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La ciudad envenenada.

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La ciudad envenenada.

Mensaje por Oxeol el Lun Dic 10, 2012 8:37 pm

Los días en los pies de Athark suelen ser ajetreados. Los comerciantes vienen y van, los mineros, con sus carros llenos de hollín y suciedad portan grandes cantidades de hierro, de la brecha de una explotada mina que nunca se agota. Los herreros martillean, los teólogos rezan y las gentes deambulan por las calles, con ese sonido característico de una ciudad donde la vida es fácil y llevadera. Al menos así era.

La mañana era fría y la noche anterior, de luna nueva había sido el preludio de las cosechas. En el caso de esta ciudad se abrían plantado judías. En tiempos de guerra, los soldados solo comen judías, pero las fuerzas de los aldeanos estaban agotadas.

Las calles de Kideher eran oscuras, no por el color de la roca o el grisáceo del cielo del que no se podía esperar más que una lluvia que no llegaba. No oscuras de color, oscuras de emoción. En ellas no paseaban ciudadanos para comprar como antaño. Ahora las calles estaban desoladas. Las casas tapiadas y no es extraño encontrarte uno o dos cadáveres que dan de alimento a los perros callejeros. Y no era de extrañar. La maldición negra la llamaban unos. El ojo de Shazrull otros. Lo que si se podía intuir es que no era bueno. Hace poco, en invierno tras una tormenta, llego sigilosamente y uno tras otro fueron cayendo las personas, al principio de los peores lugares de Kideher. Los pobres y mendigos artos del frio y hambre sufrieron otra plaga. Mas tarde, las clases medias: alfareros, armeros, granjeros, herreros… Todos caían mientras una guerra se desataba en el exterior. Esta enfermedad llego incluso a los 3 hijos del rey, que tras la noticia mando les al sacerdote para intentar curar, pero murieron incluso antes de tiempo.

Tras el apogeo de la enfermedad, se ordeno una cuarentena de los enfermos al barrio norte, obligándoles a morir alejados de los ``sanos´´ pero aun así, nada sirve. Los guardias hacen patrullas tras un toque de queda impuesto para evitar espías de guerra y siempre encuentran a muertos por la enfermedad.

Fuera de la ciudad, en los campos de siembra de los alrededores se cultiva la sangre. El enemigo esta lejos, pero aun así, cerca. Las tiendas de los soldados se ven de vez en cuando y en la muralla de la ciudad se amontonan los guardas, esperando hieráticos una inminente colisión enemiga. Las puertas están siempre cerradas menos la oeste, que se abre para introducir en la ciudad los pocos minerales, no que hay sino que pueden explotar los pocos mineros que quedan. Tampoco dejan pasar a las gentes, casi ninguna caravana ni viajero extraño se introduce legalmente en la ciudad envenenada.


El cuerpo de Oxeol temblaba de una forma casi imperceptible. Su cuerpo no estaba acostumbrado a un frio tan húmedo como el que se encontraba y sus pocas ropas no le ayudaban a combatirlo. A veces, se debía estirar cuando las nubes dejaban entrever el sol para que el calor incidiese en su morena piel.

-¿Que motivos tienes para andar por esas tierras? ¿Quién seria tan insensato para meterse en ese lugar?- Le preguntaban en una taberna días antes varios viajeros que huían de la zona.

- ¿Es que no sabes que hay guerra? Esto esta muy mal. Demasiados feudos y pocos lideres decentes-. Decía. Bebió de su jarra de cerveza. Y continuo mientras los chorreones se le caían por el cuello.- Ese rey Vladmak esta chiflado ¿Quién comienza una guerra en estas épocas? Supongo que será por que su sobrino le traiciono y se unió a la religión de los de Kideher-. Creyó que pararía, pero siguió.-Y luego esta el ceporro de Lär, que tras las provocaciones va y asciende al sobrino a consejero del rey, no solo eso, es que encima es gran sacerdote de la ciudad. Chico eso es provocación. Quiere joder el culo de Vlad-. El hombre dejo la jarra en la mesa, como si la soltara. Un poco de cerveza se derramo por el suelo. Oxeol quería decir algo, pero el hombre, entre una mezcla de ebriedad u egocentrismo, siguió parlando.

-Pero hijo, no huimos de hay por la guerra, somos hombres curtidos, mira mis manos, de recoger patatas.- Se echaron a reír el hombre y el corro de su alrededor. –Estamos aquí, al sur de nuestras tierras por la enfermedad.-
Oxeol que estaba cabizbajo, cansado y aburrido de las historias de guerra pregunto rápido, casi interrumpiendo el monologo del hombre.

-¿Enfermedad?

-Si muchacho. Nadie sabe de donde ha salido, es asqueroso, primero te entran mareos, comienzas a vomitar sangre y la carne se te cae a girones.- El jolgorio que se escuchaba en la taberna comenzó a desaparecer y pronto, solo se escuchaba el chisporrotear del fuego de la chimenea, las respiraciones de las gentes y la voz de barítono del narrador.
-¿Y de que se habla? ¿Alguien intuye algo?
-Las ratas-. Contesto un acompañante del narrador.
-El frio-. Dice otro, mas enjuto y picado por la viruela.
-Si si, eso es lo común-. Paro a las gentes el hombre que hablaba con Oxeol antes de que otro dijese media palabra. –El chico no busca esas tonterías. Chico, la magia. Algo oscuro hay en la ciudad. Una maldición-.
El silencio en la taberna fue inmediato. Oxeol estaba extrañado. De repente, empezó a reírse el narrador, seguido de su grupo y mas tarde la taberna entera.
-Chico, eso son cuentos, yo que sé que coño ha traído eso, lo que si se es que no me pillara, por que me voy de este lugar y deberías hacer lo mismo.-

-Supongo que les tendría que haber hecho caso-. Se dijo en voz baja y después suspiro. Oxeol siguió caminando aquel frio día de primavera. Si fuese por otra cuestión no se molestaría en ir a un lugar de guerras. Allí no habría trabajo, piden mercenarios y el no luchaba contra ejércitos. Pero no era una circunstancia normal. Magia. Eso era, aunque no fuese así, aunque fuese mentira, lo que le atraía. Su curiosidad hacia lo extraño le hizo moverse por voluntad y aunque la magia no tuviese nada que ver con el, el creador, que supuestamente esperaba encontrar, si. Y ese creador es merecedor de muerte.
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Re: La ciudad envenenada.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Dic 11, 2012 1:05 am

Esta ciudad, es demasiado pobre y los habitantes parecen zombis del cansancio quizás una cerveza me ayude

Necross se encuentra a la entrada de una gran ciudad y el pase él es cerrado, no lo quieren dejar entrar y lo miran con desprecio, este se pregunta que habrá hecho para que le dieran dicho trato. Al cerrarle el paso este se intrigo por la razón de que no lo dejaran entrar, ahora esta motivado a entrar a la ciudad de cualquier manera, ahora da una vuelta a la ciudad y logra colarse por un pequeño agujero en una de las desgastadas paredes.
Al entrar se tapa con una capucha la cara en caso de que los guardias lo reconozcan, pero Foxhound no es algo tan normal así que igualmente consigue que algunos sujetos lo miren y lo desprecien.
Después de algunos minutos caminando encuentra un antro al cual entrar, se acerca a la barra, pide una cerveza y se aleja del grupo que ahí habla, al parecer hablan sobre los sucesos que pasan aquí. Necross pone atención a lo que hablan los ebrios.

-Mareos, vomito de sangre y caída de piel... Bonito lugar donde me he metido.

Luego un tipo que tirita de frio les vuelve a preguntar sobre la dichosa enfermedad, Necross sigue escuchando atentamente y piensa, tal vez deba irme de este lugar antes de que algo me pase, luego bebe su cerveza y continua con sus ideas.



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Re: La ciudad envenenada.

Mensaje por Etrail el Mar Dic 11, 2012 6:48 am

El clima se vuelve día a día mas molesto, las frías mañanas y las gélidas noches comienzan podrían crispar los nervios de cualquier viajero. Ser un enano no era una tarea difícil cuando se trataba de viajar en el frió pues aunque las gruesas pieles y las abundantes barbas los protegían los huesos y músculos se endurecían volviendo cada vez mas difícil la simple tarea de colocar una pierna frente a la otra durante largos periodos de tiempo.

Llevaba un tiempo de viaje, difícil saber cuanto y no había sido capaz de encontrar nada de su interés, se había paseado por incontables minas y tabernas escuchando disparates sobre "esmeraldas mágicas capaces de imbuir características de trueno al acero" o placas de "metal mágico cuya dureza supera con creces los huesos de dragón" pero no le quedaba mas que continuar caminando, avanzando a pasos fríos y cansados pues una de cada mil mentiras bien podía resultar verdad.

Frente a el en la amplia llanura se abrió el escenario de lo que seria la ciudad de Kideher de la cual había escuchado tiempo atrás en una mina de Drakenfang. Muros altos que protegían una ciudad muy silenciosa, las piedras parecían opacas como si algo mas que el frió las azotara con el día a día y sin importar cuanto intento divisar señales de vida mas allá de los guardias no logro si no ver algunas carretas de comercio y un puñado de soldados que patrullaban la ciudad con los rostros acaecidos por la preocupación.

"¿Que sucede?" pensó con tranquilidad sin dejar que la idea le deformara el rostro, ninguna mueca se escapo de su cara. Atravesó el panorama con la vista y aunque no podía verlo con claridad el tenia conocimiento de la mina oeste de Kideher, muchos comerciantes viajaban con metales varios de esa mina y era esa la principal razón de que Etrail estuviera vagando rumbo a ese lugar el cual jamas hubiese imaginado se vería tan asolado.

- Bueno, poco lograre parado aquí, por mis barbas que si tengo que permanecer un segundo mas en este frio vespertino sin una buena cerveza cerca de una chimenea humeante terminare volviéndome loco.- Dijo con enfado en un tono muy bajo, imposible de que los guardias le oyesen.

Intento atravesar las altas puertas pero fue detenido en el acto, los guardias balbucearon algunas palabras sobre tener la ciudad en una extraña cuarentena y admitir únicamente comerciantes, guerreros o trabajadores. Etrail no escucho una palabra pues estaba absorto viendo como un puñado de soldados trasladaban lo que parecía ser un cadáver tapado con una tela negra por la ciudad, su piel se erizo de pensar en cuan regular seria eso en ese lugar pues los guardias de la puerta ni siquiera se inmutaron.

- ¿Que sucede aquí...? - pregunto con la voz ronca recuperándose de las primeras impresiones de ese lugar.
- Nada, las puertas permanecen cerradas por orden del rey, le pedimos desaparezca del muro antes de tomar medidas drásticas señor... ¿enano? - el guardia parecía ser un tipo tranquilo de esos que no abandonan mucho su hogar, probablemente había visto muy pocos enanos en su vida y Etrail era uno particularmente alto, quizás el guardia no supo si asumir que se trataba de un enano o un gordo muy chaparro.
- No he venido de turista, vengo de las cordilleras de Kull a trabajar en la mina, ustedes parecen necesitar brazos extra. - Acaricio su barba viendo fijamente al guardia quien no parecía tener intenciones de dejarlo entrar a la ciudad.
- Hay una pequeña enfermedad molestando la ciudad, si usted entrase sera libre de trabajar pero no le podremos dejar salir de este lugar, tampoco podemos darle el beneficio de pasear por la ciudad, hay asuntos inconclusos. Podrá usted viajar de la mina a los gremios a la taberna a su gusto, incluso a una posada pero si le encontramos fuera de esos limites nos obligara a tratarlo como espía extranjero y procederemos a otras medidas. ¿Queda eso claro? - A final de cuentas, el guardia no era un mal tipo y aunque su compañero le imploraba con señas de manos que no dejase entrar al enano, al fin le dio entrada a la ciudad dándole indicaciones de la ubicación de la taberna, la mina y la posada. - Sepa usted que ahora forma parte de la jurisdicción minera de Kideher y sera trabajador de la mina hasta que las puertas se abran de nuevo.- El guardia al fin termino de hablar y Etrail avanzo satisfecho eludiendo miradas extrañas de los demás soldados y ciudadanos que estaban en la ciudad.

"Deben de estar desesperados por reactivar su sector laboral." Pensó mientras analizaba lo sucedido, a su vez escuchaba balbuceos de las personas quejándose de la presencia de un extraño, algunos guardias le interrogaron pero le bastaba con decir que formaba parte del gremio de minería para que lo dejasen en paz, de una u otra forma no planeaba romper la ruta que le habían asignado, no había nada que le interesara aparte de la minería, la cerveza y dormir.

- !Un buen día empieza con una buena cerveza! - Bufo alegre pues por fin era momento de relajarse un poco.

Busco la taberna según las indicaciones y entro de manera estridente esperando encontrarse con el ambiente festivo y alegre de todas las tabernas del mundo, triste su sorpresa al encontrar un lugar casi muerto de risas y carente de festividad.

Camino con enfado a las mesas del lugar donde no encontró asiento y vago la vista un par de segundos hasta que termino acercándose a la barra donde un puñado de sujetos conversaban sobre maldiciones y demás chácharas acerca de un conjuro que enfermaba a las personas del lugar, Etrail no pudo evitar lanzar un par de risas tan solo de imaginar algo semejante a brujería que acabara con los trabajadores de una ciudad, sin duda, las ideologías mágicas eran un montón de chistes de mal gusto.

Intento no acercarse al grupo que conversaba pues no lo quisiera la mala suerte podrían intentar conversar con el obligando le a compartir su opinión acerca de la charlatanería de las maldiciones lo cual, sin lugar a dudas lo metería en un problema. Termino sentándose muy cerca de un viajero con la mirada apagada quien parecía estar escuchando la conversación con poco interés, sus ojos eran azules como el cielo lo cual le pareció interesante al enano, los ojos de color eran una extraña coincidencia de muy buen ver pues hacían parecer como si hubiesen piedras preciosas en las cuencas del rostro de la persona que los portase.

- Lléname el recipiente y tráeme un tarro, !buen amigo! - Dijo con amabilidad y ronca voz la cual resonaba en el lugar refiriéndose al camarero quien le respondió con una mueca de cara. Estiro su cantimplora de cerveza para que el hombre la tomase.

Acto seguido arqueo la cabeza hacia los presentes pues la conversación se ponía interesante, comenzaban a balbucear cosas sobre guerra y abandonar la ciudad, enfermedad y cosas de esas, quizá Etrail alucinaba pero eso le había parecido escuchar.

El lugar se ponía tedioso y los temas de conversación eran poco agradables, que poco cálido era todo... "Extraño las tabernas de roca en Kull" Pensó mientras recordaba como pasaba las tardes después del trabajo con sus compañeros enanos hablando de cosas importantes como la forja, las mujeres y la cerveza.

- Hablas de abandonar la ciudad... ¿No esta el lugar en cuarentena...? - Dijo al fin refiriéndose al grupo de personas que conversaban sin parar desde el principio, uno de ellos era particularmente hablador.
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Re: La ciudad envenenada.

Mensaje por Fizban el Mar Dic 11, 2012 10:51 am

Zekstra había sido capturado, tras verse envuelto en una guerra, en su aventura. No recordaba cómo fue ni dónde lo capturaron, pero ya llevaba varios días con una capucha en su cabeza. Llevaba cadenas atadas al cuello, en la cintura del torso dónde unía la parte humana de la de caballo, y otras cadenas en las patas traseras, para evitar que corriera. Había sido mutilado, arrastrado a la fuerza, quemado, y aún el dolor era bastante vívido. Podía notar que tenía sangre reseca desde hacía varios días. Como tampoco recordaba quién fue el captor o los captores. Se sentía tan frustrado por ser tan inocente, e ir confiado en tierras ajenas. No entendía el motivo, del por qué querrían capturarle. La mente del centauro no sopesaba la mera idea de que lo querían vender para conseguir una gran cantidad de dinero en el mercado de esclavos. Ignoraba el propósito de todo aquello. Trataba ferozmente de controlar su ira, anteriormente, su exaltación le había costado más castigo corporal. Pero no era ello, el dolor que más le afectaba. Sino el sentimiento de ser aprisionado y privado de la libertad, que había ejercido desde que recordaba, dónde gran parte de la manada vivía felizmente y a sus anchas en el gran Valle de Kull.
Escuchaba las conversaciones de sus captores, mientras se esforzaba en mantener la consciencia y tratar de descansar lo máximo posible. Alguna oportunidad tendría para intentar librarse. Pocas veces dejaba de moverse para que sus captores no advirtieran qué tramaba. Mientras lo llevaban, fuera dónde fuera, escuchaba el canto de los pájaros piar, a los demás animales que escuchaba, para mantener una guía orientativa por si conseguía escapar. Pero de repente, los animales dejaron de cantar, ni un solo ruido de animales. Sólo voces y más voces. Ruidos extraños, y ruidos de acero contra acero. Esto último no le era tan ajeno.
Trató de levantarse. Al instante un lacerante dolor en una de sus articulaciones de las patas delanteras le obligó a caerse de nuevo, no sin dejar de recibir un latigazo en toda la grupa. Suerte tenía el captor de que tenía una capucha, pues Zekstra, no olvidaba las caras fácilmente. Se recostó, sobre la madera que lo transportaba y mientras se sumía en el sueño por el dolor. El traqueteo de las ruedas del transporte apenas le dejaban descansar bien, pero se contentó con ello, que no con ser arrastrado.


[Días más tarde]

Despertó en un lugar frío y lúgubre. Estaba a oscuras, el suelo estaba empapado, el viento que corría, congelaba hasta los huesos. Trató de abrigarse tan buenamente como pudo. Notó que las cadenas que aprisionaban su cuerpo ya no las tenía, excepto las de las patas traseras. Vio o al menos intentó mirar en la oscuridad en la que estaba. No conseguía ver nada más allá. Se levantó y empezó a caminar, no sin notar el dolor que aún seguía afectando en una de sus patas delanteras, obligándolo a pararse. Pudo fijarse que aún tenía marcas de los cortes que le hicieron sus captores, la sangre era visible…
Hasta que alguien le habló.


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Re: La ciudad envenenada.

Mensaje por Aerim el Mar Dic 11, 2012 11:42 pm

Viajaba solo. Luego de una serie de eventos desafortunados Aerim se veía en la obligación de viajar solo en aquél inmenso mundo. ¿Qué podía hacer un pequeño rátido como el? Pues, lo que su raza hacía mejor: sobrevivir. Afortunadamente parecía muy inocente como para ser tomado como una amenaza y, cuando llegaba a algún lugar su aspecto relativamente tierno le permitía conseguir alguna comida gratis… salvo aquellos días que venían luego de una lluvia y en los que su pelaje blanco estaba todo sucio y parecía más un perro enfermo que una rata parlante. Pero bueno, tampoco se hacía tanto problema ya que podía comer prácticamente todo lo que le entrase en su boca: desde frutas que podía encontrar con su olfato hasta carne descompuesta que algún otro animal dejó en los restos de su presa. Y tenía que comer mucho pues se estaba adentrando en tierras frías nuevamente y su pequeño cuerpo no era especialmente bueno en esos climas. Al menos contaba con su buen pelaje para sobrellevarlo.

Así, viajando casi al azar en búsqueda de su propia iluminación para engrandecer su Nombre, llegó a unas tierras pervertidas por alguna clase de peste. Aerim sentía una distorsión en el poder del Nombre de aquél lugar, pero no lograba discernir qué era lo que lo causaba. Por lo que impulsado en remendar el Nombre local, se acercaría más y más hasta la ciudad de altos muros que allí se veía. Sin embargo no le resultaría tan fácil entrar pues si no fuera por sus rápidos reflejos por poco habría muerto atravesado por una flecha lanzada por los guardias sobre la muralla.

- ¿Qué es eso? –le preguntaría uno de los guardias del muro al otro que disparó.

- No lo sé, es muy pequeño para ser un enano. ¿Un duende o un hada acaso? –respondería el del arco.

- Esos seres no usan esas ropas. Dispárale otra vez, luego veremos de qué se trataba.

Y eso hizo el guardia del arco. Pero nuevamente volvería a fallar ya que ahora el rátido tenía toda su atención en los hombres armados.

- El maldito es rápido –se quejaría mientras cargaba otra serie de flechas y seguía disparando. Para cuando se dio cuenta había lanzado unas seis o siete a una distancia no mayor de treinta metros y aún no le podía dar.

- Es verdad. Veamos qué quiere –respondería aquél que parecía estar a cargo y haciéndole una seña con una bandera le indicaría a Aerim que podía acercarse más. Y eso haría el rátido, lentamente y con sus ojos puestos en los guardias sobre los muros pues no podía confiar en aquellos que habían tratado de matarle instantes atrás.

- ¿Quién eres y qué haces aquí? –preguntaría el hombre de armas a cargo de la puerta.

- Aerim es mi nombre-nombre. Soy un Conjurador y he venido a sanar el Nombre de estas tierras –respondería desde abajo. Pronto las risas se escucharían desde arriba pues los guardias se percatarían del pequeño tamaño del rátido.

- ¿Eres una clase de hechicero entonces? ¿Y cómo sabemos que no eres un espía del reino enemigo? Estamos en guerra pequeño roedor.

- No lo puedes saber-saber. Si Aerim fuera un espía te convencería de que Aerim no lo es, y si no lo fuera también lo intentaría-intentaría. Así que Aerim no intentará convencerte, simplemente te dirá-dirá que no es un espía y que Aerim quiere ayudar. Aerim siente el Nombre del lugar lastimado, un gran mal hay aquí, y si no lo dejas pasar, Aerim puede trepar y correr más rápido de lo que tus soldados-soldados pueden. Y si…

- Ya entendí, ábranle la puerta al roedor –interrumpiría el hombre de armas a cargo de la puerta- Pero te advierto, no me fío de tu gente, pequeño hechicero-hechicero –repetiría haciéndole burla a Aerim-, así que ten cuidado con lo que haces.

- Muchas gracias Señor-Hombre. Aerim ayudará en lo que pueda.

Y tras eso el rátido entraría en la ciudad caminando tranquilamente. No sabía por dónde comenzar, así que recordaría lo que tiempo atrás aprendió en compañía de su amiga Judith e iría hasta la taberna local donde algunos hombres se reunían. Entraría sin hacer mucho escándalo, de hecho casi nadie notaría su pequeña persona pues parecía un niño campesino y el sombrero de paja cónico y amplio le cubría todo su rostro blanco y peludo. Se sentaría entonces en un rincón solo a ver y escuchar qué ocurría.
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Re: La ciudad envenenada.

Mensaje por Helamis el Sáb Dic 15, 2012 10:41 am

Habíamos sido contratados para luchar en una guerra, realmente no se porque ni por quien, pero no me importa, sin embargo el destino no me haría participe mucho tiempo de esa guerra, en una batalla, uno de mis compañeros, Marcus, fué herido gravemente, tenía las costillas rotas y varias heridas, por mucho que fueramos unos mercenarios sin escrupulos no podíamos dejar que un compañero muriese así como así, alguien tenía que llevarlo a la ciudad y en época de guerra rara vez dejarían entrar a alguien a Kideher, así que tuvimos que pedirle al cápitan un salvoconducto para poder entrar a la ciudad...

-Bah, os firmaré ese salvoconducto, aunque no me hace gracia perder mas efectivos, pero si alguien le acompaña será esa mujer, el campo de batalla no es su lugar...- Dijo el capitán a regañadientes...


Y de ese modo conseguímos el salvoconducto, partí junto a Marcus hacia Kideher, fué al llegar ahí cuando comenzaron los problemas...

Los guardias nos miraban mal, con desprecio y con desconfianza, uno de ellos se diigió a nosotros con un tono desagradable...

-No podeis pasar, en Kideher no hay lugar para extranjeros- Refufuñó el guardia, luego miró a Marcus...- ¿ Que le pasa a ese ? ¿ está enfermo ?

Agité la cabeza en señal de negación y les expliqué nuestra situación, con el salvoconducto no tenían mas remedio que dejarnos pasar, pero mientras se abría paso el guardia nos hizo una advertencia...

-Necios, aqui no hay nada que merezca la pena, si fuerais listos os iriais lejos, pero a mi me da igual, hay toque de queda por la noche, pero siendo extranjeros yo no daría muchas vueltas por ahí-
... dijo el guardia de reojo, después nos indicó donde estaba la taberna.

Conseguimos entrar en la ciudad, la poca gente que había nos miraba con desconfianza, pero todo fué de mal en peor cuando Marcus se cayó de rodillas al suelo y empezó a toser sangre...

-¡Un enfermo, un enfermo!.-
Se puso a gritar histerica una mujer que estaba cerca, no tardaron en venir los guardias para llevarse a Marcus, yo no pude hacer nada para evitarlo, pues note que si me resistía, y mas siendo extranjera, acabaría muerta...

Esperé un momento a que se calmara la cosa y pregunté a un guardia.

-¿ Adonde se lo llevan ? - pregunté a un guardia, aún sorprendida por lo que acababa de ocurrir...

-Al norte del pueblo, ahí los ponemos en cuarentena a aquellos que contraen la enfermedad...- Me dijo elguardia mientras se alejaba.

Por mi propio bién no hice mas preguntas y seguí mi camino hacia la taberna, donde talvez encontrase mas respuestas.
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Helamis

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Re: La ciudad envenenada.

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