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El origen de la Magia [Solitaria]

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El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Dom Nov 27, 2011 2:11 pm

Antes de empezar a contar esta historia debemos situar al lector en la cronología, pues el inicio de estas palabras tienen como finalidad hablar de aquel suceso que convirtió a Lord Hummber II, hijo de Condes, en el desterrado hörigue Xhadesh.
Eso nos hace volver en la historia hasta hace cuatro años más o menos, cuando Hummber preparaba su viaje. Sin robar el tiempo al lector, empezaremos con la historia y dejaremos la voz de narrador para cuando haga falta explicar alguna sencilla pero importante cosa.

-¡Es justo esto lo que necesito para la vida! ¿No puedes entenderlo?
Gritaba el joven humano, ataviado en una capucha como si fuese un vagabundo; indigno ante los ojos de sus padres, que descansaban cómodamente sentados en unas sillas doradas, que emulaban ser tronos de grandes reyes.
-Dices, hijo ¿que para completar tu vida te debes embarcar en un viaje sin rumbo -porque no lo conoces- para buscar algo que no sabes si existe, y sin tener muchos más conocimientos de ello?
Respondía con voz tranquila, aunque por dentro se quemase en las mismas llamas del abismo, su padre. El Conde Hummber I.
-Padre ¡Ése es justamente el sentido del viaje! ¡Conocer! –se llevaba las manos a la cabeza, demostrando ya ligeros síntomas de locura. Los libros de alquimia y literatura le habían taladrado tanto en su cabeza que su cordura quedaba un poco en duda; pero sin embargo, tanto su padre como su madre podían hacer oídos sordos a esa locura, pues su hijo realmente demostraba tener conocimientos en las artes que presumía manejar, así como en la ingeniería militar.
-¿Y te parece totalmente necesario emprender una odisea sin sentido?
-¡Ya te he dicho el sentido de mi travesía! ¡Existen… existen corrientes mágicas! –abría los brazos de lado a lado, señalando todo lo que se encontraba dentro de esa habitación de falsos reyes: muebles de madera tallados a mano, pinturas en las paredes que emulaban a antiguos familiares, y un techo totalmente detallado con pinturas hechas a pedido, con terminados en oro líquido- ¡Todo lo que nos rodea es magia! ¡Cada cosa que puedes ver, incluso por nosotros, está fluyendo la magia! ¡Pero tiene una fuente, como todo! Aunque abras la canilla y haya agua por todos lados… El origen de esa agua es la canilla ¿Entiendes? ¡Imagina lo que podríamos hacer si conociéramos el origen de la magia! Sería… ¡Sería el descubrimiento más importante de la historia, por siglos y siglos! –Ahí entendió como podía convencer a su padre:- ¡Todos recordarían nuestro nombre, padre! Y el tuyo, por haber dado nacimiento a un prodigio…

El hombre, regordete y de bigotes extensos que hacían una curva en sus mejillas, se llevó la mano a la larga barba y la acicaló en un gesto que le ayudaba a pensar detenidamente las cosas importantes. La otra mano traqueteaba sobre el posa-brazos dorado de la silla-trono, y sus plateados anillos hacían que el sonido fuera perfectamente escuchado por los oídos de todos.
Cuando sus dedos se detuvieron en un fuerte puñetazo sobre el posa-brazos, y la mano en su barbilla fue llevada hacia su gran panza, se puso en pie y abrió los labios, mucho más relajado:
-¿Dices, mi prodigio, que nuestros nombres serán conocidos en todo el mundo por toda la historia?
-No sólo lo digo, padre ¡lo afirmo y lo juro por mi propia vida! –Hummbert le respondió contento, sabiendo que había ganado esta vez al poco ingenio de su padre. Ése era su castigo por ser un Conde codicioso con poca experiencia usando sus sesos. Le costaba admitir que su padre era un bruto, pero era la verdad.
-Pues… ¡Qué demonios! ¡Tienes mi aprobación hijo!
-¡Hummbert! –resonó la voz de una dama que hasta entonces había formado parte del mueblerío de aquella habitación. La mujer era al menos veinte años menor que el regordete padre, y estaba con él porque la había exigido como esposa, además de que ella misma se había alegrado al saberse rica de un momento a otro- ¡No se lo puedes permitir... ! Es… es tonto ¡seremos el hazmerreír de todos!
-O los héroes –corrigió de inmediato su padre, quien era un apostador constante y disfrutaba de los juegos de azar- Hijo mío, te doy mi bendición y mi apoyo. Prepara tus maletas, que mañana al amanecer partirás a altamar con un barco y veinte de mis hombres.
-Te doy las gracias padre –acompañó con una reverencia el joven aventurero, sin poder calmar las ansias de haber sido aprobado su viaje. Estaba nervioso y tembloroso… ¡Haría aquello para lo que se estaba preparando toda su vida! Sería… Sería especial, sería un aventurero, un científico… ¡Un innovador en la alquimia! Él no lo hacía por el renombre, sino por los conocimientos. Tenía un alma de científico, y eso nadie se lo podía comprar.

Se puso en pie y salió de la alcoba de los Condes, dirigiéndose a su alcoba propia para preparar sus menesteres. Aún lleno de nervios por ver cumplido su sueño, repasaba mentalmente sus planes y conocimientos:
Debía andar al Norte, hasta llegar al centro exacto de la mismísima Noreth, allí seguramente se encontraban las fuentes mágicas. Los Heisers, como había leído que los denominaban en sólo un libro.





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Dom Nov 27, 2011 2:39 pm

Su padre le había prometido un barco y veinte hombres. Era eso todo lo que necesitaba, no hacía falta más movilidad ni más seguridad para su travesía. Excitado con la noticia por la aceptación caminó hasta sus aposentos y abrió dos maletas de cuero: Una de ellas llevaba ropa propia, telas para protegerle del clima y cueros de ovejas para evitarle la muerte por congelamiento. No sabía demasiado del clima de esa parte de Noreth, de hecho, en su vida jamás había salido de Omendhor, la isla que lo había visto nacer, crecer y enloquecer. Así que llevaba un poco de todo, tanto por si hacía frio, como si hacía calor, como si el sol quemaba la piel o si caía nieve hasta el amanecer. Esa maleta estaba preparada para partir desde hacía una semana, pues desde entonces –y más- había planeado este viaje, pero no se había atrevido a declararlo ante sus padres.

La otra maleta estaba vacía, pero en una mesita cercana se encontraban cosas de importancia mayor que debían de ir: Un catalejo que él mismo había fabricado, que tenía una sola propiedad: Sin importar hacia donde se estuviera mirando o donde estuviese uno parado, la flecha dorada del artefacto apuntaba siempre hacia el norte. Lo había construido hacía dos años cuando menos, con la ayuda y tutela de su profesor de alquimia, único al que aún tenían contratado para que siguiera enseñándole; así que estaba seguro de que apuntaba al norte, y de que no fallaría nunca.
Seguido a eso, había unas gafas fabricadas en cuero y cristal transparente. Aunque a primera vista no parecieran tener ningún provecho más que hacerlo parecer ridículo –pues la fabricación visual no era su fuerte, así que mientras algo fuera funcional, para él era óptimo ya-, en realidad funcionaba para aumentar al doble lo que viera, haciendo que las cosas se vieran mucho más cercanas. Únicamente las usaba para reparar sus artefactos, así que era primordial que fuera. Esas dos pertenencias en lugar de embalarlas en las maletas, se las acomodó en él mismo: El catalejo en una bolsa de su chaleco, y los cristales en la cabeza, pues podían permanecer ahí gracias a la cinta de cuero que les había acoplado.

Sobre la mesa reposaban cinco cuadernos sucios, anotados hasta la muerte y rayoneados con dibujos que, aunque parecieran sinsentido y faltos de ingenio, eran claves que Hummbert había adoptado para facilitar su lectura y hacerlos privados.
Cuatro de ellos los acomodó en el fondo de la maleta, revisando todos en una rápida hojeada. Se quedó en las manos sin embargo, uno que llevaba pintado con tinta negra “Teorías del nacimiento de las razas. La magia pura como fuente de vida”. Era un manuscrito escrito por él, con anotaciones de una veintena de libros que había consultado, y algunos comentarios anotados y explicados de su maese. Se lo acomodó en una pequeña bolsa de cuero que llevaba colgando a la espalda y siguió revisando sus pertenencias:
Balanzas, herramientas, cristales, artefactos de medición y demás instrumentos que nadie en su vida podría comprender, y menos aún poner en práctica; pero que su loquera y obsesión con la alquimia le había hecho entender con facilidad y ligera perfección.
De entre todo, eligió las herramientas primeramente, después sus artefactos para medir tanto la humedad, como la temperatura y uno en especial, uno que había denominado “Maneaereometro”, que era su pieza maestra en esta travesía. Se trataba de un cilindro de cristal, que no superaba el medio centímetro de diámetro, pero que llegaba hasta los cinco de altura. Por fuera estaba recubierto de una espiral de oro puro y como tapas para sellar dentro de sí, llevaba placas metálicas de aleación de acero, plata, aluminio y rubí y diamante. Dentro de sí llevaba una extraña mezcla líquida, fruto de incontables experimentos con todo aquel material que pudo conseguir hasta dar con esta perfecta mezcla: No sabía bien si por su loquera, o si bien era realmente cierto, que todos sus investigaciones en libros y experimentos habían dado fruto: Ese artefacto era capaz de medir la cantidad de “maneaere” –como él había denominado a la magia en estado puro- que se encontrase en un radio de dos metros. Si la cantidad era mucha, el líquido encerrado dentro se pintaba de un color rojo vívido, en cambio, si había muy poca concentración de la magia, se tornaba transparente sin ton ni son. Hasta ahora eran pocas las veces que lo había visto cambiar a tonos más vivos, pero aseguraba que el artefacto funcionaba a la perfección y que eso sólo demostraba que había magia en todos lados.

Ese artefacto también lo guardó en su bolsillo y siguió acomodando herramientas, balanzas y demás cosas dentro de la maleta, con cuidado de no romper ni atrofiar nada, hasta llenarla en su máxima capacidad. Teniendo prestas las maletas, salió cargándolas de su cuarto y justo en la puerta se topó con su maese, nombrado Sir por sus padres y llamado Gaeleleou por sus progenitores.


-¿No pensabas invitarme a tu viaje? –murmuró bajo su capucha, pintada con tinta de plata y bordada con hilos de oro. Él no gustaba de llevar esos caprichos de las personas ricas, pero era una obligación al trabajar para los condes.
-No pensaba invitarle, porque está supuesto que usted sea mi segundo al mando, maese Gaele –Murmuró suavemente, ya más relajado, haciendo nuevamente una reverencia al anciano.





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Dom Nov 27, 2011 3:39 pm

Aunque era ya de noche, seguían realizando los preparativos para zarpar mañana al amanecer. La Condesa hacía horas que no hablaba con su marido, y empezaba a odiarle por dejar partir a su hijo en una odisea donde solamente los haría quedar como los idiotas ante todo el mundo, cumpliendo los caprichos de un hijo con los sesos descompuestos, en lugar de haberlo metido a una mazmorra para que nadie se enterase de su existencia. Aunque en realidad, lo que más le dolía bajo ese enojo falso, era que lo hubiera dejado partir, porque nunca en su vida lo había tenido lejos y realmente amaba a su primogénito y único hijo. Aunque pocas veces lo demostrasen, era su orgullo y felicidad, como lo es el de toda madre un hijo.
Las ventajas de vivir en una isla donde sus padres eran los Condes, era que el puerto estaba prácticamente en sus jardines, pues para entrar o salir legalmente de Omendhor había que pasar necesariamente por las narices del Conde.

Aunque eran principalmente los hombres del Conde quienes preparaban el barco, llenándolo de provisiones para pasar en alta mar al menos dos años, pues no se les había comunicado la duración del viaje. Llevaban además toda una caja llena de armas de Omendhor, simples espadas de estilo sable, que llevaban en la hoja un grabado del nombre real, y la firma de la isla donde habitaban. Llevaban también incontables barriles de agua, y algunos más de ron y vodka, lo preferido por los hombres que navegaban. Telescopios, lazos y lastre, todo lo que pudieran llevar lo estaban preparando ahora. De los veinte hombres con que contaba, cinco se encargaban ahora mismo de revisar las velas, los palos y en sí, toda la estructura del barco, asegurándose de que “El Valor” –como había sido bautizado- no les fuera a fallar.
Diez más se encontraban subiendo provisiones de agua, carne, frutos y demás alimentos que les serían de principal importancia durante su largo viaje, pues algo les hacía desconfiar del hecho de ir como guardianes y acompañantes del hijo del Conde. Todos sabían que él, Hummbert II era una persona de buenos modales y carácter mejor aún; pero también era un rumor muy conocido que tenía la cabeza un poco podrida por culpa de los libros que leía día, noche y todas las demás horas.

Cinco eran los hombres que seguían órdenes directas de Hummbert II, quien a su vez era seguido a dos pasos por Gaele. Estos cinco hombres iban desde el castillo hasta el barco, cargando siempre cajas de más de diez kilos cada vez. Dentro de ellas el joven aficionado a la alquimia llevaba todo tipo de minerales, metales, polvos y cristales que le hicieran falta para continuar con sus experimentos, así como los menesteres básicos para montar un laboratorio a mitad del mar. Además de que varias de esas cajas estaban llenas hasta reventar de libros, tanto de literatura como de historia y los más, de antiguas notas escritas por distintos alquimistas reconocidos en vida por su sabiduría, que quedaba plasmada en esas anotaciones en clave que aún le eran difíciles de descifrar. El viejo por su parte, hacía que uno de los tripulantes llevaran solamente una caja con un par de ropas, un solo libro, y pinceles y cueros blancos; para matar el rato en altamar pintando lo que se le ocurriese, pues ese era uno de sus mayores hobbies.

Los veinte hombres pasaron hasta el anochecer cargando los menesteres de su ahora señor, aunque disgustados por el viaje imprevisto, contentos por saberse hombres de confianza del conde.
Cuando todo estuvo listo para alzar el ancla el próximo día al amanecer, se les dio a los hombres las horas que restaban para ir con sus familias y gozar de ellas, despedirse antes de embarcarse en una travesía por la sabiduría, como había adjetivado el hijo del Conde. Así mismo se le dio la noche al sabio, para gastarla en lo que más le pareciera.
El único que quedó vigilando aquel navío fue Hummbert, que por miedo a que su madre hubiera convencido a su padre, prefirió no visitarlos ni despedirse de ellos.

Se quedó siendo observando por las estrellas, con los pies colgando por el muelle, casi rozando las olas que se inmolaban contra la arena. Tenía frío, y un nerviosismo que no sabía definir si era por el gusto de poder cumplir su sueño, o por el miedo de abandonar a su familia y buscar su propio modo de vivir. Este viaje no sólo era un capricho, por él se decidiría su vida por completo.
Miraba las estrellas, acostumbrándose a ese campo celeste tan bello e inspirador. Las luces brillantes y blancas, la eterna oscuridad que hacía más claras a las estrellas, y las lunas que danzaban sobre su cabeza, celebrando la partida del muchacho y el inicio de su sueño. Tanto se movía sobre su cabeza y tanto más dentro de ella. El barco estaba próximo para partir, y el nerviosismo le hizo por fin, caer en el sueño profundo en el mismo muelle, siendo acunado por los movimientos rítmicos de las olas, y con el cantar de las olas como canción de cuna. Por un momento volvió a sentirse el niño de sus padres, y creyó que no podría sobrevivir sin ellos.





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Dom Nov 27, 2011 4:11 pm

Hummbert despertó con el barullo de las gaviotas como sonoro despertador, y con un repiqueteo en sus costillas, fruto del bastón de su maese que se clavaba una y otra vez sobre su carne, para hacerle surgir del sueño profundo.
-¿Tan poco añoras tu sueño que prefieres seguirlo soñando? –le preguntó; sus frases siempre llevaban un segundo significado, que pese a haber estado más de quince años bajo su tutoría, aún no lograba comprender todas las veces.
-Soñaba otro sueño después de este, porque no pienso detenerme –Le respondió mientras se secaba los rastros de saliva que habían quedado sobre su mejilla, y se ponía en pie sobre el tembloroso muelle de madera que le había hecho servicios de cama por esta noche.
Con sus palabras consiguió que el anciano soltara una risa débil pero sincera, y le hizo empezar a caminar hacia el puente de madera que unía al barco con el muelle.
-A veces logras sorprenderme con tus palabras, pero ninguna otra ocasión me habías sorprendido con tus acciones, joven amo. Aunque te escuché hablando de esto por casi un año, nunca creí que fueras capaz de convertirlo en realidad. No me malinterpretes, pues no desconfiaba de ti, sino de tus padres.
-Lo sé maese Gaele, lo sé. Yo también dudaba de mis padres, ese es el motivo por que te haya confiado estos planes a ti mucho antes que a ellos; pues si no me hubieran dado su permiso, igualmente habríamos ido nosotros dos, pero sin barco y sin provisiones ¡Deberías alegrarte por la sabiduría de mi padre!
Volvió a hacerlo sonreír, pues con esas muestras de sinceridad a veces le costaba diferenciar entre una broma y una confesión.
-Y lo estoy, me alegro porque tu padre nos haya dado provisiones, hombres y un navío.

Alumno y maestro continuaron hablando de temas sin importancia, conjeturas que el alumno tenía sobre este viaje, y en caso de ser acertadas, también hablaba de los adelantos alquímicos que lograría con ello. Pensaba principalmente en los conocimientos, en cómo aplicar las fuentes mágicas para curar a las personas, para mejorar los reinos y hacer más sencilla la vida para todos. Era un joven, que si bien en realidad le empezaba a fallar la sesera, continuaba pensando en el bien de todos y no sólo en el suyo propio. El viaje le excitaba por eso, porque mediante él podría ayudar a las personas, y en un modo egoísta, sólo le excitaba porque sería el primero en teorizar sobre ello, y más aún, en verlo directamente.
Subieron prontamente al navío, aunque a decir verdad ya los hombres del Conde estaban ahí arriba, trabajando con los lasos y las velas, preparándolas a última hora para partir. El navío estaba amarrado al muelle por cinco lazos, además de la pesada ancla que descansaba hasta los fondos del mar, donde había anclado con alguna roca o algo similar.


Todos gritaban ahí arriba, dando órdenes, aceptándolas, bromeando entre ellos y preparándose, hablando de cuanto extrañarían a sus familias. Era cierto que estos tripulantes podían ser comparados a piratas, pero estos aún tenían a las personas en el corazón, y no el dinero.

A Hummbert le llamó primordialmente la atención algo que estaba en la “parte trasera del barco” –pues pese a todo, sus conocimientos de marítima no eran igual de buenos que los otros-: Un platillo de acero puro que medía al menos dos metros de diámetro, que un navegante presentó como “Gong de caza”.
-No sabemos si tenemos alimentos suficientes para nuestro viaje, señor. Así que llevamos este Gong, señor. Al tocarlo en altamar, hace temblar las profundidades del mar, haciendo que los peces salgan a aguas más tranquilas; facilitándonos la tarea de arrojar la red sobre ellos para poderlos cocinar, señor.

Aunque agradeció la explicación e hizo anotaciones sobre el artefacto, le molestó el hecho de ser llamado “Señor”. Sí, era un título jerárquico, pero en realidad, eran ellos quienes en altamar tenían más jerarquía que él, que apenas conocía la forma de los barcos y un poco más.
Al despedirse el tripulante que le había hecho una ligera explicación, le tomó por los hombros un hombre desde la espalda; aquel parecía no superar los treinta años, y sin embargo vestía con mejores ropas que todos los demás, revelando así su jerarquía superior. Llevaba una placa pegada al pecho, que tenía el sello real y el lema de la familia “Valor o Muerte”.


-Usted es el hijo de nuestro Conde ¿o me equivoco? –le soltó de manera normal la voz del chico, que aparentaba ser mucho más gruesa que la que se esperaba escuchar de ese cuerpo.
-Cierto, ese soy yo. Y él –presentó con un movimiento de manos- es mi maese, Gaeleleou.
-Pues bien, yo soy el capitán de este navío. Puede llamarme Edwirck. Todos los hombres que le atendieron ayer y prepararon el barco, son mis subordinados; los hombres de más confianza del Conde, y le vamos a escoltar hasta su rumbo, protegiéndoles y apoyándolos en cuanto se necesite. Entiendo que su travesía es importante, por tanto, puedo darle mi palabra de que conseguiremos cumplir su sueño.

Sin más presentaciones se acercó hasta el puesto de mando, donde se encontraba el timón y un cuerno para agrandar su voz. Tomó el cuerno primeramente y alzó la voz hacia todos sus hombres:
-¡Prepárense! ¡Zarparemos de una vez! –giró el rumbo del timón y volvió a colocarse el cuerno pegado a los labios- ¡Viviremos con honor, o moriremos! ¡Corten las cuerdas, suelten las velas, leven el ancla! –Ante su grito todos los hombres alzaron la voz al unísono, dejando escuchar por toda la isla un fuerte “¡Viviremos con honor, señor!”, y el traqueteo de los pies por todos lados se dejó escuchar, corriendo para hacer caso a sus indicaciones. Nuevamente se puso el cuerno en los labios y alzó la voz:- ¡Anuncien nuestra partida, toquen el gong!
Sin esperar más de un minuto, un hombre se acercó a una gran plancha que estaba cercana al palo mayor, una placa de metal redonda, que parecía estar simplemente sobrepuesta. Ahí, tomó un mazo que sobrepasaba los quince kilos y lo dejó caer con fuerza sobre la placa, haciendo que casi de inmediato un par de largas y firmas vigas metálicas aprisionaran el gong por ambos lados, golpeándolo para hacerlo sonar con toda la fuerza de aquel instrumento.
-¡¡Nos marchamos!!





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Lun Nov 28, 2011 1:34 am

No hubo fiesta de despedida, y apenas las familias de los marineros fueron quienes acudieron al muelle para despedir a sus maridos, amantes o padres; muchos de los hombres allí arriba superaban los treinta años, y el más anciano de la compañía llegaba hasta los 50 años. Este hombre era llamado Ridens, y era quien se encargaba de la cartografía en altamar, ya que el desierto de agua salada podía confundir a muchos, pero no a él, que confiaba y conocía a las estrellas como si fueran sus hijas. Además, al ser un hombre de edad más avanzada y con más experiencia en el mar que todos los demás de la isla –él mismo contaba que desde los ocho años había pasado encima de un bote, y no se había bajado de él sino hasta los quince, cuando se hizo navegante en jefe de la guardia de la isla- era en quien más confiaba Edwirck. En cada navegación lo llevaba como su hombre de confianza, siempre al lado del timón y siempre conversando para aprender algo nuevo.

Apenas hubieron perdido el muelle de vista, Ridens se acercó a una mesa que habían amartillado a las tablas del navío, para que fuera completamente estable, y sobre ellas posó dos cilindros de cuero curtido, tan duros que podría partirle la cabeza a alguien con él. Al acercarse llamó la atención del capitán, y este sin dejar de mantener el rumbo de su barco, giró la cabeza hacia la mesa –que se encontraba a su derecha, cuando mucho a un metro de distancia- y prestó atención a la charla que posiblemente el viejo quería empezar.
Pero este demoró en abrir la boca y los cilindros, llamando con gestos y a voces al joven que estaba al mando de dirigir la expedición.
Pasaron al menos dos minutos para que el joven Hummbert se diera cuenta de que era a él a quien hablaba, pues tenía el viento en contra y eso le imposibilitaba escuchar la voz del viejo, además de que se encontraba maravillado con la imagen que presentaba el mar abierto, con alguna isla ocasional y con maravillosas vistas marinas, hasta donde los ojos podían llegar.
Cuando escuchó y miró el mensaje instó al sabio Gaele para que le acompañara hasta alcanzar al capitán y su “segundo al mando” –como ya se dijo, Hummbert no tenía ni la más mínima idea de lo que se relacionara con los navíos, haciéndolo sentir ignorante pero instándolo a querer saber más.
-Señor –dijo Ridens, quien empezó a sacar de uno de los cilindros un mapa pintado sobre cuero de vaca.
Dicho mapa estaba lleno de trazos que lo cruzaban por todos lados, haciendo primero cuadrados, cada uno de diez centímetros, y a cada uno le cruzaban líneas en diagonal, formando triángulos que servían como una medida más exacta para los navegantes; en él se retrataba fielmente el contorno de la isla Omendhor, y esta quedaba retratada en la esquina suroeste –la inferior izquierda-. Hacia el este –la punta derecha- se retrataba un archipiélago de pequeñas islas que hacían un gancho en forma de U. Más al norte –hacia la parte superior del mapa, pero en el centro del eje horizontal- se encontraba una única isla, que según el mapa tenía la extraña forma de una media luna. Justo hacia ahí señalaba el dedo índice del viejo Ridens.
-Señor –repitió, llamando la atención de ambos “jefes”-, esta isla es llamada La Luna Verde, si el viento sigue prometedor como hasta ahora, llegaremos en tres meses más o menos; hacia aquí abajo –señaló los archipiélagos- están los archipiélagos Ivhen, ricos en animales para caza y frutos. Están mucho más cerca de nosotros; llegaríamos allá en un mes y algunos días. Esas dos son las islas más cercanas que se dan fe en los mapas. Si nos vamos al este, tardaremos más en llegar a la isla Luna Verde, pero nos podremos recuperar de provisiones y animales de caza. La luna Verde es en su mayoría inexplorada, así que no podemos asegurarle que algo se encuentre ahí, sin embargo, aunque sea inexplorada en su mayor parte, se da fe de que en ella hay animales conocidos, así que dudo mucho que sea lo que usted busca.
El hijo del Conde se quedó pensativo, siguiendo ante cada palabra los dedos del hombre anciano, entendiendo enseguida las posibilidades. Dirigió una mirada de cuestionamiento al anciano, pero este se encontraba mirando hacia el mar profundo, ignorando aparentemente las palabras.
-Si nos vamos a la Luna Verde, aún si es inexplorada, podremos conseguir caza y agua ¿No? Y si nos vamos a los archipiélagos gastaremos un mes más de viaje… A menos que ustedes consideren que sea necesario, fijen rumbo hacia La Luna Verde.

Ridens volvió a enrollar el mapa y a guardarlo en su cilindro de cuero, mientras se iba hacia un camarote para guardar los mapas y descansar ahí abajo por un rato. El capitán asintió ante la decisión del hijo del conde y giró ligeramente el timón hacia la izquierda. Los hombres ya estaban más relajados y eran pocos los que se movían constantemente, acomodando lazos y demás cosas de interés; los demás se encontraban en las sombras, jugando cartas o durmiendo ya, sabedores de que la travesía era demasiado lejana.
Hummbert saludó al capitán y se encaminó hacia la puerta de los camarotes, para reposar por un tiempo ahí abajo.





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Lun Nov 28, 2011 2:58 am

El tiempo pasa como si fuera una ola de mar, pues parece repetirse hasta el infinito, y sin embargo, cada una de ellas es diferente. Hummbert pasaba el día aburrido, las más veces metido en su laboratorio autoinstalado en su camarote, el cual no contaba con mucho: Un par de balanzas clavadas al techo de madera, viales y cristales apoyados sobre bases metálicas para evitar su movimiento, y barriles de minerales repartidos por las paredes, además de una pequeña fuente de fuego, parecido al fuego griego en que no se apagaba por aire fuerte o movimientos bruscos, pero sí se apagaba al entrar en contacto con agua. Y a su lado, sobre un escritorio rayado y medio encadenado al suelo, se encontraban tres cuadernolas más, que ya se había ocupado de rayonear con dibujos en clave. En una de ellas, explicaba la creación de “kraks”, bombas llamadas así por su capacidad sónica y… sobre todo, su capacidad explosiva. Había llegado a la creación de aquellas, gracias a… errores sobre el paso. La cuestión es que quería encontrar un modo en que pudiera preservar la carne por más tiempo, y entre combinaciones de todo, y su pequeño capricho de someter la mayor parte de ellas al fuego, terminó creando una explosión pequeña, que aumentaba conforme se mezclaran los ingredientes. Era igual a cocinar.

También seguía teorizando sobre los Heisers mágicos, pues aunque sólo una persona los hubiera nombrado una vez en un libro, era muy factible que la existencia y estudio de estos, revelaría de primera mano el verdadero origen de las razas, y con ello, quizás también el del mundo. Y si encontraba la fuente de algo tan grande como el mundo… ¡Era más obvia aún la posibilidad de poder curar todas las enfermedades! Se pasaba el día pensando sobre ello, tratando de pensar en los aspectos positivos, pero también en lo peligroso de aquellas fuentes de magia. Si bien eran, para él, la fuente de todos los tipos de vida animada e inanimada, también podía ser muy posible que, en grandes cantidades, fuese tóxica y dañina. Además de pensar en ello, teorizaba sobre cosas más… triviales: Quizás se imaginaba los Heisers muy de manera literal, creyéndolos arroyos de líquido, que salían prácticamente escupidos hacia el cielo, rompiendo el suelo y naciendo de él, para finalmente volver a caer y llegar a las raíces de la vida. O bien, quizás podría ser un humo, en cuyo caso podría explicarse mejor que hubiera un poco de él por todos lados, pues el humo sería más fácilmente transportable por el aire y sería capaz de estar en todos lados. Aunque tenía dos ideas más: Una, bien podían ser grandes sabios que, mediante el poder de su sabiduría o su conexión con el mundo, crearon todo, y todo lo que imaginan se vuelve realidad. En este caso, pensaba en lo que podría preguntarles y todo lo que aprendería de ellos; y por el otro lado, pensaba en extrañas criaturas Reinas, gigantescas y con formas distintas, que engendraban huevos que, en lugar de tener bebés, tenían esferas, o pequeñísimos insectos que tiraban líquido por todo el mundo, haciéndolo evaporar por los calores y volviéndolo vapor.

En todos casos, se alegraba por estar más y más cerca de sus sueños; aunque… a decir verdad, su maneaereómetro no había siquiera tornádose gris, verde ni tampoco azul. Y mucho menos rojo. Y eso molestaba a Hummbert, que aunque lo acercara al fuego o a los cristales que llevaba consigo, no se teñía de ningún toque diferente, así que se volvía a refugiar en sus teorizaciones, o bien huía a fuera del barco para encontrarse con el capitán y hablar sobre su camino y como lo llevaban. Pocas veces eran las que compartía palabras con Gaele, pues dicho sabio se quedaba días mirando al vacío, y luego, un día sin pensarlo, volvía de sus transes y dibujaba paisajes inimaginables, llenos de belleza sin igual y detallados con gloriosa virtud. Cada nuevo cuadro era alabado por los marineros, y cada cuadro era regalado a ellos según el que más le pareciera merecerlo.

Habían pasado casi cuatro meses, uno más de lo que le habían dicho los hombres, cuando alguien gritó, desde el carajo –parte donde se colocaba el marinero que exploraba altamar con un telescopio-, lo que sus incrédulos ojos podían ver:
-¡Tierra! ¡Tierra a la vista! ¡Veo La Luna Verde! –Volvía a revisar por su lente, y al asegurarse de que no estaba loco, se aferró a una cuerda y bajó por ella en cuestión de segundos, hasta acercarse al puesto del capitán, alegre como nunca desde que había partido de su casa- ¡Al noreste capitán Edwirck!
-¡Ya te escucho Hidgih! –asintió el capitán al tiempo que viraba ligeramente el barco.
Aunque era de noche, las puertas que comunicaban con los camarotes empezaron a dar a luz al resto de la tripulación, que alegres destaparon cinco o seis de las botellas de alcohol que aún les quedaban, y festejaban entre gritos de alegría y victoria. Aunque el capitán se los advirtió rápidamente, igual siguieron festejando: Les haría falta un día para alcanzar tierra.

Y fue tal el griterío, que Hummbert salió también de su camarote para ver a los hombres bebiendo sin control y malgastando sus fuerzas al abrazarse entre sí y dar saltos como nunca otra vez los había visto. Llevaba un rostro de seriedad, pero en cuanto se enteró de que la buena noticia era por tocar tierra… En ese momento arrebató al primer hombre que pudo una botella y se la empinó de un sorbo, empezando a toser de inmediato y escupiendo un poco del licor, provocando la risa de todos los navegantes.





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Mar Nov 29, 2011 2:14 am

Los dioses del mar les habían sonreído, pues los vientos eran fuertes y constantes, dirigiéndose hacia el norte siempre. Todos los hombres permanecieron en vela a la espera de picar tierra, pero aunque estuviera cada vez más a la vista con el telescopio, era imposible verla con los ojos solamente, así que poco a poco se fueron retirando hacia sus camerinos, medio alcoholizados, para descansar y estar lúcidos al siguiente amanecer. Casi todos se retiraron, menos Hummbert que prefirió acompañar hasta el alba al capitán, y tampoco Gaele, quien se pasaba las horas haciendo ahora un dibujo de los cuerpos celestes que veía desde esa cercanía; más que una obra plástica, era más bien un mapa estelar. Una ciencia que estaba gastándole la vida y en la que confiaba plenamente para la orientación, más que en los mapas de la tierra, en los del cielo.

Pocas fueron las palabras que tocaban capitán y señor, pero todas ellas eran de aprobación, de compañerismo y compinches. Aunque en realidad eran pocas las veces que se habían hablado entre ellos –pues el capitán jamás había abandonado su posición delante del timón, y Hummbert pocas veces salía de su camarote-, todas ellas habían sido para compartir el espíritu de aventureros que ambos demostraban tener. Hummbert encaminado a los saberes y los conocimientos, y Edwirck dedicado a los tesoros y los desafíos.
Cuando la última de las estrellas se ocultó en el cielo cristalino y sólo quedó el recuerdo de las lunas danzantes sobre ellos, los tripulantes empezaron a salir de sus camarotes, mucho más serios pero aún mostrando felicidad en sus rostros y sus acciones. Edwirck ordenó de inmediato que amarraran las velas y tiraran las anclas; cuando quedaba una distancia de al menos quinientos metros entre la costa y el barco. Hummbert se sorprendió por no acercar el barco hasta la playa y desembarcar ahí, pero la duda le fue respuesta de inmediato por el capitán, con una pequeña muestra de altanería por conocer más en un tema que su compañero: El barco podía quedar ensartado en la arena de la playa, además de que podía abrirle una brecha por culpa de los arrecifes. Además, así era más seguro.

Los hombres asintieron de una vez y, pareciéndose más a monos que a hombres, treparon por los palos y soltaron sogas, se aferraron a las velas y las enredaron hasta otros palos que hacían los brazos de la cruz. En cuanto acabaron, dos hombres –los más altos y fornidos de los navegantes- se pusieron frente a dos palancas metálicas que se encontraban en la parte trasera del barco, y las patearon y empujaron con fuerza hasta que cedieron, soltando enormes anclas que pesarían cada una cuando menos trescientos kilos, acompañadas de cadenas que pesaban un poco menos.
Al estar el navío encallado, el capitán se alejó por vez primera de su timón, soltó un fuerte suspiro mientras se tronaba los trescientos ochenta y nueve huesos que poseía su esquelético cuerpo –se jactaba de decirlo siempre, supuestamente, él mismo los había contado uno a uno- y finalmente se puso al frente de sus veinte hombres.
-¡Iremos a tierra! –Gritó con fuerza, subiendo la moral de sus hombres- Preparen las dos balsas. Ridens, tu, Hidgih y Amerth esperarán en el barco hasta que la primera balsa llegue. Avisadnos cualquier cosa que lleguen a ver. Los demás ¡nos largamos de aquí ya!


En cuanto acabó de hablar, todos sus hombres asintieron, incluso aquellos que habían sido relegados a quedarse en el barco. Las balsas cayeron con un fuerte estruendo al golpear el mar, aún atadas con sogas para evitar que tomasen su rumbo propio, y seguidamente bajaron por sogas diez hombres a uno de los barcos, y siete al otro; cada hombre se había apoderado de su propia espada y la llevaba atada al cinto. En esa última balsa subieron Hummbert, Gaele y Edwirk.

En ambas balsas, eran seis los hombres que remaban para llevar a la balsa contra la playa; a la cual llegaron luego de veinte minutos o un poco más. Al tener la arena tan cerca, dos de los hombres que iban al frente de las balsas se lanzaban al agua, quedando con esta hasta la cintura, para tirar de ella y acercarla más a la playa. A una altura más prudente, todos desembarcaban, empujaban la balsa hasta la arena y la amarraban con una soga extensa hasta la primera palmera que tuvieran a mano. La segunda balsa, donde viajaban los tres dirigentes, fue empujada también por los hombres de la primera, hasta que pudieran bajar el Conde y su maese, sin estar demasiado en contacto con el agua salina; e inmediatamente, volvía a partir hacia el navío principal con sólo seis hombres para remar.

En la playa quedaron el capitán, el hijo del Conde y su tutor, y once hombres más, que sin esperar mucho tiempo, desenvainaron sus espadas y empezaron a deambular por las tierras, adentrándose apenas y algunos subiendo con esfuerzo a las palmeras para arrojar cocos hacia los que se encontraban abajo, no como travesura para matarlos, sino para compartir con ellos esos frutos que tanto gustaban.
Los abrieron usando sus espadas y dientes, esperando a que los hombres por los que habían vuelto llegasen y pudieran comer también. Cuando todos estuvieron reunidos por fin, Ewdirck se posó delante de ellos, formándolos en hilera frente de sí para que todos le vieran, quedando detrás de él el sabio y su pupilo.
-Irán en grupos de cinco, cuatro grupos. Dos buscarán agua, uno recolectará frutos y el último tratará de cazar algo. No nos quedaremos por más de un día aquí, y si es necesario partir antes, lo haremos. Así que no pueden tardar más del tiempo necesario, antes de que el sol empiece a caer, pues pasaremos la noche en el barco y volveremos mañana al amanecer, si es necesario.

-¡Señor, sí!
Y sin esperar más, formaron grupo con los primeros cuatro que estuvieran a sus costados, saliendo de inmediato repartiéndose los trabajos que se les habían asignado. Hummbert, Gaele y Edwirck deambularon por las cercanías, adentrándose unos pasos a una selva que se alzaba inmediatamente de la playa. Hummbert llevaba siempre su manaereometro, tratando de encontrar algo en aquella isla misma, pero por más que avanzaban, el color del líquido se mantenía transparente como el agua.





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Mar Nov 29, 2011 4:03 am

-Entonces, dices que estamos buscando… ¿Las fuentes de la vida? –le preguntó algo incrédulo Erwick a Hummbert, mientras rebanaba unas ramas de plátano que les obstruían el camino por entre la selva en que se estaban adentrando. No terminaba de creerse la historia del amo, pero le daba un voto de confianza debido a que el conde le había otorgado justamente a él y su tripulación en lugar de mandarlo con otros hombres menos experimentados.
-Es algo más que eso –explicó Hummbert, caminando detrás de él sin ver el camino; centrando su vista en el extraño artefacto cilíndrico que no cambiaba de color ni aunque lo metiera en agua hirviendo-, según mi teoría, si encontramos las fuentes de la magia misma, podríamos entenderlo todo, curar enfermedades, crear vida, sanar vidas y devolverlas a quienes partieron antes de tiempo. Es… es una travesía de lo más importante, estoy seguro que lo conseguiremos Edwirck.
El hombre soltó una ligera risa, mientras se giraba hacia él y prácticamente se impactaban por culpa de Hummbert, que solo avanzaba sin fijarse en el rumbo.
-No creo que sea una buena idea traer de vuelta a los muertos, y aunque estoy a favor de curar las enfermedades, tampoco estoy a favor de crear vida de la nada. Esa nos la da Luminaris y por más que tu teoría pueda ser cierta y la demuestres, yo seguiré confiando mi vida en Luminaris, y seguiré orándole a ella por las vidas que han partido y no se encuentran más con nosotros.
El maese Gaele, que los seguía muy de cerca, sólo iba recogiendo baritas y mirando cada rincón, como si fuera un niño en un parque de atracciones, destinando su atención dos segundos a una misma imagen, y cambiándola por otra en menos de lo que sus ojos giraban.

Hummbert bufó, consciente de que eran muchas personas las que pensaban de la misma manera que el capitán; no quería quitarles ese derecho a creer en lo que quisieran, ya que incluso para él, la alquimia podría compararse con los dioses de las demás personas; pues en ella encomendaba su vida y para ella se consagraba, pero el hecho de negar las posibilidades que se abrían ante sus ojos, sólo hacía que viera a Edwirck como una persona que se negaba al avance.
-No te negaré nada, estás en lo cierto de creer en Luminaris, y espero que de ese modo entiendas que yo tengo un grado de certeza al creer en los Heisers mágicos.
Reanudaron el camino, con Edwirck al frente de los tres. No tenía muy claro lo que ellos buscaban en ese lugar, pues al parecer Hummbert solo quería andar con su juguetito por todos lados, mirando el agua que tenía dentro, esperando que mágicamente se tiñera de otro color. Le hacía un tanto de gracia, pero era cierto. Si él no le reprochaba nada por creer en su diosa, nada le hacía tener que rechazar sus ideas alocadas. Lo comprendió por un segundo, pero de inmediato volvió a pensar en la posibilidad de traer a los muertos de vuelta a la vida, por más que fuese de manera “natural” y controlada, si estaban muertos, pertenecían a otro reino y ya no a Noreth.

En su deambular encontraron un río interno, del que bebieron y donde llenaron una cantimplora de dos litros, cada uno, y la llevaron siguiendo el camino. Su rumbo fue sin más interrupciones; cada tanto se encontraban de frente con un venado, o algún oso pequeño, o criaturas llamadas kelbis, parecidos a venados sin cuernos, pero de pelaje verde grisáceo. Aunque el capitán trató de darles caza, después de varios intentos tuvo que declarar que los hombres dedicados a la cacería eran solo aquellos cinco que se habían ido por su cuenta. Resignado se dedicó a llevar frutos que encontraba en los árboles cercanos, de los que aves o ardillas comían gustosamente.
Era ya el atardecer, y tenían que volver bajo la pena de que los abandonaran en la isla a su suerte por toda la noche, y sabía que sus hombres podían ser muy capaces de ello.
Resignado, Hummbert aceptó el tener que volver al barco sin haber encontrado ningún resultado, pues las historias que contaba Edwirck sobre su tripulación le habían servido para sembrarle el miedo de morir esa noche al ser abandonado.

Llevaba su extraño medidor atado al cuello, para asegurarse de que no lo perdería si no le cortaban la cabeza, y había dejado de mirarlo al regresar por el mismo rumbo que habían comenzado a llegar. Quizás eso, o quizás el nerviosismo de haber escuchado el potente gong fue lo que le impidió ver que por segundos, el agua parecía burbujear mientras se teñía de un color azul como el cielo.
Los tres empezaron a correr con toda la fuerza que les daban sus pies, tropezando a veces, pero sin girarse a mirar por el otro; incluso el sabio había tenido miedo de las historias, y sólo quería asegurarse de llegar de primero a la balsa para irse de aquella isla que ahora aparentaba tener peligros.

Resonó otra vez el gong, más fuerte que la vez anterior, justo cuando alcanzaron salir de la jungla y ver lo que pasaba en la playa:
Tres hombres descansaban para siempre en la tierra, bañados en sangre y con mordidas por todos lados, además de estar, aunque cueste decirlo, faltos de algunos miembros. Los siete restantes luchaban ferozmente con sus espadas, intentando atrasar los ataques de más de diez lagartos que amenazaban con devorarlos como a sus compañeros.


Aunque aparentaban cansancio, soltaron un grito de valor cuando vieron aparecer a su capitán:
-¡Suba a la balsa señor!
Le gritaron casi al unísono, eran hombres fieles que confiarían su vida por la de él. Este, en lugar de aceptar gustosamente, desenvainó su propia espada mientras empujaba a Hummbert y el sabio hacia la balsa. Una vez teniéndolos dentro, se acercó a los demás hombres y les ayudó a combatir con fiereza, haciendo retroceder a cuatro de esas bestias, dando muerte a una, y combatiendo aún con las restantes. Hummbert hasta entonces se fijó en el brillo azul de su colgante, que burbujeaba como alarma de lo que siempre estuvo buscando. Sintió alegría, pero al mismo tiempo impotencia por permanecer dentro de la balsa, viendo a los hombres muertos por su curiosidad.
Una vez más sonó el gong, haciendo retroceder a los lagartos y dándoles el tiempo suficiente a todos los hombres para subir; dentro de la balsa había cocos y algunos frutos más, además de un barril lleno de agua pura. Instantáneamente los marineros se instalaron en los remos y aplicaron toda la fuerza de la que eran capaces, de manera perfectamente coordinada, haciendo el camino de vuelta al barco en un tiempo mucho menor al que habían hecho la primera vez.





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Mar Nov 29, 2011 10:55 pm

Partieron esa misma noche. Uno de los corpulentos hombres que antes habían tirado las anclas era de los tres que habían caído, así que tuvieron que levantar el ancla entre otros tres de menor tamaño y edad. Cuando ambas anclas estuvieron listas, sin esperar órdenes los hombres soltaron las velas para aprovechar el ligero aire que aún recorría su destino. Nadie se atrevió a proferir palabra alguna, y los heridos se curaron a sí mismos con licor y vendajes.
Por los dos meses siguientes Hummbert no cruzó palabra ninguna con el capitán, que únicamente se limitaba a hablar con Ridens, su segundo al mando, que estaba en el barco al momento del ataque.
El joven pasaba el día en su camarote, hablando las veces con su maese y otras abrumado con ideas propias que no dejaba a nadie más conocer. Si bien sabía en el interior de sí mismo que la culpa de los tres caídos recaía sobre sus hombros, se preguntaba la razón por la cual Edwirck no le había reprochado nada. Por su parte, el capitán no culpaba a nadie, y si guardaba el mayor silencio, era como ofrenda a sus compañeros caídos, pensando en las explicaciones que debía dar a sus mujeres e hijos. Cada vez que uno de su tripulación caía, era un peso enorme el que descansaba sobre sus hombros; eso era lo más difícil de ser capitán, y no tomar las decisiones más rápidas.

El viejo sabio trataba de apagar, en vano, las ideas que se alojaban en la cabeza de Hummbert, sobre si sus locas ideas realmente valían la vida de tantos hombres, y si era preciso continuar su travesía, o si no simplemente había sido un capricho inventado para salir por vez primera de su hogar y ver el mundo. El anciano lo calmaba con historias de Noreth, con cuentos de guerras, donde las personas que caían no hacían al otro dudar, sino que lo empujaban con su sacrificio a seguir sus ideales, pues para ellos habían dado su vida. Hummbert lo comprendía, pero llevaba en su pecho el dolor de ellos.
El día que por fin se atrevió a salir de su camarote, se dirigió primeramente a Edwirck, quien en ese preciso instante estaba hablando con su maese Ridens.
-Lamento si interrumpo algo. Capitán Edwirck, debo pedirle perdón por haber tomado la vida de sus hombres; no era mi intención que nadie saliera lastimado y…
-Lamentarse sólo atormenta sus almas, camarada. Debe ver al frente, debe terminar la misión por la que ellos dieron su vida; sólo así calmará las almas de los caídos y les dará paz y alegría.
El joven señor asintió, con los ojos cristalinos por las lágrimas. Aunque hubieran pasado dos meses o más desde la muerte de esos hombres, aún pesaban en sus almas, y lo harían por toda la eternidad; pero el perdón del capitán también significaba mucho para sí.
El maese Ridens, al darse cuenta de la difícil situación, optó por lo que todo hombre con dos dedos de frente lograría: Cambiar el tema por otro cualquiera. Aprovechando que la mesa estaba frente a ellos, sacó ahora el segundo cilindro, que la mayor parte del tiempo cargaba consigo, y lo extendió de par en par sobre la tabla, clavándole cuatro navajas en cada esquina para mantenerlo totalmente quieto.

-Señores, hay que decidir el rumbo que seguiremos.
El mapa que se mostraba sobre la mesa retrataba el amplio mar, y al centro sur, se encontraba la punta final de la isla Luna Verde, pero más pequeña que como la recordaba en el otro mapa. Por lo demás, no parecía haber ninguna isla más, y a mitad del mapa o poco menos, se encontraba trazada una línea divisoria, en tinta roja.
-Esta línea –la recorrió desde el oeste al este, cruzando todo el mapa- es el horizonte. Nadie ha hecho mapas de lo que se encuentra más allá de él, y si alguien ha ido más al norte, no se tienen noticias de que haya vuelto con vida –giró a ver al señor Hummbert, y señaló un punto perdido en el mapa, cercano al límite rojo-. Según mis cálculos, desde que zarpamos de la Luna Verde nos hemos movido hasta llegar al límite del horizonte. Si elige volver, el camino será largo pero seguro. Si elige seguir –arrastró su dedo sobre el mapa, siguiendo una línea vertical hacia el norte-, es probable que su isla no esté demasiado lejos.

El capitán giró a ver a Hummbert, y este se relamió los labios. La parte cuerda de su cabeza, que había despertado al saber a los hombres muertos, y al saber que los peligros eran verdaderos y no simples invenciones de los libros y de su anciano magister, le decía a gritos que les ordenara volver, regresar el camino andado y volver a salvo a su querida Omendhor. Pero la parte que había hecho revivir el capitán con sus palabras, esa le instaba con pequeñas vocecillas tranquilas a continuar, a dar final a su aventura y hacer honor a los hombres caídos. Chocó su puño cerrado contra la dura tabla, sorprendiendo a capitán y cartógrafo.
-Capitán Edwirck, fija rumbo al norte. No nos detendremos hasta encontrar la tierra de mis pensares. Cada vez está más cerca de nosotros ¡y tenemos que alcanzarla!

Los hombres, que escucharon atentos el pseudodiscurso del señor que escoltaban, se pusieron en pie y alzaron la mano derecha en puño cerrado, para luego golpearse el pecho fuertemente, haciendo un sonido hueco que vibró por todo el barco:
-¡Honraremos a los caídos!
Y el capitán, soltando por segunda vez el timón, se golpeó también, pero él con la hoja plana de su sable.
-Honraremos a los caídos y llevaremos las noticias de su honrosa muerte, luchando por proteger la vida de todos los que aquí nos encontramos. Sigamos hasta el final, para darle paz a nuestros hermanos y hacerlos felices ¡Por Omendhor!





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

Mensaje por Xhadesh el Mar Nov 29, 2011 11:02 pm

Retomemos la voz del narrador. Sería irrelevante para el lector, y hasta aburrido, tener que leer el día a día de los marineros en un navío que deambulaba por mar abierto, sin ver tierra en más de cuatro meses. Si hay algo que decir, es que los alimentos empezaban a escasear, el agua se veía reducida a cinco tambores de cuarenta litros cada uno, y que los hombres hablaban todos entre sí. Hummbert se había hecho amigo del capitán y sus hombres, y estos parecían confiar más en él, pues le contaban historias de otras aventuras, de exploraciones y de otros amigos que habían caído en cada aventura. Si hay que sacar algo importante de estos más de cuatro meses en altamar, será extraído puntualmente del diario del joven Hummbert:


«Día 342 desde que partimos de Omendhor:
Hay pocas cosas que anotar en estas páginas. La pena por los tres caídos prácticamente ha desaparecido. Me parece que a los marineros les es más fácil aceptar el hecho de ver morir a sus compañeros, quizás también significa que están aceptando su posible muerte. En mi pecho siguen pesando sus muertes, pues permanecieron en la playa para esperarme a mí y al sabio, si no nos hubiéramos alejado tanto de la balsa estarían vivos, todos lo estarían. Ayer pregunté sus nombres; eran Xenter [aunque su nombre era pronunciado Kenter], el hombre fuerte, Aster, uno de los que recolectaban frutos, y Hemenim, un cazador experimentado. Xenter no tenía familia, pero estaba ganándose el amor de una chica del pueblo. Aster era padre de dos pequeñas, y su mujer era cocinera en la taberna del pueblo. Hemenim era padre de un varón mayor, no tenía madre, y eso quizás es lo que más me pesa en el alma, haber robado la vida de esos hombres y haberles quitado a su familia. He pensado brindarles el honor que merecen una vez volvamos a casa, y pedir a mi padre que ofrezca una paga enorme a sus familias.»

«Día 346 desde que partimos de Omendhor:
Hace dos semanas que cruzamos el horizonte, como Ridens llama a la línea roja dibujada en su mapa. Quizás ellos creerían ver una caída infinita, pero era más que obvio –y queda demostrado en mis cuadernos de anotaciones- que tal límite no existía, sino que era un simple dibujo en su mapa. Sin embargo, todos estamos felices. Cada día esperamos escuchar el grito de Lamderh –como se llama el que viaja en el carajo, buscando con el telescopio- anunciando tierra la vista, pero al caer la noche y abandonar su puesto para ir a dormir, nuestro ánimo cae aunque intentemos fingirlo. A veces sigo pensando que era mejor volver por donde vinimos y olvidarnos de mi maldito capricho. Como si existiera algo capaz de curar todas las enfermedades y dar la vida…»

«Día 357 desde que partimos de Omendhor:
Hemos tenido que repartir el agua. Nadie tomará más de dos raciones por día, una al medio día y la segunda antes del anochecer. Todos lo tomaron con resignación, aceptando el hecho de que nos quedaban pocos recursos. Los alimentos también nos faltan, y ayer tocaron el Gong con fuerza para capturar algunos peces en las redes. Escuchar ese sonido me hizo recordar la muerte de los tres. El gong anunciaba su caída y no era una alerta para nosotros. Era su funeral. Me arrepiento por no haberles podido dar un entierro digno. Seguramente serán carne de lagarto y no mucho más. Por cierto, desde que volvimos al barco no tuve tiempo de asentar eso: Ese mismo día, en presencia de aquellos lagartos que les arrebataron la vida, el maneaereometro pareció reaccionar frente a ellos. Seguramente esas criaturas no eran propias de esa isla, pues en lo que recorrimos, no encontré ninguna fuente de magia. Eso me hace pensar que estamos cerca, cada día más. Es posible que aquellas criaturas sean de la isla prometida. Cierto. Lamento haberme excitado por este recuerdo. Para honrar a los caídos, decidí nombrar a la travesía “El Xha” [El Ka], haciendo honor a los tres hombres que nos salvaron: Xenter, Hemenim y Aster.»

«Día 366 desde que partimos de Omendhor:
Oficialmente no tenemos más agua. El capitán espera que llueva y podremos recolectar agua de allí; por mientras, estamos racionando el agua de los cocos que recolectamos en la Luna Verde. No sacia la sed, pero nos permite mantenernos cuerdos y con vida. No tengo mucho más que decir hoy. Nos alimentamos de carne salada y peces que algunas veces atrapan entre las redes. Gaele ha dejado de darme clases, pasa el día dibujando paisajes maravillosos, que luego arroja al agua sin más. Al principio lo creí loco, pero el hombre es más sabio que ninguno de nosotros, no puede estarlo.»

«Día 372 desde que partimos:
Por suerte, llovió. El agua que cayó era ligeramente salada, pero no lo suficiente para hacernos daño. Cuando empezó a caer Edwirck ordenó que todos los hombres sacaran barriles para que se llenaran con el agua. No hay marcha atrás, me acabo de dar cuenta de ello. Ya no podemos regresar sobre nuestros pasos, eso nos acercaría a la muerte. Es necesario que encontremos aquella isla que existe en mis teorías; en caso de no hacerlo, moriremos de hambre y sed sobre el barco, y este pronto se hundirá.»

«Día 386:
La suerte nos acompaña. Por fin, puedo asegurar que la suerte está de nuestro lado, junto con la ciencia y los saberes certeros. No hemos visto tierra aún, pero Hidgih asegura haber visto una forma en el horizonte. No pudo asegurar si era una isla y otro barco, pero en todo caso, estamos por fin cerca de algo interesante. Yo puedo apostar mi vida a que al fin dimos con la isla prometida. Recuerdo hace unos meses que Edwirck se rió de mi maneaereómetro, pues ayer por fin pude regresarle la burla: El artefacto había empezado a cambiar sus tonalidades a un rojo apagado, parecido a la sangre. Eso era el signo necesario para comprobar lo cerca que estábamos de llegar a la isla, o fuese o no isla, que estábamos de llegar a las fuentes de la vida. Y me alegro que haya sido así, porque dos de nuestros hombres se han arrojado a la borda por la falta de agua y alimentos; tratamos de rescatarlos, pero nunca salieron a la superficie. Lamento enormemente su muerte. Eran el navegante Daemen y su hermano Ennerth. Decidí cambiar el nombre de la campaña a El Xhade [Aún se pronuncia Kade]. Sea lo que sea aquella cosa que ve Hidgih, la alcanzaremos en menos de tres días.»





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Re: El origen de la Magia [Solitaria]

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