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El Trono de Hierro Capitulo I y II

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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Kiluyu el Miér Feb 27, 2013 5:22 pm


Honestamente, no esperaba ser admitido. Y mucho menos lo deseaba. Cuando las puertas del salón se abrieron ante mí, dudé en dar un paso al frente e ingresar en esa estancia, que aparentaba ser aún más lujosa que el recibidor en el que me encontraba. Los gritos y forcejeos de aquellos que habían sido rechazados en ese misterioso proceso de elección se desvanecían poco a poco a medida que atravesaba ese lujoso portal. No comprendía todavía la razón por la cual yo había sido elegido, rodeado por experimentados guerreros y seres que, indudablemente, eran mucho más capaces que yo. Sin embargo, más extraño me resultaba el hecho de que un trabajo tan sencillo como lo era una “limpieza” hubiera generado semejante convocatoria, y, además, una recepción tan… grandilocuente. Evidentemente, la recompensa de dos monedas de oro era algo jugosa, pero no creía que algo así justificara un viaje desde Phonterek hasta aquí. No, algo más grande debían de traerse entre manos. Algo que, en poco tiempo, sería develado.

Tan solo con dar los primeros pasos dentro de ese ostentoso salón, un hedor terriblemente intenso embistió mis fosas nasales. Anteriormente había tenido que soportar pestes semejantes, pero, sin lugar a dudas, esta superaba con creces cualquier otro evento pasado. Era insoportable, como si estuvieran acuchillando mi nariz y mi cerebro al mismo tiempo. El estómago se me revolvía y me había asaltado un ligero mareo, pero supe sobreponerme ante ese violento golpe utilizando mis conocimientos. Saqué una pequeña hoja de menta de una de las bolsitas de hierbas de mi morral, la cual coloqué encima de mí boca, ahuyentando en cierta manera esa pestilencia que amenazaba con dejar hecho trizas mi sensible olfato.

Tamaña hediondez hacía contraste con la pulcritud de la enorme estancia, cuidada hasta el más mínimo detalle seguramente gracias al capricho de aquellos ricos burgueses. Mirando a mí alrededor, hallé entre los presentes a la fuente del vomitivo hedor: un rátido de enormes proporciones, cuyo repugnante aspecto resaltaba entre el piso repleto de cerámicos de hermosos colores. No parecía darse cuenta del efecto que causaba a su alrededor, o si lo hacía pero no le daba importancia. Y aquellos a su alrededor simplemente le ignoraban, no le decían palabra alguna, en todo caso lo estudiaban al igual que yo. Solo entonces me fijé en los otros “elegidos” para este trabajillo. Aparte de ese apestoso rátido, también se encontraba un hombre de negras y sucias vestiduras, cuyo aspecto a destacar eran las numerosas calaveras en las que se rodeaba, es decir, un nigromante. Debo admitir que nunca me agradaron los nigromantes, son seres que rompen el equilibrio de la vida y la muerte, y todo con el único fin de que los profanados cuerpos de los fallecidos les sirvieran para sus propios beneficios. Indignante.El, o la, siguiente era una especie de reptil con cierta similitud a un… a un dragón. Una larga capa negra, parecida a la mía, cubría su cuerpo por completo, dejando tan solo al descubierto su cabeza cubierta de escamas. No estaba seguro de su raza, ni de su procedencia. Mis conocimientos del mundo y de los seres que lo recorren eran vastos gracias a las historias y los saberes que había heredado de mi mentor, sin embargo, aún existían muchas cosas que escapaban de mi preparación. Y esa criatura era totalmente desconocida para mí. Fascinante, ciertamente fascinante. Cerraban la marcha un grupo de tres enanos que parecían salidos de un bar de feria. Aunque no se veían tan amenazadores ni escalofriantes, mucho menos repugnantes, como los otros integrantes del pequeño grupo.

Frente a nosotros, un hombre de ricas vestiduras descansaba sobre una alta silla de madera, magníficamente labrada. Evidente era que estaba agotado, olía a sudor, su respiración era pausada ¿Cuánto tiempo había estado allí, recibiendo y evaluando mercenarios? Más cuando se disponía a hablar, otro aroma se hizo presente, abriéndose paso entre el hedor de aquel rátido. Sin embargo, el mismo tampoco era agradable. Olía… olía a sed de sangre. Un grito le siguió casi instantáneamente, y, en un veloz reflejo, voltee a ver lo que sucedía. Una criatura, un animal cuadrúpedo, gruñía a un asustado guardia tirado en el suelo, sujetándolo con las patas delanteras mientras le enseñaba un par de hileras de filosos colmillos. Era una hiena. Detrás de él, una orden detuvo su accionar. Un ser humanoide, de rasgos muy similares a esa bestia, se presentaba ante nosotros, cruzando el portal de la entrada, llevando consigo otra de esas criaturas, algo más pequeña, pero sin duda igual de feroz. Esta raza si la conocía, era un Schakal, un hombre-hiena de los desiertos del este. A su vez, un chillido surgió cerca de mi posición, bastante cerca a decir verdad. Y el hedor de la rata también se intensificó. Logré ver que el susodicho, en un intento de alejarse de los nuevos visitantes, buscó refugio en mi sombra, detrás de mí. Esto, claramente, significaba una tortura aún mayor para mi sensible olfato, al concentrarse aún más la terrible peste que emanaba. No pude evitar llevarme la mano a la nariz y taparla, mientras mantenía la respiración el mayor tiempo posible, con la esperanza de que semejante pestilencia cambiara de lugar. No lo soportaba, sencillamente no lo soportaba.

La puerta fue cerrada, y unos guardias flanquearon la misma, sin intención alguna de dejar paso. Según parece, esta será una reunión privada. El opulento señor estaba dispuesto a hablar nuevamente, más una nueva interrupción lo acalló. Un joven ingresó a la estancia por otra puerta, su vestimenta era tanta o más exquisita que el mercader. Susurró en el oído del burgués palabras de las que poco alcancé a oír, más allá de una “disculpa por su retraso” y que “deseaba ver a los candidatos”. Lo demás simplemente lo identifiqué como incongruencias. El hombre asintió, y se dirigió a nosotros, presentándose como Ulraunt, líder de aquella asociación, “El Trono de Hierro”, haciendo clara que la elección fue realizada por parte de su hijo, el cual, al ser mencionado, dio un paso al frente, dándonos la bienvenida y presentándose a su vez, mientras excusaba a su padre de la labor de informarnos. Si mis compañeros me daban mala espina, este muchacho hacía que se me erizara el cabello. No sabía que era, no lograba reconocerlo ¿Esa sonrisa, tal vez? Prosiguió con su discurso, tras ocupar el lugar de su cansado padre. Escuché con atención sus palabras, acerca de la recompensa, cuya verdadera suma ascendía a treinta monedas de oro ¿Pero qué clase de trabajo haríamos en una mina que mereciera semejante paga? Disimulé mi disgusto, no tenía ánimos de seguir un juego de mentiras, y menos si la misma amenazaba de sobremanera mi propia vida. Dos puertas se abrieron nuevamente, donde un ejército de sirvientes comenzó a preparar en la sala largas mesas donde situaron distinguidos y exóticos manjares. Entonces, el joven, finalmente, nos reveló el verdadero fin de aquel trabajo. Kobolds. Querían que exterminásemos una plaga de los mismos en unas minas de hierro en su posesión, y que, además, rescatásemos a los trabajadores que permanecieran con vida. No creo haber sido el único con rostro incrédulo, ¿Tan solo nosotros, un pequeño grupo, nos adentráramos en un laberinto de minas para aniquilar a una armada de esos reptiles?

Finalizó su discurso, invitándonos a unirnos a aquel presuntuoso banquete. Sin otra opción, accedí a ello. La peste en el aire no se dispersaba, incluso con las ventanas abiertas y la hoja de menta en mi nariz. Me provocaba un fuerte dolor de cabeza, y no tenía apetito en lo más mínimo. Podía comer más adelante la carne seca que siempre llevaba almacenada en mi morral, más la misma era exclusivamente para emergencias. Por lo tanto, tomé asiento lo más alejado posible de aquella rata, y procedí a comer. Quedé asombrado por los platos y cubiertos de hierro y porcelana presentados ante cada comensal, cuya manufactura despertó mi curiosidad. El hierro de los tenedores y cuchillos estaba decorado con cientos de pequeñas formas, moldeados por manos expertas, y la porcelana de la vajilla no tenía ni una sola muesca o grieta, totalmente lisas, decoradas con imágenes de batallas y paisajes. Era muy bello, podía ver la pasión de su creador a la hora de elaborarlas, y las ansias de llegar a una obra maestra. No obstante, el resto de aquellos que debería llamar “compañeros” despreciaban semejantes obras de arte comiendo como salvajes, como si estuviesen en el medio de un bosque, usando las manos desnudas para ello. No importa, no los imitaría. Con la paciencia y la destreza inculcadas por mi mentor, manipulé aquellas herramientas, cortando un pequeño trozo de salmón rosado con salsa blanca, que presto me llevé a la boca. ¡Qué increíble sabor!

La voz de Sarevok, el hijo del mercader, alejó mi atención de la comida. Nos presentó a dos fieles sirvientes, un clérigo de mirada torva llamado Mulaheim y un mago de tenebrosa sonrisa nombrado Orobolan, quienes nos iban a acompañar hasta las minas. Sus presencias, sus actitudes, eran de personas seguras, imponentes, dignas de personas que, en su momento, habían segado vidas sin dudarlo.

Una conversación llegó a mis oídos. Aquel hombre que olía a muerte se había puesto a hablar con el enano. Dejaron claras sus opiniones al respecto de la misión encomendada. No distaba mucho de mis pensamientos, de que algo estaban ocultándonos. ¿Alguien, o algo, al que los kobolds temen más? ¿Un líder? Aunque a aquel enano, que se había presentado como Ferrú, le parecían paranoias, en algo estaban de acuerdo con el tal Svadro. En que encajábamos justo para una lucha en un espacio cerrado.

Algunos minutos después, como lo había prometido el joven, fuimos conducidos a los establos, donde los elementos para el viaje ya estaban preparados. Había carretas y caballos por igual, donde nos trasladaríamos. Miré uno de los regios corceles, uno de briosa mirada llamó mi atención. Los músculos en sus piernas denotaban una fuerza indómita, y un poder y energía exorbitante. Lamenté con todo mi corazón el no haber aprendido equitación en su momento. Sin embargo, mis ganas pudieron mucho más que mi cordura. Pedí ese caballo para mí, y monté rápidamente, imitando a los caballeros que había visto en la Ciudad Esmeralda. El caballo sintió mi presencia, y se movió algo intranquilo, más yo acerqué mi cabeza a su oído, e intenté calmarlo. Palpé su cuello, intenté todo para calmarle, sin embargo yo también estaba siendo contagiado por su nerviosismo. La bestia anhelaba salir, correr a esa noble criatura. El corcel parecía identificar mi aroma como el de un cazador, y su inquietud se hizo terriblemente evidente. Respiraba fuerte, movía los ojos como un loco, y no dejaba de golpear el piso con las patas.

¿Qué pasó después? Solté un gruñido de exasperación y se encabritó de tal manera que salí despedido por los aires. El vuelo aterrizó en un montón de paja acolchada acumulada en un rincón para que fuera utilizada por los caballos. Terminé de cabeza, la capa envolviéndome como un chorizo. Pese a lo cómico de la situación, mi enojo era palpable. Me incorporé con velocidad, prácticamente enseñando los dientes, con la rabia en mis venas. Reconozco que esa noble bestia no tenía la culpa, al ver mis gestos, su primitivo instinto hizo que se desesperara y alejara unos cuantos metros de distancia. Ver semejante escena provocó que el sediento monstruo dentro de mí golpeara con aún más insistencia, pero algo de cordura regresó e intenté serenarme. La cadena había cedido de nuevo, debía asegurarla. Resignado, regresé con el grupo, y decidí ir en carreta. Preferí no acompañar a la apestosa rata, por lo que tomé aquella donde viajaba la criatura reptiliana con una asombrosa semejanza a las criaturas aladas. Tome asiento con delicadeza, en un intento de serenarme, y saqué de la capa mi Sirjjken, mi flauta. La melodía surgió de ella, rodeando el ambiente con su tranquila música.

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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Sáb Mar 16, 2013 7:17 pm

Es hora de jugar con la vida
Haz girar la ruleta y contempla
Como con cada vuelta la muerte te acecha
Ahora observa tu fortuna
Y acepta lo que el destino a escogido para ti.

Christian Chacana 15 de marzo de 2013

Mientras los caballos y carretas salían de la fortaleza, una figura observaba desde lo más alto de las torres, contemplando como aquellos en que habían depositado su confianza se dirigían a cumplir su misión, motivados por la codicia más que por la bondad, las figuras se alejaban de la mole de roca y madera, el día recién comenzaba y aun quedaban mucho. Aquella figura se encontraba cansada, responsabilidades y poder, pero también un vacio en su interior, algo que el alimento no podía llenar y el cariño menos, como si se carcomiera por dentro lentamente. De pronto la puerta se abrió, mientras el hombre se giraba hacia la entrada de la habitación.

-Ah eres tu… ¿todo está en orden?... ya veo, espero que con esto se solucionen nuestros problemas, creo que buscar a mas “mercenarios aptos” sería una pérdida de tiempo… no claro que no desestimo tu esfuerza, únicamente me preocupa el bienestar del trono… ¿a qué te refieres con eso?... no me digas que tu…*sonido de una mesa rompiéndose y de un jarrón haciéndose añicos*-

Mas allá de las fronteras de la mole rocosa, los mercenarios caminaban o se encontraban cabalgando, al parecer la rata iba sola, ya que nadie se había acercado a esta, no por su apariencia repugnante, si no por aquel aroma tan profundo que exudaba su cuerpo y que hacía que hasta los propios caballos relincharan de disgusto. El grupo era variopinto, desde una bella lagarta de curvas pronunciadas, pasando por un Schakal con sus bestias, hasta un encapuchado de buen olfato y un nigromante que no ocultaba su procedencia, claro, sin olvidar al trió enano que viendo que las monturas no eran las acordes, habían abordado la carreta de la reptiliana y con tranquilidad, comenzaban a beberse el contenido de uno de los barriles que habían obtenido desde el Trono. Se puede decir que los enviados del trono hasta ese momento se habían mantenido distantes de los mercenarios, pero nada mas lejos de la realidad, Orobolan charlaba tranquilamente con aquel nigromante, mientras que Mulaheim hacia lo mismo con uno de los enanos, pero claro, los enviados solamente decían lo que los mercenarios deberían de saber, nada más. A pesar de que el grupo viajaba a una velocidad regular, sin apuros realmente, el Schakal se había alejado algo del grupo, avanzando entre las sombras del bosque seguido por sus bestias, tratando de tener otra visión de la situación. El viaje se alargo durante varios horas, mientras el sol cruzaba el cielo rápidamente y el hambre comenzaba hacer sonar los estómagos, fue Mulaheim quien hizo parar al grupo en al lado de un puente, una señal de madera mencionaba los lugares y la dirección a donde estaban, con tranquilidad Mulaheim desmonto su caballo, al igual que Orobolan.

-Comeremos aquí, no se pongan cómodos, en una hora más nos pondremos en marcha nuevamente *mirando seriamente a los mercenarios* aun estamos en el territorio del Trono, pero eso no significa que sea seguro, hay bestias y bandidos por esta zona, así que mantengan sus bocas llenas y ojos atentos-

Cada uno de los mercenarios se bajo de su montura o carro, los enanos aun festejaban… ¿que cosa? Solo ellos lo sabían, de cualquier manera, por petición de Orobolan no se prendió fuego, ya que no era bueno atraer miradas curiosas, a pesar de que se encontraban en territorios de propiedad del trono y los limites de estos se encontraban lejos, no era bueno dejarse vencer por la comodidad o la confianza. Mulaheim aguardo tranquilamente, sin probar bocado sobre el puente de roca, el embravecido rio golpeaba el pilón central, pero este, como lo había hecho durante los últimos cincuenta años, seguía sin inmutarse. Orobolan se había acercado a su compañero, compartiendo un par de palabras con el duro clérigo, mientras tranquilamente bebía de un odre oscuro como su capa y sonreía afiladamente, siempre mirando a los aventureros.

Cada uno de los presentes era guiado por uno o dos deseos, aunque claro, el dinero era algo que más de uno tenía en mente, aunque las dudas surgían como los hongos después de la lluvia de verano, ¿Por qué una organización tan poderosa como el trono contrataría simples mercenarios para algo que podría ser arreglado con un par de docenas de soldados? ¿Por qué tanto interés en los mineros? ¿Por qué aquellos dos enviados permanecían en silencio ante algunas preguntas? Dudas que de seguro más de uno se había hecho, mientras que otros simplemente no se preocupaban de ello.

Media hora había pasado, media hora en la cual el Schakal había aparecido desde los arboles con un ciervo a rastras, un animal que de seguro era un macho joven por su cornamenta, sin mucho tacto se sentó algo retirado de los demás, sacando su enorme espada y sin muchos modales, cortando el cuerpo del animal en dos, para después cortar nuevamente uno de los trozos en dos. Las hienas reían a carcajadas, esperando un bocado, y no se les hizo esperar, mientras el Schakal les daba a cada una un gran trozo de ciervo, estas parecían darse un festín, comiendo sus órganos con gula y arrancando la carne de los huesos, gruñendo de vez en cuando, posaban sus miradas en ellas, el Schakal arranco una de las patas delanteras y sin demorar, comenzó a comer la carne cruda como si fuera también una animal, algo no muy errado si de ponían a pensar.

Mas no demoro mucho que ambos individuos miraran hacia un punto de puente, y con una señal, Orobolan alzo las manos hacia el cielo, sonriendo de forma fría y repitiendo palabras de magia y poder “Lorem ipsum dolor sit amet”, una pequeña esfera oscura se formo entre sus dedos y con un simple gesto la lanzo hacia los arboles cercanos, al otro lado del puente, tan solo al desaparecer, una leve explosión surgió, mientras un denso humo oscuro inundaba la zona, rápidamente varios hombres y bestias salieron desde los arboles, tosiendo por el humano, sus rostros no demostraban placer realmente, sino mas bien molestia y odio.

-Al parecer no se contentaron con ser echados del trono *menciono Mulaheim*, ¡¿QUE DESEAN?!!-

Como respuesta, uno de los hombres saco su arco y sin pronunciar palabra disparo, claro que el clérigo se hizo a un lado, para ver como la flecha se clavaba en la madera del puente, Mulaheim sonrió, sacando su martillo y mirando a los mercenarios.

-VEAMOS DE LO QUE ESTÁN HECHOS Y SI MERECEN SU PAGA-

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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Miér Mar 12, 2014 3:08 am

Y las aguas se teñirán de rojo
Y sobre estas los cuerpos flotaran
Llevándose sus lágrimas y gemidos
Dejando únicamente a los guerreros
Probar el sabor de la sangre en sus labios
Y en sus armas.

Christian Chacana 11 de marzo de 2014


Como una horda de ratas, todas famélicas y con hambre, así mismo el schakal miraba a quienes les saludaban con gritos y furia. Mulaheim sonrió, el combate sería divertido y para el clérigo de Cyric, no había nada mejor que la batalla y la emoción de esta. Orobolan se mantenía tranquilo, a pesar de ser un simple mago, había demostrado que tenía más de un as bajo la mano y que si no se le mantenía vigilado, podría ser realmente peligroso. Los mercenarios contratados por el trono se levantaron con la primera señal de problemas, el nigromante, un simple mago oscuro, miro con atención a quienes comenzaban a intentar cruzar el rio… pobres idiotas, otros habían elegido disparar desde lo lejos, sus arcos se tensaban y lanzaban sus proyectiles, los cuales en general, chocaban contra la armadura del clérigo o su pesado escudo. Los enanos se habían levantado y aun después de beber varios litros de cerveza daca uno, parecían recién despiertos y frescos, maldita raza que parecía no tener contrincante en su aguante. La dama escamosa, y el hijo de la luna sacaron sus armas y corrieron hacia el puente, ahí lucharían… mas ¿Qué había pasado con la rata y el schakal?, el ratino, hijo de la gran rata obesa se había deslizado hasta abajo del puente y en la sombra, esperaba a quien fuera suficientemente imbécil como para acercarse. El schakal había desaparecido, algo común en su raza… por lo que el clérigo mascullo algunas maldiciones cuando el primer enemigo piso el puente.

La furia del orco solamente había crecido, cuando fue arrojado simplemente por los guardias del trono, sabía que no podría luchar en aquel lugar, donde de seguro moriría si daba algún signo de violencia, mas su furia e ira no eran solitarias y mientras caminaba por el bosque, había visto a varios, que molestos, mascullaban maldiciones e insultos para los mercaderes. Había sido el, quien incitando al venganza, habían recorrido largos kilómetros para llegar al lugar adecuado y montado aquella emboscada. Pero el maldito mago se había interpuesto y ahora todo el plan se había ido al demonio, solamente quedaba luchar. Portando un pesado garrote, había surgido desde los árboles, para plantar lucha contra el clérigo, hombre que ya él había despreciado cuando le examinaban.

-Orobolan *menciono el hombre creyente* no te metas, el orco es mío… hazte cargo de esos aprendices de mago que hay por ahí-

El oscurantista sonrió, mientras le daba la espalda al orco y corría en dirección contraria al puente, para acercarse hasta el nigromante con una sonrisa nada amigable. Por su lado el orco se había lanzado, el pesado garrote se levantó y descendió, el clérigo movió su escudo y el bloqueo, pero una mueca de esfuerzo en su rostro se marcó, cuando su rodilla debió de doblarse para soportar la enorme fuerza del orco. Pero el hombre “santo” no era tan débil, y sonriendo inclino su escudo, el garrote se deslizo, haciendo que el orco se inclinara hacia delante, momento en que el clérigo soltó su escudo y blandiendo con ambas manos su martillo, dio un poderoso golpe en el hombro del piel verde. Cualquiera cerca habría escuchado los huesos romperse ante aquel golpe, y no solo los huesos, si no la piel también. Mas no hay que menospreciar a los orcos y a pesar de la grave herida, sujeto con una sola mano el garrote e intento golpear al hombre. Mulaheim debió de inclinarse y apoyar todo su peso en una sola pierna, sintiendo claramente como su tobillo y rodilla se resentían, blandió su martillo nuevamente, esta vez desde abajo e impactando la mandíbula del orco. La sangre broto de los huesos rotos, al igual que los colmillos que salieron disparados. El orco retrocedió, pero no lo suficientemente rápido como para que el clérigo se abalanzara contra él, aprovechando el momento y ayudado por la curva del puente, el orco tropezó, cayendo de espaldas. Mulaheim sostuvo su arma con ambas manos y con un grito de furia, golpeo el cráneo del orco, que sin poder aguantar el metal, se destrozó, hundiéndose profundamente y dejando que tanto masa encefálica como sangre se esparcieran por el lugar, como una mancha nauseabunda.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Miér Mar 12, 2014 8:27 pm

Y como una plaga de moscas
Estos cayeron uno a uno
Tapizando el suelo y las aguas
Contaminando con su infame presencia
Todo lo existente sobre la tierra.

Christian Chacana 12 de marzo de 2014



Combates desperdigados por todos lados, como motas de polvo al abrir una puerta largamente cerrada. Mulaheim había acabado con su enemigo y ahora se lanzaba contra aquellos que aún no se habían decidido a luchar tras el puente. Orobolan se había acercado al nigromante, y sonriéndole miro con tranquilidad hacia los que cruzaban el crio a pie, como si fueran simples conejos el oscurantista les contemplo, empuñando su daga y pronunciando tres palabras “Impérate Sufriris Blodaris”. Orobolan… maestro oscurantista del Trono, siervo de Sarevok  y quizás uno de los más inhumanos hombres que habían pisado esa tierra, demostraría lo que valía y por qué servía a aquel muchacho. Con un movimiento blandió su daga, como si apuñalara el aire, surgiendo desde su filo una larga cuchilla hecha de sombra, al cual literalmente corto el rio en dos por una fracción de segundo. Los sorprendidos enemigos no pudieron reaccionar, cuando sintieron que sus cuerpos eran partidos por la mitad y el agua se teñía de rojo, incluso dos magos que hasta ese momento habían preparado sus conjuros, cayeron al suelo, con parte de sus cuerpos cortados limpiamente, aún más que lo que podría cortar una navaja.  El nigromante se asombró de aquel poder, mas también de las consecuencias del propio, ya que Orobolan rápidamente oculto su mano entre sus ropas, no antes de que Svadro viera como esta se había puesto negra, al igual que una mano muerta… el poder había que pagarse y aquella cuchilla de sombras, había tenido un alto precio.

Los enanos se enfrascaban en una lucha de igual a igual, sus enemigos no habían sido más que otros enanos, que viendo su honor manchado y su orgullo destrozado por simples humanos, se habían vuelto en contra de estos. Hacha contra hacha, escudo contra escudo, una lucha de iguales, aunque unos llenos de furia y otros de orgullo. El licántropo y la mujer reptil se habían enfrascado en una lucha de espadachines, sus contrincantes  eran más experimentados y con suerte podían defenderse de su ataques, pero la vitalidad de la reptil era superior y cuando su oponente demostró un instante de cansancio, ella le azoto con su cola, que cual látigo, impacto en su rostro, lanzándolo al suelo, conde su vida termino con una espada clavada en su pecho, el licántropo por su lado, había tomado un mal oponente,  el hombre parecía anciano, pero sus movimientos eran demasiado agiles, incluso para el hijo de la luna, que con cada embestida esquivada, recibía algún corte en su cuerpo, su lucha sería difícil, aunque no tanto como las que vendían.

¿Y el schakal? Esa pregunta más de uno se había hecho, pero la respuesta fue clara, gritos provenientes de los árboles y una enorme criatura, una de las hienas, saltando desde los árboles, con  el cuerpo de un hombre colgando desde sus mandíbulas. Shirrva zarandeo el cuerpo, el cual termino por ser arrojado al agua que ya llevaba más de un cadáver y  con la misma rapidez que había surgido, volvió al interior del bosque. Entre sombras y penumbras, el schakal había comenzado una matanza, los arqueros se habían despreocupados y el primero en ser atacado dio la alarma, aunque claro, el machete del hombre bestia ya se había incrustado en su hombro y cercenado el brazo limpiamente, el resto lo había hecho Carrack, abalanzándose ante el sorprendido y herido arquero y cerrando sus mandíbulas en su rostro, triturando su cráneo. Como si fuera un festival, las hienas no podían evitar reírse, al igual que su “hermano mayor”, quien disfrutaba de la batalla o la masacre. Los arqueros intentaron escapar, pero en su huida, uno a uno caían, alcanzados por las hienas que les cazaban, cual cervatillos asustados, o el schakal que les alcanzaba con sus garras o su espada, recibiendo profundos cortes en la espalda que literalmente rompían sus costillas o tajos en su carne, cortando todo lo que tenían por frente. Mas con cada cadáver que caía al suelo, un enemigo era derribado y se abría el paso hacia las minas.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Jue Mar 13, 2014 1:49 am

En este mundo hay muchas cosas terribles
Más ninguna como la de una madre que protege
Ya que no importa lo débil que sea la progenitora
Cuando una de sus crías es lastimada
Se convierte en el ser más terrible del mundo.

Christian Chacana 12 de marzo de 2014



La lucha parecía estar de lado de los mercenarios, ya que hasta ese momento, habían demostrado, no todos eso si, por que habían sido seleccionados, mas los acontecimientos siempre son fortuitos y a veces la suerte no siempre favorece a los fuertes. La lucha en el bosque parecía una matanza, el schakal y las hienas se daban un festín de sangre y muerte, más un grito hizo que Tarr se detuviera en seco, girándose asustado, un quejido, bastante largo… el schakal dio un grito, casi un rugido cargado de miedo y a la vez de terror, como la de una madre al escuchar gritar a su cría.

-¡¡CARRACK!!-

Grito, guardando su arma en su espalda y como si fuera una misma bestia, corrió en cuatro patas por las sombras del bosque, el quejido se hacía más cercano, y profundo. La luz se filtraba entre las copas y cuando el ruido del agua se marcó, Tarr surgió del bosque, para ver con ira la situación, una de sus hienas, la más pequeña, estaba tirada en las rocas, su pata delantera se encontraba atravesada por una flecha y no muy lejos, tres hombres apuntaban sus arcos a la bestia herida, para terminar con su vida… craso error. El schakal dio un grito, un grito llena de furia y sin medir consecuencias se lanzó contra los humanos... con ansias de matar y tener venganza.

Los cazadores, un trió que más de una vez había cazado junto grandes bestias, habían sido despreciados y rechazados por el Trono de Hierro y en represalia, se habían unido al orco, ahora demostraban sus dotes derribando a la bestia, no se requirió más de una flecha bien dada para que no pudiera moverse. Mas ahora se enfrentaban al amo de bestias un enemigo no tan fácil de abatir. Las dos primeras flechas fueron esquivadas por la bestia enfurecida, mientras dejaba ver su ojo inyectado de sangre y su arma desenfundada. Mas la tercera no tuvo tan mala suerte y esta se incrusto en la pierna del schakal, sufriendo por el otro lado del muslo, el cazador sonrió… más el schakal estaba enloquecido y a pesar del dolor siguió avanzando, casi sin perder velocidad y antes de que los cazadores pudieran recargar, su verdugo estaba frente a ellos. Tarr-Kurr… el schakal, estaba enloquecido, su lengua se movía libremente cuando abrió sus fauces y descargo toda su ira contra el pobre cazador, que sin poderlo evitar y tratando de protegerse con su arco, solo sintió como el filo rompía la madera y cortaba carne y hueso, su antebrazo derecho cayó al suelo, aun sosteniendo el arco.

Ira y furia se entremezclaban, cuando un nuevo golpe se dio, esta vez el schakal había arrojado su arma lejos y sus propias garras se incrustaron en la garganta del cazador, apretando e incrustándose en su carne. Su compañero había recargado y apuntando hacia la bestia disparo, incrustándose en la carne …  de su compañero, la maldita bestia le había usado como escudo y con violencia arrojo al cazador su compañero, impactando con violencia y escuchándose un gemido de dolor. EL tercer cazador había levantado su arco, apuntando hacia la cabeza del hombre bestia, mas antes de poder soltarla, un enrome peso cayó encima de él, sintiendo las garras animales en su espalda y sin poderlo evitar, los colmillos en la parte baja de su nuca… la segunda hiena, Shirrva, había escuchado los gemidos y el grito de su amo y raudamente había acudido. No pudo responder el tercer cazador, cuando los colmillos se cerraron en su cuello y con un violento golpe, quebrado este.

El cazador vio que su compañero estaba muerto sobre él y que el schakal se acercaba a este, cojeando levemente y aun con furia, únicamente se había detenido para recoger su arma, pero esta había sido enfundada… no, no le daría una muerte rápida, sino una justa. Los gritos del hombre eran más que claros, y más de una mirada se clavó en la escena, cuando Tarr-Kurr agarro el cabello del cazador y lo arrastro por el suelo rocoso, en dirección de su “hermano menor”, Carrack. La hiena no se había movido y únicamente había lamido su pata y la sangre que brotaba de esta, con desprecio el schakal arrojo al cazador frente a su hiena y esta le miro un instante, para comprender lo que pasaría. EL cazador intento huir, pero un puntapié se lo evito, golpeando su rostro sin misericordia y empujándolo hasta la hiena, que abriendo sus fauces atrapo el brazo del hombre y sin mucho esfuerzo, lo rompió, haciendo que gritara, con un movimiento de su poderoso cuello, el brazo fue arrancado  limpiamente, dejando que la sangre  brotara a raudales por la herida. El schakal gruño y produjo un extraño sonido desde sus fauces, la hiena hembra se abalanzó contra el cazador y comenzó a despedazarlo, mientras entre gritos y risas animales, el schakal arrancaba la flecha de la pata de su compañero y cortando un trozo de tela de sus ropas, vendaba la herida, que poco a poco dejaba de sangrar. Antes de siquiera preocuparse por su propia herida, la cual comenzaba a sangrar.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Vie Mar 14, 2014 4:59 am

Se cosecha lo que se siembra
Aun cuando sea muerte y desesperación
Aun cuando sea codicia y ambición
Cada uno recibe lo que se merece
Con sus experiencias e historias.

Christian Chacana 13 de marzo de 2014

El schakal estaba más preocupado de sus mascotas que de sí mismo, al adrenalina aun recorría sus venas y arterias, cuando se dio cuenta de la flecha que el atravesaba el muslo, una herida similar a la de su hermano menor. Se puede pensar que criaturas como los schakales no tendrían aprecio por nada ni nadie, excepto por sí mismos, mas Tarr era diferente, su verdadera familia eran aquellas dos monstruosidades y no los seres que habitaban ene l oasis. Sosteniendo la parte trasera de la flecha, al quebró con facilidad, mas no con poco dolor y de un rápido tirón, deslizo la punta de la flecha para que saliera limpiamente. Como si fuera algo común y en realidad lo era, ya que su cuerpo tenía más de una cicatriz y marca de luchas, arranco parte de sus vendajes de sus manos y cubrió la herida que había en su muslo, apretando lo suficiente como para no sangrar. Lentamente camino, cojeando, mientras Carrack se levantaba y apoyando apenas su pata, siguió a su hermano mayor, protegidos por la hiena hembra, la monstruosa Shirrva.

La lucha había parecido acabar, el nigromante se había hecho con el control de varios cadáveres y masacrado a los heridos, la escamosa hembra había acabado con algunos oponentes y ahora se limpiaba las escamas en las frescas aguas, mientras varios cadáveres flotaban rio abajo, donde algunos eran atrapados por la rata y despojado de todo lo de valor o utilidad. El licántropo había hecho gala de su raza y especie, demostrando la brutalidad que podían infringir los hijos de la luna, despedazando a su presa, en este caso, un viejo espadachín, que si bien había logrado herir al cambia forma, había perdido la vida cuando un zarpazo le había roto las costillas y había predicho el final de su existencia. Los enanos habían tenido una batalla interesante, sus oponentes habían estado a su altura y aunque habían sido derrotados, el trio les había perdonado la vida, ya que habían recuperado su honor en la lucha. Mulaheim y Orobolan nuevamente se juntaron sobre el puente, la mano del oscurantista lentamente había vuelto a su color natural y la podía mover sin dificultad, el clérigo de Cyric había recuperado su escudo y arrancado los colmillos del roco, guardándolos en una bolsa de cuero. El más lastimado, en apariencia, había sido el hombre bestia y sus mascotas, cosa que el clérigo hizo notar con sus duras palabras.

-El trono no se equivocó en elegirlos… pero al final, el perro fue el que más herido salió, pensé que con esos animales a tu lado, podrías hacer frente a unos miserables arqueros *demostrando burla con cada una de sus palabras*-

-Calla humano, están muertos, eso era lo que querías ¿no?, rézale a tu dios y déjame en paz, que me contrataron para matar y no para tratar con humanos de segunda-

Mulaheim apretó la empuñadura de su maza, si bien hubiera aceptado esas palabras de Sarevok, de aquel perro no, más la mano del oscurantista le detuvo de reventar el cráneo del animal, como lo había hecho con el orco. Orobolan camino hasta cerca del schakal, mirándolo un instante y con toda calma le hablo.

-¿Tus mascotas podrán seguir el paso de los caballos? *menciono con extraña preocupación ... demasiada extraña*-

-Carrack esta lastimado, ira en la carreta, mientras no le molesten no matara a nadie-

-Entendido, ira en la carreta y proseguiremos, hemos desperdiciado mucho tiempo en esto-

El clérigo no pronuncio ninguna otra palabra, tan solo miro con seriedad al oscurantista, quien después de un par de minutos se acercó a su compañero y hablo en privado con este, relajando algo al hombre “santo” y arreglando todo. Después de aquello, el grupo reviso que todo estaba en orden y el schakal colocando a su mascota sobre la carreta, cosa que molesto claramente a la rata, la cual se negó a subir, al igual que los enanos, hizo que el viaje se retrasara algo más. Aun así, en menos de una hora, todo el grupo volvía a estar en camino, los enanos repartidos sobre los caballos y la rata a pie, ya que nadie le había aceptado como compañero. Nuevamente el viaje a las minas se reanudaba.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Vie Mar 14, 2014 7:41 pm

Nada es gratis en este mundo y aun lo más simple puede tener un alto precio
No importa la recompensa, siempre habrá que pagar un alto sufrimiento
Tanto propio como ajeno, pero que al final
Significará la fortuna de algunos, la miseria de otros y la muerte de muchos.

Christian Chacana 14 de marzo de 2014

La carreta se movía de un lado a otro, la hiena parecía descansar, más de vez en cuando despertaba de su intranquilo sueño y lamia su pata herida, vendada por su amo y compañero de batallas. El schakal seguía la carreta algo más atrás, su pierna herida le hacía cojear y sentir una punzada de dolor con cada paso, pero no demostraba el dolor, algo que aprendió cuando estaba en el oasis, ya que demostrar debilidad era una sentencia de muerte y fuera del desierto, era lo mismo. La hiena hembra caminaba al lado de su maestro, de su compañero y hermano mayor, cuidando de que nadie se acercara y gruñendo notoriamente si alguno de los caballos se acercaba demasiado, las hienas se defendían mutuamente y se cuidaban cuando era necesario, algo que no era común entre los propios schakales, más si entre las bestias.

Pasaron cinco horas, los caballos se encontraban cansados y el territorio del Trono aun no llegaba a su límite. Mulaheim dio la orden de acampar, no podrían seguir el resto de la tarde sin que los caballos terminaran completamente fatigados e inútiles si debían de acelerar, por lo que montarían un campamento ahí. Tarr ayudo a descender a su mascota y el trio desapareció entre el bosque, algo común para ellos, mas no para el grupo, que aún le veía como una clara amenaza, más que la propia rata, al cual había tenido que correr durante aquellas horas y se encontraba más que exhausta, esperando alimento solamente y descanso. Los minutos pasaron y el campamento se armó, una fogata ardía en el centro del lugar y claramente más de uno estaba reconfortado pro el fuego y el descanso merecido, incluso los caballos relinchaban de alegría al poder descansar sus cansados músculos. Los dos enviados del Trono repartieron pan y carne seca, lo único que habían llevado para el momento, ya que se esperaba llegar al campamento de las minas antes de que el hambre diera señales de despertar, más la lucha había hecho que aquello fuera imposible. La mayoría comió en silencio, a excepción de los enanos, que descubriendo que quedaba algo de cerveza en el barril, se dieron a contar historias alrededor del fuego. Orobolan había tomado asiento sobre una roca cercana, a la vez que comenzaba a fumar de una larga pipa y miraba el fuego con fascinación y tranquilidad, su mente parecía ocupada, más de lo normal, mientras su compañero había tomado asiento en un tronco caído y dejaba su arma a su lado, abriendo el pequeño saco de cuero y examinando los colmillos de orco.

El schakal había preferido estar lejos del fuego y como si fuera una jauría, habían decidido descansar como siempre, con Shirrva y Carrack a su lado, mas siempre atentos. La escamosa hembra devoro la carne que se le había dado y bebió algo de agua de su odre, la lucha no aprecia demasiado y por lo que había mencionado levemente el clérigo, al amanecer se pondrían en marcha, llegando a las minas a medio día, un viaje largo pero a la vez corto, si tomaba en cuenta que tan solo aquella mañana se habían puesto en camino, siendo una distancia de varios cientos de kilómetros. Las montañas se podían ver claramente a la distancia, el aire se había vuelto cada vez más frio y la despejada noche ya se venía encima, apagando el sol y dejando en su lugar la pálida luna.

-Antes del amanecer nos pondremos en marcha *menciono Mulaheim* debemos de llegar lo antes posible, ya que no deseamos perder más producción y mano de obra ... en cuanto lleguemos, nos detendremos en el campamento de los mineros para ponernos al día, tenemos varios guardias y algunos refugiados ahí.-

-Les aconsejo que descansen *hablo el oscurantista* lo que no espera mañana es un viaje no muy corto, aun nos separa bastante distancia de las minas, más si les sirve de consuelo, podrán comer y beber sin problemas al llegar al campamento, tenemos en ese lugar una buena reserva de víveres, ya que eran para los mineros que ya no existen *sonriendo levemente* por otro lado … la pequeña refriega que tuvimos, no fue más que el aperitivo, las bestias que pululan las minas pueden ser cobardes y taimadas, pero no sabemos lo que pueden haber preparado, ni la razón por la cual defienden aquel agujero con tanto ímpetu … mas es nuestro trabajo erradicarlas y por qué no, averiguar la razón de su aparición … así que descansen, lo necesitaran-

Nadie quedo muy tranquilo tras esas palabras, mas debieron descansar, el cuerpo se los exigía y aunque era normal que no se le quisiera dar la espalda a algunos, en especial a la rata, el cansancio fue mayor y pronto la mayoría estaba durmiendo, a excepción de dos individuos, que al amparo de la noche decidieron tener una conversación algo más privada.

-Las cosas han demorado más de la cuenta mi viejo amigo, debemos de apresurar esto o deberemos de utilizar algún plan de contingencia, estos mercenarios parecen buenos, ese es un gran problema… -

-Mi estimado amigo, no debes de preocuparte, aun cuando fueran un ejército completo, los planes no se verán amenazados, por ello se nos encargó su … “custodia”, mientras el amo cumpla lo acordado, debemos de seguir sus órdenes sin dudar, aunque ya sabes lo que pienso … sería mejor cortar sus cuellos ahora que duermen antes de que lleguemos hasta las minas …-
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Dom Mar 16, 2014 12:38 am

Y entre los más tranquilos sueños
Las pesadillas aguardan su actuar
Por qué no hay anda más dulce para ellas
Que destrozar los anhelos de los durmientes
Y volverlos miedos y desesperanza

Christian Chacana 15 de marzo de 2014

La luna, testigo mudo de tantas generaciones, acompañada de su sequio y corte de estrellas, observaban al mundo desde las alturas. Desde el inicio de los tiempos había contemplado vidas surgir y extinguirse, y vería las que surgirían y desaparecerían en un futuro, ya que siempre permanecería sobre los cielos nocturnos de Noreth. Los mercenarios dormían, a excepción de los enviados del trono, que habían decidido mantener guardia, especialmente por el roedor y el perro, que claramente les daban poca o nula confianza. Lentamente el cielo nocturno comenzó a moverse, mientras los sueños asaltaban a los mercenarios y cada uno se sumergía en su propio mundo, ilusiones, esperanzas, anhelos y deseos, cada uno representado en las visiones que su mente o quizás los dioses permitían vislumbrar al cerrar sus ojos y abandonarse a los brazos de Morfeo. Mas el sueño no duro demasiado, ya que los guerreros, asesinos, mercenarios fueron despertados con un grito, grito que profirió aquel duro hombre de dios oscuro.

-¡¡¡DESPIERTEN MALDICION, QUE NO SE LES PAGARA POR DORMIR!!!-

Los mercenarios abrieron de golpe sus ojos, mientras se les entregaba un mendrugo de pan y algo de carne seca, era el desayuno y por las palabras, algo más suaves, de Orobolan, únicamente tenían quince minutos para comer y alistarse. EL schakal despertó con el primer grito, junto a sus mascotas, quienes se sacudieron el sueño con pereza, y hambre. Carrack había descansado lo suficiente y su pata estaba algo mejor, aunque cojeaba igualmente, hasta ese momento no se le había infectado, todo gracias al poderoso sistema que poseía los de su especie. Tarr Kurr era similar, su sistema evitaba que una herida de ese tipo pudiera infectarse, con claras medidas mínimas para que no se contaminara. Levantándose, apoyo su pata en el suelo, una punzada recorrió su espalda, aun no estaba curado y entre colmillos mascullo algo, y camino con molestia hacia el grupo, que terminaba de comer, aunque claro, lo que se le ofreció de comer, este lo arrojo hacia sus mascotas, quienes devoraron el pan como si fuera un simple aperitivo y la carne que ni siquiera servía para sentir el sabor, aunque era todo lo que les podía ofrecer hasta llegar hasta el campamento. En menos de diez minutos, el campamento o bueno, lo que había sido el campamento se desmonto y el grupo volvió a avanzar, los caballos aprecian más animados después de comer hierba fresca y descansar, más aún tenían aquel miedo de aquellas amenazas, las hienas y la rata, que en la noche se había escapado y no había vuelto hasta unos minutos antes de que Mulaheim, riéndose y acariciando sus propias manos, con desagrado.

A medida que el grupo viajaba hacia el norte, el aire se volvía cada vez más frio, los arboles aprecian más grises y el aliento aprecia volverse vapor fuera de los labios. La reptiliana mujer, sin estar acostumbrada a ese clima, temblaba y sobaba sus brazos, fue el licántropo el que se acercó y quitándose la capa se la ofreció, cosa que la hembra agradeció, ya que estaba tibio por el cuerpo del joven. Poco a poco el paisaje cambio, los árboles se hacían más pequeños o menos frondosos, hasta que doblando en el camino, se vio el lugar que esperaban o mejor dicho, les aguardaba.

La empalizada se podía ver desde lo lejos, troncos alineados y que rodeaba algunas casas y bodegas. Gruesas varas de madera afiladas surgían desde la tierra, como colmillos rotos de bestias, en si parecía más que un campamento minero, un baluarte de algún tipo. EL camino serpenteaba hasta unas puertas de hierro y madera, mientras el humo surgía de una o dos casas, no muy lejos, el camino que salía desde atrás del campamento llegaba hasta has construcciones de la falda de la montaña y de toda la maquinaria que ahí existía, abandonada y con algunas hierbas que crecían encima. El grupo se movió lentamente, mas mientras más se acercaban, podían ver algunas cosas que no eran precisamente reconfortantes. Varios cuerpos de mineros estaban regados sobre el suelo, a medio congelar y con flechas, la empalizada estaba dañada, en varios puntos estaba rota y los troncos aprecian quemados. Más de un cuerpo de kobold había clavado a los troncos. Las puertas se abrieron y dos hombres recibieron al grupo, sus ropas estaban desgarradas, pero aun mantenían las insignias del Trono en estas. En silencio les guiaron, siempre atentos y sin preguntar mucho, hasta la que aprecia la única casa habitada del lugar. Al entrar, se encontraron con un hombre de mediana edad, tenía el rostro vendado y la sangre que existía en la zona de su ojo izquierdo, daba la sensación de que lo había perdido.

-Han llegado tarde… demasiado tarde…-
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

Mensaje por Tarr-Kurr el Dom Mar 16, 2014 4:05 am

Y como una horda de bestias
Así se comportan los hombres
Buscando beneficios y saciedad
Algo que nutra sus miserables almas
Y famélicos cuerpos

Christian Chacana 15 de marzo de 2014


-Tazok *hablo Mulaheim* ya ha pasado bastante desde la última vez que nos vimos… y las razones del retraso, son asuntos que no te incumben y solamente importan al Tono-

-¡¡¡MALDITO SEAS, SON MIS HOMBRES LOS QUE SE JUEGAN EL CUELLO CON SUS ESTUPIDECES!!! *grito aquel hombre tuerto, golpeando la mesa con su puño, marcado por la rabia de las palabras del clérigo oscuro*-

Fue el oscurantista, que hasta ese momento había servido como apaciguador del clérigo quien interfirió. Y esto no lo hizo por placer, si no por beneficio, ya que Mulaheim había llevado su mano hasta su maza y si la hubiera blandido, de seguro hubiera matado a aquel “teniente” por sus palabras. Más la mano del mago se posó sobre el hombre de su compañero y le miro con frialdad, apagando las ansias asesinas que habían nacido como ascuas en su corazón.

-Mi estimado Tazok, le puedo asegurar que el Trono intento enviar lo antes posible apoyo, más por un lado creíamos que la infestación sería menor, al parecer viendo el estado del campamento nos equivocamos y por otro lado, estimábamos que sus hombres eran capaces de hacerse cargo de una panda de desgraciados … error al parecer. *el hombre suspiro mirando a los mercenarios* más traemos ayuda, varios valerosos mercenarios que ya han demostrado su valía en el campo de batalla y han sido elegidos por el propio Sarevok, por lo que nos serviría de mucho, si nos informara de la situación, para poder decidir cómo actuar y por sobre todo, solucionar este problema que nos aqueja-

Tazok nuevamente se sentó, parecía  más que cansado, agotado, sus hombres, los pocos que se encontraban presentes, se veían heridos, extenuados de la batalla, con una mirada seria, el teniente miro a cada uno de los presentes, analizando si eran de utilidad o no, y viendo que algunos estaban heridos, por lo que comprendió que el camino no había sido fácil para llegar a las minas, cosa más que conocida en esos lugares.

-Hace un tiempo *comenzó a contar Tazok* encontramos a un pequeño grupo de kobolds acampando en una de las galerías más profundas, creímos que habían surgido de alguna grieta de la montaña, mas esas alimañas no se dejaron ver, ni su origen, por lo que envié a una docena más de guardias, para patrullar las minas, al cabo de una semana, comenzaron las desapariciones, siempre ha habido, un agujero que da hacia alguna cueva, alguna corriente de agua, un desplome, nada de importancia, pero cuando desaparecen veinte mineros y no dejan rastro, ni herramientas, ni nada … comenzamos a sospechar cuando encontramos el cadáver de una de esas alimañas … con un pico incrustado en la cabeza … aumentamos la cantidad de guardias e incluso apostamos cuatro o cinco por partida de mineros … más estos también desaparecían y ni rastro de ellos, hace varios días … sucedió el hecatombe *Tazok guardo un instante silencio, como buscando las palabras adecuadas* un grupo de mineros estaba haciendo una perforación en el túnel oeste, cuando hubo un derrumbe, nadie fue aplastado, pero se dejó a la vista un túnel que no era de nosotros y fue cuando las oleadas comenzaron, una veintena de guardias no pudo con los cientos que salieron de ese agujero y mis hombres fueron arrastrados hacia la oscuridad … esto sucedió demasiadas veces, los mineros eran asesinados o desaparecían … hasta hace un par de noches pensábamos que todos estaban muertos, hasta que escuchamos el sonido de picas trabajando en los túneles, más cuando nos dirigimos a ver, los kobolds surgieron de los túneles y debimos replegarnos … por primera vez nos siguieron al campamento, los replegamos, pero esas malditas alimañas se hicieron con el control de las minas y nos mantienen aquí …-

-Ja… eres un inútil, como todos tus hombres… ¿Dónde están las tropas que enviamos hace una semana?*pregunta el clérigo con una sonrisa burlona*-

-Muertos… tenían órdenes de limpiar los túneles… los idiotas cayeron en una trampa y fueron sepultados, creyeron que entrando por el túnel principal estarían con ventaja, murieron todos-

El rostro del clérigo cambio a indignación ante esas palabras, todo porque esas tropas habían sido entrenadas por él y enviadas por el mismo, con sus órdenes claras. Lamentablemente la conversación se detuvo, ya que el sonido de una campana se escuchó fuertemente y los soldados rápidamente abandonaron la cabaña, desenvainando sus armas, al igual que Tazok, que levantándose, tomo la alabarda que había apoyada contra un muro, mirando a los mercenarios.

-Podrán ver por si mismos a los que nos referimos… esas alimañas están saliendo de los túneles ahora mismo-

Los mercenarios, los enviados del Trono y Tazok salieron de la cabaña, casi corriendo y subiendo a las almádenas de la empalizada, la visión hizo que apretaran sus  dientes con fuerza. Desde la boca de las minas, a varios cientos de metros, una masa oscura surgía, moviéndose rápidamente por la tierra, en dirección de campamento… era los kobolds… pero no una docena o dos de estas, si no cientos, que gritando corrían hacia los guardias y defensores… la verdadera batalla había comenzado, los juegos… terminados de una vez.

Fin Primera Parte.
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Re: El Trono de Hierro Capitulo I y II

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