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Cuentos de Noreth
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El paso secreto

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Re: El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Miér Dic 14, 2011 8:04 pm

Tras la caída sobre las espaldas de dos de aquellos no-muertos, agarré con mis zarpas a un tercero y empecé a despedazarlo con mis propias manos. No me importó mancharme el pelaje, negro como la noche y opuesto al impoluto blanco de la nieve, de una sangre tan oscura como el mismo. Sólo quería verlos muertos, al fin y al cabo, eran Ghouls, vampiros deformados y criaturas que no merecían la vida, el milagro era que siguieran vivos tras exponerse al sol. Con fuerza, fui arrancando uno a uno sus miembros hasta que sólo le dejé la cabeza, y en ese momento me puse en pie para pisársela con furia, rabia e ira, aquellos seres me habían quitado una vez algo, a alguien, a quien llegué a amar, y si lo que pretendían era hacerlo una segunda vez, que se preparasen para recibir. Acabé con esos tres, y al cuarto, que en realidad era el primero, lo liquidé de un solo tajo al principio del combate, pero aun así faltaba uno, uno que ahora no veía por ningún lado. Su fuerte olor a carne en descomposición no desaparecía del aire, a diferencia del de sus hermanos, muertos y casi desangrados, a uno incluso se le habían salido las tripas por la boca por mi enorme peso sobre su frágil espalda. Durante unos minutos lo busqué con mi deficiente vista en blanco y negro, que me impedía ver bien en un paraje tan brillante, cuyo color blanco intenso, junto con los oscuros rayos del sol que se reflejaban, me dañaban incluso los ojos, así me sería imposible encontrarlo, así que opté por lo más sencillo; cerrar los ojos y dejar que mis otros sentidos tomaran posesión de mí, los sentidos de un animal, de la bestia. Pronto, mis aletas nasales se abrieron hacia los lados para dejar el aire pasar hacia mi boca, haciéndome notar incluso un poco el olor a muerto, a vampiro, era… asqueroso cuanto poco. Los choques de acero contra el hueso se entremezclaban con el sonido de los bastonazos del más anciano del grupo y los gritos de las criaturas que contra el nigromante luchaban, parecía que todo allí estuviera hecho para no dejarme localizar a mi presa, pero en un instante de calma, de tranquilidad en el cual todos se pusieron de acuerdo para dejarme sentir a mi presa, escuché la nieve crujir, el hielo quejarse de unas afiladas garras carentes de toda protección, y los latidos de una desbocada caja torácica que luchaba por continuar corriendo pese a lo acelerado de los bamboleos casi salvajes del corazón que portaba dentro. Provenía de mi espalda, lejos, a unos siete metros más o menos.

Rápidamente, sin dar tiempo a nada más, me giré y coloqué las manos sobre la fría nieve, me invadió una sensación agradable, un calor interno mucho más intenso que el de la adrenalina o la furia, algo indescriptible que sólo los animales a punto de comenzar a cazar sienten. Mis potentes cuartos traseros se pusieron en marcha y en apenas unas zancadas alcancé al desgraciado, saltando sobre él con fuerza y pasando por encima de la cabeza del enano que se las veía también contra uno de aquellos no-muertos, no tenía tiempo de prestarle especial atención. Todo mi peso cayó sobre aquel ser de la noche que ahora, por efecto de algo que desconocía, caminaba bajo el astro rey como si nada. Los huesos de su espalda crujieron como lo habían hecho los de sus hermanos ahora caídos, por su boca salió aquella sangre que yo percibía de tono negro intenso, y de sus ojos pude ver como brotaban lágrimas, lágrimas de sangre. Con rapidez, levanté la mano sobre mi cabeza y la cerré, pero no en un puño para machacarlo a golpes, sino en un arpón formado por mis garras. La punta de dicho arpón era la unión de mis cinco garras, afiladas como espadas y puntiagudas como agujas, un arma letal y perfecta para penetrar en el hueso y la carne. Sin embargo, a mitad de camino de la bajada de mi zarpa hacia la cabeza de la criatura esta gritó, para mi sorpresa, pero no como sus semejantes, los cuales sólo habían proferido gritos de auxilio y socorro en un idioma intangible, sino que este habló, además en común, y con fuerza suficiente como para que lo escuchase pese a lo maltrecho de su cuerpo: -¡No! ¡No matar a Ku! – exclamó al mismo tiempo que lo levantaba con una sola mano, dado su poco peso y mi enorme fuerza, para mirarlo a los ojos: - ¿Sabes hablar? – pregunté con tono gutural. Sólo asintió ante mi pregunta: -Pues dime ¿Quién nos ha traído aquí y para qué? – exigí, después. Su respuesta se hizo de rogar, y de no ser porque hice aparecer la espada en mis manos y lo apunté con ella al cuello creo que nunca la hubiera oído: -N… ¡No, Ku no saber! – respondió, cubriéndose el cuello con las manos como si aquello le pudiera salvar de haber querido atravesarlo con mi espada: -¿Entonces de qué me sirves vivo? – inquirí una vez más mientras que tomaba mi forma humana, dejando que de mi colgante mágico saliera toda la ropa que antes había desaparecido. Mágicamente, gracias al efecto de dicha joya que Aerith me había regalado hacía algún tiempo, me vi vestido, con mi forma humana que, si bien era menos imponente que la híbrida, me concedía un mejor manejo de la espada al no tener las manos tan grandes: -Ku saber lo que ama querer… Ku hablar si tú dejar vivo. – añadió finalmente: - No estás como para hacer negocios alimaña del diablo. Habla y veré si te dejo con “vida” o si te ensarto con la espada aquí mismo. – su cara, tras mi respuesta, se torció en un gesto de resignación, pero también de asco y de ira al verse acorralado como la rata que era: -A… ama… - en ese momento le empezó a faltar el aire, como si se asfixiara: -¡Habla condenado! – le grité poniéndole la espada más cerca del cuello, hasta que lo corté suavemente dejando brotar algo de sangre, aunque insuficiente para matarlo: -V… villa… - y en ese momento, tras esa palabra, cayó. Lo atravesé con la espada y no profirió queja alguna… Había muerto, ante nuestros ojos, al menos ante los míos, no sabía si los demás estaban mirando o estaban pensando en otras cosas, pero yo lo había visto, lo acababa de ver caer muerto. Tal vez estuviera aplastado por dentro ¿Pero entonces por qué no había muerto al instante, como los otros dos?

-Eso – Comenzó a decir el nigromante: -no ha sido precisamente una muerte natural… - su voz sonaba profunda, como preocupada por algo: - Hay alguien que mueve los hilos tras esto, puedo sentirlo… Y quien sea no quería que ese Ghoul nos revelase de más. Sin embargo ¿Dijo “villa” justo antes de morir, no? La única villa visible desde aquí y en varios kilómetros es aquella de allí – señaló el pueblo con su mano enlatada y de la cual goteaba la sangre de los que habían caído bajo el peso de su espada, la cual también apuntaba hacia las casas todavía humeantes del lugar: - Es lo único que se me ocurre. Si queremos saber algo más y lograr completar el puzle que tenemos ante nosotros, seguramente podamos volver a casa. – parecía que había terminado, y yo ya había asentido ante sus palabras, con una media sonrisa al escuchar su última frase, mas después añadió otra: - Os recomiendo a todos que vayáis con cuidado; Ya he luchado una vez en una situación como esta, junto con una niña que hacía magia de apoyo y un antropomorfo nigromante que era capaz de hacer danzar a la muerte para sí… Y sin embargo no fue fácil, así que no bajéis la guardia, no sé cuándo, no sé cómo, pero os aseguro que esto se complicará. – y tras finalizar, ahora ya sí, su discurso comenzó a caminar a la par que yo. No podía evitar dirigirle alguna que otra mirada mientras descendíamos por aquella cuesta helada por la cual era difícil bajar si no se usaba, como hacíamos él y yo, la espada o algo parecido para frenar el deslizamiento sobre la capa de hielo que helaba esa parte de la montaña sobre la que nos encontrábamos, que resultó ser plana por encima. Por culpa del yelmo no lograba ver la expresión de su cara, pero sí que notaba agitado su pecho, pues los latidos eran rápidos, y su respiración se aceleraba, más por la emoción que parecía sentir que por el miedo, que aunque lo detectaba en él era casi imperceptible gracias al aroma de la muerte, que lo rondaba como si aquel hombre ya estuviera muerto, y sólo fuera un juguete de la parca que se divertía caminando entre mortales.

El descenso no fue sencillo pese a mi gran agilidad y la fuerza de mis piernas para mantenerme lo más pegado al hielo posible no era suficiente para evitar que alguna que otra vez resbalase teniendo que agarrarme a la espada con fuerza evitando así acabar rondando colina abajo. El calor de mi cuerpo se mantenía dentro de mi chaqueta, y gracias a mi parte de sangre lupina no lograba penetrar demasiado en mi piel, aun así, el aire gélido, cortante casi, arreciaba a cada poco tiempo con fuertes rachas que nos hacían detenernos, nublando nuestra vista con blancos torbellinos de nieve y cristales de hielo de los cuales, algunos, impactaban contra la gruesa armadura el enano haciéndola repicar de manera aguda, como una pequeña campana un tanto molesta. Tras dicha bajada, alcanzamos por fin la entrada del pueblo, pues desde el pie de la montaña hasta la entrada, derruida, del lugar apenas había diez metros adornados por un camino de árboles espesos y completamente marchitos. Muchos de ellos mostraban las cicatrices de las hachas, con tajos profundos en sus ancianos troncos. Esas mismas grietas se veían a su vez rellenadas en la mayoría de casos por el traslúcido hielo que caracterizaba aquel lugar, inhóspito y en el cual me parecía imposible que jamás hubiera vivido nadie. Al llegar a la entrada del pueblo pude ver un cartel colgando a tres metros sobre mi cabeza que indicaba un nombre casi borrado por el viento y cubierto de sangre ¿Cómo había llegado la sangre allí? Era un misterio, al igual que el nombre de la localidad, del cual sólo se veía una sílaba; “Nib…”. Tratando de ignorar en la medida de lo posible aquella visión, me adentré el primero en el territorio perteneciente al lugar, separado de la nieve sólo por una muralla de madera humedecida y con hongos allá por donde mirase. Mis pies pisaron la tierra que había dentro de la empalizada y pude notar en ese momento un chasquido, como una descarga eléctrica que recorrió mi cuerpo desde la punta de mis botas hasta mi cabeza, produciéndome una enorme jaqueca que tuve que apaciguar con un grito que dejé salir al aire. Era magia, sin dudarlo, pero tan poderosa que mi rechazo natural hacia esta se veía ignorado por completo. Cuando por fin, al cabo de unos minutos, logré recuperarme del terrible azote de la esencia arcana, me puse en pie y observé, olfateé y escuché mi alrededor. Lo primero que vi no fueron otra cosa que casas convertidas en cenizas, puertas arrancadas y arañadas; la sangre recorría las calles como un negro río que parecía haber excavado una especie de cauce en la nieve. Parte de la misma sangre que discurría como agua se encontraba coagulada, congelada por completo en rocas de aspecto gelatinoso que se apilaban alejadas de las montañas de escombro humeantes.

Lo siguiente que noté, la fragancia del lugar, no era ni mucho menos agradable. La nariz me ardía con cada inspiración, al sentir tanto el dulzón aroma de sangre junto con el de la madera quemada y los cuerpos, que pese a no verlos sí podía olerlos, en descomposición que debía haber por allí escondidos, enterrados o lo que demonios fuera, la cosa es que no era agradable. El viento, que fuera era helado, dentro era como una daga candente que incluso me hizo sentir que la chaqueta me molestaba para respirar, que me hacía sudar el torso, sin embargo no me la quité, no era idiota. Y finalmente, lo que más me sobrecogió, fueron los sonidos ¿Qué escuché? El silencio… El más intenso silencio que jamás hubiera podido notar. Ni el sonido de la brisa ni el de mi propio corazón al latir rompían aquel mágico y lóbrego silencio. En las calles no había cadáveres, no había más que escombros inertes ¿Dónde estaban los muertos? ¿De dónde provenía aquel aroma a descomposición?

{Pero no sería el medio lobo el único que encontraría en aquel pueblo algo extraño. Primero, el médico con aptitudes para la brujería, notaría en su pecho un intenso ardor al poner un pie en el pueblo. El contacto de sus pies con la tierra de aquel lugar lo haría encogerse, pero no de dolor, sino de pena, de auténtica pena al tener que soportar las imágenes que una y otra vez se reproducían en su cabeza ¿Las transmitidas por el no-muerto habían sido crueles? No… Al menos no en comparación con las que los espíritus, a quien él ayudaba, le mostraban ahora, dejándole ver como las mujeres eran violadas por horrendas aberraciones, los niños, los mismos que antes había visto ser arrancados de los vientres de sus madres, eran arrojados al pozo del pueblo tras ser abiertos en canal para verter su preciada e inocente sangre en una cubeta, desde donde era transportada a un carro que después se perdía en la lejanía. Y los hombres, despellejados ante sus mujeres, abiertos también en canal y sirviendo de banquete a criaturas como las que ya habían dejado atrás o peores, aberraciones, deformaciones, criaturas que portaban la maldad en su interior, incluso pudo ver a algún humano corrompido por la maldad, consumido hasta haberse convertido en uno de esos seres que llamaban “vampiros”. La misma figura fémina de antes aparecería en su cabeza, pero esta vez, a diferencia de la anterior, parecería poder verle, percibirlo, y con su heladora y oscura mirada posaría sus ojos justo encima de los del brujo para mostrarle los espíritus que ahora eran torturados tras muertes tan atroces ¿Horrible? No… su nexo con el mundo espiritual se había convertido ahora en una tortura, pues las voces de los caídos en desgracia allí mismo gritarían pidiéndole ayuda, pidiendo que recuperase sus cuerpos. Los llantos de los niños se mezclarían con los gritos de los adultos dando lugar a una melodía que sólo se escuchaba en su cabeza a causa de ese misma unión con el mundo de los muertos, y de los que faltaban a venir al mundo, pues no sólo los fallecidos habitan en ese limbo, extraño y sólo conocido por los animistas o espiritistas; Pero ese es otro tema, y lo que importaba ahora era: ¿Por qué el gran Enki, señor de señores, permitía aquello? Ta vez fuera esa la pregunta que rondaba por la cabeza del brujo, o tal vez fuera porque era él el elegido para padecer tan terrible sufrimiento. Lechosas manos incorpóreas rozarían su cuerpo en busca de ayuda, sus calaveras y adornos se agitarían, e incluso su propia máscara parecería entristecer ante tal visión.

Por su parte, el hombre de la montaña, la pequeña fortaleza andante del grupo: Gunrak Maritilloferoz, sentiría también el poder que allí habitaba, la magia recorriendo su cuerpo, acostumbrado a rechazarla como si fuera un acero contra su escudo, ahora penetraba en él tal y como si esta protección no existiera. Pero sus visiones serían diferentes a las del brujo, el cual sentía el dolor, la pena, la tristeza y la maldad de ese lugar por los espíritus… él no, él escucharía llorar a la roca, hablar a la tierra y resentirse a los árboles del lugar. Cada uno contaba una historia. Las rocas, recubiertas de runas que sólo él lograba ver y entender, indicaban algo sobre una leyenda oscura, sobre el levantamiento de un señor del mal que acabaría con todo lo buen en Noreth ¿Sería real? Sí por lo que contaba la roca, sí por lo que bramaba la tierra. Ante sus ojos se mostraría entonces el anterior pueblo, como fantasmas que el brujo no lograba ver. Se podía observar que era un lugar tranquilo, familiar donde los niños jugaban y los padres trabajaban, no parecía haber nada fuera de lo normal hasta que, de pronto, una luz estalló, a lo lejos, sin embargo esa luz no sería una alucinación, sino que realmente había estallado dentro del pueblo, un fuerte retumbar y una honda mágica que lo recorrería entero. Había al menos siete calles que lo separaban del lugar de la explosión de luz y sonido que había visto, todas ellas recubiertas de sangre y vísceras, la piel hacía de papel a las paredes, y a medida que avanzase, si lo hacía, encontraría cosas peores, como perros clavados a las paredes mediantes espadas, miembros amputados y horrores sólo imaginables por una mente perversa, cruel como nadie puede serlo. Y si llegaba al final, cosa que no sería demasiado difícil, acabaría frente a una pila de cadáveres de adolescentes, tanto niñas como niños, jóvenes de los cuales ninguno sobrepasaba los 14 años, todos faltos de órganos reproductores, los cuales se notaba que habían arrancado de una forma, cuanto menos, tortuosa, a mordidas fuertes que habían dejado la seña de los dientes allí abajo. ¿Por qué había sido conducido allí? Todavía no tendría respuesta a esto, pero si tenía el valor para hacerlo lograría ver algo más, una cueva, allá, a lo lejos donde sólo su privilegiada vista le permitía ver. Era oscura, negra como la noche sin luna ni estrellas, y de ella parecían brotar negros brazos de maldad y magia pura ¿Qué era aquel lugar? ¿Por qué él lo podía ver y los demás no? ¿Sería su relación con la montaña? ¿Sería que tal vez había enloquecido? No había forma de saberlo, y sólo en sus manos estaba la oportunidad de comprobarlo…}






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Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Jue Dic 15, 2011 11:10 pm

Incluso los espíritus pueden sufrir
Ya que con la muerte el tormento no acaba
Las almas torturadas no tienen un fin
Y su sufrimiento puede durar siglos o la eternidad
Más tienen salvación, en las manos de aquellos
Que se consagran para que encuentren su camino
Hombres y mujeres que dejan a los vivos por
Convertirse en pastores de un rebaño eterno
Un rebaño que busca el camino para dejar el sufrimiento
Ya que… ¿acaso se puede comparar el sufrimiento
De un vivo con el de una alma eterna?

Christian Chacana 15 de diciembre de 2011

Un largo jadeo salió de los viejos labios del brujo, su cuerpo dolía, sus músculos estaban cansados, aun mas de lo que la vejez hacia, su bastón aun se mantenía firme en el cráneo deshecho de la bestia, mientras que inexpresivo se mantenía tras esa mascara de madera, lentamente levando el bastón, viendo que parte de este se había manchado de sangre, las calaveras parecían reír con esa sonrisa vacía y limpia, mientras con lentitud veía el acto que había cometido, se había dejado llevar por la ira, mas no irá por una ofensa hacia el o por sentirse herido de alguna forma, la ira había sido hecha por aquellas visiones, esos espíritus que no tendrían descanso, por esas atrocidades que esos seres habían causado, con lentitud avanzo algo, dejando a su lado su bastan en la nieve, y arrodillándose en la nieve fría elevo no una plegaria, si no un pedido al gran Enki, que recibiera en su seno, mientras las palabras eran hechas los demás seguían en lo suyo, mas como si fuera un ritual, cuando las últimas palabras fueron dichas el anciano tomo su bastón y tomando nieve con su mano desnuda comenzó a limpiar la madera, los cráneos, con lentitud y paciencia, ya que no podían ser manchados y menos con aquella sangre tan impía como para cometer aquellos horribles actos.

Con lentitud el brujo se levanto de la nieve, sus manos estaban entumidas, las lagrimas secas en sus ojos dando una gran respiración lleno sus pulmones mientras dejaba salir el aire de su cuerpo, con tranquilidad tomo su bastón, haciéndolo sonar con las calaveras, mientras revisaba que todo estaba bien, sus dagas en su cinto, su mayal colgando, los jujus intactos e incluso los hongos completamente intactos, con tranquilidad y serenidad camino, sintiendo una opresión en su corazón, el gran Enki había visto el sufrimiento de ese lugar y le había enviado a purificar a las almas, para que el pudiera guiarlas en el camino que debían de recorrer todas, con cada paso sus pies se internaban en la nieve, dolían mas era un pequeño precio que debía de pagar el hombre si debía de cumplir lo encomendado … ya que morir sin cumplir era peor que haber fallado en su misión principal, mas el brujo solo deseaba que el gran Enki le guiara en su camino, como lo hacía con sus hermanos y hermanas, como lo hacía con los espíritus de los justos y los injustos.

Sus pasos se detuvieron ante el roído cartel, un nombre que sería olvidado, el aire traía aroma a muerte y fuego, a oscuridad y maldad, mas el brujo tan solo debió de dar un paso, un simple paso en todo su viaje para sentir algo horrendo, sus manos temblaban, sus ojos se habían abierto tras su máscara, su corazón parecía detenido al igual que su respiración, mas estaba vivo, más vivo que nunca, mas su cabeza su mente, incluso su espíritu estaban agitados, frente a si veía la hecatombe, veía la muerte, la sangre fluir como ríos, los cuerpos apilándose y las almas y espíritus gimiente, su mano se aferraba con fuerza a su bastón, mientras las palabras que los espíritus gritaban parecían afiladas dagas que atravesaban su carne, en el pasado había visto horrores, había visto como un alma era torturada hasta convertirla en nada … mas el horror que ahora tenía ante sus ojos, era diferente … no había sido hecho por una criatura sedienta de sangre … no … aquel aroma a muerte, aquella esencia tan extraña, ante sus ojos pudo ver el pasado, el pasado mostrado por los espíritus, en sus gritos, en sus lamentos y gemidos, vio como la carne era cortada, como era abierta aun con vida, como la sangre brotaba y llenaba una y otra vez una cubeta, la cual se llevaban … el aroma a muerte penetraba su nariz y como si hubiera estado poseído, comenzó a mover sus brazos, a danzar alrededor de un circulo que sus propios pies trazaban en la nieve, el sonido de su voz una y otra vez cantaba lo mismo, no eran más que plegarias, as los espíritus no sentían ningún alivio, no había cambio y aun con los intentos del brujo nada sucedía, los minutos pasaron y con ello el cuerpo del brujo se calentó, calentó por la danza frenética de la cual era participe, mas sus pasos se detuvieron, no por las visiones, ni por los gritos de esos espíritus atrapados entre ambos mundos, si no oír la voz, aquella voz potente y grave, que resonaba como tantas veces en su mente.

-Ootuku … detente, no malgastes tus energías … estas almas están condenadas a este lugar, sus cuerpos ya no son de ellos y su condena será eterna mientras no sea erradicado el mal de este lugar … ya has visto la figura, ya has visto la mujer … sabes que algo oscuro habita entre la inmaculada blancura de la nieve … ten fuerzas emisario mío … ten fe en mis palabras … porque soy Enki, el juez y el señor … ahora escuchad estas palabras … no importa el horror qué veas, mantente calmo, ya que si te dejas llevar por la ira y la desesperación, solo alimentaras a las sombras que consumen la fuerza de la tierra-

El brujo se detuvo, las palabras de su señor trajeron algo de paz, y sentándose en la blanca nieve respiro, tranquilo, con lentitud llevo sus manos a su cabeza y desato la mascara, quitándosela, su rostro oscura, y con los surcos de la edad sentían el fresco del lugar, sus labios agrietados también e incluso aquellos ojos llenos de sabidora y fe en su ancestro … los espíritus aun se arremolinaban, aun gritaban, mas el brujo movió su bastón y uno a uno los espíritus perdieron sus voces, mirando con extrañeza al hombre el cual abriendo los ojos le miro.

-Sufrimiento es lo que sienten, dolor es lo que recuerdan, miedo y horror… mas Enki ha hablado y aun con sus voces estas no calmaran su sufrimiento, solo deben de esperar, esperar que cumpliremos lo que el gran Enki nos ha encomendado-

Los espíritus lo miraron, mientras volvía a colocarse la pesada mascara y caminaba, en busca de los demás, mas algo cambio, como si un enorme cántaro se rompiera en mil pedazos, una gran oleada de esencia fue sentida por el brujo, tan fuerte como si fuera una gran ola que chocaba contra su cuerpo, el hombre debió de apoyarse en su bastón para no caer, aquella magia, era extraña, era como si no tuviera forma ni apariencia, como si simplemente existiera sin un fin, el hombre debió de tomarse unos instantes para recuperarse, mientras caminaba hacia el origen, pero a medida que avanzaba los horrores eran aun peores, carne clavada a las paredes, cuerpos a medio devorar y desollados, la blanca nieve estaba manchada de carmesí y negro, mas debía de seguir y con fe en su ancestro, ya que si le había elegido para este cometido era porque era necesario.
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Re: El paso secreto

Mensaje por Gunrak Martilloferoz el Lun Dic 19, 2011 8:26 pm

Estaba siendo más divertido de lo que me esperaba, poco a poco se me iba pasando el cabreo al despertar en el helado paramo, el patear culos de no-muertos tenia eso, ¿Qué había mejor que librar del mundo de una escoria no-muerta menos? Bueno, si, era bastante peligroso, pero me daba igual el peligro, ahora mi única preocupación era la visión que había visto cuando esas malditas criaturas me atacaron, ¿Qué significaba?¿Por qué había tantos enanos, compatriotas míos, hermanos de la roca, muertos y humillados en aquella cueva? No sabia ninguna de las respuestas, yo solo sabia una cosa, que el autor de aquella atrocidad lo pagaría caro, lo pagaría con su sangre y con su vida.

Recogí mi lanza, clavada en el suelo después de atravesar la garganta de un desagradable no-muerto, tenia el brazo algo entumecido debido a la herida, que aunque no fuera muy grave, aun sentía algo de dolor, nada que no pudiera soportar. Cogí mi odre de cerveza con un movimiento casi inconsciente y di un trago de ella y la volví a guardar. Ahora tocaba ir al pueblo, y no iba a ser fácil ya que una pronunciada pendiente me separaba a mi y a mis acompañantes del aquel pueblo devastado.
Baje la pendiente con algo de dificultad, mi pesada armadura, que replicaba con la fuerza del viento, me empujaba hacia abajo con fuerza, tenia que clavar con fuerza mi lanza en el suelo para no caer rodando por la pendiente, pero al final, con un poco de dificultad conseguí llegar abajo, delante del pueblo, solo a unos pasos, unos pasos para entrar en un poblado destruido, un pueblo sin nombre que seria olvidado, borrado en el tiempo.

Nada más de dar esos pasos, de entrar en el pueblo, sentí una cosa que nunca antes había sentido, magia. Pero ¿Cómo era posible que sintiera la magia, cómo era posible que yo, siendo un enano, sintiera la magia de esa manera? Era muy extraños, mi cuerpo de enano rechazaba la magia de manera natural, era imposible que la magia recorriera mi cuerpo de aquella manera, sin embargo lo hacia. La tierra y la roca me hablaban, me gritaban, de pronto aparecieron ante mi unas runas grabadas en la roca, unas runas antiguas, más antiguas que aquel pueblo, puede que incluso más antiguas que los propios enanos, no las había visto nunca, sin embargo entendía esas runas, las comprendía como si me hablaran, como si metieran los conocimiento en mi cabeza directamente.

Aquellas runas hablaban de una vieja leyenda, una leyenda repleta de tristeza y oscuridad, una leyenda del resurgir de un antiguo señor oscuro que destruirá todo lo bueno y lo bello de Noreth , las runas me contaban como apareció ese tirano del caos y como fue derrotado para después resurgir de nuevo y vengarse del mundo que lo desterró.
Sin embargo aquel señor del mal no fue siempre malo, hubo un tiempo en que pudo sentir, incluso amar, era un humano corriente, pero el mal empezó a emponzoñar su corazón, empezó a envenenarlo desde dentro pudriendo su alma, dejando que la oscuridad y el caos se apoderasen del el, arrebatándole todos sus sentimientos, todo lo que le hacia humano, todo su bondad y libertad, dejando solo una marioneta manejada por el mal.

La oscuridad le ofreció la inmortalidad y un poder casi ilimitado, solo pedía una cosa a cambio, que sembrara el caos y la muerte por allí donde pasara, y así hizo, masacro pueblos y ciudades, esclavizando a aquel que mostrara sumisión, matando y torturando a todo aquel que se oponía.
Pero un día apareció un héroe, un guerrero de la justicia, un paladín del bien y de la luz dispuesto a extirpar el peligro que suponía aquel hombre en el que se había encarnado el mal, ese héroe combatió en una dura batalla contra el tirano y con sus ultimas fuerzas dio su vida para sellar aquel mal, para encerrarlo para siempre, dio su vida para salvar a todas las razas libres de Noreth.

Sin embargo la leyenda no terminaba hay, esa leyenda hablaba del retorno de aquel señor del mal, la venida de una época de oscuridad para todos, el resurgir del mal puro.
¿Seria aquella leyenda verdad?¿Habría existido tal maldad alguna vez? Las leyendas solo eran leyendas, pero la tierra era sabia, no sabia si me lo podía creer.
Pero hay no había acabado todo, ahora yo veía el pueblo, no con las casas ardiendo y la sangre derramada en las calles, ahora había bonitas casas, los niños jugando felizmente por las cayes mientras sus padres hacían sus labores, parecía un lugar tranquilo y reconfortante, sin ningún parecido en el estado actual de aquel pueblo.
De pronto hubo una explosión de luz, una explosión de magia, sentí como la magia recorría de nuevo mi cuerpo y me devolvía a la realidad, me dirigí donde había surgido dicha explosión, a cada paso que daba veía una cosa más sangrienta y espeluznante que la anterior; mascotas, que habían sido anteriormente unos magníficos canes, clavados en la paredes, miembros amputados, arrancados de los cuerpos y esparcidos por el suelo, órganos y tripas adornando el lugar.
Al llegar al final del camino ante mi se alzaba una pequeña montaña de cadáveres, cuerpos de jóvenes, con toda la vida por delante, con sus órganos reproductores arrancados seguramente por alguna bestia, por la seña de los dientes, , me dieron arcadas al ver tal macabro espectáculo, pero tenia que seguir, tenia que ser fuerte y acabar con el loco que había hecho todo esto.

A lo lejos vi una cueva, una oscura caverna de la que salía magia oscura y maldad. ¿Seria aquella cueva la de mi visión en la que había visto compatriotas muertos y humillados?¿Tendría alguna relación con la leyenda del tirano oscuro? Solo podía hacer una cosa para obtener la respuesta, entrar en la cueva. Me dirigí solo a la oscura cueva, mis compañeros no serian de mucha ayuda debido a la densa oscuridad que había en la cueva, pero yo podía ver, había pasado mucho tiempo bajo tierra y mis ojos no tardarían en adaptarse a la oscuridad de la cueva, solo tenia que ver que se ocultaba allí.
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Re: El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Miér Dic 21, 2011 3:44 am

Allí seguía, parado en mitad de la nieve e intentando escuchar algo: Un pájaro, una respiración, algo… Ese silencio se hacía demasiado tenso para soportarlo sin abrir la boca, pero por suerte el brujo abrió la boca mientras que le hablaba, aparentemente, a la nada. Mas nada salió de su boca, sólo el aliento frío y congelado que apenas me era visible por culpa de mi vista bicolor, ni tan siquiera la respiración le podía notar con mi afinado oído: -¡Gunrak! – grité cuando vi al enano alejarse corriendo por las calles, pero mi voz, por lo visto, sólo la escuché yo: -¡Khaelos! ¡Ootuku! – seguí gritando los nombres de mis compañeros mientras uno a uno avanzaban hacia lo que yo consideraba una trampa casi mortal, pero aun así no los podía dejar solos, no era mi forma de ser, al menos no ahora. Rápidamente salí tras el último en moverse, el humano de la armadura, que corría de calle en calle como un condenado que huyese de algo. Su botas se hundían en la nieve sin sonido alguno, y sólo el rastro del aroma de cada uno, casi por completo oculto bajo la fragancia de la muerte, me permitía seguirlos, excepto, claro, al nigromante, cuyo aroma se fundía con el del pueblo haciéndome imposible seguirlo si lo perdía de mi campo de visión. Las escenas que veía cada vez que atajábamos por una calle eran peores que muchas de las que había podido ver en toda mi vida, y más de una vez me tuve que parar, completamente asqueado y un tanto asustado de ver tanta sangre, tanto dolor y a la vez tanta crueldad. Pero a la par que el miedo y el asco también llegaban la rabia, la ira y la enajenación. Mucho de los cuerpos que veía colgados en las paredes no eran ni de mujeres ni de hombres, sino de pobres animales, en su mayoría canes, que había luchado valientemente a juzgar por los jirones de carne que había entre sus dientes. Las zarpas de la gran mayoría estaban casi por completo arrancadas, destrozadas por el filo de las espadas o, incluso, mordidas y disueltas en algo que no parecía nada que hubiera podido oler antes, de aroma fétido y tan penetrante que traspasaba el cuero de mi guante derecho, que era el que estaba usando para poder reducir ese mismo olor. Además, como si eso no bastase para hacer que la bestia se revolviese en mi interior queriendo tomar venganza contra el artífice de tales atrocidades, podía ver también los cuerpos de las personas más frágiles del mundo, esas criaturas delicadas e inocentes que no hacían ningún mal a nadie: Los niños. Sus cuerpos, lacerados y llenos de yagas de látigos, se extendían por las casas, faltas de puertas y en muchos casos incluso de paredes, poblando el suelo con su pequeños miembros. Algunos eran mayores, de entre catorce y dieciséis años, pero otros apenas sí llegaban a los cinco años, aunque, en realidad, los había de todas las edades, eran, junto con los animales, los únicos cuerpos que había por todo el pueblo.

-Hola – Escuché decir, a una voz suave y fina, mientras corría detrás de Khaelos, el cual cada vez se alejaba más de mí. Rápidamente, espada en mano, me giré para encontrar al causante del primer sonido que había podido escuchar en el pueblo además de mi voz y me encontré con un chico de no más de diez años. Era humano, a juzgar por sus orejas redondeadas y sus mejillas rellenas, típicas de los niños humanos, como habían sido las mías un día. Pero el hecho de que fuera humano no indicaba precisamente que estuviera vivo, pues su ropas eran totalmente transparentes, como el resto de su cuerpo, se mezclaba, de nuevo por culpa de mi escasa visión, con el blanco de la nieve, y sólo podía verlo gracias a un halo de luz potente que lo rodeaba por completo. Mediría más o menos metro cuarenta, y por lo poco que me dejaba ver su aureola, tenía los cabellos raídos, cayéndole en finas hebras por su inocente cara: -¿Quién eres? – respondí yo, de una forma un tanto violenta y sosteniendo el mango de la espada. Era un niño, pero estaba muerto y no sabía qué pretendía hacerme: - ¿Quieres jugar? – inquirió después de mi pregunta, ignorando esta por completo: - Dime quién eres… - espeté una vez más: -O… o no jugaré contigo. – añadí después, y en ese momento oí su suave y melancólico llanto que pronto se calló: - Jo… - suspiró y siguió hablando: - Ya nadie quiere jugar desde que vino esa mujer. Mis amigos no se levantan. – secundó después al tiempo que cruzaba sus casi invisibles brazos y daba un sonoro bufido. - ¿Mujer? – me sorprendí: - ¿Qué mujer, pequeño? – dije lanzándole una nueva pregunta, aunque todavía no había respondido a la anterior: - La mujer que teje. – respondió, esta vez sí, el niño: -¿La mujer que teje? ¿Y… sigue aquí? – no me daba cuenta de que él sólo eran un pobre chiquillo que no aceptaba que había muerto, y por ello, seguía atacándole con preguntas: - ¡Claro! – Exclamó él, como si mi pregunta fuera una enorme obviedad: - Ella nunca se va, pero tampoco juega, tiene mucho trabajo preparando la comida. – largué un suspiro tras su respuesta y le hice una última pregunta, al menos se suponía que era la última: - Preparando la comida… - repetí: - Sí, eso he dicho. – sentenció él con tono de suficiencia: - ¿Y qué comida prepara? –. Tras la pregunta se hizo el silencio, y su voz se debilitó: - No lo sé, nunca me responde cuando le pregunto. Dice que le molesto, y que me marche. Aunque debe de ser muy mala, la gente grita cuando ella cocina. – y finalmente, desapareció dejando que, de nuevo, el silencio se adueñase de las calles del lugar.

-La mujer que teje… - repetí una vez más en mi cabeza: - La gente grita cuando ella cocina… ¿Una anciana? – me pregunté a mí mismo mientras que avanzaba, alerta a lo que me dijeran mi olfato y mi vista al faltarme el oído, por el pueblo. Mi voz resonaba en mi cabeza con algo más de fuerza de lo que me gustaría, pero era sólo efecto del silencio sepulcral de las calles del lugar. No sabía hacia dónde ir, y por ello seguía a mi instinto de animal que poco a poco me conducía hacia el centro del pueblo, donde estaba ubicada la plaza de este. Al llegar al final de una larga calle con curvas rectas y estrechas, pude ver el horror total que me sacó de mis pensamientos. Allí, donde los cuerpos de los niños yacían apilados como la basura en las calles, se concentraba el mayor hedor a muerte que jamás hubiera podido notar antes. Era mil veces peor que el que había notado al entrar dentro de la aldea, y por ello no pude evitar vomitar, aunque en esto también influyese la imagen de la terrible mutilación genital múltiple que se encontraba ante mí. La pila de carne y sangre se alzaba más o menos medio metro, aunque puede que un poco más, y sobre ella volaban en completo silencio las moscas cuyos zumbidos eran tragados por la magia del lugar. Allí estaban mis compañeros, el brujo, que estaba parado, al igual que yo, frente a la inmensa montaña de cuerpos. El nigromante, que observaba bajo el yelmo la escena, espada en mano y con el escudo en alza, como si esperase que algo nos atacara. Y, finalmente, el enano, que parecía querer abandonar el lugar. No lo culpaba, yo también lo deseaba. Mientras observaba la escena, noté como algo me golpeaba la espalda con cierta fuerza, como queriendo llamar mi atención, para señalarme con la espada lo que había tallado con el filo de la misma en el suelo: -El pueblo se traga nuestra voz. – Había escrito. Asentí mirándolo y vi como de nuevo garabateaba sobre una fina capa de hielo con la espada: - Eso no es bueno. – ponía en el nuevo mensaje. Asentí con la cabeza una vez más ante su afirmación y tomé mi espada dispuesto a responderle, pero sin embargo una fina voz cortó el aire. Era la de una mujer, adulta a juzgar por su tono agudo, y por sus palabras, parecía divertirle nuestra situación.

-Pobre, pobre Invitado, que has visto aquí lo que jamás esperaste encontrar… - Sin hacer ningún tipo de ruido, ocho patas se mostraron ante nosotros. Patas negras como la noche y que contrastaban, para mi suerte, con el color natural del paraje del lugar. Esas mismas patas sostenían todo el peso de un cuerpo ovalado y del mismo tono azabache que sus articulaciones. Sobre el mismo, adelantado y sólo hasta la mitad, podía verse el cuerpo de una humana, o lo que en su día lo sería, completamente demacrado por el paso del tiempo, mas no de la edad, sino, simplemente, del tiempo. La carne del vientre se le había caído, y a la de los pechos le quedaba poco para seguirla. Su rostro reflejaba la más pura maldad, con ojos negros al igual que su cuerpo pero con reflejos blancos que no eran otra cosa que la luz del sol rebotando de su negrura tras impactar contra ellos. Tras de ella aparecieron dos criaturas, horrores de carne se llamaban según lo que había oído en alguna ocasión durante las misiones, formadas por los restos de los cadáveres que, durante mi paseo, había visto mutilados. Ahí estaban las garras de los canes así como sus colmillos, formando las respectivas garras y fauces de semejantes bestias. Carecían de piernas, pues se desplazaban arrastrándose sobre una cola creada al unirse al menos cinco o seis columnas vertebrales de diferentes tamaños. Sangraban en abundancia, y, a diferencia de a su jefa, sí se las podía escuchar cuando se movían. Era el sonido de los huesos traqueteando. Ninguno portaba armas, sin contar las naturales de cada uno, y parecían centrados en matarnos, en devorarnos con sus inmensas bocas colmilludas y redondas, como las lampreas de los pulpos. El sonido que producían al arrastrarse era, de nuevo, lo único que invadía el aire, pues su jefa no producía ningún tipo de ruido al moverse, lo cual la volvía especialmente peligrosa.

Antes de que pudiera darme cuenta teníamos encima a las dos aberraciones que actuaban como guardianes de la mujer, y, pese a la carencia de armas, parecían dispuestos a enfrentarse a nosotros, que íbamos armados hasta los dientes, para acabar con nuestras vidas. Uno se lanzó a por mí, y rápidamente lo hube de interceptar con la espada para desviar su potente golpe hacia un costado, haciendo que se incrustase por su propia fuerza, mayor incluso que la mía, en una de las tantas montañas de escombros que había a mi espalda. Ahora ya no tenía tiempo de fijarme en los demás, sólo podía prestar atención a mi propio combate que, viendo lo rápido que se había recuperado la criatura, prometía ser intenso.

{Aunque los tres varones que se habían visto sorprendidos por la rápida acometida de los horrores de carne se podrían hacer llamar a sí mismo afortunados, puesto que esas criaturas no eran nada comparadas con lo que se le sobrevenía encima al restante del grupo, ese que había optado por seguir sólo el camino hasta la cueva oscura. Sus pasos lo habían alejado demasiado del grupo, y para cuando se diera cuenta más de diez metros lo separaría de ellos. Sin embargo, no por esto quedaría alejado del fragor de la batalla. Y a él, le tocaría la peor parte. Incluso aunque estuviera atento a cada movimiento, cada acción y cada centímetro del lugar al mismo tiempo, algo lo arrollaría por la espalda, depositando sobre su armadura un peso que, incluso para su titánica fuerza enanil, se vería imposible de soportar. La boca comenzaría a saberle a sangre, y respirar supondría un dolor increíble, dado que una costilla casi le perforaba el pulmón. Vería el suelo manchado con su sangre, la sangre que él mismo había escupido, y cuando fuese girado por unas féminas manos cadavéricas lo vería todo.

Era aquella mujer; La mujer que teje; La mujer araña. Esa misma que parecía la artífice de todo allí y también del silencio en la aldea. Sus fauces se abrieron, pero no como las de los humanos normales, sino en cuatro, como una bestia que poseía un diámetro bucal suficiente como para engullir la cabeza del valeroso hombre de la montaña de un sólo mordisco. De esa misma boca, oscura y hedionda, gotearía la saliva hasta su ojo izquierdo. Terrible. No había otra palabra para describir aquel dolor que en su momento sentiría el enano, mientras que la gota de ácido le perforaba el ojo y lentamente se lo iba descomponiendo. Acababa de perder un ojo, y si no actuaba rápido perdería toda la cabeza, pues la mujer araña ya se acercaba a devorarlo como todo un manjar.}





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Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Vie Dic 23, 2011 11:34 pm

Y entre los huesos los encontraras
Aquellas cuencas vacías que reclaman algo
Reclaman su pasado y un futuro arrebatado
Ahí lo encontraras… entre blancos huesos
Entre sonrisas falsas, entre colmillos y fauces
No importa lo lejos que corras
No importa cuánto te esfuerces
Ella te tomara… y te guardara
¿Acaso es ella o él?… ¿acaso es vida o es muerte?
Eso nadie lo sabe… eso lo desconoce aquel…
Pero sin importar… sin importar lo que viajes
Lo que escales o te internes en la tierra
Siempre estará esperándote… siempre estará esperándote
A ti Invitado… porque tú eres su pieza más preciada
La que culminara su colección…
De huesos y almas… ella te espera
El te anhela… la muerte, el segador, la diosa y el dios…
Aquel y aquella que será el último vestigio en el mundo…
Aquel que temen los dioses… aquella que temen los mortales
La dama de las manos blancas, el caballero de la guadaña…

Christian Chacana 23 de diciembre de 2011

Muerte y oscuridad, sangre y desesperanza, carne y moscas, almas condenadas y atadas a huesos triturados, ojos vacios que miran el cielo opacos, labios que alguna vez besaron, alguna vez sonrieron o rieron … ahora resquebrajados por el frio, oscuros por la muerte y pálidos por que el corazón dejo de latir … recuerdos del pasado que el viento se llevan, pero no de un pasado lejano … ya que el calor se extingue, sus cuerpos yacen fríos sobre la nieve, apilados uno sobre otro, como si aun en muerte hubieran intentado guardar su calor … mas su carne desprendida, su carne cruelmente mutilada cuenta una historia muy diferente, muy lejana a la fantasía que en sueños poetas y bardos cantarían … ¿acaso podrían con sus bellas tonadas demostrar el dolor que ahí existía? ¿Acaso podrían lo que escucharan los instrumentos ver esos ojos opacos y carentes de vida? … la vida es cruel y ni en la muerte hay descanso, no para almas torturadas, no para espíritus encadenados … no importa si eran jóvenes o viejos, asesinos o paladines … quien condenado esta solo gime y aúlla a la luna, por salvación, por plegarias para su eterno descanso.

El aroma a muerte traspasaba aquella mascara de madera, la traspasaba como si fueran flechas, aquello no era lo que molestaban al hombre, tampoco los cadáveres cruelmente mutilados y apilados como carne en despensa … lo que le molestaba eran los gritos, los lamentos y sollozos de aquellas almas y espíritus … muchos se aferraban de sus brazos y piernas, otros le miraban con extrema tristeza, algunos espíritus aquellas que habían sido madre intentaban tomar los pequeños espíritus de sus hijos no natos o bebes … lamentablemente no podían, ya que aun cuando la distancia era corta, sus cuerpos estaban despedazados y el sollozo no dejaba de escucharse, con cada paso podía escucharse la voz del hombre, voz que repetía palabras en forma baja, lenguaje de espíritus, palabras sagradas que intentaban calmar las lagrimas frías de esas esencias y espíritus … más las cosas no se quedaron ahí … y la voz resonó como mil agujas en la piel y carne.

Patas oscuras como la noche, nauseabundas como los devoradores de almas, un cuerpo voluptuoso como un ser obeso y amorfo, un vientre abierto y una sonrisa maliciosa, peor que muchos de los demonios del otro mundo … a veces aquella tierra contenía criaturas peores que las de las pesadillas y aun más crueles que los sueños retorcidos de blasfemos y de corazón carcomido, mas no estaba sola y como dos enormes gusanos se arrastraban por el suelo, por la nieve que se teñía de carmesí, gota a gota teñían la pura superficie tanto con carne y huesos, como con sangre y fluidos, sus garras se incrustaban en la nieve, manchándola, sus fauces abiertas llenas de colmillos y una larga lengua, sus ojos aprecian consumidos, pero si su mirada se posaba en ti, uno podría sentir que la sangre se helaba por aquella horrible mirada.

El viento soplaba con fuerza cuando aquellas abominaciones se lanzaron contra los dos hombres, del enano y el humano no había señal, quizás estaban luchando contra sus propios enemigos, mas el anciano no tenía tiempo para pensar en ello y la razón era obvia, cada instante en ese lugar era una prueba de su ancestro, Enki le probaba y a la vez le encomendaba esa misión, la criatura levanto su mano, como si fueran cuchillas y la dejo caer contra el rostro del brujo, este haciendo uso de sus fuerzas pudo evitar el golpe de sus garras, mas no todo el daño, ya que en una fracción de segundo sintió como su mascara sufría daños, aquellas garras apenas la habían rozado, pero sus garras ahora estaban profundamente marcadas en la dura madera, ¿Qué efectos tendría en la carne? El brujo no estaba dispuesto a investigarlo y mientras la criatura nuevamente se abalanzaba contra el anciano, este comenzó a retroceder, mientras la criatura con furia y desesperación daba golpes entre el aire y la nieve, de reojo el hombre vio una construcción a medio derrumbar, con cuerpos en sus muros y sangre en su piso, como pudo el hombre corrió hacia ella, no por miedo, si no para alejarse algo de esas garras antes de que fuera muy tarde, al criatura intentaba asesinarle, devorarle y destriparle, y el anciano no estaba mucho mejor, ya que sus pies descalzos habían aguantado la nieve … pero aquel continuo mover había hecho que comenzaran a doler … la criatura tampoco la pasaba muy bien, ya que su voluptuoso cuerpo se resbalaba con el hielo y en un giro para entrar en aquella construcción se deslizo dando de golpe con un poste de cerámica que había a medio cubrir por la nieve, la criatura rápidamente se levanto, mientras el hombre tomaba algo de aliento dentro de las ruinas, rápidamente se aferro de su bastón, el cual era su mejor arma, y con algunas palabras el sonido de las langostas fue más que notorio, suficiente como para que la abominación se lanzara contra el muro y este sin soportar la embestida se derrumbara, dejando frente a frente al brujo y a la abominación.

Las calaveras abrieron sus quijadas, mientras que de ellas una nube de langostas buscaban su objetivo, que no era otro que los ojos de la criatura, quizás no podrían hacer mucho daño, pero si evitarían que pudiera ver, la nube espesa de pequeñas criaturas revoloteaban frente a los ojos de esa abominación, mientras que el brujo llevaba su mano hasta su cinto y sacaba uno de sus hongos … nuevamente hizo el mismo procedimiento, masticándolo y humedeciéndolo con su propia saliva, para tragar aquel pedazo correoso de hongo, los efectos lentamente se notaron, especialmente por la cantidad ingerida y la desesperación que a la vez se podía notar en el cuerpo del hombre.

El bastón se levanto para dar un certero golpe en la cabeza, mas el anciano no se había percatado de la cola y como un látigo golpeo este haciéndolo volar hasta golpear uno de los muros, la cola se movía de lado a lado y apretando los dientes el hombre no tubo más remedio que sujetar su mayal, aquel plan que había usado con las antiguas bestias anteriores no resultaría sin su bastón, por lo que protegiéndose con su escudo intento dar un golpe con su mayal, quizás Enki en esa ocasión el sonreía o quizás era únicamente suerte, pero la cabeza del mayal dio contra aquella cola hecha de vertebras y con la fuerza del golpe logro quebrarla, y cortar un trozo de esta, las garras de la criatura comenzaron a golpear las langostas, con furia y desesperación, con rabia y frustración, mientras que un grito salía de sus fauces, los pequeños insectos caían uno tras otros, desapareciendo antes de que tocaran el suelo, mas cuando el ser pudo ver al hombre este había dejado de lado su escudo y sujetado con ambas manos el mayal, la criatura intento evitar el golpe, pero no fue lo suficientemente rápida y con toda la fuerza, la cabella del mayal se incrusto en el cráneo del ser, el sonido de huesos rotos y carne cortándose fue más que obvio y aun mas cuando el cuello no soporto el golpe y la cabeza se desprendió del cuerpo, no sin antes que el hombre pudiera ver como la carne se desgarraba y la sangre fluyera como un torrente oscuro, el cuerpo cayo, mientras la sangre burbujeaba al pasar por la garganta, una respiración agitada era lo único que se podía escuchar, mientras vapor salían de los arrugados labios del hombre, lentamente retrocedió, sin dejar de observar a la criatura, no confiaba que se quedara muerta mucho tiempo o que incluso estuviera muerta, de cualquier manera tomo su escudo, siempre teniéndolo por delante de él, mientras hacia un semi círculo alrededor de la bestia y tomaba su bastón, en aquel momento escucho el sonido de huesos, la cola de ese ser se movía, aun cuando estaba dañada, de un salto el anciano pudo salir de las ruinas, antes que la cola golpear el ya débil muro y toda la construcción se viniera debajo de este , sepultándolo.
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Re: El paso secreto

Mensaje por Gunrak Martilloferoz el Sáb Dic 24, 2011 6:07 pm

Me iba acercando a la cueva lentamente, cada paso que daba la tenía más cerca, cada paso me acercaba más a alguna posible respuesta de todas las preguntas que tenia, solo falta un poco para despejar la densa bruma de la duda que sembraba mi mente, pero sin embargo esos pasos que me quedaban se vieron interrumpidos cuando de repente escuche la chillona voz de una mujer pronunciando mi nombre, y antes de que me pudiera darme vuelta sentí como me arrollaban y me aplastaban, sentí una gran cantidad de peso sobre mi, sentí como algunas costillas se me rompían, sentí el dulce sabor de mi sangre en mi propia boca, un sabor que no había probado desde hace mucho tiempo.

Después de la terrible acometida de la criatura desconocida, ella me dio la vuelta y la pude observar, era una mujer, al menos solo la parte de arriba pues en vez de piernas tenia un pesado tórax arácnido con sus ocho patas, era una de las criaturas más repugnantes que había visto en mi vida, no solo por el hecho que tuviera una parte arácnida, criaturas a las que yo despreciaba, sino por el hecho de que a la parte femenina del monstruo se le caía la carne debido casi podrida.

Cuando la mujer-araña abrió la mandíbula en cuatro, su “saliva” por así decirlo cayo sobre mi ojo produciéndome un dolor insoportable, el acido corroía mi ojo poco a poco, parte por parte, hasta llegar a consumírmelo entero, cada segundo yo sufría un dolor agónico, no solo por la quemadura del acido, y el hecho de que me estaba quedando sin ojo, sino también por la terrible acometida que sufrí, tenia mmi cuerpo destrozado y casi no podía respirar, tenia suerte de no haberme desmayado todavía, o al menos eso pensé hasta que descubrí que intentaba devorarme, cada vez estaba más cerca de su terrible boca, casi preferiría haberme desmayado para no tener que sufrir el dolor del acido quemándome ¿Aquel seria mi final?¿Moriría en aquel desolado lugar

¡NO! No podía rendirme ahora, me había jurado que vengaría a mis compatriotas enanos, y yo no podía incumplir esa promesa, faltaría a mi honor, al honor que tanto valoraba y que lo ponía por encima de todo. No iba a morir allí, no iba dejar que esa criatura me matara, el dolor que sufrí debido al esputo de la saliva acida me saco de mi parálisis de miedo producida por la visión de la mujer araña, y gracias a el pude reaccionar.

Con un gran esfuerzo pude desenvainar mi espada, el sonido al desenvainar la espada no fue un sonido normal y corriente de siempre, fue un sonido que clamaba venganza, el sol se reflejaba sobre la hoja fuera de su funda, y la espada se clavo con furia en el abdomen de la mujer.
El ácido caía al suelo resbalando lentamente sobre la hoja de acero intentando corroerla, produciendo humo al chocar contra la nieve, aquella aberración soltó un grito de dolor que desgarro el aire, dejándome caer al suelo y desapareciendo ante mis ojos, o más bien ante mi ojo, el ojo que me quedaba el cual estaba cruzado por una fea cicatriz producida en alguna batalla muy anterior a esta.

Me levante con un gran esfuerzo, me costaba respirar cada vez más, pero todavía no podía relajarme, no podía haber sido tan sencillo acabar con una criatura así, cogí mi escudo y empuñe mi lanza preparándome para lo peor, luchando a la defensiva. De pronto la mujer araña volvió aparecer intentando cargar contra mi pero yo tenia mi lanza preparada y cuando se acercó lo suficiente intente clavársela pero antes de que la punta atravesara su carne volvió a desaparecer delante de mis ojos.
La acción se volvió a repetir una y otra vez, cada golpe que le daba desaparecía, así no podía ganar, no aguantaría, mucho más. La carga de antes había sido brutal, me había roto algunas costillas y aplastado la espalda, mi cuerpo estaba demasiado lastimado como para seguir así durante mucho rato.

Lo único que podía hacer era aguantar, resistir cada golpe que me diera, no rendirme hasta que mis compañeros vinieran, eran mi única oportunidad de sobrevivir, y yo tenia muy claro que no iba a morir aquí, que esa asquerosa mujer no lo iba a matar y que lo iba a pagar caro por lo que había hecho al pueblo.
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Re: El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Dom Dic 25, 2011 2:50 pm

Los golpes caían como los copos de nieve que se arremolinaban a nuestro alrededor. Cada patada, cada puñetazo y cada corte con la espada era un nuevo fallo por mi parte, mientras que los golpes de sus manos, convertidas en filosas espadas de hueso, cada embestida de su pesado cuerpo, y cada golpe de su cola no eran sino aciertos en mi cuerpo que era vapuleado de uno a otro lado constantemente. Había perdido la cuenta de los golpes que llevaba recibidos, de los cortes que se me habían abierto bajo la chaqueta, sólo sabía que mi sangre empezaba a hervir, y eso, no era bueno. La aberración gritaba, como proclamándose ganadora, mientras que las risas de la araña se propagaban por mi cabeza igual que el fuego por la paja mojada en alcohol. Aquello empezaba a ser insoportable para mí, pero no para la bestia, que, furiosa, se agitaba en mi interior deseosa de salir, pero no, debía controlarla, domarla una vez más, pues yo no era un animal, era una persona y eso me lo había enseñado Aerith. Haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad, blandí una vez más la espada en contra de aquella cola de hueso que ahora iba al encuentro de esta, pero esta vez no dejé que el duro hueso, que era capaz de resistir los embistes de la hoja de mithril reforzada, entrechocara con el metal de color azabache, sino que cuando se iban a dar cita en el aire, hice desaparecer la espada de mis manos pronunciando su nombre, dejando que el fuego fatuo inundara el aire para sorpresa de la bestia. La cola se estrelló contra el suelo, y de este saltaron esquirlas de hueso y nieve, así como fragmentos pequeños de rocas que se habían quebrado, su fuerza era terrible. Con rapidez, cerré mi mano en un puño y dirigí este hasta su pecho, el cual atravesé sin problema alguno hasta encontrar su corazón. Mis dedos se cerraron en torno al latiente músculo, haciéndole difíciles los latidos, dificultándole cada movimiento y convirtiendo la vida, o no-vida mejor dicho, de aquella criatura en un tormento que no acababa sino de empezar. Su cola se desclavó del níveo suelo cubierto con mi sangre y la suya, y una vez más se alzó para intentar cortarme, esta vez el cuello, sin embargo mi mano fue más rápida, y, con algo de dificultad, logré detenerla con mi siniestra dejándola a escasa distancia de mi cuello. Una nueva sonrisa se dibujó en mi fino y joven rostro mientras que, de nuevo, invocaba le nombre del arma con suavidad, retirando entonces la mano del corazón de la criatura.

Su cara de dolor fue indescriptible en ese instante en el que sintió el metal reaparecer rápidamente dentro de su cuerpo, más concretamente de su corazón, y más cuando saqué este del pecho con fuerza cortando dicho músculo en dos y dejando que su cuerpo golpeara el suelo con todo su peso. La criatura cayó, y yo me hice con la cuchilla de su cola antes de que desapareciera por completo, era un arma que me podía resultar útil en otro momento. Una vez hube acabado con la dichosa criatura, me giré rápidamente para ver a mis compañeros, que en el terreno blanco y negro no era difícil distinguirlos, ni a ellos, ni a sus gritos. El brujo acababa de terminar sin ayuda del nigromante con su propio enemigo, el cual ahora descansaba bajo un montón de escombros convertido en una masa sanguinolenta. La respiración del anciano parecía trabajosa, puede que por su edad o por el esfuerzo, o tal vez por la suma de ambas, pero aun así se mantenía sin demasiado problema en pie, observando al igual que el nigromante como el enano se rebatía a palos con la mujer araña, que se tomaba el combate como un juego, evadiendo cada asalto del enano y apareciendo a su espalda para golpearlo no demasiado fuerte. Para ella era un juguete, y todos allí lo sabíamos, pero aun así había que intentar algo. Rápidamente, corrí hacia la posición más cercana que pude del enano y me coloqué a su lado espada en mano, sosteniendo la acerada en una inclinación de cuarenta y cinco grados respecto a mi cabeza y con ambas manos, de tal modo que pudiera dar los golpes con toda la fuerza de mis brazos. Mis piernas estaban flexionadas para poder saltar en cualquier momento, para así evadir un posible golpe, mientras que mis brazos estaban también semiflexionados para actuar a modo de resorte, pudiendo así golpear rápida y eficazmente. Me permití mirar de manera fugaz al enano, que por lo que pude ver no había tenido la mejor de sus suertes, pues en una de sus cuencas oculares ahora faltaba algo; El ojo. Una lágrima de color claro discurría por su mejilla izquierda, dejando tras de sí un rastro de piel quemada que el hombre de la montaña no parecía ni notar, sin duda era envidiable su resistencia.

Un rápido golpe me sacó de mis pensamientos sobre la grandeza de aquel robusto pero pequeño hombrecito. Había sido un puñetazo en mis ya maltrechas costillas, y para cuando me giré, descargando el primero de lo que tenía que ser una serie de golpes, no acerté a nada, sólo vi desaparecer una sombra que al momento reapareció de nuevo delante de mí, golpeándome con fuerza el pecho para hacerme retroceder soltando el aire de golpe, esputando una vez más mi negra sangre –que aunque en realidad era roja yo percibía como azabache-. Era ya la tercera vez en ese día en la cual, mi cuerpo se convertía en un saco de arena que golpeaban y aporreaban con fuerza como si no fuera más que eso, un simple trozo de esparto cargado de arena y que se usaba para entrenar. Con un fuerte grito, me lancé hacia la posición de la mujer araña y espada en mano busqué cortarla por la mitad, sin éxito alguno, aunque su carne sí quedó herida por mi amiga de metal, que se manchó con su sangre del color de la noche, quedando disimulada a la perfección al ser del mismo color que la cuchilla. Su grito se pudo escuchar a la perfección, y con él el sonido de los cristales al partirse, cientos, miles de ellos que estallaban al mismo tiempo ensordeciéndome y dificultándome incluso, incluso, el hecho de esta en pie. De nuevo un rugido por mi parte cortó el aire al mismo tiempo que la voz del nigromante que tanto llevaba sin escuchar: -¡No te transformes aún! – Ordenó, al mismo tiempo que con su espada buscaba hacia donde enfocar su magia: - ¡Gunrak, deja tu lanza sobre algún lugar, fija. Noctis, colócate a espaldas de Gunrak y deja tu espada como la tenías al principio! – Añadió después, con el mismo tono seco y tajante que aquel hombre usaba para dar las órdenes, como si fuéramos simples soldados bajo su mando. El enano no sé si le hizo caso, pero yo sí, y mi coloqué de espaldas a este sosteniendo de nuevo la espada en cuarenta y cinco y con las piernas y brazos flexionados, como un resorte: -¡Tenebrae vos consumit! – Vociferó el hombre, y ese mismo instante se materializó la mujer, justo delante de mí y dándome tiempo a darle un fuerte corte que le cercenó un brazo. Su grito sesgó el aire como nunca antes, con tal ferocidad que me obligó a soltar la espada para cubrirme las orejas, verdaderamente afectado por aquella serenata de voces que ahora tenía lugar dentro de mi cráneo.

La voz del humano de nuevo repitió aquella frase en el idioma de la magia, y una vez más escuché el seco sonido del acero hincarse en la carne ¿Habría sido el enano? ¿Habría mantenido la posición? No lo sabía, podía, dado que no me podía girar: - ¡Tenebrae vos consumit! – Añadió una vez más, y esta vez ese grito fue seguido por un grito guerra con el cual se lanzó sobre el cuerpo de la arácnida mujer con todo su peso. Pude escuchar con mayor claridad, gracias a que los gritos poco a poco se apagaban, el sonido de los huesos partirse y el dela carne al se atravesada por el acero de aquella espada negra que portaba el hombre de la armadura del mismo color. Al levantarme, lo que vi no fue otra cosa que aquella mujer, agonizando a mi costado derecho, mientras que el humano le hendía hasta seis veces la espada en el vientre para rematarla. Sin embargo, no murió sin antes dejarnos un último mensaje: -¡Razgriz salve a mi ama, Razgriz salve a mi señora. Vosotros, que no sois más que alimañas enviadas por la hija de una puta y un marinero borracho, jamás conoceréis la grandeza de mi señora. He caído yo, un simple peón en el juego de los dioses, pero sabed que no era más que la primera de las piezas que os esperan en vuestro camino! ¡Malditos seáis por vuestras vidas! ¡Que la desgracia sea vuestro camino y el mal vuestro asesino! – Y con estas últimas palabras perdió la vida, agonizando en el suelo, sufriendo fuertes convulsiones cuando su helada sangre se le subió a la cabeza, reventándole finalmente esta y esparciendo sus sesos por todo el terreno. El nigromante sacó su espada de aquella masa de carne negra y peluda y la limpió en la misma mientras que retrocedía unos pasos, todavía en guardia al igual que todos, mirando que no hubiera nada más. Pasaron unos minutos hasta que decidimos bajar la guardia, y en ese momento cada uno aprovechó para revisar su propio estado mientras el nigromante hablaba como si ya supiera lo que iba a ocurrir, envainando la espada pero manteniendo la mano derecha en la empuñadura de esta, listo para cualquier cosa: - No sé quién será su ama o su señora, pero lo que sí sé es que lleva razón. En este pueblo siento el mal, está cerca, pero no sé por donde hay que ir. Sin embargo, os aseguro que si ha dicho que era la primera es porque habrá muchos más por detrás de ella, más fuertes y con más sed de sangre. Hay que ir con cuidado a partir de aquí, uno de nosotros ya ha perdido un ojo, no quiero que nadie más pierda nada ¿Entendido? – Preguntó, al final de todo su pequeño discurso. Ante sus palabras no hice más que asentir, comprobando el estado de mis heridas. La mayoría, gracias a la chaqueta de grueso cuero, no eran más que arañazos que ya empezaban a cerrarse, todavía supurando la infecta sangre que mi cuerpo rechazaba. Otras eran algo más graves, sobre todo en las costillas, donde la bestia había intentando hasta dos veces hendirme su asquerosa cola, cuya punta ahora portaba yo en el cinto de mi ropa, de tal modo que parecía una daga ósea.

Tal y como había dicho el nigromante, el mal en ese pueblo era palpable, incluso yo lo notaban pese a mi repulsión natural a la magia, y es que la concentración de esta era tan intensa que me parecía poder olerla, notar su fragancia a dulce pero a la vez amarga putrefacción. Ese aroma intensamente penetrante que acudía a mí como si buscase un lugar donde acomodarse y mis fosas nasales le sirvieran para eso. Me traía los recuerdos de los cuerpos muertos que todavía yacían tras nosotros, las imágenes de los cadáveres mutilados y de los perros crucificados, escenas de dolor que hacían que mi corazón se helase, y con ello la sangre que repartía por mi cuerpo. Ahora estaba, en parte, perdido, pues no sabía a donde ir, no sabía que teníamos que hacer ni que rumbo tomar. Ante nosotros se abrían ahora tres posibilidades. Una era buscar el origen de ese mal por el pueblo, donde parecía estar. Se podía notar en el aire que estaba lejos pero a la vez cerca ¿Dónde? Ni idea, eso tendríamos que buscarlo de algún modo. La siguiente, no mucho mejor que la primera, era abastecernos de lo poco que hubiera en el lugar y seguir nuestro camino hacia el norte, hacia lo desconocido y también lo peligroso ¿pero qué no lo era en ese lugar? Y la tercera y última, era buscar ayuda por el pueblo, tal vez algún refugio, alguna casa que la mujer araña hubiera pasado por alto, algo… ¿Sería posible?

{Las opciones que se presentaban, todas, tenían un riesgo considerable, pero sin embargo no parecía haber más camino que ese, a menos, claro estaba, que el brujo hablase. ¿Por qué él? Se puede preguntar uno. Porque de nuevo su función de ayudar a los espíritus se veía requerida en esa situación. Durante los minutos que durase el combate entre sus compañeros y la mujer-araña, ante él se presenciaría un espíritu. Se trataría de una niña, no demasiado mayor, de unos catorce años. Parecía ser alta para su edad, con casi un metro setenta. Vestiría únicamente una túnica de color lechoso que la cubriría entera, a excepción de la cabeza, cuyos cabellos finos y plateados caerían por su fino rostro joven, que pese a conocer su condición de fallecida mantenía una sonrisa amable, cálida y que casi parecía estar viva, mostrando los dientes más blancos que el azulado cuerpo. Su figura, cubierta por lo ya mencionado, mostraría los rasgos de la pubertad en ella, que no eran otros que un pecho en desarrollo y unas caderas ensanchadas, pero sin embargo también había algo que no era tan normal en las niñas, no se trataría ni más ni menos que su barriga, engordada y no precisamente de grasa. En efecto, el brujo podía ver el estado de embarazo de la joven, que sostenía su tripa con una mano, como acariciando el feto a través de la gruesa piel del estómago. Su mirada, al igual que su sonrisa, era calmada y sosegada, sabiendo cual era su misión en ese lugar, conociendo para qué había sido enviada a ese lugar. Sus finos labios purpúreos se separarían únicamente una vez pronunciando una frase: - Buscad en el agua de los recuerdos. – Y, tras decir esto, alargaría su mano hacia el brujo con intención te tocar su negra y curtida mano.

Si este se dejaba, vería algo extraño. Se vería a él mismo, y a sus compañeros, dentro de una enorme cueva con más de diez metros de altura, una galería excavada en la roca misma, reluciente por una luz que no había modo de saber de donde provenía. En el hielo que se acumulaba en las paredes se reflejaba esa misma luz, pero no de forma caótica como cualquiera hubiera esperado, sino enfocada hacia un lugar, apuntando hacia cuatro huecos en las paredes… Pero allí no acababa lo extraño ¿Qué hubieran tenido de inusuales las cuatro aberturas en la vieja roca helada? Nada, de no ser por sus peculiares formas, las formas de los cuerpos de los cuatro aventureros, talladas al milímetro, diseñadas para ellos, incluso con el hueco para las armas y sus pertenencias. En la posición en la que estaban excavadas en la roca, debían avanzar con las piernas separadas y las manos extendidas, siendo imposible que entrasen con sus armas, y también que las alcanzaran a medio camino. Al deshacerse el contacto con la niña fantasma, esta se quedaría mirando al brujo, señalándole el pozo a través de las casas, las cuales parecían hechas de humo para sus ojos, y también para las del espiritista, que vería con total claridad aquella cavidad, repleta de cadáveres, excavada en la tierra y con un pequeño muro que servía para apoyarse. Era lo que antaño había sido el pozo del pueblo, el cual, ahora, parecía ser una salida más para el grupo ¿Contaría aquello el brujo o se lo guardaría para sí? ¿Qué consecuencias tendría cada cosa? Eso, era algo que sólo se podría saber cuando tomase una elección. Mas debía recordar: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.}






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Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Mar Dic 27, 2011 11:30 pm

El horror se puede presentar en miles de formas
Algunas más naturales que otras
¿Pero quién puede definir el horror?
¿Quién puede darle una única forma?
Algo que todos teman
No importa si es hombre o mujer
Anciano u niño
El horror puede ser tan simple como la gota de sangre
O como un ejército aproximándose a las puertas de la ciudad
No importa la apariencia de este…
Ya que siempre está ahí, mirándonos
Vigilándonos y esperando que dejemos libre su camino
Para sonreírnos y dejar que el horror nos cubra y consuma.

Christian Chacana 27 de diciembre de 2011
Las cosas no siempre pueden ser lo que uno cree, el destino es cruel y la suerte lo es aun mas … el lanzar una moneda no siempre es lo mejor, confiar en los instintos solamente es dejar la vida en el azar … sucede lo mismo con el corazón, latiendo sin parar aun cuando desconoce que el cuerpo sufre, latiendo aun cuando está roto y frio, tiembla de un miedo que desconoce, se esfuerza por algo que no puede sentir … ya que a diferencia de muchas cosas … el corazón no siente, no vive más que para bombear sangre y aun los fríos cadáveres pueden tener un corazón que intenta latir y ya no tiene las fuerzas para lograrlo.

La nieve caía como frías dagas desde el cielo, desde donde las lagrimas de los dioses eran derramadas por la pérdida de sus hijos, mas el brujo murmuraba palabras, incomprensibles para muchos, dolorosas para otros, pero eran palabras sagradas, antiguas y poderosas, como un verso que el oráculo recitaba, previniendo al emperador de la traición, alentándolo en la batalla o revelándole su futuro, el brujo movía sus labios, gruesos y partidos por el frio, por la edad y el tiempo que en su cuerpo pasaba, quizás no tenía la misma fortaleza que el enano, la misma juventud del conde, e incluso el vigor del joven licántropo, pero el poseía algo que lo diferenciaba de ellos, no era su edad, no era la sabiduría o incluso su conexión con los espíritus, era algo mucho más simple … su humanidad, sería raro hablar de humanidad entre dos hombres, pero si uno pudiera ver como el camino de ambos se a bifurcado, se ha dividido en cientos o miles de posibilidades, podría ver los actos en cada cruce, en cada giro, ver que a cuál ha sido el cambio, cual ha sido el coste para llegar a ese punto, solo en aquel momento se podría decir quien posee más humanidad en su interior.

La lucha se escuchaba a lo lejos, mientras el anciano intentaba tomar aire, su cuerpo no era el de un gran guerrero, si no el de un líder espiritual, era natural su cansancio, aun sin tener que levantar aquellas pesadas espadas o gruesas armaduras, mas en sus hombros llevaba una carga muy superior, infinitamente más pesada que lo que ellos podrían imaginar, llevaba consigo la responsabilidad que le había dado el gran Enki, tenía en sus manos el deber con aquellas almas que vagaban entre las rocas caídas y los lamentos que profesaban, era un hombre, como cualquier otro, pero también era el lazo entre ambos mundos, mientras el anciano se levantaba de la nieve un espíritu se le presento, una pequeña niña, joven de edad pero en sus ojos mostraba una gran paz, y una gran responsabilidad, sus manos acariciaban su vientre abultado, esperaba una nueva vida, aunque ahora solo era un espíritu y aquella vida jamás podría ver con sus ojos el sol o llenar su pecho del aire, con tranquilidad le sonrió, mientras sus labios únicamente se separaban para pronunciar una simple frase.

- Buscad en el agua de los recuerdos.

Con pasos lentos se acerco al anciano, mientras este sin temor se quitaba su máscara tribal y dejaba su rostro marcado por los años relucir contra al blanca nieve, la muchacha apenas rozo la oscura piel, mientras varias visiones en la mente del hombre se agolpaban, uniéndose en un gran mosaico de colores y recuerdos, pero no solo de estos, sino también de pequeñas hebras del futuro … pero de un futuro que aun no sucedía y que aun no estaba escrito en la piedra, si no que era una posibilidad, un lanzamiento de moneda, la alta caverna, iluminada por el hielo eterno, las paredes de roca inexpugnables, que guardaban sus secretos en lo más profundo de su interior, y ahí … algo de lo mas imposible pero tan real como la nieve que caía en el rostro del hombre, cuatro simples agujeros … pero de simples no tenían nada, ya que esculpidos en la misma roca se encontraban sus siluetas, detalladas hasta el último milímetro de sus anatomías, ahí estaban, como aguardando ser llenados por algo, el anciano intento ver lo que había dentro, pero antes de poder fue devuelto a la realidad, el espíritu sonreía apuntando hacia la lejanía, donde casas y cadáveres parecían transparentes y lo único que se podía ver era la entrada de un foso, un viejo foso que en antaño daba aquel elixir vital a los habitantes de ese lugar, ahora solo habían cadáveres sobre él, como si todo fuera un recuerdo el espíritu desapareció, siendo llevado por el viento a ojos del espiritista, mas este conocía algo ya, algo que debían de conocer sus compañeros.

Camino los metros que el separaban, mientras atacaba la máscara a su cabeza con fuerza, el cuerpo de aquella criatura escurría sangre negra, al cual contrastaba con lo blanco de la nieve, uno a uno vio a sus compañeros, viendo que el enano era quien más herido estaba, con tranquilidad llevo su mano hasta su cinto y saco un hongo, aunque lo partió en pequeños trozos, tomando dos de estos y acercándoselos al enano para que los comiera.

-Ayudaran a calmar el dolor, y a tranquilizar el corazón, son buenos para el espíritu, mastica y traga, te sentirás mejor hombre de roca* mientras miraba a los demás* joven espíritu hablarme … decirme a donde debemos de seguir, mas la decisión es de todos no mía, cerca haber un pozo, bajo cadáveres y gritos en pena, por el llegar a caverna con roca y hielo, en paredes haber agujeros, ahí haber algo … no se que haber tras agujeros, pero espíritu sonreír, confiar en nosotros, yo confiar en espíritu, pero decisión recaer en ustedes, yo solo ser brujo de Enki, ustedes ser guerreros de él*dijo antes de hacer crujir su espalda al estirarla levemente*-

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Re: El paso secreto

Mensaje por Gunrak Martilloferoz el Miér Dic 28, 2011 9:05 pm

La criatura jugaba con migo, se reía de mi golpeándome una y otra vez para desaparecer antes de que mi lanza le atravesara, podía matarme en cualquier momento debido a mi estado, pero no, me golpeaba humillándome, como si fuera una muñeca de trapo que pudiera manejar como quisiera. Una y otra vez se repetía lo mismo siempre con esa misma sistemática, reciba un golpe, intentaba contratacar y la mujer desaparecía, era una pesadilla pero antes de que tirara la toalla finalmente uno de mis acompañantes acudió en mi ayuda, por fin había venido a ayudarme, era un enano que valoraba el honor, pero yo sabia reconocer cuando necesitaba ayuda y este era un momento de esos, así que me alegre al ver aparecer a Noctis aunque empezó a sufrir los mismo asaltos que yo, le golpeaba y antes de que le tocaran desaparecía.

¿Acaso ese monstruo era inmortal?¿No se le podía matar?, cada vez esta más seguro de la respuesta de estas dos preguntas era sí, hasta que escuche al otro hombre, el de la armadura, el que decía que se llamaba Khaelos, nos dijo que mantuviéramos la posición, decidí hacerle caso ¿Qué mas podía hacer aparte de eso? Simplemente espere, haciendo caso al hombre de la armadura oscura, cuando le oí decir algo que no comprendí seguido de un aullido de dolor de la mujer-araña ¿Acaso la habían matado, como la habían golpeado? No tuve tiempo de pensarlo ya que Khaelos grito de nuevo las misma palabras y la criatura apareció delante de mi, pero esta vez era diferente, esta vez no tenia brazo y le manaba sangre de la extremidad cercenada, era mi oportunidad, mi oportunidad de atacar y vengarme por lo que me había hecho, con toda mi ira golpee con mi lanza a la altura de las patas arácnidas de tal forma que de la fuerza del golpe las dos primeras patas se quebraron, la lanza las atravesó limpiamente, dejándolas colgando de un hilo, totalmente inservibles.

Finalmente escuche como gritaba otra vez Khaelos, y esta vez la mujer murió, aquel hombre la había matado, o la estaba matando todavía clavándole la espada con saña, ese hombre nos había salvado, si no hubiera estado el seguramente ya estaría muerto, se había ganado mi confianza.
Antes de morir la aberración arácnida nos dejo un mensaje, al parecer tenia una maestra, y por lo que dijo micho más poderosa que ella, y tras decir esto murió de una manera sangrienta, debido que le estallo la cabeza por la presión de la sangre.

Después de esa sádica escena y de escuchar a Khaelos, vi como el hombre la mascara se acercaba y nos observaba, al verme se acercó a mi y me dio algo que dijo que era para calmar el dolor, que lo masticara y lo tragara, y tal como dijo lo hice y al hacerlo el dolor se hizo más leve, todavía dolía pero ahora me encontraba mejor, y después de dármelo dijo que un espirito le había hablado y le dijo que había una cueva bajo el pozo cerca del monton de cadáveres.

-Tenemos que encontrar el mas de este sitio, ¿No?, podemos ir a ese sitio o también podemos ir a una cueva que había visto antes de que nos atacaran, a mi personalmente, me es indiferente donde vayamos, seguro que en cualquier de los dos sitios algo nos esta esperando y tendremos que prepararnos para hacerle frente.
Tras este discurso me quite el casco y me pase la mano protegida con el férreo guantelete por donde antes había estado mi ojo para quitarme los restos de acido que me quemaban poco a poco, tras esto me lo puse de nuevo y le eche un trago a mi odre con el movimiento casi inconsciente de siempre.
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Gunrak Martilloferoz

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Re: El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Sáb Dic 31, 2011 9:48 am

Al poco de acabar las palabras del nigromante se escuchó una segunda voz que también tenía tiempo sin oír, la del chamán del grupo, si es que se le podía llamar así. Aquel hombre de piel oscura y rostro anciano que sólo había alcanzado a ver una vez, pues la mayoría del tiempo se lo cubría con su máscara tribal. Sus pasos sobre la nieve eran extraños, sonaban diferente s los nuestros, dado que iba descalzo pese al frío, pero no sólo era eso, eran más calmados y más sabios, los pasos que sólo un hombre anciano y con toda una vida escrita puede dar. Sus palabras también sonaban, además de extrañas, sabias y cargadas de razón. Decía que había hablado con los espíritus, con un joven en concreto, y que este le había indicado que bajáramos por el pozo para encontrar algo, agujeros en la pared y tras ellos… algo ¿Pero qué? No tenía ni la menor idea, aunque tampoco teníamos un plan mejor, al menos no hasta que habló el enano, también sugiriendo un camino. Por su parte, el rechoncho y ahora tuerto habitante de las minas sugirió que fuéramos de nuevo en dirección al norte, hacia una cueva que decía haber visto. Durante unos minutos todos permanecimos en silencio, meditando las posibles soluciones a aquello, hasta que el nigromante, de nuevo tomando el mando del grupo, habló: - Bajaremos por el pozo. – cercioró – Ahora recuerdo este pueblo; Nibelhiëm, es parte del territorio colonial de Zakesh, aunque fue invadido por el imperio hará ya algunos años. ¿Recuerdas los no-muertos a los que te enfrentaste antes, Gunrak? Eran parte de la infantería imperial, caracterizada por tener más defensa que una puta tortuga de acero. No sabría decirlo a ciencia cierta, pero se dice que uno de los altos cargos imperiales hizo un trato con algo que no es de este mundo a cambio de poder para subyugar a este pueblo y a todos los que encontrase en su camino. El resultado… aquí lo tenéis. Muerte y devastación, lo único que esos hijos de perra de saben llevar allí donde van. Hará unos años fui destinado aquí de patrulla con mi hermana y mi mejor amigo, que en paz descanse, así que conozco este terreno y te puedo asegurar que no hay ninguna cueva en al menos doscientos kilómetros a la redonda, es posible que algún hechizo te engañase, Gunrak, pues aunque los enanos rechazáis la magia la de aquí es demasiado poderosa como para poder ignorarla. – hizo una pausa para tomar aire y continuó – Mientras estaba aquí destinado, pude ver como varios miembros de una expedición arqueológica se metían por aquel pozo seco y nunca regresaban. En efecto, lleva años vacío. Es nuestra mejor y única opción, así que vamos, recoged lo que podáis de las casas y seguidme. – sentenció, finalmente y dándose la vuelta para empezar a buscar por las casas más cercanas.

No rechisté ante sus palabras, pues era también un hombre sabio y que, por lo que narraba, tenía ya varias aventuras a sus espaldas. Yo también tenía las mías, pero era con diferencia el más joven del grupo y todavía me quedaba mucho por aprender, sí, era capaz de entender eso aunque tuviera una mentalidad suicida, y es que no hacía falta ser un genio ni tampoco una persona cauta para darse cuenta de aquello. Como los demás, o al menos como el nigromante, recolecté lo que pude de entre los destrozados comercios. Las cajas, en algunos casos repletas de gusanos, que se disponían en filas y columnas al lado de las puertas de los comercios que en su día fueron aquellas casas se encontraban llenas de comida: Frutas, hortalizas y, en menor medida, carne, una carne que olía mal y pasada, a diferencia de las frutas que parecían estar sanas. No me hacía gracia ninguna la idea de tener que alimentarme de peras y manzanas hasta la saciedad, eran demasiado dulces para mi gusto y no me agradaban en absoluto, pero por si se me agotaban las provisiones agarré unas cuantas. Tras esto, descansamos otro par de minutos y emprendimos el camino guiados por el brujo a través de las calles. De nuevo aquellas escenas se mostraban en blanco y negro ante mis ojos; La sangre bañaba las casas, puertas y paredes, como una segunda capa de pintura seca que parecía gotear eternamente hacia el suelo en busca de la blanca y resplandeciente nieve, salpicada por la misma, así como los miembros amputados faltos de cuerpos a los que unirse. En algunos casos eran sólo dedos lo que veía, alguna que otra falange oculta entre la nieve y poco más, pero en otros casos pude observar un brazo, una mano e incluso una cabeza casi entera, pues le faltaba una parte de la piel mas no del hueso, colocadas sobre la nieve de forma aleatoria, indicando el lugar donde habían muerto aquellas personas. Algo extraño es que a su alrededor no había armas, sólo sangre y extremidades amputadas, pero nunca un arma ni un utensilio que indicase la defensa de los aldeanos ¿Habrían atacado durante la noche? No había modo seguro de saberlo, pues el frío ralentizaba la descomposición de los cuerpos, y de ese modo bien podían llevar tres días muertos que olerían como si llevasen apenas uno. Entre las calles me pareció ver un par de veces niños correr y escuchar risas infantiles, también se escuchaban pasos caminando con zapatos de gruesa suela, todos eran sonidos de un pueblo normal excepto porque… allí no había nadie excepto nosotros, era, sin duda alguna, siniestro.

Al cabo de unos minutos de caminar por las calles de la aldea viendo más y más dolor a través de sus calles llegamos a otra plaza, esta algo más pequeña, formada al encontrarse cinco casas mirándose la una a la otra. Era redonda por completo y mediría unos diez metros de diámetro, encontrándose en el centro el pozo del que habían hablado tanto el nigromante como el hombre de piel oscura. Bordeando el pozo había varios cuerpos en un estado de descomposición mayor a los del resto del lugar, bueno, los llamé cuerpos porque no había otro modo de describirlos, dado que realmente eran… eran algo horrible. No parecían pertenecer siquiera a Noreth y en muchos casos tampoco a nada conocido. Eran criaturas aberrantes, malformaciones de fetos que no superaban ni el medio metro pero que aun así parecían estar bien armadas con cuchillas y columnas vertebrales a modo de cola. En la mayoría de los casos les faltaban las piernas y estas habían sido remplazadas por el duro hueso de unas piernas de mayor tamaño que destrozaban sus caderas y con ello también su vientre al ensanchar demasiado aquellos pequeños cuerpos. Tuve que contener un aullido de dolor al ver todo aquello, pues mi parte más animal, la bestia que llevaba dentro, se estaba sintiendo inmensamente dolorida ¿Por qué? Porque aunque era una parte de mí sanguinaria y retorcida también era una mitad animal, más concretamente canina, y aquello la empujaba a proteger a los niños como había hecho una vez con Rose y como esperaba que hiciera con mis cachorros. Aquello al enfurecía y sus aullidos taladraban mi cabeza incesantemente mientras que a ellos se unían constantes llantos, súplicas de ayuda provenientes de las mismas almas en pena que había por allí. Una fuerte negación con la cabeza sirvió para sacarme todo de ella, aullidos, voces, visiones, todo aquello que no fuera la frialdad que hacía falta en aquel momento: - Seré el primero en bajar. – gruñí, molesto por todo aquello, mientras que observaba el lugar en busca de algo queme hiciera de escala. Unos segundos de búsqueda me llevaron a dar con una de las viejas mochilas de los exploradores de los que antes había hablado el nigromante, de ella sobresalía el extremo de una cuerda que, cuando saqué, pude comprobar que era bastante larga, de unos diez metros, tal vez doce, a juzgar por el grosor que tenía enroscada. Las hebras sueltas de ambos extremos estaban heladas y con cristales de hielo sobre su superficie, hecho que dejaba ver el tiempo que llevaba allí tirada, expuesta al frío clima del lugar, pero aun así estaba en condiciones para soportar la bajada de nuestros cuerpos, o eso parecía.

Buscando dejar atrás ya los sonidos y visiones de aquel lugar, até rápidamente la cuerda a uno de los extremos del pozo y cuando me aseguré que estaba bien sujeta comencé a bajar. Sólo tuve cuidado los primeros metros, los que me tenían que servir para habituarme a los estrecho de ese túnel, pues después únicamente me dejé caer sujetándome lo mínimo a la cuerda. El frío aire de aquel pozo me helaba las orejas y la nariz con cada metro que descendía, eran como cientos de diminutas cuchillas chocando al mismo tiempo contra esas zonas. Tardé casi medio minuto, lo cual demostraba lo largo que era aquello, hasta tener que sujetarme con fuerza a la cuerda, produciendo humo al calentarse el cuero, que por suerte no dejaba pasar ese mismo calor hasta mis manos. Al final de la cuerda, que contaba al final con unos doce metros y no diez como había calculado en un principio, me descolgué algo más suave hasta llegar a tocar el suelo únicamente con la punta de las botas, dejándome caer al final para posarme “suavemente” sobre el suelo, doblando levemente las rodillas para evitar cualquier tipo de daño. Lentamente dejé que mi vista se acostumbrase a la poca luz del colgante, y di gracias también por ser mitad lobo, pues aquello me permitía ver a la perfección pese a la escasa luz. El olor a sangre ahí abajo apenas se notaba, era como una zona aislada del mundo donde sólo el aire fresco, demasiado quizá, alcanzaba. En el suelo había más o menos dos dedos de agua, o un poco más, calculando por el sonido que emitían mis compañeros al bajar en un orden que nunca pregunté. Apenas hicieron falta unos minutos, puede que por culpa del grosor del enano y el humano embutido en metal, para que todos estuviéramos abajo y tras eso alguien, o más bien algo, cortó la cuerda dejándonos atrapados en aquel pasillo oscuro y lóbrego que se extendía más de cincuenta metros. El camino era estrecho, completamente formado por la piedra impermeable de aquel lugar y tenía las paredes cubiertas de arañazos profundos, garras como las mías cuando me convertía. Pero esto sólo podía apreciarse si se pasaban las manos sobre estos o se tenía, como yo, una buena vista en la casi total oscuridad de aquel angosto pasadizo que teníamos que ir recorriendo. Al final no se veía ninguna luz, pero sí un ensanchamiento del camino que a medida que nos acercábamos parecía ser el final del mismo. El chapoteo de nuestros pasos era cuanto se escuchaba, resonando y reverberando por aquellas paredes negras como el tizón a mis ojos, moteadas por las incontables marcas de arañazos que se internaban varios centímetros en la roca ¿Qué podía haber hecho tal cosa? Esa pregunta no tuvo respuesta para mí, pero no porque nadie me respondiera, que también fue por eso, dado que la formulé en mi cabeza, sino por el hecho de que otra acudió a mi mente opacando aquella y dejándola como una simple banalidad.

Al llegar al final del camino, cuando pudimos abrirnos en una especie de cuadrado en el cual quedamos yo y Khaelos delante y el enano y brujo detrás, pude observar aterrado y a la vez excitado al descubrirlo, cuatro agujeros en la pared que teníamos a escasos cuatro metros. No hubiera sido nada significativo, de hecho no me hubiera llamado lo más mínimo la atención, de no ser por el hecho que aquellos socavones tenían nuestra silueta. ¿Cómo era posible que lo supiera? Porque el de más a la derecha tenía la forma de la cabeza del brujo cuando portaba aquella máscara tribal, parecía hecha para él y su equipo. El que lo seguía a la izquierda poseía una forma más baja a la par que más ancha, con una parte que sobresalía alargada y fina como la marca de una lanza en la roca, en efecto, estaba tallado para Gunrak, que parecía encajar allí a la perfección pese a su rechoncho cuerpo. El penúltimo era sin duda alguna el de Khaelos, siendo con diferencia el más alto de todos; contaba también con un hueco para dejarlo llevar su escudo y su espada en la mano, como si nos estuviera previniendo de algo. Y finalmente, el que estaba a la izquierda, era el mío. Alto también, pero no como el de Khaelos. Podía ver en el la figura estrellada del pomo de mi espada así como la perfecta ranura para su gavilán, y mi mano no tenía pinta de encajar allí a menos que sujetase la espada. Mirase donde mirase no encontraba otra salida, era como si aquellos huecos hubieran sido tallados especialmente para nosotros y algo lo supiera y quisiera hacernos entrar. Rápidamente saqué mi espada y la introduje en aquella ranura, en la que encajó, para mi sorpresa, perfectamente: - Parece ser el único camino. – dije mientras tranquilamente me internaba en la roca, caminando muy despacio, de la única forma que me permitía aquella silueta, que no era otra que la mía. Cuando apenas me había internado un metro por aquel lugar, perdí la vista, mi colgante se apagó y por más que parpadeaba no lograba ver nada ni a un centímetro de mí. Intenté recular, volverme hacia atrás, pero nada de lo que intentaba funcionaba, y cada vez que hacía un esfuerzo por volver por donde había venido parecía encajonarme más en la misma roca. Algunos arañazos producidos por el roce de la roca hicieron que mi cálida sangre restallara por mi rostro hasta mi boca, donde la saboreé; Sería mejor continuar. Cuando por fin me decidí por sólo avanzar comprobé que aquel agujero parecía estrecharse con cada paso, haciendo que cada vez la presión sobre mis miembros fuera mayor, mas esto sólo fue durante escasos segundos, como una prueba de valor para comprobar si tenía lo que había que tener para seguir avanzando, hasta que de nuevo se volvía “cómodo” para caminar. El tiempo que estuve allí metido no fue mucho, así que tal vez se incrustaría en roca unos quince metros aquel estrecho y asfixiante túnel que tenía nuestra forma.

Cuando por fin salí del túnel la luz de mi colgante se reactivó, como si todavía sintiera la oscuridad rodeándome, igual que al inicio de aquel pasillo amoldado a mí, pero sin embargo a los pocos segundos su luz se apagó, seguramente porque su magia sintió el calor de las velas. Decenas de velas iluminaban una sala amplia, de unos doce metros de profundidad y cinco de anchura. El techo estaba sujeto por gruesas columnas de piedra enmohecida y en ellas se podían distinguir grabados religiosos de ángeles y demonios, además de toda una miríada de seres que representaban las diferentes partes de una religión a la perfección. A lo lejos, al fondo de aquella sala, había un altar, justo delante de lo que parecía un estanque constantemente alimentado por una cascada formada por un hueco en la pared. No sabía de donde provenía el agua, pero tampoco tenía idea de donde desembocaba, pues la que se mostraba en la superficie no estaba ni negra por el estancamiento ni tampoco rebosaba, sino que se mantenía a un nivel constante. Detrás del altar, apenas un par de pasos, se encontraba un hombre de cabellos casi blancos aunque con reflejos grises. En su rostro de treintañero se podía ver la preocupación, pero también la tristeza, la pena y la melancolía. Lágrimas como puños rodaban por su mejilla camino de su mentón, perdiéndose a veces en sus labios. Vestía totalmente de negro, con un alzacuellos de color blanco y una botas del mismo color, y no parecía llevar arma alguna más que un libro con una cruz y esta misma figura, la cruz, en un rudimentario cinturón-cuerda que le sujetaba el hábito. Era un monje sin duda. Un primer paso por mi parte lo hizo levantar la cabeza, mostrando unos ojos que, aun desde la distancia que nos separaba, se podían notar hinchados, destrozados por el llanto: -¡Marchaos! – exclamó mientras que extendía su mano y estaba empezaba a brillar: -¡No somos enemigos! – Intervino raudo el nigromante – ¡No lance ese conjuro o lo lamentará padre! – el hombre, sorprendido por la velocidad de aquel humano para tomar el control de la situación, mantuvo su mano en alto, pero sin embargo sus labios se separaron de nuevo: - ¿Quiénes sois? ¿Quién os envía por esos agujeros infernales? – inquirió, aunque esta vez respondí yo: - No sé quién nos envía ni qué coño hacemos aquí. No venimos a matarte, así que baja la puta mano de una buena vez para poder hablar como personas. – dije mientras ceñía más el mango de mi espada a mis manos – O tendré que hacerte bajarla para siempre. – añadí después. Transcurrieron unos minutos de incertidumbre hasta que aquel párroco decidió bajar la mano, que dejó de brillar. En ese instante al fin pudimos acercarnos, para descubrir que al lado de sus rodillas yacía una mujer vestida de blanco enteramente. Su ropa estaba manchada de sangre, y yo me había equivocado, el agua sí que estaba negra, pero no por estar estancada, sino porque era sangre lo de la superficie, sangre diluida en el mismo agua.

-¿Qué ha pasado? – Pregunté mientras que me guardaba la espada: - Llevo vendas y el hombre de la máscara puede… - antes de que terminase la mano de aquel hombre de fe negó junto con su cabeza: - Ha muerto joven… lleva horas muerta aquí, en mis brazos… - asintió, mientras que se secaba las lágrimas: - Por más que rezo al todo poderoso Luminaris, por más que imploro su perdón por cualquier pecado que hayamos podido cometer yo o ella… Nada parece ser suficiente para mi Dios él… se la ha llevado para cumplir con ella sus santos designios… - apretó los puños tanto que pude notar como pasaban de ser oscuros por su tono de piel a pálidos, tornándose blancos sus nudillos por la fuerza que aplicaba para mantener cerrada la mano. El rostro de la mujer parecía intacto, no había ni una gota de sangre, ni una mueca de dolor en él, mas su cuerpo no contaba la misma historia, brazos y piernas estaban bien, pero hacia el vientre se podía distinguir una gran mancha negra sobre sus hábitos blancos, en el mismo, logré ver una curvatura que sencillamente me hizo apartar la vista, pues aquella joven de casi negros cabellos me recordaba, demasiado, a Aerith, y verla así, muerta después de dar a luz me mataba por dentro: - ¿Quién lo ha hecho? – pregunté apretando ahora yo también mi mano: - El único que puede matar sin ser visto ni oído… - dijo con un tono de voz quebradizo: - Razgriz… - añadió después. No sentí miedo, como él, pues no conocía ese nombre ni sabía porque debía temerlo, pero sin embargo no tardó mucho en explicar la historia de aquel demonio. Señor de muertos y caídos: - ¿Y por qué una simple mortal? – pregunté: - Intenta reabrir la puerta a este mundo y para ello… necesita el cuerpo más puro que existe… el hijo de una virgen… - me quedé extrañado por sus palabras: - Eso es… imposible ¿No? No tiene sentido. – pero en ese momento la mano de Khaelos se posó en mi hombro negando: - Si los dioses quisieran tendrás la piel verde, muchacho. – dijo, para después mirar al hombre.

{La charla se sostuvo por horas en las cuales algunos intercambiaron preguntas, otros, como Noctis, aprovecharon para descansar, y el nigromante intentó por todos los medios saber más cosas de lo sucedido. Sin embargo, los apenas diez minutos de calma se verían interrumpidos por el sonido de una pared al ser derribada. Demostrando ser guerreros más que preparados, todos tomaron posesión de sus armas y se pusieron en postura de combate para enfrentar a sus enemigos: -¡Por Luminaris! – exclamó el párroco mientras que se ponía en pie, con actitud protectora hacia el cuerpo de la que en vida había sido su amada. Cuando el polvo y los escombros dejaron ver algo se pudo diferenciar, primero, dos altas siluetas, de al menos dos metros y medio, más anchas que dos árboles juntos y con poderosos brazos que llegaban hasta el suelo. No tardó mucho hasta se pudo ver sus cuerpos, destrozados por acción de la magia y las heridas de anteriores combates. A sus bocas les faltaban las mandíbulas inferiores, y llevaba, por ello, colgando la lengua, como perros que jadean constantemente. En sus brazos se podían ver negras venas por las que discurría sangre corrupta, y a mitad de estos se distinguían varios agujeros que emanaban pus constantemente, algo asqueroso. Si la vista seguía bajando podrían apreciar que aquellos seres, a pesar de tener unos brazos que bien podían destrozar una de las columnas de piedra de un simple manotazo, carecían de piernas que acompañaran a tan desmesurados miembros, lo cual los dejaba expuestos, claro, si alguien lograba acerarse. Pero ese, por desgracia para el grupo, no era todo el problema.

Junto con ellos, entraron una miríada de criaturas, al menos diez, más pequeñas que ellos, dela altura del enano. Caminaban sobre cuatro patas como los animales, pero sus cuerpos y rostros eran, o en vida habían sido, humanos. En sus ojos grandes y expresivos se podía ver la demencia y la sed de sangre y en sus manos la carne cortada con sus largas uñas todavía restallaba de carmesí manchando el suelo. Eran indudablemente más rápidos que sus dos compañeros de tamaño mayor, pero también parecían más débiles, pues su carne escaseba ay la piel se les pegaba a los huesos como si fuera una tela que se agarra al metal para no ser llevada por el viento. Sin perder un instante, aquel hombre que un momento los había apuntado con su mano, levantó de nuevo la diestra y pronunció un salmo que hizo que se iluminaran sus manos: -¡Luminaris potens! – exclamó después, y justo entonces un proyectil brillante de color oro salió de sus dedos dirigido a una de las criaturas más pequeñas que ya, nerviosa, se quería dar un festín con la carne de aquellos desgraciados que habían ido a caer en la iglesia olvidada. La criatura afecta pronto comenzó a retorcerse de dolor en el suelo, bajo la atenta mirada de sus semejantes. El dardo que había lanzado aquel hombre poco a poco consumía su carne y sus huesos hasta que finalmente desapareció si dejar pista de sus existencia, había sido purificado por el dios de aquel hombre, por su magia. Pero incluso con el poder de aquel representante de Luminaris les costaría ganar la batalla, pues todavía faltaba por entrar en escena el que era capitán de aquellas fuerzas.

Sólo el sonido del metal contra la roca podía producir aquellos infernales chirridos que ahora se arrastraban por el pasillo que había tras el hueco creado en la pared por los brazos de los dos gigantes de carne. Era un sonido horrible, que afectaría especialmente al delicado oído del licántropo, que gritaría incluso por el dolor que sentía al ser torturado de aquel modo. Al cabo de unos segundos aparecería una criatura de dos metros exactos, no llamaría la atención por las dos espadas que portaba, tan grandes como él mismo y más anchas que uno de los brazos del nigromante. Tampoco sería por aquel cuerpo musculoso aunque no deformado como el de sus acompañantes y, ni tan siquiera, sería toda la sangre que portaba en su faldar de cuero lo que haría que todos quedaran extrañados a la par que sorprendidos al verlo, nada de aquello. Su cabeza. ¿O cómo llamarla sino? Un largo pico de metal era lo que cubría su cabeza por completo, sin dejar ver nada. Podría haber pasado por un yelmo en otros tiempos, pero ahora era demasiado extravagante, con forma piramidal, alargado hacia delante y rejillas en los ojos para poder ver, aunque ellos no pudieran ver en su interior. Un grito emergió de la garganta de ese mismo ser al mismo tiempo que alzaba una de sus espadas ordenando a sus lacayos atacar a todo cuanto tuviera vida. El nigromante de nuevo fue la primera ficha que tuvo movimiento en aquel macabro juego de ajedrez divino. Su voz hizo eco entre las altas columnas y el techo, reverberó por toda la sala con un fuerte grito mientras conjuraba con todas sus fuerzas:

-¡Servire me oblivisci alium! – Gritó, apuntando con la punta de su espada al ser que parecía ser el jefe. Más nada ocurrió, no soltó las espadas como él tenía planeado, lo cual le hizo dar un nuevo grito, en común esta vez, y no en el idioma arcano como en la ocasión anterior: -¡Es un demonio! – y tras esto pronunció una vez más su conjuro, esta vez señalando a dos de los más pequeños que sí cayeron bajo su control, revolviéndose contra sus hermanos para luchar. Los dos más grandes también se lanzaron al combate, usando sus piernas para correr como podían, apoyándose en sus brazos como los gorilas para caminar y embestir. Fallaban en la gran mayoría de casos, pero sus golpes contra las columnas, que como si fueran de papel se quebraban y caían, dejaban presencia de la colosal fuerza de aquellos seres. Puede que fueran lentos, mas no débiles. Y, mientras tanto, el demonio de las dos espadas gigantes avanzaba con paso lento, como si un paso fuera para él un tormento. En su cuerpo se marcaban las venas, gruesas como dedos, cada vez que hacía el esfuerzo de mover sus espadas, lo cual dejaba a la vista que tenía poca fuerza pero una gran resistencia, o eso, al menos, parecía. Todos se habían sumido ya en aquel combate, incluso aquel hombre de fe y ferviente creyente de Luminaris que una y otra vez conjuraba la ayuda de sus dioses, ya fuera disparando dardos como el primero o incinerando con una sola mirada a los que seguían saliendo del agujero, pues los diez sólo eran el comienzo de una gran oleada de al menos treinta enemigos. A cada conjuro daba un trago de un petate metálico con la cruz de su señor grabado, algún brebaje mágico que parecía otorgarle una energía vista por pocos, pues a más bebía más rápido y con más fuerza lanzaba sus conjuros.

La batalla había dado comienzo y la danza estaba siendo representada por los actores: Guerreros, magos y paladines daban ágiles pasos para evitar los poco o nada coordinados golpes de aquellos otros, demonios, aberraciones y no-muertos, que parecían ser un horda sin fin que se extendía como la plaga. Muchas veces era el hacha del enano la que acababa con su vida, otras tantas al mayal o alguna otra arma del brujo y otras tantas la espada o los mismos puños del joven licántropo que con rabia descargaba ágiles golpes de espada contra aquellas criaturas, buscando únicamente dar muerte al demonio de las dos espadas que continuaba su lento avance, no hacia ellos, sino hacia la dama. ¿Qué ocurriría si la alcanzaba?}






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Dalahak Schtzie

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Re: El paso secreto

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