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La larga senda de un cometido.

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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Athan Lor el Vie Ago 23, 2013 3:44 pm

El frío de la noche arreciaba, arrancándole leves escalofríos de la piel, como si el halo congelado de la muerte estuviera abrazando su ser. Con un rápido movimiento se envolvió en la capa, mientras con cierto resentimiento observaba el leve brillo de la hoguera. No resultaba demasiado útil para dar calor, eso resultaba evidente. Lentamente se movió hasta el agujero que protegía la lumbre, posando sus manos sobre él. La calidez empezó a subir por sus brazos, mientras las luces jugaban sobre su palidez, creando una agradable sinfonía de colores rojizos, cuya luminosidad alcanzaba su rostro y las suaves ondas de sus cabellos. Sus ojos se entrecerraron de puro disfrute, sintiendo como lentamente su piel erizada volvía a su forma original, y en sus labios se posaba una dulce sonrisa agradecida.  

El silencio del bosque envolvía el ambiente, adormecido bajo el recién aparecido brillo de las tres lunas, las cuales empezaban a cruzar el cielo con lentitud perezosa, no parecían muy convencidas de querer iniciar su momento del día. El alboroto de la mañana era substituido por la suave melodía de los seres nocturnos: La mirada de algún curioso búho, el sonido de algún murciélago revoloteando en la distancia, los leves pasos de un felino cruzando la floresta en busca de una nueva presa. Todo se producía con el mayor sigilo, como si temieran despertar a las almas que reposaban a su alrededor. Un número muy reducido de estos sonidos, casi nulo, era captado por los humanos oídos de la tenebre, la cual escuchaba por encima de todo la respiración de su acompañante, junto al lento crepitar de la madera vieja  bajo sus manos.

Al abrir los ojos se encontró con sus calmados rasgos, completamente sumergidos en el mundo de los sueños, cuya morada resultaba completamente inalcanzable para ella. Con cierta envidia observó su tranquilidad, ya no recordaba la última vez que había logrado dormir una noche sin sobresaltos, desde hacía largo tiempo su mente parecía decidida a obligarla a pasar las noches de vigila en un completo estado de alerta, aun cuando se encontrará en un lugar seguro. Suspirando, alzó la mirada a las copas de los árboles que les rodeaban, apartando la mirada del arquero, ya que tenía el leve presentimiento de que si lo miraba con demasiada fijeza sería capaz de despertarle y no sabría cómo explicarle su postura. Un pensamiento absolutamente irracional, en ningún caso contaba con habilidad alguna para despertar a una persona a distancia, mas no podía evitarlo. Parecía que aquel ser era capaz de sacar cada una de sus emociones, hasta las que rozaban la completa absurdez. Una sonrisa incrédula se dibujó en sus labios- Mira que llegas a ser necia, Athan. Te estas comportando como una niña. Como una jovencita que empieza a conocer al sexo contrario. - Mas, curiosamente, no podía negar que eso era en parte cierto.

Se sentía insegura ante aquel hombre de cabellos bicolores, no podía evitarlo. Su aspecto, su modo de hablar, de responder ante sus explicaciones, con esa vehemencia y esas ideas tan sorprendentes, la intimidaban en cierto modo. No le despertaba miedo alguno, mas no sabía cómo responder. Se sentía más como una muchachita, a la que al amanecer iban a despertar para ir a la Academia, que como la mujer que era. Pero a la vez, paradójicamente, hacía renacer emociones  en ella que muy poca relación tenían con lo que podía considerar como infantil. Suspirando, se removió los cabellos y se levantó, dispuesta a hacer una pequeña ronda por el pedazo de tierra que ocupaban- Pues menos mal que la atracción es solo eso, hermano, llega a comportar más confusión y casi valdría más la pena lanzarse de un puente.

Lentamente, con intención de hacer el menor ruido posible, desenvaino la espada y empezó a andar, dando suaves pasos sobre la mullida hierba, evitando alejarse demasiado del pequeño círculo de luz que formaba la hoguera, dado que, aunque su raza es conocida por su declarado amor a esta penumbra, lo cierto es que no les habían dotado de un don para la visión nocturna, lo cual era una lástima en su opinión. La paz conquistaba cada rincón de la floresta, no se escuchaba nada fuera de lugar, al menos para sus ordinarios sentidos. Ni un paso, ni una luz en la lejanía, todo permanecía en el mismo estado que en el atardecer que los había recibido, sin variación alguna. Un ave aleteo en la distancia, distrayendo su atención. Una extraña tensión empezó a formarse en sus entrañas. Nerviosa, observó a su alrededor, intentando atisbar algo en la oscuridad.

Repentinamente, un alarido rompió con el silencio. Aterrada noto que provenía del lugar donde reposaba Tristán. Un relincho de Nocturna se unió al sonido. Sin dudarlo, Athan empezó a correr a toda velocidad, elevando la espada, dispuesta a enfrentarse a la amenaza que los hubiera atrapado en plena noche, fuera cual fuera- No les haréis daño alguno, malditos - mas, al cabo de pocos segundos,  cuando llegó al claro no encontró nada fuera de lugar. La hoguera seguía iluminando con su leve fulgor, y ninguna presencia había perturbado el momento. Tristán seguía durmiendo. Únicamente la yegua parecía algo alterada. Perpleja, la tenebre bajo la espada, y con pasos silenciosos observo cada palmo de tierra en busca de alguna señal de lo que hubiera podido trastornar el ambiente. Finalmente se acercó a Nocturna y le acarició el hocico con suavidad, intentando calmar a la criatura, quien a pesar de su temperamento flemático, compartía el carácter miedoso de sus congéneres, en especial cuando acaba de levantarse del suelo donde había decidido recostarse.

Los segundos corrieron sin que nada cambiara, con lo cual Athan decidió continuar con su ronda de vigilancia. Mas cuando iba a salir del claro, el alarido volvió a repetirse, como si de un hechizo se tratara, sino fuera porque esa vez sí que le resultaba inconfundible la voz que lo había producido. Al girarse se encontró al bello arquero presa de convulsiones, como si se encontrara peleando contra un enemigo invisible- Vaya… tú también - pensó, no sin cierta pena, dado que conocía muy bien lo difíciles que podían resultar las pesadillas. Sin dudarlo, envaino la espada y corrió hasta las alforjas para coger el odre con agua, dispuesta despertarlo y darle de beber, en un leve intento de arrancarlo de aquel pequeño infierno que su mente le había diseñado. Empero, antes de que alcanzara a colocarse a su lado, Tristán despertó entre jadeos de angustia.

Con un gesto muy tierno, propio de los humanos que se encuentran en una situación muy vulnerable, la buscó con la mirada, o esa sensación le dio al ver como la observaba a medida que se acercaba hasta él.  Sin dudarlo se arrodillo a su lado y le acerco el odre a los labios, colocándoselo entre las manos, y finalmente susurro: - La noche cambia muchos pensamientos Tristán, no temáis, nada que hayáis visto puede haceros daño. Descansad, estáis en lugar seguro - y dirigiéndole una sonrisa, se levantó y se alejó levemente, con intención de ofrecerle algo de intimidad al muchacho. Al fin y al cabo, apenas hacía unas horas que se conocían.

Con intención de resultar una presencia tranquilizadora, aun a cierta distancia, se aposento en el árbol que se encontraba a pies del arquero, apoyando su espalda en él. Se sentía tentada de ofrecerle alguna caricia que pudiera resultarle de consuelo, pero ella no era mujer muy prolífica en esos menesteres, y mucho menos ante un desconocido, por atractivo que resultara. Además el pudor era más poderoso que ese deseo, no se veía capaz de tocarle sin morir de vergüenza. No, aquello no era posible. Encogió las piernas, utilizando las rodillas como apoyo para su cabeza, y dejo que los minutos pasaran. Mas cuando observo como Tristán volvía a acomodarse, una idea empezó a formarse en su mente. Por supuesto también le causaba gran embarazo, no era una cosa que haría por cualquiera, pero en aquella floresta, sin ningún techo bajo el que refugiarse, sentía que debía ayudarle de algún modo, no porque el arquero pareciera débil o incapaz de superar el mal trago, simplemente le causaba simpatía y no quería dejarlo padeciendo solo. No cuando la solución resultaba tan sencilla, e incluso sutil.

Entrecerrando los ojos, elevando la cabeza hasta apoyarla en el árbol que se encontraba a sus espaldas, empezó a cantar una suave melodía , cuya letra se encontraba escrita en lengua tenebre, mas su tono tranquilizador resultaba universal, o eso esperaba Athan. No se trataba de una nana como tal, cosa que se podía entrever en su sonido, mucho más expresivo y melódico que el de ese tipo de música, sino que se trataba de una simple balada muy antigua, tanto como el suelo que se encontraba en Zhakhesh, o eso decía su padre. Su composición contaba la historia de un tenebre que había visto como su amada, una dama elfa, decidía regresar a los bosques que la vieron nacer, abandonando la tierra oscura y agreste que tan bien la había acogido. A pesar de la triste historia, la canción animaba a seguir adelante a pesar de las dificultades, era un canto a la esperanza y la superación- Porque aunque el día será más gris sin ella, Athan, debe seguir adelante, ya sea para seguirla hasta su floresta o para rehacer su vida, nada debe arrancarle las ganas de avanzar, y por ello canta - sin poder evitarlo, recordó la voz de su padre pronunciando esas palabras, para luego empezar a cantarla, con su profunda voz, que nada tenía que ver con el leve intento de afinar de la tenebre, que poco sabía de música. Parecía que sus voces sonaban a dúo, como antaño, solo con la leve diferencia de que una de ellas únicamente resonaba en la mente de la pelirroja. Finalmente la letra alcanzó su última silaba, entreabrió los ojos, y se giró para observar a Tristán, el cual parecía visiblemente más relajado- Ojalá pudieras comprender la letra - suspiro quedamente.

No queriendo despertarle con sus movimientos, permaneció un rato más en esa postura, dejando que su mente se dispersara mientras sus ojos observaban con fijeza los alrededores. Una suave brisa sopló, removiendo levemente atmósfera del lugar. Con un movimiento diestro volvió a envolverse en su capa, mientras los recuerdos empezaban a aflorar libremente. El primero, curiosamente, fue la imagen de Tristán expresando con profunda vehemencia su desinterés por lo que le acaba de contar la tenebre. Aquello la descolocó completamente, fue incapaz de responder a sus palabras, limitándose a escucharle, hasta que finalmente comprendió, mínimamente, el porqué las había expresado de ese modo- “Hasta que mis ojos vean algo que me desagrade en ellos” - recordó. Sí, eso era. No había podido evitar admirarle una vez le escucho pronunciar esas palabras. Resultaba tan distinto a la gente que conocía, la mayoría siempre tan orgullosa de su patria, aun cuando se limitaba a ser un pedazo de tierra que poco o nada había hecho por ellos. Athan no se engañaba, ella amaba a Zhakhesh, mas no compartía aquel fanatismo ciego de alguno de sus compatriotas. Se sentía en deuda con él, pero no pensaba enloquecer. De hecho, ni tan siquiera deseaba regresar, y menos en una noche como aquella, en la que parecía que los recuerdos y los espíritus le habían dado una pequeña tregua. No, la tierra negra estaba lejos y ahí debía seguir.

Fue por ello que, una vez el joven finalizo su discurso y se dispuso a acostarse, que lo miró fijamente, absorbiendo sus movimientos, y pronuncio las siguientes palabras: - No os preocupéis, no soy una persona que requiera de mucho descanso, podéis reposar sin padecimiento alguno - tras una leve vacilación, añadió- Pero Tristán, no deberíais menospreciaros de ese modo. Un hombre que ha vivido tantas situaciones como insinuáis, junto a seres tan variopintos, no puede ser alguien común u ordinario. Ojalá más personas compartieran vuestro modo de pensar - aquello último lo pronuncio casi en un susurro, de modo que no estaba segura de sí el arquero había podido escucharlo, dado que su respuesta fue terminar de acomodarse. Parecía realmente cansado. Athan aprovecho para atar a la yegua a un tronco cercano, alargando lo suficiente las riendas para que no le resultara molesto el agarre. Poco rato después Nocturna siguió el ejemplo del arquero, recostando su enorme cuerpo sobre la hierba, vencida por el agotamiento. Y la primera hora siguió con la tenebre recorriendo el perímetro recordando nombres de hierbas, hasta que el frío la venció, colocándola ante la hoguera.

Y ahí estaba, apoyada en aquel tronco, unos instantes después del momento en que acaba de cantarle una canción a aquel completo desconocido- ¿Qué me está ocurriendo…? - desconcertada, se apartó los cabellos del rostro y observó su alrededor. Si le hubieran dicho que estaba siendo hechizada se lo habría creído, resultaba tan absurdo verla tan atraída por aquel hombre de cabellos bicolores, ese oscuro deseo de conocer que se escondía tras su piel morena, de saber quién era esa persona que con tanta vehemencia afirmaba que quería protegerla, aun sin conocerla, ni siquiera compartiendo sus desagrado hacia los imperiales. Y es que todavía no podía dejar de preguntarse que estaría haciendo allí aquel joven. ¿Tendría familia? ¿Mujer? ¿Hijos? ¿Trabajo? Parecía joven, pero no demasiado tampoco, esos ojos cansados parecían haber vivido mucho, y nada le impedía que en medio de esas vivencias hubiera alguno de esos sucesos.

- ¿Tendrá hermanos? - un fuerte escalofrío recorrió sus miembros. Como si un mecanismo hubiera empezado a funcionar con esa duda, los recuerdos empezaron a llegar a su mente, sin freno posible, sin nada que pudiera pedirles que frenaran el paso. Únicamente pudo abrazarse a sí misma y esconder el rostro para que ningún alarido cruzara de nuevo ese pequeño lugar. Rostros, iluminados por la lumbre, o por los fuertes rayos de sol que cruzaban los campos de su familia. Miradas, manos, abrazos y pieles que rozaban con fuerza, sin temor. Una hermana, la única que no era pelirroja, que tenía los cabellos azabache de su padre, jovencísima, de risa alegre y rasgos de niña. Y el bebe… Un sollozo escapó de entre sus labios antes de que pudiera evitarlo, pero fue leve, muy leve, como un suspiro bañado en un par de lágrimas, las cuales se secó a toda velocidad contra el dorso de la mano. Luego volvió a levantarse y empezó a hacer la ronda de vigilancia de nuevo, desenvainando la espada otra vez. A medida que se alejaba escucho como el pesado cuerpo de Nocturna volvía a acomodarse en el suelo- Todo va bien. Todo está bien.

Era noche avanzada cuando el agotamiento empezó a hacer presa de la tenebre. Desde el instante en que se había levantado no había dejado de moverse por los alrededores, intentando atisbar el menor gesto de peligro, aun cuando parecía que nada ni nadie los iba a amenazar, también había practicado movimientos con la espada, todo con la firme intención de provocarse el mayor cansancio posible, sumándolo a todo el que ya portaba en sí misma. Pero lo cierto es que, a pesar de todo ello, llevaba bastantes horas deambulando, dando vueltas en círculo, parando a reposar lo justo imprescindible para poder continuar. Necesitaba alejar de su mente la oportunidad de pensar, y por el momento parecía haberlo conseguido. Sino fuera porque, muy a su pesar, sabía que debía reposar, habría continuado hasta el alba. Pero no viajaba sola y por ello debía obligarse a obedecer los deseos de su cuerpo tanto como los de su mente.  

Y así fue como se acercó a Tristán y con suavidad le acarició el brazo hasta despertarlo. Una vez se aseguró de que estaba consciente, le susurro con una sonrisa- Discúlpame, pero debo descansar unas horas - con estas palabras se volvió a levantar, dirigiéndose al lugar donde tenía apiladas sus alforjas, y sin más se recostó en el lecho de hierbas, envolviéndose en su capa carmesí. El fuerte sonido de la respiración de Nocturna, la cual se encontraba a pocos centímetros de su persona, se acompasó con el suyo, conduciéndola suavemente hasta su descanso. En el cielo las tres lunas brillaban con fulgor en lo alto. La fatiga había hecho mella en su persona, más de la que creía, dado que inmediatamente cayó en un sueño profundo, perdiendo por completo la conciencia de lo que ocurría a su alrededor.

El primer sonido que la despertó, horas más tarde, fue un fuerte relincho de la yegua. Casi por instinto, Athan chasqueo la lengua, haciéndole saber al animal que estaba cerca. Y repitió el sonido varias veces, para terminar diciendo con voz adormilada, en lengua oscura- Tranquila Nocturna, tranquila - Lo siguiente que sintió fue el roce de una fría brisa sobre su piel. Demasiado roce. Sin abrir los ojos todavía acarició su cuerpo en busca de una explicación, la cual apareció a la vez que su rubor: Anoche se había desatado la armadura del tronco inconscientemente. Por supuesto llevaba ropa debajo, como siempre, pero una gran cantidad de su piel había quedado al aire, algo excesiva para su gusto. Con un rápido movimiento volvió a taparse. Finalmente, no sin cierta timidez, abrió los ojos.
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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Tristán de Tincoras el Dom Ago 25, 2013 2:26 am

Tragó, bebió con ansia el fresco líquido contenido en el recipiente de cuero. “Qué demonios…” – refunfuñó cuando pareció recuperar un ápice de fingida compostura. No sabía de dónde provenían esos horribles pensamientos, esas pesadillas lúgubres que por lo que podía recordar, un día simplemente aparecieron de la nada, y comenzaron a atormentarlo desde entonces. Y si no fuere ello lo peor, las pesadillas es decir, el tormento de la incomprensión a un miedo absurdo era peor tortura. ¿Qué temía él, entonces? ¿El ahogo, el pálido rostro en las profundidades? ¿Qué era lo que había hecho mella en esa peculiar psique? Maldijo por lo bajo, en un susurro suficientemente sutil para no ser oído por nadie más que sí mismo, y se frotó el sudor del rostro con ahínco. Las palabras de la pelirroja fueron un bálsamo a sus oídos, un rumor tan tierno y cuidadoso como las suaves manos que recogen un polluelo caído de su nido. Sin embargo, eso no hizo que el hombre se sintiese bien, al menos no del todo. Se sentía vulnerable, como aquella herida que siente la quemazón del aire rozándola, se sentía abierto, y sentía que ese miedo sin saber su procedencia estaba más a flor de piel que cualquier otro. Bufó, y los párpados pesados apenas podían moverse en cada parpadeo. Por unos segundos se quedó simplemente así, medio recostado, sosteniendo el odre con firmeza, y reposando su mente de los perturbadores pensamientos que habían arruinado su noche.
 
Entonces se echó de nuevo, temeroso del sueño, temeroso de aquello que le deparase en un inconsciente que parecía tenerle algún tipo de retorcido rencor. Se echó de nuevo, apoyándose en un costado y usando su propio brazo a modo de almohada. El runrún seguía dando vueltas en su mente, pero de la nada pareció despejarse cuando escuchó una tímida voz abriéndose paso del otro lado de la hoguera, partiendo luz y oscuridad por igual. Pudo reconocer el timbre, aun si desde que la conocía jamás había hecho algo así, siempre tan metódica, recatada y selectiva con cada palabra, incluso cuando estaba claramente nerviosa, como si cada sílaba hubiese de ser cuidadosamente seleccionada para su uso. Y sin embargo allí estaba, pronunciando palabras inentendibles pero con una melodía tan tierna y sentida que no pudo si no calmar la respiración del amedrentado hombre, y aferrado a esas notas terminó de nuevo en el dulce reino de Morfeo.
 
Y de pronto, fue de nuevo arrancado de ellos. Pero más que eso, fue un suave tirón, una caricia de buenos días. Un saludo más que dulce, que no le importunó por sacarlo de un mundo diferente. Sintió una suave caricia sobre la desnuda piel de su brazo descubierto y suavemente, sin sobresalto ninguno, abrió los ojos, y escudriñó legañoso hasta enfocar en el rostro visiblemente cansado de Athan. Sonrió torpemente, con el gesto de un hombre recién despertado, y asintió sin palabras, cuando vio que la zhakheshiana ya había marchado al otro lado de la hoguera. Se sentó entonces, mientras veía como ella se envolvía en su capa carmesí, y se desperezó de tal manera que algún hueso de la espalda chasqueó sutilmente. Oteó de nuevo en la oscuridad, acostumbrando sus ojos a la penumbra de la noche que los envolvía, y a la vez situando cada cosa. La posición de la hoguera, de la yegua, y de la muchacha. Arbustos y matojos al este, un suave sonido de un búho proveniente del noroeste. Bostezó, y se puso en pie.
 
Caminó pisando con cuidado la hierba, evitando patear cualquier guijarro. Hizo especial esfuerzo en agudizar el oído. Apenas oyó las hojas de árboles y arbustos agitándose suavemente en algunas corrientes de aire que se colaban entre los sombríos troncos de abedules apenas nada iluminados por la luz de las lunas. Desenfundó el machete, asiéndolo grácilmente con la diestra, jugando con el filo como si se tratase de uno romo, sin preocupación. El fulgor de la apenas lejana hoguera hacía que la hoja reflejase su brillo, contorneando figuras carmesí y anaranjado en ella. Cuando dio una vuelta por el perímetro iluminado, volvió a su asiento, con las briznas de hierba aplastadas por su peso. El aburrimiento hizo presa de su mente, y eso hizo que los temores volvieran a él. Se llevó la mano a la cara con gesto turbado, y rebuscó alrededor en busca de un pasatiempo que espantase pensamientos indeseados de él. Fue entonces cuando atisbó un poco más allá una rama más baja que el resto, pendiendo de un árbol fornido. Caminó hasta ella sin mucho garbo, y tiró lo suficiente para desprender una de las hojas.
 
Llevándosela diestramente a los labios, sonó un sutil silbido a través de ella, más agudo que cualquier silbido hecho por labios humanos. Fue entonces cuando le llamó la atención como Nocturna pareció refunfuñar al respecto, en un relincho que no parecía otra cosa que uno lleno de hastío y molestia. Tristán esbozó una infantil sonrisa divertida, y sopló de nuevo, cuidándose de no despertar a la muchacha que descansaba apenas unos metros más allá de él. Fue entonces cuando la yegua alzó la cabeza, y miró a Tristán de una forma más expresiva de lo que él jamás hubiera pensado. Rápidamente él entendió la molestia en la jaca, y cesó en su molestia, no sin cierta diversión en él
 
Con los minutos que se convirtieron en horas, el aburrimiento volvió a apoderarse de él. Batalló el tedio y el sueño apenas buscando formas y dibujos en el negro lienzo de la noche, contando detalles y buscando rostros de monstruos a cada cual más horrible en ellos. De vez en cuando se ponía en pie, y asustado de las formas que había logrado encontrar, se motivaba a rondar de nuevo, asegurándose de que no eran más que las visiones de un hombre desganado. A veces se divertía mirando al cielo, y viendo que ese lienzo había cambiado su tonalidad de una forma apenas imperceptible a la última vez que le echó un vistazo. Sin duda, se encontraba muy aburrido. Y fue entonces cuando le dedicó una mirada a la muchacha. Parecía moverse en el lugar, como si sus sueños fuesen inquietos o especialmente enérgicos, o muy vívidos. La miró con un rostro lleno de fascinación, aun si era inconsciente del gesto que había bordado en sus facciones.
 
¿Qué me habrá empujado con tanta vehemencia hacia ella?” – se preguntó, pues esas palabras brotaron de pronto de su mente. “¿Qué clase de viento es el que sopla para ella, que no hacen sino atraerme sin la cortesía de una explicación?” – pero pronto esbozó una sonrisa, como si preguntas de esa índole resultaran absurdas de aparecer a esas alturas de su vida. Pero no podía apartar la mirada de esa figura bañada en el fulguroso carmesí de la hoguera, acompañada del crepitante sonido de las llamas corroyendo las ramillas que Athan había logrado arrejuntar. Ese lienzo blanco, con esos trazos de negro esbozando una serpentina silueta a través de él, esa cascada carmesí desperdigada como la melena de un león.
 
Se llevó la mano al rostro, en un gesto de verdadera indignación consigo mismo. “El aburrimiento de veras ha hecho mella en mí.” – se dijo, sin apartar la vista a través del rabillo del ojo. “Momentos y momentos, y es cuando duerme que estas cosas nacen. ¿Qué tipo de daño debo haber sufrido, para que sea ahora que piense en estas cosas?” – se preguntó, en una discusión entre su raciocinio y sus instintos que parecían nunca llegar a una tregua. Suspiró con resignación, y se acomodó aún más en el suelo de tierra dura y briznas de hierba, y se dedicó a pensar en sinsentidos y más para pasar el rato, buscando evitar temas de mayor importancia en un momento como aquél. Y fue entonces como las lunas comenzaron a ocultarse entre nubes y pedazos de horizonte, y el alba asomaba tímidamente, tiñendo el cielo de un color lavanda suave. Y un relincho de la yegua, que pareció madrugar más que su jinete. Y entonces, una suave y torpe voz escapó de los labios de la mujer, unas palabras que parecía que no podría entender ni aunque lo intentase, y un divertido gesto de ella, descubriendo que el movimiento de la noche había logrado desvelar más de lo que querría, y quién sabe si ella sabía que ese detalle en absoluto había pasado desapercibido a ojos del hombre.
 

Tienes suerte de que no haga frío en estas épocas, o habrías cazado sin lugar a dudas un buen resfrío.” – dijo en respuesta a las preocupaciones que Athan había demostrado con sus movimientos, sin evitar que un ápice de jocosa malicia escapase en la entonación de la frase. “Buenos días. El reporte de la noche dicta que no ha habido altercados reseñables.” – comentó después. “El fuego ya casi se ha extinguido, justo cuando algunos rayos de luz matinal comenzaban a colarse.” – explicó, y se puso en pie, estirando las piernas. “¿Desayuno y emprendemos la marcha otra vez?” – preguntó, sonriente.



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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Athan Lor el Lun Nov 04, 2013 12:19 am

Al escuchar aquella voz rompiendo el silencio de la mañana, con esas palabras, no pudo más que sonrojarse mientras con sus manos terminaba de envolverse a toda velocidad con la capa. Un leve ceño se frunció entre sus cejas, mientras empezaba a incorporarse hasta quedar sentada sobre el frío suelo de la floresta, el cual se encontraba húmedo por la aparición del rocío. Con rápidos movimientos se recolocó la armadura de cuero, atando todos los cierres del corsé con firmeza.

El frío de la noche empezaba a templarse, aunque todavía persistía una leve brisa, la cual le arrancaba leves escalofríos, los cuales habrían resultado del todo indignos para las gentes de su tierra, tan acostumbrados a las heladas, tan hechos para vivir bajo la dureza de aquel clima que tan poco les dejaba ver el sol, pero hacia demasiado tiempo que sus pasos no llegaban hasta allí, y su cuerpo se había amoldado sin problema al templado clima de Phonterek, donde las gentes de bien se arropaban al alba, dormían junto a la lumbre y hacían vida bajo las horas de sol- Igual que en casa - pensó no sin cierto sarcasmo.

Sus ojos se volvieron hacía Tristán, aun con la timidez y el rubor teñidos en su rostro cual estandarte. En un solo movimiento se levantó del suelo, clavando su mirada dorada en aquellos que la observaban, no exentos de diversión: - Os llevaríais bien con mis compatriotas. En mi tierra el descaro y la picardía son religión - sonrío abiertamente, e inconscientemente alzo una ceja- Pero claro, eso también significa que lo tenéis más difícil si deseáis escandalizarme. Vais a tener que hacerlo mejor - y con una leve carcajada se dirigió a las alforjas, de las cuales sustrajo un trozo de pan y una manzana- Gracias por vuestra vigilancia nocturna.

Guardándose la manzana en el bolsillo, empezó a mordisquear el pan mientras se dirigía a Nocturna. Esta relincho suavemente al verla, mientras con ojo crítico la tenebre observaba cada uno de sus detalles, asegurándose de que nada estuviera fuera de lugar. Con rápidos movimientos le quitó las pocas hierbas que se habían enredado en su corto pelaje y en su cola, la cual revoloteaba con rapidez. Una vez termino de devorar su trozo de pan, se aseguró de que su hocico y sus patas estuvieran en perfectas condiciones, en especial las herraduras dado que no volverían a acercarse a un herrero en bastante tiempo, por ello, golpeando suavemente la cara delantera de cada una, animaba al animal a levantarla, dejándola apoyada en las otras tres, para observar si había algún resto de tierra enganchado allí, o si estaba mal colocada- Perfecto… - pensó.  Finalmente, con un rápido movimiento le acaricio la cabeza y volvió sobre sus pasos. La yegua aprovecho para empezar a devorar la fresca hierba que se encontraba a sus patas.

La pelirroja le dirigió una sonrisa sincera al arquero, y se aposento a su lado, a unos centímetros de distancia, la suficiente como para que tal cercanía no resultara incómoda para ninguno de los dos. Teniendo en cuenta que les esperaban unas semanas de viaje codo con codo, coger cierta confianza resultaba del todo necesario- Aunque él ya te ha visto algo de carne, así que, no creo que ande falto de ella- movió la cabeza levemente, sonriendo de nuevo. Con un movimiento despreocupado, sacó la manzana del bolsillo y empezó a morderla sin apuro alguno. Sus ojos se entrecerraron un instante al sentir la ligera acidez de la manzana cruzando sus papilas gustativas, hasta que aquel bocado se vio convertido en la nada, momento en el que empezó a hablar con su acompañante: - Un animal así resulta arduo, son muchos cuidados los que requieren, pueden llegar a sufrir graves consecuencias por un simple descuido - suspiro suavemente, mas se giró hacía Tristán con una sonrisa- Pero son realmente agradecidos, jamás se muestran taciturnos si les das lo que requieren, y su fidelidad es inquebrantable. Solo un gran jinete puede robarle un caballo que ha crecido junto a su amo y no con facilidad. Por eso es importante que tengas buena relación con Nocturna, podría salvarnos la vida a ambos - repentinamente una idea cruzó por su mente. Con rapidez sacó una de sus dagas y corto un trozo de su manzana que seguía sin morder- Ven - volviendo a colocar la daga en el forro del pantalón, se levantó y con una sonrisa le hizo un gesto al arquero para que la siguiera.

- Nocturna, mírame - dijo Athan en voz alta. Esta alzó la cabeza del mullido suelo no sin cierta pereza. La pelirroja se acercó rápidamente hasta ella, y la acaricio suavemente- Siempre le hablo en mi lengua materna por costumbre, pero está habituada a la común también ya que no siempre tengo libertad suficiente como para utilizar el idioma tenebre - sus ojos se dirigieron a Tristán sin perder la sonrisa- De modo que no debéis preocuparos por hablarle como yo, os entenderá de todos modos, al fin y al cabo ella se guía únicamente por los tonos de voz, las palabras le resultan ininteligibles. - con un tímido movimiento acerco su mano hasta Tristán- Si la acariciáis y le dais este pedazo de manzana sin mostrar demasiado temor, os empezareis a ganar su confianza.

Athan tuvo que reprimir una carcajada al ver como la sonriente expresión de Tristán al sentir como le daba el trozo de manzana se tornaba en un rostro serio, concentrado ante la idea de acercar la mano hasta la yegua. Con gran delicadeza emprendió el movimiento, sosteniendo siempre el pedazo de manzana en la palma, mostrando la misma actitud que podría tener ante una tarea de gran importancia, o eso le parecía a la pelirroja. Esta, con delicadeza, colocó la mano derecha bajo la suya, animándole a elevar el pedazo de fruta hasta que quedara bajo los labios del animal, mientras que con la otra mano empezó a acariciar su rostro: - Tendréis más éxito si lo hacéis de este modo - afirmó, sonriente, mostrando las suaves pasadas que daba sobre el corto pelaje- No os va a morder, lo prometo.

El rostro de Tristán empezó a mostrar la viva imagen del escepticismo mientras, con una ceja levantada, acercó una mano hasta la piel de la yegua e inició un suave masaje en  su cuello con la misma lentitud con la que levantaba el pedazo de manzana. Con voz suave, respondió – Tenéis mejor mano que yo con los animales, por algún motivo no les caigo especialmente bien- una risa repleta de sorna se formó en sus labios mientras, siguiendo el movimiento de la tenebre colocó el pedazo de manzana  al alcance del corcel. Los ojos de la yegua resiguieron aquel movimiento de mano con el mismo escepticismo que su portador, cosa que provoco un movimiento divertido en la cabeza de Athan- Es tímida, no está acostumbrada al trato con desconocidos. Su ama la sobreprotege en demasía. - Finalmente la yegua claudico y poso el morro sobre la mano del arquero, devorando el trozo de fruta sin causarle daño alguno- Bien, bien - susurró la tenebre, sonriendo una vez más- Lo importante es no tener mucho miedo, porque son animales muy sensibles a ello. Temen nuestro terror más que al suyo propio- sus ojos se dirigieron hacia esos cansados ojos, los cuales mostraban un cierto brillo especial, una expresión complacida. Sin poder evitarlo le dedico toda una sonrisa.

Mas Nocturna aprovecharía ese instante para bajar la cabeza en busca de más alimento. Athan con rapidez colocó la mano sobre el brazo de Tristán, instándolo a bajar la mano- Ya es suficiente - afirmo utilizando un tono ligeramente autoritario. La extremidad del arquero respondió al instante a su petición, resiguiendo el movimiento de aquella mano sin traba alguna, haciendo que la tenebre sintiera aquella firme musculatura bajo sus dedos, cosa que distrajo su atención momentáneamente. Una agradable sensación cruzó las fronteras de su conciencia, primero de un modo imperceptible, sutil, como un roce en el interior de su mente, pero al cabo de una milésima de segundo fue tomando forma, conectando con su ser de un modo difícil de explicar para todo aquel que no hubiera vivido aquella experiencia, creando un instante de intimidad entre ambos, como si algo en ellos pudiera conectar y comunicarse de un modo completamente ajeno a su voluntad- Magia… ¿Cómo es posible? Magia. ¿Qué clase de hombre que se define como común cuenta con esta pequeña fuente de poder en su persona? - una leve expresión de ceño se formó en su rostro, hasta que cayó en la cuenta de que llevaba varios segundos acariciando la piel de aquel casi desconocido. Azorada, sintió como su rostro volvía a sonrojarse- Perdona - susurró, mientras volvía a dirigirle una sonrisa, con más inseguridad que las anteriores veces. Con paso firme se alejó de ambos, con intención de empezar a recoger sus alforjas.

- ¿Ocurre algo?- preguntó Tristán, mostrando cierta preocupación en su tono de voz, algo que no pasó desapercibido por parte de la pelirroja. Extrañada giró sobre sí misma, volviendo a encontrarse con aquellos grandes ojos que la observaban fijamente- ¿Habrá comprendido lo que acaba de suceder? ¿Desconocerá lo que es la magia o estará representando un papel? - resultaba difícil de creer dado el alarde de franqueza que mostraba a cada instante. Antes de que pudiera reflexionar respecto a esa idea, las palabras acudieron a sus labios como convocadas por una fuerza mayor:

- ¿Es posible que hayáis tenido algún contacto con la magia?- ¿Pero qué demonios acababa de hacer? Si tuviera tatuada en la frente su condición de maga no lo habría dejado más claro que en aquel instante, afirmando que había sentido el roce de su poder bajo los dedos. Con un suspiro se apartó el cabello del rostro y rápidamente añadió- Perdona, no debería preguntar esa clase de cosas, apenas nos conocemos hace unas horas- un inseguro gesto con la mano quiso quitarle hierro al asunto, en un débil intento de simular que el asunto no iba con ella. Quizá de este modo logrará salvaguardar algo de su intimidad.

- ¿Magia?- pregunto el arquero, haciendo un gesto casi caricaturesco, exagerando su intento de recordar hechos pasados- He estado cerca de varios hechiceros en más de una ocasión, si eso es lo que referías –dijo con tranquilidad- Y no te preocupes, es un placer compartir viejas historias de vagabundo con una bella dama- después de ese último añadido, empezó a reír e hizo una cómica reverencia.

No supo muy bien si por la gracia de la situación o por el mismo alivio, una fuerte carcajada escapó de sus labios,  llenando el lugar con su risa cristalina. Divertida, volvió a apartarse los cabellos y movió la cabeza, incrédula. Cuando logró sofocar sus ganas de reír, respondió con la voz todavía tocada por la hilaridad del momento- Disculpa mi reacción de antes, un girón de recuerdo me ha venido a la mente sin invitación alguna- sonrío- No deberíais burlaros de vuestras historias, a mí me parecen de gran interés, por mucho que lo digáis no sois un hombre común, es evidente que habéis vivido muchas cosas y no deben ser pocas las anécdotas que debéis tener en vuestro haber - lentamente empezó a girar en dirección a las alforjas, mas, antes de dar un paso añadió- Además, tenéis buenos brazos - y con estas palabras, le devolvió la reverencia, al puro estilo de la nobleza zhakhesiana.

Los siguientes instantes ocurrieron en un suspiro. Rápidamente Athan  organizo las alforjas, y las coloco en la silla de la yegua, mientras cerraba todos los cierres de esta, asegurándose de que estuviera correctamente colocada. Con manos agiles hizo un recuento de toda la comida que tenían, la cual estaba repartida en dos bolsas de cuero, dando a entender que estaba pensada para dos personas- De modo que en la posada siguieron el plan original hasta que les interrumpieron los imperiales. Excelente - fue entonces cuando su mano topo con algo inesperado, un trozo de pergamino bien doblado. Con mirada expectante lo desenrollo y se encontró con los trazos de un viejo mapa de la región, si bien era bastante limitado, solo se podían encontrar la zona ocupada por Phonterek y Malik Thalish, y su caligrafía resultaba bastante basta, lo cierto es que contaba con detalles interesantes que les facilitaría la travesía. Con una sonrisa se lo mostró a Tristán- Parece el mapa de algún explorador, alguien que conoce bien la región pero no está acostumbrado a hacer estos menesteres para otras personas. Nos ayudara mucho.

Finalmente se encontraron cabalgando bajo las primeras luces de la mañana. El sol ya había perdido sus tonalidades carmesíes, y el camino resultaba perfectamente visible. Siguiendo el mapa, anduvieron a paso rápido bajo la floresta que les rodeaba hasta alcanzar una senda que corría perpendicularmente a la principal, la transitada habitualmente por los viajeros, camino que les permitía viajar discretamente sin perderse, y teniendo siempre cerca el bosque. Los brazos del arquero volvían a rodear su cintura con algo más de seguridad que la primera vez. Con una sonrisa recordó como hacía unos momentos le había explicado cómo debía montar correctamente en Nocturna. Le resultaba agradable ese supuesto hombre común y trivial- Y espero estar presente en el momento en el que descubra lo poco que encajan esas palabras con su persona.

◦◦◦

Un día había pasado, y otro andaba al caer, el sol empezaba a perder fuerza mientras se acercaba cada vez más a los picos de las montañas. Avanzaban a paso lento, tenían tiempo y la yegua empezaba a mostrar signos de cansancio, pronto iban a tener que encontrar un nuevo lugar donde pasar la noche a la intemperie. No habían recibido ningún ataque, parecía que los imperiales no se encontraban en su misma senda, quizá incluso ya la habían olvidado, realmente no tenían motivos para esperar su ataque- Únicamente en el caso de que se tratará de unos de esos inquisidores que andan por sus tierras aliadas a la caza de herejes - pensó, no sin cierta preocupación. Mas se guardó de decírselo a Tristán, no lo veía necesario,  sentía que la amenaza se extinguía a cada paso que se alejaba de la ciudad blanca. No había peligro, ¿Para qué asustar al pobre hombre? Ya era suficiente castigo el tener que acompañarla como para cargarlo con semejante peso.

En un recodo del camino sintió una vez más como sus brazos se estrechaban contra ella. Tentada se sintió de girar el rostro y dedicarle una sonrisa, mas la cercanía de su rostro seria tal, que decidió ignorar tal deseo. El pudor que le provocaba la imagen mental la sonrojo levemente- Como no… - debía reconocer que, a pesar de sus palabras aquella primera mañana, estos días su rubor había tenido una presencia continua como si de un compañero de viaje más se tratará. Se había instalado una cómoda camarería entre ambos, en especial cuando descubrieron que ambos gustaban de recorrer las calles nocturnas de Phonterek. Sus charlas seguían resultando algo impersonales, mas no dudaban en compensarlo contando anécdotas a la luz de la hoguera.

Athan era una fiel observadora, si bien sus actividades de madrugada solían limitarse a estar sentada en un rincón tranquilo bebiendo una jarra tras otra, el tener una buena tolerancia al alcohol le permitía ver muchas cosas antes de terminar cayendo en la ebriedad, cosa que había ido formando un buen número de historias, las cuales rara vez había tenido oportunidad de compartir. Divertida contaba cosas como la de la mujer que fue a buscar a su marido borracho, y lo obligo a volver a casa de rodillas, aun cuando este no paraba de rodar por el suelo a causa de su estado. O la de aquellos dos hombres que empezaron a pelearse por una supuesta dama, la cual, aprovechando la situación, los dejo sin ropa, sin kulls y sin dignidad alguna- Las mujeres, cuando el alcohol se impone, son siempre las que salen ganando - recordaba haber dicho. Pero por supuesto recibió una respuesta igual mordaz que la hizo sonrojar. Siempre la hacía sonrojar, sino era por sus palabras, era por su simple y maldito atractivo- Sobretodo maldito - pensó todavía sonrojada.

Su compañero no se quedaba atrás, en sus palabras se escondía una compleja existencia repleta de todo tipo de experiencias, mas él se esforzaba en teñirlas de sencillez, manteniendo la fachada que había mostrado inicialmente de viajero común y trivial, pero Athan no se dejaba engañar con facilidad. No tenía ni la más remota idea de que se escondía tras aquella profunda mirada, pero dudaba mucho que todo se limitará a la tranquilidad de un hombre de ciudad- Demasiado entusiasmo para una persona sin nada que contar - Pero lo importante es que se sentía tranquila, sin saber cómo ni porque, se encontraba relajada en su compañía, sin necesidad de comportarse de un modo artificial ni disimular sus historias para parecer las de una joven de bien. Por primera vez en mucho tiempo se comportaba como la joven tenebre que era, algo que le resultaba tan absolutamente agradable como terrorífico, dado que se preguntaba cuando duraría esta burbuja que estaban creando, ese espacio en el que podían charlar sin que nada en el mundo pudiera interferir. ¿Y qué ocurriría una vez terminara?

Demasiadas preguntas. Con un suave movimiento empezó a frenar el paso de Nocturna, mientras buscaba con la mirada un lugar en el que poder pasar la noche. Ante sus ojos se alzaba un pequeño montículo, el cual se asemejaba a una pequeña atalaya, solo que creada por la arbitrariedad de la naturaleza .Según el mapa que le había colocado Mary en las alforjas iban por la senda correcta- Allí quizá encontremos una cueva en la que guarecernos, ¿Qué te parece?- alzó la mirada al cielo- El tiempo se está enfriando, es posible que el atardecer se vea interrumpido por la lluvia.

Tan solo tenían que seguir una corta senda que los llevaría hasta allí. Rápidamente puso  a la yegua en camino, guiándola a través de la maleza. Se encontraban en uno de los extremos del bosque en el que habían pasado su primera noche, en pocas jornadas lo abandonarían y deberían buscar otro lugar en el que avanzar con discreción. Pero, por el momento, los arboles envolvían su presencia, haciendo imposible que se pudiera visualizar sus pasos desde el camino principal, aunque debían ser silenciosos dado que la distancia no era tan grande como anteriormente. Probablemente la estaría tomando por loca aquel arquero, al ver sus múltiples precauciones sin motivo real, pero no podía evitarlo, quería protegerlos.  Por ello, cuando escucho aquellas voces resonando al otro lado, como si la arboleda se hubiera convertido en una mera muralla de paja, sintió como el ritmo de sus latidos se ralentizaba y un frío temor se instalaba en su estómago como una garra llena de fiereza y crueldad.  

Soldados. Muchos, demasiados. No, no son tantos. Sus voces resuenan a través de la floresta, mantienen una charla animada, difícil de comprender fuera de contexto. Athan se apeó de Nocturna con un solo movimiento, cayendo en pie al suelo con un ruido sordo, apenas perceptible para los que se encuentran lejos. Con el máximo silencio posible se acercó hasta el árbol más próximo, y guareciéndose detrás, asomó la cabeza para observar a los viajantes. Sus emblemas resultan imposibles de ignorar, la rúbrica del imperio brilla bajo las últimas luces del día. Una maldición resonó en su mente, mientras con la misma discreción volvió hasta la yegua y le susurró a su acompañante: - Imperiales. Son solo dos, pero es posible que haya más a no mucha distancia, debemos ir con extremo cuidado o los atraeremos a todos - observo su alrededor con preocupación- Atacarles no es difícil, les podemos abatir con facilidad pero necesitamos que suceda en completo silencio. Un grito de alarma y estaremos perdidos - suspiro con voz queda- Yo puedo atacar a uno, mientras tú al otro lo vences con el arco. ¿Qué piensas? ¿Podría funcionar? Solo tenemos unos segundos para tomar la decisión acertada. - al darse cuenta de lo que acababa de decir, carraspeo levemente- También podemos intentar huir sin mancharnos las manos de sangre, pero es difícil que ocurra dado que están cerca y el bosque finaliza en pocos pasos… - suspiró.  

- De modo que se ha abierto la veda para la caza de la pálida pelirroja. Maravilloso, señor o señora inquisidora. Maravilloso todo…- un nudo empezó a formarse  en la boca de su estómago con saña y vileza.
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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Tristán de Tincoras el Dom Ene 12, 2014 5:10 pm

No sabría decir si era una buena idea o no, pues nunca él había tenido especial afinidad con las criaturas animales. Podría decirse que, aunque por lo general se respetaban desde una distancia prudencial, no encajaban especialmente en la cercanía. Sin embargo, decidió seguir el juego de la pelirroja,   quizás por indulgencia o quizá porque confiaba realmente en las palabras de Athan.
 
Por un instante, las manos de ella y de él se entrelazaron, mientras acercaban el pedazo de fruta al morro del animal. Tristán, por un instante también, si fijó que las manos de la muchacha eran más pequeñas y los dedos más finos que las de él, además de la obvia palidez que demostraba en rostro, brazos y otras zonas que había tenido el placer de observar en horas anteriores. Eran unas manos muy bonitas, y femeninas. Sin embargo, su concentración volvió rápidamente a Nocturna, que lo miraba intensamente. Siguiendo las indicaciones de la dueña, interactuó con cuidado con la yegua quizá pecando de cierta desconfianza. Poco a poco, y gracias a las tranquilizadoras y útiles palabras de la pelirroja, logró su cometido y la yegua engulló el pedazo de manzana con gusto.
 
Sin embargo, algo extraño ocurrió segundos después. Algo que no podría haber explicado hasta bastante tiempo después. Tras un breve contacto entre la piel de ella y de él, una extraña sensación recorrió con fuerza el cuerpo del hombre, quizás pobremente descrito como un hormigueo intenso y un frío corriendo por dentro de sus venas. Sin embargo, como aquellas cosas que uno no sabría explicar y se atribuyen a la imaginación o a un escalofrío, lo ignoró. Sin embargo, lo que no obvió fue la reacción que ella demostró ante ese mismo contacto; su completa abstracción en pensamientos, ligeramente similar a lo que ocurrió dentro de las murallas de la ciudad porteña. No pudo evitar preguntar acerca del estado de ella, que parecía más confundida que él mismo. Su respuesta fue lo que no entendió.
 
¿Magia? Ciertamente, algún hechicero se encuentra en los caminos, y mentiría si dijese que nunca se había encontrado con peculiaridades atribuibles a magia, milagros o maldiciones. De hecho, podría decir que había tenido un contacto mayor que la media con seres de índole mágica, pero no comprendía qué tenía que ver con nada. No le molestó explicarle esto, aun cuando no comprendía a qué se debía esa curiosidad en específico sobre su vida. Para terminar la explicación, sin embargo, hizo un comentario cómico para afianzar la complicidad entre ambos. Al fin y al cabo, no con mucha gente lograba sentirse tan cómodo y en familia como con ella. Qué curioso.
 
Poco después continuaron su viaje. Cuanto antes estuviesen lejos del lugar donde casi fueron (o ella fue) apresada por los Imperiales, mayor posibilidad de librarse del peligro de encontrarse con ellos. Él seguía aferrándose a la cintura de ella, ésta vez con más firmeza. Quizás, con más firmeza de la necesaria.
 
◦◦◦
 
Dibujó un gesto disgusto, y se acercó a la muchacha escondida tras los árboles. Se agazapó silenciosamente tras unos matorrales, y con las yemas de los dedos acarició las plumas de ganso que decoraban las flechas en su aljaba. Inhaló sonoramente, silbando el aire a través de sus fosas nasales. Hundió aún más firmemente la rodilla en la tierra tenuemente humedecida, aplastando las hebras de hierba que se encontraban sobre ella. Exhaló, y retiró el arco de su correa para sujetarlo con la zurda, mientras rasgaba con nerviosismo la cuerda del arma.
 
Si vamos a atacar, tendremos que hacerlo al unísono. Si uno de los dos lo hace antes que el otro, da pie a que el compañero del atacado de la voz de alarma, o chille.” — dijo, quizás pecando de obvio. “Yo te cubriré desde aquí, en el momento en que ataques a uno dispararé al otro.” — añadió. Con un movimiento ágil, retiró un virote del carcaj a la espalda y con una mirada fugaz se aseguró de que lo había colocado correctamente contra la cuerda. El crujido de la madera acompañó a la cuerda tensándose, mientras apuntaba a un punto medio entre ambos hombres.
 
Luego desvió de nuevo la mirada a la chica, compartiendo una mirada. Ante sus palabras apenadas “Siento que tengamos que hacer esto...” — Tristán volvió a desviar su mirada al objetivo. “Ve con cuidado, si algo malo pasase sería algo mucho más grande que lamentar” — dijo, con firmeza. Sus ojos observaron como la pelirroja abandonaba su escondrijo y, con destreza y rapidez, asía la espada que llevaba colgando en su espalda habitualmente para dar una rápida muerte a uno de los dos Imperiales que rondaban las lindes del bosque. Cuando hubo corrido con rapidez y, aprovechándose del despiste y el hecho que su víctima se encontraba de espaldas a ella, hubo cortado su cuello en un hábil movimiento para detener cualquier tipo de chillido de dolor; Tristán aseguró el tiro y destensó el arco en un instante, haciendo que el proyectil silbase a través del aire.
 
El virote se incrustó en el pecho del segundo de los Imperiales, el que se encontraba más lejos y había dibujado una mueca de horror a la vez que intentaba gritar de dolor inútilmente, pues sus pulmones rápidamente comenzaron a llenarse de líquido rojo. Tristán, rápidamente, abandonó los matojos y colocó el arco a su espalda, a la vez que Athan corría con rapidez hacia su yegua, con intenciones de montar rápidamente y abandonar el lugar. No dijo nada mientras montaba con ella, quizás con más pericia que las veces anteriores por la costumbre o la necesidad, y tampoco mientras comenzaban a huir con presteza de aquel lugar, sin intento de ocultar los cuerpos. Tenían que estar lo más lejos posible lo más pronto que pudieran, pues ahora él bien sabía que no habían logrado despistarlos del todo en Phonterek. Con cierta sorna se recriminó el haber pensado que podría haber sido tan fácil.
 

Supongo que si lo acontecido en Phonterek no fue suficiente, ahora sí tengo motivos de peso para huir junto a ella.



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Re: La larga senda de un cometido.

Mensaje por Athan Lor el Mar Jun 03, 2014 4:44 am

El cielo empezó a teñirse de colores sombríos, como si desearan combinar con los sentimientos que afloraban en su ser. El atardecer no parecía dispuesto a llegar, nubes negras lo substituían, forzando la llegada de la noche, como si aquel día estuviera deseando desaparecer lo antes posible. La temperatura empezaba a descender y una húmeda brisa llenaba el ambiente, calando hasta los mismos huesos. Athan, temblorosa, se envolvió en la capa, atando sus cierres de cordel con rapidez. Los brazos del arquero seguían rodeándola, mas aquel simple gesto ya no le transmitía la calidez y la paz del principio, al contrario, se sentía tensa bajo aquel genuino abrazo. El silencio se había instalado entre ambos, aunque no podía decirse que no hubiera motivos para ello, la apresurada huida no podía provocar otra consecuencia. No sería extraño que aquel hombre se sintiera fatigado y el incómodo clima no resultaba de ayuda alguna. Pero en la mente de la tenebre aparecían muchas más explicaciones, plausibles o no, para aquel instante.

Los acelerados pasos de Nocturna golpeaban en su ser como mazas, todo a su alrededor le resultaba hiriente, incomodo, las sensaciones a flor de piel que la habían acompañado en los últimos días empezaban a quemar, como si sus agudos pensamientos pudieran volverlas en su contra. Pensamientos fríos, llenos de ira, que la llenaban, aunque no por ello la satisfacían, y le robaban la serenidad por momentos. Su mirada se mantenía baja, distante, alejándose todo lo posible de la figura que seguía aferrándose a su cuerpo. Apenas era capaz de dirigir a la yegua por la senda correcta, dado que el paisaje se volvía borroso ante sus ojos, un borrón que también parecía desear desaparecer, tanto o más que aquel día gris. Como prueba de sus ideas, o así interpreto la pelirroja aquel fenómeno climático aleatorio, una helada lluvia empezó a caer furiosamente sobre ellos, cerrando por completo su tentativa de pasar otra noche en calma bajo la protección de la floresta, excesivamente endeble para su situación. Sin poder ni querer evitarlo, maldijo entre dientes.

La atalaya aparecía ante sus ojos como la única salvación, aun cuando no fueran los únicos que se plantearan tal posibilidad. Resultaba cada vez más evidente que el concepto de refugio seguro no estaba vigente en aquellos momentos, de modo que no tenía demasiado sentido empecinarse con ello, especialmente cuando el clima amenazaba su salud y las pocas fuerzas que conservaban. Con una seguridad forzada, condujo a Nocturna en dirección a la montaña. Por desgracia, a pesar de su empeño, la velocidad a la que avanzaban era lastimosamente lenta, algo que no hacía más que aumentar la ansiedad de Athan, la cual sentía como sus puños se apretaban contra las riendas, formando sendos surcos en las palmas de sus manos, mas no alcanzaba a percibir el dolor, tal era su estado de ánimo. Sus sombríos pensamientos empeoraron, mientras las heladas gotas de lluvia recorrían su ser sin compasión alguna. Empero, muy a su pesar, el cuerpo de Tristán se hizo más presente en aquellos instantes, su calidez avanzaba por su espalda, la fuerza de sus brazos la mantenía en su asiento ante las pronunciadas curvas del camino, y su cercanía, junto con la de Nocturna, era lo más real y cercano que parecía haber en el mundo en aquel instante, como si todo se hubiera reducido a esa huida desesperada. Cuánto tiempo llevaba sin tener que llevar esa clase de vida, y cuan paradójica resultaba la seguridad que le transmitían ambos seres, aun sin estar segura de desearla.

La lluvia arreció, un relámpago atravesó el cielo y un ensordecedor trueno le acompañó poco después. Athan agradeció silenciosamente el estar cabalgando sobre un animal criado en el reino de las tormentas, porque cualquier otro caballo estaría empezando a encabritarse. Pero Nocturna había nacido y crecido en una tierra en la que la lluvia era más común que el sol, con lo que fue capaz de mantener su paso, aunque su tensión aumentaba a medida que el camino se empinaba y estrechaba a causa de la profusa vegetación. Muy poco transitada estaba aquella senda. A lo lejos parecía divisarse una obertura en la piedra, aunque resultaba difícil asegurarlo en aquellas condiciones.

El agua le emborronaba la mirada y los sentidos, todas sus ropas, sus cabellos, se empaparon sin remedio, toda la situación parecía digna de una pesadilla. Sus agudos pensamientos, lejos de permitirle reposar, seguían azuzándola sin compasión, mientras sus ojos seguían evitando la mirada grisácea que se hallaba a su espalda. Su cuerpo, tenso como la cuerda de un arco, estaba completamente volcado en guiar a la yegua hasta aquel posible refugio. Mas algo empezó a cambiar, una nueva sensación empezó a crecer en su interior, la cual poco tenía que ver con el arquero. Un olor inesperado cruzo sus sentidos conectando con una parte de su ser que apenas rozaba conscientemente, su memoria más primitiva empezó a funcionar sin pedirle ni tan siquiera permiso.

Un olor, nuevo y viejo a la vez, de una tierra desconocida y familiar, un todo sin sentido que empezó a reformularse en sus pensamientos. Athan se consideraba una persona especialmente sensible, pero aquel instante resultó asombroso incluso para si misma. Tentada estuvo de frenar a Nocturna para seguir respirando aquel aire, pero la presencia de Tristán era un eterno recordatorio de que lo prioritario era velar por ambos. Las frías gotas de agua resbalaban por su rostro, llegando a rozar el nacimiento de sus pechos o la tierna piel de su espalda. Ni una sola estrella brillaba en el cielo, se encontraban a merced de los últimos rayos de sol que lograban atravesar aquel oscuro manto de nubes, y de la incipiente aparición de las tres lunas, que lentamente iban intercambiando posiciones. Dentro de poco ninguno de los tres sería capaz de ver algo, cosa que resultaba realmente peligrosa dadas las circunstancias. Los rayos, por momentos, ofrecían una fuerte iluminación, antes de convertirla en un estruendo. Pero la tenebre no podía evitar sentir que algo ocurría en su persona, que aquella oscuridad, tan portadora de malas emociones hacía tan solo unos instantes, empezaba a volverse acogedora por momentos, devolviéndola a lugares que hacía tanto que no pisaba que con dificultad lograba recordarlos.

Acuciada por la necesidad de llegar a un lugar resguardado donde poder comprender todo lo que estaba ocurriendo, aceleró los pasos de Nocturna, obligándola a acelerar el paso entre la maleza del camino para poder alcanzar cuanto antes su refugio, el cual, ciertamente, cada vez se parecía más a una cueva. Cuando finalmente alcanzaron la senda que parecía llevar directamente hasta allí no pudo evitar suspirar de alivio. A pesar de resultar algo empinada, la yegua, estimulada por las ansias de su ama, aceleró el pasó en una última carrera hasta su meta. Como una exhalación atravesaron la entrada, recibiendo el abrazo de las tinieblas y la sequedad del lugar, ni una gotera parecía haber. Athan, sin dudarlo ni un instante, desmontó a toda velocidad. Con una mirada indescifrable, vio la silueta de Tristán imitando su movimiento. Fuera los truenos seguían resonando con todas sus fuerzas, la noche iba a ser tormentosa. El corazón de la pelirroja se aceleraba cada vez más, martilleando sin descanso.

Lentamente empezó a alejarse de ambos, el anhelo que había ido creciendo en su ser a lo largo del camino empezaba a ser inteligible para ella. Sus ojos se clavaron en la lluvia que caía sin freno a las puertas de aquella pequeña cueva. El vello de sus brazos, liberados del abrazo de la capa, empezó a erizarse sin control, mas no parecía ser producto del frío. Con pasos decididos se dirigió a la entrada, sin reparar en la cueva, olvidando por completo que era imprescindible encender una hoguera lo antes posible, descuidando incluso a Nocturna. Debía hacerlo, sentía que no tenía otra opción. En medio de aquella persecución, con un casi desconocido con el que no alcanzaba a imaginar lo que debía pensar de ella, ni tampoco los sentimientos que despertaba en si misma, en una misión que por primera vez no sabía si lograría llevar a cabo, con todas las consecuencias que eso conllevaría, debía dejarse llevar. Aunque eso pudiera empeorar la imagen que ya debía tener Tristán de ella, siguió andando hasta empezar a sentir de nuevo las gotas de lluvia golpeando su ser.

Con un solo movimiento dejó caer la capa, respiro hondo, como si intentara absorber todo el aire del ambiente, y sin poder evitarlo, sonrío abiertamente. Con regocijo alzó los brazos y alzó los ojos para observar al cielo enfurecido. Estaba en casa. La helada caricia de Zhakhesh, aun estando a varios cientos de kilómetros, la envolvía de nuevo. Sus olores, sus sentidos despertados repentinamente por aquel rabioso clima la habían devuelto a su hogar. Por unos segundos se limitó a cerrar los ojos y a dejar que su cuerpo recibiera de nuevo aquel mar de sensaciones, hasta que la paz llego a colmarla por completo. Hasta que finalmente la sensatez volvió a conectar con su mente, abrió los ojos, y corriendo volvió a entrar en la cueva, mientras se envolvía con la capa calada.

La mirada de completo asombró de Tristán resultó un golpe de realidad, avergonzada borró la sonrisa y bajó la mirada. Intentó torpemente balbucear alguna explicación a su comportamiento, mas, tiritando, no logró que le saliera ninguna palabra, con lo que decidió dejar las explicaciones para cuando pudiera razonar como un ser humano. Con celeridad le dirigió una caricia a la yegua, y se colocó tras uno de sus laterales, quedando momentáneamente fuera del alcance de la vista del arquero. Éste, por lo que podía escuchar la joven tenebre, parecía haber encontrado la yesca que guardaba en las alforjas y con ella estaba ocupándose de encender una hoguera. Con cierto alivio al ver que se encontraba distraído, empezó a quitarse las ropas empapadas, apoyándolas momentáneamente sobre Nocturna, hasta quedar únicamente con las enaguas, las cuales, en un momento de profundo pudor, y viendo que gracias a los pantalones de cuero tampoco estaban demasiado mojadas, decidió mantenerlas. Para terminar, extrajo la túnica que guardaba en la alforja que quedaba justo en su lado, y con un solo movimiento se la colocó. Por suerte, el cuero de aquellas bolsas resultaba bastante impermeable, con lo que sus pertenencias apenas habían sufrido los estragos de la tormenta.

Ya con movimientos más pausados recogió todas sus ropas y las colocó junto a la hoguera para que se secaran. Después liberó a Nocturna de las alforjas, y dedicó unos momentos a asegurarse de que se encontraba en perfecto estado. No se sentó junto a la hoguera hasta que no empezó a ver que el animal daba cuenta de la bolsa de pienso que Mary había añadido muy inteligentemente en sus alforjas. Agotada, se dejó caer junto al fuego y absorta se quedó observando como crepitaba. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que Tristán seguía allí, y por si ese no fuera suficiente motivo para alterarla, también era la primera vez que la veía con tan poca ropa. Con un rápido movimiento estiro la tela hasta que alcanzo toda su longitud, tapándola hasta por debajo de las rodillas, mientras sus mejillas volvían a sonrojarse febrilmente.

Debía explicarse, lo sabía. Su comportamiento desde que habían empezado a huir distaba mucho de ser normal, su silencio, su frialdad, y luego su ataque de locura bajo la lluvia, no quería ni imaginar lo que debía estar pensando el arquero. Y tampoco le había dado muchas oportunidades para hablar, lo cierto es que llevaba horas en pleno movimiento, sino era con la yegua, era vistiéndose, o Elhias sabe qué. Mas las palabras se le agolpaban en la garganta como hiedras en las paredes, impidiéndole hablar. Finalmente, suspiró y carraspeó con fuerza, para empezar a hablar en voz baja, aunque con la fuerza suficiente como para que pudiera ser escuchada por Tristán:

-En Zhakhesh, mi hogar, llueve mucho y… - carraspeo de nuevo y se apartó los cabellos mojados del rostro- hasta esta tormenta no me he dado cuenta de cuanto lo echaba de menos - le dirigió una sonrisa triste- Hace muchos años que no he vuelto a pisarla. Antes el frío apenas me afectaba, acostumbrada a aquel clima tan gris, y ahora…- Hizo un movimiento para arroparse mejor. Repentinamente suspiró y apartó la mirada. Una lágrima empezó a resbalarle por el rostro- Siento mucho que tuvieras que matar a aquel hombre. A mí me han educado para que vea la muerte como algo natural e inevitable, que nada malo tiene, pero entiendo que…- volvió a mirarle a los ojos, secándose rápidamente la solitaria lágrima- Lo siento, y si estas enfadado conmigo, o piensas que soy alguien horrible, lo comprenderé. Puedes marcharte si así lo deseas, me aseguraré de que puedas volver a Phonterek a salvo.
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Athan Lor
La Dama de Rojo

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Re: La larga senda de un cometido.

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