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Tres Espadas

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Tres Espadas

Mensaje por Arator el Mar Ene 01, 2013 6:46 am

Tres Espadas

A oídos de Arator hacía semanas que había llegado cierta información. De boca de uno de los guardias que patrullaban la ciudad de Thonomer, oyó un rumor sobre un Minotauro que se había encerrado a si mismo en una de las antiguas minas de los enanos en Drakenfang, y que había causado verdadero pavor en la ciudad. Que incluso mercenarios se habían dispuesto a buscar a la criatura, pero fallado ultimadamente en la tarea y que debido a ello, se había enviado un escuadrón para hacerse cargo de la situación. Si el guerrero no hubiese oído sobre la influencia mágica del lugar, Arator habría pasado de lo oído como cualquier otro chisme, pero este le llamó especialmente la atención.

Para que el ejército de una ciudad bastante alejada del lugar donde se desarrollaba la acción tomase parte, la situación debía ser muy crítica. Pero más importante, la criatura en cuestión debía ser exageradamente poderosa para causar pavor entre los miembros de una tribu tan fuerte como los minotauros. Así, oyendo rumores sobre una criatura de fuerza sobresaliente, Arator decidió investigar en busca de un oponente que le presentase un desafío. Solo se movía siguiendo sus instintos más básicos, la competitividad innata que nace entre dos bestias que se consideran poderosas.

Con un único objetivo en mente, se dirigió a la cordillera de Drakenfang. Con unos pocos víveres que rapiñó de aquí y allá y un mapa baratucho que obtuvo de un mercader sospechoso, pasó semanas en los caminos. Evitaba caravanas y compañía, buscando sobrevivir solo y sin ayuda de nadie. Cruzó más de un valle y río, con la esperanza que el oponente que le aguardaba en las profundidades fuese meritorio del esfuerzo. Lo deseaba, pues consideraba que derrotar a alguien de igual o mayor fuerza era asimismo equivalente a aumentar el poder propio. Poco a poco, la espesura de la arboleda dejó paso a la llanura, y la llanura hizo lo propio con las elevaciones del terreno, dando así la pista a Arator de que cada vez se encontraba más cercano a la cordillera.

El cansancio, si bien escondido, estaba presente en todos los músculos. Pero Arator estaba acostumbrado, y no era algo que no pudiese soportar hasta encontrar un momento adecuado para descansar. Así, decidió afrontar el paso entre montañas en dirección a Grok’Taur y allí, de alguna manera en la que no pensaba en el momento obtener cierta información sobre la localización y posibles detalles sobre los rumores que se habían filtrado por todos lados. Nunca había tratado con minotauros, lo que quizás resultase ligeramente problemático, pero si de veras buscaban a alguien que solucionase sus problemas, tolerarían su arrogancia. O al menos, eso pensaba en ese momento Arator.

Mientras todos los pensamientos se cruzaban en la mente de Arator, el sol se ponía detrás de las montañas, tiñendo el horizonte de rojo sangre e iluminando claramente el camino que debía seguir para llegar a la ciudad, como si lo quisiese guiar a través del sendero.
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Re: Tres Espadas

Mensaje por Caentoriumn el Mar Ene 01, 2013 9:32 am

De boca en boca está un rumor que dice básicamente que en
una mina laberíntica en donde hasta el más intrépido aventurero se perdería, en
un recóndito lugar se encuentra una bestia que atemoriza a los habitantes de
Drakenfang. Este monstruo ha cobrado la vida de muchos, y hasta ahora ninguno
ha salido vivo de ella.


Con el tiempo dicho rumor se extendió llegando incluso a los
oídos del ejército de Thonomer, al parecer era más que un rumor, un hecho. Fue
entonces que Bérico IX, nuestro General, envió a un grupo de reconocimiento de
5 hombres a adentrarse en estas minas traicioneras para enviar un informe de
vuelta a Thonomer con la descripción de lo que vieron en las minas y la
información física de este ser.


El rumor se convertiría en realidad cuando dicho informe
finalmente llegó a las manos de Bérico y en este los horrorosos detalles
estaban escritos. La carta explayaba que en esta mina habían goblins por aquí y
por allá, eran hostiles, además explicaba lo fácil que era perderse, los
cientos de escondrijos y pasadizos, y
finalmente la bestia de la que se hablaba. Al parecer no hubo tiempo de
escribir exactamente su descripción física pues este monstruo, o engendro como
le llamaron en la carta, les atacó furiosamente, perdiendo a 3 de los 5 hombres
incluso estando alejados de él. Básicamente, su descripción decía que su piel
era azul oscuro con un tono grisáceo, medía aproximadamente 2,10m, llevaba una
cota de malla cortada, tenía también flechas incrustadas y otras heridas, algunas
sangrantes y otras no; adicionalmente portaba un hacha enorme.


Ante lo ocurrido Bérico decidió tomar cartas en el
asunto, aunque el asunto no tenga nada
que ver con Thonomer ni su seguridad, esta bestia había cobrado la vida de tres
hombres de nuestro ejército además de que en nuestro código de honor está
escrito en fuego el deber de ayudar a nuestro prójimo, y dicho ser había
cobrado la vida no solo de nuestros hombres sino de muchas otras personas. Fue
así como armó un grupo de 8 el cual yo, por mi rango, lideraría nuestra
travesía por las minas, el enfrentamiento contra la bestia y finalmente nuestro
retorno.


Partimos pues de Thonomer, y tras varias lunas finalmente
alcanzamos nuestro destino, las minas en cuestión. Estábamos ante ellas, y sin
duda alguna procedimos a entrar.


Dentro estuvimos horas sino más, perdimos la noción del
tiempo, estuvimos vagando por los escondrijos, pasadizos y caminos, unos
estrechos y otros amplios, combatiendo casi constantemente contra goblins,
alimañas de menor rango que eran débiles pero que sin embargo se llevaron la
vida de uno de los nuestros, por lo que quedamos en 7.


Claro que, era cuestión de tiempo para que, tras tanto vagar
de aquí a allá, encontrásemos al antagonista de esta historia, frente a
nosotros contemplábamos a tan vil y despreciable ser, enorme y con la misma
forma que la descripción del informe, pero que sin embargo parecía más alto y
esta vez no lo leíamos sino que lo presenciábamos carnalmente. Di la orden de
atacar sin más, habían tres arqueros y estos prepararon y dispararon sus arcos,
los otros tres eran infantería auxiliar y arremetieron contra aquel demonio
quien en su defensa lanzó un fuerte golpe con su hacha barriendo y matando a
dos de mis hombres mientras que el tercero rodó como un ser sin vida por el
suelo, herido. Ante tal acto de fuerza yo mismo me vi atemorizado, y fue cuando
lanzó el siguiente ataque el cual se llevó la vida de un arquero, hirió a uno y
el otro afortunadamente esquivó, yo me encontraba tras ellos por lo que no me
vi dañado. El monstruo lanzó un rugido y se preparaba para un tercer ataque,
pero… esta vez tenía que huir, pelear solo contra este demonio era un suicidio,
en un principio debí haber venido con guerreros de mayor rango y no infantería
auxiliar, ¿porqué envió a estos soldados conmigo?... quizá Bérico se confió
demasiado.


Tras su rugido yo miré al arquero y di la orden de retirada,
a la vez que me alejaba de este demonio y el arquero conmigo igual, sin embargo
el golpe de el engendro nos alcanzó… yo iba en la delantera, el arquero estaba
detrás de mí cuando lanzó un ataque horizontal en el que alcanzó por completo a
mi compañero y el hacha apenas y me pudo tocar las costillas, pero la fuerza
del golpe hizo que me lanzase a la pared rocosa de mi derecha, dañándome no
solo la costilla por el ataque sino el hombro derecho. Maltrecho, apenas pude
huir de la mina enfrentándome a los goblins en el camino, esta vez el regreso
tardaría menos, pero sin duda alguna fue doloroso.


Maltratado y humillado por este ser, caminé sin rumbo
esperando poder encontrar alguna aldea, alguna casa, algún refugio o alguna
persona que me ayudase, pero mi agotamiento físico era más del que podía
soportar sumado al peso de mi armadura y mi escudo era insoportable, por lo que
caí desmayado, herido y adolorido al suelo. Esto era un riesgo, si bien podría
encontrarme algún alma caritativa, también podría hacerlo un ladrón o un
asesino, aunque simplemente no podía ocurrir nada. Me encontraría a merced del destino.


Mi venganza contra esa bestia será en nombre de los caídos.
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Re: Tres Espadas

Mensaje por Enya el Vie Ene 11, 2013 6:50 pm

-Daos prisa. El viento está arreciando y no os gustará quedaros atrapados en una tormenta de estas tierras. –

Esas fueron las últimas palabras que llegué a escuchar del hombre que dirigía la expedición hacia la falda de Drakefang, una tierra agostada por las nieves perpetuas y frecuentemente transitada por mercaderes como los de aquella caravana compuesta por seis carros cargados hasta los topes de valiosas telas y perfumes. Había sido una semana de travesía larga desde el otro extremo de la región, donde me uní a ellos en calidad de cancerbero (ellos desconocían mi auténtico sexo cabe aclarar) para cuidar que ningún bandido los convirtiera en sus próximas víctimas.
Ahora, a sólo horas del pueblo más cercano, nos encontrábamos sin guía por esas tierras del blanco más puro que uno pueda imaginar. El frío cada vez era peor, podía notarlo colándose por los huecos de la armadura y calar en mis huesos de forma criminal, lo que me llevaba a preocuparme de forma casi instintiva por los comerciantes; hombres y mujeres de buena cuna poco o nada acostumbrados a tales inclemencias del clima, de vez en cuando podía escuchar entre los aullidos salvajes del fuerte viento las voces de sus vástagos dentro de las carretas preguntando si saldríamos vivos de aquello. Una escena cruda, sin duda, pero es que yo misma me hacía esa pregunta mientras el caballo avanzaba con dificultad por la nieve, moviendo las pezuñas lentamente por la espesa nieve en polvo que caía desde las cumbres. Lo peor de todo no era eso tampoco, un mal paso, un grito de los niños o incluso el relinchar de alguna de las bestias de carga y todos terminaríamos sepultados en la nieve por un alud de toneladas de blanco polvo.

El viaje, que de por sí ya era complicado, se volvió todavía peor cuando una manada de lobos hambrientos tuvo por desgracia un encuentro con nosotros; sus aullidos echaron abajo grandes bloques de nieve compacta y sus zarpas, duras como la roca, entraron en contacto con algún que otro comerciante mientras que yo me apeaba de un salto del caballo y los combatía con ferocidad. Hubiera sido un encontronazo más de no ser porque mientras los dos únicos supervivientes lupinos se perdían en la cortina de nieve y yo me veía dispuesta a guardar ya la espada y sacar el arco para abatirlos vi a lo lejos, donde mi vista apenas era útil, una figura que se apoyaba en sus dos patas traseras para observar la escena un segundo y después desaparecer bastón en mano.
Nadie más debió percibirlo, pues todos se pusieron a festejar la masacre con los animales y a recoger algunos para sacarles partido a sus pieles en el mercado pero yo estaba segura de lo que había visto. Demasiado... como para volver a respirar tranquila.

El resto de la travesía fue mucho más relajada. Cuando la anunciada tormenta llegó sólo tuvimos que recorrer unos kilómetros más con un gélido viento en nuestra contra para llegar al asentamiento más cercano, donde cada cual tomó su camino y yo los imité. Me dirigí hacia la posada del lugar: un local algo pequeño, con la puerta reforzada con remaches de hierro a medio oxidar y un ruinoso cartel colgando de la misma en el que rezaba su nombre: “Ojotuerto Meollin”.

Pintoresco, cuanto menos, era aquel lugar. Las viejas paredes de piedra contrastaban abruptamente con las mesas de madera sólida distribuidas por todo el local, al igual que los taburetes. Una imponente chimenea al fondo daba calor a los más de diez pobladores del habitáculo, no demasiado espacioso pero tampoco minúsculo, que además servía como refugio de bardos y trovadores los cuales ganaban su cena con animadas canciones que como el fuego invadían el lugar contagiándolo de una inesperada alegría. Desde luego no era un mal sitio para quedarse, pero como no podía ser de otro modo y la mala suerte me perseguía, en cuanto logré relajarme un poco y pedí algo caliente para comer entró una mujer, histérica, seguida por dos hombres que llevaban cual res muerta a un hombre gravemente herido y ataviado con una armadura abollada y un casco señalado por garras.

-¡Ayuda! ¡Por los dioses, ayuda este hombre se muere! – Suplicó la mujer.

Suspiré y giré sobre mi propio trasero en la silla para ponerme en pie de un salto desde el taburete y correr hacia él. Lo primero que hice fue quitarle la armadura, después desprenderlo lentamente del yelmo con cuidado de no moverle el cuello lo más mínimo y, finalmente, le quité la capa, que se había enroscado alrededor del cuerpo como una sábana fúnebre y me impedía ver de dónde manaba la sangre. Toda la taberna se congregó allí posadero incluido para ver el estado de aquel hombretón tan ancho como algunas de las mesas y este no era precisamente favorable. Tenía varias heridas en el torso parecidas a las hendiduras que causa un arma de asta y los cortes en los hombros y los brazos tampoco auguraban nada bueno, sumando eso a que yo sólo sabía practicar primeros auxilios básicos… Mierda. Me mordí el labio impotente, maldiciendo todo cuando conocía por no saber más de medicina mientras con paños de agua fría y algo de nieve trataba de calmarle las heridas arrodillada a su lado.

-¿Dónde lo encontrasteis, mujer? –

-Estaba tirado en la calzada, con el cuerpo entumecido por el frío. Mis hijos y yo lo recogimos y… Lo hemos traído hasta aquí. – Respondió, nerviosa y con la respiración agitada la mujer mientras uno de los dos varones se acercaba y depositaba al lado del hombre un escudo enorme y una espada ridículamente corta en comparación con el protector.

-Llevaba esto cuando lo hallamos. Suponemos que… -

Lo interrumpí con un gesto brusco, una orden breve pero comprensible por cualquiera que hubiera recibido un mínimo adiestramiento militar, cuando vi que el hombre respiraba despacio de nuevo. Morrigan había decidido que todavía no era hora de enviar a un cuervo a por su alma así que aquel hombre viviría pero ahora, a juzgar por cómo iba vestido antes de que lo despojase de sus pertrechos y las armas que portaba, seguramente buscaría venganza contra lo que fuese que lo había atacado.

No perdí el tiempo, y cuando noté que ya recobraba la conciencia al cabo de unos minutos más lo primero que hice fue interrogarlo.

-Antes que nada cálmate, no soy un enemigo ni tampoco pretendo robarte. –Avisé, antes de empezar con la ronda de preguntas: - ¿Qué te ha atacado y dónde? Seguramente haya sido algo brutal a juzgar por tu estado, así que estoy dispuesto a poner mi espada a tu servicio si lo necesitas para acabar con la bestia que llevó a cabo tales acciones contra ti.
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Re: Tres Espadas

Mensaje por Arator el Lun Ene 14, 2013 7:56 pm

Arrogante en exceso, había emprendido el camino a través de la montaña con poco o nulo reposo, y pocos o nulos víveres. El cansancio estaba presente en cada músculo, y el frío de la tormenta solo lograba hacer más dolorosa la travesía. Sin una montura o forma de facilitar cruzar la incesante caída de la nieve, su agotamiento se hacía más y más difícil de sobrellevar. La capa blanca que cubría el terreno llegaba más allá de los tobillos, y hacía más complicado el moverse con facilidad. En la lejanía, más allá de lo que el seriamente comprometido campo de visión del guerrero de negro llegaba, lobos o alguna criatura similar aullaban como si se encontrasen furiosos con el inclemente clima. El frío pronto caló tanto en los huesos que caminar era demasiado doloroso. La tormenta hacía imposible ver adecuadamente donde pisar y eso solo hacía del caminar por los riscos y senderos de Drakenfang un riesgo que aún el valiente y temerario Arator no tenía planeado tomar. Caminó todo lo que pudo, hasta encontrar una formación rocosa de distribución adecuada para que el hombre en armadura se lograse resguardar. El frío atacaba con saña al guerrero, atravesando armadura y ropa. El sueño pronto salió a la superficie, imperativo, pero la voluntad de hierro de Arator era inquebrantable, y no cayó ante su propia debilidad, no cedió ante la flaqueza.

Descansó inmóvil, intentando proteger su propio calor corporal y aliviarse con solo eso. Con los vientos era imposible siquiera intentar hacer un fuego. Sería un acto inocente pretender que una débil llamilla sobreviviese en semejante intemperie, y menos que fuese suficientemente fuerte como para calentar ligeramente al guerrero. Pero nunca la tormenta dura para siempre y a medida que las horas pasaban, la molesta tormenta de nieve disminuyó lo suficiente como para darle el coraje suficiente como para proseguir. Para su suerte, sin embargo, el resto del viaje fue mucho más ligero. Las noches las malpasaba durmiendo a por minutos y despierto por horas, descansando los tensos músculos lo suficiente para proseguir cuando el alba despuntaba. Así durante varios días, hasta que pudo vislumbrar una aldea, el primer signo de civilización desde que pisó las montañas.

Poco se fijó en si el lugar era una gran ciudad o un pequeño pueblo, poco se fijó en los ciudadanos o estructuras. Vagó entre las calles solo buscando un nombre: Posada. No era especialmente rico, y su actual bolsón tenía más bien pocas monedas pero si en algo pretendía gastarlas era en una cama en la que descansar y un plato caliente con el que llenar el estómago, ni más ni menos. ‘Posada, posada, posada’ era la única palabra que viajaba una y otra vez a través de la mente desesperada de Arator. Las calles adoquinadas no parecían tener fin y el viento frío que se colaba a través del yelmo solo hacía que aumentasen las prisas del guerrero. Pero al final, leyó un cartel que le cautivó lo suficiente como para no dudar en entrar rápidamente y sin ningún miramiento. “Ojotuerto Meollin”

Sin saber cómo, lo siguiente que recordó es que se encontraba en una habitación, de sábanas blancas y grandes mantas para cubrir del frío. Tumbado en una cama amplia y que hizo descansar todos y cada uno de los músculos sometidos a un castigo brutal del cuerpo de Arator. En una habitación de paredes de piedra, dándole un aire rural pero sin resultar descuidado o de apariencia pobre. Al menos para el guerrero, que aquella habitación y cama habían sido poco menos que un regalo de los cielos, aunque su introversión fuese un impedimento para exteriorizarlo. Cuando se despertó, pudo ver a través de la ventana que según la posición del sol, era poco después del mediodía, cosa que fue corroborada por un potente rugir de estómago a causa del hambre voraz que sentía en aquellos momentos.

Arator no era especialmente glotón, o mejor dicho tenía la capacidad de reprimir su glotonería al máximo, pero podía demostrar capacidad para una ingente cantidad de comida en su estómago cuando podía permitirse el lujo, y eso pretendía saciar. De su pequeño bolsón de cuero marrón sacó una camisa de tela negra, algo más gruesa de lo normal por las bajas temperaturas y se puso en sus botas de cuero negro para bajar y saciar su hambre. Obviamente, no tenía absolutas ganas de ponerse en armadura para comer y por ello bajó en ropaje casual. Un pantalón, camisa y botas negras, un crucifijo en forma de espada plateada al cuello y por encima de la camisa y la espada atada al cinto de cuero. La cabellera negra lacia caía a través de la espalda y algunos mechones caían a ambos lados de la cara, enmarcándola. Los afilados ojos de esmeralda, brillantes en la más leve de las oscuridades y los rasgos afilados aún si de alguna manera bastante delicados y la tez pálida sería la descripción que uno daría al simplemente verlo. Sin decirlo, su altura era algo que llamaba también mucho la atención, y le resultaba molesto en muchas ocasiones.

Pero qué ironía que cuando bajó a la planta baja, a través de las amplias escaleras de madera, nadie le prestó un segundo de atención. Su vista rápidamente se desplazó hasta el corrillo de gente, alrededor de una decena o doce de personas, cerca de la puerta en la pared contraria a la que se encontraban las escaleras. Sin saber en absoluto lo que sucedía allí en aquel momento, avanzó lánguidamente hasta la multitud – aún si cabe matizar que más para descubrir el paradero de alguien que le preparase una sopa caliente que por curiosidad respecto al suceso que llamó la atención de todos – y vio una escena particular. En el suelo se encontraba un hombre herido, quizás por un arma como un gran mandoble, un hacha o alabarda, además de diversos rasguños menores. Por el equipamiento y armadura particular no parecía un guerrero solitario o un mercenario, lo que llamó la atención de Arator que aprovechó su ventaja en altura para mirar por encima de los hombros de la gente. Algo que fue más curioso aún fue la presencia de otro hombre de armas inmediatamente al lado del herido, que parecía ser aquel que lo estaba socorriendo.
Arator se sintió amedrentado ligeramente por el hombre que se encontraba en armadura completa, dejando poca o nula idea de los rasgos que se escondían tras ella. Quizás su naturaleza mágica hacía que se sintiese alerta de cualquiera que desprendiese una energía poderosa, algunos lo llamarían simplemente instinto básico animal. Sin embargo, eso también hizo que se sintiese atraído por pura curiosidad a la situación. Desde detrás y pasando desapercibido, escuchó todo lo que se decía. Si bien lo que estaba viendo podía ser una simple emboscada, también podría ser información valiosa.
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Re: Tres Espadas

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