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Caminante del tiempo: El comienzo

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Caminante del tiempo: El comienzo

Mensaje por Invitado el Lun Feb 06, 2012 7:11 pm

La habitación estaba sumida en un profundo silencio, muy parecido al que se guarda en los lugares sagrados, donde se dice que descansan los dioses. Un ventanal era suficiente para iluminarla por completo, y aunque ahora las cortinas estaban arrimadas, la oscuridad no era total. Si alguien hubiese estado allí, habría podido vislumbrar bandejas, joyas y otros adornos reposando sobre finos muebles tallados por manos expertas. No era la habitación de un ciudadano más. Pertenecía a la única hija del General Majere, uno de los hombres más allegados al Rey, y uno de los más cruentos de todo Malik-Thalish. Por supuesto, ese no era un tema que incumbiera a Veronika, quien apenas veía a su progenitor o sabía a qué se dedicaba.
Para la crianza de la niña, el general optó por emplear algunas mujeres a quienes les permitía vivir en su opulenta residencia, con la condición de que se dedicaran enteramente a la pequeña Veronika. Esto significaba que por darse una vida de lujos, ellas renunciarían a cuestiones mundanas como lo son enamorarse o tener sus propios hijos. Tal vez Algunos no lo consideran un trato justo, pero lo cierto es que en la ciudad negra siempre hay damas dispuestas a vender su libertad por joyas y prendas de seda.

La puerta de madera era tan alta que le sacaba al menos tres cabezas a lady Meredith, y tan ancha que podrían pasar cuatro mujeres más con su estilizada figura sin chocar los hombros. La nana la abrió con facilidad, y acompañada de su altivez natural recorrió la distancia que la separaba del ventanal.

— Señorita Veronika, ya es hora.

Veronika Majere se despertó alarmada, algo estaba saliendo mal aunque como es normal, en los primeros segundos no pudo identificar su malestar. Se incorporó recordando la noche anterior, y zarandeó a la niña que yacía a su lado. Sara era su compañera de juegos, una niña de cabellos rizados tan rojizos como los de ella, pero su rostro –especialmente las mejillas y la nariz-, a diferencia del de Veronika, estaba surcado por pecas. A veces, cuando los guardias no vigilaban la puerta, Veronika le pedía a Sara que durmiese con ella. Esto le traía problemas con Meredith, quien sostenía que el general Majere se enojaría muchísimo si se enterara. A veces, la niña lo hacía solo para ver si su padre se interesaba realmente en ella, pues sentía que el general no sentía nada por ella.
Cuando Sara despertó, lady Meredith se estaba acercando por el lado derecho de la cama. Ahora a través del dosel se filtraba un poco de luz matinal. La mujer ya había abierto la ventana. A Veronika le resultó gracioso ver a su amiga asustada, pero le señaló la cortina del dosel y luego la cama indicándole cómo esconderse. Acto seguido se asomó por donde sabía que su nana se acercaba.

— Buenos días Meredith— gritó jocosa.
— Buenos días— contestó sorprendida, pues solo veía la cabeza y la insólita cabellera de la niña. Cuando se recuperó del susto recobró su expresión habitual, una especie de calidez elaborada— ¿habéis dormido bien?
— Oh sí. ¡Hoy es el gran día Meredith! Hoy viajaremos con mi padre— comentó ocultando la huida de su amiga. La nana, avezada en las travesuras de Veronika rodeaba la cama con su mirada, buscando la puerta para comprobar que todo iba bien. — ¿Buscas a alguien?

La mujer se acercó a la cama ignorando la pregunta de la niña. Conocía ese tono. Abrió el dosel de par en par, como antes había hecho con la puerta y solo encontró las sabanas vacías y los colchones como ella misma los había dejado la noche anterior. Sara ya se había metido debajo de la cama, como lo habían planeado. Veronika saltó de la cama con una enorme sonrisa en su rostro, dejando a una dudosa Meredith con su trabajo de exploración. Hubiese jurado que la niña ocultaba algo. — Hoy nada puede salir mal— sentenció a modo de respuesta.
El sol apenas despuntaba en el horizonte. En un día normal, Veronika hubiera estado durmiendo, no obstante ese día no tenía nada normal. La niña lo había esperado durante cuatro semanas, pues su propio padre se había echo presente en la clase de baile de la niña para invitarla a acompañarlo. Era la primera vez padre e hija compartirían el día, incluso viajarían en la misma carreta. No, nada puede salir mal, pensó la niña en silencio observando el mar desde su ventana. Meredith caminó hacia la puerta y buscó afuera, no obstante en el pasillo solo estaban las doncellas que había traído consigo.

— ¿Y bien?— preguntó la niña, fingiéndose ofendida por la desconfianza.
— Solo me aseguraba de que nadie hubiese entrado mientras dormíais— se explicó. Ninguna de las dos creía que esa fuese la verdad. — Adelante.

A Veronika le resultó gracioso, y mientras las doncellas entraban para vestir y peinar a la niña, esta aprovechó para dar lugar a su picardía habitual.

— Espero ansiosa el día que encuentres un asesino en mi cama así le das su merecido Meredith.
— No sé si encontraré un asesino pero estoy segura que uno de estos días al entrar encontraré una niña que no debe estar aquí, y creedme que le daré su merecido.
La hija del general dio media vuelta, esta vez ofendida de verdad: — Sara es mi amiga— le dijo, si bien ya sabía que era inútil discutir con su nana. Ella no entendía de amistades.
— Es vuestra compañera de juegos y el general no quiere que duerma aquí.
— ¿El general? Si mi padre ni siquiera sabe que existo Meredith— contestó enojada. — Salvo que alguien le contara.
— El general se preocupa por vos, quiere saber todo, con quién habláis, cuándo lo hacéis, si dormís y yo solo puedo cumplir con sus órdenes señorita.

Hasta que salieron de la habitación, Veronika y Meredith no volvieron a cruzar palabra, aunque la nana lo intentó algunas veces. Veronika era una niña muy difícil de llevar, terca como solo ella podía serlo, todos en la casa lo sabían. Sin embargo también sabían que la niña tenía un buen corazón, es por eso que trataba a su compañera de juegos como una amiga, y que nunca se quejaba de las comidas aún si no estaban ricas. La niña tenía el carácter de su madre, y era un faro de esperanza en esa casa donde también vivía el General Majere. Representaba rebeldía salvaje y pura.
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