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El reino de los Narakas.  H8SDUFN
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El reino de los Narakas.

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Mensaje por Aghnkam el Mar Dic 27, 2011 3:00 pm

Hacía apenas unos días ¿Cuántos? ¿Tres? Sí, debían ser tres días los que me separaban de mi hogar en Phonterek. Desde entonces ya había tenido una aventura, aunque desde luego distaba mucho de ser amorosa, pues en ella había perdido el dinero con el que me había hecho justo antes de salir de mi casa, aquella mansión en la ya lejana urbe. El paso del caballo era lento, no sabía hacia donde se encaminaba exactamente, no podía saberlo ni tampoco quería, puesto que sólo de pensar donde acabaría, sin dinero ni nada que pudiera vender, me asustaba como a un niño pequeño. Los pasos del caballo actuaban como una melodía que lentamente me iba sumiendo en un sueño al que no me quería rendir, debía seguir leyendo el libro que, como de costumbre, flotaba ante mí de una manera constante, siempre a una distancia exacta de mis ojos que me permitía ver las letras sin tener que forzar la vista pero que, al mismo tiempo, también se mantenía a la distancia exacta como para no dañarme los ojos por su cercanía. Entre sus párrafos encontraba la aventura y el misterio que sólo alguien que hubiera estudiado mínimamente la arqueología podía hallar allí, el placer de ver dibujados a carboncillo los modelos de antiguas columnas y las edificaciones de antes, tan bien representadas que me parecía estar delante de alguno de aquellos templos que había grabados en el papiro.

Un bostezo largo escapó de mis labios, y lentamente dejé caer el libro de una de las alforjas de Zewei para después acariciar las oscuras crines de este. Ellas habían sido mi almohada estos últimos días, sus pasos mi nana para dormir, y su calor corporal mi manta para evitar morir congelado, sin duda alguna aquel animal hacía por mí mucho más que llevarme de un lado a otro. Un nuevo bostezo, acompañado esta vez de un suspiro, escapó de mis labios, levanté mi cabeza como si me pesara, y con ojos cansados y medio cerrados observé lo que tenía por delante. A lo lejos, tal vez unos diez kilómetros, podía distinguir las siluetas de las casas de una ciudad, y no tenía pinta de ser precisamente pequeña, a juzgar por lo alto de sus torres de vigilancia y sus murallas. No sabía muy bien donde me encontraba, dado que la orientación, irónicamente, nunca había sido lo mío mientras estaba en la superficie, porque sin duda bajo tierra me sabía manejar con apenas una brújula o algo que me marcase el norte magnético del mundo. Era una tierra fría la que recorría, de lentas nevadas que hacían del camino una bella estampa de solsticio con prados blanco mármol y árboles que combinaban de hermosa manera los tonos verdes de sus hojas de aguja, al tratase de pinos y encinas, con el blanco manto de la ya mencionada nieve. Decidí dormir hasta la ciudad, viaje que duró más de lo que hubiera tardado cualquiera a caballo, gracias al lento paso del mío.

No tendría sentido relatar mis sueños, turbios y confusos como lo habían sido desde la muerte de mis padres, así que simplemente diré que me desperté al pie de una montaña no demasiado alta, y en cuya “cima”, dado que no era sino una leve elevación del terreno cuya cima estaba a unos doscientos metros sobre el nivel del mar, se ubicaba la ciudad que antes había mencionado. Era, sin lugar a dudas, un lugar de tránsito para mercaderes y gente que no buscase quedarse demasiado en un solo lugar, y esto se podía deducir fácilmente por la gente que entraba y salía por el ancho camino que había a mi derecha. Se trataba de un sendero ancho, de al menos cinco metros de lado a lado, y serpenteante que subía hasta la entrada de la ciudad que estaba, a diferencia de la mayoría de urbes, situada a un costado de las murallas. No era un lugar que se mostrase con el orgullo de mi hogar, Phonterek, que abría sus puertas delanteras a todo aquel que quisiera entrar o salir, sino que estas se encontraban protegidas por la propia roca, una huida rápida de aquel lugar era casi un suicidio, teniendo en cuenta la cerrada curva final que había que tomar para, ya fuera para subir o bajar. El camino, despejado de nieve en su mayoría, tampoco ayudaba a que el paso que se pudiera dar fuera especialmente veloz, pues también se trataba de un paso serpenteante que llevaba hasta la las puertas de la ciudad. Si miraba a mi derecha podía ver le vacío de la montaña, dado que si bien era un cerro, uno de sus costados había sido tragado por la tierra, y sólo se podía ver el gris blancuzco de la niebla alta, lo cual quería decir que se encontraba a más de doscientos metros, tal vez fuera una de esas montañas que todavía están creciendo, las cuales sólo muestran al mundo su pequeña cabeza, las mismas que eones más tarde se convierten en los pilares de la tierra, conocida y por conocer. En contra partida, a mi izquierda, sólo alcanzaba a ver el alto y grueso muro de roca gris y blanca que coronaba la roca madre de la montaña que protegía la ciudad. Debía tener al menos dos metros de espesor de roca a juzgar por como se movían los soldados, ataviados con armas tales como ballestas y arcos, por la estructura, caminando de un lado a otro sin tener que evitarse.

Al llegar arriba del todo, tras apenas unos minutos pese al trote lento de Zewei, pude observar el siguiente detalle curioso de la ciudad, y es que sus puertas se encontraban cerradas a cal y canto, guardadas por dos torres de roca en las cuales un par de soldados armados con una ballesta tan grande como ellos miraban por encima del hombro a todo el que se acercaba. La altura de las construcciones superaba por mucho la del propio muro, y le sacaba al menos tres metros a este; en la cúspide de cada una, lucía orgullosa la bandera del lugar, que no era otra cosa que un sol con copo de nieve sobre un fondo de color azul. A medida que me acercaba pude escuchar el sonido de los resortes de las ballestas al cargarse, también oí un par de gruñidos por parte de cada uno, supuse que por llegar en caballo negro, cosa que, para que mentir, no era precisamente una buena idea, pero no me separaría de mi compañero de viaje para entrar a una ciudad dormitorio, algo que sólo estaba de paso en mi camino.

-Identifícate – Exigió uno mientras que observaba a través de un tubo situado sobre el cuerpo del armatoste que era su ballesta. La luz del sol me dejó ver un destello parecido al de los ojos de las águilas cuando pasan frente al sol, esa pequeña estrella que por un momento brilla para después desaparecer. Se trataban del brillo de un cristal, así que supuse que el tubo por el que ese hombre miraba era una especie de cristal de aumento para enfocar mejor mi figura.

-Leo Ggio Vega. – Respondí yo, con voz calmada y levantando el rostro para que me vieran: - Mis intenciones no son otras que quedarme en la ciudad una noche para salir mañana por la mañana ¿Hay algún inconveniente con eso? – Pregunté al final de mi breve presentación, añadiendo lo último con cierto matiz de evidente burla.

Tardaron unos minutos, no más de cinco, en abrirme las enormes hojas de hierro y madera adornadas con motivos de dragones y argollas de oro puro. El crujido reverberó por las montañas durante unos segundos, pero no tardó mucho en ser acallado por el portazo que siguió mi entrada en la ciudad. Una vez dentro, observé como mi imaginación al ver la ciudad de lejos no me había engañado; en efecto, era una urbe grande, pero no estaba tan repleta como estaba acostumbrado. Sus calles eran estrechas, como las de toda ciudad de los tiempos en los que nos hallábamos, y sus casas altas y de fachada de roca pura, como talladas por la propia mano de la montaña. Nada más entrar fui a parar a lo que parecía ser el distrito comercial de la ciudad, una calle larga y más estrecha que el resto donde la mayoría de la gente, la poca que discurría por la calle a esas horas, iba a pie. En esa barriada las casas eran altas, de al menos cuatro metros cuando menos, y todas tenían en sus puertas carteles colgado a dos, en ocasiones tres metros, de las puertas de madera gruesas. En algunos puntos me tuve que bajar de mi corcel para poder caminar debido a que la calle se estrechaba más por culpa de los tenderetes de armas, joyas e incluso ropa y armaduras, que se disponían en mitad de la calle.

Al final de esa calle podía ver la plaza del pueblo, y es que, era típico que todas las calles de los pueblos estuvieran orientadas hacia la plaza. En esta ocasión, y jugando en contra de la mayoría de arquitecturas del momento, dicha plazoleta carecía de fuente en el centro, y en su lugar crecía un enorme abeto abundantemente decorado con bastones de caramelo rojos y blancos. Muchos niños y niñas pasaban por el árbol y arrancaban uno de esos dulces sin importarles que les vieran, para eso estaban. Fue en ese momento, curiosamente, cuando me fijé en las personas del lugar. Pese al frío, que atravesaba como una cuchilla mi chaqueta de cuero y mi armadura ligera de este mismo material, la gente vestía poco más que unas pieles que, en la mayoría de los casos, dejaban al descubierto el pecho musculoso de los hombres y mostraban amplios escotes en las mujeres, cosa que me hacía sonrojar. Los hombres más viejos llevaban más pieles por encima, mientras que los que apenas superaban la veintena se cubrían únicamente sus partes y un poco los hombros; Querían demostrar que ellos podían superar el frío y no este a ellos. En la parte femenina, las ancianas iban tapadas con trajes enteros de piel que las hacían parecer osas o lobas, en algunos casos tigresas de las nieves, de arrugado rostro pero figura imponente, dado que ninguna parecía bajar del metro ochenta. Las más jóvenes, por el contrario, vestían con pieles de tal forma que sólo parte de sus caderas y sus pechos quedaban cubiertos, y estos no demasiado. Los escotes que veía mientras miraba a uno y otro lado buscando evitar la visión, irónicamente, de los pechos de las mujeres, eran grandes, dejando ver senos redondos y lozanos, pero pálidos al igual que el resto de su piel a causa del escaso sol puro que llegaba hasta allí. Pero sin embargo, pese a estas marcadas diferencias de vestuario, todos tenían algo en común, y se trataba de su fuerza sobrehumana para cargar aquellas espadas y martillos, en algunos casos tanto o más grandes que yo o que ellos mismos, forjadas de pesados metales y cubiertas de runas por todos los lados. Parecían tener, hasta los niños, más fuerza que los temidos orcos de las llanuras.

Una vez llegué a la plaza central, situándome en un ángulo desde el que más o menos todo quedaba al alcance de mi vista, observé el lugar, cuadrado a diferencia de la mayoría de plazas que había visto hasta el momento. Había también bastantes tiendas, aunque muchas menos que en las calles que había dejado atrás, las mismas que ahora estaban a mis espadas, y los carteles sonaban con el viento. No sólo se mostraban las tiendas de armas y armaduras, así como las de pieles y mascotas, por la plaza, sino que también ofrecían sus servicios las tabernas cuyas puertas no dejaban de oscilar de un lado a otro, mostrando que dentro no había más gente que la de la ciudad y algunos mercaderes y comerciantes de varias razas, los cuales destacaban, como yo, por sus ropas. Ahora llegaba el momento de saber qué hacer, y con el paso lento que hasta el momento había llevado en mi caballo me acerqué a la primera posada que había justo enfrente de mí: “El rey tuerto”, intentaría buscar allí cobijo sin tener que pagar, aunque no por ello gratis, me ofrecería para trabajar durante las horas que quedasen de luz, que debían ser todavía unas cuantas, pues todo esto inició de mañana, y así me ganaría la cama y, si el posadero era amable, también una cena caliente. No tenía pensado quedarme ahí mucho tiempo, puesto que mi destino principal, las cumbres de Drakefang, todavía distaba mucho de ese lugar; pero nunca estaba de más lograr la ayuda de alguien para poder obtener algo a cambio de un trabajo, incluso puede que supieran algo de mi auténtica meta, Azazel.
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Mensaje por Invitado el Jue Dic 29, 2011 8:23 pm

Sólo se oía el traqueteo de las ruedas por los alrededores. Habrían podido ser presa fácil de bandidos, de no ser porque no eran un grupo precisamente pequeño y que todo en aquel paraje helado parecía estar medio desierto, a excepción de los escasos animales que encontraron a su paso durante el camino. Eran dos carromatos de madera tirados cada uno por un caballo de crines grisáceas. Ambos carros estaban llenos de mercancía lista para la venta en la ciudad de destino, cuyo nombre pocos de los allí presentes recordaban. Lo único que tenían claro es que no les apetecería volver por allí en una buena temporada. El aire hería gravemente las manos de los conductores, por mucho que las protegieses con gruesos guantes de pieles. Los pocos niños, apenas tres, no se separaban del regazo de sus madres para poder soportar la helada que caía constantemente día sí y día también. Diez personas eran las que, en total, cruzaban aquel paraje. Todos comerciantes, salvo uno de ellos. Precisamente el único que parecía soportar el frío como si formara parte de su ser.

-Estamos llegando –informó un hombre de edad y carnes más que avanzadas-. Pero no tenemos más remedio que acelerar el paso si no queremos lamentarlo.

La persona a la que había hablado, una figura de altura media que iba ataviada con una capa marrón, asintió con la cabeza sin pronunciar palabra. El hombre, por su parte, encogió los hombros y prosiguió ya sin extrañarse de que su extraño acompañante no compartiera sus pensamientos con el resto de ocupantes de la pequeña e improvisada caravana. Por no conocer, no conocían ni el rostro que se escondía bajo la capucha. Pero les había hecho falta sus conocimientos de sanación a lo largo del camino, sobretodo después de que la nieve los sorprendiese. Si bien se habían desviado de la ruta original, que nada tenía que ver con lo que encontraban a su paso –si es que podían decir que encontraban algo más que pinos y montañas cubiertos por el inmaculado manto blanco de la nieve-, al final decidieron proseguir en busca de fortuna. Como suele decirse, la curiosidad mató al gato. Y lo mató de frío y hambre, entre otras cosas. Quizá no literalmente, pero si no paraban aquella noche, sí que caería alguien. Y por desgracia, bien podría tratarse de cualquier de los críos. Azotados por la brisa, finalmente sus ojos mostraron el alivio de ver encontrado su destino; aquellas murallas, cubiertas hasta los topes en algunas partes por la misma nieve que decoraba los árboles y los alrededores del sendero que iban dejando las ruedas de los carros, parecían darles la bienvenida ofreciéndoles el humo de los fuegos que calentaban a visitantes y residente y el vobijo de aquellas murallas tan altar que se asomaban por encima de la roca. Apretaron el paso, pero alguien se detuvo a medio camino de la llegada. El hombre que había hablado antes también lo hizo dirigiéndole una mirada interrogante.

-¿No vienes con nosotros? –preguntó.
-No –respondió, para su sorpresa después de todo el trayecto, una voz de mujer-. Tal vez os vea más adelante. Suerte con las ventas y cuidad esas heridas.

La curiosidad por ver el rostro de aquella curiosa acompañante, ahora que sabía que se trataba de una mujer joven, se apoderó del comerciante. Pero por respeto, decidió dedicarle una sonrisa desdentada y proseguir con su familia manteniendo la incógnita en vilo a modo de agradecimiento. Si ella no había querido revelar su identidad, no lo haría él después de todo lo que había hecho por ellos.

-¡Nos vamos! –proclamó.

Tras ellos, la figura desvió sus pasos hasta que la orilla de las aguas, igual de heladas que aquel paisaje, se hicieron visibles a sus ojos. Apenas alcanzó la orilla, se dejó caer de rodillas y apartó con cuidado la capucha de su cabeza. Talena observó su propio reflejo con una sonrisa de satisfacción. Le había costado, pero su idea de mantenerse oculta de los humanos sin por ello alejarse de los mismos había funcionado. Las botas de cuero que llevaba le dañaron los pies, o aletas más bien, los primeros días. No hacía más que tropezar y caer como si fuera un bebé jugando a aprender a caminar. Pero al final el esfuerzo dio sus frutos y fue capaz de andar con calzado más o menos como lo haría una persona normal. Más o menos… Porque todavía se seguía dando sus buenos golpes gracias a su torpeza.

-Si mi maestra me viera -le dijo a la imagen que las aguas le devolvían; una muchacha de piel azulada, pelo trenzado de tonalidad morada con varias plumas de distintos colores adornándolo y grandes ojos dorados e iguales a los de un gato-, creo que se echaría las manos a la cabeza. Lo que no sé es si me felicitaría o me daría el pésame.

Talena pensó que estar hablando sola consigo misma a través de la superficie del agua era cuanto menos absurdo. Cualquiera que la viera acabaría pensando que estaba como un cencerro. Decidió echar un vistazo a su alrededor. Su vista no era especialmente buena fuera del agua, al igual que el resto de sus sentidos. Pero alcanza a ver, entre los árboles, las murallas de la ciudad. Incluso oía todavía el jaleo que montaban los comerciantes. Volvió a mirar su reflejo con avidez y el corazón, metafóricamente, en un puño. Si se apresuraba todavía podía alcanzarlos y entrar en la ciudad con ellos como si fuera una más, sin dar explicaciones. Si se demoraba, conociéndose como se conocía, acabaría por quedarse en el agua sin siquiera acercarse a las edificaciones por miedo a lo que pudieran decirle. Maldita timidez que la tornaba en cobarde…

-Esto no es lo que quería lady Enarium… -observó volviendo a hablar consigo misma. No, si al final sí que estaría como una cabra.

Se puso en pie, comprobó que tenía las botas bien puestas para no meterse un leñazo y echó a correr como bien pudo. Su gozo en un pozo, porque a los tres pasos trastabilló y cayó de bruces al suelo. Suerte que al menos la nieve amortiguaba la caída. Cuando se puso en pie, casi parecía un colador sacudiendo nieve por todos lados con las manos mientras se esforzaba por mantener la coordinación mente-ojos-pies activa. Uno de los críos debió verla correr tras ellos, puestos que lo vio reírse y menguaron la marcha de uno de los carros. Para cuando logró alcanzarles, Talena ya podía ver perfectamente el camino que serpenteaba hasta la piedra que protegía la ciudad. Sonrió para sí cubriéndose todo lo que pudo con la capa al no saber lo que encontraría dentro. La curiosidad, los nervios y el ansia. Todo se arremolinó como un torbellino en su estómago por la urgencia de ver qué escondía la guardia que tan celosamente custodiaba la entrada armados con ballestas.

-¿Quién va? –preguntaron tal y como era de esperar.
-Somos comerciantes –respondió uno de los susodichos-. Venimos para la compra-venta de vuestro mercado.

Siguieron hablando por más tiempo. Talena arrugó la nariz empezando a preguntarse si la ciudad tendría enemigos peligrosos de los que querer defenderse de aquella forma con uñas y dientes. Claro que ella estaba acostumbrada a las cavilaciones pacíficas –como era la suya, por ejemplo-, así que terminó por considerar que todo aquello era mero protocolo del que no había que preocuparse. Después de que el comerciante hubiera enumerado detalladamente la mercancía que llevaban en los carros –a Talena le pareció oír que, junto con las pieles, llevaban frutos afrodisíacos, lo cual le hizo entender muchas cosas que había oído en las noches de “reposo”-, uno de los guardias se perdió en su torreta y el silencio se adueñó del lugar, salvo por el murmullo que oía tras las grandes puertas que los centinelas custodiaban. Los minutos pasaron lentos para la merrow, que esperaba impaciente a poder entrar. En un momento dado, Talena giró la cabeza hacia el inicio del camino monte abajo. Le pareció ver a un joven que montaba sobre un caballo negro, pero a esa distancia y con los nervios reconcomiéndola no podía asegurarlo. Por fin, el sonido de los resortes crujiendo para abrir las puertas la devolvió a su propio presente.

Dentro, Talena se sintió mareada y sobrecogida. Las casas se le antojaron extravagantes solo por su altura y el jaleo del mercado terminó de aturdir sus sentidos hasta que precisó de agarrarse de uno de los carros para no caer al suelo y acabar aplastada por los transeúntes. Cuando vio que la calle se volvía más estrecha conforme avanzaban, dejó ir un gruñido de inconformidad y se soltó de la madera para hacerse a un lado y apoyarse en la pared de una de las fachadas. Ya a solas, y lamentándose por no haberse despedido de los comerciantes como los dioses mandan, examinó con minuciosidad a las gentes, los edificios, los objetos. Una punzada de nostalgia llenó su interior cuando descubrió la forma de vestir de las mujeres, cuyas pieles apenas tapaban lo necesario de sus partes más intimas y abrigaban sus pies y a veces sus brazos. Vestían de forma similar a como lo haría ella de estar aún con Lady Enarium en tierras élficas. Una sonrisa escapó de sus labios e incluso se sintió tentada de despojarse de la capa para ir más cómoda. Pero prefería seguir observando sus costumbres antes de tomar semejante decisión, no fuera a ser que estos también tuvieran prejuicios por ella por el simple hecho de ser, como decían, “medio pescado”. No supo cuánto tiempo se demoró allí, parada con la espalda pegada a la pared de aquella casa de piedra, pero no debió ser poco teniendo en cuenta que cuando quiso andar, tenía la capa ligeramente pegada a la piel por el aceite que segregaba de vez en cuando para no deshidratarse. Cabeceó molesta por ella y echó a andar calle arriba siguiendo la misma dirección que unos niños que iban y venían con dulces en las manos. Pronto la luz la recibió haciendo que necesitase entrecerrar ligeramente los ojos para descubrir, en el centro de una plaza cuadrada, un abeto decorado con las golosinas que los críos cogían a placer. Talena se imaginó a sí misma haciendo lo mismo y sonrió mientras caminaba de un lado a otro. Había posadas de sobra para escoger una y pasar la noche, aunque a Talena no le hacían mucha gracia. Con la excusa de retrasar el momento de escoger una, al final terminó por asomar el pescuezo a un puesto de remedios curativos que una anciana de aspecto solemne y autoritario tenía montado en aquella misma plaza. A medida que se fue acercando a ella, la muchacha se sintió intimidada por la altura de la mujer. Debía haber sido tremenda cuando tenía su edad. Tan sobrecogida estaba, que solamente fue capaz de murmurar un “hola” con su voz siseante y la cabeza gacha, fingiendo que lo último era para poder ver mejor lo que aquella anciana exponía en su carro.
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Mensaje por Farqual el Vie Dic 30, 2011 4:15 pm

-Argh… uff… brrgg…me cago en…la madre que lo… La tempestad seguía en aumento, apenas se podía caminar correctamente y la nieve ya superaba el nivel del tobillo. Ghorest caminaba al lado mía entorpeciéndose con el espesor de la nieve que incluso ya le camuflaba por el blanco de su piel. Hacía muchísimo frío, nada que ver con el pueblo de Narah donde la sabía de los árboles calentaba los parajes y nos hacía sentir cómodos.

-Ah Narah… Como añoraba mi tierra, desde siempre, pero era tontería lamentarse. Jamás volvería a verla, estaba destruida.
Una ráfaga de viento volvió a soplar devolviéndome a la vida real, alejándome de mis pensamientos y trayéndome de vuelta a aquel páramo helado del que no veía aún posibilidad de salir. Fijándome en el paisaje veía ante todo encinas y pinos (también helados por supuesto), y grandes montañas a mi vera cubiertas de nieve. El resto no llegaba a describirlo debido a que una tupida niebla comenzaba a levantarse ante nuestros ojos envolviéndonos en entre las sombras.

El cómo había llegado hasta este lugar era evidente. Hace unos días había estado atareado con una misión interesante en la cual había tenido grandes aventuras, en el castillo de la espesura. Los príncipes merrows y sus dificultades con los humanos. Tras acabar con su conflicto decidí partir a las montañas… Qué pena que no pudiese prever el tiempo que se avecinaría. Pero bueno a lo hecho pecho.

Seguía caminando hacia un lugar donde había un gran número de árboles junto a mi felino, para protegerme un poco más de las ventiscas, necesitábamos refugio si no queríamos morir helados de frío en la montaña.
Comenzamos a descender por la pendiente y notábamos que la neblina y el mal tiempo desaparecían.
-Arrrrrrrrrrrg!!!!!!! Se escuchó un rugido por todo el lugar que seguramente hasta en el propio infierno se escucharía…
-Madre de Dios Ghorest, ¿has oído eso? El felino me miro un poco aterrorizado y seguidamente los dos nos pusimos a mirar a lo alto de la montaña, sin alcanzar a ver la cima, porque era de dónde provenía el rugido.
-No sé que habrá podido ser pero, debemos apresurarnos en encontrar algún poblado. Creo que ya basta por hoy de aventuras, no me gustaría encontrarme al yetí de las nieves. Dije a mi mascota para pegarle un susto, y éste se enfadó reprochándome con un rugido. Tras un momento de risas continuamos nuestra marcha dirección hacia debajo de la colina. Por el camino veía mucha menos densidad de nieve acumulado, pero se agradecía no estar donde hacía un momento. Un poco más abajo encontramos un pozo y éste sellado con unas rejas metálicas. No me lo pensé un instante al ver tan desolado lugar…
-Vamos a intentar resguarnecernos aquí Ghorest, dije al pequeño animal. Igual con un poco de suerte hasta podemos descansar.

Saqué las dagas y comencé una operación arriesgada. Abrir una verja. Interesante.

Forcé, forcé, corté un poco, a la derecha, izquierda… crss… Se abrió la verja y seguidamente tras un suspiro de triunfo nos colamos dentro y comenzamos a descender. Al llegar abajo había agua encharcada, daba un poco de grima pero podíamos seguir. Había un túnel de piedra que llevaba a una total oscuridad. Como sabíamos Ghorest brillaba un poco en la noche y en ese momento me serviría perfectamente para guiarnos.

Continuamos por el túnel hasta una bifurcación del camino. Por uno de ellos corría mucho más aire que el otro, así que me propuse ir por ese. Caminando, caminando, llegamos a una escalera (si se le podía llamar escalera) bastante oxidada, pero que podíamos intentar subir. Arriba del todo se veía la luz y se escuchaba ajetreo de gente. Civilización, gentío, personas… refugio. Comencé a escalar con Ghorest sobre mí. Cuando llegamos arriba me coloqué mi capucha para cubrirme un poco, dejé a Ghorest en el suelo y complacido observé que estábamos en la salido de un pozo del centro de la plaza de un poblado que no sabía ni cómo se llamaba, ni si podía estar ahí. La gente no se fijó mucho en mí, pero yo si me fijé en todo lo que pude.

Las casas estaban hechas de piedra y con cañas algunas. La gente del lugar tenía tenderetes en la plaza central y cada uno iba a su bola, vendiendo y comprando lo que necesitaban. Reían, hablaban, parecía una gente feliz y llamaba mucho la atención sus atuendos. Para el frío que hacía ir de esa forma los hombres y aún peor las mujeres me ponía los pelos de punta pero al mismo tiempo me hacía sentir distinto.

Deposité mí mirada a mí alrededor y en un tenderete vi a una anciana y una chica también tapadita, con sus túnicas o ropajes raros que llevaba puestos. Me acerqué para preguntar a ver si podían darme algo de información del lugar para tiempo familiarizarme con el entorno.

-Gmmrr… tosí. ¿Perdonen puede decirme que es este poblado por favor? Acabo de llegar y ando un poco perdido… Dije con Ghorest al lado mío partiendo la conversación que traían la figura tapada y la anciana del tenderete.

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Mensaje por Doctor Ivo Robotnik el Sáb Dic 31, 2011 1:22 am

Se dice que cualquier mundo comienza con un simple grano de arena
¿Mas que sucede cuando aquel grano es de metal y su creador solo anhela este?
Son muchas las historias que se cuentan, son más las fantasías que se creen
Pero el verdadero metal no está en aquellas burdas espadas o herramientas de guerra
Si no donde el metal fluye como sangre y donde este puede crear vida
Mas allá de las montañas nevadas, mas allá de los desiertos de muerte
Donde el aire esta enrarecido y el sol se ocultan tras las nubes de humo.

Christian Chacana 30 de diciembre de 2011

La nieve caía, como un manto puro y blanco que cubría todo, el caballo relinchaba cada cierto momentos, mientras sus cascos se hundían en la fría nieve, era un hecho, no era la mejor época, ni tampoco había sido bueno salir solamente con el carromato y no con aquella máquina de guerra que el había sido de tanta utilidad en el desierto, mas el frio podía dañar sus mecanismos y para repararlo demoraría, tiempo que no tenia si quería avanzar antes de que el paso helado se cerrara por la nieve y tuviera que esperar todo el invierno para llegar a esa ciudad, el caballo se quejaba por ese trato, no solo debía de tirar aquel pesado armatoste, un carromato casi hecho en su totalidad de metal, sino también el peso de ese hombre de amplio mostacho, no se podía negar que había nacido para ser un corcel de tiro, un trabajo que necesitaba de su esfuerzo, pero aquello solamente era el abuso de su integridad y especialmente de su vida, pero no importaba cuando relinchará o se quejara, el hombre que vestía de rojo no dejaba tiempo de descanso, así siguió su camino, mientras el carromato avanzaba entre la nieve y el hielo, tras varios días de viaje por fin encontraron más vida que algunos conejos o zorros plateados, mercaderes que abrigados como si fueran osos dejaban solo visibles sus ojos, el inventor sonreía ampliamente mientras a la par de los comerciantes viajaba, en más de una ocasión le advirtieron del estado del caballo, pero el inventor no podía hacer nada, si se detenían lo más seguro es que no podrían volver atrás, dos días más y por fin llegaron a la ciudad, era verdad … más que ciudad parecía un bastión, mientras la amplia montaña cortaba el paso hacia un lado y el camino serpenteaba como una enorme serpiente marina, el caballo relincho cuando el armatoste se detuvo, en el interior del carromato la salamandra ardía lentamente, calentando el lugar, no deseaba el inventor que algunos de sus químicos se enfriaran demasiado o que otros reaccionaran antes.

Lentamente el inventor levanto su mirada, ahí frente a él una ballesta le apuntaba a la cabeza, pronto otra más hacia lo mismo que su hermana por otro flanco, la pregunta surgió de pronto, como interrogando a aquel hombre, que si lo deseaba podía convertir aquel pequeño bastión/ciudad en meras cenizas, un poco de explosivos, alguna bomba y la montaña caería en sus cabezas, pero en vez de aquella matanza simplemente sonrió mirando de reojo al hombre, tras aquellas oscuras gafas que cubrían en su totalidad sus ojos.

-Un simple inventor que está de paso joven *sin dejar de sonreír* mas como ve también soy mercader y quizás mis creaciones podrían ayudar a la defensa de esta ciudad… *mirando la ballesta* es mas… incluso puedo decirle que su ballesta esta desviada, sus virotes se inclinan hacia la derecha y la cuerda muchas veces se rompe por este gélido frio… por lo cual deben de gastar varias al mes para mantenerlas intactas…-

La observación del inventor, contra todo pronóstico era acertada y después de que los guardias discutieran si ese hombre podía entrar las puertas se abrieron, con un sonoro crujido de la madera azotada por la nieve y el frio, el carromato volvió a entrar en movimiento, la ciudad estaba atestada de mercaderes y algunos no tanto, ya que podía verse algunos movimientos en los callejones oscuros, mas el inventor siguió con su viaje y no muy lejos el caballo se detuvo, cerca de una posada, “El rey tuerto” mas antes de poder hacer algo el carromato se estremeció, el caballo dio un relincho agudo y se desplomo en el suelo, sus ojos abiertos y su respiración cesaba y su cuerpo comenzaba perder calor, era un hecho el caballo había muerto, quizás para fortuna de él, ya que no tendría que sufrir nuevamente tirando aquel armatoste, el inventor negó suavemente, un muchacho había salido de la posada y con un movimiento y un par de palabras le pidió que hiciera algo con el cadáver, ya que de cualquier manera el caballo terminaría en el plato de alguien, unos pesados troncos fueron colocados bajo el carromato, mientras el inventor entraba a este y sacaba algunas monedas, entrando a la taberna con una amplia sonrisa y acariciándose el mostacho.


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El reino de los Narakas.  Empty Re: El reino de los Narakas.

Mensaje por Kinshu el Dom Ene 01, 2012 11:23 pm

Cuatro dias de paso firme pesaban en mis rodillas. Me dirigía hacia, sinceramente no lo sé, pero sabía que había alguna ciudad pues en la nieve se distinguían sellos de ruedas de varios carros. Al mirar al horizonte, nada eso era exactamente lo que veía, colinas blancas, picos helados, nada.
Curiosamente, en esas lejanas tierras, a las que me dirigía en busca de pruebas sobre la muerte de mi padre, hacía más frio que en mi tierra. Ese olor a nieve, húmedo y acogedor, me hacía pensar en mi aldea, en mi padre y eso me enfurecía tanto como el hecho de que mi petaca estuviese vacía desde hace varias horas.
No notaba mis pies, mis barbas estaban congeladas, tenía la sospecha de que al palparme las orejas pudiesen despedazarse. Mis piernas perdían su fuerza ante la poderío de la incansable nieve que no paraba de caer, además el hacha pesaba cada vez más, pero aun así mantuve un paso constante.
Comenzó a anochecer y tuve que acrecentar el paso, algo que me irritaba considerablemente. Tras horas caminando pude ver asomar al horizonte una torre. Había llegado a mi destino.
Llegué a las grandes puertas de una ciudad cuyo nombre desconocía, grité:

-¡Abrid las puertas!-

Un hombre armado se mostró, me apuntó con su ballesta y exclamó:

-Identifícate-

-Mi nombre es KinShu, solo vengo para abastecerme y pasar la noche. ¡Y ahora, por el amor de dios, abra las malditas puertas!-

El guardia se marchó y varios minutos después las enormes puertas se abrieron tras un enorme estruendo. Pase sin pensármelo dos veces y busqué una taberna para refrescar mi irritado gaznate.
Me llamó mucho la atención ese pueblo, las vestiduras de los provincianos, sobretodo sus exuberantes mujeres, ¡iban prácticamente desnudas! Además sus niños no estaban bien educados, corrían de un lado a otro con dulces en las manos, ¡qué barbaridad! Las casas eran impresionantemente altas, algo que me parece innecesario, ¿por qué querer estar tan cerca del cielo teniendo el suelo a nuestra disposición? Tanta altura me descolocaba. Esperaba que hiciesen una buena cerveza, porqué si me equivocaba no volvería allí ni muerto.
Eché un vistazo a los puestos de armas, intenso fue mi asombro cuando vi unas armaduras impecables con el sello de mi familia.

-¿Forjó usted estos petos?-

-Sí señor, con mi puño, forja y martillo.- Exclamó orgullosamente.

Y así como terminó la frase salté sobre el abatiéndolo y vociferando:

-¡Con la forja de mi familia, bastardo! ¡Ese sello me pertenece! ¿De donde las cogiste, son robadas?

-¡No! No señor, cierto que no las forjé, pero no son rabadas, no soy un ladrón, las compre al ejercito de Erenmios, las habían desechado.

-¿Eso que dices es cierto?-

-¡Claro lo juro por mi madre!

Solté al hombre, di media vuelta y me marché.

-Vuelva pronto- Indicó el mercader con cierto tono irónico.

Intentando olvidar lo sucedido decidí ir a una taberna para aclarar mis pensamientos con una cerveza. Tras una excesiva búsqueda encontré una taberna…aceptable a mi parecer, “el rey tuerto”, entré erguido y con firmeza observándola íntegramente.


Ficha de KinShu
El reino de los Narakas.  Firmasubida

Spoiler:
El Mundo le engaña, la Vida le miente, la Fortuna le
burla, la Salud le falta, la Edad le pasa, el Mal le da
priesa, el Bien se le ausenta, los Años huyen, los
Contentos no llegan, el Tiempo vuela, la Vida se acaba, la
Muerte le coge, la Sepultura le traga, la Tierra le cubre,
la Pudrición le deshace, el Olvido le aniquila.
BALTASAR GRACIAN, El criticón

Invitado si eres una amenaza para mi, ¡tu cabeza saldrá rodando!
Kinshu
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Mensaje por Sharysse el Dom Ene 15, 2012 11:03 am

El viento se había tornado más violento desde hacía casi una hora. Hasta ese momento podía volar con relativa facilidad, aunque las ráfagas de aire me hacía difícil ir en línea recta en muchas ocasiones. Ya hacía al menos tres horas que había abandonado la última ciudad que escogí para descansar unos días. Aunque dormir unas horas tras un largo vuelo eran suficientes para volver a retomar mi camino, me gustaba detenerme en las ciudades durante algunos dias para poder visitarlas. Nunca se sabe qué puedes encontrarte en un lugar nuevo, quizá haya algo de interés, y con frecuencia así era. Esta ultima vez, encontré una especie de mercado, distinto a los demás.

Los mercados “normales”, eran aquellos que vendían frutas, verduras, carnes, telas...en definitiva, aquellos que todas las ciudades tenían. Pero éste último era diferente. Los mercaderes decían venir de tierras muy lejanas, y algunas inhóspitas y desconocidas, de donde traían mercancías nunca vistas antes. Habría quien los creyese y quien no, no voy a entrar en un debate de si yo me tragaba cuanto decían, pero sí que disfruté cual niña pequeña al ver las mercancías que vendían.
Me llamaron especial atención las joyas, que si bien no parecían de muy alta calidad, sí que tenían un elaborado diseño que nunca antes había visto. No compré nada, no podía permitirme gastar lo que mi madre me había dado en ese tipo de cosas. Desde luego, ya había gastado una pequeña parte de esas monedas y como continuase por ese camino, acabaría teniendo que trabajar para ganar algo más.
No había contado con que las posadas y las comidas fuesen tan caras fuera de mi ciudad natal. Pero así era, y no podía hacer otra cosa. O bien gastaba lo que tenía o tendría que dormir a la intemperie y cazar para comer. Podría hacerlo, por supuesto. Pero, para qué negarlo, era mucho más cómodo que lo preparasen todo para mí. Llamadme derrochadora o lo que queráis, pero cuando viajas con la filosofía de que son unas vacaciones, hacer algo por tu cuenta para ahorrar monedas te cuesta la misma vida.

Me veía obligada a volar cada vez más bajo, el viento helado me dificultaba el vuelo y me encontraba cada vez más cansada. Además, estaba el hecho de que hacía un frío terrible. Llevaba un morral con algo de ropa, pero nada que pudiese servirme para abrigarme, no había caído en eso, sólo llevaba un par de vestidos cómodos y livianos para el vuelo, de tela muy fina. En cuanto entrase en otra ciudad tendría que comprar algo de abrigo. Podría seguir volando hasta salir de aquella zona nevada, pero estaba tan cansada por lo dificultoso del vuelo que no tendría más remedio que pernoctar en la ciudad más próxima.

Al final, descendí hasta el suelo y plegué mis alas intentando cubrirme con ellas para paliar el frío. Continué a pié, siguiendo un camino que parecía ascender hasta una montaña, no muy alta, pero una montaña al fin y al cabo. A los lados del camino, todo era blanco, quizá había nevado hacía poco, o quizá simplemente la nieve no se había derretido aún.
Al final del camino, enmarcada por unas murallas de gruesa roca gris entremezclada con el blanco de la nieve , se alzaba una ciudad próxima. A pesar de que la hora era temprana, no se veía mucho movimiento en el camino despejado de nieve, y era extraño, si no había nieve en él querría decir que la gente entraba y salía de la ciudad, pero no parecía ser así.
Aceleré un poco más el paso hasta llegar a las puertas, cerradas, de la ciudad. No parecía haber nadie, aunque sí oí algunos chasquidos, quizá de armas preparándose. El corazón se me disparó por el temor a que me atacasen sin siquiera preguntar. Yo no tenía intención de atacar nada, pero eso ellos no lo sabían, sólo quería descansar un poco. Si tuviese que seguir mi camino y buscar otra ciudad quizá...quizá no llegase viva a esa otra ciudad.

-¿Quién va? - Oí la voz como lejana, amortiguada por la roca que formaba el muro.

-Me...me llamo Sharysse. Só...sólo quiero descansar un poco, estoy helada y necesito cobijo, sólo por hoy...só...sólo por esta noche. - Respondí tartamudeando, uniendo el temor con el intenso frío que me cortaba la piel. Sentía mi nariz, orejas, labios y pómulos casi adormecidos ya, y seguramente estarían rojos como un tomate. Comenzaba a dolerme cada articulación de mi cuerpo, el frío casi era palpable, incluso cuando respiraba el vaho que salía de mis labios con mi aliento parecía tan espeso como lo era la nieve que se extendía a ambos lados del camino.

No hubo más palabras, no oí nada más. Al cabo de unos minutos las grandes puertas que se alzaban ante mí se abrieron comenzando con un chasquido, los cerrojos descorriéndose, y después un chirrido largo mientras las puertas se abrían. No llegaron a abrirse del todo, dejaron una abertura lo suficientemente grande como para que yo pasase y una vez entré oí de nuevo el chirrido al cerrarse y el chasquido al correr de nuevo los cerrojos.
Me detuve durante un momento para observar la ciudad desde las puertas, ante mí se extendían calles estrechas y casas altas y blancas, tanto por la nieve como por el mismo color de las paredes de las casas. Parecía una ciudad muy amplia y, ahora sí, se veía la vida de la ciudad. Gente que iba y venía con prisas, mercaderes, compradores, todo lo que podía verse en cualquier ciudad.
Avancé por la estrecha calle, atestadas de mercaderes, compradores y tenderetes que hacían la calle más estrecha aún, hasta alcanzar una plaza a la cual parecían desembocar todas las calles. Lo primero era entrar en calor ante el calor de una hoguera, en alguna posada, y después....tendría que recordar salir a buscar algo de abrigo, no podía seguir viajando por aquella zona helada sin más abrigo que mis alas...a veces, ya que éstas también se resentían con el frío.

Una vez en la plaza, no tardé mucho en ver una posada, cualquiera me servia y aquella que parecía llamarse “El rey tuerto”, era tan válida como cualquier otra. Con paso acelerado me acerqué hasta sus puertas, las cuales empujé mientras temblaba y tiritaba, oyendo mis propios dientes castañear a causa del frío que parecía, a esas alturas, que me había lacerado la piel de tal manera que era un milagro que no sangrase. Me dolía la piel como si miles de agujas la atravesasen.
Me acerqué a la barra de madera, descolorida por el paso del tiempo y por todo aquello que la había manchado ya y pedí, aún tartamudeando, cualquier líquido que pudiese beber caliente, además de una habitación, tras lo que me acerqué a la gran chimenea al fondo de la estancia y me senté en un pequeño banco de madera, un poco cojo, mientras bebía una especie de caldo que me dejó un ligero gusto amargo en la boca. Desplegué mis alas para liberarlas de la nieve que le había caído y para desentumecerlas mientras intentaba entrar en calor con el fuego y el caldo.
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