mi raza no tiene problemas con la suya.-

-Da igual si eres un minotauro o un hombre-cabra…-

-Un sátiro-
Le interrumpió Bargho-

-¡Lo que sea! Da igual, todos los antropomorfos son unas malditas bestias-

Decía esto con la boca llena olor a alcohol mientras miraba al minotauro con dejes de superioridad a pesar de que para poder hacerlo tenia que levantar la cabeza algunos centímetros, era el típico cobarde de pueblo que solo se siente envalentonado cuando se haya rodeado y respaldado por una mas de personas armadas. Bargho empezaba a cansarse de la diplomacia y temía estallar en cualquier momento y despejar a aquella tropa de indeseables… sin embargo aquello sería como darles la razón sobre todos aquellos prejuicios que tenían sobre el, pero el minotauro no pudo evitar levantar un poco la voz y responderle.

-Escúchame una vez mas estúpido, los minotauros y los engendros no son lo mis…-

La luna brillante en aquella noche estrellada en el pueblo se volvio repentinamente de color carmesí, sorprendiendo a los miembros de la chusma y al propio Bargho.

-Lunas rojas en Thezeroth… ¿Cómo es posible que un sujeto como yo tenga una suerte tan escalofriantemente mala?-

No terminaba de hablar cuando repentinamente algunos haces de luz fulguraron en distintas partes de la ciudad, sumiéndola en llamas casi inmediatamente, gritos muy fuertes se sucedieron en la lejanía y a partir de entonces no hicieron si no aumentar como una letanía, una verdadera y auténtica orgía de sangre se había desatado. Por todas partes aparecieron demonios y todo tipo de alimañas.

-¡El!- Gritó el idiota de antes- ¡El es el que los hizo venir, el…”

El idiota no habló más, con un fuerte puñetazo en su rostro Bargho lo puso a dormir, salvándole casi con toda seguridad de una muerte segura mientras estaba tendido en el suelo. El hombre jamás se enteraría de eso y moriría creyendo que “advirtió en vano” a la ciudad de la catástrofe.

Para Bargho las acciones se sucedieron de manera instintiva, armarse con el escudo, extender la lanza y empezar a empalar demonios a diestra y siniestra, si hay algo que odiaba más que nada en el mundo era el derramamiento de sangre inocente de manera inútil, no importaba si fue mal o bien recibido por unos cuantos borrachos, no había justificación para el derramamiento de tanta sangre de manera gratuita.

Cerca del centro del pueblo se formó un silencio aterrador y desde la lejanía Bargho no se perdió nada de la entrevista del llamado Drácula con el joven Belmont, el responsable de aquella masacre no era otro que aquel ser semi-etéreo tan despreciable y que incluso había secuestrado a aquella mujer. Nada más comprender aquello la determinación de Bargho estuvo más que tomada: Ayudaría a aquel valiente joven a recuperar a su compañera, pero principalmente, haría que toda aquella sangre inocente derramada este día sea pagada. Nada mas Bargho había tomado esa resolución, el extraño hombre desapareció y con el la mujer y casi como por arte de magia la multitud de demonios que hasta hace poco infestaban la ciudad.

Poco después vio como el joven Belmont echaba a correr repentinamente seguido de un extraño payaso y resolvió seguirles en su camino internándose en el bosque maldito de Thezeroth. Al poco tiempo y gracias a sus enormes zancadas estuvo casi a su alcance, entonces saludó.

-Soy Bargho hijo de Baraghorn, he oído tu discusión a lo lejos, cuenta con la fuerza de mis armas valiente Belmont--



avatar
Bargho

Mensajes : 167
Edad : 29
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El Castillo de la Noche Eterna

Mensaje por Kefka Palazzo el Mar Nov 08, 2011 8:42 pm

Revisar Tema off topic



avatar
Kefka Palazzo

Mensajes : 114
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El Castillo de la Noche Eterna

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.