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Los Hombres que Amaban a las Mujeres

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Los Hombres que Amaban a las Mujeres

Mensaje por B el Vie Jul 06, 2012 12:54 am

Era momento de cambiar de aires. En su última aventura en Malik-Thalish se derramó mucha sangre, incluso más de la habitual. El torturador había tratado de no ser descubierto, hacer todo desde las sombras sin llamas la atención, pero aun así debía alejarse de la ciudad por un tiempo. Si, por desgracia, corría el rumor de que un enmascarado armado con una katana había masacrado y torturado a un clan entero de mercenarios, los enmascarados con katana de la Ciudad Negra iban a estar muy vigilados en los días venideros. Siempre es mejor abandonar el lugar del crimen, aunque nadie te haya visto.

Ya había resuelto el asesinato de su ya difunto amigo Elexis, y ahora conocía a la Asociación de Intelectuales Mágicos de Thonomer. Sin duda, la situación había mejorado en los últimos días. Precisamente, fue la AIMT quien le había encargado a B entregar una carta, otro motivo más para salir de la neblinosa Malik-Thalish.

Se encontraba en barco, dirección Thaimosi Ki Nao, donde debía entregar el correo a uno de los miembros de la asociación, hospedado en dicha ciudad. Vistas las últimas turbulencias en la Ciudad Negra, estaban pensando en cambiar de residencia, y el contenido de la carta contenía datos demasiado importantes como para arriesgarse a otra forma de envió, como pájaros. Aprovecharía para dar un paseo por la ciudad y, con suerte, encontraría algo de basura que sacar.

A lo lejos, entre los murmullos del viento que corría libre por el inmenso mar, y el chasquido de la madera del barco, la cual necesitaba una revisión, se divisó la ciudad de los cerezos. Coloreada con los abundantes árboles que le dan nombre, la isla se alzaba con sus innumerables castillos, rodeada de campos de arroz y el verde de los bosques. A medida que el barco donde B viajaba se acercaba a la costa, se divisaban más barcos pesqueros faenando. El sol se alzaba imperante en lo alto del cielo, entrecubierto de nubes que no impedían que algunos rayos del sol se reflejaran en el apaciguado mar.

Junto él, a su derecha, vio a Sihska, observando también el paisaje. Era una araña bastante grande, cuya pigmentación era de un sangriento granate. Pero lo más característico eran los afilados pinchos que le brotaban por toda su piel, impidiendo que algo o alguien se acercarse mucho a ella sin sufrir graves daños. Se había unido a él por orden del Maestro Fuuten, a forma de guardián. No era la primera vez que la veía, ya la conoció cuando estuvo recibiendo el entrenamiento de su maestro, y no hicieron malas migas, pero ahora su relación iba creciendo todavía más. Lo cierto es que se compenetraban bastante. El Maestro ya sabía a quién enviaba. Ambos son igual de sangrientos. La araña, lejos de disgustarse de las torturas del enmascarado, la contempla con pasión. Shiksa, cuya raza es totalmente carnívora, le tiene especial aprecio a la carne humana o similares, dejando a un lado otros animales. Dado que B se pasa el día matando criminales, Shiksa tiene habitualmente el plato servido. Incluso hay veces que la araña se llena tanto que tienen que dejar cadáveres enteros y desperdiciarlos. Otro ejemplo de su espléndida compatibilidad, era lo útil que le resultaba al enmascarado la telaraña de su guardián, que además de ayudarle en combate, le servía para inmovilizar los cuerpos de manera muy efectiva, lo que normalmente hacía antes de proceder a torturarlos.

Tras unos minutos, por fin pisaron la madera del puerto. Había sido un viaje relativamente corto, no habían ido muy lejos, pero viajar nunca es divertido. Desde Malik-Thalish salió a las riendas de un caballo, hasta que la tierra desapareció para dar paso al mar, donde tuvieron que viajar en “La Luz Plateada”, un galeón de tamaño medio. Se dedicaba al comercio y transporte de personas entre las costas de Thonomer y los archipiélagos, pero también contaba con cañones y una madera fuerte, por si hacía falta defenderse de un ataque pirata o de cualquier atacante que deambulara por aquellas aguas. Hacía ya generaciones que ese barco viajaba por esa zona, transmitiendo el mando de padres a hijos, y no se podían permitir que su imagen se viera manchada algún día por unos bandidos de tres al cuarto. La Luz Plateada era una embarcación segura, y eso lo sabían todos sus clientes.

El enmascarado y la araña salieron los primeros, observando como todos se distanciaban de ellos, dándoles prioridad para salir. Como ya habían venido haciendo los viajeros durante todo el camino, se alejaron de aquella araña que tanto temor les inspiraba. B se había esforzado en decirles que no les iba a hacer nada, pero ver que su amo era alguien de voz grave, armado con una máscara y una katana, no tranquilizó su impulsivo nerviosismo. Suficiente le había costado poder meterla dentro, aunque se había pasado la mayor parte del viaje en una jaula. Esa gente, como la mayoría de las personas, pensaba con los ojos, dejándose guiar por las apariencias y olvidando la gran importancia del cerebro.

Atravesaron los campos de arroz, valles y bosques verdes que rodeaban el centro de la ciudad. Shiksa se quedó fuera, respirando la hierba, para que la visita de B no llamara demasiado la atención Poco a poco, las casas iban apareciendo, hasta que su gran abundancia anunciaba que por fin estaban dentro. En Thaimosi Ki Nao contaban con una cultura peculiar, diferente a la mayoría de lugares de Noreth. Era bastante parecida a la de su poblado natal, la Aldea Samui. Los kimonos, las katanas, los ojos rasgados, las puertas corredizas, o los preciosos tejados terminados en ornamentaciones por sus picos, estaban a la orden del día. A medida que caminaba por allí, se sentía más cómodo. Todo aquello le hacía sentir a cuando era niño, sus padres estaban vivos y podía corretear feliz sin conocer si quiera el significado de las preocupaciones.

Cuando podía controlar el fuego…un lugar parecido a aquél fue el que abrasó, asesinando a todos los generales Samui. Quemó la sala de reuniones y después, deambulando por el poblado, escondiéndose como un prófugo y eliminando a los soldados restantes. Sin duda, aquél tipo de habitaciones se quemaban bien. Observar la Ciudad de los Cerezos también le traía la nostalgia de la venganza cumplida. Todos los hombres que participaron en la rebelión samui y fueron contra el bando de sus padres, habían sido quemados y asesinados, eliminando su oscuridad de la faz de la tierra de manera definitiva.

La tenía delante. Una casa como otra cualquiera que formaba parte la ciudad. Se acercó a la puerta y tocó, golpeándola suavemente un par de veces. A unos escasos cinco segundos, un hombre se situó al otro lado.
¿Quién es? –no abrió, parecía no fiarse de los desconocidos.
Me llamo B. Tengo un importante correo para Cluthu Delek
¿De parte de quién? –seguía reacio a abrir la puerta.
No sé. Tengo órdenes de dártelo en personas. Ábreme la puerta para que pueda hacerlo y me iré. –dejó una breve pausa –Ha sido un viaje muy largo, repleto de barcos
Al oír la contraseña, el destinatario no se lo pensó y abrió la puerta. Le quedaba poco pelo en la cabeza y sujetaba un ancho machete con la mano derecha –Muy bien –al ver al enmascarado, su desconfianza creció.
De parte de AIMT. Estoy de vuestro lado –podría explicarle quién era, seguro que Elexis le había hablado de él y su relación con Khnel Mninteror, pero Cluthu no parecía muy considerado a tal opción. Le entregó la carta, hizo una reverencia y se marchó.

Mañana saldría de la ciudad, pero estaría allí un rato. Fue a comer algo al sitio más cercano y después se dirigió a un prostíbulo del que unos extranjeros, como él, habían estado hablando. Un asesinado también necesita el calor de una mujer de vez en cuando. Después, haría una ronda nocturna para limpiar la ciudad.
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Re: Los Hombres que Amaban a las Mujeres

Mensaje por Roy Wellington el Vie Jul 06, 2012 12:55 am

Roy nunca amaría. En verdad, nunca había amado. Aunque, a veces se había imaginado cómo se hubiese vivido el amor, sería algo angustioso, pesado, cargante. Y mucho peor sería trasladado a su vida, donde tendría que preocuparse de que ningún maleante vengativo se cebase con su amada, por que ya sabeís cómo es Roy; Mata por dinero, y precisamente, no mata a ese tipo de gente que nunca ha sido mala con nadie, ni es vengativa, si no todo lo contrario, mata a gente que tiene amigos malos, ya sabeís, dispuestos a coger una espada y cercenar cabezas en un arranque de ira.
Y eso no era bueno.
No era bueno para Roy, por supuesto. Era un trabajo bien pagado, ¿Pero a qué precio? No podías vivir una vida normal, no tenías casa, ni mujer, no podías tener novia, ni per... Bueno, perro sí podías tener. Y además eran cariñosos, como Will.

Aquel cabronazo-alemán de pelo sedoso, Roy se podía pasar las horas acariciando a Will, y no era una relación de amor hombre-hombre, si no de hombre-perro, era algo mucho más fuerte que el amor, era un vínculo que sólo se podía tener cuando tenías un perro, uno fiel, no uno de esos caniches cagones hijos de perra. ¡Já! Y literalmente, además. Roy no pudo evitar una carcajada mientras lo pensaba. Era un tío que se aburría con facilidad, pero también de los que se reía por gilipolleces como esa. Y qué más, cuando estabas en un barco lento como un caracol, estabas mareado y no te gustaba el mar.
Pues te aburrías o te reías, era así. Por que a Roy sólo le gustaba emborracharse en prostíbulos. No en alta mar, eso era muy homosexual, con todos esos marineros musculosos y sudorosos. ¡Porfavor, no!

En Phonterek le habían encargado la misión de llegar hasta Tirian-Le rain, donde desarticular una trama de bandas. Era irónico como Phonterek tenía que limpiarle la mierda a su nación rival, pero era sencillo. Este problema era algo más que politico, era algo que o limpiabas o se extendía como la peste, y Tirian Le-rain no estaba acostumbrado a quitarse sus propios problemas.
Podría decirse que Roy era un agente de encubiertas enviado desde Phonterek. Sonaba mejor que mercenario muerto de hambre, sin duda.
No era la primera vez que completaba un encargo como ese, en verdad, hace bien poco acabó con una banda del moco en la propia Phonterek. Aunque, según lo que le habían contado en la capital de Thonomer.
Ésta banda oriental estaba organizada, tenía locales, prostíbulos, contrabando, mantenía guerras en secreto y tenían buen plantel.

Sinceramente, no tenía ni idea de como quería solventar la situación, pero debía de encontrar la manera de hacerlo. Sólo era un hombre, ni siquiera estaba bien armado. Pero tenía buena reputación, pero una reputación no mataba gente.
Ya vería lo que hacer cuando estuviese en tierra, ¿Quien era capaz de pensar con todos esos vaivenes del barco y las olas? ¡Odiaba el mar!

Cuando pisó tierra ya era de noche, estaba mareado y apenas se mantenía en pie. No estaba cansado, sólo necesitaba una cerveza, mascar algo de regaliz o ver dos tetas. Quizás las tres cosas a la vez, quién sabía.

Encontrar un burdel era más fácil que quitarle un caramelo a un bebé, simplemente había que seguir a un grupo de marineros borrachos, cansados de trabajar en la mar y con ganas de pasarselo bien. Y eso es lo que hizo Roy, esperó hasta que un grupo de cuatro hombres se adentró en la pequeña ciudad, para seguirlos desde la lejanía, tampoco quería parecer un acosador. Aunque lo fuese, meras apariencias. Ya sabeís.

Tardaron poco en adentrarse en un local iluminado en la fachada con algún tipo de magia, carteles iluminados con luces cegadores violetas y rosadas, no sabía por qué pero cuando las vió pensó en "Luces de neón", que iluminaban unas letras que vivamente ponían: "Akira's Brothel", sí. Akira le sonaba, era el nombre de la banda, mejor dicho, el nombre del patriarca de la banda, que también llamó con su nombre a su propia mafia.
La imaginación rebosaba en cabeza de aquel hombre. Según había visto en retratos dibujados era viejo, con exuberantes entradas y algo rechoncho. Pero descrito como implacable, sin escrúpulos. Malas lenguas dicen que mató hasta a su propio hijo.
La facahda del edificio era grande, alrededor no había ninguna otra edificación, estaba emplazada en medio de un descampado, era un gran burdel, sus paredes eran blancas y tenía numerosos ventanales.

Pero para qué se iba a quedar fuera pudiendo entrar y ver como estaba el panorama. Por supuesto, Will también entraría. Había un gorila en la entrada, le paró los pies a Roy. "No puedes pasar con el perro", espetó él. Roy se limitó a apartar un poco la gabardina mostrando la pistola. Acalló rápidamente a la montaña y consiguió pasar...
Nada más entrar por la puerta dabas de lleno con el salón principal, iluminado por luces violetas apagadas. Era la primera vez que veía algo tan... burdelesco, lleno de mujeres semidesnudas, danzando en tarimas con barras de acero, igual de lleno con guardias de aspecto oriental y bien vestidos, y de hombres gordos rebosantes de dinero.
¿Qué pintaba Roy ahí?

No tenía ni idea, pero simplemente ver tetas era suficiente motivo como para cambiar el sentido de rotación de la tierra, así que, simplemente avanzó y se sentó en una mesa vacía, acompañado de Will, que sin entender donde estaban realmente, se sentó y dejó que su amo le acariciase la cabeza, aunque os lo puedo asegurar, estaba mucho más entretenido contando cuantos guardias había en total.

No pudo evitar sacar un trozo de regaliz y llevarselo a la boca, mirando de vez en cuando a las mujeres.
Si el gorila daba la voz de alarma, que la daría, se liaría una buena en poco tiempo. Pero hasta entonces, disfrutar de las vistas.
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Roy Wellington

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Re: Los Hombres que Amaban a las Mujeres

Mensaje por B el Vie Jul 06, 2012 2:53 am

Tras un par de indicaciones, no exentas de mala cara, sus pasos le llevaron hasta el burdel. Bajo el iluminado y brillante título de “Akira’s Brothel”, había una puerta que el enmascarado no tardó en cruzar. Un hombre enorme, junto a la puerta, frunció el ceño al verle, pero no se opuso a que entrara. Era un cliente, al fin y al cabo.

La luz violeta se reflejaba en la piel de las bellas mujeres que encontró en su interior. Había de todos los colores, razas y gustos. El enmascarado se quedó quieto, observando la oscura estancia durante unos segundos. Se acercó a la barra y pidió una jarra de hidromiel. Una refinada muchacha de ojos rasgados se la sirvió gustosamente tras lanzarle un beso por el aire. Se sentó en una pequeña mesa redonda que no tenía ocupantes y comenzó a beber.

Aprovecho para observar más la estancia. A escasos metros, algunas prostitutas bailaban lascivamente. Bajo sus tarimas, hombres borrachos las vitoreaban y se regodeaban bajo pensamientos sobre cómo las follarían violentamente. En otras mesas había hombres, solos, acompañados de más hombres charlando, o hablando con alguna prostituta que se les había insinuado.

Terminada la jarra, el torturador se levantó y dio una vuelta por el establecimiento, analizando a las mujeres para ver con cuál se quedaría. Había muchas preciosas, de curvas sinuosas, pechos firmes y cara lujuriosa. Empero, el enmascarado buscaba a una que no sólo fuese bella, si no que tuviera algo especial. Algo, como su rostro o su voz, que para él la situara por encima del resto. Al fin la encontró. Una humana de rizado cabello castaño, ojos verdes y curvas sinuosas. Rodeada por unos gordos labios tan rojos como la sangre, esgrimía una sonrisa que podría mover cielo y tierra.

Se llamaba Shina. Tras presentarse y charlar cortésmente con ella, fueron a una habitación. Siguiendo sus pasos, atravesaron el salón principal hasta que llegaron a una enorme escalera que desembocaba en el piso superior, donde había numerosas puertas enumeradas. Las paredes eran débiles. Se oían los gemidos de gozo que emanaban tras algunas habitaciones. Escuchar eso a B nunca le había hecho gracia, pero ahora, simplemente, le tocaba aguantarse.

Traspasaron una puerta corrediza, enumerada con el 23. La habitación era grande para el tamaño al que se acostumbra en los burdeles. En medio, tocando la pared, había una gran cama roja como el fuego más ardiente, ornamentada con diversos cojines del mismo color. En un rincón había una percha, en la que B no tardó en dejar su túnica oscura y a Filo de Sangre. Se acercó a la muchacha, que parecía tener 4 o 5 años más que él (mejor, más profesionales). Ella se quitó las prendas de la parte de abajo, que era la única cubierta y el enmascarado empezó a acariciarla suavemente. Empezó por el cuello y siguió a sus pechos. Shina acercó sus carnosos labios a los de B, quitándole la máscara cariñosamente.
No –susurró.
No pasa nada porque tengas la cara quemada o tengas alguna cicatriz –contestó la bella prostituta con voz dulce.
No es por eso. Tengo la cara normal, incluso podría resultarte atractivo. Pero no puedo quitármela. No hay más, dejémosla así –sentención, con la máscara algo hacia arriba, apoyada en su frente y boca totalmente descubierta.
Las lenguas se atravesaron y se tumbaron en la cama. Entre besos y caricias, Shina iba desvistiendo al torturador, mostrando sus marcados músculos.

Los cuerpos desnudos de prostituta y cliente chocaron repetidamente, penetrándola con gusto. Lo hicieron una y otra vez, intercambiando posturas y tocándose apasionadamente. Fue un rato estupendo. B se olvidó de todo. De Knel Minteror, de su venganza, su piromancia perdida, sus padres muertos, toda una vida de sangre… Disfrutó como hace tiempo que lo hacía. Más que con sus asesinatos y torturas. Realmente no le gustaba hacer eso, lo hacía porque sabía que era lo correcto, porque actuaba en nombre de la justicia.

Al terminar, se vistió y se marchó, no antes de haberse permitido el lujo de charlar con ella tranquilamente, con sus cuerpos desnudos sobre la cama. Con su túnica puesta y la katana de nuevo en su cintura, pagó a Shina y se marchó. Al pasar por el salón, se lo pensó un instante y se pidió otra jarra de hidromiel. Se sentó en una silla y le dio sorbos, casi tirado, aprovechando la paz que proviene tras el sexo. O la paz que precede a la tempestad.

Cuando tan sólo iba por la mitad, escuchó unos gritos procedentes de arriba. Eran de mujer. Cuando se le sumaron unos golpes de muebles, o eso parecía, la sorpresa inundó la sala. Algunos de los hombres que estaban en las mesas se levantaron, otros incluso asomaron su ebria cabeza por las escaleras, intentando esclarecer algo. Los guardias, agitados, trataron de sentarlos de nuevo en su sitio y hacer como si no estuviera pasando nada. Los gritos proseguían.

Dando un trago a su jarra, subió por las escaleras. Las voces parecían provenir de la habitación 20.
¡Eres una puta estúpida! ¡La próxima vez que te niegues a un cliente, aunque vuelva a pesar 200 kilos y sea de otra puta raza, me cargo a tu jodida familia –aclaró alguien que parecía estar informado.
No…p-por favor –contestó la voz que había estado emitiendo los gritos –N-no l-les… hagas n-nada a ellos… –estaba tan acongojada que le costaba formular palabras.
¡Pues hazme caso! ¡Joder! –sonó una bofetada, seguida de una exclamación de la chica. Los clientes se acercaron más y algunas putas asomaron su cabeza por el marco de la puerta de su habitación para descubrir que la acción no estaba pasando en el pasillo –¡Ahora, cómemela!

Shina salió de la habitación 23, ya algo vestida. Su rostro transmitió miedo cuando compartió mirada con algunas de sus compañeras. Por lo visto, esto no era la primera vez que pasaba. Pero ahora iba a llegar a su fin. Con una patada, el enmascarado echó la puerta abajo. Una morena prostituta que, aunque guapa, no le habían llamado antes la atención, estaba tumbada en un rincón, sollozando. El hombre, de ojos rasgados y pelo hacia atrás, se acababa de bajar los pantalones.
¿Quién coño eres tú? –gritó con el miembro viril al aire.
La muerte –contestó.
Con un rápido movimiento, tiró la jarra con todas sus fuerzas hacía su pene. Ésta estalló al chocar y provocó que el hombre cayera con un grito doloroso. B cogió su cuchillo de filo aserrado y se acercó a él. La parte de sus huevos y su entrepierna tenían trozos de cristal clavados, de entre los que brotaban sangre y dolor. Con el pulso firme, sin alterarse, el torturador rasgó poco a poco, aumentado el sufrimiento, su ensangrentado miembro, hasta que lo cortó y trató de metérselo en la boca. –Cómetela tú

Los guardias no tardaron en subir, por lo que no le quedó más remedio que cortarle el cuello y desenvainar a Filo de Sangre. Iba a ser movido salir de allí.
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Re: Los Hombres que Amaban a las Mujeres

Mensaje por Roy Wellington el Vie Jul 06, 2012 3:42 am

Aquel burdel estaba lleno de guardas, ¿Lo había dicho antes, cierto? Sus clientes no eran muy variopintos, gente normal, algún que otro marinero del barco en el que había navegado pero uno en especial le provocó cierto interés, era un tío de estatura normal, bajito en comparación con Roy, pero lo más interesante es que iba vestido como una mujer, tenía el pelo más largo que estas y una máscara de cachorro que seguramente escondería la cara de alguien endiabladamente feo. No pudo evitar soltar una carcajada, estos orientales eran la mar de graciosos.

Se desperezó, colocó ambas piernas sobre la mesa y rápidamente una furcia fue a pedirle nota. Roy pidió una hidromiel bien fresquita. No tardó en volver con su pedido, cosa que el pistolero agradeció con una sonrisa y un buen vistazo al trasero de la fulana cuando ésta se iba.
Sacó el regaliz de su boca, lo secó y lo volvió a guardar para otra ocasión, luego echó un trago al hidromiel.
Fresquita, dulce y después amarga. Como debía ser. Dejó la garra en la mesa y se recostó en la silla, bajando el ala del gorro para evitar ver las cegadores luces violetas.

Haciéndose el dormido notó como tres tíos, más o menos, se colocaban a su alrededor y muy cercanos a él. Seguramente por la tenencia de armas y por que Will estaba dentro del local. Por cierto, el perro gruñó. "Buen chico" pensó Roy esbozando media sonrisa.
- Fuera de aquí, pistolero perroflauta. - Espetó el mismo tío que hacía de segurata en la puerta del local. Sólo que esta vez venía acompañado. Roy se enderezó en la silla y levantó el sombrero, viendo como había dos a sus lados y otro a su espalda, bueno a este último no lo vió, pero sabía que estaba ahí por que notaba el cañón de una pistola en su espalda, al igual que los guardias que había a su lado le apuntaban con unos revólveres. Oh, siempre había querido uno, barril de seis balas, el poder amartillar el arma... poder disparar más de dos veces seguidas. Que gustazo.
Aunque era una pena que ahora le estuviesen apuntando con tres de ellos a bocarrajo.

Tenía a mano aquellas pistolas... podía coger alguna y después, bueno. Todo el mundo sabía lo que haría después.
De aquella situación sólo podía salir de dos maneras, andando o con los pies por delante. Sólo necesitaba una oportunidad... Y como caída del cielo, mejor dicho, del segundo piso, un grito desconcertó a aquel trío de seguratas.
En un rápido movimiento de manos, Roy desenfundó su pistola de mecha y disparó al que tenía detrás sin siquiera ver si daba o no en el blanco, después, estiró la mano y le robó el revólver al tío que tenía a su derecha, después, apretó el gatillo, matando al hombre que aún estaba armado.
Entonces, el desarmado lanzó un puñetazo a Roy, que encajó en el mentón, tirando a Roy de espaldas al suelo con silla y todo. La pistola de mecha y el revólver se le escaparon de los dedos, no tuvo idea de donde cayeron. Sólo sabía que aquel gorila se le había caído encima y no hacía más que lanzarle puñetazos, pudo notar como uno de ellos le partía la nariz en dos, le estaba moliendo la cara a hostias, pero en un súbito movimiento, deslizó su mano y agarró uno de los cuchillos, que clavó en la sien de aquel gordo cabrón.

Una vez muerto, se puso en pie, miró a su alrededor, y vio alrededor de cuatro o cinco guardias más, que atónitos estaban a punto de lanzarse a por Roy y Will. El pistolero vio el revólver, como el santo grial, ahí tirado en el suelo, pidiendole a gritos que descargara las cuatro balas que le quedaban en personas, personas vivas que deseaban morir. Y oh nena, Roy también lo deseaba, y por eso se lanzó por los aires y aterrizó de plancha en el suelo, agarrando con sus fibrosos dedos la pistola y dandose la vuelta en el suelo para verlos venir y disparar.
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Re: Los Hombres que Amaban a las Mujeres

Mensaje por Björki Gotriksson el Vie Jul 06, 2012 5:21 pm

¿Por qué demonios acabé en aquél lugar de mierda? Ah sí, creo que ya lo recuerdo... Unos nobles de aquél lugar, cuyo nombre era... ¿Theluemus Kitao? ¿Thanmimosh Nikelao? ¡Thaimioshi Ni Kao! ¡Eso! Me habían contratado para acabar con una panda de matones de tres al cuarto que habían estado molestando a la población rural y nadie había hecho nada por pararles. Los débiles por poseer poca fuerza, y los fuertes por considerarlos más una molestia que otra cosa. Como era obvio, recurrieron a mí. No fue difícil eliminarles, ya que, al fin y al cabo, fue cuestión de topármelos en una taberna, tumbarlos a todos a hostias y entregárselos atados a la guardia como una ristra de longanizas. Me dieron una buena bonificación por entregarlos con vida. Supongo que estos tíos de ojos rasgados no tienen ningún problema a la hora de contratar mercenarios para quitarse los granos del culo, pero sí lo tienen a la hora de dejar que sean los extranjeros quienes se lleven el mérito. Panda de capullos.

Afortunadamente pagaron bien, supongo que porque tuvieron en cuenta que me hicieron abandonar Phonterek y dirigirme hacia el lugar en un barco, y yo la verdad, desde mis últimas aventuras, estoy hasta los huevos de barcos, del mar y del agua en general. No tardaría mucho en volver a mis amadas montañas, a ayudar a mis camaradas a enfrentarse a los pielesverdes. Pero hasta entonces, supongo que aprovecharía mi estancia en la isla de los achinaos. Me dedicaba a ir de taberna en taberna, agotando sus suministros de cerveza, que todo hay que decirlo, eran una mierda porque estos sólo saben preparar meado de cabra, y por las noches me iba a dormir en la última taberna en la que me hubiera emborrachado.

Una cosa en que pude fijarme de aquél lugar es que eran asquerosamente pacíficos. Quitando a sus señores feudales, ¡nunca parecían pelearse en las tabernas! ¡Nunca! ¡Exceptuando a los matones, ni una sola pelea! ¡Ni siquiera insultos! ¡Nada! Aquella isla de mierda cada vez me aburría más. Sin embargo, un día mi suerte cambió. Andaba por una calle algo transitada cuando de repente escuché detonaciones dentro de un local. Alzando una ceja, me arrimé hasta leer el letrero en el que ponía "Akira's Brothel" o algo así. ¡Y ahí dentro había pelea! Era buen momento.

Nada más entrar en la taberna de una forma algo agresiva, me di cuenta del por qué no había guarda en la puerta. Al parecer, había un chaval tirado en el suelo que estaba abriendo fuego contra los seguratas, los cuales rápidamente corrieron a cubrirse. No sé cuántos habían muerto, porque rápidamente se me acercaron un par de tíos que me sacaban como tres cabezas o más. Alzando una ceja, les pregunté:

-¿Algún prroblema?-

Los hombres me dieron un empujón y me dijeron, con cara de mala leche:

-Métete en tus asuntos, engendro bajito.-

Acababan de meter la pata. Dejé el hacha apoyada contra un rincón y tras eso me crují los nudillos. Uno de los hombres se acercó con intenciones de pegarme, pero nada más avanzarse su puño yo lo intercepté con la mano izquierda, que era más grande que la suya. Una serie de horrorosos crujidos surgieron de dentro de mi puño, mientras apretaba y apretaba, retorciendo y rompiendo todos y cada uno de los huesos que poseía el hombre. De mientras, él gritaba de dolor, y para cuando le solté, se podía ver que tenía el pulgar pegado a la muñeca, el dedo anular tocaba la parte de arriba de la mano completamente, y el meñique directamente formaba un perfecto ángulo de 90 grados... Hacia el lateral. Tras eso le di un puñetazo en la barriga que lo tumbó en el suelo, haciéndole vomitar sangre. Al parecer, le había reventado algún órgano.

El segundo rápidamente vino pidiendo turno, dándome un puñetazo en la mandíbula que llegó a hacerme algo de daño. Sin embargo, no logró rompérmela, aunque sí me hizo escupir medio diente. Gruñendo, le espeté:

-¿¡A eso le llamas puñetazo!?-

Le di un golpe en la rodilla con el codo, haciendo que el hombre cayera arrodillado y dolorido. Nada más pasar eso, y aprovechando que la distancia entre su cara y mis puños ya era algo alcanzable, junté mis manos haciendo forma de maza, y seguidamente le estampé los puños en la boca. El hombre cayó inconsciente, dejando ir una lluvia de dientes que recorrió media taberna. Tras soltar un rugido de guerra enano, observé al pistolero que estaba tumbado en el suelo. Por detrás se le acercaba un tipo que, al parecer, era colega de los dos a los que acababa de tumbar, pues al igual que la mayoría de involucrados en la pelea, tenían un uniforme semejante. Sin dudarlo mucho, agarré un taburete y lo arrojé con fuerza. En un principio el humano con el arma de pólvora podría pensar que iba a por él, pero cuando acabó de cubrir la distancia, detrás suyo pudo escuchar un fuerte crujido y algunas astillas caerle encima junto con algo blanco, que si se detenía a mirarlo descubriría que eran dientes. Corriendo hacia otros dos seguratas con el hombro por delante, le grité al chaval:

-¡¡¡Humano, ya no estás solo en esta pelea!!!-
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Re: Los Hombres que Amaban a las Mujeres

Mensaje por Ghengis Rex el Sáb Jul 07, 2012 10:28 pm

“¿La guerra? … la guerra solo es el campo de las bestias, donde el más poderoso pisotea los cadáveres de los débiles… ¿yo? … yo solo soy un guerrero… un viejo guerrero que aun escucha los gritos de antiguas batallas… pero qué más da, simplemente así es mi vida, así es mi existencia… ¿Qué? ¿Esta espada? … si, es mi única compañera ya, los demás murieron… es curioso… no los valore mientras Vivian… pero ahora… ahora los extraño, bueno creo que es hora de que terminemos esto, rézale a tus dioses… los veras muy pronto” Ghengis Rex, Antes de decapitar a un noble.

La caravana se movía lentamente, mientras aquella jaula se movía de lado a lado, con gruesos barrotes de hierro y metal, se mantenía sujeta a esa enorme criatura, sus patas y manos encadenadas, el hombre que manejaba todo fustigaba a los bueyes para que se movieran más rápido, la noche había caído, el aroma a sal y cerezos molestaban las fosas nasales de Rex, mientras que sus ojos amarillentos veían las luces a la distancia, la caravana avanzaba, mientras que las cadenas tintineaban, las grandes puertas se vieron cerca, grabados de dragones y tigres, mientras que los techos tan curiosos se levantaban sobre los muros, en aquel momento una luz los alumbro, la caravana se detuvo y varios soldados rodearon aquella jaula, mientras miraban con asombro a Rex, aunque también con miedo, el hombre bajo de su asiento y estiro un papel con el grabado y sello del señor feudal, era una pequeña “mascota” que le gustaría usar para las ejecuciones, en aquel momento uno de los soldados se acerco a la jaula y Rex tan solo mostro sus colmillos, afilados como la bestia que era, después de revisar aquel documento las puertas se abrieron y los animales volvieron a tirar de su pesada carga … lentamente cruzaron las puertas para entrar a un lugar colorido y lleno de luces, Rex tan solo cerro sus ojos, mientras más de una mirada curiosa atraía aquella jaula, las ruedas giraban hasta que se detuvieron, en un pequeño callejón no muy iluminado, el hombre rápidamente bajo de su asiento y con un manojo de gruesas y toscas llaves abrió la jaula.

-Ya era hora *hablo Rex, quitándose las cadenas como si no fueran más que simples juguetes* toda esta parafernalia ya me estaba cansando-

-Sabes tan bien como yo que no hubieras podido entrar solo… era necesario montar todo ese espectáculo*sacando desde debajo de la jaula un pesado y largo bulto* creo que necesitaras esto -


Rex tomo el bulto, quitándole la tela que el cubría y dejando su querida arma en sus garras, su hoja parecía pulida, pero tenía el aroma a la sangre, un aroma que Rex conocía muy bien, ya que más de una vez había terminado por estar bañado en aquel liquido carmesí, rápidamente miro al hombre, el plañera muy simple, cierta banda conocida de esa área había secuestrado a la hija de un poderoso terrateniente, debido a que no deseaba una guerra abierta, humanos siempre cobardes, había contratado los servicios de Rex para recuperar a su hija si es que aun estaba viva, si no era el caso … despedazar de la forma más cruel posible a los responsables, aunque Rex era un guerrero tranquilo usualmente, la sangre tenía un efecto contrario en su personalidad, volviéndolo no solo violento, si no desalmado y sanguinario, una parte que Rex conocía muy viene n carne propia, estaban cerca de un burdel, uno de los centros donde supuestamente estaba la chica, la cual por lo que le habían contado poseía una extraña belleza, casi elfica, por lo que en el mercado negro seria vendida al mejor postor, especialmente por su virginidad, a la cual colocaban precio aquellos hombres. Rex tomo la espada entre sus garras y de un movimiento la coloco en su espalda, era casi tan grande como él, pero aun así podía moverse con libertad, tomando uno de los mantos que habían sido ocultos dentro de la caula, cubrió su cuerpo, aunque no era extraño que algo ocultaba, ya que media más de dos metros y una enorme cola le ayudaba a mantener el equilibrio, en aquel instante se despidió del hombre y la carreta con la jaula desapareció, Rex debió de aguardar cerca de una puerta durante casi media hora, hasta que un mozo joven apareció por ella y después de un simple golpe, oculto su cuerpo mientras entraba a la cocina de ese lugar, el aroma a comida era penetrante, pero apenas fue notado, ya que muchos de los que trabajaban ahí se mantenían cocinando con la cabeza gacha, en aquel momento se escucharon las detonaciones y los gritos, Rex miro por una pequeña ventana que era mejor dicho un respiradero y vio como un enano golpeaba a algunos guardias y un humano luchaba contra otros.

-Hoy se derramara sangre… la bestia despierta… y los gritos serán el comienzo de la pesadilla-


En aquellos momentos escucho el sonido del metal y un extraño grillo en la ventana, y rápidamente se hecho hacia un lado, para que un pesado machete se incrustara en la madera, al parecer su… “existencia” había llamado la atención y como si fuera un intruso los cocineros le atacó, ¿acaso eran cinco o seis? No sabía, pero su espada probo la sangre de uno y otro, la cocina no era demasiado grande, pero su arma se movía con la gracia de una guillotina, uno de los cuerpos cayo partido en dos, manchando todo de sangre granate, había probado ya la sangre y como si un fuego comenzara a recorrer sus venas, ollas y sartenes terminaron abolladas, cuando la enorme espada cortaba el aire, uno de los hombres no sintió el corte, tan solo cuando ante sus ojos su brazo caía, seguido de el otro comprendió lo que había pasado … la muerte y la bestia habían tocado la puerta, y la habían dejado entrar.
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Re: Los Hombres que Amaban a las Mujeres

Mensaje por B el Sáb Jul 07, 2012 11:37 pm

El sonido de disparos y un gran alboroto se oyó en el burdel, en un piso distinto. Por lo visto, alguien había aprovechado los gritos para armar un barullo. Cuatro guardias se acercaron a la habitación. Vestían un sencillo kimono negro y tres de ellos esgrimían una katana, el otro haría uso de unos nunchakus.

¡Alto! –ordenó B antes de que entraran en la habitación, clavando la punta de Filo de Sangre en el suelo. Estaba justo detrás del marco de la puerta, donde sólo un hombre podía pasar, de manera que la superioridad numérica del rival no conllevara tanta ventaja. Los guardias se quedaron a dos metros de su posición –Este hombre ha sido castigado por abusar de su fuerza. ¿También sois vosotros ese tipo de personas?
¿Quién coño te crees que eres para hacernos esa pregunta? –respondió uno de ellos. Parecía nervioso –Podría preguntarte quién eres, pero eso da igual. Si atacas a un miembro de Akira, atacas a Akira. Si ha muerto… –intentó asomar su cabeza y observar el interior de la habitación, pero el cuerpo del enmascarado se lo impedía –…el jefe se va a enfadar mucho. No sólo te matará, antes te torturará de una manera horrible. Somos más, ríndete y quizás recibas una muerte misericordiosa –en el fondo, sabía que eso no era cierto. A su jefe le daba igual que se hubiera rendido o le hubieran atrapado.
¿Torturar? –a través de su máscara, se dibujó una sonrisa en el rostro del torturador. –Ese hombre ha dicho algo de su familia ¿por qué amenazáis a su familia? ¿Estáis abusando de estas prostitutas? ¿Están aquí bajo coacción? –del suelo, justo donde estaba clavada su arma, comenzó a salir humo, resultado de la combustión que Filo de Sangre hacía sobre la madera. Los guardias observaron el efecto, anonadados.
¡Te he dicho que tú no puedes hacer preguntas, feo hijo de perra! –contestó el mismo de antes. Los demás guardias se limitaban a mirar fijamente, blandiendo su arma en el aire, con firmeza, a la espera del momento en que tuvieran que utilizarla.
Entiendo, por tanto, que mis suposiciones son correctas. –afirmó fríamente –La justicia y la muerte, hoy, aquí, se unirán por el bien de los inocentes. Vais a ser asesinados. Si alguno no sabía a qué se dedicaba la penosa organización de la que forma parte o está aquí bajo coacción y no quiere morir, puede marcharse –nadie se movió. Todos seguían mirando fijamente al enmascarado, como evaluándolo. Sin duda, pensaban que estaría marcándose un farol –De acuerdo

Agarró el mango de su katana y la sacó del suelo, del que todavía seguía saliendo una pequeña hilera de humo grisáceo. El guardia con el que había estado conversando se abalanzó sobre él con un movimiento de lo más inexperto. El enmascarado, manteniendo siempre su ubicación tras el marco de la puerta, desvió fácilmente el ataque con su katana y la incrustó en el pecho del guardia. Cuando la hoja atravesó su piel, se escuchó el característico sonido del metal abrasador quemando la carne, como Filo de Sangre ya le tenía acostumbrado. No podía manejar el fuego, pero al menos era capaz de matar y abrasar con él.

Los guardias restantes también intentaron acabar con B. Uno a uno se acercaban con decisión al marco de la puerta, y uno a uno iban siendo ejecutados. El segundo en hacer enfrentamiento fue el de los nunchakus, que duró incluso menos que el primero. No hubo ningún choque de armas, Filo de Sangre se incrustó directamente en su cabeza. El tercero duró un par de movimientos, pero tampoco fue un gran rival. El cuarto parecía el más joven, tendría entorno 16 años. No obstante, sin duda era el que mejor sabía manejar la katana. Utilizó perfectamente la posición de B. Sabía que no quería moverse, así que se ayudaba del movimiento de sus pies para otorgarse ventaja frente a los inmóviles del enmascarado. Aprovechando que sólo se veían algunos guardias correteando (todo culpa del alboroto, sin duda, del cual aún desconocía la causa), retrocedió unos cuantos pasos, hasta que tocó la pared opuesta a la puerta, dejando entrar el muchacho. Éste, intentando demostrar su valía, traspasó la puerta. Unos gritos de acero más y el muchacho, sin brazos, cayó muerto en el suelo al ser decapitado. No había piedad para nadie.

Unos pasos se oyeron a la izquierda, tras la…¿pared? Un enorme guardia la atravesó de sopetón, hombro por delante, y estuvo a punto de placar a B, que ágilmente lo esquivo y le propinó una estocada. Entonces vio como gran cantidad de guardias entraban, tanto por la puerta como por el agujero que acababa de erigirse. Con carrerilla, corrió hacia una pared antes de que fuera hecho picadillo por la masa negra que corría rabiosa hacia él. Menos mal que las paredes de allí parecían estar hechas de papel.

Estaba en el pasillo. A su izquierda, se acercaban muchos guardias. A su derecha, también. Enfrente tenía las escaleras, por la que también aparecían incontables guardias. Con un gran salto, aterrizó en medio de ésta. Al ser impactos por su cuerpo, muchos guardias rodaron escalones abajo, donde también fue a parar el enmascarado, convertido en una bola humana. Se acababa de dar una ostia importante y sentía como todos sus huesos crujían, pero no había tiempo para el lamento. Se reincorporó y vio el salón principal medio destruido. Donde antes estaba relleno de prostitutas de curvas paisajistas ahora había cadáveres de guardias, enteros o semienteros, y unos extraños entablaban combate con los restantes, que cada vez eran más y más.

B no pudo parase a observar mejor la situación ni a los desconocidos. Un guardia se le acercó por detrás, pero el torturador le atacó a ciegas, por la espalda con la katana invertida, y lo convirtió en fiambre. Cada vez entraban más y más guardias. Él y los desconocidos luchaban con ferocidad, el enmascarado consiguió asesinar hasta a tres más, pero llegó un momento en había que huir o morir. Eran demasiados.

¡Tenemos que irnos! ¡Este sitio cerrado no nos beneficia en nada! ¡Tienen que desperdigarse! –no sabía a quién le estaba dando aquél consejo. Puede que ni estuvieran en su bando, aunque del de Akira tampoco, eso estaba claro. Fuera como fuese, el enmascarado iba a salir de allí ya, con ellos o sin ellos.
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Re: Los Hombres que Amaban a las Mujeres

Mensaje por Roy Wellington el Miér Jul 11, 2012 3:43 pm

Agarró el revólver y pegó su espalda contra una mesa que volcó a modo de cobertura. Will estaba a su lado, agazapado para evitar un disparo innecesario, era un buen perro y por desgracia no era la primera vez que vivía aquella situación. Debía dejar de ser un pistolero a sueldo si de verdad quería a Will.
Las balas silbaban y otros tantos peleaban a puñetazos. No supo muy bien en qué momento exacto, un enano de los de las minas empezó dando gritos comunistas y puñetazos a diestro y siniestro, los hombres volaban, los gritos inundaban la estancia.
El enano le habló, ¿Que no estaba sólo en la lucha? Desde el primer momento lo había estado, y sinceramente, no tenía ni puta idea de cómo contestarle a un enano como ese.

- Por supuesto - Contestó Roy, de mala gana, asomandose por su cobertura y disparando a un hombre al azar. La bala atravesó su cabeza, los sesos y la sangre volaron acompañados de un último grito ahogado. Volvió a pegar su espalda contra la mesa volcada y miró al enano mientras se llevaba por delante a dos guardias con el hombro, como si fuese una apisondora.
- Qué huevos tiene el cabrón - Dijo para sí mismo, cubriendole las espaldas disparando disparando a uno y a otro, disparó tres veces más, hasta que la pistola dejó de soltar balas y sólo emitía un sonido "Clack", entonces, rebuscó en los cadáveres de los tres tíos a los que había matado, de mientras, el enano seguía haciendole la vida imposible a unos cuantos desgraciados.

Encontró doce tambores de seis balas, lo que quería decir setenta y dos tiros en total, se los guardó en el zurrón y usó uno de ellos para recargar la pistola, entonces, cuando iba a descargar el revólver en aquellos cabrones asiáticos, una especie de samurai con máscara le gritó a él y al enano que tenían que irse por que era peligroso, ¿No me jodas? Roy estuvo a punto de soltar una carcajada. Era sencillo: Estaba en mitad de un tiroteo con un enano de por medio, en un burdel lleno de miembros de alguna Yakuza medieval, rodeados por todos los flancos y lo más impresionante, un samurai con máscara de perro le decía que debían irse como si fuesen aliados o algo así.
Pero eso aún no era lo más gracioso, en serio, lo mejor era que Roy iba a aceptar.

- ¡Pues salgamos de aquí! - Vociferó el pistolero. Para echarse a reír, la situación era como poco extraña, en menos de dos minutos el burdel de Akira se había convertido en una masacre, en uno de los bandos, los yakuzas que extorsionaban al burdel y por otro, un enano comunista, un samurai enmascarado de una manera infantil, un pistolero adicto al regaliz y aunque aún no lo sabían, también se uniría un lagarto sediento de sangre de dos metros.
Roy se deslizó por una mesa y acabó al lado del enmascarado, después, salieron de aquel burdel del demonio. Will le siguió por detrás, corriendo como el buen pastor alemán que era.
Nada más salir se encontraron con que en la puerta había un par de tíos insconcientes, tirados en el suelo de mala manera. Seguramente dejados ahí tirados por el enano, aunque quien sabía, en una situación como esa, podía pasar de todo.

Por uno de las calles venían unos cinco o seis tíos armados y a toda prisa. Debían salir corriendo de ahí, matarlos, quemar el burdel o lo que fuese. Roy no podría contra esos él sólo... Bueno, eso habría que verlo. Podría ir a por ellos, hacerles tragar plomo o bueno, también podía morir.
Decidió asegurarse un día más de vida, así que empezó a correr por la calle opuesta a la que venían aquella media docena de matones orientales, su plan era simple, esconderse en algún callejón, rearmarse y después, volver a por más fiesta.
Hiciese lo que hiciese, Will le seguía de cerca como un fiel seguidor.
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Roy Wellington

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Re: Los Hombres que Amaban a las Mujeres

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