Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» Camino al sol.
Hoy a las 3:00 am por Gula

» Solo hay un modo de conocer el desierto...
Hoy a las 1:40 am por Kaila

» Otra ausencia
Ayer a las 4:59 pm por La Aberración

» La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]
Ayer a las 12:25 pm por Turion

» Sistema de corrección de partidas por pares
Dom Ago 20, 2017 11:02 pm por Eudes

» Gabranth [Ficha en construcción]
Sáb Ago 19, 2017 12:25 pm por Bizcocho

» 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]
Sáb Ago 19, 2017 10:44 am por Niris

» ¿Donde está el Caballero Rojo?(Campaña)
Vie Ago 18, 2017 10:21 pm por Eudes

» Azura (En construcción)
Jue Ago 17, 2017 9:24 pm por Bizcocho

» No tan pequeños problemas (solitaria)
Jue Ago 17, 2017 12:29 pm por Celeste Shaw

» Y les vendieron sus almas al diablo. [Priv. Kaila]
Jue Ago 17, 2017 12:20 am por Jan Egiz

» Òracion a los Dioses] Müsenïe
Miér Ago 16, 2017 2:37 pm por Katarina

» Evento: Fe y devoción
Mar Ago 15, 2017 9:05 am por Niris

» Preguntas a la comunidad (Religión)
Mar Ago 15, 2017 8:47 am por Niris

» Preguntas a la comunidad (Deidades)
Mar Ago 15, 2017 8:46 am por Niris




Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


El paso secreto

Página 1 de 3. 1, 2, 3  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Dom Dic 04, 2011 11:40 pm

Era un día tranquilo, otro más en aquella casita de campo en la cual había decidido quedarme. ¿Qué había cambiado mucho? Tal vez… Ya no era un lobo solitario que tan sólo buscaba descargar la adrenalina de su cuerpo y combatir contra el mundo en una batalla sin posibilidad de victoria. Tal vez ya no era un joven que tan sólo tenía en la cabeza morir luchando sin tener una causa por la cual hacerlo… Había cambiado, sí, pero no en vano; Había vivido mucho desde que salí de la isla de Thalis hará ya casi dos años, había cambiado lo suficiente como para saber apreciar lo que tenía entre las manos. Hacía sólo unos meses que había recuperado la memoria gracias a una chica llamada Aerith, ella me había cuidado y atendido para que muriese congelado cuando había sido herido de gravedad por una panda de cazadores que intentaban matar al pequeño Kouta, ese lobezno que ahora cualquiera sabe dónde andará y con quién. La chica de cabellera clara como los rayos de un sol de invierno me había dado todas las curas, se había entregado a mí y con su gran corazón había preferido devolverme la memoria y dejarme elegir a quedarse conmigo sin recordarme mi vida anterior, mi amor pasado; Lizbeth, la cual no era ahora sino un recuerdo lejano en el que prefería no pensar. En esos momentos me encontraba tumbado a su lado, sin camisa y abrazándola por la espalda rodeando sin cintura con uno de mis brazos. El dulce aroma de su cabello inundaba mis despiertas fosas nasales, y el perfume de su piel se mezclaba con este haciendo que olvidara el olor a cenizas proveniente de la chimenea, situada a apenas cinco metros de la cama. El crepitar de las brasas me despertó con el sonido de pequeñas explosiones al reventar la madera, consumida en su totalidad, y dejar escapar su calor. Al despertar no evité sonrojarme cuando vi que la chica estaba semidesnuda pese al frío, e, igual que yo, estaba falta de camisa o sostén que le cubriera los pechos, grandes y blandos. Por un momento tuve el impulso de hacerla mía, de darle la primera alegría de la mañana, pero logré contenerme y levantarme de la cama con cuidado, pasándole la manta por encima del cuello para que no tuviera frío.

Con la misma delicadeza que había tenido al levantarme, salí de la habitación a hurtadillas, caminando de puntillas y cerrando suavemente la puerta para que sus bisagras no hicieran ruido alguno. Me encontraba ya en el pasillo corto de la casa, de apenas un metro que llevaba hasta las escaleras, pues estábamos durmiendo en la buhardilla, donde ella tenía su habitación. Las escaleras eran empinadas y cortas, lo cual las hacía fáciles de bajar pero difíciles de subir, aunque por suerte esta vez sólo debía hacer lo primero. Al llegar abajo contemplé casi emocionado el salón, todavía no me creía que tuviera un lugar al que llamar hogar. A la derecha del todo se encontraba la única ventana que permitía el paso del aire a la casa, justo al lado de la chimenea principal, para que así al soplar el viento sólo refrescase, y no apagara la leña candente. Delante de la construcción de piedra, la chimenea, se hallaba el sillón de piel de oso, caliente para el invierno y fresco para el verano, en el cual no debía hacer mucho calor en ese lugar, puesto que casi estábamos en una zona de nieves perpetuas. Un poco más a la izquierda se encontraba una segunda puerta que llevaba a la cocina, una estancia algo pequeña pero que tenía todo lo necesario para que yo y Aerith pudiéramos cocinar, y de todos modos la usábamos poco, puesto que la había convertido hacía poco y se estaba acostumbrando a la carne poco hecha, a la caza y a la supervivencia como loba, casi era como mi cachorra, era parte de mí y… aunque todavía no se lo había dicho, quería tener mis cachorros con ella. Suspiré pesadamente y negué con la cabeza manteniendo una sonrisa en el rostro, todavía era algo pronto para eso. Tras esto salí por la única puerta que tenía la casa, hecha de gruesa madera de roble, y contemplé la nieve caer como suaves gotas de lluvia desde el cielo, encapotado por las nubes que preceden a una tormenta, iba a haber ventisca, y eso se notaba en todo el bosque. Por los alrededores, no se olía la carne de los ciervos ni tampoco la de las liebres. El viento arrastraba consigo el sonido de los aullidos de otros lobos, muy lejanos a mí, pero cuyos llantos y súplicas llegaban arrastrados por el viento de poniente. No me podía resistir, en parte, yo también era un animal, y lo hice ver enseguida. Corrí desde la puerta de la casa unos veinte metros hacia delante en una completa línea recta y cuando me hube alejado esa distancia salté con toda la fuerza de mis piernas transformándome en el aire en un inmenso lobo negro. No era la forma híbrida, era mi forma completa, la forma de lobo que había aprendido a utilizar cuando había perdido una vez el control. Al caer al suelo sentí como mis garras, pues ya no eran manos, golpeaban el suelo y lo arañaban retirando la nieve y descubriendo la negra roca madre de la montaña. Aquella roca era negra como yo en esos momentos. Mi cuerpo había cambiado por completo, y el enorme lobo que ahora pisaba la tierra con más de cien kilos de puro músculo era yo. Corriendo como alma que lleva el diablo, me alejé otros cien metros de mi casa y me dirigí directo a lo alto de un pico nevado, desde donde podía ver el valle al otro lado de las montañas. No pude evitarlo en ese momento, con la vista de los prados y praderas extendidas ante mí hasta donde mi vista alcanzaba. Las gamas de blanco y negro que se entremezclaban en mi vista eran innumerables, hacía bastante que no veía los colores, pero no me hacía falta, no lo necesitaba, apreciaba el paisaje por el olor. En ese lugar olía a menta y hierbabuena gracias a las plantas silvestres de estas que crecían. Más tímido era el aroma del tomillo y otras hierbas de montaña, y todo junto, creaba un perfume, una sinfonía de olores, que sólo el perfume de Aerith podía superar.

De entre mis fauces escapó un aullido fuerte, sonoro y propio de una bestia más que de un lobo, pero sin embargo no era un aullido de rabia o de dolor como otras tantas veces, no era de ardor, no… era de… felicidad. Así como los humanos lloran cuando la felicidad los supera yo opté por aullar al viento dejando que este se llevase el sonido de mi “grito” hacia otras tierras, allí donde fuera escuchado por más lobos, así también sabrían que no se debía acercar a mi hogar, pues si cogía a alguno tratando de dañar a Aerith lo destriparía como destripé a quienes intentaron, en mis narices, violarla. Pero dejando atrás esos malos recuerdos; De nuevo observé el paisaje sentado sobre la fría nieve que se pegaba a mi pelaje exterior. Era una visión hermosa de las heladas estepas de aquel territorio… Sin embargo algo ocurrió. De golpe, noté como mis fuerzas, mi vitalidad y toda mi energía se desvanecía. Mi vista se comenzó a nublar y los dos colores que era capaz de ver se volvieron borrosos, como si me estuviera quedando ciego. Los olores ya no llegaban tan bien a mis fosas nasales, y el frío de la nieve pronto lo pude sentir sobre mi pelaje, como si mi gruesa capa de pelo impermeable no importase. Finalmente, perdí toda fuerza, toda resistencia a ese mareo ¿¡Qué demonios me estaba pasando!? Asustado, aullé en mi mente, la bestia también lo hizo, y juntos buscamos la manera de despertar, incluso golpeándonos el uno al otro para intentar vencer aquel sueño, pero nada pudo… sólo… me desmayé. Al cabo de unas horas ¿Horas? No sabría decir ni que día era, pues tal y como me había desvanecido me desperté. Estaba en un lugar oscuro, negro por completo a excepción de una chica de ropas blancas, girada de espaldas. Sus caderas parecían las de Aerith, y es que, en efecto, era ella. Sin pararme a pensarlo ni un momento me reincorporé y me lancé a abrazarla, pero cuando ya mis brazos iban a hacer contacto con su piel, cuando su calor iba a invadir mi frío cuerpo, desapareció.

-Noctis, el hijo de la luna. – dijo una voz a mis espaldas. En ese momento, sin pararme a pensar en las consecuencias de mis actos, me giré con el puño cerrado y preparado para golpear: - ¡¿Quién eres?! – inquirí con fuerza: -Por ahora soy todo para ti – contestó aquella suave voz. No sabría decir si era de hombre o de mujer pues, aunque era suave y armónica, también tenía tintes graves como los de un guerrero y la seguridad de quien habla con la fuerza de su costado: -¿Quieres regresar con Aerith? – preguntó después: -Sí… - respondí con un tono de voz roto, casi al borde del llanto ¡Claro que quería volver con ella! Ya había perdido una vez el amor y… una vez más no sería capaz de soportarlo, no me atrevería a vivir con ese peso en el pecho, ese vacío que nunca se llenaría: -Entonces debes ir al Valle Maldito y destruir el mal que allí habita. Pasarás por el paso del borracho, pero no irás hacia la ciudad de las minas ni tampoco a la comarca de los poderosos minotauros. Recorrerás una senda oculta en la nieve, un valle bajo el hielo que pocos han transitado… Para asegurarme que cumples con tu palabra, joven lobo, me llevaré una parte de ti… no intentes tomar tu forma animal, pues ahora es mía, sólo conservas tu naturaleza híbrida… no lo olvides… - su voz se fue apagando a medida que hablaba, hasta que finalmente desapareció. Estaba confuso ¿Dónde? ¿Cómo? ¡Maldita sea! ¡¿Cómo iba a poder hacer eso si no me lo explicaba?! Finalmente, desperté, esta vez de verdad, sobre el frío y duro hielo de un lago helado. Tenía mi camisa negra y también la chaqueta de cuero si mangas. En mi manos, los guantes de cuero me alejaban estas del frío del hielo y la nieve. Al levantarme, cosa que hice de golpe, noté un peso a mi espalda, y al llevarme la mano a ese mismo lugar descubrí el mango de mi espada y también una mochila de la cual salía un olor a comida sólo perceptible para mis finas fosas nasales ¿Quién me había dado todo aquello? Y más importante ¿Quiénes eran los que había allí tumbados a mi alrededor? No tenía sangre, llevaba la ropa… no podían ser mis víctimas pero… ¿Entonces?
avatar
Dalahak Schtzie

Mensajes : 146
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Mar Dic 06, 2011 5:19 am

Mi fuerza... Mi poder... Cada vez eran más fuertes... Notaba como la sangre de mis antepasados, que corría por mis venas como sus espíritus lo hacían por mis armas, cada vez se volvía más pura, más mágica, más poderosa… El despertar de la sangre de los Kohlheim cada vez era más intenso, a medida que iba adaptándome a mis nuevos poderes… Mis antepasados habían puesto sus esperanzas en mí, y la Muerte me había elegido como su paladín oscuro... Sí… Sin duda aquello era glorioso… Cada vez que mi poder aumentaba, las posibilidades de que el Imperio triunfara contra mi patria disminuían.

En aquellos momentos me hallaba en la defensa de un puesto avanzado zhakheshiano. Los imperiales lo habían logrado encontrar, y habían decidido atacarlo bajo las nieves que en aquella época del año caían sobre mi tierra. Aunque superiores en número, eran inferiores en armamento y en entrenamiento, pues no eran más que la escoria fanática que compone su infantería básica, mientras que yo en ese momento me hallaba con mi regimiento de élite, conocido por todo Zhakhesh como “Los Cuchillas Carmesíes”. Un grupo de veteranos temerarios e indómitos que se habían curtido al servicio de los Kohlheim durante generaciones, y cuyo mando ahora me había sido asignado por el ejército gracias a mi posición como capitán.

Los vínculos que mantenía con esos hombres y mujeres podrían decirse que eran de sangre, pues habíamos celebrado el Pacto Carmesí, una antigua tradición entre todos los soldados zhakheshianos y que permitía un extraño sentimiento de hermandad entre todos nosotros. No ves a los soldados como simples compañeros. Los ves como hermanos. Como hijos. Tal vez ese sea uno de los motivos por los cuales somos temibles en combate.

Los inconscientes imperiales que habían cometido la osadía de atacarnos en ese momento lo estaban comprobando, pues a cada acometida que lanzaban contra la fortificación, eran detenidos constantemente por un muro de espadas, lanzas, alabardas y escudos que, si bien estaban superados en número, eran infinitamente superiores en destreza. Los imperiales caían a montones, degollados, ensartados o seccionados. Yo, de mientras repartía muerte en primera línea, cortando cabezas y torsos por la mitad. Los soldados que luchaban a mi lado aullaban como lobos hambrientos, reclamando la sangre de los enemigos y vengando la sangre derramada de los nuestros.

Nuestros ballesteros y arqueros causaban estragos entre los enemigos, y los hechiceros de batalla que se habían unido en aquél momento a la defensa de la fortificación sembraban la muerte ahí por donde lanzaran sus hechizos. Pronto los imperiales quisieron huir, momento en el que decidí probar mis nuevos poderes necrománticos. Sumando mis esfuerzos a los de los otros cinco nigromantes que se hallaban en la batalla, levantamos un buen muro de cadáveres en su retaguardia, cortándoles la retirada, y a la vez, nuestros soldados cargaron. Fue una masacre.

Por la noche nos pusimos a celebrarlo. Las cabezas cortadas de los imperiales colgadas en sus propias picas adornaban el camino que llevaba hasta el puesto avanzado, para así mostrar a los invasores cuál era el destino que les esperaba si intentaban atacar a Zhakhesh. Hacía siglos que habían ganado una batalla… Ahora nos tocaba contraatacar a nosotros.

El alcohol corría por nuestras venas, y la comida para celebrarlo era abundante, pues estábamos agotando las últimas reservas, ya que sabíamos que al amanecer llegaría la nueva remesa de provisiones, y eso sin contar que nuestros cazadores volverían con abundante carne. Además… Ante el hambre, los soldados zhakheshianos habíamos llegado a practicar el canibalismo. Pero no aquella noche. La carne humana es para los momentos de necesidad, no para los de abundancia.

Tras la celebración, decidí irme al fin a dormir. Entré en la habitación, e iba a quitarme la armadura, cuando de repente noté una extraña sensación… Maldición… ¿Podría ser otra vez aquello? ¿Cómo la vez en que conocí a Rose? Me llevé una mano a la frente, tambaleándome, hasta que finalmente caí inconsciente.

Cuando desperté, veía oscuridad a mi alrededor. Parpadeé, tratando de centrarme, mientras me ponía de pie como podía. En ese momento escuché una extraña voz detrás de mí. Parecía pertenecer a un hombre y a una mujer a la vez. Aquella situación me recordaba extrañamente a cuando conocí a Rose. Decidí que lo mejor sería actuar con naturalidad, pues, al fin y al cabo, si alguien había reunido suficiente poder para mantenerme en esa especie de sueño sin arrebatarme las armas, significaba que no iba a matarme, ¿no? La voz empezó a hablar:

-Khaelos, hijo de la muerte.-

-A tu servicio… Seas quien seas. Supongo que el motivo de todo esto es pedirme algo, ¿no? -

-Eres perspicaz.-

-No, sencillamente ya he vivido en alguna que otra ocasión estas cosas, y sé que en estos momentos no tengo opción para negarme a lo que quieras, así que adelante, ¿qué necesitas que haga?-

Me crucé de brazos, mostrándole mi plena disposición a obedecer lo que me pidiera. La voz volvió a hablar, dándome indicaciones acerca de qué es lo que debería hacer para él, o ella, o eso:

-Debes ir al Valle Maldito y destruir el mal que ahí habita. Debes ir por el Paso del Borracho y recorrer una senda oculta en la nieve, no en dirección a las tierras de los minotauros, tampoco hacia la ciudad de los enanos. Finalmente, llegarás a un valle bajo el hielo que pocos ojos mortales han podido contemplar. No se te ocurra desobedecer…-

Finalmente la voz se apagó, momento en el que decidí cerrar los ojos, dejando que la fortuna decidiera por mí. Al cabo de unos instantes, me desperté. Notaba el frío por mi cuerpo, aunque bastante disminuido por dos motivos. El primero, tenía todo mi equipo por encima. El segundo, al haber estado anteriormente en un puesto avanzado luchando por mi tierra, cerca de las montañas de Zhakhesh, había hecho que por debajo y por encima de mi armadura tuviera algunas pieles y algo de cuero como abrigo. De todos modos, el frío de Zhakhesh no se podía comparar al de las montañas Drakenfang, si era cierto lo que había dicho la voz. Podría ser peor, por suerte, y estar como el chaval al que vi nada más levantarme, pues éste llevaba una chaqueta de cuero sin mangas y una camisa negra.

Me levanté del todo del suelo y me acerqué a él, con las armas envainadas. Me imaginé que estaría desconcertado, al igual que yo lo estuve el día en que fui metido en el macabro juego en el que perdí a mi mejor amigo, o el día en el que conocí a la joven Rose. Así pues, decidí que lo mejor sería hablarle y explicarle un poco mi experiencia con esos sucesos. Cruzándome de brazos, me dirigí al muchacho, diciéndole con voz algo hastiada:

-Es tan desconcertante cuando pasan estas cosas... Mi nombre es Khaelos. Antes de nada, no, yo no soy el que ha organizado esto. Sencillamente es la tercera vez que me pasa algo por el estilo, así que más o menos estoy acostumbrado… Ahora mismo estamos jodidos. Sea quien sea el que nos ha reunido aquí, no nos dejará marchar hasta que le hagamos el trabajo sucio. Bueno… Ahora toca saber en qué parte del culo del mundo estamos metidos…-

Empecé a mirar a los alrededores, tratando de orientarme con el entorno para ver si así podía más o menos saber hacia dónde tirar. De mientras, esperaba a una respuesta por parte del joven, si es que era capaz de articular una palabra en lugar de verse dominado por la sorpresa o algo por el estilo.
avatar
Khaelos Kohlheim
El Conde Nigromante

Mensajes : 761
Edad : 23
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Gunrak Martilloferoz el Mar Dic 06, 2011 1:14 pm

Eran las tantas de la noche, o al menos eso creía, había estado todo el día metido en la taberna, el aire estaba cargado de alcohol que mezclado con el sudor de la gente que frecuentaba la taberna y la sangre de las peleas que surgían allí normalmente haría desmayarse a cualquier persona que no estuviera acostumbrada, pero a mí no, a mí me gustaba ese olor, el potente y embriagador olor del alcohol, sin duda esa era una de las mejores tabernas que había visitado.


Llevaba varias horas bebiendo en la bulliciosa taberna y todavía seguía haciéndolo, estaba sentado en una esquina, todavía tenía la armadura puesta menos el casco que estaba en una mesa al lado mío.El alcohol de esa taberna me gustaba especialmente, no tanto como mi querida cerveza enana, pero me gustaba, era fuerte, tenía un aroma que te atrapaba. Cogí otra jarra y me la bebí de un trago, y empecé a fijarme en la gente que allí había, todos eran guerreros, aventureros y mercenarios o eran ladrones o asesinos a sueldo, sin duda ese era mi lugar.


Tras unas horas después ya empecé a sentir el efecto del alcohol, era raro en mí pero me pasaba a veces, era una señal de que debía parar ya, pues ya había ingerido varios litros de alcohol. Hice una señal al tabernero de que me prepara una habitación.

Empecé a subir a la segunda planta donde estaban las habitaciones, dirigiéndome lentamente a la mía. Por suerte en esa taberna había habitaciones, entonces podría llamar posada, pero por lo que había visto abajo para mí era una taberna.

Camine un poco más y me pare enfrente de mi habitación, tire el casco a un esquine y me empecé a quitar la armadura, había estado alrededor de un día entero bebiendo y el cansancio se empezaba a apoderarme de mí.

De pronto una fuerza me estaba debilitando, yo no la percibí pues creía que era el cansancio y cae al suelo con un golpe sordo. Cuando desperté estaba todo oscuro, no la oscuridad producida por la falta de luz, esa no, yo podía ver en esa, era oscuridad pura, la esencia de la oscuridad, incluso yo con mis ojos de enano solo veía negro.

-Gunrak Martilloferoz-Escuche, la voz era suave y grave a la vez, parecía de hombre y de mujer a la vez.
Empecé a girar la cabeza en vano, intentando localizar la voz pero solo veía oscuridad.

-Me parece que he bebido demasiado-Dije por lo bajo.

-Te equivocas-Grito la voz-Necesito que hagas una cosa, necesito que destruyas el mal que ha hecho de el su morada, tienes que ir por el paso del borracho, sin dirigirte a donde los minotauros habitan ni a donde los tuyos viven, tendrás que recorrer un pasaje oculto por la nieve y llegar al valle que muy pocos han podido ver. Asegúrate de obedecerme…


Después de un rato me desperté y empecé a sentir frio por todo mi cuerpo, ese frio me sonaba lo había sentido antes, era el de las montañas de Drakenfang, me sobresalte, hace un momento estaba en la posada y ahora aquí, al parecer lo de la voz no había sido solo un sueño, me di cuenta de que también llevaba la armadura que momentos antes me había quitado.

Me levante y vi dos personas más, uno con una armadura que no me daba muy buena espina, y el otro era un muchacho que llevaba solo una camisa y una chaqueta sin mangas.Me acerque a ellos para preguntar lo que estaba pasando, estaba algo desconcertado, no me gustaba que me enviaran de una cálida taberna donde estaba punto de echarme a dormir a un lugar helado como este.

-A ver, alguien sabe que está pasando- Dije algo cabreado- ¿Quién me a sacado de una cálida taberna para traerme a este paramo helado y desierto?-Dije mientras escrutaba a los alrededores para ver si esa zonas de la montañas la conocía.
avatar
Gunrak Martilloferoz

Mensajes : 36
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Mar Dic 06, 2011 4:45 pm

“Frio y viento…
Aire que corta como el acero
Llantos de almas atrapadas injustamente
Entre los perpetuos muros del mundo
Almas que buscan redención
Almas que buscan paz
Volver a donde pertenecen
Y danzar con el gran espiritu”

Christian Chacana 06 de diciembre de 2011

La humedad, el sol cálido y el viento con aroma a sal, aquella era la playa … un océano y aguas que no tenían un final, aquello era diferente, era como un desierto mojado, el médico brujo piso la arena, conocía esta, conocía el agua y la selva, pero aquel lugar, le era desconocido… había recorrido noreth en un pequeño tramo, siempre siendo guiado por los espíritus, ahora estaba ahí, en un lugar tan fantástico como a la vez aterrador … que se ocultaría bajo las aguas del océano, que espíritus habitarían ahí, el médico brujo camino hasta la orilla del mar y se sentó en la arena, arena cálida y salada, se quito su máscara y dejo que su viejo rostro sintiera las caricias de la brisa, la cual traía impregnado el aroma de ese lugar, no era desagradable, si no de cierta forma conocido.

Durante horas sintió e agua en sus pies, la arena en su cuerpo y el sol que lo bañaba, mas en el fondo sabia que ese lugar seria uno de los cientos que visitaría, uno de los muchos puntos en su peregrinar … mas no debía de entretenerse, u aldea moría mientras él buscaba una cura, un poder y la guía de los ancestros, mientras el sol se hundía en la salada agua, el brujo busco leña y ramas, después de unos minutos una pequeña hoguera ardía en mitad de la arena, mientras el hombre comenzaba a danzar a su alrededor, danzaba por los espíritus perdidos, por las almas de los ancestros, por su sabiduría y conocimiento, mientras danzaba y cantaba pequeñas luces comenzaron a formarse a su alrededor, pequeñas como si fueran nueces, estas se movían con los canticos, espíritus naturales, espíritus de la arena, de las conchas enterradas en ella, espíritus de hojas y ramas, de rocas imperecederas que eran baladas por el agua, seres puros e inocentes que danzaban como niños alrededor de las llamas, el brujo cantaba, cantaba sobre la creación del mundo, de los espíritus antiguos, del gran padre Enki, danzas antiguas, danzas de magia y espiritismo.

Las horas pasaron, los espíritus como velas se extinguieron uno a uno en una danza sin fin, mientras los mojos sonaban y las calaveras retumbaban, el brujo seguía danzando, sin parar, sin detenerse, entonando sus canticos al cielo y a la tierra, al bosque y al mar, buscaba la inspiración de los elementos, su sabiduría, era natural para el danzar, era su deber, mas la arena dejo de estar cálida, dejo de correr el viento salado, el silencio se hizo mientras el brujo caía de espaldas en la arena, con su pecho subiendo y bajando, en sus pies varias ampollas habían la danza de los espíritus era un sacrificio, no de sangre si no de voluntad, el brujos e sacrificaba en cuerpo y resistencia, entonando su cantico, bailando durante horas y días sin parar, hasta que su cuerpo caía rendido en el suelo, en aquellos momentos la danza estaba cumplida, ahora tras esa mascara de madera y cuero las gotas de sudor resbalaban por el rostro marcado de arrugas y surcos, lentamente se hundía en un sueño profundo, un trance … mas este no era como los que tenia … no era muy diferente.

Oscuridad y luz, calor y frio, era como un remolino que le rodeaba, el brujo estaba de pie , sobra la nada, de lado estaba su báculo, su máscara, solo estaba el, frente a la nada, en aquel momento escucho su nombre, la voz no era humana, no era animal, no era de los elementos o las criaturas del otro mundo, no era de hombre o mujer, simplemente era una voz, con lentitud se giro para verlo, la máscara dorada, las plumas de colores, los ojos como dos carbones ardientes, la máscara ritual del padre, del espíritu ancestral, Ootuku bajo la cabeza y espero … espero y espero …. Sin pronunciar palabra, sin moverse, los espíritus son caprichosos, y había que seguir su ritmo, mas la voz volvió a surgir desde detrás de la máscara.

-Ootuku … gran brujo de la selva, escucha las palabras que Enki te ordena … tu camino te ha llevado muy lejos, pero solo es el primer paso, debes de viajar mucho aun por la tierra de los hombres y bestias, escucha mis palabras y obedécelas, lejos, donde la tierra es fría, donde las rocas cuentan mil inviernos un gran mal crece y se expande … un mal que contamina como al enfermedad de tu gente … debéis de erradicarlo, debes e extirparlo de la tierra de los ancestros y dejar que las almas vuelvan a su lugar en el mundo, mas no estarás solo … otros te acompañaran en tu viaje … confía en ellos, más cuidado … ya que si se desvían de su camino perecerán-

Ootuku sintió frio y abrió los ojos lentamente, a su lado estaba su bastón, en su cintura su mayal y los mojos, su máscara estaba sobre su rostro, cubriéndolo del frio, con tranquilidad se levanto, sacudiendo su cuerpo y mirando a su alrededor, pronto vio tres individuos, un joven, uno más pequeño que al parecer era de los llamados “hombres de montaña” o enanos y el ultimo lo reconoció, armadura oscura, y aroma a muerte, el conde con el cual había ya tenido la oportunidad de compartir la lucha, dando unos pasos pudo escuchar al conversación, mientras hacía sonar las calaveras de su bastón.

-Gran espíritu Enki llamar a Ootuku para erradicar mal, ¿ustedes ser quienes enviar gran Enki también? *mirando al conde* Khaelos, Ootuku sentirse feliz que estar bien después de lucha en castillo-

avatar
Ootuku Bombatuku

Mensajes : 34
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Miér Dic 07, 2011 7:38 pm

Apenas pasaron unos segundos hasta que empezaron a levantarse todos y cada uno de los que había allí, tres en total. El primero era un hombre de mi misma altura más o menos, totalmente embutido en una armadura que, o bien era negra originalmente, o bien de un color tan oscuro que yo le percibía como negro. Iba armado hasta los dientes de manera casi literal, cargando con él una espada, un escudo bastante grande y una maza, además de un libro a la cintura también con las tapas negras como la noche sin luna que ilumine. Parecía un tipo con el que había que tener cuidado, pero más bien fue todo lo contrario, pues fue el primero en presentarse como Khaelos, diciendo poco después que él no había organizado todo ese tinglado y que desde luego no sabía dónde estábamos, al menos parecía de confianza. Cuando iba a responder a la presentación del hombre embutido en metal, otro más se puso en pie, esta vez uno mucho más pequeño, apenas levantaba metro y medio del suelo y tenía una barba roja y espesa que le cubría gran parte de su rostro, que se notaba anciano, surcado por arrugas y bolsas en los ojos. También portaba armadura, pero en este caso era de color plateado como la luna que me hacía perder la conciencia, como el primero, este también iba bien armado, con un escudo grueso como la corteza del roble, una lanza, una espada y un par de hachas pequeñas, seguramente arrojadizas. Por lo corto de sus piernas y lo ancho de sus brazos hubiera jurado que era un enano, uno de esos seres que guardan con recelo sus secretos hasta la misma muerte, y como era obvio había acertado, pues sólo me hizo falta oír su última frase para saber que se trataba de uno de los enanos, y para colmo uno borracho… Bueno en esa especie ¿Quién no lo era? Y por fin, el tercero y último en ponerse en pie, el más extraño de todos. Tal vez por su ropa, tal vez por su máscara o tal vez por su forma de hablar, puesto que parecía recién sacado del corazón de la jungla por cada una de las cosas recién mencionadas. Su cuerpo estaba cubierto por tatuajes, además de curtido al sol, y en su piel también se podían ver los signos de la edad, esas arrugas en los codos no eran propias de alguien que fuera joven, aunque, claro, su máscara tribal me impedía verle el rostro.

En ese momento, tras ver que dos de los tres que había allí conmigo estaban bien abrigados, recordé mi propia presencia en el lugar cubierto de nieve y hielo. Nos encontrábamos en mitad de ninguna parte, sólo con nuestras armas y rodeados de desconocidos ¿Quién nos había llevado allí? No idea, pero por mi parte no me iba a dedicar a hacer enemigos en un grupo como aquel, donde el que menos tenía una lanza con la que ensartarme a distancia. Sí, era rápido, era fuerte y era resistente a la magia, pero aun así no era idiota, si quería salir de allí lo tendría que hacer con todos, así que llegado el momento me presenté: -Mi nombre es Noctis, y tampoco sé cómo hemos llegado aquí o cómo saldremos, pero por lo visto alguien nos quiere juntos y vivos, porque cuando me desmayé no tenía la espada ni las provisiones conmigo. – dije mientras examinaba el terreno. El basto manto blanco de la nieve se extendía hasta donde la vista me alcanzaba, los altibajos de agua congelada a varios metros hacían parecer a ese lugar un desierto helado, completamente hecho de hielo y nieve, y la superficie donde nos encontrábamos hacía difícil caminar, puesto que ya lo había intentado y casi había caído en el intento, lo mejor era usar la espada como bastón. El sonido de la punta de la hoja de mithril al clavarse y desclavarse en la gruesa capa de hielo que teníamos bajo nosotros inundaba el aire junto con los pasos de los demás, pero no fueron demasiados esos pasos hasta encontrar la primera dificultad en el camino. Joder ¿Por qué siempre tenía que haber monstruos en mitad de los lugares más inhóspitos? El hielo bajo nosotros se resquebrajó en varios pedazos que nos separaron los unos de los otros dejándonos separados en una especie de islotes transparentes que dejaban ver la negrura del fondo del lago. Si todo hubiera acabado ahí hubiera sido sencillo, pero desde luego no teníamos esa suerte. Al enano, que era el que más cerca había quedado de la orilla, le atacaban tres zombis nada pequeños, pues cada uno mediría más o menos dos metros, armados con espadas grandes, mucho más que él mismo, y escudos que dejaban al suyo como una simple chapa de metal frente a una torre enteramente de acero. Un brazo de cada uno estaba deformado en una… ¿una boca? ¿Qué demonios era aquello? No tenían pinta de ser fáciles de vencer; verdaderos rivales que tendría que derrotar en solitario, pues desde luego cada uno teníamos problemas propios. Los siguientes enemigos en surgir fueron los del hombre con máscara tribal, el que parecía llamarse; Ootuku, a este no le surgieron zombis como al anterior, sino que lo que para él surgió de la nieve no fue otra cosa; Esqueletos. Dos enormes esqueletos surgieron de la placa de hielo sobre la que estaba y trataron de ensartarlo, por suerte no eran muy rápidos, y tanto la espada como el escudo que llevaban parecía pesado, muy pesado, así que no tuvo problemas para esquivarlos, claro, el problema estaría en vencerlos en un espacio de menos de cuatro metros para tres personas.

Lo siguiente en lo que me fijé, fue en la placa donde había quedado el humano que se identificó como Khaelos, a él le tocó la peor parte hasta el momento. Delante de él, directamente desde el agua, saltó un ser de escamas oscuras pero no negras, al menos así las percibía yo, con fuertes brazos que parecían dos troncos de robles jóvenes y que acababan en peligrosas aletas afiladas como cuchillas, o así lo habría jurado, al ver desde lejos como destellaban suavemente con la luz del mortecino sol invernal. Su arma no era otra cosa que un simple tridente de puntas anchas y gruesas, acabadas en varios filos cada una, pero no era lo único que tenía, pues también poseía dos filas de dientes que parecían de tiburón, de los cuales algunos sobresalían de su boca rasgando las escamas de su cara. Claramente sus fauces estaban hechas para desgarrar la carne, como las de los lobos, con un morro que sobresalía de su cara para así evitar que la presa escapase del mortal agarre. Se movía rápido por el hielo gracias a la falta de piernas y a que tenía una enorme cola de pescado escamosa por sujeción, pero como pude ver eso también le daba problemas, pues la primera embestida que realizó fue, sin problemas, bloqueada por el hombre con hedor a muerte y el medio pescado tuvo que hacer malabares con el tridente para lograr quedar dentro de la placa de hielo, demostrando también ser fuerte y a la vez rápido, pero torpe en un terreno como aquel, tal vez incluso había sido, para él, una suerte la fragmentación de la estepa de hielo. Y por último yo, sí, no me había quedado sin mi parte de la fiesta y lo agradecía, me hubiera cabreado de ser así. Ante mí surgieron un total de tres criaturas de hielo. Medían más o menos dos metros cada una, y su cuerpo era totalmente grisáceo, supuse que azul cielo, pues que el color del cielo, uno de los pocos que todavía tenía en la memoria, se veía igual que ellos. Sus cuerpos parecían formados por cristales ensamblados unos con otros de forma magistral, y en sus rostros brillaban un total de siete perlas doradas como el mismo oro. Sus brazos, tan largos que les llegaban a las rodillas, acababan en tres peligrosas cuchillas de hielo que no dudaron en lanzar contra mí en un movimiento rápido, tanto que apenas sí pude desenvainar mi espada para cubrirme de dos mientras a un tercero lo retenía agarrando su mano con dificultad, mierda, tenían mucha fuerza.

Los problemas llegaban en cascada mientras que las buenas noticias lo hacían con cuentagotas, puesto que, en un momento de respiro, pude mirar a los lejos y ver algo que desde luego no me animó. A lo lejos, unos cien metros había un hombre en una de las colinas de nieve y hielo. Observaba con los brazos cruzados la escena y parecía disfrutar de esta. No alcanzaba a ver su rostro ni tampoco despedía olor alguno, era como si no existiese ¿Pero cómo iba a ser eso? ¿Me había congelado el frío las neuronas? No lo creía capaz de eso, y menos con lo que vi después. Las manos de dicho hombre se hundieron en la nieve y pronto un pulso de magia que pude sentir por mi rechazo hacia esta recorrió todo el lago hasta el otro extremo, momento en el cual empecé a escuchar el sonido del hielo resquebrajándose. Nuestras placas no habían sido afectadas gracias a que ya estaban separadas del resto, pero toda la capa de hielo se vio fragmentada en islotes como los nuestros. Gruesos cascotes de hielo serían nuestro camino cuando terminásemos con los enemigos, si es que lo lográbamos, puesto que no parecían fáciles de vencer. Y volviendo a estos. Mis enemigos, a los únicos a los que podía prestar atención, no eran nada fáciles de vencer. Sus pies eran estacas que se hundían en el hielo impidiendo que los pudiera desequilibrar, y sus golpes eran tan rápidos y frenéticos que tenía que contenerme y sólo bloquear con la espada. Parecía todo perdido, y lo estuvo hasta que logré hacerme con la mano de uno y lanzarlo contra un segundo para echar a los dos al hielo, quedándome sólo contra uno: -¡Sólo estoy entrando en calor! –exclamé mientras saltaba y estiraba mis piernas como propulsadas por un resorte. El golpe fue brutal, y al aplicar toda la fuerza de mis pies sobre su helado pecho este se rompió en mil pedazos, ya está, había acabado… O eso creía cuando una mano me agarró del tobillo y me usó para subir de nuevo al hielo. Era uno de los dos golems que había tirado primero. Sus ojos destellaban con tanta fuerza como el sol, y esto hacía que me tuviera que guiar por el sonido de sus pies al clavarse y desclavarse en el hielo para luchar. Los golpes me caían y le caían, mierda, tenía que hacer algo y tenía que hacerlo pronto.

{Y el licántropo no era el único que tenía que hacer algo pronto, puesto que cada uno tenía sus propios problemas. Noctis no lo sabía, pero sus particulares enemigos sólo podían ser destruidos si les destrozaba, como había hecho con el último, el pecho a golpes. Sin embargo, los atacantes del enano, para morir, necesitaban perder la cabeza, que quedaba a bastante altura para el noble guerrero de la montaña, mientras que no cercenara estas los rivales seguirían alzándose una y otra vez, rearmándose si los cortaba en pedazos y subiendo de nuevo a la placa de hielo si los lanzaba al agua. El brujo médico tendría también sus propios y grandes problemas con los esqueletos de huesos azulados a causa del frío. Estos no podían morir por acción de un mortal, eran literalmente inmortales, pero sin embargo si algo golpeaba donde antes había estado su corazón quedarían congelados en un bloque de hielo que ya jamás se rompería, confinados en una cárcel eterna, pero mientras tanto, como pasaba con los no-muertos, estos se rearmarían desde la más mínima esquirla de hueso para volver a formarse. Y, finalmente, el nigromante humano de sangre azul, que parecía tener las cosas bastante fáciles, tendría que hacer también milagros para lograr sostenerse sobre su placa de hielo ¿Por qué? Se puede preguntar uno. Muy simple, la criatura que a él le atacaba pesaría cerca de doscientos kilogramos, lo cual hacía que a cada deslizamiento de la bestia sobre el hielo este se levantara para uno u otro lado, y bien sabido es que el metal no tiene una especial sujeción sobre el hielo mojado. Sin embargo también le había tocado la parte más sencilla, pues su enemigo sí era mortal y podía morir simplemente cortándole la cabeza o atravesándole el corazón, el problema era fijarlo, pues a más se mojaba el hielo más rápido se deslizaba la criatura ¿Cómo lo haría el nigromante para acabar con aquella mole? Eso sólo él lo sabía.}
avatar
Dalahak Schtzie

Mensajes : 146
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Vie Dic 09, 2011 10:14 pm

“El frio que cala los huesos
El viento que corta tu piel
Las altas montañas que con su sombra te cubren
Y los lamentos de aquellos
Que perecieron bajo el blanco manto”

Christian Chacana 09 de diciembre de 2011
El frio que calaba los huesos , hasta la propia medula de estos, el viento que se levantaba y dejaba tras de sí la estela de la nieve y el hielo, los gemidos de las altas montañas, imperecederas, inmóviles, retratos y testigos de un pasado más glorioso, mas pacifico, cuando los ancestros caminaban y rastreaban, cuando en sus chozas y casas de roca soportaban el clima sin quejarse, ya que eran los grandes espíritus los causantes de que el invierno llegara y diera descanso a los animales y plantas, al igual que eran ellos quienes abrían flor tras flor cuando el sol se levantaba y calentaba la tierra madre.

Mas no estaba ahí para hablar con los espíritus, no estaba para danzar hasta quedar exhausto si no por el pedido del gran espíritu, el pedido del ancestro Enki, el pequeño grupo de hombres se presento e incluso el más joven lo hizo, aunque de cierta forma el brujo sentía algo salvaje en su interior que se mantenía atado, como si fuera una jaula, mas el anciano negó, no se metería en aquellos secretos que cada uno guardaba preciadamente, lentamente el grupo se puso en marcha, mientras que con cada paso las calaveras sonaban, los mojos cantaban, mas solo era el espiritista, el brujo quien los pía, sus pies tocaban el frio paramo, el hielo bajo su piel, el frio que se colaba entre su máscara, con algo de tranquilidad y como si fuera un ritual saco su “manta” aunque más que una manta era simplemente una piel de animal, mas con ello sería suficiente para que su piel no sintiera el frio viento.

Su bastón entraba y salía de la nieve y el hielo, las calaveras sonaban mientras el mayal en su cintura se bamboleaba de lado a lado, el aire traía el aroma a limpio, a fresco, tan diferente al aroma de las hojas, de la hierba e incluso el agua, el brujo estiro su mano y sintió el frio en su mano, la humedad de la nieve … era la primera vez que sentía algo así, podría decirse que era como un niño viejo, pero aun cuando le llamaba la atención, no había tiempo para entretenerse mirando aquella blancura que lastimaba los ojos, lamentablemente no hubo mucho tiempo para nada, ya que sin previo aviso algo sucedió.

Bajo los pies del brujo el sonido de algo quebrándose surgió y dando un pequeño salto hacia atrás se salvo de hundirse en lo que ahora era agua, lentamente el hielo se resquebrajo, dejando solo agua entre los pequeños témpanos donde estaba cada uno de os aventureros, de reojo pudo ver que de agua o la nieve surgían criaturas de pesadilla, mas el mismo tenía sus problemas, como levantados del pasado dos guerreros esqueléticos se levantaron, sus espadas destilaban frio, y sus escudos eran semejando a hielo, sus ojos brillaban con malsano fulgor helado, mientras que abrían sus mandíbulas carentes de carne y dejaban escapar un frio del pasado, sin pre medición le atacaron, estirando sus brazos intentando apuñalar el vientre, Ootuku dio un salto atrás, mas debió de apoyar su bastón para no caer del hielo, al final era una isla … una pequeña isla que con cada movimiento un pequeño trozo se desprecia haciéndolo más pequeño cada vez.

Ootuku sujeto con fuerza su escudo, mientras que con la otra su bastón, uno se preguntaría por qué no usar el mayal, y la respuesta eran esas espadas … cuando Ootuku había esquivado ese ataque lo había sentido, un frio tan helado que su piel había dolido, no quería acercarse demasiado a esas criaturas, mas no dejaban de ser esqueletos, simple cadáveres levantados, por lo que tendría espíritu y de seguro uno iracundo en su interior, con voz grave comenzó a hablarles, en un idioma que muchos considerarían un balbuceo, mas simplemente hablaba a esos dos espíritus, mas los esqueletos sin detenerse volvieron a dar una estocada hacia él, el brujo coloco el escudo frente a él y escucho como las hojas se clavaban en la dura madera, en aquel momento el sonido del hielo se hizo presente, más no era de sus pies, si no de su escudo que lentamente una capa de hielo se formaba entre sus hendiduras, el brujo sintió el peso extra por la capa de hielo, mas mientras que aprovechando el movimiento de los esqueletos blandió su bastón como si fuera una espada, uno podría considerar un hombre delgado como él, un simple anciano, alguien débil y frágil, nada mas lejos que la realidad, un medico brujo debía ser tan fuerte como un guerrero, tan resistente como estos y aun así mantener su cabeza libre de gloria u honores, el bastón duro como el hierro dio contra las piernas de uno de los esqueletos, en el punto de la rodilla, sus oídos pudieron escuchar el crepitar de los huesos rompiéndose, mientras uno de los esqueletos caía al hielo nuevamente utilizo su bastón, pero a diferencia aquella vez fue como lanza, ya que la parte más gruesa, aquella que portaba los cráneos impacto contra la mandíbula del esqueleto, su cráneo se separo de su cuerpo, mientras su casco astado rodaba por el hielo hasta caer al agua, el brujo no había movido un musculo más de lo normal, encorvado, protegido por su máscara y su escudo, sosteniendo el bastón con maestría y soltura.

El brujo dejo escapar un largo jadeo, mientras bajaba el escudo, su mano no dejaba su bastón mientras los dos esqueletos se habían quedado inmóviles, con tranquilidad el hombre se giro, mirando hacia los demás y a la vez viendo algún camino, mas su segundo de descanso no duro nada cuando sintió aquel agudo dolor en su pierna, sin poder sostenerse en pie su rodilla dio con el hielo, mientras que de reojo veía como el esqueleto al cual le había quebrado su pierna comenzaba a levantarse, los huesos rotos comenzaban a soldarse por si solos, e incluso aquel sin cabeza volvía a colocársela sobre sus hombros, Ootuku apretó los dientes mientras volvía a colocar su escudo por delante, su pierna dolía, mas no únicamente por el corte que aun no siendo profundo lo sentía congelado, nuevamente uso su bastón como si fuera una lanza, mas uno de los esqueletos intento empujarlo al agua, momento para darle un fuerte golpe en su pecho, mas antes de lograrlo el esqueleto salto hacia atrás, colocando su escudo y protegiendo su pecho… ¿Qué significaba eso? … rápidamente el brujo llevo su mano a su cinto y de este saco un hongo, sin siquiera hidratarlo lo llevo a su boca y comenzó a masticarlo una y otra vez, hasta que lo pudo tragar, bajando lentamente por su garganta aquel duro trozo de hongo.

Los siguientes movimientos son producto de alucinógenos potentes, y un gran trance en el cual los médicos brujos entran con ciertas yerbas, hongos, frutos o raíces.

El brujo cerro sus ojos y dejo caer su escudo, mientras una de las calaveras en su bastón abría su boca y de esta una nube de insectos salía, eran quizás cientos o miles de langostas las que se lanzaron contra el primer esqueleto, este no sentiría dolor pero aquella cantidad se metía entre sus huesos, en las cuencas de sus ojos y entre golpe y golpe de su escudo y espada intentaba liberarse de ellos, pero la atención debía de ser hacia el otro esqueleto, Ootuku sujetaba con ambas manos su bastón y como su fuera una espada de dos manos golpeo el costado del esqueleto, quizás no rompiéndolo pero si haciendo que se doblara el suficiente tiempo para volver a golpearlo, otro bastonazo a las piernas, el esqueleto soltó su espada mientras caía al agua y se hundía, dejando sobre el hielo únicamente sus dos piernas rotas, el hielo se balanceaba de lado a lado por el peso perdido, mientras el esqueleto seguía luchando contra las langostas que poco a poco desaparecían cuando las golpeaba, mas no fue suficiente, ya que sin poderlo evitar el bastón del brujo dio contra su hombro, destrozándolo y llegando hasta sus costillas, un grito inhumano surgió de la garganta del esqueleto, mientras se podía ver que de sus mandíbulas una corriente fría salía de este, el brujo retrocedió un paso al ver que desde los pies del esqueleto el hielo subía, rodeándolo y atrapándolo en su interior, aquel cambio súbito de peso hizo que el tempano donde estaba comenzara a hundirse rápidamente, por lo que el viejo empujo el bloque de hielo al agua, viéndolo hundirse en la fría oscuridad.

Pero no hay que olvidar al otro esqueleto, este comenzaba a subir por el borde, sin soltar su espada y con ojos carentes de emociones, más que la del odio infinito, el brujo lo miro, como se arrastraba, mas de sus labios tan solo las palabras del gran espíritu fueron pronunciadas.

-Regresa donde moras… oscuro ser-

El bastón se levanto y con todas sus fuerzas este dio el golpe, en medio de la espalda del esqueleto, quebrándose las costillas y los huesos saliendo hacia arriba, nuevamente se escucho aquel grito inhumano, mientras el cuerpo del esqueleto temblaba y se cubría de hielo, el brujo cayó de rodillas, jadeando, mientras poco a poco recobraba su propio ser, el hongo no era más que la puerta para que un espíritu entrara … mas este le había dado la victoria o eso esperaba, con los ojos nublados y algo cansados, dando un largo suspiro volvió a sujetar su escudo, ahí estaban las marcas de las espadas, mientras veía a los demás luchar contra los demás enemigos, el espiritista buscaba algún camino en el hielo, había algunas pequeñas “islas” hacia izquierda y derecha, pero la más cercana estaba a la izquierda, eran solamente saltos … pero un paso en falso seria su perdición en aquellas gélidas aguas.
avatar
Ootuku Bombatuku

Mensajes : 34
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Gunrak Martilloferoz el Sáb Dic 10, 2011 1:29 am

El frio viento invernal típico de las montañas de Drakenfang soplaba helándome, soplaba intentando meterse en cada recoveco de mi pesada armadura para poder llegar a mi piel y congelarme. No era la primera vez que sentía ese frio, precisamente ese frio me transportaba a momentos del pasado, hace mucho tiempo, al menos para un humano, unos 200 años hace que no visitaba mis queridas montañas, salvo por el desagradable incidente ocurrido hace poco, casi la mitad de la vida de un enano. Si, sin duda esa sensación de frio era una de la que nunca olvidaría, no por lo terrible que era, sino porque le recordaban a tiempos mejores.

Pero ahora no había tiempo para ponerse nostálgico, me habían enviado allí por alguna razón, y al menos no estaba solo para cumplir la ardua tarea que me habían encomendado, “Limpiar el mal del valle Maldito”, no me gustaba mucho ese nombre, lo de maldito implicaba a la magia, y no la magia normal, sino la magia negra y esa era la magia que menos me gustaba de todas.

Los demás ya se habían presentado, el muchacho de la chaqueta se llamaba Noctis, el tipo siniestro de la armadura Khaelos y el hombre de tez oscuro y de ropajes extraños Ootuku, me tocaba ahora a mi presentarme, a pesar de estar todavía enfadado por haber sido misteriosamente transportado a aquel desolado paraje cuando estaba a punto de echarme a descansar.
-Bueno, me parece que me toca presentarme, yo soy Gunrak-Dije presentándome- Al parecer tenemos que erradicar un mal de un valle, por lo que recuerdo de ese sueño extraño.

Empecé a pensar una cosa, ese tal Khaelos decía que esta no era su primera vez y al tal Ootuku me pareció escucharle decir que Enki le había enviado aquí y esos dos se conocían. Había demasiadas preguntas, ¿Qué le ocurrió a Khaelos cuando le paso lo mismo que ahora? ¿Quién era Enki?¿De qué se conocían Ootuko y Khaelos?
Estaba dispuesto a empezar a preguntar siguiendo mi típica impulsividad cuando de repente escuche el suelo estremecerse, mire hacia abajo y mire incrédulo como el hielo empezaba a resquebrajarse, a abrirse y separarse en islotes., por fortuna el acabo en el centro del islote más grande.

Genial, por si fuera poco que le hubieran traído allí sin previo aviso, ahora el hilo se partía en pedazos dejando a los cuatro aislados, y por si fuera poco había agua de por media, agua helada, de la que te cala hasta los hueso, si yo me caía estaba perdido, con el peso de mi armadura me hundiría como una piedra o más bien me hundiría como una roca, una roca bastante pesada.

¿Y hay terminaba todo? Por supuesto que no, de repente ante mis ojos aparecieron tres zombis enormes, de unos unos dos metros cada uno, con espadas enormes y unos escudos más grandes que el suyo, y si se fijaba un poco más, las espada no las sostenían manos, sino que los brazos de los corpulentos zombis acaban en una voraz mandíbula con unos colmillos aterradores.

Menuda suerte tenía , aunque mirándolo del lado bueno la aparición de los zombis me iba a venir bien, por fin me podía desahogar un poco, estaba de muy mal humor. Ya estaba decidido, iba a hacer caer sobre esos putrefactos, o mejor dicho congelados, no-muertos toda mi furia, lo iban a pagar caro.
Plante mi escudo en el suelo, empuñe mi lanza y espere a que se acercaran, por fortuna para el eran lentos a causa de que casi congelados y tenían un escudo muy pesado. Cuando uno de ellos se acercó lo suficiente, di un golpe ascendente con la lanza clavándosela por la barbilla y atravesándole el cráneo por el otro lado, retire la lanza y le di un golpe con el escudo echando hacia atrás el enorme zombi, pero quedaban dos, que terminaron de acercarse a mí, cada golpe con su enorme espada contra mi escudo me echaba un poco hacia atrás debido al resbaladizo hielo, si seguía así, no tardarían en echarme al agua. Tenía que aprovechar la lentitud de esos cadáveres andantes, aprovechando un momento atravesé la barriga de uno con mi lanza y le di una patada lo más alto que podía para sacarla del vientre del zombi y empujarlo hacia atrás, mientras que al otro lo tiraba al agua con un fuerte golpe con el escudo.

Creía que todo estaba terminado pero no, los zombis que había atravesado se levantaban de nuevo, y el que había lanzado al agua subía de nuevo al islote esta vez sin espada, la lucha era más difícil de lo que creía, lo único que se me ocurría para vencerlos era convertirlos en cenizas pero ¿Cómo iba a hacer eso? Tendría que buscar otra manera, cogió impulso y arrojo con enorme fuerza su lanza dándole en el pecho a uno de los que tenían espada y dejándolo clavado en el suelo, rápidamente desenfundó se espada, y observo el campo de batalla, dos zombis se acercaban a mí y otro intentaba liberarse inútilmente de la lanza.

Me acerque a ellos poco a poco con una posición defensiva, uno de ellos me atacaba con la espada, mientras que la voraz mandíbula del otro intentaba atraparme, yo lanzaba golpes con la espada. Solo se escuchaba el entrechocar de los metales y los feroces gruñidos de la mandíbula que intentaba morderme, tenía que acabar rápido, yo me cansaba pero los no-muertos no, si no acababa con ellos, ellos lo harían conmigo.

Cercene el pie de unos de ellos derribándolo, ya en el suelo le remate decapitándole de un espadazo, sin embargo el otro me cogió desprevenido y me dio un tajo en el brazo izquierdo atravesando parte de mi armadura y haciéndome una herida de un poco más o menos 1 cm de grosor, sin armadura me hubiera cortado el brazo, con furia solté mi escudo y le di un cabezazo con todas mis fuerzas derribándolo, empecé a soltar golpe tras golpe con el zombi en el suelo, cada golpe chocaba contra su gigante escudo, mientras que con su brazo, ya sin espada, buscaba un hueco en mi terrible acometida, consiguió agarrarme en el pie pero yo le clave la espada en el ojo antes de que me atravesará la armadura por completo.

Cogí una de mi hachas arrojadizas y me dirigí al que quedaba, todavía inútilmente intentando liberarse de la lanza, era demasiado larga como para que se pudiera levantar, y su brazo con mandíbula no la agarraba suficientemente bien, ataque con saña a su cuello con el hacha, con unos seis golpes su cabeza se desprendió.
Escuche un sonido a mis espaldas y vi que al zombi al que había atravesado el ojo se levantaba de nuevo con mi espada en la mandíbula y lanzándola al suelo. No había terminado todavía, estaba exhausto y casi desarmado, guarde el hacha y recupere mi lanza, preparándome para envestir con él.

Al embestir con él, los dos caímos al helado suelo, empecé a darle cabezazos, había perdido mi yelmo en la embestido pero yo le daba m uno tras otro, aplastándole la cabeza con la mía, estaba sangrando, y el no-muerto todavía intentaba morderme con su mano, a pesar de tener la cabeza deformada, de reojo vi mi espada, rodé para cogerle y deje caer la hoja sobre su cuello. Su cabeza rodo y se hundió en el agua.

Ya por fin había acabado, estaba sin aliento, tumbado en el suelo, tenía un feo tajo en el brazo y la frente sangrando debido a los cabezos, me había desahogado, ya no estaba tan cabreado como antes pero estaba algo malherido, había sido una dura batalla.

Sacando fuerzas de flaqueza me incorpore, recupere mi equipo, y observe el panorama, los demás también estaban en una batalla, o eso creía pues estaban lo suficientemente lejos como para equivocarme, cosa que no me había fijado porque estaba yo tenía la mía, y me fije que para llegar a la orilla tenía que saltar de islote en islote, no me gustaba esa idea, para mí el hielo resquebradizo más un enano embutido en armadura pesada saltando sobre él era igual a un enano en el fondo del lago, tenía que ir con mucho cuidado si no quería servir de alimento a los peces. Y con suma cautela empecé a saltar de islote en islote dirigiéndome a la orilla.
avatar
Gunrak Martilloferoz

Mensajes : 36
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Dom Dic 11, 2011 12:21 am

Unos cuantos minutos tuvieron que pasar para que por fin lograse darle el primer golpe que le sacó sus pies con forma de estaca de la capa de hielo. Aquello sólo me dio una leve ventaja, porque no tardó demasiado en volver a hundirlos para caminar seguro, daba igual, ya había ganado algo. Con rapidez, mientras todavía situaba sus estacas en el hielo y se aseguraba de que estaban bien clavadas, descargué un fuerte puñetazo en su casi transparente cabeza e hice caer dos de las siete perlas que tenía por ojos, o al menos por linternas, puesto que brillaban lo suficientemente fuerte como para no dejarme mirarlo directamente a la mitad superior de su cuerpo. Desde ese momento las cosas se dieron la vuelta, puesto que ahora eran mis golpes, los que uno tras otro le hacían añicos el cuerpo: Al principio opté por golpear las piernas, si lo hacía caer no tendría de que preocuparme, sin piernas sería un objetivo fácil. Golpeé una y otra vez sus cristalinas piernas con patadas fuertes de mi espinilla. El hueso tronaba, el hielo que quebraba, me daba por victorioso, pero antes de que si quiera ese cabrón llegase a tocar el suelo con su cintura ya tenía de nuevo las piernas ¿¡Qué demonios era aquello!? De nuevo las tornas se invirtieron con un golpe suyo, pero no uno normal, sino un fuerte mazazo en el pecho que me sacó el aire y algo de sangre ¿De dónde había sacado un mazo? Al mirar a sus manos lo pude ver, era su propia mano la que se había deformado en un cilindro de cristal tan duro como el acero. Mierda, si hacía eso quería decir que podía mutar, y eso era muy malo. Sin pensármelo dos veces arremetí contra él con todas mis fuerzas y le golpeé en el pecho resquebrajándoselo un poco, chilló de manera aguda, como los esqueletos habían hecho con anterioridad ¿Sería aquel su punto débil? Rápidamente lo agarré por los brazos y lo arrojé hacia la orilla, a unos cuatro metros de mi islote, y después salté yo, usando la espada como pértiga. Una vez salté solté la espada para que cayera al agua, no me importaba, ya la recuperaría después. En el aire, mientras aquella criatura todavía se recuperaba del repentino lanzamiento con una fuerza que seguramente no esperaba para un “humano”, cerré ambos puños en una especie de maza y caí aplastándole el pecho, haciendo que de su boca escapase un último gemido de dolor antes de empezar a derretirse allí mismo, como si la temperatura ascendiese: -Joder… - dije jadeante, en parte por el salto, y en parte también por lo intenso del combate: -Odio… Los que se regeneran. – añadí después. No tardaron mucho los demás en llegar, siendo el primero el hombre de la máscara y con piel oscura, ahora cubierta por una frazada de aspecto fino pero cálido ¿Le serviría para cubrirse de aquel condenado frío? Parecía que sí, porque se movía como si aquello no le afectase. Mientras tanto, el enano, también avanzaba hacia nuestra posición; sus pasos eran más lentos y menos ágiles que los del enmascarado, moviéndose con dificultad por las placas de hielo pero aun así superándolas sin dificultad. Sus saltos, torpes en la mayoría de los casos, hacían que el agua salpicase sobre su armadura congelándose al momento y volviéndolo más pesado a cada segundo, pero finalmente también logró llegar hasta nosotros, eso sí, empapado.

Sin embargo el humano todavía no había acabado con su enemigo, que parecía resistírsele. Los golpes que descargaba con su espada raras veces acertaban, al contrario que los del tridente de aquella aberración marina que no era más que una mancha borrosa ante nuestros ojos de lo rápido que se movía. Una y otra vez el sonido de acero contra la madera y el metal llegó hasta mis oídos. La bestia se movía demasiado rápido como para que aquel humano le llegase a acertar con un golpe como los que intentaba al mantener la postura de guardia, con el escudo por delante y la espada como si fuera la cola de un escorpión, aquello era una estrategia casi suicida, pues con cada golpe lo acercaba más al filo de las aguas gélidas y negras: -¡Carga con todo lo que tienes! – gritó entonces el humano, ¿Era idiota o simplemente había perdido toda esperanza de sobrevivir? No era ni mucho menos aquello, y con su siguiente movimiento demostró ser un estratega como pocos. El medio pescado, enfurecido por el grito del resistente enlatado, clavó su tridente en tierra y cargó con fuerza contra el humano, que mantenía la posición al borde de la caída. Cada vez se acercaba más aquella sabandija marina al que yo ya consideraba un muerto, pero en ese momento hizo algo que, al menos yo, no me esperaba. Demostrando una agilidad impropia para alguien embutido en tanto metal, se arrojó hacia un costado y apoyó su espada a modo de seguro en el suelo. Giró sobre su propio cuerpo usando su peso como si se tratase de una bola de hierro atada a una cadena alrededor de un poste y lo embistió con el escudo. En ese momento escuché el sonido de los huesos al partirse, y vi como la criatura marina salía despedida hacia el islote más cercano, a unos dos metros de distancia del que se encontraba, y allí caía muerta, con el cuello roto y la boca esputando sangre. Khaelos, como se había presentado aquel hombre que apestaba a muerto, sencillamente desclavó su espada del hielo y se sacó el escudo del brazo empezando a usarlo como remo hasta que estuvo lo suficientemente cerca de otro islote como para saltar, y así un par de veces más hasta llegar a nuestra posición: -Creo que ese no molestará más. – comentó riendo bajo la armadura. Su voz, además de potente, sonaba metálica, con los ecos de la armadura rebotando por mis tímpanos: -Y tú, muchacho ¿Cómo se te ocurre soltar la espada? ¿Es que piensas defenderte a puñetazos y patadas contra todo lo que se nos eche encima? – me espetó, momento en el cual no evité sonreír de medio lado estirando mi mano hacia un lado: -Espada Demoníaca. – dije con voz firme y a la vez suave, y como por arte de magia una columna de fuego negro se formó en mi mano hasta que la despejé con un tajo al aire, dejando ver el reluciente mithril negro de la espada: -Nunca dudes de mí. – respondí, mirándolo fijamente.

Pasados unos minutos de mi demostración de poder sobre mi propia espada, miré hacia los cuatro costados y vi que hacia todos había lo mismo, nieve, nieve y más nieve. El blanco que dañaba la vista se extendía allá hasta donde alcanzaba la vista, y no parecía haber nada más que eso. El susurro del viento helado del norte arrastraba con él sonidos desde la lejanía, sonidos que nunca antes había escuchado tan claramente, y juraría que todos los podíamos oír. Eran gritos, llantos y desesperación. El entrechocar de espadas invadía el aire junto con esa brisa, y la caricia del aire, además de gélida y cortante, era espeluznante, hasta el punto que se me pusieron los pelos de punta. Había, además de lo anteriormente descrito, aullidos entre esos sonidos, pero no de lobos ni tampoco de ningún otro animal que nunca hubiera escuchado aullar, sino aullidos de bestias, de salvajes. Cerré los ojos y dejé que ese mismo sonido penetrase en mi cabeza para intentar averiguar que era, pero por nada lograba entenderlo: -Hacia el norte… - dije mientras me giraba hacia esa dirección. Durante horas caminamos hacia la dirección que yo había indicado, todos parecía de acuerdo tras escuchar aquello, pero aun así nada aparecía ante nosotros, era como si el viento nos hubiera tendido una trampa. Tras cruzar el primer tramo de la estepa helada, aquel donde el resbaladizo hielo era el suelo que nos dificultaba la caminata, pasamos a una segunda estepa de nieve todavía más extensa, si cabía la posibilidad, donde no había dunas formadas por la acumulación de nieve, sino que era todo un desierto. A lo lejos, muy a lo lejos, a través de los copos que el viento arrastraba con furia por el aire, se podían ver dos montañas tan altas que se perdían entre las nubes. A causa de la distancia y de mi visión en blanco y negro yo apenas alcanzaba a ver más que dos manchas borrosas, pero por mi oído, mucho más afinado que el de un humano cualquiera, podía saber que había algo entre el viento y nosotros, algo que lo hacía avanzar de forma más rápida al comprimirlo en poco espacio y dejarle una única vía de escape. A medida que avanzábamos el perfil de aquellos gigantes de hielo que había visto a lo lejos se iba haciendo más claro, pero aun así se mantenía borroso, como si fuera una simple ilusión que flotaba en el aire. También pude apreciar que, entre aquellas dos colosales masas de roca de tonos grises, había algo: Casas. Sin embargo, pese a que me gustó la idea de encontrar un lugar donde por fin enterarme de algo, no me gustó lo siguiente que vi, cuando avanzamos un par de metros más. Esas mismas casas estaban faltas de paredes en su mayoría. A muchas les habían prendido fuego, y eso lo podía notar por el olor a madera quemada que flotaba en el seco ambiente. No parecía haber nadie en aquel lejano pueblo, pero eso sólo lo sabríamos al acercarnos, si es que llegábamos.

-Parece que por fin… - antes de pudiera terminar mi frase, que no era otra que “Parece que por fin llegamos a algún lugar”, algo me asaltó desde un costado. Pude notar un cuerpo juntarse contra el mío, pero no sentí el calor natural de otro cuerpo, no sentí la agradable sensación de piel contra piel y carne contra carne, no. El frío, eso fue lo que sentí, el frío de unas garras intentando meterse por mi chaqueta de cuero blando para poder desgarrar mi carne, y por poco lo consiguen de no ser por mi velocidad sobrehumana para reaccionar, seguramente por mi parte animal. Rápidamente, llevé mis manos a los hombros de aquella asquerosa criatura que apestaba a muerto y la aparté lo suficiente de mí como para que mis piernas se posaran en su estómago y me diera opción a patearlo como lo hice, tumbándolo delante de mí para después levantarme de un salto y quedarme mirándolo. No era difícil de reconocer de donde provenían aquellas criaturas, esbirros de los no-muertos que más asco me daban. Podía luchar contra zombis, podía combatir esqueletos e inclusive golems de hielo como los de hacía un rato, pero no aguantaba tener que enfrentarme a aquellas criaturas, esclavos de los vampiros, convertidos y deformados por aquella maldición de los chupasangres. Sus pieles, que para mí eran de un tono oscuro, se caían a trozos manchando con negra sangre la reluciente nieve blanca como el algodón. Carecían de pelo en la cabeza, y sus ojos estaban hundidos en las cuencas ojerosas que tenían, faltos de pupila y completamente consumidos por el odio, la rabia y por algo mucho más poderoso que todo aquello, una eterna sed de sangre que luchaban por apagar. Puede que antes hubieran tenido bellas pupilas, o incluso que hubieran sido hermosas mujeres, pero ahora no eran más que un grupo de despreciables criaturas. A mí me atacaron cinco, no eran pocos y tendría que vérmelas con ellos, pero desde luego no era el único con problemas. Al girarme para ver como les iba a mis compañeros pude observar como otros tres rodeaban al viejo de la máscara y otros tres al enano, mientras que dos más se cernían a por el humano de la armadura negra. Parecían sacados de una cadena de montaje, todos iguales, con las pieles oscuras, cortadas por el frío y también por armas, seguramente castigos de los que se hacían llamar sus amos. Sus dientes, convertidos todos a colmillos finos como agujas y afilados como espadas, destilaban una saliva espesa, como la de los lobos rabiosos, que disolvía la nieve con sólo rozarla de lo caliente que estaba. Las manos, en las cuales portaban rudimentarias armas de hueso mal tallado, habían acabado por deformarse en garras, y sus raquíticas patas les permitían moverse a una velocidad que los hacía difíciles de seguir.

Los que me atacaron a mí pronto se dispusieron en círculo para asaltarme como el lobo que rodea con su manada a su presa, pero lo que no se esperaban era que fuera más rápido que ellos. Al escuchar el crepitar de la nieve a mis espaldas, me agaché y dejé que pasara por encima de mi cabeza el primero, atajando un golpe con la espada lo que partió por la mitad justo al tocar el suelo. Sin embargo, pese a que había sido rápido, al desventaja numérica se dejó entrever en el momento en el cual los cuatro restantes saltaron sobre mí y me intentaron morder, arañar y todo lo que se les pasaba por la retorcida mente de vampiros deformados que tenían. Aquello me enfureció, me enardeció, sí, pero no lo suficiente como para perder el control, aunque sin duda tomaría la forma híbrida para darles una lección. Sólo tuve que concentrarme unos segundos, unos breves instantes durante los cuales ni los agudos chillidos de los ghouls lograban penetrar en mi oído interno. Después de eso recuerdo el dolor de la transformación. Estaba acostumbrado a ella, sí, pero siempre dolía partirse cada hueso del cuerpo, notar como mi piel se desgarraba por crecer y como toda mi anatomía se reorganizaba para no matarme con el cambio. Mi boca se fue deformando lentamente a un morro largo, prominente y con las aletas de la nariz abiertas. Al principio fue sólo carne, pero pronto se recubrió, al igual que todo mi cuerpo, de un pelaje negro y espeso que después fue recubierto a su vez por una segunda capa de pelo, también azabache, que me daba mayor protección que la simple chaqueta de cuero que llevaba, que ahora había quedado guardada dentro de mi colgante mágico, junto con la espada y las demás cosas que portaba conmigo. Pude notar como las orejas se desplazaban de su lugar y modificaban su forma, dejando de ser tan humanas como antes y volviéndose como la de los canes, alargadas, triangulares y orientables, dispuestas encima de mi cabeza para captar mejor los sonidos. Pude ver como las manos, quelas tenía apoyadas sobre la nieve por el dolor, estallaban sin dejar rastro de sangre, como era normal cuando me convertía de forma voluntaria, y dejaban salir unas fuertes garras de tonos plateados. Al poco tiempo, menos de un minuto, me hube convertido por completo. Ya no notaba los arañados gracias a mi gruesa piel, el pelaje exterior era impermeable y espeso, y eso mantenía mi calor dándome mayor libertad de movimientos al no verme frenado por el frío. Un aullido escapó de mi garganta para alejarlos por el miedo que en esa forma podía oler, escuchaba los corazones de los que estaban sobre mí latir con más fuerza que antes, mucha más, y el sonido de sus pies al intentar escapar por la nieve, pero eran demasiado lentos, y como un lobo sobre su presa, me arrojé sobre dos de ellos partiéndoles la espalda con mi peso, al mismo tiempo que agarraba a un tercero entre mis zarpas y antes de que pudiera decir o hacer nada le arrancaba los brazos. En mi forma de híbrido mi mente no era totalmente humana, mantenía la razón, el control de mis actos y de mis emociones, pero también ganaba en salvajismo y brutalidad. La bestia no era humana, sólo yo la podía escuchar y domar hasta el momento, y ella sólo buscaba destruir, arrasar y acabar con todo aquello que intentase herirla, en este caso, los Ghouls.

{Noctis no había sido el único en ser embestido por aquellos asquerosos seres de piel azul y a medio caer. También el brujo, el cual habría sido embestido desde la espalda, recibiría los ataques de aquellos no-muertos, sin duda más fuertes que los esqueletos pero menos armados y, por supuesto, menos resistentes. Los tres que a él le atacaban optaron por una táctica algo diferente a la de sus hermanos, ahora casi desfallecidos en manos de la bestia de pelaje negro que era el licántropo. Ellos, en lugar de rodearlo, se colocaron delante del brujo, cuyo cuerpo no parecía ni mucho menos robusto como el de los demás, sino que tenía pinta de ser débil y frágil como todos los ancianos que hasta ahora se habían cruzado. Sus armas, que no eran más que dos rudimentarias dagas de hueso que cada uno portaba en las manos, goteaban sangre fresca, todavía caliente, y si el brujo alcanzaba a tocar esa sangre podría escuchar el lamento de los espíritus que habían sido sus dueños. Podría ver en su mente el dolor y la agonía de un pueblo arrasado por una figura oscura, de bellas curvas femeninas y, por el momento, con el rostro oculto bajo una capucha que impedía la visión de cualquier cosa. Ante sus ojos se mostrarían las escenas de pena y dolor sin fin, los vientres de las mujeres rajados, los niño desollados y los hombres apaleados hasta la muerte ¿Acaso era aquello lo que su líder espiritual, el gran Enki, quería erradicar?

Sin embargo, para el enano las cosas serían diferentes. También tenía problemas con aquellas criaturas, pero gracias a su gruesa armadura y su potente armamento serían menores que los del brujo. La leve capa de hielo que antes le había recubierto la armadura ahora le supondría un problema para moverse tan ágilmente como en batallas pasadas, sus articulaciones tardarían en responder, pues aunque podía haber sacado el hielo de las capaz exteriores de la armadura, sus brazos y piernas habían quedado entumecidas, aunque aun así podía moverse, eso sí, con más dificultad que al principio. Sus enemigos también portaban aquellas rudimentarias dagas de hueso escarchado por el frío, azulado por la exposición continua a la nieve y al hielo y desgastadas por los filos, nada tenían que hacer contra su armadura, al menos así debía ser, pero en manos de aquellas criaturas, tan rápidas como había demostrado ser el nigromante humano o más, sí eran un peligro, podían localizar los puntos débiles en su férrea defensa. La sangre que goteaban los mellados filos óseos mancharía la armadura del noble enano, y si tocaba su piel este vería ante sus ojos un paso que en sus casi tres siglos de vida no había visto: Una caverna que no debía existir, algo de donde el mal y la magia iban cogidos de la mano. En su negrura mágica se perdería la vista de Gunrak Martilloferoz, podría ver en los primeros metros de la cueva cadáveres apilados, enanos derrotados y faltos de todo equipo, con las barbas rasuradas para humillar su honor aun en la vida después de la muerte, y mucho peor, algunos con inscripciones como “Cobarde” “Traidor” y semejantes tatuadas a fuego en sus pieles.

¿Qué era aquello? ¿Qué querían decir aquellas visiones? Eso todavía no lo podían saber, mas ahora no importaba, ahora era el combate a lo que debían prestar atención, pero sin embargo lo más seguro es que tantas atrocidades como las que acababan de presenciar mantuvieran su mente divida, entre el combate y el misterio.}

avatar
Dalahak Schtzie

Mensajes : 146
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Lun Dic 12, 2011 11:02 pm

Almas condenadas
A vagar por un mundo
Que no conoce perdón ni misericordia
Almas condenadas a sufrir
A recorrer un mundo sin fin
Buscando su paz, buscando su paraíso
El cual jamás llegaran a ver y menos tocar
Ya que sus dedos ya no sientes, sus ojos ya no ven
Tan solo existen, ya no viven…
Tan solo existen… ya no tienen un futuro
Solo un pasado el cual recuerdan
Un pasado que lagrimas derrama
Porque no hay futuro para esas almas
Solo vagar…
Solo vagar…

Christian Chacana 12 de diciembre de 2011

Huesos y almas, que dejan un mundo frio para volver al ceno de Enki, donde el cómo amo y señor, como antiguo ancestro los recibe y juzga, no hay alma maligna, no hay alma benigna, solamente almas que buscan paz y descanso, aun el peor de los tiranos merece que sus huesos descansen , cuando el sol deje de brillas y el mundo se vuelva un desierto, por que el gran Enki lo predijo, cuando los hombres abandonen la selva, cuando conviertan las cristalinas aguan en negra sangre y el aire sea tan gris como las cenizas el hombre lamentara su existencia, cuando las enfermedades se extiendan como una plaga de mosquitos, sin importar donde estén sufrirán … Enki lo ha visto, por que el estuvo en el pasado y futuro, el viven y no vive, el existe y no existe, el es el todo y la nada, lo que nos rodea y nos llena… Enki lo es todo y es la nada… porque solo el guía el destino de los elegidos, de los sabios y de su gente.

Los enormes témpanos de hielo, que guardaban en su interior los esqueletos del pasado se hundían en aquellas oscuras aguas, como siendo tragados por una bestia oscura, el brujo solo dio unas últimas palabras mientras las calaveras sonaban mientras daba saltos entre las pequeñas islas de hielo, sus pies resbalaban o se aferraban con extraña facilidad, el propio cuerpo parecía diferente, pero no fue hasta llegar a tierra más firme cuando estiro su cuerpo, haciendo que toda su espalda crujiera al estar tanto tiempo encorvado, con ojos pacientes vio como todos habían acabado con sus propios enemigos, mientras el brujo simplemente daba un pequeño canto a las almas que se reunían con Enki en su seno. El camino pronto siguió, no siendo fácil ni un lecho de rosas, ya que estas poseían espinas y con cada paso el brujo sentía su pecho oprimido, no era el frio ni el viento que parecía cortar la piel, si no aquellas voces de las almas y espíritus que vagaban entre la nieve, gimiendo y llorando, cada cierto tiempo el brujo se detenía, mirando el suelo y quitando un poco la nieve, para encontrarse frente a frente con las cuencas vacías del cráneo de algún desdichado que había perecido, no importaba si era humano o no, algunos distaban mucho de serlo, otros tenían cierta semejanza, pero aun así había algo que los única, eran esos gemidos de solead y de atadura, el brujo decía unas palabras para poder liberarlos de esas ataduras y que pudieran ser juzgados, quizás esas paradas ocasionales le daban más fuerza para limpiar ese lugar, Enki le había encomendado la limpieza de un mal, y si aquel lugar podía atar los espíritus a la tierra, debía de ser muy importante.

Pronto una ráfaga dio contra el cuerpo del anciano, el cual era el último en aquel grupo, no muy lejos, contra la blancura de la nieve algo se levantaba, muros y empalizada, con paso firmes el grupo avanzo, mas el espectáculo fue decepcionante y a la vez terrible, casas derrumbadas, sangre manchando al tierra y muros, el aroma a muerte y a la vez a desesperación, el brujo avanzo algo, apoyándose en su bastón y dejando que aquella visión se quedara en su mente, mas algo se movía, sombras danzantes en las esquinas, que solo podían verse por el rabillo del ojo, ya que cuando se posaba la mirada en aquellas sombras desaparecían como una ilusión, como un mal sueño que ante ojos cansados se muestran, mas esas sombras no duraron demasiado, y ante aquellos marrones ojos las figuras de carne se presentaron. Seres enfermos y marchitos, deformes y consumidos, seres tan malvados que sus propios cuerpos exudaban ese aroma rancio y necroso, como animales salvajes se lanzaron contra el grupo.

El brujo nuevamente no tuvo tiempo de ayudar a sus compañeros, ya que tres de esos maliciosos seres se aproximaron a él y sin contemplación elevaban sus armas contra el anciano, armas que aun mantenían fresca la sangre de aquellos que habían tocado, el brujo saco su escudo colocándolo por delante, pero aquellos seres eran mucho más rápidos que él, y en un dos por tres se le lanzaron encima, como alimañas sedientas de sangre, el escudo aguanto el enviste de dos de ellas, mientras que el cuerpo se agazapaba para soportar su peso, mas no fue suficiente, ya que cuando la tercera se abalanzo contra el hombre, su peso hizo que la rodilla de Ootuku tuviera que apoyarse en el suelo, con algo de esfuerza hizo palanca y con el propio impulso las bestias fueron arrojadas lejos del brujo … mas no fue suficiente para evitar las heridas, dos cortes habían sido recibidos en el brazo del hombre y con esto llegaron las visiones, sangre y muerte, almas torturadas, la mano del brujo dejo caer el escudo y el bastón, llevándose las manos a la cabeza tras la máscara, en su mente veía cada alma, cada criatura que había poblado ese lugar y que sin piedad había sido masacrada, mas aquella visión no era tan horrible como ver a los espíritus gritando, gimiendo, llorando de desesperación, las voces no se detenían, los cuerpos simplemente se apilaban mientras una criatura femenina se ocultaba bajo las sombras de su capucha, con su mano delgada ordenaba, mientras los cuerpos de los infantes eran extraídos de sus madres ya muertas, seres con almas inocentes eran destrozado, una a una las almas eran torturadas, almas que no habían logrado ver el mundo sufrían durante toda la eternidad en ese lugar … un grito de furia broto desde debajo de la máscara, mientras las criaturas se lanzaban contra el hombre … mas la sangre mancho la tierra, pero no la del brujo.

El brujo estaba inmóvil, sus manos habían caído por aquella visión, mientras que con un salto las criaturas habían decidido que lo mejor era atacar por la espalda, mas no fue la mejor idea … el grito no era de miedo u horror como ellos habían creído, fue de rabia e impotencia, en el aire el brujo se giro, dándole un enorme golpe de frente a las dos criaturas contra la máscara, aquella mascara no solo era decorativa, también era practica, ya que el brujo agarro a una de esas criaturas antes de que pudiera recobrarse y sacando uno de sus cuchillos ceremoniales lo incrusto en el cuello de la famélica entidad, rajando su cuerpo hasta su vientre y metiendo su mano para arrancarle su marchito corazón, aquel simple movimiento fue hecho no con gracia ni sutileza, si no de forma mecánica, y en si … era eso, ya que infinidad de veces antes el brujo había hecho lo mismo con los sacrificios.

Las dos criaturas no se hicieron esperar y con gran velocidad se lanzaron con las dagas en mano, mas el brujo no siendo tan rápido, pero si más experimentado tomo su bastón y como si fuera una espada de dos manos, la blandió de lado, usando todas sus fuerzas para golpear a aquellas dos monstruosidades, el brujo no se detuvo, ya que aun cuando las visiones seguían su espíritu estaba iracundo, fue tanta la rabia que sentía por aquellos que habían cometido esas atrocidades que saco su mayal, y sin mediar palabra la cabeza de este surco el cielo, incrustándose en el cráneo de uno de esos seres y haciendo que la sangre brotara de sus ojos como si fuera un manantial, la ultima de esas criaturas mostraba sus dientes, afilados y hambrientos, sin importarles sus compañeros cargo contra el brujo, mas este blandiendo aquella arma con cadena golpeo su costado, ya que no importaba si eran rápidos o diestros, una vez que saltaban buscando caer, no eran más que peso en caída, el mayan no mato a la criatura, pero sí hizo que un aullido de dolor se escuchara provenir de su garganta, el brujo guardo su mayal en su cinto, dejándolo colgar y tomando su bastón y escudo, camino hasta quedar frente a frente de esa criatura, sus ojos inyectados de ira y sangre miraban al hombre que había acabado con sus hermanos, mas el brujo mostraría una parte que simplemente era para aquellos que no merecían piedad, blandiendo su bastón golpeo una y otra vez las extremidades del ser, rompiendo sus huesos sonoramente y haciendo que chillara con desesperación, el tiempo paso más el brujo solo seguía con su tarea, romper las cuatro extremidades y volverlas inútiles, cuando ya no quedaban mas huesos que romper miro a la criatura que intentaba arrastrarse.

-Que Enki te juzgue por tus actos y traiga paz a las almas que segaron en este lugar… mas Enki no te dará paz, no te dará la tranquilidad de la muerte, ya que como su mano solamente te diré vil criatura, como has actuado serás juzgado-

El bastón se levanto por última vez, cayendo con todas sus fuerzas contra la cabeza de la maléfica criatura, apagando su vida en un instante, mientras casis e podía escuchar como aquellas calaveras se reían de aquel acontecimiento con su sonido interior..
avatar
Ootuku Bombatuku

Mensajes : 34
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Gunrak Martilloferoz el Mar Dic 13, 2011 12:36 pm

Ya había acabado la batalla contra esos zombis enormes, había sido una feroz batalla pero finalmente salí victorioso. Ahora me encontraba entre los islotes avanzando como podía, cada salto que daba hacia un islote lo hundía un poco dejando que el agua saltara hacia mi armadura congelándose en el acto, haciéndome cada vez más pesado y lento, hasta que finalmente llegue a la orilla, junto con los demás, y nos dirigimos al norte, según las indicaciones del chico que se llamaba Noctis.
Tras estar varias horas caminando ante mis ojos había un poblado totalmente destruido, masacrado, sus casa estaban ardiendo y el humo negro producido por el fuego llenaba el aire por encima de las derruidas viviendas, pero antes de que pudiera acercarme más al recientemente destruido pueblo unas horrendas criaturas me asaltaron a mí y por lo que pude ver, yo no era el único al que atacaban. Esas horribles abominaciones parecían no-muertos, su piel se desprendía de su cuerpo, dejando algunas partes de este en carne “viva”, tenían los ojos totalmente negros, y apestaban a muerte, incluso yo siendo un enano, podía olerlo.

Además poseían dos rusticas dagas de hueso, aun manchadas en la sangre de sus anteriores víctimas, supuse que ellos habían destruido el pueblo. Los tres que aparecieron delante mía se lanzaron a por mí. Por como lo hicieron vi que eran muy rápidos y agiles, más de lo que me esperaba para una escoria de ese aspecto.
Logre matar al primero golpeándolo con el escudo contra un árbol cercano, con el primer golpe lo aturdí y con un segundo golpe aplaste casi todas sus costillas y órganos haciendo que escupiera una abundante cantidad de sangre antes de que su inerte cuerpo cayera al suelo, sin vida, liberándole de aquella horrible maldición que era vivir siendo una de esas criaturas.

Quedaban dos más de las que ocuparme, dos abominaciones de esas más que eliminar, sin duda el mundo sería un lugar mejor en cuanto me librara de ellas, pero las dos estaban en plena carga y eran demasiado rápidas para que me diera tiempo a reaccionar, saltaron hacia mi intentando derribar, pero no los consiguieron debido a mi robusto cuerpo y a mi peso, sin embargo una de ellas se agarró a mí, intentando clavar su tenebrosa daga en mi carne, estaba demasiado pegada a mí como para clavarle la lanza, así que la solté y desenvaine la espada, la luz se reflejaba sobre su filo al igual que se reflejaba sobre la nieve, con un movimiento de mi mano le clave la espada en el vientre y deje que se soltara, derrumbándose, cayendo de rodillas, donde yo la remate haciendo un tajo vertical, dejando que sus tripas y vísceras se escaparan, manchando la impoluta nieve, antes de que se derrumbara por completo mientras recuperaba mi lanza del suelo.

Durante la batalla con esa criatura, la que se aferró a mí, salí herido, unas de sus dagas encontró un punto débil en mi armadura, el tajo que anteriormente uno de los zombis me dio había penetrado en ella y dejando una fina apertura por la que la daga había conseguido entrar, no consiguió introducirse mucho, pues el diseño de la daga se lo impedía al ser más grande que la apertura, pero lo que sucedió después no me lo esperaba. Tuve la visión de una cueva, una cueva que nunca antes había visto, y lo lo siguiente que vi me enfureció a la vez que me entristeció, cadáveres de enanos a los que le habían quitado la barba y habían tatuado en su cuerpos inertes palabras para mofarse de ellos, para arrebatarles todo su honor, ¿Era eso lo que debía eliminar?¿Debía recuperar el honor de aquellos enanos arrebatándole la vida al que había hecho semejante atrocidad? Fuera así o no es lo que yo pensaba hacer, yo no podía soportar la idea de que a todos esos enanos les hubieran arrebatado el honor incluso en la muerte, para un enano el honor era una de la cosas más importantes en su vida, y ahora me encargaría de recuperarlo, ahora tenía claro mi objetivo.

Pero primero me tendría que encargarme de la criatura que quedaba, al ver lo que había pasado a sus compañeros, no se atrevió a acercarse a mí, se preparaba a la distancia para atacar cuando bajara la guardia, pero yo estaba lleno de ira, con un potente lanzamiento arroje mi lanza, la criatura no se lo esperaba y para cuando ya se quiso dar cuenta la lanza ya estaba demasiado cerca y acabo atravesándole la boca y quitándole la vida.
avatar
Gunrak Martilloferoz

Mensajes : 36
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El paso secreto

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 1 de 3. 1, 2, 3  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.