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Una sombra en los sueños I. El Viaje de la Dama.

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Mensaje por Lugal el Dom Dic 11, 2011 1:53 am

En cuanto todos tomaron asiento y se presentaron, Lugal extendió las manos a todos y cada uno de ellos, más hacia la mujer que le miraba como si lo fuese a partir al medio. No la miraba con lujuria, como hacían otros tantos ricachones en el mismo salón, sino con pena.
-Lo siento, estaba… Pensaba en otras cosas. Yo… yo no estoy acostumbrado a esto, soy un artesano… Un artista, diría más bien. No soy rico… como ustedes pueden ver, y la suerte me sonrió por primera vez para poder subir a este… ¿Barco? Y bueno, no había nada más que hacer, y no iba a perderme el grito de la suerte ¡Claro que no! Sería penoso que, habiendo ganado un regalo que decían que era solamente para tres afortunados en el mundo, uno me tocase a mí y yo no lo aprovechara… ¿Lo imaginan? ¡Já! Incluso mis nietos se reirían de mi, y mis hijos me mentarían la suerte hasta el cansancio, porque si no hubiera venido aquí y mis hijos –aun no tengo, pero supongo que en algún momento los tendré- fueran pobres, me reprocharían que quizás esta oportunidad pudo hacer que nuestra familia fuera rica. Pero qué demonios… ¡Si aún no tengo ni familia! Ni madre, ni padre, ni perro que me ladre… -acabó por decir, algo triste con esa frase- ¡Oh perdón! Creo que me extendí un poco… Un gusto conocerlos, Keth, Ivory y Gunrak y Hall. Yo soy Lugal Abdubur, vengo desde Loc-Lac.

Bajó las manos de la mesa, tras ofrecer saludo de mano a cada uno de ellos, y los observó un poco. Sólo la mujer parecía capaz de haberse pagado ese boleto por cuenta propia –como había escuchado, para pagar uno de ellos había que vender a toda tu familia como esclavos, y con eso apenas podrías pagar la mitad-, el encapuchado no le parecía de mucha confianza, y sintió una empatía de suerte con la elfa ¡Ella también había ganado el billete dorado! Siguió atento a las charlas que se iban haciendo, aunque de vez en cuando miraba también hacia los costados. En todas las mesas habían hombres gordos llenos de joyas, otros más delgados con sombreros y mujeres a sus costados, y en uno de ellos se encontraba una mujer de un enorme sombrero rosa, que medía el doble de lo que su cabeza… Era una imagen bizarra y divertida que le arrancó una sonrisa y que de inmediato comunicó con sus compañeros de mesa, esperando que a estos también les hiciera gracia.

Cuando el último hombre subió –un joven elfo, vestido en las mejores galas de corte humano y con adornos seguramente confeccionados por enanos: Collares, anillos, colgantes y pendientes-, el mayordomo avanzó hasta uno de los pasillos que comunicaban con los cuartos y la cocina; su labor ahí había acabado, y en cuanto estuvo frente a los dos soldados que cerraban el paso, estos le miraron rápidamente y lo dejaron pasar. Si alguien se hubiera fijado en él, miraría que estaba sudando, aunque ahí arriba no hacía calor, ni tampoco había una humedad sofocante. Dentro se conservaba un ambiente fresco y a buena temperatura, propia para viajar por horas sin cansarse.

Las tres puertas –dos hacia los cuartos y la que comunicaba hacia la única entrada-salida del zeppelín- estaban resguardadas cada una por dos soldados armados con espadas de doble filo prácticamente forjadas en molde, pues eran idénticas y todas ellas rezaban “Perteneciente al ejército de Arkem”, además tenían una armadura de placas que les cubría los brazos, el pecho, los hombros, las piernas, rodillas y espinillas, y bajo de esta, llevaban una cota de mallas a modo de camisón, que empezaba desde sus hombros hasta llegar a sus brazos, sin cubrir los dedos pero sí las manos, y que hacia abajo, acababa a la altura de su entrepierna. Como ropa llevaban unas botas de cuero que les permitían un buen punto de equilibrio, unos pantalones marrones que les proporcionaba el reino como parte de su uniforme y una camisa azul para rematar todo el conjunto. Aunque todos los soldados rondaban una edad que andaba entre los 25 y 30 años, a algunos las armaduras les quedaban grandes, esto bien visible por el hecho de que cada tanto se acomodaban las cintas de cuero que las mantenían sujetas sobre sus cuerpos; sin embargo, cuatro de esos soldados –los dos del pasillo de embarque, y uno en cada pasillo hacia los cuartos- se mantenían totalmente quietos, con la espada envainada en una funda de cuero que caía desde su cintura y acompañaba a su pierna. Estos cuatro eran soldados de tiempo, los otros, eran nuevos y esta era una de sus primeras misiones.

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Entre la charla de todos, se notaba la pregunta de la razón por la que no les era permitido ir a descansar a sus cuartos mientras preparaban el banquete, para aprovechar así el tiempo y acomodarse en sus propios cuartos, sin embargo los soldados les impedían el paso, y agachaban las cabezas a modo de disculpa, mientras soltaban como rosario “Lo lamentamos Monsieur, pero este tipo de embarcaciones requiere tiempo para partir, y para evitar que haya algún fallo y no podamos avisarles a tiempo, tienen que esperar aquí. Es por su seguridad”, o si era uno de los soldados novatos los que hablaban, la respuesta era simplemente “No lo sé señora, sólo me pidieron que me quedara aquí y no dejara pasar a nadie hasta que La Dama alce el vuelo”.
Y por otra parte, aquellos que iban hacia los sanitarios eran detenidos y se les pedía que fuesen acompañados en todo momento de un soldado, siendo obligatorio que fuera de una persona por vez, pues estos soldados tampoco tenían permitido abandonar su posición. La respuesta ante el motivo de esto, era la misma “Lo lamentamos, son órdenes del capitán del Globo, y de nuestro general”. Haciendo que todo pareciera muy controlado, sin embargo, Lugal no era nadie para contrariarlos ya que no tenía ni la mínima idea sobre los protocolos que se habían de seguir en ese tipo de construcciones.

-Pff… Qué pesados. Uno no puede ir a su cuarto a tumbarse en la cama, ni tampoco nos dejan ir al baño solos… ¡Como si fuéramos bebés! De saber que me iba a pasar esto… De haberlo sabido ¡no hubiera venido!
Aunque alzaba la voz para decir eso, no era lo suficiente para que en las mesas contiguas le escuchasen, así que apenas llamaba la atención de algunos pasajeros… Que por cierto, hay que decirlo: Las demás mesas empezaban a hablar mal de ellos. Los miraban de pies a cabeza y por ningún lado se les miraban las joyas ni la altura, más que a la pobre señorita que tenía que compartir mesa con ellos. Se apenaban por ella, pero luego la miraron mal al ver que interactuaba con personas de esa bajeza. Murmuraban entre dientes, mascullaban… Como las ratas que eran. Y pensar que ese tipo de personas es quien se cree la cima del mundo y el ejemplo a seguir.

A poco más de una hora de hacerlos esperar, el mayordomo volvió al Gran Salón, acompañado de cuando menos cinco ayudantes con bandejas sobre sus manos. Alguno portaba comida, y otros copas de vino y cidra. El mayordomo, el de mayor edad y mejor porte, se colocó entre medio de las mesas y alzó la voz:
-El capitán está empezando a alzar el vuelo, sentirán una extraña sensación y quizás se mareen, pero será mínimo, sólo mientras nos despegamos del suelo. En adelante, no sentirán nada raro, se los juro. Por eso mismo, empezaremos a celebrar ahora mismo.

Y sin decir más nada, acompañó con su bandeja a los demás meseros; repartieron a cada pasajero una copa de vino junto a un vaso de cristal que tenía agua helada. Alguna pareja de mayordomos se les acercaba poco tiempo después, dejando sobre la mesa y frente de ellos, un plato con arroz en mixtura con un variado de verduras y, al costado de este, se servía una jugosa pieza de carne vacuna, de ave, o de pescado, según lo prefiriera el comensal. Al final era cierto eso de que el malestar solo se sintió al inicio, y fue relativamente fuerte, pues incluso hizo que una mujer tirara su recién adquirido vino sobre su pecho, manchando el escote de su vestido lujoso y haciéndola gritar enfureciendo con el mesero. Pero al intentar ir a su cuarto para arreglarlo, se le era negado el paso y se le rogaba que les disculpase, pero que como máximo podría ser acompañada al servicio de las damas.

Poco después de alzado el vuelo, ya teniendo en las ventanas el cúmulo de nubes y alguna ave salvaje que se arrimaba a observar el extraño pájaro gigante, la comida fue acabada, los platos retirados y las mesas quedaron limpias como al inicio… Sin embargo, ahora el mayordomo se miraba peor; nerviosísimo, temblando y sudando como una fuente. Si algún extraño le preguntase del porqué de esa reacción, el alzaría la mirada con rapidez hacia los soldados, y luego volvería a mirar a quien le hiciera la pregunta, para responder solamente “Nada… Las alturas me alteran”.

Y aunque pensaran que por fin podrían irse a sus cuartos, pues La Dama estaba en el aire y la comida había sido servida, estuvieron muy equivocados… Y demasiado. Por el pasillo derecho que iba hacia los cuartos entró un soldado que, además de la espada y armadura que todos los demás llevaban, este llevaba una pistola de mano. Se posó delante de los dos soldados y miró hacia todos los comensales. Sonrió y desenfundó la espada, mientras amartillaba su pistola.
-Lamento comunicarles, señores, que La Dama ha sido secuestrada. Si se mantienen en calma y silencio, no os pasará nada. Así que… yo les recomiendo que se callen la boca hasta pisar suelo.
Dio la espalda y se encaminó de nuevo hacia el pasillo que lo había hecho venir, sin embargo, un hombre gordo al final del Salón se puso en pie y, alzando sus regordetas manos, dio un golpe contra la mesa provocando la atención de todos los presentes:
-¡¿Secuestrado?! ¡De qué demonios…! -¡BUM!-.

Junto a los soldados se miraba una gran nube de humo, y si se seguía mirando hasta que se disipara se entendería la razón: El soldado había disparado con tal puntería que había atravesado la cabeza del regordete, provocando el llanto de las mujeres y de algún niño, además del nerviosismo de los hombres burgueses que… En lugar de pelear, se apresuraron a atrincherarse bajo las mesas.
-Les recomiendo ahora, que odien al regordete… ¡Soldados, mátenlos!
Y a su orden, los seis soldados desenvainaron sus espadas y se lanzaron contra todos los pasajeros… Ninguno de ellos sabía pelear… Al menos, eso es lo que tenían previsto.

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Mensaje por Invitado el Dom Dic 11, 2011 8:35 pm

Cuando el hombre se quitó la capucha, Ivory lo miró rápidamente. Después de asegurarse de que no lo había visto nunca antes, inclinó su cabeza haciéndole saber que aceptaba sus disculpas. Michael Hall. Hasta el nombre le resultó extraño, más no había ningún indicio de que mintiera. Simplemente había algo en él que la incomodaba. La hacía sentir en peligro, como si hubiese una bestia mirándola y no un hombre.

— Entonces haremos como si esto recién empezara— comentó sonriente.

¡Gregori! Eso es, el hombre se parecía demasiado a Gregori. Su hermano mayor. El apuesto joven que para que ella viviera, se había interpuesto en el camino de una asesina. ¡Cuánto se parecía a su querido hermano! Pero, en sus ojos no llegaba a ver la pena que expresaba con palabras. No estaba siendo auténtico, como lo sería él. Ese frío golpe de realidad atenazó sus entrañas. Su hermano estaba muerto y ninguna falsa esperanza iba a revivirlo.

Ivory se llevó la mano a la parte posterior de sus muslos, se palpó las piernas y con los dedos comprobó si los kunai seguían en su sitio. Entonces volvió a fijar la vista en la multitud, preguntándose cómo se sentarían, de qué estarían hablando y cómo. Al parecer, había grupos que ya habían llegado armados, no como el de la mesa en la que estaba ella. Igual, no tenía nada que envidiar. La siguiente persona en acercarse a su mesa, fue una elfa de apabullante belleza. Los elfos eran conocidos por su atractivo físico pero esta en especial era una luz deslizándose con ligereza entre la oscura hipocresía reinante en el lugar.

— Es un placer conocerle, señorita Keth. Efectivamente, mi nombre es Ivory— saludó con una sonrisa cortés y al mismo tiempo auténtica. Vaya casualidad, los dos viajeros no humanos eran los que mejor le habían caído hasta el momento.

Un enano, un humano a medio vestir, otro vestido en demasía y una elfa. ¡Y pensar que creyó que vistiendo la ropa más costosa de ciudad esmeralda lograría pasar desapercibida! Antes de subir, no esperaba encontrar gente normal, pensó que tendría que pasar el viaje escapando de las aburridas charlas de la clase elite de Noreth.

— A mi me ha traído mi trabajo. Esta es una buena oportunidad para extender el apellido de mi familia por esta región a la que vamos. Allí nunca ha llegado, ¿y a usted, qué le ha hecho abordar esta nave?— comentó algo apenada por mentirle. Ella no parecía capaz de hacerlo pero, ¿con qué necesidad iba a decirle que lo que allí la había llevado era su deber como asesina?

Cuando terminó de explicarse, tomó la palabra el otro humano que hasta el momento no había hablado, y a diferencia del primero, este le cayó bien. Su pequeño discurso le había sacado una sonrisa. Era una sonrisa extraña, una sonrisa especial que esbozaba con los labios apretados y sin mostrar los dientes; el tipo de sonrisa de alguien que decide confiar en otra persona. Sus ojos centelleaban. Era una sonrisa cómplice. No creía que fuese un simple artesano pero tampoco le sentía maldad.

— El gusto es mío, Lugal Abdubur— le tomó la mano con confianza saludándolo como hombre. Como se saludaba con su gente— espero que disfrute de este viaje y algún día, cuando tenga hijos y nietos pueda contárselo mientras les enseña los secretos de su profesión.

El grupo comenzaba a agradarle, a pesar de que no había abordado la Dama para hacer sociales, tenía que admitir que la espera se haría más interesante. No había noticias de la comida, y a juzgar por la guardia apostada en las puertas, tampoco estaba permitido pasar a las habitaciones. El gran salón se había convertido al hermetismo en un suspiro. A simple vista, parecía más un traslado de prisioneros que el viaje de placer que se suponía ser. Con respeto, los soldados custodiaban a aquellos que se paraban por distintas razones y si alguna vez se les preguntaba cuándo podrían ocuparse las habitaciones, se limitaban a desoír con cortesía. ¿Acaso había algún peligro a bordo?

— Creo que tiene razón, ya me estoy cansando de estar aquí— siguió a Lugal. Pasaban los minutos y no tenían respuesta oficial. Ya se estaba acercando la hora y ni siquiera les habían servido bebidas— por eso no me gustan estos viajes, a una la condicionan por seguridad, servicio y todas esas excusas— argumentó luego. En las mesas más cercanas, no escaseaban las miradas sorprendidas o asqueadas hacia Ivory, ni los comentarios por lo bajo. Seguramente estaba sirviendo a los señorones como tema de conversación. ¿Qué hacía la heredera del imperio tecnológico Malinov en la misma mesa que aquellos individuos?. — Por eso prefiero viajar en un caballo, sentir el viento acariciándome la cara y la lealtad que puede darme el animal— ahora sí que tenían para hablar.

El maestresala ya no tardó en anunciar la comida. Se sirvió en pocos minutos por varios mozos más jóvenes, dirigidos por él. La comida consistía en verduras, arroz y algún trozo de carne que cada pasajero podía elegir a gusto. Ivory eligió un buen corte de morena verde, un pescado riquísimo que había probado solo una vez en el pasado, para comer con arroz, y vino tinto para acompañar los alimentos. La Dama, había comenzado a moverse justo en el momento que intentaba comer. Un mal momento, por cierto, aún así lo importante era que ya estaba tomando altura. Ivory sentía el movimiento en el abdomen, como si de repente ella estuviese cayendo mientras que el asiento la empujaba hacia arriba. Dejó los cubiertos a los costados del plato y apoyó las manos sobre las piernas, cerrando los párpados hasta que pasó. A pesar de que lo intentó, no pudo asaltar la comida de nuevo así que se tuvo que conformar con el vino.

— Esta ha sido una de las mejores comidas que he probado en mucho tiempo, es una pena que se me haya quitado el apetito— comentó apenada. Los mozos no demoraron en retirar los platos. Aunque Ivory pensó que ya podrían retirarse, comprobó luego que no era posible. Los guardias, por alguna razón aún no dejaban retirar a nadie. Cansada de la espera, estuvo a punto de ponerse de pie cuando otro soldado entró al salón, este a diferencia de sus compañeros, portaba un aire de superioridad que lo marcó como único desde su aparición. Aparte de ese enorme arma de fuego que llevaba en la mano, claro. Desde entonces se desencadenó una serie de hechos que no debieron ocurrir. Primero, uno de los pasajeros, sorprendido por el asalto intentó protestar, cayendo víctima de el último soldado en entrar. Después, a pedido del mismo, los demás empezaron a acercarse a las mesas.

Ivory no podía salir del asombro. Presentía que algo raro estaba pasando, pero no podía imaginar algo de tal envergadura. Mientras observaba a la mujer que minutos antes se enojó con los soldados porque un mozo le había mancillado su exquisito vestido de seda y no podía cambiarse, siendo golpeada violentamente contra la mesa, Ivory tanteaba sus piernas vestido mediante. Encontró el bulto de los kunai con presteza. Se subió la falda sin recato y tomó posesión de los cuchillos romboides. Estaban atados con un lazo suave pero muy firme, en su muslo derecho. Deshizo el lazo con dedos hábiles, y en un movimiento cortó el cordón del corsé. Le dio la bienvenida al aire que llenó sus pulmones ahora libres mientras hacía lo mismo con un costado de la parte inferior del vestido. Esto le permitiría moverse con mayor libertad.

La enorme sala en donde minutos antes solo había hombres de honor, valientes asesinos de dragones y rescatistas de princesas, ahora estaba llena de hombres asustados, escondiéndose detrás de las mujeres. Nunca antes había visto personas tan parecidas a las gallinas. La dama que estaba siendo brutalizada por uno de los soldados no estaba dando muestras de resistencia. Cayó muerta en el pasillo, víctima de los golpes que el soldado le había propinado. Eran seis hombres armados, y no tenía la certeza de que ninguno de los presentes supiera blandir un arma. Luchar contra ellos era un suicidio, mas no podía quedarse sentada a esperar que mataran a todos sin hacer nada para impedirlo. Con aire decidido, se metió bajo la mesa... para pasar a la del otro lado, donde se acercaba un soldado. Aprovechó que algunos nobles estaban haciendo lo mismo pero para escapar Había dos niños en esa mesa. Dos vidas jóvenes que no debían ser arrebatadas. Estaban callados, y aún así sus enormes ojos azules gritaban. Ivory se acercó para sonreírles, hacerles sentir que todo iría bien. No era la primera vez que tenía que hacerlo, pero se le disparó un recuerdo en el que su madre hacía lo mismo con ella, antes de perecer, víctima de un puñal asesino. Como siempre.

— Cuando el hombre malo llegue aquí, ustedes irán a la mesa siguiente. Yo me encargaré de él, ¿sí?— susurró con confianza. Ellos se limitaron a asentir. El más grande, de unos ocho o nueve años, sacó pecho como informando que la misión saldrá exitosa.

Los pasos eran cada vez más cercanos. La cazadora se sacó los zapatos solo con los pies, y cuando ya tenía encima al soldado salió de abajo de la mesa, sentándose en uno de los lados como si siempre hubiera estado ahí. Sus brazos reposaban cruzados sobre las piernas. Ivory sonrió para recibirlo, y sin hacerle esperar, lanzó la mano derecha el kunai que sostenía hacia las piernas de él.
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Mensaje por Keth-ela el Lun Dic 12, 2011 8:21 am

Bueno. La cosa no estaba tan mal… Al menos Lugal estaba ahí al igual que yo, por un golpe de suerte. Sonrío al joven, tal vez estaba mas tatuado que una pared rustica, pero, era agradable. Incluso le provoco una sonrisa con todo su discurso. Finalmente, sentada se acomodo, observando a su alrededor. Ante la pregunta de la señorita Ivory, respondió con amabilidad. –Pues… vine aquí buscando algo de suerte. Al igual que el joven Lugal, me habrían maldecido hasta la tercera generación de no tomar la oportunidad. Además… aquí hay gente importante, quizá pueda encontrar algo útil…- Observo como todos aquellos ricachones le lanzaban miradas de desprecio, como si fueran basura de la sociedad. Keth suspiro, apoyando sus codos en la mesa intencionalmente –Aunque, aparentemente eso no pasara. Así que… supongo que es un viaje de placer…-

Placer… claro. Este solo duraría tan poco… Saludo de mano a Lugal, su toque fue firme pero dulce. –Saben… si puedo ser sincera, me alegra que me sentaran en esta mesa. ¡Nunca me sentiría tranquila en cualquier otro sitio! Creo que son personas mas… -pensó en la palabra correcta- sencillas. No busco ofender… solo… creo que estoy con gente que merece atención. – Keth hablaba sin parar. Algo contenta al encontrarse con gente más o menos fiable y amable, se dedicaba a observar todo el sitio. Los guardias… los miro durante un tiempo mas, la verdad es que no le extrañaba que hubiera guardias, lo que si le preocupaba fue que se esmeraban en mantenerlos a todos ahí. Durante tanto tiempo… además, mirando a todo el mundo, esos seis guardias eran los únicos que tenían armas. ¿Y si se amotinaban? La diosa nos libre… Keth sacudió la cabeza. Tenia que sacar esos pensamientos locos de su mente, no era el momento para tener preocupaciones. A mil metros sobre el aire no tendrían como defenderse. Sonrío para si misma, debido a su paranoia… por si las dudas, observo los uniformes y sostuvo en su mente. -“Las cabezas y los cuellos no tienen protección.”-

Lugal tenía razón. No podían ni ir al baño sin guardias… Si algo no le gusta a alguien como Keth es el estar encerrada y, esos tipos hacían sentirla así. Supuso que la excusa estaba bien, era lógica, aun así, no le gustaba la idea. Ella era guerrera por obligación y un guerrero nunca se descuida. Levantándose calmadamente, Keth se dirigió a los servicios, claro, acompañada de un guardia. –No hay problema… en tanto no entres conmigo… sigo siendo una dama- dio una suave carcajada a modo de broma y deseo que así fuera. Entro en la lujosa sala y pensó que no era necesaria tanta cosa para solamente sentarse y bueno... hacer lo que todo mundo hace. Suspiro, yendo al depósito para lavarse las manos, tomando una barra de jabón que olía a rosas. Humedeciéndolo hizo suficiente espuma lo que provoco que el jabón resbalara de sus manos y cayera al suelo. Fue ahí cuando se le ocurrió la primera cosa que tal vez podría ayudarla. Tomando una toalla, seco el jabón (a fin de que no mojara sus bolsillos) y lo guardo en su chaqueta… dos barras, para estar segura. Al meter la mano, noto algo bastante extraño. Dos esferas que ella no puso ahí, de una textura suave. Fue hacia uno de los cubículos y observo las esferas con cuidado. ¿Qué era eso…? Las volvió a guardar, pensando que tal vez seria algo incluido con el abrigo… por si las dudas, puso el jabón en el sitio contrario y salio, caminando con tranquilidad.

Media hora después – ¡Diosa! Como les hacían esperar.- la comida llego. Hambrienta, intento comer con toda la calma que pudo, aunque al momento de despegar… ugggg. Había tenido la sensación en algún momento en que monto vuelo en un dragón de cierto conocido, pero aun así, se sentía bastante mal. Como si tiraran de su estomago al tiempo que la silla halaba de ella al lado contrario. Cerro los ojos, mordiéndose el labio inferior, finalmente aquel malestar paso y, al contrario de la señorita Ivory, ella si volvió a comer. En su elección estuvo el ave (A pesar de ser elfa del bosque, Keth comía carne.) Realmente uno de los platillos mas deliciosos que había probado.
Entre los mayordomos, distinguió al que iba y venia preparando y sirviendo todo… Keth ladeo la cabeza. El hombre lucia… preocupado. Cuando alguien preguntaba o hacia comentario, el adjudicaba a las alturas. ¿Por qué trabajar entonces en un navío así, si las alturas te ponen tan mal? Y… esta vez, disimulando, Keth tomo el cuchillo para carne junto a la cuchara en el momento en que recogían los platos, ofreciéndose a acumular los platos y cubiertos vacíos de sus compañeros, colocándolos en una pila que recogieron los mayordomos. Bueno, ahora tenía un jabón, un cuchillo para carne y un tenedor. Si… estaba enloqueciendo. Las alturas le hacían eso.

Keth no es confiada, de hecho, la traición que sufrió antes le hizo Más insegura sobre las demás personas. En su desconfianza, muchas veces hacia cosas raras… como robar cubiertos y jabones. Si, de las cosas más extrañas que había hecho hasta el momento.

Cuando aquel hombre con el mosquete se presento, Keth suspiro, maldiciendo en elfico. La dama había sido secuestrada. ¡Lindo! El primer viaje tranquilo que hace y termina secuestrada. No se movió… tal vez si hablaba con el secuestrador y lograba que nadie saliera herido, o que obtuviera lo que deseaba… ¡BUM! Ahí se fue su oportunidad de dialogo. El hombre gordo ahora yacía muerto. ¡JODER! Había niños ahí… En ese momento, el caos dio paso al desorden y todos podían ser potenciales enemigos. Solo una pregunta asalto a Keth... ¿Porque?

No tenía tiempo. Había que hacer algo… miro a dos mesas de distancia y vio con horror como un soldado tomaba a una de las mujeres (que había servido de escudo a uno de esos maricas llenos de joyas) y con sorna, rebanaba su cuello dejando caer sangre por doquier, los ojos de la joven se apagaron casi al instante y su cuerpo tembló un poco antes de quedar adornando macabramente el piso. Horror… asquerosamente horrendo. ¿Cómo podía alguien ser tan cruel y frío? Aquel hombre armado se dirigió a ellos. Éran los siguientes… en un santiamén, ya no pudo ver a la joven dama y sintió pena por ella… esperó que pudiera luchar, aunque no se veía mucho futuro en ella. vío. al chico de los tatuajes… artesano. Claro, fuera o no, alguien que llevaba tantos dibujos en el cuerpo tendría que saber algo sobre peleas. ¡De menos usar un trinchete! Se dirigío con rapidez a el, tomando la barra de jabón de su bolsillo. –Escucha…. – dijo lo suficientemente fuerte como para que el oyera, pero no como para que todo el mundo lo hiciera. –Intentare derribarlo...Se manejar la espada. ¡Si me ayudas, podríamos tener oportunidad!- Tomando una de las barras de jabón, la arrojó en dirección a los pies del soldado, con suerte… este caería antes de llegar a Lugal y quizá el podría dar un par de patadas o de menos, algún golpe con la silla… Después tomo la otra… y fue cuando se dío cuenta de que otro soldado venia en dirección a ella. –Joder… (Soldado experimentado 4 o 5 )- pensó, mirando la barra de jabón. Bueno, tendría que poner en practica la idea del jabón de nuevo, lanzándola hacia el. Miro a todas partes… no tenia armas, así que tomo el tenedor… si era necesario, lo clavaría en el cuello. Podría intentar lanzarlo desde ahí, pero… espero. Espero a que Lugal tomara el arma. Espero a que el otro soldado llegara a ella, así, podría esquivar su primer golpe e intentar clavar el tenedor en su cuello. Todo quedaba en esperar. Luego se le ocurrio que, si por milagro lograba salvar su pellejo y el de alguien mas... seria cruel al interrogar a esos soldados.

Suerte. Perra suerte que llevo a Keth ahí. Maldita suerte que le hizo dudar. Estupida suerte que le obligo a tomar el jabón y los cubiertos… Suerte… ¿O destino?


OFF: asumo que el guardia no entraría hasta dentro del servicio xD si esta mal mi presunción D: OK, acepto el castigo.

:3 Ivory, me habría gustado ayudarte D: pero Lugal dijo “bast o gunrak” así que… u.u opte por la opción de desarmar a uno… mas ventaja al tener un arma. Lugal xD si quieres puedes quedarte con la espada, pero quiero algo de la armadura xDDDDDD na, pues haber como queda el asunto. El caso es.. Que espero con un tenedor en la mano.

Si algo esta mal, estaré al pendiente de mp y post en el sitio para tomar el te.
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Una sombra en los sueños I. El Viaje de la Dama. - Página 2 Empty Re: Una sombra en los sueños I. El Viaje de la Dama.

Mensaje por Desmond Morgan el Jue Dic 15, 2011 1:25 am

La conversación quedó en punto muerto, asi me gustan las conversaciones, no hace falta hablar. Quiero decir, es un acto social comprensible, por algo tenemos la capacidad de interactuar mediante acciones y palabras, pero, soy de los que piensan que si no tienes nada bueno que decir, es mejor callarse.

Absorto, para variar, en mis pensamientos fui llevado al plano real por una elfa y la repase de arriba abajo en cuestión de segundos, tal y como iba la mujer llamada Ivory, también iba de gala aunque para mi eran vestidos y por lo tanto iguales seguramente la elfa e Ivory discreparían conmigo. La elfa se presentó como Keth-ela, y saludo a todos con alegría. La elfa, como era comprensible, tenia una belleza envidiable aunque ni mi pasajero oscuro ni yo, nos dejamos guiar por el placer carnal, bueno quizás mi pasajero oscuro si, al fin y al cabo es una bestia en su jaula y las bestias solo tienen instintos primarios. Sin embargo el Desmond que estaba delante de la elfa, era el sosegado y tranquilo, el que tenia su huésped apagado para abreviar. La elfa se sentó ante mi atenta mirada.

Estaba claro que tanto Ivory como Keth eran gente adinerada, simples nobles, gente que, aunque pareciera mentira, y no es por meter en el mismo saco a todos, tenían menos sentimientos que yo y mi pasajero juntos. Pero bueno intentaría disfrutar de la cena, vi que los dos elfos reaccionaban ante mi ilusión, bueno mientras no sepan quien es mi ilusión, inclusive que tengo ilusiones, todo ira bien. El elfo entonces reaccionó y se presentó ante los de la mesa, se llamaba Lugal, Y una charla sobre su vida que no me interesaba lo mas mínimo. La elfa preguntó la razón por la que estábamos en aquella nave. Mentí con el nombre, no creeréis que no lo voy a hacer con mi historia.

-Bueno, resulta que el boleto, me lo cedió un gran amigo mio. El no podía asistir, tuve suerte. Me da la posibilidad de reunirme...-mi sonrisa se ilumino-...con alguien.-

Pues parecía que ya habíamos llenado la mesa. La velada transcurría sin mas sobresaltos, algún comentario gracioso del elfo y poco más, por el cual esbocé una sonrisa. Estaba claro que Juan Carlos planeaba algo para mi, pues no me habría dado estos lujos si no fuera así. Un mayordomo se acercó a nuestra mesa y nos aviso de que sentiríamos incomodidades al alzar el... ¡VUELO! Y yo sin enterarme que el “zerepin” podía volar, puse cara sorprendida y asentí. Algo que parecía raro, raro, era que no nos dejaran ir a nuestras habitaciones inclusive cuando la nave llamada “La Dama” alzó el vuelo pero pronto sabríamos por que. Tras la expectante mirada de toda la gente un soldado armado con espada y arma de fuego entró y se posicionó ante los guardias que irrumpían el paso hacia las habitaciones. Tras ello, informó al publico que la dama había sido secuestrada, y abatió de un disparo al hombre que se opuso a ello. Entonces todo ocurrió muy deprisa Ivory y Keth salieron disparadas y vi como, Ivory, se dirigía a unos niños, yo sin embargo me gustaba luchar, y habia mas niños, y Quinn me enseño una regla esencial: “A los niños no se les toca, son nuestro futuro”. Así pues me dirigí a uno de los guardias el cual parecía mas hábil de lo que pudiera parecer a simple vista.

Cogí un shuriken y lo lancé contra el, le rozó y se volvió.

-Metete con alguien de tu tamaño.- dije para que dejara de intimidar a los pasajeros, yo corrí por aquel salon saltando de mesa en mesa el me siguió y, como era lógico, se puso delante mio yo aproveche el impuso y salté no le dio tiempo a reaccionar y se llevo un puñetazo con mi mano desnuda, se repuso mas deprisa de lo que me temía, nunca va nada como me gustaría, y nos pusimos cara a cara. Yo sonreí, ahora que lo pensaba era la primera vez que luchaba sin pañuelo y sin capucha.

-Vamos.-dije.-Ven.-le incité el guardia, que a pesar de sus grandes habilidades no era para nada paciente, se lanzó contra mi e intento la estocada que yo esquive con dificultades, tantas que me desestabilicé, el guardia aprovechó para empujarme y tirarme al suelo, en el suelo y derribado solo pude rodar ante las dos estocadas que intentó. Saqué la daga de mi pie con la mano desnuda y esperé. El guardia volvió a embestir, niños no hagáis esto en casa, yo paré su espada con el cestus lo cual me dolió bastante. Con la mano dolorida el guardia volvió a embestir por el mismo flanco y yo pare con la daga, le di una patada y lo hice retroceder, aproveché para realizar mi embestida y hacerle un pequeño tajo en la mano y desarmarle. Todo pasó muy deprisa, mas de lo que me gustaría que hubiera pasado, un niño, totalmente indefenso buscaba a sus padres, a sus ricachones padres, que seguramente estaban salvando su propio culo. El guardia cogió la espada y al ver que la batalla iba para largo tomó al niño como escudo humano, yo me bloquee y solo acerté a decir.

-Dejalo.-mis facciones se tensaron de odio, nadie toca a los niños. El guardia sonrió. Con mi cara completamente tensada por el odio de aquella acción y apretando el puño con un ruido metálico que hacia mi cestus, no sabia lo que había que hacer, no quería herir al niño, eso no. Solo tenia una cosa bien clara, aquel guardia, había despertado a mi pasajero oscuro.

Spoiler:
Bueno no soy el ultimo, pero aun así me disculpo por el retraso de posteo he estado un poco pachucho XDD Espero que este todo bien u.u


Elegid como quereis vivir, por que muy pronto morireis

CÓDIGO DE MATANZA:

Codigo de matanza.

1) No matarás inocentes.
2) Los niños son criaturas vulnerables, tampoco matarás niños.
3) No dejes llevarte por los sentimientos. Ni te involucres emocionalmente, así solo conseguirás meterte en problemas.
4) No dejes que te cojan. Se muy meticuloso, sigiloso y cuidadoso.
5) Investiga siempre a tu victima antes de matarla. Tienes que estar seguro de que es esa victima la que tienes que matar
6) Siempre, siempre. Tienes que aparentar ser alguien normal. Actúa bajo lo que te he enseñado, y nunca deberías tener problemas.
Codigo de matanza propio: 1) Venganza.
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Mensaje por Gunrak Martilloferoz el Jue Dic 15, 2011 11:24 am

La comida de momento transcurría con normalidad, aparte de mis tres acompañantes; la humana que parecía noble, el encapuchado que ya se había atrevido a mostrar su cara y el hombre tatuado; se unió otro más, una joven elfa con la belleza y elegancia normal de su raza, que se presentó como Keth. La verdad es que no esperaba encontrarse gente como ellos aquí, a excepción de Ivory que era la única que parecía haber podido pagarse el billete.

Todos formábamos un grupo bastante curioso, podía notar como la gente de las demás mesar nos observaban y hablaban entre murmullos de nosotros, pero eso a mí me daba igual, pronto despegaríamos, según dijo el mayordomo. Al despegar sentí como mi cuerpo me empujaba hacia abajo, sería la extraña sensación que el mayordomo advirtió que sentiríamos, de todos modos no me gustaba mucho estar en el aire, yo no entendía cono una nave de ese tamaño podía sostenerse y flotar por el cielo, al igual que no entendía que como los barcos se mantenían en el agua, por eso casi nunca iba en barco. Pero esta era una ocasión especial y podría soportarlo.
Pronto trajeron la comida, una copa de vino por pasajero, demasiado débil para mí, ese vino estaba destinado para los finos paladares de la burguesía adinerada, así que cogí mi odre de cerveza y bebí de ella en vez del vino que me dieron, para comer pusieron algo de arroz y carne vacuna, de ave o pescado, como es lógico, como enano que soy no cogí el pescado, sino que cogí un buen trozo de carne vacuna y empecé a comer.

La comida no había estado mal, y todavía le daba unos tragos a mi querido odre de cerveza enana, sin duda la mejor cerveza de todas, pero pronto un soldado armado con una pistola apareció, diciendo que La Dama había sido secuestrada, y disparo con precisión a la cabeza de un hombre que se atrevió a protestar. De ahí en adelante solo hoy tres palabras “Mátenlos a todos”.

Y yo pensaba que iba a ser un viaje aburrido, vi como un soldado ensartaba a un hombre, un poco llorica , con su espada. El cuerpo del hombre cayó al suelo.
-Hey tú, metete con alguien que sepa pelear- Grite al soldado para intimidarlo.
El soldado se giró hacia mí, sus manos temblaban un poco, al parecer no llevaba mucho tiempo ejerciendo esa profesión, eso me facilitaba las cosas, cogí una mesa cercana, si una mesa, que a pesar de su tamaño no pesaba nada en comparación con mi escudo y podía levantarla fácilmente y cargue usando la mesa contra el soldado, esperaba poder golpearle con la mesa y después arrastrarle hasta la pared de enfrente para que sufriera el choque de la mesa contra la pared, eso es lo que esperaba pero tendría que esperar a ver si eso sucedía.






Spoiler:
Lo siento, he hecho el post algo corto, pero es que no me encuntro especialmente inspirado y tengo que estudiar un poco que estoy en la universidad XD

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Mensaje por Lugal el Jue Dic 15, 2011 11:15 pm

Todos los pasajeros, asustados y sucios ricachones, se habían tumbado al suelo sin mediar más palabras. Sabían lo mal que les iría de encontrarse en problemas y meterse entre los soldados; ya habían visto a uno de ellos hablar y morir en el acto, y no querían ser parte de ellos. Pedro había sido de los primeros en arrojarse al suelo, aunque hombre de honor y valiente, encontrarse en una situación de tal magnitud lo puso nervioso y su único modo de reaccionar fue tumbarse al suelo como una avestruz, metiendo su cabeza prácticamente entre las piernas, tratando de salvarse el cuello. Aunque estaba nervioso y prácticamente lloraba de miedo, sabía que su vida corría menos peligros que la de los demás: Él contaba con un guardaespaldas… Cosa que rápidamente se dio cuenta uno de los soldados.

Este soldado llevaba por nombre Jherem, y aunque era un soldado dedicado a guardar las antiguas leyes y tradiciones de caballería –a quienes, por cierto, admiraba-, su lealtad hacia su señor le había jugado mal esta vez, pues cuando él aceptó el tomar a La Dama bajo su propio mandato, este soldado había accedido aunque con pena.

-¡No intentes nada! –gritó mientras apuntaba la punta de su espada directo hacia el cuello del susodicho guardián, antes de que este pudiera siquiera moverse. Mediante el filo de su espada le instó a ponerse en pie, y aún sometiéndolo a su voluntad, se posó a su espalda, lo tomó por los brazos en una llave que impedía sus movimientos, mientras aún lo tomaba preso con su espada al cuello. Ante el primer movimiento que hiciera, ante cualquier intento de moverse y rebelarse, le cortaría el cuello.

El único motivo por el que aún no lo hacía, era que se había parado a mirar el ambiente… Sangre, la sangre de las personas a las que había jurado proteger, caía derramada sobre las tablas de madera que formaban a La Dama; se lamentó por ese hecho, pero sabía que peor era deshonrar a su señor y capitán, que lo había elegido como hombre de confianza y del que, si esta misión salía bien, sería la mano derecha. Eso era lo que le reconfortaba, lo que le hacía tratar de aliviar su ética corrupta.

-Como te trates de mover te corto el cuello y luego le corto el cuello a tu señor ¿Entendido? Más te vale mantenerte callado…
Aún se lamentaba por las acciones que estaba tomando… Pero no podía hacer más nada, ese era su destino, y eso era lo que su señor le había mandado. Lo cumpliría a rajatabla aun si salvar su vida significaba abandonar el plan, o sea, si esto le estaba costando el cuello. Seguramente nunca podría volver a su reino con la cabeza en alto, y si lo hacía, sería como un bandido capturado, o como un visitante que nunca podría volver a ver a su familia… Era costoso el precio que pagaba por las órdenes de su señor. Maldito honor, maldito.

También, otra cosa pasó: La mochila de Keth pronto empezó a soltar un humo denso y gris que impidió que ella pudiera mirar sus propios movimientos. Le costaba ver más allá de un metro y le molestaba respirar, era prácticamente imposible hacerlo en medio de esa enorme bola de humo que no paraba de expedir gases.
Cuando menos, no eran gases venenosos… Pero vaya que eran molestos. Pronto el centro del Gran Salón estuvo lleno de humo que poco a poco se iba disipando, dejando ver a más pasajeros muertos y más sangre formando un charco en el piso.

La elfa, a menos que hubiera improvisado una mascarilla o que se hubiera percatado que ella misma era la fuente de ese gas, estaría en el centro mismo de la gran bola de humo, siendo así la víctima de ese gas: Por más de tres minutos le sería imposible mirar nada y empezaría a toser como si se le fuera en ello la vida.
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Mensaje por Bast el Vie Dic 16, 2011 5:10 pm

La comida que nos sirvieron tenia pinta de ser deliciosa, otra razón mas por la cual me enfadé cuando me llamaron para "hablar" conmigo antes de que la atacase. Al parecer me habían asignado a otra mesa, y de nada sirvió explicarles que un guardaespaldas es inútil si no se puede proteger a su cliente, y es difícil proteger a alguien desde la otra punta de una sala.A mi argumento se sumaba que yo no quería ir a una mesa llena de burgueses que me miraran con desprecio solo por no llevar camisa. Sin embargo, me indicaron que iría a una mesa próxima, y me señalaron con el dedo la mesa en la que antes me había fijado, a la que se había unido una elfa. Movido por la curiosidad acepté, pero apenas dí un paso un soldado armado con espada y pistola anunció que el dirigible había sido capturado. Corrí hacia Pedro para protegerle pero me topé con la punta de una espada. Me amenazó y me obligó a girarme para hacerme una llave. Si me movía, me clavaría la punta de la espada, pero mi mano tocaba con su muñeca y el soldado no contaba con que estaba amenazando a un nigromante.
Odiaba usar mi propia versión del hechizo "Sutura negra" pero ese soldado me había puesto entre la espada y la pared. Como ya he dicho, mi mano le tocaba la muñeca de manera que nada mas aparecer la aguja empezó a "coser" la muñeca del hombre. El soldado me soltó la mano gritando por el dolor. perdería la mano, o puede que incluso el brazo, por culpa de la necrosis provocada por el hechizo, pero tenia que encontrar a Pedro y cada segundo era una oportunidad de que lo degollaran o le clavaran una espada en el corazón.
Encontré a mi cliente debajo de una mesa sollozando. Por muy guardaespaldas que fuese, yo acababa de usar un conjuro y sin mi hoz no seria capaz de enfrentarme a mas de un soldado. Cogiendo mi daga miré a mi alrededor, todos los nobles estaban o muertos o bajo las mesas, mientras que aquellos con los que había estado a punto de compartir mesa luchaban por sus vidas. Si había algún lugar seguro para Pedro sería ahí, de manera que lo arrastré hacia aquel lugar, rogando que ningún soldado se me interpusiera en mi camino.
---------------------------------------------------------------------------------
Off: El conjuro que he usado no existe, pero tengo el conjuro original "Sutura negra" y tengo la habilidad "transmutar de conjuro". Solo aviso por si acaso, ya que no he visto muchos transmutadores.
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Mensaje por Lugal el Sáb Dic 17, 2011 3:46 pm

Ivory era una asesina hábil, al igual que lo era Desmond. Ambos eran sigilosos guerreros preparados para lo peor… Y lo peor, justamente estaba pasando ahora. Los soldados que habían sido contratados para vigilar a La Dama mientras estuviera en lo alto, ahora se habían amotinado para hacerse con el poder de ella. Como íbamos diciendo, ambos asesinos fueron los más hábiles y preparados: Ivory usó su encanto y agilidad para posarse en un sitio donde no había estado antes, y sentada como princesa esperó a que el soldado la mirase. Y, obviamente fue todo un espectáculo, no solamente porque ella era una mujer preciosa que alegraba la vista de los hombres, más aún tomando en cuenta el aspecto que le daba el vistoso traje alegre y sensual que llevaba. Pero lo que realmente inquietaba en este cuadro femenino, era el que, mientras todos los hombres, mujeres y niños permanecían tumbados en el suelo con la cola entre las patas, ella estaba sentada mirando el alegre día, como si ni siquiera se hubiera enterado de que algo pasaba.

El soldado, viéndola por el revés del hombro –pues ya se había adelantado al lugar donde Ivory estaba, y ahora le estaba dando parte de la espalda-, se giró ligeramente para acomodarse mejor y mirarla entera.
-Señor –alzó la voz por sobre el griterío- ¿Es necesario matarlos a todos? Puedo… ya sabe ¿Puedo divertirme con esta…? ¡¡Perra!!
Mientras soltaba su diálogo para pedir instrucciones a un soldado que era apenas de mayor rango que él, se había olvidado por completo de la fémina, quien habilidosa y armada, había arrojado un kunai contra la pierna de su objetivo, clavándolo de inmediato debajo de la rodilla y haciendo que el soldado se tumbara de bruces hacia delante, aún sosteniendo su arma, pero con ambas manos apoyadas en el suelo para evitar que su cabeza rebotara con las tablas.
En un movimiento se acomodó para que su mano izquierda, la que no llevaba la espada, pudiera retirar el kunai de su pierna… Esa era toda la distracción que Ivory necesitaba para actuar como más le pareciera.

Desmond portaba por su parte dos importantes pertenencias: Una daga escondida en su bota y un cestus metálico que protegía una de sus manos. La segunda pertenencia no había sido retirara por considerarla pieza de adorno personal, como una joya, y la primera por haber pasado desapercibida por los guardias. Su suerte le llevó a toparse contra otro soldado con varios años de servicio que, pese a considerar el motín de La Dama como una actividad ilegal, seguía fielmente las palabras de su general.

-¡Yo me meto con quien quiera! –gritó como amenaza ante las palabras del encapuchado, y aunque ya tenía la espada desenfundada y se dispuso a correr hacia él, pensando que los acaudalados hombres apenas podrían alzar los ojos para comprobar si ya estaban muertos, fue detenido en seco por un golpe que no pudo parar, golpe dirigido directamente hacia su nariz. Quedó tumbado en el suelo por unos segundos, con unas gotas de sangre saliéndole por los orificios y con una gran mancha roja que rodeaba el centro de su cara.
Cuando se pudo levantar, tomó rápidamente la espada y la blandió sin importarle si daba a inocentes o ladrones, porque según lo que ahora le dijeron que pensara, todos en ese zeppelín eran traidores a la corona, y como tal, todos debían morir.

El hecho de haberlo tumbado tan fácil y de improviso lo hizo enfurecer más, mucho más; cada sablazo que lanzaba hacía un silbido en el aire, evidenciando la fuerza y el enojo con que los tiraba; y uno de esos fue a ser detenido por el guante metálico de Desmond… Aunque les pasó factura a los dos: A Desmond, por la fuerza del ataque, su muñeca crujió como si se hubiera roto, aunque solamente se había salido de su lugar. Mientras no se diera cuenta y la siguiera usando, le dolería más y más, hasta dejarla inutilizada, y en caso de percatarse del hecho, si la volvía a acomodar le produciría un dolor inenarrable, que poco a poco iría disminuyendo.
Tras ver la dificultad de tirar a ese pasajero, el soldado reaccionó rápido y sin honor: Ya que iba a ser juzgado por traidor, sería bueno que al menos valiera la pena, así que se armó con un pequeño de diez años para usarlo de escudo, y al aferrarlo, apretó su espada contra el cuello del pequeño.
-Suelta tu navaja y quítate ese guante, o el niño la palma frente a tus ojos y por tu culpa.

En cuanto al enano… debemos decir que hizo honor a su propia raza. Aunque pequeño y de cortas piernas, su mente era ágil y más entrenada que muchos de los que estaban allí arriba, pues fácilmente se podría decir que era la persona más anciana sobre La Dama –sin ánimo de ofender-. Cuando un soldado se disponía, con espada en mano, a matar a un par de pasajeros cercanos a Gunrak, este se apeó a una mesa como si fuera un amigo de toda la vida e intentase abrazarlo como hacen los osos. Se puso colorado y exhaló aire con rapidez, demostrando así la fuerza que estaba empleando para levantar aquella mesa que, aunque tenía espacio para cuatro comensales –seis en el caso de estos pasajeros-, era de madera cara y por ende, pesada. Seguramente pesaba más de cuarenta kilos… Pero la decisión del enano empujó a sus músculos para ayudarle en la difícil tarea que había emprendido, y aunque algo tardado, logró levantar la mesa ante los ojos atónitos del soldado, que atinó simplemente a soltar la espada y tratar de cubrirse con las manos… Actitud estúpida que revelaba su poca experiencia en las guerras.

-Qué… ¡¿Qué demonios le pasa a ese enano?! –preguntaba mientras miraba como una mesa con patas se arrojaba directo hacia él; aunque su mente le dictaba que se moviera, que se arrojara a la derecha, sus asustadizas piernas no hicieron más que doblarse del nerviosismo y clavarlo a las tablas, como si fuera una estatua.
La mesa rápidamente pasó a golpearlo, empujándolo hacia atrás y haciéndolo tambalear, pero en acto reflejo evitó echarse al suelo, cosa que posiblemente le hubiera salvado la vida, y en lugar de eso, fue prensado contra la lujosa pared de La Dama, ayudando con eso a que se liberara un movimiento repentino, aunque débil, en el Gran Salón. Como un pequeño temblor.

El siguiente en hacer un movimiento fue Bast quien, apresado por las manos del soldado y con la espada en su cuello, forcejeaba arduamente tratando de liberarse, tratando de que sus manos apartaran las enguantadas manos del soldado; pero este, de fuerza mayor y envalentonado al ver que podía someter con facilidad al hombre, lo apretaba más y más, provocándole dolores y la nulidad de movimientos. Sin embargo, prontamente de la mano del horigue surgió una aguja plateada con hilos negros… Un hechizo extraño que el soldado jamás en su vida había visto, y soltó ligeramente al hombre… Pero al ver que la aguja rebotaba contra su brazo recubierto de placas metálicas, se calmó y, actuando aún de peor manera, susurró a los oídos del antropomorfo “¿Pretendías salvarte con esa agujita? ¿Me ibas a coser la armadura?” se burló por última vez, antes de liberarlo con las manos y empujarlo hacia delante de una patada, si no reaccionaba con rapidez se golpearía contra la mesa y quedaría tumbado sobre ella, si por otra parte era rápido, podría salvarse de ella y ocupar el impulso para saltarla o evitarla. Todo dependía de su velocidad de reacción.

Sin embargo, el soldado no lo había liberado por puro cariño o buena fe… Se había fijado en que el antropomorfo miraba cada tanto hacia una esquina donde estaba acurrucado un hombre viejo, que de tanto en tanto también miraba al joven.
-¿Es a este al que tratas de proteger? ¡Já! –y entre su irónica risa, atravesó su espada en el pecho de Pedro, frente a los ojos de Bast que no pudo hacer absolutamente nada por salvarlo.

Quedaban ahora Lugal y Keth… La primera, paranoica como pocos, se había armado de improvisadas armas durante su visita a los sanitarios: Llevaba dos pastillas de jabón con aroma a jazmines y perlas –bueno, viajaban en un transporte para millonarios, era hasta un insulto que mezclasen los jazmines; en opinión de las damas, debía ser algo más como Oro y Perlas, o Rubí y Diamantes-, y tras comer y ayudar con los platos –pese a la continua negativa del camarero-, se había armado con un par de cubiertos de plata, un cuchillo con pequeñitas cierras para cortar carne asada, y un tenedor parecido a un tridente; ninguno de los dos medía más de diez centímetros, pues su diseño ergonómico permitía una comida fácil y saludable.

En cuanto había visto lo que pasó con el ricachón que moría por culpa de la bala en su sien, se había atrincherado bajo una mesa junto con Lugal, y mientras éste rebuscaba entre sus ataduras de la cintura tratando de sacar las boleadoras –que por cierto, le habían sacado para meterlas en el baúl de sus pertenencias, aunque él no se acordara ahora mismo de ello-, ella arrojó una pastilla de jabón hacia los pies de uno de los soldados, que caminaba mirando cada tanto bajo las mesas, buscando a algún superviviente de aquella matanza para rematarlo con su propia arma. Cuando escuchó las palabras de Keth, asintió rápidamente y miró la ruta del jabón sobre el suelo. Aunque él también estaba nervioso, pues no sabía cómo manejar una espada y, por otra parte, teniendo un Salón donde todo era madera, resultaba muy tentador y estúpido empezar una bola de fuego. Tendría que improvisar.

Ella también arrojó otra pastilla de jabón contra los pies de un soldado que se aproximaba por su costado; este andaba más nervioso que el otro, y evitaba mirar bajo las mesas pues no quería matar a ninguno de los presentes… La cosa era que, si no apoyaba a sus compañeros, le habían jurado que ellos mismos le iban a cortar dedo por dedo para vengarse de la traición.
El jabón voló unos centímetros y después picó en suelo, provocando un suave sonido. Siguió resbalando por las tablas y se fue a detener a pocos pasos del soldado, tras golpear con el pie de un hombre muerto. Unos pasos más del soldado… Y soltó un grito fuerte, de miedo, mientras se tumbaba al suelo de espaldas, arrojando la espada hacia su costado derecho y rebotando contra las tablas de madera. Él había gritado creyendo que alguno de los cuerpos, revividos, le había tomado por las piernas para vengarse de él por matarlo.
Cuando su cabeza rebotó contra las tablas, no quedó inconsciente, pero sí cerró los ojos y se llevó ambas manos a la nuca para sobarse, dejando que cualquiera tuviera un pase libre al arma que acababa de arrojar. Si Keth se quejaba de su suerte, debía ahora disculparse porque esta, en un simple movimiento como robar una pastilla de jabón, le había regalado una oportunidad de vivir… Aunque la mala también le jugó en contra, pues luego de que el soldado tocara el suelo, su bolsa empezó a escupir humo como si fuera la boca de un volcán.

En cuanto al otro soldado… Al escuchar el golpe del jabón al rebotar, rápidamente lo buscó con la mirada y, al encontrarlo, lo pisó despacio para detenerlo bajo su pie y mirar en la dirección en que había sido arrojado. Allí, agachado y con los ojos saliendo, encontró a Lugal, quien esperaba que el soldado hubiera terminado en el suelo, inconsciente y entonces poder noquearlo con sus propias manos.
-¿Crees que alguien iba a caer en esta estúpida trampa? –preguntó para, segundos después, lamentarse por la pregunta al ver caer a uno de sus compañeros- Mierda… Bueno, no me respondas. Ahora, sal lentamente de ahí o iré personalmente por ti, y te juro que si te tengo que sacar de debajo de esa mesa, será por partes.

Sin oportunidad de pensar en ninguna reacción rápida, Lugal alzó las manos y salió lentamente de debajo de la mesa. Aunque tratase de improvisar algún plan, todos en los que podía pensar involucraban el fuego y, nuevamente, un incendio que sería peor que el amotinamiento. Sin acceso a ningún arma ni a ningún objeto para golpear al soldado… Se dio cuenta de la fuente del humo que salía de la mesa que tenía pegada a él.
-Ahora me ves… ¡Y ahora ya no me ves! –gritó mientras saltaba sobre la mesa, dirigiéndose a la fuente del humo y, luego de ello, corriendo hacia otra mesa para evitar que se intoxicara por este, conocía bien el fuego y sabía que respirar mucho de ese humo le traería serios problemas.
El soldado por su parte lanzó un fuerte mandoble hacia la mesa por la que escapaba, tratando de rebanarlo antes de que huyera, pero encontrando sólo madera, su espada había ido a quedarse ensartada en la mesa.
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Mensaje por Invitado el Sáb Dic 17, 2011 8:35 pm

Ivory Malinov había visto la caída de su enemigo más próximo con todo detalle. Fue como si el tiempo hubiese transcurrido más lento en el trayecto al suelo. El hombre cayó hacia adelante, incapaz de defenderse. Intentaba sacarse el filo cruel del kunai de su pierna derecha, creyendo tal vez que así podría ponerse de pie. El arma le había penetrado la pierna, posiblemente incrustándose en el hueso, pues para eso había sido creada. Al intentar quitarla en una pose tan incómoda, la forma gruesa como era lograría fragmentar el hueso al menos en dos partes. La cazadora, caminó entre la mesa y el asiento sin tocarlos, su movimiento era fluido, estaba concentrada en el soldado del suelo. Los niños que había salvado se habían ido de su peligroso refugio, y la cazadora podía enfocar la mente tan solo en la batalla.

Caminó con su gracia ágil habitual, aprovechando la distracción de su oponente para acercarse. Se agachó al frente del hombre, y le tocó el mentón para advertirle que otro kunai estaba a punto de atravesar su cuello. Una muerte joven es siempre una pena, pero no podía arriesgarse a dejarlo con vida. Su esencia era maligna, de otra manera no podría haber levantado su espada contra tanta gente indefensa. La cazadora tomó la espada que estaba junto a sus pies. Era pesada para ella, pero quizá en algún momento serviría. Se puso de pie buscando algún peligro inmediato. Peligro que no encontró para ella. El grupo que la había rodeado en la mesa algunos minutos antes, ahora estaba combatiendo a otros guardias. Algunos lo tenían bien, otros no tanto.

Keth, la simpática elfa que había borrado las tensiones del grupo, estaba parada frente a un soldado derribado. ¿Tendría ella alguna habilidad de combate que ocultaba con esa sonrisa tan genuina? A juzgar por el dolor que se advertía en el rostro del hombre, a quien Ivory veía dificultosamente entre las mesas, ella no estaba muy indefensa. Dejó de mirar la escena mientras se ocultaba detrás del humo, quizá fuera ese uno de los trucos de la elfa. Encontró a Gunrak con una de las mesas entre sus brazos, frente a un soldado paralizado por la sorpresa o el miedo. El enano usó la mesa como un arma mortal, aplastando a su oponente contra la madera de la pared, más no rompiéndola.

A quien no alcanzaba a ver era a Lugal, uno de los humanos que había compartido mesa con ella. El artesano. Por lo menos no estaba tirado en el suelo como tantos otros ya muertos. Quien estaba en peligro inmediato era el otro humano, ¿Michael había dicho? tenía la mano acorazada sobre el pecho, como si le doliese, y con la otra empuñaba una daga. Tenía al frente a un soldado que, armado, amenazaba la vida de una persona. ¡Un niño! Sin pensarlo dos veces, Ivory lanzó su ensangrentado kunai al guardia, apuntando directamente a la frente con la intención de matarlo sin que la vida del pequeño corriera peligro.

Se quedó observando el arma volando hacia su objetivo en la pose que había utilizado. Tenía una pierna flexionada, completamente afuera de su vestido gracias al corte que le había hecho a este con esa intención. El cabello perfectamente trabajado y atado con un lazo, caía sobre el hombro hasta sus pechos. Con un brazo, el que sostenía la espada, hacía equilibrio; el otro había quedado flexionado a un costado de la cabeza, desde esa altura había lanzado el kunai.
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Mensaje por Desmond Morgan el Dom Dic 18, 2011 2:58 am

No sabia que hacer, estaba bloqueado. Aquel niño iba a morir y todo iba a ser por mi culpa, si me hubiera atravesado esa espada.

-No Desmond-dijo Quinn a mi oido-Si te hubiera atravesado esa espada hubieras estado muerto. Y te aseguro que tu muerte no habia evitado la muerte de aquel chico que tienes en frente-

-Pero no se que hacer.-dije a plena voz.-Quinn, ¿Que hago?-el soldado seguia mirandome con el niño en brazos yo con la daga en la mano y mi mano con el cestus que cada vez me dolia mas, ¿Me la habria dislocado? Si fuera asi, no tenia ni idea de como colocarmela a mi mismo.

-Desmond, mata al chico.- dijo la voz de Quinn a mi oido.-Mátalo.-

-¿Que? No puedo hacer eso, tu me dijiste...-repliqué a Quinn, era la primera vez que Quinn me incitaba a matar y yo no queria.

-¡¡OLVIDA LO QUE TE DIJE DESMOND MORGAN!!- imperó a viva voz Quinn.-¡¡OLVIDALO!! Tan solo acaba con el chico.-acabó bajando la voz, Quinn, que te pasaba. ¿Lo haria? Quizás fuera la única manera de hacerlo. Con mi mano sobre mi pecho y Quinn sonriéndome desde la espalda del guardia apunté con la mirada, y sin mas dilación me preparé para lanzar la daga cuando, como un rayo un kunai se cruzó y el guardia soltó al chico.-¡Ahora Desmond, es todo tuyo, acaba con el chico¡.-

-¡VETE QUINN!.-preciosa escena la que se estaba avistando.-El chico ya esta libre.-Quinn puso su cara seria.-Ahora se que por lo menos puedo confiar en...-dije buscando de donde provenía el kunai. Ivory Malinov, ella era la que había liberado al chico, ante mi bloqueo ella lo había echo. Podía confiar en ella, se que podría, al fin y al cabo salvo al niño, y un hombre, o mujer en este caso, decente o de honor, no salva inocentes altruistamente. Y por supuesto, aquella mujer que no se notaba para nada que supiera luchar, era mejor que yo, algo que no importaba lo mas mínimo, nunca he tenido que luchar bajo presión y no pensaba que tendría que hacerlo nunca. Me acerqué entre ruidos y espadazos a la portadora del kunai y opté por que me podía presentar formalmente. Ignorando por supuesto que ella habia visto la escenita de Quinn.-Gracías.-dije cogiendo la espada del guardia muerto con la mano del cestus se me cayó no podía agarrar la espada con la mano del cestus, asi que guardé la daga y la cogí con la que tenia bien. La espada la metí por mi cinto.-¿Donde estan los otros?.-pregunté con al esperanza de que Ivory lo supiera.-Perdón, antes puede que haya mentido un poco, tengo mis razones, asi que lo siento.-aunque pareciera increible ahora no estaba actuando y acto seguido le tendí la mano.-Desmond, Desmond Morgan.-dije serio.-Hay que acabar con los otros, estos soldados se van a arrepentir del dia en que nacieron.-y tras ello esperé a los sucesos posteriores.


Elegid como quereis vivir, por que muy pronto morireis

CÓDIGO DE MATANZA:

Codigo de matanza.

1) No matarás inocentes.
2) Los niños son criaturas vulnerables, tampoco matarás niños.
3) No dejes llevarte por los sentimientos. Ni te involucres emocionalmente, así solo conseguirás meterte en problemas.
4) No dejes que te cojan. Se muy meticuloso, sigiloso y cuidadoso.
5) Investiga siempre a tu victima antes de matarla. Tienes que estar seguro de que es esa victima la que tienes que matar
6) Siempre, siempre. Tienes que aparentar ser alguien normal. Actúa bajo lo que te he enseñado, y nunca deberías tener problemas.
Codigo de matanza propio: 1) Venganza.
Desmond Morgan
Desmond Morgan
Oscuro pasajero

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Una sombra en los sueños I. El Viaje de la Dama. - Página 2 Empty Re: Una sombra en los sueños I. El Viaje de la Dama.

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