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Mi vida en Jyurgan

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Mi vida en Jyurgan

Mensaje por Suz el Mar Ene 08, 2013 10:07 am

Capítulo uno.

Naeva me odiaba, pero no me sentía especial por ello. Odiaba a todo el mundo. Cuando se hizo cargo de mí, yo no era más que una esclava de las minas de revuelto cabello rojo, tosca y fuerte, y a pesar de mi facilidad para aprender era todavía inocente y buena. Me gustaría pensar que algo de aquella bondad e inocencia sobrevivió a mi maestra drow, pero sé que no es así.

Durante cincuenta años, aquella elfa oscura alta, estirada y delgada como una vara había enseñado a los esclavos de placer de la familia drow Filoafilado. Los instruía en comportamiento drow, sumisión ritual, artes amatorias, cocina de diseño, educación y maneras, masaje y relajación y en muchas otras cosas que debemos conocer para ofrecer placer a nuestros amos.

Prácticamente convivía con nosotros, pero no le gustábamos. A los esclavos de cama se nos escogía por nuestro aspecto y nuestro carácter, y se nos sacaba de las minas para aprender. Si un esclavo era demasiado desobediente, o no se sometía a las humillaciones a las que debía someterse, Naeva simplemente lo mataba.

Cuando me presenté, ya expliqué que en realidad yo no era una esclava de cama; no fue ella la que me escogió. Fue el gran amo de la familia, Elseve Filoafilado, el que me rescató de las minas para formarme como asesina; y parte del entrenamiento era el que me estaba dando Naeva.

Ella no me quería allí. Trataba con crueldad a todos los que estaban bajo su bota, pero a mí especialmente. Cuando llegué a los aposentos de los estudiantes, vi que la mayoría eran de unas facciones muy hermosas; mis compañeros de habitación eran Nía, una chica demasiado delgada y pálida, de precioso cabello rubio, y Freddo, un chico bajito pero con una musculatura que parecía la de una estatua griega, con el cabello muy corto y rasgos morenos. Los dos me trataron con frialdad, como se trataban los esclavos de placer entre ellos. El mundo drow está disfrazado de refinamiento y de educación, pero en realidad es despiadado y se basa en la competitividad. Incluso entre los esclavos de cama, que tienen que intentar atraer a sus amos lo suficiente como para que les elijan. Por eso nunca pude llamar a mis compañeros amigos.

A su lado, yo era tosca. Había trabajado duro en las minas, y mis brazos y piernas eran gruesas, musculosas, y mis rasgos no eran los adecuados; siempre tuve una mandíbula fuerte, y demasiadas cejas. Lo único bonito que había en mí era mi cabello rojo, que atraía a los drow. No hay elfos oscuros con el cabello de ese color.

Pero Naeva, la elegante y altísima maestra, podía cambiar eso.
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Re: Mi vida en Jyurgan

Mensaje por Suz el Miér Ene 09, 2013 1:20 pm

Capítulo 2.

Recuerdo el frío recibimiento de mis compañeros en las habitaciones. La ama me dejó allí, y cerró la puerta; los esclavos no teníamos permiso para movernos por aquel lugar, y yo no tenía ni siquiera un pijama para ponerme, así que dormí vestida. Nía no hubiera podido prestarme nada; yo era demasiado ancha, y mis músculos de trabajar en la mina no hubieran cabido en sus estrechos camisones de seda. Freddo sí podría haberme prestado algo, pero simplemente no lo hizo. Ninguno de los dos me dirigió la palabra.

Al día siguiente, cuando Naeva entró en la habitación de madrugada, los dos estaban frente a sus camas, complacientes y con sus sonrisas falsas en los labios. Y yo estaba dormida. “¿Cómo?”, exclamó nuestra ama drow enfadada, “¿Tu primer día y ni siquiera te levantas?”. Más tarde, descubrí que en cuanto la luz del sol aparecía por la ventana barrada de nuestra habitación, nosotros teníamos que ponernos en pie y esperar a que comenzara la lección. Si no lo hacíamos, la lección comenzaba con Naeva desenfundando su flagelo y golpeándonos con fuerza, como descubrí aquel primer día de forma bastante dolorosa.

¡Debéis estar limpios, humanos!”, nos gritaba Naeva mientras nos bañábamos en la poza para los esclavos, “Vuestra especie huele mal, y nunca agradaréis a los amos si no os quitáis esa peste de encima!”. Yo todavía era buena y frágil en aquel entonces, y permanecí abrazada a mí misma bajo el agua teñida con la sangre de los latigazos durante todo el baño.

Recuerdo que esa espantosa primera sesión se dividió en dos clases, con una basta comida en medio; “Poética drow y caligrafía”, y “Gracia del movimiento”. Yo sabía algo de drow, pero no podía leerlo bien; nos juntaron a todos los estudiantes, doce en total, en un mismo lugar, y Naeva nos mostró un enorme libro de poesía sobre la elegancia de la tortura, que teníamos que leer en alto. Todos mis compañeros, que ya llevaban estudiando un año entero, lo recitaban de maravilla, pero yo me gané otro montón de latigazos.

La comida consistió en carne seca y una pieza de fruta, y se hacía en silencio, en mesas separadas y con un orco obeso de las cocinas vigilando para que no habláramos.

La siguiente clase, “Gracia del movimiento”, consistía en movimientos rituales drow y en elegantes bailes, que yo, con mi espalda herida y mi chaqueta teñida de rojo, no podía realizar correctamente. Eran tan complejos que, de hecho, no hubiera podido hacerlos aunque me encontrara bien. Por supuesto, me gané otra ración de latigazos.

Afortunadamente, esa noche Naeva me trajo mis cosas a la habitación; algunas ropas de seda, que no pegaban nada con mi cuerpo de minera. “¡Y no se te ocurra mancharlas de sangre!”, me gritó cuando me las dio.

Yo ya no aguantaba más, y perdí el control. Tengo que confesar que lloré y supliqué que me sacara de allí, y aunque sea humillante recuerdo encontrarme arrodillada frente a ella, rogándole que me devolviera a las minas frente a Freddo y Nía, que estaban boquiabiertos. La expresión de desprecio permanente en el rostro de la ama drow se acentuó todavía más, como si fuera a vomitar. “Qué debilidad… si Elseve no me hubiera ordenado no matarte lo haría ahora mismo, cría llorona”. Tras decir eso, le dio la vuelta al flagelo, y pude ver que el mango terminaba en una punta roma. Con la misma elegancia con la que bailaba aquella tarde, se giró y me golpeó bajo el oído, con fuerza y con puntería, clavándome aquella punta en un nervio. No noté más que dolor, y luego más dolor, y al final más dolor, antes de que todo se volviera oscuro.

Me desperté por la noche, con la brisa del bosque entrando por la ventana, y me vi a mí misma. No podía haber caído más bajo; inconsciente, había vomitado y mi ropa estaba completamente sucia. Mis compañeros dormían tranquilamente en sus camas, y a mí me estallaba la cabeza por el dolor y la desesperación. Entonces lo vi, junto a la puerta. Naeva había dejado caer, como por descuido, un pequeño cuchillo en el suelo. Muy pequeño para usarlo como arma, pero lo suficientemente grande como para poner fin a mi agonía. Me arrastré como pude hasta él, y lo cogí con mis manos temblorosas.

Y aquel momento fue el decisivo. La mayoría de las personas hubieran puesto fin a sus vidas, pero algo sucedió dentro de mí. Al principio tenía muchísimo miedo, y quería huir como fuera. Incluso así. Pero entonces, otra sensación empezó a crecer dentro de mí, hasta superar el miedo. Era la ira. El odio. El asco por aquella monstruosa sociedad drow. Los humanos de las minas tenían muchas menos cosas, pero eran más solidarios y amistosos que aquel montón de psicópatas elegantes. Noté como mi corazón se endurecía. Apreté los labios. ¿Querían convertirme en un monstruo?. ¿En una prostituta?. ¿En una asesina?. Pues lo harían. Y una vez hubiera aprendido como seducir, como matar, lo tenía claro.

Los mataría a todos.
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Re: Mi vida en Jyurgan

Mensaje por Suz el Miér Ene 23, 2013 2:12 pm

Capítulo 3.

Habían pasado dos meses, y Naeva me odiaba cada vez más. La razón estaba clara; yo no hacía lo que ella deseaba que hiciera: fracasar. Al principio no pude evitar acostarme con algunos golpes por hacerlo mal, pero no salía ninguna queja de mis labios. En vez de enfadarme, me esforzaba. Afinaba mi mente, e intentaba hacerlo mejor la próxima vez.

Cuando trabajaba en la mina, los drow tenían sus propios carteles con indicaciones y mensajes. Casi nunca se degradaban a bajar con los mineros, pero cuando lo hacían preferían leer su propio idioma. Yo me pasaba el poco tiempo libre que tenía recordando aquellos carteles, y recordando lo que decían los nuestros, escritos en nuestro idioma. Con aquella ayuda, con las duras lecciones que nos ofrecía Naeva y con la destreza manual que he tenido siempre, conseguí por fin mejorar mi caligrafía y mi vocabulario en el idioma drow.

Mantenía los ojos bien abiertos, siempre preparada para observar cómo se comportaban mis compañeros. Nïa y Fredo, como el resto, se movían siempre de forma elegante, y adoptaban una postura ritual cuando se cruzaban con un drow, adoptando sumisión, o adoración si les pedía algo. Aprendí aquellos movimientos, y después de unos meses los reproducía perfectamente. Por supuesto, aquello no contentaba a la malvada maestra, que arrugaba su perfecta nariz y decía cualquier cosa hiriente acerca de lo musculosa y poco femenina que era.

Mis compañeros en la habitación comenzaron a tratarme como a una más. Por supuesto, Nía no me prestaba sus vestidos, (que de toda formas no me servían, porque ella estaba mucho más delgada que yo). Y Fredo no me ayudaba cuando compartíamos clases de servicio, y debíamos mantener pesadas bandejas de plata y piedras preciosas en nuestros brazos mientras los amos charlaban durante una hora. Pero aquello se debía a la competición que fomentaban los drow entre nosotros. Nuestra sociedad era un reflejo patético de la suya, llena de odios y de intereses, y disfrazada de cordialidad. Pronto aprendí que debía sonreír continuamente, y ser agradable incluso con aquellos que me odiaban.

Al cabo de cinco meses, casi al final de mi entrenamiento como esclava de cama, me había convertido en la mejor. Podía hablar y escribir drow casi perfectamente, conocía todas sus costumbres y rituales, sabía cuando callar y cuando hablar, podía preparar con maestría los distintos licores que les gustaban a los amos, y durante mis prácticas de servicio en varias casas drow, todos mis amantes, (¡incluso una joven drow!), quedaron muy satisfechos. Me habían enseñado bien, y debido a la exigua comida yo había adelgazado bastante, acercándome un poco a los estándares de belleza drow a pesar de mis fuertes músculos.

Naeva estaba furiosa. No perdía ninguna ocasión para herirme, de palabra o físicamente, y me dejó claro a mí y a todos los demás que si me estaba enseñando era sólo, únicamente, porque Elseve así lo había ordenado. Se acercaba el final del entrenamiento, y ella me odiaba mucho más que al principio porque había sobrevivido a él, y me había convertido en una buena sirviente. Sólo pensar que después Elseve me iba a entrenar como asesina, y que podría moverme por todo Jyurgan y compartir mi tiempo con él, la mataba de celos.

Por eso, supongo, intentó matarme de la única forma que se le ocurrió: durante el rito de belleza de la oscuridad.

Los drow están obsesionados por la elegancia y la perfección, según sus retorcidos cánones. Y no tienen ningún reparo en poner en peligro sus vidas para alcanzarlos ellos mismos. Sus espadachines asisten a clases en las que sólo se puede aprender o morir. Sus sacerdotes usan extrañas hierbas que abren la mente y les acercan a sus dioses, pero muchos salen del ritual completamente locos.

Con los esclavos sucede también lo mismo; cambian sus cuerpos, para hacerlos más atractivos. Usan magia permanente, extrañas hormonas que aumentan el pecho, venenos que tensan la piel, cristales que se funden al ojo y cambian su color o bebedizos que reducen la cintura o hinchan la cadera. Son procedimientos peligrosos, pero que un esclavo tiene que soportar antes de considerarse apto.

Naeva me dejó para el final. El ritual tiene una duración de un día, y a lo largo de una semana pude ver marchar a Nía, delgada como una escoba, y la vi volver débil pero orgullosa, con labios nuevos, un aumento de pecho y provocativas caderas. Fredo se marchó con su impresionante musculatura, pero cuando volvió tenía la estructura de uno de los dibujos que yo había visto en los libros de dioses: sus pectorales eran de hierro y sus abdominales abultaban bajo su piel con perfecta nitidez. Cuando alzaba los brazos y apretaba sus dorsales, parecía una de esas ardillas voladoras que hay en el bosque; una ardilla de piel suave y resbaladiza por el aceite. Los drow son esbeltos y delgados, elegantes, y en los esclavos de cama humanos les gusta encontrar algo completamente distinto a ellos.

Me preparé para el ritual igual que mis dos compañeros, comiendo en el desayuno una raíz de adormidera. El proceso es doloroso, y ésta es la única ayuda que se nos permitía para superarlo. Hizo efecto en seguida, y recuerdo ver cómo las paredes se inclinaban y el suelo se movía bajo mis pies, mientras intentaba mantener el equilibrio siguiendo a la malvada maestra. También recuerdo la sala subterránea, llena de runas mágicas en sus paredes y de humos tóxicos que salían de varios braseros. Justo en medio se levantaba un altar de piedra. Me desnudé, y Naeva me ayudó a acostarme sobre el altar con delicadeza. Aunque llevaba la máscara para evitar que los humos la afectaran, reconocí que me sonreía complacida. Aquello me preocupó durante los diez segundos que tardé en perder la consciencia.
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Re: Mi vida en Jyurgan

Mensaje por Suz el Jue Ene 24, 2013 3:23 pm

Capítulo cuarto (+18)

Spoiler:
Me desperté entre dolores, así que aunque no abrí los ojos supe que el ritual no había terminado. Estaba cubierta de aceites, y tenía la terrible sensación de que el interior de mi cuerpo era demasiado grande para mi piel; la notaba tirante, fina, como si se fuera a romper de un momento a otro, y me sentía más agotada que cuando contraje las fiebres de las minas dos años antes. Mi cabeza era una olla a presión, y costaba pensar en nada que no fuera quedarme quieta y dormir de nuevo. Así que lo hice.

Volví a despertarme. Me dolía la cabeza, y notaba sensaciones extrañas. Hice un esfuerzo, y abrí los ojos. Estaba sola, sobre el altar de piedra, en el centro de la habitación. No tenía fuerza para alzar la cabeza, pero pude ver los tarros de sustancias junto a mí y las pequeñas, finísimas agujas impregnadas en ellas, clavadas sobre todo mi cuerpo como si fuera un erizo. El humo de las drogas que inhalaba olía a menta y eucalipto.

Estaba más que agotada. Notaba mi cuerpo muerto sobre la cálida superficie de piedra, pero el dolor había pasado y se había sustituido por una sensación de placer casi sensual, tóxico y excitante. Había hablado con Nía y con Fredo, y sabía que era normal. Mi cuerpo había aceptado las sustancias de las agujas, y veía subir y bajar mi vientre lentamente en el sueño producido por las drogas y las sustancias. Una cálida tranquilidad me invadió, y volví a dormirme, esta vez sin dolor.

Tiempo después mi piel, toda ella, estaba tan sensible que noté la ráfaga de aire cuando Naeva abrió la puerta para entrar. Escurrió su cuerpo alto y magro a través de la puerta, y me miró desde arriba. Yo no podía moverme. Mi cuerpo se había acostumbrado a las sustancias, y habían obrado su trabajo. Con un esfuerzo increíble alcé la cabeza, y observé cómo había adelgazado mi basta cintura, cómo se habían desarrollado mis caderas y mis pechos, cómo se había torneado mis piernas y mis brazos librándose de la grasa. Sonreí. Había superado la prueba, y era hora de sacar de mí aquellas agujas.

Sin embargo, la maestra drow volvió a coger los tarros con aquellas sustancias mágicas. Con un tubito de cristal, retiró una gota del tarro de cerámica, y luego la soltó sobre la aguja que tenía clavada en mi pezón. Resbaló, y al entrar en mi interior noté cómo una placentera debilidad me invadía, y un calor se expandía desde el centro de mi pecho. Naeva siguió dejando gotas en las diferentes agujas que tenía clavadas en mi pecho, produciéndome cada vez más placer y somnolencia. Quería levantarme. Quería golpearla. Quería gritar. Pero sólo pude hablar con un susurro; “¿Qué haces?. Maestra, maestra, soy útil a los drow, sirvo a los drow…”. Sabía que rogar por mi vida no valdría de nada, así que apelé a su sentido práctico. No funcionó.

Lo sé, Suz”. Era la primera vez que pronunciaba mi nombre. “Es una lástima que no superaras el ritual, ¿verdad?”, sonrió mientras deslizaba cada vez más de aquella horrible cosa densa en el interior de mi pecho. “Nunca se sabe dónde está el límite que cada uno aguanta de esta sustancia, ¿sabes?. Demasiada de ella puede matarte. Pero no te preocupes, no será doloroso. Será placentero. Y luego podré decirle a Elseve que hice todo lo que pude por ti. Desgraciadamente, no lo superaste”. En aquel momento pensé en saltar sobre ella, pero no podía ni levantar la cabeza. Grité.

Ella rió, y comenzó a clavarme agujas en los labios. “Silencio, mi niña. Vas a disfrutar como nadie”. Deslizó aquellas gotas a través de las agujas, y empecé a notar un placer sensual en los labios. No podía hablar. Los entreabrí, gemí, y volví a mi inconsciencia. Sabía que Naeva había ganado, y yo estaría muerta pronto, hinchada por aquella sustancia hasta la sobredosis.

Pero si hubiera sido así no estaría escribiendo esto.

Nía y Fredo me salvaron contra su voluntad. Pensaron que si no había vuelto de mi ritual era porque Elseve, el amo drow, me había reclamado, y ahora era una esclava privilegiada. Bajaron hasta la sala sin permiso, para ver si seguía allí, muertos de curiosidad. Y al sentir el aire de la puerta al abrirse, me desperté. Sabía que podía ser la última vez que lo hiciera, y dirigí mis ojos ávidamente hacia la puerta.

Nía y Fredo me miraron con espanto, y él tiró varias botellas con bebedizos al chocar de espaldas contra una estantería. Lo entendí en cuanto bajé los ojos y vi mi pobre cuerpo. Sobre mí se alzaban dos montañas de carne, dos grotescas ubres que me aplastaban contra el altar, coronadas por pezones del tamaño de fresas. Una de ellas se había deslizado por el borde, y la notaba pulsante, arrastrándome. Me di cuenta de que estaba muy excitada. Había sufrido orgasmos, y no podía pensar bien. No podía moverme, ni hablar, y mis propias tetas me estaban ahogando con su peso. Después de la sorpresa, me miraban entre asustados y curiosos.

Comenzaron a rodearme, y descubrí que les hacía gracia verme así, expuesta, humillada y deforme. Los odié. Quería acabar con ellos. Pero no podía moverme. No podía hablar. ¿Cómo podía matarlos?. Y entonces lo supe.

Hablé. Con una fuerza de voluntad que no sabía que tenía, conseguí que mis susurros salieran de mis labios hinchados. “Soy prefe… rida de… Elseve…”, dije apelando a su codicia. “Él… os… recompensará… avisadle…”. Por supuesto, conocía a Elseve. Si un esclavo le hablaba sin su permiso, moriría. Ellos morirían. Pero transmitirían mi mensaje. “Naeva… le… traiciona… matando… me”, dije antes de sumirme del todo en la oscuridad.
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Re: Mi vida en Jyurgan

Mensaje por Suz el Lun Ene 28, 2013 10:19 am

Capítulo quinto

Me desperté. Pensé que no lo haría, pero me desperté en una habitación seca y tranquila, con un viejo sirviente humano cubriéndome la frente con un paño húmedo. No podía moverme, pero podía pensar; ya no estaba sumida en aquel éxtasis de placer, sólo me encontraba cansada. Muy cansada. “¿Dónde estoy?”, pregunté débilmente. “¿Qué ha pasado?”. El sirviente humano negó con la cabeza y se señaló la boca, así que en seguida entendí que era un sirviente mudo, con la lengua mutilada para evitar que contara nada de lo que escuchaba. Se levantó de la silla, y se marchó de la habitación. Fuera, cuando abrió la puerta, pude ver a uno de los guardias orcos que usaban los drow.

Me dejó sola en la habitación, y tuve tiempo de ver que era uno de los dormitorios del servicio, con paredes de madera y una pequeña ventana con rejas para evitar cualquier huída. Si no hubiera tenido rejas hubiera podido huir por ella. Si hubiera podido moverme. Luego lo pensé mejor, y levanté débilmente la manta que me cubría para observar las dos temblorosas monstruosidades que me iban a acompañar a partir de ahora. Todavía tenía las marcas de todas aquellas agujas. No, decididamente ya no cabría por la ventana.

Se abrió la puerta de la habitación, y entró el mismísimo maestro Elseve, el señor de la casa. Seguramente, nunca antes había bajado hasta las dependencias de los criados. Mi anciano y desconocido cuidador caminaba detrás de él, en la postura ritual de sumisión. El maestro drow se plantó frente a la cama, mirándome desde arriba, con su hermoso rostro esculpido en mármol negro, sus facciones afiladas y tranquilas como la superficie de un estanque. No había nada que indicara lo que podía estar pensado. Apartó la manta de un manotazo dejándome expuesta, y me recorrió con la mirada de arriba abajo, lentamente.


Si yo hubiera sido estúpida, hubiera pensado que estaba disfrutando con mi nuevo y grotesco aspecto. Antes había visto al viejo criado fascinado, y estaba segura de que había curioseado mientras me cuidaba. A algunos chicos, mi ridículo nuevo aspecto les fascinaría, estaba segura. A Elseve no. Le conocía. Sabía exactamente lo que estaba pensando. ¿Podría convertirme en una asesina eficiente, con una constitución como aquella?. Estaba claro que no podría correr. O saltar. O lanzar una puñalada mortal contra mis víctimas. “Acompáñame”, dijo desapasionadamente. Luego se dio la vuelta y se marchó, mientras el sirviente mudo cogía un sencillo albornoz, dispuesto a cubrirme.

Yo estaba agotada, después de que mi organismo absorbiera todas aquellas horribles sustancias. Apenas podía moverme, pero sabía que ahora se estaba decidiendo si yo iba a ser una asesina capaz, o si iba a ser un simple objeto de deseo sexual para mis amos drow. Cogí toda la voluntad que tenía dentro, la convertí en una pelota y la mandé hacia mis extremidades, hacia mi corazón, y noté cómo poco a poco la fuerza volvía a mis piernas y a mis brazos. Me levanté rápidamente, y descubrí que en realidad no estaba tan cansada. Me mantenía en pie, aunque mi nuevo y descompensado equilibrio casi me hace caer de bruces. Con la ayuda del criado, me puse el albornoz, y me vi forzada a usar las manos para mantenerlo cerrado sobre mis nuevas y horribles curvas, que se removían con cada movimiento y era evidente que no cabían en la prenda de ropa. Penosamente, tropezando a cada dos pasos, seguí al amo, que caminaba hacia sus habitaciones mientras charlaba conmigo. Notaba mis nuevas e hinchadas caderas golpear las paredes del pasillo, y sentía mi nueva y esbelta cintura frágil y quebradiza.

Naeva me traicionó, y ha recibido su merecido. Ha sido desmembrada en el altar a nuestros dioses, y una parte de su cuerpo ha sido enviada a cada templo de la ciudadela, para que sea quemada como sacrificio”. Evidentemente, no pregunté lo que le había pasado a mis dos compañeros, Nía y Fredo. Podía imaginármelo, y además un sirviente humano jamás debe hablar si no se le pregunta. “Has superado tu entrenamiento como cortesana. Pero el entrenamiento como asesina es duro, y lo realizaré yo mismo. Tendrás que aprender a fundirte con las sombras, a golpear en puntos mortales, a sobrevivir en lugares infernales y a conseguir que tus blancos confíen en ti”.

Habíamos llegado a sus habitaciones, donde nos habíamos acostado cuando me encontró en el lago. Ahora me parecía que aquella chica que había salido de las minas, aquella niña inocente, ya no existía. “También tendrás que aprender a luchar, a correr, a trepar y a infiltrarte en cualquier lugar, cosa que dudo que puedas hacer… así”, dijo señalándome con la barbilla, mientras yo intentaba cubrirme penosamente con el albornoz sin ningún éxito. “Pero soy magnánimo. Si lo prefieres, te enviaré con el resto de los esclavos de placer, y podrás recibir las atenciones de los drow de mi casa. Si tienes suerte, encontrarás a alguno al que le guste ese deforme cuerpo tuyo, y vivirás servida por otros humanos, calentándole la cama hasta que se canse de ti”. Por fin, Elseve mostró esa malvada sonrisa suya, y me hizo la pregunta. “Si te entreno como asesina, seguramente morirás. ¿Qué escoges?”.

Descaradamente, dejé de intentar sujetarme el albornoz y alcé la barbilla. “Amo, me convertirás en la mejor asesina que hayas tenido bajo tu poder”.
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Re: Mi vida en Jyurgan

Mensaje por Suz el Lun Feb 04, 2013 2:32 pm

Capítulo sexto

Convertirme en una asesina; decirlo era más fácil que hacerlo. Una cosa era aprender las expresiones y posturas drow, su lenguaje y la forma de servirles, y otra muy distinta el ejercicio físico diario, el aprender a luchar y a pasar desapercibida. Con mi nuevo aspecto, había cosas que simplemente no podía hacer, así que tuve que aprender a llevarlas a cabo de otra manera.

Al día siguiente sabía que Elseve se presentaría para entrenarme. Si no me ciño solo puedo caminar sosteniéndome el pecho con los brazos, y no puedo correr. Además no tenía nada que me sirviera. Sabía que así no podría superar ninguna prueba, así que aquella noche me escapé y fui a ver a alguien que ya conocía por mi entrenamiento con Naeva. Su nombre era Vasile. Era drow, y se encargaba de confeccionar el vestido para otros drow, y para los esclavos de placer.

Cuando me vio aparecer en el dintel de su casa yo no sabía si podría conseguir que hiciera aquello por mí, pero el repaso que me dio con su mirada me convenció de que tenía posibilidades. Era uno de esos chicos a los que les gustaba mi nuevo aspecto. Decidí utilizar lo que había aprendido como esclava de placer con él, para conseguir que me confeccionara un traje especial que me contuviera y que me dejara algo de movimiento.

Aquella noche no dormí, pero conseguí lo que me proponía. Y además, descubrí algo horrible, a pesar del placer que me proporcionó. Vasile era un amante experto, igual que yo. Aquella noche estuvimos juntos, y puse en práctica todas las técnicas que me habían enseñado. Sin embargo, descubrí que cuando el drow trabajaba mi pecho yo volvía a sentir la terrible sensación del ritual. No pude seguir satisfaciéndole, y caí en una especie de éxtasis en el que apenas me podía mover, demasiado aturdida por el placer para poder actuar. Tras un rato, Vasile se levantó enfadado, pensando que yo prefería disfrutar y no hacerle disfrutar a él. “¡Esclava humana, eres tú la que necesitas ese traje!”, me gritó. “Si prefieres morir mañana, puedes volver junto al gran Elseve!”.

Una vez dejó de tocar mi busto, mi entendimiento volvió poco a poco y conseguí alzar la cabeza. Sonreí, y esta vez me puse yo encima, conduciéndole e impidiéndole volver a tocarme allí. Le gustó. Lo suficiente, al menos, para que yo me presentara al día siguiente con un traje especial, reforzado, que aplastaba mi pecho contra mi cuerpo y me permitía moverme.

Elseve se mostró satisfecho de lo que había hecho. “Pensaba que tendría que matarte el primer día. Verte me produce el mismo orgullo que el que sentiría por una mascota obediente”, dijo sonriendo. Aquel día pude seguir el entrenamiento; corrí, trepé y me moví todo lo bien que pude. Con mi deformidad no podía pasar desapercibida entre una multitud, pero sí podía esconderme para que la multitud no me viera.

Me caí y me golpeé varias veces, pero conseguí hacerlo lo suficientemente bien como para contentar a Elseve. Aquella noche descansé llena de moratones… pero viva.
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Re: Mi vida en Jyurgan

Mensaje por Suz el Mar Mar 05, 2013 1:25 pm

Capítulo Séptimo

El tiempo pasó, y mi habilidad mejoró. Tuve que recurrir a drogas y a trucos para superar los entrenamientos, pero todo iba bien. Las pruebas me mantenían al límite, y siempre conseguía superarles por poco margen. Pero las superaba.

Aprendí mucho. Cuando llevaba cinco meses, era capaz de fundirme con la gente de un lugar y reunir todos los chismes e información útil que pudieran darme. Como costumbre, me fijaba siempre en quién tenía detrás de mí, y era capaz de reconocer cuando me seguían. Podía memorizar montones de cosas, en complicados ejercicios mnemotécnicos. O calcular a simple vista la distancia entre dos lugares, viéndolo desde una posición alta, y saber cuanto tardaría en llegar de uno a otro. Mi voluntad era fuerte, y aquellas cosas no me costaban.

La parte de la seducción tampoco se me resistía. Conseguí ganarme a cualquier blanco que designara Elseve, en parte gracias a las técnicas que había aprendido con Naeva, y en parte por mi nuevo aspecto deforme, que parecía a atraer a algunos hombres. En tres ocasiones, Elseve me probó en la cama, y quedó satisfecho. Afortunadamente él no tenía ningún interés en darme placer a mí, y no me agarró el pecho en ningún momento; si lo hubiera hecho me hubiera dejado en el extraño trance de placer que sufrí con Vasile. La diferencia es que Elseve se hubiera dado cuenta inmediatamente de lo que sucedía, y me hubiera cortado el cuello. Nunca hubiera superado el trance. ¿De qué vale una asesina tan fácil de neutralizar?. Afortunadamente él no me tocó, y yo cumplí mi objetivo.

En el entrenamiento físico me cubría el pecho con mi extraño top ortopédico, que a base de visitas a Vasile fue perfeccionándose y endureciéndose hasta adaptarse perfectamente a mí. Estaba contenida y protegida. Aun así la parte física fue la más complicada. Recordaba a diario mi aspecto normal, las carreras, saltos y golpes que podía hacer antes del ritual. Ahora mi cadera hinchada golpeaba en todas partes, mi cintura de avispa me dolía y parecía que se me iba a dislocar, y mis horribles pechos pesaban tanto que tenía dolores crónicos en la espalda a pesar de las correas del top. Todavía los tengo, pero superé casi todas las pruebas. Las suficientes, al menos, como para que Elseve me diera el visto bueno.

Fue entonces cuando mi maestro me dio mi primera misión. Después vino una segunda, una tercera... perdí la cuenta, pero yo las cumplí todas. Aprendí supervivencia, a moverme por los bosques y por las cuevas. Establecí montones de escondites y refugios seguros donde ocultarme si me buscaban.

Tal y como le dije a Elseve, me convertí en la mejor asesina que había tenido bajo su poder.
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Re: Mi vida en Jyurgan

Mensaje por Suz el Lun Ago 05, 2013 3:35 pm

Capítulo octavo

Conseguí sobrevivir, no sé cómo, a todas las misiones que Elseve me ordenó, y con cada misión yo odiaba más y más a los elfos drow, pero también aprendía a disimular más y más. Elseve, con sus rasgos afilados y sus músculos magros, pegados al cuerpo, se convirtió en mi maestro. Él creía que me había convertido en la herramienta perfecta, y me usaba para todo lo que deseaba. Pero claro, no era cierto.

Los drow no sienten amor por nadie y no confían en nadie, y esa es una lección que aprendí pronto. Gracias a mis dotes como allanadora, cada cierto tiempo me infiltraba en sus aposentos, y me enteraba de la correspondencia y de los planes que Elseve tejía. Así fue como me enteré del último plan que mi amo tenía para mí, antes de que me lo comunicara.

Lo hizo al día siguiente, mientras yacía desnuda en su lecho. Él paseaba sólo con un albornoz abierto, que dejaba ver su torso ágil y fibroso. "Esta noche te acompañaré en tu misión, ya que debes infiltrarte en una casa rival que yo conozco bien", me dijo. "Allí robaremos un anillo mágico, capaz de invocar y comandar terribles fantasmas, que es su tesoro más preciado", afirmó antes de reirse con aquella carcajada malvada tan suya.

Al menos no tendría que salir al bosque de Jyurgan... en principio. Tras prepararme durante todo el día, al anochecer me presenté ante Elseve. Yo me había puesto mi traje reforzado rojo, que me ceñía el horrible pecho y dejaba mi ombligo al aire, y unos pantalones segunda piel de color gris con botas. Él llevaba una armadura pegada al cuerpo, roja y negra, con una magia que le permitía moverse en silencio.

Fue fácil adentrarnos en la casa rival. En efecto, él la había estudiado bien, descubriendo un paso subterráneo al que había que acceder buceando. Una vez dentro me llevó hasta la cámara del tesoro esquivando a todas las patrullas, y yo me encargué de abrir la puerta de hierro, de más de un metro de grosor, usando mi habilidad con las cerraduras.

Penetramos en la cámara y cerramos la puerta, para que nadie escuchara nada. El lugar estaba repleto de montones de oro y joyas de todos los colores, pero lo que nos interesaba estaba en un pedestal justo en mitad de la cámara. Nos acercamos a él, yo siempre unos pasos detrás de Elseve.

No se movía ni el aire, y eso fue lo que nos puso en guardia; de repente, notamos una ligera corriente. Algo grande se había movido en la camara. Saltamos a tiempo para salvarnos de ser mordidos por una araña gigantesca, del tamaño de un elefante, que goteaba veneno humeante de sus fauces y se movía con sonidos chasqueantes de sus duras patas sobre el suelo de piedra.

Esa fue la única vez que Elseve y yo luchamos hombro con hombro. Al final el monstruo había atrapado a mi apuesto amo contra una pared, pero al centrarse en él se olvidó de mí, y lo herí de gravedad con mis dos dagas en su gordo abdomen. Mi señor aprovechó el dolor de la araña para lanzar una estocada que le atravesó su cerebro de monstruo, y la criatura se despatarró, muerta.

Por fín, nos acercamos al pedestal, cogí el anillo y se lo dí. Él sonrió, malvado. "Hoy tendrás que hacerme tu último servicio", me dijo. "Nadie sabe que trabajas para mí, así que si apareces aquí, muerta por la lucha con la araña, todos pensarán que el robo ha sido cosa de un grupo de humanos del exterior".

Yo había esperado mucho tiempo para vengarme por todo lo que me había hecho. Aquel era el momento para luchar por mi vida. Rápidamente desenvainé mis dos dagas, mientras él sacaba su cimitarra. Me agaché y lancé un tajo alto para distraerle y otro bajo, para matarle.

La cimitarra se movió más rápido de lo que yo había visto nunca, arrancándome la daga que distraía por arriba, y luego bajó, resbaló sobre la de abajo, la volvió a llevar arriba y la hizo volar por el aire. Un momento después, la empuñadura de su arma se hundió en mi pecho izquierdo con tanta fuerza que llegó hasta mi esternón.

Unos segundos después recuperé la conciencia. Estaba espatarrada en el suelo, con una humillante mezcla de temblor, placer y dolor surgiendo desde mi pecho hasta las extremidades, incapaz de moverme.

Elseve sonrió, se agachó hacia mí y me miró con la lástima en sus facciones delgadas y aristocráticas. "No me sirves, pobre hembra. No solo eres lenta y patética. Eres tonta. Y ahora, los fantasmas del anillo que me has ayudado a robar te arrancarán la carne del cuerpo".

Alzó la réplica que le había dado, y gruitó las palabras mágicas. No sucedió nada.

Ese mismo día había espiado su plan escrito, oculto en su escritorio. Incluso tenía una descripción perfecta del anillo mágico. Acudí a un orfebre de confianza, al que me había ganado a base de cama, y se pasó trabajando todo el día para crear la réplica que le había dado.

El anillo real estaba en mi dedo.

Con gran fuerza de voluntad, lo señalé y gemí las mismas palabras que él había dicho.

Mientras una nube gris y roja formada por un centenar de fantasmas lo levantaban en el aire, pude ver el entendimiento en sus ojos. El tonto era él. Una simple espía humana lo había derrotado. Las criaturas le arrancaron la armadura del cuerpo, y luego la piel, la carne, los huesos, y una nube de sangre licuada, que antes era mi amo, se derramó en el suelo mientras los fantasmas volvían al anillo.

Media hora después pude moverme. Devolví el anillo, porque no quería que la casa drow me persiguiera el resto de mi vida, pero me llené los bolsillos de oro. Había asesinado a un noble drow, y pronto empezarían a perseguirme por ello.

Iba a necesitar el oro. Esa misma noche, salí de la ciudad y me adentré en los bosques de Jyurgan.

¡Sigue en "La Huída"! Very Happy

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Re: Mi vida en Jyurgan

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