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Vías de fuego y sangre

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Vías de fuego y sangre

Mensaje por Giovanni Da Vie el Vie Dic 09, 2011 2:04 am

Hasta Bak'Thagor tuvo que llegar Giovanni en su expedición. Había sido largo el tiempo desde su partida de las tierras del conde Zscur… El maldito Conde que había vendido su alma a los dioses maléficos por razones que nunca se siguió preguntando. Nada era importante ya, tampoco las memorias que le quedaban de Haseo. Aunque como homenaje hubiera querido tomar sus armas, prefirió enterrarlo en tierra-santa junto con ellas, para que le sirvieran allá en la otra vida. No se había parado nunca a pensar en ello, en la otra vida. Se dedicaba a cortar cuellos, a eliminar personas que eran indeseables para otros, mas nunca se había preguntado si lo que hacía era correcto. Pero… a fin de cuentas, lo fuese o no, continuaría con ese estilo de vida, pues era el único que tenía y que conocía.

Esta ciudad era completamente diferente a todo lo que hubiese visto antes. Había casas construidas en tabiques y con puertas remachadas en acero, pero su particularidad de que ninguna medía más de dos metros las hacía evidencia de que eran habitadas únicamente por enanos, raza con la que nunca se había topado en su vida.
Las calles, en esta hora del día, estaban atestadas de soldados enanos, curiosos turistas que cargaban mochilas a la espalda, y cualquier cantidad de herreros, fabricantes y artesanos. Pese a no ser un hombre alto, se sentía todo-poderoso al saberse más alto que la media ahí, pues el enano más grande con el que se había topado le llegaba, con suerte, a la altura del pecho, pero agregaba para sí que no era bueno confiarse, pues también era más fácil que esas cosas tuvieran un fácil acceso para reventarle las bolas, a que él pudiera golpearlos. Raza temeraria, había escuchado.

Por vez primera, andaba sin la máscara y sin el uniforme; esta vez no iba a embarcarse en un viaje por negocios; sino por “placer”. Había recibido una curiosa carta de Corvo, que no le invitaba a ser partícipe de un negocio peculiar como sólo él podía conseguir, sino que le pasaba el nombre de un importante herrero enano, cercano a su muerte, y que solía hacer trabajos para tipos de personas acorde al perfil de Giovanni, y si tenía suerte, las últimas armas que sus enanas manos pudieran forjar serían las de él, dándole así un toque importante, sólo por etiqueta.
Su máscara –así como su capa, sus guantes y todo lo demás- iba guardado en un morral de cuero que había adquirido con algo de plata –palabra taboo- malganada, y llevaba ropas que le hacían parecer una persona cualquiera, sin pasado del que sospechar. Así mismo, llevaba el arco y el carcaj en una valija de telas, que llevaba como si fuese una guitarra a su costado. Y, ya que no podía terminar de guardar el machete dentro de la valija o la mochila, lo había enredado en telas gruesas y largas, que lo cubrían del todo y lo ocultaban. No quería llamar la atención de nadie, dentro de todo.

Tras cruzar gran parte de la ciudad, se acercó por fin a la estación de ferrocarriles “Rumbreldor Piernasredondas”, como aparecía bautizado por una gran placa de madera, colgada a tres metros de altura, pues el ferrocarril era más común que lo usaran turistas también, así que se habían visto forzados a hacer esa parte de la ciudad a una altura acorde a la situación.
Se acercó hasta un enano que deambulaba por un largo pasillo con detalles tallados en rocas de volcán, digno de la arquitectura enana y aún de más. Era un pasillo iluminado por antorchas de fuego, y con tragaluces cada tanto, permitiendo que el sol se filtrara por aquellos lugares.
-Giovanni Da Vie. Me gustaría abordar el siguiente ferrocarril hacia Reth'Melekith.
-Estás de suerte, el ferrocarril sólo sale una vez al día, y está justo a punto de marcharse –sacó de su bolsillo trasero una cuadernola, donde anotó rápidamente el nombre que le había dado, y donde apuntaba el destino y la firma del enano “Afirmo y juro por sobre el honor que me confiere mi barba, que este hombre me pagó lo que jura pagarme”. Y extendiendo la mano, dio a entender la parte más importante de la transacción.

Tras pagarle, fue conducido hasta el ferrocarril por entre un río de gente que impedía el paso de cualquiera; entre los que deambulaban con boleto en mano, sorprendía la presencia de un enorme… gato temible, que hizo a Giovanni pensarse dos veces antes de quedarse mirándolo.
Al subir al ferrocarril, se le señaló un asiento libre y le indicaron que su destino se encontraba en la última parada del transporte, así que podría dormir mientras tanto, pues llegaría al anochecer o un poco más tarde.


Dejándolo solo, aunque en un vagón completamente acompañado de turistas, enanos y algún burgués que se alzaba aún más, y se quejaba cada tanto por estar compartiendo su lugar con apestosos caballeros de las calles bajas. Giovanni soltó un suspiro y caminó hasta el lugar que iba libre; unas bancas verdes que parecían forradas de telas y que llevaban dentro de sí alguna cosa para hacerlas más confortables. Su lugar estaba pegado a la ventanilla, y se quedó observando a las personas pasar, y a algunos llorando, despidiéndose de alguien que viajaba dentro del vagón.

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Re: Vías de fuego y sangre

Mensaje por Asmodeus Grant el Vie Dic 09, 2011 3:36 am

No sabía si hacía dos, tres o cuatro días ¿Cuántos hacía que me había librado del yugo de los malditos hijos de la luna? ¿Cuánto hacía que no me veía forzado a trabajar para esa panda de salvajes? No lo sabía, pero no porque fuera idiota o porque me hubiera golpeado la cabeza, sino porque era libre. Dormía cuando quería, comía lo que me placía y mataba a quien amenazaba con acabar con mi vida ¿Por qué? ¡Porque era libre! Sentía ganas de gritar al viento al mismo tiempo que corría por las cada vez menos tórridas tierras que se desplazaban ante mí como si fueran ellas las que se movían y no yo. El sonido de mi equipo al chocar contra mi piel era fuerte, el metal contra el metal y a su vez contra la carne, el roce de las cintas de cuero contra mi piel parecía arder, pero no me importaba demasiado, puesto que el viento me refrescaba el pecho al chocar contra la férrea lórica de gladiador que portaba. Se la había robado a uno de los caídos que resultó ser tan grande como yo. No la llevaba para honrar su memoria ni tampoco para demostrar que había sido un gran guerrero, sino como signo de libertad, tomaba lo que quería y cuando quería. No tenía idea de donde me encontraba, pero no me importaba, lo único que me importaba era el sonido de mis grandes zarpas al hundir la tierra con mi peso, para nada despreciable, y del lodo al perderse entre las garras que ahora llevaba recogidas. Mi corazón latía con fuerza por varios motivos, uno de ellos, la emoción de no tener cadenas que me atasen o me encadenaran a un lugar, y la segunda las horas que llevaba corriendo ¿Cuántas eran? No tenía ya idea. Cada bocanada de aire parecía renovar mis fuerzas que al poco tiempo se gastaban convirtiendo los latidos en fuertes puñaladas al pecho. Cada vez el aire estaba más caliente al cruzar mi tráquea y mi garganta hasta mis pulmones donde llevaba el fuego que había quemado las cadenas ¿Podía morir? Desde luego que sí, pero lo haría siendo libre. Corrí durante un tiempo más, no sé cuánto, nunca se me dio bien medir las horas, puesto que como esclavo nunca había tenido una para comer y una para dormir, tenía el tiempo que mis amos me dispusieran, pero eso ya, era cosa del pasado.

Los latidos acelerados de mi corazón frenaron en un momento haciéndome sentir un terrible dolor en el pecho, duró unos instantes, apenas unos segundos, pero aquello fue insufrible. Caí al suelo bocarriba, mirando el cielo estrellado, era de noche, muy de noche, pues las lunas ya iban a la mitad en su trayecto hacia las montañas heladas que había a varias decenas de kilómetros de mí. Lentamente el fuego en mis ojos se fue apagando allí, entre los árboles, con mi cuerpo tendido en el lodo y cubierto del mismo. Mi respiración se fue haciendo pesada al tiempo que mis músculos se enfriaban por acción del viento de la noche, me estaba quedando dormido, o eso creía ¿Tal vez era la muerte lo que me acechaba? Me daba igual, me daba igual perder la vida allí mismo mientras que fuera con las manos libres de cadenas y el cuello sin collar. Finalmente, tras varios minutos de intensa agonía, cerré los ojos y acabé por desfallecer a causa del cansancio. Durante horas dormí, dormí como nunca lo había hecho, de manera plácida aunque me dolía el pecho al inspirar. No temía a los animales que me pudieran encontrar, era grande y roncaba, no se atreverían a atacarme y se alejarían. Los lobos, malditos ellos, olerían la peste de la sangre de sus iguales me marcharían lejos de quien portaba tal fragancia, me daba ya todo igual… Pues no debió haber sido así, jamás debí dejarme vencer por el cansancio entre los árboles, desprotegido de las crueles miradas de bandidos y acechadores en la noche. Mucho mejor hubiera sido amanecer muerto que como lo hice. Cuerdas de cáñamo oprimían mis manos. Sucia, estaba, la mordaza de tela que atenazaba como una fuerte mano mis fauces dificultándome respirar por la posición de mis vías respiratorias. Fría, erala piedra que chocaba contra mi espalda desnuda y azotaba mis todavía supurantes heridas. Helado, estaba mi corazón, congelado por el miedo y las pesadillas ¿Habría sobrevivido alguno de los malditos? ¿Buscarían ahora venganza sus cachorros? ¡No! ¡Yo no podía estar atado!

Como pude, dejé escapar un rugido entre mis apretadas fauces y una lágrima recorrió mi mejilla al tan solo pensar en que de nuevo volvería a ser esclavo. Poco a poco ese miedo, ese temor que atenazaba mi pecho, se fue convirtiendo en hirviente ira al oír dos voces humanas, conversaban entre ellos al mismo tiempo que ingerían licores y carne a mansalva: -Mañana, lo venderemos como esclavo y tendremos la vida arreglada. – dijo uno: -Seguramente nos pague bien Xerxes, hacía tiempo que nadie le llevaba un hombre así. – respondió el otro. Esas palabras, esa forma de referirse a mí ¿Qué era yo? ¿Quién era ese Xerxes? No lo sabía, pero había algo que sí sabía, no me tratarían de nuevo como moneda de cambio. Para llamar su atención, comencé a rugir como podía, desgarrando poco a poco la tela de la mordaza, a golpear fuertemente mi cola contra los utensilios metálicos que había cerca de mí y arrojar pequeñas piedras con esta contra mis captores. Mi fuerza parecía aumentada, pero no era así, sólo era la adrenalina, que me hacía liberar cuanto potencial poseyera mi cuerpo. Las heridas dejaron de dolerme casi al mismo tiempo que uno de los dos humanos se apartó del fuego para acercarse a mí: -¡Más te vale que te calles maldito engendro! – gritó mientras llevaba la mano a la empuñadura de su látigo: - O puede que reavive el fuego de tus cicatrices. Ya has sido esclavo, sabes lo que debes hacer para conservar la vida. – sentenció finalmente, mirándome de manera fija. ¿Qué lo sabía? Cierto era eso, sabía que en esos momentos mi libertad pendía de un hilo. Su sonrisa se ensanchó cuando aparentemente me tranquilicé y se borró de su rostro al ver cómo me ponía en pie. En efecto, había logrado destrozar las cuerdas de cáñamo que unían mis pies el uno al otro. No había sido difícil por mi enorme fuerza, y tampoco lo fue con la de las manos. En ese momento su semblante palideció al mismo tiempo que sus manos comenzaban a temblar ¿Por qué? Bien simple es esa respuesta; Me había erguido en mi total tamaño frente a él. Desnudo, sólo con el pelaje a rayas negras que me caracterizaba y con la boca, repleta de colmillos y con mis dientes de sable por fuera, listos para arrancar su piel a tiras, casi liberada del agarre de la tela. Un rugido escapó de mi boca, un grito de la suya y finalmente la sangre acabó por brotar de su pecho. Muerto, pero quedaba el otro.

-A.. a… a... atrás monstruo. – intentó gritar, aunque fallidamente y saliendo su voz aguda, mientras que sostenía torpemente una ballesta. Su dedo intentó apretar el gatillo, pero para cuando lo hizo la flecha se desvió por acción de un golpe de mi zarpa sobre el armazón de madera. Mi otra manaza se ciñó a su cuello y dejé salir las garras que hicieron restallar la sangre de su cuello. Cinco pequeñas espadas que ahora, tras desgarrar su piel, se tenían con su sangre: - ¿Quién es Xerxes? – pregunté al mismo tiempo que con la zarpa libre le arrancaba la camisa y rasguñaba su piel suavemente, más que como un tigre, como un gato que afila sus uñas con la lana, pero desde luego no me estaba sometiendo a él, lo estaba concienciando de quién tenía ahí el mando: -U… un esclavista… - respondió mientras que sollozaba como un crío con un raspón en la rodilla: -¿Dónde está? – inquirí al mismo tiempo que hundía más mis, ahora, rojas cuchillas en su pecho, buscaba verlo sufrir, no lo iba a dejar vivo hiciera lo que hiciera, y eso, le debía quedar grabado a fuego en la piel: -M… me matará si hablo. – confesó entonces: -Respuesta equivocada. – respondí al instante con voz cavernosa. Más apreté mi zarpa a su cuello. Sonaron sus huesos, escaparon los últimos hálitos de su vida por el cuello y, finalmente, murió su vida entregándose a las negras manos de la parca. ¿El destino que le auguraría a las almas de aquellos dos? No lo sabía, no me importaba. Durante horas rebusqué entre sus cosas las mías. Lo primero que encontré: Las hachas, uno de esos cabrones las había hecho suyas. Después vinieron mis dos espadas gemelas que encontré en la mochila del último muerto y para terminar la claymore, envuelta en un paño de seda y recién afilada; pulida con piedras y abrillantada con aceites hasta el pomo, que ahora relucía de dorado. La iban a vender. Durante mi saqueó, encontré varias cosas interesantes, entre ellas una carta del tal Xerxes. En efecto, era un esclavista, y por lo poco que podía saber del idioma humano escrito, se hallaba Reth'Melekith, una ciudad que pertenecía a la raza del libertador, el enano que había hecho de mi vida lo que era en esos momentos, libre. Bien, iría allí por dos motivos. El primero de todos era honrar la tumba de mi libertador dejando allí una de mis hachas. No era mucho, no podía cargar con su cadáver pues que había sido devorado por las bestias, pero al menos tendría con él, allá donde fuera tras dejar este mundo, una de sus creaciones. Y la segunda tampoco escapaba a la lógica del más tonto. Acabar con el negrero, el esclavista o como se le quisiera apodar. Mientras siguiera existiendo gente así mi libertad amenazaba con desaparecer.

[…]

Llegué a la ciudad enana de Bak'Thagor, donde las casas se perdían en el interior de la montaña y las bajas puertas estaban fuertemente acorazadas, preparadas para aguantar incluso el embiste de un orco. ¿Cómo no reconocer las maravillas de las manos enanas? El sonido de los martillos inundaba mis orejas al mismo tiempo que mis ojos se veían satisfechos por el placer de ver como nuevas y maravillosas armas se forjaban. Vidas aceradas que nacían y carne que, sin saberlo, estaba condenada, pues cada una de esas espadas estaba destinada a cortar una cabeza, dos o hasta diez, antes de caer de la mano de su dueño. Mis armas allí poco valían, puesto que eran acero común que nada tenía que hacer contra el acero mítico de los enanos, ese que, como ríos de plata, recorría las paredes de las minas que se perdían en el claro de la montaña. Los fragüeros guardaban con recelo el secreto de su prestigio y sólo dejaban ver al público como remataban la faena al moldear el acero con golpes y templarlo con aguas seguramente mágicas. Algunos inscribían runas en el metal y otros sencillamente moldeaban lo que no se podía, como el fuego. Mi altura tampoco era normal en ese lugar, pues todo el mundo, autóctonos y turistas, no tenían tapujos en parar sus miradas en mí. A mis orejas cónicas, además del repiqueteo del martillo, llegaban los comentarios de algunos enanos, los más ancianos y de barbas más pobladas, que eran tan dispares como los extremos del mundo: “Sería bueno para la forja” decían algunos, a lo que otros respondían “Muy grande y de manos anchas, sirve para empuñar las armas, no para crearlas” otros tantos discrepaban con ambos grupos y me tachaban de bestia y seguramente de problema en su ciudad, pero nada más lejos de eso lo que buscaba era el modo de llegar a la ciudad del esclavista cuya raza todavía me era desconocida.

Caminé durante no sé cuánto tiempo por las calles atestadas de enanos y curiosos, mi cabeza sobresalía por encima de las de los demás dejándome ver las creaciones que había a varios metros de mí y también pude ver una placa de madera que quedaba más alta que mi cabeza. Estaba tallado en la lengua de los humanos, pero con sílabas demasiado largas como para poder leerlo, no me importaba lo que fuera, tal vez una posada, tal vez es mismo averno ¿Qué más daba? Era un lugar donde mucha gente iba, así que no podía ser malo. Al llegar bajo el cartel, crucé y me encontré al poco tiempo en un pasillo iluminado por antorchas y más escasamente por la luz del sol. Estaba totalmente tallado en roca maciza, seguramente de la propia montaña, y recorrido por motivos rúnicos típicos de esa especie; ¿Encerrarían algún poder aquellas runas? ¿Alguna protección? No lo sabía, no me importaba. Al adentrarme junto con un par de personas más en ese mismo callejón de runas me abordó un enano de barbas marrones y ojos del color de la tierra: -¿Para el ferrocarril? – preguntó mientras me miraba y miraba la bolsa de oro que colgaba de mi cinto, obviamente robada: - ¿A dónde se dirige? – inquirí yo mismo mientras que me cruzaba de brazos: - Reth'Melekith, hogar de… - lo interrumpí en ese momento y sin demasiado problema corté el cordel que sostenía el oro a mi cintura: -Asmodeus Grant. – dije presentándome mientras tras haber visto como otros, algo más acostumbrados a ese proceso que yo, lo hacían. Asintió y tras tomar el oro, hasta la última moneda, anotó algo en un cuaderno que podía presumir de limpio pese a lo polvoriento del lugar. Finalmente, fui guiado hasta un lugar donde la gente caminaba con un billete en la mano, el mismo que me fue entregado, y allí me dejó el enano señalándome el tren. Asentí y con la mano en el pecho lo despedí hasta que se perdió en el lugar. De nuevo volvía a ser el centro de atención. Pude notar en la nuca varias miradas, por delante tampoco fueron mucho más sutiles, pero no me importaba. Rápidamente entré al vagón del tren, que amenazaba con irse sin mí, y tomé asiento en un vagón cargado de enanos y humanos, también había de otras razas algún miembro. Me pareció ver un tipo con orejas puntiagudas, y una chica con orejas también de gata, pero no me importó, no eran mi problema en ese momento. Al final, acabé por acomodarme en el asiento de pasillo de uno de los tantos sillones verdes acolchados con algo en su interior. Mi trasero no era ni mucho menos grande para aquellos bancos, lo cual me dejaba ver que no sólo estaba hecho para los enanos, sino para las demás razas. Curioso aquel artefacto en el que ahora estaba, y curioso como algunos, fuera del vagón, despedían con lágrimas a sus amigos y familiares ¿Es que no se alegraban de que tomasen sus propias decisiones?
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Re: Vías de fuego y sangre

Mensaje por Giovanni Da Vie el Sáb Dic 10, 2011 11:23 am

Sería un simple paseo, una “aventura” sin más, algo indigno de catalogar como aventura propiamente dicho, y es que resultaba difícil creer que por simple ayuda, por simple capricho del contratista, Giovanni fuese a ver a un enano forjador. Tsk, él no estaba para esos juegos; su machete estaba bien tal y como estaba, y aunque quizás –obviamente- mejoraría tras pasar por la mano de uno de esos pequeños guerreros que eran dueños de los metales, se relamía los labios diciéndose a sí mismo, una y otra vez, que prefería sus armas tal y como estaban, con la sangre que habían robado ya.

Giovanni curioseó mirando a los pasajeros que subían junto a él. Ahí arriba había de todo; se quedó mirando a una mujer con cuerpo humano, pero que en lugar de orejas comunes, llevaba grandes orejas de gato gris como antenas, coronándole la cabeza por entre el cabello, que por cierto era semi-grisáceo, pero oscuro. Lo que le había llamado la atención no era el hecho de que la chica fuera una horigue –había deambulado la mayor parte del mundo, y visto tantas personas que ya no le sorprendía nada-, sino el hecho de que fuera semi-desnuda, pues apenas contaba con un peto que le cubría los pechos –prominentes, por cierto-, unas botas de acero, un solo guante del mismo metal, y una protección en sus genitales y sus glúteos, pero dejando ver la mitad de estos últimos. Y todo ello iba atado con cintas de cuero por doquier, confiriéndole un aspecto atrevido para prácticamente cualquiera; y aunque cueste pensarlo, la primera idea que cruzó la mente de Giovanni, fue que debía de ser jodidamente rápida para poder bloquear los ataques con su guante, o eso, o era una novata que se las daba de buena y que no sabía la importancia de llevar la armadura completa.
Detrás de ella subió un enano que llevaba la capucha tirada a la espalda, revelando su rostro y sus rastas marrones, junto a una enorme trenza que le llegaba hasta la media panza, formada por los gruesos cabellos de su barba. En sus manos portaba una pipa y guantes, además de un libro, que le confería un extraño toque intelectual para los de su raza. Si alguien se hubiera asomado a revisar con curiosidad, se daría cuenta que todo lo escrito en él, estaba en lenguaje enano, haciéndolo imposible de descifrar.
Poco después subió una mujer de cuarenta o cincuenta años, de cuerpo fino y de vestido aún más fino, pues a cada paso se quejaba del polvo, de las imperfecciones, y cada tanto regañaba a su marido -¡Es todo tu culpa Remhal, tú y tu estúpida idea de vacacionar!-. Llevaba un enorme sombrero extraño, cuyo color hacía juego con todo su vestido crema, llevaba guantes hasta los codos, pero a diferencia del de la horigue, estos eran guantes de seda ¡o vaya uno a saber de qué extrañísima tela! Y para rematar, sus ropajes iban bordados con piedras preciosas pequeñas, hilos de oro y plata, y algún trazo de dibujo, pero estos ínfimos.
Detrás de ella subía un hombre de sesenta años, entrado en la vejez aunque estuviera en buena edad; sus canas tupidas y su rostro cabizbajo rebelaban un cansancio a su estilo de vida, pero su traje de gala y su sombrero de hombre de clase dejaban claro que era ricachón. Mira las vueltas que da la vida, gastar la vida haciendo dinero para conseguir a una buena mujer, y tener que cagarla consiguiendo a una pésima, que te robará todo el dinero… Le arrancó una mirada a Giovanni, aunque mentalmente pensó que aquel tendría más fuerza incluso que él, pues pese a que el licano pudiera alzar su machete de cinco kilos y tanto, este hombre llevaba dos enormes maletas en cada mano, cada una de al menos diez kilos; y encima, a la espalda, llevaba una maleta más; que por sí misma se veía que alcanzaba el peso de las dos menores.

Detrás de ellos subió un pasajero más… Un enorme tigre albino que hizo que el vagón se inclinara levemente, y que robó pequeños gritos de miedo –tanto por el azaroso movimiento del vagón, como por la imagen del recién subido, que sin ton ni son, iba portando sus armas y una armadura liviana-. Giovanni tragó saliva… Sí, si se convertía en un lycan, podría hacerle frente… O al menos eso esperaba, pero debido a que él –el tigre blanco- permanecía en plena consciencia de sus actos, a diferencia de Giovanni, le confería la ventaja al primero. Sin dudarlo un segundo, llevó ambas manos al machete, por si cualquier cosa pasaba. Para su suerte, sin mediar palabra ni nada, se sentó en uno de los asientos al otro extremo de Giovanni, pero en la misma fila. Prácticamente podían verse de frente, si quitamos a todas las personas de por medio que iban en ese vagón.
Al sentarse, el duro enano que llevaba el libro hace poco, que era uno de los pasajeros que compartían el asiento con el gigante, cerró el libro y le ofreció su mano en señal de saludo:
-Mmm… Interesantísimo… Perdona que te mire como… pues así, con curiosidad. Eres lo primero que veo… la primera “cosa” –un segundo luego se dio cuenta, y le miró a los ojos:- sin ofender, claro, gigante que mis ojos han visto… Me llamo Kastek, viajo a Reth'Melekith… Por negocios, más que nada. Sería interesante que entraras en los negocios… Yo conozco alguien a que le podría gustar tus servicios, si no tienes mucho que hacer, podrías venir conmigo… Claro, si no te molesta la compañía de un enano que… nadie respeta, ni quiere. Los de mi raza dicen que soy tan molesto…
Y, tras un largo discurso impropio de los de su raza, agachó la vista y se quedó mirando el cristal. Aunque obtuviera respuesta, no quitaría los ojos del cristal, recordando los maltratos que sufría por sus hermanos de raza. Tampoco quitaría su semblante de tristeza, y no cambiaría su respiración incómoda. Realmente, los recuerdos lo mataban.

Poco tiempo después, el enano que les había ido escribiendo el nombre de todos en aquel papel, subía al vagón, cerraba una dura puerta de acero puro y la aseguraba con cuantas trancas metálicas pudiera: Una principal, que cruzaba la puerta de lado a lado, dos en la parte alta de la puerta, que eran como chapas simplemente, y una más en la parte inferior, que era como la traba principal, pero mucho más fina. Se acomodó una boina que llevaba hasta ese momento y se la puso sobre la mano; caminó hasta el medio del pasillo, donde todos los pasajeros se encontraban terminando de organizar sus cosas y tomando sus asientos, y cuando por fin hubo un poco de silencio –el vagón tenía capacidad para veinte personas, así que habrá que imaginarse el tiempo que tuvo que esperar hasta que hubiera silencio-, alzó la voz para que todos lo escucharan, mientras también levantaba las manos, haciéndose notar:
-En unas cuatro horas llegaremos a Reth'Melekith, pero haremos –como siempre- un par de paradas antes. La primera es una estación cercana, no tardaremos ahí más de diez minutos, y después habrá dos o tres. Aunque permitimos llevar todo el equipaje aquí dentro, cada tanto pasará un soldado enano a vigilar el vagón, y si huele algo raro, os echará a patadas del ferrocarril, sin importar que estemos en movimiento…
De improvisto, una gran nube blanca inundó todo el vagón por fuera, y pronto fue trocada por una nube menos densa, de color grisáceo. Algunos pasajeros se alarmaron por ello y otros simplemente resoplaron con alivio.
-No se preocupen por ello… simplemente es el carro principal, lo acaban de encender, así que no tardaremos mucho más en salir.

Y sin mediar otra palabra, avanzó hasta el costado donde se encontraba Giovanni, y salió por una puerta que conectaba con los vagones de enfrente. El asesino y el tigre viajaban en el último vagón, así que para llegar hasta el frente, tenían que cruzar cuatro puentesillos como los que el enano se dedicaba a cruzar ahora; eran cuatro vagones de pasajeros, luego uno de equipaje, y luego estaba la máquina principal, hay que recordar.

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Re: Vías de fuego y sangre

Mensaje por Asmodeus Grant el Dom Dic 11, 2011 4:38 am

Al poco de sentarme pude observar como las miradas no cesaban sobre mi persona. La mayoría eran de miedo, temor e incluso escuché algún que otro pequeño grito de miedo. Fuera del tren la reacción fue un poco distinta, algunos palidecieron al verme dentro, con sus seres queridos, otros gritaron que habían un monstruo y salieron con corriendo, y una mujer, joven y de buena forma, que había despidiéndose de a saber quién en aquel andén, perdió el conocimiento al fijar su vista en mí, supongo que en los colmillos que sobresalían de mi boca, o tal vez en las armas que se veían a mi espalda. La armadura relucía con la poca luz de las antorchas que llegaba allí, sumada a la de las lámparas de aceite que el propio tren llevaba. Sin embargo había algo que me alteraba a mí, en aquel vagón olía a chucho, a licántropo por algún lado, y eso me tenía los nervios de punta, no sabía de donde venía, incluso puede que sólo estuviera en mi cabeza, peor aun así, la simple idea de que en ese vagón hubiera uno de aquellos asquerosos e infectos chuchos pulgosos me crispaba los nervios y la paciencia. A mi lado, tras el desfile de peligrosas curvas de una “gatita” bastante sexy y más bien poco armada, y de un hombre cargado de maletas y con una carga moral mucho más pesada que la de los bártulos que portaba, que sin duda alguna era la estirada mujer que lo acompañaba, se sentó a mi lado un pequeño barrilete barbudo de ojos marrones como la barba que le llegaba hasta taparle el cuello de mi vista, a excepción de una larga trenza que se doblaba en su panza como si fuera un alga sobre una ola del mar. El libro que llevaba en una mano me era el doble de indescifrable de lo normal, pues, en lugar de estar escrito en humano, lengua de la cual al menos conocía unas letras, estaba impreso en lengua de la montaña, el lenguaje de los enanos, con lo cual no me era posible saber qué demonios ponía. En su otra mano portaba una pipa que de tanto en tanto se llevaba a la boca para succionar con fuerza y después exhalar, como si se tratase de un dragón, el humo por su nariz y su boca. Distaba mucho de los enanos con los que me había cruzado hasta el momento, sobre todo por su ropa, que no era ni mucho menos la típica armadura gruesa que solían portar los enanos, sino que se componía de una túnica con capucha, ambas de color marrón y algunas ropas de cuero, como si con lo que le hubiera sobrado a él de hacerse la ropa se las hubiera hecho la gata que teníamos por delante. Además de eso, la falta aparente de armas de filo y hasta como podría ser la típica hacha de los enanos lo hacía todavía más destacable, puede que incluso alguien con quien conversar sobre algo, aunque claro, la luz es más rápida que el sonido, esa es de las pocas cosas que sabía y sé, y si bien la imagen de ese tipo me había causado buen efecto, sus palabras me hicieron ver que no era más que otro inútil al que más valía ignorar.

Tras un largo discurso que jamás hubiera esperado oír de alguien de su raza me di cuenta que no era más que un pobre diablo, un exiliado de su raza que no merecía ser tratado mal, claro, que tampoco le iba a abrir los brazos sin antes conocerlo, sería como siempre. No era la primera vez que veía la tristeza reflejada en los ojos de una persona, tampoco el miedo o la agonía, no me eran sentimientos desconocidos, pero aun así me intrigaba ¿Qué habría empujado a aquel enano a la soledad del exilio, a la deshonra de no ser aceptado ni en su propia casa? ¿Sería el cristal con el que ahora jugaba como un niño nervioso? No lo creía, pero tampoco tenía modo de saberlo, así que me limité a preguntarle por lo que realmente me importaba, los negocios de los que había hablado: - Yo me llamo Asmodeus Grant. – dije con un tono tranquilo, pero que aun así se escuchó como un rugido a causa de mi naturaleza de engendro que no podía ocultar ni con el tono de voz: -¿A qué tipo de negocios te refieres, Kastek? – pregunté, de nuevo con el mismo tono de voz. Ante la opción de conversar con alguien el semblante del pequeño barbudo se iluminó como si le estuvieran dando un regalo, sin duda ese era un hombre muy necesitado de compañía –aunque extrañamente, no levantaba la vista de la joya que llevaba entre las manos- , pero como se pusiera pesado yo mismo le daría la patada con la que recién nos había amenazado otro de su misma raza –que había entrado para anunciar las paradas y las normas en el tren- y que ahora se marchaba por la puerta que había cerca del inicio del vagón, justo enfrente de nosotros: -Pues me refiero a trabajar como matón, asesino, cobrador de deudas, en fin, a lo que la gente sin oficio como yo suele estar acostumbrada. – y en ese momento tragó saliva, no con miedo, sino con nervios que se reflejaban en las gotas de sudor que caían por su rostro hasta su barba: -No estoy diciendo con esto que seas un buscavidas ni tampoco un hombre sin honor, pero claro, las apariencias dicen mucho en este caso, creo yo ¿No crees tú eso? – añadió después. Ciertamente aquel tipo sí era algo molesto, hablaba demasiado rápido para mi gusto: -Mmm… ¿Y con quién tendría que hablar para eso Kastek? – inquirí después: -Con Xerxes sin duda; es el mejor negociador de Reth'Melekith, y estaría muy interesado en alguien como tú. Andaba organizando algo con los esclavos que… - antes de que continuara intervine de nuevo, pero esta vez mi tono no era el de las dos veces, calmado y, aunque rugiente, algo amistoso. En esta ocasión mi tono de voz sonó más alto, más fuerte y con un rugido medianamente fuerte al final de la pregunta: -¿Qué sabes de Xerxes? – el rostro comenzó a exudar sudor de manera más notoria, tanta que hasta pude notar un leve tufillo a este: - Xerxes es… un esclavista de la ciudad, un hombre de negocios como se le dice por allá… Pero no desviemos el tema… ¿Qué te parecen los negocios? – negué con la cabeza para volver a hablar: -¿Qué más sabes de él? ¿Dónde vive? ¿A qué se dedica además de a los esclavos? ¿Qué está organizando? – La batería de preguntas pareció incomodar al hombre de a saber cuántos siglos de edad, pues sin más se levantó y tomó todo cuando era suyo para, después, cambiarse de asiento a uno libre unos bancos delante del mío ¿Por qué le tenía todo el mundo ese miedo al tal Xerxes? ¿Tanto poder ostentaba? En ese caso se las vería conmigo.

Finalmente, me recosté en mi, ahora, doble banco y me dediqué a contemplar a los pasajeros, aunque también los cristales del ferrocarril, por donde ya se comenzaba a mover la roca. Nos movíamos, eso era buena señal, me acercaba al tal Xerxes, y eso era bueno, lo mataría, me haría con su cabeza y liberaría a cuantos esclavos tuviera. Ese sería su destino, morir a mis manos, al igual que el de todo esclavista que tuviera la mala suerte de cruzarse conmigo. No los iba a ir buscando uno a uno, ciudad por ciudad y pueblo por pueblo, pero si tenía la buena suerte de encontrarme con uno cara a cara acabaría con él costase lo que costase.
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Re: Vías de fuego y sangre

Mensaje por Giovanni Da Vie el Dom Dic 11, 2011 1:19 pm

Ya en movimiento, lo único interesante y que tuvo precio el pagar por verlo, fue al gran tigre albino rugiendo mientras entablaba conversaciones con el enano; aunque se distinguiera su voz, bajo de ella se podía escuchar mucho mejor un sonoro rugido propio de los felinos más temerosos. Si quería o estaba tratando de ocultarse, eso le había jugado en contra, pues prácticamente todo el vagón alzó la vista hacia él –sino ya lo estaban mirando como si fuera una pantalla plana con las mejores películas- y algunos soltaron un gritito de miedo, aterrados ante el alto tono de voz que había salido del tigre. El enano con el que conversaba se levantó de su asiento y se fue a otro, más cercano al de Giovanni. Sería interesante preguntarle de qué hablaban, pero por otro lado, seguramente el tigre se le echaría al cuello a matarlo. Tosió mientras alzaba la vista al techo del vagón, completamente fabricado en acero enano y algunas cosas de mitrhil para soportar la magia de los cristales que le hacían de fuente de energía.

Pocos segundos después, un enano completamente enlatado en su armadura de vayaunoasaber cuántos metales, se acercó hasta el asiento del tigre, después de cerrar la puerta que comunicaba con el otro vagón, claro.

(Ignora las armas, sólo lleva armadura)

-¿Pasó algo aquí? –preguntó con semblante serio y con los ojos para partir al medio al tigre; ya al verlo subir supuso que si habían problemas en el vagón, irían por su cuenta- Espero que conozca las normas de viajar aquí… Si alguien irrumpe la paz, lo tiramos por la borda… Estemos donde estemos.
Se dio la vuelta tras la amenaza, aunque el gatito le respondiera pasaría de él, simplemente alzando la mano hasta acercarse a la puerta… Pero algo le hizo girarse rápidamente y alzar la voz sobre todos:
-¡Agachen las cabezas YA!
Cuatro de los cristales del vagón, dos al inicio y dos al final, habían explotado como por arte de magia, y de entre los escombros habían ido a nacer cuatro bolas de papel plateado. De ellas colgaba una mecha encendida que en pocos segundos llegó hasta el papel, produciendo una inmensa cantidad de humo gris que impedía la vista de todos.


Apenas habían salido de la ciudad y ya tenían problemas graves, al carajo. El enano se arrastró por el pasillo hasta llegar a una de las esferas y rápidamente arrojarla por la ventana de nuevo, eliminando así –al menos- una de las fuentes del humo.

Los demás pasajeros, a quienes tomó por sorpresa el movimiento, explotaron en gritos y lamentaciones, creyendo que esas cosas explotarían y morirían en el acto; algunos se abrazaron a desconocidos, otros le hicieron caso al enano y se agacharon lo más que podían, casi pegados al suelo; otros más cayeron desmayados sin saber lo que pasaba… Y dos de ellos, dos hombres, se levantaron de sus asientos con total calma, aunque un poco nerviosos, y se retiraron la camisa que les cubría el pecho, dejando a la vista hileras e hileras de explosivos contenidos en pequeños tubos de cristal y que se conectaban a una piedrecita verde chillona en su pecho, que brillaba como si fuera un pequeño sol. Para cuando el humo se disipó, sólo ellos dos estaban de pie, y antes de que cualquiera se moviese, alzaron la voz a gritos:
-¡Como se muevan la palman! –casi gritaron al unísono. Ambos eran humanos, de edad joven y de futuro prometedor, que sin embargo, se habían metido en asuntos de bandidos que apenas concernían a los enanos. Sin embargo, el ferrocarril transportaba los planos de una pesada arma diseñada por enanos e ingenieros humanos; de la que se contaba que era capaz de derrumbar a diez soldados por minuto. Si lograban posar sus manos sobre ellos, la guerra en su tierra natal acabaría de una vez por todas… Pero si no, bueno… Harían explotar todo lo que había allí arriba.
-Y al que se le ocurra –miró de reojo al felino, quien era uno de los más temerosos pasajeros- hacernos algo, sobra decirles que, si somos nosotros quienes la palmamos, estas cositas igualmente explotarán y con nosotros, todo el vagón ¿A que mola el poder enano junto al ingenio humano?

Sin embargo eso no era todo; uno de los bandidos se fue hasta la puerta trasera para quitar todas las trabas que el enano había puesto nada más subir, y aunque le costó retirarlas todas, cuando por fin pudo abrió la puerta y extendió la mano, para ayudar a ingresar a un caballero más, que hasta entonces había ido siguiendo el espectáculo desde un caballo. Al poner los pies sobre suelo firme, se sacudió sus ropajes extravagantes y amartilló ambos arcabuces cortos que llevaba colgando de fundas en los pantalones. Miró al enano guardián, que estaba quieto por la amenaza de los bandidos, pero que tenía una cara arrugada y odiosa, como ningún enano podría hacerlo en vida. Sin esperar ni mediar palabra, tiró del gatillo de ambos arcabuces, produciendo un sonoro ruido que hizo eco en todo el vagón, y que provocó una enorme bola de humo apestoso. El blanco de los disparos habían sido las piernas del enano, único sitio que no era protegido por la armadura metálica que llevaba.
-Ups. Si se quedan quietitos y nadie hace nada, no les pasará lo que a este pobresito enano… Merle, tíralo por la puerta.


Uno de los hombres que llevaba el chaleco de pólvora en cristales, asintió y se apresuró a tomar al enano por los brazo, quien, aunque adolorido y herido, profería maldiciones a diestra y siniestra, pero se limitaba a sujetarse las piernas para evitar la pérdida masiva de sangre. Se dejó llevar hasta la puerta, arrastrado como si fuera un ser mundano, y al estar ahí, de un par de patadas fue tirado por el hueco, quedándose el vagón sin más guardia que los bandidos.

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Re: Vías de fuego y sangre

Mensaje por Asmodeus Grant el Dom Dic 11, 2011 7:38 pm

Al poco del cambio de asiento de Kastek entró otro de su misma raza, un soldado en este caso, con una pesada armadura que lo hacía mover el vagón con cada paso, para preguntar si pasaba algo, en especial mirándome a mí. Iba contestarle algo, pero tras la advertencia de las normas simplemente se giró con la mano alzada, haciendo ver que no le importaba nada de lo que pudiera decirle, así que simplemente me resigné en mi asiento, respirando y soltando cada vez más rugidos por esas respiraciones. Sin embargo, la calma duró poco, pues cuando aún no llegaba al puente que comunicaba los vagones, cuatro cristales estallaron. Uno justo detrás de mi cabeza, de tal modo que pude escuchar el sonido de los pequeños fragmentos de cristal chocar contra mi armadura ligera, después de eso sólo vi algo más justo antes de agachar la cabeza a una voz del enano ¿Por qué le hacía caso? Por un motivo muy simple que había aprendido en el poco tiempo que llevaba libre: “Si alguien te dice agacha la cabeza, más te vale agacharla, por lo general evita que te la corten” Así que sin más bajé la cabeza y me coloqué como pude entre los asientos, buscado cubrirme lo más posible, sin embargo no me dispuse en posición fetal, como se hubiera esperado, sino que simplemente coloqué una de mis manos sobre la empuñadura de mis espadas, listo para sacarlas en cualquier momento. En esos momentos no veía nada, la espesa capa de humo blanco que se había formado tras la explosión de las pelotas de papel plateado que habían entrado por la ventana me lo impedía, además de dificultar también en cierto modo la respiración. Al poco de aquello la gente empezó a gritar las típicas frases de pánico típicas de cualquier momento tenso: “¡Vamos a morir todos!” gritaban la mayoría, o al menos los que no caían por los suelos redondos, muertos de miedo y completamente inconscientes. Otros tantos se limitaban a gritar como niños pequeños a los que apuntan con una pistola, y el resto sencillamente hacía caso al enano y se pegaba lo más que podía al suelo. Pero a diferencia de toda ese gente, dos jóvenes tomaron el control de la situación a la fuerza cuando se levantaron de sus asientos. Escuché el sonido del cuero contra el metálico suelo, así como el de metal contra metal, pero sin duda el que más me llamó la atención fue el ruido de los cristales al entrechocar.

Cuando por fin el humo dejó ver algo logré ubicar en mitad del vagón, aproximadamente, un par de jóvenes que no superarían la treintena de años, con suerte llegaban a ella, de rostros afilados pero todavía con la redondez de un par de críos. Sus miradas estaban cargadas de diversión y también de nerviosismo, como si fueran a hacer alguna travesura, y para cuando desvié la mirada hacia sus cuerpos pude ver el porqué de tan maquiavélica sonrisa. De sus pechos, más concretamente de la camisa, pendían incontables tubos de una sustancia de aspecto arenoso y color casi negro aunque con reflejos plateados. Al centro, como una especie de segundo corazón, llevaban acoplada una joya de color verde cuyo brillo me impedía visualizarla bien, seguramente el detonante de la bomba que llevaban encima, malditos, y para no terminar de joder la situación me habían visto, habían visto mis armas y también mi aspecto, eso los prevenía contra algún movimiento sorpresivo que se me pudiera ocurrir en esos momentos. Aunque la cosa, por desgracia, no terminaba ahí, un tercero subió poco después al vagón ayudado por uno de los dos mocosos, y fue este el que desató el pánico entre la gente. No por su extravagante forma de vestir, pues su ropas distaban mucho de ser normales, al igual que sus complementos, entre los cuales destacaban un par de pistolas, de las cuales una parecía hecha de marfil por lo blanca que era, mientras que la otra era de color caoba, al cinto, y una especie de parche que le cubría una buena parte de la cara, además del ojo derecho. Su ropa, como ya mencioné antes, era extravagante y curiosa, compuesta por un una chaqueta de botones ajustada y de color negro bajo la cual portaba un una especie de corpiño del mismo tipo y, por debajo, una camisa de color blanco, al menos en los cuellos que era lo que alcanzaba a ver, junto con una corbata del mismo tono azabache que casi toda su ropa. Su peina, alocado y que parecía de loco, dejaba ver que era una persona no demasiado sana mentalmente, aunque esto me lo confirmaron los dos disparos que con frialdad descargó sobre el enano justo antes de dar la orden de que lo arrojaran por el puente intervagonal, genial, ahora tenía a un loco y a dos tipos dispuestos a cumplir todas sus órdenes junto conmigo en el puto vagón, mala hora en la que me había subido al puto tren. Tenía que pensar algo, y tenía que ser rápido. Un ataque frontal haría que nos volaran a todos por los aires, pero sin embargo no parecía haber otra opción, podía intentar atacar al tipo de la vestimenta extravagante, que parecía ser el líder, claro, que llevaba pistolas, y si los otros cargaban algo que podía hacer explotar todo el vagón ¿Por qué no él, el líder, podía llevar algo que hiciera que sus pistolas no tuvieran que recargar?

En ese momento se me ocurrió algo; era arriesgado, era peligroso y posiblemente me costase la vida, pero por lo menos tenía que intentarlo. Como si me hubieran herido, di un rugido fuerte pero no amenazador, que lo que buscaba era llamar la atención de los dos que llevaban las chaquetas explosivas o del líder al menos: -Grr… - dije mientras, lentamente, me incorporaba levantando las manos – El… estómago… no me sentó bien ese hijo de puta al que me comí anoche… - comenté con una leve risa: -No soy peligroso… Pero te aseguro que como no me dejes ir al baño que exploten las bombas será lo menos de lo que tengas que preocuparte… - dije, mientras hacía como si me dieran retortijones. Era una estrategia patética y absurda, además de denigrante para mi persona, pero si todo iba bien y me dejaban ir al baño escaparía por la ventana y podría atacarles por la espalda, lo cual me daría, a su vez, la opción de arrojarlos por la ventana. Sin embargo, también cabía la posibilidad de que uno de esos dos o el propio mandamás me acompañara hasta la misma puerta, en cuyo caso tendría que deshacerme de él cortándole el cuello allí mismo. Claro, eso si no me baleaban en el acto, aun así, si el tipo se ponía a recargar y se cumplían mis sospechas de que sus pistolas eran tan normales como mis espadas, intentaría lanzarle un hacha a las manos para incapacitarlo, pero no matarlo, de tal forma que impidiera que sus dos subordinados volaran en pedazos el vagón, pero para eso primero había que ver con funcionaban las cosas entre esos tres.
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Re: Vías de fuego y sangre

Mensaje por Giovanni Da Vie el Jue Dic 15, 2011 1:35 am

Aunque chillando y acurrucados contra el suelo, todos los allí presentes hacían caso a las palabras del alocado tirador: Quedarse quietitos sin molestar. Según lo que Heriam –como se llamaba aquel pistolero- sabía, dentro del vagón de equipaje habían importantes planos de un arma de forja enana y con tecnología humana, que podía darles la ventaja en su interminable guerra. Aunque parecieran forajidos y… de hecho actuasen como propios asaltantes, era sólo la presión la que los arrojaba a hacer eso. Aunque Heriam… él, había sido así desde que nació. Arrogante, alocado, pretencioso y altanero.
Se había criado como hijo de un forjador, hombres de carácter fuerte y de poco tiempo para su familia; con una madre fallecida antes de que el pequeño cumpliera los siete años… Muerta a golpes de cierta persona. Había sido criado con poco interés, más bien con odio y rencor. Alguna vez se le intentó instruir en la herrería, pero la exigencia de su padre había hecho que todo acabara en… Un niño con la piel marcada a fuego vivo, y el alma lastimada por las palabras hirientes de su viejo. Viejo que, por cierto, murió cuando Heriam cumplió los quince años y ya sabía disparar con arcabuces.
Quizás eso hacía que sus instintos fuesen muy diferentes a los de otras personas, posiblemente eso era el detonante para justificar sus alocadas hazañas y para entender su gusto por disparar e inhalar la pólvora quemada.

Se llevó la mano derecha hasta la cintura para dejar ahí el arcabuz de un solo tiro, e inmediatamente la llevó a la espalda.
-¿Preocuparme? Me gustan los fuegos artificiales, y la pólvora tiene la propiedad de ocultar todos los olores –empezó su discurso mientras lo miraba a los ojos, sin temor, y avanzaba hasta estar a cuatro asientos de él-. A mí no me molesta si te cagas encima, el que tendrá el culo manchado vas a ser tu; porque si intentas moverte un solo centímetro de ese asiento, te meteré un tiro entre ceja y ceja, y entonces, mañana diré “Matar al hijoputa de ayer no me sentó bien, necesito un té”, y me reiré de ello ¿Entiendes?

Se giró para darle la espalda un segundo, mostrando que lo que tenía sujeta su mano era otra pistola, ésta completamente fabricada en acero enano y con extraños grabados alrededor de toda ella. Amartilló sin verla y se giró nuevamente para tener al tigre de frente; todo ello en menos de tres segundos, tiempo insuficiente para que el felino pudiera siquiera hacer nada. Llevó la pistola hacia delante y apuntó justo al pecho del felino.
-Pero lamento decirte que rompiste esa parte donde dije “Y nadie hace nada” –y sus palabras quedaron cortadas por una fuerte explosión, más fuerte que las anteriores, pues esta pistola contenía mucha más pólvora que las otras, al poder resistirla a la perfección sin posibilidades de explotarle en la mano. El disparo, la esfera pequeñita de plomo, impactó sobre el pelo blanco de su pierna derecha y la atravesó de lado a lado, dejando ahí un agujero de dos centímetros de diámetro, que había pasado muy cercano al hueso y que ahora estaba sangrando en un riachuelo pequeño.
Heriam mientras tanto se acercó el arma al rostro e inhaló el hedor de pólvora quemada. Era, posiblemente, el único ser capaz de aguantar ese aroma, y aun mas, capaz de sentir un gusto por él. Cuando lo exhaló, lo dejó ir acompañado de unas risas de desquiciado que revelaban su condición de loco chiflado.
-El gatito tiene un hoyito en su piernita –canturreó como niño pequeño, burlándose del felino que, fuese lo hombre que fuese, ese disparo le provocaría dolor y, si no se le ocurría algo rápido para parar la pérdida de sangre se encontraría en graves problemas.

Mientras tanto, inclinado sobre su asiento y con una mano apeada al mango del machete, Giovanni se había limitado a mirar el ambiente. No había movido ningún músculo, fingiendo ser algún asustado pasajero; aunque poco le duraría la fachada, viendo el equipaje con que cargaba.
Heriam, sin dejar de ver al gatito, recargó una de sus pistolas para tenerla lista ante cualquier inconveniente, y luego la mantuvo en la mano, atento a todas las cosas que pasaban.
Era un sitio muy estrecho para poder pelear bien, y quedaba el hecho de los hombres con la piedra mágica en su pecho… Parecía que estaban del todo jodidos… Sin embargo, pronto la situación cambió:
-Heriam –gritó uno de los hombres-pólvora-, la piedra brilla. Ya tomaron el coche, tenemos que avanzar al vagón de equipaje…
-Es una lástima que tenga que dejar a mi amigo el felino… Pero te volveré a ver gatito, antes de que nos vayamos, te vendré a pedir perdón… ¡o a dejarte igual la otra piernita! Tú, te quedarás aquí. Si alguien hace algo, haces explotar todo –ordenó al hombre que estaba hasta la parte trasera del vagón; este asintió y se movió hasta el medio. Estaba consciente de que moriría ese día, así que no le parecía demasiado malo el hecho de quedarse solo.

____________

are you fucking kidd En serio quieres engañar a un loco que disparó sin razón contra un enano?

La herida podrá llegar a sanar si no haces más cosas sin pensarlas del todo bien. En este turno nos quedamos sólos con uno de los hombres bomba que, si muere, explota.
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Re: Vías de fuego y sangre

Mensaje por Giovanni Da Vie el Lun Dic 19, 2011 2:57 pm

Giovanni vio a los dos salir… Una alegría, pues al menos las dos personas con la pólvora como ropa parecían más cuerdas que su compañero de pelos de pincho, con tres arcabuces en su poder. En cuanto salió, se relajó un poco más y exhaló con suavidad, tratando de no llamar la atención.
El hombre que quedaba sobre el tren era un joven de al menos veinticinco años, era una lástima que, siendo tan joven –casi alcanzaba la edad de Giovanni-, se hubiera decidido a que morir era una buena opción. Él, Giovanni, personalmente, no elegiría esa ruta aunque le fuera implantada. Buscaría un modo para salirse de aquella, y ahora mismo, no tenía ni la menor intención de morir. Era estúpido que, allí donde fuera, aunque fuese un viaje por “placer”, el peligro lo siguiera. Realmente hacía honor a su sobre-nombre: El Cuervo de la Muerte, el portador de la desdicha.

El joven explosivo caminaba por el medio del pasillo, deambulaba de inicio a fin, cada tanto se agachaba para saludar a un niño y decirle que todo iría bien, tratando de tranquilizarlo… Difícil tarea teniendo en cuenta que lo primero que se veía era su pecho lleno en pólvora. Lo ocultaba a veces bajo su camisa, pero era una tarea imposible borrar el miedo en la cabeza de los niños, y más aún, en la estúpida sensación de muerte en los hombres mayores y sus esposas. ¿Recuerdan al regordete de traje que cargaba las maletas de su mujer? Pues había sido el primero en tumbarse al suelo, en posición fetal, formando una curiosa bolita en el suelo… Bolita que cada tanto su mujer pateaba, con la intención de darle valor y que lo protegiera de cualquier cosa que estuviese pasando. Pero la bolita no reaccionaba… Era como una habilidad, que le daba inmunidad al mundo exterior.

Fue hasta que el hombre volvió a caminar, cuando “todo” regresó a la normalidad; pues cuando el hombre-pólvora se encaminó hasta el lugar donde se encontraba Giovanni, este rápidamente desenfundó su machete e hizo algo peor que cortarle el cuello: Con la extensa cinta que cubría su machete, dio un salto de su asiento y lo enredó para que no pudiera ni mover las manos, ni el tórax. Así mismo, y antes de que cualquier otra cosa pasase, le puso una mano sobre la boca mientras apretaba lo más posible al hombre dentro de sus cintas. El machete había quedado sobre su asiento, reluciendo su hermoso filo.
-¿No crees que es tu día de mala suerte? Vienes aquí, buscando la muerte… y no la encuentras. Eso es algo patético teniendo en cuenta lo fácil que es morirse –susurraba a su oído, mientras se aseguraba que sus manos quedasen inmóviles y su boca no soltase ningún ruido-. Quizás te mate cuando todo acabe ¿Lo imaginas? Entonces morirías en un sitio desértico, con tus huesos volando por cualquier sitio y nadie iría contigo al… a donde vayan los muertos.

Tras atarlo bien, lo cargó un poco y lo acostó en el que antes era su asiento. Ayudado por el filo de su machete cortó un trozo de la tela para metérsela por la boca, metió en ella tanta como pudo para que no pudiera siquiera escupirla y asegurarse de que nadie haría nada.
Cortó otro pedazo delgado y extenso, de al menos cincuenta centímetros de largo, y se acercó hasta el tigre albino, dándoselo en sus manos.
-¿Quieres salir de aquí con vida? Te necesito en plenas condiciones. Si tienes armas, arréglate ahora, sino, más te vale tener alguna habilidad útil.
Lo había "elegido" porque era el único con aptitudes... o más bien, el único entre tantos que se había hecho el valiente para responderle al loco de las armas. Aunque lo que hubiera dicho fuera triste, igualmente contaba su valor.

Volvió hasta su asiento, hurgó dentro de la maleta donde llevaba el arco para colocarse los guantes. Sentía más alivio portando aquello, que yendo como si fuera un hombre de familia adinerada… Triste pensamiento, porque ni siquiera tenía familia.
Sacó también la máscara, que fue lo inmediato que se colocó luego de los guantes, y finalmente se puso el carcaj a la espalda y el arco en las manos. Se aseguró de dejar el machete en un sitio seguro. No pensaba perderlo ese día, pero ir con él significaba un enorme peso extra que no ayudaba si quería ser sigiloso… Aunque el tigre albino tampoco lo sería.
Tensó la cuerda del arco y se aproximó hasta la puerta del vagón que comunicaba con el segundo vagón de pasajeros… Pero antes de eso, se acercó al prisionero y le quitó las vendas de la boca.
-Si te mato explotas… ¿Y si te dejo inconsciente? Dime… sólo quiero saber cómo evitar que todos volemos en pedacitos.
Aunque era estúpido esperar una respuesta –y de eso se dio cuenta mientras formulaba la pregunta-, el hombre habló despacio:
-Yo… yo no quería. Me obligaron a hacer esto, te juro que no era mi intención ¡Te lo juro! No… no quiero morir, no me mates. Te diré como evitar que todo haga ¡cabúm! Si… si dejas inconscientes a los hombres, no pasará nada, porque la piedra mágica está conectada al corazón; en cuanto este se queda del todo quieto, se calienta como si fuera un sol y hace estallar las cargas. También les puedes sacar la piedra del pecho… Pero igualmente se calentará. Y hay otra cosa que debes saber… Pueden explotarlas por sí mismos si ven que algo anda mal. Es cosa de que se arranquen la piedra, se calienta y termina siendo el mismo resultado…

Giovanni asintió y volvió a colarle los trapos dentro de la boca, aunque ahora se estaba tentando entre matarlo o dejarlo en prisión enana; decían que la segunda era peor que la primera, porque las sentencias se cumplían en sus años, y un humano nunca podía soportar tantos años como uno de los enanos.

___________

Bueno, las reglas para saltar a los jugadores son las mismas que para todos mis roles como master:
1er turno que se te salta, no pasa nada.
2do turno que se te salta, es una herida.
3er turno que se te salta, significa una amputación.
4to turno que se salta... Es la muerte.

Por cierto, la bala en tu pierna entró y salió, además la herida fue pequeña, así que no resulta más que en un dolor al caminar... Pero que, por saltarte este turno y no haberte curado la expulsión de sangre, resulta también en un ligero mareo.
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Re: Vías de fuego y sangre

Mensaje por Inuwel el Jue Dic 22, 2011 3:46 am

Lo normal cuando se realiza un viaje tal largo donde no se puede hacer nada aparte de quedarse en ese mismo sitio, o sea, sentado y esperando durante las horas venideras que pueden llegar a ser… muchas, es que se busque algún medio de entretención, ya sea leyendo, mirando el paisaje, o que se duerma un poco como asimismo que se busque conversación con algún pasajero que se encuentre cercano a uno pero siempre y cuando se encuentre presto de ánimo para ello. Inuwel no hacía cumplimiento de ninguna de esas lógicas tan comunes en la gente, comenzando porque no se sentía cómoda en lo absoluto en aquel espacio apretujado cubierto de gente molesta y bulliciosa lleno de olores distintos donde tenía que esperar un largo tiempo como si fuese una prisión, además el hecho de no poder hacer nada, de sentir que perdía el tiempo en el viaje la enajenaba cada vez más, para ella el tiempo es sinónimo de disfrute, que se tiene que aprovechar al máximo pero ahí las horas pasaban y estaba condenada a presenciar el tiempo muerto, además tampoco le interesaba intercambiar conversaciones con alguno de los pasajeros, en ese aspecto ella resultaba muy recelosa.

Sin embargo tenía razones de peso para haber abordado aquel tren, había escuchado información acerca del conde Kashimiro, aquel hombre embustero que traicionó a su manada llevándola a una misión suicida donde ella quedó como única sobreviviente por razones meramente azarosas del destino, y si bien ahora no estaba sola ya que esa misma noche donde ocurrió la traición había convertido a un humano sin querer debiéndose quedar a su cargo habían oportunidades (múltiples) en que ambos discutían como si fueran marido y mujer, y cuando uno de los dos se cabreaba se alejaban cada uno del otro donde pasado unas cuantas horas volver a encontrarse nuevamente, no obstante justo en ese lapso de tiempo es cuando Inuwel se enteró de aquella valiosa información a causa de un comerciante imprudente proviniendo del reino de Akhdar que por lo visto necesitaba trasladar ciertas alhajas para Kashimiro por lo cual Inuwel tuvo que robar su pasaje no sin antes acabar con su vida y tener la decencia de lanzar su cuerpo descuartizado a un pozo profundo, se enteró por la información otorgada por el mismo que tenía varias esposas en su tierra de origen así que sencillamente se haría pasar por una de ellas para pasar medianamente desapercibida, al menos para abordar el tren con tranquilidad y trasladarse al destino.

No alcanzó a despedirse de Locrian, ni tampoco andaba con tiempo para irlo a buscar, de todos modos él era grande, podía y debía saber cuidarse solo de vez en cuando, ella no podía estar a sus espaldas siempre… y mientras pensaba en ello se cubrió el rostro con un velo azulado propio de las tierras cálidas del norte meridional, tomando el oro y el pasaje para encaminar sus pasos hacia la entrada del tren, sus ojos recorrieron sin pausa la manufactura de aquella máquina que le parecía ruidosa y de un olor a carbón demasiado cargado, arrugó la nariz de inmediato sintiéndose asediada de golpe, y cómo no si había una infinidad de ruidos y una considerable aglomeración de gente, si algo odiaba de sobremanera era la gentuza en cantidades desbordantes, una cosa era una manada y otra es estar rodeado de criaturas varias completamente desconocidas y ninguna ligada a nadie, pero debía mostrar madurez y no ponerse quisquillosa con algo como aquello, debía concretar las fuentes de su información, aquello era mucho más importante que soportar un viaje con aquellas personas. Suspiró resignada entonces para intercambiar algunas palabras con el enano y abordar el tren donde le tocaría sentarse en el vagón número dos y se dejaría llevar por los pensares propios de la gente que se aburre.

Empero jamás imaginó lo que ocurriría a continuación, el tren había comenzado a marchar, su vecino de asiento se había resignado a no recibir respuestas de parte de la licana frente a su asedio de preguntas de quién busca conversación, Inuwel al escuchar a ese humano meramente se había dedicado a regarle una mirada tan fría como el glacial para luego desviar la mirada con indiferencia, bajar la vista hacia sus muñecas donde colgaban varias pulseras brillantes y reclinar la cabeza hacia atrás entrecerrando los ojos, quizás podría tratar de descansar un poco en lo que duraba el viaje… y fue entonces en que cerraba los ojos cuando de pronto un ruido sordo proveniente de una ruptura en los vidrios le hizo abrir los ojos de golpe e incorporarse sobre su propio asiento, de pronto una intensa humareda blanca consumió por completo el vagón, la licana comenzó a toser llevándose el brazo contra el rostro mientras sujetaba con su otra mano uno de los costados del asiento poniéndose de pie sobre este mismo tratando de vislumbrar entre el humo a al causante de aquel atentado.

¿Qué diablos sucedía?, se preguntó tratando de prestar atención con sus otros sentidos ya que su vista se hallaba nublada por el humo no obstante la gente asustada hacía tanto ruido que se le hacía imposible centrarse en uno en concreto, incluso tuvo que propinarle una patada a su vecino de asiento tumbándolo contra el suelo ya que estese había aferrado a sus piernas por miedo de que el tren fuera a explotar.

-Uhmmm....-Murmuró viendo finalmente que el humo se disipaba y un sujeto regordete con un extraño artefacto colgando en su pecho avisó que se trataba de una bomba que haría explotar si alguno de los presentes osaba siquiera moverse, Inuwel entrecerró los ojos con el ceño fruncido sentándose nuevamente, si algo no quería era terminar muriendo echa pedazos pero tampoco estaba dentro de sus planes seguir el juego de un tipo desquiciado y fallado de la psiquis como lo era aquel humano, tenía que buscar la forma de inmovilizarlo para poder así escapar, cosa, que le dio a pensar que seguramente no estaba solo puesto que sería absurdo que una sola persona se metiera a este tren para hacer semejante acto de estupidez, y sus sospechas serían confirmadas al ver ingresar desde una de las puertas a un singular sujeto de pinchos oscuros por cabello, una especie de lente en un ojo y una sonrisa propia de un maniático... Genial, se hallaba rodeada de locos.

Pero el detalle estaba en que estos locos estaban armados, uno con arcabuces y el otro con una bomba, esa era una de las razones por las que Inuwel no le gustaban en demasía las armas de fuego, las consideraba de cobardes.

-"Ya te veo suplicando por tu vida si te llegases a enfrentar a mi con tus propias manos pedazo de cobarde..."-Se dijo para si misma haciendo temblar levemente sus labios como quién no aguanta los deseos de decir a viva voz lo que piensa, pero hacer tal cosa sería muy estúpido de su parte.

El hombre armado avanzó por el pasillo de aquel vagón a medida que hablaba acerca de "si hacen algo idiota terminarán como el gatito, sin su patita", animal del cual Inuwel no tenía ni la más remota idea al estar en un vagón diferente y no ser espectadora de aquella escena lo cual le hizo confirmar sus sospechas acerca del problema de delirio que subyacía en ese infeliz, comprimió sus manos en un puño no evitando enviarle una mirada fulminante al loco el cual se volvió en redondo contra ella y ya fue demasiado tarde para que intentara desviar la mirada y fingir que no miraba nada, este se acercó a Inuwel la cual pensó de inmediato en atacar antes de que este le disparara, él alzó su arma apuntando contra ella, haciendo muecas de quien práctica su tiro, variando en posiciones con sus armas entre sus manos para finalmente echarse a reír a carcajadas que se cortaron de golpe mientras se acercaba y alzaba la mejilla de Inuwel con la punta de su arcabuz.

-Muy bien bonita, muy bien haces de quedarte así, calladita -Comenzó a decir en son de burla provocando que Inuwel temblara de pura rabia cosa que el individuo para su satisfacción lo asoció con miedo, y luego de acariciarle el rostro con el arma se volvió en redondo para apuntar a los presentes logrando un ambiente completamente desprovisto de ruido, silencio que en otra oportunidad hubiera sido agradable para Inuwel ahora la dejaba tensa, pero lo peor es que ese tipo había tenido el descaro de burlarse de ella, cosa que no podía ni iba a permitir.

Cuando este se alejó hacia otro vagón luego de comentar lo que pasaba más o menos en el tren la licantropo se volvió en redondo hacia el hombre de la bomba, notó que temblaba levemente lo cual provocó que ella alzara una ceja con mirada inquisitiva, la seguridad del hombre que anteriormente usó al hablar ahora se había esfumado completamente cuando asumió que estaba presto a morir, ¿arrepentimiento?, tal vez, eso ella no podía saberlo, pero si notar que el tipo aquel estaba medio asustado o muy nervioso lo cual sería perfecto para lograr atraparle e inmovilizarlo. Pensó rápidamente en algo mientras dejaba caer sin querer una de sus joyas contra el suelo soltando un ruido metálico mientras rodaba hasta quedar debajo de uno de los asientos lejanos provocando que el sujeto se volviera en su dirección con cara de "si te mueves un poco mato a todos", Inuwel entonces hizo un gesto de fingido miedo e ingenuidad mientras se retiraba aquel velo azulado de la cara dejando visible su hermoso rostro mientras agitaba pausadamente sus espesas pestañas que escondían sus profundos ojos ambarinos.

-Es un legado de mi padre...-Susurró mirando intensamente al sujeto mientras se reclinaba levemente llevándose el cabello hacia atrás de manera insinuante - Es muy importante para mí, ¿puedo cogerlo por favor?...-Murmuró con un toque tal que solo le faltaba hacer un puchero, el hombre vaciló un poco entre dejarla coger su joya o negarse, lo cierto es que la supuesta ingenuidad de la muchacha se le hacía "interesante", mas debía cumplir con su deber así que negó con la cabeza frente a la petición de la muchacha pero se ofreció el mismo en coger la joya, miró hacia atrás constantemente por si alguien osaba a moverse para luego agacharse y estirar el brazo tratando de coger aquella joya que estaba debajo de uno de esos asientos, sin embargo Inuwel no era una mujer común y corriente, y aprovechando su valiosa agilidad y rapidez se movió contra él tomándolo inmediatemente de los los brazos golpeando de una patada una de sus rodillas desde la parte de atrás, lo tumbó contra el suelo sujetando sus brazos al tiempo que gritaba:

-¡Que alguno de ustedes mueva el culo y me de una maldita cuerda!-

El mismo individuo que estaba anteriormente sentado a su lado se incorporó inmediatamente del suelo buscando una cuerda de su bolso que se la lanzó a la muchacha la cual ella usó para amarrar al sujeto de los brazos para luego sostener con rudeza su nuca aplastando su rostro contra el suelo del tren y tapandole la boca con su velo azul.

-Eso... eso... muy bien maldito infeliz, quédate en silencio o aparte de cortarte la cabeza perderás otra cosa...-Murmuró la mujer mirando rápidamente a su alrededor por si volvía a aparecer el tipo de los arcabuces que era el que más peligroso le parecía.



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Re: Vías de fuego y sangre

Mensaje por Giovanni Da Vie el Vie Dic 23, 2011 2:29 pm

Miró en derredor una vez hubo dejado al explosivo soldado y se dio cuenta de que el gato en quien había confiado, no hacía nada más que lloriquear por su pierna baleada. Fffsss… Tal parecía que en serio no era más que un idiota sin mucho que hacer. Aunque diera presencia de ser un valiente, en realidad no era más que un gato sin bolas que no se valía por sí mismo. Giovanni se acercó a él rápidamente, le hizo alzar la cabeza posando una mano sobre su mentón, obligándolo a subir quisiera o no, y una vez teniéndolo así, se bajó la máscara y le miró directo a los ojos. Sus pupilas rojas sólo captaban el blanco y negro del pobre tigresito que se enfadaba y rugía como mariquita.
-Tal parece que no tienes ninguna habilidad útil… -murmuró y, antes de que nada más pasara, su mano derecha (la que le sostenía por el mentón) se convirtió en una pata de lobo que se apretó en rededor de su cuello y, en lugar de asfixiarlo, clavó sus duras garras de acero sobre su cuello, abriéndole cuatro grandes heridas; pero antes de soltarlo, dio un tirón a su cuello… Cortando casi por completo su piel y su cuero, dejando su cabeza bañando en un líquido más grisaseo el fino pelaje de antes. Para cuando Giovanni se dio la vuelta, su mano no conservaba ningún rastro de sangre, y ahora era una simple mano de humano recubierta con un guante de metal. Esas eran las ventajas de su maldición… Ventajas que recién ahora se degustaba por entrenar. Y quizás esa brutalidad la había aprendido de Grom, duro orco que había conseguido ganarse su respeto.

Escuchó la cantidad de chillidos que se dejaban escuchar en cuanto el gato picó suelo y su cabeza salió rodando por el efecto del tren en movimiento. Mientras iba caminando, se agachó hasta estar a la altura del soldado bomba que había amarrado… Sudaba, como si fuera un esclavo en minas enanas. Lo tomó también del cuello, con su frío y metálico guante izquierdo, y le sonrió mientras se quitaba la máscara.
-¿Ves de lo que soy capaz? Te recomiendo que no hagas nada, o terminarás girando en el duro suelo que recorremos, mientras tu cabeza observa el espectáculo desde el vagón ¿Acaso no suena divertido?
Le soltó antes de que se desmayara del miedo, y pensándoselo dos veces, se quitó la máscara del todo y la puso sobre el asiento donde guardaba su machete, la ató a este, y se giró para todo el vagón:
-Si alguien osa siquiera tocar esa espada, os juro que tendrán una muerte mucho peor que la de este gato.

No era del todo una alegría haber matado a ese indefenso animal, posiblemente era la mascota de alguien… Pero verlo vivo, un ser de tal cobardía, le hacía revolver las tripas y asquear como nunca. Además… ¿Por qué negarlo? Empezaba a disfrutar asesinando por mero gusto…
Con su equipaje en hombro y manos, abrió rápidamente la puerta que separaba los vagones y se coló en el segundo, que ya no tenía señales de que el loco del ojo estuviera ahí… Sin embargo, otro hombre bomba descansaba en el suelo y sobre de él, una fémina… de ligera belleza, lo sometía como si fuese una luchadora. Aunque instintivamente la apuntó con el arco menos de un segundo, al comprender lo que ocurría dejó de apuntarla y buscó por si había otro pasajero que les quería hacer una mala jugada en ese vagón; pero por suerte parecía desierto.
-¿También quería hacer kabúm? En el vagón de atrás también hay uno de esos. Tu pareces mejor que el idiota de atrás… El loco de las pistolas lo mató, le arrancó el cuello frente a todos. No me importa mucho… ¿Tienes armas? Vamos a hacer que esos hijosdeputa se larguen de aquí de una vez por todas.
Lo último lo dijo ya con el arco destensado y guardado, mientras le ofrecía la mano cubierta en el metálico guante grisáceo. Ahora que no llevaba la máscara, los aromas llegaban a él con mayor facilidad, y era obvio que entre ellos pudieran darse cuenta de la existencia del otro. Ella era una lycan… Pero tenía dos aromas diferentes… Apestaba a dos lobos, no a uno solo. Extraña cosa que pasaba… Nunca Giovanni se había topado con algo similar, y nunca creyó volverse a topar con un lobo tan de cerca.
La miró a los ojos y le dio a comprender, asintiendo, que sabía lo que era. No era que sintiera un profundo respeto por los de su raza, pues ellos lo habían maldito, pero tampoco le daban repulsión, pues dicha maldición era en gran parte lo que le había ayudado a salir con vida de todos los trabajos que había emprendido. Además, era idiota ir por el mundo matando lobos. Era… demasiado idiota.

Siguió caminando por el vagón, observando las esferas de papel… Eran las mismas que habían arrojado en su vagón, así que pronto pensó que habían realizado lo mismo en cada vagón, y que habría un hombre queriendo explotar en cada uno de los salones con asiento.
-Sabes que no hay que matarles ¿No? Si lo haces, todos volaremos por el cielo. Por cierto… -la miró nuevamente a los ojos- Soy Giovanni.

__
Este turno es relativamente lento. Gío e Inu se conocen :3 Para el final, podemos pasar al tercer vagón... Pero las cosas en este serán más diferentes que en los primeros dos, así que si quieres, termina tu post con que abres la puerta, o intentas hacerlo :3 Puedes usar a Gío para dialogar, no me molesta. Pero no le hagas decir cosas como "Soy Gay :B" xDDD
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Giovanni Da Vie
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Re: Vías de fuego y sangre

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