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Mensaje por Zyrxog el Jue Ago 02, 2012 5:03 am

La ayuda puede venir de los lugares más curiosos y extraños
Tanto como la mano callosa y herida de un mendigo
Como también de la anillada y rica mano de un noble
Pero a veces… incluso los muertos pueden ser de ayuda.

Christian Chacana 01 de agosto de 2012

EL ejercito marchaba sobre tierras que antes habían rebosado de vida, de sonrisas, alegrías y esperanzas, mas ahora tan solo quedaban huesos que se levantaban, harapos que cubrían cadáveres en putrefacción y que blandiendo armas extrañas se alzaban de sus tumbas y lechos mortuorios para unirse a filas de ejército, como si marionetas se trataran y el gran titiritero aun no se presentara. Las puertas se mantenían en pie, aun contra los golpes de hachas y espadas de aquellas muertas manos, como enormes monolitos resistían aquellos embistes de cadáveres y enemigos. El rey miro hacia el enorme ejercito, miro a quienes habían sido sus soldados en el pasado, aun con sus emblemas y escudos de armas sobre las armaduras manchadas de sangre y fango, antorchas eran lanzadas, las flechas incendiarias surcaban el cielo, los gritos de aquellos que ardían en llamas y aun así seguían su lenta marcha.

Ragash miraba con una sonrisa en sus resecos y marchitos labios, sus soldados golpeaban los muros, pero no eran suficientes, los creeper habían muerto pero su función se había completado, ahora solo era cosa de esperar, ya que el muro exterior, el más grande impedimento para la victoria, había caído irremediablemente y el camino se había abierto para el enorme e interminable ejercito … pero aun faltaba el golpe de gracia, los “juguetes” de aquel “sujeto”, el liche se preguntaba ¿Por qué el amo se aliaba con aquel sujeto? O mejor dicho ¿Por qué le mantenía con vida? Pero sus dudas se borraron cuando contra el firmamento aquellas enormes figuras comenzaron a aparecer, muy similares a hombres pero de largos brazos y piernas caminaban lentamente, pisando con fuerza la tierra y dejando sus pies marcados, sus ojos blancos no demostraban sentimientos como también su piel tan negra como la noche, lo que en un principio eran unos pocos, se convirtió en cientos de ellos saliendo desde los bosques o apareciendo como por arte de magia, sus movimientos eran lentos mientras avanzaban hacia los muros, el liche desconocía el poder de esas criaturas pero por lo que amo había dejado escapar de sus tentáculos , el nombre “Enderman” había sido con el que les había bautizado.

Naerys había sido enviada por el teniente a los muros, los soldados que habían en el palacio se encargarían de cualquier monstruo que saliera de las alcantarillas, mientras la mujer salía con unos pocos soldados también enviados a la puerta, otros hacían guardia en la vieja capilla, con sus miradas hacia el altar para defender a los refugiados. En las puertas el rey daba órdenes y también resistía, los arqueros habían visto a esas nuevas criaturas, que superaban dos o tres veces el alto de cualquiera de esos inmundos seres de ultratumba, varios de ellos apuntaron hacia sus cabezas, pero estos simplemente evitaban las flechas con movimientos rápidos, de pronto las criaturas se detuvieron, los soldados les miraron extrañados, pero estas como incluyendo miedos en los mortales, abrieron sus largas bocas y comenzaron a gruñir, desapareciendo de la vista de los defensores, un murmullos salió de sus labios, pero los gritos les reemplazaron, aquellos seres habían entrado a la ciudad de forma inexplicable y con sus manos atacaban a los soldados, atrapándolos y despedazándolos con una facilidad abrumadora, las flechas parecían que no les dañaban, por que cuando disparaban hacia ellos simplemente desaparecían o las esquivaban para atacar al arquero de forma implacable. La mujer había llegado cuando vio el espectáculo, como ante sus ojos uno de los soldados, fuertemente armado y con una pesada armadura era separado en dos por las manos desnudas de aquellos seres, mientras gritaban como si sintieran el mismo dolor que infringían.

La mujer sabia que aquellas criaturas no eran fáciles de derrotar, pero ante su mirada apareció el rey, vestido de dorada armadura, larga barba y ancha espada, él era el rey … él era el gobernante de esas tierras y por su sangre que la defendería por los que amaba y servía, la criatura arrojo los trozos del desdichado soldado y levanto sus brazos para atacar al rey, pero este no era un gobernante que solamente permanecía en el trono y ante los ojos de la mujer demostró gran parte de lo que sabía, las garras parecían acero cuando chocaron con aquella espada, pero el rey tomando ventaja por el tamaño de la criatura se deslizo por bajo de ella y blandiendo su espada con ambas manos golpeo la pierna del Enderman por la rodilla, el crujido de sus huesos fue más que notorio y aun mas cuando cayó al suelo gritando y gimiendo, el rey no perdió tiempo y saltando sobre la criatura hundió su espada en el esquelético pecho del ser, un grito aun más agudo se dejo salir, como un llamamiento de miedo y dolor que se hacía, quizás fue eso, ya que las demás criaturas se detuvieron y miraron al rey, mientras este retorcía su espada haciendo crujir costillas y tendones, un chillido agudo resonó por todas partes, cuando se lanzaron contra el rey en forma sanguinaria.

Bajo la ciudad, el trió se encontraba luchando contra aquellas arañas y esqueletos, aun cuando habían subido a otra cámara, las bestias les habían seguido y ahora salían por cada agujero que existía, las arañas quizás no eran demasiado grandes, pero eran demasiado numerosas, y los esqueletos que les acompañaban no eran lo más alentador, pronto tanto el mago guerrero como el enano y el cazador, habían sido rodeados y apuntados por flechas y colmillos, era el final … o por lo menos eso parecía, de pronto se escucho el sonido de la lucha, entre todos los esqueletos vieron a un trió algo diferentes, parecían portar armaduras y armas contundentes, sobre sus pechos estaba la marca de Kaisharg, como si fueran brutos entrenados, blandían aquellos mazos destrozando los huesos de los arqueros y partiendo las frágiles paras de los artrópodos, los enemigos se distrajeron un instante por esta extraña intromisión y los guerreros aprovecharon para tomar ventaja, el enano blandiendo su poderosa hacha, Daggus sus puños y el cazador con sus espadas dobles, los minutos pasaron y después de una batalla que parecía haber estado a punto de perderse estaban ganando … gracias a ese trió de esqueletos, los “supervivientes” de las arañas y esqueletos comenzaron a retroceder, mientras eran presionados por dos de aquellos esqueletos que no le temían a la muerte, mas el tercero se acerco a los aventureros, “mirándoles” con sus vacías cuencas, mientras dejaba salir una voz de ultratumba de sus carentes labios.

-General … Kaisharg … ordenar … vigilar … ordenar … ayudar … si … ser … necesario… vivos … deber … matar … Ragash … ser … orden … de … general …-

El esqueleto sin esperar contestación se giro hacia sus compañeros y avanzo sosteniendo su arma, manchada de aquella sangre negra de araña, los aventureros podían avanzar, aun quedaban más adelante arañas, pero en un numero mucho menor, ya que “alguien” luchaba en solitario en aquel fétido lugar, pero era su decisión si recobraban fuerzas o avanzaban lo antes posible y llegaban al palacio, donde podrían recuperar fuerzas y curar sus heridas, ya que después de aquella batalla no eran pocas las que tenían en su cuerpo, especialmente el mago guerrero que sin que el cazador o el enano lo supieran había sido varias veces mordido por aquellas arañas y sentía que el veneno lentamente recorría sus venas.

Varias cámaras más adelante, otra lucha se llevaba a cabo, una mucho más desesperada, el semi elfo jadeaba por el esfuerzo, a sus pies un numero incontables de arañas estaban destrozadas y los restos óseos de esos esqueletos sobresalían de los cuerpos, su mano temblaba, su aliento el abandonaba y su corazón estaba al límite, su cuerpo se encontraba mal herido, una ¿docena? ¿Una veintena? … quizás muchos más habían sido derrotados por esa espada que se encontraba mellada y mañana en sangre, pero él era un general y aunque le costara la vida, protegería a aquellos que había jurado defender.


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Mensaje por Naerys el Sáb Ago 04, 2012 4:59 pm

El teniente, tomando mi palabra de que podía estar donde él me ordenase, me envió a los muros, pues mi tarea en las alcantarillas se podía dar por finalizada. Me acompañaron unos cuantos soldados hacia las puertas del muro. Cuando llegamos allí, se me demostró que en Dullahan no podía haber ni un segundo de tranquilidad, pues los enemigos acechaban por todos los rincones de la ciudad. Observé cómo el rey y sus soldados estaban siendo atacados por unas criaturas que, a diferencia de los que había visto anteriormente, eran más altas y más rápidas. Además, las flechas no les afectaban en absoluto, por lo que me guardé el arco, llena de frustración. Las flechas son demasiado valiosas en estos tiempos como para ir malgastándolas con bastardos inmunes a ellas, pensé mientras me colocaba el arco a la espalda.

La escena era más cruenta a cada segundo. Los seres podían matar a un soldado con sus propias manos y doblarlos, con su arma incluida, como si fuesen un papel plegado listo para ser enviado. Los gritos de dolor eran más que audibles, eran fuertes y desgarrados. Sin duda, no estaban teniendo una muerte bonita en absoluto… Por otro lado, el rey estaba llevando a cabo una estrategia digna de su noble posición y me inspiró con sus movimientos: había atacado a las piernas de aquel monstruo y éste había caído como una torre desahuciada, chillando de dolor. Un ligerísimo destello de luz iluminó mis pensamientos, ese era su punto débil. Observé el panorama durante un minuto escaso, tratando de observar todo lo que mis ojos podían percibir y almacenando toda la información que había estado interceptando durante esos breves instantes.

Mientras el rey luchaba contra aquél ser, me apresuré a decirles todas mis conjeturas a los soldados que estaban cerca de mí. Yo no estaba acostumbrada a dar órdenes a nadie, pero los tiempos desesperados requieren métodos desesperados.

- Estos enemigos son duros de pelar, pero si sabemos dónde atacarles, se nos facilitarán las cosas y por fin podremos respirar con un poco de tranquilidad. Las flechas no sirven, guardadlas. Sus movimientos son rápidos pero, misteriosamente, aparecen en las espaldas cuando les intentas atacar, así que nos situaremos espalda contra espalda y les atacaremos en las piernas con nuestras espadas. Debemos hacerles caer y luego desgarrarles las entrañas.

Entretanto, observaba los rostros de los soldados que se mantenían solemnes y que parecían estar de acuerdo con mis palabras, me giré rápidamente para seguir observando al rey, pues unos chillidos llamaron mi atención de nuevo. Éste estaba concentrado mirando el pecho de su contrincante, con su espalda clavada en las costillas de la criatura a la que había hecho caer, así se convirtió en el blanco perfecto para que los otros especímenes fueron a atacarle. De pronto, no se me ocurrió otra cosa que gritar con fuerza, utilizando mi diafragma:

- ¡¡CUIDADO, SU MAJESTAD‼

Por suerte, éste reaccionó ante mi voz y rápidamente desclavó su espada, haciéndola cortar el aire con un movimiento diagonal para, acto seguido, colocarla a la altura de las rodillas de las criaturas, pues su intención era cercenar las piernas de dos de las criaturas, pues eran las que estaban más cerca de él.

Corrí hacia él con mis armas desenvainadas, gritando también a los soldados para que se pusieran en posición de combate y haciendo que algunos de ellos me siguieran. La mitad de ellos se acercaron más hacia los seres, situándose espalda contra espalda, tal y como les había indicado. Los otros seis, corrieron conmigo hacia el soberano. Nuestra prioridad ahora era salvar al rey llevando a cabo la técnica que les había explicado antes a mis compañeros. Mientras me acercaba al monarca, recé para que su golpe fuera certero y, así, dos de mis compañeros le ayudarían a completar la matanza.

Nuestra prioridad en ese momento era salvar al monarca, y para ello debíamos ser lo más diestros posibles.



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Mensaje por Björki Gotriksson el Miér Ago 08, 2012 10:38 pm

Mientras iba matando y descuartizando a los enemigos con mi hacha junto a Daggus y a Jack, el pistolero me habló, preguntándome si aquello me recordaba a las minas. Solté una carcajada y, tras partir por la mitad a una araña, le respondí con voz fuerte:

-¡Esto más bien me recuerda a los túneles de las cavernas de goblins! ¡El mismo olor, y la misma cantidad de tocapelotas hijos de una trrol!-

Los enemigos salían por cada agujero que había, hasta que al final lograron rodearnos por completo. Parecía que estábamos perdidos, aunque mi hacha destrozaba a las arañas de tres en tres, y tanto Jack como Daggus lograban causar igual devastación. Sin embargo, de entre los esqueletos aparecieron tres esqueletos con armaduras y mazas, y empezaron a destrozar a sus propios compañeros. Sobre sus corazas, el signo de Kaisharg reposaba. ¡Refuerzos! Aunque... Era la primera vez en mi vida que contaba con ese tipo de refuerzos.

Cuando los no-muertos aliados lograron romper el cerco, nosotros contraatacamos, empezando a matar esqueletos y arañas por doquier, hasta que al final los enemigos empezaron a flaquear y retroceder. La batalla parecía ganada. En ese momento, uno de los esqueletos se acercó a nosotros, y con la típica voz de un no-muerto, empezó a hablar. Asentí ante sus palabras y le respondí:

-La ayuda nunca está de más, venga de donde venga mientrras sus objetivos sean los mismos que los nuestrros. ¡Todos, seguidme! ¡Hay que llegar a la ciudad cuanto antes!-

Volvimos a iniciar la marcha, abriéndonos paso por varias cámaras y matando a todo enemigo que se cruzara en nuestro camino. Los esqueletos con mazos nos flanqueaban, ayudándonos a destrozar a cualquiera que intentara dañarnos y, sobretodo, destrozando a todo esqueleto arquero que estuviera amenazándonos, pues a un esqueleto matarlo a flechazos no es algo muy efectivo.

Así pues, seguimos durante varios minutos masacrando y avanzando hasta que, finalmente, llegamos a lo que era la última cámara. En aquél momento pudimos apreciar una figura distinta, que estaba sentada en unas escaleras de subida. Gracias a mi visión en la oscuridad, pude ver que se trataba ni más ni menos que de un orejas picudas, aunque a juzgar por el tamaño de las mismas y de su complexión física, se trataría de un semielfo. A su alrededor habían como dos docenas de esqueletos muertos y más de medio centenar de arañas. Una lucha épica, sin duda. Me acerqué a él y dije, cargando el hacha en mi hombro mientras los esqueletos que nos acompañaban hacían guardia:

-Buena lucha has tenido, semielfo. Sé que te podemos parrecer pocos, perro somos los refuerzos. Por cierto, no te prreocupes por esos trres esqueletos que nos acompañan.-

Tras eso, me acerqué a él, dispuesto a ayudarle a ponerse en pie, y le susurré, por si habían espías de los demás liches:

-Estos trres no-muertos son siervos de uno de los liches, perro a diferrencia de los otrros, este quierre cargarse a sus compañerros. Los vivos le importamos una mierda de trroll, perro se ha aliado con nosotrros porque quierre cargarse al tío que le ha sacado de la tumba, y nosotrros somos la única esperranza que tiene de volver a descansar en paz.-
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Mensaje por Franz Krieger el Dom Ago 12, 2012 4:10 pm

Disparo a disparo, tajo con tajo, Daggus, el enano y Jack iban cercenando, sesgando a aquellas arañas con paso lento y pesumbroso. No estaban en el bando que se tomaría la victoria, ellos eran mortales, y lo peor es que, aquella mortalidad de Jack se iba mermando con cada monstruo que mataba, la espada parecía alimentarse a un ritmo vertiginoso, se estaba convirtiendo en algo, y los estragos en su cuerpo parecían empezar a hacer mella. Pero claro, era eso o morir en esas alcantarillas.

- ¡Más bien son hijos de arañas muy huesudas y hi'deputas! - Le corrigió a Bjorkï Jack, más o menos sonriente con picardía, cabreado. Muy cabreado.

Finalmente, llegaron los refuerzos. Tres no-muertos distintos a los demás, más oscuros al parecer. Mataban casi tanto o más que los otros tres supervivientes, a juzgar y además de lo que le dijeron en idioma apache, eran siervos de Kairsharg, aquel liche estúpido que merecía que su huesuda cabeza estuviera en una pica por el esto de la eternidad.
No sabía si fiarse o no de Kairsharg y sus ayudantes, estaba claro que una vez le hicieran el trabajo sucio, si es lo que lo hacían con vida, les mataría. Además, su confidencialidad ya estaba puesta en duda, si no quería que los otros supiesen que estaban en guerra, ¿Por qué mandaba a sus hombres para socorrerles? Algo le olía a trampa, y no se fiaba un pelo de aquellos tres cabrones huesudos que les ayudaban.
Todo era una trampa, podéis llamarle paranoico, pero era así.

La batalla se tornó, con la ayuda de Kairsharg, empezaron a hacer retroceder a sus enemigos, masacrándolos de manera brutal. Jack, a pesar de lo que le estaba pasando, esbozó una sonrisa. Como la situación estaba más o menos, controlada. Enfundó aquel sable demoníaco, parando su alimentación, eso le daría tiempo, sacó sus pistolas y empezó a recargarlas después de haberlas disparado a todas las arañas, odiaba estar recargando tan amenudo, pero le había pillado el truco.

Y así, llegaron a una cámara, donde había unas escaleras para subir. Todo estaba tan oscuro en todos lo sentidos de la palabra como antes, Jack tenía una visión excelente en la oscuridad, no tan buena como la de un enano, pero pudo apreciar la figura humanoide que residía en las escaleras, no era esquéletica y sus orejas, más o menos grandes, dejaron a la vista que era de su bando y era un elfo, o en su negativa, un semi-elfo.

El enano se abalanzó amistosamente a por el hombre, socorriéndole casi sin pedirselo, entonces le puso en situación. Jack se les acercó, confiando en los no-muertos para cubrirles, así como en Daggus.
Esperaba que aquel hombre estuviese bien vivo, no quería que su última oportunidad de informarse y atacar con el factor sorpresa se les muriera en las manos, eso sería demasiado estúpido.

- ¿Qué ha pasado aquí? ¿Ha caído ya la ciudad? - Preguntó, finalmente el pistolero. Había perdido sus modales, su chispa y su humor. Básicamente, ahora no tenía ganas de hacer nada de lo ya mencionado, estaba bastante malhumorado.
El enano comunista ya le había socorrido así que Jack ya poco pintaba ahí.
- ¿Estás sólo aquí? ¿No queda nadie más? - Volvió a preguntar, estaba demasiado ofuscado como para dejarle respirar. Necesitaba respuestas y las necesitaba ya.
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Mensaje por Zyrxog el Dom Ago 19, 2012 8:24 pm

Puedes vencer a los sirvientes de la bestia
Puedes derrotar a los generales de la bestia
Puedes derrotar a los hijos de la bestia
Pero cuidado… por que la bestia no perdonara
Ni tampoco mostrara misericordia
Cuando devore a quienes se enfrente a ella.

Christian Chacana 19 de agosto de 2012

La guerra parecía no acabar y quizás ese era el punto, los vivos, aquellos habitantes de Dullahan habían luchado durante días y noches sin detenerse, contra un ejército innumerable, contra criaturas que no necesitaban dormir, descansar o incluso dudar de su misión, a diferencia de los soldados, los cuales muchos habían caído en la locura, generales habían muerto, capitanes habían sido destrozados por sus propios soldados en un arrebato de demencia, la ciudad parecía condenada, pero cuando todo se notaba perdido, el propio rey entro en primera línea, su espada, ya mellada aun podía defender el reino, aun podía defender a su familia y a sus súbditos.

El corazón del hombre palpitaba con fuerza, el sudor mojaba su nuca, el jadeo era lo único que salía de sus labios, una bestia, un monstruo o abominación del mundo moría lentamente bajo su espada, mas como si fuera una cría comenzó a gritar a chillar, la voz de una mujer y después oscuridad … el rey estaba rodeado, las garras arañaban la armadura dorada y el vio su muerte, vio como su cuerpo era despedazado, pero una voz femenina le despertó, solo había sido un parpadeo, era su mujer, era su hijo, recordaba cuando recorrían juntos los campos sonriendo, su mano apretó con fuerza la empuñadura de su espada y con un grito la movió, con furia, con ira, el metal brillo ante las rojas llamas del fuego, cuando choco contra la carne y huesos de sus enemigos, sintió que había algo que lo detenía, pero aquello tan solo era débil comparado con lo que le daba fuerza en su corazón, apretó aun más fuerte la empuñadura, sintiendo como la malla dentro de su armadura se presionaba contra su piel, apoyando la rodilla en el suelo uso todas sus fuerzas, la hoja corto y rebajo, manchándose de negra sangre y escuchando como aquellos cuerpos caían al suelo, arañando la tierra en dolor, flechas volaron por el cielo, ya no podían evitarlas y estas como por mandamiento real ensartaron a las criaturas, pero no eran todas. La mercenaria, la guerrera, quien hasta esa noche jamás había enfrentado tales horrores había avisado al rey y utilizando los soldados que le seguían, rodearon al monarca, como si fueran un caparazón de tortuga, el rey jadeaba, su espada temblaba, apretaba sus dientes … había ira en su mirada, pero también preocupación, los cadáveres se apilaban a su alrededor, mientras unas pocas mas de esas criaturas intentaban atacarles pero estas eran repelidas por los escudos y las espadas y, aunque no eran tan fuertes como el rey, lograban mantenerlas a raya.

La mercenaria se acerco a el rey y después de unas pocas preguntas este le miro pensativo, levantando su mirada hacia sus alrededores, se escuchaba como los muertos arañaban la puerta y como otras criaturas innombrables golpeaban las rocas, un suspiro de cansancio se escucho, mientras con voz firme ordenaba a los soldados libres que terminaran con aquellas bestias y se apostaran en el muro, era la última defensa y si esta caía, todo el reino estaría perdido o mejor dicho … aun mas perdido de lo que ya estaba.

-Que los soldados protejan el muro *mientras se colocaba en pie* debemos de protegerlo cueste lo que cueste *mirando a Naerys* agradezco su ayuda señorita, pero aún queda mucho de esta batalla y si nos presta su fuerza, quizás tengamos algo más de oportunidades… todo grano de arena sirve-

-Que idiotas… *se escucho una voz rasposa y de ultratumba, mientras el rey subía nuevamente al muro no muy lejos se vio al general Ragash* que insignificantes son los seres vivos… estos juegos ya han durado demasiado… acepten su final y quizás nuestro amo acepte acabar con sus vidas rápidamente y sin dolor… sigan luchando y les aseguramos… que verana cada uno de sus seres queridos ser desollados y devorados frente a sus ojos-

-¡¡¡ESTA ES NUESTRA RESPUESTA SACO DE HUESOS!!! –

Fue el grito de uno de los comandantes, mientras que lanzaba una flecha incendiaria hacia Ragash, la flecha se incrusto a poco menos de un metro del general, pero este no se movió ni un centímetro y solo rio, mientras las tropas esqueléticas arremetían contra los muros con un salvajismo inhumano, los esqueletos se agolpaban en las bases de los muros, formando lentamente un terraplén que era escalado por los zombis, los cuales si morían eran usados como soporte para que los demás subieran, no importaba cuantas tropas se sacrificaran, esto no menguaba el ejército y lentamente se veía como el momento en que los muros caerían.

Los pequeños juguetes de Kaisharg seguían en las alcantarillas, impregnándose de los aromas naturales de ese oscuro lugar, después de un par de luchas mas por fin habían llegado a lo que parecía una de las cámaras principales o “LA” cámara principal de esa red de alcantarillas, ya que los tubos y canales eran de menor tamaño en aquel lugar, estaban listos para enfrentarse a mas arañas o esqueletos, pero para su sorpresa, apoyado y jadeando sobre las escaleras se encontraba nada menos que el General Paizo, vivo, aunque mal herido, el enano fue el primero en acercarse y con su curiosa jerga enana comenzó a hablarle, sobre los tres esqueletos que le seguían como también del liche, Paizo jadeaba, apenas podía hablar, el costado de su vientre sangraba profundamente y en aquel malsano lugar, era cosa de tiempo antes de que muriera si no era atendido, mientras el cazador le interrogaba, Daggus se acerco al semi elfo, el cual medio consciente y medio inconsciente levanto su puño, como si viera un enemigo, pero el mago guerrero le detuvo y sacando un cuero lleno de agua de su cinto lo coloco en los labios del general para que bebiera, unos minutos se demoro el general en recobrar completamente el sentido, cansado miro a los aventureros y una sonrisa surgió en sus labios manchados de sangre.

-Esos malditos muertos intentaron tomar la ciudad por estas alcantarillas, pero yo y un par de soldados les detuvimos, eran demasiados y les ordene subir… de la ciudad lo desconozco, hasta hace unas horas tan solo habían hecho caer el muro exterior, esperemos que el muro interior aun soporte*intentándose levantar* debemos de ayudar… ¿Dónde están los demás? … ¿acaso son los primeros en llegar?-

Daggus miro al cazador y al enano, antes de negar con su rostro al general, con voz grave le hizo un muy resumido relato de cómo habían llegado y de lo que había sucedido en las costas, el rostro de Paizo se oscureció a medida que escuchaba el relato, cuando el mago guerrero había terminado, ayudo al general a levantarse y algo turbado de mente el semi elfo miro a los tres individuos que habían llegado del continente.

-Malditos sean los nobles… por no enviar todo un ejército… debemos de subir, hay que darle las noticias al rey… y preparar algo para defender la ciudad… o evacuar si no hay otra solución…-

Daggus comenzaba a tener fiebre, pero no había tiempo para preocuparse de ello, el veneno circulaba por su cuerpo y quizás solamente su gran masa muscular era lo que evitaba que el veneno no hiciera efecto tan rápido, ayudando al elfo lentamente subieron las escaleras, después de unos minutos sobre aquellos fríos peldaños de roca, chocaron contra una losa dura, era el altar que habían vuelto a colocar sobre la entrada, Paizo fue dejado al cuidado del cazador, mientras este lo escuchaba jadear por el esfuerzo y por las claras heridas, el enano y Daggus comenzaron a hacer fuerza, empujando con todas sus fuerzas, el enano con sus enormes brazos dejaba ver las venas y arterias de estos, incluso los de su corto cuello, Daggus hacia igual esfuerzo, durante varios segundos no paso nada, pero lentamente se escucho el movimiento y gritando por el esfuerzo el altar se levanto desde un lado, perdiendo el equilibrio y cayendo hacia atrás, con un enorme ruido, rápidamente Paizo fue adelante, donde la bienvenida era notable, ya que no menos de una veintena de hombres e encontraban apuntándoles con lanzas y ballestas, listos para perforarles , mas los cabellos rubios de Paizo y su atuendo hizo que rápidamente le tomaran para atenderlo, llevándoselo, mas antes este diciendo algunas palabras sobre los refuerzos … aunque los esqueletos fueron olvidados por este.

El enano comenzó a hablar y tratar de calmar los nervios cuando los tres esqueletos salieron del agujeros, mostrando sus cuerpos carentes de carne y sus armas, manchadas de sangre oscura, los soldados no dejaron de apuntarles, incluso comenzaron los murmullos sobre traición, mas Daggus se coloco en frente, ya que de cierta forma, la visión que se le había mostrado le había perturbado, lo suficiente como para guardar silencio de sus heridas.

-Estos esqueletos son de nuestra propiedad, nos sirven, pero a diferencia de los del exterior, han destrozado a sus viejos camaradas, si ahora les atacan, es perder valiosos aliados, ellos tienen una misión y mientras se les permita cumplirla nos ayudaran en esta batalla… atáquenlos y no solo perderán la ayuda de un poderoso ser si no también, quizás pierdan la única oportunidad de salvar lo que queda del reino-


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Mensaje por Björki Gotriksson el Lun Ago 27, 2012 3:34 am

Cuando nos encontramos al orejas picudas herido, tanto Jack como yo nos pusimos a ametrallarle preguntas a la vez que yo iba corriendo a ayudarle. Si fuera un elfo puro, no lo habría tocado ni con un palo, pero sabía que los semielfos no eran unos imbéciles como solían ser la mayoría de los elfos. Supongo que la sangre humana les da la humildad que a su otra media sangre le falta. Daggus le dio algo de agua para beber, y cuando finalmente logró salir de su estado de semiconsciencia, empezó a hablar, sonriéndonos.

Daggus fue quien respondió a su pregunta, empezando a explicarle todo lo que había sucedido de forma resumida desde que saliéramos, lo cual perturbó bastante al general y en parte le enfureció el hecho de que hubieran mandado tan poco apoyo. Mientras el mago guerrero le ayudaba a levantarse, yo le respondí:

-Tal vez no han enviado a todo un ejército, perro parra empezar, ¡contáis con un matador enano! Y además, de los trres liches que hay en esta isla, parrece que uno aprecia más a los que aún estamos vivos que a sus compañerros inmortales. ¡Vamos! ¡Recuperremos fuerzas en el palacio y unámonos a la refrriega!-

Mientras Daggus ayudaba al semielfo, yo me adelanté, y tras unos minutos de subida por unas escaleras de roca finalmente llegamos a una losa dura. Aquello debía ser la puerta. Mientras Jack se hacía cargo del semielfo, Daggus y yo empezamos a empujar la losa del altar, y tras varios instantes de hacer fuerza, empezó a escucharse el sonido de la roca moverse. Finalmente, cayó. El semielfo fue el primero en entrar, y seguidamente nos metimos el resto de nosotros. La bienvenida era calurosa, sin duda, pues al menos veinte humanos nos apuntaban con sus armas. Al hombre se lo llevaron rápidamente para atenderlo, y justo estaba empezando a presentarme que aparecieron los tres esqueletos.

Los soldados empezaron a apuntar y algunos decían no sé qué de traición. Daggus empezó a hablar, y cuando él acabó de explicarse, yo apoyé el hacha sobre mi hombro y empecé a hablar para apoyar sus palabras:

-No sé mucho de no-muertos, perro al parrecer, el liche que nos dio a estos trres amiguitos quierre ver muerto con todo su corrazón al liche que actualmente está atacando la ciudad, y como bien sabéis, el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Si un liche quierre cargarse a los otrros, ¿parra qué desaprrovecharlo? De momento, yo agrradecerría que se me dierra algo de comida, cerveza y una silla. En menos de diez minutos puedo estar prreparrado parra ayudar con la defensa de la ciudad, aunque no esperréis más refuerzos. Aparte de nosotrros trres y los amigos huesudos, no hay más refuerzos. Estamos solos.-

Los soldados finalmente bajaron las armas, y cinco de ellos junto con Daggus me acompañaron. A su vez, los tres esqueletos nos siguieron, y de no ser por los cinco guardias que nos escoltaban y daban las explicaciones pertinentes, se nos habría atacado. Los otros guardias cerraron la gran losa de piedra. En un par de minutos habíamos llegado a lo que eran las cocinas del palacio, ahora vacías. Me senté en una silla y comí y bebí algo, lo justo para recuperar fuerzas y descansar un poco. El hacha reposaba a mi lado, y en cuanto me sintiera con fuerzas renovadas me alzaría para ir hacia los muros, a defender.
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Mensaje por Naerys el Jue Ago 30, 2012 1:18 am

Observé que su majestad, el rey de Dullahan, afortunadamente había reaccionado ante mi advertencia y había conseguido clavar su espada en aquellos seres. A pesar de su edad, su manera de luchar era apasionada. El afán por salvar a su reino era mayor que cualquier otro impedimento físico. Una vez hubo dado muerte a sus contrincantes, tuve la osadía de acercarme al monarca. Tras unas pocas preguntas, éste me dedicó una mirada seria y pensativa. Por lo que pude leer en sus ojos, aún no estaba del todo tranquilo. Además, se podían oír arañazos de otras criaturas y golpes de otras distintas. Habíamos hecho mucho… Sin embargo, no parecía suficiente.

Entonces su majestad nos dedicó unas palabras. Sus órdenes fueron claras: debíamos dirigirnos al muro. A mí no me incluyó en las órdenes de forma directa, pero aceptó mi ayuda, en el caso de querer ofrecerla. Haciéndole una pequeña reverencia, le contesté:

- Por supuesto, su majestad, aquí estoy y de aquí no me voy a mover a no ser que vos lo ordenéis así.

Acto seguido, me dirigí hacia los muros para seguir con la defensa del castillo. Ya estaba metida, con el agua hasta el cuello, además, no había forma de escapar de allí. De todos modos, eso hubiese sido abandonar como una sucia rata. Cosa que no estaba dispuesta a hacer.

De pronto, se oyó una voz áspera. Sus palabras eran venenosas e intentaban desalentarnos. Cuando miré al ser que osaba dirigirnos tales paparruchas, vi a un liche pútrido. Su aspecto era casi tan abominable como sus palabras. Entonces, cuando acabó de hablar, uno de los generales le respondió con un grito de guerra y un ataque que al esqueleto no le pareció afectar, si no que, más bien, le provocó una carcajada burlona. Maldito sea…

Así pues, sus alimañas empezaron a intentar escalar el muro para atacarnos y ponernos a su merced, con lo que, tanto los soldados con arco como yo, respondimos con flechazos, intentando liberar los muros de enemigos. Poco después, nos dirigimos a la carga con nuestras espadas para dar muerte a otros tantos. Debíamos defender los muros con nuestras armas y nuestra vida.

Que los dioses nos protejan.



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Mensaje por Zyrxog el Lun Sep 24, 2012 2:36 am

Quien hoza luchar contra el destino
Puede que logre algo en su existencia
Pero aun cuando derrame su propia sangre
Las bestias siempre estarán sedientas
Y solo después de que su primogénito muera
Estarán calmadas y las aguas se abrirán.

Christian Chacana 23 de septiembre de 2012

Malditos ignorantes ¿acaso no lo comprenden?, solamente hemos estado jugando con ustedes, solamente hemos sido el gatito y ustedes la bola de estambre, hemos sido piadosos … hemos sido benevolentes, les hemos dado la oportunidad de morir con dignidad, de engrosar nuestras filas y ser parte del futuro de esta tierra … pero se han negado, han tomado armas, nos han arrebatado a nuestros siervos, y ahora se rehúsan a entregarnos lo que por derecho nos corresponde … pues ni en la muerte tendrán descanso, ya que sus almas serán flageladas mientras dure la eternidad, nos hemos cansado de juegos infantiles … de inútiles esfuerzos de mostrar piedad … nos hemos cansado de esperar que recapaciten , han despertado a la bestia durmiente, han despertado a la muerte que dormitaba con la hoz en sus cuellos … bienvenidos a sus pesadillas, a la muerte que ahora toca a sus puertas, derribándolas con furia a reclamar lo que por derecho le pertenece … vean el horror que han desatado, vean el terror encarnado … los demonios se han marchado y solo los muertos contaran sus patéticas historias.

El enano comía y bebía copiosamente, y era normal, sus últimos alimentos habían sido ene l barco, ya que no se había atrevido a consumir nada de la mesa del liche, mas ahora, en una cocina ricamente surtida, a pesar de la batalla en el exterior, se daba a la buena mesa, abriendo un barril de cerveza y arranando grandes trozos de carne de una pierna de res recién hecha, el enano quizás de estatura era pequeña, pero comía como un pelotón, a su lado Daggus estaba en aparente calma, con los brazos cruzados y descansando, los tres esqueletos se mantenían en silencio, y solamente rompiendo este cuando sus dientes castañeaban, el cazador parecía igualmente con apetito, pero sus alimentos eran algo diferentes, ya que había preferido comer un trozo de carne a medio preparar y saborearlo como si fuera un manjar. Pronto varios soldados entraron, los pocos que quedaban aun sin ir al frente de batalla, por ordenes de Paizo estarían como compañeros de los aventureros, no eran más que media docena de jóvenes, quizás campesinos que habían comenzado hace poco a servir al reino o tal vez refugiados que ahora debían de luchar por sus vidas, el enano eructo sonoramente, y se limpio la espuma de la boca con el brazo, era hora de partir y que mejor forma de bajar la comida que destrozando algunos cráneos, el enano se acerco a Daggus y le movió el hombro, pero este cayó hacia un lado inconsciente, desde su hombro una sustancia oscura surgía, en ese instante el enano lo comprendió, el maldito humano se lo había guardado, había sido mordido y aun así había seguido luchando. Los gritos de orden del enano fueron más que sonoros y varias sirvientas aparecieron, junto a un hombre anciano, al parecer el médico del castillo, entre ellos se llevaron a Daggus, quizás sobrevivía, pero aquello era un grave golpe para el grupo, ya que el mago guerrero era el segundo más fuerte de este, y ahora el enano debía de soportar todo el peso en sus hombros, ya que el cazador poco había sido de utilidad.

Después de que a Daggus se le comenzara a dar un tratamiento para el veneno, el pronóstico era bueno, pero no había demasiado tiempo para preocuparse por ello, ya que había que apresurarse hacia las paredes. El enano había tomado su hacha y cargándola en su hombro salió rápidamente por las puertas, mientras los seis soldados y esqueletos le seguían, claro que sin olvidar al cazador, el cual aprecia cabizbajo mientras marchaba en silencio. Por primera vez los aventureros podían ver la destrucción de la ciudad, si bien estaban preparados para ver una masacre, lo que tenían ante sus ojos no era nada comparado. En cada esquina pilas de cuerpos se amontonaban, hombres, mujeres y niños que eran quemados para que no revivieran. Se podía ver miedo en los rostros, se podía ver temor y tristeza, llantos aun habían, de madres que abrazaban los cuerpos fríos de sus retoños. Quizás el enano tendría recuerdos de una batalla lejana, donde había visto el mismo miedo en otros rostros, aunque muy diferentes, quizás las razas fueran diferentes, pero los llantos de dolor siempre eran idénticos, aun entre orcos y enanos eso podía ser similar… y entre humanos y otras razas también, el dolor siempre hablaba el mismo idioma de lagrimas y llantos.

Tras una marcha que no demoro más de diez minutos en cruzar la ciudad interior, el enano y compañía llegaron por fin a las puertas del muro interior, pero lo que encontraron… era peor que sus mayores temores. El liche estaba parado en los restos de la vieja puerta, destrozada completamente, con su delgado y esquelético brazo mantenía en alto una figura dorada, el rey, la cual colgaba en el aire, sosteniendo el antebrazo del liche con sus manos, una risa cruel se escucho, mientras los cadáveres aguardaban tras los muros. El suelo estaba lleno de cadáveres, tanto en descomposición como de los soldados y al parecer, nadie estaba con vida en ese lugar, figuras oscuras y altas se mantenían aguardando sobre los muros, con sus brazos caídos y sus rostros negros. El cazador miro al liche, aquel era a quien necesitaba, si le derrotaba ganaría su libertad de aquella maldita espada, aun se lamentaba el momento en que la había tomado y que no se hubiera hundido en el océano con Ruhau. El liche sonrió con su demacrada piel, mientras levantando el otro brazo, como si fuera simple papel, lo incrustaba en el pecho del rey, un grito agudo dejo escapar de sus labios mientras sus costillas eran retorcidas y de un único golpe, su corazón era arrancado de su pecho. Así moría el último de los reyes de Dullahan … el corazón aun caliente fue arrojado como basura hacia las tropas, que como una jauría de perros hambrientos, se lanzaron por el corazón, peleándose por un trozo de este, el resto del cuerpo fue arrojado contra uno de los muros, produciéndose el conocido sonido del cráneo abriéndose en dos.

El enano apretaba su hacha con fuerza, lamentablemente en esos instantes no era posible lanzarse luchando… el enemigo era demasiado numeroso y la última barrera había caído, la ciudad perecería, pero quizás podría darle algo de tiempo el grupo, si bien no eran grandes guerreros, descontando a los dos aventureros los cuales eran veteranos, podían lograr algo, aunque sea ganar el tiempo necesario para que se pudiera evacuar, o una muerte digna como querría en algún momento. Rápidamente uno de los soldados más jóvenes e inexperto salió hacia el palacio, mientras el resto se quedaba para una lucha ya perdida, lamentablemente para ellos las cosas nos eran tan fáciles como podrían haber pensado en su desgraciada situación, Ragash se giro hacia ellos y volvió a sonreír, realmente era poderoso, pero aquel poder seria su ruina, ya que la locura infectaba cada una de sus ideas y acciones, contra cualquier lógica e incluso cualquier plan trazado con anterioridad. El liche dio dos pasos hacías los aventureros que ya tenían sus armas desenvainadas, listos para una batalla, pero el liche les miro, y hablo con suma tranquilidad, como si aquello fuera un miserable juego.

-Esta ciudad está perdida y el amo reclamara lo que desea, no obstante… quiero divertirme, esta guerra ha sido aburrida tan solo observando, quiero volver a sentir ese calor de la sangre, quiero ver el miedo en el rostro de mi enemigo… escojan a uno de ustedes, luchemos… y si ganan… bueno, si ganan los matare de igual manera, si huyen será lo mismo… vamos… quien será mi oponente-

El liche sonreía maléficamente, desgarrando la seca piel de su rostro, el cazador suspiro adelantando al grupo y mirando sus armas, con voz seria se “ofreció”, aunque… ¿seria posible derrotarlo?, no había que pensar mucho para obtener su respuesta, sin dudarlo cargo contra el liche, era un acto estúpido, pero también su única opción, ya que la magia le superaba enormemente y solamente ganaría con un golpe milagroso. El cazador dio un salto, blandiendo su espada y descendiendo en el pecho del liche, atravesándolo con esta, ¿tan fácil había sido?, ¿las apariencias engañaban? El cazador retrocedió unos pasos, aun estaba de pie aquel no muerto, pero la espada le había atravesado el pecho, no debería aun vivir, pero como respuesta una risa distorsionada por la sequedad de la garganta se escucho, el nigromante le vio, y estirando su mano, el cuerpo del cazador fue atraído hacia esta, atrapando su cuello entre sus garras y comenzando a apretar, el cazador tomo su pistola y disparo en el marchito pecho del liche, pero este no se inmuto, aun cuando parte de sus huesos habían salido volando, con su mano libre extrajo la espada de su pecho, y como si dijera “esto te pertenece” atravesó las costillas del cazador con el arma, un grito sofocado se escucho, mientras el liche retorcía el arma entre los huesos, dejando que la sangre brotara copiosamente de la herida, casi con placer saco la hoja de la carne del cazador y volvió a atravesarlo esta vez donde estaría su corazón, acabando con su vida, como una bolsa de desperdicios, lo arrojo hacia las tropas, las cuales al igual que con el rey, se pelearon por un banquete de carne humana, ahora solo quedaba el enano para luchar.

Pero uno se puede preguntar por aquella mujer al lado del rey… pues atrasemos un poco el tiempo, para saber que había sucedido con ella y por que el gobernante había muerto.

Naerys se encontraba luchando hombro con hombro junto al rey para mantener a resguardo aquella última barrera, si bien los soldados con los que contaban eran ínfimos en comparación, podían lograr grandes cosas si se lo proponían, las flechas volaban, mientras los cadáveres se apilaban en la base del muro, lentamente aumentando y formando un terraplén para los demás, aunque evitaban que los muertos pudieran escalar, eso no evitaba que lograran su objetivo, los minutos pasaban y las flechas se habían agotado, largas lanzas fueron usadas, pero los esqueletos agarraban estas y tiraban de ellas, a veces llevándose a los soldados y dándole un festín a los muertos. El rey miro a su alrededor, de la centena de hombres que había tenido en ese lugar, menos de una treintena se encontraba con vida, el muro caería sin remedio, ya que apenas dos metros separaban el terraplén, formado de muertos, con la cima de los muros. El rey negó suavemente, y ordeno a todos los soldados que se replegaran al castillo, sería lo último que podrían hacer, la mercenaria, Naerys, también debía de replegarse, lamentablemente en aquel momento se escucho un “Sssssss” y después una gran explosión. Mientras los hombres habían estado ocupados luchando contra aquellos que intentaban escalar el muro, un creeper se había acercado hasta la puerta, explotando y derrumbándola.

El rey cayo lejos del muro, mientras que una gran parte de los soldados caía muertos por las rocas que habían salido volando, Naerys había recibido un golpe en su frente, por una afilada piedra y ahora una gran cantidad de sangre corría sobre su ojo derecho, frente a ella la espada del rey había quedado enterrada, podría tomarla o no, pero debido a su ojo ensangrentado podía ver poco, ya que la sangre molestaba y ardía, cuando el polvo se disperso, vio con horror que le rey estaba siendo atacado por esas criaturas negras, antes de poderlo evitar tomo el arma más cercana, aquella espada, pero no logro acercarse al rey, ya que una de las criaturas le vio y como si se hubiera tele transportado apareció a su espalda por inercia la mujer se giro, blandiendo la extraña espada, y dando en una de las rodillas del monstruo, como si no fuera más que una rama seca, la hoja rebano aquella pierna, haciendo que la criatura cayera de espaldas gimiendo de dolor.


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Mensaje por Naerys el Miér Sep 26, 2012 9:06 pm

Seguía luchando, ofreciendo todas mis fuerzas para llevar a cabo una defensa sobresaliente de aquel muro donde ahora los enemigos, y también algunos de nuestros compañeros, iban cayendo en honor de una de las dos causas, fuese la que fuese. Flechas, lanzas, espadas… Todo lo que estuvo a nuestro alcance fue utilizado, aunque no fue suficiente.

En un momento dado, su majestad, el rey de Dullahan, nos ordenó que volviésemos al castillo. Al oír aquella orden me fijé en lo que había a mi alrededor… A penas unos treinta de los nuestros habían sobrevivido hasta el momento. Con el sabor amargo de la derrota en mis labios decidí que debía obedecer las órdenes del monarca sin oponer resistencia. Al fin y al cabo, instantes antes, le había prometido lealtad. Además de que yo nunca he sido ninguna heroína ni tampoco una estúpida. Seguir peleando era una opción inútil. No había más opciones para nosotros ahora mismo en ese sitio.

Entonces, estando a punto de repetir las órdenes del rey para dar media vuelta y volver al castillo, se escuchó un siseo como el que se oye cuando una mecha está prendiendo y, de repente, una gran explosión. Kaboom. La puerta explotó y de pronto le siguió una lluvia de piedras y una niebla de polvo. Todo ocurrió muy deprisa, tanto que, sin tener tiempo de dar rienda suelta a mis reflejos, una roca me impactó en la frente con tal fuerza que caí al suelo de bruces. Tras unos segundos que parecían minutos u horas, me incorporé un poco apoyándome en mi codo y antebrazo izquierdos. Abrí los ojos pero no sirvió de mucho: por una parte, el polvo no me dejaba ver con claridad el panorama, por otro, el ojo derecho me ardía, haciendo que no lo pudiese abrir bien del todo. Me llevé la mano derecha al ojo y lo restregué para que aquel líquido dejase de molestarme y me lo llevé a la nariz para olerlo y después a la boca para tocarlo con la punta de la lengua. Sangre…

Cuando la nube se hubo dispersado y yo me hube quitado un poco de sangre del ojo descubrí una escena poco agradable: el rey estaba colgando del suelo mientras un liche lo estaba agarrando del cuello.

Rápidamente fui a incorporarme del todo y armarme, agarrando lo que vislumbré a primera vista. Era una espada, la del rey. Me arrastré hasta el arma y, espada en mano, recuperé la verticalidad. Puse ambas manos en la empuñadura, con firmeza. Si bien no era el tipo de arma al que estaba acostumbrada, sabía que, a situaciones desesperadas, medidas desesperadas. No obstante, antes de poder ir hacia mi objetivo principal, otro enemigo me aguardaba. Antes de haberme podido dar siquiera cuenta, otro de esos seres –uno de tantos– se había teletransportado hasta mis espaldas, como por arte de magia.

Casi instintivamente me di la vuelta e hice que la hoja de mi espada nueva impactase contra la rodilla de aquella cosa. El poder de aquella arma era tan preciso como elegante y grácil. Con la facilidad de quien corta mantequilla yo había conseguido cercenar una extremidad y, ahora, el dueño de la misma se encontraba en el suelo gritando de dolor. Después de eso, sólo me quedaba darle muerte y quitármelo de en medio de un plumazo para poder acudir en la ayuda del soberano. Para ello, le clavé la espada en el pecho a la altura del corazón y, clavándola con todas mis fuerzas, empecé a retorcerla para dejarle hecho trizas.

Por fin me había liberado de mi oponente y estaba lista para ayudar, de algún modo, al rey. Aquel enemigo parecía fuerte. Mucho. Sin embargo, no podía dar por vencido todo el esfuerzo, dejando que asesinase al rey así, sin más. Allí seguía aquella figura, sosteniendo al soberano como si se tratase de un pelele. La escena era francamente desesperanzadora ya que, mientras eso ocurría, los cuerpos sin vida de los soldados y los enemigos decoraban el suelo. El olor a putrefacción era más que notorio. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, el esqueleto sonrió, o lo que aquello parecía que fuese una sonrisa, y levantó un brazo. Mi instinto hizo que, tras acelerar el paso para llegar hasta ellos dos, me frenase en seco. Me quedé observando cual témpano de hielo. Vi la mano esquelética acercarse al corazón del rey e introducirse en su pecho con la facilidad del que mete la mano en un saco de garbanzos. Finalmente, sacó su corazón y lo lanzó al suelo. En ese momento experimenté el verdadero miedo recorriéndome todo el cuerpo.

Me aferré a la espada y empecé a correr con todas mis fuerzas hacia las puertas del castillo. Vi que había todavía algunos soldados luchando, a lo que les dediqué un grito de lo más sonoro con toda la voz que pudo salir disparada de mi garganta:

- ¡¡RETIRADA‼ Al castillo, ¡¡YA‼

No volví la vista atrás para ver si alguien me seguía. Sólo me importaba mi vida en aquel momento y eso era exactamente lo que estaba haciendo, correr por ella hacia un lugar, aparentemente, seguro. Al menos, más seguro del que estaba escapando.

No mires atrás, no mires atrás, no mires atrás…



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Mensaje por Björki Gotriksson el Jue Oct 04, 2012 10:13 pm

Para estar en una situación de guerra, a aquella gente aún le quedaban alimentos sabrosos. Supongo que se debía al hecho de que la comida estaba racionada para una cantidad de personas determinada, pero... ¿Cuántas de esas personas habrían muerto ya? ¿Miles? Y aún así, el coraje que mostraban los soldados era increíble. Como enano, debía decir que todos y cada uno de aquellos hombres y mujeres merecían mi respeto. Tenían miedo, se notaba en sus caras, pero aún así se alzaban en armas para defender su nación, la tierra de sus ancestros. Muertes heroicas, sin duda. Muerte que a mí aún no me había llegado.

Daggus estaba sentado, sin comer nada, y los esqueletos estaban totalmente quietos. Jack, por su parte, comía mucho menos que nosotros, y comía algo... Raro. Decidí no prestarle atención. Repentinamente, varios soldados entraron, quedando asignados como compañeros nuestros. Eran chavales jóvenes. Poco más que niños. En sus ojos se notaba el miedo, pero había una llama de coraje, el típico fragor de la adolescencia humana. Veían su vida amenazada, y aún les quedaban sueños e ilusiones, de modo que lucharían para que se vieran cumplidas. Aunque se notaba que no deseaban morir jóvenes.

Finalmente acabé de comer, y una vez con la barriga llena, me acerqué a Daggus, pero él cayó inconsciente hacia un lado. Maldición, ¡lo habían envenenado! Las malditas arañas lo habían envenenado, ¡y ese hijo de perra se lo había callado como una zorra solo para seguir luchando! Eso es tener los huevos bien puestos, aunque no disponer de él era perder a un poderoso aliado, y aquello nos hacía falta para vencer. En aquellos momentos me di cuenta de que ni yo mismo podía permitirme morir, no en aquél momento. Era el guerrero más fuerte con el que esos humanos contaban, y si yo moría sin salvarlos... ¿Quién lo haría? Maldición... Eso es lo más jodido de los votos de matador. Pides la muerte, pero en más de una ocasión eres el único enano que se opone entre el mal y los inocentes.

Empecé a dar voces, gritando que atendieran a Daggus, y rápidamente unas doncellas llegaron junto al médico del castillo. Se llevaron al guerrero para atenderlo, mientras yo empuñaba el hacha y me dirigía hacia el exterior. Una vez fuera, los soldados, Jack y los esqueletos me siguieron. El escenario que se mostró ante nosotros una vez allí era dantesco. Cadáveres por doquier, hombres, mujeres, niños, ancianos... Todos muertos. Aquello inflamó de rabia mi corazón. Seguí corriendo durante varios minutos, cada vez más rápido debido a la furia que llenaba mi corazón, y finalmente llegamos frente a las puertas del muro, donde se hallaba el liche. En sus manos estaba el rey.

Aguardé a que hubiera un movimiento, pues sabía que no llegaríamos a tiempo para salvar a aquél monarca, y tuve razón. Apenas habíamos llegado cuando el liche le arrancó el corazón al señor de aquellas tierras. Una muerte poco honorable para un rey que había luchado para defender a su pueblo. En aquél momento, uno de los soldados empezó a huir hacia el palacio, y en ese momento les grité al resto de soldados:

-¡Rápido, volved con él al palacio y llevarros con vosotrros a cualquier soldado que siga vivo que os encontrréis! ¡No tiene sentido que os matéis de forma inútil! ¡Id hasta la fortaleza y atrrincherraos allí! ¡Es más fácil de defender y de todos modos estamos rodeados!-

No hubo que repetírselo una segunda vez, pues salieron por piernas, ayudando a cualquier soldado que estuviera aún por allí a levantarse y a emprender la huida hacia el palacio. Solo Jack y yo nos quedamos. El liche se giró hacia nosotros, sonriendo, y avanzó hacia donde nos hallábamos, hablando con una tranquilidad insultante. Cuando acabó de hablar, Jack respondió a su desafío, y yo respondí:

-Si el humano pierde, entonces serré yo quien luche, abominación infecta.-

La lucha no duró mucho, y desgraciadamente la victoria no se la agenció el humano. El liche se dejó golpear unas cuantas veces, pero finalmente lo agarró del cuello, lo desarmó y le atravesó un par de veces con la espada que le había arrebatado al capitán pirata. Idiota... No debería haberse lanzado solo. No debería haber aceptado el desafío. Pero desgraciadamente era su destino. Y ahora solo yo quedaba. Estaba solo contra el liche, y aquello me hizo sonreír, a pesar de que la muerte del cazador me llenaba de rabia. Miré al no-muerto y le dije:

-Ahorra me toca a mí matarte, monstrruo...-

Me abalancé hacia él, rugiendo un grito de batalla enano, y preparando el hacha. No sabía si mis runas lograrían matar a aquella criatura de un golpe, pero prefería no arriesgarme. Golpearía hasta matarlo. Sin embargo, mi primer objetivo sería golpear el medallón que vi en su pecho. Sabía bien que los medallones de los magos suelen ser poderosos, y por eso mismo, cargárselos significa joderlos.
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