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En los sueños

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En los sueños

Mensaje por Invitado el Jue Dic 15, 2011 6:25 am

Estaba cayendo. Es todo lo que puedo recordar de ese sueño, si es que puedo llamarle así. Caía, y caía en un abismo oscuro, tan tenebroso como la muerte hasta que llegó el final. No pude verlo, solo sentí el agua tomándome cual pulpo a su presa. Inmediatamente la sensación de ahogo se sobrepuso, despertándome. Una lágrima surcaba la curva de mi pómulo izquierdo para desembocar en la almohada, mas no era mía y así lo comprobé al abrir los ojos. Tenía a escasos centímetros unos iris que pensé, jamás volvería a ver. Eran unos ojos azules con pequeños puntos grises que rodeaban la pupila pronunciando aún más el otro color, a tal punto de convertirlo en un violeta único. Nunca encontraría ese color tan maravilloso de nuevo en ningún lugar. Salvo, quizá por las noches, en un espejo.

— ¿Mamá?— pregunté.

Ella sonrió. Con esa sonrisa que solo me dedicaba a mi. Sin mostrar la perfección blanca de su dentadura, apretando los labios. Pero había algo en esa mirada que no encajaba con lo que recordaba de ella. Era como si les hubieran quitado todo el brillo a sus ojos. Le habían quitado toda la vida. Mi corazón empujaba la pared de mi pecho con impaciencia. La primer gota cayó sobre el abdomen y se deslizó quedamente hasta el ombligo. Mi madre me sonreía pero la fuerza con la que sostenía mis manos a los costados de la cabeza contradecían su gesto. Mis intentos por soltarme fueron inútiles. Las demás gotas cayeron más rápido, acompañadas por el frío propio del metal. La hoja curva que otrora había matado a mi madre, estaba allí amenazándome a través de ella. Su sangre caía en cascada sobre mi torso desnudo, resbalando por los flancos. Mojando el colchón y las sábanas blancas. Entonces, con la imagen de la cama humedeciéndose con la vida, me vi. ¿Desnuda, había dicho? Si yo no duermo desnuda.


La primera inhalación consciente fue lenta. Parecida a la que hacía cuando mi vida dependía de no mostrar signos vitales. El oxígeno entró por mis pulmones y debo admitirlo, fue muy bien recibido en todo mi cuerpo. Supe desde ese momento que ya no estaba en el sueño. Abrí los ojos con calma esperando encontrar solo el techo sobre mí, y no fue otra la escena que encontré. Con el alivio renovado moví los brazos, estaban ambos sobre la almohada, a los costados de la cabeza. Alarmada nuevamente me senté en la cama, evitando adrede mirar hacia abajo. Al hacerlo, comprobé que la mitad superior de mi cuerpo estaba desnudo, mas no encontré el líquido rojo que en sueños me mojó.

La luz de la luna bañaba la habitación desde la ventana, tiñendo el interior con la luz verde tan propia de Ciudad Esmeralda. Detestaba ese color. Solo me traía malos recuerdos pero, ¿desde cuándo llamaba malos, a los recuerdos que conservaba de mis hermanos? Mi vida estaba quedándose sin un sentido, cuando sentía que el pasado empezaba a olvidarse de mi, tenía que volver a la ciudad. Y entonces, la memoria volvía a sacar a mi familia. Solo para recordarme que en algún momento de mi vida fui realmente feliz. Pero esta vez, la mente me estaba jugando realmente en contra. Antes no había tenido nunca un sueño como aquel. Por eso había aprendido a meditar, después de todo.

La enorme alfombra al lado de la cama me evitó el primer impacto del suelo frío, pero mi intención no era la de quedarme allí parada. Tenía miedo de ser más débil que el sueño y volver a tener pesadillas. No quería ver los ojos de mi madre observándome sin vida otra vez. Tomé la capa, de seda roja con detalles en morado y me la puse sobre el torso desnudo. Salí de la habitación con premura, para no compartir más tiempo con mis fantasmas. Crucé los pasillos, bajé las escaleras y me encaminé a la sala de estar sin parar en ningún momento. Una vez allí, me hice un ovillo en el sillón frente a la chimenea. La sala era grande, esa había sido la casa de una familia con ocho integrantes y un cuerpo de empleados también numeroso. El suelo estaba hecho en madera proveniente de Silvide, mas en los bordes el color era blanco, característica propia del mármol. Las paredes no contaban con ninguna imperfección. Los albañiles que habían trabajado en la mansión, seguramente habían sido los mejores de toda la ciudad. Los artesanos también, a juzgar por las altas columnas que adornaban o sostenían la casa. Era demasiado lujo para mi. Por suerte, en ningún momento estuve del todo sola.

— ¿Qué haces tan sola en esta fría sala tan tarde mi niña?— preguntó MaryAnn, bajando las escaleras

Los pasos de las botas flexibles de MaryAnn casi no hacían ruido sobre la madera. La mujer era la única sobreviviente de la masacre en la que había perdido a mi familia. En ese entonces, era la ama de llaves, después pasó a ser mi amiga y consejera. La única persona en la que realmente había confiado alguna vez. Desde que volvimos a vivir a la mansión, ella me había cuidado como si fuera su propia hija. Pasó noches enteras estudiando y ayudándome a preparar para los exámenes. Jamás había metido mano en el dinero, y actualmente era la principal encargada del grupo de trabajo que fabricaba los productos Malinov. Tecnología aplicable en armas.

— No podía dormir, MaryAnn— contesté.
— ¿Estás bien?— esta vez, sus pasos eran más rápidos, y su voz más tensa— quizá necesites descansar.

La miré durante unos segundos, o quizá minutos, no lo sé. Estiré los brazos para que me abrazara.

— Por el momento solo necesito de este abrazo— le dije embargada por la tristeza. Las lágrimas no tardaron en llegar, pero a diferencia de otras veces, esta vez fueron bien recibidas. Posé mi cabeza sobre su regazo, y dejé que jugara con mi cabello acariciándome la cabeza. No había nada que decir, eso era lo que estaba necesitando desde hacía mucho tiempo. Después de todo, la cacería estaba cobrando grandes trozos de mi alma.
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Re: En los sueños

Mensaje por Invitado el Jue Dic 15, 2011 9:36 pm

Desperté a la mañana siguiente, sola en el sillón. Una fina capa de sudor me envolvía. Como era normal en Ciudad Esmeralda, el frío se había disipado al amanecer.

— Quizá deberíais taparos— me dijo una voz familiar.

Miré primero hacia Cara, que estaba parada al lado de la chimenea, y luego hacia abajo. Tenía un seno descubierto entre los pliegues de la bata. La situación me resultó incómoda, más no le contesté, solo me cerré la prenda. No quería ni saber si había pasado alguno de los hombres por allí. Cara entendió mi molestia y amablemente cambió de tema. La rubia se había criado junto desde niña junto a otras jovencitas como esclava en Phonterek, aprendiendo a matar o morir como una forma de vida. Creció viendo otras chicas desnudas y como me había mostrado en un comienzo, no tenía vergüenza alguna ante la desnudez. Cara se había convertido, casi sin caer en cuenta, en una buena amiga mía.

— Buenos días Cara, ¿cómo estás?
— He tenido mejores amaneceres. Demonio se empecinó en dormir sobre mis piernas. ¡Con este calor! gato del demonio— masculló. Cara estaba vestida para matar. Literalmente. Su cabello rubio platinado caía sobre la espalda en varias trenzas cuidadosamente labradas y atadas. Sus ojos de profundidad almendrada eran los de alguien que había vivido demasiado. Parecían no corresponder a los veintidós o veintitrés años que ella tenía. Llevaba el cuerpo cubierto por una fina armadura de cuero que iba colocada sobre un traje enterizo de color carmesí. La usaba a diario para acompañarme como una guardia personal.

En su vida como esclava, Cara había tenido que desempeñarse como guardia personal de élite. Cuando terminé con las miserias de su señor, ella junto a un grupo de esclavos, me juró lealtad, convencida de que yo podría ayudar a más gente en su situación. Desde entonces vivían en la mansión o cerca, algunos habían aprendido las disciplinas familiares de los Malinov, y otros continuaron empuñando sus armas, pero ya no lo hacían sin un sentido. Habían encontrado su vocación impartiendo justicia.

— ¿No te parece un poco drástico esto de estar armada desde tan temprano?
— Es mi deber para con vos.
— Tú no tienes deberes para conmigo, Cara. Tu principal responsabilidad es ser libre y buscar tu propia felicidad— gruñó como desechando la idea rápidamente.
— MaryAnn quería que hoy descansarais así que os he preparado la bañera. El agua aún está tibia.
— ¿Cómo está ella?
— Ha estado bastante preocupada por vos, especialmente después de la llegada de esa carta— señaló hacia la mesa, atrás mío.
— ¿Sabes de qué se trata?— pregunté buscando su mirada.

Ella tomó la carta y me la tendió cual bomba a punto de estallar. La carta provenía del torreón real, desde donde la reina gobernaba, y también desde allí operaba la guardia de la ciudad. En ocasiones pasadas había trabajado en conjunto con la guardia. En ninguna había salido bien parada, por lo que evitaba trabajar para la reina. La última vez, había sido perseguida por varios grupos armados que intentaron matarme. ¿Los guardias? se habían borrado totalmente, dejándome encerrada en las alcantarillas. El único lugar donde, casualmente, los colores no eran verdes sino más oscuros. Las líneas de la carta habían sido escritas de puño del capitán de la guardia de Ciudad Esmeralda. Era corta y concisa: requería mi presencia en Tragos de Cesped al mediodía para una charla extraoficial.

— ¿Qué opinas de esto Cara?
— Creo que no debéis ir, el capitán de la guardia puede ser muy persuasivo— cruzada de brazos, Cara cambió el peso del cuerpo de una pierna a la otra.
— No puedo evitar al capitán— decreté insistente.
— Eso lo sé, pero no quiero que vayáis.

Le sonreí como si fuera una niña. A veces, se comportaba como tal, seguramente porque en realidad no había tenido infancia.

— Bueno, ¿tomamos ese baño o no?— antes de que declinara corrí hacia el pasillo de abajo camino al baño.

Cara me siguió enfurruñada, ¡qué raro!. Sus pasos sonaban como dos rocas chocando contra la madera de la sala principal, pero en el pasillo, donde las baldosas eran de mármol, proyectaban un sonido más seco y contundente que el eco se encargaba de extender. La estructura de la mansión no difería a otras de Ciudad Esmeralda. La sala principal funcionaba como recibidor, con un grupo de sillones de madera de cedro, tapizados en color carmesí alrededor de la chimenea. El otro grupo de sillones, igual al anterior, rodeaba una pequeña mesa de vidrio en donde había espacio suficiente para dos bandejas medianas. Al frente de la puerta de entrada, había un enorme cuadro con la sonriente familia Malinov que daba la bienvenida a los visitantes. A ambos lados de la pared se alzaban las escaleras que llevaban al primer piso. Además, en la sala principal había dos puertas, la de la izquierda llevaba a la cocina, los almacenes, y los cuartos de huéspedes; la de la derecha conducía al baño y al lavadero.

Una vez en el lavabo, como era habitual, desoí lo que Cara me estaba diciendo. Mi guardaespaldas aún después de un año quería hacerme creer que no disfrutaba sintiéndose femenina, pero eso también entendía.

— Me bañaré primero aprovechando que el agua aún está limpia— la provoqué riendo. Un juego al que ambas estábamos acostumbradas— ¿puedes al menos mirar hacia otro lado?

Me quité la ropa rápidamente para sumergirme en la bañera, pero antes doblé la bata al lado de la ropa limpia que tenía preparada. El agua me recibió provocando que la piel se me erizara. Estaba un poco más fría que la temperatura ambiente, y eso provocó pequeñas llamaradas en las extremidades.

— Ya se ha enfríado, ¿verdad?— preguntó con cierta desilusión.
— Está especial para un día caluroso como el de hoy— le respondí antes de sumergir la cabeza— ya verás que vale la pena.

Me sumergí en el agua, que ya no me parecía fría, sino a punto. Tenía suficiente espacio para mover los brazos y las piernas a gusto.

— ¿Qué esperáis de esa charla con el capitán?— preguntó Cara, mirándome a los ojos como si estuviera acostumbrada a escuchar mentiras. Se había desabrochado el cinturón, del que pendían dos dagas.
— Nada bueno, Cara— respondí sinceramente. Ella estaba desabrochando las hebillas que, sobre su hombro izquierdo, sostenían la pechera de cuero.
— Tengo miedo por vos. Desde la caza de mi señor...
— Del conde Bran, Cara. No es tu señor— la interrumpí. Se estaba desprendiendo ahora las hebillas que unían los trozos de cuero tachonado que protegían sus piernas.
— Del conde Bran, sí. Su muerte ha sido un golpe a los círculos más altos.
— Círculos de los cuales formo parte. Además, ellos no saben que he sido yo.
— No soy tan ilusa, serah Malinov. No es casualidad que los esclavos del conde ahora trabajan para vos. La guardia tampoco está formada por tontos. Estoy segura de que están esperando un error tuyo para atraparte— Cara tenía solamente su traje color rojo ceñido al cuerpo. Era muy parecido al mío, aunque este era de color negro.
— Entonces intentaré no cometer ese error, ¿no te parece?— terminé mi baño tomando una toalla que usé para taparme conforme iba saliendo del agua— usa todo el tiempo que quieras. Tenemos algunas horas antes de ir a la taberna.

Como sospeché, Cara se sacó la prenda sin recato alguno quedando completamente desnuda frente a mi. Tomé mi propio uniforme sentándome en el borde de la bañera, dándole la espalda a mi guardaespalda. Tenía un cuerpo envidiable que, en su adolescencia, le había costado decenas de golpes del conde Bran por pedido de su señora esposa. Nunca había hablado de eso con Cara, mas en su cuerpo veía las huellas que aquel dueño le había dejado. Marcas y cicatrices que llevaría durante toda su vida se veían en su espalda, sus nalgas y en el hombro izquierdo. Había algo en ella que me conmovía profundamente, y me renovaba las ganas de acabar con la escoria como Bran. Me daba fuerzas para seguir. Cara se sumergió mientras yo me calzaba las botas. Estas eran como las de ella, con cuero flexible en la rodilla pero duro en la parte inferior, dotado de una barra de acero para proteger los dedos.

— ¿Está bien el agua?
— Está especial para un día caluroso como el de hoy— se burló, sonriendo por primera vez en el día. Yo ya estaba preparada, con los guantes puestos, los kunai en el cinturón y los lentes oscuros ocultándome la mirada. Solo tenía que peinarme y equiparme con Espíritu.

Después de media hora, Cara regresó a la sala, donde estábamos esperando con MaryAnn y Stephan, su esposo. Charlamos de lo que haríamos durante el día mientras MaryAnn me peinaba, atando el cabello en una sola trenza muy elaborada y cuando faltaba una hora para el mediodía, salimos con Cara caminando hacia la taberna en la que el Capitán de la Guardia de Ciudad Esmeralda me esperaba.
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Re: En los sueños

Mensaje por Invitado el Vie Dic 16, 2011 5:39 am

Llegamos a Tragos de Cesped con algunos minutos a nuestro favor, no obstante encontramos al capitán Jeven, el jefe de la guardia, sentado en la barra. Estaba mirando su vaso mitad lleno de alguna bebida blanca. Sus manos, cubiertas de placas de metal, sostenían el vaso con serenidad. Había temple en su rostro cuando posó su mirada en el mío, encontré cierta determinación que otras veces no había encontrado. Me acerqué buscando algo que me indicara peligro, todo lo que había en la taberna me lo sugería. Esquivé a dos hombres que salían para acercarme a la barra. El suelo de madera gastado y sucio, no estaba tan roído como las paredes. Entrar en Tragos de Césped siempre me provocaba la sensación de viajar a otro lugar. No había ni un ápice de Ciudad Esmeralda entre esas cuatro paredes.

— ¿En qué puedo ayudarle capitán Jeven?— le devolví la mirada escrutadora, para no sentirme intimidada pero no sirvió de mucho. El capitán estaba más serio que otras veces. Y más armado. El peto, que por aproximar, pesaría quince kilos o más, reflejaba las llamas de la lámpara que adornaban la pared más cercana. Estaba adornado por la capa de color verde oscuro. La capa casi tocaba el suelo, era parte del uniforme que la guardia usaba cuando estaba de servicio. Eso indicaba que el capitán no estaba allí por una charla particular.
— Oh, señorita Malinov. No pensé que vendríais a nuestro encuentro— comentó con su voz potente y segura. Se había hecho oír en toda la sala, obligando a los civiles a callarse.
— No entiendo por qué pensasteis algo así, capitán. Nunca he faltado al llamado de la guardia— contesté cruzándome de brazos. Debía aparentar seguridad.

A mi lado, Cara estaba impaciente. Parecía un lobo atado observando un conejo correr a su lado sin poder romperle la yugular. En el cinturón reposaban sus dos dagas, y en la espalda colgaba el arco, sujeto con el mismo cordel del carcaj. En su rostro no había ninguna emoción, era el gesto de quien ha decidido sobre la vida y la muerte más veces de las que debería.

— Recuerda todas las veces que me ha llamado para trabajar para la guardia como recluta provisional, ¿verdad?
— Por supuesto, cazadora. He mirado hacia el costado demasiadas veces— atacó indirectamente.— Esta es Cara, una de las trabajadoras del conde Bran. ¿Sabéis? me resulta del todo extraño ver que ahora varias de sus compañeras trabajen para vos.
— Cuando el buen hombre del señor Bran, que en paz descanse, pereció bajo el filo injusto de una daga— ironicé— decidí darle el trabajo a algunas de las chicas que tenía bajo su látigo. Enseñarles que la vida se vive en libertad, para variar.
— No estoy aquí para vuestros juegos, mi señora.
— Entonces le ruego, vaya al punto de una vez y nos olvidamos de estos rodeos— a juzgar por sus golpeteos a la madera del suelo, Cara estaba más incómoda que antes.
—Zorra estúpida, me crees imbécil. Quedas arrestada por el asesinato del conde Bran.— dijo poniéndose de pie. De inmediato tuvimos a cinco de sus hombres a nuestro alrededor. El tabernero, como algunos de los clientes, se alejó rápidamente del grupo. Pude reconocer a algunos de esos hombres como los guerreros más bravos de la guardia. En el pasado había trabajado con ellos. — Aprenderás que con el nombre de la guardia no se juega.

El capitán tomó con calma su escudo, que estaba apoyado entre la banqueta y la barra. Desenvainó la espada en conjunto con sus hombres. Cuatro de ellos tenían un mandoble que empuñaban con ambas manos, el quinto soldado llevaba un escudo igual al de Jeven. Estábamos rodeadas, superadas en número y armamento. Comenzaba a sospechar que no saldríamos vivas ni siquiera para ser arrestadas. Cara tomó a Espíritu entre sus manos mientras los hombres desenvainaban, y me la tendió con sumo cuidado, informándome con la mirada que no estaba dispuesta a cooperar con ellos. La carcajada de los hombres no se hizo esperar, tal como tenía previsto.

Espíritu era mi arma predilecta. Una ballesta de más de tres kilos armada creada a partir de unos planos que mi padre nunca había terminado. El prototipo consistía en un arco y una base de madera, ambos con terminaciones en acero. En la pieza más gruesa, se escondía un mecanismo retraíble parecido al de un mosquete, siempre armado y listo para sorprender a los incautos. Al empujar el mecanismo, el arco se movía hacia arriba, dejando inútil la ballesta pero permitiendo disparar perdigones con el arma oculta.

— No seáis ridícula, Serah Malinov. ¿Qué podéis hacer con dos dagas y una ballesta?— preguntó. Exhumaba confianza por cada poro— entregaros en paz y tendréis una muerte lenta.
— Disculpadme, capitán, pero creí haberos oído hablar de una orden de arresto. No de una muerte.

El capitán Jeven arremetió con su espada contra mi. Todo transcurrió en pocos segundos, pero en mi estado de concentración podría haber sido diez minutos. Activé el artilugio de la ballesta cuando él se acercaba con el brazo listo para ejecutar un corte sobre mi pecho. Disparé el primer perdigón del día directamente hacia el cuello el hombre. La explosión tomó por sorpresa a todos sus hombres, no obstante en él tuvo un efecto muy diferente. Le quitó el color a sus mejillas antes sonrosadas por la bebida, y el brillo a sus ojos especuladores. La sangre caía sobre la armadura otorgándole un color metálico especial. Era un color, pese a la situación, digno de un espectáculo. El chirrido del metal chocando el metal me volvió a la realidad. Las dagas de Cara enfrentaban la espada del otro soldado con escudo.

Con la ballesta, bloqueé el barrido de un espadón que intentaba cortarme en dos, y pateé al guardia que lo había ejecutado haciéndome de espacio. Le disparé a la cabeza, pero por los nervios o falta de calibre, erré. Me quedaban dos proyectiles disponibles dentro del arma. Antes de que el guardia que enfrentaba en ese momento se recuperara del susto, di media vuelta, alcanzando de un disparo, el hombro de otro. Empujé a Cara con el cuerpo, apuntando en todo momento a nuestros enemigos.

— ¿De qué se trata esto?— grité, con mayor candencia y nervios de los que quería mostrar— vamos, hablen. ¿Es acerca de honor? ¿atacar a dos damas? ¿quizá acerca de justicia? atacando a la la principal distribuidora de armas de la guardia. ¡Hablen!

Cara apoyó su mano sobre mi hombro, seguramente preocupada ante mi cambio de actitud.

— El capitán estuvo actuando muy raro estos días, serah Malinov— dijo por fin uno de los hombres. El primero también en arrojar su espada. Se veía agotado. En tres meses parecía haber envejecido unos cuantos años. Conforme los demás siguieron su ejemplo, fui bajando la ballesta— empezó a hablar acerca del conde Bran hace un mes. Todos sabíamos que vos lo matasteis, incluso él, y decidimos no hacer nada al respecto. El conde era el principal sospechoso de esclavismo. Casualmente después de su muerte las actividades cesaron considerablemente. Pero últimamente, el capitán estaba más nervioso que de costumbre. Decía que tenía de muy buena fuente información acerca de unos planes vuestros para reemplazar a la reina

La revelación me sorprendió. A juzgar por el resoplido, Cara no creía ni una palabra de todo aquello.

— ¿Y por qué me han atacado ustedes? hemos compartido algunos objetivos en común en el pasado.
— Porque no teníamos alternativa. El capitán dijo que vos tenéis a nuestros hijos. Desaparecieron también hace una semana. Estuvimos cada día planeando este momento, con la esperanza de que no los mataras.
— ¿Y aún crees eso Jerven?— me acerqué a pesar del pedido explícito de Cara de que no lo hiciera— mírame a los ojos y juzga tú mismo mi inocencia.

Lo miré directamente a sus ojos marrones. Él no pudo sostener la mirada, apenado por la situación. Jerven tendría al menos diez años más que yo, y su cara empezaba a mostrar sus primeras arrugas, principalmente alrededor de los ojos. Su cabello antes completamente castaño, ahora estaba surcado de canas., igual que la barba de tres días. En otro momento, había sido el más jovial del grupo.

— Vos no sabíais nada de todo esto, te hemos juzgado mal serah.
— Así es, guardia Jerven. Me han juzgado mal, pero lo hicieron en un acto desesperado. No podría culparlos por ello, sin embargo quiero que respondan por la muerte del capitán Jeven ante su familia y la guardia— le pedí observando el cadáver de quien en vida comandó a ese grupo de soldados. — ¿No habló alguna vez de su fuente? al parecer no era tan confiable.
— Solo me dijo que era un mago. Él tampoco sabía mucho, salvo que podía juzgar a las personas desde el interior de sus cabezas.
— No te entiendo, guardia Jerven.
— Creo que es un hechicero capaz de ver lo que hay dentro de las cabezas de las personas.
— No me explico por qué no le pidió que le ayudara a reconciliar el sueño— comenté, no obstante por alguna razón, le creía— eso es demasiado poder para una sola persona. Quizá deba hacerle una visita al tal hechicero.
— ¿Acaso lo conocéis?— en sus ojos pude ver la esperanza.
— Oh, no, claro que no. Pero pronto lo haré— sonreí enigmática. Antes de salir de la taberna me giré una última vez— por cierto, no quiero que se hable de Cara como una esclava. Ella es mi amiga, guardia Jerven.

Caminamos por algunos callejoens en silencio. A pesar que a veces resultaba irritante tanto verde, en cierta parte la combinación de colores me resultaba agradable e inspiradora. A Cara, ni siquiera el aire puro que penetraba sus pulmones liberándolos de todo lo que entraba en la taberna la reconfortó. Estaba seria, y caminaba a paso enérgico a mi lado. Evitaba mirarme adrede, según advertí. Continuamos poco más así antes de hablarle.

— Cara, estoy bien mírame. Sigo viva— la tomé del brazo— ¿ves? puedo tocarte.
— No es gracioso, ese hombre pudo mataros.
— Ese hombre estaba desesperado por su hijo. ¿Recuerdas a Jewal? el pobre niño está en peligro Cara, ¿cómo podría ignorar el dolor de ese padre? El miedo de ese hijo.
— Espero que algún día entendáis que no todos son tan buenos como vos lo sois— masculló.
— Solo ruego para que ese día llegue después de que tú entiendas que no todas las personas son malas, así me haces entrar en razón— bromeé para liberar las tensiones. Tenía que disfrutar de los momentos de paz, algo que había aprendido a hacer durante las cacerías. Ya habría tiempo durante las persecuciones para preocuparme.


Última edición por Ivory Malinov el Lun Ene 23, 2012 3:09 pm, editado 1 vez
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Re: En los sueños

Mensaje por Invitado el Dom Dic 18, 2011 5:06 am

— Odio esta ciudad— masculló Cara. Sus ojos, más parecidos a los de un felino que a los de una humana, se movían insistentes. Buscaba peligro cada vez que dejábamos una calle atrás.
— Sospecho que la guardia no tenía ningún pedido de arresto en mi contra, y que Jeven actuaba solo, usando a sus hombres para amedrentarnos.
— Eso solo lo haría un loco.
— Así es. Alguien lo volvió loco.

Ella aflojó el paso quedándose en silencio. Buscando las palabras para no discutir, pensé. Di media vuelta para que viera mi sonrisa, instándola a que largara lo que tenía que decirme.

— No creerás de verdad en la historia del mago.
— Esa es nuestra mejor pista Cara— reanudé la marcha. La dejé pensar unos segundos antes de continuar—además, no es del todo ridículo. Eso explicaría mi sueño.
— ¿Vuestro sueño? ¿y qué sueño es ese?
— Uno que tuve anoche, por eso la terminé en el sillón a la vera de la chimenea.

El suelo, compuesto por piedras amarillentas perfectamente cortadas y encajadas entre sí, era el mismo en todas las calles de la ciudad. Incluso en las que rodeaban el palacio de la reina. Mi familia se había mudado a Ciudad Esmeralda unos años antes de mi nacimiento, después de que el apellido Malinov se hiciese cierto renombre en otras ciudades. Desde que tenía memoria, la ciudad estaba siempre igual. Cada edificio era una obra de arte inmejorable creado a partir de esmeraldas. Algunas partes en bruto, otras finamente trabajadas, tal como las cúpulas. No había tejados con formas rectas en toda la ciudad, un símbolo de unión entre los artesanos que levantaron tantas murallas y casas.

A pesar del considerable número de guardias en las calles, algunos paseantes llevaban custodia propia. Esmeralda parecía a simple vista el coto de caza perfecto para un ladrón, no obstante no era esa la forma de vida de sus habitantes. Los ladrones, generalmente, eran personas poderosas capaces de mantener sus propios grupos delictivos en otras ciudades. Algunos hombres, más poderosos que otros, disfrutaban del poder que tenían, a tal punto de exhibir esclavos como una joya más de sus gordos dedos.

— ¿No pensáis contarme acerca de ese sueño que tuvisteis?
— Soñé con mi madre. Normalmente no tengo sueños, pero anoche la vi al quedarme dormida. Me sostenía las manos contra la almohada mientras alguien le clavaba una daga, la sangre me caía encima.
— Pero, ¿os parece suficiente para creer que fue un mago?— preguntó confundida.
— En el sueño me vi desnuda, empapada en sangre. Yo no duermo desnuda Cara.
— Pero era un sueño, ¿no?
— Me desperté aliviada de que fuese solo un sueño, pero cuando moví los brazos, caí en cuenta que los tenía en la almohada y estaba desnuda.

Cara de quedó callada. Pensativa.

— Ya lo creo que no. ¿A dónde vamos, serah?
— Eso lo dirás tú. Recuerdo que el Conde Bran tenía una bruja o algo así a la que de vez en cuando le hacía una visita. ¿Puedes guiarnos hasta ella?
— Six es una vieja zorra mentirosa, nadie puede confiar en su palabra. ¿Qué haría una verdadera bruja viviendo en esta ciudad de ricachones?
— Aprovechando de sus habilidades para darse la vida soñada, supongo— respondí vehemente. Cara lanzó uno de sus soplidos.
— No estoy de acuerdo en visitarla, serah Malinov.
— Pero sabes donde vive, ¿verdad?— me paré en el medio de la calle para mirarla a la cara.
— Sí. Es por allí— señaló. Tenía los brazos cruzados por debajo de los pechos. Su mirada esquiva y un mechón de cabello dorado sobre la frente le daba el aspecto de una niña a quien le habían quitado su muñeca.

Los transeúntes pasaban mirando de reojo, asombrados por dos mujeres vestidas con ropa tan impropia de la clase alta. Parecíamos dos asesinas a sueldo perdidas en una enorme ciudad en la que nunca podríamos vivir. La idea me daba cierta gracia, pero a Cara le resultaba una condena. ¿Qué cosa no le resulta una condena?, pensé.

— Cara.
— ¿Sí?
— Tú tienes miedo a la magia, ¿verdad?

Cara retomó el paso enérgico que tenía anteriormente y me pasó con rapidez. De repente con muchas ganas de llegar a la casa de la tal Six, la bruja. Cara tenía una armadura muy especial. Era similar a la que había usado como guardia personal de su señor en los años de esclavitud que vivió durante toda la niñez y adolescencia. Sin embargo, la mejoramos logrando la misma libertad de movimiento y más protección. El cuero era más rígido pero no por eso más pesado, y en la parte anterior de las articulaciones, las hebillas unían las piezas. A pesar de cada detalle elaborado con precisión por los mejores artesanos de la casa, lo que resaltaba en su figura eran los dos recuadros de tela del mismo color del cuero que colgaban del cinturón obstaculizando la visión de sus curvas femeninas.

Continuamos caminando en silencio durante un poco menos de la mitad de una hora. A medida que nos acercábamos al lugar donde residía la bruja, la cantidad de paseantes disminuía a tal punto que al llegar, la calle estaba vacía. Era la zona más tranquila de la ciudad, pero no por esto la más descuidada. Las edificaciones, tan características de Ciudad Esmeralda por sus techos abovedados y sus paredes de matices verdes, se alzaban imponentes sobre nosotras. Parecían, tal vez por el silencio, o quizá por la corriente de aire frío, un lugar más serio y cruel.

— No creo que Six sea la que se ha metido en vuestra mente— las palabras de Cara fueron imprevistas, en el silencio de la calle, parecieron una amenaza.
— Eso sospecho yo también Cara, pero quizá ella pueda localizar a otras personas capaces de usar la magia. ¿Es esa la casa?

Cara asintió vehemente. La tomé de la mano para ofrecerle un poco de paz.

— No sé cuál es tu historia con Six o la magia, Cara, pero esta vez yo estoy contigo— le aseguré.

Ella me apretó la mano como si fuera una respuesta suficiente. Para mi lo fue. Me acerqué a la enorme puerta doble de madera con la intención de golpear. La puerta nos sacaba casi un cuerpo de altura, y los detalles plateados de los bordes se mezclaban entre las hojas de alguna enredadera que envolvía casi una buena parte de la fachada.
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Re: En los sueños

Mensaje por Invitado el Miér Dic 21, 2011 1:25 am

La finca a simple vista no era diferente a otras, pero tenía ciertos detalles que para algunas personas no pueden pasar desapercibidos. Los cristales de las ventanas, no estaban hechos de color verde, sino que eran transparentes. Desde la calle, se alcanzaba a distinguir las cortinas blancas del primer y hasta del segundo piso. El entramado plateado que en la enorme puerta, decoraba con hojas y ramas. Se extendían como venillas más allá de los marcos, conectándose con las ramas verdaderas de una enredadera. Los alféizar de las ventanas y sus respectivas molduras refulgían su brillo de plata, cegando a quien en determinado ángulo se pusiese a observarlos con detenimiento. En Ciudad Esmeralda, estos elementos son normalmente dorados. por eso siempre me había preguntado por qué eran todas las casas iguales. Eso hasta que vi la finca de Six.

Acerqué los dedos a la puerta con detenimiento, rozando apenas aquel magnífico trabajo artesanal. Quién sabe cuánto tiempo requirió para el orfebre, hacer aquellas finas ramas. Tan reales. Tan hermosas, ¡y esas hojas! qué maravilla. Me estaba costando demasiado permanecer quieta, quería correr hacia ese bosque de plata. Sentirme una sola con el metal. Cara me llamó muchas veces, o al menos pude oír su voz, gritándome desde un lugar lejano. Una nueva brisa soplaba más fuerte que la anterior, me llevaba los aromas de algún fruto que desde el comienzo supe, nunca había probado. Caminé algunos pasos y comprobé que el suelo blanco de la calle ya no estaba bajo mis pies. En su lugar, había pasto de color verde. No era un verde común sino que penetraba mis retinas con un brillo especial. Plateado. Alcé la mirada con una terrible certeza: ya no estaba en Ciudad Esmeralda.

Esto no puede estar pasando, me dije una y otra vez. Eché a correr al ver que Cara no estaba conmigo. ¿Sería un sueño acaso? No recordaba haberme dormido, pero tampoco podía definir cuándo había dejado de pisar piedra para caminar sobre el suelo frondoso del bosque. El cauce de algún río elevaba su característico sonido desde muy cerca de donde me encontraba, mezclándose con el afable gorjeo de pájaros. Pude reconocer el sonido del jilguero, el pinzán, el verderón y el pardillo entre algunos otros. Reconocer el gorjeo de las aves me trajo bellos recuerdos del año anterior, cuando había decidido acabar con un licántropo muy escurridizo. Durante todo el camino perdidos en el bosque, tuvimos tiempo de aprender mucho acerca de los animales. Silvana, una joven elfa criada en Silvide guió a mi grupo y nos mostró lo bella que podía ser la vida salvaje. Pero, este bosque no era parecido a aquel en el que había estado. No era parecido a ningún otro. Los crujidos de las ramas que iba pisando delataban mi presencia, pero no tenía tiempo para ocultarme. Solo quería encontrar a Cara.

Los árboles alcanzaban con facilidad, el tamaño de los edificios de Ciudad Esmeralda. Eran increíblemente bellos, mas sus hojas se veían a lo lejos. Quién sabe a cuántos metros de mi estatura. Entretenida mirando las copas verdes, tropecé con una rama cayendo con fuerza al suelo. Cuando me incorporé sobre las rodillas, pude observar que no era una rama sino el arco de Cara. Me quedé helada. Cara nunca abandonaba sus pertenencias, mucho menos ese arco. El único recuerdo de su madre, a quien no había conocido. Lo tomé firmemente entre las manos, y entonces, oí una voz que detrás mío me habló.

— Al fin has venido por mi, Ivory.
— ¿Madre?— giré para verla a la cara. Era ella.

Mi madre abrió los brazos invitándome a abrazarla. Algo raro, muy raro, estaba pasando en ese lugar. La miré a la cara y no pude evitar que una lágrima se deslizara por mi mejilla. Ella sonrió, con esa sonrisa capaz de curar a un herido de guerra. Sus labios rellenos no dejaban entrever su dentadura reluciente. Llevaba un vestido sencillo y precioso, como los que usaba en casa, pero a este nunca lo había visto. Cuando se movía, sus pliegues cambiaban de color.

— ¿No querías verme?— preguntó mi madre.

Al abrazarla, pude sentir el aroma a frutos rojos que siempre desprendía su cabello, perdiéndome durante un instante. Otra vez. Pero al abrir los ojos, vi a unos pocos metros el cuerpo tendido de Cara sobre una piedra similar a las que se usan en los altares. Estaba rodeada de serpientes. Todas las que distinguí eran venenosas.

— Aléjate de ella Ivory— pedía Cara, a gritos. No podía moverse debido a su extraña prisión de serpientes.
— Tú no eres mi madre— dije, mirándola a los ojos. Sus pupilas, rodeadas por el remolino azul más profundo que nunca había visto en unos ojos, pude distinguir un rostro. Al principio, pensé que era yo pero no me demoré en el error. Me sonreía de una manera muy diferente a la de mi madre. Era joven y muy atractiva. Me saludó sacudiendo la mano, como una niña pequeña.

Después de pestañear, comprobé que ya no tenía a mi madre entre mis brazos, sino a aquella joven. Su cabello lacio caía como una cascada de ébano sobre la bata blanca que envolvía su cuerpo. Era la ropa típica de algunas mujeres mhare. Sus facciones también. Su piel tersa y suave era como un espectáculo digno de ver. De pronto el bosque ya no me gustaba en lo más mínimo. Sus ojos completamente negros, me observaban con completa seguridad desde una mirada rajada.

— Six— susurré— ¿quién se supone que eres ahora, otra alucinación? ¿o eres la Six real?.
— ¿Es éste tu aspecto real?— remendó ella. — ¿O es algo que llevas temporalmente, con un propósito determinado?
— ¿Cuál es el propósito de quien eres ahora?
— Pues complacerte, Ivory. Nada más.
— Con una ilusión.
— No— corrigió sonriente— esta es la que me muestro a mi misma, al menos la mayoría de las veces.
— Por favor Ivory, no le hagas caso y vete— le oí decir a Cara, a pesar de saber que yo nunca podría dejarla allí sola.
— Deja ir a Cara, Six por favor, solo quiero hacerte una pregunta además de esta. ¿Estamos en tu... bosque?
— Estas en mi hogar, Ivory. ¿Deseas quedarte?— preguntó mirándome los labios, había fuego en sus ojos negros.
— No, quiero irme y llevar a Cara conmigo, ¿puedes quitarle esas serpientes de encima?
— Puedo. Pero no lo haré.
— No tengo tiempo para tus juegos, están pasando cosas que requieren de mi. ¿Me responderás, o debo irme ya?
— Oh, no seas así conmigo— respondió acariciando mis labios con su índice. — Todo el mundo me juzga sin conocerme, solo te pido un poco de compañía a cambio de lo que quieres. ¿Deseas tomar un té?.

Al mirar hacia el costado, encontré una pequeña mesa con dos bandejas encima. En una de ellas había tazas y una jarra, todas plateadas. En la otra, algunos bocadillos que no distinguí con suficiencia.

— Ha venido aquí, a mi propio hogar con la intención de matarme, Ivory. ¿Tú no pondrías a alguien que llega a tu hogar con malas intenciones, en un problema?
— Sí, lo haría.
— ¿Y entonces por qué yo no puedo? ¿Es que acaso el hecho de que sea tu amiga le da la libertad de venir a matarme? Todos me juzgan antes de conocerme, ni siquiera me dan una oportunidad de mostrar mis intenciones.
— Te pido disculpas Six, tienes razón. Te he juzgado sin conocerte.
— ¡Muy bien! eres una persona muy lista— comentó. — Y por eso te concederé aquello que quieres. Debe ser una sola cosa. Pero escúchame, Ivory: debes elegir bien, porque esta oportunidad será única en toda tu vida. No conozco muchas personas a quienes una bruja le haya concedido deseos.
— Mi deseo es...— hice una pausa durante la cual mi mirada pasó de ella a Cara— que liberes a Cara.

La respuesta fue instantánea. No en palabras, eso llegó después, pero en sus ojos pude ver relampagueos de desprecio. Eran ojos intemporales que pocas veces había visto, casualmente, en otras hechiceras. Six se alejó ofendida para sentarse en la silla más grande que había alrededor de la mesa.

— Concedido— dijo en voz baja. — Has venido por una causa mucho más importante, ¿por qué has malgastado tu deseo?
— No lo hice. Lo he usado para liberar a mi amiga.
— ¿Y vale la vida de una asesina, más que la paz de una ciudad? Cualquier persona corriente me hubiese pedido algún dato acerca del acechante de los sueños. Tú, en cambio, preferiste la vida de una asesina a esa información.
— La ciudad es tu hogar. Veo que tienes una casa muy reconfortante— califiqué, mirando nuestro entorno, aunque tardé un poco en encontrar la palabra— tú también te beneficiarías si ese tal acechante desaparece. ¿Me equivoco?
— En cierto modo es cierto— concedió.
— Por eso tu me has permitido entrar aquí. Tenías la intención de ayudarme para acabar con el acechante.

La bruja se puso de pie a una velocidad sorprendente. Entre la túnica desprendida se alcanzaba a ver el valle entre sus senos. Sonrió cuando comprobó que estaba mirando su cuerpo, aunque no me había provocado nada.

— Eres una persona muy lista— repitió.

Se acercó como una serpiente se deslizaría. Con naturalidad hipnótica, como la música en movimiento. Se acercó nuevamente a mi, esta vez con una taza en la mano. Me la tendió mirándome a los ojos, y acepté sin dudarlo. El primer sorbo fue tímido, no obstante al sentir el gusto dulzón en la garganta tomé mucho más.

— Delicioso Six, ¿qué es?
— Es un secreto de familia— se mostró complacida. — No conozco al acechante, pero sé que es poderoso. Sin embargo, no sabe cómo usar sus poderes y va dejando un rastro allá por donde va. La última vez que lo sentí, estaba en Momentos, la posada cercana al palacio.
— Gracias Six, es todo lo que necesitaba.

Me tomó de la cintura una vez más, pero me miraba de manera distinta. Me acarició las mejillas con ambas manos, sonriendo, mas en su mirada advertía alguna molestia.

— Cuando salgas de aquí, la asesina estará a salvo. Te he dado mi palabra, ahora vete Ivory, sigue ese camino y encontrarás la puerta— señaló una senda entre los árboles. — Y escucha esta advertencia: nunca vuelvas a mi hogar, porque te mataré.

Six dio media vuelta para perderse entre los árboles. ¿Cara? seguía allí en el altar rodeada del peligro viviente, ya no me miraba ni intentaba hablarme. Parecía lejana, como si en un intento de salvarse se hubiese escondido en una coraza mental. No podía acercarme a ella. La única posibilidad de salir ilesas, era obedecer a Six. Eché a andar por el camino que la bruja me había indicado, y ya no tardé en encontrar la puerta. Estaba en medio de un claro y era idéntica, sino la misma, a la que protegía su finca en Ciudad Esmeralda. Solo tuve que tocar sus venillas plateadas para empezar a ver los árboles desvaneciéndose a mi alrededor. Allí donde se alzaba un edificio verde con ciertos detalles de plata.
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Re: En los sueños

Mensaje por Invitado el Sáb Dic 24, 2011 1:55 am

Lo primero que me vino en mente fue Cara. Miré hacia el costado donde ella había estado antes de entrar en el territorio de Six. El corazón saltó dentro de mi pecho al comprobar que no estaba allí, ¿y si la bruja no había cumplido con su palabra? ¿había yo sido tan ilusa para caer en su trampa? La respuesta tenía que estar a mi espalda, en la calle pero el miedo me tenía paralizada. Giré con lentitud, manteniendo los ojos cerrados hasta estar segura de estar al frente de la calle. Cara yacía boca abajo sobre la fría piedra de la calle. Tenía sus dagas en el cinturón, y toda la ropa puesta, pero no podía ver su rostro para comprobar que estuviese dormida. Ella estaba mirando hacia el otro lado. Me acerqué con premura, arrodillándome a su lado. Con sutileza, la giré para apoyarle la cabeza en mis piernas. Tenía los ojos abiertos completamente. El ámbar de sus iris se había opacado.

La melena leonada de Cara caía desparramada, rozando el suelo. Comprobé con ambas manos que su piel, siempre cálida, ahora estaba fría. Grité su nombre varias veces pero no hallé respuesta, el trabajo de mis manos en su rostro era inútil. La sacudí varias veces, con una mezcla rara de de sentimientos obnubilándome. Ternura y desesperación. Lo último más que nada. El corazón de Cara latía con normalidad, a diferencia del mío, que se movía sin compás.

— Ella no volverá.
— ¿Cómo lo sabes?— no reconocía la voz, solo sabía que era de un hombre, y que este estaba atrás mío.
— Porque ahora está hablando con mi amo— no tenía mucha candencia, pero podía escucharlo como si estuviese hablándome al oído.
— ¿Y por qué has venido?— pregunté. Ya tenía la respuesta en mente, y aunque quería prepararme para un duelo, tenía a Cara sobre las piernas bloqueando mi movilidad.
— Eres un obstáculo para mi amo, es por eso que estoy aquí— contestó. Podía sentir su aliento en mi cabello— he venido a matarte.

Inmediatamente, pasó un brazo sobre mi hombro y puso el filo de su espada en mi cuello. Con la otra mano sujetaba mi cintura.

— ¿Qué pasará con ella?
— No hay órdenes para ella. Pero son pocos los que vuelven de una charla con mi amo.
— ¿Puedes prometerme que no le harás daño?
— La rubia ya está muerta, señorita Malinov. De todos modos, no tengo nada personal contra ella. Con usted tampoco, es solo mi trabajo.
— ¿Sabes cómo llego Cara a mi? Era esclava de un conde que la había torturado toda su vida, doblegando su voluntad. Ella no merece este final. Me parece injusto de parte de tu amo.
— Con el debido respeto, serah. No me importa la vida de nadie, tengo suficiente con la mía.
— Eso supuse— contesté.

Cerré los ojos, decidida a matarlo. Le había dado la oportunidad de redimirse, y él la desaprovechó. Ya no era mi culpa si él moría, y no estaba dispuesta a dejar desprotegida a Cara allí. Cuando sentí que el filo de la espada se alejaba, tomé una de las dagas de Cara y en un único movimiento, giré sobre mi pegándole en la sien con la empuñadura. Era una posición incómoda de la cual me deshice rápidamente. Bajé la cabeza de mi amiga de mis piernas para enfrentar al asesino. Este se estaba levantando, con su espada en mano y un gesto de odio marcado en el rostro. Advertí que no se debía al golpe, sino que estaba acostumbrado a llevarlo. El hombre -le llamaré Problema- tenía una malla de anillas que le protegía el torso, no obstante en sus muñecas y piernas llevaba placas. No le dio el presupuesto, pensé observándolo.

El arma era corta, sin embargo su filo era doble. Un estilete. Era distinto a otros estiletes, pues este era un poco más grueso. Estaba adaptado no solo para las estocadas, sino también para los cortes. A juzgar por su rostro aniñado, Problema no tenía más de veinte años, sin embargo su forma de vida había hecho mella en él.

— Podrías haber preguntado acerca de la liberación de Cara, y yo te hubiese respondido "tú también puedes ser libre". Pero en tu corazón solo hay espacio para el odio— dije, tomando la ballesta y bloqueando con el borde acerado del arco un barrido de su daga.

Antes de que pudiera hacer otro movimiento, le disparé un virote al hombro derecho, el brazo que sostenía el estilete. El arma cayó sobre la piedra repiqueteando varias veces, pero el sonido fue mínimo a comparación del grito del muchacho.

— Mírame a los ojos. Acepta tu muerte como un hombre, has vivido como un cobarde— levanté con ambas manos la ballesta, apuntando a la cabeza de Problema. Él estaba sentado sobre el suelo, llorando por el dolor que le produjo la ballesta.
— Usted no es de hacer esas cosas, Serah— era Cara. Estaba apoyada sobre sus manos, pero no podía levantarse. ¡Había vuelto!

Caminé hacia ella buscando algo que indicara que corría peligro. Que su regreso era mentira. Pero no hallé nada. Dejé la ballesta a su lado para abrazarla y Problema pasó a ser absolutamente nada allí. Tomé a Cara como si estuviese a punto de quebrarse, por lo que me miró con fastidio. Sin embargo no rechazó mi ayuda.

— Eres tú realmente— le dije mirándola a los ojos— estás bien Cara.
— Sóis una tonta serah. Habéis malgastado el deseo para salvarme a mi, ¿cómo sabíais que Six os ayudaría?— preguntó agachando la mirada.
— No lo sabía— le sonreí, para calmarla— pero hay pocas cosas más importantes que tú Cara. Esta no era una de ellas, ¿sabes?

Cara me devolvió la mirada, sus ojos brillaban otra vez. Había recuperado su propia determinación, sin embargo había algo distinto en ese brillo. Algo que faltaba, o que antes no estaba allí. No pude determinar qué era hasta que me sonrió, consciente de mi confusión. Sin mediar palabras me abrazó con fuerza, pasando sus brazos por mi cintura. Apoyando su mentón sobre mi hombro. El gesto me tomó por sorpresa, ¿qué había pasado con la coraza que Cara siempre llevaba consigo? La tomé entre mis brazos y acaricié su cabeza demostrándole mi afecto durante un momento. El silencio nos hubiese envuelto si Problema no estuviese allí.

— No lo matéis, por favor. Yo sé lo que es tener miedo de que él regrese, serah— me pidió ella, alejándose de mi para agacharse junto a él— y sólo ahora sé lo que habéis hecho por mi. Ahora entiendo que el Conde nunca fue dueño de mi vida, pero eso me hizo creer.

Problema estaba acostado sobre el suelo, con una mano sobre su frente. Lloraba en silencio.

— ¿Tienes un nombre?— la voz de Cara fue ruda, pero controlada.
— Kylar.
— Kylar, dime, ¿sabes dónde está el acechante de los sueños?
— Es mi amo, él está en mi mente. No puedo traicionarlo, solo hay una forma de hacerlo y no estoy dispuesto a morir— concedió.
— Eso es lo que te ha hecho creer. Yo también fui una esclava, Kylar, y daba mi vida por mi amo porque esa era la única razón que tenía para vivir— le contó Cara. En su rostro había un gesto de paz que pocas veces le había visto antes. Me miró antes de proseguir — Pero descubrí que aún hay mucho por lo que seguir en este mundo. Puedes ser libre, créeme, pero antes atenderemos esta herida— agregó. Lo hizo sentar, ayudándole con sus propias manos. — Ella es serah Ivory Malinov, la persona a la que le debo la libertad.
— La libertad no se debe a nadie Cara, tú has elegido ser libre.
— ¿A eso le llamáis ser libre? os tiene tanta devoción como una esclava— Kylar parecía molesto.

¿Es que eso parecía? ¿era tan difícil comprender que ella estaba conmigo por decisión propia? que incluso yo no había querido. El día que acabé con el conde Bran, el amo de Cara, ella junto a un grupo de esclavos me juraron lealtad. Desde entonces yo había estado enseñándoles que las personas no tenemos ningún valor, que lo que importa es el ideal. Estuve a punto de explicar mi punto de vista, pero alzando su brazo con la mano abierta, Cara me pidió silencio.

— ¿Tú crees que alguien me obliga a trabajar para ella? Ahora mismo yo podría estar en su finca, tomando un baño, leyendo uno de sus libros o charlando con su familia y ella estaría aquí sola contigo. Nunca pienses mal de la señorita Malinov, porque es la mejor persona que he conocido Kylar. La señorita Malinov es poderosa, es eso lo que te dijo tu amo, ¿verdad?— Kylar asintió. — Pero él no te dijo qué la hace poderosa, creíste cualquier cosa. Lo que hace que Ivory sea poderosa es su capacidad de dar justicia a los que obran mal. Enseñar a los valores a quienes la miran. Ella me ha demostrado que la amistad verdadera existe, y que el amor no es una cosa que solo se puede dar entre dos nobles.
— Suficiente Cara. No tienes por qué explicarle nada, si él es lo suficientemente inteligente, podrá juzgarme sin que las opiniones ajenas influyan— le pedí azorada. — Kylar, ¿podemos hablar?
— Por favor, serah Malinov.
— Puedes llamarme Ivory si así lo deseas.

Con su mirada fija en el suelo, asintió. Su piel era morena pero no pude definir si estaba en su naturaleza o es que el sol lo había bronceado. Además, tenía algunas cicatrices en el cuello que bajaban por su pecho, pero esas no podían verse por la camisa. Era una camisa que en tiempos mejores fue blanca, pero que ahora tenía un color amarillento. Especialmente en el cuello y en las mangas. Ahora tenía también una mancha roja que estaba secándose, y eso había sido mi culpa. Kylar pasó de victimario a víctima en pocos segundos. Es trágica la vida de los asesinos, pensé.

— Hace unos minutos estuve a punto de perder a mi amiga, Cara. En ese momento, Kylar, tú apareciste atrás mío amenazándome con tu daga. Espero que entiendas que no tengo nada en tu contra, y de hecho me complacería poder ayudarte— le tendí la mano izquierda, mas el la ignoró— pero no me gusta manejarme con mentiras. También necesito un poco de tu ayuda.
— No os puedo ayudar.
— Yo te aseguro que puedes, solo necesito saber donde está el acechante.
— ¿Y yo qué gano dándole esa información serah? Mi amo es demasiado poderoso, en el caso de daros lo que queréis estaría condenándome a muerte.
— ¿Merece la pena esa vida Kylar?— Cara lo sostenía con cuidado.
— Quizá para ti no valga la pena pero es todo lo que tengo— él intentó ponerse en pie, pero lo noté demasiado mareado, por lo que le tendí la mano nuevamente. Esta vez él la aceptó, pero aún no me miraba a los ojos.
— ¿Quién es Kylar?
— No os comprendo, serah.
— ¿Es una hermana? ¿tu madre? ¿un amigo?
— ¿Vos qué sabéis de eso?— en sus ojos pude ver con cierto placer que estaba sorprendido. Entonces no estaba errada en mis cavilaciones.
— Estás muriéndote desangrado pero no aceptas ayuda. Tienes a Cara como testigo de que estoy hablando en serio, eres joven y a juzgar por tu armadura no eres conservador. Sino tendríastodas las piezas de placa, o ninguna. Él tiene a alguien que te importa lo suficiente para morir en silencio. Eso es lo único que sé, Kylar. Ahora te he dejado dos opciones: puedes escapar e ir por tu cuenta a donde quieras, pues yo encontraré a tu amo sin tu ayuda y serás libre; o puedes decirme donde está y darle más tiempo a tu ser querido.
— Eso es jugar sucio— comentó, resignado.
— No me has dejado otra opción, a mí también me ha dolido dejarte tan poco margen de acción pero tu amo pretende causar problemas en la ciudad, y eso no puedo permitirlo
— Mi amo está en una posada cercana al distrito palaciego. Se llama Momentos y tiene reservadas todas las habitaciones durante una semana.
— Momentos es una de las posadas más importantes de Ciudad Esmeralda, solo alguien con mucho dinero podría reservar todas las habitaciones durante siete días. Quizá por eso controló al capitán de la guardia, para que no pusiera su procedencia en sospecha. ¿Estoy en lo cierto Kylar?— él asintió. — Vamos a mi hogar, una vez allí podremos pensar en una estrategia para enfrentar al acenchante.

Kylar no habló durante todo el camino. Lo importante es que nos siguió.
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Re: En los sueños

Mensaje por Invitado el Mar Ene 03, 2012 5:37 am

El agua me corría por la cara y me goteaba de la punta de la nariz, lenta pero continuamente. Con un gesto impaciente, abrí la puerta principal de la mansión. Animé a Cara a que entrara primero, pues Kylar se apoyaba en ella para caminar. Al poner pie en el recibidor sentí el calor abrazándome. Desde que se había largado a llover, también había refrescado. Debía cambiarme si no quería agarrar algún resfrío, pero primero teníamos que atender a Kylar. El mercenario no había hablado en todo el camino a la mansión, provocando una nueva inquietud entre nosotras. No sabíamos si era seguro lo que estábamos haciendo, no obstante, tampoco podíamos dejarlo en la calle con una herida abierta en el hombro.

— Cara ve a buscar a Mary Ann y prepara la bañera— le pedí con los ojos puestos en Kylar— y tú acompáñame por aquí.

Cara se perdió camino arriba, por las escaleras mientras nosotros nos acercábamos a la chimenea. Le pedí a Kylar que me diera la espalda para ayudarle con la armadura. Aunque al principio no se movió, no estaba en posición de negarse a nada. Él solo no podría ni siquiera quitarse las botas. Le quité la cota de malla por atrás, desatando los lazos con cuidado para que las anillas posteriores no se incrustaran en el corte que tenía en el hombro. La camisa estaba tan raída que pude cortarla con las manos. Kylar tenía el brazo adormecido y le costaba moverlo.

— No te preocupes, te daremos ropa. Cuando salgas del baño quedarás irreconocible.
— Quiero irme serah— intentó mirarme, mas sus ojos estaban perdidos en la inconsciencia. Se durmió antes de poder sentarlo.

MaryAnn no se demoró en llegar. Traía una bolsa con sus hierbas medicinales, vendas y una botella de alcohol. Para ese entonces, yo ya le había quitado las muñequeras, las musleras y las botas a Kylar. Cada pieza me pareció desmesuradamente pesada para su cuerpo tan enjuto como maltrecho. Así dormido no aparentaba más de diecisiete años. A MaryAnn también le dio la sensación de que era solo un chico, lo primero que preguntó fue su edad.

— No lo sé MaryAnn— la miré fugazmente. Ella mojó un trozo de tela en el alcohol.
— Por los buenos espíritus, Ivory mira esa herida, ¿quién le pudo hacer algo así?— no tenía una respuesta para esa pregunta, o por lo menos no me gustaba lo suficiente para contestarle. MaryAnn le puso el alcohol sobre el pozo de carne y sangre seca, limpiándole la herida. Menos mal que Kylar estaba dormido, porque sabía por experiencia que el ardor que produce el alcohol es insufrible. — ¿Y bien?
— Maté al capitán Jerven—le dije. De pronto el cinturón que llevaba puesto me parecía demasiado importante para dejar de mirarlo.
— ¡¿Qué?! —A MaryAnn se le cayó la botella, pero la atrapó en el aire antes de que llegara al suelo.
— Fue en defensa propia —protesté. — Trataba de matarme.
— ¿Qué? —repitió MaryAnn. Se puso de pie sosteniendo la botella, pero inmediatamente volvió a sentarse. — ¡Diantre! ¿Por qué un capitán de la guardia de la ciudad osaría tratar de matar a una dama de renombre? — MaryAnn se interrumpió de golpe y me echó un vistazo.
—Bueno, eso fue cuando descubrimos qué puede hacer un acechante de los sueños — le expliqué. — Justo antes, acababan de arrestarme.
—¿Te han arrestado? ¿Por qué? —Los ojos de MaryAnn se desorbitaron al preguntar: — ¡Pero no los has matado a todos!
— Pues... no exactamente —me saqué los guantes y los dejé al lado de la cota de mallas—. En vez de seguir con la orden de Jerven me obedecieron.
— ¿Cómo los convenciste de que no...? ¿Y por qué te ayudaron?
—Porque se lo pedimos. Tuvimos que hacerlo. Era el único modo de quedar libre de cargos para ayudarles a recuperar a sus hijos, que estaban secuestrados.
—¡Qué! ¿Secuestraron los hijos de un grupo de la guardia?
—Sí. Por eso he estado enfrentándome a un hechicero que ha empezado todo esto, controlando mentalmente al capitán. Creo que es el que ha invadido mi mente anoche
— ¿Qué? —gritó de nuevo MaryAnn, levantándose de un brinco. Desde que un grupo de hechiceras había matado a mi familia ella les tenía terror. — ¡Un hechicero! ¡te he pedido que te mantuvieras alejado de ellos!
— No fui yo quien lo invitó, precisamente— repliqué.
— Ha provocado un grave problema en la guardia— intervino Cara en voz baja, con los ojos clavados en la herida de Kylar.

MaryAnn posó la mirada en la coronilla de Cara y volvió a sentarse, lentamente.

—Lo siento. ¿Qué han hecho desde entonces?

Me encogí de hombros.

—Hemos ido a ver a una bruja.
— ¡Una bruja!— MaryAnn entornó los ojos. — ¿Qué bruja? ¿Dónde?
— Six. Vive aquí en la ciudad, pero está a dos horas de caminata.
—¡Six! —MaryAnn se estremeció y a punto estuvo de dejar caer la botella. Con los dientes apretados inspiró aire de golpe, emitiendo un curioso sonido. Entonces miró alrededor para comprobar que nadie escuchaba, bajó la voz y dirigió un duro susurro a Cara, inclinándose hacia ella. — ¡Diantre! ¡Pero cómo se te ocurre llevarla a la casa de esa bruja! ¡Has jurado protegerla!
— Créeme, yo no quería hacerlo—se disculpó Cara, mirando a MaryAnn a los ojos.
— Teníamos que ir— salté en defensa de Cara.
— ¿Por qué?— quiso saber MaryAnn, que ahora me miraba a mi.
— Para averiguar dónde está el hechicero. Y lo logramos. Six me lo dijo.
— El baño ya está preparado, milady — Cara al rescate.
— Ayúdame a llevarlo Cara— le pedí tomando a Kylar del brazo. Inmediatamente ella se puso debajo del otro.

El resto de la tarde la pasamos proponiendo planes de acción para cazar al acechante de los sueños. MaryAnn se ocupó de asear a Kylar antes de guiarlo hasta una habitación. Después me dijo que él había protestado, pero seguramente al sentirse débil reconsideró la propuesta de dormir en una cama confortable. Un placer al que no estaba adaptado. MaryAnn le dejó más ropa antes de salir, y una bandeja con comidas frías para que el chico degustara. Cuando el sol comenzó a esconderse, MaryAnn se unió a nosotras, que estábamos preparándonos para salir. Cara tenía su atuendo habitual, pero sus armas ya no eran dos dagas. De un lado de la cintura colgaba un nunchaku de hierro y cadena de aluminio; en el otro lado tenía un florete. Por mi parte, ahora iba vestida con unos pantalones negros bajos en las caderas, ceñidos al cuerpo; un chaleco negro sin mangas que no alcanzaba a tapar mi abdomen pero me daba protección a los raspones en el tórax, y un abrigo largo hasta los tobillos.

Usualmente este abrigo lo utilizaba en cacerías largas. Estaba compuesto por la piel de varios lobos, ninguno de ellos asesinado por mi. El único que estuvo vivo cuando lo vi estaba agonizando por una flecha que si bien no lo había matado, le había quitado la posibilidad de moverse. Algún cazador furtivo lo había dado por muerto al ver que su proyectil estaba clavado en el cuello del animal. Lo que el desgraciado ignoró al abandonar al animal es que podría vivir durante días en una constante agonía. Pobre del cazador, si algún día por una de esas casualidades de la vida se me presentara como tal.

La sala principal estaba sobrecargada por nuestra charla. Hasta el momento nos habíamos dedicado a contar anécdotas del pasado para evitarnos los nervios previos a una cacería.

— ¿Estás segura de esto que quieres hacer mi niña?— preguntó MaryAnn. Su camisa rosada le sentaba espléndida, incluso más que la falda beige que, yo sabía, era su favorita. MaryAnn era una mujer madura, de unos cincuenta años que fácilmente podían parecer treinta y cinco.
— Yo ya le he dicho que no estoy de acuerdo— argumentó Cara.
— Y yo te he comentado la posibilidad que tienes de quedarte aquí Cara— ella gruñó un asentimiento de mala gana.
— Prefiero acompañaros.
—Aún no me han dicho cómo se hizo la herida ese chico. Y creo que no sé ni quién es, ¿alguna de las dos me lo explicaría?
— Es un mercenario enviado por este hechicero que vamos a cazar hoy. Lo había mandado para matarme.— le expliqué seria, mirándola de soslayo mientras ayudaba a Cara a afilar sus dagas. Ella me devolvió una mirada sin emoción. — Yo fui quien lo atacó, y estuve a punto de matarlo.
— ¿Era necesario?
— No. No lo era. Me dejé llevar por la frustración al ver que Cara estaba desmayada.
— Buenos espíritus— murmuró antes de tomar a Cara del brazo— ¿estás bien? ¿qué te ha hecho esa bruja?
— Me ha dado la oportunidad de abrir los ojos a la realidad— respondió enigmática, sonriéndome. Cara no sonreía con facilidad— no os preocupéis MaryAnn, estoy bien. Aunque es una experiencia que desearía no haber tenido que pasar.
— No sé que te ha hecho Cara, pero no tienes una idea de cuánto me alegra verte esa sonrisa.
— ¿Cómo está Kylar?— le pregunté para cambiar el tema. Cara estaba azorada por el comentario, y mi ama de llaves acercó un sillón individual antes de contestar.
— Está muy bien hija— contestó solemne. — ¿Y tú cómo estás?

La miré asombrada. ¿Tanto se notaba la inquietud que carcomía mis entrañas? Estaba por salir en busca de un hechicero. No es que esta fuese la primera vez en hacerlo, pero al enfrentarse a alguien capaz de manipular la magia, una nunca sabe con qué se encontrará por el camino. La última vez estuve encerrada en un calabozo durante dos días sin agua ni comida antes de que la compañía me rescatara. Le sonreí a MaryAnn haciendo un trascendental esfuerzo por evitar que notara el desasosiego que me asaltaba. Cara ya había dejado sendas dagas sobre la mesilla. Este era un ritual que Cara hacía cada vez que salíamos de caza durante la noche. Aunque no lo admitía, yo tenía la sensación de que lo hacía para que MaryAnn tuviese una oportunidad de defenderse si algo llegara a ocurrir en la mansión.

— Estoy bien, MaryAnn. Es solo que hoy no hemos tenido descanso. Y ahora tenemos que irnos.

Por su cara, MaryAnn no me creyó ni una palabra pero gracias a los buenos espíritus no volvió a preguntarme si estaba segura. Salimos de la mansión cuando el crepúsculo comenzaba a caer sobre la ciudad, como una fina capa oscura que caía sobre las cúpulas de los edificios. Teníamos algunos minutos de luz, no obstante, sabíamos que por la lluvia algunos faroles comenzarían a apagarse. Eso en alguna noche normal nos hubiese dejado sin planes pero en esta en especial, nos ayudaba a mantenernos ocultas. El acechante podía observarnos desde ojos ajenos.
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Re: En los sueños

Mensaje por Invitado el Lun Abr 23, 2012 2:22 am

Caminamos durante un largo trecho en silencio, chapoteando en las calles más ocuras que encontrábamos. Al principio no podíamos arriesgarnos a que algún vigilante nocturno nos reconociera. No sabíamos si la muerte del Capitán había sido justificada por sus hombres ante la guardia, y aún así podía haber algunos que no les creyeran, y a diferencia de estos, actuaran contra nosotros. La falta de iluminación me ayudaba a permanecer en relativa seguridad, que se engrandecía gracias a la capucha, que ocultaba la extensión de mi cabellera. Sin embargo, el cabello de cara resaltaba entre la oscuridad, reflejando los brillos de los faroles transportados por gotas rápidas. Lo extraño era que no había ningún tipo de guardia vigilando por las calles.

Estábamos a mitad del camino cuando divisamos a la primer persona y a juzgar por la rapidez de su silvido, también él nos había visto. Estaba a unos cincuenta metros, a mitad de la calle cuando lanzó la llamada. De inmediato los edificios cobraron vida a nuestro alrededor. Las ventanas se abrieron de par en par dejando entrar el agua en las casas, pero también permitiendo asomarse a algunos arqueros. Salieron de cada casa al menos dos soldados armados con escudo y espada, el armamento de la guardia de la ciudad. Inmediatamente Cara tomó su arco apuntando hacia las ventanas, con la esperanza de que solo con pensarlo, la flecha saliese disparada y no tuviese que ser reemplazada. Estaba comprobando si tenía alguna posibilidad. Yo también solía hacerlo en situaciones como aquellas.

— No tenemos posibilidad alguna Cara, baja el arco— le pedí sin mirarla. Estaba ocupada observando a uno de los soldados, que vestía distinto a los demás, pues no tenía una cota de malla, ni la pechera de placas encima. Su ropa era de cuero marrón con detalles de tela en los muslos y los antebrazos. Llevaba el uniforme de los asesinos de la guardia. Un cuerpo de élite empleado para perseguir y dar muerte a los fugitivos más peligrosos.

El soldado, si es que eso era, se movía con la soltura habitual de un bailarín. Después de todo, eso es lo que era, alguien que bailaba con la muerte. Sin mediar palabras con nosotras sacó sus dagas, cada mano tomó el arma del lado contrario de su cintura para apuntarnos con los brazos extendidos. Inmediatamente los soldados formaron un círculo a nuestro alrededor, era imposible identificar a alguno con aquella lluvia y, ¿qué más daba? estaba a punto de morir. De repente algunos hombres tomaron a Cara de los brazos y empezaron a alejarla, aunque ponía mucha resistencia. Ellos eran más y la sacaron de allí con facilidad.

Saqué dos kunai dispuesta a morir luchando por lo que me parecía justo. No puedo describir la sensación que precede a la muerte. Incluso creo que no sentí nada hasta unos días después, simplemente estaba allí con un miedo que no me dejaba mover, pero con la suficiente valentía para enfrentar al destino. Cuando el asesino comenzó su carrera hacia mi hubo un rayo que me cegó. No provenía de la tormenta, eso lo supe inmediatamente. Cerré los ojos decepcionada al saber que no podía esperar a la muerte con dignidad, y asombrada de que la muerte nunca llegara. Por el rechinar de las armaduras, supe que los hombres tampoco sabían de dónde venía esa luz blanca, estaban asustados.

Pronto estuve en medio de una gran batalla, ¿entre quién? no lo sabía. No creía que Cara pudiese haberse zafado y abrirse paso hasta mí, además no era una hechicera. Esa luz tenía que ser producto de la magia. Era como si se hubiese metido entre los párpados y los ojos porque no había manera de ver nada. Solo se oyó el choque del metal contra el metal. Cuando recuperé la visión tenía a dos hombres enfrente mío, dándome la espalda. Uno era el propio asesino y el otro tenía una larga capa del color de los árboles de un bosque enganchada de unas hombreras de metal. Era un soldado.

— Este día ha sido el más largo de toda mi carrera- comentó el hombre, con una voz que no tardé en reconocer.
— ¿Jerven, es usted?
— El mismo que viste y calza, milady.
— ¿Y no pensáis preguntar quién soy yo milady? — preguntó el otro. Desvió una estocada con su daga, y clavó la otra en la yugular mientras hacía la pregunta.
— Oh, Valek, ¿eres tú realmente?

Los ataques se hacían difíciles de bloquear, incluso con el escudo de Jerven y la agilidad de Valek. ¡Menos mal que estaban ellos conmigo! Al girar la cabeza encontré a Cara y un soldado luchando codo a codo. La rubia manejaba el estoque con una precisión asombrosa, así que no debía preocuparme por su seguridad, además siempre hacía buenos equipos con los escuderos. A nuestro alrededor los guardias peleaban entre ellos, era imposible saber quién estaba allí para asesinarnos y quién para… ¿salvarnos?.

— Hoy se ha hablado todo el día de esto, ¡no podía perderme tanta diversión por nada en el mundo!— comentó Valek. El semielfo era conocido en las tabernas como un incansable aventurero, cosa que en parte, explicaba por qué estaba vestido como miembro élite de la guardia. Sus más de trescientos años habían sido suficientes para labrarse una reputación en las canciones populares.

La lluvia caía con menos persistencia, acompañada de una suave brisa fría que usualmente se levanta para anunciar que las nubes han liberado toda la humedad. Al día siguiente disfrutaríamos de un día fresco muy distinto a los de las últimas semanas. Yo le agradecería eso último a Valek y Jerven, si es que lográbamos sobrevivir. Hasta el momento no me había involucrado en el combate, de hecho ni siquiera podía moverme. Eso cambió cuando vi que una estocada traicionera estaba por atravesar a Cara por la espalda.
Desvié el ataque con la ballesta, preparándola para el combate cuerpo a cuerpo. El primer perdigón no atravesó el yelmo del soldado pero lo hundió con suficiente fuerza para partir el cráneo que protegía. El sonido del disparo se propagó por todas las calles vecinas, ahuyentando a los pocos soldados que quedaban vivos. A diferencia del enemigo, el grupo que quedó en la calle no levantó sus armas. Jerven reunió a sus hombres y atendió a un herido. Cara y Valek se pusieron a la tarea de revisar el equipo de los cadáveres. Yo quedé pensativa mirando los balcones.

— Si ustedes están aquí, ¿quién se ha encargado de los guardias de los balcones?
— Eso es trabajo de Grog, supongo— contestó Valek restando importancia a la respuesta, más entretenido estaba forcejeando con uno de los cadáveres para quedarse con una espada. — ¿No lo había comentado? Grog también ha venido a Esmeralda.
— ¿Qué están haciendo aquí Valek? Grog había dado su palabra de enano de no volver nunca más— la verdad es que comenzaba a preocuparme.

Valek dejó la espada en manos de su difunto dueño para mirarme. No había ni un asomo de su jocosidad habitual, pues tenía el ceño fruncido y un brillo peligroso en su mirada. Se tomó tanto tiempo para contestar que cuando al fin abrió la boca, alguien más habló por él.

— Se nos ha encomendado una misión Ivory— Grog estaba sentado en la escalera que daba a la puerta de una de las casas. Se puso de pie cuando giré a verlo. Llevaba un saco de piel marrón abierto, permitiéndome entrever varias hachas pequeñas y cuchillas prendidas en el cinturón. Tenía la camisa -de un color más oscuro que el del saco aunque decorado con detalles dorados en los bordes- en parte desprendida, y significaba que había entrado en calor, como él solía llamarle a la batalla.
— ¿Qué no se puede crear una atmósfera de misterio por una vez en la vida?— preguntó Valek fingiéndose exasperado.

Cuando Cara le pegó en el brazo reforzó el gesto. La rubia, ignorándolo completamente y -contra todo pronóstico posible- se lanzó al enano para estrecharlo. Grog, más sorprendido que contento se quedó tieso hasta que la joven se separó.

— Por las barbas de los primogenios muchacha— preguntó luego. — ¿Qué te ha sucedido?
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Re: En los sueños

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