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Hacia las Ruinas del Hogar [Rol Solitario]

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Hacia las Ruinas del Hogar [Rol Solitario]

Mensaje por Arator el Vie Dic 28, 2012 3:04 am

Hacia las Ruinas del Hogar

La magia sería sentida por aquel que osase poner un solo pie en la arboleda añosa que era el Bosque de Teezeroth. Un paraje de deformidad y corrupción mágica, donde toda vida había sido alterada por aquel manantial de magia oscura que residía en el mismísimo centro del lugar. Allí, donde la magia era más espesa, perversas criaturas habían hecho hogar y residían, recelosos y expectantes, alimentándose de todo ser que se internase lo suficiente en la espesura, cual alimañas sangrientas.

Por el linde oeste caminaba el hombre de armadura oscurecida, dirigiéndose hacia el foco de energía, que lo tentaba y lo atraía. Había oído de los peligros del bosque maléfico, hogar de árboles vivientes y criaturas mórbidas que habían hecho desaparecer para siempre a caballerías enteras. Sin miedo ni meditación, sin embargo, él se había dirigido impasible a través de la sábana de hojas muertas que cubría la tierra seca.

A medida que se internaba y sentía que la atmósfera se volvía más espesa, la luz dejaba de traspasar el techo de hojas que conformaba las copas de los árboles. Sí bien el sol brillaba por su ausencia allí, la iluminación no era precaria gracias a diversos vegetales que, aparentemente por la influencia mágica, dotaban la atmósfera de luces de colores insólitos. Rojos, malvas y ámbar, los matojos se definían en torno a esos focos de luces, y proyectaban sombras en consecuencia.

Allí mismo, Arator sentía la hostilidad en el ambiente, algo que de una manera u otra le hacía sentir cierta calidez de hogar. Sentía presencias hostiles tras arboles y arbustos, y sentía la presencia de las pequeñas alimañas que sin embargo no se atrevían a lanzarse hacia una presa con un aire mucho más intimidante que el propio. En todo momento Arator había portado su montante apoyado en el hombro, y se había asegurado de mantenerse alerta e intimidante como un león rodeado de hienas. No se enfrentaría a seres que lo temieran a él, y solo tenía como objetivo las que eran más grandes que él mismo.

Pero en un momento concreto, notó una presencia muy diferente. A diferencia de aquellas que había encontrado hasta el momento, claros seres influidos por energía maligna y que rezumaban hostilidad como cualquier bestia. Sin embargo, esta en concreto era una muy extraña, pues no solo no parecía hostil si no que resultaba completamente indiferente y neutral, un aura que no habría sentido en un contexto diferente. Delante de uno de los árboles más gruesos que había visto hasta el momento, vio a una extraña dama vestida de luto y de cabellos como el azabache, reposando como si en vez del bosque maléfico se encontrase en cualquier otra apacible arboleda.

De facciones pálidas y delicadas, parecía tan fuera de lugar que fue inevitable para el paladín no fijarse en esa extravagante figura, que no pertenecía para nada en aquel lugar solo para corruptos y seres malsanos. Sin embargo, el lobo solitario ni siquiera hizo ademán de comunicarse, si no que se limitó a simplemente parar su marcha por unos segundos y observar en completo silencio a la dama que descansaba delicadamente allí, ajena a toda la maldad que la rodeaba.

Antes de que el espadachín pudiera proseguir la marcha, la mujer separó los párpados y dejó ver unos ojos cristalinos de un celeste casi blanquecino, y una mirada tranquilizadora que embriagaría hasta al más duro de los humanos y arrastraría su alma hasta los pies de la doncella. Los labios carnosos y ligeramente rosados, y las manos reposando en su regazo, de dedos finos y cuidados. Ambos intercambiaron una breve mirada, cuando Arator dio el siguiente paso en dirección a su destino, la voz escapó de entre los labios. Una voz delicada pero con presencia, sabia y que disponía de madurez y confianza.

Vos… Alguien como vos no debería poner un solo pie en las entrañas de este paraje, caballero.” – el paso de Arator frenó de nuevo y giró un poco la cabeza, recubierta con la pieza de metal, para de nuevo mirar a la dama que aún seguía en la misma postura, pero que ahora alzaba la vista para conectar sus ojos con los del caballero de armadura oscura. “¿Qué os hace pensar que mi lugar no está con las alimañas que hacen nido en lo más profundo de este lugar?” – si bien no era especialmente hablador, no se mordía la lengua cuando quería decir algo, y no era precisamente tímido ni recatado a la hora de decir lo que pasaba por su mente. “Puede que no parezca como tal, pero sin pecar de falta de humildad he de decir que sé muchas cosas. Noto en vos la suficiente humanidad como para que seáis separado de las criaturas que en este momento os rodean” – aún si pareciera la típica noble que jamás de habría visto más allá de las murallas de su castillo, incluso alguien como Arator podía sentir el enorme saber ante la fachada de damisela.

¿Humanidad…? Es cierto, una vez tuve humanidad… Pero hace tiempo que me alejé de la luz, y en ese momento perdí eso de lo que habláis…” – era todo lo que parecía querer conversar, pues sin esperar respuesta continuó caminando pasando de largo el árbol en el que reposaba la dama con la que estaba hablando. “Vos decís que habéis olvidado toda humanidad… Sin embargo, portáis una armadura y estandarte al cuello que solo podrían vivir en los recuerdos de tal humanidad.” – ante tal frase, el paladín giró rápidamente empuñando con la diestra fuertemente la espada, y volvió unos pasos atrás, volviendo a encararla. “¿¡Que es lo que sabes tú sobre la armadura o estandarte!?” – furiosamente replicó, no estaba precisamente entusiasmado por el hecho de que alguien hubiese revuelto en la caja de los recuerdos que una vez había sellado. “No creo que fuese mera casualidad que hoy nos encontrásemos aquí bajo tan extrañas circunstancias, mi paladín. Sé el significado del símbolo teñido en esa bandera que portáis al cuello y sé el significado del color de esa armadura.” – a medida que hablaba, el gesto de Arator se convertía en furioso tras el yelmo mientras que la apariencia de la dama continuaba impasible y tan tranquila como siempre. Las palabras no salían si no un gruñido más propio de un lobo enfurecido mientras que la mujer de cabellos de carbón continuaba la conversación unilateralmente.

Mi nombre es Ohtarie de Oionaaru. Mi padre es – fue una vez un caballero de la misma orden a la que vos pertenecisteis.” – Si bien su voz hasta el momento había sido calma y tranquila, un atisbo de tristeza se entremezcló con el tono general de la frase, aun si la furia negó que ese sentimiento llegase hasta Arator, que ahora decidía tomar parte de nuevo. “No hay nada allí que siga relacionado conmigo, y es por supuesto que entonces no quiero saber nada que me tengáis que decir sobre ello.” – autoritario como sólo él sabía hacerse sonar, intimidante también por otra parte. Aun así, esa sensación no llegó a Ohtarie que tomó de nuevo la iniciativa en la conversación.

No pretendo convenceros para que volváis a un hogar que no consideráis que es ahora, ni pretendo contaros mis males familiares… Pero no vendría hasta este diabólico paraje si no tuviera algo que creo deberíais saber… Pues, ¿escucharéis mis palabras, caballero, o ignoraréis mi presencia y mantendréis esos recuerdos enterrados para siempre, no así eliminados?
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Re: Hacia las Ruinas del Hogar [Rol Solitario]

Mensaje por Arator el Vie Dic 28, 2012 3:12 am

Habla, mujer. Pero asegúrate que tus palabras complacerán a mis oídos, pues si no es así no temeré en cobrar tu vida a modo de ofrenda por el tiempo que me harás perder.” – cesando su amenaza, reposó de nuevo su postura colocándose de manera menos agresiva y retrocediendo a unos pasos de la dama, que ahora cabizbaja comenzaba a relatar aquello que quería compartir con el paladín. “Seguramente vos no me recordaréis, pues era apenas una infante cuando visitaba a mi padre en la sede de la orden, y ahí fue donde coincidí con vos en más de una ocasión, por eso os vine a buscar.” – tomó un descanso en la charla mientras en su cabeza figuraba aquello que diría a continuación. “Hace ya casi una década que abandonasteis aquel recinto y al resto de paladines” – cuando formuló esa frase, se llevó las manos rápidamente para disculparse. “¡Oh, disculpad! No pretendía hacerlo sonar como una recriminación. Es sin embargo un hecho que durante vuestra ausencia, muchas cosas pasaron. Yo tampoco llegué a saber demasiado, pues con el tiempo mi padre y yo nos distanciábamos más y apenas nos contábamos lo que sucedía…” – compartió una nueva mirada con el paladín, que inmóvil escuchaba atentamente como aquel ejecutor que oía las últimas palabras del futuro ejecutado. “¡Ejem!... La cuestión es que en el momento que eso sucedió, estaba muy lejos de mi padre, por lo que apenas pude enterarme de lo sucedido. Solo sé que, como de costumbre, durante la última luna de cada mes, fui a visitarlo y todo lo que encontré fue la misma catedral…” – al decirlo, volvió a ponerse cabizbaja, ocultando su gesto triste y lloroso del hombre que lo miraba, fijo y sin gesto. “¿Qué sucedió allí?” – dijo esta vez el espadachín, intentando acelerar la conversación.

La catedral estaba derruida… Con signos claros de batalla, pero ni sangre ni cadáveres. Todo lo que quedaba era el silencio más total que el corazón de uno pueda soportar, y la total falta de vida.” – sollozó ligeramente cuando terminó la frase. La mirada seguía sobre su regazo, y el paladín no mostraba signo alguno de que lo contado le hubiese afectado. “Hace más de cinco años que os busco, paladín. Vos sois lo único que sé que aún existe de lo que una vez fue la vida de mi padre, y si bien no tenía muchas esperanzas, me aferraba a ellas. ¡Por eso os busqué, caballero! Por eso pasé la mitad de mi vida adulta buscándoos, rogando a los Dioses que vos supierais que fue de los paladines… Y por consiguiente, que fue de mi padre…” – Si bien ella proclamaba haber conocido a Arator años atrás, en realidad no parecía saber que la imagen del hombre en el que había puesto sus esperanzas solo era una fachada de ilusión que ella misma se había creado para no aceptar la verdad de que, según todo indicaba, jamás volvería a ver a su padre.

Sé que he sido presuntuosa al deciros que sé mucho de vos, cuando es mentira… ¡Pero sé que una vez fuisteis lo mismo que mi padre…! Os pido,… os ruego paladín, que me ayudéis a descubrir que ha sucedido…” – sin la calma que había demostrado segundos antes, ahora en vez de sentada se encontraba arrodillada, con ojos expectantes fijos en el yelmo del guerrero, que se había mantenido en silencio durante la mayoría del relato. Con la espada clavada en el suelo y los brazos cruzados, se había limitado a escuchar atentamente a cada palabra, evaluando el que haría a continuación.

Una vez sí fui un paladín, pero ese hombre que vive en vuestros recuerdos no es más que una presunción que habéis creado. Aun si os recordase a vos o a vuestro padre, no sería yo el que se preocuparía por descubrir qué ha sucedido. Los paladines que vos recordáis decidieron seguir un camino y yo me alejé de ellos, no tengo motivo alguno para volver a esa misma senda.” – desincrustando la punta de la espada de la tierra reseca y llevándosela de nuevo al hombro, dio media vuelta y comenzó a alejarse de la escena, ignorando la mirada desencajada de la muchacha que se había quedado inmóvil ante la negativa del hombre en el que había puesto sus últimas esperanzas. “Os perdonaré mi vida, pues si bien no siento empatía alguna con vos o vuestra causa, sé lo que es perder a aquél al que consideráis como un padre. Sin embargo, no sobrevaloréis mi comprensión, será mejor que no vuelva a ver vuestro rostro, o cumpliré lo que dije sin duda alguna” – comentó dándole la espalda a ella, huyendo entre las sombras de una vieja herida recién abierta. Sin embargo, ahora ya no se adentraba en las profundidades, si no que volvía por el camino que había seguido para entrar y se dirigía al exterior.

Y así, abandonaba la oscuridad del bosque, los rayos del atardecer golpeaban su armadura tiñéndola de reflejos carmesíes y presagiando que ese color teñiría la tierra muy pronto.
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Re: Hacia las Ruinas del Hogar [Rol Solitario]

Mensaje por Arator el Vie Dic 28, 2012 3:22 am

El sol se había puesto bastantes horas atrás y la luna estaba en lo alto del cielo, mientras desde los alrededores, el Bosque de Teezeroth se mostraba particularmente amenazante. En la mente del hombre en armadura negra todavía estaba lo sucedido antes de la puesta de sol y si bien no sentía ni de lejos preocupación respecto a lo que pudo haber sucedido con los paladines, era imposible que no sintiese al menos una pizca de curiosidad. O al menos, eso se decía a si mismo. Es imposible no sentir apego alguno hacia aquello que una vez fue importante, aún si el amor se ha convertido en odio o viceversa.

Sin embargo, eso no significaba en absoluto que pretendiese hacer algo al respecto. No, no, no, claro que no. Arator no sentía aprecio alguno por aquellos que habían desaparecido, y no pretendía buscarlos… Pero sería mentirse a si mismo el decir que no se había preguntado qué demonios podría haber hecho desaparecer a prácticamente un ejército de caballeros al nivel del de las grandes ciudades, o mejor.

Pero la noche no deja tiempo a pensar, si no que la acción te encontrará allá donde vayas. Y es que si hasta el momento Arator había gozado de gran suerte al haber estado varias horas vagando por la linde del bosque sin encontrarse a uno de sus habitantes, aquél que tienta a la suerte en demasía sale escaldado. De entre los matojos más cercanos y sin llamar la atención del paladín en ningún momento, dos devoracorazones, habitantes de lo más profundo del bosque salieron de cacería y se toparon con él. Uno, el más pequeño y de aspecto escuálido y enfermizo fue el que salió del escondrijo primero embistió al despreocupado caballero, golpeándolo en la espalda y desequilibrándolo lo suficiente como para verse obligado a hincar la rodilla. Si esto no fuese suficiente, el segundo engendro que lo acompañaba, uno de aspecto mucho más obeso y deforme embistió también al caballero que no pudo si no aceptar el golpe y rodar varios metros por el fango, confuso y adolorido.

Ganando asimismo también una distancia con ambos, pudo ver a aquellos que lo habían embestido. De nuevo hincando la rodilla e intentando vislumbrar entre las sombras, observó a ambos con más claridad. Eran, efectivamente, dos engendros de aspecto grotesco. El primero que atacó no debía ser más alto que un niño de cinco años e iba encorvado en exceso, pues sus miembros delanteros eran bastante más largos que los inferiores y que aun así no impedían que el pequeño monstruo alcanzase una velocidad difícil de seguir con solo la vista, y que si bien no había demostrado un gran poderío físico, si había demostrado una agilidad envidiable. El otro, a mucho contraste, era un ser dos o tres cabezas más bajo que el propio caballero pero que sin embargo duplicaba su anchura e imitando a su compañero, sus brazos multiplicaban por varios el largo y ancho de piernas. Este segundo babeaba y si bien ninguno parecía demasiado espabilado, a diferencia del que lo acompañaba este no parecía tener ningún tipo de avidez.

Arator levantó la cabeza, digno y obviando el dolor de la carga, observando aún con una rodilla en el suelo de qué se trataba todo esto. La visión de los engendros no hizo si no enfurecerlo y hacer que un leve gruñido saliese a regañadientes de su boca, como el de un depredador que se acaba de encontrar con otros dos con las mismas intenciones. Apretando el puño vio que a causa del golpe la espada había caído a uno o dos metros de distancia, a medio camino entre él y sus atacantes. Con cierto gesto desganado, se levantó dejando ambos brazos muertos y consiguiendo con ello una apariencia mucho más siniestra de lo que había conseguido anteriormente.

Desde la oscuridad que le dotaba el yelmo, ambos ojos esmeraldas brillaban en la oscuridad como los de un lobo en la noche, ambos iris fijos en cada uno de los enemigos e increíblemente amenazantes.
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Re: Hacia las Ruinas del Hogar [Rol Solitario]

Mensaje por Arator el Vie Dic 28, 2012 3:34 am

El pequeño avanzó un paso y soltó un gruñido similar al de un ave, esprintó de nuevo intentando repetir lo que hizo para hacer caer a Arator pero que sin embargo esta vez y debido a que el factor sorpresa había desaparecido, el paladín simplemente encajó el golpe estoicamente, ni siquiera retrocediendo un centímetro de su posición y es que fue la pequeña abominación la que salió despedida hacia atrás por el impacto.

Asimismo, el más grande y lento de los dos engendros comenzaba una embestida también y como si de un jabalí se tratase, cargó hacia Arator que aún entumecido por la embestida del primero, no pudo evitar completamente el golpe y el hombro desproporcionado de la abominación lo golpeó lo suficiente como para que el caballero cayese en los matojos cercanos, quedando inmóvil por unos segundos pero sin soltar queja más allá de un simple gemido ante el impacto. Desde la pequeña espesura, observó de nuevo a los enemigos. Si bien ninguno parecía lo suficientemente inteligente como para ser estrategas, resultó que el azar había creado un dúo bastante eficiente en combate y que estaba siendo para Arator una seria molestia.

Se levantó de nuevo, enfurecido por las continuas caídas y escudriñó la distancia en busca de la espada, que ahora se encontraba a espaldas de los engendros y que para recuperarla debería pasar entre ambos, cosa que no sería fácil. De nuevo, todo lo que salió de la boca del guerrero fue un gruñido enfurecido y fue éste el que atacó esta vez. Armándose la zurda con el escudo que hasta el momento portaba a la espalda, cargó imitando a como lo había hecho el engendro más grande. Corrió con el escudo por delante hacia el más grande de los dos, al único que sabía que podría alcanzar en una competición de velocidad. Sin embargo y repitiendo la misma estrategia hasta la saciedad, el pequeño comenzó su embestida muy rápida que para variar fue repelida con un golpe de escudo que podría perfectamente haber partido la mandíbula a un humano común. Así, el pequeño salió prácticamente despedido unos metros lejos del espadachín mientras proseguía en carrera contra el enemigo restante. Lo que no había visto era que, mientras el pequeño se había sacrificado por unos segundos para detener el ataque de Arator, el grande comenzaba a cargar con el hombro por delante hacia él presagiando un choque brutal entre fuerzas bastante equivalentes.

Y así fue como el gran hombro deforme de la criatura chocó contra el escudo de Arator, haciendo que el sonido del impacto resonase en cada recoveco de diez metros a la redonda. El impacto terminó en un completo empate, pues ninguno de los dos cedió ante la fuerza del otro y se quedaron en el lugar, ambos intentando desequilibrar al contrincante. Los pies de ambos se clavaban en la tierra para aumentar el agarre y dificultar que el otro consiguiese repelerlo. La fuerza del engendro era abrumadora y Arator, sin su arma predilecta, no lograba sacar todo su potencial ofensivo y debía intentar avasallar al engendro con pura potencia muscular. Asimismo, la estrategia del que se encontraba al otro lado del escudo no parecía demasiado diferente a la del propio espadachín, empujando intentaba que su fuerza innata fuese suficiente para sobrepasar a su enemigo.
Pero a diferencia de la criatura monstruosa, Arator poseía inteligencia suficiente como para que al menos pudiese, hasta cierto grado, armar una estrategia. O bueno, más que una estrategia, simplemente saber usar la habilidad de su enemigo en su contra y dando un rápido paso al lateral y colocándose de perfil, se apartó y dejó libre la trayectoria del enemigo, desequilibrándolo así y haciendo que cayese de panza al suelo.

No siendo ni de cerca suficiente para debilitar a la mole, durante la caída el espadachín aprovechó que el brazo dominante estaba libre para tomar la cabeza del enemigo y aumentar la fuerza de la caída, haciendo que la misma cara impactase contra la poco mullida y bastante seca tierra sobre la que estaban parados. Pero no era suficiente, no. Si bien el impacto no había sido para nada pequeño, no era ni mucho menos suficiente para terminar esta contienda sin sentido. Apresurado por las circunstancias, no se detuvo a celebrar la pequeña victoria moral ni a darse un descanso, pues fijó su vista en el arma que yacía en el suelo y su objetivo recuperarla. Mientras lo hacía, apartó su mirada por el rabillo de ojo, viendo como la criatura más pequeña comenzaba a recuperarse del fuerte golpe, y así solo pudo que apurar más para llegar a la localización de su arma.

Allí estaba. El guerrero volvía a sentir el peso del acero y como de nuevo, se convertía en una extremidad más, una especialmente letal. Sentía la empuñadura a través del guante de la armadura y al sentir su presencia, volvía a creerse completo. Como si el engendro fuese él, un rugido como el de un agresivo lobo que está por dar el golpe final a sus enemigos retumbó e la lejanía, llegando a confundirse con el de cualquier alimaña que se escondiese en Teezeroth. De los distintos agujeros que tenía la armadura comenzó salir el vapor negro, y la magia volvía a fluir por sus eufóricas venas.
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Re: Hacia las Ruinas del Hogar [Rol Solitario]

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