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El paso secreto

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Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Mar Ene 03, 2012 1:16 am

“Una prueba de valor vale más que mil palabras”

Christian Chacana 02 de enero de 2012
Palabras sabias que son llevadas por el viento, que culminan donde los oídos de los curiosos pueden llegar y dejan sus marcas en la tierra que recorren al dar sus primeros pasos hacia la sabiduría y hacia la verdad del mundo. Las arrugas contaban historias de un pasado remoto, contaban cosas que los jóvenes aun no experimentaban, cicatrices que con los años desaparecían pero no dejaban de doler … como si estuvieran aun abiertas las heridas y que no importara el tiempo, estas no se borraban con nada, el anciano veía a los tres, al robusto hombre de la montaña, al hijo de la luna y al caballero negro, las palabras de este ultimo resonaban en su mente, la oscuridad siempre estaba aguardando que uno dejara la entrada abierta, habían peores horrores en el mundo de lo que cualquiera pudiera creer y usualmente era el hombre quien les daba la libertad de sus prisiones ancestrales, donde durante incontables siglos habían roído su propia maldad … el anciano apoyo su mano en la fría nieve, mientras con cada palabra que daba el hombre el recitaba una plegaria a los espíritus, a los ancestros, para que le dieran fuerza ante el mal que pronto deberían de enfrentar …

-Ancestros de mis ancestros *en voz baja* escuchad mi suplica y mi plegaria, escuchad a su servidor y herramienta, dadme fuerza, dadme coraje, no dejen que mi visión se nuble , que a mi mano el falte fuerza o a mi espalda resistencia, que los años pasados no sean en vano y que cada marca sea una muestra de valor *mientras apretaba la nieve con su mano y bajo el blanco manto se podía ver la sangre derramada* que los crímenes contra los vivos no queden impunes, que los crímenes contra los espíritus no queden olvidados, mi señor Enki, escucha mi plegaria, acepta en tu seno a aquellos que han perdido la vida en este lugar, aquellos que gimen de dolor y de miedo, dame la fuerza para poder seguir tus designios, la fuerza para poder liberar de sus ataduras a aquellos que están condenados a este mundo, no dejes que mis huesos se cansen antes de que mi misión este cumplida, ni que mi vida deje mi cuerpo antes de completarla-

EL silencio se volvió a hacer, mientras la nieve pía se mantenía inmaculada sobre las rocas, cubriendo lentamente los horrores bajo ella, el grupo nuevamente comenzó a moverse, con paso lento, ya que el cansancio aun latía en sus cuerpos, el hombre de la montaña había sido herido, mas realmente quien peor lo llevaba era el brujo, años y cansancio hacían mella en su cuerpo, y aun con su fuerza su resistencia no era superior a la de un simple hombre, había demostrado ser un guerrero … pero no distaba mucho de un hombre anciano y que parecía que sus días estuvieran contados, aun cuando para ello faltaban muchas lunas y estaciones, antes de encontrar el foso el grupo se separo, buscando provisiones, mas el anciano solamente se sentó en una roca y comenzó a hablar solo en voz baja, aunque más que solo era con aquellos espíritus que le asediaban con cada paso, espíritus en pena y torturados, los mojos abrían y cerraban sus bocas, como si hablaran al igual que el brujo, de reojo podía ver como el hijo de la luna rebuscaba en lo que antiguamente fueron puestos de fruta, mas el brujo abrió una de sus bolsas y saco una raíz gruesa, la cual dándole un mordisco comenzó a masticar, el sabor amargo invadía su boca, pero a medida que la tragaba se sentía mejor, uno de los tantos regalos que daban los ancestros como naturaleza, una raíz que era tanto alimenticia como medicinal, aun cuando su sabor era amargo completamente.

El descenso no fue demasiado complicado, mas el cuerpo del anciano estaba cansado y la cuerda lastimo levemente sus secas y viejas manos, cuando solo faltaba un metro se dejo caer, salpicando algo del agua del piso, no se podía ver demasiado, solo al luz intermitente que se filtraba por el pozo, cuando ya todos estaban en aquella cueva la soga cayó al agua, como si fuera cortada por alguien, en aquel lugar la luz era imperceptible, al igual que el aroma a sangre, no había un alma entre aquellas rocas oscuras, como si fuera un mundo totalmente aparte, lentamente el grupo avanzo, formando un cuadrado de dos y dos, cuando las cosas aprecian tranquilas una exclamación surgió de los labios de alguien, en aquel momento vio de reojo la razón, eran las rocas o mejor dicho los agujeros que habían en estos, las siluetas de cada uno de ellos, el brujo se acerco y palpo la roca, mirando con atención cada detalle, ahí estaba su silueta, con la máscara y sujetando con firmeza su bastón, el escudo quedaba a un lado e incluso la silueta de las plumas y huesos podían verse, era como un molde de él … un molde perfecto … antes de que pudiera decir algo de la roca muerta el hijo de la luna entro en ese lugar, siendo absorbido como si fuera en pendiente … el brujo no dudo y simplemente dando una plegaria entro en aquel agujero, los primeros metros su cuerpo se movía lentamente, hasta que llego un punto que comenzó a sentir presión … sentía que la roca le presionaba cada miembro, como sus dedos no podían moverse, mas como si fueran tan solo unos centímetros que parecieron metros el túnel volvió a ser cómodo, pudiendo uno moverse con facilidad, como si fuera un corcho saliendo de una botella el brujo salió de aquel túnel labrado en la muerta roca.

El brujo vio aquel lugar, parecía una iglesia empotrada en la misma roca, velas de infinidad de tamaños cubrían el suelo y las paredes, iluminando aquel agujero alejado de la luz del sol, los altos pilares parecían troncos de árboles, de seguro ni los cuatro tomados de la mano podrían haber rodeado con sus brazos aquellos pilares, mas no estaban solos, no muy lejos un hombre canoso miraba un libro, el grupo lentamente se acerco, mas la voz del caballero negro salió tras su casco, mientras el hombre canoso bajaba su mano, lo siguiente fueron unos momentos de conversación, sobre criaturas y cadáveres, sobre dioses y demonios, mientras el brujo miraba a la mujer, de pronto ella abrió sus ojos y sus labios comenzaron a hablar, mas no era la voz de un ser vivo, si no la de un espíritu atado, sus palabras fueron de búsqueda y guía, de un llamado, mas el brujo con su afinidad con aquel mundo escuchaba atentamente, con un leve movimiento dio unas palabras ante la mujer manchada de sangre, cuando volvía al grupo el sonido de golpes le hizo girarse, el grupos e coloco en guardia, mientras del agujero, como si fueran una horda surgían criaturas amorfas y monstruosas, como zánganos unas pequeñas que se movían en cuatro surgían entre el polvo, mientras que dos moles de carne se levantaban, sus heridas abiertas e infectadas, tras de ellos una figura con un enorme yelmo surgió de el polvo, moviéndose lentamente.

El brujo fue asaltado por dos de esas pequeñas criaturas, las cuales se movían rápido por el suelo, pero el anciano tenía su fiel escudo el cual le había salvado de más de una muerte segura ene se pequeño tiempo, una de las criaturas se lanzo con garras y colmillos, pero de un golpe del escudo y sin utilizar toda su fuerza termino muerta al golpearle, era débiles y sin resistencia, el brujo tomo su largo bastón y cualquier criatura que se le acercaba recibía un golpe de este, dos más terminaron siendo lanzadas contra las velas, con el espinazo roto y la boca escupiendo sangre, mas realmente cada vez que una de esas alimañas moría otra tomaba su lugar, saliendo sin parar de la oscuridad de ese agujero, las dos moles se movían lentamente, pareciendo proteger al del yelmo, el inventor sin dejar de sostener su bastón busco una de sus jabalinas, la cual siendo arrojada con todas sus fuerzas golpeo el rostro de uno de esos, mejor dicho en uno de sus ojos o donde debería de haber uno, un grito de dolor se escucho cuando la lanza atravesó carne, no era una herida mortal, pero dejaría lo suficientemente débil a ese monstruo o quizás carente de visión, sin dudarlo el brujo corrió a una distancia prudente y nuevamente tomo una de sus jabalinas, apuntando hacia el otro ojo, con habilidad lanzo aquella arma, pero no vio si había acertado o fallado, ya que dos criaturas pequeñas que no había podido lograr ver, se le lanzaron encima, arañando la máscara de madera una y otra vez con sus garras, el brujo luchaba contra las criaturas para liberarse de ellas, el problema sería si lo podría lograr antes de que algo mas le intentara atacar.
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Re: El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Vie Ene 06, 2012 2:09 pm

Durante unos momentos la calma inundó el ambiente, y el silencio sólo era roto por la charla entre mis compañeros de viaje y el párroco de la iglesia, que se mantenía con el rostro lo más serio que podía, pese a la gran pena que parecía invadirlo por dentro, pues no toda la podía delatar, y el modo en apretaba sus puños cada vez que respondía a una pregunta delataba su ira y también su tristeza, así como la impotencia que sentía. Sin embargo esa paz no duró demasiado, y en apenas un segundo la pared de nuestra derecha quedó en el suelo, hecha pedazos y siendo machacada todavía más por los pasos de las enormes criaturas que primero hicieron su aparición, dos masas de carne casi descompuesta, virulenta y con sus enormes brazos cubiertos por la pus de las heridas. Eran enormes, de al menos dos metros y medio de alto y otros dos de ancho, auténticas aberraciones que eran capitaneadas por un tercero algo más bajo y sin el rostro a la vista, cubierto por un yelmo piramidal del cual provenían sonidos de dolor, como los gritos de alguien a quien no dejan de lacerar con un látigo. Junto con ellos, como si fuera poco, entró un mar de seres como los que nos habíamos cruzado en la nieve pero con menos carne. Sus huesos quedaban a la vista de cualquiera y su sucia y maloliente ropa era ya vieja, con años de mugre sobre ella. Rápidamente me puse en pie y saqué mi espada dispuestos a combatirlos. Mis compañeros hicieron lo mismo y tras unas palabras del nigromante de sangre azul nos lanzamos a la batalla, momento en el cual perdí en parte la visión de mis compañeros, de los cuales sólo escuchaba los gritos, que se mezclaban con los del sacerdote de nuestro bando, el cual no dejaba de pronunciar un salmo tras otro, lanzando desde sus manos hechizos que hacían caer a los más pequeños como moscas ante un buen golpe de zapatilla. Mientras eso ocurría, pude observar como el enano cargaba con el escudo por delante contra una grupo de cuatro no-muertos que se había formado ante él. Portaba la espada en la otra mano, alejada de donde le pudieran morder o tan siquiera rozar, evitando así la infección de sus heridas, y su lanza quedaba al alcance de la misma por si le hacía falta, aunque portaba ya en la mano la espada, de tal modo que sólo tenía que adelantar su brazo para descargar un potente corte radial que dejaría al menos dos bajas. Pronto el impacto tuvo lugar, y el sonido de los huesos crujiendo bajo el metal fue más que perceptible para mis aguzados oídos, haciendo que, mientras repartía hostias como podía con la espada a dos manos, esbozara una mueca de dolor al pensar en todo lo que habían sufrido aquellas criaturas. Tras eso observé el destello blanquecino de la espada del enano que rápidamente se perdió en las entrañas de una de las criaturas. Parecía que le iba bien y por ende nos iba bien a todos, pero sin embargo su plan había tenido un fallo, y es que se había quedado demasiado cerca de uno de las dos moles de carne, precisamente la que tenía una lanza clavada en el ojo y gritaba furiosa, agitando las manos con fuerza, dando golpes que hacían que la tierra se abriera bajo él, dejando surcos parecidos a cañones en miniatura.

Uno de aquellos golpes cogió por sorpresa al enano, que pese a que era fuerte dejaba mucho que desear en cuanto a la coordinación de sus cortos miembros, y este calló al suelo. Su cuerpo, esférico y además pesado, le impidió ser rápido a la hora de levantarse y la criatura aprovechó aquello para intentar agarrarlo. No se rindió aquel pequeño hombre a una muerte tan sencilla, y todavía espada en mano hincó esta en la putrefacta carne de la enorme garra que se ceñía sobre él. El grito de la bestia casi me ensordeció, haciendo que por un momento también recibiera los golpes de los no-muertos que despejaba una y otra vez, tanto con la espada como a patadas y puñetazos, pues parecía que no aguantaban nada. Aun con eso la gigantesca masa de carne pútrida siguió con su afán por agarrar al enano, y finalmente, pese a todo lo que este luchó, logró hacerse con él. Debía ser doloroso por lo se reflejaba bajo su yelmo, sin embargo aquel bravo guerrero no profirió una sola palabra de queja o un grito, sino que, demostrando una tremenda fuerza sacada de la más pura desesperación, agarró la lanza que la bestia tenía clavada en el ojo y la retorció para después sacarla provocando un segundo bramido de ira por parte del gigante cárnico. Con esa misma lanza, atravesó la mano que lo tenía presa y un tercer aullido de dolor se escapó de su destrozada boca, dejando paso a un cuarto grito pocos segundos después, cuando una segunda lanza se hundió por detrás en la nuca de esto. Pude observar entonces como de la boca del enano brotaba la sangre, y ni con esas se rendía. Gunrak hundió dos veces más la lanza en el brazo de la criatura y una última vez en el pecho del gigante, que cayó de espaldas liberando al enano, cuyo cuerpo recubierto por acero golpeó de nuevo el suelo. La sangre brotaba con violencia de su boca, la armadura se notaba demasiado prieta, pues aquel agarre había sido capaz de deformar el acero, pero sin duda aquel guerrero lucharía hasta su último aliento. Y así lo hizo, pues sacando su propia lanza emprendió una salvaje carga con ambas armas, su lanza y la que había tomado del ojo de la criatura. No portaba protección, pues su escudo no le cubría en este caso el pecho o la cabeza, y se dirigía hacia el otro gigante, el cual lo intentó coger dos veces, fallando ambas. Ambas armas de asta se hincaron en la piel del no-muerto, en su musculado y pútrido vientre, haciéndolo proferir el primer aullido de dolor. Al momento la acerada del enano salió de su estómago para hundirse desde la mandíbula superior, dado que la inferior faltaba, hasta salir por el cráneo de la masa de carne, aquello hizo que el gigante no tuviera más remedio que retroceder y tambalearse por el dolor, pero por desgracia pronto recuperó el control de su marchito cuerpo y con un brutal golpe en el que unió sus dos manos a modo de mazo lanzó al enano contra una pared, estrellándolo y haciendo que contuviera un nuevo gemido de dolor que se veía de nuevo reflejado en su anciano rostro.

-¡Moriré batallando! – Gritó, al mismo tiempo que con su escudo como única arma se lanzaba de nuevo a la batalla. La suerte, esta vez, no estaba de su lado y pese a lo heroico de sus intentos por acabar con el segundo gigante no-muerto no logró nada más que una muerte más lenta y dolorosa de lo que hubiera sido si se hubiera rendido a la primera. Un segundo golpe como el que lo había estrellado contra la pared se sobrevino sobre su maltrecho cuerpo, y lejos de intentar defenderse, comprendiendo ya su muerte certera, puso el escudo de canto, de tal modo que el borde se convertía en una afilada cuchilla que dañaría todo aquello que impactase con suficiente fuerza, como por ejemplo las manos de la mole zombi. La sangre de ambos brotó, pues el cuello del enano también recibió ese filo, y la criatura quedó dañada de forma importante en su mano derecha, mientras que la cabeza del enano rodaba por el campo de batalla en el que se había convertido aquel lugar, lejos de su cuerpo que destilaba la sangre al igual que las cascadas. Me impactó aquella imagen, pero no por la forma en que había muerto, sino el coraje con el que lo había hecho, aceptando su propia muerte y luchando hasta su último aliento. No tuve mucho tiempo para sumirme en mis pensamientos, siento constantemente atacado por criaturas y viendo como el de las dos espadas enormes caminaba hacia la mujer. La sangre me ardía tras ver morir a aquel héroe, que era la única palabra que lo definía enteramente bien, quería tomar venganza por su vida, pero sin embargo como humano nunca lo lograría, y allí no tenía tiempo de convertirme. Mis ataques se convirtieron entonces en defensas con las que iba retrocediendo hacia la posición de otro de mis compañeros, el nigromante, el cual despejaba con su escudo cuantos seres de ultratumba se le acercaban, asestando veloces cortes con la espada de una mano que portaba y usando su magia para hacer que algunos de los enemigos se pasaran a nuestro bando. A sus alrededores, como antes a los míos, había creado un círculo de cenizas, cadáveres y sangre por el que moverse era una odisea y en muchos casos esto le facilitaba la tarea gracias a que con su estilo no requería de demasiado movimiento. En mitad de esa sangría, cuando por fin tuve su espalda contra mía, cubriéndonos el uno al otro, le dije: - ¡Necesito que me cubras unos segundos! – y sin responder nada simplemente invirtió posiciones conmigo quedando yo con la mirada hacia la mujer y el sacerdote. Este último, que parecía haber oído mis palabras, creó ante mí un muro de luz intensa, cegadora, que me concedió unos segundos en los cuales pude tomar mi forma híbrida. Era un proceso rápido, gracias a que tenía experiencia convirtiéndome, per aquello no le quitaba el dolor casi agónico que, si bien había aprendido a resistir, todavía sentía. Cuando dejé de ser humano lancé un aullido para liberar todo aquel dolor de la conversión de golpe, aprovechando así para intentar paralizar por el miedo a los más pequeños. Pareció funcionar, pues los más cercanos se petrificaron, tanto por ver mi nuevo aspecto, como por el aullido.

Sin perder más el tiempo volví a invertir las posiciones con Khaelos y corrí lo más rápido que pude hacia la mole de carne con la mano herida. El grueso de aquel ejército improvisado, los zombis más pequeños y raquíticos, se apartaban como podía de mi camino, y los que se acercaban eran rápidamente finiquitados con un único zarpazo que los desgarraba en dos sin dificultad alguna. Cuando ya apenas cuatro metros me separaban de la mole de carne, tensé los músculos de mis piernas y con toda la fuerza de estas salté. Sus manos, como yo ya esperaba, intentaron captarme en el aire y yo abrí las fauces para rápidamente anclarme a la carne, que atravesé hasta el hueso, donde se encontraron estas una contra la otra gracias a la increíble dureza de mis colmillos. Su grito me hizo pegar las orejas al cráneo, pero lo ignoré para poder desanclarme de su mano con la boca. Su brazo era enorme, los suficiente como para que pudiera “reptar” por él, clavando mis garras en su carne y cortando esta con cada paso, hasta colocarme tras su cabeza. Carecían casi por completo de cuello, pero aquello no me impidió rajarle el poco que tenía de un lado a otro con una de mis armas naturales, las zarpas. Sentí su cálida sangre inundarme la mano y pegar mi pelaje a la piel, sentí como poco a poco la vida, o mejor dicho; La no-vida, se le escapa de su gigantesco cuerpo por la mortal herida, pero batalló hasta el momento que un segundo corte de esa misma garra le rebané la cabeza que golpeó el suelo como minutos antes lo había hecho la del enano. El cuerpo se tambaleó unos segundos en los cuales salté hacia atrás para evitar que todo su peso me aplastara con la fuerza de la caída. Al tomar tierra, me aferré fuertemente con las garras al suelo, evitando así como antes lo había hecho el enano o partirme algo, pero sin embargo no pude evitar que el temblor que causó la caída del cadáver, válgase la redundancia, del coloso al caer hiciera temblar el suelo bajo su peso, haciéndome así perder el equilibrio por unos valiosos instantes que dos criaturas usaron para atacarme rápidamente. Sus cuerpos impactaron contra el mío a gran velocidad, haciéndome caer al suelo con sus fauces tan pegadas a mi morro que podía sentir su fétida respiración directamente en mi morro. Durante unos segundos, los que tardé en recomponerme tanto de la sorpresa como del golpe, reaccioné ante aquello y con una mano los aparté a los dos, atravesando las costillas del primero con las garras a modo de arpón y pateando fuertemente el estómago del segundo, desgarrándolo también al hacer que las plateadas uñas de mi pie se hincaran en su carne.

En ese momento el nigromante controló a dos más y los mandó atacar el que parecía el jefe, que en todo momento había avanzado en línea recta hacia la mujer. Los dos pequeños fueron sajados por un brutal corte del demonio, el cual, tras recuperarse de la fuerza de su propio golpe, continuó con su impasible marcha, en la cual arrastraba las espadas como una pesada carga de la cual no se libraba por algún motivo. No perdí el tiempo, y en ese momento me lancé contra él con fuerza, intentando derribarlo, sin embargo un simple manotazo de aquella criatura me hizo dar con mis huesos en la roca, soltando un alarido de dolor y cayendo al suelo, tomando de nuevo mi forma humana a causa del daño recibido. Los no-muertos comenzaron a rodearme, saltando alegres porque al fin tenían comida fácil, pero nada más lejos de eso, usé mi recién recuperada espada para ponerme en pie y con esta ataqué a los que tenía más cerca, rebanando rápidamente tres cuellos con la hoja de mithril negro, otros dos más cayeron cuando hice el movimiento a la inversa, sajando hacia otro lugar, pero nada parecía servir, pues ya me habían visto flaquear: -¡No pienso morir aquí! – grité al mismo tiempo que lanzaba la espada contra uno, recuperándola poco después de que se hundiera en su carne, pronunciando el nombre del arma y haciendo que apareciera en mis manos. No tenía pensado dejar la vida en ese lugar, no dejaría sola a Aerith y lo más importante, no le fallaría como en el pasado me habían fallado a mí. Justo entonces la voz del párroco rompió el aire con gran fuerza: -¡Lumen remota! –. Tras esas palabras sólo recuerdo una fuerte onda de luz que me salvó de morir ante un mar de no-muertos. Los gritos de las criaturas me hicieron imaginar, pues estaba ciego, su destino, que no habría sido otro que su muerte de una manera cuanto poco dolorosa, sumidos en el castigo que aquel hombre de fe les había impuesto. Al reabrir los ojos comprobé que era cierto, los no-muertos habían desaparecido, pero sin embargo allí seguía aquella criatura del averno, con sus espadas que arañaban y destrozaban la roca con cada paso de su pesado y gran cuerpo. Tampoco se rindieron el sacerdote o el nigromante, que tras recuperarse durante apenas un segundo del cansancio apuntó de nuevo con su espada a la criatura: - ¡Tene… - sin embargo, antes de que sus palabras acabaran, lo hicieron las del sacerdote, que con gran maestría sobre su magia hizo aparecer un arco de luz pura entre sus dedos: - ¡Divinum telum!- gritó, y en ese instante una flecha de la misma luz que forma el arco apareció entre sus dedos. Este la tensó y directamente el proyectil fue a parar al pecho del ser, el cual retrocedió dos pasos sobre su marcha para recomponerse del golpe, emitiendo un fuerte quejido. Una segunda flecha le atravesó el vientre y lo hizo caer de rodillas, aunque no muerto, sí que estaba malherido.

-¡Huyamos ahora! – Ordenó el nigromante, y sin más acepté, recogiendo el cadáver de la mujer y cargándolo para nuestra huida. Rápidamente nos dirigimos hacia el agujero que los no-muertos habían abierto, y una vez allí nos perdimos entre un mar de oscuridad en el que sólo se escuchaban los gemidos y gritos del único superviviente de la matanza anterior. Allí, en aquella sala infesta de cenizas tras la purga del mago de los Dioses, quedaba también el cuerpo del enano; Decapitado, sí, pero con las armas entre los dedos de su cuerpo y una sonrisa de victoria en su rostro, había muerto haciendo lo que mejor sabía hacer, luchar. Pero no era el momento de pensar en los caídos, pues por más que doliera aquel ya era un muerto, no podía seguir sufriendo, al contrario que nosotros. El camino era estrecho, tanto que había que avanzar de uno en uno, guiados únicamente por la luz que proyectaba la mano del cura y que dejaba ver unas paredes, como las anteriores, mugrientas y cubiertas de arañazos y sangre, enteramente “decoradas” por las mismas marcas que en el anterior pasadizo. En el suelo también había agua, con la única diferencia de que esta, poco a poco, iba aumentando su nivel, hasta el punto de que pasaba de ser de un palmo hasta cubrirme a la altura de las rodillas, haciéndose molesta para caminar, demasiado ruidosa para mi gusto. Podía notar como por los pies me pasaban las criaturas, rozando mis pantalones y en algunos casos chocando contra mis botas, lo más seguro es que fueran simples peces, pues ninguno parecía agresivo, pero no por aquello me gustaban:

- ¿Hacia donde vamos? – pregunté al mismo tiempo que acomodaba el inerte cuerpo de la mujer a mi espalda, pudiéndolo cargar cómodamente incluso con la mochila: - A una parte de la iglesia que fue enterrada hace tiempo. – dijo el hombre, que de vez en cuando se giraba para comprobar que no nos seguían. Tras unos minutos de caminar con el único sonido del chapoteo del agua y el de nuestras voces al preguntar, llegamos a un punto donde el agua alcanzaba la altura de la cintura. El camino acabó por ensancharse en una cueva sin aparente salida, aunque delante de nosotros se podía distinguir una luz tenue, menor que la que proyectaba la mano de Niolayev, el párroco: -Es por aquí. – Dijo, al mismo tiempo que desvanecía el conjuro de la palma de su mano: - ¿Por dónde? – inquirí yo, que veía perfectamente en la oscuridad y al mismo tiempo no veía nada. Nos encontrábamos en una caverna grande, con el techo cubierto de inscripciones en un idioma que no entendía y las paredes enteramente llenas de sangre seca. El olor penetrante de la misma se colaba por mis fosas nasales como una cuchilla para las mismas, pues era agrio y fuerte, tanto, que sentaba como un puñetazo en la cara: - Tendremos que nadar muchacho. – afirmó él: - Esta iglesia tuvo antaño otra parte, un ala que usaron los sabios de mi orden para las misas del pueblo. La parte que habéis visto era la catedral, reservada sólo a uniones y bautizos de gente importante. Sin embargo, cuando hará unos años esa iglesia fue tomada por oscuros cultistas fue rápidamente separada de la nuestra y llamada… - en ese instante las palabras del nigromante cortaron a las del cura: - La iglesia del páramo sombrío… - impresionado, el párroco de nuevo le dio la razón: -Sí, pero… ¿Cómo lo sabes?- y la respuesta del nigromante no se hizo tampoco de esperar: - Porque he estado en esa iglesia, padre. He visto lo que se llegó a hacer dentro de ella y también “El Pozo”. – de nuevo Nikolayev asintió, fascinado porque el enlatado hubiera podido ver todo aquello: - ¿Eres parte de la patrulla que fue enviada para teleportarla lejos de aquí? – esta vez Khaelos negó con la cabeza: - No, no sé exactamente hace cuanto fue, pero estuve allí con otras tres personas, y dos de ellas recibieron algo de allí: Rose, una niña con poderes de druida, casi murió a manos de un fantasma con armadura que se autoproclamaba Dios de un lugar que no conozco, sin embargo un segundo espíritu intervino y logró hacer que el de la armadura se tuviera que refugiar en otra de las personas que había conmigo; Zyrxog, el hörige nigromante. En ese momento todo comenzó a venirse abajo y… de algún modo regresamos a nuestros hogares. El santuario de los cultistas de Razgriz se vino abajo… Y no vi nada más. – añadió finalmente.

Durante unos minutos el hombre analizó sus palabras, como si les buscase algún sentido oculto: - Ya veo… Si la parte de los cultistas cayó tenemos una tarea menos pero… si El Pozo no fue destruido tenemos uno más, pues de allí emana el poder del oscuro. – rascó su perilla y continuó hablando: - Debemos terminar de limpiar la iglesia antes de poder purificar el cuerpo de mi esposa y… por encima de todo, debemos encontrar a su hijo, pues si cae en malas manos negros días se cernirán sobre Noreth… - y sin más se sumergió en el agua, confiando en que el otro lugar no habría nada. El nigromante me miró unos instantes y justo antes de meterse al agua me dijo algo: -Por el peso de mi armadura yo no podré salir sólo del agua muchacho, así que cuando lleguemos al otro lado quiero que me ayudes a subir, he visto la fuerza que tienes, y creo que será bastante si yo también uso la mía. – y sin más se metió al agua, seguido poco después por mí. Ahora era el momento de seguir avanzando, pero todavía había dudas en mí ¿Cómo íbamos a purificar aquel lugar? ¿Cómo se suponía que podríamos recuperar al niño sin saber tan siquiera cuándo o cómo se lo habían llevado? Y… La que para mí era más importante ¿Qué le había pasado en aquel lugar a la niña a la que yo había conocido hacía tiempo, Rose? Ella no sabía defenderse, no tenía ni la más mínima idea de luchar, y sin embargo había tenido que luchar contra cosas horribles que seguramente ya jamás se borrarían de su pequeña e inocente cabeza… En esos momentos eso ya dejaba de ser un simple y sencillo “juego” en el cual podía descargar adrenalina, ya era algo personal contra quién demonios fuera que había traído a la vida a aquellos seres.

{Tras la inmersión del licántropo, el brujo quedó solo en la caverna, en la cual no había otra salida. Las voces de los espíritus también llegaban allí, pero sin embargo no era la voz de buenos espíritus que pedían clemencia, se trataba de los gritos de malignos seres etéreos que intentaban carcomer su cordura y acabar con su integridad mental. Las escrituras del techo estaban escritas en una lengua que él conocía, la de los espíritus, los grabados rúnicos mostraban una historia, una de sangre y dolor, donde las víctimas de horribles atrocidades encontraban su fin en aquella misma caverna. Durante todo el camino él habría visto algo diferente a los demás, pues no veía el agua cristalina, sino la espesa sangre que durante años había servido para alimentar el pozo. Entre sus pies no habían pasado peces, sino largas serpientes de suaves y frías escamas, los arañazos de las paredes estarían recubiertos de sangre fresca, tal vez demasiado, y las paredes que el resto del grupo había visto cubiertas de sangre seca él las vería goteando este líquido carmesí constantemente. A sus espaldas escucharía lo que ninguno, que eran los pasos del demonio que habían dejado supuestamente atrás. No distaría mucho de él, tal vez diez, quince metros, lo cual para la criatura era todo un reto. Tenía dos opciones, las cuales eran, luchar contra él y tratar de vencerlo, o huir hacia la sala hacia la cual habían huido sus compañeros, pero si hacía esto tampoco tendría una tarea fácil, pues lejos de encontrarse con la calma y la tranquilidad del muerto lugar, sus compañeros estarían una vez más sumidos en una batalla en la cual no parecían tener posibilidades de vencer, chocando aceros contra los caballeros de la muerte: Grandes soldados armados que ahora luchaban una vez más al servicio de una única entidad, todavía desconocida para todos. ¿Qué haría el hombre? ¿Enfrentaría a la bestia o iría en busca de sus compañeros?}
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Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Jue Ene 12, 2012 7:07 pm

Los destinos están unidos por un delgado hilo
Este aun cuando no se puede ser, si se puede sentir
Y de muchas formas mantiene todo junto y girando en la creación
Mas este hilo se puede cortar con tanta facilidad
Que cuando lo hace el mundo llora, porque se ha perdido la continuidad

Christian Chacana 12 de enero de 2012

El aroma a cadáver, la sangre brotando por cada poro, bestias con filosas garras y colmillos hambrientos, seres de pesadillas o de sueños retorcidos, criaturas mortales que buscan la eternidad sacrificando a todos y a todo lo que le rodea, incluyendo su alma, su espíritu y esencia, ¿ qué le depara a aquellos que hacen pactos infames? ¿Aquellos que son obligados a servir en vida y muerte? ¿Aquellos a quienes les han devorado el alma? Quien sabe… solo aquellos malnacidos saben… solo ellos conocen el verdadero rostro de la oscuridad, de la muerte, no son los nigromantes con su poder, no son los guerreros en el campo de batalla ni tampoco los espiritistas con su vinculo al mas allá, no… son aquellos que muestran el suplicio en sus rostros, el dolor en sus cuerpos, la agonía en su carne, son aquellos los que desean morir y a la vez ser eternos, vástagos y alimañas, escoria y desechos…. Simples insectos que lamen el suelo con la esperanza de que sus amos hayan dejado alguna migaja en este.

¿Cual era el valor de esas vidas? Si es que aun poseían aquello que era llamado vida, el brujo había luchado como debía, manteniéndose a la distancia, su cuerpo , aun cuando había luchado con anterioridad, ya se resentía, no era su estado físico, si no su edad, un anciano en su tribu, donde pocos superaban los cuarenta años de edad, las jabalinas habían surcado la oscuridad, clavándose en la carne de aquellas moles, pero después no pudo ver más, aquellas alimañas, casi insectos a la orden del doloroso comandante se habían lanzado contra él, el peso de sus cuerpos presionaba al brujo contra el frio piso de roca, las garras intentaban desgarrar la carne, la piel y el cuerpo, pero sin importar el brujo no dejaba de defenderse, con habilidad saco una de esas dagas, destinadas a servir de vinculo entre ambos mundos, pero ahora servirían como quitadoras de vida, ya que sin piedad su filo atravesó aquella descompuesta carne y se introdujo en el cuerpo de ese ser, cortando lo que podía, apuñalando su cuerpo una y otra vez, los chillidos eran desgarradores, mientras un cuerpo caía y los demás eran levantados con asombrosa fuerza, el brujo sostenía su escudo firmemente y sin contemplación arremetió contra esas criaturas que aun intentaban aferrarse de su madera, pero ya era muy tarde, con un fuerte golpe terminaron siendo prisioneras de la madera y la roca del pilar, sus huesos crujieron y sus cráneos se trisaron, la sangre brotaba de sus heridas hasta que sus huesos se rompieron y dejaron escapar un gemido con el cual la vida se les escapaba del cuerpo, no había plegarias para ellos, no habían palabras para Enki, simplemente paz, paz que anhelaban las almas.

No muy lejos, el sonido de una batalla titánica se podía escuchar, el hombre de la montaña luchaba, si luchaba con todas sus fuerzas, sorprendiendo al anciano, aun con su baja estatura no tenía tiempo de flaquear contra su oponente, aquellas enormes moles de carne que con pasos lentos pero poderosos , hacían trizas a cualquiera que se cruzara a su lado, no importaba si era enemigo o aliado, con sus puños los cuerpos volaban y se estrellaban contra los pilares, la sangre inundaba ese lugar y el aroma a muerto también, lamentablemente, aquella batalla trajo un mal sabor a el brujo, había visto morir a muchos guerreros en su vida, a niños y a mujeres, por su vida muchas almas habían encontrado el camino hacia el gran señor Enki, pero aquella muerte hizo correr más de una lagrima por aquellas arrugadas mejillas, el hombre de la montaña lucho valientemente, pero al final había dado su vida por la lucha, terminando con su enemigo y con ello también con su vida, su cabeza rodo por el suelo, dejando una estela de sangre en el suelo, mas el brujo seguía luchando y con cada movimiento recitaba aquella plegaria para que Enki recibiera su alma y que le diera los honores por su muerte.

El combate estaba cerca de terminar, la luz del sacerdote ilumino con sus ataques, el gemido de dolor de aquella demoniaca criatura y la huida frenética, no había tiempo que perder, el brujo recupero una de sus jabalinas y corrió con el grupo, guardando la espalda, mas el sonido de algo acercándose a sus espaldas fue suficiente para comprender que era lo que venía, el brujo llevo su mano a su cinto y abrió una pequeña bolsa de cuero, pronto dos pequeñas esferas salieron disparadas de ese lugar, iluminando con fuerza cualquier lugar, como si fueran dos estrellas del norte el brujo vio a su enemigo, no era más que aquella criatura con su yelmo de acero, mas sus movimientos eran lentos, en aquel lugar su yelmo chocaba contra la roca y las paredes, su espada apenas podía moverse, pero eso no le restaba la amenaza, sujeto con fuerza, la jabalina, dejando de lado su bastón, el proyectil salió disparado, surcando aquellos metros que le separaban, incrustándose en la pierna de ese ser, mientras dejaba de lado su espada para arrancar la jabalina el brujo se lanzo, blandiendo su mayal, el aroma a cadáver y putrefacción casi lo hace retroceder, pero en aquel lugar terminaría con la existencia de aquella criatura, el mayal dio contra el casco una y otra vez, comenzando a abollarlo lentamente, la criatura intentaba defenderse, pero el anciano retrocedía y avanzaba, a veces blandiendo una daga que se incrustaba en hombros o vientre, otras veces con la jabalina restante, atravesando cualquier punto, la lucha duro, quien sabe cuánto tiempo, el brujo jadeaba, la criatura hacia lo mismo, pero una era por el dolor , el otro era por cansancio, sus jabalinas ahora yacían rotas a sus pies, la criatura simplemente seguía avanzando, mas aquel pasaje era estrecho y le detenía, haciendo que su yelmo chirreara con las rocas, en aquel momento el brujo dio su último golpe esperando que este fuera certero, su bastón dio contra aquella criatura, mas no en su cuerpo, si no en su grueso yelmo, el cual se ladeo y golpeo sus hombros, encajándose en la carne con fuerza, la criatura dejo escapar un gemido mientras tambaleaba, tras de él se escuchaba una horda que se acercaba, no había tiempo que perder y tomando su mayal lo blandió en el aire, impactando de golpe en el pecho, aquellas costillas crujieron, hundiéndose en los órganos, si es que tenia, un rio de sangre surgió del yelmo dañado, mientras la criatura caía inmóvil en esa agua, de rodillas, no muy lejos se vieron esos ojos carente de vida mirando al brujo, esta sin dudarlo tomo su bastón y corrió hasta el final del túnel, zambulléndose en el agua, el nado no fue tan duro como uno pensaría, pero para el cuerpo del brujo significaba un esfuerzo colosal ya, lentamente su cuerpos e fatigaba y sus músculos dolían, mas el solamente le imploraba a Enki que le diera fuerzas para que lograra su cometido, mas pronto vio la luz y el aire nuevamente lleno sus pulmones, lo que le esperaba no había sido de su agrado, otro combate, otra lucha, tosiendo algo el brujo salió del agua, apoyándose en su bastón y hablando suavemente, aquellas langostas surgieron de las bocas de los cráneos en su bastón, una pequeña nube viviente o espiritual se formo, y sin dudarlo se lanzaron en ataque hacia cualquier enemigo cercano a sus compañeros.
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Re: El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Mar Jul 10, 2012 5:56 pm

El choque del agua contra mi cara, la corriente rozando mi piel y la humedad calando por cada poro de mi cuerpo lograron devolverme algunas fuerzas, no porque el agua del lugar gozase de algún tipo de cualidad mágica ni nada parecido, sino porque sentía tanta presión en el pecho que el frescor del líquido más natural que existía me devolvió, en parte, la cordura. Apenas había transcurrido un día y ya había visto y oído cosas que no quería volver a ver: Criaturas del inframundo venidas sólo a causar dolor y desgracia, niños muertos que buscaba desolados con quien jugar, sin saber todavía de su negro destino en un pasado no muy lejano en el tiempo, hembras con la mitad del cuerpo de una araña con más poder oscuro que muchos hechiceros adiestrados durante años, pozos secos que llevaban a iglesias y horribles criaturas que sin dudarlo acabaron con la vida de uno de mis compañeros; el enano, que acérrimo en la batalla había preferido perder la cabeza en el combate que el valor en la retirada. Nadé durante un par de minutos y llegué hasta el fondo para tomar al nigromante de una de sus hombreras y subirlo. Costó un poco, pero finalmente, al cabo de unos cinco minutos, llegamos por fin a la superficie donde lejos de la calma y la tranquilidad que uno pueda esperar de una iglesia abandonada y parcialmente destruida nos encontramos con más caminantes; muertos que se aferraban a su último hálito de vida conferido a cambio de sus almas inmortales. Nuestros nuevos enemigos blandían grandes espadas que sin duda pretendían usar para cortar la carne de nuestros cuerpos, y como y era costumbre en ellos no perdían un solo segundo en su cometido de acabar con nuestras vidas mortales. Era curioso su aspecto, ya que parecían ser grandes moles de metal de más de dos metros de altura, carentes de todo signo de vida en su interior, pero sin embargo en sus armaduras afloraban plantas, árboles en miniatura e incluso algún que otro hierbajo por los agujeros de sus ojos. Blandían, o más bien incorporaban, grandes espadas en su brazo izquierdo, mientras que en sus diestras habían escudos de su mismo tamaño de puro acero que chirriaban al ser arrastrados por el suelo. Sobra decir lo infernal que era aquel sonido para mis finos oídos lupinos, y creo que me ahorraré describir la sensación de nauseas que recorrió mi cuerpo cuando uno de ellos levantó su brazo para intentar partir en dos al clérigo que nos hacía de guía por el lugar.

Nikolayev, sin embargo, parecía que ya conocía a las bestias y antes de que la metálica zarpa de la criatura llegase siquiera a tocarlos a él o al cadáver de su mujer un muro de luz emergió a un par de palmo de sus narices y quemó la mano del gigantesco titán férreo a medida que esta avanzaba. Era el momento. Aprovechando los gritos de agonía del primero y la ceguera de lo demás a causa de la intensa luz blanca del muro de luz del cura, Khaelos y yo nos lanzamos en un ataque frontal que si salía mal sería narrado por los bardos como la mayor estupidez de la historia. El nigromante, un curtido guerrero con notorios conocimientos de tácticas de combate adquiridas en saben los dioses cuantas guerras, no tuvo problema alguno en desviar con destreza el primer golpe de la espada de su rival. La madera se resintió bajo el acero por lo que llegué a escuchar con mi afinado oído, pero no bastó para detener al hombre de la armadura negra, que raudo como el relámpago lanzó una estocada a las piernas metálicas del ser para intentar acabar con él. Su acero rebotó y de boca del nigromante escapó una maldición que nuevamente no pude evitar oír. Su homólogo en magia, el cura, mantenía a raya a dos gigantes más a base de dardos de luz pura y de una espada corta imbuida en los poderes del bien que relucía tanto como un fuego de campamento en mitad de una noche sin luna. El recién llegado brujo ya estaba haciendo de las suyas con la magia, invocando criaturas apenas visibles para mis ojos, que rechazaban la magia de forma natural, semejantes a saltamontes. Estas volaban, o más bien flotaban, en una densa niebla que consumía todo a su paso, o esa impresión daba. Cuando los insectos fantasmagóricos llegaron a las bestias empezaron a intentar roer su armadura, pero fue en vano, y a medida que las bestias se daban cuenta de que no representaban una amenaza real, los lacayos del mal continuaban su incansable batalla. Así fue hasta que, por azar o intervención divina, un pequeño “destacamento” de insectos llegaron hasta el rostro de la criatura, el cual estaba formado aparentemente de madera o al menos con partes de esta. Un grito impropio incluso de un demonio azotó el aire cuando la pequeña plaga fantasmal arañó la corteza de su máscara, y en ese momento todos nos dimos cuenta.

Yo, que hasta el momento me las había estado viendo contra dos de aquellas bestias valiéndome sólo de mi resistencia y mi agilidad para evadir y aguantar sus golpes, fui el primero en poner en práctica la hipótesis demostrada por las mangostas del brujo de piel oscura. Aproveché que era mucho más rápido y ágil que ellos y me coloqué a espaldas de uno, usando el pecho de un segundo como apoyo para rebotar y agarrarme al cuello de su amigo. La espada entorpecía mis movimientos, estaba claro, así que la lancé en dirección a la máscara del que tenía detrás. Este agarró con fuerza el metal. Pero ya era tarde para él, y empezó lentamente a emanar una oscura luz por los agujeros para sus ojos que terminó por envolverlo, haciéndolo desaparecer. Sonreí y llevé mis manos desde el pescuezo de mi presa hasta su máscara, metí los dedos por los mismos hoyuelos para la visión por los que había empezado a desaparecer su compañero y tiré con fuerza hacia lados opuestos. Al principio creí que no podría, pero a medida que la madera fue cediendo vi más cerca mi objetivo, hasta que finalmente logré quedarme con una mitad de la careta de tronco en cada mano. Impulsé mi cuerpo con las piernas hacia atrás para alejarme de la criatura y corrí a ayudar al brujo con el suyo, ya que el hombre parecía, además de agotado, indefenso contra semejantes bestias –pero lejos de ser así sus mangostas resultaron hacer más trabajo que yo en la eliminación de objetivos-. Cuando el último hubo caído el cura dio la orden de continuar avanzando por la penetrante oscuridad que nos invadía. Sólo un punto de luz al final de un largo pasillo mantenía nuestras esperanzas de encontrar aquello que estábamos buscando. Los sonidos de metales chirriando se repetían en mi cabeza una y otra vez; guturales voces venidas de todas partes rebotaban en las paredes y nos traían a todos mensajes de advertencia; decían que nos retirásemos o moriríamos. Tras caminar varios minutos, unos diez, en calma, un nuevo alto en el camino me hizo pensar que la amada tranquilidad que de la que habíamos gozado durante la marcha estaba por terminar, pero nada más lejos de eso únicamente tuvimos que subir unas cuantas escaleras para hallar un viejo altar semejante al que habíamos dejado atrás hacía ya casi una hora.

Nikolayev, que abría el grupo, caminó con la seguridad de que nada le ocurriría hasta lo que parecía ser un ataúd situado en mitad de la sala. Mientras tanto el nigromante y yo rastreamos los alrededores armas en mano en busca de más enemigos, pero el clérigo negó con la cabeza al tiempo que depositaba a su difunta esposa sobre el lecho de piedra en el que debía pasar la eternidad. – No busquéis. Esta sala está protegida por Luminaris y no podrían entrar ni aunque rompiesen la barrera, pues incluso el suelo ha sido bendecido y les quemaría los pies con cada paso. – Suspiró y tomó un morral viejo de cuero que había al pie de una estatua de madera que representaba a un hombre crucificado. De él comenzó a sacar velas y más velas, como si la bolsa no tuviera fondo –que en efecto no tenía- y fue depositándolas de una en una alrededor del sarcófago de la mujer. Dio tres vueltas con los cirios al pedestal de roca. –Levantad ese atril. – Ordenó, señanaldo un pequeño atril de piedra maciza que había tirado en el suelo. Gracias a la fuerza del nigromante, que se sumó a la mía, no nos costó demasiado hacer eso. –Apartaos. – Nuevamente su voz sonaba seca, distante y fría como hasta el momento no lo había hecho. De sus ojos brotaban lágrimas como puños cada vez que dejaba en el suelo una vela, formando así un cordón que unía los tres círculos que rodeaban la caja para muertos con la piedra del atril. Cuando terminó, chasqueó los dedos y todos los cirios fueron ardiendo en el orden que habían sido colocados. Sacó del morral un viejo libro con inscripciones doradas en sus tapas y suspiró antes de abrirlo y sacar de él una cruz de madera que depositó en la mesa. Con la mano nos indicó a los tres que había allí –Khaelos, yo y el brujo que parecía haber vuelto a salir de la nada- y cerró los ojos antes de respirar hondo para informarnos de su plan: -Voy a purificar el cuerpo de mi esposa. El niño lleva muy poco tiempo fuera de su vientre, y todavía mantiene la unión sagrada que une a un hijo a su madre. Ahora es lo suficientemente fuerte como para permitirme actuar a través de ella. Si purifico a su madre él también será bendecido y podrá rechazar a los demonios sólo con su llanto. – el nigromante y yo cruzamos miradas sin entender el tono preocupado de su voz: - ¿Y dónde está el problema, padre? –inquirió el pastor de muertos, adelantándose a mí por un par de segundos; -En que para el hechizo voy a necesitar toda la esencia divina del lugar. La cúpula que protege este sitio de los demonios y la bendición que reza sobre él quedará muy debilitada; los más débiles, como aquellos que nos atacaron en la catedral, no podrán poner un pie en la capilla, pero sí sus superiores. Demonios mayores que podrían interrumpir el ritual. – respiró hondo y se dispuso a continuar, pero Khaelos lo interceptó con sus palabras como una flecha a una diana lanzada al aire: - Eso quiere decir que ahora tendremos que luchar contra una horda de demonios más fuerte que las anteriores, y que para colmo no contaremos con tu magia sacra ¿no? – asintió el cura – Bueno… en ese caso será mejor prepararse. – tercié yo, sujetando mi espada muy cerca de mi rostro. Inspiré una bocanada del aire fresco que entraba por las grietas de las paredes y me di unos momentos para pensar en todo lo que me jugaba: Aerith, su felicidad… Su vida. Asentí para mí mismo y apreté el cuero de mis guantes al mismo tiempo que lo hacía con el Mithril negro de mi fiel compañera. –Esto es todo o nada. Debemos proteger a Nikolayev por encima de nuestras vidas. Yo cubriré la zona norte; está más oscura que el resto y podría ser un problema para vosotros. Khaelos, rebusca entre las ruinas y mira si puedes hacerte con algún cadáver que te sea útil para tus hechizos. Después sitúate en el flanco sur. La luz de las velas te proporcionará suficiente para que puedas luchar bien, tus ojos son más jóvenes y están menos cansados que los del mago. Ootuku, tú al este. El sol saldrá en pocas horas si todo va según lo planeado, así que tus enemigos serán mucho menos poderosos y numerosos. Es lo más parecido a un descanso que vamos a tener… Creo. – tomé de nuevo aire, hinchando mi pecho lo más que pude, y solté una exhalación pesada, cargada con un vaho típico sólo de los lobos árticos que se preparan para la caza.

{Los angustiosos minutos que el grupo hubo de esperar para que la magia del cura hiciera efecto no podrían ser descritos con precisión por un servidor, ya que en la mente de cada uno, y en sus corazones, se dibujan diferentes imágenes. Por ejemplo, en la del licántropo no dejaban de pasar escenas de su pequeño cachorro, Kouta, y de su amada Aertih juntos, sentados a orillas de un lago esperándolo a él para empezar a comer de una manta en el suelo donde habían dispuestos multitud de platos con carne. En la del nigromante se dibujan las escenas de un campo de batalla sacudido por la guerra, donde las banderas a media hasta de los imperiales desfilaban tras la derrota, cubiertas por la sangre de los caídos. Y allá, a lo lejos, se alzaba el castillo de su rey, tan imponente como había sido en días pasados.

El sonido de la pared al quebrarse eliminó de su mente todo tipo de recuerdos bonitos o imágenes idílicas. Ahora sólo podían centrarse en acabar con las bestias que entraban por los diferentes agujeros de la pared. Eran seres deformes. Algunos tenían alas o cuernos en la cabeza, otro escupían fuego por las fauces y unos pocos blandían espadas negras como la noche formadas por magia. Era el momento de la verdad. Todo o nada. Ganar o morir. ¿Qué bando arrastraría consigo la victoria?

Y como había tantos objetivos en los que fijarse, ninguno de los tres guerreros pudo percatarse de que el cadáver de la mujer empezaba a elevarse en el aire con cada oración del párroco, descomponiendo la cara de este en una expresión de terror infinito que lo hizo comprender, que su esposa ya no podría ser purificada. Su alma se había perdido ya en lo hondo del río de los muertos, allí donde moran las cámaras de tortura del señor oscuro. Y ahora tenía que velar por salvar la pura ánima de su retoño así como una loba vela porque a su cachorro no le pase nada en los primeros días.}

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Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Mar Jul 10, 2012 10:49 pm

Gran Enki, mira a tus hijos, mira como derraman la sangre de los sacrificios
Mira como luchan en tu nombre y siguen tu senda.
Gran padre Enki, no te olvides de nosotros, los que somos tus hijos

Christian chacana 10 de julio de 2012

La lucha, el poder … los espíritus y la armonía, el cansancio y las palabras antiguas, el brujo luchaba, sus espíritus luchaban, sus viejos huesos dolían, sus músculos punzaban, era como si su propio cuerpo no deseara luchar más, ni en su juventud después de días de danza había sentido ese mismo dolor, aun así … aunque su cuerpo fuera un caldero al rojo vivo, aun cuando sus manos ya no pudieran soportar su bastón, el seguiría luchando, no por él, no por su tribu, si no por su devoción a Enki, al gran padre, sus palabras eran su misión, sus designios sus ordenes, no dejaba de recordar las palabras de la tribu, no olvidaba sus rostros, sus penas, aquello que rondaba entre las chozas de madera y hojas, su piel oscura, sus labios agrietados, sus ojos café que miraban el cielo esperando una señal, su mano sujeto su bastón, aquel que ya estaba agrietado pro al batalla, aquel que estaba gastado por el caminar, las langostas volaban arañaban e intentaban morder, mas sus etéreos cuerpos tan solo eran molestos, con un movimiento golpeo la armadura, aquel demonio tan fuerte, mientras los gritos resonaban entre los muros, un golpe, la ayuda del hijo de la luna, un movimiento y un cuerpo que se volvía cenizas ante los ojos de los presentes, el cansancio el jadeo … el corazón que bombea la sangre tan rápido que podría estallar … como si la edad cayera sobre el cuerpo y tan solo pidiera descansar.

-Enki dame fuerzas para cumplir tu cometido *comenzó a recitar en voz baja* dame la fuerza para seguir la senda que has marcado para mi espíritu, déjame ser la herramienta para cumplir tus deseos, para ayudar a mi tribu, para limpiar los espíritus que aun vagan sin rumbo en este mundo, dame tu bendición …. Para que aun cuando mi cuerpo deje de existir, mi espíritu pueda guiar a más hasta el lugar correcto…-

Escaleras, oscuridad, el sonido de el agua filtrándose y goteando, pronto llegaron a una sala, se respiraba paz y con las palabras del sacerdote el brujo tomo asiento en una banca a medio podrir, con dificultad dejo a su lado su bastón, quitándose la máscara, y dejándola a su costado, su pecho subía y bajaba, como pidiendo más aire del que podía tomar, sus manos temblaban, era verdad … la lucha era para los jóvenes, pero él debía de seguir, su cuerpo podía darse por vencido pero su espíritu no, tomo un par de bocanadas de aire, hasta que su corazón se tranquilizo y sus músculos se relajaron, con atención escucho las palabras del sacerdote, y cuál era su misión, la purificación de un cuerpo y con ello la purificación de una criatura poseída por la oscuridad y los espíritus inmundos, mientras los demás descansaban unos instantes el brujo saco una de sus dagas ceremoniales e hizo un corte en su dedo, tomando su máscara y dibujando sobre esta, a la vez que repetía palabras en un idioma desconocido para los presentes.

-Omarusak… leriotumo… istarinokumo… Enki…ogarash… enturipo… ookumutre… ootuko… nasgurotu … isfalaneru-

Abriendo una bolsa de cuero saco un puñado de hongos y raíces, necesitaría algo más que simple fuerza y experiencia, lentamente comenzó a masticar aquellos elementos, humedeciéndolos con su saliva y tragando esta, lentamente su cuerpo se relajo, mientras lo hacía caminaba hacia el este, colocándose su máscara pintada ahora con sangre y su bastón, su mayal también lo tenía firmemente agarrado, en aquel momento su respiración era más pausada, cerrando los ojos, las paredes cayeron, el sonido de la batalla era lejano, con tranquilidad abrió sus ojos y vio el filo acercándose a él, su cuerpo se movió por deseo propio, los alucinógenos ahora manejaban su cuerpo, Enki lo hacía, el mayal recorrió la pequeña distancia impactando contra el costado del enorme demonio, pudo escuchar un sonido apagado, como de costillas destrozándose, pero el demonio era mucho más que lo que demostraba, y abriendo sus fauces una bola de fuego salió disparada, el brujo cayó de espaldas, ya que sus piernas habían dejado de moverse, el calor de la bola lo sintió, pero ante sus ojos todo el mundo avanzaba más lento, el demonio levanto su espada y la dejo caer sobre el brujo, el cual se había girado hacia uno de los costados, levantando su bastón e impactando nuevamente en aquellas costillas rotas, un enorme gruñido de dolor se escucho, cuando el mayal impacto el rostro del demonio, el brujo seguía moviéndose como si anda hubiera pasado, aun cuando varias heridas ya sangraban en su cuerpo, mas los hongos y raíces dejaban que el brujo estuviera en comunidad con los grandes guerreros del pasado, pero aquel demonio, no era un simple esbirro, era un gran demonio, y aun cuando cada movimiento era un suplicio, dio un golpe al brujo en todo su cuerpo, se pudo escuchar un quejido de dolor, mas allá de lo que cualquier droga alucinógena pudiera ocultar, el brujo dio de bruces contra el suelo, y mientras se levantaba un poco de sangre cayó desde su máscara, escupida por él, con ayuda de su bastón pudo levantarse, aunque escuchaba como el demonio se lanzaba contra él, tomando con todas su fuerzas su bastón, lo blandió y casi sin ver lo uso como si fuera una espada, impactando directo contra el rostro del demonio, destrozando al madera del bastón y rompiéndolo en dos con el fuerte impacto.

-Por PADRE ENKI… por los antiguos espíritus, por los grandes antepasados … por aquellos que han derramado su sangre para limpiar el mundo de los demonios y guiar a las almas a su descanso correcto … ¡¡¡POR EL GRAN ENKI!!!-
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Re: El paso secreto

Mensaje por Dalahak Schtzie el Miér Jul 11, 2012 7:07 pm

En mi vida había visto tal grueso de filas enemigas. Cada uno poseía un arma, y no necesariamente sujetaba esta con sus dedos, sino que la llevaba incorporada en el brazo, una rodilla o la propia cabeza. Ante mis narices desfilaban el blanco y el negro mezclándose de vez en cuando en un tono gris apagado; no eran más que los colores de las pieles demoniacas de nuestros enemigos. El sonido de alas al extenderse, el fuerte olor a azufre que se colaba en mi hocico como una cuchilla empujada a la fuerza, la ponzoña recorriendo las grietas del suelo como si se tratase de agua de lluvia. Sólo tuve unos segundos antes de que todo aquella comenzara, y estos los aproveché para dar un último respiro a mi corazón, agitado como jamás lo había estado ¿Pero por qué? Era algo que no comprendía, y que tampoco iba a poder comprender sino me ponía rápido en marcha. Mi primera víctima, un demonio de grandes cuernos y alas cartilaginosas a la espalda, blandía dos grandes espadas que no dudó en alzar en mi contra en el mismo instante que una tercera mano se fugaba por lo bajo en dirección a mi estómago. Como pude bloqueé las dos hojas con la mía y las desvié antes de lanzar un rápido corte en diagonal descendente hacia la tercera extremidad de mi atacante, esperando cercenársela como había hecho otras tantas veces con innumerables enemigos, pero en lugar de eso el filo oscuro de mi mágica hoja encontró la horma de su zapato en el hueso del demonio. Sus venas verdes y azules no restallaban sangre tras la herida sino ácido, un ácido que estaba acabando con mi espada poco a poco, comiéndosela como si fuera madera y las gotas pequeñas colonias de termitas saciando su hambre infinita. Maldije por lo bajo a mi enemigo y retiré lo más rápido que pude la espada, lanzando después otro corte idéntico al primero hacia el pecho de la bestia, mas esta, rauda como nadie hubiera esperado, evitó el golpe y lanzó una nueva estocada hacia mí. Yo, que todavía no había logrado reponerme del golpe lanzado contra ella, veía venir la acerada de forma lenta, como si el tiempo hubiera sufrido de repente una ralentización. Era la vida, mi vida, que se escapaba en un suspiro. Nunca lo había visto así, y ahora que lo hacía comprendía el temor de muchos a la muerte; perder seres amados, hacerles daño cuando sólo intentabas protegerlos… Muchas emociones, tantas que bloquearon mi cabeza y mi cuerpo. Las cartas estaban echadas, la hoja del demoño estaba demasiado cerca por mi costado izquierdo y la mía propia se encontraba en la dirección opuesta. Ni aunque moviese con todas mis fuerzas la tizona llegaría para detener el impacto.

Ante mi inminente muerte cerré los ojos. Era uno más, otro soldado que caía en el campo de batalla sin motivo alguno. Aguardé durante un segundo… dos… tres…la dama de la guadaña no se acercaba por la oscuridad de mis párpados. No había luz alguna al final del túnel y lejos de ver pasar mi vida ante mis ojos, lo que estos contemplaban sólo eran los castaños cabellos de una humana cuyo olor pareció inundar el aire durante una milésima de segundo: exactamente el tiempo que el rechinar de una espada contra otra me devolvió a la realidad. Arrodillado, el nigromante hacía fuerza con el brazo del broquel para contener la espada del ser abismal contra la suya, antepuesta a la madera de su fiel escudo. Cada segundo que pasaba mirando era una mella más para su escudo y un segundo menos de vida para ambos, así que traté de reponerme rápido. Agradecí con la mirada su gesto y antes de que el demonio se percatase de que había vuelto su principal enemigo hundí la negra hoja de mi espada en su pecho con fuerza, enterrándola en la carne y destrozando parte de sus huesos. Crujía. Era buena señal. El acero del nigromante ganó terreno frente a la brutal espada de la bestia a medida que mi compañera metálica se hundía más y más en su carne, hasta que finalmente sentí como dejaba de romper pequeños huesos y atravesaba el corazón del diablo. Gimió de dolor y un segundo después comenzó a agrietarse como si se tratase de un huevo a punto de dejar salir al polluelo. Por las grietas manaba una intensa luz roja cual río de lava, haciéndose más y más intensa por segundos; tanto que al final no podía ni mirar a la criatura, al menos si es que quería conservar el sentido de la vista. Para cuando reabrí los ojos Khaelos ya estaba enzarzado en una cruenta batalla contra otro de los muchos demonios del lugar, no hablaba, no vacilaba en el combate. Blandía orgulloso su espada mientras que destrozaba la carne y atravesaba las cabezas de los enemigos más cercanos. Otro que también luchaba como jamás hubiera podido imaginar era el brujo de piel oscura, que agitaba su bastón una y otra vez en contra de un demonio de piel oscura –roja a juzgar por el tono gris apagado que yo percibía- para enterrarlo en su carne. Desde luego no se hundía como una espada, pero cumplía casi la misma función que una, partiendo huesos y reventando cuanto encontraba en su camino. A sus pies yacía el cuerpo sin vida de un apaleado ser infernal que por lo visto no había podido contra el viejo sacerdote indígena, y a juzgar por como se movía este –y gritaba- pocos serían realmente capaces de plantarle cara al hombre de la jungla.

Entre espadazo y espadazo tenía tiempo de ver fugazmente a Nikolayev en su particular lucha, encerrado en una columna estrecha –de unos tres metros cuadrados- conformada por las velas que había dispuesto a su alrededor y en la cual apenas cabían él y su atril para el libro y el crucifijo. De sus ojos brotaban las lágrimas más dolorosas que jamás le había visto derramar a nadie, ¿y por qué? Porque frente a él tenía a su esposa, elevándose en los aires con el vestido rasgado, la sonrisa corrompida y los ojos negros como el fondo marino. Incluso a mí se me heló la sangre al ver la visión de aquella mujer luchando por romper el velo mágico que la separaba del clérigo, que en vano intentaba una y otra vez purificar su espíritu y darle paz. Negué con la cabeza y tras atravesar un corazón más –el segundo- me lancé contra la dama en suspensión. El salto lo di cuando nos separaban unos cuatro metros, algo que mis potentes piernas podían soportar sin problema, y en mitad de este sufrí la transformación más dolorosa que jamás había sentido. Rápida y eficiente, sí, pero con tanto dolor que ni mi costumbre para soportar el quebrado de huesos y la ruptura de tejidos internos pudo hacer algo para paliar la tortura contra la que ya tendría tiempo de luchar. En mis venas sentía el fuego correr; plomo candente latiendo desde mi corazón hasta cada parte de mi cuerpo. Más fuerza, más velocidad, más resistencia… Todo era mejor excepto que… no tenía el total control de mis actos. De este modo, cuando abracé por sorpresa a la mujer, esta emitió un potente chillido agudo que sólo mis oídos alcanzaron a escuchar, sangrando por ello. Me mareé y tuve que aguantar las ganas de vomitar hasta la primera leche que me habían dado en vida para poder seguir luchando. Con la garra izquierda sostuve su cuello, apretándolo para asfixiarla, y con la derecha formé un arpón para atravesar su cabeza como si se tratase de una sandía. Todo había sido tan fácil que no me lo creía; y en efecto... No pasó nada. Mi mano traspasó su cráneo como si fuera un humo irreal; en sus labios se formó una sonrisa de dientes afilados que ralentizó mi pulso. La oscuridad de sus ojos no poseía ni una pizca de luz; su malévola sonrisa era símbolo de lo que estaba a punto de pasarme. No sé en qué momento ocurrió, pero las tornas se cambiaron; ahora era yo el que estaba siendo asfixiado y a punto de morir atravesado por la garra de una mujer… Aerith. El rostro de aquella joven enfurecido, su mirada de odio intenso… Son cosas que se clavaron tan hondo en mi corazón que no podría describir con exactitud. Nuevamente me salvó un tercero, en este caso el hombre consagrado a los dioses de la luz, que clavó un dardo purificante en la mano de la supuesta Aerith haciendo que esta perdiese el control de su hechizo. La mujer le devolvió la atención, quedando de espaldas a mí. Entre todo el barullo de la batalla pude distinguir el llanto de un niño; lloraba de una forma tan aguda que no podía ser demasiado mayor: ¡El recién nacido!

Raudo, me alcé del suelo y cerré los ojos un momento para orientarme. Cuando el benjamín de nuevo vació sus pulmones con el llanto me dio su posición, pero no sólo a mí, sino a muchos de los demonios allí presentes. Nikolayev, que también lo había oído, conjuró no uno sino tres muros de luz que abrasaron la carne de los impuros entre gritos de dolor y agonía, mas no la de la mujer. Sus largos brazos pálidos se extendieron hacia el niño. Este lloró más cuando la fría piel de la no-muerta rozó su fina epidermis, descubierta en su mayoría. -¡No! –Grité, y entonces todo se volvió negro.

{Ahí estaba el límite del muchacho. Podía soportar ver a su amada a punto de matarlo, a sus compañeros salvándole la vida y muchas otras cosas, pero algo que su mente, seguramente por su parte animal, no concebía era que se dañase a una criatura tan pura como un niño pequeño. Todavía transformado corrió hacia la mujer y se abalanzó de nuevo contra esta con cuidado de caer lejos del bebé. Sus fauces se hundieron en el cuello de la no-muerta, pero como había pasado antes se intercambiaron los papeles, y de nuevo el can estaba en peligro de muerte. Khaelos, que había estado observando aquello atentamente, no perdió tampoco ni uno de los valiosos segundos con los que contaban, sin pensarlo dos veces arrojó su propia espada hacia donde se encontraban la vampiresa y el licántropo.

El acero encontró el corazón de ambos. Matando a uno y paralizando a la otra. La luz del sol bañó cada rincón de la iglesia en unos minutos, como si algún tipo de hechizo purificador de gran poder la conjurase, y los seres de las profundidades vieron arder su carne hasta la muerte, convirtiéndose junto con reina, en cenizas grises que volaron con el primer soplo de viento. Cesó el sonido de la batalla, y sólo se pudo escuchar entonces el ruido que hacía el escudo del nigromante al caer al suelo, mezclado con los metálicos y rápidos pasos que ejecutaba el mismo y los llantos del niño. Khaelos se liberó del yelmo y dejó ver su rostro joven de ojos rojos arrodillado frente a su compañero de batalla. Estaba muerto… Y era su culpa. Una lágrima cruzó sus mejillas y una expresión de furia le bañó el rostro. Nikolayev negó con la cabeza mientras se acercaba hacia el hijo de la luna y trató de sanarlo. Logró algo; volvía a latir sangre en su cuerpo. Había vuelto de entre los muertos, pero no como un enemigo… Sino como algo más. Ya que la muerte le había liberado de su forma animal acarició con su mano bañada en sangre propia el rostro pálido del pastor de muertos, separando sus labios para poder hablar, aunque con tono rasposo, propio de aquellos que ya no gozan de mucho tiempo entre los vivos.

-Hiciste… Lo correcto… -Murmuró el licántropo, aunque el repentino silencio que había invadido el templo convirtió su murmullo en un eco que rebotó en los oídos de todos. –Yo… hubiera muerto igual, pero de no ser por ti ahora todos estaríamos al otro lado. – Cerró los ojos un segundo: -Noctis, deja de gastar las fuerzas que te quedan. Podré sanarte si te mantienes… - aseguró el elegido de los dioses de la luz, pero el hijo de la luna negó con su cabeza y esbozó una sonrisa en su rostro – No… Mi cuerpo rechazará la magia… Tu hijo… Usa tus poderes en él; los latidos de su corazón son débiles, puedo sentirlo… -tosió y esputó sangre. –Yo… ya he visto lo que me espera en el otro lado… -no dejaba de toser. Su muerte no distaba mucho. – Ahora… Podré entrar al salón de los guerreros… -respiró hondo y tomó su espada, que hasta hacía sólo unos segundos había estado unida a sus garras como licántropo –Espero… que esta espada sirva para pagar las reparaciones de la tuya… Ese demonio cabrón te la ha dejado bien mellada ¿Eh? Fúndela… Y que arreglen con su metal la tuya… - el militar se negaba a aceptar el regalo, pero la insistencia del licano finalmente logró convencerlo. –Ootuku… Viejo… Pero mucho más fuerte en espíritu que yo… No vacilaste ni un momento en esta batalla que hemos librado… A ti… No tengo espada que dejarte pero… Quiero que hagas algo… - respiró hondo una vez más, la última de sus bocanadas de aire en vida – Con los huesos de mi pecho… talla una máscara… esa que llevas está ya vieja y desgastada… -la media sonrisa de su rostro no se desdibujó ni tan siquiera en el momento de su muerte.

Todos lamentaron su muerte. Khaelos tomó la espada del licano y esta no lo rechazó, era una buena señal. Nikolayev, por su parte, curó a su hijo y con lo que restaban de sus poderes mágicos encendió una pira mágica en la que ardió durante más de dos horas el cuerpo del mestizo. Dos horas en las que nadie se movió de allí enfrente, y en las cuales el metal de ambas espadas –la de Khaelos y la de Noctis- fue uniéndose el uno con el otro, manteniendo la forma del primer acero pero las propiedades del segundo; toda la fuerza que le entregaba aquella espada a Noctis ahora pertenecía a Khaelos. Ootuku recibió al cabo de un rato los huesos con los cuales habría de tallar su máscara, pero había tantos que seguramente el espiritista también pudiera sacar algo más, por ejemplo un bastón de los duros huesos del licano, o unas dagas de sus costillas.

¿Qué harían ahora Khaelos y Ootuku tras la muerte del licántropo; hacia donde encaminarían sus pasos?

Preguntas sin respuesta que el tiempo responderá.}


Off importante:

Bien, finalizada la partida (Será Ootuku el que le dé fin tras aclarar con él que así haría los 10 post reglamentarios)me gustaría pedir para mis participantes los siguientes premios.

Para Khaelos: Que su espada obtuviese, tras ser reforjada con el metal de la Espada Demoniaca, las capacidades mágicas de la misma, así como su resistencia y demás (Visibles en mi ficha). El motivo por el cual se conserva el aspecto de SU espada es puramente estético (Decisión del propio Khaelos), pero on-rol es porque la espada de Khaelos absorbe el metal de la de Noctis como si fuera una esponja.

Para Ootuku:

Máscara espiritual de lobo (Aspecto a gusto de Ootuku): Una máscara tallada directamente de los huesos de un licántropo, en vida, bastante fuerte. Su dureza es equiparable a la del mithril, pero no sólo eso. La magia espiritista de las cuales hace uso el brujo permite a este traer una vez cada cinco turnos el espíritu de Noctis para que luche a su lado. Dicho espíritu, si bien no puede dañar como lo haría el propio licántropo, sí que es capaz de romper fuertes barreras y protecciones mágicas así como de "helar" todo aquello que toque (Como todo fantasma puede congelar lo que toque, pero al ser una criatura que rechaza la magia esto en el espíritu de Noctis se ve reducido a aplicar una leve aura fría a las armas aliadas)

Equipo de hueso: Un bastón y seis dagas de hueso de licántropo. La dureza de este equipo es equiparable a la del Mitrhil, ya que los huesos de Noctis no eran sólo más resistentes que los de un humano, sino más que los de un licántropo de su nivel incluso.

Me gustaría dejar en claro que no quiero que la experiencia o los diamantes salgan de esta cuenta. Le cambiaré el nombre por "Toddy" e iniciaré un personaje nuevo al nivel que quede esta cuenta.
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Re: El paso secreto

Mensaje por Ootuku Bombatuku el Jue Jul 12, 2012 9:15 pm

Los caminos de los espíritus son curiosos y extraños
Demasiado para que los simples mortales puedan comprenderlos
Pero si existe algo que se puede vislumbrar entre la bruma
Es que cada espíritu tiene diferentes deseos a los nuestros
Y con ello podemos saber que existen mil y un posibilidades.

Christian Chacana 12 de julio de 2012

Gritos y rugidos, el sonido de metal enterrándose en el suelo y de la sangre goteando, aroma a azufre y sudor, a muerte y desesperación, el brujo luchaba ¿pero era él quien movía su cuerpo? Realmente no lo sabía, ya que los hongos y raíces lo llevaban a un estado que no podría ser comprendido por hombres y mujeres fuera de las selvas, podrían decir que estaba drogado y era muy probable que fuera así, pero tanto las toxinas como los venenos que nublaban la mente eran algo a lo que el viejo brujo estaba acostumbrado, como si fuera una simple marioneta de poderes muy superiores, luchaba, hasta el punto de romper sus propias armas, tanto su cuerpo como su alma sufrían, su demacrado cuerpo, ya agotado con la lucha anterior utilizaba las fuerzas que le quedaban para sobrevivir, aun así se movía, sus músculos se tensaban y su mente solo tenía la idea de cumplir los designios del gran espíritu, del padre Enki. El bastón del brujo se había roto en dos, pero como si las calaveras colgadas de este gimieran de dolor, el brujo utilizo el trozo de bastón aun en su mano como si fuera una lanza, incrustando al punta rota en el ojo de uno de los demonios, tan profundo que atravesó el duro cráneo, un rugido y gruñido salió de las fauces de demonio, mientras que con sus enormes brazos intentaba golpear en vano al brujo, que se había movido hasta su espalda y blandiendo su mayal azotaba las costillas del demonio, el brujo tomo con ambas manos aquel mayal de hueso y hierro y con todas sus fuerzas golpeo las costillas del demonio, el crujido que hicieron solamente se puede comparar con el de un árbol quebrándose, un gruñido de muerte salió de sus fauces, mientras caía de rodillas asuelo, comenzando a disolverse como lo que era, podredumbre y muerte, mas mientras el brujo intentaba tomarse un respiro, entre la oscuridad dos nuevos demonios surgieron, aun más fuerte que los anteriores, el brujo se rio, realmente se reía de los demonios, mientras sostenía el mayal con su cansada mano, dando un suspiro les miro fijamente, tras aquella mascara de madera que bañada en sudor y sangre se encontraba.

-Enki guía mi mano… Enki guía mi espíritu, ya que aun en la hora más oscura no temeré a los demonios, no temeré a la oscuridad ni a sus habitantes, porque no estoy solo, si no que en mi camino muchos más me acompañan… levántense demonios, levántense almas errantes, que el pastor de sus espíritus aguarda mostrarles el camino que deben de seguir-

Mas los demonios no pudieron hacer nada, ya que como si fuera una ola de luz, sus cuerpos se desintegraron, entre gemidos y dolor, polvo que cayó al suelo, junto con todos los impuros y seres blasfemos de ese lugar, el brujo cayó de rodillas, jadeando, el cuerpo le ardía, le dolía, llegando al punto que debió de tenderse sobre el suelo unos instantes, mientras que con manos temblorosas se quitaba su máscara y respiraba, el sabor a sangre de su boca le recordó el dolor, mas no era tiempo de quejarse, y guardando su mayal camino hacia el grupo, el hijo de la luna estaba herido de muerte y aun cuando la magia del sacerdote le hubiera curado, prefirió perder su vida y salvar al del bebe, con palabras pausadas se dirigió hacia el viejo, huesos de licano, huesos de hijo de la luna, el brujo se acerco al muchacho y buscando entre sus bolsas saco un poco de tinte rojo e hizo una marca en su frente.

-Que Enki guie tu espíritu, que padre guarde tus cenizas, que la historia de tu vida sea contada por el viento, ya que con sangre se han escrito en las rocas ... tu vida y sacrificios, que se bendiga a tus descendientes por Enki en tu nombre-

Una pila funeraria fue hecha y aun con el cansancio en sus huesos y sus músculos fatigados el brujo comenzó a danzar alrededor de ella, cantando alabanzas a Enki y contando en su curioso idioma su aventura y vida que conocía el brujo, aunque estaba acostumbrado a la danza, tan solo pudo bailar un par de horas antes de caer rendido en el frio suelo de esa sala, durante casi un día durmió, sin apenas moverse, mas antes de que el cuerpo fuera consumido totalmente por las llamas, despertó comenzando a danzar nuevamente, aun cuando esto le era curioso tanto al hombre de dios como al caballero nigromántico, cuando las llamas se extinguieron y la carne se volvió cenizas, el brujo honro la memoria del licano, tomando con cuidado los huesos de este comenzó a fabricar lo que le había pedido, un nuevo bastón y aunque el hueso era durísimo, con esfuerzo pudo tallar lo suficiente como para que pudieran acoplarse, incluso tomo el cráneo de licano y lo ato firmemente con cuerdas de cuero al bastón, junto con su mandíbula, de las costillas creó un par de cuchillos, que los guardo con sumo cuidado, de pelvis y omóplatos creo la máscara que llevaría desde ese momento, mientras fabricaba aquellos objetos cantaba y recitaba cantos de su tribu, algunas eran batallas antiguas de espíritus, otras de cómo el padre Enki se había levantado, horas paso con su trabajo hasta que termino, poseía nuevo equipo, macabro ya la vez muy valioso, no por su rareza, si no por el sacrificio por el que habían sido obtenidos.

El hombre de dios encamino tanto al brujo como al nigromante fuera de ese lugar, después de recorrer pasillos y puertas, entraron en lo que era una gran capilla, por los cristales rotos se filtraba luz de día, un poco mas de caminata y dos enormes puertas se abrieron, el viento helado lamio la piel arrugada del brujo y este aspiro el frio aire, casi con alivio, había llegado su fin aquella aventura, aquella petición, pero el brujo sabia que aun quedaba mucho por hacer, demasiado si deseaba salvar a su tribu, miro al nigromante tras su máscara y como lo había hecho con el licano, trazo un símbolo en la armadura de este, casi con una sonrisa.

-Que Enki guie tus pasos, que guarde tu espíritu, que proteja a tus descendientes, pero por sobre todo pastor de muertos… que Enki te de la fortaleza para enfrentarte a los peligros que te encontraras en tu vida-

Después de ellos, el brujo camino, alejándose simplemente, entre los cañones de roca y los abismos, quizás el nigromante le recordaría como un hombre extraño o como un guerrero peculiar, pero el brujo recordaría a un fuerte hijo de la luna que sacrifico su vida por otros y un pastor de muerte que se preocupaba por la vida de los demás.
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