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El Ascenso del Diablo [I parte].

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El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Zana el Sáb Ago 18, 2012 11:54 pm


El crepúsculo ya roza su fin cuando todos los voluntarios se reúnen en la plaza de la aldea próxima a la Catedral abandonada de Svanias Fël.

Lo que antes estuvo lleno de vida ahora no es más que un asentamiento fantasma. Se puede escuchar cómo los goznes descolocados de las ventanas rotas chirrían con un desagradable sonido y cómo los cristales sucios protegen a hogareños que hace mucho huyeron de esas tierras yermas y devastadas por el mal que campa a sus anchas. Solo unos pocos continúan allí, en su mayoría ancianos que desean recuperar las vidas que han visto pasar sin moverse de su tierra natal. El sentimiento patriótico que les late bien profundo es capaz de superar hasta el miedo que despierta la ira del infierno, y no temen renunciar a todas sus riquezas si así se aseguran un futuro vacío de amenaza.

Hace mucho que el alcalde les ha recibido y todos han sido entrevistados. La partida es de lo más variopinta, y aunque todos esos viajeros que han tenido el coraje de acudir a la llamada del Teatro de los Horrores creen que estarán seguros tras sus escudos, armas o fe en sí mismos, la realidad es que no tienen ni idea de lo que podrán encontrar y, quien es sensato, sabe que eso es de temer.
Hay dos mujeres y cuatro varones. Razas confluyen entre sí, y casi nadie ofrece una buena apariencia. Eso para los obtusos lugareños asustados no es más que un vestigio de los horrores que han visto pasar, y muchos mantienen la duda titilando en sus ojos. No creen que nadie lo consiga, y huelga decir que tienen razones más que suficientes para creerlo.

Les han asegurado que obtendrán su paga si vuelven de la Catedral y le traen pruebas del exterminio del mal, y pese a que los pocos sacos de comida y dinero que han podido reunir no sirve como recompensa para muchos de los aventureros, la curiosidad les puede y están más que dispuestos a arriesgar el pellejo si con ello obtienen una impresión favorable a lo que han oído contar de la misión.

Muchas preguntas se mantienen en vilo en esa malsana tensión que reina precedida del silencio cuando los seis se encaminan hacia la montaña indómita y salvaje, yerma en toda su extensión bajo el frío reinado de la piedra muerta. La Catedral de Svanias Fël se erige en el horizonte como el baluarte del reino de la Muerte, como si las puertas condujeran a otro mundo donde la maldad campa a sus anchas y solo hay lugar para la destrucción y el odio por todos. Fuertes y enormes solían ser los muros que una vez se usaron para proteger la divina providencia de los dioses que allí se alababan, pero ahora solo queda el remanente de una paz que ya no existe y que desapareció junto con la caída de los Sharene.

Nadie habla, y si lo hacen son conversaciones cortas y superficiales, cuyos temas son incapaces de borrar la incertidumbre en el rostro de los viajeros.

Escuchan en sus corazones una voz suave y enigmática, que les hipnotiza envolviendo su mente en terciopelo negro mientras más se acercan. Les invita a entrar, a sumirse en la oscuridad y a dejar que obtenga el control de su alma. Sin embargo, ninguno sabe que esa voz no es sino el disfraz de un corazón insidioso, de un monstruo que aguarda en las profundidades. Sean hombres o mujeres, enanos u hombres, antropomorfos o cualquier otra raza, todos se sienten atraídos. El poder de la magia siempre ha sido potente, tanto que es capaz de engañar incluso al hombre más curtido en batallas o al mago con más fuerza de voluntad y fe en sus habilidades.

A medida que se acercan a la guarida de esos horrores no se les pasa desapercibido que la vegetación se va extinguiendo. Las plantas que insisten en sobrevivir se van marchitando, y caen en una triste posición de cara al suelo, como si no tuvieran fuerzas para seguir creciendo. La piedra gris se ennegrece, como si algo bajo ella provocara que incluso la naturaleza pierda su color, e incluso el cielo arranca nubes más oscuras y el retumbar de una tormenta no muy lejos de allí les eriza la espalda a los más vulnerables.

Los muros exteriores de la Catedral están medio derrumbados, pero ésta se erige en toda su plenitud. Parece que el edificio no ha sido el más atropellado por los ataques, pero basta una simple mirada hacia el paramento interior del baluarte para darse cuenta de que algo lo ha golpeado con tanta saña que los ladrillos han caído desplomados al suelo, cuarteados por una fuerza que no se puede catalogar. La tierra se mece quieta, pero profundos surcos alteran su regularidad. Parecen pisadas, unas más grandes que otras, pero ninguno de los viajeros puede saber de qué exactamente.

Y luego está la puerta cerrada, de proporciones gigantescas. El grabado que permanece en ella es de una belleza superlativa, pero sin embargo algo oscuro emana de él, una especie de fuerza que les mantiene clavados en el sitio, contemplándola hipnotizados, como si estuviesen viendo algo pero su mente no fuera capaz de registrarlo. Sus intrincado diseño muestra a dos enormes ángeles, entrelazados por una gruesa cadena que cae con fuerza hasta envolver los pomos. Toda la puerta está revestida de metal, y aún sin haberla tocado ni saber sus proporciones, los viajeros son conscientes de que quizá eso no sea más que un aviso, una forma de advertir de que no han de verse abiertas si lo que mora en su interior no les desea una siniestra bienvenida.

El silencio lapidario que envuelve la zona resulta estremecedor, un mal presagio imposible de obviar. Ese oscuro augurio hace latir los corazones desbocados de varios de los viajeros, y es en ese momento de falsa calma cuando el primer rugido infernal se deja caer con una fuerza apabullante sobre ellos, proviniendo de dentro de la Catedral, pareciendo que ésta ya ha denotado su presencia y trata de alejarles mediante la herramienta del miedo.

Es un sonido gutural, alterado por chillidos tan agudos que hacen daño a los oídos. Basta aquello para que la compañía intercambie una mirada alerta y nerviosa, y para que el silencio que hasta ese momento les ha abatido se torne en una determinación tan impulsiva como concentrada de poner fin a aquello que les hace dudar de la confianza que tienen en sí mismos.

Follow the light

Jugueteaba con la daga nerviosa, escuchando a los hogareños hablar. Explicaban que monstruos del infiernos promovían la zozobra en el corazón de los pequeños, que demonios sin nombre mataban a los hombres y que algo desconocido estaba matando la zona contigua a la antigua Catedral.

El alcalde hablaba deprisa, y aunque Zana se preguntaba por qué ese antiguo lugar sacrosanto había sido abandonado, sus interrogantes no se veían resueltos. Parecía ser un tema tabú en la zona, evitado por todos los que allí vivían como si del aguijón de un escorpión se tratara. Si sus acompañantes pensaban lo mismo ella no podía saberlo, pese a que se mostraba abiertamente desconfiada de los cinco restantes, a excepción de su querido enano Talidor y su risueña personalidad.

Eran cuatro, a cada cual más extraño. Una hermosa joven de cabello moreno y profundos ojos azules se mantenía en silencio, y a su lado permanecían los otros tres. Dos hombres y un ser que Zana no podía catalogar y que la asustaba más que los demás, con esas dimensiones y apariencia depredadora. Por más que le miraba no sabía decir de qué lugar podría venir, de la misma manera que el origen de los otros le era un secreto, pero si de uno desconfiaba, del siguiente aún más.

Había ido allí por una razón, y es que, como siempre y sin faltar a sus aspiraciones, el dinero era capaz de remover sus miedos y hacerla enzarzarse en aventuras que siempre tendían a complicarse. Encontrarse con Talidor había sido una agradable sorpresa, tan grata que desde su saludo no se había despegado de él. Su presencia le resultaba como un bálsamo, siendo que así adquiría más confianza en ella misma tal y como ocurrió en las Llanuras de Eódhain, y sin necesidad de mediar palabra habían acordado ambos en un acuerdo tácito cubrirse las espaldas cuando sus pasos los llevaran a la Catedral.

Se había llevado una desilusión a la vista de la paga, frunciendo el ceño ante la precaria condición en la que se encontraban las gentes del pueblo. Aquella aldea había sido devastada, sus gentes asesinadas o impelidas a huir, y ahora no era más que el vestigio de lo que alguna vez fue un buen sitio para vivir. Un pueblo fantasma cargado de oscuridad y de un terror que asustaba a la propia Zana aún sin llevar allí ni un solo día.

Son pobres, pero están dispuestos a renunciar a ello si acabamos con su pesar. ¿Qué será? —murmuró Zana en voz baja al enano, inclinándose un momento antes de volver a cuadrar los hombros y tensar los labios. Sabía que llegado el momento ella también huiría si no había más remedio, pero quería pensar que sería capaz de hacer frente a sus miedos y de que aquello le serviría para mejorar tanto como persona como sus habilidades. Era una especie de reto, y aunque Zana estaba segura de que sería difícil, al menos quería creer que podría ofrecer más que un par de gritos asustados y unas piernas temblantes.

Esos pensamientos se esfumaron, sin embargo, cuando la Catedral se dibujó delante de ellos y sus ojos captaron con todo lujo de detalles las puertas de la iglesia.

Se asustó y contuvo las ganas de dar media vuelta y huir, sabedora de que por una vez en su vida podría espantar algunos de sus numerosos temores, pero no fue capaz de relajar el frenético ritmo de sus pulsaciones y la mala sensación que la recorría de la cabeza a los pies.

Si alguien iba a decir algo se dejó para otro momento, pues el desgarrado rugido que nació desde dentro del oscuro lugar provocó tanto terror en la pequeña que desenvainado la daga la asió con manos temblorosas y miró hacia todo lado que sus ojos captaron, creyendo paranoica que su final había llegado y que moriría sin siquiera pisar un pie en la iglesia.

Instantes más tardes, cuando pudo calmarse un poco y se dio cuenta de su reacción desmedida, Zana masculló una plegaria por lo bajo y buscó con la mirada a sus compañeros, temerosa de ver la misma indecisión en ellos, buscando subconscientemente una razón lo suficientemente buena como para huir aún a riesgo de parecer una cobarde asquerosa que nada quería más que salvar su culo.



INSTRUCCIONES:
# Como véis, la primera ronda es introductoria. Describid qué os ha movido a venir hasta los Montes, si el dinero o más motivaciones, y lo que esperáis encontrar. En realidad es una ronda bastante libre, la acción vendrá más tarde.
# Disfrutad, ¡jojojo!



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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Daanira Lynella el Dom Ago 19, 2012 2:19 am

Los días se hacían cada vez más oscuros conforme avanzaba sobre aquel camino oeste. Habían pasado muchas lunas desde que Daanira había partido de la ciudad de Erinimar tras el descubrimiento de las antiguas ruinas elficas donde yacían los restos de la deidad pagana Nocturnal. Fue un hallazgo significante que trajo consigo una nueva experiencia y una confianza recargada en la joven artista.

Aquella campaña le había enseñado a Daanira lo hermosa que puede llegar a ser su música y los terribles alcances que podría tener en las mentes de los más susceptibles y de aquellos que subestimaran el sonido de la música y el arte de la ilusión.

Daanira pocas veces viajaba sin un destino fijo, y esta ocasión no era la excepción a pesar de lo extraño que pareciera. Esta vez no había un artista a quien perseguir. No habían música ni canciones de razas amantes de las artes. No había una enorme ciudad deseosa de los talentos de una mujer trovadora o una adivinadora capaz. En esta ocasión viajaba hacia una ciudad cuyo nombre había dejado de tener significado para el mundo. Una ciudad devastada por un mal inexpugnable que aún ahora asediaba las almas de los pocos que se resistían a los taimados designios de las sombras donde ahora vivían. Daanira viajaba hacia las sombras respondiendo a un llamado de auxilio que pocos hubiesen tenido la osadía de atender, pero que no podía ser ignorada.

Solo llegar a aquella ciudad, cubierta por la oscura sombra de su antigua catedral conocida como Svanias Fël, Daanira pudo sentir escalofríos y temor. Pero más le llamó la atención lo que no podía sentir, y es que en ese lugar no había alegría ni esperanza. La luz brillaba por su ausencia en los rostros de la gran cantidad de adultos que habían perdido a sus hijos muchos años atrás. La vegetación y la tierra estaban corrompidas e incluso las edificaciones parecían carentes de la calidez de un hogar. Daanira sentía el vacío en ese sitio, un vacío que logró desafiar el corazón de la mujer y que ahora conformaba una triste melodía en su mente. Melodía que sería capaz de tocar en un futuro con la esperanza de que el mundo recordara a los hijos que aquí sufrían su olvido y que aclamaban la misericordia de la paz con sus voces silenciadas por la nada.

Para su sorpresa, no había sido la única en responder al llamado de auxilio de aquella comunidad. Al llegar a la derruida alcaldía, un grupo de aguerridos aventureros ya se habían reunido ahí. Daanira se llegó a sentir un poco intimidada y fuera de lugar en la escena. Más parecía una plebeya en busca de algunas monedas que una valiente guerrera en alguna cruzada en contra de los males del mundo, pero recordando lo peligrosa que había sido su anterior travesía y lo mucho que había aprendido sobre sí misma en aquel lugar lejano Daanira logró encontrar un poco de confianza en sí misma y se dedicó a escuchar lo que el alcalde tenía que decir.

Una recompensa muy pobre y una misión peligrosa que no auguraba nada bueno fue lo uno que ofreció, pero nadie ahí dudo en aceptar tales términos. Quizá por razones personales o por cualquier otro siniestro designio, ella no lo podría saber. Pero lo que si sabía era que no sería en vano la travesía había recorrido hasta ese lugar.

Mirando minuciosamente a los presentes, Daanira sacó su mazo de tarot y rápidamente se dispuso a hacer una lectura de su fortuna sacando al azar tres cartas de él. Pero aquello solo logró sembrar más dudas en su mente. Las cartas de La Torre, La Tenacidad y La Muerte habían sido las elegidas, y ello no auguraba nada más que un camino tortuoso y un peligro constante. Pero no podía compartir esto con sus próximos compañeros, pues si estos albergaban esperanzas no sería ella la que las hiciera flaquear.

Mi nombre es Daanira Lynella, soy una viajera y artista en busca de nuevos conocimiento - se presentó educadamente tratando de ocultar su preocupación pero intentando crear un aire de cordialidad entre tantas personas diferentes en raza y creencias - Os propongo que procuremos dejar a un lado las diferencias, pues las cartas han sido echadas y ahora nuestra fortuna y la de esta gente sin esperanzas depende de lo que nuestras capacidades sean capaces de lograr.

El camino hasta la catedral estaba bien marcado por un sendero de muerte imposible de evitar. La majestuosa construcción denotaba grandeza que aún ahora, tras las inclemencias de fuerzas fuera de toda comprensión, se mantenían intactas aunque corrompidas por el paso de las épocas.

Todos dudaban en cuanto a la mera idea de abrir aquellas enormes puertas metálicas, peor peor fue el estruendo horroroso de aquellos sonidos guturales provenientes del interior de la iglesia. Sonidos chirriantes que amenazaban con toda cordura presente e intentaban infundir de miedo los corazones de los más débiles y los faltos de confianza.

Daanira solo logro ver como la joven mujer de aspecto volátil denotaba un miedo tangible en el rostro. Un miedo comprensible que compartía con ella, pero ahora no era momento de dudas. Era momento de decisiones, fuesen sensatas o no.

Toma esta carta, es una muy especial... - le dijo a la joven pelirroja mientras le ofrecía la carta de La Fortuna - Esa carta siempre trae la buena fortuna a todo el que crea que estará al final del camino, solo ten confianza en que el destino nos aguarda cosas mejores. - Daanira temblaba de miedo, pero era demasiado tarde como para echarse para atrás. Ahora dependía de sus propias fuerzas y las de la gente que había decidido emprender aquella campaña a su lado.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Rothgar de Ithia el Dom Ago 19, 2012 2:53 am

Llevaba tres días de camino hacia aquél pueblo cercano a la catedral de una antigua deidad. Había llegado a mis manos una carta en la que las buenas gentes de aquél paraje rural suplicaban ayuda contra las criaturas del mal. Ofrecían una recompensa, pero mentiría si dijera que me interesaba lo más mínimo cobrar algo. Allí donde el mal aparece, es deber de nosotros, los siervos de Luminaris, acudir y exterminarlo. No era un favor que les hiciera a los aldeanos, era mucho más. Era parte de cumplir el juramento que hice cuando tomé los votos, era parte de mi deber como Templario del Justo Dios Luminaris.

Antes de llegar al pueblo había llegado a una taberna donde me había aprovisionado con queso, carne seca y otros alimentos de larga duración, pues no sabía cuánto tiempo me llevaría aquella gesta. Tal vez unas horas, tal vez días... Si la presencia del mal era excesiva, a lo mejor incluso tardaba semanas en acabar aquella misión, pero aquello carecía de importancia. Es mi deber luchar incansablemente contra la oscuridad allí donde se presente y llenar de fuerzas los corazones de aquellos que creen perdida la batalla. Eso me hizo esbozar una sonrisa. Me sentía bien haciéndolo.

Cuando llegué al pueblo, el alcalde me entrevistó como a todos los demás. Éramos un total de seis personas, aunque no me fijé especialmente en lo que dijeron. Solo recuerdo que el alcalde y algunos de los ancianos que aún no habían huido de esas tierras me dijeron que la paga estaría asegurada si volvíamos de la catedral. Ante aquellas palabras negué efusivamente, y llevándome la mano al pecho, les respondí:

-Guardaros vuestra recompensa, buenas gentes. Soy un Templario de Luminaris, y como tal mi deber es acabar con el mal allí donde se presente. Solo acepto como recompensa unas palabras de agradecimiento, y como mucho, algo de comer para reponer fuerzas tras cumplir con mi deber. No os preocupéis por darme oro, buen señor. No necesito dinero para sentirme recompensado. Es mi deber ayudaros.-

Aquello pareció alegrar y aliviar al alcalde, al comprobar que no deberían dar todo lo que poseían para recompensar a al menos uno de los aventureros. Poco rato después, me hallaba junto al resto del grupo, mientras los hogareños explicaban historias sobre monstruos y demonios en la catedral. Aquello me hizo apretar el puño, y no pude evitar susurrar unas palabras:

-La maldad de esas criaturas debe ser castigada, y juro que como Templario de Luminaris no pararé hasta acabar con todo siervo de la oscuridad que allí habite.-

Escudriñé a los demás aventureros, y aunque en parte me sentí aliviado por ver que tenían aspecto de ser gente competente, pocos me transmitían buenas vibraciones. Primero estaba una muchacha con una daga. Si bien a simple vista parecía humana, sus ojos delataban que la mancha de la magia estaba presente en ella. Sin embargo, bien es sabido que los hörige rara vez suelen ser criaturas realmente malvadas, pues no negaré que mis compañeros de raza suelen maltratarlos al verlos como engendros. Además, aquella criatura mostraba evidentes signos de que la vida no la había tratado bien. Si bien tenía aspecto de ser ágil y portaba solo una daga, confiriéndole el aspecto de una ladrona, se notaba por su contextura que no había elegido su profesión por voluntad propia. Rezaré una oración por ella.

Luego estaba un enano. Era un típico ejemplar de los hijos de la montaña, y aquello me hacía sentirme aliviado. Había tenido el honor de luchar junto a algunos de los miembros de su pueblo, y sin duda eran seres que merecían todo el respeto y la admiración de los seres humanos. A pesar de no compartir nuestra fe, su sentido del honor, su determinación, su valor y su pericia con las armas les convertían en excelentes añadidos para cualquier grupo de guerreros. Su presencia, al menos a mí, me infundía tranquilidad. El escudo de un enano es firme, y sus hachas son certeras.

Sin embargo, luego empezaban los que ya no tan buena impresión me causaban. Primero había un engendro, cuyo aspecto asemejaba al de un gran lagarto. Aquél ser me inspiraba desconfianza. La marca de su raza siempre pesa en la conciencia de un Templario, pues los engendros son el perfecto ejemplo de lo que la avaricia y la sed de poder de los humanos pueden llegar a crear. Seres en su mayoría sedientos de sangre y de matanza, que solo miran por si mismos. Todo lo malo del ser humano concentrado con todo lo malo de la magia. Sin embargo, puede que le estuviera juzgando demasiado rápido, aunque la mirada fría, que contrastaba con el color de sus ojos, no me daba buena espina.

Después, estaba un humano que empleaba armadura pesada y escudo. Si bien se le veía más noble, en él percibía la clara marca de la magia. Era bastante tenue, pero la poseía. Y su armamento no era pobre. Estaba bien adornado. Tenía pinta de ser alguien de una posición importante. Aquello también me causaba desconfianza. Los Luminaris siempre hemos sido conocidos por tener ciertos “problemas” con las autoridades. ¿Acaso es mi culpa de que ellos estén corruptos y no quieran que nadie trate de hacer justicia y defender a los más desfavorecidos? Sin embargo, al igual que con el antropomorfo, con él estaba suponiendo demasiado. A lo mejor era sencillamente un guerrero que, cansado de la vida en la corte, había decidido vivir aventuras. Eran tantas las opciones... Solo esperaba que al final demostrara ser un hombre de honor y bondad. De lo contrario, debería purgarle y hacer que se arrepintiera de sus pecados. Por la palabra o por la espada.

Por último, estaba una bella joven cuya apariencia desentonaba bastante con la de los demás. El enano, el otro humano, el engendro y hasta la pelirroja, a su manera, tenían aspecto de ser gente que se embarcaría en misiones como aquellas. ¿Pero una violinista? Sin embargo, había algo que me hacía desconfiar de ella. La marca de la magia. Mis alarmas estaban disparadas con ella. A pesar de que su apariencia no era la de una sierva de la oscuridad, el mal adopta muchas formas, y ella poseía magia. ¿Sería verdaderamente malvada? Esperaba que no. Si lo fuera, debería purgarla y hacer que se arrepintiera. Ya fuera por las buenas o por las malas. Aquello me hizo suspirar. Odio tener pensamientos tan lúgubres, pero es parte del deber de un Templario. Identificar el mal allí donde resida. En ese momento, la mujer empezó a hablar, presentándose. Su mención sobre las cartas hizo que no supiera qué pensar sobre ella. Nunca he confiado en esos medios, considerados ocultistas, entre otras cosas porque casi siempre son empleados para engañar a las buenas gentes y así quitarles el dinero. Le respondí, con una leve reverencia de cabeza:

-Mi nombre es Rothgar, Rothgar de Ithia. Pertenezco a la Orden de Nuestro Señor Luminaris, y mi búsqueda no es otra que la de mis Hermanos Templarios. Erradicar todo vestigio de oscuridad que puebla este mundo y proteger a aquellos que no pueden defenderse por sí mismos. Que Luminaris guíe nuestro camino en esta peligrosa misión.-

Tras analizar detenidamente a mis compañeros, me dediqué a analizar el ambiente, y sinceramente, no me gustaba. La marca del mal se notaba. No provenía de aquél poblado, pero estaba bajo su amenaza. Había dejado allí a Valor, junto con Protección y Condenación del Impío. A mi espalda llevaba dos cosas. A Justicia, y una mochila con algunas provisiones, comida y bebida para dos días concretamente. Aparte de eso, llevaba yesca y pedernal y una antorcha lista para ser encendida. Las catedrales son sitios oscuros, y si ya con el cuidado de los monjes la iluminación es escasa, con los demonios carece de relevancia al sentirse más cómodos ocultos en ella. En mi costado derecho pendía el Liber Sanctus, bien afirmado por una funda de cuero. A mi izquierda, pendiendo de mi cinto, se encontraba Salvación, y Azote de Muertos pendía de mi espalda, cerca de mi costado derecho, lista para ser tomada si en algún momento debía iniciar un combate a distancia. La funda con los virotes se hallaba justo al lado de Salvación. Por último, pendiendo del lado derecho, al lado del Liber Sanctus había una cantimplora algo más pequeña que las que llevaba para beber. Horas antes la había llenado de agua, la cual posteriormente había bendecido.

Tras unos minutos andando, finalmente nos hallamos frente a la Catedral, justo delante de las imponentes puertas. Notaba presencias oscuras tratando de penetrar en mi mente, trataban de infundirme miedo y quebrar mi voluntad. Desenvainé a Justicia y me arrodillé en el suelo, clavando la punta en él. Sin embargo, en ese momento se escuchó un rugido. Observé a la puerta, esperando a si el que había proferido el rugido tenía el coraje de salir a enfrentar su muerte o si tan solo había sido un grito aislado. Tras cerrar los ojos, una plegaria empezó a salir de mis labios:

-Luminaris, Mi Señor, disipa cualquier rastro de duda que pueda anidar en mi corazón o el de mis compañeros, no nos dejes caer en las garras del mal, protégenos de su oscuridad, y ayúdanos a darles justo castigo a todos los seres profanos que moran en esta Catedral. Ayúdame a purificar todo rastro de demonios y otros seres malignos que en este lugar mancillado se han concentrado. Danos fuerzas, oh señor. Haz que nuestras espadas no fallen, que nuestros corazones no vacilen y que nuestras mentes no duden. Escucha la plegaria de tu humilde siervo y concédele tu bendición. Amén.-

Tras eso me levanté del suelo, abriendo los ojos, sintiéndome con fuerzas y determinación renovadas. Inspiré aire profundamente, y tras eso me giré hacia mis compañeros, con la espada aún en mis manos, empezando a hablar con la voz cargada de determinación y fuerza:

-Entremos. Hemos de purgar la maldad de este lugar. No tengáis miedo, compañeros. Luminaris nos protege.-

Tras eso, con Justicia entre mis manos, me acerqué a la puerta lentamente, barriendo constantemente con la mirada los alrededores, por si los problemas surgían antes siquiera de estar dentro. No había miedo en mi corazón, si no fuerza. No había duda en mi cabeza, si no determinación. Estaba seguro de la bendición de Luminaris. Muriera o saliera con vida de allí dentro, se haría lo que debía hacerse. Tras la noche, siempre llega el día.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Talidor el Dom Ago 19, 2012 12:02 pm

Las andanzas de Talidor continuaron desde que Zana y él se separaran hacía cerca de un mes tras salir de las llanuras de Eódhain, y desde entonces se había dedicado a vagar de aquí para allá, como siempre solía hacer. Había llegado a explorar una mina, y había descubierto un poblado que antes no conocía, por lo que fue un viaje bastante productivo para él. En uno de esos poblados consiguió adquirir un mapa y provisiones a cambio de algunos minerales -pues toda la gente, o casi toda, solía fiarse cuando un enano pagaba con ellos, debido a su naturaleza minera- y se dirigió a la taberna.

Era un lugar bastante pequeño, y poco iluminado, salvo por unas cuantas velas. Al igual que el resto del pueblo, se notaba la pobreza que lo cubría, pero aún así, se acercó a la barra, puesto que sin importar la situación económica del lugar, un dicho enano rezaba que cualquier lugar que se considere habitable, debía tener suministros de cerveza. Y así fue, pues el enano tuvo la suerte de degustar un par de decenas de jarras antes de dirigirse de nuevo al tabernero.

-Dígame usted, buen tabernero, ¿hay algún rumor por la zona?-

Aquellas palabras que salieron de la boca del enano, iban más destinadas a rumores sobre cierta persona, que sobre lo que realmente recibió. A pesar de haberse separado un mes atrás, el enano había vuelto a buscar a la hörige, puesto que ciertamente, se había acostumbrado a viajar acompañado. Sin embargo, lo que recibió no fueron noticias de una joven pelirroja ataviada con una daga...

-Poca cosa se escucha últimamente, maestro enano, salvo los rumores de un pueblo cercano, en el que se sitúa la Catedral de Svanias Fël, de la que sin duda habréis oído hablar... Dicen que esa catedral está habitada por demonios desde la caída de sus "guardianes", y ahora piden ayuda y ofrecen una recompensa por quienes consigan liberarla de ese mal.-

Aunque aquello no era lo que esperaba, también le hizo sonreír levemente. Aquello sonaba a aventura y ante todo, le permitiría descubrir ciertas cosas. Si las historias que su padre le contaba eran ciertas, cosa que no dudaba en absoluto, los enanos habían ayudado en la construcción de aquella catedral, y si eso era cierto, los misterios que allí se encontraban podrían ayudar a Talidor. Así pues, sacó el mapa que acababa de conseguir no mucho tiempo atrás, y lo colocó sobre la barra.

-¿Podría marcar el lugar donde se encuentra el pueblo?-

Tan pronto como el tabernero marcó el lugar en el mapa, el enano dejó caer un pequeño mineral sobre la mesa y se fue de la taberna, rumbo al oeste, hacia el pueblo, tal y cómo le habían marcado en el mapa. La noche comenzaba a caer, y la brisa que se levantaba acariciaba los rasgos del enano, que parecían haberse endurecido en el poco tiempo que había pasado, pues ahora otra cicatriz marcaba su rostro, abriendo una ligera grieta en el muro que sus barbas formaban.

Y así estuvo en camino durante dos días, aproximadamente, hasta que llegó al pueblo. Si había un lugar en el que se encontrase a gusto, eran los montes y montañas, y ahora que estaba en uno, sabía bien donde descansar, de ahí la tranquilidad que rebosaba cuando llegó al pueblo, y el alcalde le reunió con los otros... ¡Por las barbas de Karthun y la gloria de Talengor! ¡Allí estaba Zana!

El enano se acercó a ella, saludándola, y apenas si se fijó en el resto de sus compañeros, pues pronto empezó a hablar el alcalde, contándoles la situación y demás. Al terminar, fue cuando una armadura andante, pues no veía su rostro, le dijo al alcalde que no necesitaba recompensa y demás cosas... Para ello primero deberían sobrevivir, pero lo cierto es que tampoco le importaba mucho aquello.

De nuevo volvieron a caminar, hacia la Catedral, y mientras caminaban y ascendían, podía ver como todos los que parecían ser sus compañeros tenían caras y humor decadente... y eso que aún no habían entrado al lugar... Pero él, por el contrario, se mantenía tranquilo, aunque algo serio. Era un lugar sagrado, y muy peligroso, y ante todo, la pequeña Zana estaba allí. Aunque los Enanos no compartiesen religión, algunos de ellos, no muchos, sentían un gran respeto por todos los lugares dedicados a un dios.

En ese momento, pudo sentir un gran rugido, procedente de la Catedral, que hizo retumbar los cimientos, y que minó más la moral de aquellos de sus compañeros. Él por su parte, como acto reflejo, se había colocado frente a Zana, con el escudo en posición y el hacha en alto esperando el ataque de cualquier criatura.... pero nada pasó, solo fue un rugido... nada más... Así que el enano se adelantó, acercándose al ornamentado portón, mientras la tarotista le daba una carta a Zana, y la armadura andante rezaba.

- Adentrémonos ya... cuanto más tardemos, más ventajas tendrán los que habiten dentro.-

Su voz sonaba fuerte, seria, no una voz tan "infantil" como la que había empleado cuando viajaba con la hörige... sus instintos enanos estaban despertando de nuevo, y eso implicaba que el guerrero Talidor por fin estaba en marcha y listo para dar hachazos.

-Este no es un momento para que los ánimos decaigan... si no confiáis en vosotros mismos seréis la merienda de los seres que nos esperan tras estas puertas... Ahora somos compañeros, dependemos los unos de los otros y por mucho que nos cueste, debemos confiar unos en otros si queremos sobrevivir...-

Las últimas palabras iban dirigidas casi en su totalidad a Zana, puesto que sabía la naturaleza desconfiada que tenía la joven, y también sabía que aquello sólo podría ser una desventaja en caso de vida o muerte. Pero él estaba dispuesto a darlo todo por proteger a aquellas personas, y ante todo, por ayudar a aquel pueblo... Nunca sentaba bien perder familiares por culpa de demonios, a fin de cuentas.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Sitael el Lun Ago 20, 2012 10:48 pm

El día había sido largo, al igual que los anteriores, pero aún así se forzaba a caminar. Había escuchado rumores, aquellos que había estado buscando durante cinco largos años... Por fin había escuchado algo que podría estar relacionado con su familia... En un pequeño pueblo situado en los Montes Keybak había rumores de que el mal se estaba alzando. Demonios y otras criaturas por el estilo campaban a sus anchas por el pueblo desde hacía un tiempo.

-Habéis cambiado mucho... dentro de lo que cabe... seguís creyendo que controláis a los propios dioses al conseguir convocar a los espíritus... y va llegando el momento de que seáis vosotros quienes vayáis a reuniros con ellos.-

Una leve sonrisa se mostraba en el pálido rostro del joven, una sonrisa que emanaba su rencor, su ira, sus deseos de venganza. El tiempo parecía acompañar las emociones del Sacerdote, pues el viento comenzó a soplar, haciendo ondear su carmesí melena, y los truenos resonaban por todo el lugar... No era más que una de las tormentas que solían formarse a aquellas alturas, pero sin embargo se dio en el momento idóneo, pues en aquella noche, necesitaba la iluminación extra que los rayos que caían espontáneamente le proporcionaban.

La esbelta silueta del mago destacaba entre los árboles que se encontraban en su camino, y su báculo resplandecía de un color azulaceo cada vez que las relampagueantes luces caían cerca de él. Aunque aquello no tardó mucho en cambiar, pues pronto salió de la espesura del bosque, hallándose a si mismo en un lugar desolado, seguramente debido a los demonios y demás seres que por allí campaban. Realmente no era nada que le importase, había visto muchos lugares como aquel, y algunos en condiciones bastante peores.

No tardó mucho en ver el pueblo, con sus puertas y ventanas cerradas. El miedo estaba tan presente en aquel lugar que casi podía palparse... pero aquello era una suerte para él, pues implicaba que nadie se cruzaría con él por las calles, y aquello era algo de agradecer, ya que cuantas menos explicaciones tuviera que dar, mejor. No obstante, en el poco rato que estuvo en pueblo, pudo observar un edificio que al contrario que el resto estaba iluminado por dentro, y parecía que se celebraba una reunión en él, o algo parecido, a juzgar por las voces que se oían desde allí fuera.

-No estarán en tanto peligro si tienen tiempo de hablar...-

Aquel suave, pero frío susurro salió de los labios del joven, mientras continuaba su camino hacia la Catedral, que se alzaba inexpugnable a lo alto del camino, como un noble que vigila todo lo que sucede en su poblado con aires de grandeza... Ciertamente, Sitael no le tenía mucho aprecio a aquellos edificios, y eso hacía que su cabreo por estar allí aumentase, aunque su expresión no cambió en lo más mínimo.

Así pues, no tardó mucho en llegar a la catedral, tal vez unos minutos. Realmente imponía, pues su figura oscura se alzaba ante él, pero no era aquello lo que realmente le preocupaba, sino el hecho de no saber qué habría dentro... No obstante, pronto lo descubriría, pues comenzó a caminar alrededor de la Catedral buscando algún lugar por el que colarse -ya que la puerta no parecía muy dispuesta a abrirse-, y lo halló en uno de los laterales... No era más que una grieta, lo suficientemente grande para que una persona con un tamaño similar al de Sitael entrase, pero lo suficientemente pequeña para no destacar mucho en el muro de la susodicha.

Y así se adentró por ella, llegando a un lugar tan siniestro como lo parecía por fuera... Poco quedaba ya del hogar de los Sharene... ahora no era más que un caos... Aunque sin embargo no tuvo mucho tiempo para pensar en aquello, pues poco después de haber entrado, varios seres -no más de tres- le atacaron. ¿Serían aquellos los demonios?... Tenían aspecto similar al de un perro, aunque bastante más grande, con algunas de las costillas sobresaliendo de su piel, y con unos dientes extremadamente largos...

-Jé... esperaba algo mejor...-

A uno de ellos, tuvo la suerte de ensartarlo con su lanza antes de que llegase a atacar. No obstante, los otros no fueron tan fáciles. Sin embargo, a pesar de ser muy agresivos, no llegaban a ser seres tan inteligentes como otro tipo de demonios... Por lo que, mientras se movía de un lado a otro esquivando a duras penas los ataques constantes, trataba de observar su alrededor, buscando algo que le pudiese ayudar... hasta que encontró un "cabo" que ataba la lámpara de araña al techo.

Se deshizo de los cánidos como pudo, principalmente golpeándolos con el báculo-lanza en la cabeza, y echó a correr hacia el susodicho cabo, que por suerte, no estaba muy lejos, y liberándolo, consiguió deshacerse de otro de los perros, puesto que la gran lámpara le cayó encima.

-¿Sabes?... por haber sobrevivido hasta ahora, te voy a permitir el honor de morir a mis pies...-

Dichas estas palabras, Sitael se irguió, con una siniestra sonrisa en su rostro, mientras sus ojos brillaban con un toque macabro. Había extendido su brazo derecho hacia el perro demoníaco, mientras que el izquierdo, que portaba su arma, lo había contraído, hasta dejar la lanza apoyada en su hombro.

En la palma de la mano que mantenía extendida, comenzó a formarse un pequeño circulo, que parecía hecho de oscuridad... Sitael estaba concentrando algunas de las muchas sombras que había allí reunidas en su mano, y ahora la pequeña esfera parecía cambiar de forma... Poco a poco fue alargandose, hasta que una punta, similar a la de una flecha, pero de bastante mayor tamaño, apareció, y fue lanzada hacia el cánido, adquiriendo finalmente la forma completa de una lanza, que se introdujo completamente en la frente del demonio, atravesando prácticamente la totalidad de su cuerpo...

El desdichado perro se precipitó al suelo, con un furioso rugido, que se extinguió junto con su vida, mientras Sitael recobraba la compostura. No habían sido grandes oponentes, y el mago esperaba bastante más... No obstante, era un Guardián, aquello no era un gran desafío para él, pero mejor explorar un poco la zona, no quería situaciones desagradables de nuevo...

Pasaron unos minutos en tranquilidad, aunque al mago le pareció escuchar algunas voces fuera de la catedral. Todo indicaba que pronto tendría compañía... Al menos esperaba no tener que luchar contra lo que fuera que hubiera allí fuera, pues bastantes enemigos tenía ya allí dentro.


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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Zana el Sáb Ago 25, 2012 4:38 pm


Del alarido nace la inquietud en los corazones de los aventureros, que aún desde fuera pueden sentir el oscuro magnetismo que proviene desde dentro de la catedral de Svanias Fël. ¿Qué es lo que guardan esas enormes puertas? ¿Qué horror puede producir semejante y desgarrador sonido?

Unos rezan, otros se miran y callan. Quizá el coraje les une, pero la incertidumbre siempre será una fuerza mayor a cualquier otra. El miedo ante lo desconocido es lo que les hace dudar de sus capacidades, lo que les hace encender una candela en la mitad de la noche. Necesitan ver qué tienen delante, qué peligros les aguardan.

No saben, sin embargo, que cuando se entra en el infierno el fuego no solo no te es útil, sino que se vuelve en tu contra, pues es la mismísima furia del diablo la que corroe su llama.

Se avecina tormenta, y oscuros nubarrones campan plácidos en el horizonte, sumiendo el cielo que una vez fue celeste en un desavenido y triste color gris que se va tornando en negro conforme más deseos tienen los dioses de llorar. Como si de una conspiración divina se tratara pareciese que cada elemento se ha enfurecido por la hazaña que los aventureros han tenido por bien acometer, y es que no muchos pueden decir que solo su amor por el bien les ha llevado a ir hacia allí.

No, no es un secreto cómo de fuerte es la tentación del pecado. Cómo hasta Luminaris podría palidecer si todo en lo que una vez creíste se torna podrido e infernal.

Al fin y al cabo, quien posee tu tiempo, también posee tu mente.
Sus palabras se pierden en el silencio sepulcral que vuelve a invadir la puerta de la catedral, y entonces todos ellos ascienden por la escalinata de frío y grisáceo mármol que guía hasta la gran puerta. Todos y cada uno de los participantes en tal partida están tensos, listos para defenderse de cualesquiera peligros estén aguardándoles en las profundidades de la catedral, y creen con fervor en que saldrán bien parados.

Quizá sí, quizá no. Todo depende de la predisposición de los dioses a la hora de ayudar a su prole.

Manos a la obra y determinación pura es lo que les hace conseguir abrir las pesadas y enormes puertas después de un esfuerzo momentáneo. Los aventureros empujan con decisión, una y otra vez, sin pausa ni permisión a la hora de flaquear. Son motivaciones distintas las que les mueven, pero saben que han de permanecer unidos si quieren conseguir algo. Es puro instinto de supervivencia, raciocinio mecido por la lógica ante el peligro.

Un chirrido apagado e irregular destella en sus tímpanos cuando las puertas comienzan a abrirse a sendos lados. Los aventureros siguen empujando, una y otra y otra y otra vez, abriendo un hueco por el que pasar. A medida que las puertas se abren el interior de la catedral comienza a delinearse en la oscuridad que hay dentro, a duras penas iluminada por las finas grietas que rodean la nave principal de la catedral y de las altas ventanas que en la cima de la alta pared arrojan halos de luz interpuestos de manera hipodámica.

Es una visión tan intensa que acapararía la atención del mismísimo Luminaris. Fuertes y enormes columnas ascienden hasta el techo y conforman el pasillo principal que ha de llevar hasta el Altar, antaño cargado de luz y actividad, ahora no siendo más que el espectro de un culto que ha sido asesinado por la ira del infierno. Las ventanas que arriba reposan una vez coronaron gigantescas vidrialeras que remarcaban distintas batallas y etapas históricas del culto de los Sharene y las gentes de Keybak, pero ahora yacen sin vida, rotas y esparcidas por el suelo. Lo que queda de ellas, con un estigma fantasmagórico, titilan y se funden con la poca luz que proviene del exterior, arrojando un maltratado arcoíris de colores sobre el suelo empolvado y sucio.

Es un enorme arco el que marca el fin del camino de columnas con el Altar, y en él un grabado tan elaborado como el de la puerta que encierra el diablo permanece inalterable en las alturas.

Sin embargo, de todo, lo que más congoja produce en el corazón del espectador son los ángeles.

Una fila de diez, a cada lado de las columnas, dispuestos en un orden que solo el religioso podría conocer. Su belleza ha sido destrozada, sus cuerpos sin vida ultrajados. Las cabezas han sido desprendidas de la preciosa escultura, y cada una de ellas se ha estrellado en el suelo, a sus pies, en un manifiesto más que paladino de lo que le ocurrirá al visitante que entre en Svanias Fël y no tenga por bien huir corriendo a la vista de semejante y profano espectáculo.

¿Cómo puede alguien destrozar lo bello y puro? ¿El mismísimo dibujo de la bondad de Dios? Los ángeles han sido violados y los ojos huecos ahora no son más que dos grietas arrepentidas ante la dolorosa caída al suelo. Cada uno de ellos mantiene una lanza bien asida a su vera y una espada clavada en el suelo, pero de poco le sirvieron tales armas cuando el diablo reclamó su caída.

Espantosa visión, más aún la muerte que rodea el Altar. Un gran féretro de mármol donde una vez reposó el libro de las enseñanzas de Luminaris y que ahora ha desaparecido, siendo sustituido por velas consumidas y sin vida, por enormes candelabros de aspecto siniestro que coronan el arco medio roto que lleva al Altar sobre la escalinata.

Todo está ensangrentado. Todo llora con lágrimas carmesí. La matanza que ha habido allí no ha sido objeto de expectación, mas sí su estigma. Su tormentoso vestigio.

Tanto los ángeles como las columnas, incluso el mismo Altar. Todo está trazado con pisadas carmesí, con sangre esparcida por todos lados.
Ya no solo la partida está asombrada por semejante descubrimiento. Incluso un monje que ha visto su mente retorcida hasta encontrarse en un punto rayano a la locura ha de fijar sus ojos en esa visión. Sitael Bedlam ha retraído la lanza cuya punta sigue manchada de la sangre escarlata de los hellbounds que ha matado, y ha tenido tiempo más que suficiente para recomponerse de ello, pues la partida tiene los ojos puestos tanto sobre él como en su obra.

¿Quién es? ¿Cómo ha llegado allí? Se preguntan todos y cada uno de los aventureros. ¿Qué son semejantes criaturas? ¿Cómo esos perros del infierno han aparecido?

Es un silencio tenso el que les rodea a todos una vez se encuentran, pero amenaza con ser interrumpido una vez el más valiente se adelante a pedir explicaciones.

El escenario que les rodea es lo más cercano al infierno que más de uno habrá visto jamás, y saben que no deben perder más tiempo del necesario. No cuando la voz que susurra en sus mentes, seductora, sigue persiguiéndoles incansable, susurrándole desde las profundidades en las que mora que bajen, que bajen hacia ella y le den lo que necesita…

Fortuna exprimitur artibus falsis
Et mendacem memorem esse oporte

Su rostro reflejaba su sorpresa, no así el miedo que seguía sacudiendo a una temerosa Zana, parada frente a la Catedral, cuando Daanira Lynella se acercó hacia ella blandiendo una carta como regalo hacia ella.

La pelirroja había abierto los ojos de par en par e intercalaba su mirar. Observaba a la joven desconfiada, pero aquella carta, su nombre e interés, parecía haber subsumido el alarido anterior en un punto en el que Zana no se sentía tan desamparada y asustada. ¿Sería verdad que aquella carta simbolizaba la fortuna? ¿Que aquello la ayudaría allí dentro?

Tenía que confiar, tenía que ceder un poco y creer que no tendría que hacerlo todo ella sola. El pensamiento era fácil de tener en cuenta, no tanto así como el hecho de conseguirlo. Sin embargo, había adelantado una mano y asido la carta esbozando una sonrisa tímida a la joven, inclinando la cabeza en señal de anuencia y guardándosela dentro de la capa una vez que hubo grabado su dibujo a fuego en su memoria.

Lo recordaría cuando la oscuridad fuera tal que no supiera dónde acabaría su alma, cuando la desesperación la sumiera en la histeria. Recordaría la bondad de humanos como ella y entonces podría salir adelante. Zana lo sabía. Quería saberlo.

Gracias —musitó en voz baja, volviendo a guardar silencio cuando uno de los soldados comenzó a hablar. Su voz demostraba la devoción que sentía por Luminaris, la fuerza de su corazón y la necesidad de proteger tanto a su fe como a los defendidos por el culto de su religión. Lejos de sorprenderla Zana se sintió más segura cuando vio que ninguno parecía haber palidecido en su confianza con el anterior chillido infernal, y entonces suspiró y se tanteó nuevamente la daga, queriendo pensar que estaría lista para empuñarla cuando fuera necesario.

Todos se pusieron entonces en camino, y cuando dejó pasear la yema de sus dedos por la superficie de la gigantesca puerta Zana sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, como si algo la hubiera reconocido en ese momento instante.

Entra. Ven a mí. El tiempo apremia, pequeña Zana, dijo la voz que resonaba en su cabeza ese mismo momento, y un nuevo ramalazo de paranoia cruzó la mente de Zana. No era novedad, tampoco sabía si otros estaban en su misma situación. Conforme más se acercaba hacia la catedral más intensidad cobraba aquella voz cambiante, que de una vez podía sonar como una mujer seductora a volverse grave y ronca como la de un curtido guerrero en mil batallas. La pequeña no podía saber a qué debía de achacarla, qué pretendía su autor con esa maquinación insidiosa, pero la realidad es que estaba surtiendo efecto y su nerviosismo comenzaba a serle prácticamente incontrolable.

El esfuerzo fue arduo, al menos por su parte, pero finalmente consiguieron abrir la puerta. Sus ojos no necesitaron de tiempo para acostumbrarse a la oscuridad incipiente que barría prácticamente la luz dentro de la Catedral, pero cuando Zana observó la lúgubre y sombría nave que había sido poseída por el demonio su rostro palideció y dio un paso atrás, con el rostro blanco como la nieve.

Lo único que había podido notar de primeras había sido la sangre esparcida por todos lados, las columnas rajadas y el suelo repleto de escombros. Entonces sus ojos habían paseado por toda la estancia hasta notar la presencia de alguien a un lado de la Nave, cerca del camino central de columnas, y al observar los cadáveres de aquellos hellhounds un pavor tal había estrangulado su garganta y había lanzado un grito asustado, señalando aquella escena.

¡Un monstruo! —chilló, alertando a los demás, y señaló a Sitael desde su posición atrasada, sin saber ni siquiera si realmente él lo era o si, por el contrario, su histeria solo iba a ser una carga más para el grupo.



INSTRUCCIONES:
# Razor sancionado por no postear. En los siguientes turnos aplicaré la pena.
# En este turno tenéis que comenzar a explorar la nave principal de la Catedral, acercándoos hacia al Altar y prestando atención a los ángeles que rodean el camino principal. Del mismo modo, Sitael formará desde ahora parte de la partida, de modo que debéis entablar diálogo con él.
# Por lo demás tenéis total libertad.
# En caso de duda PM, aunque también tenéis el Off abierto (:
# ¡Disfrutad, como siempre digo, y cuidado con las esquinas!



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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Rothgar de Ithia el Sáb Ago 25, 2012 5:32 pm

La oscuridad cada vez se hacía más patente, no solo la que aquél santuario corrupto emanaba, si no también la ambiental. Para cuando estuviéramos dentro debería encender la antorcha. Fue en ese momento que escuché al enano hablar, y ante sus palabras asentí y le respondí:

-Así se habla, maese enano. Somos un equipo y compartimos el mismo objetivo. Unir nuestras fuerzas es esencial si queremos purgar el mal que se ha apoderado de este lugar antaño sagrado.-

Empezamos a subir las escaleras de mármol, y tras un minuto de ascensión, finalmente llegamos a las puertas. Eran imponentes, y cuando las toqué para empezar a empujar, retrocedí instintivamente. Una voz habló en mi cabeza, sonando a la de una mujer. Era el demonio. Sus palabras fueron las siguientes: “Ven, paladín... Abandona a tu débil dios y únete a mí...” Solté un bufido y respondí en un susurro:

-Voy a ir para clavarte mi acero, demonio...-

Saqué la cantimplora con agua bendita usando la mano izquierda, envainé entonces el espadón y saqué la espada de mano. Derramé unas cuantas gotas sobre el filo del arma, santificándola para que fuera más eficaz contra los demonios. Cantimplora en mano, miré al resto del grupo:

-Acercad vuestros aceros hijas e hijos míos. Esto es agua bendita, la cual puede infligir un gran daño contra los demonios. Luminaris guiará nuestras armas.-

Una vez todos los que quisieron tuvieron sus armas bendecidas, empujé junto a los demás la puerta, la cual tras un gran esfuerzo se abrió. Una vez abierta, me detuve unos instantes para sacar la antorcha y encenderla, dejando la espada unos momentos en el suelo. La antorcha ya estaba encendida cuando la hörige retrocedió y chilló, dando el aviso de un monstruo. Empuñando la espada con la mano derecha y la antorcha con la izquierda, me adentré el primero a pasos rápidos. La luz del fuego iluminó tenuemente la estancia, dejando que al menos pudiéramos ver con mayor claridad al supuesto monstruo. Él no lo era, pero estaba rodeado de cadáveres de monstruos. Canes infernales, concretamente.

Percibí entonces que él también estaba tocado por la magia, y no era una magia benigna precisamente. Aquello puso mis sentidos en alerta, y empecé a hablarle, poniéndome en posición defensiva:

-¿Quién eres y qué haces aquí? Percibo magia oscura proveniente de ti, pero a juzgar por los cadáveres que te rodean, parece que no le caes mucho mejor que nosotros al mal de esta catedral. ¡Explícate! ¡Ahora!-

Aunque aguardé su respuesta, interiormente gran parte de mi atención se dirigía hacia el interior de la catedral en sí. A cada lugar al que miraba no podía evitar sentirme furioso por la mancillación que había padecido aquella catedral, antaño consagrada a Luminaris. Notaba como la ira recorría mis venas, al ver como los ángeles habían sido humillados. La furia me llenaba cada vez que mi vista veía el hueco vacío donde antaño se hallaban las majestuosas vidrieras, ahora quebradas. Sin embargo, para mí lo peor fue contemplar como el altar, antaño lugar sagrado, había sido completamente mancillado por los demonios. Tuve que controlarme para no lanzarme corriendo al interior de la iglesia con la espada en una mano y la antorcha en otra, buscando a los responsables de aquello.

Durante largo rato había escuchado voces en mi cabeza que trataban de tentarme, pero había sido en vano para ellas. Sabía que no eran más que los demonios, la oscuridad que dominaba el lugar. Hacerles caso sería una estupidez, y mientras esperaba la respuesta de aquél misterioso pelirrojo, el cual esperaba que no me contestara mal o me vería obligado a purificar su alma con el poder de Luminaris, se lo hice saber al grupo:

-Ignorad cualquier voz que escuchéis en vuestra cabeza. El demonio tratará de haceros sucumbir. Si sois devotos de alguna deidad, rezad. Si no creéis en los dioses, no creáis tampoco en los demonios. Ignoradlos. Prestarles atención demasiado tiempo puede arrastraros a la perdición...-
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Daanira Lynella el Miér Ago 29, 2012 3:11 pm

El terrible alarido que había alertado al grupo que ahora me acompañaba no era más que una lúgubre bienvenida a esta catedral marcada con por la maldad y el paso inclemente del tiempo y el olvido.

Mis manos apretaron los hombros de la joven Zana al momento de que aquella terrible sensación de escalofríos recorría mi espina hasta el punto de erizar mi piel y mis cabellos. Y es que, a pesar de haber intentado darle algo de confianza a la mujer de cabellos rojos, por dentro yo también moría del miedo. Habían pocas cosas que me asustaban, y una de ellas era lo referente a la presencia demoníaca. He de admitirlo, llegar a estas tierras había sido especialmente difícil para mí. Pero tener miedo nos hace humanos, y enfrentarlos nos hace mejores humanos.

No logré más que tratar de poner mi mejor sonrisa al darme cuenta que la mayor parte del grupo, guerreros asidos a la batalla y al honor en sus diversas presentaciones, no habían si no simplemente encontrado una motivación mayor para entrar en aquella maldita estructura tras el final del alarido que nos recibió. Y siendo una mujer orgullosa no podía dejar que supieran que, por dentro, el pánico comenzaba a crecer en mí.

Antes que nadie, el paladín que se había presentado anteriormente por el nombre de Rothgar, sacó un recipiente con agua bendecida por su fe y nos sugirió bendecir nuestras armas con esas aguas sagradas. Siendo yo una artista errante nunca me había puesto a pensar en los dioses que no fuesen las deidades paganas de los viajeros o la misma divinidad de la naturaleza. Sin embargo en este lugar no había vida a la cual alabar, y si un poco de agua lograba darme cierta protección en contra del mal que yacía dentro no iba a ser tan testaruda como para no aceptarla. Siempre lo he dicho: A lo gratis, tomarlo sin rechistar y tirarlo o venderlo después.

Gracias señor Rothgard - Le agradecí con cierto respeto mientras acercaba mi daga para que fuese bañada por sus aguas. Sabía que ser un devoto paladín no era una fácil senda a seguir. Sobre todo cuando, siendo un hombre de fe, no podía darse a los impulsos normales de los hombres y, encima, tener que pelear contra el mal sin titubeos. Tenía que ser una tarea bastante difícil y no necesitaba de mis opiniones blasfemas en este momento.

Impacientes por penetrar esas murallas, los fuertes aventureros intentaban abrir la majestuosa puerta de la catedral. Siendo yo una simple mujer sin fuerza física solamente me dediqué a observar desde las escaleras de mármol. Miraba constantemente hacia nuestras espaldas esperando que nada nos atacase por sorpresa. Mi mano sujetaba con firmeza la empuñadura de la daga buscando cierta confianza en su protección a pesar de que yo no era una mujer de fe.

Fue entonces, cuando por fin lograrían abrir aquel enorme portal, que sentí una fuerte presencia en mi cabeza. Primero había comenzado como una leve sensación de sufrimiento pero después se transformó en una intensa ira y resentimientos ajenos que no lograba comprender. No lograba comprender de que se trataba, pero siendo una ilusionista pude detectar un intento de algún ser malvado por comunicarse conmigo. No podía dar cabida a tal sensación, y sin prestarle ninguna atención corrí hasta la espalda del gran paladín cuya determinación me sorprendía. Supongo que, de cierta manera, esperaba que se me pegase un poco de aquella luz.

Los arcos de los enormes vitrales que antaño adornaban esta catedral yacían por los suelos mientras que sus cristales habían desaparecido hacía demasiado tiempo atrás. Esculturas de ángeles y querubines adornaban el suelo en una especie de orgía pervertida orquestada por las mentes impuras de los demonios que los habían corrompido. Un altar, antaño santificado por la fe de la iglesia, mantenía su importancia al fondo de la nave principal aunque pervertida y corrompida por años de transgresiones demoníacas.

Era un espectáculo macabro que comenzaba a tomar cierta influencia en mi mente, la cual ya componía una melodía oscura llena de desesperanza y oscuridad. No lo podía evitar pues en todo lo que veo existe una historia que mi violín debía contar. Pero mayor fue mi sorpresa cuando Zana gritó anunciando un monstruo frente a nosotros.

Al principio no pude verle gracias a las sombras que se formaban en el interior de aquellas ruinas, pero en cuanto la luz del fuego le iluminó pude ver como un hombre de aspecto extrañamente oscuro permanecía de pié en lo que parecían ser los cadáveres de canes horrendos que jamás había tenido la des fortuna de ver antes.

Más de uno se mostró alerta, e incluso, le interrogaron con arma en mano. Pero yo, por otra parte, no podía formar palabra alguna. Estaba completamente impactada por todo lo que mis ojos veían y mi mente sentía. Deseaba irme de ahí cuanto antes, pero también sabía que esto era un evento digno de contarse en los pueblos de Noreth, razón más que suficiente para encontrar el valor y la determinación de permanecer ahí en busca de la inspiración... por más oscura que esta fuese.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Gawain Brisalegre el Sáb Sep 01, 2012 7:37 pm

Yo, como los demás aventureros había llegado a esa pequeña reunión, donde cada peculiar personaje hacia acto de presencia para que se le explicase la situación. ¿Mis motivos? Conocimiento y experiencia. En un rápido vistazo vislumbré a una mujer, de apariencia hermosa y ojos felinos. Un enano macizo, de armadura fuerte y robusta como la mayoría de sus congéneres, y por último a una dama de cabellos castaños y ojos cristalinos que ya conocía de otra ocasión. Al verla a ella, no me molesté en reconocer a los demás.

Este fue el detonador que me hizo separarme del grupo principal. Me resulta incómodo re-encontrarme con un antiguo conocido, aún si este resulta amistoso conmigo. Simplemente, una vez más, no quiero ser importante para nadie.

Como todos los presentes, escuchaba lo que los hogareños nerviosos comentaban acerca de su situación, pero desde la lejanía. Mis oídos elfos me permitían escuchar a un rango mayor que cualquier humano, y aproveche esa capacidad innata.

Sentía en ese lugar algo que me acongojaba, que me apretaba el corazón como una mano y que hacía que prácticamente me asfixiase, como un hedor de los más bajos infiernos. Me sentía mal, pero ahora tenía un motivo más para quedarme.

Cuando los demás iniciaron la marcha, me acerqué rápidamente a uno de los hogareños, prácticamente asaltándolo. Lo agarré del brazo, lo que el aldeano respondió con un ademán nervioso y exagerado.

Soy uno de los aventureros que están dispuestos a adentrarse e intentar salvar esto. Necesito que me pagues por adelantado. Todo lo que pido es una capucha para ocultarme.

Allí me encontraba pues, cubierto con una capa de cuero pobre y con varios remiendos, frente a un portón a medio abrir, tras los pasos de la compañía que me llevaba unos metros de ventaja. Simplemente estar ahí me enfermaba, sentía como yo mismo palidecía ante la putridez que emanaba el aire de lo que una vez fue un lugar santo.

Oía voces continuamente, era altamente susceptible a aquello que quisiese espantarme, o hacerme entrar para convertirme en su festín. Me era imposible dar un paso adelante, como si el mismísimo diablo me agarrase para no poder avanzar.

Todo mi entorno era como un gran aviso para no entrar. La muerte estaba tallada en cada roca, la muerte estaba presente en cada charco de sangre seca o árbol a medio morir. Las palmas de mis manos estaban sudorosas, así como temblorosas.

Me dolía al exhalar, como si mis pulmones estuviesen helados, y me dolía al inhalar, como si el aire fuese veneno. Me sentía enfermo, como expuesto continuamente a una muerte que podría estar detrás de mí en ese momento.

Sentía que podría caer inconsciente en cualquier momento, pero lo soportaba. Di un paso al frente, como quien camina bajo el agua.

Entonces sentí un apretón en mi alma, en mis entrañas. ‘¿A qué le temes…? ¿No venías aquí para demostrar tu valía…? ¿Lo conseguirás si te quedas ahí? ¿Lo conseguirás si entras y mueres?’ Esas palabras resonaron en mi cabeza. El lugar tenía la capacidad de despertar los miedos de uno, como si el demonio mismo se sentase a tu lado a charlar, entrase a tu mente y viese todo lo que tenías que ocultar en un mundo en el que tienes que ser fuerte.

Respiraba torpemente, como si hubiese recorrido toda la cordillera corriendo sin descanso, imaginándome como la vil figura disfrutaba jugando con mi mente, y seguro que también con los demás.

Solo sabía hacer una cosa, sonreí y avancé. Mi sonrisa torpe era un intento de resultar arrogante y mantener mi dignidad ante un ser que podía hacer presente terror puro sin estar siquiera presente.

Me sacó de mi agonía un grito que hacía eco. No era un monstruo, era una voz femenina, probablemente la mujer de ojos de gato que iba en la compañía principal, puesto que no era la voz de la otra dama.

Retrocedí un paso, asustado. Estaba totalmente perdido en mis pensamientos, por lo que apenas me había percatado de otro hombre dentro de la catedral, aún un poco alejado de los demás, un poco cerca de mi.

No sabía si él se había percatado de mi presencia tampoco, puesto que el aura del lugar solo hacía que atontarme y volverme descuidado. Cuando todo pareció calmarse, aún no sé cómo puesto que mis sentidos estaban atontados, decidí hacer acto de presencia yo, oculto con mi capa raída, no dudaba que podía resultar un tanto sospechoso.
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Gawain Brisalegre

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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Lander el Sáb Sep 01, 2012 8:15 pm

De nuevo, el mejor amigo de Dehvi eran los rumores. Aquello se había convertido en un hobby, más que eso, una forma de vida. Llegar a un lugar de la ciudad, la taberna, la plaza, el foro… cualquier lugar vale para ir y escuchar lo que la gente tiene que decir, lo que comentan los viajeros de tierras no tan lejanas, aquello que todo el mundo oye, pero nadie escucha, o por lo menos, no hace nada al respecto.

Esta vez hablaban del mal, de una población dominada por el miedo y de una pequeña partida de aventureros dispuestos a erradicar el mal y, según lo que había oído, algo como un templo, una iglesia, una catedral… un lugar de culto a fin de cuentas. Dehvi tuvo que pensar seriamente en qué posibles beneficios le traería aquello, iba a tientas, como siempre, los rumores no eran del todo fiables, pero aquel parecía demasiado detallado como para ser una falacia. Al final, Dehvi llegó a su conclusión, iría. El “mal” suele estar relacionado con la magia y donde hay magia siempre hay algo interesante que estudiar, algo que conocer. Y el conocer es un arma bastante poderosa, y no hay mejor manera de hacerlo que el trabajo de campo.

Ya podía ver el enorme edificio delante de sus ojos. Las miradas de los aldeanos, el miedo del ambiente, la oscuridad y las nubes que ennegrecían el cielo, todo esto había quebrado la voluntad de Dehvi. Todo parecía más grave de lo que se había imaginado en su mente, aquello estaba realmente mal, estaba corrupto, demasiado. Una garra le atenazó el corazón, una garra fría e implacable, el miedo. El miedo irracional a la oscuridad, pero el miedo no era nada en comparación con su curiosidad, su interés… su ambición. Porque Dehvi podría no parecerlo, podría ser que ni quiera él se diese cuenta, pero era ambicioso. Todo el mundo lo es en realidad.

Caminó hasta la puerta de la catedral, tirando de su mula, esta vez el animal estaba inquieto, refunfuñaba y tiraba intentando alejarse del lugar. Las puertas estaban ya abiertas cuando se puso a su altura. Quedó bajo el umbral, soltando al animal que rogaba por escapar a sus espaldas y observó la oscuridad del interior, podía ver los destrozos del lugar, los cuerpos sin cabeza de los ángeles, las cabezas a los pies de los mismos. ¿Qué podría haber hecho algo así? No era el aspecto del lugar lo que atemorizaba a Dehvi, era aquello que se escondía en las sombras del lugar, estaba entrando en sus dominios y podía ser muy territorial. Aún así, la sangre del lugar intimidaba al joven.

Ven… El joven miró a su alrededor, sobresaltado. Pero cayó en la cuenta de que no habían sido sus oídos los que habían captado aquel susurro, sino que resonó directamente en su mente. La respiración se le agitó al caer en el la cuenta. Y antes de que se diera cuenta ya había avanzado varios pasos hacia el interior. Miró hacia atrás, pero ya no había marcha atrás, o, sí la había pero no pensaba retroceder. Quería averiguar qué o quién estaba detrás de todo aquello.

El grupo de aventureros parecían en ese momento estar alerta, en guardia. Aunque no podía ver con claridad la escena. Se acerco prudentemente al grupo, sin saber exactamente cómo proceder. ¿Cómo te presentas a alguien en un lugar maldito como aquel? Seguramente no tardarían en levantarle las armas, pero confiaba en que las bajarían al verle.

Desde donde estaba ya había podido reconocer a Daanira y a… a Zana.

-Buenas. –Saludo, esperando que alguien le hubiera escuchado, habían visto algo, otro hombre hacia el cual miraban, amenazándolo. No era un buen momento para presentarse. ¿Debería ayudar en algo? Decidió esperar, allí donde estaba, aguardando. Ya llegaría


Lander

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