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En el Cantar de los Bardos

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En el Cantar de los Bardos

Mensaje por Sylver el Mar Abr 12, 2011 5:52 pm

-Si sigues moviendote la cola quedará torcida.

Mi reflejo en la superficie del rio me devolvía la sonrisa y no podía evitar moverme cada dos por tres por la emoción que me embargaba. Estaba colocada sobre una roca alta y plana, y a mis pies tres de mis hermanas se afanaban en dar los últimos retoques a la falda de mi níveo vestido. Una de ellas igualaba el bajo, mientras mis otras dos hermanas llenaban de margaritas la larga cola que arrastraría por el suelo cuando yo caminara.




Suspiré y sonreí, casi sin poder contener un gritito, pero haciendo todo lo posible para no moverme. Por fin, mis hermanas terminaron y Rhine se acercó para ceñir una suave cinta enjoyada alrededor de mi cabello.



Sonreí y mi madre me abrazó y besó mis mejillas.

-Si en algun momento te arrepientes, siempre podras regresar con nosotras.- me dijo.

-Lo se, madre, pero no será necesario.- le sonreí tomando sus manos con afecto- Me ama tanto o más como yo le amo a el. Viviremos en una casa preciosa que ha comprado junto al mar.

Llegó la hora y me despedí de todas mis hermanas. Me llevó bastante tiempo así que tuve que correr para no llegar tarde. La emoción que embargaba mi cuerpo me dio fuerza y fui capáz de llegar bastante antes de lo previsto.

Encontré la casa silenciosa pero iluminada. Aun no había llegado nadie. Paseé por el pequeño jardín en el que las mesas ya estaba preparadas y decoradas con hermosas flores azules. Llegué hasta el arco de madera bajo el que nos casaríamos. Rocé las tallas y la verde enredadera que lo cubrían y sonreí.

Un sonido me sobresaltó. Venía de.... Giré la cabeza y miré hacia las cuadras. La puerta estaba entreabierta. ¿Ladrones?

En un primer momento pensé en buscar ayuda, pero el ladrón escaparía a caballo antes de que alguien pudiera detenerle, así que me acerqué con intención de atrancar la puerta encerrando al ladrón en su interior.

Me acerqué sin que mis pies descalzos hicieran ruido sobre la hierba y....

¡¡Oh, Rhine!! ¡¡Oh, Dioses!!

----------------------------------------------------

Spoiler:

----------------------------------------------------

Mi pecho subía y bajaba agitado. Caminé intentando no tropezar con la tela cubierta de níveas margaritas de mi falda. La cola de mi vaporoso vestido arrastraba sobre la hierba. Respiraba a intervalos cortos para no detener mi cantar.

Y ellos me seguían, atrapados por el influjo de mi canción. ¿Serían conscientes de lo que les iba a pasar? ¿O estaban demasiado perdidos en la ensoñación que provocaba mi canto? Me giré y les miré. Ambos me seguían con los ojos opacos y un gesto de asombro en sus rostros. Semidesnudos. Deseé que la respuesta a mi primera pregunta fuera afirmativa.

Debía darme prisa. La hora se acercaba y los primero invitados empezaban a aparecer en la curva del camino, en dirección a donde se habría celebrado la boda.

Mi boda.

Di la espalda a las mesas preparadas para el banquete y me dirigí hacia el mar, subiendo una suave colina cubierta de fresco cesped. Y ellos me siguieron desde las cuadras donde los había encontrado.

Di cada paso sin dejar de entonar la canción. Mi canción. La que el había compuesto para mi. Mis pies dejaron de notar la hierba y mi cabello se agitó al viento. Había llegado al risco.

Me giré y les vi llegar. La miré a ella. Pelirroja y joven. Con coquetas pecas decorando su nariz. Humana. Semidesnuda.

Tomé su mano y la atraje hasta el borde, dirigiendole mi cantar. "Vuela", dije, "Eres un hermoso cisne, despliega tus alas y deslumbra con tu pureza a los ojos que te miren"

Ella sonrió como alguien que lo hace ante un hermoso sueño. Extendió sus brazos y dio un paso en el vacio.

No miré como caia. Fijé mis ojos en el. No. No le daría el descanso a través de un sueño. El debía sufrir como yo sufría. Debía ser consciente de que iba a morir.

Detuve mi canción y el parpadeó confuso.

-¿Lorena? ¿Que ocurre? ¿Donde...?

-¡¡¡Silencio traidor!!!- le grité- ¡¡Te lo entregué todo!! ¡Mi amor! ¡Mi cuerpo! ¡Mi alma entera! ¡¡Y tu los has mancillado!!- señalé abajo, hacia las puntiagudas rocas en las que las olas rompian.- Ahí abajo yacen mi fe y mi corazón, ahora.

El se asomó y dio un gemido al ver el cuerpo destrozado de su amante en las rocas. Yo me coloqué a su espalda y puse las manos en sus homoplatos.

-Lorena...- sollozó- ¿que has hecho?

-...- me acerqué y le susurré al oído- Mi nombre es Loreley...

Empujé.

Permanecí con las manos extendidas en el aire unos segundos después de que su grito se apagara. Mis ojos estaban fijos en la punta de mis dedos.... no podía creer lo que había hecho. ¡Oh Rhine! ¡¿Qué he hecho?!

Un grito en la lejania me sobresaltó. Me giré horrorizada tanto por lo que acababa de hacer... como por haber sido sorprendida haciéndolo. Un hombre había dejado caer equipaje en el camino y ahora corría hacia mí.

Recojí la falda de mi vestido sin importar si arrugaba la hermosa tela o destrozaba las margaritas y eché a correr ladera abajo, huyendo en dirección al bosque. Mis pies descalzos resbalaron levemente en la hierba y estuve a punto de caer un par de veces.

El hombre seguía gritando a mi espaldas, casi podía sentir su aliento en mi nuca, y aunque no pude entender sus palabras supe que me seguiría hasta el fin del mundo. Por fortuna mi huída desesperada me llevó hasta la bahía cercana y sin dudarlo me lancé a las aguas saladas dejando tras de mi al furioso humano y un rastro de margaritas blancas que flotaban sobre las olas.




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Re: En el Cantar de los Bardos

Mensaje por Sylver el Dom Jul 17, 2011 8:02 pm

Nadando entre corrientes marinas, esquivando a las tortugas y recibiendo reverencias de las ballenas, llegué a perder el sentido del paso del tiempo. Mientras mis lágrimas se mezclaban con el agua salada, en mi mente se repetía una y otra vez la odiosa imagen de Jared, mi prometido, tumbado en la paja acariciando su cuerpo. No se cuanto tiempo pasó, nadando de forma vertiginosa en aguas cada vez más oscuras como si tratara de dejar atrás aquella pesadilla en la que se había convertido el día de mi boda. El destino quiso, o quizá mi propio instinto se encargó de hacer aquello que mi conciencia no estaba en condiciones de hacer, que tomara el rumbo hacia las islas donde vivía una de mis hermanas mayores, Calipso.

Cuando surgí de las aguas mi vestido de novia estaba ajado y descolorido, agujereado por la sal, y mi cabello estaba enredado y lleno de algas. Con los ojos llorosos y enrojecidos avancé con pasos inseguros sobre la arena de la playa. Me había engañado. Estaba muerto. Yo lo había matado. Un alarido surgió de mis entrañas y quebró mi garganta. Las rodillas me temblaron y me fallaron las piernas. Caí al suelo y mi mente se zambulló en la oscuridad de la inconsciencia.

Cuando volví a despertar estaba en una mullida cama, con un bonito camisón largo y blanco y cubierta por mantas. La calidez era agradable... y pude disfrutar de ella durante unos segundos...hasta que el recuerdo de los últimos acontecimientos regresó a mi cerebro. Entre lagrimas vi venir a mi querida hermana mayor, con su mirada preocupada y su hermosura. Tenía el pelo oscuro y rizado y la piel del mismo color de los troncos de los árboles cuando llueve. Y su rostro, tan parecido al de Madre... como una versión salvaje de Rhine, con los mismos bellos ojos dorados que yo también había heredado. Ella me sonrió y se sentó en la cama junto a mi.

-¿Has descansado? Llevas casi dos días durmiendo.- me dijo con la suavidad de su voz oscura mientras me tendía un cuenco de sopa caliente.

Lloré abrazada a ella y entre lágrimas le relaté lo sucedido, dejando escapar el dolor de mi cuerpo en cada gemido, sintiendo como la vergüenza crecía. "No se trata de que alguien merezca o no morir, se trata de que nadie tiene derecho a matar", eso era lo que Madre nunca se cansaba de decirnos cuando le preguntábamos porque perdonaba o salvaba según a quien con su don sobre las corrientes... todas habíamos crecido con esa frase como la regla número uno de nuestras vidas...por eso me sorprendí tanto cuando Calipso se mostró orgullosa de mi. Me sonrió y empezó a quitarme las algas secas del pelo.

-Madre ha tenido suerte, ha encontrado a un hombre que la ama solo a ella y para siempre, que la cuida y la respeta. Padre bebe las aguas por ella y jamás ha dudado de quien es su devoción. Madre no sabe lo que es sufrir por amor, nunca lo ha hecho... quien sabe como habría reaccionado ella. ¿Recuerdas a nuestra hermana pelirroja? Su corazón se rompió y no lo superó. Nada de lo que hiciéramos evitó que se consumiera y muriera de pena. Tu has hecho lo que ella no pudo. Le has matado. Te has liberado de el.

-No, Cali, no me he librado de el. Voy a ver su cara cada vez que cierre los ojos para dormir. Oh, Rhine... le he matado.... le he matado de una forma tan.....fría....tan...consciente... Tengo miedo, Calipso. Quería matarlo...y me sentí tan bien....

Ella me acarició el pelo y comenzó a desenredármelo mientras me susurraba palabras tranquilizadoras. Ella me entendía, había sufrido algo parecido a lo que me había pasado a mi, con el añadido de que el hombre también trató de matarla a ella. Los hombres eran bestias, criaturas rendidas a sus más bajos instintos... pero ni esas excusas ni nada de lo que mi hermana me dijo pudo consolarme.

No pasé mucho tiempo con Calipso, aunque los días se me hacían largos y demasiado calurosos y tuve la sensación de pasar meses en aquella isla. Mi hermana había visto en mi a una "aprendiz", alguien a quien proteger y adoctrinar.... aunque yo no quisiera aprender ciertas cosas que ella hacía. La decisión de marcharme la tomé un día en el que avistamos un barco a lo lejos. Calipso se mostró tan alegre y emocionada que pronto empecé a desconfiar. La acompañé hasta las rocas salientes del acantilado rocoso, donde comenzamos a cantar al unísono, usando nuestro don para atraer a los marineros. El barco viró en nuestra dirección y avanzó ciegamente, directo hacia las rocas contra las que chocó inevitablemente. Los gritos de los marineros me hicieron estremecer mientras las carcajadas de Calipso resonaban contra las rocas. Algunos lograron sobrevivir al naufragio y llegar hasta la orilla. Comenzaba la caza y mi hermana se lanzó a ella llena de júbilo. Yo no la seguí. Permanecí quieta con los ojos fijos en las maderas rotas que flotaban, restos del barco, junto con algún desdichado muerto contra las rocas. Por unos segundos me sentí como aquel día, jadeante y con el cabello agitado por el viento, colocada justo en el borde de un acantilado... y a mis pies las olas que rompían contra las rocas en las que yacía en cuerpo destrozado del humano al que había amado.

No podía cambiar lo que había hecho, y esa mancha acompañaría a mi alma durante toda la eternidad, pero no dejaría que eso rigiese mi vida a partir de entonces. En ese momento me prometí dos cosas a mi misma: que jamás volvería a confiar o enamorarme de hombre alguno (aun menos si se trata de un humano).... y que jamás me convertiría en Calipso.

Aquella noche rechacé la sopa que me ofrecía, hecha de seguro con la carne de los marineros que ella misma había matado, y al día siguiente me despedí. Ella se mostró descorazonada e intentó por todos los medios convencerme para que me quedara. Se lamentó de lo sola que se sentía y de lo poco que la visitábamos sus hermanas. Le sugerí, con toda la delicadeza que pude, que tendría más visitas si en lugar de matar a los marineros que pasaran por allí les ofreciera su hospitalidad. La forma en la que sonrió, mostrando sus grandes, perfectos y blancos dientes, me hizo arrepentirme al segundo.

Encontré un bote entre los restos del naufragio que había resistido entero y con el me marché de la isla de Calipso, vigilada desde el acantilado por la silueta de mi hermana mayor. Dos días después un barco mercante me encontró a la deriva y me recogió. Les conté la historia de que el barco en el que viajaba había sufrido un naufragio y que no había más supervivientes. Fue la primera vez que la mentira no hacía temblar mis labios... ni siquiera cuando usé el mismo nombre con el que me había presentado ante Jared: Lori. Los mercaderes me ofrecieron una habitación y me llevaron hasta el puerto humano más próximo, e incluso me hicieron regalos... entre ellos la preciosa arpa dorada que a partir de entonces llevé siempre conmigo. Yo me aproveché de sus vanos intentos de cortejo y logré tener algunas pertenencias de buena calidad: algunas joyas, un bonito vestido azul con una suave capa a juego....

Mi viaje con ellos terminó y me encontré en uno de los muchos puertos humanos por los que pasé. Allí fui contratada por un anciano que parecía desesperado por recuperar algo perdido en un templo que se encontraba en el corazón de la jungla cercana al pueblo. Fue entonces cuando lo conocí, cuando lo vi por primera vez... y cuando por primera vez me topé con su único ojo, su esmeralda, no pude imaginar en lo que nos convertiríamos.




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Re: En el Cantar de los Bardos

Mensaje por Sylver el Jue Jul 28, 2011 10:03 am

¡Jack Sharkson era un truhán! Y eso lo supe desde el primer momento en el que me crucé con el.... pero por culpa de mi pánico al fuego no pude tratar de avisar al anciano antes de que fuera tarde. Cuando terminó de explicarnos y apagó la vela con la que había estado iluminando el cuarto ya era demasiado tarde. Lo había contratado. ¿Quien en su sano juicio le encargaba a un pirata rufián la recuperación de un tesoro valioso? Pude ver la codicia en su único ojo y decidí que soportaría su presencia con tal de asegurarme de que aquel anciano recuperaba lo que le pertenecía.

No era todo malo, el otro compañero para ese encargo era un joven elfo rubio muy agradable, aunque algo torpe y entrañablemente infantil. Su nombre era largo y extraño, como el de la mayoría de los elfos, pero siempre recordaría el mote por el que nos pidió, confiado desde el principio, que le llamáramos: Child.

Tras un par de incidentes y una huída rápida del pueblo, todo por culpa de aquel maldito pirata sanguinario, embarcamos en el barco del que decía ser dueño Jack, dando un rodeo por mar rumbo a la jungla donde debíamos encontrar el templo. En ese barco fue cuando las cosas se empezaron a poner... extrañas. Jack Sharkson parecía divertido ante mi clara incomodidad al ser la única mujer a bordo y, por lo tanto, objeto de miradas poco deseables. Decidida a ignorarlo, y mientras Child estaba ocupado practicando sus hechizos de viento y tratando de insuflar aire a las velas para llegar más rápido, me moví por cubierta buscando un lugar donde poder estar sola. Fue entonces cuando la vi... y tuve que parpadear y mirarla varias veces.

Era ella, su rostro, la forma ondulante de sus cabellos, una perfecta escultura en madera de mi amada Madre. ¿Porque el barco de ese maldito pirata tenía por efigie a mi Madre? Y no solo eso, el muy canalla le había puesto al barco uno de los nombres por los que era conocida: Sandre. Al principio me sentí furiosa, en parte porque un truhán "navegaba a Sandre", y en parte porque los ojos de madera me parecían tristes y apagados, justo la mirada que me echaría mi Madre si me tuviera delante, pero más tarde Jack me contaría la historia.

Desembarcamos y tras un accidentado descenso por un río al anochecer y bajo una lluvia cada vez mas torrencial, llegamos a un pequeño lago junto al cual había una vieja cabaña de madera. Allí encontramos un refugio y una nueva compañera, un hada a la que salvamos de ser devorada por un zorro... aunque la forma violenta y cruel del pirata de salvarla, me sacó de mis casillas.

No pude, sin embargo, descargar mi ira... tampoco quise, recordándome a mi misma que me había prometido contenerme. Además, el frío y la humedad habían afectado a mis dos compañeros y tuve que atenderles, darles de cenar y bajarles la fiebre con achiote.

Fue entonces cuando Jack.... quizá fuera a causa de la fiebre, quizá nadie le había tratado jamás con amabilidad.... sea por lo que fuera, aquel pirata me sorprendió con su amabilidad y sus agradecimientos.... y sus constantes "alguien como yo no merece tantos cuidados". Esa noche, antes de retirarme al lago de fuera de la cabaña para dormir, estuve observando un rato al pirata mientras dormía.




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Re: En el Cantar de los Bardos

Mensaje por Sylver el Jue Jul 28, 2011 10:52 am

Aquella noche soñé con mi hogar, desnuda y acurrucada en el fondo de aquel lago. Añoraba tanto mi hogar, el lago donde había crecido, el bosque donde había pasado mi niñez, las coqueterías de mis hermanas mayores.... la atención de Madre.

Tal vez si me lo hubiera pensado dos veces no me había parecido buena idea, pero confiaba en que el sol me despertaría antes que a los durmientes en la casa. No podía saber que sería una bestia enorme, una especie de tiburón terrestre, la que nos despertaría por la mañana. El jaleo les hizo despertar, pero el sonido no llegó hasta mis oídos al estar bajo el agua.

No me desperté hasta que me sentí zarandeada y fuera del agua. Mis sueños se habían agitado, al igual que mi cuerpo y tras una breve pesadilla, en la que Jared volvía a estar en aquel pajar, me desperté sobresaltada. Me encontré tumbada en la tierra y a medio vestir, con las manos de Jack sobre mi cuerpo. No tuve tiempo de enfadarme, aunque al verme en esa situación no me arrepentí de haberle gritado "bastardo" al despertar... aunque el insulto no fuera dirigido a el. El tiburon terrestre estaba cerca y hambriento... y nos olfateaba. En ese momento Child salió de la cabaña junto al hada, que gritó asustada atrayendo la atención de la bestia.

Sin pensar muy bien lo que hacía, me corté en la mano con la espada que hacía poco había adquirido, uno de los muchos regalos que me hicieron aquellos mercaderes, y eché a correr por la jungla, gritando para llamar la atención del tiburón. La sangre fue igual de efectiva que si se hubiera tratado de un tiburón marino, y el enorme monstruo me siguió a la carrera.

Para mi desgracia, mis pasos me llevaron hasta un alto acantilado cuyo fondo estaba compuesto por afiladas rocas putiagudas. El tiburón me había atrapado y no había forma de escapar. Acabaría muerta, entre sus dientes...o entre las rocas del fondo del precipicio. Ya había decidido saltar, sería una muerte menos dolorosa.... y tendría la misma que había tenido Jared...., casi iba a saltar cuando Jack apareció de entre la vegetación, a la carrera. Fue gracias a el que no acabé muerta aquel día... aunque casi le cuesta la vida.

Jack atrajo al enorme depredador hasta un saliente que no soportó el peso de la enorme bestia yse vino abajo. El pirata estuvo a punto de acompañarle en la caída pero por fortuna logró agarrarse a unas rocas que aun resistían sin soltarse.

Cuando me acerqué fue.... fue como si volviera a estar en aquel acantilado. El aire agitaba mis cabellos y miraba hacia abajo, a mis pies, un hombre desesperado, al borde de la muerte. Por unos segundos me planteé la posibilidad de dejarle caer y marcharme. El me había sacado del agua... y ya no era porque me hubiese visto desnuda, que tambien, sino porque debía de haber visto mis branquias, esas branquias que siempre había ocultado con mi cabello para hacerme pasar por humana.

El sabía mi secreto, podía dejar que muriera con el... pero eso era algo que Calipso habría hecho. Tras un primer intento de alzarlo a pulso y de comprobar que así solo conseguiría despeñarme con el, hice trizas mi capa y la falda de mi vestido, rompiendolos en largas tiras que até unas a otras, atándolas a una roca. Con esa improvisada cuerda, el pirata logró trepar y regresar de nuevo a tierra firme.

Durante el camino de regreso estuvimos hablando por primera vez, sin subterfugios y a solas. El sabía que no era humana, incluso me dijo que me prefería "no humana" y que mis branquias eran hermosas. Me pregunté como habría reaccionado Jared si las hubiera visto, si hubiera descubierto que no era humana. En ese momento me pareció tan rídiculo... iba a casarme con un hombre que realmente no me conocía. Casi me sentí afortunada de que ocurriera lo que ocurrió... hoy en día no tengo ninguna duda de que lo fui. ¿Como habría podido conocer a Jack si me hubiera atrapado a mi misma en ese matrimonio lleno de mentiras?

Compartimos un par de historias y el me contó sobre su pasado y el porqué del nombre de su barco. El era el hijo bastardo de una noble fallecida, que por jugarretas del destino y malas decisiones acabó surcando los mares. Mi Madre había intercedido por el cuando, siendo aun un joven marinero, estuvo a punto de morir a manos de sus propios compañeros. Madre siempre había sido protectora con los marinos y había salvado a muchos gracias a su efecto sobre las mareas, habia llegado a hacerse famosa entre los humanos quienes la adoraban como si se tratara de una Diosa Marina... la Diosa Sandre. ¿Para que engañarnos? Yo misma la adoraba.

Aquel día no tuve valor para decirle que mi Rhine era su Sandre, que mi Madre era su Diosa, pero tras aquel paseo en el bosque su mirada se quedaría grabada para siempre en mi memoria, así como su voz, la cual empecé a adorar.




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Re: En el Cantar de los Bardos

Mensaje por Sylver el Mar Nov 29, 2011 12:27 pm

Nuestra extraña misión continuó cada día con más sobresaltos. Tras nuestro encontronazo con el tiburón terrestre, Jack y yo tuvimos que rastrear la selva en busca del hada y el elfo, que habían salido huyendo en sentido contrario. Tan solo encontramos al hada, que lloraba desfallecida sobre la ramita de un arbusto. Al parecer, en su huída el elfo había llegado hasta una ciénaga y había caído en unas arenas movedizas que se lo habían tragado sin que el hada, debido a su diminuto tamaño, pudiera impedirlo.

Hicimos un pequeño alto en aquella ciénaga y le dediqué una canción funeraria en el idioma élfico. El hada seguía entristecida y sollozando pero... era todo lo que podíamos hacer, y debíamos continuar con el encargo de aquel anciano.

Vagamos un par de días más por aquella jungla antes de dar por fin con la entrada al templo. Durante ese tiempo, la pequeña hada recuperó parte de su energía anímica y pude seguir hablando con Jack. Aun tenía presente en mi mente las dos promesas que me había hecho... y tras unos cuantos días con aquel pirata....estaba dispuesta a traicionarme a mi misma y romper una de ellas. ¡Cambiante como las mareas, ya me lo decía mi madre! Pero así era yo, joven y con un corazón roto que anhelaba curar casi con cualquiera. ¿Tan bajo había caído? ¿Tan bajo ponía el listón? Cualquiera que prometiera no hacerme daño, no serme infiel.

Tuve mucho tiempo para meditar sobre ello y aun así, cuando entramos al templo aun me hallaba sin una decisión al respecto. Lo cierto es que deseaba traicionarme a mí misma. Más aun cuando el pirata me cedió su chaqueta, pensado en que debía de tener frío ya que desde que rompiera mi falda para confeccionar aquella "cuerda" había ido con las piernas al aire hasta la mitad de los muslos. Había sufrido más vergüenza que frío esos días, y el tacto de la chaqueta de Jack anudada a la cintura era casi tan cálido como un abrazo protector. ¿Cómo iba a saber yo entonces que aquel pirata no solo me traería cosas cálidas y suaves?

Las antorchas de la entrada del templo estaban prendidas y tan solo pude cruzarla cobijada entre los brazos de Jack. Una vez dentro del templo, recorrimos sus oscuros pasillos de piedra enmohecida teniendo por única luz el destello del hada que nos acompañaba. Ella volaba frente a nosotros, agitando con fuerza sus diminutas alitas, tratando de generar la suficiente luz como para poder ver dos palmos delante nuestra, y nosotros la seguíamos agarrados de las manos para evitar perdernos.

No tardamos mucho en encontrarnos con la primera sorpresa que nos esperaba en aquel templo.




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Re: En el Cantar de los Bardos

Mensaje por Sylver el Mar Nov 29, 2011 1:05 pm

No sé si tropecé yo o tropezó él. De pronto el suelo desapareció bajo mis pies descalzos y grité mientras me hundía en la oscuridad. La tenue luz que nos brindaba el hada desapareció y mis dedos perdieron el agarre de la mano de Jack.

.................................................

Me desperté de golpe. Estaba en una cama de sábanas blancas y cabecera de madera caoba. Mi pelo estaba revuelto y podía notar un suave camisón blanco que me cubría hasta los tobillos. La cabeza me daba vueltas y volví a dejarme caer sobre las esponjosas almohadas cubriéndome el rostro con las manos.

Cuando se me hubo pasado el mareo volví a abrir los ojos y miré alrededor. Me encontraba en una habitación de paredes de madera. había un armario doble justo delante de la enorme cama de matrimonio en la que me encontraba y a mi izquierda, un bonito ventanal adornado con unas cortinas verdosas. Verde esmeralda. Fruncí el ceño confusa.

Había tenido un sueño, un mal sueño, pero ya empezaba a olvidarlo. De hecho... ¿que había soñado? Me di golpecitos en el labio tratando en vano de recordarlo y finalmente me rendí y salí del lecho.

Todo era como debía ser. Era la casa de mis sueños, con suave y cálida madera en paredes y suelo, muebles hechos a mano, grandes ventanas para que entrara la luz.... Caminé descalza hasta una de ellas y me apoyé en el alfeizar mirando al exterior.

Frente a mí se extendía un bonito prado verde. En el centro del mismo había un rosal plantado del que habían empezado a surgir rosas rojas, allí donde se había celebrado mi boda. Una brisa sacudió mis cabellos y pude oler el mar, podía incluso oír las olas que rompían en el fondo de un risco cercano.

No podía sentirme más feliz, y esa era solo el principio de mi larga vida de felicidad. Nuestra larga vida. Me había casado con el hombre al que amaba y él me amaba más que a nada en el mundo. Solo a mí. Jared. Oh, Jared, no sabes cuánto deseo ser madre...

Moví mis labios articulando su nombre en silencio y una puerta se abrió a mi espalda. El entró en la casa, como si su nombre lo hubiera invocado, y se sentó en un sillón frente a una chimenea.

Sonreí y di unos pasos para acercarme a él y darle un beso... cuando vi lo que estaba haciendo. En sus manos sostenía unas cerillas y se había inclinado hacia la chimenea, donde descasaban unos cuantos troncos.

-Amor....-dije con la voz algo temblorosa- amor...¿qué haces? Ya...ya sabes que no me gusta el fuego... y no hace frío...

El no me respondió, ni siquiera me miró. Sus manos se movieron y pronto una cerilla encendida cayó entre los troncos, prendiéndolos. Retrocedí jadeante, sintiendo un sudor frío en mi nuca. Los ojos de Jared estaban fijos en la extraña llama azulada que ahora danzaba en la chimenea. De pronto hacía un calor insoportable dentro de la habitación.

Me giré pero la ventana que había detrás de mi había desaparecido. Esa y todas las demás, incluso la puerta había desaparecido. La madera de las paredes empezó a arder cercándonos a ambos. Grité aterrada, derrumbándome al suelo. Mi mirada febril se clavó en Jared, pero él seguía ausente, mirando sin expresión alguna la chimenea.

Mi visión estaba cegada por las lágrimas y podía sentir en mi cabeza el eco de los latidos de mi aterrorizado corazón. No había salida. Iba a morir.




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Re: En el Cantar de los Bardos

Mensaje por Sylver el Jue Dic 01, 2011 1:47 pm

Tenía los ojos fuertemente cerrados y no los abrí hasta que sentí que alguien me sacudía. Todo estaba oscuro, no había rastro de Jared, ni de la casa, ni del fuego, aunque aun tenía el recuerdo de su olor en la nariz. Unas manos me agarraban y agitaban en mitad de esa oscuridad y forcejeé hasta que reconocí la voz que repetía mi nombre.

Jack me hizo volver en mí y pude escuchar otra voz cerca de donde nos encontrábamos. Era la voz de Child pero... ¿cómo era posible? El elfo nos explicó brevemente lo ocurrido. Tras la caída en aquella ciénaga, las arenas movedizas se lo tragaron y fue hundiéndose más y más, hasta que justo cuando creía que se iba a ahogar, el pringoso fango desapareció y cayó en mitad de uno de los muchos túneles del templo. Desde entonces había estado vagando y había tenido delirios, sueños extraños, sobre toda una marabunta de insectos que lo perseguían.

Al parecer había alguna magia impregnada en aquel lugar que provocaba pesadillas y alucinaciones a quienes se internaban en el. Jack no quiso decirme que era lo que había soñado y, de nuevo los tres juntos, volvimos a vagar por aquel siniestro templo.

A esas alturas y con tantas cosas que estaban ocurriendo casi había olvidado que era lo que nos había llevado a ese templo. Por suerte, nuestro errático caminar pareció llevarnos por buen camino. El pasillo se fue ensanchando más y más y finalmente llegamos a una extraña habitación que presentaba ante nosotros tres posibilidades, tres portones totalmente distintos.

Child se apresuró a elegir aquel que más le pegaba, un portón alto y de un material verdoso, con filigranas y motivos naturales adornándolo. La puerta casi recordaba a un viejo tronco de árbol cubierto de musgo y flores. El elfo cruzó esa puerta sin dudar y no se abrió para ninguno más.

Jack se acercó con ojos brillantes a una puerta ancha que parecía hecha de oro macizo, e incluso parecía que tenía doblones incrustados en su superficie. De nuevo la puerta se abrió ante el acercamiento y se cerró tras Jack para no volver a abrirse.

Mi mirada se posó sobre la última puerta, una de color ébano, retorcida y puntiaguda, con metal oscuro recorriendo y atravesando una madera de color morado que parecía podrida. ¿porqué me tocaba a mí la más siniestra? ¡No quería cruzarla! No quería.... y la puerta se abrió ante mí como invitándome a pasar sin que yo me acercara a ella.

Finalmente y tras unos minutos de duda, me interné en la habitación que me esperaba al otro lado y la puerta se cerró detrás de mí.

Frente a mí se extendía un largo pasillo, con suelo de baldosas moradas y negras y una extraña pared de gemas opacas y oscuras. Avancé por ese camino temerosa hasta llegar a una pared en la que había otra puerta, una de madera roja. Al abrirla me encontré otra puerta, y al abrirla otra, y cada puerta era a su vez más pequeña que la anterior.

Fui abriéndolas una tras otra, cada vez más confusa y nerviosa, hasta que, tras abrir una puertecita que no superaba en tamaño a mi palma, encontré un pequeño hueco en la pared. Había algo en ese hueco, una caja alargada de madera, parecida a la que se suele usar para guardas las botellas de vino.

Saqué la caja y me sobresalté cuando las puertas que permanecían abiertas temblaron ligeramente. Tragué saliva y la abrí con cuidado. Di un respingo de sorpresa cuando encontré tumbada en su interior al hada que habíamos conocido en aquella cabaña. Su luz estaba apagada y ella yacía como muerta.

La tomé entre mis manos con el corazón encogido de dolor. La había olvidado, la habíamos olvidado completamente, la habíamos abandonado en aquel pasillo oscuro tras nuestra caída y ahora estaba muerta.

Un espeluznante crujido resonó por todo el pasillo. Me giré y pude ver como parte de la pared de gemas empezaba a desmoronarse, y ante su caída el suelo empezaba a deshacerse. Grité y me lancé a la carrera hacia el portón oscuro por el que había entrado, apretando el cuerpecito inerte del hada contra mi pecho de forma protectora.

A ambos lados del camino empezaron a surgir figuras, formas y contornos que se aclaraban a mi paso. Reconocía las caras. Allí estaba mi madre, con una expresión de tristeza y vergüenza en su rostro. Allí estaba Calipso, mirándome furiosa por haberla abandonado. Allí estaban todos y cada uno de los hombres a los que había "ajusticiado" en mi vagar por cometer infidelidades. Y, oh, Rine, allí estaba Jared, mirándome con la misma apatía que en mi sueño, y a su lado agarrándole de la mano, estaba aquella muchacha del pajar, de la que ni siquiera conocía su nombre.

Todas las figuras se estiraron y avanzaron de forma fluctuante hacia mí, tratando de agarrarme con sus manos que ahora parecían garras oscuras. Corrí entre ellas, desesperada, hacia el portón. Casi había llegado. Estiré la mano para agarrar el pomo....

El suelo desapareció por segunda vez bajo mis pies y caí a una oscuridad tan profunda que parecía no tener fin.




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Re: En el Cantar de los Bardos

Mensaje por Sylver el Miér Dic 21, 2011 11:53 am

Volví a abrir los ojos y me encontré cegada por el sol. Aturdida y parpadeando me incorporé y miré alrededor. Había amanecido, estaba tumbada en mitad de la maleza y junto a mí se encontraban Jack y Child. No había rastro alguno del hada que nos había acompañado, no la encontré ni en mi bolsa ni entre mis ropas ni entre la vegetación.

Poco a poco mis dos compañeros fueron despertando y tratamos de analizar lo que acababa de ocurrir. Habíamos entrado en el templo pero ninguno recordábamos haber salido por nuestro propio pie. Child parecía más pensativo que de costumbre y Jack buscaba algo con cierta ansiedad, ninguno de los dos me quiso decir que les ocurría.

Al no tener otra opción, echamos a caminar a través de la jungla y nuestro vagar nos llevó a la linde y de regreso a la ciudad. Tendríamos que presentarnos ante aquel anciano y dadle las malas noticias. Habíamos entrado, habíamos salido pero no teníamos aquello que nos había enviado a buscar. ¿Estaría en alguna de las otras dos habitaciones? ¿Sería lo que Jack había estado buscando en cuanto se despertó? Jamás lo sabría, pues cuando llegamos a la casucha del viejo solo encontramos la puerta abierta y la casa vacía...... y en una mesa una escueta nota.

Las cajas guardan muchos tesoros y no todos son materiales. Yo ya tengo el mío, al igual que vosotros, gracias.

Child se contentó con esto y se marchó despidiéndose de nosotros con su alegría de siempre, pero Jack quería el resto del pago. Empezó a rebuscar por la casa, abriendo cajones, registrando hasta el último rincón. Suspiré, negando con la cabeza, un pirata es un pirata, y los piratas son traidores y ladrones.

Era mejor que me alejara de él cuanto antes, y eso hice a pesar de la angustia que la simple idea me provocó. Me desanudé su chaqueta de la cintura y fue como abandonar su abrazo cálido. El aun seguía rebuscando entre los almohadones, acuchillándolos, y no prestó atención a mi queda despedida. Dejé su gabardina en la mesa junto a la nota y, tras hacerme con una vieja capa gris de una percha, abandoné la casa.

Vagué algunos días por esa ciudad de humanos, durmiendo en tabernas y pagando con cantos y bailes. Jared me había enseñado tantas leyendas, tantos cuentos populares, que siempre tenía algo nuevo que contar en aquella taberna. Bien, lo cierto es que algunos estaban demasiado borrachos, otros simplemente se relamían mirándome. Muy pocos me escuchaban, pero todos se quedaban a beber y el tabernero me pagaba. Fue con las camareras con las que solía forjar amistades fugaces, solía sacarlas a bailar y a cantar conmigo y eso era un desahogo de su rutina constante.

Por desgracia me acomodé pronto y bajé la guardia... y no reparé en una figura, envuelta en una capa y oculta bajo una capucha, que todas las noches asistía a mi actuación sin beber ni comer nada que ofreciera la taberna.
Mi pesadilla comenzaría una noche que empezó como cualquier otra. Canté, bailé y cobré, y después abandoné la taberna para dirigirme a otra y ganar algo más de dinero. El brillo dorado de las monedas me hipnotizaba y me llevaba a meditaciones profundas, casi filosóficas, mientras me internaba en el puerto.

Un ruido a mi espalda me hizo sobresaltarme. Me giré con rapidez pero.... no había nada a parte de los barcos que se mecían en el oscuro mar nocturno. Algo iba mal, podía sentir la tensión de la presa sobre mis hombros, pero cuando quise salir de allí ya era tarde.

Alguien me agarró del brazo con fuerza desde atrás, y me lo retorció contra la espalda amenazando con rompérmelo. Grité de dolor pero inmediatamente una mano de acero aplastó mis labios y ahogó mi grito. Forcejeé y mi atacante tiró más del brazo y sollozando por el dolor de mi hombro, me quedé quieta. Por mi mente pasaron todas esas historias terribles de jóvenes asaltadas en calles oscuras, violadas. ¡No! ¡No acabaría así!

Fingí un desmayo y aunque el movimiento de nuevo me dio una terrible calambrada de dolor por todo mi brazo, me dejé caer hacia él. Mi atacante no esperaba ese movimiento y se desestabilizó. Al segundo me impulsé con los pies, golpeando con mi cabeza en su mandíbula. Él trastabilló hacia atrás, soltándome. Una vez libre me giré hacia el dispuesta a hacerle pagar su fechoría. La luz de la luna iluminó su rostro, su tez morena, sus rizos oscuros, sus ojos almendrados.... mi corazón roto se agitó en mi pecho y se desquebrajó un poco más.

-¿Despierto tus recuerdos, bruja?- preguntó él, sonriendo y pasándose su mano enguantada por el leve hilillo de sangre que salía de su labio.

El terror estalló en mis venas y me lancé al agua salada como un animal que se esconde en su madriguera. Nadé todo lo rápido que podía. Era Jared. Mis lágrimas se mezclaron con el agua del mar. ¿Era Jared? Las corrientes me arrastraban y yo me dejaba llevar gustosa. Ya debía de haberme alejado del puerto y de nuevo me sentía atrapada en la ingravidez, como si el tiempo se hubiera detenido o careciera ya de importancia, como la primera vez que huí de Jared, de su muerte, y acabé en la isla de Calipso. Podría haber nadado para siempre pero una bola de cañón salida de ningún sitio me hizo volver a la realidad. La esquivé por los pelos y salí a la superficie para ver que estaba ocurriendo.

Una batalla naval, aunque más bien parecía un linchamiento. Tres barcos de la marina acosaban a un galeón, que ya había sido abordado y que de seguro no tardaría demasiado en caer. Llevada por la curiosidad, me acerqué a nado y mi corazón botó en mi pecho cuando vi el nombre del galeón. Sandre. Y en el casco, la efigie que tan bien representaba el rostro de Madre.




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Re: En el Cantar de los Bardos

Mensaje por Sylver el Miér Dic 21, 2011 12:13 pm

Volví a zambullirme en el mar para tomar impulso y al salir, brinqué como un delfín para agarrarme a la borda del sangre. Me aupé con esfuerzo. La cubierta del barco estaba bañada en sangre y plagada de cadáveres, tanto de soldados como de piratas. Mis ojos se pasearon por la cubierta, buscando con ansiedad la casaca roja de Jack, su pelo rubio. Me negaba a buscarlo entre los cadáveres, me negaba a pensar que Jack pudiera estar muerto.

Un brillo dorado atrajo mi atención y vi a un hombre alto, con una armadura dorada que luchaba contra.... contra Jack! El capitán pirata se movía como un demonio, con un gesto de fiereza, pero sus estocadas no podían hacer nada contra la coraza de su enemigo y poco a poco se veía obligado a retroceder.
Corrí por la borda y empecé a trepar por una de las cuerdas del barco, subiendo al palo bajo el cual, Jack peleaba con el tipo de la armadura dorada. Estaba lo suficientemente cerca. Empecé a entonar una canción, dejando que mi voz, mi canto de sirena, flotara en el ambiente por entre los combatientes. La pelea cesó casi de inmediato, al menos el de la armadura, hacía el que concentraba mi canto, detuvo de golpe el sesgo que habría cortado la garganta del pirata.

Todos los hombres empezaron a moverse hacia mí, algunos sonreían, otros lloraban, otros simplemente trataban de alcanzarme alzando las manos. Jack también me miró, le vi sonreír, pronunció mi nombre y mi voz tembló.
Tomé aire y continué cantando mientas Jack reaccionaba y empezaba a empujar al tipo de la armadura para tirarlo por la borda. Por desgracia, el leve titubeo de mi voz permitió al soldado recuperar la consciencia, y cuando Jack lo empujó, él lo agarró arrastrándolo consigo.

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Re: En el Cantar de los Bardos

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