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I Use to be... that girl.

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I Use to be... that girl.

Mensaje por Baby Doll el Miér Mayo 04, 2011 7:47 am


I use to be… that girl.


Ahí estaba ahora, de rostro sobre el suelo, sumida en la inconsciencia. La oscuridad me envolvía y la desesperación podía ser sentida en cada poro de mi piel. A pesar de que mi cuerpo no reaccionaba, podía sentir lo que sucedía a mí alrededor. LA hierba fresca y molida bajo mis rodillas, el lodo sobre mi rostro, las heridas abiertas en distintas partes de mi cuerpo… a mi querido Pichipu intentando salir de la mochila, seguramente también lastimado. El viento mecía lentamente las ramas más altas de los árboles y temía que aquel anciano me encontrara.

Así es, pues, como ustedes me encontraran en mi presente, allá, en la caza de mi último objetivo, mas, ese punto no es el de mi interés ahora mismo… sino mi pasado.

¿se han arrepentido de algo alguna vez? ¿han deseado cambiar algún acontecimiento de su pasado? Yo sí, muchas veces, tantas, que he perdido la cuenta… largas noches de pensar en que si tan solo hubiere podido manipular un poco de mi destino…

Capitulo 1. La esperanza nace.


Se dice que quienes tejen los hilos del destino conocen la vida de todo ser desde antes de nacer. Hay leyendas que cuentan que, existen musas encargadas de hilar y acomodar las vidas desde antes de ser concebidas. Yo tengo algo que decirle a esas musas: Putas. Malditas sean por haberme dado la vida que me han dado… pero ¿Qué puedo hacer? Nada, salvo vivirla.
No sé a qué deidad le pareció lindo o tierno que yo naciera en tales condiciones. ¿aun no me creen? ¿piensan que exagero? ¡ha! Ya veremos eso cuando me conozcan un poco más… cuando sepan quién es en verdad esta chica.

La tormenta se había desatado. Aquella tarde, Susan Prince se encontraba tumbada en un camastro. Los rayos relampagueaban golpeando con fuerza la tierra, el agua desataba su furia contra aquel tejado, la madera húmeda crujía bajo el llanto del cielo. Una mujer gritaba a cada trueno que se escuchaba más, no de miedo o susto sino, de dolor.

La mujer tenía 19 años de edad. Hija de una Shike que tenia la habilidad de predecir el futuro y su esposo, un maleante listo y con conocimientos en ocultismo, Susan había tenido una infancia típica, hasta que conoció a un cite, del que quedo perdidamente enamorada. Desobedeciendo las recomendaciones de su madre, la joven hizo lo que no debía: entregar su juventud. Permitió que aquel hombre le convirtiera en mujer y, a consecuencia de ello quedo embarazada. El sujeto no se agrado de este hecho y en el primer momento huyo, dejando a Susan sola. Esta, al ser una deshonra para su familia fue echada y exiliada, abandonada, olvidada… mi madre era joven y ya se encontraba completamente sola.

A cada rayo, ella trataba por todos los medios expulsarme de sus entrañas, liberarse del dolor que yo le causaba. Al cabo de varios minutos largos e interminables, un llanto rompió aquel crujir de vigas y muebles. Un pequeño llanto, de una bebe que ansia estar con su madre. La joven observo a la pequeña, que cayó en cuanto sus ojos se miraron. Sonrió, feliz, murmurando.

-Diana… portadora de mi felicidad… vive ahora mi niña, y sonríe al mundo… -

Limpio a la pequeña, quedando ambas dormidas al poco tiempo. La mujer, debilitada por el parto y la pequeña, segura junto a su madre. Aquella noche la tormenta fue realmente fuerte, sin embargo, esas dos mujeres se encontraban una abrazada a la otra, manteniendo la esperanza en el corazón y la sonrisa en los labios.

Es curioso. Susan no tenía un trabajo fijo, dinero o grandes tierras. No tenia marido, padres o familia. Estaba sola, pobre y sin un sustento… pero… ¿saben qué? Ella era feliz. No importaba nada mas, al sostener la vida entre sus manos, al sentir su respiración tan débil y pausada, se sintió como la mujer más feliz del mundo. Es increíble como una nueva vida puede traer tanta esperanza, paz y alegría. A veces, ni yo misma creo esto… pero, bueno… ese fue el inicio de toda una vida…

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Re: I Use to be... that girl.

Mensaje por Baby Doll el Sáb Sep 03, 2011 6:53 pm

He intentado levantarme, pero un fuerte dolor en mi tobillo y hombro derechos me obligo a quedarme en tierra. Con una voz ronca susurre, deseando que solo pichi me escuchara.

-¿pichi... Pichi... Estas ahí?-

Ninguna respuesta. Me preocupe enormemente por mi amigo... ¿y si algo muy malo le había sucedido? Tenía que cuidar de él, el era mi responsabilidad... Responsabilidad... Ella también tuvo que protegerme a mi ¿no? En estos momentos, daría lo que fuera por una tarde en su cocina...ahí, era el único sitio donde me llegue a sentir segura.

Capitulo 2. Un poco de azúcar.


Susan Prince sonreía dulcemente mientras tarareaba una melodía suave, acomodando los ingredientes en la cocina. La casa de las Prince hasta ese momento era más o menos decente; consistía en tres habitaciones. La cocina, con una estufa y un horno de leña, su mesilla con tres sillas y la alacena, la habitación, con dos camas (aunque madre e hija solo utilizaban una) un peinador y ropero, donde colocaban no solo sus ropas sino disfraces (la madre de Diana trabajaba en una taberna, como bailarina y actriz) y por último, un baño, adecuado para una mujer que dedica tiempo a su cuidado personal.

Coloco sobre la mesa un saquito con harina de trigo, una taza de azúcar, hojas de vainilla que impregnaban la cocina de un aroma dulzón y amargo, algo de mantequilla, un par de huevos y, como corona de la receta, un dulce algo caro y hace poco descubierto, chocolate. Acomodando todo ordenadamente, se dio cuenta del silencio en la casa. Eso no era normal... Diana.

Inmediatamente se giro, mientras llamaba a su hija, primero suavemente, luego con más fuerza.

-Diana...¡Diana!- inmediatamente por la cabeza de la mujer pasaron un millón de cosas. Imagino lo peor, Diana siendo raptada por ladrones, siendo vendida como esclava, cayendo a algún foso o agujero, con una pierna fracturada. El pánico se apodero de la nerviosa mujer, que corrió a verificar que no estaba en casa. Confirmando su miedo, tomo el rebozo que colgaba de un pechero junto a la puerta y salto fuera de la casa.

-Diana... ¡Diana! ¡Respóndeme!-

Justo cuando iba a correr al pueblo, justo arriba de ella, un ruidito le hizo alzar la vista.

-¡Buuuuu!-

Diana colgaba de cabeza, en una de las ramas de un cerezo bien cuidado fuera de la casa. Un vestidito rosa se alzaba mostrando la ropa interior de niña. 6 años tenía y era muy traviesa.
Susan la miro con las mejillas enrojecidas, furiosa. Sin embargo, la inocencia y alegría en el rostro de su niña le calmo.

-Diana, ¿cuantas veces te he dicho que no debes andar boca abajo en los arboles? Enseñas las pataletas chamaca... Baja de ahí-

Diana asintiendo, bajo con avidez del árbol, dando un salto. Su rostro, algo arañado y sucio, seguía mostrando la inocencia de una niña que no entiende porque no.

-¿porque mami?-

-pues porque una niña no...- la mujer hizo el silencio de pronto. ¿Cuantas veces su madre le dijo eso y ella sin entender porque una mujer no debía hacer ciertas cosas había desobedecido? "no salgas con ese hombre... Una mujer decente no lo hace"... Suspiro, entre sonriendo.

-porque, mi preciosa niña, hay mucha gente mala en el mundo...-

Diana tomo la mano de su madre. Ambas cruzaron el umbral de la puerta. En silencio observo como la mujer se quitaba el rebozo, lo colocaba sobre el perchero, alisaba sus faldas y le acompañaba hacia la cocina. Al cabo de un par de minutos de pensar la idea y no comprenderla, termino afirmando.

-pues no entiendo porque la gente mala querría mis calzones...-

Su madre sonrió algo divertida. Era obvio, una niña de 6 años criada hasta el momento lejos de toda esa maldad que el mundo podía tener, jamás entendería –y por ella, entre más tiempo Diana pasara alejada de la crueldad de su sociedad sería mejor- Lo medito unos segundos, recordando aquella fabula que alguna vez leyó en un libro.

-primero ve, lava esa cara y manos, luego te explicare y te contare una historia...-


Dijo con una voz firme, pero tierna. Diana asintió, corriendo a lavarse el rostro. Subió al banquillo frente a un lavabo lleno de agua que su madre se encargaba de vaciar y llenar cada mañana y con rapidez se limpio la tierra lo mejor que pudo. Diana amaba escuchar historias de su madre, porque siempre tenían algo emocionante y a veces, podían terminar en un amor de un príncipe que rescataba a una princesa. Ella deseaba ser esa princesa… (¿Qué niña no desea alguna vez serlo?) Corrió a sentarse a la mesa, mirando a su madre con atención.

-Bueno… veamos…

Spoiler:
Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.

-Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.

Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:

-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

-¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.

-¡Oh, sí! -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.

-Pues bien -dijo el lobo-, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.

El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.

-¿Quién es?

-Es su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo, disfrazando la voz-, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:

-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.

-¿Quién es?

Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:

-Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:

-Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.

Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:

-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

-Es para abrazarte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!

-Es para correr mejor, hija mía.

Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!

-Es para oírte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene!

-Es para verte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!

-¡Para comerte mejor!

Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió

Y así, mi querida niña es como te explico lo que la gente mala quiere. A ellos no les preocupa tu ropa interior, sino tú. Hay muchos lobos que quieren comerse a una niña pequeña como tu… y yo siempre estaré para cuidarte, por eso, es importante que nunca andes por ahí corriendo sin que yo te vea, o que muestres tu ropa interior… ¿de acuerdo?-


Diana, que normalmente escuchaba esta clase de historias con finales no tan felices asintió sonriendo, había aprendido una nueva lección… pero no era eso lo que ocupaba su mente, sino… las galletas. Bien sabía que esos ingredientes sobre la mesa, no eran simplemente una lista de compras. Con ojos brillantes miro a su madre, mientras preguntaba.

-¿galletas?-.

Susan asintió, poniéndose de pie frente a la mesa. Diana le acompaño, observando como ella mezclaba los ingredientes y ayudando de vez en cuando… Un par de horas después, sobre la mesa, se encontraba una charola llena de galletas, con dos vasos de leche. La lluvia comenzó a caer fuera de la pequeña cabaña, y, aunque Diana sabía que su madre se iría a trabajar pronto, se sentía contenta, tranquila y segura. Ese sitio, la mesa, formaba parte de la burbuja de tranquilidad y paz que tenía en ese momento. El aroma a galletas recién horneadas, la voz de su madre tarareando una canción, el calor del fogón por la tarde y el suave murmullo de gotas de agua cayendo sobre las ventanas, enmarcaba aquel momento tan dulce y feliz.

Y Diana deseo… que eso jamás hubiere terminado…
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