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La Gran Caceria de Lindblum

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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Kyra Elyadme el Mar Jul 17, 2012 1:35 am

El momento en el cual Kyra eligió para pedirle a Fayt que la bajara fue justo el que eligieron los jueces para aceptarlos en la competición.

El resultado fue que Fayt escuchó más a los otros que a ella y la divium sintió como era arrojada hacía los aires. Acostumbrada a maniobras como esas cuando se lanzaba a volar a algún lado (aunque hacía mucho tiempo de eso, la verdad) tensó su cuerpo, preparándolo para el aterrizaje. Pero no hizo falta. Cayó de nuevo en el mismo lugar donde había iniciado: los brazos de su compañero.

-Perdona, me he emocionado - lo oyó disculparse--Todavía es pronto para soltarte, Kyra. El ratón de allá podría comerte

En efecto, él no hizo amago de moverse otra vez y ella percibió por su cambio nulo de postura y su facilidad para transportarla, que no le resultaba un gran trabajo. Fayt, simplemente, por la relajación de los músculos cercanos a la divium… parecía cómodo.

Kyra nunca había estado tan próxima físicamente a alguien. El hecho le resultó turbador en un principio y estuvo a punto de protestar otra vez. Pero la tarde era fría y en realidad ella tampoco estaba en una mala postura o mal acomodada. Sencillamente… bueno, estaba a centímetros del suelo.

Kyra se preguntó si para su nuevo amigo ella era como un polluelo que podía acurrucarse en su pecho. La imagen la divirtió y le ayudó a restar importancia al asunto.
Por otra parte, la cercanía le permitía registrar datos de su compañero que no podría haber percibido de otra manera. Los brazos que la ceñían eran fuertes, aunque no gruesos y su textura era dura, pero también irregular, como si la piel no fuese totalmente lisa. También sentía algo más frío, como metal y supuso que Fayt tenía alguna clase de adornos o brazaletes en las muñecas. El pecho en el que ella se apoyaba era cálido y de respiración normal, enfundado en una tela de textura blanda, aunque no tan ligera.

Él olía a humano, a una extraña mezcla de ceniza y humo y a algo más, ese perfume personal que cada persona tenía y no tenía repetición ni comparación. La chica alada también pudo darse cuenta (desde que la había alzado del suelo, de hecho) que él era más alto y su cabello era enmarañado, no rígido pero no totalmente sedoso.
Luego él empezó a moverse, a caminar. Ella no podía establecer la dirección, pero se relajó, de la turbación pasó a un extraño sentimiento de ser bien resguardada y protegida. De alguna manera, Kyra sabía que él no la dejaría caer ni cosas por el estilo, no la sorprendería a la mala de nuevo.


Se dirigieron a un lugar donde ella pudo percibir el sonido de muchos caballos. Se preguntó si ella tendría que montar en uno de nuevo y cómo se guiaría en ese caso, pero eso no era totalmente exacto.
Ella sintió como era depositada en una especie de asiento y luego sintió el peso de su compañero al sentarse al lado. Tanteó a su alrededor y advirtió que estaban en un espacio más pequeño. No conocía los carruajes pero comprendió más o menos que se transportarían en una especie de artilugio manejado por caballos, si no la engañaba el olfato y el oído.


Fayt no le habló hasta que el carruaje se puso en marcha. Kyra tampoco dijo nada, concentrada en el sonido de las ruedas al ponerse en movimiento, los sonidos de animales pastando a lo lejos que le llegaban, el olor tenue a hierba.
“¿Campos?” se preguntó, lamentando no poder hacer el recorrido a pie. Percibía mejor las cosas con el bastón en la mano y los pies en la tierra, no así lejos de ésta. Todos los sonidos parecían más compactos allí donde fuera que estuviese Kyra, camuflados por las ruedas y los cascos de caballos.

Estamos en un carruaje, vamos hacia la ciudad- le explicó Fayt en un momento dado y ella se lo agradeció con una sonrisa.
El viaje continuó. Kyra deseaba charlar con Fayt pero todavía no era la ocasión. Primero, necesitaba saber en qué clase de lugar se estaba metiendo y aunque no lo demostrara su tranquila apariencia, en el fondo estaba nerviosa por no poder examinar todo por sí misma. La hacía sentirse perdida, de un modo que no podía expresar o aliviar.

Por esa misma razón, el contar con alguien lo suficientemente amable para contarle ciertos detalles, la tranquilizaba mucho más de lo que jamás confesaría.
- ----------------------------------------------------------------------------------------------------

Con ayuda de Fayt supo entonces cuando entraron en el Castillo, la ciudad misma. Allí las cosas eran distintas, un ruido muy leve proveniente de arriba la hizo ponerse alerta. Casi inmediatamente después, una voz se escuchó en todo el carruaje, desconcertándola:

-Lindblum es una antigua fortaleza desde mucho tiempo antes de que los hombres llegaran a los archipiélagos, desconocemos la razón de su existir, pero ha sido reacondicionada por los siglos como una ciudad, los barcos voladores que pueden apreciar son barcos mercantes de Anemos y de otras islas lejanas, la ciudad está dividida en cuatro “zonas” las cuales veremos, ya que ahí se realizara la cacería.-

¿Hay alguien más en este... ?¿Cómo lo llamaste? ¿Carruaje?- le preguntó a Fayt, alargando las manos para rozar su arco, que había quedado en el suelo para mayor comodidad suya, en caso de cualquier emergencia.
— Tranquila, no hay nadie más con nosotros —- contestó Fayt y entonces la divium pensó en lo que había escuchado.
- — Por cierto, ¿Barcos voladores? ¿Los ves?- preguntó una vez más.

— Sí, los he visto —respondió el joven— son geniales, nunca había visto uno. Son como barcos... como si fueran botes, botes gigantescos que vuelan. Suspendidos por globos y hélices por detrás.
Esta información dejó perpleja a Kyra. ¿Hélices? ¿Globos? Apenas pudo entender cómo fue el barco en el que viajó a los Archipiélagos, no podía imaginarse de ninguna manera aquello.

En otro momento, la hubiera enfurecido y entristecido. Ahora, en cambio, prestó más atención a lo que Fayt le estaba diciendo.
- — Kyra, tú eres una divium ¿verdad? Tú tendrías que haber visto uno — dijo— en Anemos los utilizan mucho.
Esa información la sorprendió. Había oído hablar de Anemos, la ciudad flotante donde su raza vivía pero sabía muy poco sobre ella y sabía que, a menos que otro divium la llevara, tampoco viajaría nunca hacía allí.
Así pues, respondió calmadamente:

— Soy una divium, en efecto, Fayt, pero ¿Barcos que vuelan? Nunca ví uno, ni siquiera oí hablar de ellos. Que eso no te sorprenda, de todas formas... nací en Anemos pero crecí en Dhuneden.
No estaba muy segura de todo lo que dijo. Es decir, no sabía si había nacido en Anemos, pero lo suponía. Antes de hacerse nómadas y morir, sus padres le habían contado un par de cosas sobre la ciudad. Muy pocas, en realidad. Esperaron que algún día ella llegara a verlo con sus propios ojos… no hace falta decir, que, desafortunadamente, nunca llegó a ocurrir.

Entretanto, Fayt parecía estar buscando con cuidado las palabras para dirigirse a ella.
— ¿Siempre has sido asi...? Quiero decir... —- lo oyó carraspear- yo nunca había visto una divium como tú... No me malinterpretes, es sólo que... a mí me contaron una vez que los diviums vivían en Anemos, y que todos tienen alas blancas o negras. Pero las tuyas son de muchos colores... además, dices que has vivido en Dhuneden ¿No es eso una ciudad élfica?

Estas palabras la hicieron sonreír, más que incomodarla. Se sentía tan cómoda con la compañía del humano que hasta ese momento no había recordado que acababa de conocerlo, prácticamente y no sabía nada de él, ni él de ella.
-Ah sí, mis alas- Kyra se burló un poco de sí misma con su tono de voz- Antes de perder la vista, mis alas multicolores eran mi motivo de orgullo. Solía presumir sus colores y amaba volar, ir lejos de la tierra… Pero de eso ya hace mucho tiempo Había tristeza y amargura en su voz.
Luego siguió hablando, más dueña de sí misma.
- Creo que nací en Anemos y recuerdo que mis padres tenían las alas blancas, las plumas de mi madre se confundían con el cielo, porque tenían matices azulados. Pero los perdí cuando era pequeña… ya casi no me acuerdo. Y sí, Dhuneden es una ciudad élfica. Los elfos silvestres me criaron siendo yo huérfana… abandoné la ciudad porque en realidad, nunca fue un hogar para mí

Kyra omitió contar lo del hechizo de ceguera, no quería hablar de eso. En lugar de ello, inquirió, más amablemente:
- ¿Y tú, Fayt? ¿De dónde vienes? Lo único que puedo percibir es que eres una especie de guerrero y un humano con una voz muy agradable. Pero aparte de ello, sé muy poco más…
Reeden no tardó en responderle.
— En realidad, no soy un guerrero... soy un monje. Bueno... en realidad soy un poco de las dos cosas. De todos modos puedes considerarme una especie de religioso que va por ahí pegando palizas a la gente por portarse mal e insultar a mi "dios" — Kyra pudo notar un deje de sarcasmo en las palabras del chico— pero no siempre había sido así, nací en Phonterek, no sé si conocerás la ciudad, es un poco "pija". De hecho yo estaba destinado a ser un "repipi" —
Kyra se extrañó. ¿Pija? ¿Repipi? Nunca había oído términos semejantes. Afortunadamente, Fayt pareció imaginarlo, porque le aclaró:

ya sabes... nobles. Pero por suerte no me querían, yo deshonré a la familia simplemente naciendo.
Kyra asintió una vez más, indicando que entendía. Y de verdad lo hacía, mejor que muchas personas. Ella había crecido en un pueblo que nunca la aceptó como uno de los suyos y todavía ahora sabía lo que era ser rechazada o apartada por ser quien era. Sintió empatía con Fayt, aunque lo de la cuestión de ser monje no era algo que pudiera digerir. Nunca profesó una fe demasiado grande en nada que no fuera la naturaleza y en cualquier caso, de haberlo hecho la hubiera perdido nada más quedándose ciega, pero no comentó nada al respecto. No tardarían mucho en detenerse, lo notaba por como aminoraba la marcha.

-Ya casi llegamos, ¿Verdad?- quiso cerciorarse.
— Si, ya casi estamos, el castillo está muy cerca. La verdad es que tengo ganas de saber cómo es el rey... ¿Y tú, Kyra?
Ella pensó que, a menos que el rey permitiera que le tocara el rostro, nunca lo sabría pero luego se le ocurrió, que quizá si podía hacerse una idea después de todo.

Tendrás que describírmelo, Fayt. ¿Lo harías, si te lo pido?
— Claro que sí — fue la animada respuesta—b] y si es un gordo panzón sería hasta divertido[/b]
No sé por qué, pero lo dudo... comentó Kyra, pensando que un gordo panzón no estaría interesado en ver una cacería o no ocuparía un trono por el cual todos le pelearían.
No, ella esperaba algo más distinguido. Aunque de eso… bueno, Fayt le contaría.

En ese momento, se dio cuenta que el carruaje se había detenido. Notó como Fayt se alejaba de ella, suponía que para salir y ella, acomodándose el arco, utilizó el bastón para guiarse y hacer lo propio. Nada más poner los pies en el suelo, el monje se dirigió a ella:
— Bueno, hemos llegado. ¿Quieres que te lleve en brazos, o prefieres apoyarte en mi hombro?

La divium se lo pensó durante casi un minuto. La verdad, aunque ni torturada lo confesaría, había terminado por disfrutar ser llevada en brazos, era como una especie de abrazo donde se desvanecían sus miedos más profundos y con los que lidiaba día tras día. Pero entonces recordó que no había ido a aquel reto a esconderse y respondió, ahogando un suspiro:

- ...Será mejor que me apoye en tu hombro. Si me llevas en brazos, no podré saber nada del lugar-
Caminaron entonces, la mano que no empuñaba el bastón en el hombro de Fayt y ella contando los pasos, oliendo el ambiente y tratando de orientarse. No había mucho que decir, sin tantear los objetos no podía hablar de ellos, sólo sabía que habían entrado a cubierto y la temperatura era ligeramente más cálida que afuera, aunque en menor grado que en el carruaje.

No había cosas en su camino, cosa que debía ser lógica si ellos pasaban por allí pero si había puertas, cuyos goznes ella escuchó al ser abiertos. También podía oír las respiraciones de los otros cazadores y sus pasos y pronto se dio una idea de cuántas personas eran las que caminaban y con cuántas competiría.
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Al fin entraron a la Sala del Trono, a juzgar por las palabras dichas y el hecho de que Fayt se hubiera detenido. Ella oyó su suspiro cargado de sorpresa y preguntó en voz baja por el protagonista de la escena que no podía ver: el rey.
Fayt susurró en su oído:

-Pues la verdad, no me lo habría imaginado así... es un anciano, pero no uno normal. Tiene una barba enorme, blanca... y músculos, mucho músculo. Parece como si no hubiera parado de entrenar nunca. Es muy alto, y muy imponente. También tiene una cicatriz en el pecho.

Kyra alzó una ceja, denotando su propio asombro y luego esperó. Una voz muy grave y llena de carácter, la de un líder nato, se dirigió a ellos:

-Les doy la bienvenida a los participantes de esta ocasión, agradezco que extranjeros se interesen en nuestras tradiciones, mas tengan en cuenta que esto no es un juego, si no que arriesgaran sus vidas, e incluso sus almas en esta competencia, el titulo no se les dará a los débiles de espíritu o a quienes duden un instante, ya que ello puede causar que pierdan todo. La gran cacería es una de nuestras más antiguas tradiciones, donde en un inicio se decidía con ella al nuevo gobernante, mas ahora se ha vuelto una competencia de destreza y perseverancia, así que deben de seguirse algunas reglas para molestia de algunos y alivio de otros.-

En ese punto, Kyra le dedicó toda su atención a la voz que hablaba. Incluso con Fayt al lado, era mejor no perderse de nada. O al menos, de nada de lo que pudiera enterarse.

-Lo que tienen en sus manos es el mapa de esta ciudad, y sus zonas, el centro es este castillo, en cada zona hay diferentes bestias, algunos son de pequeño tamaño, otros enormes, algunos atacaran en solitario y otros en manada, antes de comenzar mañana al amanecer se les dará un listado con unas pocas bestias, el resto estará a su destreza y habilidades, la gran cacería tiene una duración desde el amanecer hasta el atardecer y dos horas antes de que el sol se oculte se soltaran las bestias más peligrosas

De pronto, ella sintió como una mano se apoderaba de la suya y antes de que pudiera protestar, experimentó la presión de un objeto en su muñeca y el “clic” de algo al cerrarse. Inmediatamente, venía la explicación.

estos brazaletes están imbuidos en magia muy antigua, ayudaran a saber la cantidad de puntos que cada uno tendrá, ya que como toda competencia debe de tener una forma de validar, cada bestia tiene más o menos puntaje y el que posea más puntos antes de que el sol caiga será el ganador, cada una de las bestias tendrá una pulsera o collar similar, el que dé el último golpe será el ganador, tengan en cuenta de que cualquiera podrá robar el puntaje de otro, así que tengan cuidado

Kyra no dijo una sola palabra, aquellas palabras eran todo un detalle, ciertamente. Era el momento definitorio, no podía volver atrás, aunque lo había sabido desde que llegó a Lindblum.

solo les daré un consejo jóvenes, aunque desconozco al edad de los elfos … no subestimen a las bestias, y tengan el oído atento, ya que pueden ser atacados en cualquier momento, ahora pueden recorrer el castillo si lo desean, hemos preparado habitaciones para los participantes, al amanecer se les dará el ultimo pergamino y la gran cacería comenzara, mucha suerte a todos … la necesitaran-

El consejo… sobraba, al menos para ella. Los otros se permitían ser temerarios si querían, una ciega nunca podía. Cada momento de su vida era de sentidos atentos, guardia alta, poca confianza en los otros y una enorme prioridad a su sentido de supervivencia.

Así que por sonrió con el comentario de Fayt. Tenía razón y por ello mismo, ella no agregaría nada al respecto.

Sólo le llamó la atención lo de los pergaminos que le serían entregados, tendría que confiar en Fayt para que le dijera lo que éstos decían. Ella no podía leer, hubo una vez que supo cómo hacerlo pero, de no ser porque todavía escribía, de cuando en cuando, para practicar, hasta habría olvidado cómo se realizaba esta actividad, algo fuera de su alcance.

Soltó un suspiro de alivio cuando el ritual de inicio terminó. Camino a Lindblum, había percibido los fuertes aromas de comida, lo que le había recordado que tenía hambre y reprimirla no le había sido fácil. Además, estaba cansada y tenía mucho que resolver todavía por lo que fue un alivio cuando los condujeron a sus habitaciones.
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Mientras caminaban, ella aprovechó que su mano seguía en el hombro de Fayt para susurrarle al oído:

- Habitación doble, si no te importa. Necesitamos coordinarnos para saber cómo vamos a cazar… y, ¿No te gustaría explorar la ciudad? Aunque reconozco que estoy cansada, no lo estoy lo suficiente como para haber olvidado el detalle que desconozco totalmente el terreno. ¿Tú qué dices?
— A sus órdenes, vamos a visitar la ciudad, y luego, dormiremos juntos —

Seguramente, la frase del monje nada tenía que ver con malas intenciones, pero cuando acabó de pronunciar su respuesta, Kyra sintió un vivo calor ascender a sus mejillas y por un instante, no supo qué decir. Sabía que él podía ver su sonrojo y eso la hizo sentirse vulnerable. Pero se recordó la cacería y agregó, sin cambiar su tono de voz, aunque podía advertirse cierto temblor en ella, que quizá, al monje no le pasaría desapercibido:

- ¿Vamos, entonces? No sé qué hora sea, pero me da la impresión de que no nos queda mucho tiempo.


Por toda respuesta, Fayt la tomó de la mano y la guió fuera del palacio. Iban a un paso más rápido que cuando llegaron por lo que Kyra usaba menos su bastón y más sus sentidos y la guía de su compañero para entender lo que la rodeaba.

Oía los sonidos de la gente, paseando, charlando muy poco, ninguna risa, mucha curiosidad por ellos, los cazadores que se alistaban. Ella supuso que los miraban también, pero no tenía forma de saberlo y, para ser honesta, tampoco le importaba mucho.

Curiosearon. De los elfos, Kyra había aprendido que una de las mejores cosas que podía hacer era conocer el terreno si quería seguir algo o cazarlo. Ella no veía los caminos, pero contaba los pasos, sentía las distancias, memorizaba dentro de lo posible los giros y las curvas y cosas por el estilo. Además estaba Fayt quien agregaba algunos detalles, como cuando una persona se acercó a ofrecerles alguna cosa y Kyra captó el horrible olor incluso a cierta distancia y los dedos de Fayt sobre su nariz tratando de impedirlo.

Luego, más camino. Sus pies, enfundados en las vendas y sin el bastón para quitar algunos objetos del camino, toparon con algunas cosas que, aunque no llegaron a herirla gravemente, la lastimaron.
Así que decidió que adquiriría unos zapatos, si podía, aunque no recordaba la última vez que había tenido unos. Había algo más importante que eso por adquirir y Fayt se lo recordó de pronto, deteniéndose.

— ¿Quieres ver si tienen arcos, Kyra? ¿O a lo mejor, flechas?[/b] —le preguntó— hay una armería justo delante.

Esto le pareció una excelente idea y Fayt la guió dentro de la armería, explicándole la disposición de los estantes y dónde estaban los proyectiles y demás cosas. El dependiente era hombre, uno muy versado en su campo y no tardó en preguntarles qué buscaban exactamente, aunque no les preguntó su cometido: seguramente, ya lo adivinaba.

Kyra pidió que le mostraran las flechas más largas y pesadas. Hacía tiempo que había aprendido que era más fácil acertar el tiro con un proyectil de mayor peso pero en aquella ocasión también tenía razones para necesitar más “munición”: el hecho de que su presa sólo contaría si ella lo remataba, significaba que tenía que rematar a la bestia de uno o más tiros, ya que lo suyo no era la lucha con espadas ni tampoco era conveniente que su cuerpo frágil (aunque diestro) se viera expuesto a colmillos y garras que la hirieran de gravedad.

Así que, sin perder tiempo, fue describiéndole al vendedor lo que necesitaba mientras Fayt exploraba la tienda en busca de cosas que más le sirvieran. Kyra no lo echó en falta: en un lugar donde podía tocar la mercancía y siendo arquera desde tan temprana edad, no necesitaba su ayuda para escoger lo que era adecuado.

Tenía suficiente plata para veinte proyectiles más de los que ya llevaba en el saquito de cuero, así como un carcaj que llevar a la espalda, porque las flechas no eran como sus dardos, no había especialmente “pequeños” o “cortos” especialmente diseñados para su tamaño. Además, los suyos no le servirían más que para heridas superficiales y su necesidad era crear heridas más graves que acabaran con la presa rápida, eficazmente.

El dueño de la armería iba sacando sus creaciones y Kyra los tanteaba hasta que estaba segura de que servían. Eligió cinco de punta de corte plano pero amplio, lo suficientemente potentes como para desgarrar tejido y músculos de animales grandes y probó con los largos de las flechas hasta que encajaron con su arco recurvado. Luego se quedó con otros cinco de punta de “púas”, menos largas, aunque igualmente planas e igualmente mortíferas. Le ayudarían con cosas más pequeñas aunque pobre del mortal que se entrometiera, ella no quería herir más que a lo que debía cazar, pero sabía que un flechazo bien dirigido a un humano, por ejemplo, haría desangrar un órgano importante hasta morir.

Después, el dependiente le mostró sus flechas de puntas más curvadas y anchas. Kyra no solía usarlas porque no mataban pero inutilizaban dolorosamente, sobre todo a los caballos, una raza que amaba, más, tras recordar lo que podían hacer y lo mucho que solían abarcar al ser lanzadas, compró cinco más, tras comprobar que se adaptaban bien a su arco.
El dependiente sacó su última “oferta”. Se trataba de flechas con punta en forma de media luna, como los llamaba él, para cazar aves. Ella no sabía qué clase de bestias cazaría y le dolía pensar en los plumíferos como objetivos pero terminó adquiriendo tres, recordando que, en un lugar donde había barcos voladores, sin duda habría otro tipo de criaturas más interesantes.

Pagó y se quedó pensando. Hacía tiempo que no le cambiaba la cuerda a su arco, algo que se debía hacer cuando ésta empezaba a aflojarse o el arco se utilizaba demasiado y corría peligro de quebrarse. Ella dudaba que esto llegara a pasar con una hechura élfica pero aún así adquirió una cuerda de repuesto, siguiendo y resiguiendo los materiales que el dependiente le mostró hasta que se mostró satisfecha del resultado.

Fue después de acabar con sus asuntos que se volvió en busca de Fayt, curiosa por lo que él adquiriría. No habían tenido tiempo de hablar de sus métodos de caza y de lo poco que recordaba haber escuchado en la primera prueba, su aliado no usó ningún acero, así que se preguntaba que compraría.
Cuando le preguntó, Fayt la hizo tantear una especie de manos metálicas. ¿Guanteletes? Le preguntó y él se lo confirmó. Después de un breve conflicto porque Fayt sólo quería aquellas piezas y no la armadura completa, salieron de la armería, siendo bendecidos con deseos de buena suerte y Fayt buscó un lugar donde ella pudiera adquirir zapatos.

Él sabía más del tema que ella, así que terminó por ayudarla y hasta le calzó los modelos (sonrojándose Kyra cada vez que él rozaba las sensibles plumas de sus tobillos)
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Era ya tarde y ambos estaban más exhaustos y exacerbados por la emoción de lo que estaba por suceder de lo que querrían admitir. Regresaron por entre las callejuelas en dirección a sus habitaciones con más lentitud que al salir y cuando finalmente se instalaron, uno en cada cama, Kyra no sintió más deseos que de reposar su cabeza sobre las sábanas y quedarse dormida.
Quedaban, empero, algunos detalles. La estrategia a seguir, por ejemplo, y el mapa que Kyra no podía contemplar.

Así que, con las piernas cruzadas y ajustando sus flechas y posesiones tanteándolas, Kyra se quedó en silencio para prestar atención a la descripción que el monje tenía para ella sobre lo que había podido atisbar que les esperaba.

Fayt le habló de las cuatro zonas y de que no le gustaba la idea de acudir al muelle a cazar monstruos.
"Seguramente habría que pescarlos primero"- y la sola idea se le hizo tan graciosa, ella con una especie de caña de pescar, que se río.

Me gusta el agua- admitió en aquel instante-, pero no sé pescar, ¿Y tú?
- A mi también, pero no me gustaría golpear a un pulpo

Golpear. El simple concepto de luchar con los puños no era algo que Kyra pudiese entender del todo o aplicar, ya que sus propios huesos eran demasiado frágiles. Recordó el laberinto y que, llegado el momento, tuvo que dejar de disparar dardos porque Fayt estaba en medio. Esta posibilidad la preocupó ya que sin duda en la Cacería misma estarían ambos demasiado ocupados para prestar atención más que a sus enemigos.

Así que descendió de su cama y, guiándose por donde había oído la voz de Fayt la última vez, presumiendo que estaría sentado, se puso de cuclillas y fijó sus ojos ciegos lo más cerca que estimaba, estaría él.
"Fayt... ¿Me harías un favor?-- le dijo con suavidad, repentinamente seria y con un mohín en los labios.
No esperó a que él le respondiera, sino que siguió articulando, con todo el peso de su preocupación en lo que expresó.

Por favor, no te expongas a mis flechas. Algo me dice que no podría soportar herirte. ¿Me ayudarás con eso?
Kyra no estaba acostumbrada a expresar sus sentimientos, así que esa fue la única manera en la que podía decir lo que la inquietaba. Una de las cosas que aprendió cuando empezó a errar era la importancia de aquellos con los que te encontrabas y formulabas una conexión. Ella, más allá de cualquier otra sensación, jamás dañaría a alguien que le había proporcionado su gentileza, incluso de la manera más pequeña.

Sintió entonces la mano callosa y fuerte de él, posándose, delicada, en su mejilla. La hizo girar, como si quisiera que su rostro apuntara en alguna dirección y sus palabras disminuyeron su tensión:
No te preocupes respondió- [/b]En el templo me conocían por ser bastante rápido[/b]
Ella no podía verlo, pero estaba casi segura que él sonreía. Agregó, todavía seria:
-Yo también adquirí esa fama. De verdad, Fayt Reeden, que no permitiría que te tocara una sola de mis flechas, ni la más pequeña
Al acabar, ella cobró consciencia de lo que había dicho y se incorporó, ligeramente avergonzada.

- Deberíamos descansar- adujo con rapidez- Mañana será un largo día
Se volvió, ocultando su expresión tras las alas coloridas y guió sus pies a la otra cama, donde se acurrucó, rodeando su frágil cuerpo con las alas.
Ah- agregó con voz ya adormilada- Buenas noches

Rápidamente, Kyra se dejó guiar a un sueño donde los recuerdos de la lejana ciudad élfica la acosaron más que nunca.
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Kyra en sus sueños podía ver, o más bien, recordar, pero curiosamente, aquella noche, las imágenes no tenían sonidos ni aromas. La despertó, por tanto, el ruido que hizo Fayt al levantarse y abrió los ojos para encontrarse con lo mismo de siempre: oscuridad.

Se quedó quieta unos instantes, acoplándose a la atmósfera que la rodeaba y recordando dónde estaba; luego se incorporó. Pudo oír como su compañero iba acercándose y su voz, hablándole:
-Hay una palangana con agua por si quieres asearte. ¿Te guío? Prometo no ver.

Le sonrió débilmente. La idea en sí sonaba maravillosa, probablemente el agua lavaría sus penas y la fortalecería. Por el otro, sentía nervios, sobre todo porque aquel día iniciaba el reto más importante de toda su vida; a esto, su único tónico era la compañía de Fayt.
Así que se puso en pie sin su bastón y dejó que él la guiase. Sus pies descalzos sentían los bordes de la piedra del piso y percibió también una especie de cambio en los doseles, como si la textura fuese de un lugar diferente.

Estaban ya en el baño, según le explicó el monje mientras iba avanzando para explicarle cómo estaba dispuesto todo alrededor.
— La tina está por aquí, ten cuidado... —le indicaba a Kyra, y el pie desnudo y plumífero tocaba el borde de la misma- aquí tienes la palangana, está llena de agua tibia. A la derecha hay una mesita, no te tropieces.
Parecía casi como un juego y lo hubiera disfrutado más si no sintiera ya las lágrimas pulsar por detrás de sus párpados, como siempre que soñaba con Dhuneden y lo que ya no era ni sería jamás.
Así que, cuando estuvo todo listo y Fayt dijo que la esperaría afuera y cerró la puerta, deslizó sus dedos por el borde de la tina vacía antes de tantearla e introducirse en ella. Como le gustaría creer que todo saldría bien…
Más Kyra no destacaba por su optimismo. Así que fue despojándose del traje ceñido de tela y cuero con lentitud, recordándose a sí misma que no debía desanimarse y al empezar a lavarse, se puso a cantar para sí.

La música, esa si que era un verdadero consuelo. Cerró los ojos, como si de este modo no ver fuera una elección y utilizó un pequeño recipiente para hacer que el agua cayese sobre ella y la limpiara.

Oh, temor, me visitas en la noche
Cuando los crueles fantasmas chupan el ánimo
Vienes, hambriento de esperanza
Ignorando la luz de la luna.

Oh, temor, déjame tranquila
La suave luz irradia sobre mí
Aunque no la distinga.
Incluso en la más densa oscuridad
Hay siempre un hálito de vida.
Mañana larga, caída corta
Miedo, no eres rival para el que posee coraje
No serás la guadaña que consuma el espíritu
Ni el frío que calcine el alma.

Ely siriar, êl síla.
Ai! Aníron Undómiel.
Tiro! Êl eria e môr.
I 'lîr en êl luitha 'úren.


Mientras cantaba, Kyra iba lavando cuidadosamente su cabello, su cuerpo entero, dejando al final las plumas, que fue tanteando por si descubría algo que no pertenecía a las mismas. Al fin terminó de asearse y dejó que el resto del agua le cayera encima, empapándola a ella y a la tina, aunque no a las ropas que dejó olvidadas lejos del líquido, como un bulto sin forma, cosa que no podía ver y que menos le podía importar, no todavía.

Estaba tan concentrada que no percibió, pese a sus sutiles sentidos, al observador en la puerta de la habitación. Cuando terminó, se exprimió la larga cabellera y agitó un poco las plumas para secarlas. Le daba frío si éstas estaban mojadas pero no siempre tenía oportunidad de asearlas y seguía orgullosa de su brillantez y colorido, pudiera percibirlo o no, le importara a alguien o no.

Al fin salió de la tina, afectando el tacto de sus pies descalzos y tanteó hasta que localizó las ropas arrugadas, que fue alisando y reconociendo conforme las extendía entre sus manos. Cuando entendió más o menos qué parte pertenecía a qué parte, se fue ajustando la ropa poco a poco. Había trucos para hacerlo, trucos que había aprendido a lo largo de los años y esta tarea no le llevó tanto tiempo.

Luego, con las manos extendidas, comenzó a caminar hacía donde, recordaba, Fayt dijo que estaba la puerta.
Sus dedos tocaron al fin la superficie de lo que la bloqueaba para salir y buscó el pomo para abrirla.

Una vez logrado esto y sin saber que pasaba muy cerca de su compañero de aventuras, regresó a donde los dos lechos la esperaban, con sus provisiones.

- ¿Fayt?- preguntó al vacío, extrañada al no percibir ningún sonido de él - He terminado. Creo que dejé todo un poco mojado, pero espero que no te moleste.
Justo mientras lo decía, oyó un ruido a un lado, como si algo estuviera cayéndose.

-¿Estás bien?- inquirió Kyra, alarmada ahora, girándose hacía la fuente del sonido.
- ¡¡claro que si!!! ¡¡claro claro!![- Reeden no sonaba herido, aún así la divium no entendía por qué su voz sonaba tan nerviosa y entrecortada.- - bueno, si me permites, ¡¡¡me toca asearme!!

- Muy bien- dijo, dudosa y se sentó en la cama en la que había dormido, perpleja por la actitud de Fayt pero ocupando el tiempo que él no estaba en esa habitación para terminar de arreglar sus pertenencias, trenzar su cabello para que no estorbara, dejar que el aire que ventilaba la habitación secara sus alas y esperar para partir de nuevo a la Sala del Trono.
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Fayt no tardó la gran cosa en arreglarse y Kyra ya estaba lista cuando él le dijo que se fueran. Se puso en pie y siguieron el mismo procedimiento que al llegar al Castillo: una mano empuñaba el bastón y la otra se apoyaba en el hombre del monje, que parecía menos tranquilo que el día anterior y callado.
Kyra supuso que eran los nervios y se quedó callada también hasta que llegaron a la misma sala de la vez anterior (o eso supuso ella) y aguardaron, Kyra al lado de Reeden, rascándose la muñeca de vez en cuando, allí donde el brazalete le daba cosquillas. No estaba acostumbrada a cosa semejante.

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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Fayt Reeden el Mar Jul 17, 2012 1:42 am

El primer ministro consultó los resultados con sus ayudantes, al margen de los participantes, que ansiosos —unos más que otros— esperaban el resultado de la prueba. Finalmente, llegaron a una conclusión. El primer ministro volvió a hablarles y les comunicó que todos eran dignos de participar en la cacería.

En aquellos momentos, Kyra aún seguía en los brazos de Fayt, y pidió que lo bajase, pero el monje no la había escuchado. Tras oír el satisfactorio resultado lanzó a la divium por los aires en un grito de júbilo. Afortunadamente para Kyra, acabó cayendo sobre los brazos de Fayt una vez más, quien aguantó perfectamente la inercia de su cuerpo grácil y delicado.

Perdona, me he emocionado —se disculpó el monje—. Todavía es pronto para soltarte, Kyra. El ratón de allá podría comerte.

Fayt hizo un amago de señalarle con la cabeza la rata antropomorfa que se había unido al grupo de participantes, pero luego se acordó de que Kyra era ciega. Su presencia entre ellos significaba que en Lindblum no discriminaban a nadie, aunque se trate de un engendro carroñero. Su aspecto era horrible, y la capucha que llevaba apoyada sobre su largo hocico no lograba ocultarle del todo su fealdad. Era curioso escuchar cómo utilizaba siempre su nombre para referirse a él mismo. No sabía muy bien si era deficiencia mental o egocentrismo, tampoco quería saberlo.

El ministro acompañó a Fayt, Kyra y a los demás, hacia tres carruajes que parecían preparados para emprender la marcha hasta la ciudad. Fayt fue a llevar a su compañera, todavía entre sus brazos, al carruaje, pero advirtió que ella se había apoyado sobre su pecho, con la mirada perdida. En realidad, estaba examinándole sin que él se diese cuenta. Kyra, al no tener vista, podía percibir por su olfato y por su oído cosas que se le escapaban a la mayoría. Aunque intentó disimularlo, el monje se sonrojó ligeramente. Tenía suerte de que fuese ciega, así no podría verle la cara de estúpido que se le había puesto.

------

El monje subió en uno de los carruajes, el que se supone que cerraba la marcha, cada uno de ellos llevaba 4 plazas y habían un total de tres, pero por alguna razón, no quería que nadie más entrara con ellos. Si vieran que una de las participantes era ciega, estaba seguro que no lo aceptarían, o en el peor de los casos, se burlarían de ella.
Acomodó a Kyra en uno de los asientos y él se sentó justo a su lado, pero ella no sabía estarse quieta, así que antes de que pudieran emprender la marcha se levantó y comenzó a tantear las paredes que delimitaban el vehículo. Fayt la admiró con curiosidad, arqueando una ceja.

Estamos en un carruaje, nos llevará a la ciudad —le dijo, para que no se sintiera perdida.

El vehículo dio una sacudida y emprendió la marcha. Era delicioso sentir una vez más el traqueteo y la sensación de estar viajando a su destino. Fayt se levantó, y abrió una de las ventanas, una húmeda y fría brisa entró para llenar el carruaje, y se dedicó a mirar el paisaje.

Los alrededores del camino estaban sembrados, eran campos de cultivo de trigo, hortalizas y árboles frutales. Un poco más alejado, sobre una colina, se erigía un imponente y grueso edificio. No tenía casi ventanas, tan sólo lograba divisar una pequeña puerta de madera, algunas aberturas oscuras, y sobre todo, las aspas de madera que giraban con parsimonia.

Delante del camino que recorrían se encontraba la esplendorosa Lindblum, escondida entre murallas y montañas. Fayt logró divisar una gigantesca apertura, y luego un barco que se deslizaba por el cielo, y cuya sombra los tapó durante unos segundos. Se dirigía hacia aquella entrada, que pareció partirse en dos y retirar sus gruesos muros para dejar pasar a la imponente construcción. Fayt nunca había visto un barco volador en su vida, por ello era normal que, mientras disfrutaba del espectáculo, dejara la boca entreabierta.

Una repentina voz en el carruaje lo sacó de su ensimismamiento con el paisaje y con aquel majestuoso barco. Kyra parecía sobresaltada.

¿Hay alguien más en este... ?¿Cómo lo llamaste? ¿Carruaje?

Tranquila, no hay nadie más con nosotros —le respondió.

Mientras el primer ministro, hecho fantasma, les hablaba sobre la ciudad de Lindblum, Fayt se dedicó a buscar el origen del sonido, hasta encontrar una especie de tubo metálico, aparentemente hueco y abriéndose en una especie de boca circular y alargada. No sabía que era aquello, pero era lo que despedía la voz del hombre.

Por cierto, ¿Barcos voladores? ¿Los ves?

Sí, los he visto —respondió el joven— son geniales, nunca había visto uno. Son como barcos... como si fueran botes, botes gigantescos que vuelan. Suspendidos por globos y hélices por detrás.

Fayt giró la cabeza para mirar a Kyra, pero cada vez que veía a la divium con la mirada perdida, se lamentaba por que ella no pudiese verlos, era ciega.

Kyra, tú eres una divium ¿verdad? Tú tendrías que haber visto uno —dijo— en Anemos los utilizan mucho.

Soy una divium, en efecto, Fayt, pero ¿Barcos que vuelan? Nunca ví uno, ni siquiera oí hablar de ellos. Que eso no te sorprenda, de todas formas... nací en Anemos pero crecí en Dhuneden.

¿Siempre has sido asi...? Quiero decir... —Fayt carraspeó un poco, no quería que la divium se sintiera incómoda— yo nunca había visto una divium como tú...—hizo una pequeña pausa, como si necesitara pensar lo que quería decir— No me malinterpretes, es sólo que... a mí me contaron una vez que los diviums vivían en Anemos, y que todos tienen alas blancas o negras. Pero las tuyas son de muchos colores... además, dices que has vivido en Dhuneden ¿No es eso una ciudad élfica?

Ah sí, mis alas- Kyra se burló un poco de sí misma en su tono de voz- Antes de perder la vista, mis alas multicolores eran mi motivo de orgullo. Solía presumir sus colores y amaba volar, ir lejos de la tierra… Pero de eso ya hace mucho tiempo

- Creo que nací en Anemos y recuerdo que mis padres tenían las alas blancas, las plumas de mi madre se confundían con el cielo, porque tenían matices azulados. Pero los perdí cuando era pequeña… ya casi no me acuerdo. Y sí, Dhuneden es una ciudad élfica. Los elfos silvestres me criaron siendo yo huérfana… abandoné la ciudad porque en realidad, nunca fue un hogar para mí.

Después de oír toda aquella historia, a Fayt le hubiera gustado preguntarle a la misteriosa divium cómo había perdido la visión. Pero ella se adelantó primero.

- ¿Y tú, Fayt? ¿De dónde vienes? Lo único que puedo percibir es que eres una especie de guerrero y un humano con una voz muy agradable. Pero aparte de ello, sé muy poco más…

Fayt rió ante el halago. A lo mejor era porque sus orejas no eran la de la divium, pero nunca consideró que él tuviera una voz agradable.

En realidad, no soy un guerrero... soy un monje. Bueno... en realidad soy un poco de las dos cosas. De todos modos puedes considerarme una especie de religioso que va por ahí pegando palizas a la gente por portarse mal e insultar a mi "dios" —Kyra pudo notar un deje de sarcasmo en las palabras del chico— pero no siempre había sido así, nací en Phonterek, no sé si conocerás la ciudad, es un poco "pija". De hecho yo estaba destinado a ser un "repipi" —Fayt creyó que Kyra, de cultas palabras, no entendería palabras tan vulgares— ya sabes... nobles. Pero por suerte no me querían, yo deshonré a la familia simplemente naciendo.

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Aquella conversación fue lo que necesitaban para pasar el rato, pues cuando terminaron, ya habían atravesado las murallas del castillo. El camino que les tenía preparado el ministro pasaba por dos de las 4 zonas que dijo que tenía la ciudad, el barrio comercial y luego la zona industrial.

Fayt asomó una vez más la cabeza, encontrándose con una ciudad animada y bulliciosa. Los edificios estaban construidos de piedra bien alisada y se apelotonaban unos a otros de una manera casi caótica. Las avenidas, también empedradas, eran adornadas con postes metálicos que sostenían farolillos. A los lados se ordenaban tiendas y viviendas por doquier. Por las ventanas, Fayt divisó a una ama de casa, que dejó por un tiempo sus quehaceres, para fijarse en los carruajes.

De hecho, en las calles también eran el centro de atención. Todo el mundo debía de haber tenido la noticia de los participantes extranjeros en su cacería mortal, y en vez de sentirse acongojados, parecían felices de que otra gente, ajena a ellos, corriera el riesgo. Toda la gente que se iba juntando para verlos habían trabajado con ahínco para fabricar una especie de placas metálicas con las que iban cubriendo las ventanas más bajas de los edificios, y las puertas.

La caravana siguió su camino por aquel laberinto urbano, perdiéndose entre un barrio dónde el metal había sido el material preferido para construir las edificaciones. Largas chimeneas se alzaban al cuelo y escupían grandes cantidades de humo. Mucho más abajo, en la avenida que atravesaban, logró encontrar a gente que no se fijaba en ellos. Por lo que le pareció a Fayt, eran trabajadores. Uno de ellos parecía estar moldeando una barra al rojo vivo, golpeándolo con un pesado martillo, otro se encargaba de mantener una chimenea echando todo el carbón que podía con una pala. Era curioso ver cómo trabajaban al aire libre, justo al lado de la avenida que recorrían, bajo la protección de unos toldos de seda, sostenidos por unos postes de madera que se clavaban en la dura piedra del edificio, que por lo que supuso él, debía de ser una herrería.

----------

Sólo pasaron unos minutos hasta que el carruaje terminó de girar por las calles industriales, para meterse por un camino recto. Fayt, siendo llevado por la curiosidad, se asomó por la ventana. Estaban recorriendo un largo puente por encima la ciudad. Por delante se levantaba una enorme fortaleza interior, que debía de ser el castillo principal de Lindblum.

Ya casi llegamos, ¿Verdad?

Si, ya casi estamos, el castillo está muy cerca. La verdad es que tengo ganas de saber cómo es el rey... ¿Y tú, Kyra?

Tendrás que describírmelo, Fayt. ¿Lo harías, si te lo pido?

Claro que sí —respondió Fayt, ya bastante más animado— y si es un gordo panzón. Sería hasta divertido.

No sé por qué, pero lo dudo...— respondió con tono dubitativo.

Cuando llegaron, los carruajes pararon delante de la puerta principal y los participantes comenzaron a bajar y estirar un poco las piernas. Había sido un viaje tranquilo, pero muy ameno. Quizá sea porque tenía a la divium para conversar. Fayt se giró a su amiga, que seguía aún dentro.

Bueno, hemos llegado. ¿Quieres que te lleve en brazos, o prefieres apoyarte en mi hombro?

Tras pensarlo un rato, la divium escogió lo segundo con una excusa bastante justificada, para la desgracia de Fayt, quien ya se había acostumbrado a llevarla en brazos. Pronto, se dio cuenta de que era un tanto inadecuado pensar en las tersas y suaves piernas de la divium, mientras cazaba monstruos. Sacudió un poco la cabeza para alejar esos pensamientos, y ayudó a Kyra a levantarse. Ella lo tomó del hombro como le había dicho y ambos comenzaron a caminar hacia dentro del castillo. Se fijó en la divium, que, en la otra mano, apoyaba en el suelo un largo bastón de acero.

Tras un largo pasillo custodiado por los soldados de ridícula armadura, llegaron a una espaciosa sala con una fuente en el centro. Al acercarse, Fayt vio que estaba llena de peces de todos los colores, nadando tranquilamente bajo la superficie. Un poco más adelante, el ministro los guió entre más pasillos magnificados, hasta llegar finalmente a la antesala del trono.

Mientras esperaban, Fayt admiró durante un momento todos los trofeos de caza que había coleccionado el rey en su antigua gloria. Era difícil negar la habilidad de aquel hombre, teniendo las cabezas de tantas bestias colgadas de las paredes. Al monje le pareció un poco tétrico.

El rey no se hizo esperar mucho más. El ministro los dejó pasar, y vieron al anciano que estaba sentado en el trono. Y no, no era un gordo panzón, como antes había mencionado Fayt, quien dejó escapar un suspiro al abrir la boca.

¿Qué pasa? —preguntó la divium ciega al escucharle.

El hombre estaba sentado sobre un trono cubierto de pieles, y apoyaba una de sus manos en una descomunal espada, con la hoja antigua y ya mellada. Cid Farbule había sido un hombre rudo, digno de reinar, y un porte increíble. Su rostro era ceniciento, sus ojos pequeños analizaban a los participantes, uno por uno, mientras les hablaba, y su musculatura aún se conservaba fuerte, incluso más potente que la del joven monje.

Pues la verdad, no me lo habría imaginado así... —susurró Fayt al oído de Kyra— es un anciano, pero no uno normal. Tiene una barba enorme, blanca... y músculos, mucho músculo. Parece como si no hubiera parado de entrenar nunca. Es muy alto, y muy imponente. También tiene una cicatriz en el pecho.

Fayt pensaba que su descripción no llegaba al nivel de lo que él hubiera querido, pero consiguió que Kyra se sorprendiera tanto como él.

El rey les habló y les entregó a cada uno un pergamino. Fayt tuvo escalofríos cuando lo tuvo justo delante, y el papel, al entrar en contacto con sus dedos, le produjo un suave cosquilleo. Al desenrollarlo se encontró con un detallado mapa de la ciudad, con sus respectivas divisiones en cuatro zonas. Parecía que hasta la ciudad estaba construida para llevar a cabo la caza dentro de ella.

Y finalmente, el ministro los llevó a sus respectivas habitaciones, no sin antes dedicarles las palabras menos alentadoras que Fayt había oído en su vida.

Deberían poner como animador a ese tipo —comentó el joven, al haberse marchado el ministro morado— si no hay nadie en esta ciudad que quiera participar en la cacería, tiene que ser su culpa.

Kyra sólo sonrió ante la divertida ocurrencia del monje.

Habitación doble, si no te importa. Necesitamos coordinarnos para saber cómo vamos a cazar… y, ¿No te gustaría explorar la ciudad? Aunque reconozco que estoy cansada, no lo estoy lo suficiente como para haber olvidado el detalle que desconozco totalmente el terreno. ¿Tú qué dices?

Estaba sorprendido por la repentina decisión de tener una habitación para los dos. De hecho, el ministro ya se había ocupado de colocarlos a los dos en una sola habitación sin tan ni siquiera requerir la opinión de los dos. Fayt se sonrojó intensamente, pero sacudió la cabeza con fuerza y contestó:

A sus órdenes, vamos a visitar la ciudad, y luego, dormiremos juntos —y quizá, para no sentirse tan avergonzado. Se dio un golpe en el pecho con el puño cerrado, como si estuviese obedeciendo la orden directa del mismo sumo sacerdote de Ehrinias.

Sin embargo, sus palabras pudieron malentenderse desde el mismo momento en el que las dijo. Kyra se ruborizó también por el comentario, pero al parecer, tenía una gran capacidad de autocontrol, y cambió de tema casi repentinamente.

¿Vamos, entonces? No sé qué hora sea, pero me da la impresión de que no nos queda mucho tiempo.

Y no se habló más. Fayt tomó la mano de la muchacha que no sostenía el bastón, y se la llevó afuera del castillo.

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El joven Fayt guió a la divium por las calles de Lindblum, mapa en mano. Decidió que el barrio comercial sería el primer lugar dónde empezaran la cacería, y por allí sería donde pasearan nada más salir del castillo. Cuando bajaron del puente principal, se encontraron con el laberinto de calles y avenidas de la zona comercial. Si no fuera porque llevaba un mapa, hubiera sido muy difícil orientarse por allí; de todos modos, Fayt siempre había tenido una capacidad especial para orientarse, así que no tardaron mucho en encontrar la avenida principal, que era la que más tiendas y puestos de comercio acaparaba de toda la ciudad.

Una vieja regordeta, con semblante bonachón, intentó venderle a Fayt una especie de "verdura Glysal". Pero el monje se negó. No necesitaban ninguna hortaliza como aquella para ganar un concurso de cacería, además, cuando la mujer se lo entregó para que la viese, pudo percibir el olor pútrido e insoportable de la verdura.

No huelas esto, Kyra, es mortal —arguyó el monje, tapándole la nariz a la divium con sus dos dedos.

Cuando se libraron de la vendedora de hortalizas podridas, se encontraban justo delante de una armería. Un panel de acero, de una envergadura y forma similar a la puerta, estaba reposando al lado de la entrada, lo habían quitado. Obviamente era la protección que utilizarían mañana las casas para evitar que los monstruos los amenacen. En primer lugar... ¿Porqué soltarían animales agresivos dentro de la ciudad? Dejando de lado estos pensamientos, Fayt se giró hacia Kyra.

¿Quieres ver si tienen arcos, Kyra? ¿O a lo mejor, flechas? —le preguntó— hay una armería justo delante.

El monje guió a su compañera hasta la armería. Al empujar la puerta, una campana pareció tintinear, llamando la atención del dependiente; un hombre flacucho , espigado, que mostraba un prominente y puntiagudo mostacho, saludando por debajo de su aguileña nariz. Los saludó con cortesía.

Bienvenidos. ¿En qué puedo servirles?

Fayt no sabía exactamente lo que buscaba la divium, pues nunca había manejado un arco, y por lo tanto, tampoco entendía de flechas. Alguien como ella, que acertaba los tiros siendo ciega, tendría que saber mucho, una sabiduría casi divina, sería. Mientras ella trataba de buscar lo suyo, él tuvo una pequeña charla con el dueño de la tienda. Le había preguntado si tenía algo para él, pero el hombre sólo le ofreció espadones, dagas, cimitarras, y demás cosas afiladas que a él no le servían. Cuando le dijo que peleaba con los puños y las piernas, el tipo lo tomó como por un loco. Por allí las artes marciales no debían de ser muy conocidas, por no decir, totalmente desconocidas.

Por otra parte, Kyra sí que se llevó bien con el dependiente. Este le sacó todas las flechas que tenía, y ella le compró unas cuantas, más robustas y fuertes que aquellas que usaba normalmente. Fayt recorrió una vez más el muestrario de armas, en la parte derecha del establecimiento, y encontró lo que buscaba. El monje tomó la mano de Kyra para guiarla al guantelete que quería comprarse, y no fue fácil hacerlo, tuvo que regatear mucho con el hombre. Este insistía que la pieza de acero se vendía con el resto de la armadura, pero a Fayt no le interesaba en absoluto. Finalmente, y gracias a Kyra, logró convencerle.

La pieza era un robusto guantelete hecho de acerco y cuero. Los nudillos estaban decorados con pequeñas piezas de metral, cuadradas y puntiagudas. Fayt se lo probó y se lo acomodó estirando los dedos. Le quedaba bien ceñido, pero el guantelete era pesado, y le ralentizaría un poco el golpe. La mano que había elegido para ponérselo era la derecha. Al menso serviría para rematar a los animales a base de golpearlos en la cabeza con el duro metal.

Después de la armería, visitaron una tienda de ropa. Allí Kyra buscaba algún calzado que pudiese sustituir las vendas que cubrían sus delicados pies. Él la ayudó a ponerse los modelos, hasta que hubo uno de ellos que le gustó. No se había dado cuenta de las plumas que también adornaban los tobillos de Kyra, hasta que los rozó accidentalmente con los dedos, sonrojándose ella al momento.

Cuando llegaron al castillo, y a su respectiva habitación, ya estaban muy cansados. Pero Fayt, no pudo caer rendido a la cama, no antes sin analizar el mapa que le había dado el rey. El monje se dedicó, unos minutos, a explicarle con el mayor detalle en qué consistía. En la ciudad habían 4 zonas, de las cuales, eran el muelle, comercial, industrial y residencial. Al chico no le gustaba la idea de cazar monstruos en el muelle, "Seguramente habría que pescarlos primero", mencionó el monje con un deje de ironía. A Kyra le debió de hacer gracia el comentario.

Me gusta el agua, pero no sé pescar, ¿Y tú?

A mi también, pero no me gustaría golpear a un pulpo —contestó él.

Poco después, Kyra se inclinó hacia él. Parecía como si le quisiese decir algo. Como era ciega, se guiaba por la voz, pero seguía sin atinar, eso era algo normal. Fayt extendió un brazo para apoyar su mano en la mejilla de Kyra y girar suavemente su cabeza hacia dónde él se encontraba.

Fayt... ¿Me harías un favor? —le preguntó— Por favor, no te expongas a mis flechas. Algo me dice que no podría soportar herirte. ¿Me ayudarás con eso?

No te preocupes por eso —respondió, esbozando una sonrisa, le había resultado agradable que la joven se haya preocupado por eso. Pero eso era un tema que nada le preocupaba. A pesar de no poder ser ciega, era una tiradora nata—. En el templo me conocían por ser bastante rápido.

Yo también adquirí esa fama. De verdad, Fayt Reeden, que no permitiría que te tocara una sola de mis flechas, ni la más pequeña.

Ella se incorporó, avergonzada por alguna razón. La siguió con la mirada hasta que se quedó dormida, acurrucada y protegida por sus preciosas alas. Fayt hizo lo propio y se acostó en el lecho, que estaba pegado al de su compañera. Se preguntó si dormir juntos de aquella manera tenía algún significado para ella, seguramente ninguno. Por ese motivo, no logró pegar ojo hasta bien entrada la noche, no estaba acostumbrado a dormir al lado del sexo opuesto.

---------

A Fayt lo despertó la claridad del día siguiente. Se desperezó y se levantó con parsimonia, pero al ver que la divium dormitaba a su lado, se sobresaltó, dio una pequeña voltereta y se irguió en unos segundos. Ahora lo recordaba todo, ayer habían pedido una habitación doble para ellos dos. Kyra todavía dormía, escuchaba los suspiros somnolientos desde dónde se encontraba.

Fayt se giró. La chaqueta naranja la había dejado apoyada en una silla, y ahora sólo vestía los pantalones de cuero y la camisa de seda negra. Al fondo de la habitación había una puerta, al abrirla, se encontró con un precioso cuarto de aseo construido con losas blancas. Había una tina para asearse, justo al lado, reposaban dos palanganas de madera, llena de agua. A la derecha se encontraba un pequeño mueble de abeto y un espejo colgado de la pared. Al entrar y acercarse, vio que encima reposaba una jofaina de metal repleta de agua. Fayt se despojó de sus mitones y de los brazales, recogió un poco de agua con sus dos manos, y se remojó el rostro. Un semblante chorreante y nervioso le devolvió la mirada desde el espejo. ¿Qué diría Kyra si pudiese ver? ¿Lo consideraría guapo? Con este pensamiento en mente, salió del baño, hacia la habitación, dónde Kyra se había incorporado sobre la cama.

Hay una palangana con agua por si quieres asearte. ¿Te guío? Prometo no ver.

Buenos días. Me encantaría poder asearme, ¿Me indicas el sitio y lo que hay? Ya de allí podré arreglármelas, lo prometo. Y gracias.

Kyra se puso de pie, extrañamente, sin el bastón de metal que se supone que la guiaba de algún modo. El monje se adelantó y sopesó una de las manos de la divium entre las suyas, guiándola lentamente hacia el baño. Seguramente, si le hubieran dicho a Fayt que tendría que hacer de lazarillo, no le hubiera gustado la idea; y ahora, no le importaba.

La tina está por aquí, ten cuidado... —le indicaba a Kyra, dejando que roce con su pie el borde— aquí tienes la palangana, está llena de agua tibia. A la derecha hay una mesita, no te tropieces.

Cuando terminó con las explicaciones, Kyra parecía estar preparada para asearse.

Bueno, entonces, te esperaré fuerza — dijo Fayt, cerrando la puerta del baño... tras de sí.

No sabía muy bien el porqué había hecho eso, quizá era que le llamaba la atención el cuerpo de la muchacha, pero lo cierto es que el monje se había quedado dentro con la divium a punto de desnudarse delante de sus narices. No sabía muy bien si ella lo descubriría, haría lo que sea para que no pasara, así que contuvo su respiración y se mantuvo lo más quieto que pudo.

"Soy un depravado, supongo que no tengo remedio" pensó el joven, que empezaba a sentir remordimientos justo cuando la divium, dentro de la tina, comenzaba a cantar una bellísima canción. La voz le cautivó desde el primer momento, sintiéndose fuera de lugar, y queriendo salir de allí, pero la voz y su cuerpo lo cautivaron, y se quedó dentro, en silencio, escuchando el canto y observando como Kyra se quitaba lentamente la ropa y dejaba entrever su piel inmaculada y pálida.

La joven estaba de espaldas, al menos al principio. Pero mientras cantaba y cogía la palangana para echarse el agua sobre la cabeza, se volteó. Fayt sabía que ella no podía verla, pero dio un pequeño respingo cuando pareció mirarle. Bajo la mirada hacia los pechos de Kyra, pequeños, pero perfectamente simétricos, redondeados, y muy bonitos. Los pezones se erizaban al contactar con el agua, los cabellos anaranjados se alisaban al humedecerse, y caían sobre los senos describiendo una hermosa curva.
Al verlos así, Fayt sintió una fuerte presión en su entrepierna. Quiso murmurar uno de los rezos de Ehrinias, para que le perdonase por lo que estaba haciendo, pero se mordió el labio inferior al intentarlo.

Kyra terminó de hablar y salió de la tina, tanteó, buscando su ropa, se vistió y fue hasta la puerta. El joven se mantuvo rígido. Una gota de sudor le caía por la frente, hasta la ceja, y le molestaba, pero no se atrevió ni a limpiársela. Cuando finalmente abrió la puerta, justo después que la divium dejara el baño, él intentó salir, pero el pié derecho se encontró con el resquicio de la puerta, tropezó, y cayó al suelo con un sonido hueco.

- ¿Fayt? He terminado. Creo que dejé todo un poco mojado, pero espero que no te moleste.

Se levantó lo más rápido que pudo, de un salto.

¿Estás bien?

¡¡¡claro que si!!! ¡¡¡claro claro!! — la voz le salió nerviosa y entrecortada. Intentó reírse, pero sólo pudo exhalar una ansiosa y estúpida carcajada— Si me permites ¡Me toca asearme!

Fayt se metió en el baño, cerró la puerta y se desnudó por completo. Debajo de su pantalón escondía una terrible erección que logró calmar con un poco de agua fría. Tomó la palangana y se la echó toda encima. A diferencia de la divium, él terminó deprisa, volvió a vestirse, y sin peinarse ni nada, salió del baño, sólo abrochándose los botones de su pesada chaqueta.

Vamos para allá —Fayt tomó su alforja y guardó su guantelete en el bolsillo delantero.

Ambos salieron de allí, como siempre, Kyra apoyada en el hombro de Fayt con su mano izquierda, y la otra empuñando su bastón. El rey les esperaba esa mañana, antes de que empezara la cacería.
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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Heskit Hojasombría el Miér Jul 18, 2012 2:44 am

Cosas-orejudas... Cosa-emplumada... Aquellos fueron los siguientes en entrar al laberinto, ¡y parecían apetitosos! Al menos la cosa-emplumada y la cosa-elfa que acompañaba al elfo encapuchado. ¡Hembras siempre suelen ser más deliciosas que sus machos! Carne más tierna, más delicada, más dulce, si... Los machos humanos suelen poseer demasiado músculo, y la carne dura no se digiere bien, ¡no-no! No pasó mucho rato hasta que finalmente todos hubieron acabado. Yo me dediqué a sacar mi daga y tallar el colmillo que me había guardado hasta darle forma de espada corta con una empuñadura rudimentaria. ¡Necesitaría madera, sí-sí! O robar una empuñadura, quién sabe, ñe-jejejejeje...

Cuando todos hubieron salido y tras escuchar lo que decía el humano seboso, el cual nos dijo que todos habíamos pasado la prueba, escuché cómo el humano musculoso que iba con la cosa-emplumada le decía que podría comérmela. Mi oído es bueno, ¡sí-sí! ¡La superioridad de las ratas no es solo en agilidad, ñe-jejejejeje! Sin embargo, decidí hacer ver que no le había escuchado. Aquél humano no parecía saber que nuestros sentidos doblaban a los de su raza, y tampoco parecía saber que en cuanto se despistara... ¡Zas! ¡Ña-jajajajajaja! ¡Le rajaría la garganta!

Nos llevaron hacia una construcción llena de cosas-caballo, las cuales me intranquilizaban. Habían tres carros. En uno de ellos se metió el pequeño cabezón, y en otro se metieron la cosa-emplumada y el humano que en cualquier momento moriría. Yo me metí en el carro que quedaba. No me gustaba ir acompañado en esas cosas, ¡no-no! Presencia de los demás me desagrada...

Me dediqué a observar por la ventana mientras hacía girar distraídamente uno de mis cuchillos en la mano y Murci se colgaba del techo para dormir un rato. Aquella era posiblemente la única criatura cercana a mí a la que ni siquiera había intentado comerme. ¡Me es útil y es la única compañía que necesito, sí-sí!

El trayecto era aburrido, pues pasamos primero por los sitios donde los humanos recolectan sus alimentos vegetales, y pronto llegamos hasta las puertas de la ciudad. ¡Era enorme! ¡Hecha con piedra y metal! ¡No pude evitar abrir la boca del asombro! Osease, Hekkith es una ciudad muy grande, ¡sí-sí! Si uno no la conoce bien se pierde por ella, pero... ¡Aquella ciudad era enooooorme! ¡Ahí se podría matar a un humano sin que nadie se enterara! O no... Mmm... Ciertamente, sería mejor no matar a nadie allí, los guardias de la ciudad no parecían ser ineptos campesinos, ¡no-no! Y Eechik es bueno... Ñe-jejejejeje... Pero sólo Eechik lo es... No yo. Pero yo soy prudente. ¡No puedo meterme en líos! ¡Soy un Eshin, no un idiota!

Cuando miré hacia arriba vi varios barcos voladores... ¿Barcos voladores? Me froté los ojos para comprobar que mi visión no me engañaba... ¡Por Hekkitha! ¡Esa tecnología sólo la había visto contra los enanos! Debía lograr sus planos... En Hekkith los pagarían muy bien... ¡Sí-sí! ¡Necesitaba los planos de esos barcos! Aunque primero haría la cacería... Ya tendría tiempo para hurtos, ¡ñe-jejejejeje!

En ese momento, algo me dio un sobresalto. En apenas un segundo tenía en ambas manos las armas y tenía el pelaje de mi cuerpo erizado. ¡Maldición! Malditos humanos y sus sistemas para hablar sin estar presentes. Al ver que era solo la voz del gordo cosa-humana que nos había contratado para aquello me relajé y guardé mis armas. El hombre empezó a hacernos una visita turística a la cual no presté atención. Sólo anoté en mi mente las palabras “barcos voladores mercantes” y “Anemos”. Los rátidos necesitábamos la tecnología de los barcos... Y ya que cosa-Lindblum tenía pinta de ser algo demasiado grande para nuestras fauces... ¡Tal vez Anemos fuera más asequible! Ñe-jejejejeje, mis congéneres me recordarían por ser quien les abrió las puertas para invadir Noreth, ¡ña-jajajajajaja!

Primero pasamos por la zona de cría, pues ahí se encontraban la mayoría de personas de la ciudad que parecían dedicarse pues... A lo que sea que se dedican los humanos. Luego llegamos a la zona mercantil de la ciudad, donde los humanos se dedicaban a vender cosas, comprarlas, beber y esas cosas que hacen. Los olores de la comida llegaban a mis narices, y aquello me recordó que tenía hambre. Me froté la barriga cuando soltó un rugido, mientras pensaba que seguramente compraría algo de carne para comer. No me disgustan los vegetales, pero... ¿Qué hay más sabroso que la carne?

El siguiente lugar por el que pasamos fue la zona de forja. Aquél lugar estaba lleno de humo, era oscuro y olía a combustible... Mmm... Esa zona tal vez sería la que mejor se adaptaría a mí. ¡Zonas oscuras son buenas para Heskit! Debería impregnarme con el olor del lugar, ¡sí-sí! Así los monstruos no se darían cuenta de mi presencia, ¡ñe-jejejejeje! Además, era la zona más calentita, ¡y en las montañas suele hacer frío! ¡No me gusta el frío!

Finalmente llegamos al palacio, donde el humano gordo nos dijo que esperáramos para que el rey nos recibiera. Una vez abrió las puertas de la sala del trono, entramos todos dentro. Cuando llegamos a la sala del trono, pude fijarme que el líder humano era alguien viejo pero fuerte y poderoso. ¡Debía ser un gran guerrero! Sería mejor no atraer su furia... ¡No-no! ¡No puedo permitirme ser descuidado! El gordo nos presentó a su rey, y yo para no ser descortés hice una reverencia, calcando a como solían saludar los humanos. ¡Convenía dar buena impresión! ¡Que yo sea una rata bastarda no significa que Eechik lo sea! Ñe-jejejejeje...

El rey empezó a hablar, dándonos la bienvenida y que tuviéramos en cuenta que arriesgábamos nuestras vidas. ¿Acaso ese no es el estilo de vida que los Eshin llevamos? Los rátidos somos más conscientes que nadie que en cualquier momento moriremos, ¡por eso somos tan cautelosos! Cuando el hombre acabó de hablar, el gordo nos dio un mapa dividido en zonas. Tras escuchar las normas y recibir el brazalete en el que se indicarían los puntos que ganaríamos por matar cosas, el rey dijo que no subestimáramos a las criaturas. ¡Un Eshin que subestima a sus rivales es un Eshin muerto! No somos como los idiotas de los Moulder o los chiflados de los Skryre, ¡no-no!

Tras mirar las zonas de la ciudad que se indicaban en aquél mapa, acabé de decidirme. ¡Iría a la zona industrial! Aquella era idónea para mí. Oscuridad, olores que podía usar para impregnarme y así pasar desapercibido... ¡Perfecto! Nada más memorizar el dónde quedaba mi habitación, decidí bajar a la ciudad. Fui raudo al barrio comercial, donde me compré un buen filete de carne por un precio bastante económico, pues logré regatearle al hombre el verdadero valor de su carne... ¡Y por Hekkitha, que realmente había sido una ganga comparándolo con el sabor! Tras eso, me fui a la herrería a coger una empuñadura y una vaina para el colmillo de dientes de sable. Justo cuando llegué, tuve la oportunidad perfecta para irme sin pagar, pues justo estaba hablando con el chico-vendedor cuando un hombre alto y grandote llegó, gritándole al otro humano que le habían timado con una armadura y que su cría había muerto porque había fallado la protección. Para cuando llegaron a las manos, yo ya había cogido la empuñadura y una vaina adecuada, una cinta de cuero. Rápidamente me dirigí a la zona industrial, donde tras sentarme cerca de un horno y encajar la empuñadura en el diente de dientes de sable, me acerqué a cosa-olorosa que desprendía un fuerte aroma a carbón o algo así. Tras impregnarme de los olores de las forjas y las fábricas, finalmente fui al castillo. Una vez ahí, me puse a dormir. Al día siguiente, totalmente lleno de fuerzas que me serían necesarios para matar cosas (ñe-jejejejeje), me dirigí hacia la sala del trono, oliendo con mi nuevo aroma a horno y fábrica. Durante el camino vi algo más adelante de mí a cosa-humana que acompañaba a cosa-emplumada... Controlé mis impulsos. ¡Aún no podía matarle! No ahí... Debía esperar a que llegara el momento adecuado... Y ojalá llegara, ñe-jejejeje...
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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Roy Wellington el Jue Jul 19, 2012 5:55 pm

Después de acabar con aquella pequeña cacería en el laberinto, Roy se alejó de la fila y se sentó en una banqueta que había por ahí. Al ser el primero de todos, esperó aburrido e impaciente a que acabaran para poder largarse de ahí, al igual que estuvo tan atento del tiempo como el ministro, pues delante de sus morros se batían contrarelog para desmostrar si valían la pena o no, además, cuantos menos rivales, mejor. Eso era así, y aunque le gustaban medianamente los retos, preferiría ganar fácilmente un torneo como aquel.
Pero uno por uno, fueron demostrando a Roy que no lo tendría fácil, tardando más o menos, llegaban con una prueba de que lo habían completado satisfactoriamente. Sería curioso saber como cada uno de ellos se las habría ingeniado para cazar a la presa y volver sobre sus pasos, al menos Roy, le echó algo de imaginación y la verdad, había funcionado bastante bien.

Una vez todos acabaron, ninguno fue eliminado del torneo, el ministro habló a los presentes, explicandoles que habían completado la ronda eliminatoria de forma impoluta y que, debían marcharse al castillo fortaleza para que su Rey les dedicase unas palabras, un discurso para motivarles y ponerles un poco en situación. Roy no era un asiduo a esa clase de eventos, en realidad, era el primero al que participaba, pero más o menos, podía imaginarse lo que les diría, echándole algo de lógica y imaginación.

El ministro les condujo hasta la salida, donde les esperaban tres carromatos. Rápidamente el pequeño peludo morado se subió al primero, la pareja compuesta por la Divium y el otro humano de aspecto monje se subieron a otro y el rátido al último.
A Roy no le hacía ilusión compartir trayecto con un Skaven mal oliente, ni con una pareja de enamorados bastante sentimentaloide, no le apetecía vomitar mariposas en mitad del viaje, ni mucho menos soportar sus adjetivos cariñosos y esa clase de cosas. Así que se subió con aquel pequeñajo ninja en el carromato, se sentó enfrente del peluche aquel y simplemente, le dedicó alguna que otra mirada para intentar descubrir que clase de contrincate era aquel, parecía un chaval, pero tenía más estrellas en sus bolsillos que una noche de plenilunio. Era extraño que no se las clavase a cada paso que daba.
Pero el cabronazo era bastante gracioso, Roy no pudo evitar esbozar una sonrisa, para luego clavar su mirada en la ventanilla mientras el viaje seguía su curso.

El transcurso los llevó a través de los campos de recolecta de Lindblum, parecía que estaban en época de recogida, pues los campesinos estaban de un no-parar, pero alguno que otro se permitió echarles una mirada que otra, Roy intentó saludar a alguno que otro, pero fue en vano. Después, mientras los carromatos aún cruzaban los campos de Lindblum, Roy clavó su mirada en aquel pequeñajo, sonriente por supuesto.
- Me llamo Roy, ¿Cúal es tu nombre? Y si me permites, ¿Qué se supone que eres? ¿Un gnomo muy peludo, un goblin? - Preguntó Roy, con educación, o al menos lo intentó. Al fin y al cabo, eran contrincantes, pero no enemigos naturales, no eran némesis. Además de que el humano y la Divium así como los elfos parecían estar en parejas, como si eso les fuese mejor, era un torneo de caza, no un picnic por el parque. Pero parecía que no lo entendían.

Finalmente, llegaron a la entrada de la ciudad, sus muros eran gigantescos y parecían tener un grosor bastante moderado de piedra de cantera. Era perfecta para evitar que los ejércitos entrasen a Lindblum, o a lo mejor para que saliesen de ella... Al fin y al cabo, ¿Lindblum qué ganaba haciendo un torneo de tal calibre en sus calles, destrozando todas sus viviendas? ¿Por qué tenían esos muros si era una ciudad medianamente pacífica? Había muchas preguntas que por mucho que buscase respuestas sólo alimentaban el espíritu paranoíco de Roy, no le gustaba aquello y cada vez le parecía peor idea haber venido.
Algo tenía que ganar Lindblum... pero ya estaba dentro de sus murallas y las puertas se cerraban tras el convoy de carruajes.
Ya estaban en el nido del cuco.

Cruzaron barriadas enteras, las casas estaban reforzadas en algún metal bastante tenaz, la gente les recibía, parecía que se lo pasaban bien viendo a forasteros matar a su fauna. Era extraño, y encima sólo pasaba una vez cada diez años, se tildaban de famosos pero la verdad es que, Roy no había oído hablar de ningún ganador de aquel torneo. No le gustaba nada lo que estaba pasando ahí, pero una vez te mojabas, debías seguir empapandote por que no había vuelta atrás. Así eran las cosas para Roy, odiaba su moralidad. Debía llegar al fondo del asunto.

Y al fin los carruajes se pararon, se abrieron las puertas del carromato y se encontraban enfrente de un dantesco palacio, al cual entraron y cruzando un vestíbulo inmenso, el ministro les habló sobre esperar al rey, para luego, cruzar a la sala del trono. Y ahí estuvieron apenas unos momentos hasta que el "gran" Rey de Lindblum salió. La primera impresión fue extraña, pues, era un rey alto, grande y con una gran melena. Tenía aspecto de guerrero, un antiguo y veterano guerrero al cual no hay que molestarle mucho. Un Rey guerrero, y según había dicho el ministro, ganador de la cacería tres veces consecutivas. Eso quería decir que los ganadores del aquella cacería se convertían en Reyes. ¿No?
Parecía lo más lógico, además tenía toda la pinta de que llevaba bastante en el trono, pues la última cacería se suponía que acabó mal, así que continuó su reinado y por eso, se le veía con tan mala pinta.

Empezó su discurso, sobre la seriedad de aquella cacería y lo importante que era para el reino y todo eso. Que se arriesgaban las vidas a cambio de grandes recompensas y títulos, todo aquello que se solía decir. Hizo una pausa y el ministro les repartió unos mapas. Roy cazaría en el distrito comercial, lo tenía muy claro de antemano. Y acto seguido, el Rey continuó su discurso con unas palabras que denotaban un claro mensaje: "Cuidado con todo aquello que veaís y piseís". ¿Por qué aquello le había sonado con un tono tan amenazador? Llamadle paranoico a Roy, pero luego pasa lo que pasa y claro, os pilla desprevenidos.

Los primeros en irse corriendo de allí fueron los peludos, Roy también se fue sin dedicar unas palabras ni nada de eso, ¿Para qué? Se notaba que el Rey sólo quería ver ganadores, ni palabras inspiratorias ni moralizadoras, quería ver ganadores, y Roy iba a serlo y después rechazaría el título. Por que sí, por que podía y por que debía.
Le haría gracia ver la cara de todo el mundo al rechazar los premios y todo aquello, en realidad no lo hacía por el dinero, sólo quería ver si lo conseguía hacer, si otro luchaba por el título, pues se lo donaría. Al fin y al cabo, ¿Para qué quería ser reconocido a escala global? Eso sólo traía problemas, peleas en las tabernas para ver que eran mejor que tú, ladrones avariciosos, rameras indiscretas... Todo problemas, quizás excepto las rameras, eso nunca estaba de más.

Salió del palacio y se dirigió al distrito comercial, donde le pareció ver al rátido pasear por ahí, con gracia de rata, osease, ninguna. Incluso le parecío oir alguna carcjada endemoniada... malditas ratas esquizofrénicas.
Fue a un puesto de herrería y compró un chaleco de cuero, de refuerzo, el cual se colocó debajo de la guardapolvos, era perfecto para cuchilladas y golpes secos, y quién sabía lo que podía encontrarse en aquella cacería.
Al menos tenía un revólver a mano, una pistola de mecha y un rifle del mismo sistema, ¿Qué podía salirle mal?

Pues muchas cosas, manadas de toros engéndricos, ratas mutantes, dragones bicéfalos... Roy no estaba preparado para cazar eso por si sólo, aunque si algún otro participante lo conseguía, le felicitaría después de robarselo con un tiro de gracia de su rifle, desde una posición segura.
Ahhh sí, se le olvidaba. Necesitaba encontrar un sitio alto desde donde poder disparar y todo eso, al fin y al cabo, era un francotirador, y como tal, necesitaba tener buenas vistas de los lugares que le rodeaban.
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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Lairë Tinúviel el Vie Jul 20, 2012 1:15 am

Salimos y simplemente nos felicitaron por pasar todos. Era un evento importante para su cultura, y por lo tanto había un extenso protocolo, que incluía hacernos subir a unos carruajes. Vi que Malblung se dirigía al mismo que la pareja (aún me preguntaba en cuántos sentidos, pese a que no fuera de mi incumbencia ni me interesara en exceso) transracial, así que me dirigí junto al pequeño ser y al guerrero... Pero no fui lo bastante rápida y Malblung me siguió.

La pacífica excursión hacia la ciudad, con sus preciosos campos de cultivo, el trigo ondeando al viento, molinos desperdigados por el paisaje y otras bellezas naturales, se vio cortada y estropeada por mi, por lo visto, incansable compañero. Mientras nuestros dos cohabitantes en el carro hablaban entre sí, o al menos alguno lo intentó, Malblung inició, en élfico, una larga perrorata explicándome los pormenores de absolutamente cada detalle que nuestra vista captaba.

Cuando pudimos observar los altos muros, nos sobrecogió, o al menos a mi lo hizo, la vista de barcos, barcos voladores llegando a la ciudad e ingresando entre sus muros. Entonces, una voz, la del primer ministro, nos sorprendió, surgiendo del interior del carruaje y haciéndonos partícipes de algunas informaciones relevantes, aunque el continuado sisear en élfico de Malblung ya me aportaba información como para ser incapaz de recordarla toda.

El mapa me llamó la atención, tenía entendido que los humanos acostumbraban a tener dichos sectores, pero tenerlos situados en círculos concéntricos, mas la eterna cháchara de mi compañero no me permitía ni pensar. Registré el sistema intrincado de callejuelas del barrio residencial, recordándome a los caminos entre los bosques, y como las casas estaban defendidas. Entonces, el orden calculado humano aplicado a un barrio lleno de tiendas -barrio comercial, concretó mi mente- y de aromas; un lío, parecido a una máquina compleja, propia de grandes ingenieros, y extremadamente maloliente y ruidosa: el barrio industrial.

Finalmente, un enorme puente de piedra y metal nos condujo al imponente castillo. Lamenté ir ataviada con mi ropa de camino, y no con el vestido que tenía en mi bolsa, atada a mi espalda, pero ya era tarde. Malblung se apeó antes y me tendió su mano para ayudarme a bajar. Me indignó sobremanera el hecho, mas no tenía otra opción, pues ignorarle habría sido un desaire muy borde, aunque se lo mereciera.

El castillo destacaba por su decoración y su majestuosidad. Bella y ricamente adornado, cautivó mi alma de noble al instante, y algo fuera de mi misma, aproveché cuando el primer ministro desapareció para avisar al monarca para trenzarme los mechones de delante la cara, en un recogido que en Erithrnem solo usábamos las jóvenes nobles, y sacar de debajo mis ropas mi colgante familiar y una cinta, que anudé más estrecha a modo de gargantilla.

Finalmente abrió las puertas al salón del trono, y mis ideas se desmoronaron conforme eso sucedía. Todas mis ideas previas sobre salas de trono quedaron desfasadas: las únicas dos decoraciones de dicha sala eran los trofeos, cabezas cortadas, ninguna repetida, y el enorme trono, cubierto de pieles. Mas si enorme era el trono, más lo era el rey que sobre él se hallaba. Un guerrero que incluso en la vejez debería tener cuatro veces mi fuerza, con numerosas cicatrices y un aspecto bastante imponente. De alguien como él podría aprender, aunque dudaba que siquiera me mirara.

Mi mente iba resumiendo su mensaje: Gracias pero no confío en vosotros, Esto será difícil, Hay que estar alerta, Es una tradición importante, Hay reglas... Entonces nos tendieron un mapa a cada uno. Casi me mareé al verlo, pero un vistazo rápido me indicó que al menos Malblung sí parecía entenderse. Mejor. Por lo visto el prodigio terminaría sirviéndome de algo... Al menos tras de las varias y exhaustivas horas de cacería.

El primer ministro me colocó el brazalete. Me sorprendió un poco su peso, parecía más liviano, por lo que cambié mi idea principal y lo coloqué en la muñeca izquierda, donde mi madre siempre había colocado las frusilerías para engalanarme: ahí no me molestaba ni me quitaba rapidez. Lo de robar puntaje me molestó, pero en realidad no iba a ganar, iba a mejorar mis habilidades. Y si de paso ganaba, tanto mejor para mi. Su consejo resultó inútil, la proximidad de las bestias siempre debía localizarse por el ruido y la puntería siempre dependía de la visibilidad. Quizás fuera joven, pero no era estúpida.

Finalmente, nos condujeron a las habitaciones. El último consejo del primer ministro me provocó un escalofrío, pero no fue nada comparado con cuando nos dejó a mi y a Malblung frente a una sola habitación, advirtiéndonos de que era doble.

- No es posible, debe haber habido un error, en ningún momento he solicitado una habitación libre. Soy una joven, no pueden obligarme a compartir habitación con alguien del sexo opuesto. Aunque seamos elfos. ¡No es digno!

Mas unas suaves palabras de Malblung desmerecieron mi perrorata y el primer ministro también me ignoró. Por lo visto, ser compañeros de caza implicaba ser compañeros de habitación. Cierto era que la otra pareja no había puesto muchas pegas, pero de esa unión seguro que surgiría algo más que una alianza momentánea.

- No me parece justo -sentencié, dirigiéndome al ratoncito, que estaba demasiado absorto maldiciendo sobre la escasez de estanterías-. Pero al menos déjame elegir la cama -tras comprobar que ambas estaban igual, elegí la más cercana a la ventana, donde podría ver las estrellas por la noche... Si hacía buen tiempo.

Finalmente decidimos ir a pasear. Yo quería empezar a entender el mapa, planear una estrategia, y todo eso. No sé qué motivaba al prodigio, pero probablemente el solo hecho de respirar otro aire le diera para otro de esos polvorientos tomos que escribía sin cesar y que llenaban la Gran Biblioteca de Erithrnem.

Callejeamos por el barrio comercial, empezaba a entender su estructura básica, era sencilla, rectilínea, y entonces llegamos al puerto. Observé como las aguas chocaban contra el muelle, agua contra roca, la explosión de chispeante agua... Me habría quedado allí horas, de no ser porque Malblung insistió en que deseaba observar algunos engranajes y el sistema de protección de las casas, y otras cincuenta cosas que no escuché.

- Vale... Vayamos -escondí un suspiro, me habían gustado estos dos lugares, me parecían más prácticos que los aturrulladores barrios residencial e industrial, pero cualquiera sabría. Al poco rato de deambular por el residencial, con Malblung haciendo gala de su erudición y yo deseando que la tierra me tragara, pasamos al otro barrio. Mas nos dio tiempo escaso a recorrer una pequeña parte antes de volver al castillo, al anochecer.

Al volver a la habitación, cansada como estaba, me topé con el primer problema. Malblung pretendía instruirme de mil detalles, pero le corté:

- Antes de que empieces a desarrollar tus argumentos, Awarunya, quiero que sepas que yo deseo cazar o en el muelle o en el distrito comercial. El muelle parece un reto altamente interesante -sin pretenderlo, una sonrisa asomó a mi rostro-, pero es peligroso. Mas el distrito comercial es demasiado apetecible y pequeño, tendremos altas probabilidades de tener competidores... Y yo quiero practicar sin estorbos.

Su respuesta, tal y como preveía, fue eterna. Por un momento, imaginé a mi madre entrando en la habitación. Casi podía ver, ante mi, su cara asustada por la situación. La imaginé preocupándose por mi reputación al compartir habitación con alguien del sexo opuesto, temiendo por mi vida por la empresa que iba a acometer, indignándose por mi falta de decoro al estar vestida tan informalmente en un castillo. Pero en el fondo sabía que el primer pensamiento que cruzaría la cabeza de mi madre en esa ocasión sería preguntarse quién era esa elfa que trataba con tanta paciencia y educación a alguien que tan poco se sometía a sus ideales. Suponía que, en el fondo, esta era yo. Noble. Pero no por ello débil.

- Y por ello deberíamos ir al distrito residencial -concluyó. Le había escuchado, y aunque no estaba plenamente de acuerdo, acaté. Presas pequeñas y huidizas... Fuésemos a ganar sería la peor opción, pero seguro que así practicaría en situaciones más difíciles.

- Perfecto, cazaremos cositas pequeñas que van a necesitar toda mi atención... Más te vale que no nos ataque nadie directamente... -bostezé ligeramente y me aflojé la cinta que me hacía las veces de gargantilla. Escondí el colgante entre la camiseta y me dispuse a quitarme las botas. Colocadas junto a mi carcaj y mi arco, con las dagas en el suelo y mi capa cubriéndolo todo.

Me acurruqué en la cama, obviando al prodigio, y me dormí mirando a la luna. Precisamente por eso, habiendo dormido perfectamente, los primeros rayos de luz me despertaron de golpe. Parpadeé furiosamente, recogí mis botas y me apuré a lavarme, aprovechando la posibilidad. Así, cuando Malblung se despertó, se encontraría con la puerta atrancada. Justo me arreglé, salí, fresca como una lechuga.

Me proveí de todos mis bártulos, perfectamente colocados, y esperé impaciente a Malblung. No quedaría bien bajar separados, siendo pareja de caza...
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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Malblung Anwarünya el Sáb Jul 21, 2012 1:09 am

Parecióme que éramos más. Me fijé en los rostros de los demás contendientes que lograron pasar la primera prueba. Todos de rostros curiosos, extranjeros. Razas variopintas. Un sombrío hombre rata, una divium, un pequeño… ¿Llyordel? El humano del arcabuz me inspiró más interés. Parecía estar más seguro de sí mismo que nadie. La cosa comenzaba a tener su gusto…

Hubo felicitaciones, a tono formal, y luego nos mostraron unos carruajes de aspecto soberbio. Unos diseños interesantes. Mi compañera, rebosante de iniciativa, comenzó la marcha hacia uno de los coches, al que habían subido el escurridizo yorder y el astuto guerrero. Antes de subir, indiqué a un mozo de caballería que guardara el cuerpo del huargo para la señorita y para mí. Gustoso, lo metió en un cofre.

El camino fue despacio, con calma. Parecía que por una vez se dignaron a tratarnos como se debía. Quise observar con la tranquilidad a los dos cazadores que tenía ante mí, pero, como ellos, quedé eclipsado al observar los grandiosos muros de lo que en verdad era la fortaleza. Igualmente, el paisaje requirió un merecido comentario, que Lairë decidió escuchar con una emoción muy acentuada. Grandiosas eran las murallas, dignas de tener tan soberbios molinos de viento. Y uno qué pequeño quedaba, al ver los majestuosos barcos que cruzaban entre las nubes, desde Anemos.

Lo siguiente fue atravesar la ciudad. No me equivoqué al observar la curiosa arquitectura local, dotada de muchas influencias predivinuanas, junto con los famosos arcos rocambohólicos. De forma práctica pero gusto impecable, el barrio industrial también merece su mención. Sin embargo lo más singular de toda la ciudad era su ciudadela, a la cual sólo se podía acceder por un eterno puente de piedra. Los vítores y alegrías de la gente se hacían mucho de notar, y me aceleraban el corazón.

Una vez allí, nos apeamos y decidí hacer un gesto gentil ante la joven dama que me acompañaba. Aunque lo pensó dos veces, tomó mi mano para acompañarla hasta el suelo. Seguidamente nos dirigimos a la sala del trono, a ver a su majestad. Su aspecto casaba con su sala del trono: un virtuosismo basado en la sencillez y en la fuerza de la decoración rústica. El rey era un cazador, y cualquiera lo podría ver por su aspecto. Nos colocamos ante él.

Sus palabras fueron breves, pero de un dignísimo discurso. El maestre nos colocó los brazaletes, que a partir de entonces decidirían nuestro avance en el juego. Entonces sólo faltaba pensar en el lugar de la ciudad por el que iría a pelear… con mi compañera. El interés iba despertando poco a poco, pues desde el ajedrez hasta los duelos, competir me agrada. ¿Qué trucos y estratagemas tendrían los demás contendientes? ¿Cuáles son los peligros y maravillas que esconde la ciudad? ¿Cuántos volverán malheridos en el próximo encuentro? A Malblung Anwarunya no le gusta perder, muchos lo saben.

Nos separaron en los grupos originales y el maestre ministro nos condujo a nuestros habitáculos. Como debía haber esperado, a las parejas de cacería les esperaba un aposento para dos. Dormir con mujeres es una de las cosas más irritantes que se hayan podido inventar. Como fuera, no me iba a morir por ello. Lairë quejóse con mayor ímpetu:

- No es posible, debe haber habido un error, en ningún momento he solicitado una habitación libre. Soy una joven, no pueden obligarme a compartir habitación con alguien del sexo opuesto. Aunque seamos elfos. ¡No es digno! – dijo.

– Señorita Tinúviel, no le falta a usted razón. Considero, para añadir, una indecencia considerar nuestras castas dignas del mismo trato, pero a la vez es un signo de consideración, pues mientras estemos aquí, todos estaremos en el mismo nivel. Las habitaciones son de un gusto exquisito, así que compartir este lugar no será un suplicio y menos para dos elfos colmados de decencia como nosotros. – comenté. El primer ministro no parecía muy interesado en cambiar la habitación, así que mi compañera cesó su lucha. Yo entendía a la joven elfa, en el fondo.

Como siempre hago, encontré algunos fallos a la habitación. El más grave de ellos era la falta de estanterías, además de que no habría sido una molestia colocar una bola de cristal sobre la mesa, para pasar los ratos muertos. Luego me di cuenta que la iluminación era exagerada, y que había arañas colgando del techo. Mientras yo perjuraba y maldecía sobre no sé que cosas (no me acuerdo), Lairë se tomó la libertad de escoger su cama. Después de todo, ella era la dama.

Quedaban aún unas horas antes del anochecer, así que decidimos embarcarnos en un paisaje por los laberintos del trazado urbano. El barrio comercial, adoquinado al método clásico, permitía un transporte eficiente por las vías principales, pero se intrincaba si uno decidía pasar por alguno de los pocos callejones. No me gustaba para una batalla, demasiado recto, demasiado sencillo. Y los callejones del distrito comercial no eran una opción. No era demasiado grande, tampoco, y eso no ayudaba. Lo que más me preocupaba era un posible encuentro con otros contendientes.

Casi sin darme cuenta, llegamos a la zona portuaria. Era bastante amplia, y de una belleza singular, acariciada por las olas del mar. Me parecieron extremadamente interesantes los sistemas de transporte y de grúas, pero no debía centrarme en eso. Los muelles tampoco me gustaban para mis habilidades, ya que, para empezar el agua y el fuego no se llevan muy bien. Siendo el fuego uno de mis mayores dominios, no había reconsideración posible. Me surgió una pregunta: ¿cómo se protegerán los ciudadanos de las criaturas? Así que marchamos a la zona residencial.

Las casas tenían protecciones básicas como puertas de metal y barrotes, y pude ver alguna que otra adicional, más avanzada, como trampas. Ninguna de ellas mortal, como era de esperar, pues quien ha de cazar son los participantes. El entramado era harto complicado, casi improvisado. El tener unas murallas como límite hace que los edificios se desarrollen de una forma más caótica de lo natural, y hacia arriba. Podía imaginar una batalla en los tejados. O quizá entre las cajas en los callejones. Aquel sitio parecía ideal para felinos y criaturas sigilosas. Y también parecía el correcto para nosotros, porque mi compañera es hábil con su silencioso arco. Por mi parte, me defendería mucho mejor en un terreno intrincado, mucho más emocionante para la estrategia de combate.

Tras acontentarme con las vistas generales regresamos a nuestros aposentos. Por el camino intenté explicar a Lairë mis observaciones, pero su rostro me indicaba que no estaba muy atenta. El cansancio, supongo. Una vez allá, lo volví a intentar, pero ella me cortó para explicarme las suyas.

- Antes de que empieces a desarrollar tus argumentos, Awarunya, quiero que sepas que yo deseo cazar o en el muelle o en el distrito comercial. El muelle parece un reto altamente interesante pero es peligroso. Mas el distrito comercial es demasiado apetecible y pequeño, tendremos altas probabilidades de tener competidores... Y yo quiero practicar sin estorbos.

Su decisión de hablar primero fue sabia, pues mi explicación fue mucho más extensa. Por supuesto, fue convincente. Tras el acuerdo, Lairë fue a su lecho. Dejé que se durmiera. Yo no tenía sueño, y además quedaba una tarea pendiente. Así que salí de mi habitación, armado con mi libro, y busqué a uno de los sirvientes de palacio. No tardé en encontrar a uno, que con respeto, me regaló una reverencia.

– Saludos, joven. Necesitaría un servicio que, casualmente, he pasado por alto hasta ahora.

– ¿Qué necesita, señor? –me dijo, lleno de atención.

– En la cacería de ayer, tuve la ocasión de enfrentarme con un noble lobo huargo. Indiqué a uno de los mozos de la caballería que guardara su cuerpo en un cofre, para conseguir su pelaje más tarde. ¿Podrían desollarlo para mí?

Localizar el cofre ya fue una odisea para mi pobre ayudante, pero unas horas de investigación palaciega por parte de ambos lograron lo que quería. No tardé en entablar amistad con el mozo, que tenía una latente admiración por los elfos. Igualmente, la noche no era demasiada larga, así que le dejé a él el trabajo de desuello y yo me fui a dormir. Soñé con unos cálidos guantes de piel de huargo. Y una capa para Lairë.

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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Iron el Miér Jul 25, 2012 3:26 am

Y así la historia comienza, con una cacería
En ella se verá el valor de algunos
Las habilidades de otras y… quizás
Las entrañas de los últimos… sobre el frio piso.

Christian Chacana 24 de julio de 2012


Horas antes del amanecer el rey ya estaba en su trono, pieles de lobo y de bestias le cubrían, como viejos trofeos de eras pasadas, ahí su mirada cansada pero aun profunda contemplaba los recuerdos que cada monstruo adornaba sus muros, e incluso el tacto de las cicatrices le traían recuerdos mejores, de adrenalina, de coraje y valor, cuando aquel cuerpo era joven y listo para la lucha sin igual, mas como rey tenía otros asuntos que tratar, mientras pensativo se encontraba, las grandes puertas del salón se abrieron, dejando pasar al primer ministro, aun los participantes dormían o no se habían presentado, con paso ligero el ministro avanzo hasta hacer una ligera reverencia ante su señor, sacando un pergamino de sus ropas estiro su mano para que el rey le echara un vistazo, sus manos agrietadas tomaron al delicada superficie y lo desenrollo, con letra exquisita estaban los nombres de las bestias que participarían, algunos eran meros trazo sin importancia, pero había otros que estaban claramente marcados, el rey sonrió mientras el primer ministro comenzó a hablar.

-Como ordeno, todos los animales y bestias ya están en sus posiciones, se han liberado los menos agresivos y más fáciles de matar para el transcurso de la mañana, las calles han sido revisadas para que no quedara nadie en ellas y guardias armados protegerán las graderías exteriores, se ha preparado todo… aunque si me lo permite su majestad, quisiera preguntarle algo-

El rey levanto la mirada del pergamino y afirmo con su cabeza levemente para volverse a sumergir en la lectura, muchas de las bestias que estaban nombradas ya las había cazado, otras le eran desconocidas, pero algunos nombres sacaron sonrisas de sus labios ya quemados por el sol, nombres que cuando joven le habían hecho temblar al ser enfrentados, la voz del primer ministro volvió a sobrepasar al lectura, mientras el rey enrollaba el pergamino.

-Es con respecto a aquella bestia… la competencia pasada arraso con todos los participantes, incluido el… *en aquel momento guardo silencio por la mirada del rey*, como decía… esa bestia a causado demasiados estragos en la ciudad ¿cree conveniente tenerla esta vez?-


-Esa bestia es la prueba que todo cazador debe de superar *dijo el rey seriamente* y aun con los trágicos resultados de la cacería anterior, las tradiciones deben de seguir, la bestia estará y como esta previsto, se soltara en su momento ante los cazadores *devolviendo el pergamino al ministro* traiga a los participantes, es tiempo de comenzar la cacería, el sol está ya saliendo-

El primer ministro salió del salón dejando al rey solo con sus pensamientos, minutos después varios de los participantes se habían reunido y otros ya estaban en camino, con toda tranquilidad el primer ministro les recibió e invito al gran salón, donde el rey al igual que la ocasión pasada los observo, algunos poseían nuevos implementos, otros simplemente habían descansado, cada uno tenía su forma de prepararse, y era algo que el rey miraba con atención, ya que cualquier pequeño cambio podría significar la vida o muerte de los participantes, con paciencia, el primer ministro entrego a cada uno de los participantes un pergamino, similar al visto por el rey, pero con algunos detalles muy importantes, el rey comenzó a hablar.

-Participantes, lo que tienen en sus manos quizás es la mejor herramienta que puedan tener en esta competencia, en sus manos tienen el compendium de bestias o por lo menos de alguna de ellas, veras información útil en ellos, a medida que avance el día, revísenlo, ya que ha sido tratado con magia antigua y cada bestia que aparezca estará presente, pero no se confíen únicamente en estos, confíen en sus instintos, ahora las puertas estaña viertas, que al gran cacería comience y que el mejor cazador gane … y los demás, sobrevivan-

Se escucho desde lejos trompetas y vitoreó, mientras las puertas del gran salón se abrían y la de todos los pasillos, para que pudieran escoger el camino que mejor les acomodara y pudieran llegar a este rápidamente, cada pareja corrió rápidamente, al igual que los cazadores solitarios, cuando estos ya se habían marchado el rey quedo solo con el primer ministro, mientras sonreía ampliamente, con el movimiento de su mano y el girar algunas palancas y manivelas de la pared, el primer ministro hizo surgir un enrome cristal rojo sangre desde una escotilla en el suelo, en sus caras se podían ver a los concursantes, como si el propio rey estuviera vigilándolos, Anemos tenia gran tecnología y aquel cristal tan solo era una forma de vigilancia, para sí mismo el rey susurro “La competencia a comenzado” mientras atento miraba el cristal junto al primer ministro, era tiempo de contemplar lo que podían hacer aquellos que deseaban el titulo y sus recompensas.

En una de las caras del cristal se podía ver a la rata, aquel que mentía sobre su forma de ser, ocultando su verdadera naturaleza en palabras y gestos, como si ya conociera la ciudad como la palma de su pata se deslizo por los pasillos, hasta saltar por una de las ventanas y como animal en cuatro patas correr por los tejados, logrando así una ventaja considerable ante sus competidores, como si el aroma a suciedad y humo le llamara, se deslizo uno una de las innumerables chimeneas hasta caer en lo que era un horno apagado, abriendo con precaución la compuerta salió de esta y con arma preparada lentamente se escabullo entre las sombras de muros y metales, en aquel momento lo vio, un pequeño trió de criaturas, eran las primeras de ese tipo que había visto en su ratonil vida, eran mucho más pequeños que él, y al parecer picaban el suelo con sus zarpas, el ratino estaba listo para atacar, cuando escucho algo tras de sí, mientras se giraba pudo contemplas como un trió de extraños sujetos con cabeza de hongos le apuntaba y otros más salían de su alrededor, corriendo con zarpas y colmillos por delante y hablando en un extraño dialecto que solo ellos comprendían, la cacería había comenzado.

La divium y el monje se habían decidido en ir hacia la zona residencial, agradable si no fuera por los monstruos que habían en la zona, gracias a los puentes que unían las diversas zonas de la ciudad, no demoraron en llegan, la ancha avenida era lugar propicio para su cacería tan curiosa, mas solo debió de pisar las rocas de ese lugar para ver algo curioso, media docena de pequeños monstruos corrían hacia ellos, el monje se coloco en posición y la divium cargo su arco, listo para disparar, pero los monstruos se separaron en dos grupos, y pasaron por su lado sin siquiera prestarles atención, era curioso lo que había pasado, pero no hubo tiempo para dudas, ya que se vio al causa de la huida de los monstruos, levitando a poco más de un metro en el suelo, un extraño sujetos les miraba, parecía no tener piernas, el sujeto les miro como si sonriera, de pronto levanto sus manos y entre estas una pequeña bola de fuego apareció, lista para ser lanzada, no muy lejos otro idéntico al primero se mantenía en las espaldas del grupo también levantando una bola de fuego.

Erik, el pequeño Yordle había decidido ir por los tejados, gracias a su gran destreza no le había resultado difícil corretear por los techos metálicos, ni tampoco por entre las cuerdas o puentes, la zona residencial era un lugar agradable, aun cuando se veían los edificios y casas en completo caos, se encontraban grandes zonas verdes, como pequeños pulmones de la ciudad, mientras miraba a los monstruos y sus curiosas formas, no vio un poco de excremento de pájaro en la pulida superficie de techo y como si fuera grasa salió volando, resbalando con esta y volando un par de metros hasta precipitarse hasta el suelo o mejor dicho hasta un árbol aun cuando intento agarrarse, choco contra algo que se ocultaba entre las hojas y cayendo al suelo sacudió su cabeza, para ver a un enorme insecto, casi tan grande como el de cabeza y dándose vuelta, para mirar al pequeño purpura y chillar molesto por su comida perdida, ya que si miraba el árbol, vería como antes había estado bebiendo la dulce sabia.

Era curioso que tres grupos hubieran escogido la zona residencial, el laberinto de pasadizos y calles era interesante para monstruos pequeños o largos, ambos elfos habían decidido probar suerte en aquel lugar, mientras recorrían una larga calle escuchaban los nítidos sonidos de las bestias a la lejanía o más cerca, aunque lo que más se veía eran pequeñas criaturas casi como si fueran crías en círculos de tierra hablando entre ellas o limpiando sus armas, no había un gran reto para ellos, lamentablemente esto les sería fatal, ya que como si los dioses se hubieran molestado un extraño sonido se escucho, un “Ña, ñaña, ¡¡ÑACA ÑACA!!” frente a ellos y como si fueran una banda de bribones algo torpes, desde un callejón salieron o mejor dicho, intentaron salir media docena de extraños seres, empujándose como si cada uno quisiera salir antes, pero como si fuera un tapón de botella, un “PLOP” se escucho cuando salieron de golpe y se dieron contra el suelo, el primero que se levanto miro a los elfos y apunto con su retorcido dedo gritando a viva voz “Ñaca, cañaña, ñaa ñaaa, ñaca”, los demás se levantaron como si fueran resortes y miraron a los elfos, y sin medir consecuencias se lanzaron contra estos, con sus bocas y lenguas afuera y garras por delante.

El cazador solitario había decidido ir a la zona comercial, su habilidad con su arcabuz le daba una ventaja en las alturas y lo aprovecho, mientras subía hasta el techo de una iglesia por medio de unas fuertes enredaderas, ya en el campanario podía ver a gran distancia, preparando su arma comenzó a ver cuál sería su objetivo, de pronto vio una mancha amarilla en el aire, que lentamente se acercaba, mirando con más atención era una curiosa criatura, de gran boca y ridículas alas, revisando el compendium lo encontró … con un nombre tan ridículo como su apariencia “Dragón Limón” como si fuera una broma de mal gusto, leyó lo de su puntaje y una sonrisa surgió en sus labios, 100 puntos por matar una alimaña como ella, con tranquilidad apunto su arma, listo para disparar.
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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Fayt Reeden el Mar Jul 31, 2012 4:43 am

Fayt pudo sentir los latidos de su corazón más fuertes que la voz opacada del primer ministro y del rey. Estaba concentrado en el portón que tenían delante, que llevaba a la ciudad. Pronto, esta sería despejada y llenada con monstruos para empezar la cacería. Kyra debía de estar nerviosa, por lo que pudo apreciar mirándola de reojo. Los demás participantes fueron reuniéndose allí. Por allí apareció la rata, que lo miraba con cierto desdén, Fayt apartó rápidamente la mirada de la criatura cuando Kyra le preguntó si podía describirle a los participantes.

Fayt los fue describiendo uno a uno, el humano que había decidido cazar en solitario, una especie de gnomo con la cabeza más grande y redonda que había visto en su vida, dos elfos que formaban una pareja, como ellos; la rata que le había mirado mal. No obstante, a la divium se le congestionó la cara cuando le oyó hablar de los elfos. Fayt se preguntó el porqué. Recordaba que antes le había preguntado por su procedencia, ella le había contestado que los elfos le habían criado desde que era muy pequeña.

No te preocupes, Kyra. Todo saldrá bien —eran unas pequeñas palabras de ánimo, pero necesarias, iban a necesitar mucha suerte. Fayt recordó por un momento al posadero y su hija, probablemente estén presenciando la cacería desde un lugar seguro. El rey les hizo entrega de un pequeño pergamino enrollado con fotos y texto pequeño, era un pequeño bestiario. Sería útil, al menos para él, se sentía mal al saber que Kyra era totalmente incapaz de leerlo.

La cacería estaba comenzando. El rey había dicho sus últimas palabras, era curioso que añadiera la coletilla: "sobrevivan", sin duda, lo harían, al menos ellos dos. Haría lo que fuese para que Kyra saliera de allí bien parada, él, pasaba a un segundo plano.

Un sonido estridente marcó el comienzo del concurso mortal. Vio de reojo que Kyra enseñaba una mueca, alzó la cabeza, y vio que una turba enorme los animaba desde unas almenas, nada más salir del castillo. La gente del pueblo se refugiaba en las casas, otros más atrevidos se encaramaban en los tejados y los que querían estar más seguros se refugiaban en los adarves.

El monje se puso el guantelete que había comprado, y con la otra mano tomó a la divium, él sería su guía en aquella contienda. Marcharon rápidamente al distrito residencial, donde les esperaba una grata, pero no muy agradable sorpresa.

Nada más comenzar su pequeña aventura por las avenidas salpicadas de residencias, vio que un grupo de monstruos se dirigían a ellos, probablemente para asaltarles. Pero pasaron de largo. Fayt pudo ver acercándose a sus perseguidores, levitando a varios metros de suelo. Parecían ser sólo dos, luego se separaron y los rodearon. La cosa empezaba a ponerse interesante, la acción había comenzado. Fayt tenía los puños bastante fríos, pero no parecía que estos tuvieran algo sólido que golpear en toda aquella maraña de harapos.

¿Qué está ocurriendo?

Tenemos compañía, Kyra, son dos... eh... ¿Cómo era?

Sacó rápidamente el pequeño pergamino y leyó en voz alta para que la divium pudiese oírle. Los monstruos no tenían nada de "bromistas", como rezaba su nombre. Uno de ellos les sonrió con sorna, levantó la mano, creando de allí una pequeña bola de fuego, otro los atacaba por el otro flanco.
"Son listos, los condenados" pensó el joven. El joven anunció con calma las posiciones de los monstruos que les rodeaban a la divium. Ella preguntó dónde se encontraba su punto vital:

El barril está detrás de ellos—bramó— son tan tontos, que llevan bombas encima...

"Como si se tratasen de suicidas" pensó Fayt, al rememorar el pequeño dibujo de los monstruos, en el pergamino que se había guardado rápidamente en la alforja. Pronto recibió la orden, por su compañera, de distraerlos. El joven aguardó hasta el momento en el que la divium había saltado, para provocar a los seis monstruos y que le atacaran a él, en vez de a la divium. Él, en cambio, poseía una fuerza y una resistencia capaz de soportar los ataques de fuego, al fin y al cabo se había entrenado a base de quemarse su cuerpo, sólo esperaba que fuese lo suficiente ágil como para que estos no le acertaran y le dieran de lleno.

¡Ahora sí!

Fayt intentó saltar hacia uno de ellos justo cuando los dos lanzaron su proyectil ígneo, su plan se trataba de una maniobra acrobática que le haría caer al lado de uno de ellos, sorprendiéndolo y pateándolo. Así acabaría con su equilibrio, podría agarrar los harapos y arrojar al pobre mago hacia su compañero y así desestabilizarlos a los dos. El estruendo que harían sus cuerpos y los barriles que llevaban encima sería la señal que necesitaba Kyra para lanzar sus flechas mientras el monje corría hacia el otro grupo. Kyra sólo tendría que lanzar uno, dos, y hasta tres proyectiles mientras se elevaba por los cielos, pero entonces Fayt recordó una cosa del "compedium", e intentó alertar a la muchacha del peligro inminente.

¡Kyra, aléjate! —gritó el joven, con la esperanza de que ella le oyera y se alejara de la explosión. Pero claro, a él le alcanzaría. Podría soportarlo... él estaba acostumbrado a las quemaduras, una más no marcará una gran diferencia.


Última edición por Fayt Reeden el Jue Ago 02, 2012 2:28 am, editado 1 vez
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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Kyra Elyadme el Mar Jul 31, 2012 4:45 am

Esperar no fue para Kyra lo más difícil. La paciencia es un don que una aprende a cultivar cuando hay que aprender lo que ya se sabe de nuevo, de otra forma. Si por ella hubiera sido, incluso hubiera alargado el tiempo para prepararse, pues la bola de hielo que sentía en su estómago era miedo y sabía que era porque en el fondo temía fallar en la prueba que se había impuesto a sí misma.

Oía sonidos a su alrededor, captaba los movimientos de los otros participantes mientras el tiempo llegaba. Poco a poco, la sala iba llenándose y de pronto Kyra era totalmente consciente que compartiría con otras personas el reto de volverse el mejor o uno de los mejores cazadores de Noreth. Y no tenía detalles de ellos, no tenía idea qué clase de asesinos serían, cómo matarían, si competiría con ellos llegado el momento.

Cuando oyó suficiente barullo en aquella habitación, Kyra se inclinó hacía donde, presumía, se encontraba Fayt, el único ser familiar y aliado y le murmuró:
- ¿Cómo son? ¿Los competidores?
Escuchó atentamente las descripciones, haciendo una mueca. Por lo que el monje decía, había por lo menos un antropomorfo en forma de rata, la raza que más detestaba en el mundo y agradeció no poder verlos o habría atacado o echado a correr lo más rápido posible … lejos.

También había un humano y una especie de ser bajito, encapuchado y nervioso. Kyra había podido oír a éste último desde que llegaron, entonces, caminando nerviosamente por la sala. Del humano no tenía nada que decir, seguramente Fayt podría tener una mejor opinión al ser de la misma especie. Otra cosa fueron los últimos en llegar, una pareja de seres que, por la descripción del monje y el sonido de las pisadas, Kyra podría jurar que eran elfos.

Aquello la puso más nerviosa. Había crecido con elfos silvestres, sí, pero ninguno como aquellos dos y además ¿Qué podían compartir, además de un par de palabras? Kyra no confiaba en ellos, ni en ninguno de los otros participantes, con excepción de Reeden, del que le sorprendía su ánimo expectante, aunque lo comprendía: la tensión del comienzo era muy alta, podía palparse en el aire. Fayt le dedicó unas palabras de ánimo a las que correspondió con una sonrisa, aunque con el miedo venía también la curiosidad: ¿Les darían la orden de salida a la cacería o antes habría más instrucciones que dar?

Aguardaron, aunque no demasiado. Pronto la reconocible voz poderosa del rey resonó en la sala, indicándoles el recibimiento de un pergamino que pusieron en su mano incluso aunque no podría leerlo y dándoles consejo antes de dar por iniciada la Gran Cacería.
Kyra asintió en silencio ante las últimas palabras del rey. Sí… si no ganaba, por lo menos, querría sobrevivir.

Sintió como Fayt la tomaba de la mano, mientras gritos y vítores se escuchaban, haciendo que la divium reprimiera el impulso de taparse los oídos ante el alboroto.
Y luego…
Luego fue correr con los suaves zapatos a los que no estaba acostumbrada por caminos lisos y lugares que sentía elevados, hasta que el piso cambió y se hizo rocoso, lo sintió incluso a través de los zapatos y casi tropezó, lo que evitó gracias a su compañero y su propia destreza.

Había un nuevo ruido entonces, el de una serie de criaturas corriendo hacía ellos. Kyra comprendió que algo llegaba y separó ambos pies, tomó su arco, se colocó en posición y estiró la cuerda de su arco hasta tocar su boca, con un proyectil pequeño (y no de los que había comprado) para advertir a qué tipo de amenaza se estaban enfrentando.

Sin embargo, los sonidos a ella se le hacían raros: en lugar de oír la tromba frente a ella, en posición de atacante, aquellos que embestían parecían evitar su posición y pronto oyó como llegaban a su altura y se desviaban, como si en lugar de atacar, estuvieran huyendo.
- ¿Qué está ocurriendo?- le preguntó a su aliado con alarma, no gustándole aquellas señales.

Él se lo explicó, al principio con su propia descripción y luego con un tono de voz que Kyra solía asociar con todo aquel que leyese algo en voz alta.
¿Bromistas Brujo? ¿Flotantes a un metro del suelo? ¿Intangibles? ¿Y cómo diablos iban a matarlos?
Más inquietante era la bola de fuego que ambos (pues los condenados monstruos iban en pareja) sostenían y que resultarían peligrosas de ser lanzadas hacía ellos.

Kyra podía esquivar los proyectiles por el calor que desprendían y el sonido de su trayectoria si es que se acercaban pero, ¿Qué haría si aparecían a su espalda? Le preocupaban sus alas, seriamente.
Luego lo volvió a pensar, en fracciones de segundo. ¿Alas? ¿Dos enemigos?
- Fayt, ¿Dónde dices que tienen el barril?
¿Así que no estaba a la vista? Eso quería decir que, o estaba en los costados o atrás. Ella apostaba por la parte trasera porque no sería tan fácil como que Kyra apuntara ciegamente y disparara.

- Distráelos- le dijo a Fayt pensando lo más rápido que podía- Necesito que me ayudes a hacerlos moverse y percibirlos porque no los percibo si no tocan el suelo
No esperó del todo a que su compañero se pusiera en acción sino que extendió las largas alas. Sí, volar se le había vuelto complicado desde que no podía ver por donde iba pero hay situaciones en las que uno no se puede detener a pensar.
Todavía con el arco en la mano, Kyra pegó un salto para ascender y guió sus sentidos hacía abajo. No se elevó demasiado, sosteniéndose en el aire con el simple esfuerzo de sus alas extendidas. Tenía miedo de que eso hiciera que los bromistas lanzaran sus bolas, porque al esquivarlas ella tendría que cambiar de rumbo y podría desorientarse pero se obligó a reprimir la bola de hielo que seguía en su estómago.


Luego esperó unos segundos. Necesitaba que Fayt se pusiera en movimiento para poder lanzar sus dardos a un cálculo aproximado. No podía usar sus recién adquiridas piezas porque una explosión de mayor magnitud podría dañar a su compañero tanto como un flechazo mal lanzado, pero si podía usar una de sus flechas cotidianas, si sabía donde estaba el frente, el atrás y el medio de los seres que los atacaban.

Fayt no tardó en ponerse en movimiento. Podía distinguir sus rápidos movimientos e incluso su voz bramando. Sintiendo una especie de vacío en el estómago, posicionó otra vez su dardo en la cuerda y apuntó hacía el sonido, esperando, como un ángel colgado de cuerdas invisibles, aguantando con las alas extendidas, pero sin aletear.
Lanzó un dardo y enseguida supo que falló: ningún estallido, ninguna explosión. Maldijo en élfico para sí misma y volvió a apoderarse de uno de sus propios proyectiles.
Concéntrate oyó una voz en su cabeza, una que tenía muchos años sin oír.


Sí maestro respondió silenciosamente a un fragmento antiguo, un atisbo de fuerza proporcionado por la memoria de la única persona que se encargó de darle aliento.

Respiró y agudizó lo más que pudo la atención de su oído y su tacto. La brisa le traía algo de información, pero también nervios. Ni siquiera recordaba la última vez que se había elevado del suelo.
Sin embargo, allí estaba. Nada de titubeos. Nada de tonterías. Tensó la cuerda. Apuntó.
Disparó, una, dos veces. No veía nada, pero supo que dio en el blanco, lo sintió, fue la flecha que arrojaba hacía el objetivo y se fundía con él.
Entonces oyó la voz de Fayt…

— ¡Kyra, aléjate!- dijo él y ella comprendió por qué, sintió el calor, la llenó de adrenalina y terror y entonces ascendió un poco más y se obligó a dejar que el viento la llevara, la deslizara hacía delante.
No quería dejar a Fayt solo pero ¿Cómo ayudarlo?
Se dejó llevar por el sonido de la voz, planeó hacía abajo y lo buscó para alzarlo en volandas.
No sabía si podría hacerlo pero tenía que intentarlo.
Arder o no arder..
Kyra no creía en ningún dios pero, de haberlo hecho, le hubiera suplicado que no los quemara.
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Re: La Gran Caceria de Lindblum

Mensaje por Heskit Hojasombría el Mar Jul 31, 2012 6:40 am

¡Ah, finalmente iba a empezar todo aquello, sí-sí, ñe-jejejejejeje! ¡Mis cuchillas tienen sed de sangre, ña-jajajajaja! Fui de los primeros en llegar, con la cosa-emplumada y la cosa-humana naranja. Por lo que pude ver a juzgar por como la chica movía los ojos y por las palabras que me llegaban de los labios del humano, que parecía no conocer que los rátidos tenemos un oído el doble de potente que el suyo, deducí que era ciega. Y también me di cuenta de que aquellos dos no estaban precisamente tranquilos ante mi presencia... Hacían bien, hacían bien... ¡Porque mis cuchillas acabarían segándoles las vidas! ¡Ña-jajajaja!

El humano seboso nos instó a pasar al salón donde se encontraba el caudillo humano-imponente viejo. La cosa-humana rechoncha empezó a entregarnos unos extraños pergaminos. El caudillo empezó a hablar, diciendo que aquello era una especie de compendio y que nos sería útil. Con la palabra útil me fue suficiente para empezar a leerlo y memorizar cada palabra que en él ponía. ¡Un Eshin siempre debe ir bien preparado, sí-sí!

Justo había acabado la lectura y me estaba repitiendo a mi mismo lo que había leído en ese libro que se escuchó un sonido de trompetas y humanos coreando. Nada más abrirse las puertas, guardé el pergamino en mi cinturón y salí corriendo el primero de todos. Saqué las garras de ratópata, me asomé por una ventana que tenía tejados al lado y salté. Parecía que iba a faltarme impulso, pero logré hincar las cuchillas en una repisa, y tras impulsarme con las piernas subí al techo. Poniéndome a cuatro patas, empecé a correr por los tejados.

Ya había saltado varias casas cuando finalmente, y gracias a que me había guiado por mi olfato, llegué a la zona objetivo, ¡el barrio industrial! Tras fijarme en varios sitios, finalmente decidí colarme por una chimenea que tenía al alcance. Murci se metió el primero, pero en cuanto encontró una parte oscura y con una pequeña barra de metal se quedó colgando ahí y durmiendo. Maldito animal. Usando las cuchillas me deslicé sigilosamente, poniendo las patas en los huecos que dejaba el lugar o deslizándome si no los había. Finalmente llegué a un horno apagado, y tras abrir la puertecita metálica, salí de ahí a hurtadillas, haciendo un ruido casi nulo, moviéndome entre las sombras que ofrecían paredes y materiales.

En ese momento, vi a tres criaturitas delante mío. Eran pequeños y estaban picando el suelo. En ese momento recordé que los había visto en el compendio. Cavadores, si no me fallaba mi memoria. Ñe-jejejeje, se les veía desprevenidos... En ese momento escuché un ruido detrás mío, y vi a tres cosas-hongo que me miraban. A mi alrededor, otros tres salieron. Solté un chillido ratuno de fastidio y, corriendo a cuatro patas, me dirigí hacia el trío de cosas-cavador.

Nada más cruzar su territorio, seguido de cerca por los cabeza-hongo, vi que las criaturitas empezaban a hacer sonidos de enfado al ver que estaba en su zona. Salté hacia la derecha, agarrándome a un tubo de metal y empecé a trepar, usando cola, patas y cuchillas. Encaramado desde las alturas, observé la escena. Las cosas-hongo querían atacarme, pero para hacerlo deberían entrar en el territorio de las cosas-cavador, y según sabía, cosas-cavador son territoriales... ¡Eso significaba que se pelearían, sí-sí! En ese momento me di cuenta de que había algo encima del territorio. ¡Un caldero de metal enoooorme! ¡Sí-sí! Ñe-jejejejejeje...

Guardé la cuchilla derecha, mientras me seguía abrazando con las piernas y la cola al tubo de metal, mientras que mi cuchilla izquierda se hallaba sujeta entre la pared y el tubo, evitando que me cayera. Saqué de su funda uno de los cuchillos arrojadizos, empezando a hacerlo girar entre mis dedos. Ya solo era cuestión de paciencia, ñe-jejejejeje... Preparé el lanzamiento, observando el caldero de metal que pendía sobre la zona, atado solo por una cuerda. Miré un momento abajo, viendo que las cosas-hongo y las cosas-cavador ya estaban empezando a encontrarse, volví a mirar el caldero y vi que no tendría una mejor oportunidad para atacar. Arrojé el cuchillo contra la cuerda que ataba el caldero, y seguidamente, agarré otro cuchillo por si fallaba el primer tiro. Si todo salía bien, los aplastaría, o al menos les haría daño, ¡sí-sí! ¡Ñe-jejejejejeje! ¡Soy muy listo!
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