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El Ascenso del Diablo [I parte].

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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Rothgar de Ithia el Miér Sep 19, 2012 7:03 pm

El elfo se presentó ante mí como Gawain, y a juzgar por su forma de actuar, era el único junto al enano y a mí que no se dejaba paralizar por el miedo. A pesar de que en sus ojos se notaba su intranquilidad, al menos no mostraba el mismo estado aterrorizado que la pelirroja, quien resultó llamarse Zana a juzgar por el nombre que el pelirrojo le había dado. Tanto él como el elfo no dudaron a la hora de darle uso a mi agua bendita, lo cual agradecí. Así estaríamos bien preparados contra la adversidad.

A medida que fuímos avanzando, pudimos escuchar con cada vez más claridad los gritos y llantos de las almas torturadas. A cada segundo que escuchaba aquellos sonidos, mi corazón bombeaba con más y más furia, mientras apretaba con fuerza mi espada. Entre dientes, murmuré, con evidente ira:

-El Mal pagará por semejante herejía...-

Por Luminaris, había visto mucha maldad a lo largo de mi vida, y había combatido contra criaturas temibles, pero... Jamás había visto tal cantidad de blasfemia y herejía juntas. Parecía como si todo el mal del mundo se hubiera reunido en aquél lugar y lo estuviera corrompiendo a su antojo. Aunque ese pensamiento me hizo sonreír... Pues yo estaba en ese lugar también, y por Luminaris que mi misión no iba a fallar. Purgaría de todo mal aquella catedral, costara lo que costara. Incluso aunque para purgarla tuviera que entregar las vidas de todos y cada uno de los que estábamos allí, si ese era el precio para librar a Noreth de todo lo que moraba en aquella catedral, por Luminaris que lo pagaría. Aunque esperaba que no fuera necesario.

Nuestro descenso siguió así, impasible. La violinista tocaba una hermosa melodía, pero la furia que me llenaba me impedía apreciarla, pues desgraciadamente el coro de voces de aquellos que habían perdido su alma ante la oscuridad era más fuerte. Pobres almas... La única forma de purgar a toda aquella pobre gente no era otra que el fuego. Quemar todo el lugar, purificarlo y así darle reposo a las almas torturadas de aquellos que una vez estuvieron vivos.

Cuando llegamos abajo, el espectáculo que apreciamos fue horrendo. Hombres, mujeres y niños gritando, gimiendo y llorando, clamando por su salvación, por el fin de aquella tortura demoníaca. Lo peor era el hecho de que aquello era una mazmorra. Metidos en calabozos se hallaban los cadáveres de los que una vez vivieron allí... Pero estaban vivos. Eran no-muertos. Y lo peor era que se les había dominado por una parte... Pero por la otra, se les había dejado el alma incrustada en el cuerpo. Eran conscientes de su estado, y sus mentes habían sido torturadas hasta convertirse en poco más que bestias. Por si fuera poco, se les había privado de su voluntad. Se podría decir que sus captores habían sido clementes al menos a la hora de quitarles los ojos. Muy pocos podrían soportar el hecho de mirar a la sangre y verse reflejados como simples cadáveres andantes. Con voz cargada de furia y tristeza, dije:

-Compañeros... Hay que quemarlos a todos. Solo así sus almas conocerán al fin el descanso que merecen, en lugar de estar condenadas a una eternidad de dolor y sufrimiento.-

Los cuerpos, entre gritos y llantos, empezaron a arrastrarse hacia donde estábamos, pero las jaulas aún aguantaban, dejándolos así encerrados. Algunas jaulas a lo lejos estaban abiertas, y los que allí se encontraban lentamente trataban de salir, malheridos y arrastrando sus pies por la roca. En ese momento, sin embargo, pude ver al que según parecía debía ser su señor. Un gran orco no-muerto. Me avancé unos cuantos pasos, observándolo, dejando que nuestras miradas se cruzaran. En sus ojos había solo furia. Una enorme furia, que trataba de competir con la mía. Mis ojos brillaban igualmente con rabia, con ira, la ira justiciera de Luminaris. Silenciosamente, estaba desafiando a ese ser infernal.

En ese momento, reparé en un par de datos. Uno era una herida que tenía en una de las piernas. Le faltaba un cacho de carne. ¡Ese era su punto débil! Antes de atacar a otra parte del cuerpo, primero deberíamos atacar ahí. Por otra parte... Un colgante con forma de llave pendía de su cuello... Habría que conseguirlo. Mirándolo, mientras me ponía en posición de combate, empecé a dar órdenes:

-¡Atacad su pierna herida! ¡Ese es su punto débil! ¡Maese enano, conmigo! ¡Tú y yo contendremos los embistes de esta impía criatura! ¡Por Luminaris! ¡Por la Luz! ¡Muerte al Mal!-

El enano se avanzó unos pasos hasta estar a mi lado, y tras eso, empezamos a acercarnos. Su función sería la de resistir los golpes, pues es bien sabido que los enanos son la única raza capaz de soportar con sus escudos la carga de los orcos sin morir aplastados. Yo por mi parte, me dedicaría a aprovechar mi mayor agilidad de movimientos, pues aunque no sea el más rápido, comparado con un orco soy ligero como una pluma, y de ese modo trataría de hostigar al orco. Atacar su pierna, por debajo de sus costillas, su espalda... Donde fuera. Había que darle muerte a ese ser y había que hacerlo ya. También trataría de alojar la antorcha en algún hueco de su carne. Si podía incendiar la carne putrefacta del orco, sería más fácil vencer.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Daanira Lynella el Sáb Sep 22, 2012 1:54 am

Los recuerdos de días más cálidos eran purgados de mi ser conforme nos íbamos adentrando en aquel impío hoyo de perversión. Mis sentidos se nublaban mientras mis oídos intentaban concentrarse de lleno en la melodía que había comenzado a tocar para calmar un poco los nervios de mis acompañantes, aunque inconscientemente sabía que aquello lo hacía para mantener mi propia cordura.

El espectáculo de perversión solo iba en aumento con cada paso hacia las profundidades del pasillo en el que desesperadamente había decidido ingresar. Me maldecía a mi misma por no haber tomado un camino diferente, pero bien sabía que nada podría asegurarme que cualquier otro camino hubiese sido menos sombrío que el que ahora cubría mis pasos con su espesa y lúgubre niebla blanquecina.

No... no... - Intenté decir una frase sin éxito mientras culminaba precipitadamente mi melodía. Ante nosotros, los cuerpos de personas animadas por quien sabe que espeluznante brujería se retorcían y gemían en un coro inexorable de dolor y pena - Por los dioses ¿Esta gente... toda esta gente?... - No pude evitar llevarme las manos a la boca para intentar acallar el llanto que sin clemencia me pedía salir al exterior. Aún así las lágrimas me invadieron mientras buscaba el apoyo de un buen amigo elfo, el cual para mi gran asombro también me acompañaba en esos oscuros corredores junto al joven que tantas aventuras había vivido ami lado en las tierras de Erenimar.

No podía hablar. Simplemente me limité a sujetar fuertemente la capa de Gawain mientras intentaba cubrir mis ojos con su espalda. Era un espectáculo terrible del cual no quería tomar parte alguna. Mi mente intentaba vagar en otros lugares más verdes y llenos de vida, pero el sonido de los grilletes arrastrándose por el suelo de roca y las rejas de las jaulas azotadas por los no muertos impacientes por nuestra calidez me devolvían rápidamente a la realidad.

Tenía que aceptar mi lugar si no quería ser una carga para los demás. Yo sabía que esta campaña requeriría de toda mi fuerza de voluntad y ya no había vuelta atrás. Mi madre me dijo una vez que el miedo es un buitre que se cierne sobre nuestros hombros, y si sucumbimos ante él solo le alimentaremos y encontraremos nuestra muerte. Yo no quería morir en ese lugar, pero sobre todo no quería ver morir a nadie por mi culpa. "No más miedo Daanira" me repetía. No más miedo.

De pronto, cuando al fin había abandonado la seguridad que me brindaba la espalda de Gawain, los mordiscos y gruñidos de un gran orco de más de tres metros de altura me devolvieron a la realidad. A la cruda y oscura realidad.

Zana retrocedió claramente impactada por la visión mientras que el valeroso paladín y el maese enano se adelantaban con una furia tal que deseaba que fuera contagiosa. Era mejor estar enfurecido que aterrado, pero mis piernas temblaban y mis ojos se humedecían nuevamente ante la implacable presencia putrefacta del instrumento de muerte que ahora nos amenazaba con sus ojos desorbitados y su enorme arma contundente.

¡No más miedo Daanira! - Sin pensarlo si quiera me vi a mi misma gritando aquella frase que tanto me repetía en la mente. No tuve tiempo de siquiera avergonzarme por tan espontánea muestra de valor mientras volvía a sujetar con firmeza mi violín.

Estaba segura que varios de los presentes me consideraba ya un estorbo e, incluso, no tenían ni idea de si yo serviría de algo a la hora de un combate. Dudaban de mí, pero yo no podía permitirme el dudar de mi misma. Era el momento de demostrar mi valía y de apoyar a aquellos que estaban dando sus vidas al enfrentar al mal que gobernaba estas paredes corruptas por el mal.

¡Valientes guerreros, escuchen mi música y obtengan la pericia necesaria en estos momentos de gran peligro! - Sujete el stradivario y apoyé la mejilla mientras dirigía una fugaz mirada al elfo. Esperaba que fuese suficiente como para que comprendiera que deseaba me protegiera si algo me atacaba - ¡Aquí no hay más lugar para el miedo, solo convicción!

Cerré mis ojos mientras visualizaba en mi mente las presencias de el maese enano, el paladín de Luminaris y el misterioso individuo sombrío que nos acompañaba desde la entrada de la iglesia. Eran como tres ases de luz a mi alrededor. Toda mi esencia mágica estaba enfocada en ellos tres mientras comenzaba la interpretación de una de mis melodías esotéricas. Mi Forza Dil'Rabioso...

Spoiler:


Forza Dil'Rabioso: El sonido del violín se va tornando mas armonioso, de forma imperceptible para los oídos poco educados, conforme la interpretación de la partitura permanece ininterrumpida. La concentración de la intérprete se enfoca en la presencia de sus objetivos, los cuales verán como el violín comienza a generar intensas flamas de fuego las cuales rodean a la hechicera y enervan los sentidos de la audiencia.

El efecto de este hechizo varía de persona a persona dependiendo de su nivel de Resistencia, como se explica a continuación.

Resistencia
10 o menor = El personaje entra en una furia cegadora, otorgando una leve tolerancia al daño y un bono +2 a la Fortaleza.
Mayor que 10 pero menor que la Esencia del mago = El personaje entra en un estado de furia controlado, el cual otorga tolerancia al daño y un bono +5 a la Fortaleza y a la Agilidad.
Mayor que la Esencia del mago = El personaje mantiene su estado mental intacto y recibe un estímulo de adrenalina reduciendo el daño que fuese a recibir y aumentando en +8 su Fortaleza y su Agilidad.

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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Gawain Brisalegre el Sáb Sep 22, 2012 9:51 pm

La oscuridad no parecía ajena al lugar, no parecía haber invadido el emplazamiento si no que se veía tan natural en el lienzo que era la catedral, que era aterrorizador. No parecía que había corrompido el lugar, si no que parecía que éramos nosotros los extraños en la morada de las sombras, y eso solo me causaba más pavor.

Pavor porque desconocía. Desconocía el alcance de la maldad del ser que habitaba el lugar, pues hacía ya mucho que sus pruebas habían rebasado mi imaginación. Pero, no fue hasta que llegamos a la siguiente habitación, que comprendí un poco más la situación, y a aquel que moraba en las sombras.

La nueva estancia era, a mis ojos, un ejemplo de crueldad malsana, desquicio, odio y maldad. Aquello que un elfo jamás pensaría en hacer, ni tendría los medios. Aquello que ni el más desquiciado hombre se atrevería…

El sudor frío resbalaba por mi pálida piel, más pálida que de costumbre. Abrí los ojos tanto como fue físicamente posible, y aunque en realidad quería no ver, quería no absorber el conocimiento de que existe algo así, no podía si no observar con la boca entreabierta, no por fascinación, si no por… Horror.

Los gemidos entraban en mi mente como si fuesen reproches y súplicas, y mi corazón se encogía como si todos ellos lo apretujasen entre sus manos. Si bien la primera prueba nos demostraba el poder del que tenía el diablo que habitaba Svanias Fël, este demostraba la crueldad.

Si la primera estancia nos hacía entrar el pavor de la supervivencia, de temer por nuestras vidas, este a mi me hacía pensar en lo que todos estos inocentes habían pasado, tanto en vida como en la muerte, torturándolos incluso después de la tortura.

Salí del trance de pensamientos una vez noté una presión en la capa, como si alguien tirase de ella. Pude ver por el rabillo del ojo una atemorizada Daanira, casi en llanto por lo que allí había visto, y no la culpaba, pues mi corazón pugnaba por imitarla.

Mi único consuelo para ella fue no moverme, ni mantener un diálogo con ella. Sabía que si hablaba, le transmitiría mis temores, y eso no sería ayuda para nadie. ‘Lo siento’ susurré para mi mismo, y para aquel que me estuviese prestando atención, que serían pocos.

No os puedo ayudar…’ Dije en respuesta a los lamentos que acongojaban mi corazón, y era un intento de indulgencia más a mi mismo que de excusa ante aquellos… que una vez fueron. Mi pulso notaba claramente, en expresión de miedo…

Mi mirada se perdió en mis pensamientos, intentando volver a un tiempo y lugar mejor, intentando abstraerme mientras me fuese posible, pero poco tardé en volver a la realidad entre gritos de rabia y odio, lejos del lamento ya, gruñidos.

Por encima del hombro del paladín pude ver un ser… Enorme. Mantenía los rasgos del que una vez fue un guerrero orco, pero no quedaba trazo de vida más allá del odio incandescente en sus facciones.

Con eso, el temor se convirtió en instinto de supervivencia. Cuando una fuente de temor se vuelve tangible, es mucho más fácil de superarla. Sin reparar en nada, puse a punto mi arco mientras el paladín, el enano y el hombre de aspecto siniestro se lanzaban a encarar a la abominación.

¡Aquellos que no puedan enfrentarlo, que se queden a mi espalda, os cubriré!’ Dije, tras compartir una breve mirada con Lynella, que preparaba su violín. Vi como el enano y los guerreros avanzaban como podían, mientras mi arco se tensaba en busca de un certero disparo a la cara, en donde podía hacer daño.

Sin embargo, una orden del templario me hizo cambiar de idea. Destensé el arco, tomando una segunda flecha que coloqué en paralelo a la anterior, apuntando hacia el hueco en la carne de su pierna. Si podíamos inmovilizarlo, además, sería mucho más fácil y seguro de hostigar.

Me fijé en sus movimientos un poco, asegurándome de no fallar. Por suerte, al ser un orco y además de semejante tamaño, era fácil apuntar por sus movimientos lentos y toscos, así que fallar era una ínfima posibilidad. Cuando estuve seguro, tensé más los músculos de mi brazo hasta que se veían marcados desde el exterior, y recé por hacerle el mayor daño posible, mientras mis dedos se destrenzaban de las flechas.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Lander el Dom Sep 23, 2012 1:17 am

Dehvi seguía alterado, las voces no cesaban su labor de lamentarse dentro de sus oídos, desquiciándolo por su repetividad y por los lastimeros gemidos y gritos. ¿Qué habría sido capaz de atar a aquellas almas a aquel lugar, de modo que no pudieran descansar en paz?. No podía evitar ponerse en su lugar y aquello le asustaba, claro que lo hacía, sería un loco si no lo hiciera. La niebla tampoco se había disipado y parecía del todo antinatural encontrarla en un sótano, pero se estaban inmiscuyendo en los asuntos del infierno, nada era natural allí.

Finalmente llegaron a una especie de mazmorras, pero no eran presos convencionales los que se encontraban allí, quizás lo fueron antaño, pero no ahora, ahora eran muertos en vida que se movían con el único objetivo de destruir y sembrar el caos. Tan solo sombras de lo que fueron en vida. Unas sombras muy peligrosas. Por suerte para ellos, todos, o la mayoría, estaban encerrados y otros tantos ni siquiera podían usar sus piernas, si algo compartían todas aquellas criaturas era su falta de ojos.

-Nigromancia… -susurró Dehvi, por alguna razón eso calmo ligeramente sus miedos, era nigromancia, quizás no pudieran hacer frente a espíritus venidos del más allá, pero se podían enfrentar a los no-muertos. Él mismo lo había hecho en las Islas, claro que en aquella ocasión la oscuridad y la maldad no parecían manar de cada rincón del lugar, pero algo era algo, aquellos monstruos podían ser destruidos, era algo… Dehvi al menos intentaba auto convencerse de ello, porque la otra cara de la moneda era que ellos mismos podían ser destruidos bajo la misma crueldad que aquellas pobres almas o aquellos cuerpos sin vida, pero vivos, habían sufrido antaño, cuando aún tenían sangre caliente en sus venas.

Cogió el arcabuz entre sus manos, asegurándose que estaba cargado y listo para disparar, aún faltaba un poco para que la runa se asentara y comenzara a funcionar.
Casi se le escapa de entre las manos al discernir al orco gigante en frente de ellos, no era alguien que pasara desadvertido. Era notablemente más alto que cualquiera de los que estaban allí y no solo eso, también parecía más fuerte. Estaba a su vez, demacrado por su estado de no-muerte, pero no parecía suponerle ningún problema más allá de su ceniciento aspecto. Los únicos dos aspectos que destacaban y de los que sus compañeros ya debían de haberse dado cuenta eran, la prominente herida que tenía en el muslo y el colgante que llevaba pendiendo del cuello.

Los no-muertos , en general, no suelen sentir el dolor y se mueven a pesar de todas sus heridas, pero lesiones como roturas de huesos suelen funcionar para que dejen de mover la extremidad, sin embargo, el punto más letal para ellos suele ser la cabeza. Al menos lo era durante el último enfrentamiento de Dehvi con uno de esos no-muertos.

Sus compañeros se lanzaron a la carga, cada uno a su manera trataba de hacer todo lo posible, incluso Daanira, después de gritar se lanzó tocar una melodía. No era momento para el miedo…

Dehvi miró a Zana, que había retrocedido un par de pasos, no era una guerrera y, que el joven supiera, tampoco una maga. Seguro que tenía sus habilidades, pensó en la vez en la que le robó el dinero, pero seguramente, como las suyas propias, no eran unas habilidades hechas para el combate.

Al observar de nuevo al orco, Dehvi se dio cuenta de que él tampoco tendría el valor necesario como para estar en primera fila, pero que podía ayudar desde allí si lograba acertarle algún disparo.

-Vigila que ninguno de estos se escape y nos acorrale. –le comentó a Zana a la vez que le ponía una mano en hombro y se disponía a intentar acertarle en la cabeza al orco grande y malo, se colocó a una prudente distancia, detrás de Daanira y el elfo. El paladín había ordenado dispararle en la pierna, pero no confiaba mucho en sus dotes como tirador como para apuntarle al muslo, a riesgo de poder herir a uno de sus compañeros. Apuntó y cuando tuvo oportunidad, disparó al pecho para comprobar si aquello le afectaba en lo más mínimo.

Lander

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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Zana el Vie Sep 28, 2012 4:36 pm


Los tañidos adoloridos de las voces de los zombies que con lentitud se acercan a los aventureros no dejan de configurarse como un cántico de muerte, un aviso de lo que se avecina, un réquiem dirigido a aquellos que han de convertirse en su comida.

Kor’Kron aguarda, frente a ellos. Su figura es tan imponente como una torre, sus brazos tan musculosos y duros que el mármol es fácilmente roto por un impacto de éstos. La pesada maza que quién sabe cuántos cráneos habrá ha aplastado aún yace mancillada por sangre oscurecida, costrada por el paso del tiempo y reseca bajo el filo que una vez estuvo limpio y disfrutó de una batalla lejos del clamor de los diablos y del viaje entre la vida y la muerte.

El colgante que lleva brilla más que toda su figura, aún con destellos carmesíes que taponan esa luz. No destaca por nada, ni siquiera consta de magia. Es tan solo una llave de pura plata que ahora pende del cuello del orco, quien ha sido interpuesto en el camino de los aventureros como Vigía de la Primera Puerta.

Nada se hace por nada, ni siquiera un sacrificio. Ya desde la antigüedad está documentado el culto a los dioses por medio de la matanza y la sangre, de la carne que simboliza la mortalidad de los súbditos, y es así como los acólitos del mal, seguidores de la furiosa locura que embarga el infierno, han utilizado de artes oscuras para dotar a Kor’Kron de una vida no viva y de un poder que los bravos guerreros aún no conocen.

No deben dejarse llevar por lo que sus ojos ven. No deben dejarse llevar por el dolor que sienten sus corazones. Si no es el Señor de la Mazmorra quien se los lleva a la tumba serán los zombies de los que sienten tanta pena, cuyas manos ensuciadas y podridas no tendrán reparos en romper y desmembrar su cuerpo para comerlo mientras encuentran un ínfimo descanso para su alma condenada a una eternidad de sufrimiento.

Cuando el templario eleva su fe a Luminaris comenza el caos, y así el orco profiere un rugido tan gutural y cavernoso que sus cuerpos tiemblan, movidos por alguna clase de infestada ira, de rabia así como de amor por la batalla. Los goznes de las celdas abiertas que están en torno a la plaza sangrienta de Kor’Kron chirrían, como si poseyeran vida propia, y en cuanto los no muertos escuchan la orden de su Señor se lanzan al ataque de los viajeros, con mucha más velocidad, con mucha más desesperación.
La violinista entona una melodía que barre el miedo en los corazones de los viajeros y les hace sentir revitalizados y más resistentes. Solo los que no son capaces de superar el propio poder inherente al esoterismo de Daanira Lynella sienten sus cuerpos débiles, pero ese cansancio no aparecerá hasta que venzan lo que tienen delante, para lo cual necesitarán, por encima de todo, estrategia y cooperación entre sí.

El elfo apunta dos afiladas flechas a la pierna herida de Kor’Kron, y es por eso que en esos momentos de concentración se olvida del avance de los zombies, que van rodeándoles, movidos por el afán por la muerte y la destrucción de su señor. Son un niño y un hombre los que se lanzan hacia él cuando acaba de lanzar las flechas, impactando éstas en el muslo herido del orco, que vuelve a rugir y, definitivamente, alza el mazo y al son de su horrible cántico de guerra se lanza sobre el enano, el brujo y el templario que están cerca de él.

Es Talidor quien para el primer golpe, notando cómo su figura, menuda pero gruesa, se hunde en el suelo que empieza a ceder ante la potencia del brazo del orco. Ni siquiera ha usado las dos manos, pero aún así ha dejado fuera de combate al enano, que solo puede defenderse, mientras eleva el otro brazo y lo estampa contra la pared más cercana de un revés en el costado.
Con una exhalación, el hijo de Talengor deja caer el escudo y se queda inconsciente, quién sabe si vivo o muerto.

Kor’Kron sigue avanzando, en esa ocasión hacia el templario, que debe aprovechar esa situación para asestar el golpe que mejor crea conveniente. La cojera que caracteriza al orco se ha visto incrementada por los dos flechazo del elfo, ahora enzarzado en una lucha contra los comensales no muertos, y así su ritmo ha decrecido pero no su ira, que ha resurgido como la lava de un volcán. Está furioso. Está contento.

Con una risa gorjeante y taladradora fija los ojos en Rothgar de Ithia y después en Sitael Bedlam. Son ellos dos los únicos que quedan para encararle, viéndose los otros obstaculizados por la ingente cantidad de no muertos que avanzan cada vez con más rapidez. Parece que cuanto más se excita el orco, más velocidad cobran ellos.

¿Acaso están todos vinculados? ¿Tiene algo que ver la llave? ¿O puede ser la magia esotérica de la volinista? ¿La fe del templario tomada como insulto? ¿El miedo de los más jóvenes como aderezo?

Oh, son muchos interrogantes. A menudo la pregunta clave es la más fácil de responder, pero tantos son los detalles que se les están pasando por alto que no la sabrán hasta que alguien haya sufrido las consecuencias.
Y ya van dos. Y la cifra seguirá aumentando.

Así, el templario y el brujo se enzarzan en la pelea. El segundo enarbola el báculo, y de la punta de éste comienza a emerger una bola de oscuridad que segundos después impacta contra el orco y le envuelve en una bola negra de la que solo se distingue la punta de su maza.

¿Le servirá eso al templario? ¿O si falta de experiencia para luchar en equipo les pasará factura a ambos?

Tras la batalla principal, Dehvi, Zana, Daanira Lynella y Gawain Brisalegre están siendo sitiados por los no muertos. El pelirrojo encuentra delante de sí dos niñas ensangrentadas, que se acercan corriendo con los negros cabellos enmarañados y la psicopatía esquizofrénica brillando en sus ojos. Está aterrorizado, ¿y cómo iba a ser de otra manera? En esos momentos encuentra delante de sí el que probablemente sea el mayor dilema de su vida, y es que el semblante infantil de las que no deben de tener más de seis años brillará por siempre en su mente las mate o no, sea capaz de olvidar su visión de las cosas y madurar acrecido por el sentido de la supervivencia.

Lo mismo ocurre con Zana, que con la daga en mano observa contra la espalda de Dehvi y Gawain, junto a Daanira, cómo al menos media docena de zombies se acercan a ellas dos. No puede permitir que lleguen a la violinista, cuya magia le hace sentirse más poderosa, pero la visión de esos rostros ensangrentados, de ojos inyectados en sangre y mandíbulas desencajadas le resulta tan pavoroso que tendrá que hacer un esfuerzo titánico.

Y el elfo… El elfo ha de ser rápido con las flechas si precisa de quitarse toda esa cantidad de muertos en vida si quiere ayudar a repeler el peligro más arriesgado: el orco, que maza en mano quiere y necesita fervientemente matarlos a todos.

Porque es su misión. Porque no puede dejarles pasar.

Es La Primera Puerta, y no deben ver lo que hay detrás.

Far beyond the sun…

Relájate, relájate, relájate. Zana, tú puedes, ¡relájate de una vez!

Abrió los ojos, que había mantenido cerrados como si el mismísimo diablo estuviera delante de ella. No podía esconderse y lo sabía, pero de alguna manera no ver lo que tenía en frente le servía para mantener un mínimo de serenidad. Sin embargo…

Sin embargo el canto lapidario de los zombies la dejaba tan asustada que no dejaba de asir con fuerza la daga, sabiendo que sería su única arma si tenía que usarla, y en el fondo sabía que sí.

Escuchar el violín de Daanira la calmaba, y de alguna manera conforme más notas y compases pasaban más liviana y fuerte se sentía, como si esa melodía tuviese algún tipo de magia anclada a ella que les sirviese de apoyo. Se aferró a esa idea e hizo bien, pues en cuanto Dehvi terminó de hablarle el gigantesco orco que tenían a escasos metros profirió un alarido tan ronco y furioso que Zana sintió cómo le temblaban las piernas y aferró con tanta fuerza la daga que se clavó las uñas en la carne, abriendo los ojos de par en par, sin poder evitarlo, cuando vio cómo éste se lanzaba hacia Talidor, su querido enano, y le dejaba fuera de combate con tanta facilidad que sintió los ojos arder de dolor.

¡Talidor! —exclamó, dándose cuenta demasiado tarde de que eso había sido una mala idea cuando no menos de seis zombies se volvieron hacia ella y la voluntad de Zana se quebró en mil ramitas al ver sus rostros vacíos avanzar hacia ellos—. ¡Ya vienen! ¡Vienen hacia aquí!
Se olvidó de los demás, solo pudo pensar en que tenía que sobrevivir y que si diecinueve años de maltrato en el circo no habían podido con ella, una Catedral, aunque fuese Svanias Fël, tampoco lo haría.

Por eso, instada por el hechizo de Daanira y por su propia voluntad, cuando el primer zombie la alcanzó Zana se movió hacia un lado con rapidez, haciendo gala de una agilidad y unos reflejos que jamás habría creído existentes de no verse en una situación así. Al darse cuenta de cómo de rápido pudo moverse, decidió probarse a sí misma, y empezó a esquivar los golpes burdos y descuadrados de los zombies hasta que, cuando vio que el primero ya se cernía sobre ella, chilló asustada y elevó la daga mientras cerraba los ojos con fuerza.

Sintió el rostro manchado de algo frío, que se deslizó por su mejilla, frente y barbilla, y cuando abrió los ojos entendió que era la sangre del zombie al que había atravesado la garganta con la daga, ya inerte que solo se mantenía erguido por el propio agarre del arma.

Volvió a gritar, horrorizada ante lo que estaba viendo, y en cuanto se echó hacia atrás, el zombie cayó con un golpe seco al suelo y allí yació, muerto de una vez, mientras otra tanda de zombies, cada vez más rápido, se acercaban hacia ellos.

Buscó con la mirada a sus compañeros, necesitada de apoyo, y ya no le dio tiempo a decir nada más porque entendió que la única manera de salir de allí sería matando.

Pura supervivencia.



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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Rothgar de Ithia el Mar Oct 02, 2012 1:38 am

Todos empezaron a ponerse en posición nada más escuchar mis órdenes. Aquél no era momento para titubear, si no para cooperar, pues sólo así íbamos a lograr purgar el mal de aquél lugar. La muerte no me preocupaba tanto, pues sabía que si caía al menos lo habría hecho en nombre de mi señor. De todos modos, ese era un precio que solo pagaría si supiera con certeza que mi vida supusiera la destrucción de toda la corrupción que habitaba en aquella catedral, antaño pura, ahora una madriguera para toda clase de seres oscuros.

Tanto el enano como el pelirrojo de aura oscura se adelantaron junto a mí, mientras el resto se quedaba en la retaguardia. En parte, era comprensible. El muchacho pelirrojo aún parecía un niño, y se notaba que no había recibido el mismo adoctrinamiento que yo. El elfo tenía pinta de ser un superviviente, lo cual significaba que difícilmente correría más riesgos de los necesarios, aunque lejos de alguien traicionero, tenía pinta de poderse confiar en él. Sencillamente sabía que la primera línea no era su lugar. Luego estaban las dos mujeres. La violinista parecía estar aterrada, pero lograba combatir su miedo más o menos. La hörige no. Se la veía aterrada, y me resultaba extraño que el miedo puro no la hubiera matado ya. Posiblemente su amor a la vida fuera lo que la mantuviera con vida. Ver a todas aquellas pobres almas aterradas era posiblemente lo que me daba fuerza. Los templarios somos entrenados no solo para llevar la voluntad de Luminaris, si no que somos adiestrados como líderes natos, el rayo de luz que precede al amanecer. A diferencia de los templarios imperiales, nosotros recordábamos nuestra misión, y no respondíamos ante otro señor que no fuera Luminaris.

Los zombis quisieron separarnos en dos grupos nada más abrirse las puertas de las celdas, y desgraciadamente no nos quedaba otra que dejarles. Adelantados, estuvimos el enano, el oscurantista y yo. A los demás les tocaría luchar contra los no-muertos. Realmente me parecía mejor aquello. Si el orco cadáver se acercaba al resto del grupo los haría pedazos. En cambio, los zombis no son especialmente difíciles de matar, siempre que se posea una espada suficientemente larga y espacio para blandirla. No se cubren, y sus cuerpos putrefactos no aguantan muy bien los cortes, a pesar de que matarlos a mazazos es complicado si no se tiene mucha fuerza.

A medida que me iba acercando junto al enano y al hombre pelirrojo, envainé la espada de mano y desenvainé mi fiel espadón, “Justicia”. Eso era lo que iba a darle a aquél impío cadáver. Aguantándola con una mano, rocié el filo con más agua bendita, y tras guardar el frasco, aguardé al primer embiste. Nada más lanzar mi grito de batalla, el orco rugió, dando una especie de estruendosa orden a los zombis para que se movieran del todo. No eran tan lentos como parecían, aunque seguían siendo zombis. Difícilmente trazarían estrategias complicadas. Lo más probable era que sencillamente trataran de rodear al grupo más grande y, una vez muertos todos, lanzarse a por el grupo más pequeño. El hambre suele guiarlos.

En aquél momento, la violinista cambió su melodía, y noté como mi furia se acrecentaba. Aquello era magia, pero por los dioses, no iba a negar que me iba de perlas. Me sentía más fuerte y ligero, y aquello era justo lo que necesitaba para combatir al imponente no-muerto. Antes de que él se lanzara a por nosotros, un par de flechas hirieron su muslo ya mutilado. Aquello le enfureció, y a mí me hizo alegrarme. Sería algo más fácil vencerlo, pues no mediría sus movimientos.

El primer ataque se lo llevó el enano, el cual se hundió en el suelo debido al poderío del orco, pero logró resistir a duras penas, defendiéndose. Aquello me daría tiempo. Me alejé unos pasos en diagonal hacia la izquierda, pues su pierna derecha era mi actual objetivo. Aquello pareció funcionar, aunque en ese momento vi como el enano salió proyectado contra la pared. Semejante golpe era capaz de matar a un humano. Recé para que no lo fuera para matar a un enano.

El orco cojeaba intensamente, y en ese momento lanzó un barrido que, de no haberme agachado con una rapidez que no creía posible en mí, me habría reventado en pedazos. Noté la pesada maza silbar apenas unos centímetros sobre mi cabeza, y di gracias a Luminaris por mis reflejos. Sin embargo, en ese momento el orco hizo algo que me sorprendió. ¿Reír? Aquello me enfureció más que nada de lo que podría haber pasado. El brujo y yo nos movíamos ágilmente, revoloteando alrededor del orco, dedicándonos más a esquivar que a otra cosa, hasta que finalmente el pelirrojo lanzó un conjuro que, al impactar contra el no-muerto, lo envolvió en la más profunda oscuridad. Sólo su maza se pudo ver. Aquello era en parte peligroso, pues entonces el orco empezó a moverla con más violencia, más brusquedad, tratando de aplastar aquello que le había cegado.

En aquél momento empecé a correr por el lado del orco. Uno de sus enormes brazos barrió el aire para tratar de golpearme, pero rápidamente me dejé caer sobre las rodillas, y gracias al suelo ensangrentado, aquello me permitió deslizarme. Echando el torso y la cabeza hacia atrás, con las piernas dobladas y las manos a ras de suelo, vi como el enorme brazo pasaba a escasos milímetros de mi yelmo, pero no me acertó. Una vez estuve a su espalda, dándome media vuelta me levanté. Rápidamente alcé mi espada, cuyo tamaño la hacía digna de un verdugo, y tras eso, la dejé caer con fuerza. Si bien no seccioné la pierna, un fuerte crujido me hizo descubrir con alivio que le había roto el hueso por el golpe. Le había acertado en el punto débil. En ese momento el orco empezó a caer hacia un lado, cediendo su pierna magullada bajo el pesado cuerpo del orco. Un rugido escapó de sus labios. No había que perder el tiempo. Retrocedí un paso para ganar impulso, y empuñando con ambas manos el mandoble lancé una estocada hacia adelante, buscando el corazón de la criatura. Mi siguiente movimiento sería un tajo vertical descendente, ya fuera contra su brazo armado o contra su cuello, preferiblemente contra lo segundo. Mientras iniciaba mi ataque, aullé unas palabras que resonaron por toda la mazmorra:

-¡Muerte a los impíos! ¡Muerte a la aberración no-muerta!-
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Daanira Lynella el Miér Oct 03, 2012 8:54 am

La notas de esta pieza en especial siempre me recuerdan aquél fatídico día en el que descubrí mis poderes. Mientras concentraba mi mente y mi esencia en aquel Forza dil'Ravioso no podía evitar recordar el momento en el que mi madre Esmeralda había sucumbido ante mí, víctima de una terrible enfermedad pulmonar. Sus últimos días habían sido desesperantes e inconcebibles para mí. En aquél momento no podía si no maldecir mi debilidad y mi ignorancia a pesar de que mi amada madre no dejaba de repetirme lo feliz que había sido a mi lado a lo largo de tantos años, desde que me encontrara abandonada en las calles de Malik Thalish.

Recuerdo bien sus últimas palabras mientras mi melodía alcanza el clímax y mis compañeros se ven beneficiados por su misterioso poder - "...Nunca mires hacia atrás con arrepentimientos Daanira. Mantén tu mirada en el camino y recórrelo sin dudas en tu mente... Siempre adelante en busca de algo nuevo... Te amo hija..." - Recuerdo bien la sensación de pérdida y la herida en el corazón que en ese momento había surgido en mi interior. No pude hacer nada por ella, y esa frustración despertó en mí el poder mágico de la ilusión. Del esoterismo que despertaba cuando ponía mi mente y mi alma en mis melodías. Agradecía su guía y maldecía su pérdida. Sin embargo lo único que pude hacer por ella en esa ocasión fue prometer que viviría intensamente mi vida en su honor y no estaba dispuesta a incumplir esa promesa.

Mantenía mi mente enfocada en la melodía que interpretaba con el fin de prolongar su efecto sobre mis compañeros. Mis ojos permanecían cerrados, pero no por eso era incapaz de saber lo que pasaba a mi alrededor. En mi mente, las auras y las presencias de todos los seres vivos y con algún atisbo de magia en ellos eran visibles para mí. Cada persona genera un aura de un color diferente dependiendo de su espíritu, y era esa aura la que me permitía saber el estado emocional y mental de cualquier persona. Un don que utilizaba mucho en mis adivinaciones. Pero en este momento, durante la cruenta y depravada batalla que teníamos ante nosotros, aquellas auras me servían como guía y me permitían seguir los movimientos de mi alrededor.

Rápidamente había disminuido el aura del enano y se había desplazado de un lado a otro de forma repentina mientras la presencia del enorme orco se incrementaba con excitación. Pensé por un momento en en quebrar mi concentración y asegurarme de su estado, pero no debía hacerlo pues no era solo él quien dependía ahora de mi magia. Estaba segura que no moriría con tanta facilidad, pero era igual de preocupante.

Rápidamente busqué un tercer objetivo a quién brindarle el valor que mi esoterismo otorgaba, y pude sentir que el espíritu de Gawain era lo suficientemente resistente como para soportar el impacto de mi magia, por lo que sin demora cambié de objetivo y remplacé mi nexo con la mente de Talidor para brindarle furia y resistencia a mi amigo elfo. Estaba segura que su ímpetu, de por si elevado, sería potenciado por mi magia y sería de gran ayuda para nuestra supervivencia.

Así mismo pude observar como el espíritu del imponente paladín de Luminaris se enervaba con cada golpe que asestaba en la corpulenta masa de músculos putrefactos y no podía si no sentir satisfacción de poderle ser de ayuda, aunque quizá su Fe y su convicción no necesitaran de tales ilusiones para salir avante ante una situación tan terrorífica.

En efecto, no veía con mis ojos si no con mi mente. Las presencias impías de al menos una docena de no muertos se acercaban hacia donde estábamos Zana y yo, pero yo no debía, no podía interrumpir mi interpretación. Tenía que mantener mi fortaleza aunque la mera idea de ser devorada por estos seres ya comenzaba a hacerse vigente en mi interior ¿Sería que aquel lugar deplorable sería mi perdición? ¿Mi cuerpo reanimado por la nigromancia vagaría por estos pasillos oscuros como los cuerpos que ahora se abalanzan ante mí y mis compañeros?

No tenía respuestas, pero no debía dudar. No podía defenderme, pero no podía huir. No podía hacer nada más que esperar ahí y continuar el camino que había ante mí, como mi amada madre me había dicho en su último aliento. Debía seguir adelante sin mirar para atrás, y eso era justamente lo que haría.

Solo esperaba que mis compañeros pudiesen protegerme. Confiaba en ellos ciegamente, pues ninguno saldría con vida de ahí si no podíamos confiar el uno hacia el otro. En Svanias Fël eramos uno mismo. Y quien si no yo lo podría afirmar, pues nuestros coloridos y vivos espíritus eran lo único que brillaba con intensidad en ese lugar infestado de muerte y depravación.

Confianza. Esa era la clave.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Lander el Miér Oct 03, 2012 10:11 pm

Dehvi miraba con temor al orco gigante que bloqueaba el camino, si el paladín y el mago oscuro no era capaces de vencerlo, nadie podría hacerlo ya. Los que quedaban en la retaguardia, excepto elfo, Gawain, no eran luchadores. Solo quedaba esperar que pudieran hacerlo, seguro que podían, sino no llegarían mucho más lejos. Quizás pudieran evitarlo de alguna forma e intentar seguir el camino, pero no confiaba mucho en aquella estrategia.

No era ese el mejor momento de entretenerse, pues, por la retaguardia empezaban a aparecer más de aquellos cadáveres andantes, seres malditos para la eternidad. Eran algo que Dehvi seguía temiendo, pero ya se había encontrado antes con ellos, ya había visto lo que hacían, cómo podía matarlos, lo sabía. Sin embargo, no estaba preparado para lo que Svanias Fël le tenía preparado. Aquella maldita catedral sabía jugar bien con el miedo. Dehvi dio uno, dos, varios pasos atrás cuando vio a las pequeñas niñas acercarse hacia él. El corazón le dio un vuelco, habría estado preparado para atacar a cualquier no muerto, pero no a ellas, aquella apariencia de niñas pequeñas calaba a Dehvi demasiado hondo.

La garganta se le secó mientras intentaba buscar otra solución, pero no parecía haberla, cada vez estaban más cerca y en la mente de Dehvi solo parecía haber una salida para aquella situación, pero todo su ser se tambaleaba al plateárselo por más que intentaba convencerse de que ya no eran las niñas que un día fueron… Sabía que tendría que reaccionar tarde o temprano, no podía esperar a que se lo comieran, no quería morir ahí, no podía aceptarlo, no se lo perdonaría y sobre todo, no quería convertirse en uno de ellos, en una de las almas en pena de Svanias Fël. No quería vagar por aquellas lúgubres paredes para la eternidad.

Miró a los costados, buscando alguien dispuesto a ayudar, una mirada amiga en la que apoyarse o cualquier cosa que le hiciera reconfortarse, pero si algo así existía en aquella catedral no estaba allí en aquellos momentos. Los demás también tenían lo suyo porque aquellos no muertos no se dirigían tan solo hacia él si no que atacaban en grupo desde la retaguardia, dejándolos encerrados en aquel pasillo que ahora se antojaba demasiado estrecho. Y lo peor era que aquel cerco seguiría estrechándose hasta ahogarlos, hasta que fueran devorados por los no muertos o aplastados por el orco. Dehvi sabía cuál era la solución, enfrentarlos, pero aquel paso era mucho más fácil cuando el enemigo no eran un par de niñas.

Cargó el arma dejando caer la bala. La runa ya estaba lista, ya no era necesaria ningún tipo de pólvora. Apuntó hacia la cabeza de la niña más cercana y disparó, un disparo a corta distancia. Ya era demasiado tarde para volver a cargar de tal forma que intentó golpear la cabeza de la otra niña con la culata del arma, apenas si mantenía los ojos abiertos mientras trataba de hacerlo, tan solo porque no podía permitirse cerrarlos y fallar el intento. Aquella visión le atormentaría durante el resto de su vida y el resto de su vida empezaba ahí mismo. Un escalofrío recorría su espalda y las gotas de sudor frío caían por toda la espalda, ¿en qué clase de juego macabro se había metido?

¿Qué clase de ser podía estar tras aquellos actos de maldad pura? Dehvi no tenía aún respuesta para eso, todo era un misterio, un lugar de culto a Luminaris deshecho, corrupto, una burla a los dioses, una provocación, Svanias Fël podría describirse de muchas formas, pero ninguna podría llegar a reflejar cuán cruel podría llegar a ser aquella catedral y lo peor de todo era que, a pesar de todo, solo parecían haber visto una pequeña parte de aquel infierno. Aún quedaba dolor y sufrimiento para todos.

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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Gawain Brisalegre el Miér Oct 03, 2012 11:47 pm

El miedo estaba arraigado en mi interior como en todos los presentes, algunos lo llevaban mejor, otros peor. El paladín, el enano y el brujo, claros guerreros experimentados en el campo de batalla y que se habían enfrentado a horrores antes. Zana y Daanira, que si podían haber vivido experiencias angustiantes, seguro que como yo, jamás habían visto semejante espectáculo de maldad. También estaba un humano con un arma de fuego del que no sabía muy bien que opinar, y por ello no deposité demasiadas esperanzas en él. Pero en cambio, como el enano y el paladín, mi primer instinto no era asustarme o salir corriendo, si no intentar derrotar a lo que nos amenazaba.

Mientras me preocupé de herir como fuese posible al orco, olvidé a los zombis que ahora rodeaban a la retaguardia. Dehvi y yo herimos ligeramente a la mole, pero mi objetivo cambió cuando vi a los no-muertos arrastrarse hasta Zana y Daanira, que se defendían como podían.

Cuando sentí de nuevo la melodía de Daanira en mis oídos, me sentí de alguna manera un poco más fuerte, un poco más capaz. En mi mente los seres que nos amenazaban me resultaban una molestia suficiente como para provocar un enfado, irracional, en mí. Un hombre y un muchacho se acercan rabiosos hacia mí, pero no fueron suficientes como para pararme, y dando un bote horizontal esquivé fácilmente sus garras. No sé si por el embrujo de Daanira, la adrenalina o el instinto de supervivencia, pero mis movimientos y reflejos habían sido aumentados en cantidad. Mientras me alejaba de los dos atacantes, desenvainé ambas dagas.

Con la zurda, golpeé al hombre con la empuñadura en la cara, haciéndolo perder el equilibrio y caer lánguidamente al suelo. El pequeño se movía aún hacia mí, que aproveché para darle una estocada diagonal con la diestra, desde el cuello a mitad del pecho, lo que le hizo caer en el suelo inerte. Era durísimo asesinar a gente que alguna vez fueron inocentes, más a un chiquillo que en el momento de su muerte aún debía ser inocente de cualquier pecado.

El adulto aún pugnaba por levantarse, solo para recibir sendos cortes circulares en la zona del cuello. El primero hizo una incisión profunda, pero no mortal. No fue hasta la segunda que el corte fue lo suficientemente fuerte como para matar al zombi.

Cuando terminé con ambos, antes de reparar en nada corrí hacia donde se encontraban los demás, en intento de que entre todos la oleada fuese menos dañina. En mi mente solo estaba claro las ansias de poder proteger a todos como buenamente pudiese, y terminar rápidamente para continuar con el ataque al orco.

Mis movimientos eran mucho más ágiles que antes, por lo que tardé poquísimo en reunirme con las otras dos mujeres, y ponerme en guardia esperando lo peor. De reojo, además, pude ver como el enano recibía un golpe contundente. Mi incredulidad se hizo presente cuando el orco logró derribar la mítica defensa de un piernas cortas, y lanzarlo sin apenas esfuerzo a través de la sala.

Y entonces un latigazo de desesperanza azotó mi corazón, pues sabía que si el enano no podía evitar caer ante un golpe de la mole, el paladín y el brujo no tendrían ninguna oportunidad si se veían a la defensiva. Esto solo hizo que aumentase la impaciencia por apoyar al paladín y el brujo en su combate, pero no podía abandonar a Daanira y la pelirroja a su suerte, y por ello debíamos despachar a la horda de no muertos cuanto antes.

Sin embargo, hasta el momento, no parecía que el paladín o el brujo estuviesen siendo abatidos, y de alguna manera, calmó mis nervios y recé para que ellos corriesen buena suerte, igual que nosotros.
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Re: El Ascenso del Diablo [I parte].

Mensaje por Zana el Miér Oct 10, 2012 10:29 pm


Kor’Kron grita con voz cavernosa, estremeciendo los corazones de todos los presentes. La furia del infierno reverbera por cada losa de suelo mancillada de sangre, por cada no-muerto que se mantiene vivo por alguna clase de hechizo oscuro, por los filos de las armas de los aventureros, por la melodía esotérica de la hechicera.

El orco un día fue grande, guerrero de guerreros entre los suyos. Fue a Svanias Fël buscando la gloria en los albores de la batalla, las riquezas en la guarida del dragón, la fama en las muertes que dejaba tras de sí… Pero solo encontró muerte. Quién sabe qué clase de mago es capaz de doblegar la voluntad de un ser así de imponente, pero si lo ha conseguido con el valeroso Kor’Kron, que ahora perece muerto en vida y vive en el más allá, ¿qué pasará de lograr atrapar el alma de los aventureros?

Son muchos los peligros los que les guardaban más abajo, en lo más oscuro, en lo más perdido. Es mucho el miedo que tendría que superar de querer salir de allí con vivos, porque la perversa depravación que azota las profundidades de la catedral maldita no conoce límites. Los aventureros lo sabran pronto, así como que Kor’Kron y su partida de no-muertos, en realidad, no son más que peones de algo peor, al igual que ellos.

Saben que deben tener cuidado, que cada paso que den debe de ser previamente pensado y pensado otra vez. No se protegen de las inclemencias del tiempo, ni de causa de fuerza mayor, ni de circunstancias que dependan de ellos. No, lo hacen respecto de lo desconocido, y no hay peor miedo que el que se siente al no saber dónde estás o a qué te enfrentas.

¿Sabéis a qué me refiero? Ellos no. No se daban cuenta de lo más importante, de algo que ya habían comprobado pero que por la frenética rapidez del momento se les había pasado desapercibido. Era la tutela, la supremacía, el poder sobre otros. Si te parabas a pensarlo no era algo que se viese poco en el mundo, y es que cuando sabes que controlas lo que sucede a tu alrededor, lo único que debes esperar es que las consecuencias se lancen a por ti.

El elfo, con sus dos flechazos, había debilitado a Kor’Kron enfureciéndolo al mismo tiempo, y fue en ese tirón de ira cuando despachó a Talidor como quien golpea un perro: sintiéndose más superior y poderoso. Su objetivo era el elfo, pero tenía aún que derrotar a dos enemigos que al final se convirtieron en su tumba. El orco, bravo en vida, lo había perdido todo y ya solo constaba de una furia ciega por la sangre, sin pensar ni razonar, simplemente blandiendo la enorme maza en busca de víctimas, víctimas y más víctimas. Con el amor pasional por el delito y el pecado, había aceptado una vida espectral de sacrificio y depravación.

Sitael Bedlam formuló un conjuro que cegó momentáneamente al orco, lo que permitió al caballero Rothgar de Ithia deslizarse hacia su flanco derecho y lanzarle una estocada lo suficientemente fuerte para romperle el hueso de la pierna, quebrándolo haciendo perder el equilibrio a Kor’Kron. Este aulló lastimero, abriendo los ojos mientras hacía el intento de farfullar algo, sin conseguirlo. En su lugar gorgoteó algo con la voz cavernosa y gutural de muerto, y aunque de la herida de la pierna ya goteaba un reguero de sangre espumosa y negra, de la boca de grandes colmillos comenzó a manar también la baba, como si esa mera herida hubiese despertado algo en él, un odio que aún muerto seguía titilando en su corazón de mercenario.

Kor’Kron cayó hacia un lado, incapaz de sostenerse por su propio peso, pero era tal su rabia, su necesidad de matar, de machacar huesos con sus propias manos, que cuando el caballero se acercó por detrás el orco le golpeó en el pecho con el fuerte codo izquierdo, impulsando a Rothgar varios metros atrás mientras le dejaba sin respiración instantáneamente. El caballero sentiría cómo la cabeza le daba vueltas y todo se le nublaba, tosiendo con fuerza mientras se apoyaba en su propia espada, paladina de la justicia, para recobrar su autonomía funcional.

Seguía tras el orco, pero éste, por más que intentaba levantarse, se veía imposibilitado por su pierna quebrada. Sitael aprovechó entonces para lanzar otro fino rayo de oscuridad que terminó de atravesar al pierna herida, y cuando el orco estuvo totalmente postrado de rodillas frente a él, el brujo gritó a Rothgar ‘¡ahora, daros prisa!’ con urgimiento, a lo cual el caballero respondió levantándose, decidido como adalid de Luminaris, y corriendo le dio cumplimiento a la muerte del orco atravesando por detrás la espalda del orco, cortando el corazón hasta pasarlo limpiamente y notar cómo el enorme espadón emergía por delante, en el pecho de Kor’Kron.

Este empezó a balbucear cosas ininteligibles, babeando compulsivamente mientras el cuerpo se convulsionaba y la sangre que manaba era tan que toda la espada quedó tiznaba de carmesí, asimismo el suelo alrededor del pesado y poderoso orco que con un último gruñido loco y horripilante cayó con un golpe seco y duro contra el suelo y se quedó allí inerte, por fin muerto, mientras los ojos vivos por la magia volvían a quedarse opacos.

Mientras tanto, Zana, Daanira Lynella, Dehvi y Gawain Brisalegre verían incapaces de creerlo cómo ante la caída impetuosa del orco todos los zombis de su alrededor se volvieron locos, como si algo dentro de sus cuerpos se hubiese cortado y ellos sufrieran las consecuencias. Su rapidez aumentó rápidamente, su furia se volvió loca. Ya no eran no muertos lentos y ansiosos, eran auténticos monstruos que quería matar todo lo que estuviese a su alcance. Los ojos se volvieron blancos como esferas y todos ellos aullaron con voz ausente, gritando y gritando mientras todos los aventureros corrían para reunirse mientras a duras penas resistían los asaltos que estaban convirtiéndose en emboscadas.

Daanira Lynella sentiría entonces cómo la llave que rodeaba el cuello del orco muerto titilaba llamándola, prestándole su atención solo a ella. Por su hechizo sería capaz de notar que necesitaban aquella llave, de alguna manera la única posibilidad que tenían de salir de allí, y entonces alertaría a sus compañeros gritando que cogieran la llave que solo a ella la estaba guiando… Aunque quién sabe si no a un precio que más tarde se cobraría su verdadero dueño.

Tras Kor’Kron, bajando tres escalones, había una larga explanada asemejada a un pequeño atrio donde, al fondo, una verja cerrada por un candado reposaba en silencio. Tras ella no se veía absolutamente nada, porque lo que había más allá era de nuevo una escalera descendente que se perdía en la oscuridad perpetua. La estructura bien construida de las mazmorras de la catedral allí comenzaría a desaparecer gradualmente, convirtiendo las escaleras en un abrupto pasadizo rodeado de piedras irregulares dirigentes a cuevas y a todo un entramado de cavernas subterráneas donde, muy al fondo, piedras preciosas proyectarían luces de colores que los viajeros verían una vez llevaran un tiempo bajando.

Sin embargo para llegar hasta allí tendrían que sortear la avalancha de zombies, y el tiempo no les sobraba precisamente.

Además, ¿quién sabía? Quizá había otro camino. Quizá si seguían en dirección contraria y corrían a través del vestíbulo encontraran otra salida, u otra puerta con llave… Sea cual sea la que decidiesen utilizar los peligros aguardarían por ellos, como perros hambrientos, donde nada era seguro.
Incluso puede que Daanira estuviese siguiendo un indicio falso y la llave les llevara a su muerte.

Solo el tiempo lo diría.


Turn Undead

Zana sintió el cuerpo tenso cuando atacó al primer zombi, quitándoselo de encima segundos más tarde. Aún no podía creerse lo que había hecho movida por el instinto de supervivencia, ni tampoco dónde se había ido a meter, pero solo podía pensar que el desenfreno que sentía en tales circunstancias la estaba poniendo a prueba y que, tal vez, si las cosas no empeoraban, realmente tuviesen posibilidades de salir de allí con vida.

La verdad fuera dicha, no había albergado esperanzas hasta ese momento. Desde el primer momento en el que escuchó esa voz perversa y desalmada en su oído ya se sumió en su depresión particular, ya no digamos cuando los tres demonios abisales les embistieron en la nave principal de la Catedral. Sin embargo, fue realmente cuando vio al diablo mensajero que prendió fuego el altar cuando el miedo pudo con ella y supo que iban a morir, que aunque pudiesen huir de esa primera prueba todo iría a peor, y estaba teniendo oportunidad de verlo.

No obstante, no quería darse por vencida. Estaba descubriendo en esa situación que realmente quería vivir, que todo lo que había vivido hasta el momento se quedaba en nada después de ver la maldad que allí había reunida, y aún pecando de un egoísmo puro, se sentía bien por ello. Pensaba que era un desafío que si podía superar le demostraría mucho, al menos mientras conservase su determinación por salir viva.

Decidió entonces que eso era lo que ocurría, el verdadero problema. Trataban de quitarles su esperanza, la ilusión por sus habilidades. Si aquellos demonios estaban allí dudaba muchísimo de que lo hiciesen por propia voluntad, autónomamente. No, aquello debía de ser obra del mismísimo Diablo, y si era así la propia historia dictaba que los héroes que se habían visto asolados por el mal solo habían salido victoriosos no por sus habilidades, sino por su voluntad de fuego.

Si Zana era capaz de hacer algo así, de terminar confiando en sí misma, estaba segura de salir viva.

Al menos si todos y cada uno de los que la acompañaban estaban pensando en lo mismo y estaban dispuestos a seguir cooperando en equipo.
Divagaciones aparte, seguía tremendamente asustada. De vez en cuando el enorme orco bramaba guturales gritos que hacían retumbar las mazmorras y erizaban el vello de Zana, que trataba de concentrarse en los zombis sin éxito. Estaban siendo sitiados por ellos y se defendían a duras penas, porque eran pocos frente a muchos, a muchos. Gracias a los cielos por que Daanira estuviese allí entonando esa bella melodía que les ayudaba a sobrevivir, pues de ser de otra manera Zana dudaba mucho de haber soportado tantos embistes.

Gawain y Dehvi no estaban en una situación distinta, pese a que ellos pudiesen defenderse mejor.

Cuando oyó el golpe seco y se giró para observar qué ocurría, observó incrédula que Kor’Kron había caído y que el orco había muerto. Sin embargo, lejos de poderse alegrar por ello y notar cómo la calma la invadía, se encontró asediada de pronto por tal cantidad de zombis que dejaban en nada a los anteriores. Todos se habían vuelto hacia ellos, incluso los que habían estado saliendo de las celdas contiguas, y corrían más rápido, gritaban con más fuerza y sus ojos brillaban con más maldad.
Oh, dioses. ¿Qué acababan de hacer?

¡Huyamos! —chilló cogiendo el brazo de Daanira y arrastrándola lejos de allí. Fue cuestión de tiempo que llegaran al encuentro de Rothgar y Sitael, y allí la violinista arrancó de golpe la cadena que pendía del cuello del orco y les ordenó que corriesen hasta la puerta que había tras él.

Zana se giró y miró al enano, que aún no se había movido, y mientras notaba cómo los ojos se le anegaban de lágrimas negó con la cabeza y le señaló.
¡Talidor, hay que ir a por él! ¡Rescatémosle! —gritó, desesperada.
Pero era demasiado tarde. No podían salvar la ingente cantidad de zombis y pronto se vio arrastrada por sus compañeros en dirección a la puerta, sin poder evitar que las lágrimas le anegaran el rostro y el odio por ellos emergiese. ¡Le habían abandonado! ¡Lo habían hecho!

Rothgar, Dehvi, Gawain y el brujo defendieron al grupo mientras Daanira abría histérica la puerta y todos pasaban corriendo, sumergiéndose en la oscuridad. En cuanto entraron dentro todos hicieron una barricada y aguantaron mientras la misma cerraba por dentro la puerta, asustada, y de vez en cuando los demás lanzaban estocadas para retrasar los brazos hambrientos que se colaban por la puerta.

Entonces, cuando por fin estuvieron a salvo, ambos corrieron pasillo abajo, perdiéndose en la nueva estructura cavernosa que Zana distinguió sin problemas. Pasó de ser una escalera cuadriculada a una masa rocosa que se asemejaba a un túnel. Las piernas eran de un fuerte color oscuro, similar al granito, y de vez en cuando el moho se dejaba ver por el suelo y el techo. Fue ella la primera en distinguir las luces que titilaron una vez llevaban un tiempo corriendo, lo que le hizo dejar de pensar en el enano durante unos instantes, y mientras tragaba saliva, nerviosa, disminuyó imperceptiblemente el ritmo.

¿Qué iba a pasar ahora?



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