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Las puertas de Ghazrüll

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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Dom Sep 02, 2012 6:32 pm

El clamor de la batalla estaba en la cúspide. Los guerreros enviados al pantano de Zachnest por los designios divinos de sus respectivos dioses se debatían entre la vida y la muerte contra aberraciones que nunca sospecharon se encontrarían en ese lugar. Espectros demoníacos, espíritus atormentados, muertos andantes y horrores, que solo encuentran una descripción física en las mentes retorcidas de los demonios del infierno, habían aparecido frente a ellos con intenciones claramente hostiles y ahora les tenían en una encrucijada por sobrevivir.

Las aguas pantanosas se remolinaban al rededor de Naerys y sus perseguidores. No eran aguas profundas pero avanzar a través de ese pantano era tan complicado como tratar de andar con pesas atadas a los pies. Preocupada por su vida, y la de su amante, la semi elfa intentaba volver a la destrozada construcción de madera pero cuidándose la espalda a la espera del siguiente intento por convertirla en alimento para no muertos.

Utilizando sus agudizados sentidos, y haciendo gala de reflejos distintivos de la gente de su ascendencia, Naerys había logrado lo que parecía imposible hacía unos minutos por el agotamiento. Con un ataque fugaz y certero había logrado eliminar a dos de los necrófagos que le perseguían, cercenando la cabeza de uno y atravesando la garganta de otro desafortunado despojo de cadáver.

Mientras ambos cuerpos previamente sin vida se desplomaban sobre el suelo, la guerrera optaba por una postura de combate que le permitiera defenderse y atacar al mismo tiempo. Una técnica que ya se había mostrado en el campo de batalla pero que en manos de la ágil mujer parecía como si de una serpiente acorralada se tratara.

Por otro lado, Eressea batallaba con su propia incapacidad generada por las fuertes heridas producidas tras la caída. Había generado un resplandor mágico el cual se suponía que se trataba de un hechizo pero que solo había servido para asustar un poco a su horrendo custodio. Aprovechando su fortuna, abandonó aquél sótano maltrecho y se adentró en las aguas fangosas del pantano que rodeaba su locación. Las altas plantas que abundaban ahí no habían sido problema para la fuerte mujer quien con sus zancadas ahora se posaba sobre el agua mientras aclamaba los nombres de sus acompañantes a la expectativa de cualquier ataque o persecución de los despojos andantes.

Viendo que su sospecha era acertada, ya mostraba su postura de combate cogiendo sus armas con toda la fuerza que le era posible juntar. El mareo producido por el agotamiento físico y mental, así como el dolor agudo de su hombro, no le ayudaban en su deseo por defenderse de las criaturas que ahora salían de las sombras del sótano para internarse en las aguas pantanosas. Las criaturas se arrastraban y gemían mientras avanzaban hacia ella, pero fue solo cuando la primera de estas atrocidades entró en contacto con el agua cuando Eressea supo que estaba al fin fuera de peligro. Dicha criatura se había hundido lenta y patéticamente en el fango mientras intentaba mantenerse a flote sin éxito alguno. Era como su una canoa llena de agujeros se quisiera mantener a flote, esa criatura no estaba concebida para avanzar en agua lodosa y por lo tanto la persecución había llegado a su fin.

Sin embargo, en la superficie de la destrozada posada, Khaelos se debatía entre la vida y la muerte mientras peleaba contra un horrendo espectro demoníaco. El alarido del engendro había logrado dañar los oídos del humano, el cual no podía escuchar ningún sonido a excepción de un trepidante y agudo tono sonoro resonando en sus tímpanos. El contra ataque del Zhakheshiano había logrado sorprender al espectro, el cual sin duda pensaba que aquella pesada armadura se había quedado inmóvil en el acto de su alarido. El corte del guerrero no solo había mermado las extremidades etéreas del espectro, si no que también le había destrozado la mandíbula.

Tratando de mantenerse en pie lo más posible, Khaelos esperaba que esto mermara la capacidad del espectro de volver a aullar, pues sabía bien que sus oídos no soportarían un segundo impacto. Pero el gesto de odio y resentimiento del espectro eran evidentes mientras optaba por una forma más traslucida similar la de un alma. El nigromante sabía que esto era lo peor que le podía pasar, pues ahora no solo sus armas eran inútiles si no que sus defensas también, pues este espectro podía dañar el alma y el espíritu sin siquiera tocar el cuerpo de su víctima. No podía aullar, pero eso no le haría falta para acabar con él.

~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~

¿Que es esta oscuridad? ... ¿Que ha pasado? ... - Se decía a sí mismo el paladín de Luminaris mientras la oscuridad absoluta le rodeaba y custodiaba - No... no se donde estoy... - La duda y la incertidumbre abundaban en la mente del paladín.

No recordaba nada de lo acontecido. Incluso no recordaba nada sobre los últimos cinco meses. Estaba en la nada, y la nada era todo ahí.

Vaal'calussssh ... Vaëlcrusssst zzzzur Canorn ... - Una escalofriante sensación de miedo corrió por la espina del paladín a la vez que escuchaba las sombrías palabras en lengua demoníaca.

¿¡Que!? ¿¡Que es esta blasfemia!? - Gritó mientras desenvainaba su espada y cogía con fuerza su escudo. Extrañamente ambas pertenencias carecían de peso, y no brindaban sensación alguna en sus manos - Qu... ¿Que esta pasando aquí? ¿Es esto alguna especie de ilusión?- Se preguntó sí mismo cuando al fin se percató de su traslucida figura. Era como si estuviese viendo su propia alma. No sabía que pensar.

Vaal'calussssh ... Vaëlcrusssst zzzzur Canorn ... - Repitió la voz oscura mientras un tono rojizo comenzaba tomar presencia en aquella obscuridad absoluta - Vaal'calussssh ... Vaal'calussssh ... Vaal'zzzeptron - La voz se acercaba cada vez más hasta su posición. Cada vez más y más cerca, las palabras se repetían y provenían de todas las direcciones.

El paladín flaqueaba, pero se mantenía erguido de pie en su sitio, esperando el final. Cuando de pronto, una sola figura se materializó frente a él. Una figura de su estatura y complexión aunque oscura como la misma noche. Axelier no lo podía creer.

... ¿Que es este lugar? - Preguntó carente de respuestas y sorprendido por lo que frente a él se había materializado. La figura parecía una replica exacta del paladín, un gemelo si así lo preferían. Pero a diferencia del seguidor de la luz, esta entidad irradiaba una maldad absoluta a través de sus ojos carmesíes y su armadura ennegrecida.

No es más que tu propia mente - Contestó la entidad oscura a la pregunta del paladín - Yo soy tu y tu eres yo. No tienes porque temerme, pues sin ti no soy nada y sin mi no existes - Un gesto inexpresivo acompañaba la figura del paladín negro mientras hablaba. Axelier estaba sin habla, no por no tener nada que decir, si no por alguna fuerza que le impedía hacerlo.

La sombra repentinamente esbozó una sonrisa maligna y llena de perversión mientras materializaba la sombra de otra persona a sus pies. La figura de una mujer bañada en su propia sangre había aparecido frente a ellos. Una mujer que le era tan familiar como preciada al paladín de Luminaris - ¿Que acaso no recuerdas el regalo que tu y yo le dimos a este imperfecto ser? - Preguntó con tono de sarcasmo y maldad mientras los ojos de Axelier se nublaban con una furia indescriptible y prohibida para los seguidores de su fe.

Cegado y negando las palabras de su sombra, Axelier produjo un grito que canceló el silencio en sí mismo. Un grito lleno de furia y desesperanza. Un grito de desesperación que logró hacer sonreír a su copia oscura - ... eso es... acepta tu verdadero yo... - Decía el gemelo oscuro mientras este se desvanecía para volver a tomar parte de la nada - Vaal'calussssh ... Vaal'calussssh ... - La oscuridad volvió a nublar la visión del paladín y repentinamente todo desapareció.

~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~

El combate estaba a punto de culminar en favor de los enemigos de aquellos valientes aventureros. Habían pasado unos minutos y las situaciones habían cambiado de forma drástica.

Naerys yacía en el suelo fangoso con el agua hasta el cuello mientras alguna fuerza desconocida la halaba a las profundidades inmovilizando todas sus extremidades y quedando a merced de los dos necrofagos que ya babeaban por su cálida carne. Eressea se había visto atrapada por alguna especie de tentáculos espinosos los cuales la sujetaban de igual manera que a su compañera. No se podía defender, y con cada jalón sentía como si su brazo se fuese a desgarrar más y mas hasta el punto de la rotura o incluso la amputación. Khaelos no daba cabida a lo que había logrado su enemigo. Ahora era invisible y solo podía sentir cuando sus extremidades fantasmales golpeaban si propia alma sin posibilidad de defenderse. Sus armas y armaduras no eran efectivas ante tal ser, y ahora solo el arrepentimiento inundaba su mente resignada a la muerte.

Pero en el momento de mayor desesperanza, Axelier despertó profiriendo un grito tan intenso que resonó a lo largo y ancho del pantano. El grito había sido acompañado por un rayo de luz de la misma intensidad que el que había estado irradiando cuando le creían poseído.

Inmediatamente todas las presencias malignas desaparecían en los alrededores. Eressea sintió como los tentáculos desaparecían sin dejar rastro al igual que Naerys, quien vio además como los dos necrofagos caían al suelo hechos cenizas y esparciendo sus restos calcinados hacia el viento. Khaelos era testigo de como el espectro desaparecía mientras parecía inmóvil, dejando tras de sí una pequeña marca de espíritu suspendida en el aire. Así mismo, el nigromante fue testigo de como un gran número de criaturas pequeñas y horrendas salían de por debajo de unos escombros de la misma posada las cuales parecían deformadas e hinchadas por sangre, la cual era esparcida por la habitación mientras explotaban una después de la otra de forma violenta y caótica, dejando sus restos incrustados por todos lados.

Las presencias malignas habían desaparecido sin dejar rastro. Todas menos una, la cual era mucho más poderosa que todas las demás juntas. Mientras el resplandor que había provenido del paladín se dispersaba y devolvía la visibilidad a los tres guerreros, Khaelos fue el único que lograría ver como el paladín de Luminaris se reincorporaba del suelo. Sin embargo no era el paladín lo que frente a él se había puesto de pie, o al menos eso pensó al sentir su maldad absoluta. Frente a él se encontraba el mismísimo Axelier, pero ahora vestía una armadura negra idéntica a la anterior y sus ojos se mostraban llenos de furia y tan rojos como la luna carmesí.

No parecía que Axelier fuese a atacarle, más bien este avanzaba de forma curiosa hacía lo que antes había sido la puerta de la habitación. Khaelos permanecía inmóvil, aún cegado y aturdido por todo el daño que había recibido y no pudo más que observar el momento en que el paladín negro revelaba un cuerpo prácticamente momificado de por debajo de los escombros. Se trataba de Jack Cross, su compañero que ahora más parecía un cadáver disecado exhumado de alguna tumba antigua. Su sorpresa era inmensa y su tristeza aún mayor, pues había caído un buen camarada.

No te preocupes, pues ahora mismo te libraré de tu sufrimiento y te brindaré el regalo de la eterna muerte - Dijo el paladín de vestimentas negras mientras esgrimía su espada de forma vertical sobre el pecho de un descompuesto cazador de demonios, para después hundir profundamente su arma ennegrecida y así terminar con el sufrimiento del humano.

Ahora su mirada se centraba en el mancillado nigromante.


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Miér Sep 05, 2012 5:17 pm

Mis dientes estaban apretados y mis labios abiertos en una mueca de furia y dolor mezclados. El pitido y el dolor de mis oídos, a pesar de que lentamente se iban disipando, aún eran suficientemente intensos como para que no pudiera escuchar nada de nada. Posiblemente lograra recuperar mi audición, aunque para ello necesitaría evitar más chillidos y gritos intensos por un rato.

Mi ataque fue rápido como un relámpago, y de dos movimientos logré debilitar al espectro más de lo que creía. Sus garras habían sido cercenadas y su mandíbula se había quebrado, haciendo que aquél combate, en teoría, estuviera ya ganado. En teoría. Sin embargo, el espectro empezó a adoptar una forma aún más incorpórea, mientras su faz mostraba un rictus lleno de odio hacia mí. En aquél momento solo una palabra surgió de mis labios:

-Mierda.-

En ese momento el espectro se lanzó contra mí, blandiendo unas extremidades regeneradas al ser su representación astral lo que se lanzaba contra mí. Por desgracia, había sido entrenado como nigromante de combate, lo cual significaba que mis habilidades mágicas eran ideales para defenderme de ataques físicos y de conjuros "físicos" también, por llamarlos de alguna manera, como podían ser hechizos de dolor, bolas de fuego, estacas de escarcha, relámpagos... Pero contra los ataques al alma no podía hacer mucho. No era un paladín, no era un espiritista, no era un chamán. Estaba jodido.

Su primer ataque fue ya devastador, alcanzándome en el pecho, justo en el corazón. Solté un grito de dolor y caí de rodillas en el suelo, soltando la espada y el escudo, en parte por el dolor, en parte porque sabía que era inútil resistir a los ataques. Moriría de todos modos a no ser que sucediera un milagro. Su ataque en ese punto me hizo recordar el día que una lanza atravesó mi corazón, brindándome mi primera muerte. No era un recuerdo bonito, pero el recordar que logré ser perdonado en aquella ocasión por la parca me hizo pensar que no me iba a matar. O al menos, que le duraría un rato.

Sus ataques eran viciosos, golpeándome allí donde quisiera. Si bien sus ataques no dejaron mácula alguna en mi cuerpo ni mi piel, estaban destrozando mi alma, drenando mis fuerzas tanto físicas como mágicas, y además me infligían un dolor idéntico al que habría sido de estar yo sin armadura y recibirlos con garras corpóreas. Si yo estaba soltando aullidos de dolor constantemente y estaba arrodillado, con las manos crispadas a mis costados, no quería imaginar cómo estarían seres menos resistentes a ese tipo de ataques.

En ese momento empecé a pensar muchas cosas. ¿Hice bien guiando hacia la muerte a Naerys y Eressea? ¿Hice bien cavándome mi propia tumba al obedecer a Elhías? Y sobre todo, ¿por qué demonios me mandaba a semejante misión aún a sabiendas de que esto iba a suceder? ¿Yo solo era un juguete y se estaba divirtiendo conmigo? ¿Le había contrariado y quería vengarse de mí? ¿O era algo peor y sus enemigos divinos le habían inutilizado? Por desgracia, yo no era sacerdote, así que no podía saber qué había pasado.

Al cabo de unos minutos, yo ya había dejado de quejarme por el dolor. Estaba demasiado agotado, demasiado débil como para hacerlo. Sencillamente jadeaba, arrodillado y aguardando pacientemente mi muerte. Aunque parecía que aquello no estaba dentro de los planes de Elhías, porque repentinamente sucedió algo que me salvó la vida.

El espectro estaba ya alzando la zarpa para lanzar contra mí el golpe mortal, y yo le miraba con una mezcla de odio y aceptación, cuando de repente el paladín gritó detrás de mí, despertándose y proyectando un rayo de luz tan intenso como el de antes. A pesar de mi debilidad, mis sentidos me advertían de que las presencias malignas fallecían a un ritmo vertiginoso, empezando por el espectro que había delante de mí, convirtiéndose en simple materia ectoplasmática flotante. De mientras, unas criaturitas salieron de debajo de unos escombros, estallando en cadena. En ese momento tuve que cerrar los ojos y taparlos con ambas manos, pues el destello de luz fue cegador.

Para cuando abrí los ojos, ya solo una poderosa presencia permanecía en aquél lugar, y resultó ser el paladín, el cual ahora reflejaba una imagen totalmente distinta. Se parecía a mí, pues sus ojos, antaño azules, ahora tenían color de sangre al igual que los míos, y su armadura era de color negro como la noche, diferenciándose de la mía porque los rebordes de mi armadura eran del color carmesí con algunos ribetes dorados, mientras que la suya era totalmente negra.

Aún estaba aturdido, así que fuera a atacarme o no, no me importaba. Y aunque me atacara, estaba demasiado débil para resistir. Decidí que sencillamente, cogería mi espada, la envainaría, y tras eso me colgaría el escudo a la espalda. Así lo hice, mientras observaba que el paladín (oscuro en ese caso) apartaba unos cuantos escombros, revelando el cuerpo de Jack, más muerto que vivo. Cerré los ojos y permanecí en silencio por él, pues aunque no estaba muerto, había perdido todo fluido de su cuerpo. No saldría de esa. Era un momento triste. Solo esperaba que Eressea y Naerys estuvieran sanas y salvas, pues en aquél momento estaba demasiado débil hasta para gritar sus nombres. Mientras me sentaba de piernas cruzadas, tratando de recuperar el aliento, vi que Axelier alzaba su arma y la hundía en el pecho de Jack, ahorrándole su dolor misericordiosamente mientras pronunciaba unas palabras que no pude entender, pues me sonaban lejanas y distorsionadas. Seguramente por el grito del espectro.

En ese momento el paladín me miró, y yo apoyé las manos en el suelo, mientras seguía de piernas cruzadas. Mis jadeos de cansancio y los restos del dolor aún permanecían, aunque afortunadamente el pitido había desaparecido y ahora escuchaba una especie de sonido en mis orejas, como si fuera el del mar, que decrecía paulatinamente. Esperaba recuperar mi audición pronto.

Me saqué el casco lentamente, y tras dejarlo a mi lado en el suelo, dejé que mi mirada de color sangre se cruzara con los ojos también carmesíes del hombre. Al estar cansado hasta para gritar, le dije, esperando que me escuchara, cosa que yo apenas lograba hacer conmigo mismo en aquél momento:

-Paladín... No sé qué demonios te ha pasado mientras estabas inconsciente... No sé qué demonios has hecho... Pero maldición, podrías haber vuelto un poco antes... Y por cierto... Sea lo que sea lo que ha pasado, tienes mejor aspecto...-

Sonreí de medio lado y rompí a reír de forma cansada, no a carcajadas pues no podía, pero sí lo suficiente para dejar claro que, al menos, al ver que ya todo había pasado y que él era la única presencia maligna que había en la zona, podía dejar aflorar mi sentido del humor. Cuando dejé de reír, volví a mirarle y, hablándole de nuevo con tono cansado y jadeante, le dije:

-Si me has de decir algo, grita un poco... Y te agradecería si pudieras hacerme un favor... Estoy demasiado cansado como para llamar a Naerys y Eressea... ¿Puedes llamarlas tú por mí...?-
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Naerys el Jue Sep 06, 2012 6:51 pm

Me había librado de otros dos enemigos, cosa que me alegró aunque, exteriormente, mi rostro permanecía solemne, a la espera de un nuevo ataque y de su consecuente contraataque por mi parte. Mis dos enemigos se situaban enfrente de mí. Uniendo los puntos en los que nos encontrábamos podría decirse que trazábamos una forma de “V”, quedando yo en el pico de abajo y vigilándoles alternadamente a ambos. Me había podido hacer cargo de dos de ellos, por lo que mi confianza era lo suficientemente alta como para creer que dos más iban a fenecer sin probar bocado de mi carne.

Medio sonreí observando a los seres. En ese momento estaba tan sumamente convencida de que iba a derribarlos que me permití hacer ese leve gesto. Adelanté un pie, dispuesta a mover el otro para precipitarme hacia ellos. Sin embargo, en aquel preciso momento, caí al suelo, perpleja. ¡¿Q-Qué ha pasado…?! Había notado como que tropezaba con algo, como si se me hubiese enganchado un hierbajo o una mano me hubiese agarrado del tobillo. Mi espada se me escapó de la mano y cayó un metro alejada de mí. La daga, en cambio, la pude mantener en la mano. Por suerte, no me hice un tajo porque los brazales me protegieron las muñecas.

Entonces, sin dejarme tiempo ni a pensar, lo que había notado antes agarrarme del pie empezó a tirarme hacia abajo, haciendo que mi pie empezara a meterse en el suelo fangoso. Traté de luchar, dando gritos y lanzando injurias por culpa de verme en esa situación. Solté la daga y agarré el suelo, metiendo los dedos como si se tratasen de garras, para poder liberarme, pero la fuerza con la que me estaban tirando hacia abajo era demasiado grande.

Los necrófagos, en cambio, estaban allí de pie, observándome, acercándose peligrosamente hacia mí. Y yo estaba desarmada. En ese momento me vi tan sumamente perdida e impotente que, de pronto, las fuerzas de los brazos empezaron a fallarme. En parte porque me sentía incapaz de liberarme y en parte porque no entendía cómo había llegado a ese punto. Ese maldito punto. El barro ya alcanzaba poco más arriba de mi cintura. No obstante, mis brazos estaban y mis manos, que todavía se movían levemente por la superficie del suelo, tratando de hacer un último esfuerzo por liberarme. Volví a notar ese sabor amargo al que sabe la muerte, instantes antes de suceda. Pensé en mis compañeros, en el paladín, pero, sobre todo, pensé en Khaelos… Apreté los puños, apretando un poco de barro con mis manos, y también apreté los dientes y se me cayó una lágrima a causa de la insuficiencia de mis fuerzas para poder salir de ahí, pues cada vez me iba hundiendo más. Noté como que tenía las piernas atadas con unas cuerdas. No… No eran cuerdas… Eran como… ¿Tentáculos? Ya no me extrañaba nada. De todos modos, ¿qué más daba? Ahora mismo mi apariencia se asemejaba más a la de una tapa de embutidos que no a la de una guerrera o una persona, al menos. No saldré de ésta… Esta vez se ha acabado tu suerte, Naerys. Estás muerta…

No quería creer lo que mi consciencia me decía, pero no podía más que pensar que no hacía falta luchar más. Todo aquello estaba siendo demasiado agotador para mí: las presencias oscuras que yo no sentía y otros sí, que estuviese a punto de librarme de mis enemigos y que, de pronto, estuviera hundiéndome en el suelo, siendo tragada como quien engulle un plato de sopa tras días sin comer… No había nada más por hacer…

Entonces, se oyó un grito. Por lo que pude percibir, provenía de la taberna. Me desperté de mis pensamientos funestos y noté que el corazón me había dado un vuelco y pensé en Khaelos inmediatamente. Sentí miedo, miedo de que le pasase algo, miedo de que estuviese herido o moribundo... Antes de que pudiese seguir pensando en que eso fuese o no posible, un rayo de luz emanó de la misma taberna, acompañando al grito. Esa luz era tan blanca y fuerte, que hizo que la noche pareciese de día y que mis ojos notasen como mil agujas clavadas en ellos y que me atravesaban hasta el cráneo. Grité y me llevé las manos a los ojos, tratando de darles un poco de oscuridad para que aquello acabase.

Cuando cesó la luz, la fuerza que tiraba de mí se esfumó, dejándome libre. Perpleja, comencé a hacer fuerza con mis brazos para liberar mis piernas, abriendo levemente los ojos por si conseguía ver algo, cosa que no fue así. No obstante, entre ese gran círculo blanco que estaba en mi campo de visión, pude ser que los necrófagos se habían convertido en cenizas, literalmente. Cerré los ojos con fuerza una vez más, y seguí haciendo fuerza para salir del fango. Una vez me liberé, fui dando palos de ciego para encontrar mis armas. Después de ir palpando el suelo, las agarré y me las coloqué en sus perspectivas empuñaduras.

Pasados unos minutos, conseguí poder volver a ver, aunque aún se me resentía la vista. En la oscuridad percibí lo que, hacía un rato largo, había sido una taberna y, andando a paso tan rápido como mis entumecidas piernas me permitían, me dirigí hacia allí, para ver qué diantres había sido aquel bramido. Esperaba que todos se encontrasen bien. Al menos, mejor que yo.




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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Mar Sep 18, 2012 5:21 am

El paladín, ahora un caballero caído, había despertado un lado de sí mismo que desconocía por completo. Tras la impecable energía que había emanado durante varios minutos, donde se mantuvo inconsciente al grado de casi perderse a sí mismo, el subconsciente de Axelier había logrado despertar gracias a una ayuda inesperada.

Axelier miraba el entorno que le rodeaba como si no reconociera el lugar. Vislumbraba el cielo nocturno a través del extinto techo de madera de la posada donde se había hospedado. Las paredes destruidas junto con todos los muebles del lugar todo reducido a meras astillas. La sangre y las entrañas de los pequeños demonios que habían consumido en vida al pistolero yacían esparcidas por doquier en un escenario digno de una sangrienta masacre de alguna tribu orca. Las presencias mágicas que le rodeaban emanaban energía espiritual combinada con energías malignas que lograron hacer que el paladín profano esbozara una confiada sonrisa de seguridad. Se le notaba satisfecho, pero sus razones eran desconocidas.

Avanzando un par de pasos en dirección a Khaelos Kohlheim, el cual permanecía sentado mientras trataba de mantener la estabilidad con sus propias manos, Axelier Dragonos respondió a la petición del nigromante desviando simplemente la mirada hacia un costado de la habitación. Las presencias de las dos acompañantes del nigromante eran claramente sentidas por el paladín mientras estas se acercaban al lugar de los hechos.

Demacradas, y claramente heridas y agotadas por sus respectivos contratiempos, ambas mujeres miraron con sorpresa y cierta incertidumbre la escena que ahora representaba a un exhausto conde apoyado al suelo y a un paladín de armadura ennegrecida de pie frente a él. Por un momento, ambas pensaron en la posible derrota de su hermano y amante en manos de este paladín corrompido, pero estaban tan agotadas que no pudieron si no simplemente exclamar el nombre de su acompañante a sabiendas de la impotencia de poderle ayudar en combate si Axelier tenía las intenciones de acabar con la vida del conde nigromante.

No se alarmen mujeres... - dijo el paladín mientras volvía su mirada intensa y agresiva hacia ellas - no he sido yo el que ha mancillado a su amado compañero - cerrando los ojos, el paladín volvió su cabeza de vuelta al frente mientras mantenía una postura recta y estable - ... sin embargo, mi espada si fue la causante de cegar la vida de su otro camarada.

Para sorpresa de las agotadas mujeres, a un par de metros tras el paladín yacía el cadáver disecado de Jack Cross. La escena era horrible pues de él no quedaba ni el recuerdo de su orgullosa postura y su antigua carisma que tanto le caracterizaba. No. Los restos que yacían en el suelo de aquella taberna olvidada no correspondían a un cruzado orgulloso como lo era Jack, más bien parecía un cadáver antiguo recién exhumado de su tumba. Era irreconocible, pero no dudaron un minuto en su autenticidad. Su camarada había fallecido y este paladín se adjudicaba su muerte como si no se tratara de nada en especial.

La muerte... no es más que un nuevo comienzo... - continuó el paladín tratando de apaciguar la amargura de las mujeres con sus frías palabras - Renovar la esencia es mejor que tratar de encadenarla a una existencia sin sentido... ¿o me equivoco? - Ahora sus ojos carmesíes se cruzaban nuevamente con los del nigromante, el cual había presenciado lo ocurrido y estaba hasta cierto punto de acuerdo con la visión del paladín profano.

Fue entonces que el paladín pasó a un lado del conde Kohlheim para pararse al borde de la duela de madera de la habitación, o lo que quedaba de ella, mientras con su mirada buscaba en el horizonte una presencia que le había inquietado incluso desde antes de despertar a la verdad que aún no comprendía del todo. No tuvo que buscar demasiado. En dirección al gran monasterio de aquella orden extinta, una nueva aura resplandecía. Potente e implacable, irradiando con la misma energía que había envuelto en las sombras al propio paladín hacía unos minutos.

Esta presencia no pudo si no alertar los sentidos del nigromante, el cual a duras penas había escapado a su encuentro contra un espectro mientras que las mujeres no pudieron si no temblar del miedo que aquella vieja construcción les transmitía. La sensación a vacío y muerte invadía a los presentes, afectando a unos más que a otros, siendo Eressea la que no lograría contener la paralización de todos sus sentidos ante tal presencia. Estaba aterrada con la mera idea de explorar aquel lugar que con mucha decisión había aceptado al inicio de su viaje. Por más que deseó no exponer su sentir, su temor no pasaría desapercibido por su hermano.

Aquel lugar está plagado de muerte y perversiones más allá de su comprensión - afirmó el paladín consciente del peligro que simbolizaba el monasterio - Pero lo peor no es el edificio, si no aquellos que habitan en él. Demonios y engendros provenientes del vacío y los nueve infiernos convocados en ese lugar gracias a la voluntad de un ser superior. Un ser que utilizará nuestros miedos y nuestra propia debilidad para destruirnos de formas que no podría describirles.

En un parpadeo, y emitiendo un resplandor blanquecino espontáneo, la armadura de Axelier había vuelto a la normalidad junto con su propio aspecto y sus ojos azules. Había vuelto a ser el paladín seguidor de la luz que habían conocido al inicio de la noche, el paladín que emitía un aura de voluntad implacable.

No se muevan - Estirando ambos brazos, el paladín lanzó una serie de rayos de luz tenues hacia cada uno de los presentes, restaurando todas sus fuerzas y cerrando algunas de sus heridas en cuestión de segundos. Se sentían descansados y aliviados del dolor nuevamente - Díganme... ¿Que harán ahora que uno de ustedes ha caído y que están conscientes de los peligros que nos depara aquel lugar de perdición?


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Lun Sep 24, 2012 5:09 pm

Seguí sentado en el suelo, jadeando mientras poco a poco notaba como la fuerza volvía a mí. No era gran cosa, pero por lo menos ya había logrado evitar la inconsciencia y el desmayo, lo cual era una suerte. Mis oídos, por su parte, volvían también a la normalidad. Aún escuchaba un molesto zumbido, pero por lo menos podía finalmente escuchar los sonidos del pantano y los pasos del paladín. Aquello ya estaba mejor.

Desde el lugar donde me hallaba sentado, seguía con la mirada fija en el caballero, el cual parecía confundido, como si no supiera dónde estaba, aunque su capacidad de adaptación demostró equipararse a la mía. Estaba en un lugar que no conocía, pero no se dejaba llevar por el miedo ni por ninguna otra emoción. Solamente observaba y reconocía el lugar para asimilarlo. Por lo demás, era fácil percibir la energía maligna que emanaba. Semejante y a la vez distinta a la mía. Mi aura era maligna y emanaba la inconfundible marca de la muerte. La suya era solamente maligna, pero al estar yo considerablemente debilitado, era su esencia la cual se imponía en el ambiente. Sin embargo, lejos de sentirme intranquilo o alarmado, me sentía tranquilo. Notaba la maldad abrazarme y proporcionarme paz. Lo único que me intrigaba era su sonrisa. ¿Por qué sonreía de aquella manera? ¿Por el poder recién adquirido? ¿Por su cambio? ¿Por algo que yo no podía saber?

Finalmente el hombre avanzó hacia mí, y con una mirada respondió a mi pregunta, girándome todo lo rápido que pude hacia donde él indicaba. Allí las vi, Naerys y Eressea. Me había quitado el casco, así que mi sonrisa de alivio fue más que notoria. Estaban heridas y agotadas, pero tenían fuerzas suficientes para andar, y no se tambaleaban como si les hubieran infligido un golpe mortal. Al menos sus rostros, a pesar de ser reflejos del dolor y el cansancio como lo era el mío, no reflejaban la paz o el miedo que la muerte inflige en los mortales. Por último, el hecho de ser nigromante me permitía saber en qué estado estaban de forma básica. No iban a morir. Aquello era suficiente. Las heridas pueden sanar, las fuerzas se pueden recuperar, pero amargamente aprendí junto con mi hija que devolver a la vida a los muertos solo puede hacerse de una manera si se quieren evitar riesgos. Obtener el conocimiento que tan pocos nigromantes poseían nos costó caro.

Cuando Naerys y Eressea sacando fuerzas de debilidad me llamaron, fue el paladín quien primero respondió. Una vez acabó de hablar, fui yo quien intervino. Tenía suficiente fuerza en aquél momento para alzar una mano en señal de paz, pues igual que la mirada del paladín era agresiva, mi amada y mi hermana no iban a quedarse mirando si alguien me hería. Empecé a hablar, con voz cansada y tranquila:

-El paladín tiene razón. El que me ha dejado en este estado ha sido un espectro aullante. También es cierto que ha matado a Jack, aunque sinceramente, ha sido más por caridad que por otra cosa. Si veis como ha quedado su cuerpo después de que le atacaran los demonios... Bueno, entenderéis por qué digo que matarlo ha sido caridad... Ya nada podía hacerse por él.-

Al cabo de unos instantes, el siervo de la oscuridad continuó hablando, y si bien sus palabras eran frías, lo que defendía se correspondía considerablemente con los que eran mis ideales. Sí, la muerte es un comienzo, no un final. No existiría la vida sin la muerte. La muerte significa la renovación de la vida, el cambio, el avance. Uno solo debe aferrarse a ella si sabe que aún no le ha llegado la hora. Sin embargo, resultan miserables aquellos que aún convertidos en despojos inservibles se aferran a la vida solo por un minuto más. Le respondí, asintiendo mientras él pasaba por mi lado:

-Estoy de acuerdo contigo. La muerte nunca es el fin, si no el cambio de ciclo. Definitivamente, la transformación te ha sentado bien, paladín...-

Le sonreí de medio lado, aunque rápidamente cambié de lugar mi mirada y mis pensamientos, mirando hacia el mismo lugar que él miró. Hacia el monasterio, un aura resplandecía. Era algo extraño y alarmante, y lentamente me puse de pie, tambaleándome unos instantes antes de lograr la posición vertical. Aún estaba jadeante y cansado. La pesadez se había apoderado de mis músculos y mis párpados, y de no ser por mi duro entrenamiento aún seguiría rendido en el suelo. Fue entonces que mi mirada cambió hacia Eressea. Estaba aterrada. Conocía bien esa mirada, y sabía que rara vez mi hermana tenía miedo. Naerys también tenía miedo, pero a diferencia de mi hermana, mi amada parecía resistirlo mejor. No me extrañaba. Eressea posee un buen conocimiento sobre las energías arcanas, espíritus y demonios. Naerys no. La ignorancia sobre aquél tema era precisamente lo que evitaba que se asustara de una manera tan brutal como mi hermana. Afortunada era. El conocimiento trae poder a cambio de una dosis de miedo.

Una vez estuve de pie, el hombre empezó a hablar de nuevo. Él sabía más sobre el monasterio que yo, pero lejos de enfadarme o indignarme, aquello me tranquilizaba. Si sabiendo peligros que yo desconocía tenía el valor aún de querer ir hacia allí para combatir, significaba que había una mínima esperanza. Además, estaba mi fe. Elhías me había encomendado una misión, y por mi sangre juré que la cumpliría o moriría en el intento. Ambos estábamos allí por honor y deber. Por unos instantes, deseé que ni Naerys ni Eressea hubieran venido. No dudaba de sus habilidades. Lo que pasaba era que esa misión se me había encomendado a mí. Perderlas a ellas en aquél lugar sería enteramente culpa mía, pero lo peor era que no podía exhortarlas a sencillamente huir de aquél lugar. Al igual que yo había jurado protegerlas a ellas y a todo el reino de Zhakhesh, ellas habían jurado proteger mi vida con la suya si fuera preciso. Sinceramente, esperaba que ese sacrificio jamás tuviera que llegar.

Mi mente finalmente dejó de divagar e irse por las ramas para volver al presente. Las advertencias del paladín, si bien eran obvias, no estaba de más hacer el recordatorio. Demonios y engendros de la otra dimensión, seguramente guiados por un archidemonio. Si, ciertamente aquello de usar nuestros miedos y debilidades para destruirnos era típico de los diablos. Ciñendo mi mano alrededor de la empuñadura de mi espada, en mi rostro volvió a reflejarse la furia que sentía hacia esos seres y respondí, demostrando que aunque aún fueran pocas, mis fuerzas volvían lentamente:

-Que lo intenten... No es la primera vez que lidio con demonios, y me sorprendería que fuera la última... Debemos mantenernos firmes y unidos. Hay que evitar a toda costa que nos venza el miedo y la desesperación. Deberemos tener presente que por difícil que sea una tarea, jamás será imposible. Si perdemos la esperanza, estaremos condenados.-

Repentinamente, vi que el paladín cambió a su anterior forma. Su armadura dejó de ser negra y sus ojos volvieron a ser azules como el mar. ¿Dos facetas? Aquello sí que era extraño de presenciar. En silencio, un pensamiento asomó por mi mente. ¿Podría tratarse de la Dualidad? ¿Sería ese hombre en quien se manifestara? Luminaris y Elhías nos habían encomendado al paladín y a mí respectivamente embarcarnos en esta misión, y ahora él demostraba poseer dos caras, una como siervo de la luz y otra como siervo de la oscuridad. Debía observarle de cerca. Si de veras se trataba de la Dualidad...

Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando un ardor se apoderó de la palma de mi mano derecha, haciéndome sisear. Rápidamente desabroché mi guantelete, y mi sorpresa fue grande cuando vi que justo en el centro de mi palma se había formado una cicatriz con forma de cráneo rojo. Cuando acabó de formarse, el ardor fue desapareciendo ligeramente. Me notaba extraño, pero aún no sabía por qué. No pude cavilar mucho más.

Mientras me colocaba de nuevo el guantelete, el hombre ordenó que nos quedáramos quietos, y seguidamente varios rayos de luz surgieron de sus manos, impactando sobre nosotros y sanando nuestras heridas, nuestro cansancio, nuestras fuerzas. Mi rostro recuperó la vida, mis ojos volvieron a llamear con furia y mi sonrisa se ensanchó. Tras ponerme el casco, cogí mis cosas, empuñando de nuevo la espada en la diestra y el escudo en la siniestra. Con voz firme y seguro de mí mismo, le respondí:

-Tu dios te ha encomendado una misión, al igual que a mí me la ha encomendado el mío. Seguiré adelante hasta mi último aliento para cumplir esa misión. Además... Tengo afrentas que vengar con los demonios. Naerys, Eressea. ¿Vosotras estáis seguras de seguir adelante? Esta misión se me ha asignado a mí, y vosotras me habéis seguido por voluntad propia. No puedo daros órdenes en esto. Solo puedo preguntaros si de veras queréis continuar en este lugar o si preferís marcharos y aguardar mi regreso. Si os marcháis, lo entenderé y no os juzgaré por ello. De hecho no negaré que en parte me sentiría más tranquilo. Si os quedáis, no os aseguro que pueda protegeros de todo lo que podamos encontrar.-

Eressea fue la primera en romper el silencio. Veía la duda en sus ojos, y veía que, aunque deseaba quedarse, todo aquello era demasiado para ella. A diferencia de Naerys, ella podía percibir claramente qué era lo que desprendía toda aquella sensación, y precisamente aquello hacía que su miedo fuera mayor. Eressea no podía soportarlo. A Naerys le bastaría con ver que esos bastardos pueden sangrar y desvanecerse para que el miedo se le disipara. Mi hermana, sin embargo, rápidamente compartió conmigo sus pensamientos. Quería volver. Yo le respondí, asintiendo y dándole un abrazo sin usar las manos:

-No te preocupes hermana, lo entiendo. Aprovecha que el paladín ha restaurado nuestras fuerzas para volver a Zhakhesh. Si no vuelvo... Tu quedas al mando de los Cuchillas, y Shasta asciende a segunda oficial. Por lo demás, si te topas con Cruzados Negros, mándalos aquí. Los guerreros sagrados de Elhías pueden suponernos un buen apoyo, si es que la suerte logra ponerte a uno delante. Suerte, hermana. Te quiero.-

Ella me sonrió débilmente. Tras coger su yelmo y afianzar bien sus espadas, se marchó a la carrera siguiendo el camino por el que habíamos llegado al pueblo, en dirección a Zhakhesh, que se encontraba en dirección contraria al monasterio. Una vez desapareció, mi mirada se fijó en Naerys. Una pregunta silenciosa se formuló en mis ojos. ¿Irás o te quedarás?
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Naerys el Lun Sep 24, 2012 11:20 pm

Por fin estaba llegando a la puerta de la taberna tras una estúpida carrerilla. Estúpida porque mi pasos eran torpes aunque, en realidad, andaba demasiado bien. Por suerte no me había roto nada. Me encontré con mi cuñada Eressea que se encontraba en un estado más lamentable que el mío y fui a tocarle los hombros pero, cuando oí su quejido al notar a penas el roce de mi mano, no la toqué más. Supuse que la habían herido en la zona. Entramos juntas a lo que a penas el día anterior era una taberna y vimos a Khaelos sentado en el suelo con el rostro demacrado y un estado deplorable. Aún así, tuvo fuerzas para sonreír tal cual nos veía aparecer. Yo también sonreí al verle con una ternura que sólo él podía percibir.

No obstante, en cuanto levanté la mirada y vi a el que fuera Axelier, el paladín de la luz, ahora convertido en otro seguidor de Elhías: su armadura ahora era negra y sus cabellos y ojos habían tomado el mismo aspecto que los de Khaelos. Estaba de pie junto a él, lo que me hizo pensar mal irremediablemente. Quise tener las fuerzas suficientes como para gritar el nombre del conde y como para preguntarle al paladín quién había sido o si, acaso, había sido él mismo. De todos modos, se preocupó en explicarnos qué había pasado allí exactamente. Afirmaba que no había sido él el causante de sus heridas, aunque no me lo terminé de creer del todo hasta que el propio Khaelos después lo confirmó. Luego habló sobre que, en cambio, sí había sido él el que había matado a nuestro otro compañero. Sacudí la cabeza con incredulidad y me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo como si se tratase de un latigazo.

- ¿Que Jack ha muerto…? –a penas se me pudo escapar un hilillo de voz de entre mis labios, pero mis ojos rápidamente se desviaron hacia un par de metros a espaldas de Axelier. Había un montón de ropa y restos de cuerpo disecado en el suelo. Si hubiese tenido la suficiente bilis en el estómago, seguramente se me habría sacudido en mi órgano gástrico. La escena era completamente horrible, por lo que decidí no seguir mirándola -. Eso es imposible…

Miré a Khaelos, que, una vez más, volvía a corroborar las palabras del paladín. Yo seguía sin asimilar que aquello del suelo alguna vez fuese Jack. El hombre del sombrero, ese hombre. ¿Qué iba a ser de Erenimir ahora? Estaba claro que era mejor la muerte que una existencia así, Axelier tenía razón y asentí ante sus palabras… Pero no me pareció del todo justo. Me quedé mirando el cadáver por última vez y le ofrecí una pequeña reverencia por todo el tiempo que pasamos juntos, codo con codo. No le iba a olvidar tan fácilmente…

Cuando dejé de mirar el cuerpo, vi que el paladín se acercaba a un punto de la habitación y se había puesto a mirar hacia un punto concreto. Había un edificio con una aura resplandeciente. Observé más detenidamente y pude distinguir que aquella construcción no era más que el monasterio por el que habíamos pasado el día anterior. La sensación que me desprendía era completamente aterradora. Me recordó a aquel sueño que había tenido antes. La piel se me erizaba y el corazón se me aceleraba. Era el miedo. Me acaricié ambos brazos con las manos. Los dos hombres se pusieron a conversar y yo me limité a escucharles. A diferencia de mí, Eressea estaba desesperada y angustiada. Parecía que quería volver a casa inmediatamente.

De pronto, Axelier volvió a la normalidad tras deleitarnos con una radiación blanquecina proveniente de la misma luz del que él era seguidor. Entonces, noté que en mi hombro izquierdo empezaba a aparecer un escozor bastante importante. Me desabroché parte de la armadura y, abriéndome la camisa hasta liberar el hombro, observé cómo una cicatriz en forma de cráneo de dibujó con el color el fuego, como si fuese ganado al que habían marcado. Luego, estiró los brazos y nos curó las heridas y el dolor. Me volví a sentir como nueva. Había desaparecido el entumecimiento y volvía a tener energía a raudales.

El paladín nos hizo una última pregunta, queriendo saber si íbamos a seguir adelante con nuestro cometido aun habiendo visto a uno de nosotros perecer en el intento. Le miré fijamente durante un instante hasta que Khaelos empezó a hablar. Éste no estaba seguro de que nuestro lugar, tanto el de Eressea como el mío, fuese allí, junto a él. Me pareció que aquella pregunta estaba fuera de lugar y estuve a punto de hablar en nombre de las dos. Conocía a Eressea y sabía que era cabezota, tanto como yo o incluso más. Cuál fue mi sorpresa al oír que no, que ella no iba a seguir entre nosotros. Por un momento quise ponerme frente a ella y preguntarle cómo era eso, cómo era que iba a marcharse, así, de ese modo, pero Khaelos se adelantó y le dio un abrazo. En verdad, ese pensamiento que tuve no lo habría llegado a cabo, más que nada porque yo no era quién como para impedir a una persona cumplir sus deseos. Agarró firmemente su yelmo y sus espadas y se dirigió hacia el camino que habíamos emprendido los tres juntos. Le dediqué una medio sonrisa, dándole fuerzas en su viaje de regreso.

Me di la vuelta al notar los ojos de Khaelos fijados en mí. Por lo que leí en sus ojos del color de los rubíes, supe que tenía una guerra interna sobre mi decisión. Me acerqué a él bastante, pero no tanto como si fuese a rozar mis labios con los suyos, simplemente era una distancia a la que pudiera sentir un poco de mi calor. Le miré seriamente y clavé mis pupilas en las suyas, haciéndole un simple gesto de cabeza. Asentí y le respondí:

- Yo sí me quedo, Khaelos.




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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Mar Sep 25, 2012 12:12 am

La decisión del grupo había sido tomada. A pesar de la caída lastimera de Jack, el cazador de demonios finado por ellos mismos, tan solo había sido Eressea la que habría de dar la espalda al peligro que tenían enfrente Axelier, Khaelos y Naerys. Quizá ella era la que más sentido común tenía de los tres, era una lástima que tuviese que partir pensaba el paladín de Luminaris.

La noche, oscura iluminada tan solo por la luz de las lunas en el firmamento, comenzaba a cambiar de tonalidad una vez Eressea había abandonado Zachnest para encaminar su viaje de vuelta. Un color rojo, tan intenso como el rojo de la sangre humana, había coloreado el cielo nocturno de forma repentina trayendo consigo un silencio absoluto. Ningún sonido se escuchó por cuestión de segundos. Incluso las voces de los presentes habían sido enmudecidas. No era una buena señal.

Impulsados por la incertidumbre, ambos guerreros optaron por coger sus escudos cubriéndose de cualquier cosa que pudiese afligirles mientras Naerys simplemente se mantuvo a la espalda de su amante, esperando lo mejor de aquella situación. Fue entonces cuando el sonido comenzó a volver en sí. Un fuerte terremoto sacudió la tierra entera echando al suelo a la mujer casi inmediatamente y desequilibrando a los otros dos. Las aguas del pantano se revolvían y generaban olas de un metro de alto, olas donde no había corriente alguna. Un centenar de arboles cayeron al suelo viendo inútiles sus años de crecer en tierras tan blandas como las del pantano. Las casas y todas las demás construcciones en pie de la pequeña aldea de Zachnest caían al suelo como torres de cartas mientras que sus intrigantes pobladores abandonaban en histeria la zona, gritando y chillando como niñas asustadas por un cuento de terror. Eran al menos veinte los pobladores de aquella aldea y ninguno deseo permanecer ahí ni un minuto más.

El temblor no había pasado cuando, para empeorar sus expectativas de éxito, una nube negra proveniente del monasterio del Alba Roja emergió y cubrió en su totalidad el cielo enrojecido. Sin embargo aquello no era una nube de humo. Aquella enorme sombra que amenazaba con engullir todo de golpe no era si no un sin fin de diablos y demonios alados enloquecidos por su propia mundana existencia.

Los demonios alados se esparcieron por doquier, seguramente hasta las comunidades cercanas para dar inicio a lo que parecía una segunda venida del mal sobre esas tierras desoladas. Pero al contrario de cientos de años atrás, ahora no había nadie ahí que pudiese detener tal vorágine de destrucción sin sentido. Solo estaban ellos tres.

Esperando el embiste de aquellas criaturas, Axelier miró a sus dos acompañantes y les hizo una señal para permanecer junto a él. Sin decir más palabras que un grito de entusiasmo, Axelier emitió un resplandor divino el cual cubriría toda la estancia y llenaría los corazones de sus acompañantes con un valor renovado y la decisión para enfrentar al mal que amenazaba con destruir sus vidas.

Rápido, viertan este líquido en sus armas. Es agua sagrada - Indicó el paladín mientras arrojaba dos viales de agua bendita que pendían en su cintura. Rápidamente Axelier bañaría con esta agua el filo de su espada y la superficie de su escudo, esperando que los demás siguieran su ejemplo.

Spoiler:

Los demonios no tardaron más de un minuto en arribar hasta Zachnest impulsados por su frenética carga y, sin pensar ni un minuto en sus forma de ataque ni en lo que les deparaba, una veintena de estos se adentró en el aura sagrada del paladín viendo como sus fuerzas eran mermadas por su presencia y su resplandor. Justo lo necesario como para que las armas bendecidas hundieran su terrible venganza en estas criaturas del mal.

Una a una, las criaturas caían a los pies de los valientes guerreros. De los demonios solo las cenizas iban quedando mientras el agua bendita cobraba sus vidas en honor de su compañero caído y todos aquellos que habían sido consumidos por este mal ancestral antes que él.

Debemos apresurarnos si queremos impedir que esta destrucción se expanda a tierras más pobladas - Afirmó Axelier mientras daba un salto hacia la marisma, decidido a llegar a donde el monasterio cuanto antes - Es nuestro deber terminar con este mal aquí y ahora.

Sabía que poco podrían hacer solo tres personas en aquella tierra de depravación, pero esperaba que sus fuerzas y su fe fuesen suficientes para enfrentar al mal encerrado al interior del monasterio y, así mismo, deseaba que sus súplicas fuesen escuchadas por Luminaris y que este les mandara cualquier ayuda adicional traducida en fuertes guerreros o bendiciones mas allá de su comprensión.

Lo único que podían hacer era seguir adelante y confiar que los designios de los dioses fuesen más poderosos que las maquinaciones de los demonios del infierno.


Continúa...


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Miér Sep 26, 2012 4:53 am

Mi hermana rápidamente se alejó del lugar, tomando la decisión que más correcta nos parecía a ambos. Sabía que no la juzgaría por aquello, pues al fin y al cabo, ella no estaba atada por juramento divino a aquella misión. Fue lo mejor. Naerys sin embargo sí decidió quedarse, y no sé si aquello me alegró o sus palabras me sonaron como un redoble de difuntos. Quería protegerla por una parte, pero me alegraba tenerla a mi lado. No me daba miedo que me acompañara a la batalla, era una excelente arquera y tenía dotes como guerrera aunque ella no lo creyera, pero... No es lo mismo enfrentarse a un enemigo humano, esté vivo o muerto, que enfrentarse a seres venidos de otra dimensión. Lo peor era saber de qué eran capaces. Lo único que me alegraba es que no estaban en su plano. Estaban en el mío. Aquello nos daba la posibilidad de vencer. Mirándola a los ojos, asentí, reflejando que aún me hallaba dividido:

-Bien pues. En nosotros tres recae la tarea de patearles el culo a los demonios y devolverlos a su plano, de donde jamás deberían haber salido. Solo prométeme que no dejarás que te maten.-

No pude seguir hablando, pues en aquél momento vi que el cielo empezó a volverse de color rojo. Di gracias que Eressea había partido hacía unos minutos y que su paso, ahora que había recuperado las fuerzas, era ligero. Su armadura era tan ligera como la de Naerys. Si fuera como la mía, posiblemente lo que se avecinaba se le habría echado encima.

El color carmesí del cielo me intranquilizó y me hizo ponerme en guardia, expectante a ver qué demonios pasaba. La reacción de los tres fue casi instantánea. Axelier y yo alzamos nuestros escudos mientras Naerys se ponía detrás de mí, preparándose para el ataque. Aquella era nuestra posición de combate típica. Yo delante para resistir los golpes, ella detrás despejándome los flancos con sus flechas. Fue en ese momento que una especie de terremoto sacudió el lugar. Me tambaleé, pero logré mantener el equilibrio gracias a mi peso y a mi posición estable. Rápidamente me giré, ayudando a Naerys a incorporarse en el momento en que pude volver a tenerme en pie sin tener que hacer equilibrios.

Los árboles y las casas a nuestro alrededor empezaron a ceder, mientras las gentes del pueblo salían corriendo, mostrando por fin que al menos el significado del miedo y la histeria sí lo conocían. Pronto fuimos las únicas almas que quedamos en aquél sitio. Aunque no estábamos solos. El cielo empezó a cubrirse de negro, como un sudario que se cernía sobre todo el pantano. Y aquello no era una nube. Era un ejército de demonios alados que una vez más se lanzaban a por los mortales. Y solo nosotros tres nos oponíamos a aquello. Bajo el yelmo, una sonrisa apareció en mis labios. Había estado en demasiadas situaciones desesperadas como para que en aquella ocasión me preocupara. Y si esa noche debía llegar mi final, ¡que llegara! El Heraldo de la Muerte no caerá tan fácilmente, y aún muerto mi brazo seguirá empuñando la espada de la familia para abatir a todos mis enemigos.

En aquél momento, noté como el paladín conjuró un aura. De hecho, la había convocado hacía unos instantes, justo en el momento en que la sonrisa había empezado a aparecer en mis labios. Ciertamente, éramos un grupo poderoso a pesar de ser tres. La puntería de Naerys, y las magias tanto mía como del paladín eran algo a tener en cuenta. No íbamos a caer fácilmente, y si lo hacíamos, tenía claro que nos llevaríamos a decenas de esos bastardos al infierno. En aquél momento, Axelier nos dio viales de agua bendita, y sin perder tiempo hice lo mismo que él, empapando espada y escudo de aquél líquido. Que no compartiera su fe no significaba que no supiera la utilidad de sus medios.

Una vez acabé, aguardé firmemente a que se acercaran los demonios, en la posición estrella de los guerreros zhakheshianos, alzando la espada por encima de mi cabeza y cubriéndome con el escudo hasta debajo de las viseras de mi casco. No había miedo en mi corazón. Solo determinación.

Finalmente los demonios llegaron, lanzándose de forma inconsciente contra nosotros. Eran diablos inferiores, la simple mierda que limpia las botas de los archidemonios y ejerce como carne de cañón para sus ejércitos. Eran un reto porque eran muchos, pero por lo demás... Eran fáciles de matar, y sumado eso a que nada más entrar en contacto con el aura del paladín empezaron a debilitarse hizo que mi sonrisa se ensanchara.

Mi espada constantemente atravesaba la carne de los diablos, matándolos sin piedad. La mezcla de runas y agua bendita demostró ser excesivamente letal para aquellos seres desdichados, y pronto sus restos se apilaban a nuestros pies para rápidamente convertirse en polvo y cenizas que pronto serían esparcidas por doquier gracias al viento.

Cuando acabamos con esa primera oleada, Axelier habló, y yo le respondí mientras saltaba a la marisma justo detrás de él, aguardando unos instantes para darle tiempo a Naerys a que hiciera lo mismo:

-¡Vamos pues! ¡Mi espada está sedienta y clama por la sangre de esos bastardos!-

Me situé al lado de Naerys para que quedáramos dispuestos de una manera efectiva, que en aquella ocasión sería mi amada en medio, y Axelier y yo flanqueándola. Tendríamos los flancos cubiertos, ella no quedaría expuesta, y aún así, si algo se acercaba por delante, sus flechas podrían darle muerte antes de que lo alcanzáramos. Por lo demás, mi mente me repetía constantemente que estaba en una misión suicida, pero aquello estimulaba mis nervios y mi sonrisa. Como les decía a mis Cuchillas, con valor, determinación y esperanza se puede convertir en posible lo imposible.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Naerys el Jue Sep 27, 2012 1:39 am

Cuando accedí a quedarme junto a Khaelos y el paladín no fue por otra cosa que no fuese orgullo y, quizás, imprudencia y impulsividad. No sabía qué me esperaba en aquel lugar, pero una parte de mí lo ansiaba con tal curiosidad que fue la que me hizo permanecer allí.

Mi compañero me miró con una expresión facial a caballo entre la alegría y la pesadumbre. Extrañamente sus palabras fueron demasiado escasas en aquel momento. Me pareció extraño que sólo se limitase a dedicarnos un par de frases. En cuanto a la última… Esa iba dedicada expresamente a mí. Medio sonreí y abrí los labios para decirle “No me matarán, en peores líos me he metido”, pero cuando estuve a punto de hablar vi que éste había desviado la mirada hacia el cielo. Por inercia yo también aparté la mirada.

El cielo estaba tiñéndose del color de los rubíes, como los ojos de mi amante. Me pareció hermoso por ese sentido y también por el hecho de que habíamos estado derramando sangre aquella noche. No obstante, dejé de verle la parte artística y estética a aquel cielo tan peculiar al ver que tanto el nigromante como el paladín no se sentían precisamente tranquilos. De pronto, ambos levantaron sus escudos. Yo, por mi parte, me situé con un movimiento rápido a espaldas de Khaelos. Me puse de cuclillas y, mientras iba vigilando los lados, sacaba mi arco y una flecha del carcaj.

A punto de situar ésta en el arco, una sacudida hizo que perdiera el equilibrio, además de que mi postura no era la más estable de todas las que podía haber adoptado, provocando que me cayese al suelo. Afortunadamente la caída no fue muy grande, aunque me sentí avergonzada por haber cometido tal torpeza en un momento delicado como ese. El zhakheshiano se giró y me ofreció su mano para que me incorporase. Con mi dignidad a la altura del suelo del que me estaba a punto de levantar, agarré su mano y me impulsé para levantarme. Aquel terremoto estaba causando que, las pocas edificaciones que había en la aldehuela de Zachnest, mostrasen su inestabilidad y terminasen precipitándose contra el suelo mientras sus habitantes gritaban atemorizados.

Mientras el seísmo seguía efectuándose, las cosas en la bóveda celeste no se habían pausado ni mucho menos. Ahora el cielo carmesí había adquirido unos toques ennegrecidos provenientes de una nube del monasterio, de aquel maldito monasterio. Agudicé la mirada para observar aún con más claridad aquel suceso y pude identificar mejor que del nubarrón aparecieron numerosos seres diabólicos alados que se esparcían por todo el territorio que consideraron de su alcance.

Axelier, en vista de que aquellas criaturas aún estaban por llegar, nos hizo acercarnos a él para preparar mejor la defensa ante el ataque que nos esperaba en breves. Entonces, el paladín irradió una luz cegadora de un blanco pulcro, tras la cual me sentí con la fuerza y el valor de derrotar a gigantes. Luego nos ofreció un vial a cada uno de nosotros que contenía agua bendita. Vi que empapó el filo de su arma Empecé por vaciar la mitad del contenido dentro del carcaj para que se impregnasen las flechas, sobre todo las puntas. Guardé la flecha que antes había sacado y la volví a poner en su sitio. Acto seguido, saqué ambas armas de filo de sus vainas y procedí a embadurnar los filos con el agua que me había reservado. Me di prisa a efectuar mi cometido, pero aún así me dio tiempo mientras esperábamos al ataque de las criaturas.

Una vez hubieron llegado, se lanzaron a por nosotros como el león que se lanza sobre su presa. No obstante, aquellos seres carecían de la majestuosidad de tal mamífero y, terminada la batalla, descubrí que también la fiereza. Aquella agua bendita había hecho que los enemigos fuesen tan fáciles de matar que apenas tuviese que ejercer algún esfuerzo grave. Al final, el montón de cadáveres que deberían haber quedado se convirtieron en cenizas. Lo más divertido era clavar una daga en uno de ellos y que se desintegrasen allí mismo. Je, era extremadamente curioso. Cuando terminamos, el paladín empezó a andar, informándonos de que aquello debíamos frenarlo inmediatamente. Se adelantó en sus pasos y yo anduve detrás, escoltada por Khaelos, que me había esperado, cuyas palabras me hicieron reír ligeramente. Decidí volver a hablar para dar palabras de ánimo para mis compañeros:

- ¡Pues no perdamos más tiempo!

Estaba claro que no era la situación más favorable a la que nos enfrentábamos, pero también era verdad que debíamos intentarlo al menos. Nunca se sabe cuáles son los límites hasta los que uno puede llegar. De todos modos, yo estaba bastante segura de mis capacidades y pensaba que realmente les sería útil a ambos. No vale la pena que me rinda ahora, he de seguir adelante.




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Re: Las puertas de Ghazrüll

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