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Las Islas Malditas

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Las Islas Malditas

Mensaje por Franz Krieger el Dom Mayo 06, 2012 12:51 am

LAS ISLAS MALDITAS

Primer Acto: ¡Piratas!

Bien era sabido lo exóticas y implacables que eran algunas islas desconocidas, muchas de esas vírgenes, otras habían eran indómitas, imposibles de colonizar, ¿Por quienes? por la inquisición, la nueva inquisición mejor dicho. Esta "nueva" organización a diferencia de su antecesora, no sólo consistía en la caza indiscriminada de brujos y otras criaturas no-humanas. Humanos de todos las partes de Noreth, miembros de comunidades en guerra, nobles, mendigos o incluso héroes, cualquiera podía ser miembro de la Nueva Inquisición, aunque todos ellos habían jurado lealtad a su simple objetivo: Servir como férreros miembros de la vanguardia humana en aquellas tierras vírgenes, nuevas para cualquiera excepto para sus nativos, tanto humanoides como no.
Esta Nueva Inquisición contaba con armamento moderno, con buenos guerreros y informantes, y estos últimos habían brindado una jugosa noticia que sin duda, podía cambiar el transcurso de la colonización de las islas primigenias, el nuevo mundo, llámemosle así.

La máscara de Randuin, según un miembro de la inquisición que se aventuró junto a una expedición llena de buenos soldados en la Isla de Caldera, esta isla pertenecía al conjunto que se denominaba: Islas prohibidas, debido a que ningún navío de la Inquisición podían cruzar los controles y los muchos barcos piratas que por esas aguas rondaban, aquella expedición fue la excepción y acabó con un único superviviente que poco después de relatar toda su epopeya por las islas prohibidas, murió.
Pero aquella máscara, según palabras textuales del expedicionario; "Era un artefacto cuya simple presencia era capaz de cambiar a los hombres más decididos, con el poder suficiente como para destrozar ejércitos enteros sin siquiera mover un dedo, para dominarlos a todos... para acabar con Noreth."
A los altos mandos de la Nueva Inquisición le sonaron bastante jugosas aquellas palabras, aunque esa máscara sólo tuviera la mitad del poder que decía aquel moribundo hombre, les vendría bastante bien para terminar de colonizar el nuevo mundo y luego, acabar de una manera eficaz y rápida con todos aquellos en contra de su misión.

Obtener ese misterioso artefacto sería una ardua tarea, conocían su paradero a groso modo pero les faltaba una tripulación capaz, y un método para llegar hasta él de una manera eficaz. Por que debían hacerse con aquella máscara, costase lo que costase, cuantas vidas se llevase, mientras sean mercenarios no pasará nada. En verdad, aceptarían a cualquiera capaz de empuñar un arma o aquel que no rechiste o con lealtad dudosa.
Bien, esto último era algo imposible de pedir, aquellos leales no trabajaban como mercenarios, el propio nombre lo indicaba, trabajar para el mejor postor. Pero la idea era sencilla, encargar a unos cuantos hombres y mujeres que se embarcasen en una aventura peligrosa, llena de piratas, artefactos misteriosos, junglas, aguas turbulentas y demás cosas, y que luego volviesen por el mismo camino.
Pero les pagarían bien.

Poco tardaron en poner en marcha el curioso engranaje que tenían entre manos, ordenaron la copia y distribución de cientos de panfletos con el siguiente texto: "La Nueva Inquisición requiere de hombres o mujeres capaces de luchar por un próposito. Leales al dinero, fama, gloria u honor. Todos aquellos que no teman a las aventuras, ¡Noreth os necesita! Por el motivo que sea, antes del alba del tercer día un barco pirata llamado "La Mujer Barbuda" estará esperando a todos vosotros, más información sobre la recompensa y la misión en sí en cubierta. Era un sugerente texto que más bien poco reflejaba la realidad de la misión suicida y la Inquisición como tal, racista con todos aquellos no-humanos, de todos modos la Nueva Inquisición haría una excepción no demasiado elevada con sus mercenarios. Aunque no habría ningún inquisidor a bordo, una vez zarpasen a la mar, sólo podían confiar que los piratas y los mercenarios fuesen fieles al dinero que les habían dado y que les tendrían que dar, por que o si no, Matre sabía en quién podía acabar la máscara de Randuin.

Puerto de Phonterek, día de zarpamiento.

En el puerto yacía amarrada La Mujer Barbuda, con su capitán en cubierta, apoyado en el timón y con la mirada clavada en tierra firme, donde todos sus marineros descansaban y cogían fuerzas. Algunos mercenarios enviados por la Nueva Inquisición ya habían llegado antes de aquel día, y les había obligado a esperar en tabernas cercanas o tirados en la misma calle. Hasta que no zarpasen nadie dormía abordo de su navío, simples reglas morales de pirata.
Aunque ya no eran piratas, eran bucaneros contratados por aquellos que hasta hace bien poco les habían dado caza con sus galeones en alta mar, ahora eran un barco más de su flota, y tampoco podía negarse a hacerlo, si lo hacía muy seguramente él moriría, al igual que toda su tripulación y La Mujer Barbuda se hundiría en las costas de Phonterek, o cosas peores, como ser usada como nuevo barco en la flota de aquellos perros racistas.
En cualquier caso, era mucho mejor aceptar el dinero y el sustento que les daban, con todo el oro que les habían prometido ninguno de sus hombres y mucho menos él, el capitán Flint Barbalarga, volverían a vivir mal, en todo cuando volviesen serían reyes.
Pero como buen pirata que era, no se fiaba. Y tanto a él como a los caza-recompensas que iban llegando seguramente los matasen o algo peor cuando cruzasen la frontera con las Islas Prohibidas en su retorno.

Pero él ya tenía todo planeado...

A eso de las doce de la mañana, decidió dejar pasar a todos a cubierta, contanto los tripulantes originales del navío y los nuevos, la cubierta se veía más que llena, algo así como saturada. No sabía si su barco podía albergar a tantas personas a la vez, aunque por el dinero que le iban a dar, podía aceptarlo por esa vez. Su tripulación contaba con quince hombres, y había una veintena de mercenarios extras. La verdad es que contaba con menos, aunque había sido previsor y había preparado hasta treinta camastros de paja provisionales en la bódega, donde dormirían todos. En su mayoría, eran todos hombres recios con aspecto de guerreros veteranos, encurtidos en armaduras de mil colores, había alguna mujer de aspecto frágil y los más curiosos y variopintos eran un elfo, el único no-humano en el barco, y un crío que dios sabe como le habían dejado pasar. Pero eso ahora daba igual, raza, condición o sexo. Ahora eran hermanos piratas, sin juramento o con él, ya no había vuelta atrás.

Después de dejarles un par de minutos de libre albedrío, el capitán desenfundó una de mecha pistola y disparó al aire, provocando un gran estruendo y humareda de pólvora, silenciando todas las voces. Acto seguido ordenó a un par de sus hombres que alzaran las anclas. El barco empezó a moverse lentamente cuando otro par de hombres soltaron la vela y esta, empezó a funcionar a máxima potencia.
En pocos minutos ya dejaban atrás Phonterek y su cálida costa, algunos ya deseaban volver atrás.

- A partir de este momento sois piratas. - Espetó Flint Barbalarga, tan dulce como él sabía hacerlo, les dedicó a todos su más ácida sonrisa, desde el timonel, donde sólo podía llegarse a través de unas escaleras cerradas. Will, un tripulante del navío como cualquiera de todos los que había abordo, subió al mástil y hizo de vigía. Todos los demás, poco tardían en recibir sus trabajos durante lo que quedaba de viaje, y se podía asegurar, sería un viaje muy largo...


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Re: Las Islas Malditas

Mensaje por Khan el Dom Mayo 06, 2012 11:39 pm

Y aquella noche se hizo eterna. Bajo aquel puente, junto a sus compañeros, Khan masticaba un trozo de cuero, a falta de algo que comer. El estómago le rugía, suplicándole clemencia. Pero por más que este insistiera, a lo mucho que podía aspirar el chico era a masticar sin parar aquel trozo de cuero marrón, desgastado por la cantidad de veces que había sido mordido. Eso al menos le calmaba momentáneamente el hambre. Aunque lo peor era la sed, y es que aunque estuviesen durmiendo tan cerca de un río, sus aguas estaban contaminadas por la porquería de la ciudad. Aquella ciudad que nunca parecía dormir. Había visto tantas veces a gente arrastrada por la desesperación beber de aquella agua y perecer al cabo de pocos días por una tremenda diarrea.
Era tan diferente de su pueblo todo aquello. Phonterek era mucho más bullicioso, salvaje y tenía un ritmo frenético, al cual Khan no acababa de adaptarse. Acostumbrado a la tranquilidad de un pueblo de la periferia, la ciudad se le presentaba cómo un auténtico desafío mortal. Y es que si el chico no conseguía adaptarse a aquello, moriría de hambre a los pocos días. Pero Khan era paciente y perseverante. Se acostumbraría tarde o temprano, le costaría más o menos, pero el niño siempre hacía lo que debía para sobrevivir.

Habían llegado a la ciudad hacía cosa de un mes, cuando el grupo de leprosos con quienes compartía su miserable vida se había visto obligado a migrar. Aquel proceso era de lo más habitual. En cuanto algún tipo de conflicto, enfermedad o tragedia surgía en el pueblo, los habitantes siempre señalaban a los leprosos. Era fácil deducir que estos llevaban la mala suerte allí dónde iban. Sólo hacía falta provocar una pequeña chispa para que el caos se desatara. Durante la última marcha, el grupo había perdido dos miembros, que habían muerto a manos de los guardias, que cegados por las supersticiones y el mal fario, habían degollado sin contemplaciones a los desdichados. Esa fue la señal de que ya no podían seguir durmiendo fuera las murallas del pueblo, en aquellas chozas improvisadas que siempre montaban.

Durante el viaje, que había durado tres largos días, habían sucumbido por el hambre otros tres compañeros. Ahora, bajo aquel puente destartalado y abandonado, a cien yardas de las murallas de Phonterek, sólo quedaban una veintena de personas. Todas leprosas a excpeción de Khan.

El grupo estaba conformado por gente de todas las edades. También había diferentes grados de gestación de la enfermedad. Algunos tenían tapados todo el cuerpo, incluso el rostro, otros no parecían tener la enfermedad. Pero todos tenían algo en común: estaban sentenciados, repudiados por una sociedad que no comprendía su carga, abandonados a su suerte y esperando el momento en que la parca hiciera descender su hoz para al fin, descansar en paz en el sueño eterno.

Aquella noche en especial estaba resultando ser bastante dura. Nadie había conseguido ni una mísera migaja de pan para comer. Khan, que era la persona con más vitalidad del grupo, había conseguido extraer unas amargas y fibrosas raíces del suelo. Era todo lo que aquella gente había comido durante el día. Y ahora, durante la fría noche, nadie podía entrar a la ciudad. Las puertas estaban cerradas y los guardias hacían sus rondas nocturnas, procurando que se respetara el toque de queda.

La cabeza del chico reflexionaba sobre un modo de seguir adelante. Con total seguridad necesitaba un empleo. Un oficio para aprender y poder tener la barriga llena. El problema era que nadie en su sano juicio lo tomaría cómo aprendiz. Su grupo era el único que lo había acogido con los brazos abiertos. La gente corriente nunca había tenido un trato considerado con el chico, y este no sabía la respuesta a aquel suceso. Siempre había intentado imitar a los niños de su edad que recibían mejor trato. Imitaba su comportamiento a la perfección, a excepción de la lengua, puesto que Khan no sabía hablar el común. Pero a pesar de sus múltiples esfuerzos, la gente seguía repudiándole.
A los siete años había comprendido aquello y se había hecho cargo de que por mucho que se esforzara en ello, nada cambiaría. Pero todo aquello comportaba serios problemas a la hora de conseguir comida o trabajo. Nadie le regalaba nada; lo echaban a patadas de los sitios sin ni siquiera haber hecho nada, o llamaban a la guardia para que lo atrapasen. Incluso a la hora de cazar alguna rata o ardilla despistada, estas notaban su presencia incluso sin haber visto al chico, y huían cómo alma que persigue el diablo.

Realmente Khan se daba cuenta de que él mismo no era normal. Lo sabía, pero aun así no llegaba a comprender nunca el porqué. Y seguramente nadie lo sabía.

La noche se llevó a un compañero más. El frío lo había matado. Llevaba arrastrando un catarro desde hacía dos días, y finalmente, sin comida ni agua potable, había sucumbido al abrazo de la muerte. Se extendía en esos casos la expresión “Se lo ha tragado la ciudad”, término que Khan no llegaba a comprender del todo. ¿Cómo era posible que la ciudad se tragara a la gente? Si eso sucedía, Khan nunca lo había visto. El chico dudaba seriamente de que aquella frase quisiera decir lo mismo que lo que él pensaba que significaba.

Finalmente; y tras la muerte de Gunnar, aquel leproso entrañable, que siempre tenía un momento y una sonrisa para todos, la mañana llegó a aquel puente apartado de la mano de cualquier divinidad. El grupo empezaba a desperezarse y a asumir que debían lidiar con la vida un día más. Khan fue el primero en llegar a las murallas, dónde los guardias, recelosos de su presencia, abrieron las puertas. Los demás se repartirían a lo largo de la extensa y tortuosa ciudad portuaria para pedir limosna. Como Khan nunca había recibido ni un mísero kull, se dedicaba al pillaje y al hurto. Era la cosa más lucrativa que podía hacer por esos lares. Había intentado prostituirse en alguna ocasión, con estrepitosos resultados. Aquella vez salvó la vida por los pelos. Y aprendió que él nunca podría ganar dinero con nada que requiriera cualquier tipo de trato con las personas.

Aquel día se dirigió al puerto, con la esperanza de encontrar pescado fresco al que incarle el diente. Quizás encontraría aquellas magníficas truchas de río que tanto le gustaban, y con suerte estarían preñadas y podría saborear lo que los locales denominaban caviar. Todo aquello si conseguía robar algo, por supuesto.

Al llegar a los muelles, se percató que las gaviotas se habían hecho dueñas del lugar. Surcando los cielos, nadando en el mar, y paseándose presuntuosamente por las pasarelas de madera, sin miedo alguno a los transeúntes que pasaban a su lado. Parecían las emperatrices de su reino majestuoso. Quizás Khan podría cazar alguna y llevarla al puente, dónde la compartiría por la noche con las demás.

Aquello hizo rugir con fuerza su estómago. Si hubiera tenido saliva que segregar, ahora estaría saliendo de su boca a borbotones. Pero el niño estaba deshidratado. Los labios agrietados y los ojos secos eran síntomas de que no estaba en su mejor forma. Tenía la nariz pelada y los mofletes al rojo vivo. El niño se daba cuenta de que ese día podía marcar la línea entre la vida y la muerte. Si esa noche volvía de nuevo con las manos vacías, no habría raíz que lo salvara de una muerte por inanición. Perecería por la debilidad, el frío y el hambre.

Khan estaba dispuesto a arriesgar el todo por el todo. Necesitaba desesperadamente comer alguna cosa. Y esa desesperación es la que lo llevó de cabeza a su primer gran aventura. Y a ver cosas que nunca hubiera llegado a imaginar, como por ejemplo, aquel Barco enorme que estaba amarrado en uno de los amarres más apartados del puerto.

Desde el primer vistazo, Khan se dio cuenta de que aquel no era un barco cómo los demás. Tanto la tripulación como el barco en sí eran completamente opuestos a los que descargaban el pescado de la jornada. Desde el primer momento, el chico se vió atrido por una fuerza irresistible a su parecer: la curiosidad. Y es que si algo podía con Kahn, eso era la curiosidad. El misterio y la emoción de descubrir cosas nuevas.

Su vida se basaba en sobrevivir, y por eso rara vez tenía tiempo de pararse a observar lo que le rodeaba. Pero aquel barco se había postrado en frente suyo como por arte de magia. Estaba allí, con lo que la gente del puerto denominaba “mástil”, un enorme tronco que sujetaba la tela o “vela”. Ahora estaba doblada y guardada, pero tal y como Khan había visto, aquella se desataba y permitía hacer avanzar el barco de alguna forma. Alguien le había explicado que era el viento que hinchaba aquella tela y permitía entonces deslizarse a través del agua. ¿Pero cómo podía esa estructura de madera llamada barco mantenerse a flote en el agua?. Era un auténtico milagro para el chico.

La fascinación dejó paso al valor. Valor para acercarse y descubrir más cosas sobre aquella enorme estructura de madera. Y a medida que se iba acercando al barco, el niño se dio cuenta de que gente bastante extraña hacía cola en frente de una pasarela que conectaba el muelle con la estructura flotante. Y era gente extraña porque sus atruendos y habla eran muy dispares y diferentes a las que Khan se había acostumbrado a ver y oir durante aquel último mes.

Toda aquella gente lo hipnotizó por completo. ¿Quiénes eran?¿Por qué iban tan armados?. Contemplaba aquellas corazas de cuero o acero, que tintineaban con el choque de sus espadas, lanzas y arcos. La curiosidad hizo perder a Khan la noción del espacio, y antes de que se quisiera dar cuenta, se encontraba en medio de aquella cola de misteriosos hombres. Todos le sacaban por lo menos el doble de estatura, por lo que su mirada se dirigía arriba en todo momento.

Tras el chico, pudo ver lo que parecía la figura de un hombre que destacaba por encima de los demás. No sólo por la estatura, que superaba en creces la de todos los presentes. Su peculiar armadura, que presentaba una presencia bastante intimidadora, era toda una obra de arte. Khan siempre había visto corazas de hierro y acero chapadas sin la menor filigrana ni adorno. Aquella armadura, por el contrario, parecía contener el más mínimo detalle. Pero su estatura y la armadura no eran lo único peculiar. Su cabello era blanco cómo la nieve que caía en invierno, y tan largo que le sobrepasaba los hombros. Unos ojos rojo carmesí profundos y inquietantes. Pero lo aun más misterioso de todo aquello es que el gigante ni tan sólo se había percatado de la presencia del chico. Ni él, ni nadie de la cola. Parecían tratarlo como a un niño normal de su edad. Eso desconcertó y alivió a Khan por igual.
El chico se quedó mirando al gigante por un largo rato, mientras la cola avanzaba lentamente. Este le devolvió la mirada. El chico por pura curiosidad, le sostuvo la mirada durante un rato. Finalmente, una voz le sacó de sus pensamientos.

- ¿Y este niño, qué diantres hace aquí?- era la voz del guardia que se encargaba de registrar y alistar a toda aquella gente

- - ¡Tú niño largo!- dijo este de malas maneras y empujándole con la mano en el hombro.

Pero Kahn no se movió. Prefería mil veces que lo ensartaran con una espada allí mismo y que le desparramaran las entrañas que volver a pasar una noche de hambruna… esta era su última oportunidad. Aquella gente no le tenía miedo; no lo repudiaban. Si conseguía pasar aquel guardia y encontrar un trabajo en el barco, podría burlar a la sed y el hambre un día más. Sólo ese hombre se interponía entre él y el barco. Necesitaba desesperadamente entrar. No podía moverse de allí; no podía demostrar debilidad. Si ahora daba media vuelta, quien sabe cuantas más oportunidades tendría a lo largo del día de encontrar un trabajo o comida. Si robaba, se arriesgaba a que los guardias lo pillaran. ¡Esta era su oportunidad! Y estaba dispuesto a luchar por ella.

No gesticuló palabra, no se movió de su sitio y miró al guardia a los ojos. Vió claramente la perturbación en ellos. Al guardia una sensación desagradable le surcaba la mente. No sabía por que, pero sentía animadversión para con aquel niño muerto de hambre. Unas nauseas le entraban con sólo la presencia de aquel raquítico y prepotente niño que se dignaba a ponerlo en evidencia de tantos mercenarios. Sin darse cuenta, el guardia levantó una mano, lista para abofetear a aquel crío impertinente.

Khan arrugó el rostro, preparado para recibir el golpe. Pero este no llegó. Aquel misterioso y gigantesco guerrero, que había visto la escena, había detenido la mano del guardia con la suya.

- No creerás que puedes ir pegando a las criaturas así, bestia- dijo este, mirando ahora a Khan, ahora al guardia
- El chico viene conmigo, es mi paje personal, sobrino de mi difunta tía.

El guardia, que ahora tenía el aspecto de un tomate, decidió rendirse ante la situación. No se creía ni una palabra de lo que el mercenario había dicho, pero no quería empeorar la situación. Si su jefe se enteraba de que había armado una pelea en el muelle, rodaría su cabeza aquella misma tarde. Decidió dejar pasar al mercenario y al crío.

- Venga muchacho, vamos a ver si encontramos algo caliente para que llenes la barriga- dijo llevándoselo por el hombro consigo. Su elaborada armadura tintineaba con cada paso que daba.

Y así Khan, sin acabar de creerse lo que acababa de pasar, había conseguido entrar en el barco, sin saber muy bien cómo. Sólo de pensar en una sopa de pescado, se le retorcía el estomago.
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Re: Las Islas Malditas

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Lun Mayo 07, 2012 3:32 am

De nuevo me hallaba en la ciudad de Phonterek, atraído por el bullicio de la ciudad y los miles de oportunidades que ofrecían. En anteriores ocasiones ya había logrado grandes aventuras en la metrópolis, algunas bastante peligrosas, y sabía por experiencia que ahí era el sitio perfecto para forjarme una reputación fuera de Zhakhesh, además de ganar dinero suficiente que añadir a las arcas de mi causa. Y no me iba a ir con las manos de vacío, por lo que pude ver...

Por toda la ciudad se podían leer numerosos carteles acerca de una misión que encargaba la Nueva Inquisición... Inquisidores... Esos tipos no me gustan para nada. Gente despreciable que busca cazar a los de mi clase, además de brujas, engendros y otros muchos seres. No es que me importe la vida de todos y cada uno de los seres del mundo, pero... Sí me importa mi vida y la de mis compatriotas. Y esos bastardos no gustan precisamente de mi gente. Seguramente aquella misión era una estratagema para aumentar su poder, o tal vez para hacer una limpieza de lo que ellos denominan "escoria". En cualquier caso, era algo que debía ser detenido, boicoteado, o usado en su contra. Así que decidí apuntarme.

Llegué un día antes de que fuera la fecha de zarpar, y se me informó de que no alojarían a nadie en el barco hasta el momento de soltar amarras, así que sin mucho problema decidí esperar en una taberna del puerto. Sin embargo, también decidí informarme acerca del destino del barco. No me dijeron mucho, sólo lo justo, que para mí era lo importante. Condiciones climatológicas. Humedad, mosquitos, calor... Necesitaría algo que me ayudara a protegerme de esas condiciones. Los mosquitos no me eran un problema. Basta con desprender olor a muerto, o básicamente, desprender olor a cualquier cosa a la que los mosquitos no piquen. Sin embargo el calor sí podría serlo. Para ello decidí comprar un par de cantimploras, que sumadas a las dos que llevaba encima, me daba una capacidad total de seis litros de agua. Racionándomela a medio litro, y asumiendo que no debería usarla hasta llegar al destino, podría aguantar unos... 12 días, si no encontraba ningún sitio de donde rellenarlas de nuevo.

Después, necesitaba aumentar la ventilación de mi armadura sin perder protección. Para eso, en aquél mismo momento decidí aflojar en un agujero las cinchas de mi armadura. Una cincha es suficiente para permitir el paso del aire entre la armadura y el cuerpo, pero no es lo suficiente como para que la armadura pueda caerse o se bambolee, de modo que podría tenerla bien sujeta sin asarme como un pollo. Ahora venía la parte de la ropa. Debería guardar la de cuero, pues llevarse cuero a sitios húmedos... Es prácticamente un suicidio. Sólo las botas debería mantenerlas, pues se necesita un calzado que pueda resistir los embites del clima y el terreno y que mantenga los pies aislados y secos. Me dirigí a un modista militar de la ciudad, el cual me vendió a buen precio una ropa especialmente hecha para resistir ese tipo de climas húmedos, pues era ancha y fina. Creo que era lino. El hombre ya me advirtió que fuera o no con aquella ropa, iba a sufrir bastante por el calor, pero al menos no sufriría tanto como si hubiera ido con mi actual ropa. Compré un par de pantalones y un par de camisas. Tras eso, decidí volver a la taberna en la que había decidido alojarme.

No estaba nada mal, no era una taberna lujosa, pero al menos estaba limpia. Al parecer, los piratas no tenían mucho valor de armar barullo, y era normal. Los guardias de la taberna eran nada más y nada menos que un orco y un enano matador. Ambos iban sin camiseta, lo que permitía admirar la gran cantidad de masa muscular que poseían. Sin duda, se les veía capaces de aplastar cabezas usando las manos desnudas. Ya había caído el sol, así que decidí pedir una habitación, cena y comida.

Una vez en mi habitación, la cual no estaba nada mal, esperé a que me trajeran la comida, la cual me dijeron que estaría preparada en una hora. Por lo que vi, en la habitación que había pedido tenían una bañera, así que decidí asearme. Antes de zarpar, me iría bien asearme un poco. Los viajes no suelen dejar buen olor, precisamente. Mientras me bañaba, llegó una de las camareras, la cual enrojeció visiblemente al ver que yo estaba desnudo en la bañera. Sin embargo, un poco de conversación amable, muchas sonrisas y miradas cautivadoras, y bueno... Digamos que esa noche me bañé, cené y "dormí" acompañado.

A la mañana siguiente, tras ser despertado por la bella camarera, que tras haber compartido lecho conmigo parecío haberse decidido a añadir el empleo de cortesana en su currículum, le pagué por los servicios, además de pedirle el desayuno. Yo me tiré desde las ocho de la mañana hasta las once limpiando la armadura, el escudo, la maza y la espada para dejar todo mi equipo en perfectas condiciones. Por muy bien forjado que estuviera mi equipo, prefería no arriesgarlo y tenerlo siempre perfecto. Finalmente pagué la habitación y el desayuno y salí de ahí. No fui a comprar comida, pues cuando llegara a destino ya escamotearía algo del barco, y tranquilamente me dirigí al barco. Llevaba la cabeza al descubierto, la capucha de malla reposaba en mis hombros, y el escudo estaba oculto en mi mochila de viaje.

Cuando llegué a la cola, noté algo que me desconcertó. Era una presencia oscura y lóbrega... Y extrañamente sentía una especie de comodidad con esa presencia cerca. Por algún extraño motivo, me resultaba agradable... Finalmente, noté una mirada clavada en mí, y al mirar abajo pude ver la fuente de aquella energía. Un niño de aspecto desharrapado, sucio y de cuerpo frágil y raquítico me miraba a los ojos con la curiosidad que sólo un niño es capaz de demostrar. Desprendía energía maligna, pero sus ojos no representaban maldad ni violencia ni nada por el estilo. Sólo... Curiosidad. Aquello me fascinó. ¿Cómo una criatura que destilara semejante energía demostraba con sus ojos que, sencillamente, era un niño? No era como otros seres que me había topado, monstruos con apariencia de niños a los cuales en seguida se les notaban sus intenciones. No. Era pura y simplemente un crío. Le dediqué una sonrisa cálida, pero antes de poder decirle nada, uno de los guardias quiso echarle sin consideración. Vi como el hombre alzaba la mano, pero con una rapidez que pocos creerían posible en alguien embutido en una armadura pesada, lo aferré por la muñeca, clavando mis dedos en la muñeca. El hombre me miró con algo de miedo, y yo le dije, alternando mi mirada entre el niño y el guardia:

-No creerás que puedes ir pegando a las criaturas así, bestia... El chico viene conmigo. Es mi paje personal, el sobrino de mi difunta tía.-

El hombre no se creía mi historia, pero actuó con sabiduría al no querer meterse en problemas conmigo. Le solté la mano mientras el hombre nos dejaba pasar, mientras le dedicaba una mirada que fue capaz de amedrentarlo, y eso sumado a su enrojecimiento por la vergüenza que había pasado hizo completa su humillación. Tras eso, le puse la mano en el hombro al niño y entré con él al barco. Le apreté ligeramente el hombro para transmitirle confianza sin hacerle daño, y una vez en la cubierta le dije al niño, situándome con él cerca del mástil:

-Venga muchacho, vamos a ver si encontramos algo caliente para que llenes la barriga.-

Sin embargo, apenas acabé la frase, escuché un disparo mientras se soltaban amarras y se desplegaba la vela, poniéndonos en camino. El capitán del barco, en lugar de soltarnos un sermón o explicarnos normas o cosas por el estilo, sencillamente nos dio su peculiar bienvenida al barco, diciendo que a partir de aquél momento éramos piratas. Tras eso, paré a uno de los marineros y le dije:

-Me gustaría saber cuándo se come en este barco, el crío necesita algo que echarse a la boca.-

El marinero, tras darme una respuesta, se marchó, y tras eso me situé de nuevo al lado del chaval al que había ayudado a subir al barco. Saqué una cantimplora y le ofrecí agua al niño, pues sus labios agrietados me demostraban que muy posiblemente no había bebido nada en un buen rato. Mientras le ofrecía el agua, aguantaba la cantimplora con una mano, pues no creía que el crío fuera capaz de levantar mucho peso en su estado, y en ese momento le dije, alzando una ceja con curiosidad:

-Mi nombre es Khaelos, chico. ¿Cómo te llamas tú?-

Tras eso, añadí algo susurrando en lengua oscura más para mí que para él, influenciado por aquella extraña sensación que el joven desprendía:

-¿Y qué es esta extraña magia que desprendes...?-
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Khaelos Kohlheim
El Conde Nigromante

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Re: Las Islas Malditas

Mensaje por Felisse el Dom Mayo 13, 2012 12:40 am

El pastel de verduras que estaba saboreando Felisse empezaba a atragantársele, a pesar de que su sabor no está mal del todo no podía saborearlo correctamente. La causa de esto era sin duda causado por el incesante y dañino para los oídos parloteo proveniente de la mesa colindante a la del elfo. Se hallaba de paso en la ciudad de Phonterek, por lo que aprovechó para comer un poco en una de las numerosas tabernas del lugar, pero poco podía imaginar que un grupo de mujeres de voz chillona iban a compartir su momento de avituallamiento.

Se trataban de tres mujeres de mediana edad vestidas con buenas ropas de lino, su forma de hablar denotaba que pertenecían a un estrato social alto, y las numerosas joyas que poblaban sus orundos cuerpos apoyaban este hecho.
Visiblemente molesto por el timbre agudo y penetrante de sus voces, Felisse se levantó de la mesa de madera en la que estaba comiendo y, dejando unas tallas de madera como pago, se fue rápidamente antes de que se dudara de aquella forma de pago tan peculiar, tirando al suelo sin querer a más de un cliente que se encontraba en su camino.

Aunque no era proclive a hacer esta clase de acciones no le quedaba más remedio, hacía unos días que no encontraba ningún trabajo acorde a sus necesidades, lo que le impulsó a pasar por aquella ciudad en busca de una comida caliente y quizá algo más…sin embargo la tarea no era tan fácil como pensaba.

Durante un tiempo se encontró vagando sin un rumbo fijo por algunas de las calles más grandes de la ciudad, afinando bien su vista y su oído, por lo que no tardó en enterarse de que la Nueva Inquisición iba a organizar una especie de caza de brujas. Felisse arqueó una ceja de forma escéptica, ¿Acaso era una especie de broma?, conocía de sobras el poder de la ambición humana, pero no pensaba que iba a encontrarse con algo similar en aquel lugar.

Se acercó a un grupo de gente que estaba alrededor de uno de los carteles que poblaban los muros de la ciudad, algunos de los cuales miraron al elfo de forma escéptica…algo medianamente razonable, teniendo en cuenta de que la afinidad por la magia de los elfos no era un secreto precisamente. Felisse se sintió afortunado de que no se abalanzaran sobre él como si fueran perros de caza, aunque claro, podrían acabar bastante lastimados si fuera así, pero obviamente el elfo no buscaba pelea en aquel momento, no de forma gratuita y contra oponentes cegados por la codicia o el odio racial.

A pesar de que no se sentía cómodo por aquella violación de la libertad, estaba seguro de que con suerte podría encontrar tratados de gran valor en aquella aventura, aunque tenía claro que no iba a permitir que gente inocente pudiera sufrir algún daño, y para ello estaba dispuesto a pelear por la causa.
Las miradas escépticas le persiguieron en el momento en que aceptó el trabajo, ya que el joven elfo no tomó la molestia de ocultar sus picudas orejas, aunque le daba la impresión de que aceptarían a cualquiera, incluso si esa persona hiciera malabares con bolas de fuego delante de sus narices.

Ni corto ni perezoso, dedicó las siguientes horas en prepararse para el viaje, tomaría un barco, cosa que no le era del todo desconocida, por lo que lo primero que procuró fue abastecerse de aceite para su arco y de un juego de cuerdas nuevas, ya que el aire marino podría perjudicar al estado de su arco. Estos artículos fueron retribuidos por el mismo método de pago que el usado para calmar su apetito, usando para ello unas sencillas tallas de madera que el mismo había confeccionado…era mejor que robar, cosa que podría hacer fácilmente debido a la densidad de personas en aquel lugar y a la velocidad que tenía con las manos.

No se procuró nada más, debido en parte a que no disponía de más tallas de madera, por lo que se decidió ir a descansar…lo cuál era un verdadero problema, ya que no disponía de alojamiento. Sin embargo este hecho lo solucionó llegando al puerto y acomodándose encima de una de las cajas de madera que allí se encontraban, colocándose en una posición cómoda y entregándose a una dulce meditación que hizo que su mente se perdiera en medio de cosas hermosas.

Aún se encontraba en el paraíso de la meditación cuando notó como una mano peluda le tomaba de la ropa y tiraba de él, en un acto reflejo, tomó esa mano por la base con su mano derecha y hundió sus dedos índice y anular en dos puntos situados entre la articulación de la misma, causando que el que le agredía profiriera un grito de dolor y sorpresa.

-¡Suéltame maldito elfo!- Aulló el curtido marino mientras apretaba los dientes y partía su poblada barba con una mueca.

-¿Por qué habría de hacerlo? Tú me has atacado en primer lugar- Dijo irritado mientras aumentaba ligeramente la presión haciendo que la mueca del marino se endureciera.

-¡Pues porque tengo que cargar esas cajas dentro del barco y tu estas molestando!- El dolor hacía que las palabras de aquel hombre salieran despedidas entre quejidos de dolor, llenando de salivazos el rostro de Felisse, el cuál soltó al hombre de inmediato.

Sin que se notara lo avergonzado que estaba, se disculpó con el hombre regalándole una mirada menos dura de lo que era habitual en él, bajándose de aquellas cajas y dejando que el marino se fuera con una de ellas, farfullando palabras no muy halagadoras precisamente para la madre del elfo.

Aquel barco era cercano al que debía de tomar Felisse, por lo que se apresuró a llegar al correcto. Cuando llegó al lugar de embarque, pude observar cómo subían al barco un hombre acompañado de un niño, el cuál le daba a Felisse muy mala espina, en verdad el joven elfo no tenía nada en contra de aquel niño aparentemente indefenso, pero algo en él hacía que el luchador se mostrase incómodo con su presencia.

Al principio, los guardias se mostraron recelosos por las intenciones de
Felisse de entrar al barco…más no pudieron negarse a la evidencia escrita que llevaba encima a pesar de que dudaron de la autenticidad de la misma, aunque el elfo estaba seguro de que sólo dudaban de ello para molestarle, lo cual no dejó que le afectara.

Finalmente, logró subir al barco, situándose prudencialmente lejos de aquellos pasajeros que habían subido justo antes que él…lograban ponerle nervioso, ¿Porqué seria?. Esos pensamientos azotaban su mente cuando todo estuvo listo para zarpar y el barco empezó a moverse…
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Re: Las Islas Malditas

Mensaje por Charlotte De Rais el Lun Mayo 14, 2012 3:18 pm

Me hallaba en un sendero marcado por la continua pisada de las ruedas, y bosque, un lindo bosque de hierbas altas, pinos que no cubrían nada y yo, quien iba guiada por la luz de la luna blanca, era yo misma quien cabalgaba a sobre la montura de un corcel blanco con pequeñas motas de color gris plateado. El animal corría como podía y yo le exigía exasperada. ¿Asustada? No, ¿temerosa? Seguro, ¿por qué ya nada me extraña?
Mis caderas se giraban hacia atrás para permitir que mi cabeza se volviese y mis ojos vigilasen mis espaldas. Me sentía relajada, nadie, cuando volví a erguirme sobre el equino, éste relinchó y posóse sobre sus patas traseras. Me aferré a sus crines como si mi vida fuera en ello y cuando animal volvió a su posición normal, me reincorporé.
Pero le olí, y se me erizaron los vellos instintivamente.

Él, con toda su “familia” de borregos, antiguos compañeros míos, que por miedo al oloroso jefe, no hacían más que su boca dijera. Sí, orden era.


Hola Chest. ~ dije con desgana. Exhalando lo que parecía un suspiro de pesadez, inspirando hasta llenar los pulmones y estirar la columna para luego expirar encorvándome, dejando que el aire se fuera por la nariz.

Baja del caballo ~me ordenó, sabiendo el miedo que yo le podía tener.

Baja tu primero, primor. ~ contesté con un leve tono ácido y la amplia sonrisa sarcástica que siempre me caracteriza. Él afirmó con la cabeza, mirando a sus seguidores con burla hacia mí, parecía que tenían algo preparado para mi persona. Pero las milésimas de segundo que dura un pestañeo, sus ojos verdes resplandecían, los de los demás también mientras que desmontaban acercándose a mi. Mi caballo y yo comenzamos a sentir la incertidumbre entre el temor y el nerviosismo, le indiqué que retrocediera lentamente.
Sus cuerpos comenzaban a contorsionarse de tal forma que cualquier humano se quedaría en el sitio, mudando piel y carne, como si su apariencia fuere una vil prenda.
Cuando ví los colmillos del jefe, no lo dudé, grité como nunca y viré el corcel pero clavó los cascos en el suelo. Una enorme sombra de ojos ámbar se abalanzó sobre nosotros.

~~~
Y me desperté de golpe a mitad de la noche, cuando abrí los ojos estaba sentada sobre la cama de una habitación que no era la mía (últimamente ninguna es la mía), asustada hasta de la sábana que me cubría. Eran unos aposentos distinguidos, la ventana entreabierta daba paso al aire que hacía ondear unas cortinas color tinto, por la altura de los árboles, era un primer piso.
Y del grito que seguramente dí en sueños, desperté también a mi amigo de juegos de anoche, se rio y de un puño mi pelo me agarró para que me acostase en su regazo. Entiendo que fuere por una buena intención pero no así no; de tal modo que, como siempre mi cuerpo reacciona por impulsos y mi mano cogió una de las almohadas de la cama para atizarle en la cabeza y me puse encima para que pensase en seguir aferrado a mi pelo o en deshacerse de mi peso.
Me soltó y empujó la almohada y en ese instante me fui de la cama, pendiente de él que jadeaba hasta recobrar el aliento. Me situé cruzando los brazos, apoyándome sobre una mesa con un jarrón de rosas y unos papeles sobre la misma.
Anoche no hacías eso cuando te agarraba así, pensé que te gustaba.- comentó casi asfixiado, no le contesté y esperé a que se reincorporase, me vio y parecía que no había pasado nada, sería mi desnudez que lo hipnotizaba, tanto que, como la sombra de mi pesadilla corrió hacia mí y como obseso.

Juro por mis padres crucificados que estampé el jarrón en su rostro por defensa propia.

Hizose el silencio.

Había hecho ésto mas veces, y que los hombres caían, pero éste no y sus ojos lujuriosos se tornaron iracundos.
Contaré hasta diez para que te arrepientas de lo que has hecho. ¿Advertencia? ¡Para nada! Eso fue una amenaza en toda regla. Contó y le sobraron cinco segundos para verme correr saliendo por la ventana.

De lo único de lo que me arrepiento es de… pasear acelerada y desnuda por las calles de todo Phonterek, y de tener a unos cuantos hombres detrás de mí… de la forma que no me gusta.

¡Charlotte!- Escuché y me giré, era Thaus, un viejo amigo de mi padre oculto entre las sombras de un callejón, tan apreciado para mí que lo quería como a un tío. Se despojó de su capa y su capucha y me la ofreció, cuando me di cuenta de mi desprovista vestimenta evidentemente, me tapé y me sonrojé avergonzada.- ¿Como te las arreglas siempre que… te encuentro siempre corriendo?- no me dio tiempo a contestarle, para que “me interrumpiese”.- Mejor no me lo digas, esta huida tuya ha sido la más original.-Me dio ropa de su amante, comida y… una de las aptitudes que me encantan de este compadre de mi padre es que fue el que me dio mis “zarpas”, mis garras. No le hacía falta preguntarme si tenía, pues tal y como me encontró, sabía que iba desarmada.

El viejo fue a hacer sus labores de labranza a los campos de un señor, confiando completamente en mí, grasso error. Sabía de la situación de la espada, de la coraza y del zurrón sobre la mesa de la comida, y no le dí importancia alguna de que estuvieran ahí, pero mi curiosidad me mata y al acercarme leí de soslayo un papel roído. Mis ojos recorrían cada letra hasta formar palabras, lo que leí, me encantó, dinero y fama en una frase. Éste era mi día de suerte, estaba viva, vestida y aseada, mi rostro no se ha desfigurado y tengo el estómago lleno. Ese papel era una señal y vi en La Mujer Barbuda, mis alas.

El alba despuntaba, debía irme rauda, antes de que Thaus volviera. Pero mi chulería me hizo dejarle una pequeña nota de despedida. El nombre del barco, era peculiar, asi que robarle el pedazo de papel era inútil, pero , el carmín me la mujer que se aprovechaba de el, me ayudaría.
Me pinté y besé el papel marcando los labios y le firmé con un:
gracias por preparármelo todo tito querido, la carne debe estar buenísima”. Estoy segura de que cuando llegase el viejo, y se viera sin espada corta y sin zurrón, le entrarían cuatro ataques seguidos.
No encontré problema para hallar el barco, subí sin problemas no sin antes percatarme de un pequeño roce entre dos hombres y un crío.
Me acicalaba el pelo, sentándome con una pierna sobre la borda, mientras se escuchaba la voz de un varón que me tildó de pirata ¿qué hacía un pirata?... Vale, es cierto, hacen lo mismo pero yo tengo más “¿glamour?”. puede que no me viera pero le devolví la sonrisa. Me apoyé sobre la borda para sentarme bien y sutilmente cruzarme de piernas.

Muy bien, me parece muy bien todo esto pero…¿partimos?- ¿nunca has sentido que el mundo va demasiado despacio para cuando tú quieres ir deprisa? No quería encontrarme con el viejo.


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Re: Las Islas Malditas

Mensaje por Franz Krieger el Lun Mayo 14, 2012 4:52 pm

Así como pequeños engranajes de un complicado y elaborado sistema, las fichas una a una, sin mayor dilación que aquella de un par de marineros borrachos al alba de su última aventura, así en orden de llegada fueron llegando, primero fue aquel chavalín, Khan. Irradiaba una esencia oscura y unas maneras tan inocentes que contrastaban de una manera curiosa, fue Khaelos con su extrañamente parecido nombre quien llegó en pos del muchacho, éste guerrero de la muerte y el caos tenía los objetivos muy claros, era fiero y oscuro pero aún así, un buen compañero.
Pero no nos olvidemos de las demás esencias del juego, aquel elfo llamado Felisse concentraba su energía primordial en sus manos, sabía como usarlas y era bien diestro a la hora de la paz y la guerra, aunque sin medir su fuerza, casi había roto el brazo de un portuario hombre que sin quererlo, ahora tendría dolor en el brazo durante un mes y algo más.

Por último fue una sensual dama de sensual nombre, Charlotte, sin saber muy bien por qué o como, ahora se veía en cubierta, rodeada de decenas de hombres férreos, apuestos y bien altos, a excepción de un crío que más provocaba un extraño odio en la mayoría de los sin seso y un elfo, un afeminado elfo. No como Khaelos, los demás eran excepcionales, extraños y atípicos en la aventura, no eran guerreros, si no una mujer, un elfo y un crío. Todos ellos tenían un potencial secreto que tarde o temprano deberían sacar a relucir, no por ganar vencer, fama o gloria, si no por sobrevivir.
Las anclas de la muerte se habían alzado de la mar y eso significaba una simple cosa: El juego había comenzado.

Pero en el juego de la vida o la muerte, que aún siendo muchos y decididos héroes, aventureros o damiselas en apuros, estabaís en desventaja. La todopoderosa Matre había decidido brindar una oportunidad, una especie de comodín, una baza a los tripulantes de "La Mujer Barbuda", muchos ya habían conocido a este hombre, su sobrenombre era bien reconocido en Noreth como, ¿Quién lo adivinaría? Uno de los mejores cazadores de monstruos (Por no decir el mejor, eso rebosaría de narcisismo) del mundo, Jack Cross. ¿Y qué hacía el engabardinado cazador en el navío "La Mujer Barbuda"? Bien, tenía una explicación no del todo lógica, pero si justa y con cierta adviento, ahí iba: Jack había sido, como pocos sabían, renegado de Phonterek en todas sus opciones, calzado de asesino, prófugo y traidor a la corona del Rey, además ahora era conocedor de todos los secretos que La Nueva Inquisición podía tener, y sabiendo esto poca imaginación había que darle al asunto de los usos que podrían brindar a la máscara de Randuin, cuyo único y verdadero poder sólo podía saberlo su creador, y como ese creador era anterior al primer hombre, antes de que el mundo fuese mundo y sus dioses primigenios lo poblaran, sólo ese creador podía saber su verdadero poder.
Y como, por desgracia y muy seguramente fuese, sería capaz de destruir ciudades enteras, islas o archipiélagos, Noreth quizás... Jack era un simple o hacía el papel de simple mercenario con un objetivo mucho más justo del que podrían imaginarse.

Ahora bien, dejando de lado las posibles peripecias o objetivos de aquellos que simplemente, no os importaban en lo más mínimo, hablemos de vuestra situación, nada más partir de puerto aventurandos en los intrépidos mares de Noreth, dos barcos de la armada naval hicieron de escoltas desde el primer momento en el que "La Mujer barbuda" salió de Phonterek. A ambos lados del navío y una distancia considerable pero aún así suficiente para el ojo experimentado de cualquier vigía, saber qué estaba pasando en cada barco adyacente, hacían de guardaespaldas al barco pirata.
En cubierta estabais más enlatados que sardinas, algunos habían conseguido su propio espacio personal, otros simplemente se encontraban al lado de pegajosos marineros ávidos de piel femenina, si me refería a Charlotte en esta ocasión, que aún estando en cierta medida, apartada del gran cúmulo de personas, ahora se había visto de una manera llámemosla "curiosa", rodeada de marineros que disimuladamente se pegaban a ella.

Déjemoslo ahí, por que aún siendo importante para ella, hablemos más en general, ¿Por que os lo que tenemos que hacer, no? El capitán Flint se encontraba en su timonel apoyado mientras que sonriente veía a su tripulación personal repartiendo trabajos a diestro y siniestro a los nuevos navegantes del barco "La Mujer Barbuda", y así fue como a cada uno de vosotros, un pirata de variable aspecto o condición os entregó verbalmente unas órdenes a cada uno, Khan y Charlotte fueron los únicos cocineros del navío, sus órdenes no variaban más que pelar las patatas, cocerlas y servirlas en la medida de lo posible, comestibles a la tripulación ávida de comida. Khaelos fue ordenado como guardián de los pasillos por la noche, su presencia encurtido en su armadura o sin ella, era notora para el navío así que simplemente, se encargó de mantener la paz por la noche. Felisse, al tener buena vista hizo de vigía nocturno, cosa estúpida por que por la noche no era usual poner un vigía, pero llámemoslo racismo, fue él quien que seguramente por razones de "Así lo mantenemos ocupado" quien tuvo que hacerlo.

Mencionando también, por que había que hacerlo, a Jack, siendo amigo personal de Flint, ¿Si no por qué estaría en el barco?, simplemente fue su tarea hacerle compañía en las sesiones de "emborrachamiento" matutinas y nocturnas, simplemente vagó como un alma en pena por sus horas libres, sin abrir la boca más que con su amigo Barbanegra, así que seguramente Khaelos en una de sus rondas se hubiese encontrado con Jack viendo de refilón su guardapolvos cruzar una esquina, podría habersele tomado como fantasma o morador mágico del navío, debido a que nunca hizo de presencia con el resto. Se encerró en su camarote personal y esperó a que la travesía terminase para poder seguir su misión.

La travesía en barco sería larga, desde el momento en el que se levaron anclas costaría 6 días llegar hasta la "Frontera con las islas prohibidas", donde los barcos-escolta dejarían de acompañar a vuestro navío, entonces según algunos mapas que Flint interpretaba y estimaciones, otros tres o cuatro días para llegar hasta Isla Caldera, donde a saber se encontraba el artefacto. Digamos... un día entero de búsqueda y luego, volver a casa. Unos veinte días en alta mar, y una aventura en las islas. ¿Sonaba bien eh? En realidad, no. Ni se asemejaba al concepto que todos teníais de bien, era un suplicio y precisamente, no os ibais de crucero, vuestras condiciones eran pésimas, duro trabajo en vuestras jornadas y luego, a dormir sin compartimentos personales a unos sacos, treinta más o menos que se habían apilado junto a una ingesta cantidad de suministros, víveres y demás cosas. Era una bodega grande donde dormíais en sacos todos apiñados y donde hacía mucho calor. Al menos Khaelos y Felisse, que disfrutando de un turno de noche podían dormir de día, cuando había el triple de personas menos que por la noche, aún así el único que podía conciliar el sueño nocturno era Jack, que contaba con su cama personal y hasta un escritorio, pluma y diario.

Al alba del cuarto día, cuando el vigía y los guardias rondando en sus últimos paseos nocturnos ya deseaban irse a la cama, esperando con expectación el poder marcharse a la "cama", un sonido gutural despuntó en las mareas. Un rugido bestial, tremendo. Luego, Felisse y los más curiosos en cubierta, pudieron ver como una más grande de lo normal ola, impactó contra el casco del barco, seguida de otras tantas.
Acto seguido, tras un momento de calma ante la tormenta, un tentáculo salió de las mareas acuáticas, seguido de la cabeza y los otras decenas de tentáculos que tenía aquel monstruo, de aspecto escamoso, húmedo y con dos gigantescos ojos clavados en los tres barcos que ahora veían interrumpido su camino por...

-¡Kraken!- Gritó algún marinero a la más viva voz, antes de que se pudiese decir "Kamalakabungadetupalamento", las cubiertas de los tres navíos ya estaban llenas con todos sus tripulantes, a la espera de ordenes contra aquel monstruo abismal salido de lo más profundo de las aguas "pertenecientes" de forma oficial a Noreth, antes de que Flint pudiese empezar a comandar, el monstruo alzó uno de sus largos y pegajosos tentáculos y de una forma horizontal lo hundió con la fuerza de varios cientos de titanes contra el barco escolta a la derecha del que estabaís vosotros.

Sin muchos detalles, muy sangrientos y violentos, digamos que pulverizó de una forma la mar de efectiva el barco, muchos trozos de madera húmeda salieron volando y un GIGANTESCO chapoteo en forma de lluvia mojó vuestras cabezas, seguido de una gigantesca ola que, sin poder más que aferraros a el mástil o algunos recovecos entre las tarimas de la madera o las paredes del susodicho material, el barcó se volcó de una manera rápida en la que, algunos cayeron directamente al agua, otros se aferraron al decayente (literalmente) navío...
Pero vosotros cinco, héroes, afortunados o simplemente, desgraciados con tan mala suerte de alargar su existencia, perdisteis el conocimiento en algún momento de aquel desafortunado "incidente."

(...)

Los primeros rayos de sol azuzaban con fuerza la cara del niño, tirado en una arenosa playa de arena tropical, bastante despejada y con un tranquilizador sonido de gaviotas y el mecer de las palmeras con el viento. Algo relajante, tranquilizador hasta que uno se daba cuenta de sus últimos instantes antes de caer inconscientes era que, un maldito monstruo marino había hecho desaparecer con un simple manotazo a un navío y había mandado a otro a las profundidades del mar.

Los supervivientes de aquella catástrofe se podían considerar afortunados, por que en verdad, fue algo demasiado rápido y violento como para poder ser relatado, entre ahogados gritos y el temor que provocaba aquel monstruo, nadie fue capaz de enterarse de todos los detalles de la situación.
Al menos no fue el caso de Jack.

Y es que en verdad, Khan, Khaelos, Charlotte, Felisse y Jack, tirados allí o allá, de tal modo, despertandose antes o después, habían naufragado hasta aquella idílica costa de arena y sol, mecidos por las mareas o quien sabe cómo, magia, casualidad o simple destino.
Si miraban atrás, al mar, sólo había unas cálidas costas tranquilas que de vez en cuando llevaban a las costas algunos trozos de madera rota y húmeda, por fortuna había llegado un arcón, medio enterrado en la costa.

La situación era ¿Cómo decirlo? extraña, había muchas lagunas, y no, no me refería al mar. Todo había pasado demasiado rápido y apenas habían podido hacer nada para remediarlo o evitarlo, de la nada y sin poder dar voz de alarma aquella cosa salió y simplemente, lo destrozó todo.
Y ahora, ahí estaban, cinco personas que de un modo extraño habían acabado en una Isla, por que aquello parecía una Isla, sin más que un dolor de cabeza, cansados, con hambre y desnutridos.

Fue Jack quien se levantó primero, su boca reseca y llena de arena le obligó a escupir como diez veces para acomodarse, unos minutos después, observando el poniente, el mar tan calmado a sus espaldas intentó recordar todo lo que había pasado. Simplemente estaba en un camarote cualquiera, salió corriendo a cubierta y antes de querer darse cuenta, estaba agarrado a un mástil que, por la fuerza gravitatoria de un volcado y hundiéndose navío, y con tantas personas agarrándose a él, se quebró y entonces, ¡Zas! ya no recuerda nada más...

Miró a su alrededor. Ni siquiera sabían quienes eran esas personas, ¿Sus nombres? ahora todo dejaba de ser vanal, ya no eran más de treinta hombres, elfo, mujer y niño, si no dos hombres, una mujer, un elfo y un niño. Estaban en un sitio desconocido, la boca seguía estando reseca y ¿Por qué no repetir lo ya mencionado?...

Estaban jodidos.

Se puso en pie tan serenado como pudo, se llevó las manos a sus pistolas y comprobó su munición y el sistema de pedernal... Todo estaba seco y plenamente funcional, aún sabiendo que con simplemente remojarse un poco dejaban de funcionar, parecía que se había roto la norma. Al igual que sus ropas, totalmente secas y en las cuales, ningún grano de arena se había pegado por la humedad, ¿Y su gorro? Su gorro seguía en su cabeza. Todo estaba donde tenía que estar, misteriosamente.
Se aceró en silencio a aquel que estaba más cercano a él, en ese caso el elfo. Entonces llevó su mano al hombro y agitó al aún perezoso elfo. - ¿Estás bien? - Preguntó el cazador, preocupado. - ¡¿Estáis bien?! - Corrigió, dirigiéndose a todos los náufragos de la costa.

Ese era el primer punto, luego sería abrir aquel cofre que yacía atrapado en las arenas de la playa, cofre que aún siendo bastante visible, Jack no había advertido.
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Re: Las Islas Malditas

Mensaje por Khan el Jue Mayo 17, 2012 2:00 am


Khan se había dejado llevar por las poderosas manos de aquel gigante. Agradecido en cierto modo de su presencia, que le había permitido burlar al guardia de la entrada, el niño se mantuvo junto a él. De algún modo, aquel hombre con la armadura de un Dios, le fascinaba. No llegaba a comprender el motivo, pero algo en aquel hombre curtido le era familiar, y le producía a Khan una gran tranquilidad. Era una sensación parecida a la de hablar con un espíritu de la noche, o algún necrófago vagabundo en el cementerio. Sentía que podía confiar en aquel adulto.

La emoción de haber conseguido entrar en el barco se deshizo tan rápido cómo sus tripas se removieron en su interior. Hasta ahora, Khan no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba comer, y beber. Estaba al borde de la inanición. Había resistido gracias a su gran tenacidad y gran perseverancia; pero ahora que tenía en sus manos lo que había anhelado, sus necesidades tomaban importancia. Por suerte, de nuevo aquel misterioso gigante le brindó su ayuda. Este le alargó una cantimplora al chico. Khan pudo contemplar con suma emoción el reflejo de las gotas de agua que se desprendían por los bordes. Con tan solo aquella visión, toda la saliva que aún le quedaba brotó como por arte de magia.

Intentó alargar los brazos hacia el recipiente, más las fuerzas le fallaban. Sus extremidades temblaban tan sólo con alzarse en busca de su salvación. Una vez más, aquel hombre hizo el resto. Le aproximó la cantimplora hasta sus labios, que buscaron desesperadamente el agua que se agitaba en el interior. Al principio, hizo pequeños tragos, por cortesía hacia lo que se le daba y porqué no quería atragantarse en su emoción. Tras unos segundos y comprobar el tacto del agua con su paladar, el instinto pudo más que la razón. Agarró la cantimplora con fuerza, y no la soltó hasta que realizó cuatro grandes tragos de agua.

Podría haber bebido mucho más, pero su precavido comportamiento lo frenó a tiempo. No quería que aquel hombre le abofeteara por su insolencia e desagradecimiento; al fin y al cabo, la cantimplora era suya, y no de Khan.

Cuando se recuperó de aquella falta de líquidos, el muchacho devolvió con mirada culpable al gigante, esperando no haberse sobrepasado al beber. Cual fue la sorpresa de Khan cuando el hombre no sólo no parecía enfadado sino que se presentaba a sí mismo.

“Khaelos” era el nombre de aquel gigante. A pesar de su afilado y severo aspecto, aquel hombre le había brindado su ayuda en tres ocasiones en apenas unos minutos. Su pelo blanco, que fascinaba a Khan pues nunca había visto nada semejante, y aquellos ojos que parecían observar el alma de aquellos que contemplaban, con el color de la sangre, parecían tener un efecto intimidante para con los demás tripulantes. Estos fijaban su mirada en Khaelos, y seguidamente, en el niño que lo acompañaba. No parecían saber a quién odiar o temer más. El alma de Khan hacía titubear a los de espíritu más débil, y el titánico aspecto de Khaelos inquietaba e intimidaba a todo aquel que le dirigía la mirada. Los dos formaban una pareja realmente inquietante. Aunque Khan no era en absoluto consciente de aquello. Para él, Khaelos desprendía la esencia de una persona cercana y confortable. No se le hubiera ocurrido pensar que a los demás no les producía el mismo efecto.

Las cosas tomaron un rumbo extraño cuando de repente, Khaelos habló en una lengua muy conocida por Khan. El niño abrió los ojos de manera sorpresiva, y alzó la vista con curiosidad añadida hacía aquel gigante que hablaba su lengua.

La emoción inicial, pero, fue enterrada rápidamente por una capa de prudencia. Nadie hasta ese momento había hablado cómo Khan. ¿Quién era aquel hombre?¿Por qué hablaba cómo él?

Había soñado toda su vida con un momento como ese, en el que otra persona comprendiera lo que Khan decía, sin asustarse o pegarle por pensar que blasfemaba. Pero ahora, delante de aquel hombre que parecía entender y hablar su lengua, lo único que sentía era un auténtico pánico. Toda su vida había pensado que él mismo estaba solo e incomprendido, en un mundo de oscuridad y sufrimiento. No tenía miedo de aquel hombre… tenía miedo de aquello que representaba. ¡Había más como él!¡No estaba solo!.

Y eso le alegraba y lo atemorizaba por igual. Lo poco o nada qué él pensaba o conocía del mundo se derrumbaba ante sus pies. Para un niño de nueve años; sin educación, padres o un ambiente normal aquello era un fenómeno demasiado grande como para poder asimilarlo de golpe. Era como si le cambiaran de sitio todos sus pensamientos. Aquello lo asustó de veras.

También el hecho de que Khan había crecido en una sociedad turbia y cruel. Sabía con sobrada experiencia que los niños con deformaciones o problemas eran los primeros en morir y ser dejados de lado. Khan había aprendido aquello con duras enseñanzas. No había hablado aquella lengua desde que tenía uso de razón. Qué ahora alguien se dirigiera hacia él con esa misma lengua le hicieron despertar las alarmas. ¿Sería castigado por ser quien era? La prudencia le hizo hacer el acto que consideró más sensato: escapar.

Sin decir palabra, corrió hacia dentro del barco, cómo alma que persigue el diablo, pasando a través de la tripulación, que al verlo lo empujaba, lo insultaba o se apartaba. Se perdió entre la multitud, sin dar tiempo a Khaelos a seguirlo.

No había llegado a probar el bocado que el marinero de antes le había prometido a Khaelos, pero era preferible aquello a ser descubierto por aquel gigante.

Se maldijo a sí mismo. ¿Cómo había podido ser tan tonto?¿No había aprendido nada en aquellos 9 años?. El aura de aquel hombre lo había confundido. Se había dejado llevar por aquel ambiente familiar y agradable que desprendía y había olvidado la norma básica de supervivencia: pasar desapercibido. Norma que tenía grabada el niño con fuego y sangre. Y por un desdichado instante, se había olvidado de ella.

Distraido en sus pensamientos, cabizbajo con la mirada en los tablones de madera que conformaban un pasillo estrecho del interior del navío, Khan no vio venir al marinero que se acercaba en dirección contraria. Chocaron irremediablemente el uno con el otro. El marinero soltó una maldición al aire y desvió la mirada hasta la persona que había ocasionado tal agravio. Una cara de ira surcó su rostro en sentir la presencia de aquel muchacho. Sin duda, los pasillos de los barcos eran totalmente inconvenientes para pasar inadvertido. El hombre soltó los cabos que tenía entre sus callosas manos y agarró con fuerza los arapos con los que Khan se vestía. Alzó al niño en el aire con una sola mano. El niño apenas pesaba nada, pues era sólo huesos.

- ¡¿Y tu quien coño eres, pequeña rata?!- sus ojos se posaron en los del chico, y este contempló con parsimonia cómo se incendiaban con una furia incontrolada- Maldito criajo, ¿cómo vas a reparar esto?

Khan no sabía que había que reparar. Aunque también sabía que aunque hubiera podido hacer algo, la situación hubiera seguido siendo la misma. Siempre era así y el chico estaba acostumbrado. Una gran sensación de resignación se apoderó de Khan.

Una bofetada fuerte y seca aterrizó sobre el fino rostro del niño. Luego otra… y otra.

- ¿Por qué no hablas imbécil?¿No quieres gastar saliva conmigo principito?- Su tono era cada vez más fuerte y contundente. La situación se había puesto peligrosa, pero Khan no podía hacer nada salvo aguantar la salva de bofetadas que estaba recibiendo.

El marinero, cansado de no ser respondido, agarró a Khan por su cabellera negra y lo arrastró por los pasillos. El chico apenas se resistió; sabía que era inútil. En vez de ello, congestionó el rostro en una mueca de dolor y soportó en silencio aquel fuerte agarre.

La caminata fue corta; hasta una habitación. Al principio Khan se temió lo peor. Creyó que lo iba a violar allí mismo; no hubiera sido la primera vez. De ser así, no se habría resistido y habría soportado aquel desgarrador momento con auténtica resignación. Por suerte, este no fue el caso.

- ¡Vas a pelar patatas hasta que se te caigan las yemas de los dedos, ¡¿me has oído mierda de niño?! ¡Cómo vuelva a verte corretear por los pasillos, te corto un brazo! ¡¿me has entendido?!

Khan asintió, situándose en la esquina más alejada de la puerta. El hombre miró un último instante al niño y cerró la puerta con un fuerte golpe, para a continuación introducir unas llaves en la cerradura y cerrar la puerta.

Lo habían encerrado. Khan , después de recuperarse de aquel tenso momento, se dedicó a contemplar la habitación. La escena anterior parecía no haber tenido ningún efecto en el chico, como si nunca hubiera sucedido. Tenía un auténtico talento para adaptarse a las situaciones. Con una curiosidad felina, el chico recorrió cada centímetro de aquella pequeña habitación.

Había una mesa central, con tres taburetes que le cercaban. Todo era de una madera vieja y emblanquecida por los años. No había más muebles en aquella habitación, ni tampoco ningún elemento decorativo. Sólo aquella mesa, tres taburetes y una cantidad enorme de sacos llenos de patatas. Encima de la mesa había un cuchillo pequeño, con forma curva. Los había visto antes. Eran especialmente curvados para poder pelar mejor aquellas hortalizas amarillas. También había grandes cuencos de madera; seguramente para depositar las pieles y las patatas, relativamente.

Khan se sentó en un taburete, mientras las piernas se mecían colgando al son del vaivén del barco. Desparramó un saco de patatas encima de la enorme y lisa mesa y cogió una al azar. Empezó a pelarla. El ruido de la piel al ser cortada por aquel cuchillo curvo era la única compañía que siguió al niño durante unas horas.

Sabía que ya se habían puesto en movimiento por el oleaje que se estrellaba contra la vieja madera de la pared. En el interior del barco, el crepitar de las olas retumbaba con fuerza, y uno tenía la sensación de ser tragado por las oscuras aguas en cualquier momento.

Cómo no había ventanas, su única luz provenía de dos velas colocadas encima de la mesa, que vibraban y bailaban al ritmo de una música que sólo ellas conocían. Aquel pequeño fuego mantuvo hipnotizado a Khan durante largo tiempo. El hechizo se rompió en cuanto se escuchó el sonido de la llave introducirse en el cerrojo de nuevo.

Esta vez pero, el marinero no llegaba solo. Estaba acompañado de una joven y bella mujer. Un cabello negro cómo el carbón que le llegaba más allá de los hombros. Unos ojos almendrados y ligeramente rasgados, y un rostro particularmente shikes. Khan los había visto a raudales aquella gente. Eran, junto con los leprosos, la gente más pobre de la ciudad. Al igual que los enfermos, los shikes gentes eran nómadas por naturaleza. Y aunque sus rasgos eran bellos, la gente no acostumbraba a tratarlos demasiado bien.

Aunque aquella mujer sólo tenía el rostro. Podía no ser una shike pero asemejarse a ellos. Aunque aquellos rasgos eran fácilmente reconocibles en cualquier rincón del mundo.

El marinero miró a Khan con desprecio
- ¡Mujer, vas a pelar patatas con este despojo hasta que lleguemos a tierra!- luego, sin poderse resistir a su peculiar humor,e l hombro soltó- Espero que sea de vuestro agrado mi señora

Dicho lo cual dio media vuelta y volvió a dejar la estancia en el más absoluto silencio. El crepitar de la madera al recibir las olas, y el sonido de la piel de una patata al ser desmenuzada eran el único sonido de aquel lugar. Más amortiguados llegaban los ruidos de cubierta: conversaciones, pisadas, gritos…

Aquella situación era bastante peculiar. Una mujer que no superaba la veintena de edad junto con un niño de nueve años en una estancia de madera, con la única luz de dos velas, con un montón de patatas por pelar. El niño no habló en ningún momento. Ni siquiera para decir hola.

La mujer shike, si prestaba atención, vería cómo de vez en cuando el niño daba pequeños mordiscos a una patata cruda pelada, que se había escondido bajo los pliegues de sus harapos. Y es que no había comido nada desde hacía días. La patata cruda era difícil de digerir, pero comida al fin y al cabo. Era bien recibida en el fuerte estómago del chico.

Pasadas unas horas de insoportable calor, la puerta se abrió de nuevo. Otra vez el rostro del marinero asomó a través de la oscuridad. Khan pudo deducir entonces que ya era de noche y que seguramente reclamaban las patatas peladas para empezar a hacer la cena.

- ¡¿Panda de vagos, dónde están esas patatas?!

El niño entregó el saco lleno de patatas ya peladas a aquel hombre sin decir palabra.

- Bah- dijo en tono despreciativo- Mujer puedes ir al comedor con los demás

Khan hizo ademán de dejar la habitación, pero aquel hombre se lo impidió con el brazo.

- Tú no. ¡Tú comerás aquí!

Dicho esto, el hombre empujó al niño de nuevo hacia la habitación y le lanzó un cuenco con unas gachas resecas que desprendían un olor más que cuestionable, que cayeron irremediablemente al suelo, esparciéndolas por toda la madera

- Los perros comen comida para perros- dicho lo cual soltó una sonora carcajada mientras se alejaba, satisfecho de su broma.

Khan no dudó ni un instante. Estaba a punto de caer y aquellas gachas eran lo único que lo separaba de desmayarse. Empezó a recoger con las manos todo lo que pudo, para llevárselo a la boca. Lo que no podía recoger, lo lamía con fruición del suelo. Cinco minutos después, Khan se recostó en un rincón de la habitación y allí se quedó dormido. Soñó con su gente, los leprosos, que había dejado atrás hacia apenas un día. No sentía remordimientos por ello: cualquiera de ellos hubiera hecho lo mismo. Peor los echaría de menos, sobre todo a Erika, aquella niña con la cara destrozada por la lepra y sin el dedo meñique, con la que jugaba a matar sapos en los lodazales y a cazar ratas en las murallas. Aquella noche durmió bien.

Los días se sucedían sin dejar rastro. Su vida giraba en torno a las patatas, dos velas y un cuenco. La mujer estaba con él también, pelando patatas. No había vuelto a ver a Khaelos desde entonces.

No fue hasta el alba del cuarto día, cuando el destino de los tripulantes de “La Mujer Barbuda” tomó un brusco final.

Khan no escuchó el grito de alarma. Él estaba durmiendo en esa habitación que profesaba un calor asfixiante, sin importarle nada ni nadie, absorto en sus sueños tenebrosos y confusos. Fue el resquebrajar de la madera el que lo alertó de que algo no iba bien. De repente, por una una brecha en la madera, empezó a manar agua del profundo y oscuro océano.

Khan empezó a picar bruscamente contra la puerta, con apenas esperanzas de que nadie lo escuchara. Su intento fue rápidamente sustituido por algo más útil. Dejó de golpear a la puerta cerrada con llave para dirigirse al origen del agua. Se quitó la ropa, dejando ver una figura raquítica y marcada por la ira de una sociedad que lo repudiaba. Contempló por un momento aquel collar de huesos que le rodeaba el cuello. Sentir el peso de aquel objeto le hizo coger fuerzas. Haría lo que fuera para sobrevivir.

Taponó la brecha con su ropa, aunque no fue bastante. Empezó a vaciar los sacos de patatas que había, y los empezó a introducir en el agujero, junto a su ropa. Aquello pareció bastar, por el momento. El agua le llegaba hasta los tobillos. En tan solo un minuto aquella estancia se había llenado con tal cantidad de agua. No podía permitir bajo ningún concepto que la brecha supurara agua.

Sus deseos se vieron rotos cuando una nueva brecha, más grande que la anterior, se abrió ante sus ojos. Fue entonces cuando se percató de los gritos que había en cubierta. Gritos de pánico, gritos de órdenes; pero todos marcados por el miedo y la angustia.

Khan colocó nuevamente más sacos sobre la nueva brecha, pero esta vez, aquello no fue suficiente. De repente, otra brecha se abrió a su izquierda. Aquello sobrepasaba con creces las capacidades del niño. Desbordado por los acontecimientos, Khan decidió cambiar rápidamente de estrategia. En vez de impedir que entrara agua, el niño empezó a forzar la madera para que se abriera de par en par. Utilizó un taburete cómo palanca, mientras el agua empezaba a subir de nivel. Ya le llegaba por la cintura cuando al fin sus esfuerzos se vieron recompensados.

El impacto pero, fue más duro de lo esperado. El agua entró con mucha fuerza, empujando al chico hasta la pared opuesta. Este cogió aire y se sumergió. Llegó a la brecha, por la que ahora ya podía pasar y se coló a través de ella.

Al abrir los ojos, contempló una escena que nunca hubiera creído posible. Una criatura, de un tamaño colosal, estaba embistiendo con sus múltiples tentáculos al barco. Desde dentro del agua la imagen era borrosa, pero aun así aquella criatura tomaba la forma de un pulpo gigante. Khan se alejó todo lo posible del monstruo, intentando llegar a la superficie antes de que el aire se le escapara de los pulmones. Para un niño de nueve años pero, la distancia entre la habitación de dónde había salido y la superficie era demasiado grande para recorrerla a nado sin respirar.

Las fuerzas le fallaron en los últimos metros. La vista se le tornó borrosa y sus instintos le pedían a gritos que tomara una bocanada de aire. Quería resistirse a la tentación de respirar bajo el agua, porque sabía que una vez hecho, los pulmones se le llenarían de ella, muriendo ahogado irremediablemente.

Cuando estaba a punto de perder la consciencia y perderse en el oscuro abismo del océano, una mano milagrosa lo agarró del hombro. Aquella figura que no supo reconocer lo arrastró hasta la superficie, dónde le hizo cogerse a un tablón de madera flotante. Aquello fue lo último que consiguió ver.

(…)

Khan despertó con el sonido de una vez. “¿Estás bien?” decía insistentemente. A la voz lo acompañaban el sonido de las olas contra la arena. El chico notó como el agua llegaba hasta su cintura. El frío de esta lo acabó de desperezar. Se levantó de golpe, con un terrible dolor de cabeza. Miró a su alrededor: tres personas más estaban tendidas ante él, entre ellas, Khaelos y la mujer shike. El otro hombre era un ser peculiar, de orejas puntiagudas, con un cabello largo caoba de destellos rojizos. Junto a este, un personaje aun más peculiar: de viejas y polvorientas ropas, con un sombrero extraño, una barba serrada y un cabello moreno. Era él quien preguntaba al otro hombre tendido en la arena su estado.

Khan dio un vistazo al lugar al que habían ido a parar. Era un paisaje nunca visto por el niño. La vegetación era totalmente distinta a la que había visto hasta ahora. Tampoco había visto una tierra rodada por tanta agua. Todo parecía sacado de un sueño surrealista. Khan fijó ahora la mirada en Khaelos, el gigante de pelo plateado.

Se acercó a él sin hacer ruido. Contempló su rostro inconsciente otra vez. No parecía una persona capaz de hacer daño a Khan, pero nadie podía fiarse de nadie. A pesar de ello, aquel sentimiento de confort volvió a inundar al chico. Se percató entonces de que había extrañado su presencia durante aquellos cuatro días encerrado en la habitación. No sabía cómo, pero aquel hombre había pasado a ser algo importante para él. Era un símbolo. Uno que representaba que no estaba solo en su patética vida.

Se sentó a su lado, sin despertarlo ni hacer ruido, con los brazos cogiéndose las rodillas y esperó en esa posición hasta que al fin Khaelos abrió los ojos….
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Re: Las Islas Malditas

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Mayo 17, 2012 4:26 am

Sonreí al ver que el niño bebía con tanta ansia de la cantimplora. Al parecer, realmente lo necesitaba, y en ese momento sentí que había hecho una buena acción para él. Tras eso, mientras hablaba con el niño, al escucharme él hablar en lengua oscura pareció mostrarse muy sorprendido. Seguramente el chico debía estar sorprendido de ver que yo sabía esa lengua que a tan poca gente le resulta familiar. Sin embargo, su sorpresa que casi parecía agradable se transformó en miedo, en alerta... Lo pude leer en sus ojos. Por eso no me sorprendí cuando el chaval decidió huir. No pude ir detrás de él. Demasiada gente, y él era bastante rápido, especialmente ahora que volvía a tener agua en el cuerpo. Ya le encontraría más adelante. ¿Quién sabe?

En ese momento, mientras salíamos del puerto, y una vez dejé de centrar mi atención en el niño, me incorporé y guardé la cantimplora, para seguidamente mirar a los laterales del barco. ¿Barcos a los flancos? No parecía que la gente del barco estuviera nerviosa por aquellos navíos, así que decidí que a mí tampoco me incumbía. Me situé en un lugar del barco en el que hubiera algo de aire, pues no me hacía especial ilusión estar rodeado de la mayoría de gente, y a los demás mi aspecto les resultaba, cuanto menos, intimidante. No tuve muchos problemas para que la gente me dejara en paz. Vi que en todo el barco sólo había una mujer, pero a diferencia de los demás, yo no iba desesperado por carne femenina. Ya había saciado esas necesidades.

De repente, los piratas empezaron a repartirnos los trabajos a cada uno. El pirata que me dio trabajo a mí se me acercó rascándose la barbilla, mirándome de forma aprobadora y asintiendo. Alcé una ceja y le pregunté, cruzándome de brazos:

-¿Puedo ayudarte?-

El hombre sonrió anchamente, algo inquieto, y me respondió asintiendo enérgicamente:

-Así es, amigo. A ti te tocará hacer de guardia nocturno. Impones bastante, metes miedo, y no tienes pinta de ser un descerebrado cabrón salvaje. Ese será tu trabajo, pues. Guarda nocturno. Entre tú y yo... Has tenido bastante suerte... De noche, la mayoría de la gente tiene que dormir apiñada ahí abajo y hace un calor para morirse, y además... No te va a tocar fregar suelos ni pelar patatas.-

Reí ligeramente y asentí. Guarda nocturno... No era de los peores cargos que me habían tocado a lo largo de mi vida. Además, aquello me ofrecería un poco más de comodidad que la mayoría de los tripulantes, lo cual era bueno. Durante el día dormía sin tener mucho problema por el ruido de los tripulantes gracias a la costumbre de los campamentos militares, y me dedicaba a tener en buen estado mi equipo, atendiéndolo constantemente y prestando especial atención tanto a mi maza como a mi espada. Aparte de eso, me dedicaba también a remendar uno de los dos sets de ropa que había comprado cuando estaba en tierra. Básicamente lo estaba acortando y remodelando, aprovechando que uno de los mercenarios llevaba hilo y aguja que me había prestado, para que así cuando viera al niño le pudiera dar algo mejor que lo que llevaba puesto. Fuera de eso, hacía constantes paseos por el barco durante el crepúsculo para ver si encontraba al niño que había encontrado antes. Era como si hubiera desaparecido o algo. Esperaba que apareciera en algún momento, porque como alguien del barco lo hubiera tocado o algo...

Por las noches, las cosas no eran muy diferentes. Básicamente tenía que comprobar que nadie del barco se dedicara a hacer estupideces por la noche. En algunas ocasiones veía de refilón a alguien, bueno, más bien a su chaqueta, pero teniendo en cuenta que hasta el momento no había tenido problemas con nadie, ¿para qué iba yo a ser quien iniciara uno con él? Al fin y al cabo, ni me pagaban por ese trabajo, ni parecía que hubiera ningún problema. Sí me tuve que meter, sin embargo, la segunda noche, cuando escuché a un par de hombres borrachos hablar acerca de lo que le harían esa misma noche a la única mujer del barco. Lo andaban comentando en voz baja, sin saber que yo estaba justo a la vuelta de la esquina. De hecho, se dirigían hacia donde teóricamente ella estaría, cuando al doblar la esquina se toparon de frente conmigo. Alcé una ceja y les dije:

-Forzar a una mujer no es algo digno de caballeros, ni siquiera lo es el planearlo, ¿sabíais? Y no creo que vosotros dos seáis precisamente sujetos de su interés. No sois muy hermosos que digamos.-

Los dos hombres me miraron con rabia, su miedo desaparecido por el alcohol. Uno de ellos me levantó el dedo del medio, riéndose, y el otro me dijo:

-Métete en tus asuntos, cacho de hojalata. Si queremos tirárnosla, nos la tiraremos, y no podrás impedirlo.-

Reí ligeramente y, sin responderles con palabras, agarré del mismo dedo que había levantado al hombre que me estaba haciendo aquél gesto ofensivo, y sin mediar palabra le rompí el dedo de una forma bastante desagradable. Antes de que pudiera gritar, pero, mi mano derecha, enguantada en cuero y acero, se estrelló contra su cara, noqueándolo de un solo golpe y haciendo que parte de su dentadura se desparramara por el suelo. El otro pareció recordar que meterse con un tipo de casi dos metros embutido en una armadura y cuya mirada es del color de la sangre no era lo más prudente que se puede hacer en esas situaciones, así que empezó a retroceder, pero antes de que pudiera le agarré de la sien, y con violencia lo tiré de cabeza contra la borda, noqueándolo y haciéndole una buena brecha en la cabeza. En aquél momento llegó uno de los piratas, alarmado, y me dijo, mirándome con algo de miedo:

-¿Qué coño ha pasado aquí?-

Yo le respondí con calma, sonriendo de medio lado:

-Este par de señores han tratado de meterse conmigo, pero como bien imaginarás, no es algo que yo fuera a permitir. Además, estaban borrachos y vagaban por la cubierta a estas horas. Creo que es motivo suficiente para dejarles fuera de combate por unas horitas, ¿no?-

El pirata frunció el ceño y decidió que lo mejor era hacer lo que se hacía en esos casos, llevando a los dos hombres a no sé dónde. Sin más incidentes, pues corrió la voz de que yo no me andaba con chiquitas, las demás guardias nocturnas transcurrieron tranquilas, y durante todo ese tiempo traté de encontrar al muchacho, cada vez más irritado por el hecho de no verle. Un niño no puede desaparecer en un barco... Pero a cualquier ser se le puede hacer desaparecer en un barco... Y el aura que tenía el chaval me aseguraba que, a diferencia de mí, no muchos más en el barco le tendrían precisamente... Cariño.

Al cuarto día, yo ya estaba cabreado, y hubo un detonante. Estaba a punto de acabar la guardia nocturna, cuando me topé con un hombre que parecía tener restos de una esencia que me era conocida... Había estado en contacto con el niño. Lo sabía. Pero en sí, aquél hombre era una persona normal y corriente más. Decidí acercarme a él, y sin mucha amabilidad, le dije:

-Dime dónde está el niño. Ahora.-

El hombre se inquietó, pero trató de disimular, a pesar de estar empezando a sudar:

-¿El niño, qué niño? ¿De qué coño me hablas?-

Le agarré de los hombros y lo empotré contra la pared, violentamente:

-Mira, pedazo de escoria inmunda, sé que has tocado al niño. ¡Dime dónde demonios está o te juro que te abro en canal y uso tus tripas como cebo para peces! Y antes de que decidas gritar por ayuda... Soy guarda nocturno, puedo inventarme una muy buena excusa para darte muerte. Y créeme que puedo ser muy convincente...-

El hombre me dijo:

-N-n-no te atreverás, no te atreverás...-

Yo respondí silenciosamente, manteniéndolo apretado contra la pared con la mano izquierda, y desenvainando mi espada con la derecha. El hombre abrió los ojos como platos y pronto empezó a cantármelo todo como un ruiseñor:

-¡El chaval está encerrado en ese cuarto de ahí al fondo pelando patatas, no sabía que lo conocieras, es un monstruo, por favor, déjame vivir!-

Mirándole fríamente envainé la espada y asentí. El hombre suspiró aliviado, pero antes de que pudiera responder le golpeé la cabeza contra la pared y seguidamente lo tiré por la borda. Empecé a andar hacia la habitación que el hombre me había dicho cuando de repente llegó el horror. Empezaron a surgir tentáculos del agua, los cuales concluyeron con la aparición de la cabeza de una criatura que, aunque el vigía gritara su nombre, yo ya sabía qué era. El kraken. Poniéndome en posición de combate, empecé a andar lateralmente, acercándome a la puerta en la que el pirata me había dicho que estaba el niño. En ese momento pude apreciar como el monstruo, de un simple golpe, destrozaba uno de los barcos escolta. Eso no fue lo peor. Lo peor fue la ola gigante que se dirigió hacia nuestro barco, haciendo que volcara. Un impacto del agua me estampó contra la pared, pero eso no hizo que soltara mis armas. Maldición, no, no, ¡no, no podía morir en ese barco del demonio! Envainé la espada, preocupándome ahora de mantenerme sujeto a la madera mientras el barco giraba.

Escuché golpes provenientes de la puerta, lo cual me alarmó, pues debía salvar al niño, pero en la posición en la que estaba en aquél momento lo único que podía hacer era agarrarme para tratar de no ser yo quien muriera en aquella tumba marítima. Sin saber muy bien como, al cabo de un rato tratando de ponerme en pie y reaccionar, al final acabé a punto de ahogarme, chapoteando en las aguas y notando como poco a poco me hundía hasta que una de mis manos agarró una madera suficientemente grande como para mantenerme a mí encima, lo cual no era para nada fácil, pues la armadura me tiraba hacia abajo como un peso muerto, y no tenía tiempo para desabrochármela. Pero aquella tabla podía más o menos conmigo. Había tragado mucha agua, y entre los golpes y todo me notaba cerca de desfallecer. Sin embargo, pude apreciar una figura bajo el agua, y con esfuerzo, logré traerla a la superficie. Era el niño. Gracias a los dioses él no estaba muerto, o eso quería creer, al menos. Tras hacer que se agarrara a una tabla, finalmente no pude evitar lo que tenía que pasar. Caí inconsciente. En ese momento, mientras la negrura se cernía sobre mí, no pude evitar llorar. Mi hija... Mi hermana... Nunca más iba a poder verlas... Dioses... Por fin había logrado llevarme bien con Kariope, y... ¿Tenía que morir yo ahí? Maldita fue la hora en la que decidí alistarme a aquella misión suicida. Me sentí sucio, me odiaba, me sentí como un estúpido irresponsable, porque eso es lo que había sido. Y ahora ya era tarde... Con lágrimas en los ojos, sólo pude susurrar, antes de caer inconsciente:

-Perdóname... Kariope...-

Durante no sé cuánto tiempo estuve inconsciente, soñando con varias cosas, algunas pasadas, otras simples alucinaciones de mi mente, culpándome por haberme metido en aquél follón. No les hice caso. Sabía que no estaba muerto, y no lo decía porque fuera adivino. Recordé aquella vez, cuando yendo de caza con Necros y unos cuantos más, morimos. Realmente morimos, pues en mi caso, aún conservo la cicatriz de la lanza que me atravesó el pecho de lado a lado. Y la muerte no era una sensación semejante a la de la inconsciencia. No notaba mi alma separándose del cuerpo, no veía a Elhías recibiéndome con los brazos abiertos, no. Sólo veía sueños confusos.

Me desperté al escuchar a un hombre gritando si estábamos bien. Abrí un instante los ojos, y el sol me dio de pleno en los ojos, haciéndome cerrarlos de golpe. Noté un repentino dolor en la cabeza, pero no producido por un golpe. Cansancio, hambre, boca seca... Deshidratación. Maldición. Aquello debía atenderlo rápido. Me incorporé como pude, sin abrir los ojos y llevándome ambas manos a la cabeza. Haciendo una mueca con los labios dije, gruñendo y con voz ronca:

-Dioses... Ni siquiera los cabezazos de los orcos duelen tanto...-

Finalmente abrí los ojos, y al mirar hacia adelante pude ver al niño. Le sonreí debilmente y mientras me sentaba de piernas cruzadas, notando con alivio que lo llevaba todo encima, pues el casco reposaba a mi lado, el escudo, la mochila y la espada a mi espalda, y la maza en mi muslo, le dije al niño, con una nota de alegría en la voz:

-Vaya... Al parecer tú también has sobrevivido, chico. Me alegro de verte, ¿sabes? Por desgracia, descubrí demasiado tarde dónde te habían encerrado. Aunque al menos me aseguré de que aquél cerdo que lo hizo muriera el primero. Estoy sediento, y creo que tú también lo estarás...-

Llevé una mano a mi mochila y agarré una de las cantimploras. Tras beber primero yo un trago generoso, le ofrecí al chaval. Afortunadamente, al ser grandes las cantimploras, sabía que quedaba como poco algo más de medio litro. Al igual que hice en el barco, sujeté la cantimplora para que el chico sólo tuviera que beber sin preocuparse de aguantar. En ese momento sacudí la mano libre, lejos del niño, para quitarme toda la arena de ese brazo, y en ese momento, como acto reflejo, me palpé el pelo. Afortunadamente, estaba casi todo por dentro de la armadura, y milagrosamente la arena no se había metido en la capucha, así que no tenía arena pegada. Era un alivio. Cuando el chaval acabó de beber giré mi cabeza hasta ver al hombre del sombrero. Le dije, sonriendo ligeramente:

-No sé si ellos estarán bien, pero si te has levantado la mitad de jodido que nosotros, estoy seguro que necesitarás esto.-

Tapando la cantimplora para que no se derramara el contenido, se la arrojé al hombre para que él también pudiera saciar su sed. Tras eso, devolví mi mirada al niño y le dije en lengua oscura, mientras le acariciaba la cabeza con afecto paternal podría decirse:

-Aún no sé tu nombre, jovencito. No estoy enfadado contigo, no te preocupes. Es comprensible que alguien que se ha visto forzado a vivir en la pobreza extrema se asuste cuando una persona como yo le trata de una forma agradable. Sobretodo cuando esa persona mide casi dos metros, lleva una armadura pesada y tiene los ojos rojos. Ahora mismo estamos en territorio desconocido. No te despegues de mí para nada. No sabemos si hay algún peligro por aquí, pero recuérdalo, pase lo que pase, estarás muchísimo más seguro a mi lado que estando solo. Por cierto... Si en algún momento quieres preguntarme algo, hazlo.-

Me levanté, sonriéndole al chaval, y entonces me giré hacia el hombre del guardapolvos. Cruzándome de brazos, le dije, sonriendo con compañerismo:

-Mi nombre es Khaelos. Ya que parece que vamos a colaborar para sobrevivir, sería buena idea que nos presentáramos. Un momento... ¿Qué es eso que ha llegado? ¿Un arcón? Dedícate a despertar a los demás, yo me encargaré del cofre.-

Con curiosidad, me acerqué a aquél arca, queriendo saber qué había dentro, rezando interiormente para que fuera comida. Estaba cerrado, pero por lo que pude ver, el agua de mar había oxidado la cerradura, lo cual me permitió abrirla propinándole un fuerte puñetazo con la mano en la cerradura, envuelta por el guantelete de la armadura. Una vez se abrió, lo siguiente en abrirse enormemente fueron mis ojos. ¡Agua y comida! Aquello, sumado con las cantimploras que había llenado en Phonterek, nos permitiría subsistir tiempo suficiente en aquél lugar. Le hice una seña con la mano al niño para que se acercara, y luego dije en voz alta:

-¡Tenemos provisiones, camaradas! Acercaros a reponer fuerzas, pero recordad que habrá que racionarlo todo. No sabemos de cuántos suministros podremos contar en este lugar.-

Tras eso, decidí coger un poco de jamón ahumado y empecé a comer. Por una banda, debía reponer fuerzas, pero por la otra no debía ser egoísta, así que comí una ración lo suficientemente grande como para recuperar fuerzas, pero lo suficientemente pequeña como para que apenas fuera nada en comparación al resto de la comida. No podía ser yo en ese momento quien fuera un mal compañero. Tras acabar de comer cogí una de mis cantimploras, sin tocar el agua de las que habían ahí, y bebí un poco para hacer bajar la comida, y como dos veces antes había hecho, en aquella ocasión también le ofrecí agua al menor. Finalmente miré al resto de las personas que estaban en la playa, sin saber si habrían despertado ya o no, y dije:

-Una vez hayamos recuperado energías deberemos ponernos en marcha, repartir todo lo que hay en el cofre entre todos y explorar la isla para saber dónde demonios estamos, y lo que es más importante, cómo demonios salimos de aquí.-

Y una vez más, me dirigí al niño, buscando en mi mochila el remiendo que había hecho para proporcionarle algo decente que vestir:

-Mira chico, en mis ratos libres en el barco te hice esto. Espero que te quede bien.-

Le sonreí, tendiéndole aquella ropa que había cosido más o menos a su medida. ¿Por qué demonios me portaba con él como si fuera mi hijo? ¿Y por qué no debería hacerlo? Quién sabe... Podría acogerle bajo mi tutela y enseñarle a aprovechar la energía que poseía. Además... Así Kariope tendría un hermanito, y como nos habíamos reconciliado, estaba seguro que le agradaría. Pero todo eso lo haría si primero lográbamos salir con vida de aquella isla.
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Re: Las Islas Malditas

Mensaje por Felisse el Lun Mayo 21, 2012 4:05 am

Normalmente, los viajes en barco no le suponían una gran incomodidad al joven elfo, el cual estaba acostumbrado a surcar las aguas en tales monstruos de madera debido a que durante a lo largo de los años quedó prendado en cierta medida por la belleza del azul y extenso mar, fuente de alimento…y de leyendas. Sin embargo durante esa travesía el odio racial que aquellos hombres parecían tener estuvo siempre presente, no tanto por el cargo de vigía nocturno que le fue asignado (¿Un vigía por la noche?, ¿Acaso pensaban que era un gato que veía sin apenas luz?), sino por las miradas “amistosas” que le dedicaron muchos de los marineros, en especial aquel al que había atacado en el embarcadero, a pesar de que, a su manera, le había pedido disculpas.

El tiempo pasaba bastante lento en el barco, al principio, los primeros minutos, no tenía apenas espacio para poder sentarse siquiera debido a que los marineros le trataban como si no existiera, en todo el significado literal de la palabra, lo que significaba que se apretaban a su alrededor aplastándolo con sus grandes cuerpos, mas no tardaron en formar un pequeño círculo alrededor de Felisse cuando este les enseñó que un “toquecito” en un espacio vertebral concreto podía causar bastante daño, sobre todo si lo efectuaba un elfo cabreado porque un marinero de pelo grasiento y apestoso le quita la respiración al intentar aplastarlo contra otro hombre igualmente repugnante.

Sin embargo esto cesó cuando empezó su trabajo como vigía nocturno, era un trabajo sumamente fácil, por lo que muchas veces ni siquiera miraba hacia al mar y se dedicaba a meditar en el pequeño espacio que era el puesto de vigía y a masticar lentamente la comida que le correspondía, normalmente fría, pero aun así resultaba mucho mas deliciosa que la carne seca y los vegetales secados al sol que solía comer cuando no tenía más remedio.

Durante el día Felisse no tenía otra salida, se quedaba meditando en una zona poco transitada de la cubierta, en esa zona había permanentemente una sombra debido a unos barriles que estaban convenientemente colocados, por lo menos la luz del sol no le podría molestar en su descanso, aunque los sonidos del trabajo y del parloteo de la tripulación eran algo molestos…sin embargo, cuando un elfo medita pocas cosas perturban esa meditación. Sin embargo Felisse estaba al tanto de lo que ocurría a su alrededor, por lo que los intentos de la tripulación de echarle por encima del cabello unas tripas de pescado fueron rápidamente atajados por un golpe de la palma de la mano.

Deseaba llegar lo antes posible a tierra firme, ya que durante los días en los que debía de estar confinado en aquel barco no podía entrenarse, lo que hacía sentirse incompleto al elfo, el cual necesitaba realizar sus ejercicios diarios…y por si fuera poco, tampoco tenía a mano material de lectura…debía de haber pensado en el tema antes de subir al barco, por supuesto.

Durante su vigilancia nocturna, el elfo pudo observar desde cerca al poderoso hombre llamado Khaelos. Durante toda su longeva vida, Felisse conoció a hombres muy poderosos…grandes hechiceros, guerreros sanguinarios…pero aquel hombre tenía algo especial. ¿Sería su forma de andar?, ¿O acaso sería esa aura de peligrosidad que su cuerpo emitía? No estaba totalmente claro, mas de lo que si estaba seguro es de que era un hombre con el que no debía enemistarse…y eso hacía que le entraran unas enormes ganas de luchar contra él…aunque eso le desviaría la atención de su objetivo principal en aquella aventura, por lo que intentó alejar todos aquellos pensamientos de su mente…ya tendría la oportunidad de retar a aquel caballero otro día, ahora la prioridad reinante era impedir que gente inocente fuera masacrada…y obviamente, tomar algún escrito.

Justo estaba absorto en esos pensamientos cuando el sol empezaba a asomarse por el horizonte, era el amanecer del cuarto día, y todo parecía ir bien, mas pronto pudo adivinar cómo una figura amorfa empezaba a emerger del agua…en el mismo momento en que pudo ver un tentáculo adivinó lo que era…el origen de multitud de historias de marinos…aquella criatura que era sinónimo de muerte en alta mar…el Kraken.

Uno de los tentáculos dio un golpe violento al mástil mayor del barco, justo donde estaba Felisse…el cuál se tambaleó en el recipiente de madera que era el puesto de vigía y se precipitó a la cubierta debido a que el golpe partió un poco la madera (haciendo que el mástil se doblara aunque no logró destruirlo) ,como si fuera mantequilla, apenas tuvo tiempo de agarrarse a una de las cuerdas y aterrizar de forma aparatosa, pero más o menos segura, sobre la dura madera de cubierta.

El barco de tambaleaba por los furiosos golpes del calamar, mientras, grandes lluvias de madera y agua salada caían sobre Felisse, el cual se cubrió el rostro con uno de sus brazos para evitar que le cayera agua salada y fragmentos de madera en los ojos. El esfuerzo fue en vano, pues no tardó en caer al mar y perder el conocimiento al instante.

(…)

Entreabrió los ojos lo suficiente como para que la cabeza le doliera por la luz que recibía en aquel momento…era un verdadero milagro que siguiera vivo en aquel momento, aunque debería ver si alguno de sus huesos estaba roto o desplazado de su sitio…cosa que hizo al momento, flexionando ligeramente todos los músculos de su cuerpo y comprobando que no había sufrido daños apreciables…aunque notaba los labios secos y la cabeza le parecía a punto de explotar.

Entonces el elfo se incorporó lentamente, dio un vistazo a su alrededor y apenas tuvo tiempo de reparar en la gente que le acompañaba ya que en seguida notó unas nauseas que le provocaron un vómito consistente sobre todo en agua marina, luego del cual se sintió mucho mejor.

De improviso, una persona le tomó de un hombro y lo zarandeó, apenas pudo observar a un hombre alto y con un extraño sombrero que le gritaba si estaba bien a gritos.

-¡No me chilles, que estoy bien!- Gritó el elfo dándole una palmada en la mano para apartarla.

Aún estaba aturdido por todo lo que había pasado, pero se levantó, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, sin embargo no tardó en reparar en todos los presentes…¿Qué había sido de todos los que viajaban en el barco? ¿Acaso los Dioses habían querido que todos muriesen?...y lo más extraño de todo…¿Dónde demonios estaban?.

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Re: Las Islas Malditas

Mensaje por Charlotte De Rais el Mar Mayo 22, 2012 7:49 pm

Y como un imán los hombres se aproximaban a mí, haciendo gala de su poca inteligencia y de sus grandes… tríceps. Sonreía ante ellos mofándome, fingiendo cierta curiosidad y asombro. Acariciando brazos y, … eso, fingir que me interesaba. Al principio, me sentí afortunadamente famosa, pero llegaron a agobiarme. Bastante. Nunca creí decir esto pero me sentí incómoda entre tanto hombr…músculos, si déjenoslo en músculos.

Me percaté de un pequeño hueco entre dos brazos de dos hombres, y por lo que más quise, me colé por ahí o eso intenté más o menos. Encajada me quedé entre ellos.- Si me permiten, por favor, una mujer como yo necesita su espacio.- Leído así, no se puede percatar mi tono cortante, pero lo dije de tal forma que los dos hombres se separaron de tal forma que casi nos vamos al suelo los tres, ellos por su "descuido" y yo por mi afán de empujar. Por la inercia que yo quería generar, di dos pasos grandes tambaleándome, por poco beso la desgastada madera; sin embargo, no llegué y con grácil disimulo me erguí y caminé para la borda, y vislumbrar un barco que nos seguía. Arrugué el rostro, extrañada y como si de una ventana fuese, de puntillas me puse, retrasando la cabeza y miré para el lado contrario, mi extrañeza aumentaba; pues otro barco igual nos seguía, paralelo al primero visto. ¿Qué como sé que era un barco? ¿Qué nos puede ir siguiendo?, es cierto, he de confesar que solo veía un par de manchas surcando el mar pero, mala espina me daban, no me gusta ser perseguida.
Los días pasaban largos y aburridos, pelando patatas y cocinando...
Si, la cocina y yo no nos llevamos bien pero me defendí, la que entendía de artes culinarias, era mi hermana, Shaiya. Pero bueno… te sigo contando cómo pasó eso de que YO estuviera entre los fogones.
Cuando me cansé de mirar los dos barcos, me volví para ir hacia mi camarote sin embargo un hombre viejo, sin embargo corpulento se detuvo ante mí.
Acompáñame a la cocina.- me dijo gesticulando con la mano, dióse la vuelta para guiarme y se quedó solo andando un par de pasos. Al ver que no le seguía, volvió hacia mí de mientras que yo opté por poner una postura desafiante.
¿Perdona?
….
¿Perdona?

La segunda vez fue un poco más alta de lo normal y cuando estuvo enfrente de mí , me cogió de las muñecas con sus manos y las unió con fuerza. Se giró y me llevó arrastrando hacia dentro.
Yo hincaba los talones en la cubierta escupiendo y vociferando sapos, salamandras y cosas “muy bonitas” por y para su persona.
Mujeres en un barco… - dijo con un cierto toque de desazón.
¿Qué cojones pasa si hay una mujer en un barco? Eh ¡contesta!- pero se ve que para él eran palabras necias, pues hizo oídos sordos. Hinqué los talones resistiéndome, sin dejar de dedicarle palabras hermosas hasta que me dejó caer bruscamente sobre una silla de madera que crujió.
El hombre señaló un cuchillo y con parsimonia, cerciorándose de que yo le siguiera con la mirada, también señaló el tubérculo. No voy a decir lo que le dije, porque mis palabras fueron en vano. El muchacho era callado, bastante callado, había veces que le miraba de reojo al escuchar el crujir de la patata entre los dientes. Una de las veces le dije entre sonrisas.-No le des mordiscos de ratón, si te aprieta el hambre, come, aunque entiendo que no sea el manjar de tu corta vida. Sigue siendo comida.

Tampoco las noches eran para celebrarlas, estoy loca por llegar a tierra. Mi pesadilla me seguía, más intensa, más real, más asfixiante. Y luego está lo evidente, una mujer, en un barco, repleto de hombres. Aún así, era irónico, cómico, si me apuras, mi integridad física dependía de un varón, que velaba por los pasillos.
Ahora que caigo, era el hombre que estaba hablando con otro por el crío, el mismo crio que me acompañaba en la cocina.
Qué esto que te voy a decir pero, en mi fuero interno, en mi balanza de hazañas buenas y malas. Se lo agradecía, lo que no se me quemaba o pasaba, se lo ofrecía. Me parecía la forma menos patética de agradecérselo que un simple “gracias” y una sonrisa tonta. No va con mi persona.

Antes mencioné que deseaba estar en tierra firme, ¿recuerdas?


Pues pisé tierra gracias al calamar gigantesco.

Sí, existe.

No soy entendida en esto de las criaturas fantásticas marinas y mitológicas pero solo me permitió coger mis zarpas de debajo de mi almohada. Nada más.
El caos se apoderó del barco y de los barcos que nos escoltaban. Cerré los ojos y no confesaré a viva voz que a los tentáculos y a los pulpos gigantes, les tengo pavor, y más después de esta experiencia. Pero como aferrarme a mis cosas no era algo inteligente por mi parte, salí en medio del caos y como muchos me aferré al mástil como si mi vida, literalmente, dependiera de ello.
La criatura agitó las aguas y recuerdo que me arrastró con ellas hasta unas maderas, no sabría decir qué parte del navío sería. Solo recuerdo que me di con tal fuerza que si los dioses hubieran querido, hubiera muerto ahí.

Pero Charlotte de Rais, la que ves aquí, sobrevivió.
Y no se sabe cómo.

El chirriante graznido de las gaviotas me despertó, lo primero que se me vino a la cabeza fue que era un milagro que siguiera viva, lo segundo fue que donde habitaban esas aves, había costa. Abrí los ojos lentamente, estaba tumbada bocabajo, mi cabeza mirando a la izquierda, mechones de mi cabello cubriéndome el rostro, entre los huecos que el pelo azabache, veía mi mano a la altura de los ojos abierta con la palma de la mano acariciando la arena. La levanté y me recogí el pelo, posándolo detrás de la oreja. La diestra a la altura de las piernas.
Me reincorporé, necesitando un tiempo para mí, sentándome sobre mis rodillas, con la cabeza entre las manos. Hasta que uno de los que quedábamos preguntó en general si estábamos bien, me limité a decir un “sí” siguiendo aturdida.
Dejé que ellos hablaran e incluso que Khaelos, el vigilante, abriera una especie de baúl. Los ojos se me abrieron grandísimos al ver el contenido.
Clavé las rodillas para levantarme y estirarme, dirigiéndome hasta lo recién descubierto.- Encantada de sobrevivir con ustedes, caballeros y caballero de menor altura, soy Charlotte.- el niño había sobrevivido. Era bueno en el arte de vivir el día a día. No servirá de nada preguntar donde estamos, ¿verdad?



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