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El Ascenso del Diablo [I parte].

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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Zana el Sáb Sep 01, 2012 10:00 pm


La fe negra que envuelve la Catedral de Svanias Fël no se le pasa desapercibida a nadie. Es honda allá donde se mire, potente en cada trazo de oscuridad que repta por suelo. La luz sagrada que una vez bañó el Altar ya no existe, y ahora no es más que el vestigio de una gloria de antaño que, más muerta que viva, sigue persistiendo a duras penas en un mundo donde solo hay cabida para la furiosa ira del infierno.

Son varios los que se han congregado dentro de la Catedral, todos movidos por su afán no solo de ambición, sino de conocimiento y aventura. En sus nobles corazones no se permiten el flaqueo, la duda que amenaza continuamente con desvirtuar su raciocinio. Es una voz oscura y retorcida la que se cuela en sus pensamientos, envolviéndolos, alimentándose de ellos… Quién sabe de dónde venga o por qué se muestre tan insistente, lo único que importa es la zozobra que logra provocar en los corazones de los héroes, haciéndoles sentirse desamparados en ese paraje desolador y oscuro.

La sangre se cuela por sus fosas nasales, pero en los ojos muertos de los hellhounds que han pasado a otra vida sigue viéndose el odio crispándolos. La magia del diablo que titila en ellos aún amenaza con ser restaurada, pese a que en un plano físico haya sido encarcelada, y es por eso que los más versados en la magia ya han de notar que de ellos destila aún un rastro que se comienza a percibir en cada tramo de la nave principal de la Catedral, que recorre las fuertes columnas que sostienen los pisos superiores, y que termina por perderse bajo tierra, deslizándose por alguna obertura que sus ojos aún no ven.

Se muestran desconfiados de aquel que da en llamarse Sitael Bedlam, como no ha de ser otro modo y no obstante de su adhesión a la partida que, lejos de ser un suceso fortuito, quizá no haya sido sino otro extraño designio del caprichoso Azar. La partida inicial de aventureros tarda poco en denotar una segunda figura, medio sumida en sombras, pero cuya naturaleza pura y sorprendentemente elegante obstaculiza su disfraz hasta el punto de que no precisan más de unos momentos para saber que es un elfo.

Finalmente, cuando el humano hace acto de presencia, todos se lanzan miradas tanto de sospecha como de creciente camarería, y los más valientes hacen bien en no bajar el arma. En no bajar la guardia.

La razón es que el mal está en todos lados, y todo lo sabe. Todo lo escucha y todo lo huele. Nuestro terror no es algo que se le pase desapercibido, y disfrutando del dolor de los otros, entiende cuándo ha de entrar en acción.

La voz que hasta hace unos instantes ha estado resonando en la mente de los aventureros toma mayor volumen, y adquiere la consistencia de un timbre físico y real, que no obstante suena omnipresente, hablando con potencia, haciéndose eco del enorme salón principal de la Catedral destruida. Todos se miran nerviosos, y unos fijan su vista en los pisos bajos, en los pasillos que se pierden tras el Altar. Otros miran hacia arriba, en los pisos superiores. Los palcos parecen fantasmalmente vacíos, pero sin embargo algo maligno titila en ellos. Algo que se esconde, satírico, porque sabe que acabarán yendo hacia él.

Es el destello ardiente que quema el Altar lo que les mueve a mirar hacia allí con los ojos abiertos de par en par. El enorme muro que separaba el hogar con las habitaciones interiores de la planta inferior de la Catedral ha comenzado a arder, y los remaches de madera que estilizaban su superficie lisa se encuentran ya ennegrecidos, rotos por el apabullante calor de las llamas mágicas del infierno, cayendo sin poder evitarlo hacia el suelo frío. Como lenguas de fuego imparables, las llamas han alcanzado unas dimensiones indecibles, rozando las barandillas de los balcones superiores, lamiendo la superficie del altar, acercándose cada vez con más decisión hacia el pasillo central y, por ende, a los aventureros atolondrados por lo que ven.

Porque no es lo único. No es un fuego improvisado.

Es el demonio en lo alto del muro, que les mira con ojos ardientes y mandíbula sonriente. Es el demonio que mantiene las largas garras bailando con un ritmo que solo él conoce, moviendo las llamas a su antojo, abriendo las enormes alas membranosas, por algunas zonas rasgadas, cuyas púas en los vértices resultan un arma tan temible como aterrorizante. Es la guadaña forjada en los fuegos del mismísimo diablo, que titila siniestra en sus brazos, cuyo afilado borde está tan candente como el corazón de las mismísimas llamas que comienzan a prender fuego a todo lo que encuentran a su paso.
Es el miedo que sienten aquellas criaturas que se ven hundidas en el caos y no tienen la suficiente serenidad como para reaccionar hasta que la voz, gutural y quebrada del demonio, suena con fuerza por encima de todo el estruendor que el fuego provoca al destruir madera y piedra.

Humanos, elfos, enanos —sus ojos incandescentes, rasgados como un reptil en su pupila, los analiza con un odio tan atroz que jamás habría sido posible imaginar—. Qué apetitoso banquete han traído hasta aquí —el ser ríe en ese momento, y sus carcajadas siniestras resuenan por toda la Nave, haciéndose eco como si de un ataque psicótico se tratara—. Y qué inútil esfuerzo por parte de los aldeanos para librarse de nosotros. ¡Os doy una calurosa bienvenida! Habéis entrado en el reino de Svanias Fël, y estoy aquí en calidad de mensajero, pues vuestra llegada no podría haber ocurrido en mejor momento. Las Puertas del Infierno están abiertas para vosotros, y queremos recompensaros por ello.

Enarbola la guadaña y de su punta un destello verdoso se condensa hasta lanzarse contra el altar con fuerza, donde se divide en tres halos que se convulsionan mientras crecen, crecen, crecen…

‘A la oscuridad jamás descendáis. Evitad vuestra alma sea condenada, y si para bien salvaros precisáis sacrificar un ojo, más vale lo deis antes que perder ambos y caer en el Olvido y la Miseria. Sed consecuentes con las enseñanzas que aquel que todo lo sabe vela desde las alturas, y jamás volváis a dejar que lo desconocido os atrape con su pecado y su seducción. Libraos de las ataduras y encontrad en la Divina Retribución el peregrinaje de vuestra alma. ¡Salvadla!’

El ser recita lo que parece ser una oración, corrompiéndose su voz con la última palabra, gritándola como si de un desquiciado se tratara. Sus alas se despliegan y de un salto se aleja del muro, cuyos soportes empiezan a temblar ante el paso imparable de las llamas del diablo. Lo que antes no eran más que tres luces sinuosas ahora han captado la forma de hombres corpulentos. Su forma sigue siendo vaporosa, pero parece que alguna clase de magia los ancla a la tierra y les da la fuerza que necesitan para valerse por sí mismos. En sus ojos brilla la furia desatada e irracional, y siendo por enteros de un fuerte color blanquecino, parece que esa mirada destelle hasta dejar ciego al que demasiado tiempo esté mirándole.

No obstante, eso no es algo de lo que hayan de preocuparse. No cuando las tres bestias abisales chillan a la vez y cuando el alarido infernal aún está en el aire se lanzan a por los aventureros que, asustados, solo saben que hay que hacer algo: huir antes de ser calcinados.

The Sentient

Zana solo pudo volver a gritar. Gritó tanto que las cuerdas vocales se le quebraron y su voz falló, anulándose en el falsete y quedándose sin aire durante esos instantes en los que su rostro se iluminó por el incendio que se había provocado en el Altar, mancillándolo con la oscuridad del demonio, siendo el escenario perfecto para la aparición corpórea de la voz que había estado susurrándole en su mente, rompiendo sus defensas, debilitando su voluntad.

Esa voz la había dejado sin aliento, desprotegida pero al mismo tiempo tan aterrorizada que, paradójicamente, asía la daga con más fuerza de la que se habría creído capaz. Antes de eso no había podido menos que escuchar con atención las diatribas de los nuevos visitantes, y cuando parecía que todos iban a llegar a un acuerdo, por todos los dioses, el mal había hecho acto de presencia y la hörige creía que iba a morir del mero susto.

El fuego se acercaba con rapidez, amenazante como nada. Solo la aparición del demonio en las alturas era capaz de concentrar toda su atención por completo, escuchando su voz malévola e hipnotizante a partes iguales mientras sus ojos veían sin problemas la rojiza ira que latía en los de reptil de esa criatura. Dioses, Zana estaba aterrorizada. ¿Qué era eso, por qué les daba la bienvenida? ¿Quién se escondía tras esas palabras, y por qué estaba haciendo aquello? Prendía el Altar como si hubiese sido el artífice de alguna clase de ritual pagano, matando las creencias de buena fe de cientos de creyentes de los Sharene en la época dorada de Svanias Fël. Zana no tenía ni idea de qué suceso habría desencadenado semejante malevolencia dentro de un lugar de culto así, pero solo sabía que estaba aterrorizada, que las llamas les alcanzarían dentro de poco y que esos tres seres infernales se estaban acercando con tanta rapidez que si golpeaban a alguien de frente, probablemente se quedaran en el suelo sin volver a levantarse.

Así que gritó, presa del miedo, y antes de pararse a pensar en qué harían sus compañeros corrió como alma que se lleva el diablo hacia detrás de una de las primeras columnas, fuertes y robustas, mientras sus ojos desorbitados buscaban una obertura, una puerta o algo lo suficientemente grande como para esconderles a todos y salvarles del fuego.

¡Cuidado! —chilló cuando uno de los engendros se lanzó sobre el compañero que tenía más cerca, y asió la daga con más fuerza—. ¡Huid, huid todos! ¡Hay que salir de aquí!

Su voz demostraba dos cosas. La primera el temor irracional que sentía. La segunda, su desconsideración con los demás. No creía que ellos fueran capaces de matar unos demonios así, y si lo eran… ¿Cuánto tiempo ocuparía aquello? ¿Cómo saldrían de ello?

Zana solo sabía una cosa: tenían que huir. No había otra opción.
Se apartó de la columna y corrió hacia las puertas de la Catedral, esperando que los otros hicieran lo mismo. Sin embargo, conforme más se acercó las puertas más se retrajeron, acabándose cerrando con un portazo tan desolador que Zana sintió que los ojos le escocían ya no solo del miedo, sino del aire viciado y carbonizado que era producto del incendio.

¡Ábrete, ábrete! —gritó, presa de la histeria, pegando puñetazos a la puerta antes de girarse y encarar de nuevo el horror de fuego y diablos que tenía delante.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Daanira Lynella el Lun Sep 03, 2012 3:42 pm

Pocas cosas me asustaban en esta vida. Una, la más frecuente, era quedarme sin alimentos o provisiones para mí o mio caballo durante alguna de mis largas travesías. Siendo una viajera y exploradora me costaba mucho trabajo encontrar suficientes comunidades donde recolectar provisiones una vez habido iniciado mi viaje, razón por la cual por lo regular debía comprobar dos veces o hasta tres antes de salir nuevamente.

Otra cosa que me aterraba era ver morir a alguien cercano a mí. Ya había experimentado la pérdida de un ser querido al ver morir en mis brazos a mi madre. El dolor fue indescriptible y la sensación de pérdida incomparable. Era algo que no deseaba volver a experimentar jamás.

Pero lo que más me quitaba el sueño, a pesar de ser algo que solo en las peores pesadillas podrías experimentar, era encontrarme de frente con demonios de carne y hueso. La mera sensación de ser observada y deseada por una criatura tan vil para cualquiera que fuesen sus deseos era insoportable, y a pesar de ello me parecía improbable toparme con alguno durante la vida pacífica que intentaba llevar. Pero ahora, adentrada en esta catedral, esa supuesta seguridad se iba esfumando tan rápido e iba sacando a flor de piel todos esos temores que no deseaba experimentar.

Frente a nosotros estaba un individuo sombrío el cual parecía orgulloso de si mismo. No parecía que el ambiente lúgubre de Svanias Fël le afectara en lo más mínimo, y ello ya era digno de mención. Al menos yo no podría permanecer de pie sobre los cadáveres de seres tan horribles como los canes que yacían a sus pies. Tan perversos y muertos que incluso cuando la sangre brotaba de sus heridas sin clemencia daban la impresión de quererse volver a levantar y tomar venganza sobre su verdugo. Criaturas viles corrompidas por una maldad pura y desafiante ¿algún día tendré el valor para tratar de transmitir este sentimiento de terror con mi instrumento?... una pregunta que ahora me invadía.

Cuando la desesperación de Zana se hacía más evidente, y la mía comenzaba a tomar cabida, un par de figuras familiares entraron en la catedral. No podía creer lo aliviada que podría llegar a sentirme al ver personas con las que ya había tenido la fortuna de viajar anteriormente y con las cuales había logrado entablar cierta amistad. Todo viaje crea nuevas relaciones, y las compañías que se repiten solo logran fortalecer los lazos efímeros que iniciaran durante el primer encuentro.

El primero en entrar a la catedral fue Gawain Brisalegre el cual, tan típico de él, deseaba ocultar su identidad bajo una harapienta capucha siempre intentando relacionarse poco con la gente, pero su personalidad y gran carisma era algo que le delataba y a mi no me podía engañar con un disfraz tan simple. A pesar de todo soy una hechicera, y su presencia me es inconfundible.

Tras él, el siguiente que me sorprendiera fue el joven Dehvi. Aún recordaba como sus artilugios y sus runas tan extrañas habían sido de gran utilidad durante nuestra expedición en los bosques circundantes de Erinimar. Era un joven bastante astuto a pesar de su inocente faz, por lo que la alegría que logré sentir de verle ahí casi lograba superar por completo mi actual terror.

Sin embargo, justo cuando mis ojos se cruzaban con el de aquellos dos amigos y me disponía a saludarles de forma efusiva, un gran incendio dio inicio en el gran altar del fondo de la catedral. Las maderas y los cientos de cristales destrozados en el suelo crujían inclementes ante la potencia de tal hoguera. Era impresionante y a la vez inexplicable para mí. no comprendía como se había suscitado aquel fuego hasta que me percaté de la horrible figura posada sobre la pared superior de la pared. Era horrible. Un demonio salido de mis peores pesadillas. El peor de los miedos que podía encarar ahora se posaba tranquilo y amenazante ante mí a escasos metros de distancia. Mis piernas no se movían. Mis brazos pesaban una tonelada o más. Mi boca, paralizada y i garganta ardía como si hubiese sido invadida por un terrible flujo de ácido corrosivo.

La temible y rasposa voz del engendro de las profundidades solo lograron empeorar mi situación, empeorando un poco más cuando la figura de tres seres envueltos en luz y flamas blanquecinas se materializaron frente a nosotros. Parecía que las presentaciones eran fútiles y los saludos aún menos dispensables. Era momento de pelear o huir por nuestras vidas. En mi caso, la primera opción sonaba más aceptable.

Solo viendo como la joven Zana emprendió su histérica huida logré reaccionar. Estaba tan aterrada como yo, pero no podía dejar que se adentrara sola en la oscuridad. Sin embargo las puertas de la catedral se cerraron en sus narices, atrapándonos a todos sin remedio. No pensé en nada más en absoluto, solo en mi supervivencia y ayudar a una camarada. Solo deseaba que los demás tuvieran mejores opciones o la capacidad para defenderse de esos seres, pues yo solo era una simple y temerosa mujer.

La puerta parecía imposible de abrir, pues Zana gritaba y ordenaba que se abriera esa puerta con desesperación. Pero sin pensarlo demasiado, y a sabiendas que el fuego y los eres mágicos se acercaban con gran rapidez, no pude si no sujetarla de las manos con toda la firmeza de la que pude hacer gala mientras le gritaba que debíamos irnos de ese lugar cuanto antes en un intento por recobrar la confianza.

¡Hay que irnos de aquí Zana! ¡Que los hombres se encarguen! - Le grite mientras dirigía mi cuerpo hacia la primera puerta de la izquierda de la nave principal, enviando una última mirada a mis compañeros de viaje esperando que sus opciones fuesen mejores o al final decidieran acompañarme. Detestaba estar sola, y mucho más en esos lugares malditos.

No tenía idea si era un camino seguro o no. Ni siquiera sabía si ella vendría conmigo o prefería quedarse ahí hasta el último minuto. Solo sabía que enfrentar juntos los peligros de este lugar era mejor que huir y morir en soledad. Solo esperaba que no fuese imposible de abrir, o no sabía si el fuego nos consumiría junto a todo lo demás en esa corrupta catedral.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Rothgar de Ithia el Miér Sep 05, 2012 8:53 pm

Mi mirada se paseó por el corrupto sanctasanctórum ante la falta de respuesta del pelirrojo. Empecé a andar unos pasos, aún en posición de combate, hasta que una voz me hizo girarme, extrañado. Era un muchacho pelirrojo, y no muy lejos de él había otro hombre, encapuchado. No les recordaba, aunque ninguno de los dos destilaba esencia alguna. Bueno, el pelirrojo parecía portar algo mágico, pero en sí, la esencia mágica no corría por sus venas. ¿Alguien con equipo mágico? Era posible.

Antes de poder decir nada, un grito de terror rompió el pesado silencio, solo roto anteriormente por el campechano saludo del muchacho. Había sido la chica de ojos ambarinos quien había proferido ese chillido, y fue eso lo que me advirtió de una repentina presencia maligna de gran poder que apareció en el altar. Además, la voz demoníaca que trataba de tentarnos se hizo más que audible para todos.

Mientras el altar empezaba a arder, el demonio, con la voz que solo una criatura de la oscuridad podía emitir, empezó a hablar con nosotros. Quería corrompernos, y no solo eso, quería atemorizarnos. No le iba a dar ese placer. Lejos de dejar que el miedo anidara en mi corazón, fue la furia quien lo hizo, y manteniendo mi posición de combate, le respondí, con voz cargada de odio:

-¡Atrás, criatura de la sombra! ¡Atrás! ¡Soy miembro del Temple secreto, administrador de la justicia de Luminaris! ¡No puedes vencer! ¡Tu mal será erradicado, y este lugar purificado! ¡Tu fuego oscuro es en vano! ¡No habrá piedad para los impíos!-

Una vez le hice llegar mi respuesta, pude ver como de entre las llamas tres figuras parecidas a hombres corpulentos se lanzaban a por nosotros. La hörige gritó, y alzando la espada, observé al engendro que trató de lanzarse a por mí. Gracias a los dioses, era más lento que yo, de modo que pude esquivar su embestida y lanzar un espadazo contra él, aunque la inercia de su movimiento hizo que solo marcara la punta de mi arma en su antebrazo, aunque soltó un grito furioso de dolor. El agua sagrada le dolía, y eso era bueno. Retrocediendo unos pasos y girándome hacia los demás, les grité:

-¡Que alguien coja la antorcha y la cantimplora pequeña que pende de mi cintura! ¡Es agua bendita, y es el único método para herir a estas criaturas efectivamente! ¡Replegaos, yo les entretendré, aunque no lo lograré por mucho tiempo!-

En aquél momento vi que la otra mujer del grupo, la morena de ojos azules, le gritaba a la hörige que fuera con ella. En aquél momento dudé un instante sobre si ir a protegerlas o si sobre cerrar la marcha del grupo para cubrirles. Decidí enfrentarme primero al demonio que quería matarme.

Su contraataque fue brutal, aunque gracias a que me eché unos pasos hacia atrás y golpeé su filo contra el mío, posiblemente me hubiera cortado en dos. Noté como se me entumecían los músculos al bloquear semejante impacto. De haber aguantado la espada frente a mi rostro posiblemente solo hubiera logrado partirme los dedos o algo peor.

Retrocedí más pasos, acercándome a una de las columnas más cercanas a la puerta que la morena había elegido, y alzando la voz, tras agacharme de un barrido que el demonio hizo con su arma, logrando así evitar la decapitación y que, de paso, su hacha se incrustara en la columna, grité al grupo:

-¡Todos, seguidla a ella! ¡Alguien debe entretener a los monstruos antes de que llegue aquí el fuego!-

En ese momento la aberración logró soltar su hacha de la columna, lo cual me obligó a agacharme de nuevo, pero en aquél momento decidí contraatacar. Mi espada se lanzó hacia adelante, mordiendo el muslo del demonio y produciéndole un corte profundo, del cual manaba la sangre negra. Profiriendo un grito de dolor, me golpeó con el dorso de una mano, haciéndome retroceder unos pasos y caer al suelo. Aunque la antorcha salió despedida, aterrizando cerca de la puerta elegida por la mujer, mi espada se mantuvo firme en mi mano derecha. Solté un gruñido de dolor, notando como el golpe me había incrustado parte de la cota de mallas en el vientre. No me había hecho sangre, pero posiblemente tendría varios moratones de forma circular. Y eso duele.

En ese momento pude admirar como su hacha trataba de partirme la cabeza por la mitad como un melón, pero rodando por el suelo logré evitar el ataque, quedando su vientre al descubierto para mí. Hundí la espada que había bendecido con el agua anteriormente en su vientre y la retorcí, lo que le hizo soltar el arma y aullar de dolor. La desclavé y me levanté, pero la criatura me dio un puñetazo en el yelmo que me hizo volar tres metros hacia atrás. Aterricé, soltando un grito de dolor, al notar las contusiones en mi espalda producidas por el impacto. Mi espada estaba a varios metros de mí, mientras el monstruo venía corriendo hacia mí. Decidí que no era momento de ser estiloso.

Empecé a hacer la croqueta, rodando por el suelo mientras la criatura, aún cojeando, trataba de aplastarme con sus pies, pero mi velocidad al rodar hizo que le esquivara. Finalmente logré llegar a mi espada, y agarrando la espada, me giré justo a tiempo, ensartando el corazón de la bestia. La bestia se llevó las manos al pecho, y tras un aullido de dolor, finalmente cayó al suelo, muerta, aunque en un último estertor me dio un nuevo golpe mientras estaba arrodillado frente a él, cubriendo un par de metros y aterrizando cerca de la puerta que había elegido la morena. Desclavé el arma y me incorporé del todo. Soltando un gruñido de dolor, grité de nuevo:

-¡Replegaos!-

Jadeando, miré a la mujer y me quedé al lado de la puerta, aguardando a que llegaran los demás para acceder el último. Mi deber es defender a los débiles y a los que necesiten ayuda, y mi honor me impide dejar atrás a mis camaradas. Aguardaría hasta que todos hubieran pasado. Aunque esperaba no tener que enfrentarme a solas contra los otros dos bichos... Si este ya había logrado cansarme un poco y darme varios viajes, quién sabía qué podrían hacerme los demás. Mientras aguardaba, e iluminado por el fuego del incendio, sacudí un par de veces la espada para que la sangre negruzca cayera al suelo y entonces saqué de nuevo la cantimplora de agua bendita, humedeciendo lo justo el arma por si matar a aquél demonio la había secado. La precaución es una buena forma de sobrevivir frente a esos seres.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Gawain Brisalegre el Jue Sep 06, 2012 6:24 am

El horror apareció ante mis ojos rodeado de fuego y olor a azufre. Las abominaciones se presentaron en la sala, sin ningún reparo ni afección por el sacro emplazamiento en el que estábamos todos.

Cada uno reaccionó diferente ante el monstruo. La mujer de cabellos rojizos entró en un ataque de pánico, de histeria. Cualquiera persona sería altamente afectada por semejante visión, por el concepto mismo de los seres esos.

Corrió como alma que lleva al diablo, nunca mejor dicho. La puerta a mis espaldas se había cerrado apenas un par de minutos después de que un joven muchacho hubiese hecho acto de presencia.

Vi además en mi estupor como la otra dama, Daanira, había seguido a la primera intentando calmarla, o aportarle cordura, mostrando una entereza bastante extraordinaria. También vi como un guerrero en armadura blandía su espada contra una de las bestias, en un intercambio bastante obvio de fuerza.

Volví en mí rápidamente, mientras me dirigía disimulando mi voz con un tono ronco al muchacho que estaba a mis espaldas.

Corre cuanto puedas, hay que salir de aquí.’ Intenté lanzarme a la carrera, cuando vi que una de las abominaciones se dirigía hacia las dos mujeres, mientras que el caballero a duras penas mantenía a raya a otro de ellos, entre llamas.

Suspiré, tomé el aire contaminado de la estancia, y saqué mi arco. Lancé una flecha al demonio perseguidor, pero para mi sorpresa apenas le hizo daño. Sin embargo consiguió que yo le llamase la atención, olvidándose de la histérica dama y Daanira.

Los monstruos se movían de manera torpe y lenta, pero cualquier manotazo de ellos me haría perder la consciencia, incluso la vida. Con eso guardé mi arma y corrí por la estancia, cruzando algunos focos aislados y prendiendo un poco la capa de cuero.

Saqué el valor que me quedaba, en carrera por la sala intentando mantenerme siempre fuera del rango de los demonios. Era consciente de que mis armas eran inútiles, y que jamás me alcanzarían en carrera también.

Pronto oí caer a una criatura, al parecer el caballero había abatido a su enemigo. ¡Matar un demonio! Podría ser que al final tuviésemos alguna posibilidad. Vi también como rociaba su arma con un líquido transparente… ¡Eso debía ser lo que había hecho tan efectivo su hierro contra los demonios!

Corrí hacia donde se encontraban las dos damas, rodando un poco por el suelo para apagar las pequeñas ascuas de mi disfraz, que habían dejado más de un agujero. Al llegar vi como apaleaban la puerta, parecía imposible de abrir.

¡Haced lo posible por abrir la puerta, mis flechas no son efectivas contra estos engendros!’ Dije de nuevo con esa voz ronca que tensaba mis cuerdas vocales y resultaba poco natural. Lanzaba flechas a ojos y zonas débiles buscando el mayor dolor a la criatura, aunque fuese poco.

No podía desperdiciar mi carcaj, puesto que esas flechas serían irrecuperables si resultaba que huíamos, y seguro resultarían de más ayuda en adelante. Esperé que todos nos encontrásemos en un punto, y con eso pudiésemos salir de esa estancia, y a ser posible el caballero compartiese esa fórmula conmigo para poder dejar de ser más un estorbo que una ayuda.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Zana el Dom Sep 09, 2012 10:45 pm


Es triste cuán fugaz puede ser la vida cuando te enfrentas a un horror que de un movimiento puede arrebatarte tu última exhalación. Los demonios se alimentan de miedo y desesperación, notan tu amargura y la saborean como si no conocieran de otra cosa. Quién sabe qué clase de horrores les esperaría habiendo visto la tentativa de la primera muerte, manipulada por aquel que no es sino el mensajero de algo mucho peor, de unos demonios que duermen bajo tierra y que solo consienten en despertar cuando saben que su presa está cerca y su sed imparable de sangre les anima a devorarles disfrutando de su dolor y su tormento.

Los tres demonios abisales son imparables, sus enormes cuerpos y grandes músculos de encendido color infernal les persiguen como si fuera una pesadilla hecha realidad. Pronto unos se dan cuenta de que tienen que salir de allí cuanto antes, mientras que otros, más valerosos y con un férreo sentido del honor del guerrero, les osan plantar cara con arma en mano. El elfo es el primero en entender que no todo depende de tu determinación, sino que es algo más lo que hace falta para vencer al mal. Es la bendición de Luminaris que él no ha recibido, y que muchos otros no valoran.

El humano Dehvi corre hacia Daanira Lynella y Zana, del mismo modo que los restantes participantes, que antes habían estado contemplando el altar ardiendo y ahora tratan de evadir golpes mortales, y al final solo el templario Rothgar de Ithia y Gawain Brisalegre se quedan en la retaguardia, pretendiendo tal vez ralentizar el avance de demonios tan grandes como columnas y fuertes porque se alimentan de la mismísima podredumbre de las huestes del infierno.

Qué triste estampa la que ahora presenta lo que fue un enorme baluarte de la fe humana. Qué desamparado resulta un altar ardiente y destrozado por las garras del mal. Dentro de poco estará totalmente destruido y maldecido, y los que entren en las profundidades de Svanias Fël no podrán volver atrás a menos que sepan muy bien qué ven sus ojos, qué siente su corazón, qué escuchan sus oídos. Cuán fuerte es la mano que enarbole sus armas más poderosas.

La puerta está atrancada, pero no lo suficiente como para que el golpe que profusa Daanira no logre abrirla. En efecto, cuando la mujer choca contra ésta el marco se medio desprende, podrido por el paso del tiempo, y la puerta se abre lo justo como para que ambas comiencen a empujar, movidas por el miedo y el deseo inexpugnable de huir de allí. Saben que el demonio está detrás de ellas, pero no pueden permitirse ni un momento de duda.

Al menos saben que cuentan con apoyo, y eso es suficiente para que una tras otra entren corriendo y, después, lo haga el resto.
El demonio que Gawain Brisalegre ha conseguido distraer se vuelve de nuevo y, lanzando un rugido ensordecedor, con los ojos llameantes de pura ira, se abalanza sobre él y los últimos replegados: los dos humanos, el enano, el antropomorfo y él mismo. Son unos segundos lo que tienen, pues el tercer y último demonio se les aproxima por el otro lado, sendos puños en alto, sumándose al rugido de batalla de su compañero.

Cuando están cerca de la puerta el segundo estampa el cuerpo contra la primera estatua del ángel decapitado, que comienza a tambalearse, pesarosa. La piedra fría produce un estallido perezoso, un chirrido que precede la sombra que se acerca con rapidez a la puerta por donde los aventureros están escapando, y los últimos se dan cuenta de que si no se dan prisa morirán aplastados por el enorme paladín de Luminaris.

Entran todos, entre gritos y espadazos dados tanto para evitar la mano del infierno como para protegerse a sí mismos. El demonio muerto se ha disuelto, su cuerpo vaporoso solo ha dejado tras de sí los dos enormes brazaletes que portan todos ellos en sendas muñecas. Sin embargo, sus dos compañeros parecen más que dispuestos a vengarle, disfrutando del dolor y la ansiedad, y mientras el ángel sigue cayendo hacia el marco de la puerta ellos también se abalanzan, cada vez más y más y más y más cerca…
Con un enorme golpe en la piedra del muro de Svanias Fël el ángel se rompe en cientos de fuertes y enormes pedazos y termina por taponar la puerta, separando al grupo de los demonios… Aunque quizá no a todos.

El antropomorfo, con su enorme cuerpo y potentes músculos de dracónico, no se ha dado la suficiente prisa. Se ve separado, sin posibilidad alguna de entrar por esa puerta, encarando a dos demonios que están deseando matarle.

Quién sabe si lo hacen.

El resto del grupo se queda a oscuras, escuchando al otro lado los rugidos de los demonios con el corazón en la garganta. La mayoría no ve en esos instantes de negrura lo que les rodea, pero pronto sus ojos se acostumbran y descubren un camino descendente, repleto de escaleras y oscuros arcos que los lleva hacia algún tipo de encuentro con Luminaris sabe qué.

Han sorteado el primer peligro, pero ese vestíbulo es la mismísima manifestación de la puerta al infierno. Una fina bruma, niebla pálida, les rodea y se adhiere al suelo mohoso de piedras interpuestas en damero. Todo es de oscura piedra, y las antorchas tiempo ha encendidas ya no titilan. No saben si tienen aceite o no, mas solo cuentan con su astucia para poder seguir adelante.
Porque eso no es lo más preocupante.

Es un gemido lastimero lo que se escucha al final de ese camino oscuro, irregular pero igualmente potente. Pareciendo que es el canto mortecino de los espíritus que una vez pasearon por el hogar de los Sharene, esa voz les atrae hacia abajo, a menudo resolviendo acoplarse a otros nuevos gemidos, siendo que si al principio era solo un réquiem de dolor ahora es un canon de voces y voces que se encuentran corroídas por el dolor.

¿Y qué será, qué habrá más abajo?

Solo el tiempo puede decirlo, y la cordura de los aventureros que han salvado el primer obstáculo.

Your time is over
I’m taking what is mine

Cuando escuchó la voz de Daanira no se sintió mejor. Era demasiado la presión que estaba aguantando en esos momentos, tan aterrada por la presencia de esas criaturas que ni siquiera era capaz de serenarse ni un mínimo. El fuego del Altar parecía acercarse con demasiada rapidez, y Zana en su paranoia se veía a sí misma ardiendo antes de conseguir atinar a abrir la maldita puerta que parecía cerrada a cal y canto.

Pero no lo estaba, y si Zana había rezado alguna vez en su vida, jamás lo hizo con tanto fervor.

Prefirió no mirar qué estaba ocurriendo atrás pese a que la voz de sus compañeros le cedía un poco de control y sabía que estaban librando una lucha. Se apartó a tiempo para que Daanira abriese la puerta de un golpe y entonces la dejó pasar primero mientras desenvainaba la daga con manos temblorosas y la seguía, ahora sí, girándose una vez estuvo dentro para mirar qué estaba ocurriendo.
Se encontró mirando aterrorizada cómo el humano estaba luchando contra uno de los demonios y el elfo que había aparecido hacía unos instantes distraía al otro. El tercer demonio estaba corriendo hacia el humano que Zana descubrió con asombro como Dehvi, y vio que tanto Talidor como el antropomorfo y el extraño monje pelirrojo se encontraban cerca.

Aguantó las ganas de gritarles que huyeran, sabiendo que eso les desconcentraría, pero tenía tanto miedo por lo que pudiera pasar que solo pudo, en su cobardía, desear que ellos fueran lo suficientemente inteligentes y veloces como para no recibir daños de los demonios y huir a tiempo.

Porque algo tenía que ocurrir, Zana rezaba por ello.
Y ocurrió, pese a que no fue ningún alivio.

¡La estatua! —advirtió profiriendo un alarido agudo, alertando a los que quedaban sin entrar aún en la nave principal. Uno de los diablos había golpeando de una manera tan cruda la enorme estatua que ahora el enorme cuerpo decapitado y frío del serafín se encontraba cayendo hacia ellos. Era tanta su envergadura, tal su tamaño, que Zana sintió un sudor frío recorrerle las sienes y la espina dorsal. Si el demonio era capaz de tirar aquella enorme estatua, ¿qué pasaría si alguno les golpeaba a ellos limpiamente? ¿Les rompería no en cientos sino en miles de pedazos?
Dioses, si estáis ahí, salvadnos, pensó ella, alejándose agarrando por la muñeca a Daanira cuando el resto del grupo se apresuró a entrar.
Zana no se había parado a mirar qué es lo que habría a su alrededor, solo sabía que en su terror solo podía atinar a huir y, con suerte, a llevarse alguien con ella para no enfrentarse sola al miedo que esa Catedral estaba haciéndole sentir. ¿Cómo iban a salir de allí, ahora que aquella salida estaba tapada? ¿Qué les deparaba si bajaban hacia las entrañas de la tierra?

No sabía, ni ella ni nadie, qué podía ocultarse en semejantes profundidades, pero solo sabía que no quería, que no quería bajar y que, sin embargo, no tenía más remedio que hacerlo.

¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? ¿Han muerto? Daanira, ¿estás bien? —preguntó con rapidez, cuestionando las cosas atropelladamente y aún con la voz alterada. Hiperventilaba, y la daga continuaba sujeta por sus dedos, que no obstante temblaban como ramas de paja ante un vendaval.
Entonces se dio cuenta de donde estaba. Sus ojos brillaron como los de un felino cuando se giró y observó el cuarto. Olía a moho y el aire estaba viciado, lo que significaba que no había salida hacia arriba. Las escaleras más allá solo descendía, y no parecía haber desviaciones en el largo vestíbulo descendente.

No, lo único que había era una extraña neblina a sus pies, que les rodeaba y tapaba viejos toneles abandonados, cajas cuya madera estaba podrida, barriles que contenían bebidas que jamás se utilizarían ya. El techo estaba repleto de arcos de piedra, intercalados entre sí mediando una distancia de al menos dos metros. Sin embargo, nada de eso asustaba a Zana tanto como el hecho de estar escuchando aquellos gemidos que provenían de las profundidades de la Catedral y que sonaban a hombres y mujeres siendo torturados y mutilados. Cómo no saberlo después de haberlo sufrido en sus propias carnes, maldición.

¿Escucháis eso? Están lamentándose… —susurró, asustada, cuando todos parecieron ponerse en marcha. Ella se quedó en la retaguardia, ni muy detrás ni muy delante, no queriendo ni enfrentarse al mal en primera fila ni dejar su espalda descubierta, y con el corazón en un puño se puso en marcha, fijando los ojos ambarinos en la niebla que no parecía normal y que les daba la bienvenida hacia algo que, quizá solo el diablo mensajero del altar podría catalogar como conocido.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Daanira Lynella el Miér Sep 12, 2012 4:08 pm

Recuerdo las enseñanzas de mi madre. Aquellas que en su momento me parecían inútiles y absurdas ahora se aglomeran en mi mente y mis recuerdos como si fuese ella misma la fuese intentara comunicar conmigo. Yo era demasiado joven y estúpida como para valorar lo que ella hacía por mi, y ahora lo comprendo a la perfección.

Recuerdo esa fatídica noche a la intemperie. El cielo se caía a pedazos con una tromba que parecía sacada de algún cuento apocalíptico. No teníamos donde pasar la noche y ni siquiera sabíamos si lograríamos salir de ese bosque sanas y salvas. Yo estaba muy asustada como para pensar en nada. Mi cuerpo, empapado de pies a cabeza, no respondía y me hacía caer con cada metro que avanzaba. Esa sensación de impotencia y resignación que se posa sobre tus hombros como un buitre anunciando la cena. Sin embargo mi madre siempre se había mostrado implacable para mí. Aún aquejada por esa extraña y debilitante enfermedad pulmonar ella siempre permanecía de pie ante las adversidades y arrastraba con mi debilidad. Era mi heroína y mi institutriz.

Es curioso como uno se pone a pensar en el pasado cuando el futuro parece muy oscuro e incierto. Incluso ahora, corriendo hacia esa puerta mientras jalo fuertemente la mano de la pequeña Zana, no puedo dejar de pensar en mi madre y todo lo que su fuerte carácter me dejó de enseñanza. "No temas a las sombras Daanira, ellas son las que temen a tu luz" ... Mi luz era mi talento y mi personalidad según ella, solo esperaba que sus palabras brindaran el consuelo que mi espíritu requiere en estos momentos de pánico.

Gracias a los dioses, si es que el paladín tenía razón y nos guían, la puerta que había embestido con toda la fuerza que tenía a mi disposición se abrió lo suficiente como para que ambas pudiésemos pasar. Mientras el combate parecía aumentar en intensidad en la habitación anterior, yo observaba el camino que se extendía frente a mí. Un camino oscuro y siniestro perfectamente complementado con una niebla tan espesa y pesada que cubría casi a la perfección el suelo de piedra ennegrecida. Las paredes deterioradas y cubiertas de musgo por la humedad del ambiente solo lograban incrementar el desagrado que mis sentidos percibían en ese sendero. Estaba segura que había sido una mala elección, aunque la verdad había sido ya suficientemente malo el haber venido a este lugar pensando que los rumores eran demasiado exagerados. Debí haber hecho mayor caso a mis propias predicciones.

El estruendo causado por una enorme estatua colapsada en la nave principal logró sacarme de mi trance momentáneo. La mayoría de mis compañeros se encontraban ahora ahí a mis espaldas mientras el polvo que había levantado aquel derrumbe se comenzaba a disipar. Una sensación de alegría y tristeza me invadía pues, me alegraba saber que todos estuviésemos con vida pero me llenaba de amargura saber que ya no seríamos capaces de abandonar el recinto por donde habíamos entrado. Ahora todo parecía indicar que tendríamos que avanzar a través de estas temibles sombras y estas oscuras paredes plagadas con depravación.

Estoy bien Zana, tranquilízate - Contesté a las preguntas agitadas de la joven intentando aplacar un poco su ímpetu, aunque por dentro yo deseaba caer al suelo y llorar presa de la misma histeria - Solo me he lastimado un poco el hombro, pero viviré - Ya me había percatado del dolor que me había conferido aquel embiste contra la puerta, pero estaba segura que solo sería un moretón sin mayores consecuencias por lo que no era necesario preocuparle más de lo que ya estaba.

No estoy segura de alegrarme de verles - Le dije a mis anteriores compañeros de viaje Gawain y Dehvi mientras sujetaba mi hombro lastimado - Más desearía que estuviesen en otro lugar muy alejados de este sitio maldito... pero no puedo esconder la alegría que me brinda tenerlos a mi lado. - Ciertamente la alegría no era la emoción que más sentía ahí abajo, pero me brindaban ciertas esperanzas que aceptaría con gusto.

Sin embargo, poco tiempo había pasado desde que volvíamos a estar dispuestos a avanzar cuando los sonidos de un sin fin de gemidos fantasmales se hicieron presentes en las profundidades del camino a nuestros pies. Almas en pena o sonidos espectrales de seres atormentados eternamente tras su muerte ahora recorrían la estancia, haciendo que ni siquiera la presencia del paladín de Luminaris evitase que la piel se me erizara. Primero demonios de carne y hueso, ahora voces del más allá llamándonos hacia el camino que sin remedio debíamos atravesar. Las cosas no pintaban nada bien, pero el miedo de Zana ya comenzaba a invadirme y a contagiarse en más de uno de mis compañeros, por lo que pensé que sería necesario disminuir la tensión del momento y distraer un poco la mente de mis acompañantes, pues una mente relajada y despejada podía pensar mejor que una tensa y bloqueada por el miedo.

Sin decir palabra alguna, dispuse de mi instrumento y comencé a tocar una melodía que siempre me tranquilizaba cuando estaba en desesperación o con simple melancolía. Una melodía que me había enseñado mi madre durante aquella noche de desesperación tras encontrar una cueva donde poder refugiarnos de la tempestad. "No tienes por que temer Daanira, siempre tendrás a alguien a tu lado que te apoye"... Cuanta razón tenías madre, solo espero que mi melodía Passiv Ein'celo transmita esa sensación de seguridad que con tanto éxito lograbas hacerme sentir.

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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Rothgar de Ithia el Vie Sep 14, 2012 12:03 am

El encapuchado que se me reveló como un elfo por su voz, que aunque ronca para su especie, seguía siendo melodiosa, y por sus orejas, finalmente visibles para mí desde aquella distancia, se situó a mi lado mientras me ayudaba a cubrir al resto del grupo.

La violinista, que llegó poco antes que nosotros, logró finalmente derribar con su hombro la puerta que nos acercaba a una vía de “escape”, y tras eso todos empezaron a entrar rápidamente. Casi todos. El antropomorfo seguía luchando con valor contra las criaturas, pero aquello era en vano. No había querido que usara en él algo de mi agua sagrada, y ahora se encontraba con que era lo único que le podía ayudar en aquél momento.

En aquél momento, la muchacha pelirroja gritó, y miré hacia arriba, viendo que una de las grandes estatuas empezaba a caer inexorablemente. Agarré con mi mano libre al elfo, y de un fuerte tirón le arrastré hacia el interior del pasadizo a la vez que yo entraba también. El polvo que levantó aquella colisión me hizo toser un poco, y tras eso me apoyé contra la pared. Ahora comprendía por qué el engendro al que me había enfrentado era el único armado. Seguramente debía ser el más débil de los tres. En un suspiro, le di gracias a Luminaris por haber hecho que me enfrentara a ese y que me hubiera permitido seguir con vida tras aquella escaramuza.

La pelirroja volvió a hablar, mostrando con claridad que ella estaba asustada. Sus palabras salían atropelladas, y su voz aún era algo aguda. Cuando acabó de soltar el torrente de preguntas, yo me puse a palpar en las paredes, encontrando rápidamente antorchas. Guardé la espada y saqué la yesca y el pedernal. Tras encender una, la fui acercando a otras tres y luego la deposité en su lugar. Empecé a escuchar un ruido fuera del derrumbe, aunque no me sobresalté. Solo suspiré con tristeza. El sonido era el que haría un cuerpo pesado al ser estampado numerosas veces contra una pared o suelo de piedra, y en ocasiones se escuchaba el sonido de puños golpeando piel escamosa. Se intercalaban fuertes rugidos de dolor con los golpes, además del sonido de huesos rompiéndose, y finalmente, silencio a la vez que se escuchaba un amortiguado ruido. El mismo que hace un cuerpo al reventar. Una plegaria por su alma surgió de mis labios, y tras eso, viendo la estancia, la cual tenía algunos barriles ya podridos tirados por el suelo y cuya planta estaba cubierta por una espesa neblina, empecé a responderle a la mujer:

-El reptiliano no lo ha logrado. Que sus dioses acojan su alma en su seno. A todos los que no lo hayan hecho cuando estábamos fuera de la catedral, acercad vuestras armas, excepto tú maese elfo. Antes de hacerlo, respóndeme... ¿Tu carcaj es impermeable o tiene agujeros? Lo digo porque voy a echar agua bendita sobre las armas de aquellos los que lo pidan, pero si tu carcaj es impermeable, yo podría ahorrarme algo de agua echándola directamente dentro del carcaj en lugar de ir remojando flecha por flecha. Lo suficiente para que las flechas se remojen. Antes ya lo habéis visto... Mi acero es el único que ha logrado matar a uno de esos demonios.-

Tras eso, saqué la cantimplora con agua bendita y la destapé, aguardando a que todos los compañeros que quisieran, y en el caso de que el elfo me respondiera que, afirmativamente, su carcaj era impermeable, vertería un poco de agua dentro del mismo para que las puntas de sus flechas estuvieran benditas. Una vez hube acabado, vi que mi cantimplora estaba bastante vacía, así que cogí una de las cantimploras con agua normal y la vertí dentro de la de agua bendita, volviendo a llenarla. Tras eso, guardé la de agua normal y mantuve entre mis manos la de agua bendita. Cerrando los ojos y arrodillándome, empecé a entonar el salmo de bendición para que ese agua volviera a ser bendita en su totalidad.

Una vez acabé, desenvainé a Justicia y avancé unos pasos, quedando en la delantera del grupo. De las profundidades de la Catedral surgían gemidos y alaridos de dolor, los cuales parecían pertenecer a hombres y mujeres siendo torturados, mutilados, masacrados. La pelirroja habló mientras el resto del grupo iba poniéndose en posición. La otra mujer empezó a tocar una melodía con su violín, y yo de mientras tomaba la delantera. Finalmente, empecé a hablar:

-Coged un par de antorchas y seguidme. Yo encabezaré la marcha. Debemos acabar de una vez por todas con el sufrimiento de las almas atrapadas en este lugar, y sobretodo, debemos erradicar hasta la más mínima mota de maldad y oscuridad que pueblan este lugar, antaño sagrado. Si debéis rezarle a alguien, hacedlo a Luminaris. Es el único dios que escucha a los mortales y el único capaz de protegernos de los diablos que pueblan este lugar. Mantened puros vuestra mente y vuestro corazón y lograremos salir con vida de aquí. Debemos seguir avanzando. Solo la luz de Luminaris puede guiarnos y protegernos ahora.-

Tras eso, empecé a descender por las escaleras, manteniendo en mi mente a mi deidad, mientras llevaba la espada de hoja bendita entre ambas manos, preparado para atacar a cualquier ser diabólico que tratara de interponerse en mi sagrada misión de purificar esta iglesia. No iba a fallar.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Gawain Brisalegre el Vie Sep 14, 2012 12:35 am

Todos hemos oído leyendas de los demonios. Seres que manipulan la mente de los mortales, jugando con el miedo, con el terror, con las ansiedades de la gente. Seres que atemorizan allá donde van, que son los originadores de toda maldad.

Los seres primigenios, declarando siempre la guerra a la bondad… Pero eso solo son leyendas, ¿no?

Cuando uno está frente a seres más allá de su imaginación, las reacciones son diversas… Algunos gritaban, lloraban, corrían, pataleaban inundados en histeria. Una reacción comprensible, sin duda.

Otros ocultaban su miedo, quizá por no mostrar sus miedos a los demás, aunque el enemigo los sepa muy, muy bien. Quizá por no preocupar a los acompañantes, quizá por arropar a los desesperados.

Otros directamente no temían. Quizá por no tener nada que perder, nada que echar de menos en el más allá. Quizá por arrogancia, creyéndose superiores incluso al señor de los infiernos. Quizá porque era la única manera que conocían de no mostrarse débiles.

La capucha, mi identidad era ya un tema banal y estúpido, lejos ya de mis preocupaciones si me conocía Daanira o no. No me importaba ya nada, aparte del terror y el aire a muerte que estaba inundando cada vez más nuestra estancia.

Tejía una sonrisa debajo de mi capucha, quizá ya tocado por la locura, o simplemente que prefería enfrentarme a esos seres con dignidad. El caballero del temple se dirigió a mí, por fin accediendo a prestarme algo de su conocimiento para combatir esos seres.

Me preguntó sobre el carcaj, para seguido dejar caer un pequeño chorro empapando mis armas. Hizo un pequeño estanque dentro del contenedor, que aproveché para empapar un poco también mis dagas.

El caballero había tomado las riendas de la compañía, lo cual no me suponía una contrariedad. Como he dicho, poco me importaba ya esconder mi identidad, por lo que me quité la capucha, dejando al aire mi melena y rasgos élficos, una vez comenzaba el camino.

Soy Gawain…’ Dije, en un susurro, yendo con cuidado de que mi voz no despertase aún más a aquello que estuviese atemorizándonos.

Al parecer Daanira no se sorprendió por mi identidad, quizá me conocía demasiado bien… Tocó una melodía, que de alguna u otra forma nos servía para amenizar y olvidar, en parte, la situación de vida o muerte en la que estábamos.

Con una antorcha en la mano, avanzamos poco a poco. En cabeza iba el caballero, quien había demostrado poder resistir el envite de uno de aquellos seres. Un poco más atrás íbamos nosotros, yo preparado para defender la retaguardia de mis compañeros.

De pronto, unos lamentos se empezaron a escuchar entre las sombras, como si los espectros de nuestros predecesores estuviesen siendo torturados incluso en el más allá, como si el diablo no encontrase suficiente diversión en provocarles en vida.

La mujer de ojos felinos estaba claramente histérica, y no era para menos. Aunque alguien haya vivido todos los horrores carnales, seguirá siendo afectado por el señor del averno. Necesitábamos integridad, necesitábamos ser conscientes de nuestras acciones para no ser un estorbo…

Retrocedí unos pasos más, hasta estar a la altura de ellas. Sin mirarla directamente, pues no quería que encontrase miedo en mi mueca, intenté reconfortarla un poco. Aunque fuese solamente para poder huir dado el momento.

Hörige... Vas a salir viva de aquí. Por muchos horrores que encontremos, debes creer que vas a vivir, debes procurarlo, porque nadie puede querer que estés viva más que tú misma.

Sin siquiera compartir una mirada, avancé de nuevo un poco, pero sin siquiera acercarme a primera fila. Si bien mis reflejos son buenos, necesito aún unos segundos para empuñar el arco y disparar con certeza…

¿Qué era lo que temía…? ¿Qué temía que ocurriese…? ¿Temía morir…?

Temía morir. Temía que mis compañeros muriesen, porque era una prueba de mi debilidad.

Luminaris… Si es cierto que nos oye, espero que oiga nuestras plegarias, pues ciertamente estábamos entre la espada y la pared.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Lander el Vie Sep 14, 2012 8:52 pm

La presentación había estado lejos de derivar en lo que Dehvi hubiera esperado, ya se sabe, un par de preguntas sobre quién era, sonrisas estúpidas para los conocidos, un par de bromas… Lo típico. Pero no había tiempo para eso, no era el momento adecuado mejor dicho, no era el lugar adecuado. Aquel lugar hacía que se le revolvieran las entrañas a pesar de que el joven luchaba por mantenerse entero, por apartar ese miedo irracional a la oscuridad que lo embargaba como a un niño pequeño. Pero no era irracional.

Repentinamente, sin llamar a la puerta, sin hacer un par de ruidos para alertarlos el altar prendió. Llenándose de llamas sin previo aviso, aquella luz que despedían le daba a la catedral peor aspecto aún, todo se llenaba de sombras a su alrededor, sombras que se movían al son de las llamas que lo devoraban todo. Pero las llamas eran solo la alerta de que algo peor se acercaba. Pronto se puede ver como un demonio aparece sobre las llamas, un demonio alado portando una guadaña. Dehvi retrocedió varios pasos, alejándose de él, pero el esfuerzo es inútil ¿Dónde te escondes del mal si estás en su territorio? Estarían en peligro en cualquier lugar de aquella catedral. Al joven se le encogió el corazón al pensar en la muerte como tantas otras veces le había pasado ya.

Respiración agitada, manos temblorosas… Miedo. Aquel ser se presentó como mensajero. Tan solo un mensajero, aquel ser no era ni siquiera la punta del iceberg. Dehvi guardo en su mente las palabras del mensajero del infierno, recordándolas como si le fuera la vida en ello. Parecían un consejo, algo parecido al menos. El joven Dehvi evitó mirar más de la cuenta a aquel ser. ¿Quién sabe si hacerlo podría llevarle a la locura? No era probable, pero sí posible, el mundo de los demonios y sus poderes no era una ciencia exacta, mejor no arriesgarse.

Pero no hubo más tiempo para pensar pues los tres halos lanzados por la criatura alada pronto cogieron forma. Forma humana, era difícil saber si eran tangibles, pero qué más da eso cuando sabes que vienen a por ti, quizás no puedan tocarte, quién sabe, pero lo que sí es seguro, es que pueden hacerte daño.

Dehvi miró las diferentes reacciones de sus compañeros, aquel guerrero que berreaba frente a uno de los “espíritus” o demonios.

Zana había pasado cerca de él mismo, dirigiéndose hacia la puerta, ahora cerrada para intentar abrirla sin éxito. Él mismo habría hecho lo mismo de no ser porque seguramente no podrían abrirla por mucho que hicieran. Sería algún tipo de cierre o sello mágico, no los dejarían salir. Aquello hizo que la boca se le secara, no había marcha atrás. No podían ir a un lugar seguro si las cosas se ponían feas, Dehvi tuvo un escalofrío.

Pronto todos estaban intentando salir de allí y Dehvi no tenía planeado quedarse atrás, como alma que lleva el diablo (y nunca mejor dicho) corrió detrás de de los demás, pasando al lado del caballero que hacía frente a los espíritus. Ya había pasado el umbral de la puerta, pero aún así no estaríamos a salvo, quien sabe si volveríamos a estarlo alguna vez. Por suerte o por desgracia, cuando hubimos pasado todos o la mayoría, la verdad es que con tanto ajetreo no había contado cuantos habían entrado antes que él mismo, uno de los majestuosos ángeles decapitados cayó delante de la puerta, impidiendo el paso, impidiendo una vuelta atrás, pero evitando también que los espíritus los siguieran. ¿O acaso serían capaces de atravesar aquellas rocas?

Dehvi miró a su alrededor, a duras penas podía reconocer las siluetas de sus compañeros más cercanos. Pronto sus ojos se fueron adaptando, poco a poco las siluetas fueron adquiriendo formas sólidas algunas de ellas conocidas. Miró a Zana y a Daanira, esbozando una ligera sonrisa, quizás en otras circunstancias habría tiempo para más, pero allí, no en ese momento. Al menos Zana no había muerto de hambre.

-No parece un buen lugar para reencuentros, la próxima vez elegiré yo el lugar.

El muchacho se centró ahora en observar su alrededor, podía ver la descuidada estructura de la catedral, los años no pasan en balde a fin de cuentas. La espesa neblina era inquietante, ¿qué la producía? Pero por encima de la inquietante niebla estaban las voces, los gritos de personas sufriendo, quejándose… lamentándose como iba diciendo Zana.

-¿Almas en pena? –preguntó retóricamente mirando hacía todos los recovecos que podía ver.

Se acercó al caballero al escuchar lo del agua bendita. Sería algo escéptico hacía aquella agua, pero ya había demostrado que no era ninguna patraña. El joven Dehvi acercó la daga que poseía así como un puñado de balas. Aún sin estar seguro de si funcionaría con estas últimas.

Miró extrañado al elfo que acababa de presentarse retirándose la capucha. Dehvi pensó en el dramatismo que le daba aquel elfo, quizás todos los elfos fueran así, no había conocido muchos. A pesar de los intentos no podía pensar en otra cosa que en las voces que se colaban por sus oídos. Aquel lugar le haría enloquecer. Ya había experimentado el miedo antes, recordó su estancia en la isla maldita, recordó a Jack, a Khaelos y Naerys, pero sobretodo, recordó a los muertos vivientes, el miedo que sintió por ellos… Pero ahora la situación era diferente, allí podía tratar de revolverse y luchar, pero ahora ¿Cómo atacar a un enemigo, a un miedo que es intangible, que aún no había visto? Los muertos vivientes se matan atacando la cabeza ¿pero los espíritus? ¿Los demonios? ¿Dónde hay que atacarles a ellos?

Por fin se pusieron en marcha, el caballero o más bien el paladín, cogió la delantera, guiando al resto. Si alguien podía defenderlos mínimamente, por el momento ese era él.

-Sí Zana, piensa en el dinero que podrás robarme cuando salgamos de aquí. –Si bien aquella broma la había pronunciado para intentar relajar un poco el ambiente, con la más pura de las intenciones, no logró quitarse la pesadumbre que las almas condenadas ejercían sobre él.

Al tiempo que Daanira comenzaba a tocar una canción, Dehvi comenzó a grabar la runa de pólvora en el arcabuz. Si había que disparar, habría que hacerlo rápido, mejor estar prevenido. Aquella tarea sí que logró absorberle un poco de los lamentos de los difuntos, pero fue algo temporal pues nada más terminar su espíritu volvió a sentir la pesadumbre y el miedo que sentía antes. Tenía las manos ligeramente temblorosas, la respiración más agitada que de costumbre, el sudor frío… a cambio podía sentir sus sentidos más alerta, sus oídos estaban atentos a su alrededor, al igual que sus ojos, pero Luminaris sabe que los sentidos son traicioneros y traen malas pasadas.

Simplemente apretó su mochila a la espalda, junto con su pequeña armadura y agarró hasta el arcabuz tan fuerte que sus nudillos se volvieron blancos.

“Apretarse los machos y seguir pa’lante” Aquella sería una buena filosofía a partir de ahora.

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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Zana el Dom Sep 16, 2012 8:38 pm


Ante la adversidad son muchas las formas que tienen las personas de tratar de defenderse. Unos gritan, pretendiendo que así todo pierda sentido y en su autocompasión encuentren redención sus almas atormentadas. Otros intentan protegerse por métodos más pragmáticos, mecidos por su valor y valentía a la hora de encarar el aciago destino que la connivencia de los dioses ha tenido por bien ponerles. También hay quien trata de quitarle hierro al asunto, entonando suaves canciones que alejen los fantasmas que rondan los parajes abandonados y oscuros del infrasuelo de Svanias Fël.

La partida ha perdido un compañero, pero ellos han de seguir adelante, animados por su fe en sus capacidades y en los dioses. Siete quedan, pero aún hay muchos secretos sin desvelar en esa Catedral y, ¿quién sabe lo que puede ocurrir? Solo su manera de encarar al mal en su forma más pura les salvará, y aunque las oraciones sirvan para reafirmar su bravura, nunca sabrán si es realmente un apoyo o si tan solo es la fe del idiota el que mantiene su deseo de vivir candente.

El pasillo es oscuro, demasiado. Solo la luz que las antorchas prendidas facilita pueden ayudarles a ver qué es lo que tienen delante, pues de otro modo la espesa niebla y la oscuridad descendiente a las entrañas de la tierra solo se convierte en un obstáculo más que no todos son capaces de sortear.

Encabeza la marcha el templario, que arma desenvainada y antorcha en mano cree con fervor que su señor y dios Luminaris le salvará. Tras él va el resto de la marcha, cerrándolo el brujo de nombre Sitael y el enano Talidor. Éste ha recogido otra antorcha y la lleva consigo, mientras que el resto del grupo comienza a salmodiar, hablar o tocar con tal de aligerar el pesar que inunda sus corazones, pero no lo consiguen. Es imposible durante más de un instante, porque conforme más escaleras bajan y más se adentran en la oscuridad perpetua más intensidad cobran los lamentos lapidarios que son la mismísima salmodia del infierno, una mortaja de muerte que rodea a todo aquel que ose atravesarla.

Son mujeres y hombres, incluso voces más infantiles de niños que cobran letanías más irregulares y adoloridas. Aquella música de fondo es tan tétrica que mal parado saldrá todo aquel que se atreva a quedarse a escucharla hasta el final, pues lo que se esconde tras esa agonía que sufren los que una vez moraron Svanias Fël es un monstruo que no tendrá reparos en asesinar a todo aquel que se cruce en su camino.

Son celdas, calabozos, cárceles y jaulas lo que los aventureros se encuentran una vez dejan atrás las escaleras. Un pasillo que huele a podredumbre y la carne putrefacta que tiempo ha fue asesinada. Muchas verjas están rotas y su hierro oxidado, chirriando de manera lúgubre y provocando aún más zozobra en los corazones más débiles. Un lejano gotear se funde con esos lamentos, y la piedra fría está mancillada de sangre, viscosa y fría, que se arrastra desde el mismísimo techo hasta el suelo y se condensa a su derecha.

En muchas de esas celdas hay cadáveres descuartizados, colgados del techo mientras las vísceras adoptan la humedad del ambiente y la carne seca se pega a sus cuerpos mutilados. Todos, sin excepción, han sido desprovistos de su visión: las cuencas vacías de los ojos miran al suelo, pero en sus caras comidas por la desnutrición y la muerte aún se ve el terrible padecimiento que han sufrido.

Y hablan. Gritan y patalean, lloran y gimen. Jadean de dolor aunque están muertos, entonan esa letanía que es capaz de hacer sangrar el corazón de un dios. Muchos se arrastran hacia las verjas, incluso sin poder levantarse por carecer de piernas, y agarran los barrotes con manos desangradas y uñas rotas de mugre mientras les miran sin mirar y gritan cosas que no pueden descifrarse.

Los que han visto sus celdas abiertas se arrastran, mas los pesados grilletes dificultan su acercamiento al grupo, y aún están lejos.
Sin embargo, su avance es imparable. Su hambre, peor. Necesitan su vitalidad para seguir convalencientes, muertos en vida. Los zombies quieren que los aventureros sean su presa y no pararán hasta conseguirlo.

A menos que él les obligue a parar. A menos que Kor’Kron de orden de replegarse.

Allí donde la sangre se desliza y forma un charco horrible y putrefacto, en medio de un suave dibujo esculpido en la piedra, formando un círculo en cuyo centro un dibujo tribal ha sido tapiado por sangre y más sangre.

Kor’Kron les mira con la furia del infierno resplandeciendo en sus ojos rojos escarlata. Su cuerpo es enorme, gigantesco como una auténtica torre. El orco no muerto alcanza perfectamente los tres metros y sus potentes músculos son capaces de arrancar la cabeza a un troll sin más esfuerzo que un gruñido. La piel, una vez verde, se ha desteñido hasta adquirir un color desvaído y más gris, y todas las cicatrices que le rodean sangran si no están cosidas con grapas. Una pesada maza ondea de su mano derecha, tan enorme como un hombre, tan fuerte como un envite de un toro. Le falta un trozo de carne en el muslo derecho, y toda esa pierna está teñida de carmesí, mas Kor’Kron no parece sentir.

Al igual que en vida, el orco solo desea sufrimiento. Solo desea cobrarse más y más vidas en el fragor de la batalla. Ha fijado su punto de mira en los aventureros, y pese a no sonreir en sus colmillos amarillentos y gruesos se nota el uso que han visto al arrancar más de una y más de cien cabezas de humanos lo suficientemente idiotas como para ponerse en su camino.

Lleva una coleta mugrienta y repleta de grasa, el poco pelo que le queda pegado al cráneo alargado. Sin embargo, de todo, lo más misterioso es el fino colgante que pende de su enorme y podrido cuello, un collar teñido de sangre que ve su hermosura paliada por este fluido pero que, sin embargo y al lado de Kor’Kron, resplandece como nada.

¿Qué será? ¿Y cómo conseguirlo?

Eso es algo que los aventureros tendrán que decidir antes de que la prole de zombies o el propio Kor’Kron se los lleven al infierno.


Lex Aeterna

Zana caminaba asustada por el pasillo. Sus ojos no necesitaban luz, pero cuando prendieron con la yesca y el pedernal las antorchas se sintió mucho más arropada, como si la mera llama pudiera servir de aliento y se sintiera familiarizada con ella. Había escuchado al elfo que se llamaba Gawain y a Dehvi con mejillas arreboladas y expresión crispada, pero no había podido reunir el valor suficiente para contestar y ahora andaba encogida, mirando hacia atrás constantemente, creyendo que algo se lanzaría sobre ella para asesinarla en el preciso instante en que pasara más tiempo de la cuenta observando lo que se abría delante de ella.

Lo peor eran los lamentos que se amontonaban en sus oídos, cada vez más fuerte, cada vez peor. Provocaban aprensión en Zana y tenían la habilidad de hacerla palidecer y perder la confianza que le restaba que, en realidad, venía a ser ninguna.

Daanira tocaba con fluidez y una hermosura inherente tanto a ella como al instrumento una bonita balada que en parte conseguía evitar que los lamentos provocaran aún más miedo en los corazones de los aventureros. De vez en cuando la pequeña vigilaba a Talidor y volvía de nuevo al elfo, Dehvi y el templario. A éste último le había visto matar un demonio y tenía puesta su confianza en él, así que no podía estar más de acuerdo en que encabezara la marcha.
Sin embargo… Ella tenía un mal presentimiento. No podía ser de ninguna otra manera cuando la niebla que les rodeaba desapareció para dar paso a aquellas mazmorras repletas de sangre, gemidos, muertos en vida e incluso calaveras desparramadas aquí y allá.

Su shock fue tal que en su estado de catatonia solo pudo quedarse mirando una mujer cuyos pies se balanceaban doloridos a varios centímetros del suelo. Las cuencas vacías quedaban medio tapadas por el pelo sucio, que una vez fue rubio, y el harapo que la rodeaba estaba roto, mostrando el pecho deformado por las heridas que había recibido. Su mandíbula estaba desencajada y chorreaba sangre cada vez que tosía y le lloraba a ella.

Solo a ella. Porque sabía que la estaba mirando. Lo notaba. Dios, ¿qué era todo aquello? ¿Por qué estaban allí esas personas? ¿Qué les había pasado, cómo habían muerto y quién las había dejado allí?

Sintiendo que se asfixiaba de histeria, un gruñido anormal le llamó la atención el tiempo suficiente para volverse y encarar el peor ser que había tenido ocasión de ver en la vida.

Un orco enorme, cuya constitución era más cercana a la putrefacción que la muerte trae, pero que les miraba con un odio tan feroz en los ojos que Zana sintió cómo le temblaban las piernas y tuvo que apoyarse en el muro, respirando con fuerza, mientras los ojos desorbitados se fijaban en aquella enorme y tortuosa figura y la garganta se le secaba en cuanto notó la enorme maza que balanceaba de un lado a otro y cuya superficie era el doble o el triple de grande que el de una cabeza humana.

Es el fin —dijo con un hilillo de voz, tan fino que ni ella se escuchó.
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Zana

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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

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