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Memorias del Pasado, Raíces del Presente

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Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Ysatis Morgana el Dom Oct 07, 2012 11:35 pm


Era noche de luna llena y con tiznes rojizos en el cielo despejado cuando Ysatis despertó en su recámara de la Mansión. Las ventanas estaban corridas pero al apartarlas ella bebió de la belleza nocturna, como cada atardecer.
Tenía sed, como siempre. Estaba pletórica de nuevas experiencias, igual que cada velada nocturna. Desnuda, sensual, se miró al espejo oval de la rica habitación y admiró cada uno de los detalles de su cuerpo, como esculpido en exquisito mármol.

"Soy más hermosa que ayer" se congratuló la vampiresa con una encantadora sonrisa que se apagó al aparecer su siguiente pensamiento "Pero nunca como ella. Morgana, a veces extraño tus caricias"
Siguió mirándose en el espejo durante unos instantes pero ya para entonces el pensamiento había desaparecido. Echaba de menos a su sire como se echa de menos a un excelente amante pero a veces Ysatis dudaba haberla amado de veras. Su recuerdo a veces era tan borroso que parecía más el ensueño de sus años mozos que una persona real que había reído, asesinado y compartido junto a ella.
Molesta por sus reminiscencias, ella se encogió de hombros y escogió las ropas que llevaría aquella noche de entre el enorme armario situado al lado opuesto del también grande ventanal.

Raso, no, terciopelo tampoco, seda roja como la sangre que quería... sí, ¿Por qué no? La dama disfrutó poniéndose las faldas, el corsé, los guantes, los ricos zapatos, las joyas...
"Eres hermosa" se recordó por enésima vez, "¿Qué importa lo demás?"
Volvió a admirarse en el espejo y luego, con un gesto imperioso, dio la espalda a su reflejo para dirigirse hacía la puerta. Le apetecía un paseo por la hermosa ciudad en la que residía y, ¿Existía suficiente apresuramiento? La noche era joven pero a veces ella se abstraía y llegaba a su hogar rayando el sol.

La mansión era silenciosa, casi sepulcral. No tenía sirvientes que pulularan por la casa, molestos, ni serviciales damas de compañía que la importunaran con sus consejos. El cochero sin duda estaría dormido en su pequeña casa en el jardín y si bien era nuevo y se extrañaba de la soledad de su señora, estaba lo suficientemente bien pagado para acallar lo demás. No tardaría en morir, como todos los demás, pero era útil y con eso era suficiente.
A Ysatis no le gustaban las compañías indeseadas, ella misma se encargaba del mantenimiento de su mansión. Sus negocios tampoco se trataban en aquella casa y había muy poco de madera barnizada en sus estancias, para que no pudiera perder la propiedad a causa de un incendio.

Había que admitir, se dijo no por primera vez la vampiresa mientras se dirigía al establo a tomar un caballo ruano, que su tío había tenido buen gusto, aunque liderado por ella misma y sus intrigas cuando era humana. Las cortinas eran preciosas, igual que cada mueble, que era una pieza única y el decorado era fastuoso, si ella quisiera vender la propiedad sin duda obtendría una gran fortuna.
Pero lo que Ysatis quería era un refugio, no más dinero. Resultaba cómodo tener un lugar adónde llegar después de un largo viaje...
Y también resultaba cómodo tener llaves con las que cerrar el lugar cuando se largaba, que era continuamente.

El aire helado de la noche fue deliciosamente refrescante para la noble, que se dirigió a las afueras de Phonterek, donde la vegetación ocultaría con suerte a una buena presa que consumir. Quien sabe, pensó sonriendo Morgana, quizá hasta una amante.
Cabalgó con brío y rápidamente hasta dejar lejos su casa, allí donde las luces escaseaban y sólo contaba con su vista para guiarse. Los guantes rojos sujetaron las riendas del caballo mientras decidía por qué camino ir en una encrucijada y al final escogió el camino que definitivamente la alejaba de las puertas de la ciudad.

De pronto vio a una figura escurrirse por entre los troncos de los árboles y su cabalgar se detuvo, la mujer estupefacta. Por un instante había creído divisar a un joven que había conocido hace mucho tiempo, un humano al que nunca más había vuelto a ver. Estaba igual, aunque al mismo tiempo cambiado... ¿Sería posible?
Ysatis apretó los labios en un precioso mohín y finalmente se decidió, azuzando al caballo en dirección a lo que había visto.
Y sí, para una mujer observadora como ella, no fue difícil reconocer, a pesar de la distancia de años y metros, al hombre que se inclinaba, espiando quién sabía qué cosa.

Algo parecido a lo que ella hacía, constató Ysatis. Porque sólo había una manera de que un humano pudiera sobrevivir tanto tiempo.

- Es sorprendente- dijo con voz clara, sabedora de que él ya debía haberla escuchado-Lo poco que te cambian los años, lord Valertas. ¿Sigues siendo el mismo que conocí, hace tanto tiempo?

Una sonrisa se abrió paso en el semblante de la vampiresa, aquel hombre había sido muy apreciado por ella en su momento, cuando éste era aún mortal.
Pues ¿No era ahora él tan vampiro como ella? Sin duda también sería un cazador feroz sino es que más que ella.
Que interesante


Última edición por Ysatis Morgana el Lun Oct 08, 2012 9:14 pm, editado 1 vez
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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Darian Valertas el Lun Oct 08, 2012 12:16 am

La caza es un arte de complejo aprendizaje. Hacen falta meses, años y décadas para poder dominarla por completo, sumiéndote en sus detalles, sintiéndola en cada poro de tu piel. Para convertirte en un predador infalible es necesario adorar el gusto por la sangre, el olor de la carne desgarrada, los gemidos de dolor de tu presa y el brillo de la muerte en sus ojos apagados. Algo de lo que Darian Valertas siempre farda porque vive por y para ello.

Thonomer siempre ha sido su lugar predilecto, su territorio. Es ahí donde ha nacido y donde siempre se sentirá más soberbio y altanero. No tolera que ningún otro vampiro amenaze a sus presas, a los que por mera genética están en el mundo para servirle, y es por eso que tiene especial cuidado en delimitar sus intereses respecto del resto de los de su raza.

Es un Sombra Roja solitario, vetado de toda compañía que él no desee porque así lo ha querido, y no sabéis cuán deleitante es eso. Hace lo que quiere, sin miedo a represalias, y vive con la necesidad constante de demostrar al resto de criaturas la primacía de su raza. O mejor aún, de él mismo.

Hace demasiado tiempo que los Valertas han desaparecido del círculo de nobleza de Phonterek, pero él lo recuerda bien. Recuerda cómo cabalgaba con su madre hasta la capital para codearse con otros aristócratas y recuerda el por qué siempre les odió. Con especial deseo rememora sus macabras fantasías en las que a muchos de ellos los sometía a torturas sin nombre, y entonces siente cómo se excita y sabe que es la hora.

Tiene que cazar. Solo la sangre puede deleitar esa mente infame.

Es una niña preciosa, quizá ni siquiera alcance la mayoría de edad. Los bucles dorados se confunden con la oscuridad de la noche y ella corre, aprensiva, entre la espesura. Sabe que algo acecha y no tiene ni idea de qué, pero es tal el temor que siente en su corazón que solloza convulsivamente y hace tiempo que ha dejado atrás el macuto con las medicinas que hubo de llevar a su madre. Pobre tonta, ¿a quién se le ocurre cruzar el bosque en plena noche? ¿Es que su madre no le dijo que no debe tentar al lobo?

Darian la sigue, fundiéndose en la oscuridad. Tanto tiempo lo ha hecho que ya es uno más con la noche, con la negrura que envuelve el cuerpo de Isabella. Los pómulos blanquecinos ya están rosados por la carrera, pese a que su vestido marfil la impele a ir más lento.

Él la deja ir, prefiere darle cierta ventaja, fingir que aún tiene posibilidades. Es un juego que le encanta repetir y no tiene reparos en darles a sus presas el bofetón contra la realidad de la manera más degradante que se le ocurre. Al fin y al cabo solo son bolsas de sangre, y la pequeña Isabella, aún siendo bella, está a punto de verse con un pie en la tumba.

Los ojos de jade de Darian se entornan, pensando cómo matarla. A menudo asesina a sus víctimas y cuando las sabe prácticamente muertas bebe de ellas. El éxtasis que siente al beber una sangre cuya vida ya titila en las últimas es incomparable, inigualable, y ni siquiera el sexo puede alcanzarlo. Muchas noches ha necesitado de la compañía de cortesanas y mujeres encandiladas por su belleza para saciar esa necesidad básica después de alimentarse, y entonces ha sentido tal sensación de plenitud que ni siquiera un banquete de humanos imbéciles puede igualar.

Sin embargo, y a pesar de que sus sentidos están fijados en su presa, sabe lo que le rodea. Cien años de experiencia no pasan en vano, y el vampiro sabe que debe prestar atención a su contexto.

Primero es un cabalgar lejano, precedido del rumor que trae el viento. Después es un aroma que entra por sus fosas nasales como un hálito de sensualidad, recordándole en ese momento, ahí justamente, una mujer que conoció tiempo ha y cuya personalidad le marcó como un río cuyo cauce se desborda voluptuoso.

Sí, sabe que es Ysatis Morgana, la hermosa aristócrata, pero no deja de serle sorprendente cómo sus caminos se han unido en semejante momento.

Y espera que ella llegue, seguro de que lo hará, de que ella ya sabe que está allí del mismo modo que Darian lo hace. Entonces el caballo reduce el galope al trote y finalmente se para a sus espaldas, mostrando bañada por la luz de las tres lunas a una de las mujeres más hermosas y elegantes que Darian ha visto en toda su vida.

Él se gira, esbozando una sonrisa elegante, cargada de la misma confianza que ha destilado con apabullante fuerza desde que lo parió su madre, y entonces decide que bien vale alargar la existencia de Isabella si con eso guarda unos momentos de reencuentro con la hermosa Ysatis Morgana. La recorre de arriba a abajo con la mirada sin ningún reparo ni intención de guardar su interés. Él nunca ha sido alguien que desdeñe sus necesidades por cuestiones que otros tildan de pudor y que él repugna como idioteces.

Mi señora Morgana —declara, con tono grave y firme, dando un paso hacia ella y haciendo una reverencia breve, echando un brazo a la baja espalda —Qué agradable designio de los dioses os ha traído hasta a mí esta noche, pues no dejo de sorprenderme por cómo vuestra belleza no ha hecho sino ir en aumento todo este tiempo. ¿Qué hacéis aquí, lady, en la oscuridad de la noche?

Se miran desde hace décadas y aún así la tensión en el ambiente es palpable, ya no solo por su chocante condición de vampiro, sino por el carácter de ambos, definido como drástico en algunas ocasiones, inteligente para todos y, sobretodo, ceñido a sus ideales.



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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Ysatis Morgana el Lun Oct 08, 2012 12:42 am


Es él, por supuesto. De eso ella ya no tiene ninguna duda. La conversión ha realzado su belleza pero, en esencia, sigue siendo el mismo, en efecto, que conoció hace casi más de un siglo. Suficiente tiempo para que cosas más triviales se hayan olvidado, incluso para una mujer que tiene tan buena memoria pero Darian Valertas no es trivial, ni como humano, ni como hombre y mucho menos como vampiro.

Ella todavía tiene tiempo de observarlo, soberbia, erguida en su silla con toda su dignidad y halo de belleza del que se siente tan orgullosa. El cabello le reluce más, la piel es más pálida, pero los ojos siguen siendo igual de crueles a la luz de las lunas e incluso conservaron su color de jade.
Y es hermoso como el pecado y casi tan suave. Una sonrisa sincera, complacida, surca los labios femeninos y la mujer descabalga en un ágil movimiento.

Le encanta que la llame Morgana. Ella se apropió de ese nombre como se apropiara de su sire hacía tanto tiempo e Ysatis era sólo como el número que le pones a una dinastía. Lo mira evaluativa, aceptando tanto sus necesidades como él acepta las suyas. Lo rodea varias veces, hace ademán de tocarlo sin hacerlo aún, lo mira por debajo de las pestañas con ese gesto tan suyo, arrobador. Se posa atrás del hombre, acercando su boca a su oído y se ríe con mucho tacto.

- Ha sido provisional vernos, Darian. Casi como predestinado
Pero
- pasa finalmente una de sus manos por el torso, saboreando la sensación de la tela que sabe mucho menos fina que la piel del hombre- Nada justifica que te arrebate el placer de la caza en esta noche, mi querido. Creo que voy a acompañarte. Esa parece una suculenta niña...

La ha visto, por supuesto, pues ningún infante de ninguna raza puede alejarse tan lejos en terreno tan desigual. Y es hermosa, el tipo de muchacha que a Ysatis le encanta perseguir.
Se lanza en su dirección, prescindiendo del caballo. Sabe que Darian no se lo quedará, pues ningún vampiro escoge la víctima pequeña desdeñando la grande, la suculenta, la difícil.
Se va acercando, a su estilo, como una sombra, suave, haciendo que la niña sienta cada vez más terror, muy al estilo de Darian...

Y entonces aparece delante de ella y abre los brazos, como si fuera a abrazarla. La niña cae en ellos, como si se creyera salvada y ella ve como Darian se va acercando. La sonrisa de Morgana es hermosa pero perversa.

- Tranquila, cariño- le dice con falsa ternura- Deja de llorar, vas a enrojecer toda y tu tez se estropeará

La oye asentir y tratar de calmarse, creyéndose segura, a salvo. ¡Pobre niña! Tal vez Ysatis no sea tan cruel como Darian, tal vez no se recree en el miedo pero es porque ella tiene otros mecanismos de placer. Y, aún así, no le negaría sus métodos a Darian. ¡Le interesan tanto!
Pues ya siendo humano él le atrajo por ser la encarnación del mal y ahora era bien recibido el saber en qué se había convertido.

A Ysatis le excita la sola idea de volver a compartir con ese ser los vicios que ambos comparten...
Mientras le acaricia los cabellos a la niña, en un gesto que Isabella creerá es consolador, pero que a ojos de Darian y Morgana no es más que el preludio de la sed vuelta arma para cobrarse la pieza sin dilación pero tampoco con prisa, sin matices de belleza en la cacería.
Son vampiros y los dos saben perfectamente lo que eso significa.
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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Darian Valertas el Lun Oct 08, 2012 1:11 am

Sigue siendo igual de perfecta que cuando la conoció, con esos pómulos blanquecinos, esas pestañas perfectas, la boca carnosa y las cejas enarcadas con una gracia que solo Ysatis Morgana posee.

Sigue siendo igual de frágil, al menos en apariencia, con la clavícula levemente marcada en la piel pálida y los senos voluptosos, la figura femenina realzada por la dureza del corsé y las piernas esbeltas y perfectas escondidas bajo esa falda carmesí...

Darian disfruta de su visión, conteniendo las ganas de decir o hacer algo mientras ella baja del caballo y él baja la cabeza, observándola mientras las lunas iluminan ese pelo suave y sedoso y realzan la engalardonada altanería de los ojos de Ysatis. Ella siempre ha sido presumida, sofisticada e inteligente a partes iguales. Siempre supo cómo mantener vivo el interés de Darian y aún más como hacerle perder la cabeza cuando no pudo aguantar más su deseo. Es una mujer retorcida y depravada, y es por eso que tanto sigue él deseándola.

Le rodea una y otra vez, andando con suavidad, marcando la pauta de su rodeo con excesiva lentitud. Darian no se olvida de Isabella, aún escucha su frenético y desacompasado ritmo de respiración, el llanto lejano, y aunque el miedo que prende la estela que esa chica va dejando llama a su lascivia sabe bien que Ysatis es mucho más. Sigue siendo un desafío que ya desde humano pudo con su soberbia y que de vampiro sigue resultándole igual de exquisito.

Pero sabe que no ha de dar un paso en falso. Sabe que la vampiresa piensa lo mismo que él. Ambos son criaturas sibilinas y retorcidas, gustosas de la crueldad que muestra el lado oscuro de la vida, y también de disfrutar de sus extraños gustos.

Siente un escalofrío en la piel fría cuando ella le habla al oído, que se redobla cuando pasa la mano por el pecho cubierto. Contiene las ganas de abalanzarse sobre ella y entonces la sigue con una sonrisa de perfecta satisfacción cuando escucha sus palabras y ella sale al encuentro de Isabella, de la pobre niña que esa noche va a encontrar a la muerte. Darian no pierde el tiempo, corre tras ella, y para cuando llega a la zona donde Isabella se ha topado con la bella Ysatis él observa complacido cómo la vampiresa mima a la niña, dándole esperanzas, soplando la candela de su esperanza antes de mojarse los dedos y apagarla para siempre.

Se toma unos momentos para observar la escena, y entonces él mismo se adelanta y se inclina sobre ambas, cirniéndose sobre la pequeña niña, dejando un momento que sus ojos se arrastren sobre los de Ysatis antes de volar a los de ésta, que le mira con orbes vidriosos y mejillas ardientes.

Es oler su sangre y se excita irremediablemente.

Sí, Isabella. Eres demasiado bonita para eso —deja pasear la mano con suavidad por el hombro derecho de la humana, apartando los mechones despeinados hacia atrás para dejar a la vista el hueco de su cuello que llama a ambos vampiros con especial ahínco. Ambos notan ya cómo las venas se marcan en la piel y, más abajo de ésta, las arterias que plenas mueven la sangre que la mantiene viva.

Darian resopla con más fuerza, conteniendo las ganas de lanzarse sobre su presa y destrozarla como acostumbra a hacer. Si rompe sus esquemas es solo por Ysatis, que tan pronto la observa a ella como fija la vista en Darian con aire confidencial. Sí, Darian está dispuesto a dejar que ella encandile a la joven antes que torturarla si con ello más tarde tiene ocasión de disfrutar de ella, pues es tan la tensión que titila entre ellos que cuando se corte no habrá nada igual.

¿Milady? —invita entonces, mostrándose más caballeroso de lo que alguna vez llegó a ser.



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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Ysatis Morgana el Lun Oct 08, 2012 3:06 am


La niña es muy bonita, cálida y suave, lo que refleja un buen gusto al escoger de parte de Darian. Eso no le extrañaría en alguien como ella, quien no departe el regalo de la muerte más que a los que considera elegidos para ser robada su belleza, mantenida en un instante mágico y luego desechada para ser más intensa en los rasgos paralizadores de la Parca. Pero Darian...

Cuando ella le conoció, era un humano atrevido, ávido de experiencias igual que lo había sido Ysatis en su mortalidad. No le extrañaba y había sido el primer gesto que lo delató como una presa a la cual conservar para ver qué haría en el futuro pero ahora se comportaba con una extraña paciencia, un rasgo que Morgana nunca consideró una cualidad en su feroz y determinado amante.

Miró los ojos verdes mientras acariciaba los cabellos de Isabella y vio la furia, el hambre sin saciar, el deseo, todo ello en un rayo detonador que no tardaría en explotar y que le encantaría presenciar.
Así que se prepara y cuando Darian toma a la niña, Ysatis la suelta con suavidad, para facilitar la transición. Después de todo, es la presa de él y el protocolo exige mantener prioridades. Además, ¿Cómo podría él contenerse cuando tales son sus ansias, cuando incluso sus palabras contienen ese deje inquietante de deseo que sólo los que oyen con cuidado comprenden?

Pero las cosas no suceden como Ysatis espera. Él resopla al apartar los cabellos infantiles, tiernas quedejas sedosas y expone el cuello de la niña, pero no para beber él sino para dejarla a ella.
Qué regalo, piensa. El primer bocado, el dulce aroma de una chiquilla inocente que no comprende lo que está sucediendo, el intercambio de tensión en dos seres que sintonizan a pesar de no haberse visto en tanto tiempo.

Una sonrisa burlona aparece en los labios de la mujer, rojos, jugosos como una fruta madura.
- Gracias por contener tu sed- lee él en lo que ella dice, en voz baja para que la niña no se ponga histérica.

Entonces Ysatis, en un gesto aparentemente inocente, abraza a ambos, la niña y el vampiro y posa como en un gesto de cariño la nariz sobre el cuello rutilante de la infante.
Se ríe en la oreja infantil, igual que en el oído de él y sus colmillos se entreabren, creciendo lentamente.

Es rápido, tanto, que la niña sólo tiene tiempo a jadear un momento de dolor antes de que la paralizadora sensación de horror y dulzura la llenen. Ella deja que el precioso líquido mane de la carne hacía su garganta y bebe lentamente hasta que siente como el corazón de la pequeña está apenas latiendo.
Cada momento es de un éxtasis exquisito, un silencio roto sólo por las tres respiraciones notables en el lugar.
Entonces, llegado el momento y con un esfuerzo, se separa y limpia delicadamente sus labios, aprovechando hasta la última gota.

La niña, sostenida por ambos, está casi exangüe. Está al borde de la muerte ante la sangre derramada pero aún queda suficiente botín para que Darian tome su parte. Ysatis acaricia una mejilla de la niña y luego mira a su interlocutor con los ojos brillantes.

- En mi honor, arrebátale el último aliento- susurra con encanto y ve como él acaba con la naciente vida, toma limpiamente el último hálito de la pobre y desdichada Isabelle.
Cuando Ysatis sabe que la presa está muerta, alarga las manos para recibirla y la acuna con una parodia de ternura.

- Una hermosa criatura- comenta como si tal cosa- Pero no tanto como tú, Valertas.

Ella suelta el cadáver con un gesto casual y ve como la niña rueda por la pendiente por la cual la persiguieron hasta que es como un bulto patético en la oscuridad. Se dedica a observarla un breve momento, los cabellos rubios manchados de sangre y tierra, el vestido marfileño arrugado y luego vuelve su atención a Darian.

- Es impresionante como, a pesar del tiempo que pasa, se cambia tan poco. Sigues teniendo la misma mirada que hace cien años, Darian, ¿Recuerdas cuando nos conocimos? En ese tiempo eras poco más que un niño... pero tenías ya ese toque exquisito que me hizo aceptar tu deseo.

En un principio quedas, las palabras van adquiriendo un matiz profundo de pasión que a Darian no le puede pasar desapercibido. Ambos se miran y bajo la luz de las estrellas, ambos recuerdan...
Una noche hace mucho tiempo, cuando ella tenía apenas un siglo y medio de vida vampírica y él era un muchacho ambicioso.
Ella lo recuerda tan bien como él.



La casa de los Valertas era famosa en Phonterek. Ella había oído hablar de su abolengo, igual que muchos otros nobles e incluso la había visitado una vez, en compañía de Morgana, para presentar "sus respetos" al patriarca Valertas. Pero ahora que él había muerto, su hijo parecía haber tomado posesión de todo a pesar de su juventud y por encima de la viuda baronesa, lo que era la comidilla de la corte. A Ysatis eso último le importaba muy poco pero si que le interesaría conocer a su anfitrión, que se decía era muy diferente del padre y además, atractivo.
Más de una muchacha había caído bajo sus encantos, si se hacía caso a los rumores. ¿Tal vez allí encontraría a una buena presa? La vampiresa lo pensó, ya que, si llevaba a cabo aquella cacería, despertaría muchas sospechas por ser la víctima un noble, y ella no quería ocasionar problemas tan cerca de su hogar.

Pero ¿Quién sospecharía de una dama como ella, tan reconocida? Y además, quizá el botín valiera el precio que se pedía por él.
Así que, cuando recibió la pomposa invitación a una fiesta otorgada por el joven aristócrata, como correspondía al complicado protocolo, Ysatis correspondió sin dudarlo. Ataviada con un imponente vestido violeta de raso, con un escote pronunciado, guantes del mismo color intenso, el cabello primorosamente recogido con peinetas de amatista, un collar de las mismas piedras y aretes y un abanico primoroso de plumas teñidas, abandonó su mansión en un revuelo de su perfume preferido y elegancia en cada paso para arribar en la ya mencionada residencia.

Fue de las últimas en llegar, siguiendo a rajatabla el dicho que declaraba "una dama nunca llega tarde" y contempló con cejas enarcadas la fastuosa decoración, la suntuosa comida y las finas bebidas con las que departían la crema y nata de Thonomer, amigos y enemigos, todos encubiertos bajo rígidos trajes. Mientras entraba, ella se dedicó a observar cada detalle con cuidadosa atención, grabando en su memoria cada rincón para posibles incursiones futuras. El tan afamado anfitrión no estaba a la vista pero si que lo estaban muchos otros nobles, con los que ella trabó conversación para evitar que la invitaran a bailar.

No es que ella temiera el evento en lo absoluto. Sabía bailar muy bien, producto de sus largas prácticas en la corte, pero, por una vez, no era sobre ella con quien quería derramar la atención, todavía no. Así que agitó su abanico, río las bromas insípidas de los hombres e hizo señales de complicidad con las mujeres por un rato, hasta que pronto se vio cansada al no ver señales del afamado Darian Valertas y decidió retirarse al balcón, donde una pareja que quería más intimidad había estado y luego abandonado el lugar para su fortuna.

No llevaba copa alguna, pues ninguna bebida humana podía calmar su sed, pero el aire de la noche la refrescó exitosamente. Sin embargo, quedaba todavía en la disyuntiva de qué hacer ahora que sus planes se habían truncado y cerró los ojos con una sonrisa, como burlándose de si misma.
En ese momento advirtió como alguien iba acercándose por el sonido de las pisadas y abrió los ojos.
Un imponente pero muy joven varón estaba detrás de ella, sosteniendo una copa de un líquido ambarino. Su cabello era negro y largo, aunque veteado de mechones rojizos que a ella se le antojaron la perfecta mezcla entre oscuridad y sangre. La piel era blanca y los ojos muy verdes, mostraban una singular expresión maliciosa, así como un deje de crueldad tenían las regulares facciones.
Él le tendió la copa.
- No ha bebido en toda la noche, milady- dijo, con una voz perfectamente aplomada pese a la juventud, sin un titubeo. El traje era decididamente elegante pero no era eso, sino la figura que cubría la que llamó la atención de Ysatis.
Supo de inmediato que, por una vez, antes de encontrar a su presa, él había acudido, aparentemente, de forma ingenua hacía ella.

Pero no era ingenuidad lo que se leía en esos ojos de jade ni tampoco en la marcadamente seductora postura del muchacho. Ella sonrió y aceptó la copa de cristal.
- Tal vez no es esto lo que yo deseaba de su fiesta, lord Valertas repuso burlonamente.
Él enarcó una ceja, sin sonreír. Desde aquel momento ella pensó que Darian tenía un hambre que no podía ser satisfecha por las frívolas diversiones de la riqueza de Phonterek ni por todo el oro que había en el lugar.
Eso resultaba atrayente, pero a ella no le gustaba esperar.

- La estoy aburriendo, ¿Milady?- preguntó con una mezcla de desafío y peligrosidad que sin duda había seducido a otras muchachas. En cambio, Ysatis sólo lo encontró encantador, nada más.
- ¿Imagina que lo hace, lord Valertas? Entonces entreténgame- puso énfasis en su última palabra lo que hizo que el joven se acercara de forma más íntima a ella.
Pero Ysatis no tenía eso en mente. Sonriendo, entre arrebatadora y sardónica, regresó la copa de cristal a su dueño original.
- Que tenga buena noche, lord Valertas. Ya obtuve lo que buscaba, mi respuesta.

Abandonó el balcón, aunque sabía que sería seguida por él y fingió que no se daba cuenta de los pasos reveladores a su espalda. Bajó las escaleras de la entrada con gracia y se metió por un callejón aledaño, ignorando a su berlina estacionada entre aquella mansión y la que sigue.
Finalmente, en la oscuridad en la que el muchacho apenas veía pero ella distinguía perfectamente, Darian la alcanzó e Ysatis dejó que la arrinconara en una pared.
- Creo que puedo entretenerla mejor de lo cree- le dijo y buscó sus labios para arremeter contra ellos con pasión, por lo menos hasta que ella lo mordió con más suavidad de lo que habría hecho en otras circunstancias.

Cuando él se separó un instante, ella limpió la gota de sangre que discurría de los labios del muchacho y lo besó con toda su experiencia en ese ámbito.
Al separarse para que él pudiera respirar, respondió con su voz más sedosa:
- Eso esperaba- y dejó caer el abanico y también dejó que él deshiciera el moño, las ataduras que sujetaban su vestido y la abarcara con sus manos codiciosas mientras las propias buscaban su propio placer...
En el callejón, ambos se conocieron por primera vez. Pero no fue la última que compartieron...



... Y ahora se miraban el uno al otro, cargado el ambiente de toda la tensión y la anticipación de dos amantes que todavía se desean. Ella le miró como aquella noche en el callejón y sonrió...
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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Darian Valertas el Lun Oct 08, 2012 5:47 pm

Isabella tiembla entre los dos vampiros sin saber siquiera cómo reaccionar o qué decir. Su decisión es acertada, pues el silencio es su mejor arma en ese aspecto, pese a que de todas maneras vaya a morir sin que nadie pueda ayudarla.

Darian mira a Ysatis, se la bebe con los ojos mientras ella desvía la mirada y la fija en el cuello de la niña. Es ese instante que precede al tormento el que más le gusta a Darian, el que mejor le hace sentir consigo mismo. Es una indescriptible sensación de poderío sumado a la supremacía que él ya de por sí ejerce al ser un vampiro.

Y, pese a que no suele actuar así, tan manso y calmado, decide que ella lo merece. No le da miedo lo que la vampiresa pueda pensar de sus métodos macabros y crudos, tampoco le interesa. A menudo otros olvidan que Darian es un ególatra hijo de puta que solo vela por sus intereses, y que está más loco de lo que realmente su apariencia deja ver.

Así que lo hace por gusto. Por observar a la predadora cazando. Encuentra enormemente satisfactorios los movimientos de Ysatis cuando ésta clava los afilados colmillos en el cuello trémulo de Isabella y esta empieza a convulsionarse cuando la vida se le escapa y su pecho aún por desarrollar se anega de sangre. Darian entorna los ojos y sonríe sin poder evitarlo; es mucha la belleza que encuentra en esa escena, más aún que la que desprende Ysatis, y por eso, cuando ella le tiende a su presa, él no duda en clavar los colmillos en su cuello y terminar de matarla, saboreando de su último hálito como quien lo hace con la guinda final del pastel.

La matan entonces, empujándola cuesta abajo, y mientras las lunas iluminan las figuras de las dos crueles criaturas que campan en las inmediaciones de Phonterek, Darian escucha a Ysatis en silencio y enciende aún más su sonrisa sardónica, asintiendo levemente mientras recorre con ansia el mentón tiznado de carmesí de la vampiresa.

¿Cómo olvidarlo, mi bella dama? Capturaste mi interés como una trampa lo hace con el animal.

Y mientras pronuncia esas palabras, borra su sonrisa y él también comienza a recordar, dejando atrás su posición en el bosque, su nueva condición, los años ya vividos y la oscuridad que campa a su alrededor.

Festejo, desenfreno, adicción y deseo. Si Darian Valertas podía fardar de algo era de su poder, de su aclamada condición y de la fama que comenzaba a adquirir y que no hacía sino ir en aumento. El aristócrata vivía bien sumido en la vida nocturna, frecuentando bares de mala muerte para un niño rico como él. Adecuaba su necesidad de vivir su juventud acostándose con rameras y otras jovencitas que no se esforzaban por disimular la atracción que él ejercía sobre ellas, y es que cuando por las calles de Phonterek no se hacía sino hablar de la muerte del viejo sire del norte y de la sucesión del hijo heredero, pocos se mostraban indiferentes ante semejante comidilla.

Darian fingía que le interesaba entrar en el círculo nobiliario de la ciudad, y además lo hacía genial. Mentir era un arte que había ido perfeccionando con el paso de los años, y eso le había valido relaciones de conveniencia con muchos comerciantes amigos de su padre que ya con su feudo seguían monstrándole lealtad.

Y más les valía, porque de no ser así, la sangre correría.

Sea como fuera, a él en realidad le repugnaba todo eso. Rozando apenas la veintena era un joven sediento de placeres y adrenalina, de vivir la vida y sumirse en el mundo de la noche. Solo las aventuras podían llamar su atención, los retos hacia lo imposible, y a menudo tendía a respaldar la aburrición que sentía por la vida cotidiana de un aristócrata bajo drogas, bebidas, piernas abiertas de mujer y algún que otro menester mucho, mucho peor.

Que él era un asesino pocos lo sabían, pero Darian hacía tiempo que sabía cuán excitante le resultaba la visión de la sangre. Faltaría poco para que él mismo comenzase a cobrarse vidas con mayor frecuencia, y más en una ciudad tan grande como Phonterek, y por eso, deseoso de empezar a moverse por los círculos altos, había convocado el baile.

De su casa solo él conocía los atajos, los caminos para saber qué ocurría y las zonas donde podía tener una panorámica mejor del salón de bailes. Todo había sido decorado rica y suntuosamente, cargado de detalles de color jade y rojo, sus dos distintivos, mientras que el emblema de su padre, un yelmo negro, reposaba en un estandarte que abarcaba el primer descansillo de unas enormes escaleras que se bifurcaban en dos.

Unas daban a las bibliotecas y las salas de vistas, mientras que otras a las habitaciones. Arriba del enorme atrio, tiznado de marfil, habían balaustradas interpuestas con los balcones a los que sus moradores podían acceder, y desde allí Darian, saboreando una copa de champán, observaba con especial interés los recién llegados.

No tenía deseos de bajar y entablar conversaciones frívolas carentes de interés alguno. Solo les miraba y anotaba rostros, caras, nombres que traía el viento y quizá ciertos planes para algunos. A menudo se encontraba con que su mente divagaba en forma de macabras perversiones y no era hasta que sonreía y cambiaba de perspectiva que dejaba atrás esa faceta retorcida y terrorífica.

Muchas damas habían acudido esa noche, pero ninguna como ella, de todas maneras. Ya hacía tiempo que la había captado en una mirada perezosa que se detuvo de inmediato en ella, y desde las alturas contempló su porte codicioso, su vestido púrpura, ceñido y suntuoso, que marcaba los senos proporcionados y delineaba el talle frágil. Los pómulos levemente rosados no dejaban ver imperfección alguna bajo esa piel blanquecina de porcelana, y los labios llamaban los besos de un hombre. Sin embargo, lo mejor eran sus ojos.

Cargados de inteligencia, soberbia y un cierte deje crudo y cínico que Darian conocía muy bien. Aún en las alturas notaba cómo titilaba en el ser de Ysatis Morgana, y fue desde ese mismo momento que decidió que ella sería para él. Suya y de nadie más.

Para cuando bajó y se deslizó entre las gentes con sigilo, fingiendo no ser el aclamado heredero, ella ya llevaba unos instantes en el balcón. Se paró tras ella observándola sin recato, y pese a que la vampiresa ya le había descubierto tiempo ha, en su vida humana Darian no podía estar más seguro de cuánto deseaba sorprenderla por detrás para darle una verdadera razón para sonreír de esa manera tan encantadora.

Desde cerca era absurdamente hermosa, con ese aura enigmática que hipnotizaba la hombría de Darian. Ella no se parecía a nada que hubiese visto antes, y no suscitaba ninguna clase de repulsión en él. Al contrario, pese a fardar de su condición de noble, no resultaba tonta e insulsa como la gran mayoría de damas dentro del salón. Ella era especial, y Darian lo sabía.

Para cuando intercambiaron aquellas palabras e Ysatis Morgana le conquistó definitivamente, él ya había tomado la decisión de no dejarla a ir. Como un niño caprichoso todo lo que a él se le antojaba se le era dado, tanto si era algo cruel y vetado de afabilidad. Darian estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseara, sin necesidad de luchar por él, y no tenía ninguna clase de reparo en torturar a aquellos siervos que no lograran complacerle. La cuenta de cuántos habrían muerto por aquello le era indiferente. Ni siquiera su madre osaba dudar de sus potestades como nuevo sir de las tierras norteñas, y él no tendría problema en castigarla de cambiar de idea.

Así que la siguió. Abandonó aquella mansión olvidando completamente a los otros huéspedes y giró la esquina del callejón donde la hermosa ninfa había desaparecido.

Allí la sorprendió, acercándose hasta tenerla entre sus brazos, y mientras intercambiaban aquellas palabras ostentosas y repletas de una apabullante confianza en sus propias facultades, Darian la poseyó y la hizo suya con el deseo refulgiendo en los ojos crueles, depositando unas caricias que la marcaron como suya por encima de cualquier otro peligro.

A fin de cuentas, él puede que aún no fuese un vampiro y por tanto inconsciente de los verdaderos pensamientos de Ysatis, pero si algo sabrían dentro de poco las gentes de Phonterek era que con Darian, la apariencia era lo de menos. No deberían tildarle de noble descarriado por llevar una vida de desenfreno porque, en el fondo, él no era más que un asesino sediento de sangre.


Darian alarga una mano y atrae el cuerpo fino y delicado de Ysatis hacia el suyo, besándola en el acto. Lame la sangre que aún permanece en los carnosos labios femeninos y deja escapar un gruñido de satisfacción cuando siente después de tanto tiempo cómo se amuelda la figura de ella contra la suya propia.

Nota cómo ha cambiado, cuán distinto es ahora que es vampiro. Lo probó como humano, pero ahora todo se dispara. Como una bomba de relojería baste un soplido para hacerlos explotar, y por eso se aparta, sonriente, y deja pasear durante un instante el dorso de la mano por el pómulo de ella.

Y lo sigues haciendo, solo que ahora las cosas no son como antes, ¿verdad, Ysastis?

Cuando entrecierra los ojos otro nuevo recuerdo azota su mente y Darian no puede evitar recordar, como sumido en un cúmulo de memoria imposible de obviar, cuál fue el cauce que tomó su relación con ella desde aquel entonces.

Y es que, a fin de cuentas, el joven heredero era un ser insaciable. Solo se mostraba en un estado cercano a la compasión cuando veía cada uno de sus caprichos resueltos, y si no los conseguía, lo pagaba con los más débiles o, por lo menos, con el objeto de su furia.

El encuentro con Ysatis perseguía su consciencia como una serpiente lo hace con una madriguera, colándose por los recovecos, incluso molestando su sueño. Poseerla una vez, lejos de complacerle, le había abierto una necesidad básica insaciable que solo ella podía culminar, así que aunque las putas y las demás amantes que él buscaba le saciaban unos instantes, más tarde se encontraba de vuelta pensando en ella, lo que empezaba a resultarle realmente molesto.

Ya las gentes comenzaban a lanzar habladurías sobre él, afirmando que se movía por los bajos fondos, que tenía las manos sucias, y que tras la capa de falsa cordialidad de Darian Valertas se encontraba algo mucho peor. Bueno, la verdad es que daban en el clavo, pero eso al heredero no le importaba. Estaba podrido en dinero y hacía lo que quería. Si alguien le molestaba, le mataba.

Un día, la invitó a su casa. Continuamente celebrara nuevos eventos que aunaban el esfuerzo de éste por reunir a los cortesanos de Phonterek, pero Ysatis nunca fue alguien que respondiese a una mera invitación formal. Ella precisaba de más atención, de más esfuerzo, y Darian escribió una nota con perfecta caligrafía, cursiva y de trazos curvilíneos, donde mostró sus deseos de tenerla como invitada en la mansión durante unos días para mostrarle la ciudad.

Que eso no era más que una frivolidad ambos lo sabían, y por eso el joven no se tomó más molestias en adornar una carta con mayores detalles. Dio la orden de que se le entregara y entonces esperó, pensando en su fuero interno.

Nunca antes le había pasado aquello, el verse tan irremediablemente arrastrado por una persona, sumido en la hipnosis que la vampiresa era capaz de hacer caer sobre Darian, pero aunque él era inteligente y ducho en trato con demonios, seguía faltándole experiencia, y quizá en varias ocasiones pecaba de una soberbia que luego se volvía en su contra.



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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Ysatis Morgana el Lun Oct 08, 2012 7:21 pm


La expresión de recuerdo de Darian es memorable. Los ojos son la única señal de luz en su rostro de tinieblas y esa luz es perversa. Que regocijante, piensa Ysatis, la manera en la que él deja notar que lo recuerda. Sí, fue una noche muy excitante la primera. Siempre le sorprendió que, a pesar de su juventud y de su condición humana, Darian hubiese sido capaz de despertar su pasión. Él era la mezcla justa entre brío, ferocidad y ese calor de más que no temía explorar, seducir y tomar sin escrúpulo alguno.

Ella recuerda perfectamente el momento en que dejó caer atrás la cabeza, repleta de un placer que era comparable a beber sangre humana. Pero el Darian humano no llega a lo que ahora es este hombre, que la atrae hacía sí con la misma determinación implacable y la besa para saborearla a ella y a la sangre, los dos tesoros en los que siempre ha posado sus ojos.
A Ysatis le encanta la ambición absoluta de Valertas. Es una de las muchas características que le hizo permitirse seducirse más de una vez por el joven,a pesar de que rara vez tenía algo más que amantes ocasionales.
Ella tenía mucho aguante y también mucha curiosidad y afán por experimentar pero rara vez encontraba la horma de su zapato y se aburría fácilmente. Entonces se iba, si no es que mataba antes a su agraciado.
Pero con Darian, había sido tan diferente...

Saborea los labios furiosos de su antiguo amante cuando él la atrae hacía si en un movimiento que los une irremediable y perfectamente. ¡Que torrente de emociones la recorre! Pletórica de sangre infantil, con un hombre que es aún más deseable en su vida vampírica que en la humana, se aferra a él por los momentos preciosos en los que él accede a tocarla. Y de pronto la suelta y él le reconoce que sigue interesado por su persona, tocándole la mejilla con el dorso de la mano. Una extremidad helada, todavía no calentada por la sangre que recorre su cuerpo, sobre las ardientes mejillas de la mujer.

Él la observa y en esos orbes maléficos Ysatis se acuerda por qué aceptó la segunda invitación del hijo de la baronesa. Ella ha rodeado con sus brazos el cuello de Valertas y los ojos negros son ardientes y serios mientras lo observan.

-Sí- dice ronca de deseo y de afirmación por lo que él ha dicho.- Has cambiado, querido. Te has vuelto... irresistible.

Lo vuelve a besar, más lenta y comedidamente esta vez. El beso es largo, tan largo como la reminiscencia, porque ninguno de los dos necesita respirar y ambos están sedientos de algo más salvaje que la muerte y la sangre y el dolor.
A ambos los une el pasado y el presente....



Después de sentirlo hondamente en su ser, Ysatis se separó del joven Valertas para regresar a la Mansión, ya cercano el instante fatídico del amanecer. Correcta en sus costumbres, no volvió a contactar con él, pues nunca rogaba ni pedía cuando podía recibir simplemente. En sus andanzas nocturnas, sonreía al esperar haber dejado una huella en su amante, una que le permitiera seguirla como habían hecho tantos otros y otras. Lo cierto es que, contrario a otras veces, Morgana si deseaba un segundo encuentro pues el primero había sido excitante, apasionado y especialmente placentero.

Pero aún así, aunque Darian siguió celebrando fiestas, no acudió a ninguna de ellas, ni siquiera a presenciarlo de lejos. A Ysatis no le molestaba ser perseguida o cortejada si el seductor era de su agrado y él había conseguido su favor, lo supiera o no. Al fin él se avino a escribirle una carta para "mostrarle la ciudad". Éste era un detalle tan frívolo y tan orgulloso que la hizo reír por largo rato cuando abrió la carta, sentada frente a su tocador en la lujosa habitación.
"Oh Darian" pensó "Tú no rogarías por mi presencia, claro que no. Eso es lo que me gusta de ti"
Y más que eso, en realidad. Mientras ella se paseaba por un Phonterek que conocía mejor que nadie desde hacía mucho tiempo, había oído los rumores que tachaban a Valertas de disoluto, libertino, peligroso y terrible.
Era encantador así que, igual que la primera vez, Ysatis preparó su atuendo con gran esmero, aunque sin molestarse en escribir una respuesta.

Le gustaba sorprender y aquella noche se vistió totalmente de verde, para hacer juego con los ojos del muchacho, un vestido cuyo escote estaba ahora en la espalda y no en el busto. Las faldas favorecían sus prominentes caderas y el corsé estaba lujosamente decorado. Se colocó esmeraldas tanto en el cuello, las orejas y las manos enguantadas, lució una tiara plateada de incrustaciones de esmeraldas y jades para ceñir su frente y se puso botas de piel.
Una vez lista y rezumando de nuevo ese perfume que perduraría por tantas décadas, subió a su carruaje y pidió a su cochero de entonces que la llevara a la Mansión de Valertas.
Su cochero hizo lo que la dama pedía y pronto se halló frente al callejón que tanto placer le había dado, los labios de ella distendidos en una sonrisa pícara ante el recuerdo.

Bajó de la berlina y despidió al cochero. Presentía que aquella noche iba a ser larga y fructífera y así subió regiamente cada escalón para entrar en la Mansión sin ser llamada, haciendo uso de sus innumerables trucos.
Encontró al heredero repantigado en una sala muy lujosa, aparentemente de malhumor y con una copa de algún vino caro en la mesa. Hizo su entrada triunfal haciendo ruido con los tacones, los ojos negros espléndidamente iluminados en maldad y seducción a todos los niveles.
- ¿Ya no me esperabaís, milord?- se posicionó detrás del hombre, reconociendo inmediatamente la cabellera de dos colores y la elegante espalda y, siguiendo su irremediable costumbre, habló al oído del muchacho con tono seductor.
- Espero sabreís disculparme, soy alguien quien llega sin avisar

Sin agregar nada más y aparentemente sin otras intenciones, se sentó enfrente de él en el largo mueble y apoyó su adorable rostro en una mano, observando los detalles de la habitación y al dueño mismo, que pretendía ignorarla de forma momentánea.
Quedó callada, como meditabunda, aunque era sólo teatro, pues estaba pendiente de cualquier respuesta del muchacho.
Era hermoso, decidió Ysatis, con ese rostro malvado y abiertamente masculino, el cuello largo y fuerte, el pecho amplio y suave que ya había tenido oportunidad de delinear...
Ciertamente, una piel que deseaba perforar y labios que deseaba siguieran besándola hasta suplicar imaginariamente que parara, aunque no lo deseara.

Pero no era necesario mostrarse tan deseosa y no lo hizo. Dijo, con aparente languidez, cruzando la pierna y mirándolo abiertamente por primera vez con los ojos muy abiertos y brillantes.
- ¿Por qué me habeís llamado en realidad, Valertas?- sonrió con encantadora suficiencia- ¿No habeís tenido suficiente?
Su actitud era marcadamente provocadora y la pierna cruzada mostraba a las claras que no llevaba medias sino que sólo piel tersa y nívea del muslo era perfectamente visible para incitar a toda la imaginación del varón.
Ysatis recordaba haber esperado con impaciencia escondida por el brío del muchacho, anhelando sus caricias, el fuego de su juventud...



Ysatis interrumpió el largo beso únicamente para mirar de la misma forma apasionada a su recién encontrado pupilo. Era delicioso haberlo encontrado en una simple exploración e infinitamente más deseable que un niño o niña, por rica que fuera la sangre que corriera en las venas mortales.
Pues pocos eran como Darian, amantes deseosos de más y buscando experimentar tanto como ella. Ysatis sentía su cuerpo vibrante de ambiciones tan amplias como las de él y muchas ideas flotaban en su mente de qué hacer exactamente con el cuerpo deseable y perfectamente modelado del ahora vampiro y excelente cazador
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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Darian Valertas el Lun Oct 08, 2012 8:34 pm

Ysatis Morgana siempre ha sido así: imprevisible, comedida en apariencia pero voluble como el viento. Se deja mecer de aquí para allá, guiada por los deseos de su corazón muerto, y eso a Darian le vuelve loco. Le resulta tremendamente excitante saber que ella, igual que él, no consiente que nadie le diga lo que debe hacer y que se niegue toda clase de ataduras.

Ambos se miran, se beben los unos a los otros después de mucho, mucho tiempo. El beso que le da no le basta ni a Valertas ni a Morgana, y en cuestión de segundos se enzarzan en otro nuevo contacto, más lento, más profuso. Darian oprime la baja espalda de ella contra su cuerpo, notando la dureza del corsé que de repente se le antoja insultante y grosero por proseguir allí. Sin embargo, lo que de verdad le atrapa, lo que se mantiene vivo aún con el paso de las décadas, es el magnetismo animal de Ysatis, el primitivo y salvaje instinto que la vampiresa guarda dentro de sí. Es la locura maquillada por espesas pestañas y ojos falsamente adorables lo que trae a Darian por el camino del placer irresistible, y es que Ysatis Morgana es una de las personas más retorcidas que él ha conocido en la vida.

Decide poseerla de nuevo, notando cómo después de todo ese tiempo aún un juvenil y frenético deseo baila entre ellos, entrelazándolos. Sus manos buscan las piernas esbeltas bajo la falda espesa, levantándola mientras acaricia esa piel suave de porcelana y la impele a abrazarse a él. Vuelve a besarla, mientras siente cómo cada vez que nota a Ysatis en contacto consigo mismo una ráfaga de deseo apaga todo pensamiento racional, pues Darian solo responde ante el salvajismo de la bestia que duerme dentro de todo vampiro.

Entonces profundiza el beso, comenzando a andar para pegarla a uno de los árboles que les rodean, y mientras lo hace recuerda no solo el sexo en el callejón, ni los encuentros colindantes, sino la perversa atracción que ambos encontraron en sus primeras conversaciones y el morbo que suscitó cada palabra cuidadosamente pronunciada.

Pero no todos eran tan inteligentes como Ysatis Morgana, ni tampoco contaban con la aceptación del joven heredero. No, muchos nobles se creían con capacidades para burlarse de otros sin tener en cuenta las represalias, y aunque sus acciones poco inteligentes y a menudo absurdas no solían traer demasiados problemas, Darian Valertas no se definía por ser precisamente compasivo.

La tercera víctima que se cobró en Phonterek fue, pues, un aristócrata. Le tomó un tiempo decidirse por él, observándole en cada fiesta a la que le invitaba, grabándose a fuego los detalles que por medio de conversaciones en apariencia inofensivas él le iba desvelando. Los señores del este eran todos unos presumidos, creyentes de que sus enormes fortunas echadas a la mar bajo cientos de barcos mercantes podrían salvarles de las garras del infierno, y por eso no se tomaban especiales esfuerzos para cubrir sus espaldas.

Craso error para algunos de ellos, más si fardaban delante de un muchacho ávido de fortuna, ambicioso y cruel como nadie, de los privilegios nobiliarios que su familia había conseguido por medio de pactos y convenios con el gobierno de Thonomer, lo que les conferían prerrogativas frente a otros nobles.

Eso no gustaba a Darian, en absoluto. A decir verdad, le hubiese matado por el mero hecho de ser una criatura estúpida y pomposa, pero conforme más trataba con el conde Corín de Velesea más emergía su ira por enfrentarse a alguien que se creía mejor que él.

Así que esperó y esperó, eligió bien su momento. Darian no era estúpido, y sabía que no debía dejar ninguna pista que le relacionasen a él con el crímen. De esa manera se ocupó de que el conde partiera hacia las afueras para una velada de caza con los demás sires que nunca se llegó a dar, porque allí, bajo el sol del mediodía, le emboscaron y lo encerraron en los calabozos durante largos días.

Darian le visitaba a menudo. Disfrutaba de las torturas que él mismo se encargaba de proferirle a Corín, y cuando entre llanto y gimoteo él acababa rogándole la muerte, Darian se iba y le dejaba solo otra larga velada en la que solo su dolor y la podredumbre de las mazmorras le acompañaban.

Ese día no había sido diferente, y mientras se lavaba para quitarse la sangre de los brazos se acordaba de lady Morgana, su lady, que no daba señales de vida. El color de aquel líquido, escarlata como el demonio, le recordaba a los labios carnosos que ya había tenido ocasión de probar, y aquello irremediablemente le transportaba a su encuentro en el callejón. Entonces se excitaba por su necesidad de suplir aquel ardor que le hacía cabrear por no ver cumplido su deseo, y mientras esperaba en la salita pequeña contigua a la biblioteca, con una copa de vino sureño, observaba en silencio el crepitar de las llamas de la hoguera, esperándola a ella, sumido, quizá, en otros derroteros.

La oyó acercarse cuando ni el reloj podía marcar el rumbo de sus pensamientos, tiempo después. Tercera copa en mano y los tacones de lady Morgana resonaban de nuevo dentro de su mansión, haciéndole abandonar su trance ausente, aumentándole el pulso cuando le hablaba al oído.

¿Qué tenía aquella mujer en la voz que resultaba tan atrayente? ¿Por qué era tan diferente? Ysatis no era una mujer normal. Ni siquiera las cortesanas bien formadas que Darian solía llamar a su encuentro le cedían semejante magnetismo, y es que en ocasiones el joven amo se encontraba imaginando a Ysatis desnuda temblando en sus brazos y esa ansia lo dejaba totalmente consternado.

Jamás le había pasado algo así.

Se mantuvo un momento observando las llamas, y entonces giró el rostro hacia ella, alargando su silencio. La visión de aquella mujer envuelta en jade y esmeraldas le proporcionó un ramalazo de deseo tan profundo que no supo ni cómo no se abalanzó sobre ella, necesitado de besar aquellos pechos, de introducir la mano en aquella falda y acariciar los muslos de mujer expuestos...

¿Qué creéis? —respondió él, descruzando las piernas y levantándose con elegancia. No se había tomado la molestia de arreglarse y menos en su casa, de manera que solo estaba ataviado con los pantalones y botas negros y la camisa de seda blanca que caía despreocupada por el torso de hombre. El cabello se lo había recogido en una coleta baja, y mientras le daba la espada a Ysatis Darian solo pensaba que ahora que por fin la tenía en su casa no la iba a dejar ir tan deprisa.

Se acercó al mueble bar y allí escogió con cuidado una botella de coñac añejo, de al menos cincuenta años de crianza, y mientras lo analizaba decidió que sería una bebida espléndida para ella.

Permitidme serviros una copa de mi más preciado coñac, lady Morgana. Es una bebida perfecta para vos: dulce en apariencia, voluptuosa en su justa medida —elevó la copa y virtió el líquido ambarino con perfectos movimientos, mientras volvía a ella con una sonrisa y le tendía la copa, situándose delante de ella.

La miró entonces y observó que su rostro era más bello aún que la vez anterior en que la vio, tan reluciente su cabello ónice en contraste con el jade.

Os sientan bien esas esmeraldas, milady. Brindemos por su belleza —invitó entonces, elevando la copa simultáneamente.


Muchos preliminares, modales, trato diferenciado, frivolidades. Todo falsedades, porque la realidad es que tanto Darian como Ysatis siguen siendo igual de retorcidos, solo que hoy en día se saben así realmente.



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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Ysatis Morgana el Lun Oct 08, 2012 9:08 pm


Parecía como si el encuentro hubiera sido arreglado de antemano en lugar de ser una genial coincidencia bajo la luz taciturna de la noche, tan salvaje como ellos mismos. Pero lo cierto es que ambos vampiros habían nacido para ser cómplices, amantes y barraganes. No amaban ni amarían nunca pero eso no vetaba sus deseos, tan copiosos como la sangre que filtraban todos los días, inventando nuevas formas y maneras.
Él tenía tanta iniciativa como ella. Ysatis encendía en su interior todos sus oscuros anhelos pero Darian la obligaba a ceder todas las concesiones posibles y... permisibles.

Ambos se entrelazaron como raíces ansiosas de tierra en la cual prosperar. Él buscó entre sus faldas, ella lo ciñó con sus piernas y ambos avanzaron, con premura, hasta que la espalda de Ysatis topó con un tronco. Ella se arqueó para permitirle todo acceso, para que rasgara sus frágiles y costosas medias mientras ella peleaba por despojarle de la ropa del torso. Quería verlo, advertir ese cuerpo exquisito iluminado por la inmortalidad y las lunas. Quería tocarlo, delinear con su lengua y dientes cada pedazo de aparente suavidad y firmeza.

Pero hay más que las deliciosas sensaciones del presente, hay también el licor afrutado del vino del pasado. Él es más soberbio todavía que cuando era un muchacho pero ella siempre supo que era perverso, que lo llevaba en sus genes...


Darian fue siempre el adalid del perfecto aristócrata. Vestido descuidada y aún así elegantemente, el cabello en una coleta y luciendo esa seguridad en si mismo como un traje más, se levantó con marcada elegancia incluso para ser un mortal y le ofreció a Ysatis una copa, como si nada.
Pero ella era una mujer inteligente e informada, además de llevar en la sangre el legado de una matriarca de la Trinidad. Tal vez a un humano cualquiera le habría pasado desapercibido el olor a sangre que despedía el humano, una que por cierto no era suya, pero no importaba cuánto se lavara, en cuanto él se acercó, ella lo supo.

Abrió los ojos involuntariamente en un gesto de admonitoria admiración y miró fijamente al muchacho. ¿Se enredó en una simple pelea que cobró víctimas? ¿O era algo más... interesante?
La sola idea de estar en la misma casa de un asesino de su misma calaña aunque diferente condición excitó a la vampiresa, quien se puso en pie para no quedar tan fuera de la altura del varón y, por tanto, haciendo que él dominara. ¿Le repugnaba aquello? Para nada. El saber que Darian pudo haber cometido un crimen la encandilaba, la hacía pensar en corromper aún más a quien ya estaba corrupto.

Pero no iba a ser un juego rápido el que ella estaba esperando, así que tomó la copa y la dejó a un lado mientras él brindaba por sus esmeraldas. Ambos se miraron fijamente y la aristócrata alzó los brazos para poner énfasis a sus palabras, mientras caminaba hacía el noble de pie.

- No es de eso de lo que tengo sed esta noche, querido. Hay elixires mucho más deliciosos... pero presiento que vos lo sabeís.

Se posó frente a él y puso su dedo pulgar en los crueles y hermosos labios del joven, acariciando el inferior con sensualidad mientras su boca se acercaba de nuevo al otro oído del criminal.

- ¿No será...-- dijo con voz perfectamente templada- - ... que habeís probado sangre esta noche y os ha gustado más que este licor?

Sonrió mientras lo miraba a los ojos y se atrevió a quitarle a él también la copa de las manos, lanzándola al suelo, dejando que se estrellara y se derramara lo que quedaba del líquido.
Ella ni siquiera se inmutó. Todo su ser palpitaba de deseo, por lo que él podía darle en todos los sentidos.
Quería verlo enfadarse, reaccionar, amenazarla, o simplemente verlo tranquilo y bullente a la vez.
Porque sabía que su sospecha era casi una confirmación y la maldad intrínseca de ese hombre era casi como el flamígero estandarte que él exhibía en cada uno de sus movimientos, fruto de su condición aciaga.



El sólo recuerdo de sus sospechas en aquella noche lejana hizo que su deseo se incrementara y una de las manos de Ysatis se deslizó por el torso de Darian hacía abajo, donde los pantalones guardaban los genitales de él. Metió la mano en la cobertura del cuero y buscó con la suavidad que da la experiencia, sin dejar de besarlo en los labios, ahíta de sangre pero sedienta de muchas otras cosas...
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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Darian Valertas el Mar Oct 09, 2012 12:17 am

Darian cierra los ojos y muerde el labio inferior de Ysatis, dejando vagar los colmillos ya desplegados cuando nota su caricia atrevida, perversa y cargada de promesas por resolver. La pasión que lo mueve es imposible de soportar, demasiado turbante para pararla ya. El vampiro está deseoso de tomar a esa criatura, vibra entero por ella, palpita de pura adrenalina. Ya puede verse tumbándola en el suelo y tomándola allí mismo, sin más contemplaciones que el deseo que ella le cede, mientras que ambos recuerdan y esos pensamientos dan vueltas y vueltas bajo ese caótico mundo de caricias sibilinas y pecados incriminados como delitos...

No, ella no era una mujer común. Se salía de la media, no tenía nada que ver con las tontas damas de la aristocracia de Phonterek. Lejos de asemejarse a la hija mimada y consentida de un noble de anchas arcas y fuerte temperamento, ella se sabía inteligente, se sabía bella y se sabía malvada.

Porque lo era. Darian lo sabía, ambos se reconocían como tales.

Cuán acertada había estado ella al fijarse en el lado oculto que Darian mantenía ocultado al mundo, de ir más allá de ese rostro bello y cincelado en disimulada maldad. En los ojos de jade del joven heredero se leía la crueldad del asesino que disfruta con la tortura, con el juego y con el dolor. Se leía la histeria que resolvía la mente de un loco que encuentró fascinante matar y más aún alargar el tormentoso sufrimiento de aquellos que tenían la desgracia de caer en sus redes.

Corín de Velesea solo era la tercera víctima que Darian Valertas se cobraba, pero desde aquel entonces serían muchas más las que engrosarían el camino sangriento y macabro que éste seguiría. Aquello llamaría a los Sombras Rojas a su pista, les haría fijarse en su fortuna densa y asentada en el tiempo, en su aclamada fama y su buena posición. Y al final conseguiría que el propio Darian muriese para renacer como algo mucho peor, mucho más monstruoso y mucho más sediento de sangre.

Pero él, en esos momentos, no podía saber que Ysatis era una vampiresa. Ella era tan hipnotizantemente hermosa que la virilidad del hombre le anegaba los sentidos, le impedía seguir en alerta, inundando su mente de recuerdos cargados de acaloradas caricias donde solo los gemidos de placer de ella estaban presentes.

Entonces la veía bajar del mueble, reptando hacia él sin que los tacones se escucharan sobre la piel de un enorme oso pardo de montaña. El fuego proyectaba claroscuros sobre la piel pálida de la dama, mientras que bailaba y alimentaba las esmeraldas que realzaban su rostro y dotaban de vida propia a aquel vestido. El heredero de los Valertas la observaba, cegado en sus fantasías, y dejó que se acercase, que ella estuviese a su alcance...

Cuán inesperados giros podía dar el destino, y qué consternado pudo sentirse un joven Darian en ese momento. Las palabras que la vampiresa pronunció en su oído, suaves pero decididas, borraron la sonrisa altanera que había cursado su rostro, y entonces la copa se hizo añicos, el líquido derramado por la enorme piel, los cristales destellando desde abajo.

Darian tardó un instante en reaccionar, calibrando lo que estaba pasando. ¿Cómo podía saber ella lo que había hecho? ¿Qué clase de pista había seguido para entenderlo? ¿O quizá era mera casualidad?

El joven heredero, cruel y realista, siempre había sido alguien inteligente. Sabía que el azar pocas veces da en el clavo y que las cosas no son lo que parecen por la mera apariencia. Él mismo era la manifestación más directa de que la belleza a veces esconde tras de sí algo mucho más horroroso y terrorífico que los miedos más primarios, y en ese momento, cuando la miró con el ceño oscurecido por los lúgubres pensamientos que le azotaban, casi pudo verla a ella, más como una mujer perversa, que como la inocente y hermosa dama que se empeñaba en engañar a los demás.

La mano del hombre atrapó el brazo derecho de Ysatis, y la pegó hacia él, cirniéndose en torno a ella. Esbozó una sonrisa retorcida, desbancándose de la momentánea confusión que le había azotado, y decidió que si ella efectivamente escondía algo, que si algo más dormía dentro de Ysatis, él lo descubriría como fuera.

Mi señora tiene una lengua afilada, pero no sabe de lo que habla. ¿Quizá bebió antes y la bebida le sentó mal?

Se inclinó más, y a esa distancia, con pleno acceso a sus rasgos cincelados en belleza pura, sintió cómo su cuerpo de nuevo se envaraba de deseo contenido y era mucho autocontrol el que Darian debió de reunir para no hacer algo mucho más brusco, mucho más salvaje, mucho más acorde con su verdadera naturaleza.

Que ambos se deseaban estaba claro... Pero siempre fue mejor tensar las cosas hasta el límite, para después romperlas lentamente, como quien arranca las alas a una mariposa. Eso, queridos, siempre fue un hábito muy amado por Darian.

Así que soltó de nuevo y ensanchó una sonrisa perfecta y cautivadora, ocultando lo que de veras pensaba una mente corrupta como la suya.

Debéis mantener presente algo, mi querida Morgana, y es que la curiosidad mató al gato.

Siguió hablando con voz suave pero perfectamente firme, con un deje amenazador que a una vampiresa como ella no se le podría pasar desapercibido. ¿Quizá Darian sospechaba de ella como una espía de sus dudosas actividades?

Lo único que Ysatis debió de tener en cuenta desde ese momento es que si hacía algo que pusiese a Darian en su contra éste se volvería contra ella, y después de buscar saciar su deseo carnal, no tendría reparo en ver satisfecha su venganza...


Y aún hoy en día el vampiro recuerda con perfectos detalles aquella noche en que ya comenzó a oler que algo iba mal con Ysatis Morgana, solo que cuando lo supo su atracción por ella no hizo sino ir en aumento.

Y no se apaga, ni siquiera después de cien años. Ella le toca y el gruñe de placer, despegándose del árbol con una rapidez que en vida humana no pudo alcanzar ni en sueños. La tiende sobre el suelo y desata con avidez los cordones que oprimen sus pechos, abriendo el corsé para despojarla de él y poder acariciar de nuevo esos senos turgentes, plenos y voluptuosos. Su tacto sigue siendo de la mismísima porcelana, la excitación que provoca a Darian indecible.

Incapaz de soportar esa tortura él se los lleva a la boca, sintiendo el pálpito de la entrepierna que anuncia cómo la seducción de Ysatis da sus frutos. Ella prosigue estimulándolo, y es tal el torrencial deseo que recorre a ambos, que en esos momentos todo el bosque está pendiente del encuentro de las dos criaturas de la noche, de los dos predadores que, cegados por el desenfreno que tanto adoran, se entregan el uno al otro con frenético éxtasis y necesidad de delinquir en los pecados del otro.



DARIAN | HISTORIA

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Darian Valertas

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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

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