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Piedad

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Piedad

Mensaje por Arator el Miér Ene 09, 2013 2:19 pm

Piedad

Los primeros rayos de sol de esa hibernal mañana se filtraban a través de las cortinas de aquella habitación decorada selectamente con muebles de madera. En la cama, son finas sábanas revueltas por una noche de sueño en las que se encuentra un hombre de gran estatura, descansando con los ojos cerrados y poco más que un pantalón de seda negra y un crucifijo de plata sobre su piel pálida. Las cortinas translúcidas ondeaban a medida que la brisa mañanera entraba en la estancia. Al fondo de la habitación se podía ver una serie de piezas de metal que conformaban su armadura el día anterior, y el yelmo que parecía observar desde la superficie de la mesa el sueño del hombre. Asimismo, sobre la silla del mismo material se encontraban descuidadamente colocados una gabardina amplia de color negro y la espada, envainada y reposando tranquilamente.

Cuando el rayo de luz acarició la mejilla del hombre de melena de carbón, este separó los párpados y escudriñó la distancia con sus ojos esmeralda. El gesto cansado demostraba que no había sido una noche placentera, nunca lo era. Aunque sería injusto a ojos de muchos justificar el carácter de ese hombre tras el tormento, también sería injusto negar que era uno de los factores. Las ojeras decoraban los ojos, pero aun así abandonó el lecho sin queja o duda alguna y se enfundó en una camisa de tonos negruzcos, cubriendo pecho y abdomen.

Arrastró los pies descalzos hasta la mesa donde se encontraba todo su equipamiento. Desde esa posición, podía localizar una bolsa de cuero marrón con un par o tres de objetos que necesitaba. Levantándola del suelo, buscó entre la multitud de objetos y sacó un papel arrugado que extendió sobre la mesa, apartando toda la armadura a una esquina. En él, tenía apuntados un día, una hora y un lugar. Aún si había memorizado perfectamente el contenido del papel, quería mirarlo una última vez, si no para asegurarse simplemente para matar el tiempo hasta la hora apuntada.

El sol se alzaba cada vez más en el cielo y Arator se comenzaba a colocar la gabardina negra y la espada al cinto, preparado para abandonar la habitación con su bolsa de cuero al hombro. En el exterior de Erenmios, restos de nieve quedaban en los callejones menos transitados y en las esquinas de los edificios. El vaho salía expulsado cada vez que alguien exhalaba y era común que la gente fuese bastante tapada con capas y capas de ropa. Aun así, Arator apenas llevaba el traje de seda negro y la gabardina, dejando ondear la melena en la fría brisa del día. El sol apenas brillaba en el nublado cielo y presagiaba que pasado el mediodía, comenzaría a nevar de nuevo. Las calles estaban bastante abarrotadas, aprovechando la mañana sin nieve y a causa de esto, el guerrero en traje oscuro llamaba bastante la atención.

A medida que se acercaba a su destino, el gentío disminuía muchísimo y el aspecto de las calles y casas se volvía mucho más marginal.


Última edición por Arator el Jue Ene 10, 2013 8:38 am, editado 1 vez
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Re: Piedad

Mensaje por Arator el Miér Ene 09, 2013 2:24 pm

El lugar en el que se encontraba, una especie de plaza circular adoquinada, estaba extrañamente llena de gente. Al parecer, se trataba de una plaza mercante, pues en diversas esquinas y a lo largo del lugar y las avenidas que partían desde allí se encontraban montados diversos puestos de venta. La mayoría de pieles, cuchillos y demás utensilios de caza y algunos pocos de bisutería o joyería robada. Sin embargo, había algunos que llamaban particularmente la atención del hombre de negro. En unas esquinas en concreto se encontraban unas tarimas de madera que se alzaban varios pies del suelo, y sobre ellas hombres y mujeres – semidesnudos o desnudos en su mayoría – que posaban ante el público que pujaba por ellos. Los puestos de esclavos eran comunes en los barrios menos ‘elegantes’ de las grandes ciudades, y Erenmios no era una excepción.

Para minas o servidumbre, terminar en un coliseo o en la cama de alguien que se lo pudieran permitir eran destinos comunes para aquellos que terminaban siendo conocidos como esclavos. Arator no estaba interesado en los esclavos en concreto, si no en los esclavistas. Sentado en uno de los banquillos de mármol a medio romper de la plaza, observaba en completo silencio los distintos acontecimientos que sucedían, a la vez que esperaba paciente a la apertura de un establecimiento.

Poco después de que el sol alcanzase el punto más alto, un hombre vestido en traje rojo y dorado, pequeño y rechoncho entró en una de las casas de madera, de un solo piso aparente que se encontraba enfrente de las tarimas de los esclavistas. Arator dejó pasar largos minutos hasta que abandonó el asiento y se dirigió al edificio que llevaba observando desde su llegada. Con una mano en el bolsillo de la gabardina y otra en la empuñadura de su montante, caminó a través de la plaza y entró en la casa, haciendo sonar una especie de campanilla al hacerlo.

La habitación estaba estructurada como una tienda común y corriente. Grande, tenía diversas estanterías a ambos lados del pasillo central y un mostrador al fondo, tras el cual se ubicaban más alacenas. En estos, se encontraban colocados cuidadosamente diversos artefactos, como collares de cuero de todos los colores y diseños, látigos y correas, de cuero o en forma de cadena, entre otros. Al fondo se encontraba el hombre que entró antes, sonriendo una vez se dio cuenta de la imponente presencia del hombre de ojos esmeralda.

Con paso calmado, avanzó hasta el mostrador, donde al otro lado le esperaba el hombre al que le sacaba casi dos cabezas. “¿Qué puedo hacer por usted, señor? ¿Hay algo en concreto que busca?” - Entonces, Arator dejó caer la bolsa en el suelo justo después de tomar un pedacito de papel con un único nombre apuntado. “Él me dijo que viniese aquí.” – contestó con un tono impasible.

El gesto del hombre cambió al ver el papel que le había entregado el Hörige, un gesto menos inocente y más mórbido…


Última edición por Arator el Jue Ene 10, 2013 8:44 am, editado 1 vez
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Re: Piedad

Mensaje por Arator el Miér Ene 09, 2013 2:30 pm

Bien, entiendo qué es lo que busca, señor. Acompáñeme por aquí.” – dijo, mientras con el brazo señalaba a una portucha de madera que se escondía bastante bien en el lateral de la última estantería, a su izquierda. Tomando el hombrecillo la delantera, abrió el candado hacia la entrada a un túnel subterráneo, empedrado e iluminado únicamente por un par o tres de antorchas.

¿Está buscando algo en particular? ¿Algún rasgo en concreto? Las orejas de felino son muy populares entre los jóvenes…” dijo aún caminando y sin voltearse. El túnel parecía realmente largo, y daba una auténtica mala impresión, aunque era obvio que su discreción era el por qué el dueño de la tienda había mandado a construirlo. Al ser subterráneo, el tendero se aseguraba que allí solo entrasen aquellos pocos que sabía que eran clientes. Por supuesto, también se podía ir recomendado por un cliente, y es así como Arator había llegado hasta allí.

Los esclavistas de categoría no se dedicaban a exponer su mercancía en las plazas, si no que llevaban sus negocios de una manera mucho más discreta. Por supuesto, se podían permitir esto debido al exagerado precio al que vendían su mercancía, y el hecho de que solo vendían a grandes magnates, nobles o adinerados en general. Obviamente, la mercancía estaba a la altura del precio y por eso ellos hacían las cosas como las hacían, pues eran rentables. “No. Simplemente deme su mejor mercancía…” – cierto desagrado se entremezclo al final de la frase, pero fue suficientemente sutil como para resultar imperceptible a oídos del vendedor.

Por supuesto, viniendo de parte de Lord Vackfire no podía ser de otra manera…” – comentaba, a medida que llegaban al final del túnel. Al fondo se veía una puerta de madera robusta y bien cuidada, con un candado igualmente. “… Haré que tenga compañía mientras preparo su pedido.” Una vez en el otro lado de la puerta, se encontraron ambos en una pequeña estancia bien decorada, como si de una casa de bien se tratase. Allí, habían dos puertas más, una a la derecha y otra en frente. “Por favor, espere en esta habitación.” – dijo señalando a la de su derecha. Arator, impasible aún, accedió y entró, separándose del guía y vendedor.

La nueva habitación tenía poca decoración, pero muy bien elegida. Una cama en la pared más lejana, coronada por un cuadro de un paisaje que a Arator le trajo recuerdos de Sílvide. Una mesita sujetaba una botella sin etiquetar y que no daba pista alguna de su contenido, así como armarios que a saber qué contenían. Aparte de eso, no había gran cosa más, sin contar la gran cantidad de espacio. Lo primero que hizo Arator fue lanzar la gabardina y espada sobre la cama cuidadosamente hecha, con sus sábanas de seda y lino. Después, sacó de su saco otro papel, que observó cuidadosamente y arrugó con gesto de desagrado en su rostro.

Rápidamente, caminó hacia la puerta y se aseguró a su pesar de que, efectivamente, había sido cerrada con llave desde fuera. No era algo raro, a nadie le gusta que un extraño se pasee por la trastienda, y era algo que no le sorprendía al hombre en negro, aún si le desagradaba. Al corroborarlo, se sentó en el filo de la cama y con gesto impaciente, esperó a una oportunidad para salir. Los segundos pasaban como minutos, y el tiempo parecía más largo cuanto más impaciente se encontraba Arator.

Al cabo de quien sabe cuanto, escuchó como alguien jugueteaba cuidadosamente con la cerradura de la puerta. Una vez abierta, pudo ver a una mujer bastante más bajita y delgada que él, cubierta con apenas una translúcida pieza de seda que dejaba poco a la imaginación, y no pretendía otra cosa.

Compartieron una mirada por un segundo, sin intercambiar una sola palabra.


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Re: Piedad

Mensaje por Arator el Miér Ene 09, 2013 2:35 pm

La mujer tenía aspecto cuidado, aún si Arator sabía que solo eran apariencias para que la mercancía fuese atrayente para el comprador. La mujer – o más bien muchacha, pues parecía bastante más joven que Arator, alrededor de los diecisiete años – se quedó callada unos minutos en la puerta, quizás intimidada por la gran contextura del guerrero, su aspecto sombrío o sus ojos, único rasgo Hörige. Rápidamente salió de su estupefacción y se volteó, cerrando de nuevo la puerta.

Segundos después se acercó intentando moverse sensualmente – aunque realmente parecía inexperimentada al respecto – y cuando se encontraba a menos de un paso, se puso de puntillas intentando besar a Arator. Desde la cercanía, Arator se fijó en los ojos rasgados, rasgo de Hörige, justo antes de que la mujer cerrase los ojos para enzarzarse en el beso. Pero el beso jamás llegó, y la trayectoria fue detenida cuando el de negro tomó sin ningún cuidado a la mujer de la mandíbula, que abrió los ojos azulados en sorpresa y miedo. Ella estaba acostumbrada a sentir miedo, a la represalia y el castigo.

Dame la llave de la puerta” – dijo con un tono amenazante y frío. La muchacha se quedó pasmada, no sabía que hacer, jamás le habían enseñado cómo proceder en estos casos. ¿Quién le habría enseñado? ¿Su captor, su amo? Sin embargo, Arator sabía ser imponente, más que cualquier látigo o azote. Ante la no respuesta por parte de la muchacha, retiró su mano de la mejilla y la llevó a la cadera femenina, donde tenía un pequeño bolsillo en el que había visto como guardaba la llave, y se la arrebató.

Ignorando la presencia de la chica, se acercó a la cama y tomó su montante, colocándolo de nuevo en el cinto y abandonando la estancia hacia la bifurcación anterior. Allí, intentó usar de nuevo la misma llave y que para su suerte, abrió el candado de la puerta que aún no había visitado. La siguiente estancia era similar al túnel que habían estado antes, pero eran esta vez unas escaleras que dirigían a una tercera puerta.

Tras ella se encontraba una estancia… Mórbida. Parecía más bien una mazmorra, y en las celdas – o quizás deberían llamarse jaulas – se encontraban mujeres y hombres por igual. La gran mayoría completamente desnudos, solo unos pocos tenían un pedazo de tela cubriendo algunas partes. Sus edades eran muy variadas, desde niños de no más de diez años hasta muchachos y muchachas de dieciocho. Se notaba que buscaban mercancía joven, y que no los trataban especialmente bien. Quizás por eso todo el asunto de la compañía, y lo de ‘preparar el pedido’, para acicalar, limpiar y ocultar cualquier herida causada del comprador.

Pero si compartían un rasgo, era ser Höriges. Todos y cada uno de ellos eran Höriges. Algunos simplemente mostraban rasgos como ojos felinos, orejas o cuernos, mientras que otros parecían animales bípedos. La gran mayoría miraron con fascinación a Arator, seguramente hacía años que no habían visto a alguien aparte de su amo, o quizás algún cliente que los rechazó. Otros dormían o parecían inconscientes, y la mayoría estaban sucios o heridos. Incluso los más adultos tenían una mirada de fascinación que les daba un aire inocente, aún si seguramente habrían perdido la inocencia mucho tiempo antes.

En el fondo de la mazmorra, se encontraba otra puerta, y el instinto decía a Arator que allí se encontraba su presa del día.


Última edición por Arator el Jue Ene 10, 2013 9:02 am, editado 1 vez
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Re: Piedad

Mensaje por Arator el Miér Ene 09, 2013 2:41 pm

Los susurros se habían expandido por toda la mazmorra. Seguramente nadie antes había pisado ese suelo aparte del amo y ellos mismos. La mayoría, asimismo, conocían lo básico del idioma común, para aquellos que disfrutasen escuchando a sus esclavos o esclavas de cama, o para entender las órdenes más básicas. Las frases de sorpresa, miedo y confusión eran recurrentes a medida que el moreno avanzaba con ambos ojos brillantes fijos en el fondo de la estancia. No prestó atención a las celdas y tomó el pomo de la puerta, esta vez sin candado.

Entró sin prestar mucha atención al entorno, llamando la atención del vendedor, que colocaba con cara de tedio un traje azulado a una Hörige con orejas de perro, melena rubia y tez pálida, casi pareciendo nórdica. “¡Señor, no puede estar aq—" – dijo sin poder terminar la frase antes de que Arator lo tomase de la mandíbula, tapándole la boca con la mano y a base de pura fuerza bruta lo empujase hacia la pared. “Kyaaa –“ gritó la muchacha, en una mezcla de sorpresa y dolor al caer de culo a causa del súbito movimiento. “Mmmmf… ¡Mmmf!” la mano obstruyendo su respiración le impedía también hablar, y los ojos furiosos y afilados de color esmeralda estaban clavados como cuchillos ardientes en los del esclavista.

Traficas con Höriges… Tienes decenas de ellos encerrados en celdas como si fuesen perros…” – la voz grave de Arator resultaba exageradamente amenazadora en la situación, y la furia asesina de un guerrero que ha acabado con decenas de enemigos poderosos se escapaba con cada sílaba que pronunciaba. “… pero si confundes a un perro con un lobo, te arriesgas a que la manada te devore.” El esclavista continuaba intentando respirar y hablar, aún bloqueado por la fuerte mano de Arator.

Antes siquiera de tener tiempo de hacer nada, sintió como alguien tiraba con fuerza de su pantalón, llamándole la atención rápidamente. Bajo la vista y allí vio a la Hörige, con los ojos aguados y peleando fútilmente con la pieza de ropa, en desesperación. “… ¿Qué haces…?” – Arator estaba confundido. “N-No… N-No… N-N-No lo mates... No matar…” – dijo entre lágrimas que corrían por sus blanquecinas mejillas, que se tornaban en rojo a causa del llanto. “¿Por qué no?” – no podía entender qué le llevaría a un esclavo para querer salvar a su amo, a su captor, al hombre que seguramente le habría hecho pasar por penurias indecibles. “N-No matar… Matar es malo… No quiero verlo…” – entre sollozos, apenas podía hablar, no sabiendo si por el propio llanto o por una precaria educación.

Si no quieres ver… Cierra los ojos.” – dijo con el mismo tono frío y distante de siempre. Al hacerlo, la Hörige solo pudo oír un grito ahogado, un grito de dolor agudo. Al abrir los ojos con preocupación, la escena dio un giro particular. Mientras Arator estaba más pendiente de la Hörige que del esclavista, éste sacó un pequeño puñal similar a un abrecartas y lo clavó profundamente en el hombro del de pelo negro, que ahora se encontraba hincado de rodillas por el dolor y con la camisa tiñéndose de carmesí por la sangre. Mientras, el esclavista recuperaba el aire, con la cara enrojecida y los ojos inyectados en sangre, mezcla de furia y ahogo.

Arator se arrancó el puñal y lo tiró a unos pasos de él, aun gimiendo de dolor. “Bastardo… ¿Te crees un salvador? ¿Crees que les haces un favor a estas criaturas, liberándolos? ¿Lanzándolos a un mundo en el que no sobrevivirán? ¡Yo les estoy dando una vida mejor! ¡Me lo deben todo!” – dijo gritando como un maníaco, mientras tomaba un palo de madera que se encontraba en una de las mesas cercanas. Lo alzó amenazante, mientras Arator aún se reponía del dolor infringido.

Que irónico que el cazador se viese cazado.


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Re: Piedad

Mensaje por Arator el Miér Ene 09, 2013 2:46 pm

¿¡Te crees que no me he enfrentado antes a Höriges rebeldes, que creen que pueden vivir en libertad!? ¡Lo he hecho, y han terminado en esas celdas, o en el lecho de algún conde como meretrices!” A pesar de que Arator estaba sufriendo un gran dolor, los ojos esmeralda no demostraban eso si no un gran orgullo y odio, un gran y ardiente odio, que solo lograba que el esclavista se enfureciese al no ver un ápice de sumisión en él.

La maza avanzó en parábola golpeando fuertemente la cabeza del guerrero, y haciendo que un gran chorro de sangre empezase a escurrir por toda su frente, bañando la tez blanca en carmesí. Pero el guerrero mantuvo la posición, arrodillado pero digno. El color carmesí contrastaba fuertemente con los pequeños iris de color esmeralda, que no se habían apartado del esclavista ni un momento.

¡Muere, muere bastardo!” dijo mientras alzaba de nuevo el arma, ahora manchada en la sangre del Hörige. “¡Mue—grrh!” – de nuevo se vio interrumpido, esta vez por un dolor agudo en el costado. Girando su cabeza, vio a la Hörige de cabello de oro con el puñal en sus temblorosas manos, apuñalándolo con gesto horrorizado, como si más que un acto meditado fuese puro instinto. “No… N-No matar…” musitó en el lugar, aun empuñando el arma y con lagrimones resbalando por sus enrojecidas mejillas. “¡Puta!” gritó el esclavista, abofeteándola lo suficientemente fuerte como para tumbarla, cayendo entre lágrimas y con la mejilla aún más enrojecida si cabe.

Pero no fue un acto inútil… Pues el tiempo fue suficiente como para que Arator, aun sangrando en el hombro izquierdo y cabeza, se pusiese en pie. Su cuerpo comenzaba a emanar un vaho oscuro como la misma noche, arremolinándose a su alrededor dejando ver su naturaleza mágica oscura a todos los presentes. Su aura era negra como el mismo abismo, y así se demostraba en ese momento. Los ojos brillantes en la noche se veían aún más tras el manto negro que lo rodeaba y empuñaba con su diestra su montante, para perdición del esclavista.

Has… Dicho tus últimas palabras… No tenías ningún derecho a hacerlo, pero considéralo un honor que no mereces.” La espada dibujó un gran arco, cortando en diagonal todo el torso del esclavista. La sangre salpicó a Arator, la Hörige y gran parte de la sala. De la boca del moribundo apenas logró salir un suspiro ahogado, antes de que la hoja le hiciese un corte mortal. No siquiera logró mantenerse en pie dos segundos tras la estocada, y cayó de espaldas, llevándose consigo la mesa en un intento de no perder el equilibrio. Pero era tarde, tarde para él, quien solo había logrado posponer su muerte unos segundos.

La vista de Arator empezaba a difuminarse, y los párpados terminaron por tapar los ojos verdes. El aura oscura comenzó a difuminarse a medida que Arator perdía el equilibrio a causa de la contusión y la pérdida de sangre, y cayó al suelo completamente inconsciente y vulnerable.

No podía ver ni sentir nada, simplemente se dejó abrazar por la oscuridad.


Última edición por Arator el Jue Ene 10, 2013 9:13 am, editado 1 vez
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Re: Piedad

Mensaje por Arator el Miér Ene 09, 2013 2:52 pm

Con dolor había perdido conocimiento y con dolor lo recuperó. Al abrir los ojos, escudriñó la estancia y enseguida la reconoció, la cama de seda y lino, los armarios y la mesa con su gabardina y bolsa. Reconoció la estancia en la que estuvo antes de bajar a las mazmorras. Dio un vistazo de nuevo y vio también a la Hörige de rasgos caninos y cabellera de maíz, con sus ojos llorosos y mejillas aún sonrojadas, mirándolo expectante con sus dos enormes ojos azules como el mar mismo. Luego se miró a si mismo, y vio su torso desnudo con el brazo vendado con unas tiras de tela ensangrentadas. Al llevarse la mano a la cabeza descubrió que el mismo tratamiento había sido llevado a cabo en esa parte de su cuerpo, y se encontró tan tranquilo como confuso.

¿Qué…?” - ni siquiera terminó la frase cuando una respuesta ya había sido lanzada al aire. “N-No morir… No quiero verlo…” – dijo con gesto triste de nuevo. Arator se dejó caer de nuevo sobre la cama con un suspiro de agotamiento. “El amo está muerto ahora… ¿Qué debo hacer…?” – la Hörige seguía hablando con ese hilillo de voz preocupado e inseguro. Resultaba normal que si a alguien que ha estado siempre captivo le dan súbitamente la libertad, se encuentre perdido y confuso, pero no implica que no le resultase irritante a Arator, que convaleciente no tenía manera de huir de la conversación. “Ese malnacido está muerto, eres libre. Haz lo que quieras.” – dijo, mientras con el brazo derecho se tapaba los ojos para descansar de la inquisitiva luz que le causaba un mayor dolor de cabeza.

Pero… ¿Qué hay que hacer…?” – decía confusa. Al parecer, nunca se le debió inculcar el concepto de libertad. Ante la pregunta, Arator solo pudo lanzar un bufido y contestar con resignación. “No tienes que hacer nada, y puedes hacer todo… Eres libre.” – el cansancio se notaba en su voz, y era obvio que aún estaba recuperándose de la pérdida de sangre. Arator no era especialmente bueno con las palabras, y nunca ser reconfortante había sido una de sus cualidades.

” – el silencio se hizo en la estancia. Aun si para Arator resultaba reconfortante, para la Hörige no parecía serlo, pues volvía a insistir en mantener una conversación. “¿P-por qué… asesinaste al amo? ¿Por qué traernos libertad?” – dijo, curiosa. “Aaagh. Porque lo odio. A él y a todos los que son como él. Gente repulsiva que aún sin tener ningún tipo de fuerza creen que pueden imponerse sobre los más débiles… Gente sin ambición que se contentan con someter a los que son más frágiles que ellos y viven asustados de los que son más fuertes. Un zorro que se contenta con atacar a las indefensas ovejas tarde o temprano será devorado por el lobo.” – dijo, como aquel padre que le cuenta a su hijo una vieja historia. El silencio de nuevo se había hecho en la estancia, mientras que la Hörige asimilaba lo que le había dicho.

Los minutos pasaban lentos con cortas conversaciones, mientras Arator recuperaba las fuerzas.


Última edición por Arator el Jue Ene 10, 2013 9:26 am, editado 1 vez
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Re: Piedad

Mensaje por Arator el Miér Ene 09, 2013 2:58 pm

Con un esfuerzo, se levantó de la cama y se arrastró hasta la gabardina. Ahora que su camisa había sido arruinada por la sangre, esa gabardina oscura era su único abrigo. “¿D-D-Dónde…?” intentó preguntar la Hörige, mientras Arator tomaba su bolsa y se dirigía a la puerta. “Yo aún no he terminado aquí. Lárgate, ve a dónde quieras ir y haz lo que quieras hacer.” – dijo mientras giraba el pomo y apartaba la puerta para salir. “¡M-Mi…! Mi nombre es Cinder.” Explicó intentando levantar la voz, pero a la vez con cierta inseguridad. “Es bueno saberlo.

Abandonando la estancia, volvió a bajar a las mazmorras. Esta vez, la incertidumbre de los esclavos había sido cambiada por asombro, temor por parte de algunos y fascinación general. Cruzó de nuevo la mazmorra hacia la puerta ahora entreabierta. Allí pudo observar el cadáver ya frío del esclavista, con la carne desgarrada por la estocada. A sus pies estaba la espada, el motivo principal por el que Arator había descendido hasta allí. Miró un segundo aún con desprecio al cadáver y recogió su arma, enfundándola de nuevo. En el suelo se encontraba la mesa, caída durante el combate y con los utensilios del cajón esparcidos en el charco de sangre. Entre ellos, un manojo de llaves de color plata.

Tomándolas, abandonó la estancia y se dirigió a cada una de las celdas, desbloqueando el cerrojo y liberando a todos los Höriges. “Si queréis sobrevivir, tomad todo objeto que podáis malvender y todo el oro que ese hombre haya guardado aquí. Salid, corred, vivid o morid, tenéis el derecho a elegir qué hacer. Yo no os voy a salvar, os estoy dando la oportunidad de salvaros a vosotros mismos. No os atreváis a pensar que me debéis algo o que tenéis que buscarme para devolverme el favor. No os quiero volver a ver jamás, solo espero de vosotros que no tenga que volver a veros jamás.” – tras el discurso, las murmullos se fueron ahogando a medida que Arator se alejaba de las mazmorras.

Atravesó de nuevo el túnel y abandonó el establecimiento. El cielo nocturno y la nieve era todo lo que le daba la bienvenida al exterior, y no habría querido ninguna otra cosa. Las solitarias calles de Erenmios eran todo lo que le esperaban, y la tranquilidad de la solitaria noche apaciguaba y tranquilizaba a Arator, que había tenido un duro día. De camino a su posada, notó una punzada de dolor… Dos cicatrices más, que no eran si no un recordatorio de este día, como la otra decena que tenía a lo largo del cuerpo… Todos recuerdos de batallas, emocionales o físicas, victorias o derrotas, pero todas igualmente importantes. Todos momentos importantes.

Y así llegó a la posada, y se arrastró hasta su habitación. Allí, no lo soportó más y calló de rodillas frente a la puerta, sin poder apenas dar un paso para internarse en su estancia, ni aguantar hasta llegar a la cama. Se agarró el brazo fuertemente, y a través del grosor de la gabardina pudo notar la humedad que se filtraba. Retirándose la chaqueta vio las telas empapadas de sangre que servían como vendas, y la sangre chorreando hasta su antebrazo. La herida abierta de nuevo le traía un dolor punzante que le hacía estremecerse. En la soledad, podía demostrar su debilidad, su vulnerabilidad… Podía demostrar su sufrimiento.

Mientras la oscuridad de la noche lo protegía, Arator podía desprenderse de toda armadura y ser débil.
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Re: Piedad

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