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Las Islas Malditas

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Mensaje por Franz Krieger el Vie Mayo 25, 2012 10:42 pm

Así, cada uno de aquellos cinco héroes, aventureros, se fueron despertando uno por uno en aquella misteriosa, extraña, paradisíaca cala, la playa de los naufragos. Por que en verdad, eso eran, cinco naufragos sin saber donde estaban, ni a donde ir. Sin saber lo que había pasado ni lo que pasaría, cada uno haría lo que tenía que hacer, confiando en lo que confianse, pues ahora todo recaía en sus hombros, Matre ya había puesto en juego todas las fichas y el escenario, ahora era el momento de que cada peón moviese.

- Mi nombre es Jack Cross, como vosotros subí a ese barco hace un par de días. La misión de la nueva inquisición era mandar a todos los mercenarios que pudiese en busca de un artefacto mágico de poder incalculable. No subí por fama ni fortuna, mi misión en todo momento será destruirlo, y para nuestra desgracia hemos naufragado en una de las tantas islas que forman los archipiélagos prohibidos, allí donde el vasto poder del Imperio o la Inquisición no llega, estamos en tierras vírgenes para la civilización Northeña, se suponía que llegaríamos a la isla exacta gracias a un mapa que, se hundió al mar junto con el resto de la tripulación y el navío.
Puede que La Máscara de Randüin esté en esta isla, o puede que no, en cualquier caso lo encontremos o no, aún no tenemos forma viable para salir de aquí. -
Iba diciendo Jack sin prisas pero sin pausas, bien que parecía una parrafada inmensa, pero ellos debían saber lo que en realidad estaban haciendo allí. - De cualquier modo, aquí no hacemos nada. Si nadie tiene nada que objetar, deberíamos adentrarnos en la selva. - Finalizó, acercandose al baúl recién abierto y alargando la mano para agarrar tres cantimploras y algo de cecina seca, todo esto lo guardó en su zurrón.

Acto seguido, y aún pensando en cómo había llegado un chaval, un niño hasta allí, junto a ellos, fue Jack quien se adentró en la selva, no dejando atrás al resto del grupo y yendo a una marcha apasible para el resto, el muchacho no debía esforzarse mucho en un clima como aquel, al igual que el hombre encurtido en la armadura inmensa tampoco, pues menudo calor estaría pasando debajo de esa coraza de Mithril, los otros dos, el elfo y la mujer, esperaba por su bien que pudiesen ir bien en la marcha, por que o si no...
En verdad Jack también tenía un montón de calor, pero supo ocultarlo bastante bien, pues acababan de empezar a andar, no debía mostrar flaqueza en aquel entorno tan hostil: La selva era muy espesa, verde y caoba, las copas de las palmeras eran tan frondosas en el techo del lugar que apenas el Sol las atravesaba para iluminar vagamente sus pasos. El calor, excesivo y húmedo, pegajoso. Era incómodo y hacía que la ropa se pegase el cuerpo, no digamos su efecto en el cuero; devastador. Los pasos de la marcha naufraga estaban acompañados del graznar y piar de las aves silvestres, exóticas y seguramente preciosas que los observaban desde la altura, también seguidos por el constante quebrar de las ramas sueltas en sus pies.
Jack que era el punta de flecha era el encargado de apartar las lianas sueltas del camino, ayudado de un sable Akhdariano que hacía apenas un mes había conseguido, bastante útil y con el filo rasgado.

Aunque el grupo no lo podía ver, a uno de sus costados, el derecho, algo se movía entre la espesura. Más bien, una manada de algo. Su paso silencioso y su atenta mirada clavada en el desprevenido, o atento pero ciego grupo ante su futuro. Sus lenguas relamían constantemente su hocico, su estómago rugía por el hambre, desesperadas por esto último dejaron de lado su instinto depredador y se abalanzaron contra el grupo:

Así como iban avanzando lentamente, lo primero que se oyo fue el súbito quebrar de las ramas en una posición muy cercana a la derecha, seguida de un abismal rugido animal, y luego la figura de un depredador felino anaranjado y de rayas negras, que con sus zarpas se abalanzó sobre Khaelos, tirandolo al suelo y neutralizando ambos brazos, haciendo presión con sus garras en sus muñecas, clavandolas al suelo.
Jack en un rápido movimiento desenfundó una de sus pistolas y apuntó rapidamente al animal y para cuando a apretar el gatillo, otro tigre saltó de la espesura y acabó encima del pistolero antes de que pudiese disparar una sola bala.
La pistola que agarraba salió despedida y acabó a los pies del joven Khan, y su gorro de vaquero cercano a Felisse.

En un forcejeo, Jack conseguió apartar con sus manos la gigantescas fauces del animal de su cabeza, en cambio sus zarpas, desesperadamente intentaron una y otra vez sesgar al ahora poco-sumiso Jack en trocitos pequeños.
Jack incapaz de acabar con el animal por sí solo requería la ayuda del grupo, Khaelos en una posición similar a la del caza-vampiros, se las veía más tranquilas gracias a una armadura de Mithril que dejaban en vano todos los intentos del animal por acabar con su vida.
Aún así, ¿Quién sabía cuanto iba a resistir.?
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Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Mayo 31, 2012 1:09 pm

Poco después de que todos se despertaran y vieran el contenido del baúl, empezaron las presentaciones de algunos de los miembros del grupo. El elfo estaba aún algo desconcertado, y Khan era un chico callado por naturaleza, pero tanto la mujer, que supe que se llamaba Charlotte, como el hombre, llamado Jack, hablaron, demostrando que ellos no estaban tan aturdidos como el antiguo. Jack empezó a hablar, explicándonos la misión de la Inquisición, y ante las palabras del hombre, no pude evitar reír ligeramente:

-Así que mis suposiciones acerca de la Inquisición eran ciertas... Afortunadamente, al igual que tú, mis intenciones no eran para nada dárselo a la Inquisición, y menos el contemplar la posibilidad de que cayera en las manos de los perros imperiales... Concuerdo contigo, lo mejor será empezar a buscar... Ya sea un modo de salir de aquí, o la máscara de las narices.-

Como era obvio, no revelé mis verdaderas intenciones acerca de la máscara, aunque no descartaba la destrucción de la misma. ¿Por qué? Como mago, sabía reconocer cuándo un objeto era peligroso y cuándo no, y sobretodo, sabía blindar mi mente acerca de las promesas de los objetos mágicos. Sabía que si aquél objeto mágico me ofrecía todo lo que yo deseaba o cosas por el estilo, lo que realmente haría sería un bello ejercicio de posesión corporal, y eso no era algo a lo que estuviera dispuesto. Sin embargo, si descubría que el poder de ese artefacto era domable por mis manos... Debería hallar una forma de "convencer" al hombre para que no la destruyera.

Tras sus palabras, sin embargo, hice lo mismo que él, y agarrando unas cuantas cantimploras y más raciones de carne, las guardé en mi mochila. Desenvainé la espada mientras nos acercábamos a la jungla y solté un bufido. Hacía una calor endemoniada en ese lugar... Menos mal que había tomado precauciones antes de embarcar. Si hubiera ido vestido con cuero y con la armadura ajustada al cien por cien, en esos momentos sería Khaelos a la parrilla.

A medida que avanzábamos por la selva, yo vigilando constantemente los alrededores y manteniéndome cerca del niño para evitar que le pasara algo, pude fijarme que a cada paso el lugar se hacía más y más espeso, evitando al final la llegada del sol al suelo. El calor, por su parte, me estaba haciendo sudar como un pollo, y de no ser por mi buena resistencia, otorgada en parte por la misma armadura, en esos momentos estaría ya demasiado debilitado.

De vez en cuanto alguna liana o rama baja se ponía en nuestro camino, y si no era Jack quien la cortaba, yo me encargaba de despacharla de un espadazo, vigilando siempre de que mi arma no se quedara enredada. Luchando en los lugares con árboles hay que vigilar eso, pues muchos guerreros menos experimentados habían encontrado su final al atacar demasiado ampliamente y quedar desarmados por el simple efecto de los árboles.

Rápidamente escuchamos un sonido a la derecha que nos pilló desprevenidos, pues yo apenas tuve tiempo de girarme y ver como un tigre se abalanzaba sobre mí, apretándome las muñecas contra el suelo. Solté un gruñido ante el golpe y miré al felino, el cual trataba en vano de morderme la cara. Le dejé mordisquear durante unos instantes hasta que se escuchó un fuerte crujido, seguido de un gimoteo proveniente del animal. Vaya, al parecer se había partido algunos dientes tratando de morder el mithril. En ese momento contraataqué, dándole un fuerte cabezazo en el hocico que hizo que el animal retirara sus zarpas de mis muñecas. En ese momento le sacudí un golpe con el escudo, el cual le impactó con la brutalidad de una maza al ser de adamantio, partiéndole en el ataque algunas costillas, de modo que cayó al suelo, jadeando y gimoteando con dolor. Finalmente me levanté y, agarrando la espada, que había caído un par de pasos encima mío, se la clavé en la garganta, matándolo definitivamente.

En ese momento reparé en que Jack estaba siendo atacado por otro tigre. En un principio me iba a dirigir hacia el animal para clavarle la espada en el costado, pero en ese momento me di cuenta de que una de sus armas había caído al suelo. Una pistola... En ocasiones anteriores había visto a Ivo usar chismes de ese tipo, así que sabía cómo funcionaba. Clavando en el suelo la espada, cogí el arma y apunté al ser. Finalmente disparé, resonando la detonación por buena parte del lugar. El disparo fue bastante certero, pues acertó justo en el ojo del animal, alojándose el proyectil en su cerebro. Me acerqué al hombre tendiéndole la pistola por el mango, y una vez la cogiera, lo siguiente que haría sería ofrecerle la mano para ayudarle a levantarse. Tras eso, cogí mi espada y la envainé. Soltando un suspiro, dije:

-Maldición, si me hacen gastar energías los seres de este lugar tan pronto mal vamos... Menos mal que tomé precauciones para no convertirme en parrillada a los cinco minutos... ¿Estáis todos bien?-
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Mensaje por Khan el Sáb Jun 02, 2012 9:04 am

El sol, que se alzaba en la lontananza abrasaba todo lo que acariciaba. La arena de la playa era un auténtico hervidero. Esta se colaba entre los pies descalzos de Khan, que iba cambiando el peso del cuerpo para equilibrar la sensación de quemadura que sentía en las plantas de los pies. Y es que a pesar de que el niño estaba acostumbrado a caminar descalzo, siempre lo hacía sobre superficies más templadas.

Khaelos, aquel gigante plateado, descubrió un cofre semienterrado en la arena. Fue la diosa de la fortuna la que quiso que el contenido de aquel baúl fueran provisiones. De no haber sido así, a saber cuánto tiempo habrían durado. Khan sabía encontrar comida allí dónde no la había, pero eso era en la ciudad, un medio que él conocía, y hacía ya semanas que estaba viviendo en un medio que no era el suyo. Si se paraba a pensar, en tan solo unos días había vivido más experiencias que todos los años que llevaba de vida. Aquello emocionaba al niño, que nato perseguidor de emociones y misterios no podía resistirse a la tentación que aquel lugar le provocaba.
Khaelos le ayudó a beber y a comer. El chico procuró no ser brusco engullendo, y masticó muy poco a poco, cómo sólo aquellos que pasan hambre saben hacer. Trituraba el trozo de carne que le habían dado con tanto espero que al final se volvía líquida. Eso le calmaría el hambre durante un buen rato y si acaso, luego, ya comería el resto del trozo que le había sobrado. Las costumbres no cambian. Pasar hambre es de las cosas más insoportables y terroríficas, que junto con la sed, componían la existencia del chico. Ahora que tenía agua y comida en abundancia, no iba a desesperarse. Si algo sabía el chico, era que las cosas deben hacerse con calma y fríamente.
Junto a Khaelos, aquel hombre de extraña indumentaria. Ahora que lo veía más de cerca se notaba que había pasado la treintena, o que estaba cerca. Aquella barba tapaba lo que parecían algunas cicatrices de encuentros desafortunados. Todo indicaba en aquel tipo que era un mercenario de los de libro. El sombrero extravagante sólo hacía que acrecentar la curiosidad de Khan, que no podía evitar cuestionárselo todo. Incluso agachado, se notaba que era más bajo que el gigante plateado, y no desprendía la misma aura. Aun así, no parecía un hombre débil en absoluto. Lo que parecían sus armas eran instrumentos a los que Khan nunca les había podido poner el ojo. Eran armas totalmente nuevas y desconocidas para el niño. Tenían un aspecto elaborado al mismo tiempo que letal. Se moría de ganas de comprobar que podían hacer.

También había aquel hombre de orejas puntiagudas y de tenso carácter, pues al haber sido despertado le espetó al mercenario de malas maneras que lo dejara tranquilo. Su rostro era todo un misterio. Por mucho que Khan lo intentase, no conseguía identificarlo con ninguna región que conociese, que tampoco eran muchas. Su acento tampoco era local. Aun con tono enfadado, su voz parecía emitir un silbido. Era un acento calmado y sinuoso, al mismo tiempo que frío y distante. Sus ojos felinos y almendrados escrutaban el entorno con ojo experto. Tampoco parecía un hombre corriente.

Por último la mujer con la que había estado pelando patatas durante todo el trayecto en navío. Poco sabía de ella, pues no se habían hablado apenas. A pesar de ello, sabía por sus labios gruesos y sensuales, aquellas caderas y los cabellos ondulados que le caían por los hombros, sedosos y cuidados que era el tipo de mujer que acostumbraba a gustar a los hombres. Khan era demasiao pequeño para entender muchas cosas, pero si algo sabía era que las mujeres despertaban en los hombres instintos descontrolados y a veces, poco convenientes. Muchas veces se tornaban violentos e irascibles, otras pesados y maleducados. En todo caso, la mujer que tenía en frente era esa clase. Y aquella sonrisa y mirada risueña no hacía más que acrecentar aquella apariencia. Parecía no estar preocupada en exceso por la situación. Era sin duda, una mujer poco corriente.

En definitiva, se habían juntado un peculiar grupo de personas en la orilla de aquella playa. No había más tripulantes. No sabía si algunos habían sobrevivido al devastador ataque de aquella criatura marina, pero en todo caso, allí no había nadie más, estaban solos. Solos y con un cometido, según pudo deducir Khan por el tema de conversación. Como el chico se había enrolado con la intención de tener la barriga llena, no se había enterado de que una gran cantidad de mercenarios habían sido contratados para llevar a cabo una importante misión. De que misión se trataba pero, Khan lo ignoraba.

Emprendieron la marcha hacía el espesor de aquella vegetación exótica y misteriosa, que tanto hipnotizaba a Khan. Cómo nunca había visto una palmera, todo aquello le parecía curiosamente excitante, aunque no lo demostraba. Aquellos redondos y peludos frutos marrones que colgaban de ellas parecían tremendamente apetecibles. Estuvieron andando un buen rato y a pesar de ello, no avanzaban apenas. Y es que la maleza ralentizaba al grupo de mala manera. Las gruesas y constantes lianas hacían detener a la pequeña comitiva a cada paso. Desde detrás del gigante plateado, Khan podía ver cómo el mercenario barbudo sudaba a raudales intentando desbrozar la vegetación que se interponía en su camino. Y es que hacía una humedad espantosa. Los cabellos alborotados de Khan estaban ahora pegados a su piel, que brillaba por el sudor. Los mosquitos parecían haberse ensañado con el resto del grupo, pero a Khan no se le acercaban mucho. A pesar de ello, escuchaba su incesante y profundo zumbido, que se introducía en los tímpanos de forma abrupta y molesta. Los ánimos de la comitiva parecían haber disminuido desde que se adentraron hacia apenas unas horas. La felicidad de Khan pasaba totalmente inadvertida por su inamovible e inexpresivo rostro, por lo que encajaba perfectamente también con aquel sentimiento colectivo. Estaba feliz por una cosa tan simple como aquel regalo que le había hecho Khaelos en la playa. Una prenda de ropa sencilla y basta, pero que para Khan era toda una maravilla. No sólo era cómoda y liviana, además olía extrañamente bien. Se habían mezclado en ella los olores del barco y la mar. Además, aquel gesto que quizás para el gigante plateado no había sido más que un acto de bondad, había marcado un antes y un después en la vida de Khan. Y es que era la primera vez que alguien le regalaba algo. De haber sabido que eran las lagrimas, las habría soltado sin cesar. Por desgracia, el aura del chico le había privado de aquel sentimiento tan intenso. En su lugar, una breve y fugaz sensación de bienestar acarició el corazón del niño.

Los pensamientos de este pero, se vieron rápidamente interrumpidos por el sonido de algo que no eran simples pisadas. Khan sólo pudo ver como una sombra se movía detrás de unos arbustos, para a continuación abalanzarse sobre Khaelos. Este apartó al muchacho de un empujón, que lo alejó del inminente peligro. La criatura atacante no era otra cosa que un gato enorme, de proporciones totalmente desorbitadas. Intentaba con todo su instinto animal robarle la vida al gigante de ojos carmesíes, pero este no parecía estar dispuesto a tal cosa. Tras un breve forcejeo el duelo de titanes finalizó con la victoria aplastante del gigante. Y es que aquella armadura, junto con su gran corpulencia no era en vano. Con un contundente golpe de escudo, Khaelos derribó a la bestia, para a continuación ensartar su hermosa espada en la garganta de la desdichada criatura.

Mientras, otro gato gigante parecía ensañarse con el mercenario barbudo, de nombre Jack. Ese problema también fue solucionado por Khaelos, que con un rápido movimiento recogió el arma misteriosa de Jack y tras apuntar un segundo y tras una sonora explosión derribo al otro animal sin tocarlo. La bestia cayó fulminada en el acto, y Khan no sabía cómo.

El chico se había quedado al margen, expectante y emocionado por el giro que habían tomado los acontecimientos. No hizo ademán de intervenir en ningún momento. En primer lugar por que habría sido un estorbo para los dos combatientes; y en segundo lugar porque se había quedado hipnotizado por la escena. Tras ser las dos criaturas abatidas, Khan se dirigió con paso tranquilo hacía una de las dos bestias tiradas en el suelo. Se le acercó y empezó a acariciarle el pelaje esponjoso y suave de color naranja con unas franjas negras en el lomo. Era una criatura impresionante, pero no lo suficiente como para derrotar a aquellos dos hombres. Sin duda Khan estaba ante la presencia de dos personas sobresalientes en el arte de matar.

Tanto el elfo como la mujer se habían quedado junto a Khan, expectantes a los acontecimientos. Cómo el chico, debían estar extasiados por el momento de aquella escena tan peculiar.

Aquel pequeño contratiempo no supuso ningún problema para el grupo. Rápidamente y tras haber desaparecido ya la adrenalina, la comitiva se puso en marcha de nuevo. Khan continuó acariciando a la criatura muerta, de la cual le salía de la garganta sangre roja como un rubí, y se amontonaba en el suelo, formando un denso charco. Khan se manchó las manos de sangre, y al marchar, sus pies descalzos pisaron aquel charco ensangrentado. Mientras recuperaba la distancia que le separaba del grupo se introdujo en la boca su dedo índice, comprobando con su lengua el sabor de aquel líquido rojo. Tenía un gusto metálico, pero nada más. Parecía tan buena como cualquier otro alimento. Se relamió las manos tanto como pudo, hasta colocarse de nuevo tras Khaelos, que ahora se le imponía cómo un gigante inmortal.
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Mensaje por Franz Krieger el Miér Jun 06, 2012 4:27 am

Tanto Felisse el elfo como Charlotte la fémina humana, se quedaron absortos ante como Khaelos, se desenvolvió contra los tigres. Bien que Jack era más diestro o ágil, no contaba con una armadura pesada de Mithril reforzado, cualquier hombre podía hacer cosas como esas con esa armadura. Pero claro, donde estaría la emoción entonces. ¿Eh? ¿Donde?
Era más emocionante enfrentarse a los problemas con gabardina y sombrero de copa baja, aunque si tenías a uno de esos superhombres cubriendote las espaldas y haciendo el trabajo sucio, mejor que mejor.

En fin, así Jack mató por su propia cuenta a ambos tigres, de una manera tan sútil como los hombres Zhakenshianos sabían hacer, algo le decía a Jack que ese tío era un nigromante, y no era por su armadura negra, su forma de ser o por su extraña aficción por aquel pequeño chaval de fines oscuros. ¿Irónico verdad? Un cazador de seres y hombres así, cooperando y siendo salvado por todo lo contrario.

Jack hizo palanca en la cabeza del tigre muerto y lo tiró a un lado, luego se puso en pie, ayudado por Khaelos, después recibiendo su pistola por el mismo hombre. Siembra lo que recoges, y Jack le devolvería el favor encantado, en verdad lo hubiese hecho sí o no.

- Muy agradecido - Agradeció Jack a Khaelos, mientras recargaba la pistola. Una vez lo estuvo, la guardó en su funda y miró al grupo, sólo Khaelos había hecho algo. Por mucho que les costase admitirlo así era.
- Sus territorios no suelen estar tan cerca de la costa, estarán hambrientos. Además, mira que pocas fuerzas tenían. Lo he podido apartar casi sin esfuerzo - Habló Jack, moviendo las patas delanteras del animal que antes intentó mirarlo, viendo su barriga más bien, inexistente. Era cierto que apenas estaban alimentados, ¿Extraño?
Pronto averiguarían por qué.

- Deberían estarlo, al fin y al cabo no les ha pasado NADA - Comentó Jack, más que nada bromeando. Había salido todo bien, reprochar por ello era una estúpidez. Otro gallo cantaría si algo hubiese salido mal.

Fue Jack quien inauguró la marcha como punta de flecha otra vez, seguido o no por el resto. De mientras cortaba lianas y otras cosas más, pensaba en su situación, no sabía que podían o no hacer, estaban en el culo del mundo y a saber cómo podían salir de él.
Entonces, un crujido extraño se oyó, Jack se dio la vuelta, Charlotte, la última del grupo había pisado algo raro, sonó el quebrar de una cuerda o algo parecido... ¿¡Una cuerda!? Cuando se llevó la vista al suelo, pudo ver lo ya dicho un par de veces, ¿Qué significaba eso? Era una trampa, ni más ni menos.

De entre las malezas, un silbido se empezó a oir, ¡Slisch slicc slach!, ya sabeís como sonaba; Eran virotes o flechas surcando el aire a una velocidad elevadísima, y más bien, poco tardaron en acribillar el brazo derecho de la mujer. ¿Extraño, verdad?
Tres virotes alcanzaron el brazo derecho, hombro, antebrazo y cercana a la muñeca, eran virotes pequeños, impregnados de algún líquido viscoso, seguramente veneno.
Jack, corriendo se acercó a la mujer, la agarró de la cintura y por fortuna, lo hizo antes de que se desplomara en el suelo, dejandola sentada en un tocón, inspeccionó su brazo.

- Dardos venenosos... ¿Alguien cuenta con medicamentos? Me temo que los necesitará. - No sabía el efecto del veneno, ni sabía su contrarrestador, pero cualquier cosa que se hiciese llamar medicina le serviría. Le serviría a ella, a Charlotte.
De cualquier modo, debía estar activa para relantizar el efecto del veneno, si se quedaba estática, duraría menos de una hora. A lo sumo dos.

Entonces, aunque Jack no se percató de ello, más concentrado en aplicar primeros auxilios, vendando y arrancando los virotes con sumo cuidado de la mujer, algo se acercaba.

Estaban en un pequeño claro escondido en la espesura, pequeño pequeñísimo, aunque si alguien estuviese minimamente atento, podría haberse dado cuenta de que, algo los rondaba. Y en esas, salió de la espesura.
De mirada cabizbaja, tez pálida, sus pies arrastrados, ropas raídas y carne cayendo a trozos. Sus gemidos denotaban pena, lamentos caídos, cuando alzó la vista y dejó ver sus ojos blancos como la nieve, clavados en Khan, parecía denotar algo así como empatía.
Después, fue seguido por otras dos figuras de la misma índole, tres en total.
¿Pero tres qué?

Tres no-muertos.
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Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Jun 07, 2012 1:31 pm

Tras acabar con el par de tigres, devolverle el arma a Jack y ayudarlo a levantarse, el excéntrico mercenario empezó a hablar, dándome primero las gracias. Sólo por aquello ya se había ganado mi simpatía. Si hay algo que no tolero son los desagradecidos que sueltan frases del estilo "no hacía falta, yo habría podido con eso". A esos nunca más vuelvo a ayudarles, y la última persona que me soltó eso acabó muriendo mientras me gritaba que le ayudara. Tras eso, el hombre empezó a explicar los hábitos de los tigres y asentí, respondiéndole:

-Cierto es. Una vez me tuve que enfrentar a un tigre que sí estaba bien alimentado, y por Elhías que esos bichos pesan lo suyo. En cambio estos... Se les marcan las costillas. Seguramente toda la fuerza que poseían era otorgada por la simple desesperación. A lo mejor es que en esta tierra hay pocos seres vivos.-

Ante la broma que soltó luego Jack ante mis palabras no pude evitar reír ligeramente. Tras eso, me giré hacia Khan, el cual estaba acariciando a un tigre, y finalmente le observé llevarse un dedo manchado de sangre a la boca. Reí ligeramente, y agachándome para ponerme más o menos a su altura le dije en lengua oscura, mirándole con ojos carmesíes a través del yelmo:

-Intenta que no te pillen los demás bebiendo sangre. Pueden pensar que eres alguna clase de vampiro, y uno de estos tipos es un elfo y el otro tiene pinta de ser un cazador a juzgar por su atuendo... Discreto. Te comprendo... Sé que la sangre puede llegar a resultar sabrosa depende de cuáles sean los gustos de uno mismo, aunque te recomendaría que no te acostumbraras a esto. Las enfermedades que pueden traspasar diversos seres a partir de la sangre son, como poco peligrosas, y el que alguien te pueda ver bebiéndola puede malinterpretarse fácilmente.-

Tras eso, aprovechando que había envainado mi espada, usé la mano libre para acariciarle los cabellos, y a través de mi mirada pudo saber que le estaba sonriendo con un afecto que fácilmente podría ser calificado de paternal. Tras eso, me levanté, mientras el niño se ponía detrás de mí y yo desenvainaba la espada para seguir ayudando a Jack con la tarea de abrir un camino. De repente, se escuchó un sonido, y tanto Jack como yo nos dimos la vuelta. Nada más mirar al suelo y ver la cuerda, maldije por lo bajo:

-Maldición, ¡una trampa!-

Sin embargo, no pude intervenir a tiempo. Varios silbidos se escucharon y rápidamente pudimos ver como tres virotes impactaban en el brazo de Charlotte. A juzgar por la pinta de los mismos, debían estar envenenados. Mientras Jack la recogía y preguntaba acerca de si alguien tenía medicamentos, yo pude observar el cómo de la espesura salieron un trío de zombis a juzgar por el aspecto. Alcé una ceja y dije en voz baja:

-¿Y ahora vienen estos a tocar las narices?-

Extendiendo la espada hacia ellos, invoqué mi conjuro de control de cadáveres para ponerlos bajo mi mando. Ni siquiera haría falta matarlos. Tras hacer eso, me giré hacia Jack, el cual seguía atendiendo a Charlotte y le dije:

-Primero de todo hazle un torniquete en la zona afectada para evitar que el veneno se extienda. Entonces... ¿Tienes alguna herida en la boca? Si es así no hagas nada, pero si no tienes ninguna, empieza a succionar las heridas y escupir la mezcla de sangre y veneno que encontrarás. No creo que sea algo agradable pero toca hacerlo. Si ves que la piel empieza a presentar síntomas de gangrena... Tocará amputarle la zona afectada.-
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Mensaje por Khan el Vie Jun 08, 2012 10:17 am

El gigante plateado, como así le gustaba llamarle Khan a Khaelos se acercó hacia él. El chico, que ya se había acostumbrado a su tono cariñoso y gestos protectores no hizo ademán de apartarse, aunque tampoco sabía muy bien como reaccionar ante ellos. Y es que a parte de los leprosos con los que había vivido desde que era niño, nadie lo había tratado bien. Pero aquella gente no era lo mismo; aunque le trataban con cariño, nunca lo habían entendido. A veces Khan les escuchaba susurrar a cerca de él. Entre el grupo corría la voz de que la presencia del chico traía mala suerte. La gente corriente nunca habría sabido comprenderlo. Y ahora, por azar, se había encontrado con una persona que no sólo le profesaba cariño y ternura, sino que además comprendía su oscura y solitaria naturaleza. Aquel hombre y sus acciones habían empezado a provocar ciertos cambios en el carácter del chico que poco a poco y de manera sutil se manifestaban exteriormente. Para empezar, no había rehuido su presencia, y aceptaba de buen grado aquella mano que le removía con la fuerza de un titán el sucio y alborotado pelo negro.

No conforme con aquello, aquel gigante de ojos carmesíes le advirtió sobre los peligros de mostrar tanta curiosidad en público; y en su lengua; aquella que todos temían con sólo pronunciarla y que tanto agradaba a Khan. Esta vez pero, a diferencia del día en que aquellas dos rarezas humanas se conocieron, el chico no huyó. En vez de eso escuchó atentamente lo que aquel hombre le decía, absorbiendo aquel conocimiento y grabándoselo con fuego en la memoria. De hecho, Khan ya era cauteloso por naturaleza, pero tantas emociones en un solo día lo habían sacado de su estado natural de precaución. Las palabras de Khaelos le hicieron volver a la realidad.
Se miró las manos fijamente con aires de culpabilidad. Aun tenían pequeñas motas de una sangre espesa y de un color oscuro. Aquel sabor metálico lo había atraído como la miel al oso, y al final, la tentación había vencido a la razón. Miró a lado y a lado, esperando ver cientos de ojos incriminatorios observándole desde aquellos arbustos grandes, frondosos y exuberantes. Por suerte, nadie a excepción del gigante plateado se había percatado de su imprudente acción. Hoy estaba de suerte.

Miró a Khaelos con aquellos ojos negros como pozos y asintió seriamente con la cabeza. Se limpió las manos de sangre refregándolas contra sus piernas, pues no quería manchar su tan preciado nuevo regalo y con saliva se limpió la suciedad que de seguro tendría en los labios. Segundos después no quedaban evidencias de lo que minutos atrás había hecho. Pudo entonces continuar el trayecto con total tranquilidad.

Lo que el chico no llevaba tan bien era la marcha que llevaban. Si bien era cierto que debían pararse cada pocos pasos para hacerse paso entre la maleza, Khan nunca había recorrido tanta distancia sin parar. Los pueblos dónde había vivido estos años eran demasiado pequeños como para cansarse siquiera. El único sitio en el que había andado hasta que le dolieran los pies era Phonterek, y de eso hacia apenas unos días. El chico no estaba acostumbrado a ese ritmo. Además, la humedad y la calor no hacían más que acrecentar aquella sensación de cansancio. La cabeza le daba vueltas, y apenas notaba las rodillas, que parecían derrumbarse de un momento a otro. A pesar de ello pero, no dijo palabra alguna. Había pasado momentos mucho peores. El cansancio no era nada comparado con el hambre o la sed. Por si fuera poco, estaba en mitad de algún lugar que no conocía en absoluto. Si le hubieran preguntado por dónde habían venido, Khan no habría podido responder. No sabía ya dónde estaba la playa con respecto a ellos. Por esa razón no podía mostrar signos de debilidad. ¿Y si los demás se cansaban de su lento paso y decidían dejarlo atrás? Los adultos eran peligrosos e impredecibles, pero en estos momentos era lo único que mantenía con vida al chico. Sin ellos estaría condenado y moriría en algún lugar de esa frondosa y asfixiante jungla.

Así pues, armándose de toda la energía y tenacidad de la que poseía, Khan mantuvo el ritmo del grupo sin vacilar ni pestañear. Ya pararían en algún momento, se decía a cada paso que daba. Aquello lo mantuvo encendido y con fuerzas el resto del trayecto.

Este pero, parecía estar lleno de obstáculos e impedimentos.

No había pasado demasiado tiempo desde el ataque de aquellos felinos, aunque eso era relativo pues encerrados en medio de aquel paisaje que parecía repetirse una y otra vez calcular el tiempo parecía una tarea imposible, cuando nuevas criaturas rondaron el grupo. Esta vez pero, Khan los sintió venir mucho antes de que estos aparecieran. Los sintió, pues aquella aura maligna era inconfundible para el chico. Antes de que se los encontraran en mitad del camino, gimiendo y retorciéndose, el chico empezó a acelerar el paso, emocionado por ese inesperado encuentro.

Su carrera se vio frustrada por un fuerte silbido. Algo le pasó rozando la mejilla sin siquiera tener tiempo a apartar la cabeza. Por suerte, sólo era un corte superficial, y apenas salió sangre. Eso sí, un agradable cosquilleo recorría la minúscula herida. El chico no lo sabía, pero era el efecto del veneno. Por suerte, su increíble metabolismo había absorbido los efectos antes de que llegaran a manifestarse, por lo que Khan ni se percató de lo peliaguda que podría haberse tornado la situación.

Quien no había corrido tanta suerte era la bella y esbelta mujer de cabellos cobrizos. Esta había recibido el impacto de varios proyectiles en el hombro, y ahora estaba sentada en el suelo fangoso que sin duda se adhirió a la ropa, manchándola. El resto del grupo pareció ponerse en alerta. Aquello había tomado por sorpresa a todos, incluso al mercenario y a Khaelos, que parecían preocupados por el bienestar de la mujer. Y es que a diferencia de Khan, que no se entraba de muchas cosas, esos dos sí sabían lo que había ocurrido, y la gravedad de la situación. Khaelos fue el primero en reaccionar, dando instrucciones para intentar detener los posibles efectos devastadores de aquel veneno desconocido. Khan, por su parte, saltaba la vista del grupo a las criaturas que habían aparecido en mitad del camino. No sabía que situación era más interesante. Por una parte la mujer había sido herida, y el chico quería ver cómo evolucionaba. Por otra parte, aquellas criaturas a las que inocentemente Khan llamaba hombres fríos le fascinaban completamente. Tanto era su entusiasmo por aquel encuentro que el chico se avanzó al resto del grupo, como para dar la bienvenida a aquellos seres.

A pesar de su entusiasmo pero, Khan conocía perfectamente el carácter de los “hombres fríos”. Era cierto que la mayoría eran amables y charlatanes, pero también había de violentos y peligrosos. Como el niño no sabía de que tipo eran aquellos, decidió quedarse a medio camino, esperando con todas sus fuerzas que fueran agradables y poder al fin entablar una conversación con alguien. Si bien era cierto que Khaelos entendía su lengua y era un adulto confiable, Khan no podía remediar sus instintos. SE había pasado toda su corta vida repudiado por los de se misma especie. Los muertos eran los únicos con los que podía hablar con franqueza. Por esa razón, el chico se mostraba mucho más abierto con aquellas criaturas que con Khaelos. Aunque eso estaba empezando a cambiar poco a poco.

De ser criaturas amistosas, Khan estaría encantado de poder hablar con ellos. De lo contrario, Khan intentaría a través de sus poderes, alejarlos del grupo.
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Mensaje por Franz Krieger el Jue Jun 14, 2012 3:07 am

Tanto Khaelos como Khan, con nombres con ciertas similitudes, habían dejado en cierto modo de lado a la moribunda Charlotte, en brazos de Jack y lo decía literalmente hablando.
El cazador, ignorando los no-muertos que se aventuraban desde la espesura, confiando en las dotes del chaval, y mucho más en las del armadillo, había decidido practicar la amputación por su cuenta.
No era algo que le fascinase, es más, no tenía muchas ganas de ir amputando brazos por ahí, pero si hacía falta, pues había que hacerlo.
De un tirón, arranco la manga derecha del brazo de la mujer, ahí donde habían acabado todos los virotes envenenados.

Lo que vio, le provocó una fuerte arcada. El brazo estaba totalmente negro, y esa sustancia que había tintado el susodicho de color azabache se extendía por el hombro y torso de la mujer, cómo un líquido, algo con vida que se extendía como la peste.
Era demasiado tarde para amputar. Y con un más que lógico ascamén, Jack soltó de una manera poco sútil a la dama, que sin príncipe azul para sujetarla, cayó al suelo, dandose en la cabeza con el canto de una piedra. Pero muy dolorida no estuvo, ni un sólo gemido soltó. El veneno era paralizador o mortal, quizás ambas opciones en una.
La mujer estaba muerta, ni siquiera le caía bien, pero por dios, ¿Qué tenía dentro de su organismo?
Jack sacó su espada y hizo un corte en la camisa que llevaba, dejando ver su pecho descubierto, totalmente negro y con grumos moviendose al azar.

Alejandose, Jack se giró dispuesto a avisar al resto para que vieran lo que pasaba con la mujer.
Khan, sin temor alguno observaba a ambos no-muertos, mientras que Khaelos con un simple gesto, había puesto a ambos bajo su mando.
Antes, ambos zombies, o cómo queraís llamarlos, parecían hostiles, soltaban gruñidos que poca imaginación había que echarles para entender que querían comerte el cerebro, ahora, se habían parado y parecían, repito, parecían sonreir mientras observaban al crío.

En un murmullo que sólo Khan entendió, uno de los cadáveres le dijo:

- Esta jungla esconde secretos demasiado peligrosos para que niños como tú paseen por ellas. Aunque me temo que ya no puedes salir, ya nadie puede salir. Yo lo intenté, y mira cómo acabé. - Dijo sonriente, casi entre carcajadas.
Su compañero no-muerto le arreo un golpe con toda la fiereza que tiene un no-muerto y soltó una carcajada de ultratumba, literalmente.
De la forma más tétrica posible, ambos estaban distrayendo, aún siendo controlados por Khaelos, al grupo.

Entonces, un rugido infernal se escuchó entre la espesura, seguido de una serie de pequeños temblores, sucedidos en alrededor de 10 segundos entre cada uno.
Entonces, alrededor de un minuto después, de entre los árboles, apartandolos salió una gigantesca figura, de alrededor de tres metros, de mirada perdida, músculos pálidos pero bien márcados y medio estómago que brillaba por su ausencia.
Vacilante por unos segundos os observó, a cada uno de ellos.

Soltó otro gruñido abismal. Entonces, Charlotte, totalmente enegrecida por aquello que la mató, se levantó del suelo y junto a la nueva amenaza, ávida de sangre amenazó la vida del grupo, abalanzose sobre Jack.


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Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Jun 14, 2012 6:15 am

Vi que Khan se avanzaba un poco al grupo mientras yo lanzaba el conjuro sobre los dos no-muertos. Parecía tener cierta familiaridad con los muertos. Sin embargo, aquello en alguna ocasión podría reportarle problemas serios. Sin embargo, no hizo falta advertirle para que los dos no-muertos acabaran bajo mi mando, y con un ligero movimiento de la mano, ambos no-muertos vinieron hacia mí. En ese momento me giré hacia Jack y Charlotte, y pude ver como la dama había muerto finalmente, ennegreciendo por completo su cuerpo.

Miré entonces a Khan y le dije en lengua oscura, con voz de mando:

-¡Acércate chico! ¡Esos dos no-muertos están bajo mi mando, pero mi instinto me dice que no van a ser los únicos que llegarán!-

Sin embargo, pasaba algo raro. Si bien había puesto a los no-muertos bajo mi mando y había cesado sus ruidos que indicaban que querían darnos muerte, parecían sonreír... Y no sólo eso, sus labios se movían, como si hablaran. Sin embargo, la distancia y el casco evitaron que pudiera escucharles. Seguí ordenándoles que vinieran, y ambos no-muertos se acercaron. Sin embargo, en ese momento se escuchó un fuerte rugido de ultratumba de entre la espesura, además de varios temblores en el suelo. Agarrando la espada con fuerza, me adelanté unos pasos, situándome delante de Khan, y dije, esta vez en común:

-¡Cuidado! Todos detrás de mí. Sea lo que sea lo que viene, es mejor que el primero con el que se tope sea yo.-

Al cabo de unos instantes, apareció un ser bastante grande. Me sacaba al menos medio cuerpo, y eso venía a significar más o menos un metro. Situándome en la posición reglamentaria de combate zhakheshiana conocida como "el escorpión", eso es con el escudo por delante simulando las pinzas y la espada alzada, asomando por encima del escudo, simulando el aguijón, observé a la criatura.

Sus músculos, aún estando pálidos, se mostraban considerablemente amenazantes por el tamaño y lo tensos que estaban. Por su parte, la mitad de su vientre había desaparecido, y su cara era apenas un tenebroso reflejo de lo que en vida había sido. Finalmente, la criatura soltó un temible aullido, el cual me hizo sonreír ferozmente. Con que esas teníamos, ¿eh?

Con un simple movimiento mental, y aprovechando que podía imprimir mucha más esencia en ambos no-muertos al tener sólo a dos bajo mi mando, lo hice, mandándoles una buena descarga de magia que, con un poco de suerte, les permitiría moverse con la velocidad de un elfo y golpear con la fuerza de un orco. Los mandé cargar a ellos primero, tratando de distraerle y moviéndose de forma errática para que disimularan la nueva fuerza que mi poder les había otorgado. Una vez el ser intentara golpearlos, haría que le esquivaran y se lanzaran directamente a atacarle las piernas, pues aquél ser, con aquél tamaño, no sería extremadamente rápido. Así pues, si mi ataque surtía efecto y el ataque a las piernas perpetrado por mis zombis salía bien, me lanzaría contra el ser, buscando cercenar su pierna izquierda, que era la que quedaba más a mi alcance, o al menos, debilitarla para que así el ser cayera. Si aquél ataque no surtía éxito y el ser preparaba uno nuevo, mis órdenes serían sencillas. Mis dos zombis deberían apartarse, a la vez que yo lo haría de un salto y varios pasos hacia atrás. En ese momento debería pensar mi siguiente movimiento.
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Mensaje por Franz Krieger el Sáb Jun 23, 2012 10:24 am

Los naufragios son propios de un desastre, ¿No? En este caso un Kraken, típico monstruo de las aguas, temido por marineros y piratas, había destrozado tres barcos de guerra llenos de lo propio, guerreros, del principal, la verdadera fuerza de combate que descendería por las cuerdas y arrasaría las islas en busca del artefacto de Randüin, apenas habían sobrevivido tres personas, hasta hace unos minutos ese número era mayor.
De los otros dos barcos, habían sobrevivido dos personas, la primera era fémenina, una asesina entrenada por el ejécito Zhakkesiano, no tenía motivos ni razones llenas de épicas para hacer lo que hacía. El segundo era un jovenzuelo llamado Dehvi, nombre extraño, humano como la anterior y en general, como la mayoría de los supervivientes, éste era un principiante rúnico y sus motivos estaban claros, quería llegar a las islas vírgenes para explorarlas, y así bastante equivocado se encontraba en uno de los barcos escoltas, que teoricamente, sus miembros nunca hubiesen pisado las arenas de las islas. Fuera como fuese, habían dado a parar en uno de los barcos de la navía de Phonterek, escoltando una expedición que sí bajaría a las islas, arriesgaría sus vidas, buscaría y encontraría un artefacto mágico y lo entregaría a Phonterek, porque o si no... ¿Si no qué?
Si no, morirían.

Tanto Dehvi como Naerys habían naufrago cuando el Kraken apareció de la nada, sólo que sus barcos intentaron resistir ante la criatura marina, finalmente, en vano. Y más o menos, se despertaron cuando el otro grupo de naufragos lo hizo, sólo que Dehvi y Naerys se encontraban en la costa, si no atados a unos postes en medio de un claro de la jungla, llevaban un rato largo despiertos, incluso oyendo los temblores que, justamente el gigante no-muerto estaba provocando...

Los súbidtos de Khaelos, ambos no-muertos se lanzaron, potenciados a cambio de la esencia de Khaelos, contra el gigante, que se llevó por delante a uno de ellos de un manotazo, mientras que el otro se le enganchó en la pierna y le empezó a lanzar mordiscos y arañazos, finalmente, de un puñetazo atravesando la pierna y llevandose un buen manojo de carne con ello.
El no-muerto lanzó un alarido de ira y se autogolpeó en la pierna, quebrándose el hueso que aún la sostenía, pero de paso haciendo puré de carne con el zombie que Khaelos había mandado a su re-muerte.
Así, sin poder avanzar, clavó su rodilla en suelo y empezó a arrastrarse por el suelo, agarrando con la mano raíces, tocones o piedras, desquebrajandolas o simplemente, haciendolos añicos.

Khan estaba inmóvil, como Felisse, incapaces de reaccionar con lo que estaba sucediendo, ¿En serio se habían subido a una expedición peligrosa? Pues menos mal que ahora sólo estaban luchando por la supervivencia, a saber qué harían cuando no hubiese nada en juego.
Mientras Khaelos estaba exhausto, al haber usado su esencia en mejorar sus cadáveres, Jack desenfundó su sable Akhdareño y su espada occidental y rodeó al gigante de una forma ágil, colocandose en la espalda del no-muerto, que sabiendo que tenía algo detrás, intentó girarse, pero no pudo hacer más, tenía las dos manos en el suelo para mantener el equilibrio, si intentaba hacer algo se caería y entonces, se quedaría sin almuerzo definitivamente.
Lanzó un gruñido propio de un gorila gigante, pero eso no intimidó a Jack, que corriendo hacia el no-muerto, saltó y se colocó en la espalda, hundiendo al pobre moribundo en el suelo y déjandolo totalmente inútil frente a Jack, que clavó su espada occidental en el pecho del zombie y lo dejó empalado en el suelo, inmóvil. Luego se alejó, vaciló un poco y volvió con el sable bien alto, dejandolo caer en el cuello del no-muerto, separando su cabeza del cuerpo.
Pero seguía moviendose el muy cabrón.
Y entonces recordó el cómo matar a un verdadero no-muerto: No sólo bastaba con cortarle la cabeza, había que reventarle los sesos. Y no le apetecía pisotear aquel sucio, en descomposición y lleno de gusanos cráneo, que seguramente mancharía horrendamente la bota de cuero oscurecido, así que simplemente le propinó una buena patada, despiendo la cabeza contra el tronco de un árbol cercano, donde simplemente, estalló en cientos de pedazos y seguramente, dejaría muchos gusanos sin hogar.

Entonces el cuerpo dejó de moverse y Jack pudo sacar la espada. - Bien hecho. Y me refiero a tí. - Dijo indicando con la mirada a Khaelos, cuyo nombre no recordaba o no estaba seguro si lo había dicho, y entonces, mientras limpiaba la espada Jack sonreía, sonreía por que era muy gracioso cómo Felisse, que aún no había dicho su nombre, no hacía ni el amago de ayudar, Khan era algo más razonable, era un crío, no pintaba nada ahí, pero era lógico.
Una vez el filo estaba limpio, guardó sus espadas en las fundas que tenía y se alejó un poco del grupo.

Había algo que no le gustaba, y no era el olor del ambiente: Nauseabundo...

Había dos postes de madera, gruesos y largos como árboles, en cada uno de ellos había un forastero atado, suspendido a un metro del suelo con un fuerte nudo que aún dejaba que la sangre circulase, los nativos no eran tan tontos como para que sus víctimas murieran de una forma tan estúpida, querían que sus reclamos estuviesen vivos, ¿Si no de qué servían? Las personas vivas eran lo que de verdad los atraía, la carne muerta era sólo un aperitivo, lo que de verdad los calmaba, dejaba en paz a los nativos, era la carne viva, normalmente solían sacrificar a vírgenes o a miembros inútiles de su grupo, pero cuando había forasteros, los sacrificios eran más rentables con carne foreña.
Y así, sólo los habían atado de pies y manos con fuertes nudos de cuerda gruesa, no les habían puesto trapos en la boca, querían que gritasen, que gritasen bien alto, para que les oyeran y vinieran a por ellos, ¿Cómo si se los comerían entonces?

Ambos postes, colocados uno al lado del otro, a menos de metro y medio, estaban orientados para que sus víctimas viesen la espesura de la jungla desde donde los verían venir, a los caminantes, podridos, hambrientos, no-muertos, zombies. Tenían muchos nombres, pero sólo una cosa era lo que los guiaba, los distinguía y los hacía seguir... el hambre.

Y entonces, seis caminantes salieron de la espesura, acercandose lentamente hacia Dehvi y Naerys. ¿Comida preparada? No había mejor forma de llamar a este dúo de víctimas.

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Mensaje por Lander el Dom Jun 24, 2012 12:18 am

Dehvi miró a su alrededor tanto como sus ataduras se lo permitieron, pero no vio nada que le sirviera de referencia.
Después de haber quedado inconsciente en algún momento del naufragio debió de haber ido a la deriva hasta la costa… ¿o acaso estaba muerto? Nunca había pensado en ello, Dehvi era joven y veía la muerte como algo demasiado ajeno a él mismo, pero no, si aquello era el cielo o el infierno, no era como la idea que tenía el joven en la cabeza.
Se revolvió entre las cuerdas intentando liberarse sin éxito, sentía algunas extremidades dormidas y la cabeza aún le daba algunas vueltas por hacer movimientos bruscos con ella, el ligero tamborileo de la tierra no incitaba precisamente al descanso y la tranquilidad, bien podría ser un indicio de su temprana muerte… si no salía de allí.

Intentó templar sus emociones, pero a medida que su mente se despertaba se hacía más difícil calmarse y pensar con claridad, el pelirrojo ni si quiera fue consciente de que no estaba solo en el claro hasta que no volvió a mirar el ambiente que lo rodeaba. Seguro que ella era una mercenaria, de verdad, no como él, que se había apuntado a todo aquello por la irresistible tentación de lo desconocido. Ella podría quitarse sus ataduras y después liberarlo a él, al menos eso era lo que sucedía en la cabeza de Dehvi, junto a un hervidero de nuevas ideas a la cual más loca y descabellada que la anterior.
-Espero que tengas una idea. –le comentó a su vecina de poste.
La esperanza brilló en el rostro del dibujante rúnico, aunque esta dio paso a la desesperación. Había visto las siluetas humanas acercarse desde el bosque, pero pronto comprobó su error. Las caras estaban demacradas, los ojos se les salían de las orbitas, estaban bañados en sangre y desde luego, no, no parecían amistosos. Además de todo eso, los no-muerto eran apestosos.
Dehvi se revolvió con fuerza, sin éxito, a la par que gritaba y profería toda clase de maldiciones e insultos contra los no-muertos y sus familiares, se negaba a aceptar la muerte sin poder hacer más que mirar, asique además de mirar despotricaría contra la sociedad si hacía falta, quizás lo habría evitado de haber sido más consciente de que estaba acompañado, pero no lo era, por lo menos no del todo, solo quería poder desatarse y correr. Si hubiera sido consciente de la compañía se habría sentido egoísta, quizás lo fuera, pero era joven y no entraba en sus planes morir así, quería una muerte en una cama, cuando fuera tan viejo y hubiera visto tantas maravillas que la muerte fuera algo natural.

Grandes gotas de sudor caían por el cuerpo del chico, este hizo un esfuerzo por reprimir las lágrimas que de otra manera recorrerían su rostro al ver sus anhelos y aspiraciones hechos pedazos por culpa de aquel desgraciado accidente.
Revolverse, maldecir e insultar, por toda la corte celestial, el chico ya se veía muerto y enterrado. ¿Qué importaban ahora los modales?


Lander

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