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Días de arena

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Días de arena

Mensaje por Sanny el Jue Jun 28, 2012 12:20 pm

1. Prólogo.

La sala era amplia y fresca a pesar de la época del año, con el techo alto, abovedado, cubierto de frescos en forma de arábigos y flores de colores pastel. El suelo, embaldosado de colores mates y grises, se notaba frío en las plantas de los pies.

Toda la pared sur era diáfana y estaba formada por columnas, entre las cuales se podía ver cómo la ciudad de Akhdar descendía hacia las ardientes arenas del desierto. En el centro de la sala, una fuente redonda resonaba cuando el chorro de agua de su punta descendía hasta la que se acumulaba en sus pies. Y junto a ella, los tres comensales estaban sentados a una mesa.

El primero, que por sus caros ropajes de seda azul parecía el más importante, era un hombre anciano. Una barba blanca bajaba hasta la mitad de su pecho, y profundas arrugas surcaban su rostro como los cauces secos de los ríos del Reino. Permanecía callado, con sus ojos reflexivos y bondadosos observando a los otros dos hombres.

El segundo comensal se parecía al hombre mayor, porque era su hijo. Su nombre era Abdel Azim Al Yusuf, y era atractivo. Tenía en sus facciones la fuerza que su padre había perdido, y vestía unos pantalones blancos abombados y un chaleco oscuro bordado de oro, que dejaba al descubierto un pecho amplio, moreno y lampiño que relucía aceitado. Sin embargo, Abdel Azim no tenía barba, y tampoco tenía ese brillo compasivo y lleno de reflexión que descansaba en los ojos de su padre. En su lugar había una expresión tozuda, y un gesto de desagrado hacia el tercer hombre.

El tercer hombre estaba horriblemente gordo, y una túnica blanca lo cubría de arriba abajo. Sus manos estaban saturadas de anillos de oro y piedras preciosas, de su cuello colgaban varios collares de oro engarzado, y sus orejas, nariz y cejas se encontraban perladas de pequeños y carísimos pendientes. Era el glorioso consejero del oro, las gemas y las riquezas, bajo el mando directo del Visir de Akhdar.

Y por eso estoy aquí, honorable Yusuf”, terminó mientras se metía unos cuantos dátiles deshuesados en la boca. “Tu hijo le debe diez mil monedas de oro a la banca del Califa, y el plazo expira. Si no nos los ha devuelto en tres días, será convertido en esclavo debido a sus deudas”. Luego puso una mueca de fingida tristeza. “He venido porque no querría que su padre, un mercader de frutos tan próspero y amante de su hijo, viera algo tan terrible”.

Abdel Azim golpeó la mesa, y saltó de su silla dispuesto a explotar, pero la tranquila mano de su padre sobre su brazo lo detuvo. Yusuf el anciano tomó la palabra. “Te agradezco mucho tu visita, Glorioso Consejero”, exclamó con voz amable. “Y sé que has venido para no verme sufrir por mi hijo, y no para que sea yo quien te pague la deuda. Sin embargo, permíteme hacerlo, por favor. Debo liquidar mi último cargamento, y mandaré al palacio del Visir la cantidad convenida”. Su hijo parecía a punto de explotar, pero se contuvo mientras el gordo Consejero se sonreía y asentía untuoso.

Eres un hombre sabio, honorable anciano”, dijo mientras levantaba su cuerpo hinchado y lo dirigía a la puerta de salida. “Si pagas, tu hijo será perdonado. Sin embargo, no deberías dejar que frecuentara esas salas de juego y esas fiestas bacanales. Escucha el consejo de un amigo… tu hijo te arruinará antes o después”.

Abrió la puerta y se marchó acompañado de sus guardias, mientras una joven hörige desnuda, inclinada bajo el peso de su pecho espantosamente hinchado, entraba con una bandeja. Las puertas se cerraron, y ella se dirigió a la mesa para depositar allí el brandy y la bandeja de frutos secos que traía.

En cuanto la puerta se cerró tras ella, Abdel Azim lanzó su silla por al aire presa de la ira. “¿Quién se ha pensado que es ese sapo asqueroso?”, exclamó el hijo del mercader. “¡Yo soy alguien en esta ciudad!, ¡No soy un esclavo, antes muerto!”.

Su padre suspiró, e hizo un gesto para que la hörige le acercara el bastón. Luego, con la ayuda de ella, se incorporó. “Sí, y eso me destrozaría”. El anciano suspiró con pesadumbre. “Eres mi único hijo, el heredero de la fortuna que me estás haciendo perder. Te estás perjudicando. ¿Es que no lo ves?”, dijo mientras lo miraba con ojos tristes.

Abdel Azim atemperó su enfado, y sus musculosos hombros se derrumbaron. Odiaba cuando su padre se ponía así, y su voz se calmó. “Tienes razón, padre. Te agradezco tu ayuda, sin ti estaría perdido. No volveré a asistir a las fiestas de la noche. Perdona mi estupidez”.

El anciano asintió, y con otro suspiro, más profundo que el anterior, se dirigió a sus aposentos bajo la atenta mirada de su hijo. Aunque en realidad, lo que su hijo miraba era a la hörige que lo acompañaba. La había comprado de niña, como criada, pero ahora tenía quince años y sus mutaciones la habían hecho desarrollarse como una acompañante perfecta, jamás había visto unas curvas como ésas. ¿Qué dirían sus amigos de la noche cuando la vieran?. Sí, la próxima vez que asistiera se la llevaría. A él le daba pena su padre, pero sabía que sólo era un hombre viejo y sin seso. Las operaciones comerciales iban de maravilla, y podía seguir gastando dinero mientras aquello fuera así.

Yusuf, mientras tanto, desaparecía por el pasillo en compañía de su sirvienta. Conocía a su hijo, y sabía cuando mentía. Pensó que debería ir reservando más dinero, y rezando a los dioses para que le quitaran a Abdel Azim aquel demonio del juego que lo poseía.


Última edición por Sanny el Miér Jul 11, 2012 12:38 pm, editado 1 vez
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Re: Días de arena

Mensaje por Sanny el Miér Jul 11, 2012 12:36 pm

2. El jugador.

Abdel Azim estaba nervioso. Se encontraba sentado a la mesa principal de juego, justo en mitad de la inmensa bodega. Olía a vino y a pipa de agua, y la gente había abandonado sus partidas en las mesas superiores para asomarse por los balcones, cientos y cientos de cabezas melenudas, calvas o tocadas con los clásicos turbantes de Akhdar.

“La bodega” era el nombre que recibía aquel inmenso salón de juego. Era subterráneo, y tenía forma de chimenea. Veintitrés pisos se extendían a partir de veintitrés balcones, alrededor de la chimenea. Y en el fondo de ella, las mesas principales, donde jugaban aquellos que realmente manejaban oro.

Allí estaba Abdel, entre el humo de las cachimbas y los vasos de cerámica repletos de vino. Estaba jugando a los dados, y apostando cada vez más. Su lampiño y aceitado torso, apenas cubierto por un chaleco oscuro, reflejaba la luz de las antorchas y las lámparas que lo iluminaban todo. Frente a él sólo quedaba un jugador: el único que podía afrontar la cuantía de la apuesta, una impresionante montaña de oro en mitad de la mesa de mármol. Aquel hombre era el Glorioso Consejero de las Monedas, Gemas y Riquezas del Reino de Akhdar.

No podía ser más distinto de él. Abdel Azir tenía menos de treinta años, y el Consejero pasaba los cincuenta. Él era espigado y elástico como la caña del desierto, acostumbrado al arte de la esgrima y al ejercicio, mientras que su contendiente estaba insanamente obeso, con pliegues de carne sobre pliegues de carne, ocultos por lujosas vestiduras. Y lo más importante; él era osado y valiente, un jugador de riesgo, mientras que el Consejero era un viejo estúpido y pagado de sí mismo, que ni siquiera era de buena familia. Lo único que tenía era su cargo, que le proporcionaba el dinero suficiente como para igualar sus apuestas.

Apuestas tan altas que habían llamado la atención de todo el casino. Hasta los demás jugadores de la zona principal estaban pendientes del suceso; nadie había apostado tanto jamás. A su alrededor había ricos mercaderes, jóvenes dandis acaudalados y altos cargos del Reino, con los ojos abiertos como platos. Hasta los músicos, las bailarinas y las damas de compañía habían dejado sus tareas y miraban hacia él. Todas, menos la hörige que llevaba a menudo a aquellas fiestas, que se entretenía comiendo fresas aprovechando la calma. Era un monstruo de circo con el pecho tan grande que no podía ni caminar, pero había gente que pagaba por su compañía, y pagaba bien. Además era tonta de remate, como todos los de su especie.

Abdel Azir se sentía bien. Era el centro de atención de todo el maldito casino. Incluso veía al dueño del lugar al borde del colapso, intentando calcular mentalmente el importe del oro amontonado en la mesa. Estaba retando a un Consejero del Reino. E iba a ganar. Había visto lo que escondía su cubilete: tres flechas y dos puños, lo que en aquel Reino se conocía como un Total. Muy difícil de superar. Así que había dado el todo por el todo, y había apostado toda su fortuna. O mejor dicho, la fortuna de su padre, que era demasiado pusilánime como para arriesgarse a nada, y se pasaba los días contando monedas y tartamudeando sobre migajas con los demás mercaderes. Hoy llegaría a casa siendo el doble de rico, y su padre se sorprendería y por fin le cubriría de alabanzas y alabaría su destreza como jugador. El mundo era suyo.

¿O no?. El Consejero de las monedas, las gemas y las riquezas sonrió untuoso y chasqueó los dedos, y un sirviente pasó junto a los dos guardaespaldas, gigantes llenos de músculos y de cicatrices, y puso un cofrecillo de oro sobre la mesa. Abdel intentó no delatar su nerviosismo, pero había comenzado a sudar. Aquel maldito gordo había subido la apuesta, y él no tenía más dinero. Estaba claro. El astuto Consejero estaba intentando sacarle del juego. Lo que había puesto sobre la mesa era todo lo que tenía en el casino, él no podría igualarlo, y tendría que retirarse y perder el dinero. ¡Aquello no podía pasar!.

Pero entonces una sonrisa salvaje y febril apareció en su cara. Había encontrado cómo igualar la apuesta. “¡Hörige!”, gritó. Como siempre que la llamaba, la dócil y estúpida criatura se estremeció. Luego, asustada por tener las miradas de todo el casino sobre ella, caminó torpemente hasta la mesa ciñendo su busto desnudo con los brazos. “¿Sí, amo?”. No se dignó a responder y se levantó orgulloso, encarándose al Consejero. “Cualquiera puede tasar los servicios de mi esclava más o menos por el valor de ese cofre”. Sonrió todavía más. “La apuesto a ella. Vas a tener que levantar tu mano gorda de ese cubilete y enseñarnos el farol… ¡imbécil! “.

Un susurro de miedo e incredulidad se extendió por el casino. Nadie se atrevía a insultar al Consejero. “Pero yo no soy cualquiera, soy el hijo de un próspero mercader”, pensó él. “Y ahora voy a ser el doble de rico, estoy a punto de humillar a este payaso. Después de esta humillación no se atreverá ni a mencionar mi nombre”.

Con un gesto de tranquilidad, el Consejero levantó el cubilete. Abdel no pudo reprimir un gritito agudo cuando vio los cuatro puños, una puñada, una de las pocas jugadas más altas que la suya. ¿Cómo era posible?. Los gritos y las risas de la gente perdieron consistencia, mientras el mundo comenzaba a dar vueltas a su alrededor y los dos guardaespaldas del Consejero metían todo lo que había sobre la mesa en un sólido saco. Tuvo que sentarse para no desmayarse. Hubiera sido lo que faltaba. La gente empezaba a perder interés en él, y volvía a sus mesas a jugar. Y de repente, la hinchada cara del Consejero apareció encima de él, sonriente y satisfecha.

No olvides mandarme a tu esclava mañana al alba al palacio”, exclamó mientras lanzaba una moneda al árbitro de la partida. “Ya hablaremos tú y yo, muchachito. Creo que me voy a divertir contigo”.

La forma en la que dijo aquello hizo encenderse todas las alarmas en su cabeza, y salió corriendo. Diez minutos después estaba en el exterior, jadeando y transpirando y enloquecido pensando en qué era lo que iba a hacer ahora. ¿Cómo se lo iba a decir a su padre?. Oh, su pobre padre.

Se sentó, y tras un breve instante, lloró. No le importó que lo vieran los jugadores que salían de la Bodega. Ahora todo daba igual. Todo estaba perdido. Se sumió en una especie de sopor aturdido. Algún tiempo después escuchó una voz aguda; “¿Ya vamos a casa, amo?”.

Alzó la mirada; la hörige, leal, le había seguido y estaba acuclillada frente a él.
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