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El Trono de Hierro Capitulo I y II

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El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Dom Feb 03, 2013 6:11 pm

El trono de Hierro

Capitulo Uno.


“El Gremio”




Cierta inquietud se podía sentir en aquellos pasillos. Ricos mercaderes caminaban de un lado a otro, como sumidos en la más grande de las desesperaciones. Era un verdadero desfile de variopintos individuos, algunos gordos como un tonel, otros delgados como un árbol joven y tan frágil como una rama seca. Habían hombres vestidos ricamente, tanto que su solo atuendo podrían ser muchos años de vida para una docena de campesinos, en cambio otros vestían de la forma más austera posible. Sin importar como vistieran o que apariencia tenían, todos pertenecían a esa asociación “El trono de hierro”, curioso nombre, pero puesto perfectamente por su profesión. Un hombre, no tan anciano, no tan gordo como aquellos sacos de sangre caminaba rápidamente, su atuendo difería totalmente de sus congéneres, vestido con una larga túnica carmesí y con una barba marrón hasta su pecho, su cabello cuidado le daban un aire más joven e lo que realmente era, con tranquilidad abrió aquellas dos enormes hojas e ingreso a un enorme salón, lleno de hombres y sirvientes, rápidamente los murmullos comenzaron, mientras el hombre era seguido por un joven, de unos veinticinco años, recientemente ingresado al gremio de mercaderes, siendo hijo de aquel hombre, con suma tranquilidad tomo asiento en uno de los doce preparados, mientras el resto hacia lo mismo y los sirvientes esperaban, el joven permaneció de pie, al lado de su “padre”.

-Supongo que las presentaciones están de mas, así que hablemos de asuntos importantes *mirando a cada uno de los integrantes de aquel consejo* Como saben, mi hijo Sarevok ha propuesto utilizar una estrategia algo diferente para librarnos de nuestro pequeño problemas de plagas … si bien requerirá un poco de tiempo, también es la forma más fácil de recuperar los niveles inferiores de la mina, ya que los actuales, como sabrán, están casi agotados y el material es de pésima calidad * en aquel instante un sirviente trajo varios pergaminos que fueron depositados sobre la amplia mesa* como ven, tanto el Imperio como el reino de Zhakhesh han enviado reclamos sobre el material que les hemos enviado … hemos vaciado nuestras reservas para reemplazar el material, lamentablemente, estas están menguando y en breve se agotaran completamente, lo mismo ha sucedido con nuestro dinero … y muchos de los presentes han sufrido la escases para sus negocios … ahora *aquel joven se acerco a su padre y le comenzó a hablar unos instantes, para luego guardar silencio nuevamente* como decía, ahora debemos de buscar la manera de recuperar lo que es de nuestra propiedad, enviar fuerzas armadas sería demasiado estúpido, ya que atraería atención indeseada … por otra parte, gran parte de nuestros trabajadores han desaparecido … una perdida sustancial a nuestra riqueza. *un murmullo comenzó a resonar entre algunos mercaderes que hasta ese momento habían mantenido el ceño fruncido* La solución más viable es…-

-Es simplemente inundar las minas *alzo al voz un mercader de tez oscura* sabemos que las minas poseen ríos subterráneos, y aunque sería una pérdida considerable el perder a los trabajadores, recuperaríamos antes las minas para explotarlas… esas malditas bestias deben ser erradicadas de una sola vez sin miramientos *varios mercaderes asintieron ante esas palabras* muchas de las familias dan por muertos a esos hombres, no perderíamos nada con simplemente cumplir lo que se espera. La destrucción de uno de los muros oeste dejaría entrar bastante agua para arrastrar a esas bestias y ahogarlas, después sería cosa de que el agua fuera drenada, pero nos ahorraríamos mucho dinero y tiempo, además de mantener nuestras operaciones fuera de la vista de nuestros compradores-

-Difiero en eso *dijo el hombre de barba* inundar las minas seria contra producente, si aun hay hombres vivos, serán buenos mineros, además, el hierro extraído y que permanece en las bodegas inferiores quedaría inutilizado, por lo cual el plan propuesto es contratar a un pequeño grupo de mercenarios, lo suficientemente había como para eliminar a los kobold, sin llamar demasiado la atención… además, podemos considerar que si fracasan, podemos enviar otro grupo a reemplazarles-

La discusión duro cerca de media hora más, hasta que desde el salón, uno de los sirvientes se retiro con varios pergaminos en sus brazos, directo a las caballerizas, el trayecto a estas no era corto, ya que el salón estaba en la parte mas alta de aquella edificación, bajando varias escaleras, por fin pudo llegar y colocando su valiosa carga en zurrones, se coloco en marcha como le habían ordenado.

En las más grandes posadas, gremios de cazadores y mercenarios, al igual que en las tabernas más reconocidas por las constantes visitas de aventureros y mercenarios, fueron puesto pergaminos comunes, que no a traían demasiado a la vista, casi puestos con pereza, a pesar de que eran mensajes oficiales del Trono, aunque claro , si bien para un aventurero el pergamino tan solo ofrecía un par de monedas de oro por lo de “limpiar una propiedad” para otros ojos no era tan insignificante, uno de los pergaminos termino en Phonterek a manos del consejo de nobles,. Un murmullo surgía al hablar sobre el Trono, ya que si era cierto que los nobles eran poderosos, los mercaderes de aquella agrupación fácilmente podrían aplastar la ciudad con sus puños, algo que temer si se decía que los nobles de Phonterek eran los más poderosos de la región.

Durante una semana el trono mantuvo sus puertas abiertas, hombres y mujeres, bestias cualquieras, desde poderosos orcos, hasta delicados silfos, quizás el hecho del dinero atraía mucho más a los necesitados a los verdaderamente capaces, después de que las puertas se habían cerrado, ninguno había sido elegido, gritos se habían escuchado de los rechazados, muchos querían demostrar lo que valían, pero aquel mercader se los negaba y los guardias escoltaban a los aventureros. Sarevok había visto a cada uno de los aventureros y como a su padre, estos parecían demasiado … inútiles para realizar lo que se les pedía, carecían de algo muy importante, pero que no poseía nombre, como un clavo incrustado en el corazón … El joven llamo a uno de sus sirvientes, mientras él hablaba con su padre sobre no demorar las elecciones y esperar a los últimos aventureros para realizar la misión, en esos instantes un hombre apareció de entre las columnas, el sirviente de Sarevok, un clérigo vestido con armadura y con un martillo de guerra en su espalda, el Clérigo Mulaheim, quien le había prestado servicios desde hacía varios años. El mercader se retiraba a descansar, la noche había sido larga y su cuerpo, a pesar de mostrar juventud, parecía cansado y viejo. Sarevok compartió unas palabras con su sirviente, mientras este se retiraba. La luna se alzo y cayo y las puertas se abrieron nuevamente, mientras el mercader tomaba asiento en una alta silla de madera, su hijo se había excusado por no estar presente, pero con sus mismas palabras “Debía de resolver algunos negocios de vital importancia”, mientras el mercader esperaba, uno de los sirvientes se acerco y le mencionó sobre la presencia de antropomorfos y bestias, una ligera sonrisa surgió en los labios del mercader y mientras las puertas se abrían, tan solo pronuncio.

-Tan solo las bestias disfrutarían matando a sus iguales-


~Saquear, robar, asesinar~
Las tres bases de la supervivencia Schakal.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Kirnik el Lun Feb 04, 2013 12:21 am

Era una cálida noche, la luz de la luna bañaba con su luz todo aquello que lograba alcanzar, unos agiles pasos se escuchan interrumpiendo así la tranquilidad, dando paso a una persecución…

-Tontos humanos…- Dije mirando hacia atrás mientras miraba mi botín, una estúpida riñonera con apenas algunas monedas ¿Cuál era el problema? Mi mano había acabado en el bolsillo de un incauto guardia, por desgracia para mí se dio cuenta así que tuve que correr y eso hago, durante la carrera interpongo objetos entre el guardia y yo pero parece demasiado testarudo, a sus otros compañeros pude despistarlos pero a este no, mas no me llevaría demasiado tiempo, me volví hacia la izquierda velozmente ocultándome en un callejón oscuro, trepe la pared que había frente a mi logrando así escapar de aquel pesado, ahora solo me faltaba contar mi botín, abrí la bolsa esperando encontrar mucho dinero y joyas, pero para mi disgusto no fue así, lo único que le había robado a ese estúpido y torpe humano eran 4 monedas de oro y 20 de plata, con esto no podría jamás ganarme la vida, ni siquiera comer algo decente, aunque lo que es decente para mi…

-Uhm… ñam-ñam.- Dije casi relamiéndome al mismo tiempo que miraba a un pequeño gato, seguramente casero, la gente los deja sueltos para que estiren las piernas, que rica cena si consigo atraparlo, no me demore demasiado en intentarlo, el gato salió corriendo como era de esperar, yo hice lo mismo para tratar de atraparlo, estuvimos corriendo como 2 minutos más o menos, pero de pronto algo me detuvo, bueno, yo me choque, me di un golpe en el hocico chocando contra un caballo este relincho furioso al verme, abrí mi boca pestilente enseñándole mis colmillos y produciendo un desagradable sonido con mi desgarrada, maloliente y horrible voz, no era tan idiota como para arriesgarme a pelearme cara a cara con el caballo así que lo deje estar, por suerte el caballo estaba atado, deje estar al animal y algo me llamo la atención, era un papel, un papel tirado en el suelo, lo recogí y aprovechando esto cogí una cucaracha que pasaba por allí, mientras masticaba aquel delicioso tentempié leí el papel, el trono de hierro, no sabía quiénes eran pero, si trabajan con hierro tienen dinero y si tienen dinero lo quiero, o bien podría robárselo a ellos, depende de lo que estén dispuestos a pagarme.

-Nosotros opinamos que está bien ¿no crees patitas rancias?... contesta, Kirnik te hace una pregunta.- Mi fiel compañera no me contesto, pero ella nunca me habla ¿por qué iba a ser distinto esta vez? decidí que no es que necesitara el dinero, quería el dinero y por mis pulgas que lo conseguiría, me gusta el oro, me gustan las joyas y me gusta matar ¿cómo resistir esta invitación? además siempre puedo hacer trampas, me gustan las trampas.
Tras coger algunas provisiones, me puse en camino hacia dirección designada en el papel de reclutamiento, el camino tal vez podía ser duro, o quizás peligroso, pero no diré que no a ir a un lugar lleno de gente, que si bien no me gustaría encontrarme siempre pueden ser útiles como escudo.

3 días me costó llegar a la dirección estipulada por el papel, tal vez esperaban otra cosa, o tal vez ni siquiera esperarían que un rátido se presentara voluntario, pero a mi me daba igual, las puertas estaban abiertas y entre sin pensarlo, todos los que me vieron me miraron mal y todos los que me olieron, se taparon sus feas narices creyendo que así evitarían mi olor, aquí había de todo, desde tontos y feos orcos, ha tontos y deliciosos elfos, estos últimos se ven tan suculentos, solo de verlos se me hace la boca agua y así fue, un poco de saliva empezaba a resbalar de mis fauces, pero la sorbí relamiéndome con la lengua, pero aquí no puedo hacer nada mucha gente, muchos ojos atentos observando los movimientos de cada uno, beh, ni siquiera podía robar al orco que tenia frente a mi ¿o sí? mi pequeña mano empezó a deslizarse sigilosamente, hacia la mochila de aquel orco que estaba frente a mí, ya casi podía saborear lo que le iba a robar, pero para mi mala fortuna el desgraciado se dio la vuelta, inmediatamente me miro, yo quite la mano rápidamente y trate de suavizar la situación.

-Kirnik lo lamenta, tan solo le pareció ver que algo se caía.- Dije esperando que el muy idiota te lo tragara, este me grito y yo me aparte de él rápidamente para no seguir molestándolo, me gusta el oro pero aprecio mucho mas mi vida. Seguí contemplando el ambiente de mi alrededor, algo que no me gusta mucho de este lugar es la luz, demasiada luz para poder intentar algo como el robo, aunque lo que se había reunido aquí era bastante pintoresco sin duda, había de todo orcos, elfos, hombres, mujeres de todo y todos, tienen una pinta deliciosa, para mí los silfos son como pequeños montaditos, me frotaba las manos solo de pensar en ¿qué pasaría si me como un silfo pequeñito? ¿alguien se daría cuenta? Cuando alargue la mano para intentar atrapar uno este se puso a volar saliendo fuera de mi alcance.

-Me parece que no hemos tenido suerte ‘’Patitas rancias’’.- Dicho esto en voz baja solo para mí mismo, me aparte acercándome a una esquina alejándome de todo el grupo, no soy muy social y hablar con alguien de los que están aquí me atrae lo mismo que una pastilla de jabón… iugg solo de pensar en esas condenadas obras del demonio, se me erizan los pelos de la nuca, note un picor en la cabeza era como si patitas rancias supiera lo que estaba pensando, inevitablemente empecé a rascarme, para calmar el picor que sentía, ahora solo quedaba esperar a que nos explicaran el trabajo de forma completa y con detalle, que nos dijesen lo que teníamos que hacer, que me dijesen que grupo seria el que yo podría utilizar para sacar dinero.

Inhalé un poco de aire.

-Ogh… ¿patitas rancias como puedes ser tan cochina?-
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Svadro el Lun Feb 04, 2013 8:23 pm

Svadro se agachó, tomó con ambas manos una buena cantidad de tierra y polvo para luego echársela sobre la túnica, para tapar las manchas de sangre que tal vez nunca limpiaría. Envainó su daga donde correspondía, tomó su bastón y se irguió mientras miraba su nueva adquisición. Aún tenía pequeñas imperfecciones, aún tenía pequeños pedazos de músculo, pero no eran un problema. El cráneo de aquella Cite serviría bien en reemplazo del cráneo que utilizó para despacharse a uno de los bandidos. La ató junto al otro cráneo en su cintura y luego empezó a mirar a su alrededor. La oscuridad aún reinaba en aquél pequeño claro, la luz de las lunas pasaban con dificultad por entre las hojas de los sombríos árboles y los arbustos se sacudían por el movimiento de alguna extraña criatura. Los cuerpos de los bandidos yacían no muy lejos del desquiciado nigromante y este los miraba muy tranquilamente. - No debemos estar muy lejos de algún asentamiento. Sería raro que un par de bandidos y una... ¿cortesana, tal vez? estuvieran lejos de un pueblo o ciudad. Si fueran varios individuos, tal vez se trataría de una caravana o campamento. No veo ningún signo de sea así... Pues no escucho ningún otro ruido... - Decía Oburel en la mente de Svadro. - ¡Lhourd! -

La verdosa y macabra luz que emitían las calaveras del bastón iluminaron el claro, dándole un aspecto lúgrube, casi espantoso. Svadro comenzó a caminar lentamente, algo encorvado, hacia los difuntos bandidos. El borde de su roja y sucia túnica era arrastrada por la tierra, y cuando llegó a ellos notó algo raro. Eran... jadeos. El bandido que había "matado" hace unos pocos minutos aún respiraba, o al menos trataba de hacerlo. Estaba luchando por su vida. - ¡Demonios, soldado! ¡Sácalo de su miseria! - - ¡Con mucho gusto, mi capitán! - Rápidamente el nigromante desenvainó su espada, se inclinó un poco, y con un ligero pero fatal movimiento le cortó la cabeza, que rodó por unos segundos hacia un arbusto, para luego ser comido por una bestia carroñera. Sin preocuparse por limpiar el filo de su espada, Svadro la enfundó para luego agacharse y mirar con detenimiento los cuerpos que tenía enfrente. Uno de ellos tenía una esquirla de hueso incrustada en el ojo. Había muerto al instante, pues el filo de ésta llegó hasta su cerebro. - Maldito humano, ni siquiera pudo desenfundar su espada... - No era así la situación del decapitado bandido, cuya espada larga se hallaba no muy lejos de él. Este tenía su escudo aún en su mano, un escudo de acero, no muy grande, pero prácticamente inservible, pues varias esquirlas estaban clavadas en su carne.

Svadro clavó su bastón en el suelo, de manera que estuviera parado y pudiera iluminar a su alrededor sin que él tuviera que sostenerlo. No fue muy complicado gracias a la garra de pantera que tenía en uno de sus extremos. El nigromante comenzó a revisar los cuerpos, vestidos por telas finísimas de varios colores. No tenían nada de interés. Un par de monedas de bronce... Un collar con la placa que tenía inscrito "Tuya por siempre. Fehal"... Un... - ¿Un pergamino? - Estaba abollado dentro de un bolsillo del decapitado bandido. Uno de sus bordes estaba maltrecho, como si lo hubieran arrancado del lugar donde fue clavado. Hablaba de un tal Trono de Hierro, de la limpieza de una "propiedad", de ir a tal lugar en caso de estar interesado... Típica búsqueda de mercenarios y aventureros para alguna tarea que los nobles no pueden hacer por sí mismos. - Inútiles... - Musitó Svadro - Y encima ofrecen... "un par de monedas de oro"... Supongo... Que no es tan malo... Con ello podría comprar una casa nueva... La anterior... La que tenía con... Fëredhel... Debe estar ya en ruinas... - Decía el nigromante, que poco a poco era vencido por la depresión mientras tomaba su bastón.

El borde del bosque no se hallaba muy lejos del claro, pero sí lo estaba el lugar donde debían ir los interesados en la misión encomendada por el Trono de Hierro. Svadro se movía de noche, entre las sombras. ¿Se trataría esto de una prueba hecha por "el hechicero de rojas ropas"? Quizás nunca lo sabría y, luego de unos días sin mucha acción, tan sólo la muerte de un panadero y el empleado de un cementerio, ya se había rendido. Seguramente ya no volvería a ver a ese hechicero, debía ahora ganar más poder, mejorar su habilidad con la magia, para luego, cuando volviera a encontrarse cara a cara con aquél hombre, pudiera matarlo.

Svadro estaba consciente de su aspecto, ¿quién en su sano juicio iría de día a través de las calles de una ciudad vestido con una sucia y ensangrentada túnica con una armadura que parecía hecha de huesos encima? Sólo causaría el terror entre los humanos más idiotas y crédulos, y atraería la atención de estúpidos guardias que intentarían demostrar su valía a sus jefes. No, Svadro no quería nada de eso, al menos no ahora. Ya tendría tiempo más tarde de infundir el temor entre los asquerosos humanos que pueblan Noreth.

Al final llegó donde debía. Varios seres de todo tipo iban y venían para encontrarse con aquellos que pidieron ayuda. Svadro estaba muy consciente que aquellos "empleadores" serían humanos. Nada le asqueó más que la idea de tener que trabajar para ellos, pero lo tranquilizó la idea de que algún día caerían bajo el filo de su espada o bajo la putrefacción de su magia. Elfos, orcos e incluso Merrows paseaban a sus anchas en aquel lugar, pero ninguno de ellos tenía la apariencia de ser verdaderos "guerreros" Parecían más bien personas que las idas y vueltas de la vida las sumieron en la desdicha. Muchos gritaban al ser rechazados, otros solo salían cabizbajos de aquel lugar, y muchos eran escoltados por guardias a causa del revuelo que armaban. Svadro notó un olor particular, uno al que estaba acostumbrado. Era el olor mismo a la putrefacción, a la enfermedad, un olor que a cualquier persona común produciría náuseas. No supo bien de donde provenía, pero... - ¿Ratas? ¿Ratas fuera de las alcantarillas en este lugar? - Sonaba demasiado raro. ¿Sería ésta la plaga que se debía erradicar?

Svadro, bajo la horrible mirada que algunos humanos le ofrecían y bajo la inquisidora vista de antropomorfos, orcos, elfos y otro sin fín más de razas, se paró en el medio de la sala. Allí esperó pacientemente a que sucediera lo que tuviera que suceder. Paciencia tenía a montones. Lo que necesitaran estos "contratadores", no lo sabía.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Murkia el Dom Feb 10, 2013 6:04 am

El frío arreciaba. Las paredes de piedra se cerraban asfixiantes a su alrededor. No había salida ni entrada. Las paredes se agrietaban. Todo parecía estar a punto de derrumbarse en cualquier momento. Mas nada importaba, no para Murkia. Ella solo podía mirar aquellos grandes ojos que, poco a poco, se iban perdiendo en su propia oscuridad. Demasiado tiempo, demasiada hambre- No, por favor… - susurró. Corriendo se acercó hasta él, y tal era su ceguera que choco directamente contra él. Pero no provocó ninguna reacción en su compañero, el cual, imperturbable la miró a los ojos, sin mediar palabra. Luego, con un movimiento casi calculado, la levantó en peso, y la empujo de un golpe contra la pared, para desesperación de la joven sauria, que accidentalmente había caído en su propia trampa.

La espalda le crujió por el golpe. El dolor la hizo reaccionar. Rápidamente, esquivo el abrazo del enorme saurio y volvió a su posición inicial. Mas con ello solo provocó que Khan empezará a aullar a su espalda. Debía hacer algo y debía hacerlo en ese mismo instante. Ya. Sin dudarlo, se giró, y empezó a gritarle: - ¡Escucha! ¡Escúchame! ¿¡Escuchas mi voz!? - volvió a acercarse hasta él. La pared a su espalda empezaba a desmoronarse, grandes trozos de roca caían estrepitosamente a sus pies. Pero ella siguió andando: - ¡Tu no quieres hacer esto! ¡Sabes que encontraremos comida! ¡¡Siempre conseguimos comida!! ¡Escúchame! ¡¡¡Escúchame!!!- Khan seguía imperturbable a sus súplicas, pero Murkia se sentía incapaz de rendirse, debía obligarle a recuperar la cordura o pagar el precio de aquel desliz con su vida.

Una enorme roca cayó justo a sus pies, directamente desgarrada del techo. Sin apenas mirarla, Murk la esquivó y volvió a lanzarse contra su amigo, chocando duramente contra él. Él, aullando con furia volvió a intentar cogerla del mismo modo que antes, mas esta vez la joven sauria estaba preparada y esquivo con eficiencia aquellos enormes brazos. Con un grácil movimiento, se aferró a sus cuernos, descargando sobre ellos todo su peso, obligándole de este modo a agachar la cabeza y mirarla a los ojos: - ¡¡Escúchame!! ¡¡¡ESCUCHAME!!! - Las manos de Khan se aferraron a su cuerpo con intenciones nada bondadosas, mas una sombra de reconocimiento le cruzo la mirada. Y justo en ese instante, una sombra con forma de serpiente empezó a formarse a espaldas de su compañero…


La ansiedad se había adueñado del cuerpo de la joven sauria cuando, finalmente, logro escapar de aquel lugar sin nombre, en el cual habían acabado sus sueños. Hiperventilando se sentó de un salto en el suelo, con aquella sombra gravada en su retina, como si aún se encontrará en una especie de duermevela. Con un movimiento brusco, se llevó las manos a los ojos y se masajeo los parpados, hasta que todo aquello fue fruto del recuerdo de un mero sueño. Las palabras de Khan resonaron en su mente, como los primeros rayos de sol en una mañana fría, dándole la calidez que necesitaba para enfrentarse a un nuevo día. Con lentitud, aparto las manos de su rostro y empezó a observar donde se encontraba.

Amanecía, el cielo se encontraba teñido de color escarlata, formando todo una paleta de colores de aquella tonalidad en sus propias escamas y en el mismo firmamento. Se encontraba en un claro del bosque de Physis, a las afueras. Llevaba diez días sola, lejos de Khan, el cual se encontraba justo al otro lado del bosque, y cada instante le pesaba como una década, mas era necesario. Los últimos tiempos la habían destrozado, y la falta de dinero la desesperaba. Necesitaba encontrar una solución para ambas cosas, y cuanto antes mejor. Únicamente tomando distancia sería capaz de encontrar el camino correcto, sabiendo que su amigo del alma se encontraba lejos de todo peligro.

Con tranquilidad, se levantó y estiró los músculos. Una vez superada la sensación de pánico, se sintió descansada. El velo de la oscuridad había sido apartado y un día lleno de oportunidades asomaba, o al menos eso fue lo que ella misma se dijo, mientras dirigía sus pasos hacia un arroyo cercano, cargando con todas sus pertenencias. Una franca sonrisa se dibujó en sus labios al escuchar el alegre paso del agua por su lecho. No hay nada mejor modo de encauzar un día que con un chapuzón matinal y un desayuno con las patas todavía bañándose en la orilla.

En esa postura se encontraba cuando la sorprendieron las voces de unos seres que se acercaban en la distancia. Con rapidez se levantó, recogió sus enseres personales, y se escondió entre los árboles. Silenciosamente se colocó su capa negra, envolviendo todo su dorado cuerpo bajo ella. Los pasos se acercaban. Se recoloco el cinto de la espada en la espalda y se ato las piezas de la armadura. Finalmente, la conversación que mantenían aquellos dos seres se volvió inteligible para Murkia, la cual, silenciosamente, asomó el rostro por detrás del grueso roble donde se había escondido, bien tapado por la capa. Fue entonces cuando descubrió, para su alivio, que se estaban recorriendo una senda que discurría bastante lejos de donde se encontraba, mas la voz elevada de aquellos hombres, pues de esa raza parecían ser, la había confundido.

- Menuda estafa de misión, ni siquiera me han dejado levantar la espada, ni hacer un par de cortes. Todo porque, según dos perfectos desconocidos, no soy válido para su cometido. ¿Pero quién no puede ser adecuado para una misión de limpieza? ¡Hasta mi madre podría hacerla! - dijo el hombre de la derecha. Su voz expresaba una profunda indignación, propia de aquellos que han fracaso ante un cometido importante. Con un movimiento brusco, le dio una patada a una de las múltiples piedras que formaban parte del camino.

- Tienes razón John, nada de todo esto tiene sentido alguno. Nos hacen ir hasta allí, un lugar perdido de la mano de los dioses, y todo para echarnos un vistazo y hacernos volver. Algo en todo esto huele bastante mal. Mas que quejarnos como ancianas, lo que deberíamos hacer es preocuparnos, algo malo puede estar ocurriendo, algo verdaderamente malo, ¿O te crees que el trono de hierro es cualquier cosa?- le respondió su compañero, con voz teñida de inquietud.

- ¿Preocuparnos? ¿Preocuparnos Charles? Esto es lo único que voy a hacer para expresar mi interés respecto a lo que se traen entre manos ese atajo de mentirosos - Con un rápido movimiento, saco algo del bolsillo, lo aplastó entre sus manos y lo lanzó hacia atrás, por encima de su espalda- Que se metan sus dos monedas de oro por donde les quepan, no pienso volver a acercarme a ese lugar durante el resto de mi vida. .

El resto de la conversación fue completamente imposible de descifrar por Murkia, dado que se perdieron por el interior del bosque, siguiendo aquella senda que, según parecía, cruzaba los lindes del bosque y lo rodeaba. A pesar de que en ningún momento dieron señales de haberse sentido observados, la joven sauria aún tardó un rato en salir de su escondrijo. Finalmente, el deseo de descubrir de donde podía obtener aquellos kulls supero sus temores.

Sigilosamente, terminó de colocarse el zurrón y la capa, y se dirigió a la senda por donde habían cruzado aquellos supuestos humanos. Con precaución, antes de adentrarse en la senda, asomó la cabeza y miró de lado a lado, mas no parecía que hubiera ni un anima. Con cierta desconfianza, avanzó hasta el camino y empezó a buscar aquel extraño objeto que había lanzado el viajante.

Largos fueron los minutos hasta que encontró aquella hoja de pergamino completamente arrugada. Con rapidez se lo llevo hasta el claro donde había pasado la noche. A pesar de que el sol brillaba con fulgor, no fueron pocas las dificultades que hubo de superar hasta llegar a descifrar lo que significaba. Lo único que le quedo del todo claro fue que, en un lugar no muy lejano de allí, se buscaban seres de todo tipo para enfrentarse a una tarea de limpieza, y todo por, nada más y nada menos que dos monedas de oro.

De nuevo, una sonrisa volvió a colmar los labios de Murkia, aunque esta vez no expresaba verdadera alegría, sino más bien sarcasmo. Y todo porque, ciertamente, el humano había hecho bien en abandonar la misión, dado que, pasará lo que pasará, debían elegirla a ella, y eso ocurriría aunque tuviera que llevarse por delante a toda la competencia. Khan y ella necesitaban ese dinero, y lo pensaba conseguir a cualquier precio- se acabó el pasar hambre compañero, al menos durante una temporada - pensó, henchida por la satisfacción.

Mascando un trozo de carne salda, colocó sus pies en dirección norte, dispuesta a encontrarse con el autor de aquel escrito. Por suerte, no era el primer encargo que la llevaba a recorrer aquella zona, muchos antropomorfos solían vivir en aquellos parajes, de modo que no era la primera vez que un habitante de aquel territorio le pedía ayuda, mas nunca antes había oído nombrar al Trono de hierro.

El viaje ocurrió sin incidentes, a pesar de que, a medida que se acercaba a su objetivo, los caminos parecían cada vez más transitados, la enorme afluencia de seres de todo tipo, hizo que Murkia pasará desapercibida ante tal colectivo. Allá donde mirara, encontraba representantes de todas las razas de Noreth, ataviados con gran variedad de ropas y armaduras. La desesperación por el oro prometido se palpaba en el ambiente, motivo por el cual, la sauria evitaba quitarse la capa hasta para dormir, evitando así que sus escamas pudieran despertar algún sentimiento de codicia entre los seres que la rodeaban.

Finalmente, era noche cerrada cuando el grueso del grupo que andaba por aquella senda, se apartó del camino, momento en el que para Murkia fue evidente que todos se dirigían al mismo sitio. Su llegara era esperada, dado que ningún obstáculo impidió su paso, al contrario, todo parecía estar colocado para atraer a los visitantes, con aquellas grandes puertas abiertas y una cálida luz que nacía desde el interior, o aquella fue la impresión que tuvo al cruzar el umbral.

Pero no fue aquello lo que más la impresionó, como tampoco la cantidad de seres que se apiñaban en el interior, un grupo desorganizado, casi más preparado para montar un alboroto que para ser entrevistados. No. Lo que le causó verdadera conmoción fue un olor nauseabundo, que atravesó sus orificios nasales desde el primer instante que puso un pie en el lugar. Sin poder evitarlo, sus pasos la llevaron a alejarse todo lo posible del origen de aquel olor, aunque la imposibilidad de saber de dónde procedía y la dificultad para moverse entre el gentío, la llevo a rendirse, asumiendo que iba a tener que acostumbrarse a aquel aroma si deseaba conseguir su objetivo. Mas, no pudo evitar que un irónico pensamiento cruzará su mente:

- Bueno Khan, nadie puede decir que el universo planea borrarte de mi memoria, dado que cuando no sufro pesadillas, un delicioso aroma me recuerda esos manjares, obtenidos en los vertederos más destacados, dignos del banquete del rey de los ratidos….
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Kiluyu el Dom Feb 10, 2013 6:09 am



El aire de las montañas es purificador. El viento despeja tu mente, aleja la bruma en tus pensamientos y abre con claridad tus ojos, dejándote ver más allá de lo que realmente buscas y deseas. En mi caso, me ayuda a meditar, vuelve más fácil crear el lazo con mi lado natural, ejerciendo un control mayor sobre esa criatura que dentro de mí clama por su liberación. Una bestia que solo ansía la muerte de los vivos y la sangre de los muertos. Por ello, mi sello debe ser fuerte, y debe mantenerse así hasta la noche en la que Kring se vuelve un astro totalmente blanco en el firmamento, obligandome a soltar sus cadenas. Solo por una violenta, aborrecible noche, dejo de ser yo mismo para volverme un ser totalmente desquiciado. No me gusta pensar en ello, es un hecho que por si solo puede tornar un alegre día en una jornada apática y deprimente.

El lecho de la habitación rentada en la posada era algo incómodo, pero nada diferente a lo que estoy acostumbrado. Pese a ello, el lugar estaba en buen estado, las paredes estaban pintadas sin un solo rastro de humedad, contaba con un sobrio mobiliario, una mesa de noche y una cajonera, una letrina en una habitación contigua y una amplia ventana que abría paso al hermoso aire fresco con el paisaje de los nevados picos como fondo, majestuosos bajo el brillo lunar. El lugar valía las tres monedas de plata que costaba la noche, más sin embargo los Kulls comenzaron a faltar en mi bolsillo. Estas travesías han minado lo suficiente las reservas monetarias que acarreo conmigo, no importa que pueda autoabastecerme de lo que la naturaleza me otorga, la economía es lenguaje universal en el mundo civilizado.

Preocupado por mi situación, daba vueltas sobre el lecho, privado de tan ansiado sueño. No había remedio, por lo que bajé a la planta inferior, a un pequeño restaurante que la señora de la casa había montado, como una pequeña ayuda a su mínima economía. Según sus palabras, el lugar era frecuentado por mercaderes y mineros, provenientes de un lugar cercano que tenía a esta diminuta ciudad bajo su protección, el "Trono de Hierro" le llamaban. Si lo que me dijo es cierto, debían poseer un peso bastante importante sobre la economía de Noreth, y bien sabido es que donde fluye el dinero la sangre corre con él. Mis pasos resonaron en la encerada escalera de madera. Su estilo era bastante cálido y acogedor, entre una elegancia refinada y una amable hospitalidad. Una pequeña barandilla adornaba la bajada, entre cuadros apenas iluminados por las velas que descansaban en la mesada donde atendía la buena mujer. Con cierta resignación, me senté en una de los taburetes que ella había colocado a modo de barra, facilitándole el trabajo al atender a las personas con mayor urgencia.

- Buenas noches Grinelda. - Era una mujer de etnia Cite, que debía rondar entre los cuarenta y cincuenta años, de débil contextura, pero muy enérgica, de rostro terso y suave, más con una cabellera poblada de canas y pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos. Tenía el aire de una madre y una amiga, siempre con una sonrisa en sus labios, y desde que llegué a este lugar solía ser una de las pocas personas con quien cruzaba palabra. - ¿Tienes algo de agua, por favor?

- Bien, me parece que recobras esa educación que te faltaba. Toma, es del agua que fuiste a buscar al manantial. - Me alcanzó un pequeño vaso de cerámica, donde se formaban pequeñas ondas en la superficie del vital líquido. - Veo que no puedes dormir, ¿Qué ronda en tu cabeza a estas horas, jóven?

- Es... nunca me he preocupado por los objetos materiales, tú lo sabes muy bien. - Ella asintió con su cabeza, dando fé de mis palabras, y me interrumpió antes de que pudiera proseguir.

- Es el dinero, ¿No? - La miré fijamente, pero de alguna forma ya estaba acostumbrado a esas reacciones suyas. Parecía adivinar mis problemas, y siempre me ayudaba y daba consejos al respecto. - Te entiendo, es algo que a me preocupa a mí también, ¿Pero sabes? Aún así, no me hago grandes problemas al respecto. Con voluntad todo se logra hijo, no lo olvides. - Algo en ella me recordaba al viejo Whikerlííen, su forma de hablar y de dar consejos. Hmp, el viejo refrán dice "Más sabe el diablo por viejo que por diablo". - Bien, mira, si esa es tu necesidad, en el "Trono" buscan ayuda, reparten mensajes y pergaminos por doquier. - Que raro que no me haya mencionado antes algo al respecto, por lo que la escuché con atención, dejando escapar cada palabra con algo de recelo. - Te recomiendo que vayas mañana mismo a su castillo, la demanda es limitada y han acudido demasiadas personas al llamado. Pero ten cuidado, sus caras no reflejan bondad alguna. - La última frase la remató con un tono de voz que no dejaba lugar a duda de que no debía tomarmelo con calma.

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El recinto era enorme, bellamente decorado e iluminado. De formas soberbias, ostentaba su riqueza como intentando llevartelo a la cara a la fuerza. No me impresionaba tanto eso como el ver a tantos seres de tantas procedencias reunidos en el lugar. Era como si todas las razas de Noreth se hubieran congregado para esta misión. Volví a mirar el aviso que me dió Grinelda, bien oculto dentro de mi oscura capa. "Limpiar un lugar" ¿En serio era tanto para ello?

Sea como fuese, mi mano no se despegó de mi daga.


Última edición por Kiluyu el Lun Feb 11, 2013 1:00 am, editado 1 vez (Razón : Color en texto)


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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Wahn Ode el Lun Feb 11, 2013 4:52 am

Dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte y la cuenta seguía sumando. Era una hermosa noche dentro de esa taberna. Suerte la mía al cruzarme con esos enanos degenerados con ganas de beber. Hacía tiempo que no tenía una noche tan social, tan que podía ser yo y me sentía como en casa, estando lejos de ella. Rusko y Thury, dos enanos barbones, regordetes, guerreros y desvergonzados, salvo por la última característica, igualitos a mi. Al parecer las reservas de cerveza de esa taberna, vieja, olorienta, pintorezca, con una gran variedad de razas, era bastante grande, algo que nos ponía felices a nosotros los enanos, ya que mientras más cerveza, mejor.

Entre risas, jarras y anécdotas pasábamos esa, hasta el momento, tranquila y graciosa noche. "-Oigan ustedes, podrían dejar de hacer tanto alboroto" nos dijo una voz no familiar. Los tres nos giramos a la vez, con la carcajada cortada en seco y con la mirada en llamas. Era un humano, bastante atrevido al parecer, aunque tenía con qué. Gran altura y musculatura, bien alimentado y bien vestido. "-¿Quien te crees que eres? El dueño de la taberna no eres tu. Si no te gusta, ve a quejarte con alguien más" dijo Rusko, mientras se paraba de su silla y se acercaba al humano, señalándolo con el dedo. "-No te quieras pasar de listo, pequeño niño" dijo éste, en forma burlona, mientras luego giraba su cabeza para ver como reían sus compañeros. Rusko también giró, pero su cintura, para tomar impulso e impactar la quijada de éste con un golpe de puño.

El aire se podía cortar con un cuchillo roma. Rusko se quedó parado mirando al humano sentado en el suelo, después de semejante golpe. Thury y yo nos paramos de nuestras sillas, sobresaltados y expectantes. El humano se reincorporó, se tomó la quijada y rió, para luego abalanzarse sobre Rusko, al mismo tiempo que algunos amigos de éste salían de sus lugares para ayudarlo a golpear al enano. Thury y yo no vacilamos un momento y nos lanzamos a la pelea, para defender a Rusko. Pobres humanos... Hay veces que no entienden que cuerpo a cuerpo, contra un enano, son como un pequeño cachorrito. La pelea solo duró unos pocos minutos, tal como estos humanos que trataban de entender lo que había pasado, cando detrás nuestro aparece el dueño de la taberna, un gran orco "-Menuda pelea muchachos, pero no los puedo dejar quedarse después de semejante espectaculo. Se van a tener que marchar". Nos miramos entre nosotros, estábamos conformes con nuestra noche, por lo que sin chistar tomamos nuestro perteneciente resto de cerveza, agarramos nuestras cosas y marchamos hacía la salida.

"-Ey Ferrú, joven, peleas bien, tal vez deberías considerar venir con nosotros al Trono de Hierro. Un mercader está buscando gente que le ayude en un pequeño tema que tiene que arreglar. Algo en unas minas ¿Qué te parece?" me preguntó Thury, "-Está bien muchachos, los acompaño para ver que sucede, además... No tengo ganas de estar solo por estos lugares, no me agradan demasiado" les dije y emprendimos camino.

Al llegar a ese misterioso lugar, nos encontramos con una cantidad inmensa de personas, animales, bestias, cualquier tipo de raza formaban una masa homogénea de olor, carne y huesos que se movían al unísono del murmullo. No era muy agradable para mi, pero me gustaba conocer nuevos lugares, solo para después contarlos como anécdotas o simplemente para alardear por todos los lugares en los que había estado. "-Hay que presentarse con el mercader" dijo Rusko y marchamos a una larga fila, de la que se veían entrar caras risueñas, llenas de esperanza y salían sueños destrozados por un gran mazo orco. No sabía con lo que me encontraría ahí dentro, pero no tenía nada que perder, por lo que me aventuré a la entrevista con el mercader.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Mar Feb 12, 2013 4:35 pm

Todos seremos probados en la vida
Ya sea para la riqueza o la salud
Ya sea para cruzar el simple camino
O elegir nuestra descendencia
Pero… ¿Quién nos examinara?
Es la gran duda que todos poseen
Y que únicamente
Después de que el último suspiro surja
Sera contestada… no en esta vida
Si no en la próxima.

Christian Chacana 11 de febrero de 2013

Como un circo de bestias y hombres, la sede del Trono bullía entre razas y especies, muchos se retiraban con sus sueños hechos trizas, otros con gritos e insultos, los menos debían de ser escoltados por soldados fuertemente armados y con amenazadoras armas. Si no eras seleccionado era mejor que te retiraras con tranquilidad, ya que si no eras arrastrado por el suelo cual animal muerto. Orcos y silfos, humanos y elfos, antropomorfos con caras de perro o cubiertos de afiladas escamas, tan rápido como entraban eran despachados de aquel salón, las puertas, flanqueadas por dos guerreros de gruesas armaduras y largas alabardas mantenían el orden. ¿Qué buscaban? Nadie lo sabía, pero al parecer gran cantidad de individuos carecían de aquello, ya que los rechazos abundaban mucho más que la aceptación.

En el gran salón Ulraunt se mantenía en una alta silla, hasta ese momento había despachado con la negativa a caso trescientos individuos, una cantidad enorme si pensamos que pocas veces un mercenario había pisado esos salones. Un guardia se le acerco, mencionando algunos individuos que habían llegado en última instancia y que al parecer podían serle de utilidad. Ulraunt despacho al guardia, mientras hacía que las puertas se abrieran y el primero de esos individuos ingresara. Nada menos que un ratino, su peste fue más que notoria y obligo al mercader a taparse la nariz con un pañuelo, si bien la peste no era insoportable, para alguien como él era prácticamente una tortura, las ventanas fueron abiertas de par en par para que el aire fresco entrara al salón, de todas formas no se le permitió al ratino avanzar más allá del centro del salón, quien sabe que parásitos o alimañas habitaban en su cuerpo, a los pocos segundos Ulraunt quito el pañuelo de su rostro cuando el aire era más aceptable, seguido de un hombre claramente practicante de la nigromancia, aunque hubiera intentado ocultar sus artes, su apariencia distaba mucho de un sacerdote o un guerrero puro. Una bella criatura él siguió y a pesar de su rostro reptiliano, quizás más de un sentimiento hubiera hecho surgir en los guardias si hubieran visto bajo aquella capa, en voz baja y para sí mismo se dijo “Solo las bestias están dispuestas a acabar con sus iguales por el miserable oro”. Para terminar aquel variopinto grupo un hombre envuelto en una larga túnica y cubriéndose el rostro con la capucha se acerco, al parecer cada uno de los presentes demostraba el desagrado del aroma que expelía el roedor, los siguientes en llegar fueron tres enanos, sus cuerpos cortos y amplias barbas, entonaban con esos brazos fuertes y musculosos. Antes de poder hablar y dar comienzo a una pequeña charla, uno de los guardias cayó de espaldas y dio un pequeño grito, cuando un animal, mucho más grande que un perro común apoyaba sus patas sobre su pecho y le gruñía mostrando sus amarillentos dientes.

- Shirrva… ya tendrás tiempo de comer, ahora son los negocios primero mi pequeña-

Un Schakal apareció en las puertas, seguido de otra hiena, un poco más pequeña que la primera, pero claramente agresiva o hambrienta, Shirrva salto desde el pecho del hombre, para quedarse junto a su amo y ser acariciada en la cabeza por sus garras, a su lado parecía un simple cachorro juguetón, pero cualquiera sabría que esos animales fácilmente podrían acabar con la vida de un ser humano. Las puertas del salón fueron cerradas, y varios guardias flanquearon esta antes de que el mercader comenzara a hablar. En cuando Ulraunt estaba por decir la primera palabra, una puerta se abrió, entrando un joven rápidamente, mientras arreglaba la espada en su cinto y se acercaba al mercader, algunas palabras se filtraron del susurro, pidiendo disculpas por su retraso y que deseaba ver a los candidatos, rápidamente Ulraunt acepto, aunque antes de que su hijo hablara, se levanto de su asiento y miro fijamente a cada uno de los presentes.

-Bienvenidos, soy Ulraunt líder del trono de hierro, al parecer mi hijo ha visto en ustedes cualidades que yo no he visto, a pesar de ello, confió en su juicio, el les guiara en nuestra petición *el joven se adelanto unos pasos frente a su padre y miro a los aventureros*-

-Les doy la bienvenida a todos, al parecer debimos de esperar mucho para ver candidatos aptos para nuestro encargo. Me presento, mi nombre es Sarevok, hijo de Ulraunt quien está sentado tras de mí, quien es el líder actual del trono de hierro. Ahora a los negocios, mi padre se excusa por no comentarlo el mismo, pero ha recibido el solo durante días a los candidatos y sus fuerzas han menguado, por ello yo seré quien les informe. * Ulraunt se levanto y haciendo una pequeña reverencia se retiro del salón, mientras se podía ver a lo lejos que aquellos días viendo mercenarios le habían agotado realmente, por su parte, el joven que se había presentado como Sarevok tomo cómodamente asiento donde instantes antes su padre había descansado* Bueno, comencemos … supongo que todos han debido de escuchar nuestra petición y la recompensa que otorgamos, algo ridículo realmente, si bien ninguno de ustedes esta aquí por deseos altruistas, si no por el dinero, se alegraran al saber que la recompensa no son dos monedas de oro, si no un poco más elevado que eso *dos puertas se abrieron de par en par, mientras varios sirvientes comenzaba a preparar una larga mesa con alimentos, carnes, verduras y frutas, vinos y agua fresca, platos exóticos y mundanos* Bien, como decía, la recompensa que daremos son 30 monedas de oro, mucho más de lo que era la inicio, 10 se entregaran al llegar a la mina y el restante, cuando el trabajo sea realizado *por primera vez se había nombrado a una mina y quien hubiera estado poniendo atención habría levantado una ceja inquisitivo* Bueno, al parecer todos son aptos a mis ojos, quizás mi padre tendría otra opinión, pero no veo a nadie más fuera de este salón… la misión que les encomendamos es muy simple. Cierta propiedad de nosotros, unas minas de hierro, han sido invadidas por kobold… nuestra petición es muy simple, diez monedas de oro por ir hacia las minas y veinte mas si logran limpiarlas de esas malditas bestias, aunque hay un punto que quiero recalcarles *sonriendo* hay mineros atrapados y a pesar de lo que se puede uno imaginar, nos importa que se mantengan con vida y trabajando para nosotros, así que también deben mantener con vida a los mineros que encuentren o libérenles si se encuentran prisioneros. *los sirvientes se habían marchado y habían dejado la mesa puesta* Si todos aceptan, por favor acompáñenme, la mesa está servida y quizás la espera ha sido demasiado larga... especialmente para las bestias-

Las hienas gruñeron mostrando sus colmillos, al igual que su amo, quien aprecia algo molesto por las palabras hacia su persona y sus pequeñas, de cualquier manera avanzaron hacia la mesa, que aunque ricamente servida, no contaba con esa opulencia que muchos mercaderes gustaban de demostrar, el Schakal agarro un trozo de carne con sus manos y simplemente se las arrojo a las hienas, estas comenzaron a gruñirse por la comida y casia pelear, pero un gruñido sonoro. En la mesa algunos comían, otros bebían, no todos con confianza de ese lugar, algunos no habían probado un bocado, aunque la comida se veía suculenta, por su parte el Schakal había tomado un trozo de carne y lo había tragado sin siquiera masticarlo, de reojo miraba a cada uno de los presentes, como su naturaleza era desconfiada, debía de ver quien era quien estaba cerca suyo. La rata aprecia más un puñado de harapos apestosos que el habían molestado al nariz más que algo de utilidad, pero la carne de cañón siempre es buena, la escamosa junto con el con aroma a muerte no parecían de mucha utilidad, al igual que el encapuchado, los enanos por otra parte serian de utilidad, ya que estos Vivian en la tierra y era buenos en ella.

Mientras los aventureros se mantenían comiendo, dos hombres entraron al salón y se juntaron con Sarevok, uno de ellos, el Clérigo Mulaheim, que parecía algo molesto y el otro, un hombre alto y de tez clara, vestido con una larga túnica negra y una sonrisa para anda agradable, después de unos minutos, en que Sarevok discutía con los hombres, para luego ambos hombres esperar sus órdenes. El joven Sarevok se giro hacia los aventureros, sonriendo tranquilamente.

-En cuanto terminen de comer partirán junto a dos de mis más leales sirvientes, El clérigo Mulaheim, al servicio de esta casa y Orobolan, un mago a mi servicio, estos les guiaran a las minas que están a un par de jornadas a caballo, se les entregaran monturas en los establos… y quizás algo mas acorde a los que no puedan montar o no puedan acercarse a los corceles *mirando a los antropomorfos y a los enanos* pero adelante, volveré en unos minutos para llevarles a los establos-

Si alguien miraba con más atención al clérigo, podría ver una mirada dura, y un rostro con cicatrices, su armadura era una simple pechera de hierro y bajo esta una camisa de malla, guanteletes de metal y lo que cubría sus piernas aprecia una túnica de cuero. Colgado de su cintura un cráneo humano con símbolos sacros y cruzando su hombro derecho, una gruesa cadena que sujetaba un pesado libro, en su espalda un martillo de guerra y en su cabeza una pequeña diadema de acero, como si fuera una corona de metal. Todo el conjunto demostraba que el clérigo no era precisamente un hombre de palabras, si no de actos. Por otra parte, el mago que estaba a su servicio, era completamente diferente, ataviado con una túnica negra y con algunos símbolos, parecía no portar ningún arma más que una pequeña daga en su cinto, su cabeza calva contrastaba con una pequeña barba en su rostro y unos ojos oscuros y penetrantes, una combinación curiosa, un mago claramente oscuro y un clérigo al servicio de algún dios.

Después de media hora, Sarevok volvió al salón, seguido de ambos individuos, ahora parecía llevar encima una armadura oscura, de algún metal desconocido, sonriéndoles, les pidió que les siguieran. Bajando escaleras y por pasillos no demoraron en bajar a la primera planta y llegar a los establos, ahí finos corceles, pero resistentes les esperaban, mientras que también, dos pequeñas carretas, tiradas por caballos igualmente, para aquellos que no pudieran montar. El plan a seguir era muy simple, avanzarían hasta el anochecer por el camino de Candelero, que se dirigía hacia el norte, al caer la noche acamparían en un lugar adecuado y descansarían, al amanecer seguirían, si todo salía bien, en dos jornadas de viaje podrían llegar a los limites de las tierras del Trono y también, al camino de Nashkell, con lo que en pocas horas llegarían al campamento minero y a las propias minas.


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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Kirnik el Miér Feb 13, 2013 4:03 pm

Impaciente aguardaba la llegada de alguien, que nos dijese lo que teníamos que hacer, mi nerviosismo se hacía notar y no es que me preocupara que clase de trabajo fuera, era simplemente que no me gustaba estar quieto y simplemente esperar, los candidatos fueron llegando, al poco tiempo de llegar yo llego un hombre.

-No me gusta.- Musite para mi mismo al verlo, los humanos no me gustan, saben rancios y además este, este tenía un aspecto amenazante y esas calaveras no ayudaban, sin evitarlo empecé a pensar como había conseguido esas calaveras, quizás se los había comido, que pena no poder comérmelos yo, este viaje me había dado hambre ¿y a quien no?
No me importaban mis compañeros o aliados, solo quería el oro, si ese brillante y reluciente oro que obtendría como recompensa, el tiempo pasaba, yo me entretenía simplemente hablando con ‘’patitas rancias’’ haciendo tiempo. Los mercenarios poco a poco se iban marchando, o los iban echando, hasta que en la sala solo quedaron los mas ‘’aptos’’ o quizás los más variopintos, un fuerte golpe llamo mi atención ¡UNA HIENA! ¡UNA HIENA ENORME! Mis ojos se abrieron de par en par y rápidamente, y tras un ligero chillido de queja me aleje tan rápido como pude de aquella bestia, quien había derribado a un guardia, durante la huida simplemente me había puesto detrás de un hombre encapuchado, no iba a dejar que aquellos chuchos se acercaran a mí, yo no soy comida, yo soy Kirnik.

Un hombre llamado Ulraunt se presento y él era el jefe, aunque estaba preocupado por las hienas, debía escucharlo atentamente, aunque siempre con un ojo vigilando al Schakal, pero en lugar de dar el las instrucciones fue un muchacho, el que empezó a hablar en nombre de su padre, aquí todos escurren el bulto ¡¿Cuánto me van a pagar?! Y fue entonces, como dulces campanadas escuche que el pago era mucho mayor sin poder evitarlo empecé a sonreír y a frotarme las manos deseoso de adquirir ese bonito oro brillante.
Otra puerta se abrió ¿Qué ocurre ahora? Me pregunte con pesadez, pero por lo menos ahora se trataban de buenas noticias, comida, me encanta la comida y… puag, vino, no me gusta el vino, ni el olor ni su sabor, pero no era momento, tenía que escuchar la misión y aunque con poca educación babee por la comida, estaba atento a las palabras de Saverok, sonreí al conocer la misión, adentrarse en las minas, de reojo mire a mis ‘’compañeros’’, un agujero bajo tierra oscuro, húmedo y reconfortante, como volver a casa, aunque no me gusto que la misión consistiera en salvar mineros, yo soy una rata no un ángel de la caridad, bueno al menos me pagarían por adelantado y eso a mí me vale, cuando nos ofrecieron ir a la mesa yo me estaba frotando las manos pero, el gruñido de aquella bestia me llamo la atención, me gire enseñando los incisivos, pero vi que no se trataba de mi sino del último comentario del humano llamado Saverok.

-Buen perro.-Dije mientras rápidamente me apartaba tanto como podía de esas bestias, si bien se que podría dejarlas atrás corriendo, estoy seguro que de querer matarme no dejarían de perseguirme y tarde o temprano, tal vez me alcanzarían, en aquella mesa yo era el más pequeño, más que el enano con lo que no podía estar sentado, me puse en pie de una silla y con apariencia de desesperación, empecé a coger cuanta carne tenia al abasto, mis sucias manos dejaron caer algunos insectos sobre la mesa, entre ellos una cucaracha, con rapidez y con una gran agilidad, atrape el insecto que había empezado a corretear, mi mano produjo un leve sonido en la mesa, como si la hubieran golpeado con una fuerza diminuta, tras atrapar la cucaracha, me la lleve a la boca y la mastique… ogh delicioso manjar, tras este mísero tentempié, agarre un trozo de carne y mostrando toda la educación que una rata puede tener empecé a roer la carne de mi plato, momento que aproveche para estudiar a todos los presentes, sin duda me preocupaban las hienas, rápidas, fuertes y como no… carnívoras, los enanos iugh, que asquito me dan los enanos, su carne es dura y sin demasiado sabor, además están llenos de pelo.
El humano me preocupaba también, esas calaveras no me inspiran confianza, pero si quieren hacer trampas, no hay nadie más tramposo que yo. Los otros 2 tampoco me gustan, pero si he de fingir, fingiré.
Termine de comer y saciar mi sed, ahora solo me quedaba seguir a otros 2 humanos, ¿Por qué siempre humanos?, es igual si quiero el dinero tendré que ir donde digan estos estúpidos humanos. Al poco rato tras aquella jugosa y sabrosa comida, nos encontrábamos en los establos, ¿tal vez se tratara del postre? Me dije a mi mismo dejando escapar sin querer, una malévola risa, que aunque esta se escuchaba muy bajita, era suficiente para que la escucharan los que estuvieran cerca de mí.
Los caballos no me dejarían acercarme, o bien por el olor o bien, porque la intención es comérselos al menos en mi caso, con lo cual tome la única opción subirme a una carreta, aunque no me gusta el hecho de quedarme encerrado con alguien, nada más subir lo que hice es irme hasta el final del espacio disponible de la carreta, en una esquina, ni siquiera era cómodo, pero esto lo hacía porque si tenía problemas estos solo podrían venir de frente, con la roída ropa que siempre llego cubrí gran parte de mi cuerpo, dejando ocultas las manos por completo, lo que ellos no verían es que bajo estas ropas, en mi pequeña aunque ágil mano izquierda, un cuchillo está preparado para ensartar e infectar al primero que quiera hacerme daño.

-‘’Kirnik conseguirá ese oro y ninguno de estos patanes lo impedirá’’- Eso era lo que pensaba de todos estos ‘’aliados’’ ninguno me gustaba y supongo que el sentimiento era mutuo. Una sonrisa malévola se esbozo en mi rostro. –‘’Bueno es saber que dispongo de tantos escudos’’- Me dije a mi mismo refiriéndome a estos compañeros.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Svadro el Vie Feb 22, 2013 12:07 am

Al final, Svadro fue guiado por unos guardias para entrar en un enorme salón, donde vio a otras... ¿Personas? Eran de lo más diversas. Había una rata enorme, alguien que parecía un dracónido, un hombre encapuchado, un jackal con sus mascotas, un grupete de enanos... El nigromante realmente no tenía ganas de fijarse cómo era el lugar en el que estaba, para prevenir alguna emboscada como lo haría alguien paranoico. No se sentía inseguro. No lo atacaron cuando estaba en las puertas de aquel lugar, ¿lo harán ahora? Lo dudaba mucho. El mercader, que se dio a conocer como Ulraunt, líder del trono de hierro, profirió algunas palabras al grupo de mercenarios para luego dejar que su hijo Sarevok continuara con la... ¿Conferencia? De algún modo debía llamarla Svadro. Ulraunt dio una reverencia para luego marcharse de aquél salón. Svadro lo miró con curiosidad, debía ser alguien realmente poderoso, con muchas influencias... Matarlo podría ser un gran golpe a la humanidad... Pero... Para el nigromante controlar su ira es un problema de primer orden, sólo pierde el control cuando sabe que está frente a humanos que no podrán defenderse. La gente podría decir que él es un cobarde, pero de hecho no lo es. Tan solo es... Prudente, cauto, sigiloso. Cuando uno se pone de meta exterminar a los malditos humanos que destruyen todo lo bueno en el mundo, se debe ser cauteloso y no tomarse ese objetivo a la ligera... Sarevok tomó asiento...

El hijo de Ulraunt ofreció... 30 monedas de oro justo cuando unas puertas se abieron para dar paso a muchos sirvientes que prepararon una larga mesa con alimentos, platos raros y mundanos... Y no faltaban las bebidas... Sarevok dijo que dará 10 de esas monedas al llegar a una mina... A la que deberán limpiar de unos molestos kóbolds y rescatar... "Rescatar" a los mineros que hay allí atrapados. - Ni loco los salvaré. A menos que me resulte beneficioso, los dejaré pudrirse bajo las piedras... - Pensó Svadro. Sarevok no había dicho que les pagará por matar a los kóbolds y rescatar a los mineros. Pagará solo por matar a los humanoides reptilianos... O al menos eso entendió Svadro... Luego fueron invitados a la mesa para cenar. Sarevok parecía particularmente amable.. Pero el nigromante no lo conocía, no podía decir eso de él...

Svadro se encaminó a la mesa pensando en esos molestos kóbolds. Esas criaturas reptilianas son realmente estúpidas, cobardes, y huyen cuando tienen heridas superficiales... Excepto cuando están intimidados por la presencia de un líder fuerte... El nigromante recordó un día en el que estuvo hablando con el Mago de Rojas Ropas sobre estas... Peculiares criaturas. Al parecer, los Kóbolds veneran a los dragones, y suelen vivir en lugares oscuros, escondiéndose de enemigos muy fuertes. Pero aún más importante, viven en lugares donde los dragones hacen sus nidos. Svadro recordó que a estos idiotas reptiles les gusta montar trampas y preparar emboscadas. Pues claro, son pequeños y débiles, deben encontrar la manera de sobreponerse a sus desventajas.

Svadro se sentó a la mesa y Sarevok volvió a hablar acompañado de un hombre que vestía una pechera de hierro, que de su cintura colgaba un cráneo, y que en su espalda tenía un martillo. También lo acompañaba un hombre alto vestido con una túnica negra. Este sonreía macabramente, algo que Svadro recibió con... ¿Disgusto? Sería su primera víctima en cuanto pudiera ponerle las manos encima... Sarevok anunció que luego de cenar partirían junto a sus dos "sirvientes más leales" para ir directamente a las minas. Y eso sería dentro de unos minutos. Frente a Svadro se sentó un enano acompañado de otros dos. Este enano mostró un movimiento con su cabeza, como saludando a alguien a quien conoces poco pero al que saludas por amabilidad. Svadro respondió el saludo del enano con un movimiento similar, y luego de mirar un poco a su alrededor se dispuso a hablar con Ferrú. - Buen señor enano, ¿Cómo ha terminado aquí? ¿No le resulta raro que estos burgueses no puedan enfrentarse a unos simples Kobolds? Son criaturas idiotas. -

-Conocí a estos dos en un bar y me dijeron que los acompañe hasta aquí, que estaban necesitando ayuda... No estoy muy seguro de que sean Kobolds, es más, no me hago una idea de que son, pero tal vez... No sé, no querrán arriesgar la vida de algún inútil acomodado que esté entre sus filas. Me da igual, no vine por el dinero, solo por algo de acción y al parecer vamos a tener un tanto ¿Y tu? ¿Como es que has llegado? ¿Rodando por una montaña, tal vez? Estás bastante sucio - El enano pronunció estas palabras en tono de broma y riéndose.

- ¿Rodando por una montaña? No mi querido enano, verá... Sufrí ciertas... Peripecias en el viaje, meros obstáculos que requirieron fuerza bruta y una pizca de inteligencia. Meros obstáculos, meros inútiles. Como verás, desembarazarse de tales desgracias llevó a que me ensuciase... Lamentable... Pero no me preocupa. Ahora mismo soy un caminante sin rumbo, sin hogar ni destino. Pero necesito un lugar fijo y este lugar me lo ofrece gracias a la jugosa recompensa... Los kóbolds son criaturas humanoides reptilianas, algo así como dragoncitos bípedos de tu tamaño. Son realmente estúpidos, así que no entiendo por qué tiene el Trono tantos problemas. Hay algo realmente raro detrás de todo esto... -

- ¿Acaso haz dicho reptiles? - El enano abrió en gran manera sus ojos, parecía estar asombrado. - Espero haber oído mal... Les tengo asco, fobia. Bueno, pero no viene al caso ¿Crees que hay algo detrás de todo esto? Cuéntame, que yo no logro darme cuenta si es que algo está pasando. A mi no me parece nada raro, le pagan a un par de mercenarios por limpiar algo que ellos no quieren. Es un trabajo sucio y feo, y a ningún lindo burgués de por aquí creo que le guste hacer este tipo de trabajos - - Emmhh... Señor enano, ¿Cuál es su nombre? El mío es Svadro, a su servicio... - Sentado como estaba, el nigromante inclinó parte de cuerpo como si quisiera hacer una reverencia. - Lo raro de todo esto es que ofrecen 30 monedas de oro por limpiar una mina aparentemente "plagada" de kóbolds. Estos reptiles humanoides son idiotas, tontos, solo pueden causar un daño considerable a alguien cuando son muchos en número y poseen a un líder MUY capacitado. El Trono no envió sus tropas al parecer. Y ahora envía a mercenarios. Tiene toda la pinta de ser una trampa. -

- Ferrú... - Dijo respondiendo a la pregunta del nombre - ¿Crees que pueda ser una trampa? Hombre, creo que estás algo paranoico ¿Cuales crees que puedan ser las razones para tendernos una trampa a nosotros? Somos completos desconocidos para ellos, han pasado cientos de guerreros y nos han seleccionado para hacer una limpieza. Hemos encajado en los parámetros que ellos necesitan, gente se maneje en la oscuridad, la mugre y los lugares pequeños y apretados. Míranos, somos pequeños, sucios, sin miedo. -

Svadro comenzó a negar con su cabeza mientras terminaba de comer unos trozos de carne de venado con papas asadas... Pero realmente no tenía ganas de comer, así que su plato aún tenía bastante comida cuando lo dejó. Ya había pasado el tiempo y todos ya debían ponerse en marcha. Bajando escaleras y transitando pasillos llegaron a la primera planta y a donde estaban los establos. Allí Svadro se acercó a un caballo de pelaje negro del cual no supo su nombre. Mentalmente lo nombró Trakos, en honor al perro que tuvo en la infancia. Pero no tuvo ningún otro tipo de afecto con aquel corcel, pues pensaba que tarde o temprano iba a morir. Luego Svadro se acercó al mago de negra túnica, Orobolam creía que se llamaba, pero realmente no lo recordaba.

- ¿A qué minas nos dirigimos? - Svadro habló secamente, realmente no tenía ganas de hablar con aquel humano, pero debía conseguir información. Aquel mago sonrió como si la pregunta le hubiera hecho recordar un instante gracioso de su existencia. - Pues es natural ... vamos a las minas de hierro de propiedad del Trono, no por nada se hace llamar "El Trono de Hierro" - - Pues puede llamarse así porque los burgueses que se sientan allí les gusta sentir en sus traseros un buen trozo de algo frío y ferroso... - Pensó Svadro. En su mente intentó ser grosero y agresivo, pero tal vez no lo logró...

- Pareciera que les va bien en el negocio... ¿Qué es lo que abastecen esas minas que lucran tanto? - El mago llevó su dedo a sus labios y simplemente hizo un ademán de silencio. - Es mejor que algunas cosas no se sepan ... No querríamos que hubieran "accidentes" por saber demasiado ... ¿No cree joven?, tan solo tenga en cuenta lo siguiente, mientras mas tiempo se demore nuevamente en producir, habrán mas problemas... - Eso sonaba realmente misterioso... Y sospechoso. Svadro intentó cambiar el tema, preguntando por los Kóbolds. - ¿Qué sabes de los Kóbolds? Me gustaría saber cuantos son, la manera en la que estuvieron atacando... Y si hay algún líder visible. - -Simplemente son bestias, entraron por quien sabe donde y mataron lo que tenían por frente, no hay que ser muy inteligente para saberlo ... por otro lado ... no sabemos cuanto son... - Empezó a negar con una sonrisa. - ... Quizás veinte, quizás mil, únicamente sabemos que son muchos y que infestan las minas... Debe de haber algo, los Kóbold no son muy listos y prácticamente son cobardes, ante un grupo armado huirían como perros, pero estos son diferentes ... Se agrupan y parecieran temer mas a "algo" que a los propios guardias o soldados. - - ¿Y acaso no enviaron guardias para solucionar el problema? - -¿Quién dice que no hemos enviado? ... - Y Svadro calló por unos minutos, ya tendría tiempo luego para preguntarles más cosas a aquel mago y a aquel clérigo.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Murkia el Mar Feb 26, 2013 6:32 am

Los ojos de Murkia se movían con rapidez por la sala. La entrada había sido completamente inesperada, dado que no esperaba en ningún caso que superar aquella prueba, si es que se le podía llamar de ese modo, resultará tan sencillo. Desde un principio había asumido que le iba a resultar costoso el convencer a aquellos seres de que, bajo aquel pequeño cuerpo, se escondía una fiera guerrera, mas no había resultado necesario en ningún caso- Por una vez parece que la apariencia de monstruo tiene alguna utilidad, aparte de la de despertar desprecios por todo Noreth

Ante ella andaban dos criaturas, una especialmente pequeña y, según parecía a primera vista, bastante sucia, con lo cual no resultaba difícil imaginar el proceder de tal desagradable aroma- Parece un ratido - pensó Murkia, mientras lo observaba avanzar por la sala. A su lado había alguien que parecía un humano. Una vez frenaron sus pasos, a la espera, aprovecho aquellos instantes para observar al resto de los que, si no se equivocaba, iban a ser sus futuros compañeros de misión. A su lado apareció un ser encapuchado, impidiendo que pudiera visualizar sus rasgos. Luego aparecieron tres enanos a sus espaldas, imposibles de no reconocer con sus largas barbas, personajes comunes en las historias y leyendas que corrían por Noreth, para delicia de la sauria.

Y finalmente, cuando ya parecía que estaban todos los participantes del acto, un gran estruendo resonó en la puerta que se encontraba detrás de ellos, acontecimiento que hizo que Murk girará la cabeza, buscando con interés el origen de todo aquello, curiosidad que fue saciada tan pronto como observo aquel animal colocado justo encima del guardia- Una… ¿Hiena? - pensó, no sin sorpresa. Mas, mayor fue su asombró al observar con que obediencia seguía las instrucciones de un extraño ser, no muy diferente al animal, pero cuya raza resultaba completamente desconocida para la sauria. Por la desconfianza que causa la ignorancia, apartó la mirada rápidamente, dirigiéndola de nuevo al frente.

Un ligero respingo atravesó el cuerpo de Murkia al sentir como las puertas se cerraban a sus espaldas- Está claro que no tienen deseo alguno de dejarnos salir - pensó mientras observaba con atención al humano que tenía aposentado ante ella. Tenía un rostro atemporal, el cual no daba información alguna respecto a la edad del sujeto, y una barba castaña que emparejaba con la calidez de sus vestiduras, de rojo carmesí. Sus labios se entreabrieron, con intención de hablar, cuando las puertas volvieron a ser abiertas, interrumpiendo su movimiento. Unos pasos acelerados anduvieron hasta el lugar donde se encontraba sentado aquel hombre, los cuales hablaron durante unos minutos. Finalmente, después de aquello, la conversación empezó.

El hombre se dio a conocer como Ulraunt, y el joven que había llegado como Sarevok, su hijo. Una vez realizadas las presentaciones pertinentes, el hombre, el cual una vez en pie mostraba ciertos gestos de cansancio, se marchó, mientras Sarevok continuaba con la explicación de la misión. Una sombra de sospecha cruzó la mente de la joven sauria al observar el desproporcionado aumento de sueldo que acababan de recibir todos a cambio de la misión- Esto no suena en absoluto bien... Nadie paga tanto por una simple limpieza - pensó, mientras mantenía el rostro impávido, escuchando con atención. Fue entonces cuando el verdadero motivo de todo aquello fue desvelado: Las minas habían sido invadidas por Kobold, unas bestias que escapaban al conocimiento de Murk- Maravilloso - pensó mientras suspiraba por lo bajo, y se arrebujaba bajo su capa- No comprendo cómo esperan que un grupo tan reducido sea capaz de cumplir tal número de objetivos. Algo me dice que nos tendremos que conformar con las diez monedas de oro

A pesar de sus sombrías ideas, ningún gesto de la sauria desveló lo que pasaba por su mente, al contrario, cuando todo el grupo empezó a moverse, muy discretamente se condujo hasta la mesa, la cual, mientras duraba la conversación, fue servida con gran diligencia. Sin dudarlo, empezó a comer con cierta avidez, deseando que su estómago pudiera pasar unos días sin comer, aunque sin llegar al punto de hinchar sus tripas exageradamente. Si bien aún le quedaba carne en el zurrón, prefería estar lo más fuerte posible para lo que se le venía encima.

Sus compañeros parecían bastante concentrados en la comida, especialmente la rata, que devoraba como si aquella fuera su última comida. Pero, por suerte, un curioso dialogo empezó a desarrollarse muy cerca suyo, el cual, si su vista no la engañaba, se había creado entre uno de los enanos y el humano. Gracias a esa conversación fue capaz de empezar a imaginarse a los Kobold, los cuales, según su descripción, no eran muy diferentes a Murkia- Aunque puede que sea mentira y solo lo cuente para ganarse la confianza del enano, nunca se sabe - pensó, mientras devoraba los últimos trozos de carne.

Una vez terminó, fue capaz de fijarse en los seres que, según Sarevok, los acompañarían en la misión. Ambos parecían humanos, uno tenía el rostro lleno de cicatrices, vestía con una pechera de hierro, llevaba colgado del cinturón una calavera y por el hombro le cruzaba una gruesa cadena- Ojala contara con tu aspecto bondadoso Khan - el otro, en cambio, vestía únicamente con una túnica negra, y no parecía ir especialmente armado

Finalmente, el momento de la partida llego. Sin dudarlo, Murkia se levantó, se aseguró de llevar en su sitio todos sus efectos personales, y siguió al grupo, encontrándose de nuevo detrás del hombre y el ratido. Dado que no le resultaba agradable parlamentar con desconocidos, mantuvo su férreo silencio mientras andaba, observando atentamente a sus compañeros y los lugares por los cuales iban cruzando, mientras bajaban las escaleras y al salir.

No tuvo ningún reparo en elegir uno de los carros como medio de transporte, dada su nula habilidad a la hora de montar aquellos animales cuadrúpedos. Tan pronto como vio que la rata subía a uno de los carros, decidió subirse en el otro, evitando de este modo un incómodo viaje acompañada por aquel penetrante hedor. Una vez dentro, se acomodó de uno de los extremos, recolocándose el escudo y encogiendo las patas, para que no resultaran una molestia. Solo quedaba esperar.

- Queridos Kobolds, mis parientes, espero que estéis aprovechando bien vuestras ultimas horas, porque os aseguro que, más pronto que tarde, los amaneceres terminaran para vosotros
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

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