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Carne para las bestias

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Carne para las bestias

Mensaje por Siragga el Mar Dic 04, 2012 3:34 am

Eleva tus plegarias al padre cielo
Adora los dones de la madre tierra
Escucha a las hermanas estrellas
Y respeta a la abuela luna
Son las palabras del sabio orco
Son las palabras escritas en el viento
En el agua que corre desde las montañas

Christian Chacana 03 de diciembre de 2012


El viento frio de las montañas bajaba, entre grietas y acantilados, llevándose consigo hojas secas y viejas esperanzas perdidas y olvidadas. En lo más alto los esqueletos de aventureros miraban el sol con cuencas vacías y quijadas sin cerrar, ¿Cuántos años? ¿Cuantas eras habían visto pasar?, un zorro blanco y plateado corría sobre la nieve, saltando y enterrándose en la blanca y pura nieve, para surgir con un pequeño conejo en sus fauces, la sangre goteo en la nívea superficie, tiñéndola de carmín. Pasos pesados y profundos se escuchaban, el zorro movió sus orejas y levanto su cuerpo, huyendo a la seguridad de su madriguera. Una pesada respiración se escucho, cuando un gran pie piso las gotas de sangre del pequeño conejo, piel verde y marrón, ojos pequeños y nariz ancha, cuerpo vestidos de pieles y placas de metal, un hacha en la espalda y una espada mellada y tosca en el cinto, el grito de guerra se escucho, y el guerrero orco avanzo corriendo, seguido por una docena más de sus hermanos … a lo lejos, una pequeña aldea despertaba, columnas de humo gris y blanco se elevaban desde sus chimeneas, la empalizada les protegía de las amenazas … el grito de guerra se escucho … niños, mujeres y hombres … no importa si son pequeños, altos, jóvenes o viejos … la sangre de todos es roja carmesí.

Lentamente el sol despuntaba entre las montañas, lentamente el sol se colaba entre los fríos cristales, empañados por la noche y el gélido viento, ojos cansados miraban hacia el exterior, con temor aun, con pavor de lo que la noche traería consigo, lentamente los guardias dejaron sus puestos, las hogueras comenzaron a apagarse, hombres curtidos volvían a sus hogares, donde una cama dura les aguardaba, muchos serian recibidos por sus familias, otros … por nadie ya, las puertas rotas, los cristales hechos pedazos, mesas partidas en dos y las camas desgarradas, lagrimas aun se derramaban, mientras hombres lloraban en silencio, con las manos en sus rostros, otros llenando la taberna y pidiendo ahogar sus penas en alcohol de mala calidad.

En el templo se alzaban las oraciones, las plegarias a dioses en las alturas, en otros lados, los más desesperados, aquellos que ya no creían en dioses, ofrecían sus almas, sus cuerpos a los demonios si se les permitía ver a sus seres amados nuevamente, pero como si una mano poderosa les hubiera alejado, tales promesas, tales oraciones parecían vacías, parecían mudas.

En el cementerio, lagrimas amargas eran derramadas sobre la gélida tierra, convirtiéndose en hielo con el paso de las horas, ni el sol podía derretir aquellos diamantes de dolor y miseria, un pequeño grupos de niños cantaban, una suave melodía que viajaba por el aire, una melodía que intentaba darle calor a los lastimados corazones, pero como si de hojas se trataran, estas se marchitaban por el frio, pronto las palabras dulces se volvieron amargas, pronto las sonrisas en llanto ¿Existía peor dolor? … padres que habían visto como sus hijos eran arrebatados de sus manos, padres que ahora enterraban a sus mujeres e hijos en la fría tierra, había dolor… pero más que dolor, existía un odio en esos instantes… odio profundo y que solo la sangre podría saciar.

Durante toda la mañana hombres y mujeres habían acudido a la alcaldía, edificio de dos plantas, hecho de la mas solida roca y uno de los pocos que se habían salvado a la brutalidad orca, ahí un hombre, un anciano casi, con vista gastada y una barba larga, pasaba su mano por su calva cabeza, mientras miraba como monedas y joyas se acumulaban sobre la mesa, cada habitante, cada ciudadano que había perdido a uno de sus seres queridos, anillos de oro, cadenas de plata, e incluso piedras preciosas, todas con un único fin, rescatar a los que se habían llevado … o cobrar con sangre la vida de los orcos. Cuando las gruesas puertas de la alcaldía cerraron, el anciano miro por los empañados cristales, aun cuando el sol estaba en lo alto, el frio no desaparecía, después de meditar hizo llamar a varios mensajeros, escribiendo las cartas y pergaminos que deberían de llevarse, los mensajeros montaron sus corceles y raudos salieron de la ciudad, separándose en diferentes direcciones, buscando tabernas y posadas donde encontrar mercenarios y aventureros.

Los pueblos y ciudades de los montes Keybak, siempre poseían alguna posada o taberna, no era extraño que en algún rincón apartado, pergaminos y cartas se acumularan, desde investigar una desaparición, espantar lobos o simplemente ser guarda espaldas, pero aquella petición era muy curiosa, si bien las historias de orcos no eran desconocidas para los guerreros, tampoco lo eran su crueldad, su fuerza o incluso su brutalidad, a la hora de luchar, por ello el pergamino no era tomado por nadie, muchos temerosos de una tribu orca, otros simplemente viendo que la recompensa de mil monedas de oro era muy poco, pero quien viera realmente el valor de ello, no lo dejaría pasar. Los orcos eran conocidos por tener objetos mágicos, algunos tribales, otros claramente demoniacos, fuera cual fuera, obtener uno de esos objetos valía mucho más que las mil monedas … el problema era obtenerlo.

Dos días habían pasado, dos largos días en que la ciudad no había tenido ninguna visita, ni los mercaderes se acercaban, por miedo a que fueran sorprendidos por los orcos con sus mercancías en su interior, una figura observaba desde un pico cercano, una figura que se cubría por pieles de animales y que por su estatura, no podía confundirse con un hombre, a su lado una figura más pequeña, capucha sobre su rostro olfateaba el aire, la alta figura dio una orden, y la pequeña , rauda bajo por la nieve, con gran agilidad, muy superior a la de cualquier humano escalo el muro, y en un parpadear salto sobre los techos, las horas pasaban y la figura no se movía de su lugar, a su lado, una pesada cadena manchada de sangre esperaba. No fue hasta que el sol estaba en lo más alto que la pequeña figura se deslizo pro el muro y volvió con su señor.

-Mi señor… aroma a muerte y sangre inunda el lugar, los humanos sentir odio, miedo… sed de sangre flotar en viento. Fetidez de orco haber en puertas rotas… incursores, no muchos… oír que buscar mercenarios, querer recuperar mujeres y niños llevados, esclavos *un gruñido salió desde la figura alta al escuchar aquella palabra, apretando sus puños* señor… nosotros ir a cazar orcos, herida no cerrar pero si traer alivio a carne con dolor *recorriendo la cadena con dos ojos amarillentos* poderlo usar a él para que humanos confiar en nosotros-

La ciudad estaba en relativa calma, los habitantes intentaban volver a su vida normal, cuando el grito de una mujer hizo que nuevamente los guardias tomaran sus armas, lanzas y espadas, ballestas y arcos. Una alta figura caminaba por medio de la calle, a su lado una más pequeña, sus rostros ocultos bajo las capuchas de cuero, la figura más alta llevaba una larga cadena sujeta con su mano y pocos metros atrás, el cuerpo de un orco era arrastrado, su pecho estaba marcado con profundas heridas que sangraban, sus brazos habían sido quebrados una y otra vez, y sus piernas ahora eran girones sanguinolentos, y aun así… seguía con vida, apretando sus dientes por el dolor. Los guardias apuntaron sus armas hacia ambas figuras, en aquel instante se dejaron ver el rostro, un nuevo grito de miedo y una exclamación de asombro y terror se dejo escapar por las voces humanas, aquel rostro era casi idéntico al de un orco, mientras que su acompañante de piel verdosa, no dejaba dudas de que era un detestable goblin, la alta figura hablo, con voz ronca y opaca, como si esta hubiera estado carcomiéndose durante décadas.

-Buscan quien traiga a sus… mujeres e hijos, a quien ante orcos… yo me ofrezco para ello-

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Re: Carne para las bestias

Mensaje por Smile el Mar Dic 04, 2012 9:58 am

Kikiki....

La pequeña feérica estaba disfrazada como una joven huérfana en medio de la muchedumbre. Estaba envuelta en ropajes arruinados, pero que ocultaban sus alas. Su identidad era ocultada todavía mas por unas cuantas vendas que envolvían su rostro y sus extremidades. Los del pueblo estaban a lo suyo, preocupados por sus propias desgracias, por lo que ella no destacaba. Se paseaba serenamente por la desesperación que inhundaba el lugar, mientras sigilosamente se acercaba a escuchar las conversaciones ajenas. Era una agente de Ang-za-haru, una servidora de lo demoníaco. Buscaba a aquellos que sacrificaban su alma a los poderes del inframundo para comunicarselo a su amo.

Encontró a unos dos o tres hombres reunidos en una calle apartada mientras escribían glifos con sangre en las paredes. Su ritual era tosco y primitivo; la feérica ni podía deducir a partir de ella que tipo de ritual era, si es que siquiera era un ritual válido. Sigilosamente, se acercó a ellos. Uno la avistó y con melancolía, le dijo que se alejase, que este no era lugar para una niña como ella. Coma asintió la cabeza, para luego preguntar repentinamente cuales eran sus nombres. Los hombres se miraron unos a otros con una ligera sonrisa por este suceso repentino y a su ternura y luego uno de ellos se arrodilló delante de la hada para hablar mejor con ella.

Pues verás, pequeña. Yo soy Gaum. Los otros dos son mis hermanos Zur y Zaratustra. Si alguna vez, cuando eres mayorcita, te encuentras con alguien que pregunta por nosotros...

Se inclinó para sacarse algo del bolsillo. Era un papel con algo anotado. Era la carta de despedida que tenía decidido dejar atrás en el suelo tras terminar el ritual, pero cambió de idea y decidió dárselo a esta niña.

...Le das esto. Ahora márchate.

Recibió el documento, lo guardó en sus ropas y silenciosamente, anduvo en dirección contraria a ellos. Cuando ya se había alejado unas cuantas calles, una sonrisa se trazó en su rostro. Se arrimó hacia una pared y discretamente extrajo un papelito y una pluma de escribir desde unas vendas que estaban amarrados a su brazo. El papel tenía mucho texto escrito en un lenguaje incomprensible y Coma empezó a escribir mas signos de su mismo tipo mientras murmuraba

"Gaum... Zur...y Zaratustra".
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Re: Carne para las bestias

Mensaje por Krenden el Mar Dic 04, 2012 6:45 pm

Nos habíamos asentado en Mrirrizbak, la ciudad a las laderas de los montes Keybak. Maven tenía que adentrarse en las Minas de Nos por razones que catalogó como privadas, típico de ella y de su recelosa aura de misterio que yo no tenía ganas de perturbar. Así que, cuando me pidió que fuese con ella, obedecí sin remilgos. Ya estaba acostumbrado a ir a sitios de la mano de la elfa sin tener ni idea de por qué, tampoco fue demasiado extraño.

Al principio iba a ser un viaje inocente, de descanso, donde pretendía no meterme en ningún lío y equilibrar mis horas de insomnio. Pero CLARO, eso es lo que siempre digo antes de hacer un viaje que involuntariamente me redirige a un periplo en el que tengo grandes posibilidades de morir. Y aquella vez no fue menos. Resulta que, por Mrirrizbak, pululaban los rumores de lo que había ocurrido en Sorraja, una pequeña ciudad más arriba. Al parecer, los orcos habían secuestrado a un montón de hogareños y encima habían dejado el lugar en cuestión que daba lástima verlo. Entre que imagino que los orcos no es que llamen a la puerta antes de entrar o den dos toquecitos en el hombro para avisarte antes de cortarte la cabeza con un hacha enorme, y entre el hecho de que los ciudadanos estarán destrozados por las pérdidas, la verdad es que me daba rabia pensarlo. Realmente los orcos no me gustaban nada, nada de nada, y cierto era que no me importaba convertirme en la mosca pejiguera de alguno. Y por eso me pareció interesante.
Varios carteles con información habían sido colgados en las tabernas y posadas de esta ciudad –e imagino que de otras muchas-, sitios donde aquellos interesados pudiesen enterarse de lo que ocurría. El alcalde de Sorraja pedía que les ayudasen a recuperar a los capturados, y ofrecía una bonita cantidad de monedas por el rescate. No era lo mejor del mundo, pero la mayoría de mi dinero venía de trabajos que hacía para Maven y la verdad es que aquello sería una forma bastante interesante de dejar de ser un parásito mantenido. Eso sí, no le dije nada, además de que esperé dos días a que se fuese a las Minas para dirigirme hacia Sorraja a ver qué se cocía. A parte de mi cabeza por meterme en semejantes fregados, claro.

Al llegar, me encontré con un pueblo que intentaba volver a la normalidad tras lo que parecía el paso de una bola gigante de hedor, asquerosidad y putrefacción. Vaya con los salvajes más chulos del barrio. Anda y que se ahoguen con sus propios mocos, que les veo capaces.
La cuestión es que estaba deambulando por las calles, buscando los Dioses saben qué: tal vez alguien que me diese indicaciones, un grupo con el que viajar, yo que sé. No me creía que fuese el único que quisiese ir allí a tomar lo robado y a sacarles un poco la lengua a aquellos malditos bestias. No hablaba de matarlos, porque yo soy un pajarito que pueden destrozar con un golpe de párpado, pero tal vez sí de marearlos. Esperaba que hubiese alguien dispuesto a distraerlos mientras yo liberaba a los apresados, eso es lo que iba a hacer. Básicamente porque enfrentarme yo solo a todos esos orcos con mi fuerza física sería un poquitín tonto, y ya he hecho suficiente el tonto con querer ayudar de alguna forma u otra.

Justo en ese momento apareció una figura que captó la atención de todos muy pronto, incluida la mía. Era un orco, pero a la vez no parecía un orco. No era orco del todo. Yo que sé. La cosa es que llevaba detrás lo que sí fue en su momento un orco de verdad, encadenado. Digo que lo fue en su momento porque en aquel momento era sólo un bicho moribundo pintarrajeado de cortes y sangre. Con eso desde luego, fuese quien fuese aquel orco-no-orco ya se había ganado mi apoyo. Aquel... ser, venía acompañado de otro ser, que era aún más peculiar. Declaró que se ofrecía a vengarse de aquellos monstruos, y yo también, pero en mi caso no tenía ningún trofeo para demostrarlo. Supongo que me bastaba con saber que gente aparentemente fuerte estaba dispuesta a ir allí, también. Me hacía sentir un poco más seguro. Un poquito.

Ante aquello, rápidamente reaccionó otro sujeto, un tal Forst, que se ofreció a ayudar también. Arqueé una ceja. O me unía al Dúo Dinámico o callaba para siempre, y lo de callar no se me da bien.

- A lo mismo venía yo - dije emergiendo del bullicio con un tono de voz casual, repleto de ese antiheroísmo mío al que tanto cariño había cogido - tampoco pensaba ir solo, ya sabes. Los orcos son muy simpáticos.

Pista: no.


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Re: Carne para las bestias

Mensaje por Enya el Mar Dic 04, 2012 8:16 pm

Había sido una noche dura en el bosque. El frío invernal en aquel lugar de nieves perpetuas no era sencillo de aplacar sólo con una manta y por ello había tenido que dormir apegada a mi yegua, usando la misma como fuente de calor y almohada a la par. Pero eso, sin duda, no había sido lo peor. No. Lo peor de todo había sido tener que colocarme la armadura al alba, cuando el sol apenas asomaba por entre los picos de las montañas, pero era el momento de avanzar y continuar mi búsqueda de gloria y de dos hermanas que había de ganarme para poder reinar en mis tierras. Suspiré, negué con la cabeza y continué mi camino en pos de un pueblo que se asemejaba acogedor, con las chimeneas ardientes y un griterio audible a kilómetros. Que estúpida fui al creer que aquel humo era de hogares confortables y las voces simples mercaderes gritando para vender todas sus mercancías antes de partir a otro lugar. Pero eso no lo supe hasta dos días después, cuando llegué al pueblo y observé las puertas destrozadas, a sus inocentes habitantes heridos y con los ánimos más bajos que el único pozo del lugar.

En sus calles la desesperación y el miedo era palpable, casi se podía cortar con la hoja de mi espada. Miradas perdidas en la nada de ancianas que lloraban sin parpadear. Niños y niñas desorientados que buscaban con ahínco el consuelo de los fantasmas de sus padres en el cementerio del pueblo, y mujeres que de la mano de sus hijos vagabundeaban por el pueblo buscando por cada esquina a sus maridos, que tristemente jamás acudirían a su llamada o al llanto de sus hijos. Los susurros de los fantasmas parecían acosarme dentro del yelmo negro que cubría mi pelo y mi rostro. Enardecían mi mente con doloroso gritos y llantos. Estaba claro que me habían visto en la colina aquella noche, con el fuego de mi campamento encendido, y que había rogado a Morgana y sus hermanas por mi venida, pero yo, estúpida e inocente extranjera en esas tierras, había considerado que era una simple fiesta o una maldita feria que se celebraba en el lugar con el fuego encendido hasta el amanecer. También sentí el peso de las miradas posadas en mi espalda. Los lugareños no acostumbraban a ver a un “caballero” por esos lares y por ende yo era otro extranjero más al cual sólo veían como un peligro con tantas armas encima como llevaba yo.

Me apeé del caballo para ir caminando hasta uno de los pocos edificios visibles que se habían librado del ataque provocado por dios sabe qué. Era una casa enorme, casi como una mansión pequeña, con dos plantas y cristaleras enormes y empañadas por el contraste entre las temperaturas de fuera y las de dentro. Todavía me separaban casi cien metros de ella, pero aun así me era relativamente sencillo distinguir a un tumulto en sus puertas, donde se agolpaban desde soldados hasta campesinos alrededor de algo que aún no conseguía discernir bien (Aunque parecía ser una figura más alta que todos ellos). Iba a acelerar el paso, mas el destino prefirió que no fuese así y una chiquilla de unos trece años más o menos chocó contra mi vientre y me detuvo. Ella cayó al suelo y se llevó la mano a la frente para paliar el dolor que le había provocado el choque contra el metal; yo simplemente mantuve la mirada fija en ella y retrocedí un paso para hacerle ver que no era uno de esos guerreros a los que no les importa pisotear a críos para llegar a su objetivo. Me miró directamente a los ojos, asustada y consumida por un miedo irracional a algo, para segundos después apartar la vista y levantarse.

-¿Qué ha ocurrido, chiquilla? – Pregunté con la voz metálica y grave que me confería el yelmo.

Ella dudó en si contestar o no. Tenía demasiado miedo de un supuesto guerrero, así que tuve que agacharme un poco y levantar ligeramente la visera del yelmo para mostrarle mi rostro femenino: aquello la calmó un poco y decidió hablar.

-Es… están reuniendo guerreros y mercenarios allí, junto a aquella criatura extraña y que da miedo. – Señaló al gentío sin mirar tan siquiera y después prosiguió con las explicaciones: - Quieren… Bueno lo cierto es que no sé muy bien lo que quieren pero pagarán bien con nuestras escasas riquezas a aquellos que logren el objetivo. –

-¿Con vuestras riquezas? – gruñí ligeramente molesta por las últimas palabras de la niña y volví a interrogarla - ¿Es que acaso os han hecho poner dinero de vuestros bolsillos para ofrecer la recompensa? –

Ella asintió con la cabeza y sin mediar más palabra se largó por entre las callejuelas del pueblo corriendo en busca de… Algo. Yo, por mi parte, traté de aplacar mi propia ira que en ese momento recorría mis venas con más velocidad de lo que lo hacía mi sangre. Una pequeña jaqueca me azotó la cabeza y me obligó a reposar unos momentos apoyada en una pared mientras daba vueltas al asunto. No sabía para qué demonios estaban buscando gente aquellos tipos que había en la distancia, pero sí que tenía una idea de cuánto sería el pago: El suficiente como para repartirlo entre las personas más pobres del pueblo y hacer algo de lo cual las diosas estuviese satisfechas. Até al caballo a un poste cercano de una taberna del lugar a medio derruir y avancé con paso rápido hasta la multitud. Allí un variopinto grupo de “personas”, entre los cuales destacaba un ser de piel tostada y dientes demasiado grandes para ser un humano, se encontraban guarnecidos por soldados. Por lo poco que pude oírles decir antes de llegar se trataba de aventureros llegados desde varios puntos distintos para un mismo objetivo. Abriéndome paso entre las gentes, logré llegar donde los guardias mantenían retenida a esa criatura ya mencionada, que a su vez sostenía la cadena de otra criatura que sí logré reconocer: un pielverde. Su presencia no me resultaba motivo para temer, pues estaba acostumbrada a que mi padre batallase con ellos e inclusive los torturase durante días con la magia que corría por sus venas para sacarles información sobre sus guaridas y otros temas que a mí siempre me habían parecido de poca importancia. ¿Qué importaba dónde se encontrasen si el objetivo no era otro que matarlos y apoderarse de sus tierras? Aun así, me mantuve observando la escena hasta que alguien me empujó por detrás. La lanza de un guardia se apegó a mi cuello de forma amenazadora y varias miradas de gente armada se posaron sobre mí de forma poco agradable

-Alto. – Ordené, como si aquellos fuesen soldados de mi guardia – No he venido aquí a perpetrar ningún mal ni tampoco para causar problemas. Mi nombre es Arnz de Tevinnter, y deseo contar como uno más en el grupo que tendrá que combatir a los orcos. – Sin decir nada más me mantuve estática, sin apartar la lanza de mi cuello pero con la mano cerca de la empuñadura de mi espada, por si las moscas.
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Re: Carne para las bestias

Mensaje por Siragga el Jue Dic 13, 2012 5:33 pm

Alimenta a la bestia
Que esta hace sonar sus colmillos
Espera que duerma apaciblemente
Y roba todo lo que posee
Aguarda el día que despierte
Por que será cuando sientas
Como sus colmillos desgarran tu carne

Christian Chacana 12 de diciembre de 2012

Se cuenta que en viejas tablillas de piedra están aquellos relatos. Se cuenta que en su superficie una historia desconocida puede leerse. Hace ya mucho tiempo, antes de que Noreth fuera creado, antes de que los dioses despertaran o nacieran existía la nada. Pero la nada no estaba vacía, si no que había oscuridad y desesperación, había odio y miedo, terror y sufrimiento. Mucho antes que los dioses nacieran, existían “otros”, seres de pesadilla, seres que no eran terrenales y que con su presencia no dejaban que nada pudiera nacer. Pero después de eones, en que el caos y la desesperación era el único existente, los dioses despertaron y con ellos, una nueva era. Aquellos que habían existido lucharon, pero fueron derrotados y encerrados, algunos en las lejanas estrellas, otros en los abismos del océano, algunos sepultados bajo duras montañas, otros… otros sin embargo no fueron encerrados, si no que se ocultaron, donde el sol jamás dejaría brillar un rayo de su luz, donde solo la fría piedra les haría compañía y donde pudieran arañar las rocas esperando nuevamente alzarse…

“Existen sacrificios de sangre y dolor que no son para llamar a los dioses… si no para mantenerlos alejados”

En la aldea orca había cierta expectación, durante mas de dos noches seguidas, el chaman, orco ya anciano, había estado preparando un ritual. Los orcos eran conocidos por sus prácticas chamanicas y como adoraban a viejos y olvidados dioses, mas el chaman ahora danzaba alrededor de un pequeño altar, muy similar a una mesa de piedra empotrada en la dura tierra, un alto risco coronaba uno de los lados de la aldea, y en su superficie, una fina y delgada grieta parecía intentar derribarle. El chaman había entrado en trance, danzando y hablando en un idioma desconocido para aquellas criaturas, parecía que su garganta se impusiera producir sonidos ajenos a su naturaleza, ajenos a su capacidad. Durante horas los gritos y gruñidos se habían prolongado, la hoguera se había apagado y encendido ya varias veces, cuando el chaman, dando un salto, se posiciono sobre la mesa de roca. Con fuerte y gruesa voz comenzó a pedir sacrificios, gritando que los dioses lo reclamaban y que la sangre de estos era tan seca como un desierto sin su alimento, con rasposa voz ordeno que se le trajeran cuatro sacrificios. Los orcos no demoraron en traer arrastrando dos niños, un anciano y una mujer. El orco coloco los ojos en blanco, mientras tomaba el cuchillo de acero y lo alzaba hacia la piedra, esta como si le respondiera, apareció como si la grieta se ensanchara y llegara hasta la base de la mesa de piedra. El chaman ordeno colocar al anciano en la mesa, y alzando su voz comenzó su tarea.

El sacrificio es algo muy especial y no cualquiera puede servir para este, el chaman había comenzado por cortar la piel del anciano, ya desnudo , produciendo cortes en sus tobillos, y muñecas, junto con otros más largos en los muslos y brazos, sus gritos eran agudos, pero el chaman no se distraía, los cortes sangraban profundamente y más aun, cuando el orco incrusto sus garras y literalmente comenzó a desollarlo, la piel siendo arrancada inhumanamente, mientras la vida aun no se había extinguido, la sangre manchando la piedra y siendo consumida por la tierra, los orcos que se encontraban a su alrededor sintieron aquella furia, aquel salvajismo, mientras alzaban sus brazos, y tomando la tierra ensangrentada, se cubrían sus cuerpos. La agonía del anciano no duro demasiado y cuando sus gemidos dejaron de oírse, toco el turno de la mujer, el proceso fue idéntico, si no fuera porque el chaman coloco las manos en el vientre de la mujer e introdujo sus manos, como buscando algo, no demoro en arrancar de sus entrañas una criatura, muy similar a un humano más pequeño y deforme a ojos orcos, un bebe y tomándolo en sus manos, lo partió en dos, arrojando los restos al suelo con ira. Los niños habían observado todo atentamente y sus sollozos no cesaban… pero el chaman no les sacrifico de inmediato, aquellos pequeños serian los testigos de todos y cada uno de los sacrificios.

Pero volvamos un par de horas hacia atrás, a bastante distancia, entre las montañas, en la ciudad de Sorraja, al parecer, los actores de aquella gran obra ya habían llegado.

La diminuta Coma se encontraba atenta a su trabajo, recolectar almas para el gran demonio Ang-za-haru, su misión hasta aquel momento había sido engrosar la larga lista de nombres y almas… mas en ese pueblo, algo había diferente. De pronto la pequeña faerica llevo su mano a su pecho, un agudo dolor en este le hizo perder el aliento un instante y buscar un lugar donde apoyarse, mas antes de llegar la oscuridad pareció rodearle y ella instintivamente cerro sus ojos. El sonido de un tack tack tack constante hizo que abriera sus ojos, ya no estaba en medio de las montañas, ni siquiera en Noreth, altas chimeneas de fuego, y cientos de diablillos sentados y vestidos pulcramente con trajes negros con corbata estaban sentados frente a unas maquinas que escribían en dialecto demoniaco, Coma podría ver que eran contratos y clausular, no muy lejos una enorme puerta, más alta de lo que la vista podía lograr divisar atrajo la atención, retomo vuelo y cuando estaba cerca de esta, una voz sensual le hizo girarse. En un pequeño escritorio, un súcubo se encontraba tecleando al igual que los diablillos, junto con una pila de papeles de considerable tamaño, vestida con un traje ceñido miro a la pequeña y de sus labios palabras embriagadoras como el mejor vino surgieron.

-El señor Ang-za-haru le estaba esperando, por favor pase-

En un parpadear Coma fue absorbida por la puerta, antes de que pudiera darse cuenta estaba al otro lado de esta, la visión quizás era diferente a lo que ella había imaginado. Pilas y pilas de contratos, tan altos que se perdían en la oscuridad del techo, algunos ríos de lava surgiendo de las paredes mientras pequeños diablillos corrían de un lado a otro llevando contratos o documentos, pero en el centro, un demonio de considerable tamaño se encontraba en un robusto escritorio, hecho de madera negra y gris, con un traje negro y formal y una corbata rojo carmesí, en su nariz unos cristales, como quien ha esforzado demasiado la vista, no fue hasta que Coma estuvo a algunos metros de él que le dirigió sus palabras.

-Jovencita *hablo como si le regañara, cosa natural en los patrones demoniacos* me he enterado que se encuentra en los montes Keybak, muy útil en realidad *firmando algunos papeles con una pluma impregnada con sangre* al parecer hay una tribu orca en esa zona, no muy conocidos en realidad, pero estos poseen algo que me es de interés *mirando de reojo a la pequeña faerica, que podía estar varias veces en la palma de su mano y ser tan frágil que al cerrarla sus huesos se triturarían* El chaman de la tribu oculta una sortija, un anillo, una baratija si lo ves, no es más que un anillo de hierro con escritura en su superficie … necesito que lo obtengas para mí, pero no debes de tocarlo … o ya no me será de utilidad *volviendo a sus papeles* ¿quedo claro mi pequeña sirviente? *al parecer en la oficina era mucho más serio que fuera de esta… pero para ser sinceros ¿Cuándo salía de la oficina?*-

Coma no alcanzo a dar una respuesta, el demonio ya conocía esta y con un movimiento de la mano, aquello que parecía tan real para la Faerica, desapareció, volviendo a estar en aquel callejón, de aquella ciudad, con el aire frio golpeando su rostro y un pequeño rastro de azufre en su diminuta nariz, el gran archí demonio Ang-za-haru había hablado y como era parte del trato, ella debía de obedecer, aun cuando se enfrentara a un orco que la podía reventar con suma facilidad.

Pero no todo era tan “común” o por lo menos, familiar, como lo había sido para la faerica, los guardias y la milicia no habían bajado sus armas, cuando el “orco” había aparecido, si bien su apariencia no era idéntica a los que habían atacado la ciudad, o por lo menos a como muchos habían oído, su similitud no dejaba que la tensión bajara. El goblin que le acompañaba miro a su señor, para desaparecer antes de que alguien interrumpiera lo que pronto se hubiera convertido en una carnicería si alguien hubiera hecho un movimiento errado. Un antropomorfo, un joven con rostro de gato, no muy común en esos lugares, no sin cadenas o bozal, sus palabras parecían al de alguien que no conocía la situación, aunque la ayuda siempre aparecía cuando el dinero sonaba con su constante tintineo, pronto otros se acercaron, un joven de baja estatura y un hombre armado. Siragga solo les miro no con desprecio, si no con cierto desagrado, de cualquier manera ahí seria un simple mercenario, y de paso saciaría su odio hacia los orcos. Lentamente los guardias bajaron sus armas, cosa afortunada… para ellos, el semi orco llevo arrastrando hasta lo que parecía ser un trozo de muro aun no derrumbado y sin mucho cuidado levanto al orco inconsciente, como un fulgor saco la daga de su cinto y de un fuerte golpe la incrusto en el hombro del orco, atravesando carne y hueso y logrando que el orco diera un grito de dolor, mesclado con algunas maldiciones, Siragga no se inmuto, mientras miraba de reojo a los humanos y demás seres.

-¿Dónde estar tus hermanos? *pregunto el semi orco, mas el torturado solamente se rio levemente, en respuesta a esto, Siragga giro levemente la daga, fue más que notorio el sonido de los huesos quebrándose por la presión y el gruñido de dolor del orco.* Dime donde están… maldito-


-Van a morir todos… mis hermanos vendrán, y quemaran este lugar hasta los cimientos… ustedes morirán como los perros que son… y yo lo hare con honor-

Durante unos minutos mas Siragga intento sacar algo de información sobre los orcos, pero lo único que consiguió fue una palabra “valle” y nada más, el orco guardo silencio y solamente eran los gruñidos de dolor sus respuestas, el rey goblin estuvo a punto de degollarlo, pero miro a los aldeanos, miro sus ojos, aquella mirada de odio, de tristeza, reconoció los ojos de los suyos, las miradas que en la oscuridad recordaba, mirada de esclavos oprimidos. El semi orco saco la daga, manchada con la oscura sangre del orco y sin reparo lo dejo ahí, tirado en el suelo, mientras limpiaba el filo del acero, con palabras claras miro a la muchedumbre que se había reunido.

-¿Querer venganza?, ¿querer desahogo? … ahí tenerlo… hacer con él lo que querer-

Fue una niña, con el vestido manchado por la mugre y el hollín, quien tomando una piedra, quizás demasiada pesada para ella, la lanzo contra le orco, con lagrimas en los ojos, como una turba enfurecida, los aldeanos se lanzaron contra el orco malherido y torturado, en sus gritos se podía escuchar la furia reprimida, el odio y la desesperación, piedra, puño y palo, herramientas que comenzaron a golpear al orco que gruñía e intentaba defenderse con sus muñones, alguien saco un cuchillo y con desesperación comenzó a cortar la carne del pecho, a intentar separar las costillas, el aroma a sangre inundo el lugar, mientras un grito de vitoreo surgió cuando alguien tomo el corazón aun caliente de orco e intento agarrarlo. Es curioso como mujeres, hombres, ancianos y niños se dejan llevar por el odio, sin importar que minutos antes jugaran con sus juguetes, ahora participaban en un macabro espectáculo.

Un miliciano se había acercado al grupo, indicándoles el edificio de la alcaldía, si bien aun no se confiaba en aquel semi orco, era todo lo que había. La alcaldía era un edificio solido de roca, en su interior estaba adornada austeramente, no había riqueza, si no lo justo, tras una puerta de roble, un hombre estaba mirando a través de los cristales como el orco era machacado por los habitantes, el hombre de larga barba miro al grupo y se sorprendió por lo que veía, un joven felino, de seguro un viajero que probaría suerte, un joven algo más bajo de estatura, pero que como siempre, podía contar de gran poder, un hombre de oscura armadura y lo que aprecia ser …. Un orco de piel gris, el anciano les invito a sentarse, mientras le hablaba de lo que había sucedido en la ciudad, de los acontecimientos que habían acontecido y de lo que se les pedía … al igual que la recompensa que se les daría, preguntas surgieron, dudas, y estas fueron respondidas con la información que tenía el anciano … de pronto un viento frio entro por una ventana recientemente abierta, y una diminuta figura encapuchada salto hacia el interior, los guardias se colocaron en posición, mas el semi orco se acerco a la figura, mientras esta se quitaba la capucha, era el goblin que con nieve en sus pies miraba con desconfianza a los presentes.

-Mi señor, aroma a orco acercarse, he visto un pequeño grupo, incursores, no más de seis acercarse, estar aquí pronto, una hora más, traer huargos, ellos olfatearme, saber que los he visto, venir del este *en esos momentos el anciano, preocupado por las noticias, murmuro algo sobre el “Valle de Greedwood” por lo que al parecer de ahí venían* mi señor, preparar todo, yo estar vigilando y cegarlos si lo desea … Grinkosh obedecer-

Siragga sonrió, mientras hacía crujir sus manos, se giro hacia el grupo, cualquiera podría notar la sed de sangre que sus ojos emanaban y aun cuando era joven, su cuerpo había sufrido ya el dolor de muchos años, con una señal el goblin salió por la ventana, trepando por el techo y saltando de casa en casa para tomar buena posición, mientras Siragga reía levemente.

-Supongo que es tiempo de probarnos… aconsejar que se preparen, orcos no ser fáciles, y ellos saber que les esperamos… luchar como querer… pero dejarme a uno para mí-

El anciano alcalde dio la orden, y los guardias dieron lo alarma, en pocos minutos los ciudadanos comenzaron a esconderse en sus casas o en donde pudieran defenderse, la guardia se mantuvo en los muros, aguardando, mientras los del “grupo” se dividían y cada uno se preparaba, Siragga se dirigió hacia el cadáver del orco y tomando una alabarda cercana, lo atravesó, dejándolo cerca de la entrada de la ciudad, para que los incursores lo vieran, quería que la rabia les invadiera, que se volvieran locos de ira, que fueran estúpidos en su combate y que solo buscaran matar … algo divertido.
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Re: Carne para las bestias

Mensaje por Enya el Vie Dic 14, 2012 6:41 pm

Observé en quedo silencio como el semiorco hendía la rudimentaria daga en el hombro de su primo no demasiado lejano. La tortura no me era algo desconocido, así que mantuve el semblante impasible y la actitud tranquila que hasta el momento mostré, no es que me resultase agradable la escena, si es que alguien ha llegado a pensar eso, pero la sangre oscura del orco no estaba siendo derramada injustamente: él se lo había buscado y así debía ser. Me perdí, sumiéndome en mis propios pensamientos, el tiempo suficiente como para dejar pasar aquella escena y correr un tupido velo sobre ella antes de presenciar la siguiente. La misma niña que antes había hablado conmigo indicándome el lugar donde me hallaba ahora alzaba una piedra de un tamaño no mucho menor que el propio sobre su cabeza. Respiró hondo con los ojos cristalinos por las lágrimas y lanzó la roca contra las sienes de la criatura, y el pueblo la siguió con más piedras, palos o a puñetazos, ensañándose con la masa sanguinolenta en la que lentamente estaban convirtiendo al orco. Suspiré y rápidamente saqué el arco, dispuse una flecha y tensé la cuerda, disparando sólo un segundo después entre las cabezas de varios aldeanos. El astil pasó entre ellas sin tan siquiera rozarlas, y finalmente se hundió en los sesos del orco acabando con su sufrimiento.

-¿Qué te crees que haces? – Bramó la voz de un joven, que no un niño, mientras éste y todos los demás pueblerinos hendía sus miradas en mí. - ¡Era nuestra oportunidad de matar a uno de esos hijos de perra! –

Me acerqué, con paso tranquilo y lento, hacia el cadáver y desclavé el proyectil de su entrecejo, limpiando la sangre del mismo sobre la piel verde el incursor mutilado, caminé un par de pasos más y me puse justo enfrente del muchacho que había alzado la voz y que, ahora, sostenía entre sus finos dedos una piedra de tamaño considerable y peligrosos ángulos.

-Evitar que os convirtáis en bestias peores que los Pielesverdes. ¿Quieres venganza? Apresta una espada, un arco o incluso esa piedra que ahora mismo tienes en las manos y aprende a usarlos como es debido. Adiéstrate en el arte de la guerra y después, cuando seas capaz de batirte contra un orco mano a mano, saquea sus tierras y quema sus chozas. – Dije, solemne y sin perder la calma mientras que volvía a guardar tanto el arco como la flecha, a continuación proseguí hablando: - ¿O prefieres aprovecharte de un tullido? Porque, si es así ¿Qué derecho tendrías después para llorar la pérdida de los tuyos cuando un orco use la debilidad de nuestra raza, que es la fragilidad, para estar por sobre ti? –

Sin decir nada más, escuchando algunos murmullos a mis espaldas giré sobre mis talones en dirección a las puertas del austero edificio principal e ingresé por ellas con paso digno y humilde al mismo tiempo. Hice caso omiso del murmullo creciente por detrás de la madera gruesa y observé mientras paseaba por un largo pasillo la austeridad con la que estaba decorado aquel lugar. No había ostentosos cuadros en las paredes, cortinas de rica seda, alfombras de costoso terciopelo ni nada de eso que solían tener los ayuntamientos; contaba con lo básico y eso, de algún modo, me arrancó una pequeña sonrisa. Subí las escaleras, que crujían con cada paso, y me interné con los demás del grupo dentro de una estancia amplia con una mesa en el centro y unas grandes ventanas al fondo, desde donde un viejo de barbas largas y canosas había estado observándolo todo. El anciano habló de recompensas y demás, palabras doloridas afloraban de su boca, y era normal puesto que él también era habitante de aquel lugar y debía sufrir tanto o más que los demás al ver a los suyos perecer durante su mandato.
Su charla se alargó hasta que una figura pequeña, envuelta en pieles y con una capucha entró por la ventana y se puso a hablar con el pielgris que antes había estado torturando al orco en mitad de la calle. Informó de incursores orcos en camino hacia el pueblo. Asentí, giré sobre mis talones y antes de que el gigantón semiorco hubiese terminado su frase, salí por la puerta con una escueta despedida:

-Debo prepararme para el combate. –

A continuación, caminé por las solitarias y caóticas calles donde la mugre se amontonaba por la presteza de la huida. Sólo las gallinas se atrevían a picotear la tierra, libres de su cautiverio en jaulas de madera. Cuando encontré un lugar lo bastante apartado de las miradas inquisitivas de los ventanucos de las casas me quité un guantelete e hice un corte en mi propia mano del que manó la sangre en abundancia; contuve un pequeño chillido de dolor que estuvo a punto de emerger de mi garganta y después, cuando el nudo en mi garganta se deshizo, alcé una plegaria a Morrigan patrona de la destrucción y señora del caos

-Madre de la ira; patrona de las armas celestiales, haz que mi espada pueda dar muerte a los orcos en tu nombre. Hoy la tierra beberá sangre, el aire saboreará la carne y mi espada se alimentará de almas. Oh, gran Reina Espectral, permite a una de tus hijas sesgar la vida de sus enemigos sin que estos puedan hacer nada. –

Acto seguido vendé mi mano con una gasa que llevaba en el cinturón y me volví hacia el pueblo, más concretamente hacia la taberna local, todavía abierta para aquellos parroquianos que se hubieran cansado de la vida y desearan una muerte aún menos digna que perecer en sus propias casas, bajo las cobijas de los catres. Una vez allí abrí con fuerza la puerta llamando la atención de dos hombres ebrios y un joven que servía las mesas con trémulo pulso, pues sabía lo que allí podía suceder. Todas las miradas clavadas en mí se relajaron de golpe al comprobar que al menos mi físico no era el de un orco, volviendo así a sus quehaceres y bebercios personales. Enarqué una ceja bajo el yelmo y comencé a hablar con ellos:

-Hombres, si es que se os puede llamar así, ¿Queréis morir dignamente en la batalla? – Inquirí, y sólo las carcajadas de los dos ebrios clientes contestaron a mi pregunta – Ya veo que vosotros no. Sois más cobardes que las gallinas; ellas, al menos, todavía están en la calle. ¿Y tú muchacho? ¿Quieres una larga vida y una tumba anónima a su final o por el contrario prefieres que tu nombre suene en boca de juglares cuando narren tu muerte? –

-Yo… - contestó él, o mejor dicho intentó contestar, pues un nudo atenazaba su garganta: - Yo no sé blandir una espada ni tengo fuerza suficiente para tensar un arco. Me temo, mi señor, que no os soy de utilidad. –

-¿Sabrías presionar un botón? – Pregunté y él asintió quedamente. – Entonces deja el barril de cerveza y vino cerca de esas dos ratas alcohólicas y sígueme. –

Salimos de aquel lugar hacia el siguiente destino, la despensa del pueblo. Era una tienda pequeña, hogareña, y que por ahora permanecía cerrada por culpa del miedo a la incursión orca. Tras un rato demasiado valioso como para perderlo de negociar con el comerciante que la regía, al fin logré que me abriera. El miedo a los orcos ayudó bastante al comercio rápido, consiguiendo así dos pequeños barriles de aceite, de unos dos litros cada uno, a un precio regalado de dos tristes monedas de cobre. Después volvimos a la bodega de la taberna y sacamos rodando de allí cuatro barriles grandes del mejor whisky del posadero. Nos costó lo suyo, pero finalmente logramos situarlos a los costados de la entrada de la aldea, donde un chorreón de alcohol brillaba con la luz del sol. El aceite tapó poco después el perfume vomitivo de la bebida espirituosa cuando lo volcamos sobre esta. Ahora sólo faltaba una cosa más en el plan: la ballesta. En la armería la conseguimos rápido puesto que el herrero, un tipo alto y fornido, calvo y con un espeso bigote, se negaba a cerrar su negocio sólo por un grupo de pielesverdes sin cerebro suficiente como para cosechar su propio trigo. Nos dio eso y un poco yesca y queratina, lo cual vendría genial para causar la chispa necesaria para prender la trampa ígnea.

Tardó un rato, pero finalmente los orcos entraron al pueblo. Observaba con una sonrisa victoriosa la trampa: mi aliado oculto en el tejado de una casa esperaba a mi señal para disparar pero esta… Jamás llegó ni llegaría. Algo que en ese momento me pareció tan pesado como una casa entera se estrelló contra mi cuerpo, lanzándome a varios metros al costado por el aire y luego otros pocos con el rebote por el suelo.

Una figura alta, ancha y musculada se alzaba sobre una segunda más pequeña de aspecto feroz y cuya respiración sonaba pesada y ardua, como si cada bocanada le quemase los pulmones por el esfuerzo de la misma. Escupí levantando un poco la visera del yelmo y la volví a bajar al mismo tiempo que con la diestra agarraba mi espada de una mano y con la siniestra una daga de exótico corte. Pude una expresión furiosa en los ojos del pielverde jinete de huargo justo antes de lanzarse en una frenética carga hacia mí al grito de:

-¡Sangre para el Dios de la Sangre! –

El grito hubiese helado la sangre de muchos guerreros. Pero no la mía, porque ya estaba acostumbrada a esa frase y a otras mucho peores. Si esfuerzo alguno, evadí la carga de aquellas dos bestias furibundas y lancé un diestro corte doble hacia las costillas de la montura negra como la misma noche y casi tan grande como un caballo. Un aullido de dolor llenó el aire por su parte, y por la mía lo hizo un jocoso grito de victoria justo antes de que me volviera presta para mantener la guardia alta, con sendas armas en cruz. Aquello me salvó la vida cuando un hacha casi tan grande como mi brazo entero chocó. Acero contra acero. Chispas y chirriantes sonidos que destrozaban mis finos tímpanos bajo el yelmo resonaron como el tañido de una campana en mi cabeza. Grité. Gritó. Ambos mantuvimos el grito mientras nuestros pulmones nos lo permitían y después, cuando yo no pude más, me dejé caer al suelo, rodé en posición fetal y recuperé el aliento en tan solo un suspiro para alzarme de nuevo, espada en mano y cargar hacia la bestia por la espalda. Sabía que la criatura que usaba el orco de montura podía cocear con mortal eficacia, así que estaba ligeramente desviada hacia la derecha y con la siniestra cubriéndome, mientras que con la mano diestra lanzaba un mortal aguijonazo hacia la espalda del pielverde que, de acertar, laceraría su columna a la altura del trasero lo suficiente como para incapacitarlo. Sino, ya sabía que el siguiente golpe iría a la bestia de monta en un tajo descendente, también hacia su “desagüe”. Sí, eran golpes rastreros y especialmente dolorosos que nadie hubiera esperado de un caballero pero… ¿Y qué? ¡Era la guerra! ¡Todo era válido!
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Re: Carne para las bestias

Mensaje por Smile el Miér Dic 19, 2012 6:08 pm

Coma salió de la visión, algo confusa mientras que la realidad volvía a tomar forma delante de sus ojos. Se miró las manos y después dio un giro completo para percatarse de que ciertamente habían vuelto sus sentidos al mundo mortal. Era una visión de Ang-za-haru, algo a lo que nunca se acostumbraría.

Le había dado una tarea, el de encontrar cierto anillo que tendría un chamán de los orcos. Pero con la restricción de que no podía tocar el anillo. Entonces... Tendría que guardarlo en una caja y llevarla con ella en eso o envolverla en trapo o usar guantes? Las instrucciones eran algo ambiguas, ya que "tocar" puede entenderse como el contacto físico o la acción de hacer uso del tacto para detectar algo.

Coma anduvo por el pueblo con cautela mientras pensaba. Necesitaba trazar un plan para poder realizar con éxito esta misión y tenía que analizar bien las oportunidades que tenía disponibles antes de ponerse en marcha.


Última edición por Coma el Vie Dic 21, 2012 6:54 pm, editado 1 vez
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Re: Carne para las bestias

Mensaje por Siragga el Jue Ene 03, 2013 3:27 am

Un puñado de hombres puede cambiar el mundo
Ya sea para bien o para mal, para beneficio propio o mutuo
Pero no hay que olvidar, que sin importar los sacrificios realizados
Siempre se necesitara una gran cantidad de sangre para una pequeña recompensa
Porque así está estipulado en el destino, en la fortuna y los hados

Christian chacana 02 de enero de 2013

La sangre fluye por la tierra, mientras gritos y gemidos se escuchan como ecos en las montañas. Son las bestias que sedientas bajan de sus cumbres para llenarse de aquel líquido vitae, son los bebedores de sangre, quienes reclaman el botín de la muerte y la destrucción. Ahora la nieve se tiñe de carmín, y deja su huella hasta que las lluvias se lleven las manchas impías del dolor.

Yo soy el escriba, quien anotara su dolor y miedo en páginas manchadas por el sudor y la grasa. Soy el escriba que tallara sus epitafios, cuando la nieve cubra la dura tierra y los lobos aúllen en la noche. Soy el escriba… que pondrá el punto final a sus historias.

Como si fuera una obra teatral, cada uno de aquellos aventureros, algunos codiciosos, otros vengativos, se encontraban en sus lugares, piezas en un enorme juego llamado vida, donde los dioses y la fortuna mueven las figuras, con placer y diversión. El tiempo pasó y el aullido del huargo resonó en las cumbres de las montañas. La milicia, apostada en las altas almenas, dispararos sus arcos, pero las bestias eran escurridizas y rápidas, acostumbradas a las batallas y la guerra, entrenadas con látigos y palos desde su nacimiento, solo conocían la furia, el hambre y la ira. El grito de uno de los guardias resonó en el muro, mientras su cuerpo sin vida caía a la nieve, con el pecho atravesado de saetas, los orcos habían llegado y como la vez anterior, planeaban cobrar más vidas.

El guerrero de oscura armadura había sido el primero en enfrentarse a uno de los poderosos orcos, fuerza y salvajismo se enfrentaban, el hecho de que la furia recorriera las venas de aquel hijo de la tierra, demostraba su unión con sus dioses, su grito resonó como mil voces graves, pero se apagaron cuando los aceros chocaron, un instante y el guerrero de armadura se había lanzado contra la espalda del orco, solo era necesario un instante, un segundo y podría tomar una gran ventaja, pero a veces los planes surgen diferente. Hasta ese instante pensaba que la lucha seria uno contra uno. La visión de su casco no dejo ver a su segundo oponente. El guerrero de pronto escucho el crujir de colmillos contra el acero y como su cuerpo era violentamente tirado por una fuerza colosal, con rapidez la mirada del guerrero se clavo en su brazo, para ver como las gruesas fauces de otro huargo lo habían atrapado y con la fuerza de su poderoso cuello, ahora le lanzaban contra una de las casas cercanas. Su armadura le protegió del mayor daño, pero no del dolor, ya que su cuerpo quedo resentido al impactar contra la roca de ese muro, no tenía mucho tiempo para recuperarse, ya que frente a este, había cuatro oponentes, los dos orcos y sus monturas, que no había que menospreciar. El primer huargo se había recuperado levemente del profundo tajo que el caballero le había hecho, aunque sus horas estaban contadas, por la sangre que goteaba entre sus pelos, la herida era profunda y estaba abierta.

No fue la salvación del caballero cuando una saeta encendida surco el cielo, pero no había sido el cobarde muchachito, si no el Horige, quien con la idea de cazar orcos, había subido a lo más alto, listo para atravesarle la cabeza a algún enemigo. Mas ahora el Horige había disparado y la fortuna le había sonreído. La saeta no demoro en llegar a su objetivo y como un estallido, el aceite y licor se prendieron en una gran llamarada de fuego y humo, tras estos se escuchaba como los huargos aullaban, habían quedado tras la ardiente barricada y por alguna razón no se lanzaban contra el fuego, a pesar de los gritos y amenazas de sus amos y jinetes. Pero al fortuna no le sonreiría demasiado, uno de los orcos, aquel que se había enfrentado por primera vez al caballero, había visto el arma en lo alto y con un grito y levantando su hacha, destrozo la puerta de aquella construcción, el Horige podría escuchar como el orco, lleno de furia e ira subía los escalones, haciendo sonar su hacha, no demoraría mucho en llegar donde se encontraba el y por consiguiente asesinarle si no hacia algo. Para ampliar el problema, el joven que estaba a su lado tuvo un ataque de nervios, sin poder articular más de una o dos palabras de difícil entendimiento y unas piernas que sonaban más que las herraduras de los caballos al galope.

Quizás hasta ese momento, de quien menos se hablaría seria de la diminuta faerica, si bien su tamaño la haría pasar desapercibida para cualquier enemigo con un cerebro minúsculo, su estadía en ese lugar estaba entrelazada con el de los aventureros, a lo lejos podía escuchar a la batalla que se llevaba a cabo. La buena fortuna se había acabado y ni siquiera su poderoso amo demoniaco hubiera pensado de aquel giro inesperado, Coma, antes de poder reaccionar, sintió como una mano surgía desde una ventana y la arrastraba a la oscuridad, algo cubrió su boca y a pesar de sus intentos para liberarse, su poca fuerza no permitía que lo lograra. El sonido del acero era notorio , cuando una voz femenina le hizo girarse, a duras penas, cuál sería su sorpresa al ver que quien le tenía prisionera entre sus manos no era más que una niña. Si una niña de no más de diez años de edad y aun así, mucho más fuerte que la pequeña faerica, la niña parecía preocupada por el sonido, mientras liberaba la boca de su cautiva y como si fuera una muñeca, le acariciaba el cabello con algo de fuerza, logrando que varios cabellos de Coma se desprendieran, en ese instante la faerica sintió el aroma, aroma a cadáver y descomposición, la oscuridad de la casa no dejaba ver demasiado, pero no muy lejos, entre una mesa rota y trozos de sillas, dos bultos oscuros se encontraban y el inconfundible sonido de las moscas volando y zumbando … debía de salir de alguna forma de ese lugar …. Si es que deseaba seguir con la misión de su amo.

¿Y qué había pasado con el semi orco y el goblin? … ellos habían subido a los muros, y en esos precisos instantes, luchaban contra los orcos del exterior.
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Re: Carne para las bestias

Mensaje por Enya el Sáb Ene 05, 2013 6:19 pm

Había herido al huargo en el pecho, de gravedad por como jadeaba, y eso me daba bastante ventaja como para planificar un seg… ¡¿Qué cojones era aquello?! Forzada por la situación, aparté la vista de mis dos primeros adversarios para ver a un tercero de pelaje oscuro como la noche, ojos gris plata inyectados en sangre y colmillos amarillentos que se hundían en el acero de mi armadura y hacían crujir el acero como si fuese simple madera. Rugí, pero no por el dolor provocado por aquellos colmillos cuando desgarraron parte de mi piel al soltarme, ni tampoco por el brutal golpe contra el muro que hizo resentirse a mi columna. Nada de eso. Fue ver la armadura rota lo que provocó que chillase como si me arrancaran el corazón y lo devoraran frente a mis ojos. ¡Era la armadura de mi familia! Aquella panoplia había permanecido durante muchas generaciones en mi linaje y ahora, por culpa de un pulgoso con complejo de lobo iba a desaparecer… ¡Y un cuerno de buey!

Sentía una gran presión en la espalda, la zona del golpe, que ardía con la fuerza de mil infiernos pero no desfallecí. Puede que fuera por el golpe, o tal vez no, nunca lo sabré, pero en ese mismo instante sentí una mano firme y suave a la par en mi hombro. Miré al cielo y vislumbré a un cuervo negro sobrevolando la zona: Las diosas me eran favorables siempre y cuando tuviese cabeza suficiente para actuar en esos momentos cruciales de la batalla. Respiré hondo, acallé un momento los susurros de las mujeres de mi clan recriminándome por lo ocurrido dentro de mi propia sesera y logré un momento de lucidez. Di dos pasos a la derecha pare colocarme justo de espaldas a un callejón sin salida lo bastante estrecho como para limitar la entrada (Habían de hacerlo de uno en uno, y como apenas había un metro entre ambos muros el orco quedaba fuera) de mis atacantes. Después tres pasos hacia atrás, aunque jamás dándole la espalda a mis enemigos, me situaron en una posición lo bastante ventajosa como para poder luchar a gusto.

El callejón era tan estrecho que no podía usar bien el arco, así que solté la daga que tenía entre las manos, enfundándola de nuevo, y cogí una de mis tres hachas arrojadizas. La blandí, sopesé y sostuve unos segundos justo antes de arrojarla contra la criatura herida. No puse atención en si acertaba o no, mi plan era provocar un desangramiento más rápido y eso sólo podía hacerlo forzándola a moverse. Mientras tanto el huargo sano me mostró sus dientes una vez y arremetió contra mí en el callejón y yo, espada en mano, logré hacerlo retroceder un poco usando mi propia acerada y otra arrojadiza como barrera.

La sangre que manaba lentamente de mi brazo por la pequeña herida que había en él, la saliva espumosa, el vaho caliente de la boca del animal… Todo aquello se juntaron en un momento produciendo un cóctel de emociones y sensaciones que hacía latir mi corazón cada vez con más fuerza. Supongo que era la emoción de los buenos tiempos: Saber que podía morir si una de mis manos golpeaba donde no debía. Y junto a aquello, los sonidos de mi acero chocar eventualmente contra la piedra, cuando la criatura era demasiado hábil y evadía los cortes que una y otra vez traté de dirigir en pos de sus patas, buscando tendones que cortar, músculos que desgarrar o carne que lacerar.
No podía perder la concentración ni un minuto, pues pese a mi aparente enfoque en un único enemigo, no había olvidado tampoco al otro huargo, que aunque herido trataba por todos los medios de saltar sobre su compañero para caer sobre mí, ni tampoco al orco, que luchaba por pasar entre los muros de sólida roca que se lo impedían. El estar tras uno de los animales, sin embargo, me proporcionaba cierta tranquilidad pues para darme a mí con algún tipo de arma a distancia primero habría de atravesar a la bestia por completo cosa poco probable.

Algo de lo que tampoco lograba olvidarme era el dolor. Ese lacerante dolor en la espalda que de vez en cuando daba punzadas fuertes y me obligaba a quejarme con gemidos poco agradables para mis propios oídos. Cierto, era una guerrera entrenada para la guerra pero eso no me hacía inmune al dolor, las heridas o los desgarros musculares. Tenía que poner fin a aquello y cuanto antes mejor. Pronto llegaría el momento de una nueva oración, una súplica a las diosas para que pusiera los vientos de un favorable destino a soplar sobre las velas de mi vida.
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Re: Carne para las bestias

Mensaje por Siragga el Lun Ene 14, 2013 10:41 pm

El giro de la ruleta es curioso
Puede ser la fortuna o la desesperación
Puede ser la riqueza o la pobreza
Es simplemente un único giro
El que puede cambiar la vida del hombre.

Christian Chacana 14 de enero de 2013

Sangre y sudor era el aroma que se podía olfatear, miedo y desesperación, gemidos apagados que resonaban tras los muros y puertas de madera. La ciudad era atacada y sus defensores la protegían con colmillos y garras. Si bien tras aquellas puertas y en armerías los hombres con músculos de acero se mantenían en guardia. La protección de sus vidas estaba en manos de desconocidos, que motivados por las riquezas y la sangre habían acudido en ayuda de la ciudad. Almas que no conocían más que lo que sus ojos contemplaban y que más allá de ello, una bruma de desconcierto se alzaba.

Tras los muros de la ciudad, una bestia se enfrentaba a otras, no era por codicia, ni tampoco por honor, era por odio y violencia, venganza e ira. El jadeo de ambos enemigos, las armas cubiertas por sangre negra, el semi orco apretaba su arma, el orco blandía su hacha, era una lucha de fuerza, ahí no existía técnica, no existía habilidad ni destreza, tan solo fuerza bruta e ira. La espada sonaba, como un cantico de guerra moribundo, el hacha chocaba contra el metal, mientras el sudor oscuro contrastaba con la nieve. El lobo se lanzo contra su enemigo, pero una certera flecha hizo que aullara de dolor y se retorciera en la nieve, un proyectil había acabado con uno de sus ojos, mientras en la cima del muro, una pequeña figura saltaba de emoción al cumplir con gozo su misión. El semi orco se lanzo, sus manos afirmaban el metal, haciéndolo crujir, el filo brillo tan solo un instante, antes de llenarse de carmesí, el orco gimió, cuando el metal se incrusto en su carne, rebanando y llegando al hueso. Pero los orcos no son fáciles de roer y con su mano desnuda arranco la espada de su hombro, manchando la nívea superficie de gris sangre, el metal afilado fue arrojado con rabia contra el muro, mientras el jadeo incesante de dos pulmones agonizantes podía resonar. El semi orco saco su saga, sujetándola con fuerza y lanzándose contra su oponente, el orco intento atacar con su puño, era verdad, sus músculos eran potentes, su tamaño imponente y sus dotes en la guerra envidiables… pero su agilidad era despreciable y casi como una danza, aquel ser más pequeño que él, se escurrió bajo el brazo y sin piedad incrusto la fría hoja en la tibia carne verde. Sin detenerse corto y desgarro, mientras la guarda chocaba con la piel y en un acto violento, cortaba el pecho, desgarrando los pulmones y rebanando el corazón en dos, un gemido ahogado por la sangre broto de las fauces del animal, mientras se desplomaba sin vida contra la nieve, desde la herida la abundante sangre brotaba sin detenerse.

¿Del huargo? … aquella pequeña figura se había entretenido, flecha tras flecha había disparado contra el animal, y después de la última, este había caído de costado, convulsionando, mientras su cuerpo, casi como un erizo, rebosaba de proyectiles. Con una risa burlona la diminuta figura del goblin se dejo caer hacia el exterior, corriendo hacia el huargo y arrancando cada una de las flechas, mientras veía a su rey, jadeando por el esfuerzo, pero aun con la ira en sus venas, los minutos pasaron y la carne quedo a la vista del animal, mientras el goblin limpiaba sus puntas de flecha y las guardaba en su carcaj, rápidamente fu a pies de su señor, mirando el cadáver de su oponente y no muy lejos, la espada de su rey. Como fiel sirviente, el goblin tomo la espada de su amo y se la entrego, riendo con una sonrisa al ver el cadáver y escupiéndole con odio.

-Mi señor, tomar lo que queramos del cadáver, el ya no necesitar nada y tener mucho más que hacer en ciudad … mas piel verde luchar, y tener aun muchos que matar , gran diversión aguardando para nosotros-

Antes de escuchar al contestación de su rey, el goblin partió hacia el cadáver orco, mientras sin mucho pudor, comenzó a saquearlo sin siquiera dudarlo, al fin de cuentas era un simple cadáver y los muertos no necesitaban ya cosas en esta vida. Cuando el goblin volvió, en su espalda llevaba varias tiras de cosas y algo que pareció interesarle al semi orco, un hacha de mano, mellada era verdad, pero aun útil, sería un buen botín de guerra. Rápidamente Siragga volvió a la ciudad, había mucho que hacer, pero mientras sus pisadas quedaban marcadas en la nieve, el goblin jugaba con sus nuevos tesoros, varias piezas blancas ensangrentadas… colmillos de orco.

La situación había sido muy diferente durante los minutos anteriores, claro que pensando en los aventureros y guerreros al interior de la ciudad… tan solo era cosa de echar un pequeño vistazo.

El guerrero en armadura hasta ese instante había sufrido algunas molestias, su cuerpo dolía, pero no había ninguna señal de herida, por ahora, y si actuar había sido correcto al enfrentarse a enemigos que le superaban en cantidad. Su plan podría resultar, el callejón era demasiado angosto para que entrara el robusto orco, pero no así los huargos, que con algo de dificultad podrían entrar y atacar… pero… ¿lo harían? El hacha arrojadiza hizo silbar el aire, pero para suerte del huargo, el golpe fue dado con el mango, si bien el dolor era punzante, no había quedado un corte. Colocándose en posición, el guerrero espero… el segundo huargo se lanzo contra este, pero fue repelido, en aquel instante la furia supero al dolor. El huargo herido, furioso por la herida que le costaría la vida, se lanzo antes que su hermano sano, y gruñendo al mostrar sus colmillos se abalanzó contra el guerrero, el cual le recibió con hacha y espada, un quejido agudo se escucho … pero mientras el guerrero estaba entretenido con el huargo herido, una figura negra salto sobre su cabeza, era el segundo huargo, que aprovechando la situación, se había lanzado contra el guerrero, superándolo y quedando a su espalda, el primer huargo moriría, pero el segundo corría hacia el guerrero, incrustando sus colmillos en la armadura del caballero y tratando de destrozar su pierna con sus colmillos.

¿Pero el guerrero orco? … extrañamente, este había aprovechado que sus huargos estaban entretenidos con el caballero, para el dirigirse hacia donde había planeado en primer lugar. Las puertas de las caballerizas se abrieron de par en par y la blanca luz inundo el lugar, mientras el orco jadeando miraba los corceles que relinchaban con furia, en esos instantes una voz se escucho “Largo de aquí asqueroso orco” antes de que un par de coz dieran en su rostro y lo hicieran caer de espaldas varios metros tras de sí y con un par de dientes menos.

El Horige no alcanzo a colocarse en posición, cuando la puerta reventó y el orco, con los ojos inyectados de sangre arremetió contra él, fue suerte o mala suerte, que el muchacho, en un ataque de pánico quito la espada al Horige e intento defenderse, el hacha del orco hizo añicos en ese instante la ballesta del muchacho, y de paso, incrustando el filo en la cabeza del humano chillón. EL Horige no tenía muchas posibilidades cuerpo a cuerpo, y aun menos contra tal bestia, esta se abalanzo, pero tropezando con los restos del hacha, perdió el equilibrio, saliendo disparado por la ventana, una sonrisa se dibujo en los labios del Horige, pero se borraron cuando una enorme fuerza tiro de su brazo y utilizando toda su energía logro sujetarse, viendo que el orco, colgando desde esa altura, se había sujetado del bazo del Horige, clavando sus uñas. Un grito salió de la garganta del muchacho cuando un “crack” en su hombro resonó, este se había dislocado por el peso del orco y ahora tan solamente era su carne lo que le mantenía sujeto el brazo.

Por otro lado, la diminuta Coma estaba en problemas, aquella niña no dejaría ir a su “muñeca” , no volvería a estar sola, ni le abandonaría como sus padres, a pesar de las recriminaciones de la faerica, de las amenazas e incluso de los “tratos” que le ofrecía, la niña no aceptaba y con cada instante, con cada grito que se escuchaba tras los muros parecía más alterada, su mano acariciaba el cuerpo de la aprendiz demoniaca, aunque no era un toque dulce ni sueva, si no violento, en cierto momento, Coma sin tener alguna opción, mordió al mano de la pequeña, pero esta solamente gimió y sollozo unos minutos comenzando a replicarle “Me quieres abandonar como papi y mami … ellos dijeron que me cuidarían y se fueron, me dejaron sola … tu no me dejaras sola” casi como si fuera un animal, tomo el pequeño brazo de la faerica y apretó, un diminuto “crack” se escucho y después un grito agudo de dolor … el brazo se había quebrado.


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Siragga

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Re: Carne para las bestias

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