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Memorias del Pasado, Raíces del Presente

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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Ysatis Morgana el Mar Oct 09, 2012 6:25 pm


Él la mordió, haciendo la sangre brotar y un suspiro gatuno se desprendió de ella, haciendo que sus dedos se volvieran más ansiosos al estimularlo. En respuesta Darian la tendió en el suelo, despojándola del corsé. Quiso reír, sabía que siempre prefirió tener control sobre las cosas y estar por encima de cualquiera, en eso Valertas no había cambiado. Ella tan sólo pudo enseñarle que hay muchas formas de controlar una situación...
Pero Ysatis no se río. La boca de Darian era voraz y al mismo tiempo desatadora de intensas sensaciones y ahogó un gemido de placer. Había mejorado como amante, ahora podía arrancarle suspiros con un simple contacto...
Antes, era ella la que lograba eso, recordó y siguió recordando, arropada por el vaivén de un hombre que sabía lo que hacía.



En cuanto él la aferró del brazo y la pegó más hacía él, en cuanto hubo un asomo de duda en sus ojos férreos, Ysatis comprendió que había acertado. Exultante, dedujo que estaba ante un auténtico pecador pues no habría tenido necesidad de esconder una pelea en la que él había resultado auténtico ganador... sobre todo porque eso, a las damas, solía impresionarles.
A Ysatis, las rivalidades masculinas se le hacían tan risibles como las femeninas a menos que fuese por diversión pero esto Darian no lo sabía, por lo que ella podía entender que la cuestión debía ser mucho más profunda y con más raíces sospechosas que otra cosa.
En otras palabras, dudaba mucho que la situación se derivara dentro del marco moral, social o legal.
Y lo confirmaba el tono amenazador del hijo de la baronesa cuando la soltó. Desde luego, lo había alertado y eso era gratificante, pero sólo hasta cierto punto. No era ganárselo como enemigo lo que quería Ysatis, más bien lo mencionaba como apertura a otras cuestiones.
Sin duda era deliciosa la mirada fría pero aún velada por el deseo que le dedicó el aristócrata pero al darle la espalda a ella para servirse otra copa y sin duda para enmascarar mejor sus emociones, Ysatis apoyó sus brazos en la espalda y hombros de Darian, en un atrevimiento que no sólo le permitía acercarse más a él, sino que también la dejaba a ella libre para hablarle en susurros llenos de malicia y deseo que los recorrieron a ambos como electricidad.

- Tu secreto está a salvo conmigo, ¿Lo está el mío contigo?
Dicho esto, los colmillos de la vampiresa surgieron y besó dolorosa pero dulcemente a Darian en el cuello con ellos. De la garganta masculina surgió un sonido mezcla de gemido y sorpresa pero era sólo un beso y sólo un pequeño trago lo que ella tomó de él, apartándose luego para regresar al sitial enfrente de Darian.
La adorable mujer empezó a quitarse, lentamente, los guantes, dejando a la vista sus hermosas manos de cuidadas uñas y sus marfileños brazos.

- Así pues, ¿En qué estábamos? Ah sí, lord Valertas. ¿Me deseaís?- sonrió angelical, un gesto enmascarado tras los labios rojos y los dientes silbantes y miró a su anfitrión sin pudor, ni remordimientos y sin una gota de moral que pudiera ser obstáculo de ambos...



Protegido su éxtasis por el manto de la oscuridad, lady Morgana gemía de placer por el contacto de su amante. Una mano estimulaba el miembro del varón, la otra acariciaba golosamente el largo cabello negro de Darian y sus piernas lo ceñían. La lujuriosa vampiresa estaba más que dispuesta a seguir adónde él quisiera conducirla, pues mucho de ella yacía en las partes más oscuras del ser e Ysatis, fiel seguidora de lo experimental, lo terrible, lo crudo y lo violento, dejaría a Darian satisfacerse como mejor quisiera, sin importar qué tan degradante, doloroso o ubicuo pudiera resultarle a cualquier otra amante.
Al fin y al cabo, fueron noches de muchas pasiones salvajes satisfechas las que compartieron el entonces humano aristócrata y la gata salvaje de colmillos sedientos...
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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Darian Valertas el Mar Oct 09, 2012 7:57 pm

La hecatombe está llegando, Darian está perdiendo el control. Enfurecido por la pasión irresistible que Ysatis despierta en él termina de acariciar sus piernas en sentido ascendente, apartando la grosera falda que sigue ahí, rasgando las medias finas y caras, notando después de años y años y años la caliente entrada que ella guarda entre sus piernas.

Gruñe como un predador cirniéndose sobre ella, le enseña los colmillos, los ojos titilantes y febriles de puro deseo. Aún nota la sangre de la vampiresa, cargada de maldad y pecado, de esa encandilante y turbadora sensación. Una abrasadora necesidad se cuela por todo su cuerpo cuanto más la toca, más la acaricia, y es la primitiva bestia que guarda dentro de sí la que le impele a penetrarla, profundo, lento, mientras Darian se inclina hacía ella y vuelve a morderla allí en el pecho, justo encima de donde una vez hubo de haber un corazón que palpitaba, vivo, bajo el recuerdo de noches en ascuas con la única compañía de la oscuridad perpetua...

Y es que el mundo tenía muchos secretos que desvelarle al ansioso y joven Darian. Impulsivo como nadie, cruento y sádico, adorador del lado oscuro de la vida y de las agonías que ésta trae consigo. La inteligencia de una persona frívola y maquinadora como él se quedaban aún en nada frente a la oscura mente de la vampirersa que había acudido a su encuentro ya no solo movida por el interés que el joven heredero despertaba en ella, sino por su sed de experimentar, de saciarse de algo nuevo y tormentoso como unas cumbres azotadas por una tormenta.

Darian volvía a mirar la superficie en damero de una de las botellas de cristal donde guardaba sus amadas bebidas. En ellas las sombras se estrellaban, danzando sensuales, y conforme más se proyectaba esa rojiza luz que inundaba la sala más escuchaba él los gritos de las personas que había matado, las súplicas de todas las víctimas que suplicaron por su vida, el deseo febril colado en sexuales gemidos de las tantas mujeres que una vez se llevó a la cama.

Y sin embargo, ya no era suficiente. Con Ysatis Morgana a su lado, ta misteriosa y cargada de un esotérico morbo imposible de encasillar, Darian sentía que aún tenía algo que descubrir, algo que ella debía de probar.

¿Cómo podía ella saber de sus fechorías? ¿Acaso la Casa de los Velesea la había enviado? ¿De los Merelia, tal vez? ¿O quizá la baronesa ya se había cansado de sufrir el cruel y triste reinado de un hijo descarriado?

Ah... Eran muchos interrogantes los que danzaban por la mente perspicaz del joven y desalmado Valertas, que notaba ya los pechos de Ysatis apretados contra su espalda, las manos de ella danzando tras él, su presencia irresistible y la encandilante y frágil sensualidad que aquella dama emanaba por cada poro de su cuerpo.

Todo fue fugaz, como una fantasía que muy pocas veces se ve cumplida. Darian sentiría sospecha, desconfianza ante sus palabras, ¿pues qué quería ella decir con guardar su secreto? Y entonces notaría el beso de ella, gélido como el beso de la muerte en su cuello, y después el aguijonazo de dolor, y la sangre que se escapaba, y la caricia mortal de Ysatis, y su abandono posterior...

Se volvió a ella con los ojos opacados por el loco deseo que le recorría de pies a cabeza, que le hacía perder la cabeza. Su mente maquinaba a toda velocidad, tratando de encontrar una respuesta a lo que acababa de pasar, y entonces la miraba a ella en el sitial, como una diva enviada del mismísimo infierno, como la consorte de Satanás: bella, peligrosa e incendiariamente ensangrentada. De su propia sangre. De su propia esencia.

Su mano voló hacia el cuello y allí palpó los dos pequeños orificios donde Ysatis le había mordido, manchándose las yemas del brillante líquido escarlata. Después volvió a ella y sus ojos se arrastraron sin compasión hacia los colmillos desplegados de la vampiresa, observándolos, observándolos y volviendo a observarlos.

Andó lento, como un predador que se dirige a su presa, sin saber aún cuál era el alcance de la hipnotizante aura que Ysatis vertía sobre él, del misterioso hechizo como el terciopelo negro que le había conquistado para siempre. La miró con el cuerpo palpitando de deseo cuando se quitó los guantes y se paró delante de ella, cerca, muy cerca, tan cerca que ambos podían notar cómo el tiempo se arrebolaba entre ellos.

Os deseo, milady —respondió con voz ronca, repasando los labios carnosos tiznados de carmesí, dejando vagar el dedo índice por el inferior, arrastrando consigo una ínfima muestra de sangre que él mismo se llevó a la boca, lamiéndola, dejando que penetrara en su cuerpo y volviera a envararle.

Notó el sabor metálico del fluido y se dijo que aquello era diferente, atrayente, misterioso. Volvió a Ysatis que le observaba, y entonces sonrió encantador, dejando ver una euforia que podría tildarse de locura. Se sintió contento, alegre de haber dado con una criatura como ella. Se creyó que aquello era un regalo de los infiernos, que sus actos por fin habían dado resultados y el súcubo que había en frente de él le satisfaciría como nunca nadie antes hizo, y entonces agarró una de las manos de Ysatis, elegante, como el perfecto aristócrata, e hizo una reverencia, ambos ojos encontrándose con el deseo brillando en ellos, y posó un suave y cortés beso en la palma desnuda y fría, fría como las llamas de la muerte.

Os deseo más que nunca, más de lo que lo hace el sol con las lunas. ¿Qué clase de criatura de los infiernos sois, belleza, que nunca conocí a nadie como vos?

Tanto tiempo vagando él solo, centrado en menesteres crueles y sedientos de sangre... Cuánto tiempo Darian vivió ajeno a la realidad, a lo que realmente la vida podía regalarle, y cómo se sintió por ello: pletórico, deseoso, enfermamente eufórico. Necesitado de más, de más, de más.


Y aún se mantiene viva esa repulsiva y depravada sensación de poderío en Darian cuando posee a Ysatis. Aún la desea con la fuerza del diablo, con la locura del asesino más desalmado. Aún nota cómo todos sus músculos se contraen tensos cuando se introduce en ella y la vampiresa gime enfebrecida por el deseo.

Eso es piensa él mientras tanto, pletórico de esa sensación, necesitando profundizarla, hacerla rozar la locura mientras se la lleva a un oscuro lugar donde nada ni nadie puede alcanzarla.



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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Ysatis Morgana el Mar Oct 09, 2012 10:15 pm


Eran dos dolores profundos y exquisitos, el del miembro de él llegando a su cavidad pélvica de una sola vez y la mordida en su pecho suave, deseoso de ser besado y que en boca de Darian es expertamente mordido. Suerte que es encima del corazón y no sobre éste o la vida de la vampiresa peligraría. Pero de peligros ella sabía mucho y le gustaba ir en el vaivén de lo impredecible, con él y con todo el mundo.
Jadeó de deseo, lo incitó a seguir uniéndose en un baile tan viejo como Noreth y cerró los ojos mientras las dos manos eran ahora las que se aferraban casi cruelmente a los cabellos de Valertas, desafiándolo a lastimarla más pero también a ser lastimado y tocado por ella...


No tenía ninguna necesidad el criminal de negar lo evidente y así lo confirmó, atreviéndose a delinear los labios que le habían arrebatado algo, para probar por si mismo el licor del que la vampiresa se servía mucho mejor que cualquier otro para alimentarse.
La sonrisa del varón era eufórica, maléfica y encantadora, casi tanto como la de la mujer y así sus modales, nobles, bien ensayados.
Su beso era ardiente sobre la palma helada de la vampiresa, ella mantuvo la perfecta sonrisa para él, complacida de sus avances. ¡Hacía tanto que no se divertía de esa manera! ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes acorralar a aquel famoso muchacho?
Era digno de su atención, se dijo Ysatis y le permitió conservar la mano que besaba en la suya. Luego lo miró, su sonrisa de encanto hecha una burla ahora y se puso en pie "ayudada" por el impulso del hombre encaramado.
Entonces ascendió la mano por el brazo del joven y ella juntó sus labios tan cerca de los de él que por un momento pareció que iba a besarlo.
Pero le hablaba a la boca como le había hablado al oído: confidente, segura, provocativa y entendida en sus juegos mejor que nadie.
- Me asombraís, lord. ¿Es que acaso nadie os ha hablado de la perfidia y la belleza de un vampiro? Pero eso es lo que soy, hace ya mucho tiempo, mucho más del que vos intentaís solventar en esta tierra. Aún así debo admitir que tenía muchos años sin encontrar a un ejemplar tan suculento... ¿Qué haré con vos, querido? ¿Mataros?
Una risa deliciosa se escapó de su garganta y unos dedos fríos, pero cariñosos, fueron los que delinearon una pálida mejilla juvenil.
- No pongaís esa cara, no os haré lo que sin duda vos habeís hecho a otros. Vuestros ojos... son los de un asesino, como yo. No lo negueís... me excita.
Fue entonces que Ysatis lo besó, pero de un modo muy diferente de las muchas formas en que lo había hecho hasta ahora. Morgana, la sire de Ysatis, solía decir que la muchacha era tan ducha en el arte de besar que conseguía con un simple beso humedecer la entrepierna de las mujeres y conseguir una erección hasta en los hombres más impotentes. Así fue con el pérfido Valertas, tan humano como los demás, pero Ysatis no se cobró lo ya conseguido, todavía no.
Dejándolo quemarse como a muchos otros más se separó de él y avanzó hacía la puerta, sus andares femeninos más gráciles y seductores que los de cualquier bailarina, las caderas ondeando para resaltar unos glúteos que la maldición vampírica había conservado intactos a pesar del tiempo transcurrido.
- Pero, ya que no beberé más de vos por el momento, no debeís ser descortés- le dijo apoyada en el umbral de la puerta, una sombra hechicera que incitaba a ser seguida y anhelada- ¿No me dareís de beber lo que quiero? ¿No me enseñareís los resultados de vuestras deleznables y dulces acciones?
Ysatis guardó silencio entonces, pero su figura resultaba irresistible a la luz tenue y sus dedos parecían atraer sin moverse al joven pecador, listos para acompañarlo en una orgía de placer y dolor que son todo el legado de las criaturas oscuras y reinas y reyes de los antros más perdidos, rutilantes y nocturnos.



Los gemidos de Morgana se sucedían sin recato alguno, las uñas enterrándose en el cuero cabelludo de Darian mientras sus senos bailoteaban para mayor esplendor debajo de las lunas. Su ropa estaba hecha un desastre ya, las medias rotas, el corsé deshecho, la falda hecha un revoltijo pero la vampiresa estaba disfrutando tanto que, pese a su delirio por la ropa, aquel placer era demasiado hondo para resistirse. En un momento dado separó a Darian del lugar cerca de su corazón y lo besó con mayor fruición, chupando su propia sangre y mordiendo los labios del vampiro, solazándose en las heridas de uno y otro con la misma desbocada desenvoltura que la de un caballo tratando de piafar en contra de su dueño pero sin conseguirlo.
Ysatis, empero, no quería escapar.
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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Darian Valertas el Jue Oct 11, 2012 8:52 pm

Y porque ambas criaturas son tan parecidas se atraen inevitablemente. Es lo que viene ocurriendo a lo largo de la historia, pues el odio llama al odio, la violencia a la violencia, la malevolencia a más malevolencia y, en fin, la locura al caos absoluto.

Darian y Morgana son amantes, lo llevan siendo siglos. Son muchos los años que han estado separados y sin embargo eso no obsta a que su pasión desenfrenada vuelva a enredarlos en las caricias del otro y la necesidad del sexo candente, porque ambos viven necesitados de ello tanto como precisan de la sangre para vivir.

Ysatis le besa y Darian continúa poseyéndola, penetrándola con tal ímpetu que de ser humano ya estaría respirando con fuerza, su frente perlada de una película de sudor por el esfuerzo. Sin embargo, los años no pasan en vano, y él ha cambiado. Ambos lo han hecho, pero de la última vez que Ysatis estuvo con él, siendo humano, ésta puede ver tanto cambio como víctimas se han cobrado.

No puede ser de otra manera, de cualquier modo. Los vampiros, como ya habréis descubierto, son criaturas sádicas, malignas y depravadas. No hay cabida en ellas para los sentimientos ni la compasión por los humanos, y las historias que así los dignifiquen son falacias amparadas por una creencia sin fundamentos en la sociedad actual.

¿Cómo no pudo darse cuenta? ¿En qué había fallado el inteligente varón, noble de nobles? ¿Cómo él, que fardaba de suspicacia, de previsión de futuro, de una mente calculadora y una soberbia sin parangón, él, no había sido capaz de matizar lo evidente?

Y es que Ysatis era una perfecta actriz. Sabía enmascarar su sed de sangre bajo pestañas risueñas y labios rojizos perlados de carmín. Sabía manipular el curso de las sospechas de un hombre contoneando su cuerpo, abanicándose frágil mientras guiñaba un ojo y éste perdía el hilo de sus pensamientos. ¿Podía alguien reprochárselo? No. Ella era demasiado bella. Era demasiado hermosa.

Era una vampiresa, clásica y soberbia, instintiva e hipnotizante como la seda negra. Te envolvía con su aura, te hacía observar sus ojos cargados de gelidez disimulada, y cuando te conquistaba tú ni siquiera te dabas cuenta.

Darian la deseaba, por los dioses que lo hacía. No había sido una noche con ella suficiente para el heredero y así él no estaba dispuesto a darse por vencido. Que ella hubiese olido su verdadera personalidad y aún así siguiese allí con él ya decía a Darian todo lo que necesitaba saber. Que era ella igual que él. Que disfrutaba del sufrimiento ajeno con una sonrisa resplandeciente y el vello erizado como el espectador que observa un réquiem arropado por una mortaja de desolación. Que la sangre la excitaba y necesitaba de ella para sentirse viva, para tener confianza en sí misma.

El desalmado humano reparó en cuanto ella mencionó los vampiros en que las historias que había oído desde pequeño eran ciertas. Aquellos cuentos que más que historias eran pesadillas que perseguían a los pequeños en sueños y que sin embargo a él tanto le gustaron siempre. Sí, Valertas se mostró fascinado, eufórico de haberla encontrado a ella. Lejos de sentir miedo o rabia mostró anuencia, mostró decisión, y es que cuando Ysatis le besó el mundo dejó de estar bajo sus pies y su mente voló, voló tan alto que cuando ella se separó Darian la miró con ojos febriles de deseo, el pulso acelerado y la entrepierna oprimiéndole dolorosamente.

Cuán inteligente era su señora, y qué cruel, se dijo en ese momento el heredero. Cuánto le gustaba a ella jugar al tira y afloja, a ver quién de los dos aguantaba más. Darian echó mano de todo su autocontrol para mantener la frialdad, accediendo silenciosamente a la petición de juego de su compañera, y es que los desafíos y los retos siempre fueron algo que llamaron la atención del señor.

¿Queréis verlo, mi señora? Yo os lo mostraré —respondió Darian haciendo una reverencia fugaz y estudiada, con los ojos brillantes por los lujuriosos pensamientos que cruzaban su mente en ese momento.

Las palabras de la vampiresa aún titilaban en el ambiente, cargándolo de tensión, liberando a ambos de la desidia del día a día y abriendo las puertas de una nueva etapa de la que ambos disfrutarían en cuerpo y alma.

El aristócrata se acercó hacia su invitada entonces, haciendo un gesto para animarla a andar mientras él se adelantaba y enfilaba la marcha por el pasillo contiguo al atrio principal. Allí no se escuchaba nada, ni siquiera la luz llegaba. Apenas se encontraba iluminada la estancia por unos débiles candelabros que titilaban a sendos lados de los señores que cruzaban el vestíbulo, la vampiresa guiada por Darian, hombre cuyos ojos, conforme más se acercaban hacia los sótanos, más brillaban con la locura del asesino que disfruta la tortura.

En el camino éste agarró uno de los candelabros y lo elevó, iluminando la estancia, mientras ambos giraban hacia la derecha y al cruzar la cocina tomaban las escaleras por las que en sentido giratorio descendente se accedía a las mazmorras subterráneas. Allí el aire estaba viciado, la muerte palpable, la peste a sangre solapada en cada losa de fuerte piedra tallada y condensada en las celdas contiguas.

No había un solo alma guardando la zona a excepción de Darian e Ysatis, que siguieron andando hacia la del final. El techo era circular pero no dejaba entrar luz alguna, y al menos cuatro de las diez celdas que había repartidas por las mazmorras estaban ocupadas por presos cuyas ropas habían sido sustituídas por harapos sucios y mugrosos. La posición de éstos denotaba que muchos de los huesos habían sido fracturados y ahora las extremidades se encontraban yaciendo en posición extraña y antinatura, y pese a que bajo la oscuridad perpetua los rostros de los cautivos no podían verse, se notaba a su alrededor un aura tan vacía y ausente que oprimía el corazón del más curtido guerrero.

Pero no de Darian. No de Ysatis. Ambos eran asesinos, y disfrutaban de lo que veían.

He aquí al Conde Corín de Velesea, hijo de Eriol de Velesea, señor de las tierras del este y prefecto virrey de los condados del Norte —declaró Darian con voz carente de emociones. Se limitó a recitar algunos de los titulos de Corín como si estuviese dando una conferencia ante cientos de espectadores y no estuviera a punto de presenciar un asesinato. En todo momento conservó la elegancia y el saber estar; su respiración no se aceleró ni un ápice, su calmo semblante no se coartó.

Al contrario, una de sus manos acarició la baja espalda de la vampiresa y ladeó la cabeza para observarla, con ojos certeros y perspicacia patente.

Milady, Ysatis, ya os conoce. Habló con vos en el baile —Darian sonrió y alargó el brazo para iluminar mejor a Corín. Donde antes había habido un caballero portentoso y altanero ya solo había un mugriento y abandonado preso que estaba tirado en una esquina de la celda. Todo a su alrededor olía mal y aunque a él no le habían quitado sus caras y finas ropas, éstas lucían rotas, desmadejadas y sucias por doquier. Una de sus piernas sangraba copiosamente y Corín se apretaba con labios finos y rostro pálido el estómago, aguantando una hemorragia que no tardaría en matarle si no se curaba.

Por lo que podía verse de piel todo estaba absolutamente magullado, y dos cortes habían sido trazados en cada mejilla del conde.

Tenía pensado matarle más tarde, alargar su enclaustramiento un poco más. Sin embargo, creo que le encontraréis de vuestro agrado. Es de sangre presumida y prepotente.

Darian se hizo a un lado y observó con intensidad a la vampiresa, absorviendo cada uno de los detalles que la conformaban como tal. Una vez había sabido lo que ella era a Darian se le hicieron visibles ciertas cosas que antes no vio: como el brillo maligno de sus ojos, el porte hechizante, sus labios de un color demasiado rojo para ser artificial y su piel pálida como la nieve más pura.

Entonces decidió que no podía encontrarse en mejor situación, rodeado de lo que le gustaba, demasiado cerca de su perdición.


Perdición que una vez le ha hecho perder la cabeza y que cuanto más la hace suya más consistencia toma. Darian gruñe y eleva el rostro al cielo cuando ambos dejan de besarse de nuevo, observando las lunas pálidas, indiferentes en su trono, el cielo.

Sonríe entonces, claramente nublado su semblante por las sensaciones que está viviendo, y vuelve a tener esa sensación. La de bienestar, la de euforia, la de una necesidad básica culminada.



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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

Mensaje por Ysatis Morgana el Vie Oct 12, 2012 5:01 pm


De pronto Ysatis se queda en silencio, los ojos negros cargados de maléfica hermosura, enmarcados por los destellos de las lunas. Su euforia traspasa los límites de normalidad y ahora, mirando a su amante con la huella del pasado y el presente en ese rostro sempiterno, se muestra cada vez menos humana.
Contrae la pelvis, haciendo la unión aún más estrecha y despoja a Darian de lo que le queda de ropa.
Con aquellos ojos lo está observando, se deleita en la belleza masculina que se incrementó con el abrazo del vampiro...
Es hermoso, uno de los más hermosos y pérfidos hijos del Mal.
Pero siempre lo fue, afirmó en su mente Ysatis con justicia. Siempre fue un hombre con el cual traspasar todos los límites impuestos por natura.



Ella sabía el doloroso oprimir que le había causado en la entrepierna a su anfitrión. Pero no le importó pues sabía que, si él la complacía, ella lo haría igualmente. En cambio, Darian le preguntó si quería verlo. ¿A qué? A la víctima, por supuesto y así lo intuyó Ysatis, que asintió una sola vez mientras él hacía una reverencia, se acercaba y la instaba a avanzar.
No se dijeron palabra mientras sus pasos resonaban en la solitaria Mansión. A Ysatis no le extrañó que no hubiera criados, a ella misma no le gustaba verlos pululando a su alrededor y si Darian era como la vampiresa pensaba, tampoco era conveniente que los hubiera.

Conforme avanzaban, más detectaba la vampiresa el rastro de una maldad nueva pero persistente, ese legado de sangre y dolor que se adhería a las baldosas para transmitirlo a los seres que sabían dónde buscar. Su sangre se inflamó ante la sola idea de ese espectáculo y para cuando llegaron a las celdas, ella ya estaba ansiosa por presenciar los logros torturadores del aristócrata.

No había luz, con excepción del candelabro sujetado por Valertas, pero ella no lo necesitaba. Vio perfectamente a cada una de las víctimas del maltrato, en posiciones y situaciones que habrían hecho a más de uno revolverse el estómago pero que a ella sólo le hicieron sonreír solapadamente.
!Oh Darian! !Cuantos anhelos oscuros y retorcidos escondidos bajo la máscara de noble aburrido por un mundo soso! Si Ysatis hubiera tenido pulso, éste sin duda se habría acelerado de deseos de gata insatisfecha y expectante. Como no era así, lo que se desató fue su respiración.

Al fin Darian le presentó a su víctima más reciente y la mano en su espalda erizada fue tan deliciosa que Ysatis deseó a Darian más de lo que lo había hecho en el callejón y de una manera muy diferente. Pero ella, quien sabía contenerse, así lo hizo y miró con curiosidad los barrotes, hacía donde el conde agonizaba.
Los cortes habían sido bien practicados en el cuerpo para hacer que la peste a sangre se hiciera más espesa pero también más controlada para que Corín no muriera demasiado pronto. Estaba muy bien para un aficionado, se dijo Ysatis e hizo un delicado gesto para que se abriera la puerta de la celda.

Una vez que Darian hubo cumplido su deseo, la mujer se abrió paso. Sí, era él... a esa sangre ajena olía Darian cuando ella se le acercó al llegar. Que inteligente y qué atrevido, pensaba Ysatis, quitar de en medio a tan pomposo y molesto adversario, alguien que sin duda sería buscado por mucho tiempo debido a su "importancia" pero aún así, nadie sospecharía de tan joven postor...

Ysatis se deleitó unos minutos observando al prisionero, dándole la espalda a Darian, pero no porque lo ignorara, sino para que éste la deseara más al contemplar el escote. Entretanto rodeó suavemente al preso hasta que sus dedos acertaron a tomar suavemente los cabellos sudorosos del conde.

- Oh sí- gorjeó ella, en respuesta a las palabras del hijo de la baronesa- - Lo conozco. Estuvo aburriéndome con su cháchara la noche de tu fiesta. Aún así, reconozco que es más atractivo siendo presa de lo que pensé

Se río y aunque su risa era un cristalino sonido, había en ella un deje de crueldad. La suave mano, que parecía haberse extendido en una caricia, se hizo pronto férrea al tirar de los mechones de Corín.

- Querido conde, ¿Se encuentra usted cómodo?- lo hizo mirarla y se solazó en el dolor, la rabia y la confusión del hombre, quien todavía no comprendía cómo había acabado en aquella situación. El conde hizo ademán de escupirle más Ysatis esquivó la saliva con tranquilidad.

- Que pena- se limitó a comentar- - Hubiera querido que fuera más lento. Pero... tendré que enseñarte modales

Retorció los mechones de cabello hasta que el conde lanzó un debil quejido. Entonces, teniendo cuidado en no manchar su lujoso vestido, la vampiresa se inclinó hacía el varón y lo mordió en los labios mancillados que habían provocado tal irreverencia, ahogando su grito. Luego lo soltó, limpiándose cuidadosamente los dientes, al mismo tiempo obligando al conde a exponer el cuello, y practicó un corte afilado en el cuello, dejando que la sangre se esparciera para luego lamerla, como quien prueba un suculento trozo mientras apenas sale del asador. Así estuvo Ysatis, entre que cortaba y probaba, en una concentración fría y a la vez comedida que hacía las veces de espectáculo macabro y entre una indiferencia terrible hacía el dolor del ser humano que delataba su verdadera condición.

Al fin Ysatis enterró sus colmillos más hondamente y así se quedó, degustando la sangre, hasta que el corazón de Corín dejó de latir, la vampiresa se separó.
Entonces se puso en pie y miró a Darian con sus brillantes y preciosos ojos negros llenos de emoción.
-Lo siento- se disculpó con una corrección que resultaba harto chocante con su actitud anterior-Pareciera que me he olvidado de vos, mi señor. Pero no os resintaís, mi placer será vuestro ahora...

Lentamente, como si estuviera solazándose con cada mirada del hijo de la baronesa, acudieron sus manos a las ataduras del espléndido vestido verde y fue ablandándolo, abriéndolo, despojándose limpiamente de éste. Al fin el vestido fue lo que siempre había sido, una tela que no formaba parte de Ysatis y ella lo depositó con cuidado en una zona limpia de la celda.
Miraba ahora a Darian, su sonrisa siendo una invitación a lo disoluto, a lo decadente y su grácil figura desnuda acudía de vuelta a donde el cuerpo de Corín yacía en una grotesca posición. Ella acarició el cadáver, que cada vez se iría haciendo más frío y se sentó sobre él, oyendo cómo crujían los maltratados huesos.

- ¿Me creerías...- preguntó- ...si os digo que siempre he querido tener sexo encima de un muerto?

Volvió a reír ante la mirada de Darian y alargó una de sus piernas para que él le quitara el zapato e hiciera lo que más quisiera, dándole de este modo una sublime vista de sus largas y hermosas piernas y también de la cavidad más escondida y profunda de su cuerpo níveo.

No había ningún recato en su actitud, ninguna actitud de dama dulce en sus movimientos ahora. Ni siquiera le importaban los otros presos, que incluso en su sufrimiento podían ser testigos de su naturaleza. Allí el único que importaba era Darian, quien la había satisfecho y al que planeaba satisfacer como mejor le conviniese.
Estaban hechos el uno para el otro, la malvada y experimentada Ysatis y el joven y maléfico Valertas.



Parecía que entre las múltiples embestidas, debiera haber una pausa, un momento de regocijo y exaltación de lo vivido, pero nada más. Más ningún factor los hubiera detenido, exceptuando por el sol y aún faltaba mucho para su salida. Ysatis, por tanto, en cuanto hubo satisfecho la necesidad de Darian de estar siempre arriba, se movió hasta que lo obligó a él a tocar con su espalda la tierra fría y viva y siguió el frenético ritmo de ambos, como una musa del placer oscuro, mientras que sus senos ensangrentados seguían la danza para tentar más al experimentador torturador.

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Ysatis Morgana

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Re: Memorias del Pasado, Raíces del Presente

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