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¿perdidos? ¿buscando que?

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¿perdidos? ¿buscando que?

Mensaje por Kaeth el Jue Jul 05, 2012 1:31 am

La melodía que la lluvia provocaba en sus oídos, al momento de chocar con el mar por el cual había estado navegando, era demasiado relajante, tan relajante que parecía querer darle sueño por algunos segundos en los cuales se concentraba escuchándole solo a esta. De pronto el navío choca contra una de las costas más cercanas, Kaeth se mueve bruscamente y deja de perderse en esta relajada sensación, abre los ojos y observa al horizonte.

¡Nos hemos arrimado a Shershonte! —Grito un sujeto que pertenecía a la tripulación de la nave.
Kaeth sabía que era su punto de llegada, había oído rumores de que algo pasaba en aquella ínsula, como toda aventurera curiosa, quería llegar a encontrar una respuesta de toda aquella historia. Sabía que no todo debía ser como la gente comentaba, después de todo, eran pocos los que se aparecían en aquella isla.

Señorita, debe pagarme por arrimarla hasta aquí, después de todo no es fácil encontrar a alguien que quiera llevar a pasajeros desconocidos
Lo sé capitán, descuide aquí esta su paga, gracias —Le entrego las ultimas monedas que cargaba, ahora ya no le quedaría más que encontrar algo valioso en aquella isla. La niebla le había rodeado a ella y a su corcel, observo quienes más bajaban del navío y nadie le acompañaba, estaban solos en una isla completamente desconocida, para su suerte; eso no le importaba en lo absoluto. El navío se había retirado.

Quedando por sola al final, observa frente y nota que solo se veía niebla, la niebla le impedía ver claramente su frente o lo que fuera que había a sus alrededores, desgraciadamente ella era un humano común y corriente así que de nada serviría forzar la vista, solo cansarla. —Bien, de algún modo debemos avanzar. —Susurro para Herrlot mientras le acariciaba el hocico. Sin esperar respuesta de su acompañante, la mujer inicio el primer paso, llevaba las riendas del cuadrúpedo flojas porque no había necesidad de presionarlo, mientras caminaban al paso lento y solo se podía oír el “tac tac tac” de los pasos del animal.

Cuando la espesa bruma empezó a disminuir, la azabache pudo notar que a la distancia había una zona repleta de arboles, miro hacia atrás y se veía empinado, habían subido por un tramo a ciegas y eso le puso los pelos de punta, la niebla cubría el resto. Luego alzo la vista hacia el cielo, y estaba este en penumbras, aun algunas gotas de la llovizna pasajera de antes caían, humedeciendo el rostro de la pálida dama mientras esta no despegaba sus grises ojos de la bella noche, lástima que aquella tendría un enorme giro para su vida.

¿Te mencione a que hemos venido a este islote? —Guardo silencio un momento, nadie le respondería más le gustaba hablar con aquel acompañante mudo. —No es por ponerte presión pero, creo que nos enfrentaremos algo gordo esta noche – rió- Siempre te meto en líos ¿cierto? Uff te debo mucho —Era cierto, Herrlot le acompañaba en todos sus caprichos, claro, en los cuales el pudiera estar presente, aun recordaba el momento en que lo conoció, parecía que hubiese sido ayer y de pronto de un día para el otro, el animal había crecido considerablemente.
La caminata continuaba, no sabía si estaba andando por buen camino, pero sabía que tenía que encontrar una gran casona, sin embargo tampoco se detenía a observar algo o siquiera ver algún camino posiblemente correcto; ¡No! Nada le importaba más que sus opiniones, por ello quizá a veces cometía grandes errores, aun que francamente siempre dicen que de los errores se aprende, y por ese motivo es que consideraba más adecuado equivocarse a hacer todo perfecto, con ella no iba bien que todo siempre fuera lo perfecto.


Como lo había pensado desde un inicio, había cometido un error, no era exactamente el camino correcto por el cual habían venido, cuando el camino al fin termino se hallaron sobre una enorme roca de forma ovalada, al frente, un enorme barranco que desembocaba al mar profundo, observando debajo de este barranco, enormes olas rompían contra unas de las paredes de aquella isla. Sin duda no había salida, y tras ello cuando se volteo para volver entre sus huellas, estaba completamente desubicada con las coordenadas, tantas montañas todas de la misma tonalidad de piel más la bruma espesa que los atormentaba y aquella fuerte oscuridad, se encontraban repletamente confundidos en cuanto a coordenadas geográficas, sin embargo lo tomo con gracia.

He he he fantástico, perdidos pero juntos —Rio sarcásticamente para luego sentarse sobre una acumulación rocosa y viscosa que había no muy lejos de donde se habían detenido, las riendas de Herrlot cayeron al suelo cuando la azabache las soltó y el corcel bufo un tanto molesto.
Sí, sé que es un tanto estresante pero no nos vamos a rendir ahora, ya bastante largo fue el viaje, además…—El silencio se hizo presente y con su pie pateo una pequeña roca que estaba cerca de este. —Además no planee una forma de irnos de esta isla, así que tendremos que ir nadando, no creo pase alguna nave por aquí en mucho, mucho tiempo.

Estando varados y perdidos en una isla la cual apenas si conocían el nombre, Kaeth y Herrlot no tenían otra opción que encontrar lo que habían venido a buscar «Un antiguo castillo del que nada se sabe» Por ello, no había otra opción que ponerse a buscar toda la noche, hasta encontrar una salida de aquel lugar tan alejado de toda civilización.A menos que claro, Herrlot supiese nadar, imagino un caballo nadando kilómetros de mar abierto, genial se ahogaría apenas hiciera dos metros a lo profundo.
Nuevamente y tras menos de diez minutos sentada, Kaeth se puso de pie y tomo las riendas del animal que aun continuaba donde ella lo había soltado, para ser un caballo salvaje respetaba demasiado a la azabache. Esta le jalo las riendas con suavidad una vez mas y dieron la vuelta para volver por donde habían llegado o más bien, volverían por algún otro sitio.


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Re: ¿perdidos? ¿buscando que?

Mensaje por Joseph Smith el Sáb Jul 07, 2012 9:31 pm

Una suave capa de helada cubría los tejados de unas precarias casas de barro fraguado al sol y paja compactada con poco más que mazas de herrería. Era esa misma humedad la que hacía brillar las casas bajo la luz de la luna roja como si fueran enormes joyas esperando a ser talladas. La caricia del viento también era refrescante, tanto que al rozar mi rostro bajo la capa que me mantenía envuelto en sombras dentro de aquel callejón casi podía notar como me erizaba cada vello en mi cuerpo, como una mano invisible que se hacía patente al roce con mi piel. Arrastraba consigo un olor que yo no terminaba de identificar del todo, pero sí mi compañero canino, Têr, el lobo negro que se había convertido para mí en un hermano. Su delicado olfato animal daba las primeras pistas de algo que ya llevaba conociendo desde hacía semanas: en el pueblo había algo no humano. El eco de un tacón repiqueteando contra el suelo como gotas de lluvia contra el mar detuvo mis pensamientos y heló mi sangre por unos momentos. Una voz dulce recorrió el aire hasta mis oídos, pero por desgracia no eran los únicos que escucharon aquellas palabras de falso amor. Un suspiro, una caricia que era tan intensa que parecía rasgar la misma noche con el fuego de su pasión; un grito y finalmente la muerte. Salí de mi escondite arco en mano, tensando la flecha y apuntando en dirección a un joven trajeado con chaqueta negra y pantalones a juego; ribetes y bordes dorados despuntaban como saetas con la luz de la luna. Su blanca faz no mostraba emoción alguna para mi, y su gallarda figura no era sino un arma en sus garras de vampiro. Pero para la muchacha que había entre sus brazos era diferente. Seguro que se sentía cobijada de los peligros allí mismo, con el rostro enterrado en su cuello y la frente apoyada en el hombro, lo más seguro es que la muy inocente pensase que él la protegería de un asaltante inoportuno que había ido a arruinar su noche, así que no dudé un segundo y a sabiendas de que ella no respondería por las buenas, solté la cuerda del arco y dejé que la flecha surcase el aire con mortal precisión hasta el hombro del ahijado de las sombras. Emitió un quejido impropio de los suyos, que normalmente se guardan el dolor por orgullo, y trató de arrancarse el proyectil de la carne para contratacar, pero mis movimientos fueron más rápidos.

-Te doy cinco segundos para que me digas donde se esconden el resto de los tuyos. – Dije firme, manteniendo la presión de mi garra sobre su cuello. Escupió al suelo e hincó en mí su mirada de ojos color crema, que se tornó dorada como el oro lentamente. –Suéltame humano. – Ordenó tajante, pero la única respuesta que obtuvo fue mi mano ciñéndose más a su cuello –Déjate de trucos baratos, sabandija, y responde antes de que se me agote la paciencia. Mi lobo tiene hambre y la carne putrefacta de engendros como tú es una de las cosas que más le gustan. – sentí una patada en la espinilla que me obligó a desviar la vista a un lado - ¿Qué coño se supone que haces mocosa? – pregunté a la chiquilla, que no pasaría de los catorce años a juzgar por su cuerpo todavía sin definir. -¡Suéltalo asesino hijo de puta! – bramó furiosa - ¡Él no ha hecho nada! ¡Él me…! – con la mano libre crucé su cara de un guantazo, ordené al lobo echarse encima de ella para retenerla y saqué de mi estuche uno de los dardos que llevaba para matar licántropos. Con él me practiqué una sola punzada sobre el dedo índice de la zurda, la mano libre, y mientras la sangre se condensaba en ese punto como si la gravedad ahí fuera mayor observé como el muchacho iba perdiendo su actitud seria y fría. Lentamente su rostro se deformó al de una bestia de facciones animales, con morro aplanado como el de algunos perros y colmillos tan grandes que sobresalían por los costados de sus labios, tan delgados que se podía ver la sangre circular por ellos. - ¿Te convences ya, niñata? Tu novio es un mosquito con sobrepeso. – Sentí nuevamente un golpe, pero esta vez no era la niña, sino el vampiro que intentaba zafarse de mí zarpeando con las garras de sus pies. Raudo, desenvainé una de mis espadas y la hinqué en su pecho atravesando por sólo unos milímetros el corazón. Como era obvio no brotó sangre alguna; aunque lo que sí escapó de él fue un alarido de dolor que fundió con uno de mío de placer por verlo sufrir de ese modo. Confuso, se debatía entre la realidad y la fantasía meciendo la cabeza de un lado para otro, y es que el haber atravesado sólo uno o dos milímetros de su corazón le permitía sentir todavía el dolor, notar el acero en su carne y el cuero de mis guantes sobre su cuello, pero no dejaba que opusiera resistencia alguna quedando como un triste muñeco de trapo al que le costaba hasta respirar.

El silencio se adueñó unos segundos de la escena. La niña no se atrevía a gritar con Têr encima, el vampiro no parecía querer desperdiciar una de sus preciadas bocanadas de aire para clamar por un auxilio que jamás llegaría y yo por mi parte disfrutaba del miedo reflejado en sus ojos de nuevo del color de la crema pastelera, un miedo que al mezclarse con el dolor y la agonía de verse entre la espada y la pared (nunca mejor dicho) formaban una apetecible sobremesa de entretenimiento sólo apta para los más sádicos; como yo. –A… al menos déjala ir… -Dijo como pudo el ser noctámbulo, pero hice oídos sordos a sus lastimeros ruegos, que estaba claro sólo eran parte de una estratagema para librarse de mí y quedarse con la chica sin más, y repetí mi pregunta mientras hendía un dardo sobre su pecho, justo al lado de la espada: - Yo pongo las normas aquí. ¿Dónde se esconden el resto de los tuyos? –emitió un alarido y contestó: - N… no hay más, lo juro… estoy solo, no me alimento de sangre humana y… - golpeé con fuerza su estómago – A mí no me engañas engendro; sé que si hay uno joven tiene que haber por lo menos dos tutores para que no se deje consumir por su bestia y acabe con todo el suministro de sangre de un lugar en poco tiempo. – Tras mis palabras eché mano de la empuñadura carmesí de la gemela acerada todavía por hincarse en su carne e hice un ademán de sacarla, liberando parcialmente su plateado filo para que destellase con la luz carmesí de la luna-¡No! –bramó asustado – E… esta bien… - hizo un esfuerzo supremo para no derrumbarse por el dolor y prosiguió su lastimera charla: - D… de acuerdo… hablaré. Mi familia se encuentra… oculta en un castillo en una isla al norte de aquí; a dos días en barco. – jadeaba con cada retahíla de palabras que lo obligaba a soltar, pero aquello me hacía disfrutarlo todavía más pues era como un perro herido en manos de un médico ansioso por probar cosas en algo que no sea humano. - ¿No mientes? – pregunté, a lo que él negó con la cabeza lo más efusivo que pudo. Saqué la espada de su pecho y cerré los ojos un segundo para poder oír mejor como sus botas con tacón de claqué chocaban contra el suelo dos veces en dirección a mí. Rápidamente desenvainé la espada de empuñadura carmesí y la alcé a la altura de mi cuello para disfrutar viendo como él mismo se cercenaba la cabeza en un vano intento por arrancarme a mí la mía. Y así, con el seco sonido de la testa al caer al suelo y rebotar un par de veces, me fui del lugar. Las pezuñas del lobo se me unieron a los pocos segundos. Las horas que quedaban de noche ahora tenían melodía propia: el llanto de la chiquilla, que confusa no sabía si llorar por su amado ahora difunto o por lo cerca que ella misma había estado esa misma noche de la muerte, ya que si una sola gota de sangre lo había hecho ponerse así sabe uno como se hubiera puesto con lo que pudiera brotar de un arañazo, una herida o algo más…

En el pueblo la mañana se acercaba, así que aproveché las últimas horas de la cúpula oscura para echar una cabezada, despertándome con las primeras luces del alba. Mis ojos estaban cansados, pero por dentro me sentía en paz y con eso me bastaba. Bajé a desayunar cuando escuché las voces del tabernero a su mujer para que empezase a hacer de comer, y ya con el estómago lleno de carne y cerveza, y con las bolsas de provisiones hasta los topes tomé rumbo al mar. Hube de atravesar un bosque y dos pantanos para que al cabo de dos días la brisa marina removiese la mugre de mi cabello. Mi fiel montura, al igual que mi acompañante canino, se alegraron de ver algo más que hongos del tamaño de personas y árboles del tamaño de torres. Los últimos kilómetros los hice a trote lento, disfrutando del paso del caballo sobre la arena, tan relajante después de varios días chapoteando por pantanos y charcas que casi hizo que cayese en el letargo de un sueño profundo. Al llegar a la primera línea de costa noté como hervían los mercados y como me hervía a mí la sangre de ver como humanos y engendros se trataban de igual a igual. Personas con orejas de gato, hombres tigre, mujeres con alas y niños con cuernos; y todos ellos junto con humanos de pura casta, e incluso alguno que otro bien apegado al trasero de algún noble por si se le resbalaban unas monedas. Escoria. Escupí al suelo y ya con la mala leche en el cuerpo empecé a buscar algún barco que me llevase a la isla de la que hablaba el joven chupasangre. No me había dicho un nombre claro, algo inteligente por su parte, pero como pocas islas distaban tanto del puerto el capitán del primer barco al que me acerqué me confirmó que se trataba de la remota isla de Shershonte, una tierra casi por completo virgen y de la cual pocos habían regresado con vida, y los que lo habían hecho no eran capaces de contar los horrores allí vividos. Finalmente acabé subido a un barco de dudosa legalidad en el que pasé los dos días y medio –la travesía se alargó por unos problemillas con La Armada- hasta que por fin volví a tocar tierra firme. Por delante de mí se extendía en ese momento una basta jungla por explorar y sólo una salida; el basto mar. Mis amables transportistas no tardaron mucho en descargar los pocos bártulos que tenía y marcharse como si en aquella isla viviese el demonio mismo –una idea que a mí me excitaba sólo de pensarlo-.

Respiré hondo para aspirar el aire puro con el pesado olor de la humedad tropical del lugar y tomé mis cosas del suelo: la mochila, el saco y algunos víveres en una bolsa aparte. A lomos de mi caballo de crines negras, y con paso lento como el del que se enfrenta a n juicio por delitos mayores, empezó el animal a caminar en dirección a la jungla mientras que yo, arco en mano, vigilaba que todo estuviese normal, aunque eso no evitaba que la sensación de tener miles de ojos siguiéndome a cada paso me hiciera sentirme vigilado como nunca jamás lo había estado. Ahora más que nunca tenía que estar atento a cualquier sonido: los pasos de un animal grande, las pisadas que veía por el suelo y hasta al modo en que crecían las plantas. Y todo ello sino quería perecer allí. Menos mal que contaba con la ayuda de mi fiel amigo Têr.
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Off para quien califique después esto: No abuso de las capacidades de Joseph. El PNJ vampiro es apenas u iniciado y tomo como base la tabla inicial de un vampiro nivel 1 sin ningún tipo de mejora (Todo 12 a excepción de espíritu que tiene 0)




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Re: ¿perdidos? ¿buscando que?

Mensaje por Kaeth el Dom Jul 08, 2012 8:02 pm

Quizá la noche ya estaría dando sus últimos respiros, no llevaba un control total del tiempo, quizá la noche aun tenía mucho para dar, sin embargo parecía que a medida que más se adentraba dentro de ese bosque o selva la cual tenía en frente, la oscuridad crecía y crecía en tanta abundancia que le provocaba un terrible escalofríos. Herrlot mostraba en su expresión una gota de temor ¿sería posible que nuevamente se habían metido en líos? Mientras que Kaeth sentía miradas a su alrededor, el alrededor de ambos parecía ir achicándose a medida que mas avanzaban y el silencio que se apoderaba de todo parecía incapaz de ser interrumpido. «Es solo un bosquecillo» Pensó ella observando atenta a su alrededor, el aura que el lugar desprendía no era para nada agradable y mucho menos para alguien que no sabía lo que estaba por enfrentarse allí.

Ya no había tiempo de retroceder, observar hacia atrás seria en vano puesto que no se podía ver más que espesura y mucha oscuridad, aun así, su espíritu aventurero excitado por la sensación le continuaba guiando entre mas y mas oscuridad. De pronto, resuena el sonido de un cascabel, alerto sus sentidos hacia todo su alrededor y detuvieron el paso de manera firme. Una risa le revolvió el estomago y los sentidos, se sintió presionara de algo desconocido, pero eso no le daba razones aun de rendirse por lo que solo se enfrentaría calmada a las opciones que le dieran en ese mismo momento.

¿Hola? —Pregunto Kaeth dando a conocer una personalidad amable y calmada. Nadie contesto, no había señales de que alguien decidiera hablarle, parecía como que intentaban jugar con su mente, entonces ella sacude su cabeza haciendo que sus cabellos recaigan levemente por sus mejillas, ya que tenía puesta una capucha, y mientras hacía eso tomo tres dagas y las dejo en su mano izquierda cubierta esta por parte de sus ropajes. —Son falacias mías. —Musito la azabache muy suave, para después subir a la montura de su caballo, no iría mas a pie, no estaba seguro ese paso.

El avance de ambos continuo, continuaron adentrándose más y más, ningún otro sonido anormal les volvió a sorprender en uno cuantos minutos, sin embargo el silencio era tan grande que un pequeño chillar o trote provocaría que la atención de la mujer se desviase hacia ese punto enseguida. El alrededor parecía tan sereno e incapaz de ser violado que le redirigía una calma absoluta, una calma que a muchos les llegaría incluso a engañar y ¿Quién dice que ella era la excepción? Sabia reconocer si auras buenas y auras no tan agradables y esta no hacia la diferencia, esta era rara, no era normal y sentía claramente que las cosas no eran tan agradables como aparentaban.

Si fuera por mí, sabes que daríamos la vuelta, pero nos hace falta algo de economía al bolsillo —Herrlot se detiene de la nada, Kaeth no reacciona al instante el porqué de su pausa sin embargo para cuando lo nota esta ve a la distancia y donde la espesa arboleda terminaba, una pequeña figura, la figura de una jovencita de aproximadamente quince años hace presencia, esta no parecía estar perdida o ser un simple salvaje de la isla, llevaba un corto vestido pastel hasta arriba de las rodillas, su cabello negro y lacio como la ceda recaía por sus hombros hasta rosar la parte baja de su cadera, el tono de su piel tan perfecto y pálido le causaba escalofríos e imaginaba rosar aquel tierno cuerpo como si fuese la piel de un ser intocable, era maravillosa, parecía tener un valor incalculable como si fuera una obra de arte, una pintura traída a la vida sin un solo error al ser dibujada. Justo la luz de la luna recaía sobre su cuerpo, iluminándola a esta, la luna parecía brindarle todo su poder provocando que esta se volviera radiante y llena de vida.

No sabía cuál sería el próximo movimiento a realizar, la azabache de mirada bloqueada, simplemente observaba aquel ángel que parecía estar frente a sus ojos, y cuando quiso reaccionar la niña separo sus pálidos labios de manera que indicaban a que ella iría a hablar, quizá no se escucharían las palabras de ella, a no ser claro que gritara ya que estaban a aproximadamente veinte metros de distancia. De pronto, Kaeth escucha como si estuviesen hablando detrás de ella, en un susurro detrás de su oreja, ni más ni menos su nombre. Kaeth... Mencionaron haciendo que su piel se erizara instantáneamente. Los reflejos auditivos de la cazadora se alzan a flor de piel y le mira de manera desafiante, ella jamás había nombrado su nombre en aquella isla ni nadie lo había echo antes tampoco, entonces fue cuando sospecho que aquello no era más que un simple truco.
Nuevamente la risa burlona hace presencia, y aquella muchachita de pronto sale corriendo hacia la izquierda, desapareciendo del campo visual de la mujer a caballo. Kaeth chasquea la lengua sabiendo que su presa estaba escapando para luego acomodar rápidamente las riendas de Herrlot y salir a la carrera. —Maldición hace horas que me están siguiendo. —Bufo de manera molesta, luego movió sus pies enterrando sus talones en las costillas de Herrlot y este comenzó a avanzar a un paso más apresurado que antes para acortar el camino que los separaban de aquella presencia.

El avance que ambos tuvieron paso en un parpadear de ojos, cuando llegaron al punto previsto un esplendor de luz, proveniente de la luna, les cegó la vista por un instante, Kaeth busco con ansias aquella muchacha pero esta había desaparecido, sin embargo pareciera que ella le había indicado el camino, ya que al mirar al horizonte pudo notar lo que sería un castillo entre montañas y enormes arboles que le rodeaban como intentando protegerle.

La cazadora, no iría a perder esa oportunidad, quería terminar por fin el objetivo de aquel viaje y sabía que estaban corriendo un gran riesgo al adentrarse en un lugar desconocido. Sin embargo, al calcular la distancia que había entre ella y el castillo aquel, se encontró con que al paso lento que iban requerirían aproximadamente de una o dos horas en llegar hasta allí «por el hecho de que tendrían que subir unas cuantas subidas hasta poder alcanzar el castillo a la distancia» pero lo cierto era, que la distancia no le importaba mucho, después de todo había viajado por enormes caminos alrededor del mundo y un recorrido más para alcanzar otro objetivo no era de mucha molestia para ella.


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Re: ¿perdidos? ¿buscando que?

Mensaje por Joseph Smith el Jue Jul 12, 2012 8:34 pm

Una bruma mágica parecía cubrir cada centímetro de aquel condenado lugar, húmedo y con un aire puro pero tan caliente y tan cargado de olores que apenas podía respirarlo. Los pasos de mi caballo; la respiración de Têr y los latidos de mi propio corazón era cuanto se escuchaba en el lugar, ya que ni el soplo del viento se atrevía a quebrantar la ley del silencio impuesta por quién sabe qué en aquel lugar. Mi vista, cada vez más perdida en el verdor de las hojas y la exuberancia de la vegetación, intentaba centrarse en el suelo, en busca de algún tipo de ehulla que delatase habitantes en el lugar, mas era imposible mantenerla fija por más de cinco segundos seguidos, y cuando lo lograba algo llamaba mi atención. Un sonido, el paso de algo de una rama a la otra, respiraciones entrecortadas y hasta voces llegaban a mis oídos, tal y como si aquella jungla tratase de volverme loco. Parecía esa su intención, pues tras la primera media hora de “inmersión” en el mar de hojas y ramas que era aquel lugar encontré que había anochecido. ¿Cómo? No recordaba la puesta de sol, tampoco había oído a los pájaros migrar hacia sus nidos para cobijarse de los depredadores nocturnos. Respiré hondo y tensé la cuerda de mi arco por si las moscas, pero viendo que no ocurría nada continué mi camino durante otra hora más, lo que internó de lleno en el corazón de la jungla. No. No era el típico lago en calma del cual manaban infinidad de brazos de agua cristalina hacia, sino un simple claro entre las palmeras y los árboles frutales del lugar. Por no crecer ni la hierba salía en aquel pedazo de tierra muerta de color ocre. Unos cuantos huesos, entre ellos cráneos con principios humanos, yacían sobre el lugar anunciando que no era precisamente el mejor de toda la jungla para acampar. Sin embargo Têr no podía estar tan tranquilo como yo ante aquella visión; era como si sus afinados sentidos del olfato y el oído captasen algo que yo no. Continuamente tiraba de mi bota con sus dientes para que me apease del caballo, daba constantes gruñidos y agachaba las orejas a los pocos segundos, igual que si alguien, o mejor dicho algo, le hubiese reprendido por armar jaleo en el lugar. Finalmente acabé por ceder a las exigencias del lobo y bajé del caballo atando a este a un árbol que distaba unos cuantos metros de aquel pozo de huesos. A ras de suelo la tierra parecía vibrar, como si algo dentro de ella intentase emerger, los árboles tenían las raíces más y más pútridas a medida que esta se acercaban a la tierra del centro, y las huellas de pequeños roedores que durante todo el camino había seguido desaparecían en mitad de la nada también cerca del misterioso lugar. El temblor se intensificó durante un segundo hasta el punto de que apenas me podía mantener en pie y a continuación cesó. De la tierra muerta del claro empezó a brotar una mano transparente como el cristal, luminiscente como un rayo atrapado en un cristal. Sus dedos eran delgados y largos, su muñeca estrecha estaba atrapada por un par de grilletes de tono negruzco –también traslúcidos-. El cuerpo que estaba pegado a aquel brazo no era el de un horrendo monstruo, como yo ya esperaba –teniendo ya el arco listo para atravesar una o dos cabezas con la primera flecha- sino el de una hermosa niña de cabellos blancos, piel tersa y ojos dorados que se hincaron en los míos con la precisión de una flecha.

Noté la sangre helada recorrer mi cuerpo en su totalidad. Una especie de flecha imaginaria se hundió en mi pecho y me provocó un fuerte escalofrío que recorrió desde la nuca hasta el talón todo mi cuerpo. Tenía la sensación de estar paralizado por aquella imagen fantasmagórica de la pequeña, pero sin embargo me estaba moviendo. No sé en qué momento había tomado de nuevo las riendas de mi caballo y había dado media vuelta. De nuevo recorría el pasaje que había abierto a golpe de machete hacía sólo unos minutos, pero esta vez con un paso todavía más lento que la primera, con la mano espiritual de la chiquilla guiando los pasos del equino de nuevo hacia la costa. Una vez sobre la arena, aquel fantasma extendió su lánguida mano derecha y señaló un castillo del que no me había percatado al bajar. Distaba varios kilómetros de mí, unos cinco al menos, pero aun así su estructura era apreciable con facilidad. De altas murallas de piedra negra rodeándolo, con cuatro torreones –uno en cada punto cardinal- mucho más altos que el edificio principal coronados por gárgolas en lugar de almenas para los tiradores. El sendero que conducía a él no era ningún camino de rosas: un sendero escarpado ascendía hasta la misma puerta delas murallas serpenteando por el lomo de la montaña cual columna vertebral sin carne, ya que a ambos lados del camino podían verse sendos barrancos de gran profundidad. Fijé el rumbo en aquel lugar y cabalgué hasta él a un ritmo extenuante para mi caballo. Cuando hube llegado al principio del camino, viendo lo estrecho que este era, me apeé de la montura y lo dejé cerca de una cueva marina para resguardarlo de la intemperie, volviendo segundos después sólo con el lobo y una mochila llena de provisiones por si las moscas. Junto al lobo, el camino no se hizo especialmente largo pero sí tortuoso. Cada poco tiempo tenía que vigilar que nadie nos seguía, ya que algunos pasos parecían adentrarse con los nuestros en el eco de las montañas. Los cascotes sueltos caían cuando mi fiel lupino pisaba en un mal sitio, teniendo este que retractarse de su acción en poco tiempo, ya que de no hacerlo caía directo al vacío oscuro que había bajo nosotros, tan profundo que ni el sonido de las piedras al llegar a su fin –si es que lo tenía-.

Al llegar arriba nos recibió el sonido de una chirriante campanilla, como si acabásemos de traspasar una puerta invisible y con ella hubiéramos golpeado una lámina de fino metal. Su eco agudo provocó el aullido del animal que me acompañaba; rascó la tierra e incluso mostró sus dientes amenazador al aire, pero el infernal sonido –que también estaba haciendo mella en mí- sólo cesó cuando el can se echó en tierra y con sus patas delanteras tapó sus oídos en un vano intento por cobijarse. Dejé pasar un par de minutos para recuperarme dela fatiga causada por un sonido tan infernal, mi estómago revuelto dio un par de coletazos más antes de que por fin pudiera poner atención al enorme pórtico que tenía delante, tallados en madera negra y lisa que dejaba caer por sus grietas gruesas gotas de agua, creadas cuando la humedad del lugar se encontraba con el frío tacto de la madera oscura. Sus dos tiradores, situados a casi dos metros de altura, estaban labrados en oro puro, con las asas de plata decoradas conhueso tallado para asemejarse a la cabeza de un dragón. Allí arriba la temperatura era mucho menor que al borde del mar; tanto que todo parecía helarse con cada segundo que pasaba. A cada lado había una piedra de al menos diez metros de altura y otros cinco de anchura, tallada a la perfección con la forma de un hombre sosteniendo una gigantesca espada entre sus manos, apoyada la punta de esta en el suelo. Y así podía haber estado todo el día, puesto que allí arriba las cosas no dejaban de sorprenderme, pero el sonido de más pasos a mi espalda me alertó. Alguien venía ¿amigo o enemigo? no tenía modo de saberlo. Rápidamente me puse la capucha sobre la cabeza e hice una señal a mi amigo para que se fuera a esconder detrás de la estatua de la derecha, colocándome yo en la zurda –habiendo entre ambas estatuas unos cincuenta pasos- arco en mano y listo para interceptar a cualquiera que se acercase con malas intenciones… Si es que no era de nuevo aquel infernal lugar, que volvía a jugarme una mala pasada.




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Re: ¿perdidos? ¿buscando que?

Mensaje por Kaeth el Sáb Jul 14, 2012 6:10 pm

Un fantasma o un ángel, aun no llegaba a saber aquella realidad oculta detrás de una apariencia perfecta, una apariencia que parecía ser la de un demonio intentando comprar con una bella figura a los ojos de un ser humano.
Solo le siguió, siguió una a una las pistas de aquella angelical muchachita, tras haber salido de la selva que habían estado rodeados por horas, caminaron Herrlot y Kaeth hasta una zona más árida de aquella isla, digo árida puesto que estaba repleta de rocas, había seguido con la vista el castillo a la distancia durante varios minutos y los interrumpía cuando la risa de la muchachita se escuchaba de a momentos. Estando ya de nuevo en las costas, el olor a mar le invadió el olfato de manera total, se bajo de Herrlot y le soltó las riendas, le quito estas de encima y lo dejo libre como si fuera un caballo salvaje. —Pórtate bien amigo —Siendo estas sus últimas palabras, Kaeth tomo todas sus armas colocándolas en distintas partes de su excelente físico, humedeció sus labios y vio que el rocín aun no quería irse, ella le golpeteo el osito y mostro una mirada que pocas veces había dado, una mirada la cual indicaba seguridad y calma.

Cuando Herrlot se había retirado a pleno trote, Kaeth observo un gran camino en medio de dos enormes acantilados, a la distancia se encontraban las puertas de aquel castillo de apariencia aterradora, el lugar parecía deshabitado hacia muchos años, y el sonido de las almas en pena que aun merodeaban por el desfiladero, pidiendo a gritos que sus cuerpos sean reconocidos porque aun yacían allí abajo sin haber vuelto a ver la luz del sol, se oían como cantos provenientes del infierno. La noche había salido de pronto, todo parecía perder rumbo del tiempo, de las coordinadas geográficas, parecía que había viajado a un mundo paralelo en el cual vivía actualmente, todo era hombre del demonio pensaba ella.

Camino a paso lento, parecía que aquel fino puente de rocas entre el resto de la selva y el castillo iría a desmoronarse pronto, era imaginación suya ya que la altura a la que iba caminando era bastante elevada, como no sabía de cálculos de ese tipo no pudo deducir cuantos metros habría, sin embargo de algo estaba segura y era que si caía a aquel pozo sin fin no volvería a salir y mucho menos con vida. En ese momento, mientras todo iba de una manera calma y silenciosa, por encima de ella a unos veinte metros de altura de donde ella estaba, algo se movió provocando que unas cuantas rocas cayeran por el acantilados pareciendo que alguien quería derribarla. —Carajo, estúpidos espectros de la noche —Murmuro un tanto molesta mientras fruncía el ceño y avanzaba ahora a un paso más rápido, el indicio no fue erróneo fue entonces y en ese punto exacto, que a no mucha distancia de donde ella iba un lobo aúllo.

Fue despreocupante para ella, estaba en una isla desconocida, podía existir el caso de que hubieran lobos a la redonda entre tantos acantilados rocosos, solían estar en esas aéreas por lógica, sin embargo no había oído algo así en todo el día dando vueltas, ese sonido ahogado del animal le alzo los sentidos, fue entonces que cuando se detuvo por el sonido alarmante, Kaeth pudo ver en el suelo varias huellas y a un lado de estas, huellas caninas, algo no le encajaba del todo bien, alzo una ceja y miro estas bien, calculo aproximadamente ¿Cuánto tiempo podían llevar allí? Alzo la vista ahora hacia el cielo gris nocturno y le dio a entender que llover en esos territorios llovía, la humedad era bastante elevada en el lugar por las costas y de seguro por el mar debajo de toda la isla -aquella agua que se mete por debajo de las tierras- por lo que si las huellas estuvieran de hacia años sería imposible por el simple hecho de que las lluvias las habrían lavado, «Puede que esté en un error, o estas huellas estén aquí desde hace días ¿pero cuándo habrá llovido la ultima vez?» No, nada encajaba bien y se preocupo, Miro hacia arriba por última vez y empezó a correr, podría ser que en ese mismo acantilado le tendieran una emboscada, eso era lo más probable, el sonido metálico de su armadura sonaba con levedad mientras movía su ágil cuerpo por aquel acantilado; No le importaba si este se derrumbaba o empezaba a hacerlo, corrió y corrió hasta que el camino que parecía sin fin por fin termino, se hallo frente a un enorme portón casi destruido.

Su cuerpo, tras la corrida había quedado un tanto agitado, detuvo el paso y tomo una gran bocanada de aire mientras miraba hacia atrás de perfil, no quería que nadie le hubiera seguido y la noche parecía estar más viva que nunca en ese lugar, lo que causaba miedo en sus venas. Nadie por allí, nadie por allá, ni en la derecha, izquierda o arriba, no había nadie y sentía que algo le observaba pero no sabía desde que Angulo, empezaba a desesperar y por eso se contuvo. Decidida a continuar y terminar aquella misión, empezó a caminar, detrás de ella solo se veía la capa negra danzar a medida que movía sus caderas caminando, mientras caminaba, trono los dedos de su mano izquierda y derecha y se cargo una de sus ballestas en la mano derecha, mientras que avanzaba entre ruinas de la enorme entrada de aquel castillo, las huellas continuaron hasta el punto que ella se detuvo y estas se perdieron ya que el suelo estaba cubierto por piedras como antigua decoración, Kaeth volvió a observar a su alrededor y miro la enorme puerta de la entrada desde una distancia de cinco metros.

Un aura extraño le rodeo el cuerpo, sintió escalofríos, parecía que no podía mover sus piernas o brazos, y la mirada de la azabache se centro en aquel enorme castillo, lo miro de arriba abajo para luego morder su labio inferior de forma confusa. —Que castillo mas… Horrible. —Menciono burlándose de la estructura diseñada que se utilizo para el edificio. El olor humedad le causaba un tanto de irritación en el olfato por lo que con un movimiento de mano libre, cubrió mitad de su rostro con aquella gabardina negra que traía. Tal vez lo que luego hizo fue su más grande error, pareció ser una especie de “trampa” que avisaba a los dueños de casa de una nueva llegada ¿acaso se había metido en la casa del señor ogro? ¿Sería devorada por él y sus odiosas siete hijas? ¡Maldición! Un sonido más que insoportable, un sonido penetrante capaz de romper un tímpano se estuviera a un tono de volumen más alto, resonó…

Al dar un paso más, pareció haber pisado el hilo de seda, cuando su pie apenas avanzo apenas si milésimas de segundos, ni siquiera eso, cuando levanto su pie un chillante sonido sonó, le aturdió sin dejarla inconsciente por suerte, Kaeth agarro su ballesta entre ambas piernas y la apretó, mientras que con sus manos se cubrió los oídos por un momento frunciendo el ceño pero sin cerrar los ojos, hasta que de un momento para el otro aquel sonido seso.
El silencio se hizo abundante de un momento a otro, ella un poco más calmada quito sus manos de los oídos y tomo nuevamente la ballesta, aun que ahora igual tomo una segunda que traía cerrada a su espalda, cargo ambas en diferentes manos y empezó a caminar a paso lento acercándose a las puertas. El silencio… el silencio era tan grande que solo podía oír sus pasos detrás de ella al avanzar, de pronto, se detiene cuando faltaban casi tres metros de las puertas, sintió un respirar, un gruñir y tripas deslizar liquido en el interior, el calor aumento en su cuerpo y desvió la vista de un lado a otro, algo no iba del todo bien.



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Re: ¿perdidos? ¿buscando que?

Mensaje por Joseph Smith el Lun Jul 23, 2012 6:55 pm

A los pocos segundos cesaron los pasos. Volví a escuchar el sonido de la campanilla como la primera vez, tan infernal que tuve que juntar mis dientes y apretarlos para no soltar el arco y cubrirme las orejas esta vez. El par de minutos que de nuevo duró aquello se me antojó eterno, pero no sólo a mí, sino también al can que se escondía tras la otra estatua. Podía oírlo arañar la tierra con sus patas, frotar su cuerpo contra la piedra y suplicar con gemidos que aquello se detuviera. Yo, por mi parte, además de apretar los dientes con fuerza suficiente como para que en cualquier momento salieran disparados, intentaba también mantener los ojos abiertos, algo no demasiado fácil, y las entrañas dentro de mí, un objetivo mucho más difícil; casi imposible. Cuando cesó de nuevo escuché mis propias tripas gruñir. Maldije por lo bajo mi suerte y todavía apuntando con el arco a la figura estilizada que había frente a mí salí de detrás de la roca. Tensé la cuerda y examiné su posible peligro: Se trataba de una mujer, eso lo tuve claro desde el momento en que vi como su armadura se abombaba ligeramente en la parte del pecho; era más alta que muchas de las que había conocido y con una figura, como ya he dicho, estilizada, delgada pero sin pasarse, de brazos largos cubiertos por cuero y metal apenas visibles entre la capa oscura que la cubría, semejante a la mía. Los rasgos de su cabello o su rostro no alcanzaba a verlos bien, sólo distinguía entre las sombras de la capucha una mirada que, al cruzarse con la me heló la sangre. Era como estar de nuevo frente a un instructor de esos que tenía en el monasterio, los mismos que me enseñaron a manejar la espada como arma y no como un juguete de niño caprichoso. Entre sus dedos encuerados encontré el mecanismo de una ballesta cargada, algo que no me hizo la más mínima gracia. Si yo disparaba ella también; mejor sería darme a conocer.

-Salve Luminaris. – Bajé el arco lentamente para que viera que no era una amenaza y destensé la cuerda, pero sin soltar la flecha o la madera del propio utensilio en ningún momento – Veo que no estoy solo en este lugar, y a juzgar por como empuñas la ballesta eso debe ser algo para alegrarme. Permíteme presentarme: Soy Joseph Smith, siervo de Luminaris perteneciente a la Hermandad de la Luz. Y este – silbé para llamar la atención de mi compañero cuadrúpedo, que salió de detrás de la roca a paso lento, como ya acostumbraba a hacerlo frente a otras personas -; es Têr. Puedes bajar tu arma, no tengo intención de atacarte. – anuncié después, haciendo una breve pausa para mojar mis labios en saliva.

Tranquilamente hubiera seguido con aquel pequeño monólogo para darle a entender que no era ningún tipo de amenaza, pero el movimiento del pórtico a mis espaldas me hizo pensarme eso dos veces. Cuán raudo pude moví mi pierna derecha ciento ochenta grados hacia atrás para quedar girado hacia la puerta, apuntando con el arco a la altura aproximada del corazón de toda bestia humanoide, con los ojos fijos en lo que fuera que pudiera salir de allí y la mente fría para disparar, incluso, a un niño si hacía falta. Una mano asomó tímidamente entre la madera, hizo un par de gestos para dar a entender que no era una amenaza y después salió el resto de su cuerpo. Se trataba de un muchacho joven, de unos dieciséis o diecisiete años. Con los cabellos rubios como una cascada de oro muy sucio, la mirada de bellos ojos azules fija en la punta de mi flecha y la piel algo pálida pegada a su cara, la cual mantenía una expresión intermedia entre el miedo y el respeto por nosotros. Muy despacio levantó las manos y negó con la cabeza indicando nuevamente que no tenía intención de dañarnos. – N… No disparen. Sólo soy un criado. Mi señor os ha oído llegar y me ha pedido que os reciba. – tragó saliva y trató de continuar, pero le interrumpí: - ¿Qué clase de señor vive en esta isla dejada de la mano de Dios? ¿Y qué ha sido esa infernal campanilla que nos ha recibido? ¿Una trampa acaso? Responde muchacho, o te ensarto como a una manzana. – nuevamente negó – No. Piedad señor. – respondió él; - La campanilla es un viejo maleficio que nos afecta a todos; la dejó aquí el antiguo amo de la fortaleza. Nadie sabe como burlarla es por eso que mi amo apenas sale del castillo. Ahora, os invita a pasar si gustáis. – dijo al final, retirándose de nuestra vista y abriendo del todo una de las enormes hojas de la entrada, supongo que con ayuda de algún mecanismo pues estaba demasiado escuálido como para simplemente moverla con su propia fuerza. En ese momento, como si el mismísimo Luminaris quisiera internarme dentro de aquel oscuro sendero que conducía al fortín, una intensa lluvia comenzó a caer sobre nosotros. El repiqueteo de las gotas sobre algunas placas de mi armadura me alivió un poco los oídos; el fresco de la lluvia eliminó la asfixiante sensación de pesada humedad en el aire, que parecía disiparse al convertirse en gotas de lluvia. Miré al cielo y dejé que las gotas bañasen unos segundos mi rostro antes de devolver la mirada a la mujer de la ballesta: - No sé tú, pero yo no pienso bajar otra vez por ese sendero hasta que deje de llover. Se debe haber convertido en un lodazal y lo último que quiero es dejarme el cráneo contra alguna piedra en el acantilado. El dueño de estas tierras nos ofrece su hospitalidad y mi religión dicta que debo aceptarla. Así pues, espero que nos veamos dentro mujer. – Tercié finalmente, dándome media vuelta con el arco en una mano y la flecha en otra.

Cuando atravesé las negras puertas del lugar sentí durante un segundo una ola de maldad golpear mi cuerpo. El corazón comenzó a latirme más deprisa, el vello del cuerpo se me erizó por completo y las pupilas se me dilataron como si acabase de comerme medio kilo de sopa de opio. Me mareé y busqué apoyarme en algo, siendo lo único que encontré el criado, que corrió a atenderme y a explicarme que ese era otro de los maleficios que azotaban al lugar, una maldición de debilidad que pasaba rápido pero golpeaba duro. Tras recuperarme contemplé el paisaje típico de todo interior de fortaleza. A mi derecha las cuadras, atestadas de caballos bien alimentados y criados que hacían las labores de limpieza pese a la lluvia que caía, que no era torrencial pero calaba bastante en la piel. En dirección opuesta encontré una especie de corral techado donde habían varios animales de granja, entre ellos un par de cerdos y una vaca que no dejaba de mugir, seguramente pidiendo más comida que llevarse a la boca. Têr, como todo lobo hubiera hecho, se relamió de la misma forma que si hubiera visto a una mesa llena de manjares, cosa ante la cual no pude evitar una media sonrisa que borré pronto para regañar al animal. El criado, que había visto la actitud del lobo, negó con la cabeza: - Lo siento señor; pero su mascota deberá quedarse en las jaulas. – negué – No vas a encerrarlo. Si tu amo pretende que entre más te vale ideártelas para que él pueda venir conmigo. No es un simple lobo; está amaestrado y obedece mis órdenes, así que no supone un peligro para nadie. – me miró casi suplicante pero volví a negar – Entrará conmigo. Si sucede algo yo me hago responsable. – puse mi arco a la espalda y entré por la segunda puerta, que conducía al enorme recibidor del castillo, adornado con antiguos muebles, cuadros de los diferentes dueños que había tenido el castillo y cortinas de seda para los enormes cristales que hacían de ventanas en las paredes, tan limpios que casi parecía que la lluvia iba a entrar de un momento a otro. Se respiraba tranquilidad allí, aunque eso no era motivo para bajar la guardia, pues un sitio con tantos maleficios algo debía esconder. Y si algo tenía en mente era la información que me había prestado aquel asqueroso mocoso justo antes de que lo decapitase en mitad de una de las calles del pueblucho de mala muerte en el que se encontraba. Su familia: ¿Sería el actual dueño del castillo un vampiro? ¿O tal vez la sanguijuela ya había sido erradicada y a su paso sólo habían quedado los maleficios? Sólo Luminaris sabía porque caminos iba a discurrir mi vida a partir de ese momento; y yo confiaba ciegamente en que me protegería con su escudo sagrado de todo mal.




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Re: ¿perdidos? ¿buscando que?

Mensaje por Kaeth el Vie Jul 27, 2012 6:48 am

Sí que era fastidioso, ese sonido le había echo bajar la guardia por unos instantes, sin embargo así como lo que duro, así fue como duro el efecto también en su físico listo para lo que viniese. Cuando la azabache llega a las puertas, esta mira con cautela el alrededor, algo, una presencia, sabía que había algo, por ello retrocedió un metro más hacia atrás, fue entonces cuando una figura masculina ocupa su Angulo visual. De pronto, una gota cae por su nariz, recorre la parte de su mejilla y tras eso termina cayendo en su pecho cubierto de metal, se podía ver como la gota caía con lentitud mientras que la muchacha aun observaba con la mirada fija a aquel sujeto, este no le decía mucho. «Un humano…» Pensó hacia sus adentros mientras le miraba apuntándole directo al pecho con ambas ballestas, dispuesta a matar, dispuesta a todo, como siempre había pensado; Primero yo, segundo yo ¿y tercero? Pues claro, Yo.

El tipo, no decía mucho como dije, estaba armado hasta los dientes eso era obvio, nadie andaba en una isla no paradisiaca sin equipo, a menos que sea un naufrago o algo por el estilo, pero en este caso no lo era. Un sujeto robusto, mirada común, cabello común, ropajes de la época y se presentaba ¿podía ser mejor? Por las palabras dictadas de él, Kaeth noto al sujeto un poco del tipo “religioso” algo en lo que ella no coincidía, pero si pensaba detenidamente en como actuaban estos sujetos, por cierto lado estaba del mismo lado que ella, o eso creyó. Joseph Smith, un nuevo nombre quedaría grabado en su memoria. No le conocía, pero le vendría bien alguien a quien acudir en caso de estar en riesgos, utilizarlo tal vez para salir de un apuro, si eso fue lo que ella pensó a primer momento.

Es Têr. Puedes bajar tu arma, no tengo intención de atacarte. —Explico el desconocido.

A la cazadora no le importo mucho lo último que el moreno dijo, Kaeth estaba prestándole más atención a lo que pasaba detrás de este, las puertas detrás del sujeto desconocido empezaron a moverse, nuevamente ella estaba en guardia y el sujeto se volteo, fue entonces cuando una lluvia torrencial que parecía estar preparada para la escena, empieza a caer de forma brusca, Kaeth dirigió la vista hacia atrás de ella y se podía ver como todo empezaba a inundarse de manera lenta pero total. Básicamente, la escena que vivió en ese momento fue extraña, difícil de explicar, fue un tanto absurda pero normal, cualquier humano desconfiado reaccionaria así, pero como ella tenía una bonita distancia desde ambos tipos, hablo de el tal Joseph y el muchachito que acababa de salir desde el interior del fortín, no se preocupaba, total tenia a ambos en la mira de sus ballestas, ballestas que por supuesto estaban armadas ante cualquier movimiento en contra de su vida.

¿Su señor? MM..¿Maleficios? —Kaeth deducía y procesaba la información que iba recolectando desde la distancia. Continuo observándoles hasta que la conversación pareció tomar rumbo al desenlace, prestando atención a ambos sujetos, y claro desconfiada pensando lo primero que fue…«Estos dos se creen que soy ingenua y voy a creerme su complot, ¡ha! Yo no entrare a ese castillo…» escucha las palabras del que tenia mas aspecto humano del grupo, aquel tipo que parecía haber llegado al mismo lugar que ella, aun que ella no lo veía así. —No sé tú, pero yo no pienso bajar otra vez por ese sendero hasta que deje de llover. Se debe haber convertido en un lodazal y lo último que quiero es dejarme el cráneo contra alguna piedra en el acantilado. El dueño de estas tierras nos ofrece su hospitalidad y mi religión dicta que debo aceptarla. Así pues, espero que nos veamos dentro mujer.

Ella le miro con la típica expresión de ¿me estás hablando enserio? Tras eso, se volteo sobre su eje y suspiro pensando en Herlot, quien andaría suelto cabalgando como un buen caballo salvaje que era, entre las junglas y cosas que la isla regalaba, sabía que él estaría bien, entonces, confiada de que el animal estaba en buena posición, pensó en ella, tenía dos opciones, aceptar o irse y…

No gracias, no pienso entrar allí ni de coña—Explica, la azabache voltea y comienza a caminar en la dirección que venía, de pronto resbala y cae por el desfiladero, cae sin parecer que tenia fin hasta que ve la plataforma lodosa y rocosa del suelo, se estalla y pierde la vida.

Sacudió la cabeza, los malos pensamientos la consumían de pronto, y cuando se dio cuenta de reaccionar aun no había dado dialogo con aquel tipo. Este tomo la iniciativa de confiar y seguir al adolecente que le había explicado su amo esperaba por ambos, pero ¿Cómo sabia el amo eran dos, y tras eso les estaba esperando? Algo no cerraba del todo, ¿por que el muchacho lucia tan flácido y repugnante? ¿Y la niña? ¿Quién era ella? Las cosas no podían estar bien, de ningún modo aceptaría con tanta facilidad ingresar allí dentro, sabiendo que algo extraño pasaba en la isla, no solo porque un fantasma le había llamado por su nombre y guiado hasta ese castillo, si no porque la gente dice y a veces hay que oír los rumores.

Pronto, Joseph y el lobo que le acompañaba, incluyendo al chico extraño, desaparecieron entre la oscuridad de la entrada a aquel espeluznante castillo, Kaeth se vio sola en un enorme portón decorado de enormes gárgolas de piedra, con una fuerte llovizna arrasadora, sentía el peso de la humedad en su cuerpo y por ello decidió acercarse a la entrada para quedar al reparo de aquella lluvia que le mojaba su traje. Se cruzo de brazos, habiendo guardado sus ballestas detrás, y se recargo sobre una pared a la izquierda de la enorme puerta, intentando tomar una decisión, fue entonces cuando le volvió a ver nuevamente, la muchacha de rubios cabellos apareció a la distancia, entre la lluvia y la niebla que la zona tenia, aquella sonrió y luego miro la puerta que empezaba a cerrarse con lentitud.

Tsk…Entrare…—Frunció el ceño y rápidamente antes de que las puertas, que parecían ir cerrándose lento dándole tiempo a decidir, cerrasen. Cuando la azabache quedo parada, dentro de aquel enorme castillo de altas y amplias dimensiones las puertas del lugar cerraron creando un sonido perturbante ¿había tomado una mala decisión? Sin embargo ya estaba dentro de aquel lugar que podía incluso ser el último lugar donde por fin su vida acabase. A la distancia, el sonido de las voces ya conocidas se oía alejándose con lentitud, Kaeth no les seguiría por mucho, tomaría otro rumbo ya que su misión no era ir a visitar a ningún tipo de jefe o algo por el estilo, ella venia con otro fin.

Un mal estar, una sensación que provoca a la mujer caer en el suelo muy débil, se arrimo contra una pared por momentos para retomar sus fuerzas, cuáles eran escasas tras varios días sin comer buena comida, y contuvo la respiración, alzando la cabeza hacia atrás pegando esta contra la fría y humedad pared, esta estaba tan fresca que le relajo las neuronas por un momento, pero fatigada por aquella horrible sensación se puso de pie. No había alcanzado a oír al muchacho decir que era parte de la maldición que el castillo tenia, sin embargo Kaeth ignoraba aquel tipo de cosas, no creía demasiado en lo sobrenatural fue por eso que creyó su sistema le estaba fallando. Tras recuperarse un poco y sentirse mejor, siguió desde la oscuridad de un enorme camino a ambos, hasta que tuvo la oportunidad de ver una escalera de material que llevaba hacia otra parte del lugar de las torres, por supuesto ella la tomo, perdiendo de vista momentáneamente a Joseph y al criado del desconocido sujeto que les daba su hospitalidad y bienvenida.

¿Buscando qué? Aun no sabía que buscaba, pronto tras subir varios pisos por escalera, Kaeth llega a un enorme pasillo repleto de un silencio total, no quería interrumpir el silencio, pues al llegar la mujer se detiene y observa aquel sitio, aquel lugar desconocido y nuevo para sus ojos, era un castillo de la realeza, pero parecía haber estado abandonado por muchos años y aunque aun los pisos brillaban y los cuadros estuvieran en impecable calidad, las telas de arañas delataban el abandono de aquel sitio. Ella observaba todo de manera lenta, e imaginaba a un montón de sujetos de elegantes ropajes y antifaces que ocultaban sus rostros, tener una fiesta en aquella enorme habitación a la cual conducía el pasillo elegante en cual ella estaba parada.
Pronto sus pensamientos paralelos y perdidos en el tiempo, que tal vez alguna vez ese lugar había tenido, la trajeron a la realidad, el olor a polvo y el encierro abundaban su nariz y parecía que estos le habían ello tener visiones de algo que tal vez nunca había sucedido. Kaeth aventurera como era, decide avanzar por aquel pasillo, sus pisadas eran suaves y sin hacer mucho bochinche, empezó a caminar por este. Pronto, tras varios pasos, la azabache observa que el pasillo terminaba en la entrada a una enorme habitación, era una de esas puertas en arco que las casas antiguas suelen tener, un arcado en madera fina de buena calidad, y detrás de esto ya estando dentro de la habitación, un enorme ventanal de cristales color café, azules, verdes, rojos oscuro y amarillo, no se veía bien la silueta dibujada en aquel ventanal de bellas tonalidades, pero sabía que en cuanto llegara allí, las podría disfrutar visualmente.

Aun que, nunca imagino lo que vería allí, tampoco le sorprendió o asusto, el dibujo que el ventanal tenia, era tétrico, pero así mismo triste y lleno de dolor, parecía que el escultor lo iba haciendo con el dolor de su alma, como si este dibujara un retrato de un recuerdo que había quedado marcado en su mente, en su recuerdo y sus sentimientos fueran desapareciendo a medidas que el dibujo fuera tomando forma y color.
«Le han… matado al amor de su vida» Se explico así misma en pensamientos, observando el enorme ventanal dibujado, detallaba este a una bella mujer, de rubios cabellos y muy blanca tez, que era asesinada sangrientamente, le habían dañado su cuello, de forma desgargante y el espíritu joven de esta doncella, ahora era un andante por la isla, la isla que en un momento había sido la más bella del mundo, pero cuando la esposa murió, la isla murió con ella, eran uno en uno. Su piel se puso rígida, bajo la capucha negra que le cubría su cabeza y sus enormes grises ojos observaron con detalle aquel artístico mural, la sangre tenía un color tan vivo que parecía habían hecho aquel de esta misma, la azabache no lo soporto, quiso tocar aquel carmesí para confirmar que no fuera sangre real, por ello se acerco lo mas que pudo a aquel enorme cristal y cuando estiro la mano para alcanzarlo un sonido detrás de ella le corrompió sin dejarle tocar aquel enorme cristal tan espeluznante pero al mismo tiempo…Fantástico.


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Re: ¿perdidos? ¿buscando que?

Mensaje por Joseph Smith el Lun Ago 13, 2012 6:36 pm

A los pocos segundos perdí de vista a la mujer que reacia a entrar se quedó en la puerta. A juzgar por el sonido de las chirriantes hojas de la puerta arrastrando a su paso kilos y kilos de barro y al sonido de estas al entrechocar una con otra había quedado fuera. Una lástima, ya que parecía alguien útil a largo plazo, aunque de todos modos no indispensable. Yo, que por mi parte sí que había decidido entrar, me vi conducido por un largo y curvo pasillo –casi como un laberinto- hacia una habitación más o menos amplia, con varios sillones de cuero negro y respaldo alto y una estantería llena de libros. El joven criado hizo un gesto con la mano indicando que esperase justo antes de desaparecer; por lo visto debía quedarme allí mientras el larguirucho y pálido sumiso iba a preguntar cuáles serían las consecuencias de haber dejado pasar al lobo; una decisión con la que no estaba muy contento el muchacho. Hube de permanecer allí al menos diez minutos, observando los frescos pintados sobre caros lienzos y enmarcados en maderas nobles todavía más caras. En las pinturas habían representadas escenas de lo más variadas: Desde salvajes orgías con comida y bebida por doquier hasta calmas escenas de la naturaleza, alguna que otra batalla y el típico retrato para subir el ego de los nobles, en el cual se veía a un hombre algo mayor, de mirada fría con ojos azules y mofletes carnosos sosteniendo entre sus manos una gran espada manchada de sangre. Su cuerpo cubierto por una armadura parecía el de todo héroe idealizado por muchos, muchísimos libros de fantasía leídos durante los más de treinta años que tendría. Paseé la vista por el lugar buscando en este algún símbolo religoso, algún color que no fuera el rojo intenso o el simple gris de las paredes de la fortaleza pero no hallé nada. En la sala tampoco había ningún tipo de ventana o apertura en general que dejase entrar la luz solar, algo que llamó bastante mi atención la verdad, y esta era iluminada por varios candiles de aceite que dejaban escapar un humo ennegrecido que ascendía casi tan rápido como las almas hacia el cielo, encontrándose en su camino con un techo que ya apenas era visible incluso para mis ojos de todo el hollín acumulado. Era como si las sombras se hubiesen tragado esa parcela del castillo, dejando morar allí infinidad de insectos y quien sabe si algo más.

-Señor… - Dijo una voz a mis espaldas. Al instante la reconocí y respondí: - ¿Sí? – era, sin duda, la del criado – Ya puede pasar, señor. Mi amo en breves los atenderá. – añadió, y acto seguido abrió la puerta contigua que llevaba a un amplio comedor con grandes vidrieras decorativas dotadas de cristales de todos los colores; entre los cuales destacaba, como no, el rojo sangre. Frente a mí quedaba una mesa larga, típica de los comedores más lujosos, con un mantel encima rojo encima que no llegaba a tapar sus cuatro robustas patas de madera y que impedía que las copas y platos dorados que había sobre la mesa rayasen esta al ser arrastradas o algo por el estilo. No había alimento alguno, pero sí los suficientes platos, copas y demás como para dar un banquete digno de cualquier persona con cuatro cuartos que gastar en carne de buena calidad. Allí mismo se encontraba también la mujer armada hasta los dientes; sin duda era la misma de porte elegante pero agresivo a la par, ataviada con una armadura de color óxido y con varias armas que pude ver bien escondidas por su cuerpo. Sin duda de no haber tenido un ojo experto como el mío aquello sólo hubieran parecido unos pliegues más del cuero o una chapa de metal sin más. –Veo que al final te decidiste por la mejor opción, forastera. – Me atreví a decir como una forma de romper el hielo. Sin embargo antes de que pudiera responder otra voz diferente a la mía habló: – Y veo yo que ambos tomaron la decisión acertada. – era una voz profunda, de alguien grande sin duda. Con matices propios de los ancianos como un cierto tono rasposo que, sin duda, era producto de la edad. Por una puerta al fondo de la sala, la única además de la que había cruzado yo, entró un hombre de gallarda figura. Con el pelo canoso, de unos cincuenta y tantos pero bien conservado, la típica barba recortada de los nuevos ricos y un cuerpo bien cuidado para su edad. Más o menos mediría metro ochenta, tal vez ochenta y algo, con lo cual era más alto que yo y que la mujer. Su mirada era intensa, solemne y fría a la vez. Una de esas miradas que te calan hasta el alma como si de un padre se tratase. –Permítanme, señores, que me presente: Mi nombres es Sir Allan, dueño y señor de estas tierras. – Dijo a modo de presentación – Supongo que han llegado aquí en uno de los tantos barcos cargueros que de vez en cuando me traen cosas del “mundo exterior”, y supongo también que el aspecto de la casa les parecerá de lo más tenebroso; pero por favor no se dejen engañar. Sólo es temporal. Ya están iniciando los procesos para cambiarla. – hizo una pausa y tomó aire al tiempo que nos indicaba con sendas manos que tomásemos asiento.

Sin mediar palabra tomé asiento frente a un plato todavía vacío y observé como el hombre hacía lo mismo. Lo cierto es que el susodicho recababa toda mi atención. No quería perder detalle del misterio que lo envolvía, parecía humano pero en un lugar como aquel, donde la luz solar se veía opacada de mil y una formas, no podía estar seguro. El servicio, al menos diez meseros de chupados pómulos y piel blanquecina, no tardó demasiado en servir ante nosotros una abundante cantidad de comida: Pollo, cerdo, jabalí, ternera, algo de fruta, jarras y jarras de bebida… Todo un banquete sin precedentes. -¿Y esto, Sir Allan? – Inquirí con cierto tono de desconfianza: - ¿El qué, señor Smith? – por lo visto su criado le había revelado mi nombre, y el mismo debía haberlo oído cuando yo me había presentado a la mujer. – El Banquete; la hospitalidad; la repentina lluvia… Todo. Verá, tiendo a ser un hombre desconfiado, y no termino de creerme que un hombre que vive totalmente alejado de la sociedad sea tan generoso con dos desconocidos de los que apenas conoce el nombre. – Tercié entonces, apoyando cómodamente mi espalda en el regazo de la silla y alargando una mano para acariciar al lobo negro, que finalmente había decidido tumbarse a mi costado izquierdo. La mirada profunda del viejo se hundió en mis ojos un par de segundos, después se dirigió hacia la mujer y finalmente se perdió cuando este pestañeó para negar con la cabeza. –Veo que no deja escapar detalle. Verá, señor Smith, si le soy franco usted no está aquí por una simple casualidad. Hace tiempo que pedí los servicios de un cazador hábil, su nombre y el de otros más llegó a mis oídos pero al conocer sus hazañas por y para la iglesia decidí que usted sería el indicado. Puede confiar en mí, créame. No trato de matarlo ni nada parecido; sólo quiero que se sienta cómodo antes de poder empezar a hablar de trabajo. ¿Le parece? – Dijo, recostándose también en su silla.

Me di sólo unos segundos para pensar antes de asentir. Desde luego razón tampoco le faltaba; si hubiera querido matarme ya había tenido ocasiones. Pensando eso hice ver como si me relajase, paseando mi vista por la habitación en busca de algún abalorio religioso o algún tipo de imagen del señor, pero no encontré nada. Fijé entonces mi vista en la mujer ¿Ella también habría sido llevada allí de forma intencionada? Ni idea, no tenía ni la más mínima idea y sin duda era el momento de preguntar: - ¿Y ella, Sir Allan? – inquirí señalando a la mujer – Por el aspecto que tiene no es precisamente una cortesana que se diga; ¿Debo asumir que también la ha hecho venir usted? – y me quedé mirando al viejo con expresión sombría, manteniendo los ojos levemente abiertos, centrándome más en mis otros sentidos, como lo haría un animal en plena cacería.
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Aspecto de Allan:




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Re: ¿perdidos? ¿buscando que?

Mensaje por Kaeth el Lun Ago 13, 2012 8:41 pm

El sonido que escucho, el sonido que le interrumpió no fue más que el de una puerta al abrirse, fue ese sonido metálico seco que sonaba al momento que un ser empujaba una de las puertas que rodeaban el salón, pero Kaeth no había notado eso, siquiera había notado que detrás de ella había una mesa lista a espera de la llegada de los dos desconocidos. Ella se volteo, se volteo mas que nada al momento que escucho esa voz ya conocida de por sí, era la voz del tipo que había visto a la entrada del castillo.
Veo que al final te decidiste por la mejor opción, forastera—Sin poder reaccionar como lo espero, ella quedo de perfil observándole, el ventanal artístico había tomado toda su atención, provocando que olvidara sus sentidos comunes y los dejara de lado queriendo cumplir el deseo de saber, cual era la realidad tras aquella pintura o lo que fuera, sin embargo en ese momento no pudo ser.

No me ha quedado opción— Explico la azabache mirándole fijamente y con la mirada firme, de pronto, una nueva puerta se abre, y es entonces que la muchacha corre la vista hacia donde la atención llamaba, se pudo divisar claramente un hombre robusto y de mucha más edad que ambos, claramente parecía ser “el dueño de casa” un hombre que por la mirada entregaba confianza hacia el resto, un hombre que parecía tener muchos años de vida pero bien llevados y por supuesto, alguien que mostraba experiencia en la vida.

Y veo yo que ambos tomaron la decisión acertada —El viejo se presento tras su entrada inesperada, pero Kaeth aun no daba señales de ir a presentarse, es mas suponía que ellos no sabían su nombre, pero por alguna razón aquella persona quien antes la había nombrado lo sabía, y aun no le cerraba del todo eso, y más extraño le parecía todo lo que pasaba en ese lugar ¿sería obra de su imaginación? No lo sabía, sin embargo prefirió seguir la corriente a los presentes.


El hecho de que la casa pareciera tenebrosa no era lo que más le preocupaba, muchas de las cosas que pasaban en ese lugar no encajaban, para ser francos nada encajaba realmente, eso parecía ser obra del destino, parecía que un destino les hacía llegar de manera diferente siempre al mismo rincón, siempre a la misma escena una y otra vez. Allan, Sir Allan más claramente era el nombre por el cual aquel anciano de denominaba. «Claro, solo temporal dice, esto parece que este así desde hace cien años» Pensó irónicamente la pálida mujer mientras escuchaba las palabras de presentación que Sir Allan tenia para ambos, tras llegar al final de su pequeño discurso y explicación este indica tomar asiento, y claro el otro tipo muy confiado o eso pretendía ser, se sentó tras que Allan lo hiciera, ella no les tenía ni un pequeño punto de confianza a esos dos, más bien a nadie que la estuviera rodeando, pero como dije ¿les siguió el juego?.

No tardaron mucho en llenar de comida y bebida la mesa, Kaeth estaba hambrienta venia viajando durante varios días a solo un poco de pan el cual hacia un día y casi medio se había terminado como para llenar sus reservas de energía ya que esta compartía todo con su compañero cuadrúpedo quien era muy exquisito como para comer cualquier tipo de pasto. La mesa, con tantos deleites le llamaba la atención, veía y sentía con su olfato aquel rico sabor que se presentaba a medida que los sirvientes de Sir Allan traían todo a la mesa, de pronto, su estomago rugió con suavidad pero debía controlarse, antes de probar un poco de ese manjar frente a sus ojos, tendría que comprobar que todo iba bien, ya que después de todo ella no estaba allí de vacaciones, bien sabia que ese castillo era perverso. La charla inicio segundos más tarde de la presentación al manjar.

Kaeth había dejado sus armas más pesadas a un lado de su pie derecho, aun continuaba en el cuerpo con algunas navajas afiladas que no eran de molestia al momento de ponerse cómoda para una supuesta “cena”, cuando la charla inicio, la azabache observaba a los presentes conversar, estando un poco alejada de estos en una de las extremidades de la mesa desvió ligeramente su vista a sus ballestas en el suelo, estiro su pie derecho más cercano a estas y las arrastro con lentitud un poco más cerca para tomarlas en un caso extremo.
Las palabras de Joshep parecían darle a entender que el tampoco sabía mucho acerca del presente, no sabía porque pero presentía que él estaba en la misma situación que ella, tal vez era cierto como tal vez no, pero lo más seguro es que al igual que ella, el hubiera llegado por otros motivos, lo cual enseguida Allan hablo resolviéndole su duda pero agregándole a sus sentimientos un poco mas de… desconfianza. La mirada del viejo de pronto se fijo en ella, ella le observo sin bajar la vista y como aquellos ojos eran tan fuertes le obligaron a cambiarla de dirección, hacia Joseph un momento esta vez y luego trago saliva, volviendo la mirada al suelo un instante, para después volver a mirarles conversar.

Veo que no deja escapar detalle. Verá, señor Smith, si le soy franco usted no está aquí por una simple casualidad. Hace tiempo que pedí los servicios de un cazador hábil, su nombre y el de otros más llegó a mis oídos pero al conocer sus hazañas por y para la iglesia decidí que usted sería el indicado. Puede confiar en mí, créame. No trato de matarlo ni nada parecido; sólo quiero que se sienta cómodo antes de poder empezar a hablar de trabajo. ¿Le parece?

«Bueno, ahora me cierra todo, entonces después de todo a este tipo lo llamaron aquí, ósea que la forastera y quien vino por curiosidad soy yo, perfecto, otra vez metida en un lio gordo y lo peor, en esta isla de porquería llena de brujerías donde no puedo salir corriendo, mierda, mierda, mierda…» Ya no estaba cómoda, frunció el ceño levemente mientras intentaba dispersar sus pensamientos no solo de lo que sucedía si no de la comida en frente; ella no había sido llamada por nadie, no que ella recordara, después de todo si no estaba mal, los tipos con quienes había hablado tiempo antes de llegar a la isla, le habían advertido de no ir sola, pero como de costumbre la tipa era tan terca que le daban igual los consejos del mundo.



Pero ya era tiempo, era tiempo de hablar a los presentes aun que quería saber algo que Allan pudiera decir de ella, cuando ambas miradas se dirigieron a su persona, Kaeth alzo la vista y tomo aire para decir algo.
Perdóneme pero… He venido aquí por cuenta propia, sin embargo no espere encontrarme con esto —Sonrió de manera falsa sin cerrar sus ojos y Sir Allan se rio para sus adentros alzando su mano a una copa de vino que se hallaba frente a sus cubiertos, bebió un sorbo y tras eso aclaro su garganta. —Ya sabíamos de su llegada señorita Kaeth, fueron mis sirvientes quienes le dijeron sobre el asunto de la isla, en si mal no recuerdo uno de los puertos de Dromether.
¿Dromether? ¿Sus sirvientes? —Pregunto ella confundida, de por si el tipo no se había equivocado de lugar, lo que si ella no le cerraba del todo era que… Quien le había hablado del asunto había sido un tabernero y uno o dos borrachos clientes de aquel bar donde había estado.
Me va a perdonar Sir Allan, pero me temo que está en un error.
¿Error? ¿Cuál error señorita Kaeth?

Fue entonces cuando el temor, entro en su sistema, la mirada de aquel sujeto parecía querer apoderarse de sus pensamientos, las escenas recorridas anteriormente volvían a su mente y de pronto ella sin saber que decir miro a Joseph indignada, no quería mirar a el supuesto Sir Allan, y intentaba que aquel desconocido por lo menos se diera cuenta al mirarle la expresión, pero no duro ella mucho en mirarle y luego de eso volteo la vista hacia el plato y nuevamente miro al anciano para explicarle lo sucedido.

No, ningún error, lo lamento creo que debo estar un poco mal por el viaje, la lluvia y la humedad, no es nada…
Ya me parecía, como decía… Debe usted estar acostumbrada a climas mas áridos ¿no es así? Al respecto de su pregunta señor Smith, Si, yo la he hecho venir aquí.

Estaba en peligro, no sabía porque pero no se sentía del todo bien, y de pronto un mal estar como una especie de mareo, quizás por el susto o las malas vibras de la situación, recorrió su cuerpo obligándola a necesitar un poco de beber, pero no lo hiso, intento reintegrarse a la situación un poco calmada. Lo cierto era que, Kaeth nunca le había dicho su nombre, ni tampoco había visto a sus escuálidos sirvientes en aquel puerto, si bien los sujetos con quien ella hablo eran marinos que se juntaban en aquel lugar, pero no parecían de esa isla. Por otra parte, no, ella no estaba acostumbrada solo a climas áridos, si el sujeto le conociera mejor, sabría que ella no se crio precisamente en un clima “árido” pero por seguir el juego asintió con la cabeza de igual manera.

Me he preguntado apenas llegue, Sir Allan, para desviar un poco el tema que se ha puesto un tanto tenso por mí, enorme confusión— Intento cambiar de tema y tras observar al anciano observo de perfil el enorme ventanal detrás del mismo sujeto.
Qué clase de arte es aquel a su espalda, parecía muy realista, es más, si nuestro agradable acompañante Joseph ¿así se llama? No me hubiera tomado de sorpresa anteriormente, hubiera tocado aquel rojo carmesí, es tan igual como la propia sangre.
Ah, así como dice usted, es un simple arte, me gusta mucho lo artístico sabe—Explico Allan.
Interesante ¿le molestaría si me acercase a tocarlo? Le parecerá irónico pero, creo haber visto a esa mujer en el bosque.
¿verla? ¿Esa mujer? –Rio- No señorita Kaeth, eso es imposible, esa mujer no existe ni nunca existió. Intento darle a entender a la azabache de la forma mas tranquila que pudiera existir, no parecía estar ocultando nada el tipo, pero Kaeth no le creyó, ya no le creía nada, se puso de pie puesto que el hombre no le respondió y avanzo cuidadosamente hasta el ventanal, cuando alzo su mano para tocar el cristal el sujeto hablo.

Ya ve, es un poco de pintura nada mas, pediré a mis sirvientes que arreglen eso, el castillo esta en remodelación.
Ala azabache toco aquel carmesí y parecía ser sangre seca ya, pero así mismo no tenia forma de saber si lo era o no, por lo cual ignoro eso y volvió a su lugar, quizá ya era hora de que el sujeto les diera explicación acerca del porque estaban allí.


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