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La larga senda de un cometido.

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La larga senda de un cometido.

Mensaje por Athan Lor el Lun Ene 21, 2013 9:10 pm

Los pasos de una yegua solitaria rompían el silencio de la plaza. Se trataba de un espécimen formidable, desde los días antiguos no se observaba un animal como aquel por las tierras de Thonomer, cuando la fuerza de los hombres Tenebres era algo más que la sombra de un recuerdo. No era demasiado grande, mas su fuerza se palpaba en el ambiente que la envolvía, su piel, negra como la noche oscura, no parecía que ninguna luz se reflejara en ella, tan solo sus ojos de color escarlata brillaba con todo su fulgor. Los habitantes de Phonterek se apartaban a su paso, mientras, de un modo muy poco sensato, se preguntaban en qué lugar aquella bestia habría perdido a su amo. Empero, toda duda quedaba disipada al observar la figura que andaba unos pocos pasos más atrás, alta, completamente cubierta por una capa del mismo color que los ojos del equino, a excepción de la cabeza, de donde nacía una larga melena, también rojiza. Un sangriento espectáculo que desentonaba completamente en aquella ciudad blanca y pulcra como una doncella.

Pero Athan no parecía demasiado impresionada por las reacciones que generaba a su paso, ya fuera por la forzosa costumbre o la mera indiferencia, su rostro no mostró ningún tipo de emoción mientras andaba. Con seguridad, siguió por la senda que la llevaba al corazón de la ciudad, donde se alzaba una gran catedral, coronada por un dragón azul. Por motivos difíciles de imaginar para un simple ciudadano, parecía que la joven oscura deseaba llamar la atención de todos aquellos que vivían por la zona, motivo por el cuál, al ver que el camino que la llevaba hasta su destino no contaba con recovecos ni vías alternativas, había decidido dejar que su yegua andará libre, como un heraldo que anunciará su paso. En tierras tan tranquilas como aquella rara vez ocurría nada fuera de lo común, por lo cual, a cada instante el número de ojos que la reseguían aumentaba de manera desproporcionada, hasta que finalmente llegó a la plaza, llamó a su yegua con un silbido y se acomodó en un banco de piedra, aparentemente a la espera.

El paso de los minutos la encontró acomodada en el banco, con la mirada perdida. Una capa de tristeza parecía haber entelado sus brillantes ojos dorados, e incluso aquel blanquecino parecía haber perdido algo de luz. No le gustaban los espectáculos, el sentirse observada de aquel modo había hecho mella en su estado de ánimo, despertando una nostalgia en su corazón que llevaba largo tiempo sin recordar. Nostalgia por una tierra lejana, en la que una dama de rojo acompañada por un caballo no sería jamás motivo de sorpresa ni desprecio, donde la vejez la alcanzara con el alma en paz. Por un instante cerró los ojos, dejando que su mente vagará por los parajes del viejo Zhakhesh, para luego, lentamente, volver a abrirlos. La visión de aquellas paredes brillantes le arrancó un suspiro del alma, y no por primera vez, se dio cuenta de que nunca llegaría a acostumbrarse del todo a tanta albura.

Volvió a suspirar, y cogió las riendas de la yegua con suavidad, la cuál acercó la cabeza con docilidad. Con cariño, la acarició desde la sien hasta el hocico, mientras le susurraba en lengua tenebre, algo que, aún sin poder entender el significado de las palabras, siempre lograba tranquilizar al animal: - Frío el corazón del viajero alejado de su región, bien sabemos tu y yo eso, querida amiga, bien lo sabemos. - le dirigió una sonrisa triste- Mas importante es la misión que nos trae aquí, solo espero que haya alguien en todo Phonterek preparado para superar sus miedos y seguir nuestra senda, aunque no lo acabo de ver claro. - añadió mientras observaba las miradas de recelo que les dirigían todos aquellos que pasaban cerca- Nada claro. - mientras la espera se alargaba, los recuerdos de aquella mañana empezaron a aflorar en su mente, y con ello el motivo de toda aquella algarabía.

"Largo era el tiempo que llevaba viviendo en la ciudad blanca de Thonomer, y no era la primera vez que pasaba una larga temporada en aquella zona. Pero había convertido la discreción no solo en un arte, sino en un modo de vida. Sus días se dividían entre la estancia en una posada, tan vieja como la misma ciudad, y el cuidado de su yegua, del cual se ocupaba personalmente, dado que conocía el temor que solía despertar en los mozos de cuadra, aunque en su primera estancia descubrió, para su sorpresa, como una joven humana se acercaba a ella sin temor alguno, e incluso le ofrecía terrones de azúcar, para delicia del animal, por supuesto.

Aquel suceso fue el inicio de su relación con el posadero, John, un buen hombre, de rostro colorado y mirada franca, padre de aquella jovencita temeraria, conocida como Mary. Ambos regentaban el local con diligencia y constancia. El inicio de su amistad fue tortuoso y sin la colaboración de Mary, nunca habría llegado a fructificar, dado que el aspecto de Athan acongojaba al posadero, un señor que jamás había cruzado las fronteras de Phonterek. Mas el tiempo, la convivencia, y el buen corazón de la tenebre acabaron por conquistar a John, el cual, una vez empezó a apreciarla, jamás volvió a poner en duda sus acciones, e incluso empezó a apoyar su deseo de ayudar, convirtiéndose en su principal informador.

Por ello aquella mañana, cuando se asomó por la gran sala donde se encontraba el comedor, lo primero que hizo fue acercarse a Athan, la cual se encontraba acomodada en una de las mesas que habían repartidas por toda la sala. Un rayo de luz la iluminaba directamente, gracias a que se encontraba justo debajo de uno de los grandes ventanales que ocupaban todas las paredes, llenando la sala con una luz blanquecina. Cada recoveco del lugar destacaba por su gran pulcritud, ni una mota de polvo flotaba en el ambiente, cosa que explicaba la gran afluencia de clientela que tenían desde la primera hora de la mañana.

Pero nada de todo aquello parecía afectar a la joven Athan, que en aquellos momentos miraba con fijeza las tostadas que Mary le había preparado, las cuales iba devorando poco a poco, como poniendo a prueba la fortaleza de su estómago. De nuevo, había vuelto a beber demasiado, y aunque la sensación de poder desconectar de todo le resultaba sumamente agradable, el no poder desayunar en paz era algo que la incomodaba profundamente, hecho que la llevaba a sufrir la contradicción de todo consumidor de alcohol al día siguiente de beber.

- Algún día me tienes que contar que es lo que se supone que ganas bebiendo tanto. No es por vicio, eso lo sé, puedes pasarte días sin beber, pero una vez empiezas… - John titubeo y prefirió dejar la frase en el aire.

- No tiene ninguna importancia John. Dime, ¿A que debo el honor de tu compañía en esta luminosa mañana? - le respondió Athan, mirándolo a los ojos con una sonrisa.

John movió la cabeza y suspiro al observar cómo, una vez más, esquivaba el tema sin ningún tipo de reparo. Mirándola a los ojos, con resignación, se aposentó en la silla que le quedaba justo enfrente a la tenebre. Si algo había llegado a entender de esa jovencita, es que había un buen motivo detrás de aquel secretismo, de modo que, una vez más decidió respetar su criterio y se centró en aquello que lo había llevado a hablar con ella: - A primera hora, cuando hemos abierto las puertas, han aparecido unos exploradores y nos han contado que unos campesinos se encuentran en apuros.

- ¿Por qué motivo? – pregunto Athan mientras terminaba daba cuenta de los últimos bocados.

- Porque, accidentalmente, en sus tierras se asesinó a un importante servidor del gobierno de Malik-Thalish, y ahora estos creen que la culpa es de esos campesinos, dado que ocurrió justamente en la frontera de su pequeña finca

El rostro de Athan palideció notablemente, mostrando unos tintes azulados, típicos de su raza, que raramente se veían en su rostro. Cualquier habitante de Thonomer, por poco tiempo que llevará conviviendo en esas tierras, comprendía perfectamente el riesgo que suponía estar en el punto de mira de un gobierno como el de la ciudad de Malik-Thalish. Con nerviosismo se apartó el cabello del rostro- Aunque quiera con toda mi alma, yo no tengo capacidad para pelear contra todo un gobierno y mucho menos uno de esas características. Ni siquiera el más anciano de los habitantes de la ciudad sabe realmente quien está al mando de todos, ¡Es una locura! - apoyo la frente en sus manos y suspiro.

Los ojos de John se llenaron de comprensión, y sin dudarlo le cogió su mano derecha, para apretarla ligeramente, en señal de apoyo: - Lo sé perfectamente, no se trata de eso. Pero alguien debe ir a avisarles, deben estar prevenidos, y si pueden marchar de allí cuanto antes mejor. Dudo mucho que nadie de Malik se haya tomado la molestia de avisarles, dado que su finca no forma parte de sus territorios sino de los de Phonterek, por ello necesitan que alguien vaya, y tú eres la mujer más preparada para una misión como esta que conozco.

Athan asintió sin dudarlo y le dirigió una sonrisa sincera: - De acuerdo, por supuesto, marcharé tan pronto me terminé el desayuno y te pague lo que te debo. No temas por nada.- mas algo en la expresión de su viejo amigo la extraño- ¿Qué ocurre? ¿Hay algo más que deba saber?

- No vas a marchar sola Athan, no lo voy a permitir. Esto no es una misión cualquiera, esa gente es peligrosa de verdad, debe acompañarte al menos otra persona más. - al ver el ceño que empezaba a formarse en la frente de su compañera, añadió- Compréndelo, si te atraparan por el camino sola, no sobrevivirías, en cambio, con la ayuda de alguien, tendrías alguna posibilidad.

- No lo comprendes. - suspiro- No es que yo tenga reparos por compartir mi camino junto a alguien, al contrario, el problema es que la gente lo único ve en mi es alguien en quien desconfiar, nadie en su sano juicio se irá a una misión de este calibre a mi lado. Ni siquiera me permitirán acercarme a explicar la situación, sean de la raza que…

- Yo me ocuparé de eso - La interrumpió el posadero, y al ver como la expresión de la tenebre se convertía en pura negación, insistió- No es la primera vez que debo hacerlo y no será la última. En peores bretes he estado. No te puedo asegurar el mejor compañero del mundo, pero Noreth está lleno de locos con un deseo grandioso de gloria, a los que tu raza o tu aspecto no serán ningún obstáculo si consiguen sus deseos. Con toda la gente que ocupa esta ciudad, alguno de estos andará por aquí. Solo déjate ver por la ciudad, que se queden con tu rostro, y lo demás, quedará en mis manos."


Y en eso estaba, esperando en el lugar más concurrido de Phonterek, a que un loco con ansias de gloria apareciera por allí, y aquella misión suicida, finalmente, pudiera ser llevada a término. Con un suspiro exasperado, recostó la espalda sobre el respaldo del banco y lo único que se vio capaz de susurrar fue: - Decididamente, en menudos bretes te metes de cabeza Athan Lor, en menudos bretes.
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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Tristán de Tincoras el Sáb Feb 02, 2013 9:41 pm

Tristán dejó caer sobre la mesa de madera una piedrecita de color verdoso, que rebotó un par de veces antes de detenerse completamente. El brillo era exquisito, sorprendente casi, aún si la gema en sí era poco más pequeña que una habichuela. El hombre al otro lado de la mesa la tomó con rapidez y la examinó detenidamente por largos segundos, pensando concienzudamente en el valor de la joya. ‘Hmmmm…’ – soltó finalmente, mientras se llevaba la mano a la barbilla, pensativo. ‘Te ofrezco un kull de oro, ni uno más ni uno menos.’ – el arquero no tuvo mucho que pensar, tenía cierto grado de complicidad con el anciano que le ofrecía el dinero, y prefería tener la joya en su posesión el tiempo justo y poco más.

Está bien.’ – dijo mientras se reclinaba sobre la mesa, con gesto cansado. El anciano entonces se llevó la mano al cinto, y de allí a una bolsa de cuero a medio llenar. Las monedas metálicas sonaron a medida que la mano curioseaba entre ellas y sacaba una en particular, la de más valor. ‘¿Cómo te has hecho con un ejemplar de…?’ – preguntó a medida que dejaba caer la moneda sobre la mesa, al lado de la piedrecita verdosa. ‘Sabes en qué trabajo, y sabes que no siempre a uno le pagan en efectivo. Al parecer, el comerciante al que ayudé le iban bien las cosas, y tenía un par o tres de estas dando vueltas por su trastienda.’ – explicó Tristán, mientras él tomaba la moneda y su acompañante hacía lo propio con la joya. El anciano pensaba en la situación con cierto gesto molesto, pero con resignación también. ‘Puede que este kull sea suficiente para sobrevivir hasta el siguiente trabajo, o no. Deberías buscar algo serio, muchacho.’ – parecía que, por el tono de voz, ya habían tenido conversaciones similares varias veces en el pasado. ‘Insisto, hay muchas tabernas que querrían a un hombre fuerte para cargar barriles, o incluso servirías como mesonero.’ – Tristán se echó atrás de nuevo sobre la silla, y se quedó mirando al techo en completo silencio. Los segundos pasaron sin respuesta alguna de parte del arquero, que terminó llevándose la mano a uno de los bolsillos de su pantalón, sacando un mazo de cartas de buen aspecto.

Si consigues que la primera carta que salga del mazo sea uno de los ases, te haré caso…’ – la mirada pícara se abrió paso en el rostro de Tristán, que colocaba el mazo sobre la mesa y lo acercaba al anciano. ‘Baraja…’ – le pidió.

*


Tristán se paseaba ahora por las calles, con una mueca de contrariedad en el rostro. Al fin y al cabo, había aprendido a jugar gracias al viejo, muchos años atrás y, aún a día de hoy, el arquero no había logrado superarlo con los juegos de manos. Realmente, Tristán no tenía problema alguno en llegar a trabajar en algo normal y corriente, pero cada vez que lo hacía (las tres o cuatro veces a lo largo de su vida), sentía cierto desasosiego. Es cierto que su meta en vida era vivir de manera completamente ordinaria, por eso sentía tanto desconcierto ante sus propios sentimientos.

Las calles tranquilas lo seguían siendo ese día para Tristán, que encontraba cierto reposo en simplemente caminar sin rumbo alguno. En algún momento del día, se tenía que proponer encontrar un trabajo común y corriente, en una taberna o posada quizás. El hombre de pelo bicolor conocía la gran mayoría de tabernas y posadas de la ciudad, y se podría decir sin equivocarse mucho que era un cliente habitual en más de la mitad de ellas, por lo que con la actitud adecuada y cierta resolución, podría llegar a conseguir un empleo en alguna. Sin embargo, era eso último lo que más le faltaba.

Miraba al cielo con desgana, mientras poco a poco e inconscientemente se internaba en la multitud de gente que se amontonaba en las calles a esas horas del día. Se llevó la mano a la cabeza, y se sacudió con saña su corta cabellera de color caoba y platino, mientras refunfuñaba a regañadientes. ‘Trabajo, trabajo… Algún día tendré suficiente para retirarme a una casa y tendré un huerto…’. Caminando entre la muchedumbre incolora y poco interesante a ojos del arquero, una melena centelleante de color sangre y su figura oscura llamó su atención y curiosidad, impidiéndole no detener el paso y volver su mirada hacia ella.



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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Athan Lor el Miér Feb 20, 2013 5:32 am

“En la oscuridad se esconde nuestro dios Athan. En los pequeños detalles, por los rincones más imperceptibles, en los cuales no alcanza ni el más fuerte de los rayos de sol, allí donde el hombre común teme, nos susurra nuestros designios y nos acompaña, para que ni la soledad ni la desesperación logren vencernos jamás”

- Lastima que en este instante se encuentra bastante lejos, padre.- pensó Athan, respondiendo a su recuerdo, mientras reseguía con la mirada todo lo que sucedía a su alrededor, la blancura de la ciudad se reflejaba en su rostro, ratificando sus palabras.

De manera inconsciente sus manos envolvieron sus brazos, mientras la suave piel que se encontraba bajo sus dedos se erizaba sin que nada pudiera evitarlo, bajo el influjo de todas las miradas que la observaban sin reparo alguno. Miradas teñidas se desconfianza, que la desnudaban, haciéndola vulnerable ante tantos rostros, de los cuales, ninguno parecía dispuesto a hablar con ella, al contrario, la hostilidad se reflejaba en sus rasgos con claridad.

Era evidente que John había conseguido llevar a cabo su misión, dada la cantidad de gente que se había reunido ante ella, mas una extraña inquietud empezó a crecer en las entrañas de Athan. Algo no iba bien. El rechazo que mostraban aquellas personas hacia ella era excesivo, incluso teniendo en cuenta su origen. Los pocos murmullos que lograba escuchar, aún sin llegar a comprender las palabras, expresaban verdadera ira. Con el paso de los minutos, se dio cuenta de que el hecho de que nadie se ofreciera a ayudarla, se iba a convertir en el menor de sus problemas.

Con sus temores formando un apretado nudo en su garganta, Athan prestó atención al aspecto de aquellos que se encontraban en las cercanías, intentando sacar alguna conclusión respecto a la situación en la que se veía metida, sin remedio. Gracias a todos los años que había pasado en aquella ciudad, pudo ver algunas características que le resultaron, cuanto menos, curiosas de ver en habitantes tan acomodados como los de Phonterek. A su derecha encontró un grupo de personas de lo más variopinto, vestidos con ropas de viaje y una gran variedad de tonos de piel, algunos muy poco comunes en Thonomer, como la piel negra como el azabache o tan palida como: - La tenebre… ¿Gente de Zhakhesh? ¿Aquí? ¿Qué artimaña ha traído sus pasos hasta este extremo de Noreth? ¿Y qué están haciendo aquí parados? ¿Qué esperan?

Un relinchó de Nocturna la hizo volver a la realidad, momento en el cual apartó la mirada de ellos. Con afecto, acercó al animal hasta su rostro, estirando suavemente de las riendas, deseando no haber visto aquellos rostros pálidos, dado que ya no se atrevía a utilizar la lengua tenebre, no hasta que sus paso la alejaran de aquel sitio como anima arrastrada por el viento.
Le estaba acariciando la cabeza con tranquilidad, intentando ignorara el hecho de que se sentía profundamente observada, cuando un escalofrío recorrió todo su ser, provocando en ella un sobresalto que volvió a turbar a la yegua- Lo siento… - le susurró en su lengua materna. Un espíritu había rozado su conciencia con mucha intensidad, mostrando un gran temor hacía un algo completamente abstracto para Athan. Con precaución, observó de reojo al espació que la rodeaba, sin ser capaz de llegar a conclusión a alguna. Un suspiro escapó de entre sus labios- Menuda inutilidad de don - pensó, con un tono de exasperación.

Fue entonces cuando apareció, entre el grupo de gente que la rodeaba, un pequeño ser, encapuchado con una larga capa, la cual impedía adivinar sus rasgos. Con gran agilidad, esquivo los cuerpos que obstaculizaban su paso, hasta conseguir llegar al lugar donde se encontraba sentada Athan. Con unos delicados pasos de bailarina, sospechosamente conocidos por la tenebre, se dirigió directamente hasta el banco de piedra, y se aposento a su lado. Fue entonces cuando sus rasgos se volvieron inteligibles bajo la luz de la mañana:

- Mary… ¿Pero que…? - susurro Athan en lengua común, con cara de perplejidad.

- No hay tiempo para eso Athan, debes marcharte, ha habido un grave problema en la posada y por ello estas en peligro - la interrumpió Mary, mientras hacía ademán de ir a coger las riendas de Nocturna.

- ¿Pero qué estás diciendo Mary? ¿Y qué haces? Si lo único que teníais que hacer era buscar a alguien dispuesto a acompañarme en la misión. ¿Cómo puede ser que esté en peligro por eso?

Mary suspiro, mientras bajaba la mano que iba en dispuesta a coger a Nocturna, la cual se llevó al rostro para poder acariciárselo, como si intentara apartar los problemas con aquel cansado gesto: - Papa le estaba contando la historia a un explorador, huésped muy habitual de la posada, cuando dos hombres que portaban el símbolo del Imperio han aparecido detrás suyo, con la mala suerte de que habían llegado justo en el momento en que le comentaba tu peculiar origen. - se le cortó ligeramente la voz- Se han echado encima de papa como fieras para obligarle a confesar donde estabas. Por suerte, éramos muchos y conseguimos echarles sin decir ni palabra, pero con nuestro plan en marcha, no tardaran nada en descubrirlo - se giró hacia Athan y le cogió de la mano, acercando su rostro al de la tenebre- Han venido en una caravana con mucha más gente. No sabemos de qué lado están, de modo que debes huir de la ciudad. Márchate a hacer la misión, o a cualquier otro lado, pero no vuelvas hasta al menos dos semanas. Yo te llevaré la yegua a las puertas, porque con ella llamarías demasiado la atención. Debes correr. - y sin dudarlo, se levantó y cogió a la yegua, dispuesta a alejarse entre el gentío.

- Pero Mary, ¿Cómo llegaras hasta las puertas? Si te ven con Nocturna te perseguirán - le pregunto Athan, elevando la voz, justo antes de que empezará a andar.

- Creeme querida, no soy yo la que carga con una brillante melena pelirroja - respondió Mary, girándose ligeramente para poder decírselas mirando su rostro. Luego, sin dudar, se alejó a paso rápido, integrándose entre la gente hasta convertirse en una pequeña mancha negra, acompañada de un simple caballo.

- No se nos pudo ocurrir un plan peor para esta situación. Hombres del imperio en estas latitudes del mundo - un escalofrío le recorrió los miembros mientras se levantaba- Si me hubieran visto andando por la calle, camino de la plaza, me habría matado sin dudarlo - con rapidez se ató con fuerza la capa roja, ya que temía que si se la quitaba podría perderla, y se alejó entre la gente con rapidez. Mas cuando se empezaba a alejar de la plaza, de nuevo un espíritu volvió a golpear su conciencia, con ira. Aquello la desorientó, haciendo que volviera el rostro hacía la plaza, momento en el cual vio como un brazo asomaba por entre la multitud, cargando un escudo con el símbolo del Imperio- Por Elhias...

Los nervios le vibraron por todo su ser, dotando a sus miembros de la fuerza suficiente para salir a la carrera, como alma que lleva el diablo. Con el miedo atenazando su estómago empezó a correr, sin apenas prestar atención a lo que se cruzaba su mirada. La desesperación llegó cuando, en medio de su ceguera, choco contra alguien que andaba por allí, cosa que frenó bruscamente su velocidad. Los pasos de sus perseguidores parecían cada vez más cercanos, aunque quizá fuera fruto de su agobiada imaginación. Finalmente, encontró una puerta abierta, la cual llevaba a un callejón entre dos casas, en el cual se metió, cerrando la entrada tras de sí. La luz entraba sin dificultades por aquel estrecho lugar, empedrado, con la única decoración de un par de puertas de madera en el fondo.

Fue entonces, mientras recuperaba el aliento y desenvainaba la espada, que se dio cuenta de que la persona con la que había chocado tenía un rasgo muy particular, lo suficiente para que se le gravara en la retina, a pesar del miedo y los nervios que llevaba encima, un pequeño detalle imposible de no ver: Tenia el cabello de dos colores muy vistosos, aunque no fue capaz de recordar cuales eran con exactitud. Probablemente no podría ni señalarle si lo viera por la calle. Empero, el recordar una insignificancia así, en aquella situación, rodeada de aquella estrechez, con la espada en las manos esperando a que sucediera lo peor, provocó que las palabras de su padre volvieran a resonar en su mente, con renovada fuerza.

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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Tristán de Tincoras el Sáb Feb 23, 2013 6:51 pm

¡Ough!...” – soltó Tristán entre dientes. Ensimismado por la extravagancia – o lo exótico, para resultar menos grosero – de la mujer, no reparó en intentar evitar la embestida que le propinó en su carrera desesperada. Tras abrir los ojos después de cerrarlos por un acto reflejo, vio como la muchacha ni siquiera se detuvo a pedir disculpas y ya se alejaba con paso raudo. Tristán frunció el ceño algo molesto justo cuando oyó de nuevo unos pasos veloces. Girándose sobre sí mismo, lo primero que vio fueron unos ostentosos escudos con un blasón bastante familiar.

Tristán no era de ninguna manera un hombre culto ni de mundo, y no se avergonzaba de ello, principalmente porque fue una elección voluntaria. De hecho, sí ha hecho varios viajes afuera de Phonterek a lo largo de su vida, pero siempre se ha mantenido al margen de la guerra, la política, la religión o cualquier foco de conflicto habido y por haber, sintiendo verdadero desapego hacia aquellos que creen necesario proteger un concepto abstracto o ambiguo aun a costa de crear discordia. Y si alguien era el verdadero avatar del conflicto, eran los del Imperio. Realmente, teniendo en cuenta que no sabe más de ellos de lo que ha visto, quizás es una generalización absurda, pero a los tres o cuatro imperiales que conoció realmente llegó a aborrecerlos. Quizás por eso, dio un paso y se cruzó en el camino de los dos hombres con blasón Imperial que avanzaban prestos hacia la misma dirección que la muchacha.

¡Esperad, señores! Si ella conoce la ciudad mejor que vosotros, no la atraparéis. ¡Tomad aquella callejuela, es un atajo! Si no me creen, pregunten sobre Bors de Percedal, un gran conocedor de estas calles y un servidor”- dijo tan rápido que casi pareció un trabalenguas, pero con una sonrisa educada y llena de confianza en sus labios. La pareja de Imperiales paró en seco unos segundos, y se miraron entre ellos. “Más vale que no nos mientas.” – dijo uno de ellos, con mala cara pero dando razón a Tristán en la deducción de que, efectivamente, no eran demasiado conocedores de la estructuración de las calles de la ciudad. “Por supuesto, caballeros” – comentó Tristán cuando ya no podían oírle, inclinando un poco la cabeza con un gesto educado pero que en el fondo era una clara burla. Aquellas callejuelas que siguieron no eran no solo un atajo, pero tampoco una forma posible de llegar al lugar por el que había ido la mujer de cabellos carmesíes, al menos no sin saber andar por los tejados.

Aquel gesto quizás pudiera haber sido reconocido como caballeresco, ayudando a una dama en apuros – si es que aquella mujer no se había buscado sus propios problemas – pero en realidad, había sido un gesto infantil, una jugarreta juvenil que perfectamente podría haber sido precedida por una carcajada burlona. Sin embargo, Tristán se mantuvo compuesto y caminó hacia el lugar por donde había ido la muchacha, movido por la curiosidad de saber a qué tipo de persona había ayudado en efecto colateral.

Lo que sí era cierto de la frase anterior es que Tristán era bastante buen conocedor de las calles de Phonterek, sus atajos y desvíos. Sabía bien qué había por el lugar donde fue la muchacha, y caminó por allí meciéndose a cada paso. La memoria de Tristán no era maravillosa de ninguna manera, pero tenía el efecto curioso de a veces, agarrar algún detalle sin importancia – o con importancia, dependiendo de la situación – y guardarlo bastante bien. Al arquero rápidamente le llamó la atención un detalle. Para llegar a la plaza, había venido por este mismo camino, y en aquel momento la puerta que ahora observaba con interés estaba abierta.

Tristán nunca fue especialmente brillante – o eso decía el mismo, para parecer humilde después de hacer alguna genialidad – pero no creía en casualidades tan oportunas. Básicamente, había dos posibilidades que lo convenciesen. O bien ella había pasado por allí, o bien estaba actualmente escondida tras la puerta. Fuese como fuere, los Imperiales quizás tuviesen el intelecto suficiente como para, tras unos minutos de dar vueltas como pollos descabezados, darse cuenta que de hecho habían sido engañados como bobos, y entonces volver sobre sus pasos. Tristán no había conseguido una solución definitiva aún, solo había ganado tiempo.

Aún con paso rítmico, se colocó justo en frente de la puerta de madera, y decidió a probar suerte. Golpeó una, dos y tres veces con los nudillos. Antes siquiera de esperar una respuesta, alzó la voz lo suficiente como para asegurarse de que lo oirían desde el otro lado, si es que daba la casualidad de que alguien se encontraba allí. “Toc, toc. ¿Hay alguien ahí? Vengo en son de paz...” – sin saber si de hecho Tristán sonaba tan sospechoso como creía que lo hacía, retrocedió dos pasos amplios de la puerta, no fuese a ser que no se fiase de la encantadora y varonil voz que le hablaba y saliese violentamente. Esperó paciente unos segundos prudenciales, esperando una respuesta a si estaba la mujer allí escondida o si por el contrario, había perdido la oportunidad de conocer a la mujer a la que había ayudado de manera completamente voluntaria y desinteresada.



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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Athan Lor el Vie Mar 15, 2013 8:25 pm

El aire se entumecía a su alrededor como un músculo agarrotado por la espera. Nada parecía avanzar. El silencio se agolpaba por los rincones del callejón abrazando los temores de la tenebre, mientras un helado sudor frío convertía su frente en un reguero de ansiedad, únicamente reflejada en ese detalle y en el brillo de sus pupilas. No lograba comprender el propósito de aquellos imperiales: ¿Iban a seguir sus pasos? ¿Esperaban que saliera para cogerla desprevenida? ¿Le estaban teniendo una trampa? Un leve escalofrío erizó su piel, arrancándole un suspiro de los labios.


Cuando, ya por la más pura de las exasperaciones, pensaba abrir la puerta en un solo movimiento, con intención de enfrentar su destino fuera cual fuera este, el leve sonido de una voz le llego desde el otro lado. Rápidamente acerco sus oídos a la puerta, sintiendo como la áspera madera rozaba su tierna piel. A pesar de su postura, no consiguió comprender las palabras: - ¿Toc? ¿Ha dicho Toc?- con el ceño fruncido, espero para ver si esa voz recibía respuesta alguna, la cual nunca llego, cosa que aumento, todavía más si cabe, su sensación de extrañeza respecto a la situación que se encontraba viviendo: - Por Elhias, ¿Qué demonios…? En lugar de venir los imperiales por sí mismos, ¿Me han enviado a un loco que habla solo? Pobre idiota, como sea una trampa pronto descubrirá que el infierno no solo existe en las viejas historias, también se puede llegar a sentir en propia piel- lentamente abrió la puerta, la curiosidad había vencido a la sensatez, y por una vez parecía que había hecho bien.


Antes de que pudiera contenerse, una leve carcajada cruzó sus labios. Un hombre, con el cabello de dos colores, se encontraba justo enfrente, y parecía que le había estado hablando a una puerta que era exactamente igual a la que acababa de cruzar. Con precaución, Athan observó su alrededor antes de dar un paso, mas no parecía haber nada fuera de lo común, motivo por el cual decidió enfundar la espada en su espalda, para luego dirigirse directamente hacía el extraño hombre.


- Es evidente que estas puertas las hicieron para deshonraros, mi señor, deberíais hablar con su fabricante para solucionar esta afrenta- comento mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios, a la vez que se colocaba de manera que pudiera ver el rostro de aquel que, si no se equivocaba, la estaba buscando.


- En los pequeños detalles…- pensó, a la vez que sentía como un leve respingo recorría su ser, al advertir que se trataba del mismo hombre con el que había chocado antes, el cual portaba exactamente el color de pelo que antes había intentado recrear en su memoria- Al final, padre, siempre tenéis razón- un familiar cosquilleo recorrió su ojo derecho, señal de que brillaba en exceso, pero esa vez evito tocarlo, negándose a taparlo, por el contrario, alzo el rosto con seguridad y orgullo, y empezó a observar, no sin cierto descaro, al hombre que tenía frente sí.


- Hasta un ciego vería su atractivo- pensó sonriendo, divertida. Lo cierto es que desprendía esa sensación en cada poro de su piel, aunque no parecía en absoluto consciente, dada su postura de absoluta despreocupación. Vestía como un viajero común, aunque sus ojos rebelaban que esa palabra solo encajaba en ese aspecto. Tenía una mirada extraña, llena de matices, de un hombre cansado, pero con una chispa indefinida que llamo poderosamente la atención de la tenebre, un algo inexplicable que brillaba tras esos ojos.


Al cabo de pocos segundos apartó la mirada, intentando no hacer sentir demasiado incomodo a su interlocutor y le hablo con tono amable- Mi nombre es Athan, Athan Lor, y gustosa desearía conocer el vuestro, mas debo marchar ahora mismo a las puertas de Phonterek, lugar en el que debe encontrarse mi yegua esperando, junto a una muy importante misión. Podéis acompañarme hasta allí si lo deseáis, pero no puedo demorarme más- sin dudarlo, empezó a andar en dirección a la puerta, sin volver la vista atrás.


Fue entonces cuando espíritu arremetió contra su conciencia, frenando sus pasos. La nostalgia emanaba de ese ente etéreo, llenando momentáneamente su ser de tristeza. Sin poder evitarlo se llevó las manos sobre las entrañas y respiro hondo, obligándose a relajar el nudo que se había formado en su estómago. Sus ojos se entrecerraron ligeramente, hasta que todo regresó a la normalidad. Contrariada, movió la cabeza y se giró hacia el joven que había conocido, preguntándose si él tendría alguna relación con el suceso, mas decidió no hacer comentario alguno y reanudar su marcha.


- Después de todo, no es demasiado normal saber antes si se le ha muerto alguien de su entorno que su nombre.
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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Tristán de Tincoras el Jue Abr 18, 2013 2:04 am

Tristán sonrió cuando oyó una voz a su espalda. Al parecer, sus deducciones acerca de la localización de la pelirroja habían sido un tanto desacertadas, pues al voltearse pudo ver como en realidad, había otra puerta completamente idéntica a la que estaba hace unos segundos frente a él. Ríe tímidamente ante el comentario ácido de la mujer. “No os preocupéis, no, es una vieja conocida. Simplemente nos poníamos al día.” – comentó mientras con poco disimulo se dedicó a observarla de arriba abajo. Sus cabellos como el fuego eran algo que no había visto nunca, y sus rasgos que parecían porcelanosos, acompañada de esa palidez de piel la hacían ver algo frágil, pero a la vez el fuego de su pelo escondía una fiereza importante. Terminó cayendo en sus ojos, que eran como un gran lienzo. Algo rasgados, pero asimismo grandes y expresivos. Si como dicen los ojos son el espejo del alma, los suyos eran francamente particulares. Del color del oro, eran francamente una joya hermosa a la que simplemente mirar y perderse en ellos, quedar estupefacto en los matices que componían su mirada. Frialdad, pero a la vez una pasión escondida, preocupaciones y miedos pero una fiereza capaz de hacerles frente y convivir con ellos.

Quedó unos segundos atontado pensando en todo eso a la vez, hasta que ella misma usó las palabras para sacarlo de sus pensamientos. Se presentó con el nombre de Athan Lor, y esas palabras se quedaron marcadas en su mente. “Athan Lor.” – susurró para sus adentros, asimilando la información. Sin embargo, antes de poder responder a la presentación, las palabras salidas de los labios de color sutil de la dama no cesaron, y sabiendo que se dirigía a las puertas de la ciudad y dejando entrever que no sentiría desagrado ante el hecho de tener la compañía del muchacho hasta las puertas, él simplemente siguió sus pasos mientras ambos se alejaban del centro de la urbe. “¿Os estaban persiguiendo esos hombres?” – preguntó mirando por el lugar que había venido, asegurándose que aún no se habían percatado del engaño y los habían alcanzado.

Por algún motivo, he visto como ‘se equivocaban’ de camino y se iban en dirección completamente opuesta. ¿Curioso, eh?” – aunque sus palabras no lo demostraban y parecían casi hasta sobreactuadamente inocentes, no podía evitar esbozar una sonrisa jocosa al recordar la jugarreta que lo había llevado hasta ese lugar. A veces, el arquero era poco más que un crío. Aunque al principio ella dirigía el paso, pronto fue relevada por el muchacho. “Seguidme, es mejor ir por las calles menos transitadas.” – y así, aprovecharon callejuelas y callejones, así como los pasos menos transitados para dirigirse hasta las puertas. Sin embargo, en medio del camino y en una de los huecos más estrechos entre edificios como el arquero dejó de oír los pasos de la mujer pelirroja. Se giró y vio como la palidez en el rostro de Athan se había acentuado, pareciendo casi tan blanca como la nieve de las montañas.

¿Estás bien…?” – preguntó sin respuesta, pues Athan parecía perdida en un mundo diferente, ausente totalmente de la realidad en la que él la acompañaba. Dio un paso en su dirección, y acercó sus manos a ella pero no llegó a tocarla, algo impidió que lo hiciera. Simplemente la miró, y clavó sus ojos en los de ella. “Hey…” – susurró con un tono cálido, intentando que saliese de su trance. “¡Hey! ¿Estás bien…?” – intentó llamar la atención de nuevo con éxito esta vez. “¿Te encuentras mal? ¿Necesitas descansar?” – cuando Tristán se percató de la cantidad de preguntas que estaba soltando, simplemente esbozó una sonrisa cálida, y se dio cuenta del hecho de que él no le había dicho su nombre. “Por cierto, mi nombre es…” – primero pensó en dar un nombre falso, como hizo con los Imperiales, pero finalmente algo en sus entrañas impidió tal cosa. “… Tristán de Tincoras. Puedes llamarme simplemente Tristán.” – y de nuevo, agrandó la sonrisa. Quería transmitir calidez, e intentar calmar el desasosiego que parecía inundar los pensamientos de Athan. “Vamos, las puertas están cerca.” – comentó dándose la vuelta, y continuando el camino.

En frente de sus ojos ya se podía ver la gran puerta de la ciudad. Tristán detuvo el paso a una distancia prudencial, y le comentó a Athan. “Espérate aquí. Es probable que si te persigue alguien lo más probable es que estén esperando en alguna de las puertas. Me acercaré yo primero, y si no veo a nadie de aspecto sospechoso, te llamaré alzando la mano.” – comentó mientras se colocaba la capucha que formaba parte de su camiseta grisácea, cubriendo su cabello y oscureciendo en sombra gran parte de los rasgos de su cara. Comenzó a caminar a pasos amplios pero sin correr, caminando con el pecho hacia dentro y ambas manos en los bolsillos del pantalón. Cuando llegó a una distancia en la que pudo observar toda la puerta y ver que no había nadie con apariencia de estar vigilando, alzó su diestra por encima de su cabeza, agitándola enérgicamente intentando llamar la atención de la pelirroja.



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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Athan Lor el Lun Mayo 27, 2013 9:54 pm

La tenue visión de Athan fue volviéndose clara y fuerte a medida que los segundos corrían entre los movimientos de su respiración, encontrándose con la preocupada mirada del arquero acechando sus pensamientos. Turbada, apartó la mirada rápidamente, sintiendo como la vergüenza empezaba a hacerse dueña de sus emociones. ¿Cuánto tiempo había estado ausente? ¿Cómo era posible que se hubiera alargado tanto hasta que el joven fuera consciente de su situación? Exasperada movió la cabeza lentamente, el sentirse vulnerable ante un desconocido le causaba gran inquietud, pero el tono con el que siguió hablando el hombre de cabellos bicolores le dio un cierto sosiego: - Tristán… - tentada se sintió de susurrarlo, con tal de sentir como sería pronunciarlo, un deseo ciertamente extraño para la tenebre, que no hizo más que aumentar la inquietud de sus pensamientos. Sintiéndose todavía algo torpe, perdida en sus pensamientos, siguió la senda que marcaba su guía, sin querer ni poder dudar de sus intenciones, hasta que finalmente quedaron a pocos pasos de su objetivo, momento en el cual volvieron a frenar su avance.


Sus ojos se entrecerraron en un suspiro, cansados. Un leve ademán fue su respuesta a la premisa de Tristán, el cual, rápidamente empezó a avanzar hacia la puerta. Con cierta desgana, se pasó la mano por la frente, apartando los cabellos que, indudablemente, se habían aferrado a su piel, a causa del frío sudor con el que esta estaba siendo bañada. Rara vez los espíritus se comunicaban con esa virulencia, por el contrario, la prudencia y la discreción solían ser los guías de sus pasos y acciones, haciendo que la incomodidad de este tipo de embestidas fuera breve, agonizante, pero corta, como el leve dolor que desprende un pequeño corte, nada que la llevara a perderse más que unos breves segundos. Pero aquello era extraño, y algo le decía que tenía relación con ese joven de mirada cálida.


De nuevo, movió la cabeza, intentando sacar algo en claro, mientras observaba como aquella delgada figura se alejaba, al amparo de su capa, la cual había escondido todos sus rasgos- Debe resultar muy útil cuando estos resultan ser tan llamativos- pensó, mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios, sorprendiéndola. ¿Estaba admirando a un hombre que acababa de conocer? ¿Qué le estaba ocurriendo?- Cálmate Athan, cálmate. Ahora debes centrarte en seguir tu camino, nada más. Huir de los imperiales antes de que ocurra una desgracia. - una nueva sonrisa, más apagada, se redibujo en sus labios, al recordar como sus hermanos comentaban sus escarceos amorosos, en otros tiempos, tan lejanos y perdidos que parecían pertenecer a otra era. Pero ella nunca había sido así, su carácter era distinto, y por ello, no podía permitir que una buena impresión pudiera interrumpir sus planes. Debía seguir adelante, cumplir con su misión, y aquel arquero debía seguir con lo que, por Elhias, estuviera haciendo. Al ver el gesto de Tristán con la mano, señalando que tenía vía libre para avanzar, se dirigió hasta él con la determinación dibujada en su mirada cristalina.


Mas, mientras sus pasos se acercaban hasta la figura encapuchada, el recuerdo de una de las preguntas que le había lanzado el joven, volvió a resonar en su mente, haciendo que frunciera el ceño de pura extrañeza. No había tenido un instante para responder, dada la urgencia que tenía por abandonar la ciudad, pero no por ello dejaba de resultar sorprendente- ¿Qué si me perseguían esos hombres? ¿Pero cómo es posible que haya formulado tal pregunta? ¿Sera que no ha reconocido los blasones del Imperio? ¿No habrá visto en mí los rasgos de la tierra negra? - Athan no se engañaba, sabía perfectamente que todas y cada una de sus facciones clamaban su origen, esa melena escarlata, sus ojos ligeramente rasgados, el color ambarino de sus pupilas, la palidez de su piel. Todo, absolutamente todo su ser, abanderaba el clásico aspecto que caracterizaba a los Tenebres- Y eso sin contar los tatuajes causados por la nigromancia. - divertida movió la cabeza, mientras se acercaba hasta Tristán, colocándose de nuevo ante sus ojos, ahora escondidos bajo la tela que lo protegía. Una mirada que no había perdido ni un ápice de calidez, detalle que le robo el aliento a Athan, durante un brevísimo instante, mas suficiente como para remover todo su ser.


Eso era. Ese ínfimo detalle, tan minúsculo que ni había reparado en él, a pesar de lo importante que podía resultar para ella en aquellos momentos, tan poco acostumbrada ya a ese tipo de familiaridad. No eran sus cabellos, ni tampoco su evidente atractivo, los que habían causado esa buena impresión en ella, sino la falta de temor con la que la trataba, una confianza completamente ajena para la tenebre, la cual, después de tantos años sin un lugar al que llamar hogar, vivía acostumbrada a soportar el peso de los recelos que siempre despertaba en los demás. Era obvio que desconocía de qué tipo de persona se trataba, probablemente nunca se había alejado mucho de Thonomer, o, simplemente, no le interesaban ese tipo de menesteres, y por ello, su aspecto no despertaba nada en su persona- Una persona enfermiza y con falta de sueño es lo que deben ver sus ojos - pensó, mientras le dirigía una sonrisa al arquero. Mas, justo cuando iba a decidirse a pronunciar palabra, una figura oscura apareció a espaldas del joven, montada en un corcel negro- Mary…


La pequeña silueta se apeó del animal con un ágil movimiento. Tan pronto como sus pies tocaron tierra, se aferró a las riendas de la yegua y la guío hasta colocarse frente a Athan. Se trataba de una persona de poca estatura, tapada completamente con una capa negra, que hacía muy difícil adivinar su sexo, e incluso su raza, dado que no marcaba en absoluto la forma de su cuerpo. Tapada hasta con la capucha, lo único que se adivinaba levemente eran los rasgos de su rostro, en especial sus ojos, los cuales brillaban con todo su fulgor azulado. Su respiración era agitada, y en un principio no prestó atención alguna a Tristán, aun encontrándose a menos de dos pasos de la tenebre. Con voz temblorosa, llena de inquietud por la situación, empezó a hablar con vehemencia:


- Debes marcharte ahora mismo. Los imperiales se han cruzado por mi camino, y aunque en principio no me seguían, es probable que se hayan fijado en Nocturna. - con un movimiento lleno de preocupación, se aferró a los brazos de la pelirroja con sus manos, fijando su mirada en ella- Están muy enfadados Athan, se ve que alguien… - y al decir esto elevo su mirada, observando a su alrededor con temor, hasta reparar en Tristán por primera vez, al cual observó con un descaro no exento de sorpresa, como si se tratará de un duende que acabara de aparecer de la nada. Finalmente, sus ojos volvieron a clavarse en la tenebre- Alguien los ha desviado de su camino, haciendo que te perdieran la pista. Si te encuentran, te harán picadillo sin dudarlo. Vete. - y le tendió las riendas de Nocturna.


Mas, justo en el instante en que se aferraba las bridas del animal, el sonido de un buen conjunto de sus congéneres acercándose hasta donde se encontraban, a una velocidad alarmante, resonó por todo el lugar. Mary, sin dudarlo, como buena conocedora del lugar, la empujo hasta las puertas de un viejo edificio, el cual se alzaba a pocos metros de la puerta de la ciudad, y que en ese momento se encontraba con todas las puertas y ventanas completamente cerradas, mas no tuvieron ninguna dificultad para abrir la puerta de entrada, momento en el que descubrieron que se trataba de un establo de grandes proporciones. Parecía el típico lugar al que se acercaba todo viajero al llegar por primera vez a Phonterek, grande, pulcro, construido con madera de cedro, y con grandes cubículos para que los animales pudieran acomodarse, sitio en el que Athan se vio obligada a entrar, arrastrada por la impetuosa muchacha. Curiosamente, en aquel instante todo el lugar se encontraba vacío, completamente atrancado, únicamente iluminado por los numerosos rayos de sol que se colaban por las grietas de la madera. Desde el exterior parecía, simplemente, una casa de madera, una propiedad privada a la cual, aparentemente, no podía acceder cualquier desconocido.


- El hombre que lleva este lugar se encuentra comiendo en la posada, todavía tardara un tiempo en volver. Mientras esto se encuentre en este estado, a ningún extranjero se le pasaría por la cabeza acercarse. Es el sitio más seguro que se me ocurre. - volvió a dirigirle una mirada a Tristán, sin terminar muy bien de comprender su papel en todo esto- Tan pronto como se marchen, sal por la puerta sin mirar atrás - antes de que la tenebre pudiera juntar dos palabras en sus labios, la jovencita salió disparada, esquivando el enorme cuerpo de Nocturna, y perdiéndose bajo el cielo de Phonterek, antes de que la tropa de caballos que se acercaba, se personara en el lugar.


Soltando todo el aire, que había estado conteniendo sin darse cuenta, Athan se apoyó en las paredes del cubículo y entrecerró los ojos, sintiendo como la tensión se acumulaba en sus estómago, formando un férreo nudo- Siempre escondiéndome, siempre encogida en algún rincón, como si fuera una vulgar ladrona de tres al cuarto - susurró la tenebre, casi para sí misma, como si por un instante se hubiera olvidado de la presencia del arquero. Mas cuando volvió a abrir los ojos, volvió a posar su mirada en él, con un cierto sentimiento de extrañeza reflejado en su semblante, como si también se preguntara porque demonios seguía junto a aquel hombre, ¿Cómo había acabado él metido en todo esto? Por Elhias, si no sabía ni qué clase de persona era, ni de donde había salido, ni nada en absoluto más allá de un nombre. Elevando las cejas ligeramente, le dirigió una sonrisa, y se giró para ocuparse de la yegua. Con un suave movimiento, tiro de ella hasta colocarla de espaldas a la pared, evitando de este modo que una coz accidental pudiera acabar en un despropósito. Luego, con sumo cariño le acarició desde la sien hasta el hocico. Fue entonces, cuando vio que el animal estaba tranquilo, volvió a dirigirse a Tristán, en un tono bajo, mirándole fijamente a los ojos, mientras a las afueras, sus perseguidores empezaban a formar una pequeña muchedumbre:


- Lamento profundamente que os hayáis visto envuelto en todo esto. Os aseguro que tan pronto como marche de esta ciudad, mi presencia no volverá a causaros ninguna molestia - al sentir como los ruidos del exterior aumentaban, empezó a susurrar- Es terrible ser perseguida por el simple hecho de haber nacido en una tierra poco agraciada a sus ojos, pero lo es más todavía si se unen a ese conflicto personas completamente ajenas. Os pido disculpas de nuevo. - Athan sentía como las palabras se tambaleaban en sus labios. Reprimiendo un suspiro, volvió a girarse hacia la yegua, volviendo a repetir la caricia anterior- No temáis por Nocturna, sé que es un animal poco común por estas tierras, pero, a pesar de su temible aspecto, se trata de una criatura completamente inofensiva. Si un día conseguís un terrón de azúcar veréis como…


Sus palabras se vieron interrumpidas por una voz que empezó a elevarse fuera. Sin poder evitarlo, un respingo removió su ser, obligándola a apartarse de Nocturna para no transmitirle su temor. Con el miedo dibujado en sus ojos, y en un leve temblor que había conquistado sus labios, volvió a apoyarse en la pared del cubículo, y retuvo el aliento, escuchando las palabras de aquel que, según parecía, era el mandatario de esa tropa de imperiales:


- ¿Cómo es posible que hayáis confiado ciegamente en la palabra de un desconocido? ¿Es que no sois capaces de pensar que podía ser un cómplice de la mujer hereje? Ni siquiera contaba con un aspecto que sea común por estas latitudes del mundo, por el amor de nuestro Dios, ¿En qué estabais pensando?


- Inquisidor… - respondió una voz, en un tono visiblemente más bajo, teñido de humildad y sumisión- A pesar del extraño color de sus cabellos, su acento era el mismo que el de las gentes de Phonterek, al igual que su nom…


- ¡¡Idiotas!! - aquel grito repentino por parte del inquisidor, le arrancó un escalofrió a Athan, la cual escuchaba la conversación apoyada en el cubículo, sintiendo como el deseo de poder desaparecer crecía con cada segundo- Os aseguro que no volveréis a sentir la caricia de las sabanas, ni el candor de un mísero plato de sopa, hasta que no vea ante mí a la repugnante tenebre, y al secuaz con los cabellos de dos colores. Si sabéis lo que os conviene, no dejareis ni el más ridículo rincón de Phonterek sin revisar, ¿Me habéis entendido? - un asentimiento general apoyo las palabras del inquisidor, para luego acabar de confirmarlas con el estruendo de los caballos alejándose del lugar a toda velocidad. Tal y como Mary había supuesto, en ningún momento se les ocurrió mirar el lugar donde se encontraban guarecidos.


Las pupilas de Athan redoblaron su tamaño, tal era su sorpresa, mientras lentamente se giraba hacia Tristán. La incomprensión había teñido todas y cada una de sus facciones. Un leve temblor, causado por la bajada de adrenalina, había hecho presa de sus miembros, motivo por el cual se abrazó a sí misma, en un intento de mantener un mínimo de compostura. Necesitaba marcharse, era más que evidente, pero no podía irse sin intentar entender porque aquel hombre, un perfecto desconocido, había decidido jugarse el pellejo por ella. ¿Era tal su desconocimiento respecto al peligro al que se había expuesto? ¿Era un inconsciente? ¿Uno de esos locos amantes del riesgo y de la cercanía de la muerte? Sus ojos se entrecerraron y trago saliva, intentando encontrar las palabras adecuadas con las que dirigirse al arquero. Fue entonces cuando recordó que, de hecho, anteriormente ya le había insinuado su participación en la inexplicable desaparición de los Imperiales, acompañando sus palabras de un tono jocoso que decía mucho más al respecto que los propios términos utilizados por Tristán. Sin poder evitarlo, una sonrisa divertida se dibujó en sus labios, y movió la cabeza, incrédula, para finalmente acabar diciendo, con un tono lleno de sorpresa y una mirada cargada de incertidumbre:


- ¿Por qué lo habéis hecho? ¿No sois consciente del peligro al que os habéis expuesto? Los soldados imperiales son personas que cuentan con una cantidad de escrúpulos muy inferior a la del resto de seres humanos, no tendrán piedad alguna con vuestra persona por ayudar a alguien como yo. - suspiro con fuerza- Deberéis marchar de la ciudad, huir hasta que su presencia en este lugar no sea más que un mal recuerdo. Porque como os atrapen… - movió la cabeza, apartando por un instante la mirada de Tristán, y reprimiendo un escalofrío, para luego añadir susurrando, como hablando consigo misma- Y no sabéis ni quien soy, es imposible de comprender, por Elhias, imposible - con un vago movimiento se removió los cabellos pelirrojos y volvió a clavar su mirada en el arquero- Yo me veo en la obligación de marchar en este instante, debo cumplir una misión que no admite más demora. Vos… - volvió a despeinarse con el mismo movimiento, mientras su mirada se perdía en sus pensamientos, como si se encontrara en una encrucijada, hasta que, finalmente, un suspiro marcó el momento de su rendición- Sino tenéis lugar al que dirigiros, podéis acompañarme, después de todo, antes de este desagradable encuentro con los Imperiales, yo me encontraba buscando un compañero con el que llevar a cabo este cometido. Por supuesto puedo comprometerme a pagaros por vuestra ayuda, y aunque no puedo aseguraros que vayáis a estar en mejores condiciones acompañándome que escondiéndoos en Phonterek, si os puedo dar mi palabra de que contareis en todo momento con mi protección y ayuda, hasta que todo finalice. - se acercó un par de pasos a Tristán, sin apartar la mirada de sus ojos- Se que se trata de un extraño ofrecimiento, y que os puede resultar incómodo viajar con una extraña, mas estoy acostumbrada a las inclemencias de la vida a la intemperie, no os causaré molestia alguna, os lo prometo por lo más sagrado - se encogió ligeramente de hombros- La decisión está en vuestras manos, Tristán. Podemos montar ahora mismo ambos en Nocturna y marchar, ella ya está equipada con víveres básicos, puedo esperaros aquí si deseáis recoger alguna cosa, aunque os pido máximo cuidado, y después nos iremos, u os puedo dejar en tierra, olvidamos este suceso, y cada uno sigue su propia senda. ¿Qué opináis al respecto? ¿Qué deseáis hacer? - a pesar de sus propias dudas, en todo momento la tenebre había mantenido un tono cálido, intentando transmitir algo de confianza a su interlocutor, aun sabiendo que su aspecto rara vez era capaz de despertar tal sentimiento en terceras personas.


Con el deseo de dejarle algo de intimidad al arquero, para que pudiera pensar sin sentirse presionado, Athan volvió a alejarse, hasta apoyarse de nuevo en las paredes del cubículo. Los segundos corrían rápidamente, aumentando su impaciencia, mas ninguno de sus gestos expreso tal sentimiento, por el contrario, siguió abrazada a sí misma, a la espera, ofreciendo una imagen de absoluta tranquilidad. Fue en ese instante, cuando un pensamiento teñido de sarcasmo resonó en su mente, dibujando de nuevo una sonrisa en sus labios:


- Muy bien Athan, si ante este ataque de verborrea el hombre no sale corriendo cual alma que lleva el diablo, puedes estar segura de una cosa: No existe ser en Phonterek, y probablemente en toda la tierra de Noreth, más adecuado para soportar las soporíferas horas de viaje que se avecinan.
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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Tristán de Tincoras el Mar Mayo 28, 2013 3:47 am

Siempre escondiéndome, siempre encogida en algún rincón, como si fuera una vulgar ladrona de tres al cuarto” – al escuchar las palabras de la dama pelirroja, rápido comprendió que no había hecho absolutamente mal al brindarle su ayuda. La miró con cierta tristeza, y algo de comprensión entremezclada. La caseta de madera le resultaba algo agobiante, sin embargo mantuvo un semblante calmado aun con la capucha dando sombra a sus rasgos. Su mirada pasó de la dama a la yegua negra que la venía acompañando. Sería negar la realidad decir que la extrañeza del corcel no le resultaba curiosa a la par que intimidante, quizás imitando la sensación que le produjo su dueña, esa extrañeza le resultaba a la par interesante. Su vista de nuevo se debió a la dama cuando esta comenzó a hablar.

No os preocupéis, no lo hagáis.” – comentó, teniendo muy en mente que se había envuelto en todo ello completamente solo. Suspiró, y tiró de su capucha para colocarla bien, acomodándose en su interior. Aunque su estómago estaba algo revuelto, parecía bastante despreocupado en general. No podía apartar la vista de la mujer, que ella sí parecía más afectada por la situación, haciéndose quizás así una idea él mismo de la magnitud de la situación. Sin embargo fue arrancado de sus cábalas cuando oyó una voz en grito al otro lado de la madera, al parecer a causa de una discusión. Tristán guio sus pasos hasta cerca de la puerta, y agudizó su oído todo lo que pudo para enterarse de lo que acontecía en el exterior.

¿Cómo es posible que hayáis confiado ciegamente en la palabra de un desconocido? ¿Es que no sois capaces de pensar que podía ser un cómplice de la mujer hereje? Ni siquiera contaba con un aspecto que sea común por estas latitudes del mundo, por el amor de nuestro Dios, ¿En qué estabais pensando?” – Tristán pronto se dio cuenta de quién era el desconocido al que se referían, y también quién era la mujer hereje. “¿Hereje?” se preguntó a sí mismo, antes de que sus pensamientos fuesen interrumpidos de nuevo. “Inquisidor…” – a Tristán le dio la sensación de reconocer esa voz, aunque por supuesto, fue una presunción. Continuó escuchando con interés. “A pesar del extraño color de sus cabellos, su acento era el mismo que el de las gentes de Phonterek, al igual que su nom…” – esas palabras dejaron muy claro quién era el desconocido tan extravagante. A pesar de la tensión de la situación, no pudo evitar esbozar una sonrisa traviesa en su rostro, ocultándose a medias en la oscuridad de la capucha. “¡¡Idiotas!!” – ante el grito repentino, la sonrisa se borró y Tristán no pudo evitar dar un pequeño bote del susto, aunque pronto recuperó la posición y continuó escuchando.

Os aseguro que no volveréis a sentir la caricia de las sabanas, ni el candor de un mísero plato de sopa, hasta que no vea ante mí a la repugnante tenebre, y al secuaz con los cabellos de dos colores. Si sabéis lo que os conviene, no dejareis ni el más ridículo rincón de Phonterek sin revisar, ¿Me habéis entendido?” – tras oír eso y la movilización general de los que parecían estar allí afuera, Tristán soltó un suspiro, dejando entrever el lío que tenía en su cabeza. Entrecerró sus ojos para centrarse en sus pensamientos. Pensó en el lio que se había metido por una simple jugarreta… ¿Era eso? ¿Había puesto su vida en juego por una broma? Sus pensamientos giraban en torno a preguntas de esa índole. Luego abrió los ojos y guio sus pupilas hasta las de ella, y pudo ver la misma incomprensión hacia lo que había sucedido que él tenía en ella.

Escuchó sus palabras atentamente, y poco a poco las dudas comenzaron a disiparse de una forma asombrosa incluso para él. “¿Me preguntáis por qué os brindé ayuda? Quizás destruiría una imagen que habéis hecho de la situación al deciros por qué os he ayudado… Simplemente fue algo que me apeteció hacer, algo que a mi juicio en el momento me pareció lo correcto.” – dio un suspiro. “No sabía a qué me enfrentaba, pero os ayudé porque al chocar con vos, me dio la impresión de que necesitabais ayuda.” – dijo, con una sonrisa cálida en el rostro. Cuando sonreía de esa manera, su rostro parecía mucho más juvenil de lo que realmente era, como un chiquillo sin preocupación alguna.

Cuando ella le propuso que lo acompañase, a sus oídos eso fue como ambrosía. Sonrió al oírlo, y pensó en lo extraño que le resultaba tener tantas ganas de saber más de la dama carmesí, de saber quién era, de saber los secretos que guardaba. Se llevó la mano al rostro intentando ahogar esos pensamientos que no tenía a menudo sobre otras personas, pero bajo la palma de su mano había una sonrisa esbozada. Pronto la apartó y con gesto gentil respondió a su pregunta. “Bueno, visto que antes os ayudé sin intención, ahora me he propuesto hacerlo con ella. Permitidme acompañaros, lady Athan. Permitid que os siga hasta que estéis lejos de vuestros perseguidores, y de los míos.” – comentó con cierta gracia. La verdad es que sentía que podía arriesgar unas semanas por ella, y que lo haría gustoso. Observó cómo con mucha atención como la mujer montaba a su corcel negra como la noche con una destreza increíble, y como sobre ella, tan rígida, parecía tan digna y tan regia como los nobles más elegantes de Phonterek, algo que lo maravilló con presteza. Sin embargo, salió de sus pensamientos para abrir la puerta de los establos, y con rapidez correr hasta la yegua y montarse. Sobre Nocturna él se sentía alto como una montaña. Algo de vértigo inundó su ser, lo que llevó a rodear la cintura de Athan con sus manos en pos de no caerse. Al hacerlo, sintió la menudez de su cintura, y pudo sentir como sus rasgos de porcelana no se limitaban a su palidez y rostro como de muñeca.

Pronto la dama azuzó a su yegua para que comenzase el galope, y sintió el vigor de Nocturna debajo de ellos, y sus grandes zancadas. Pocas veces había ido en caballo realmente, y no tenía idea de cómo guiar uno, pero Athan lo hacía con tanta destreza y gracia, tan erguida, tan en sintonía con el ritmo del galope de su yegua… Tristán intentaba cerrar la boca para no morderse la lengua. La puerta de Phonterek estaba desierta, y pudieron pasar las murallas de la ciudad con relativa facilidad. Lograron cabalgar a través de los caminos que eran rodeados por campos de trigo. El viento hacía ondear las espigas de color de oro con el mismo viento que hacía que la melena carmesí hiciese cosquillas en el rostro del arquero. Él seguía abrazado al cuerpo de ella, algo intimidado por la altura y los movimientos del corcel. Sus brazos tostados rodeaban la cintura, a medida que el viento parecía querer hacerlo caer hacia atrás.

A medida que se alejaban de las murallas y se internaban en los bosques, el sol se comenzaba a ocultar en el horizonte. “Sí nos metemos ahí… En los bosques, podemos… Acampar, y nadie nos vería… Seguramente…” – decía el arquero de forma entrecortada, intentando no morderse la lengua con el ritmo de Nocturna. El carmesí de la puesta de sol comenzaba a teñirlo todo, haciendo que el cabello de la dama pareciese más fogoso aun si cabe. Las hojas danzaban en el viento, desprendiéndose de los árboles y haciendo una sábana en el suelo. Cuando entraron en la arboleda la luz apenas lograba traspasar las espesas copas de los árboles. “Quizá deberíamos acampar antes de que sea totalmente de noche. Me da la impresión de que cuando la oscuridad caiga, no seremos capaces de ver mucho.” – comentó, a medida que reducían el paso.



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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Athan Lor el Jue Jul 04, 2013 12:33 am

El viento soplaba fuerte al ritmo del galope de la yegua, alborotando sus  rizos pelirrojos, los cuales volaban cual ave en libertad. Su cuerpo, perfectamente acoplado, se adaptaba a cada movimiento del animal, haciendo de aquella huida una pequeña danza, al compás de la urgencia y el cuerpo que se removía entre las piernas de ambos. El terreno resultaba ligeramente accidentado, mas nada parecía poder afectar al ritmo del animal, que devoraba distancias de manera segura y constante, mostrando siempre el carácter tranquilo que la caracterizaba desde sus primeros años de vida. El paisaje cambiaba de manera vertiginosa ante los ojos de todos los presentes, convirtiéndose en una maraña de imágenes para los jinetes que avanzaban en la senda, en busca de una meta segura en la que encontrar reposo.

-Una buena impresión no debe interrumpir tus planes, Athan- ese pensamiento, teñido de sarcasmo, cruzó la mente de la tenebre arrancándole una sonrisa. Parecía que no habían pasado más que unos minutos desde el momento en que tomo la decisión de separarse cuanto antes del arquero, y este instante en el cual ambos corrían bajo la estela del firmamento, sintiendo como los brazos de aquel desconocido se estrechaban contra su cintura. ¿Cómo era posible que hubiera llegado esa situación? Ella, una mujer de ideas firmes y soledad más que agradecida, correteando bajo el sol con un hombre aferrado a su cuerpo, ¿Quién lo iba a decir? Incrédula, movió la cabeza, sintiéndose incapaz de asumir los últimos hechos.

Lo cierto es que había cumplido su objetivo, se encaminaba a la misión y había conseguido un compañero con el que compartir la carga y los peligros del camino, mas algo en todo lo acontecido perturbaba su mente, un algo muy difícil de comprender para la pelirroja. Quizá eran las sensaciones que despertaba el sentirle tan cerca de sí misma, aquel firme contacto, que aumentaba de intensidad cuando algún recodo del camino hacia que sus cuerpos se movieran al son de Nocturna. Quizá esos latidos ensordecedores que no cesaban de resonar en su ser, los cuales no parecían aumentar el ritmo únicamente a causa de la adrenalina de la situación, al fin y  al cabo, ahora estaban seguros, era difícil que alguien les fuera a dar alcance en las próximas horas, los imperiales darían miles de vueltas absurdas por Phonterek antes de asumir que no se encontraban en la ciudad. Quizá, simplemente, era esa atracción que había sentido desde el primer momento por ese hombre de mirada clara y profunda, que la hacía enrojecer, y en aquel instante le erizaba la piel.

Incrédula consigo misma, movió la cabeza,  y deshecho tales pensamientos, tan impropios de su persona. Ella no era así, nunca había sido así, ni entre las paredes de la Academia, donde la lujuria era religión, una con casi tantos seguidores como el propio Elhias o la Madre Muerte- Pero es que ningún tenebre lograra nunca tener ese color de piel. Todos son tan pálidos, tan… iguales- de nuevo, un leve calor subió hasta su rostro, coloreando sus mejillas con premura. Aquello era una necedad, más aún por el hecho de que le perseguían los talones unos seres que no dudarían en matarla, y se encaminaba a enfrentarse a otros que no tendrían mayores escrúpulos a la hora de convertir su cuerpo en un manjar para los gusanos, y un arma para cualquier nigromante. Mas, antes de que pudiera seguir reprochándose más pensamientos de esa índole, un recuerdo cruzó los umbrales de su mente como una oleada, sin que nada ni nadie pudiera frenarlo:

”- Oh vamos, hermana, solo es atracción, una mera sensación que no tiene porque convertirse en nada más, ¿Qué tiene de malo?

- Todo- Una Athan mucho más joven se aleja de la mesa donde ha dado cuenta de sus últimos bocados. Esta amaneciendo, y se encuentran en la cocina de la casa Do Vandor.

- ¿Todo?- una mirada incrédula, tan dorada como la suya, se clava en sus ojos- Hermanita, hermanita- mueve la cabeza exasperado y alarga la mano para removerle el pelo- La vida es algo más que estudiar y trabajar con disciplina. Nada de eso te hará feliz si lo vives sola.

Athan se gira hacia su interlocutor, clavándole una mirada desafiante, con la ceja levantada, aunque poco tiempo logra mantener esa mirada al ver la estampa que se presenta ante sus ojos. Un joven desmarañado, a medio vestir, dirigiéndole una sincera mirada preocupada, con los rizos pelirrojos formando toda una jungla matinal- Deberías vestirte, la Academia no espera a nadie.

Una risa cristalina se escapa de esos labios, mientras rápidamente se acerca hasta ella y la rodea con sus brazos. Finalmente, se aparta ligeramente, y le responde, divertido:  - Y a ti te hace falta justo lo contrario: Que alguien te desnude y te haga ver la gran diversidad de sabores que tiene la vida. ¿Quién sabe lo que se siente al tener esos ojos violeta resbalando por tu piel?- y con la misma, se aleja divertido en dirección a su estancia.”


El recuerdo se desdibujo en sus ojos, mientras el camino seguía avanzando al ritmo de Nocturna. Únicamente ese constante sonido, firme como la luz de un faro en medio de la tormenta, la ayudo a mantener la compostura, ignorando una respiración que no cesaba de entrecortarse. Con el firme deseo de acallar ese lacerante dolor que empezaba a emponzoñar su mente, se aferró a las riendas de la yegua, y la obligó a aumentar su velocidad, ignorando completamente que no se trataba de la única persona que la montaba.

Las sendas desaparecían ante sus ojos sin que les dedicara ni el más leve pensamiento. Hermosos campos se perdían sin despedida alguna. Incluso la luz del gran astro parecía deseosa de marcharse para no observar aquella carrera desesperada, sin sentido ni dirección alguna, más allá del instinto de aquel calmado animal. No fue hasta que las grandes extensiones de tierra, libres de cualquier ensombrecimiento, se convirtieron en pequeñas arboledas,  que una leve voz decidió alzarse, enfrentarse al sonido que provocaba esa marcha forzada. La primera vez fue en vano, los oídos de la tenebre se negaron a realizar su función. Mas la segunda, algo en aquel tono de voz atravesó sus defensas, obligándola a prestar atención.

Las arboledas se estaban transformando en densos bosques, dificultando el paso de los leves rayos de sol que todavía se conservaban en el firmamento. Muchas horas habían pasado, mas todavía seguía sintiendo los brazos del arquero alrededor de su cintura, esta vez algo más temblorosos y débiles, aunque quizá fuera ella la que se encontraba en ese estado. Como un borracho recuperando la sobriedad, Athan se encontró observando a su alrededor con cierta extrañeza, no se había dado cuenta de la velocidad con la que había pasado el tiempo. Tristán tenía razón, la noche se les estaba echando encima. Rápidamente tiro de las riendas, y pronuncio en voz alta una palabra tenebre que frenaría los pasos de Nocturna, repitiendo esa acción hasta que esta, finalmente, terminó quedándose completamente quieta. Con un raudo movimiento, desmontó.

Se habían adentrado bastante en la floresta, la senda que los había traído hasta ese lugar se alejaba bastante de los campos, difícilmente nadie podría verlos desde fuera. Altos y fornidos arboles les rodeaban, con su presencia vigilante, mientras los últimos sonidos del bosque se perdían, dando la bienvenida a las ultimas horas del día. El suelo se encontraba cubierto por una suave capa de hierba y matorrales. A pesar de que no se hallaban exactamente en un claro, la separación entre los arboles permitía que pudieran acomodarse sin problemas. Sobre sus cabezas, las grandes copas de los arboles podían estirarse sin llegar a enredarse con las adyacentes, creando un cielo verdoso, teñido por las rojez de los últimos rayos de sol.

- Este sitio es hermoso… - susurró Athan, mientras daba una vuelta sobre sí misma, observando su alrededor. Mas un sonido la obligó a salir de su ensimismamiento, haciendo que su mirada volviera a su punto inicial. Tristán había desmontado y no parecía encontrarse en su mejor situación. Sorprendida, hizo ademán de acercarse hasta él, mientras su mente empezaba a atar cabos. Repentinamente comprendió ese gesto inseguro al montar, que tanto había hecho sonreír a la pelirroja, hasta que sintió como sus brazos la envolvían por primera vez, lo cual la arrastró hasta la encrucijada de no saber si pedirle que se apartará y mostrarle como montar, o ignorar el hecho ante la celeridad que los obligaba a marchar. Finalmente, sintiendo como las manos del arquero se crispaban a su alrededor, decidió seguir, y lo cierto es que no podía decir que se arrepintiera, cosa muy inquietante para ella. Con un ademán, aparto estos pensamientos, y rápidamente se acercó hasta la yegua, aferrándose a las alforjas, en busca de un menester muy necesario dada la situación, sintiendo como sus mejillas empezaban a sonrojarse sin remedio.

Como era de esperar, el pequeño objeto reapareció en sus manos con facilidad, obligándola a girarse para alargar la mano y entregárselo al arquero. Se trataba de un pequeño frasco, de arcilla, tapado con un simple corcho, el cual encajaba perfectamente con la forma del recipiente. Con las mejillas todavía sonrojadas, ardiendo en su rostro, le dirigió una sincera mirada a Tristán, tosió levemente, y empezó a hablar en un tono suave, teñido por el mismo rubor que coloreaba su rostro: - Resulta evidente que no estáis muy… - movió la cabeza con inseguridad, buscando la palabra adecuada, mientras se apartaba un mechón de cabello del rostro- familiarizado con  la hípica, con todo lo que ello conlleva. Yo… - sus ojos se alejaron un breve instante del rostro del arquero, para luego volver a clavarse en ellos, mientras un leve suspiro se escapaba de sus labios- Lamento profundamente haber cabalgado a esa velocidad. Temía por nosotros y, bueno… - apartó de nuevo la mirada, azorada por la mentira. Exasperada, movió la cabeza y volvió a apartarse el cabello del rostro, volviendo a fijar sus ojos en él, para finalmente añadir- Ese frasco contiene un ungüento, bastante sencillo, no conseguirá grandes cosas, pero os calmara un poco el… - carraspeo- escozor, y bueno, si tenéis alguna herida, os ayudara a desinfectarla. Si presionáis uno de los laterales, se os abrirá sin dificultad. No temáis utilizarlo, conozco la receta, podría elaborar más en caso de que fuera necesario - lentamente empezó a alejarse del arquero, sintiendo todavía como la piel de su rostro ardía con fulgor, compitiendo con la tonalidad de los rayos que penetraban la floresta- Yo marchare a recoger leña. La cogeré vieja y seca, para que no cause una gran humareda. Volveré en unos minutos – con presteza se alejó, adentrándose en el bosque.

Una vez a solas, refrenó sus pasos, y se obligó a respirar hondo con la intención de recuperar el dominio de su propia persona. Los latidos de su corazón resonaban por todo su ser mas, por suerte, el penetrante olor del bosque le resultaba tranquilizador como una caricia. Pausadamente volvió a concentrarse en la labor que tenía por delante. Con ojo experto empezó a recoger las ramas que le parecían más adecuadas, guiándose por el instinto del cazador que conoce su presa, y sabe cómo lograr su objetivo. Al cabo de pocos minutos ya contaba con la cantidad de ramas necesaria para enfrentarse a la noche. Con paso raudo regresó al lugar donde se encontraban. Las últimas luces empezaban a desvanecerse, debía darse prisa.

Solo llegar, sin dudarlo, se aposento en el suelo, dejo la madera a un lado, sacó una de sus pequeñas dagas, y con un movimiento muy habitual para la tenebre, empezó a cavar en la blanda tierra. Concentrada en realizar la tarea lo más deprisa posible, olvido todo aquello que la rodeaba durante unos instantes, siendo únicamente consciente del constante movimiento de sus manos, una de las cuales hacia que la daga reblandeciera la tierra, mientras  la otra mano la iba apartando. No ceso en su empeño hasta que logró formar un agujero en el suelo, de un palmo de profundidad y con un diámetro lo suficiente amplio como para que las pequeñas ramas pudieran acomodarse en su interior. Con rapidez, las colocó en el lugar adecuado, y se levantó. De las alforjas sustrajo una yesca, y juntamente con la ayuda de un par de piedras, encendió fuego sin grandes dificultades. Tal y como había planeado, el humo no resultaba demasiado espeso, y a medida que se elevaba, gracias a que el fuego se encontraba medio enterrado , iba perdiendo color hasta fundirse con el mismo aire. No calentaba ni iluminaba tanto como una hoguera común, pero resultaba útil y discreta, algo muy necesario en esas circunstancias.

- Excelente - susurró satisfecha, al sentir el crepitar de la hoguera. Con una sonrisa dibujada en sus labios, volvió a dirigir la mirada hacia Tristán, y le empezó a hablar con un tono alegre- Espero sinceramente que el ungüento os haya sido útil, o en todo caso, que su efecto sea beneficioso a lo largo de esta noche que nos aguarda - su sonrisa se amplió, alegrando su rostro. Con un sutil movimiento señalo la hoguera- Soy consciente de que no se trata de una gran obra de arquitectura, pero nos resultará útil para pasar la noche. Probablemente se extinga poco antes del amanecer, pero gracias a que no se trata de una hoguera de gran tamaño, su fulgor será difícil de divisar en la lejanía. No es gran cosa, pero bueno, ni vos ni yo somos seres de la noche, si queremos ver algo la necesitaremos. En fin - Con un rápido movimiento se levantó del suelo- Debemos comer.

A toda velocidad, fue hasta la yegua, a la cual despojo de sus riendas, la silla, y las alforjas, para que pudiera descansar finalmente. La luz de la hoguera empezaba a ser la única iluminación del lugar, mientras la luz de los últimos rayos agonizantes se perdía, dando paso a las estrellas, y las tres lunas. Dejándolo todo ordenado, en un rincón en el cual esperaba recostarse para dormir, se acercó hasta el animal de nuevo para cerciorarse de que se sentía bien, aprovechando para dedicarle un gesto de cariño.

Finalmente, alargo el brazo y cogió una de las bolsas que formaba parte de las alforjas, y volvió a sentarse frente a Tristán. Sonriente, metió la mano en su interior para coger una buena rebanada de pan, y un trozo de queso, el cual partió con una de sus dagas. Luego, con un leve gesto, le acercó el costal al arquero- Me temo que no contamos con un menú muy variado para estos días - le dirigió una amable sonrisa- Mary siempre abastece mis misiones con la misma comida: Manzanas verdes, pan de centeno, queso curado y carne seca. Alimentos que resisten muy bien el paso del tiempo, pero que terminan resultando más tediosos - movió la cabeza, divertida- Mas no tengo derecho a expresar queja alguna, mi vida ha llegado a depender completamente de estas reservas, cuando los caminos me conducen por sendas donde la caza no es más que el sueño del hambriento -  le dio un primer bocado a sus alimentos y mastico lentamente, disfrutando del sabor del pan que hace poco que ha sido cocinado. Una vez termino, añadió, con un leve tono divertido aferrándose a sus palabras- Por suerte, Tristán, esta vez no nos veremos en la obligación de marchar tan lejos. No me imagino a esos soldados persiguiéndonos hasta el desierto - rio suavemente, moviendo la cabeza y siguió dando cuenta de su comida.

Había terminado de comer, y no podía evitar sentir como la incredulidad se adueñaba de su ser. Estaba ocurriendo de verdad, se encontraba allí, en medio de un bosque desconocido, acompañada de un hombre del que apenas sabía su nombre, y el cual no parecía dar ninguna muestra de temor ante sus rasgos, ni un mínimo gesto de desagrado. Recordando todas las conversaciones que habían sucedido anteriormente, se alejó unos pocos centímetros para apoyar su espalda contra el tronco de un árbol, y con un tono que deseaba expresar todas sus dudas, preguntó:

- Tristán, ¿Vos desconocéis por completo mi lugar de origen verdad? - con sincero desconcierto dirigió su mirada hacia los ojos del arquero, intentando vislumbrar su respuesta antes de que la pronunciara. Cuando vio la negativa dibujada en su rostro, movió la cabeza, apesadumbrada, siendo consciente de lo que podía llegar a significar pronunciar las siguientes palabras. Mas sentía que no podía mentirle, que a pesar de lo mucho que la alteraba su presencia, debía ser sincera, merecía que lo fuera. Con un suspiro, volvió a clavar su mirada en aquel bello rostro, levemente iluminado por las llamas- Soy una tenebre, una humana que proviene de la tierra de Zhakhesh, un lugar remoto para los habitantes de estos yermos, también conocida como la tierra negra - con un gesto nervioso se removió los cabellos carmesíes- También se nos conoce como adoradores de Elhias, el dios de la sombra y la destrucción. Y ahora, gracias a la persecución incansable de los inquisidores Imperiales, también somos conocidos como herejes - el tono de voz de Athan se crispo levemente al pronunciar aquel último término- Nombre que nos dieron porque consideran que tenemos una religión impía y repugnante, motivo por el cual merecemos ser exterminados como alimañas - suspiro levemente y le dirigió una sonrisa cansada al arquero- Y por eso nos encontramos en estas circunstancias tan inusuales.

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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Tristán de Tincoras el Dom Jul 21, 2013 5:07 am

Tristán desmontó, y se tambaleó dando pasos, ningunos iguales al anterior. No se había quejado, habría sido ridículo que lo hubiera hecho. Él, un aventurero hecho y derecho, teniendo la cara interna de los muslos en casi en carne viva por el galope de una yegua, mientras que su acompañante, de aspecto más fino y frágil no parecía resentirse en lo absoluto, y más allá de eso, parecía una jinete muy diestra. Sin embargo, sus movimientos torpes habían captado la atención de la pelirroja, que se acercaba a él extendiendo sus manos, con un pequeño frasco entre ellas. Concretamente, lo que traía era un ungüento. Tristán esbozó una sonrisa maliciosa y divertida ante el rubor de Athan al hablar sobre una zona tan poco pudorosa. “Muchas gracias, seguro que me será de enorme ayuda.” – respondió con educación, agarrando el pequeño frasquito mientras la mujer marchaba en busca de leña para hacer fuego. Por su parte, el arquero apoyó su espalda contra uno de los árboles, desanudando el cinturón y bajándose los pantalones. Un escalofrío recorrió su espina cuando la zona escocida fue golpeada por una bocanada de aire fresco que silbaba entre matojos y troncos por igual, para luego destapar el envase e introducir dos dedos en él, para retirar algo del bálsamo y comenzar a esparcir por la zona dolorida.
 
Para cuando Athan volvió con la leña, Tristán ya se encontraba vestido de nuevo y sentado cómodamente en las suaves briznas de hierba de aquel bosque. Observó con curiosidad como la pelirroja se arrodillaba y con más habilidad de la que habría predicho, creaba una discreta fogata suficiente como para alumbrar un pequeño radio a su alrededor. “Parece que estáis acostumbrada a actuar discretamente...” – pensó, pero jamás llegó a pronunciar dichas palabras. “Quizás no os den un título como arquitecta oficial del rey, pero no dudo que eficiente es.” – dijo divertido, echándose atrás y apoyándose cómodamente en el tronco a su espalda. Cuando habló sobre la comida, el arquero recordó divertido situaciones en las que había comido cosas infinitamente más horribles que el tedioso menú que explicaba Athan. “Créeme, en muchas ocasiones eso me habría parecido un banquete digno de la nobleza.” – dando un mordisco a la carne seca y tirando con los dientes apretados, separándola en dos mitades más pequeñas para ser más fácil de masticar. “No me molestaría compartir un viaje largo contigo. Sinceramente, me he visto en algunos bretes que cualquier acompañante humano resulta una bendición.” – rio con cierta sorna, al recordar a varios variopintos sujetos en su vida.
 
Ante la pregunta tan extravagante de la pelirroja, Tristán solo pudo negar con la cabeza, y escuchar atentamente a sus palabras. Al terminar de oír el discurso, el arquero suspiró con cierta resignación. “No me tomes como un grosero, pero la verdad no me importa.” – expresó, mirándola con un gesto hastiado, como si realmente todas esas trifulcas a gran escala fuesen un dolor de cabeza demasiado difícil de comprender. “No con ello quiero justificar las barbaridades que mencionas que los Imperiales han hecho, por supuesto.” – añadió, intentando esclarecer su punto de vista. “Y no con ello quiero decir que no me importe tu destino.” – añadió encima de todo, con inusual vehemencia en esas palabras. “Simplemente las guerras, las peleas por el honor, la fe y las tierras me vienen demasiado grandes.” – dijo risueño, poniéndose en pie de un brinco de forma bastante cómica. “¡Mírame! Soy un pobre viajero con un arco maltrecho y ropas llenas de tierra que apenas y puede pagarse una noche en una posada y un puchero caliente.” – comentó animado, para luego dejarse caer en la postura inicial. “Todas esas cosas me vienen demasiado grandes, temo decir. A mí me importas tú porque te he conocido y me caes bien.” – dijo con tanta claridad y sinceridad como quien da los buenos días.
 
Mientras seamos compañeros de viaje haré lo que esté en mi mano porque no te pase nada, por supuesto.” – dijo con total confianza, como si aunque en ocasiones se las daba de humilde, en otras parecía sutilmente engreído. “Pero no por ello puedo odiar a los Imperiales… Hasta que estos ojos míos vean algo que me desagrade en ellos.” – comentó tan risueño que parecía hablar de un tema infinitamente más trivial. “Las guerras inundan estas tierras, tristemente. Yo mismo me he enfrentado a más cosas de las que me gustaría, grotescas, macabras y batallas sin sentido.” – refunfuñó. “Pero bueno, un solo hombre no debe pretender cambiar el flujo del mundo, al menos no por sí mismo.” -  volteó el rostro para mirar a los ojos de Athan. “Prefiero aprovechar cada día de mi vida para ser feliz. El día que yo no esté no tendré más interés en este mundo.” – comentó, y se recostó en el pasto. “Perdona, no sé por qué me ha dado por soltarte esta verborrea.” – añadió, sonrojándose en disculpa.
 
El ocaso comenzaba a despejarse, tiñendo el cielo de un color amaranto. “Será mejor que descansemos cuanto antes. Si mañana queremos partir al alba, es mejor estar descansados.” – comentó, bostezando. “¿Te importa hacer el primer turno de guardia tú? La verdad, todas esas horas al galope me han dejado hecho cisco…” – explicó quejumbroso, bostezando de nuevo al finalizar la frase. Al ver recibir la negativa por parte de Athan, se acomodó en el mismo pasto, colocando su cabeza sobre una raíz gruesa a modo de almohada.
 
Al abrir los ojos, pudo sentir como sus pulmones se llenaban de líquido elemento, impidiéndole respirar. Lejos de forcejear o chapotear para salir a flote, sus miembros, pesados como plomo quedaban inmóviles empujándolo hacia abajo, al oscuro abismo de las profundidades.  Como si algo le arrancase el alma con afiladas zarpas, sentía como si toda la vida fuese arrancada gota a gota de su interior, como la flor que se marchita con el paso de los días. En el fondo moraba una horrible visión de ojos sin pupila, de carne podrida y macabra mirada. Por mucho que daría ambos brazos por nadar en dirección contraria, en busca del cálido sol que iluminaba la superficie, solo lograba hundirse más y más rápido a la oscuridad abisal.
 
Tristán se despertó sobresaltado, entre gemidos y jadeos. El sudor corría de forma frenética por su frente, como un frío río. Alzó la vista para ver que la luna apenas estaba algo más allá de su punto más alto. Desvió luego su mirada, escudriñando la distancia gracias a la lumbre de la hoguera en busca de la mujer de cabellos carmesí.
 
Estupenda forma de ganarte a una mujer, la primera noche con ella te despiertas por una maldita pesadilla entre gritos histéricos.



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