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Aventuras de un navío oscuro

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Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Thorin el Mar Feb 05, 2013 10:20 pm

Aventuras de un oscuro navío, parte 1: Reclutamiento

El silencio del mar puede ser reconfortante, incluso podría decirse que da hasta miedo, pero no esta noche, el agua se mantenía pasiva, apenas había oleaje, un mar en calma, mas algo producía ondas en este tranquilo mar, desde el puerto de una isla se podía ver qué era lo que revolvía este tranquilo mar, un guardia, el encargado de ver quien llegaba a puerto estaba vigilando la llegada de los barcos que o bien se habían perdido, o bien buscaban otra cosa, pero algo en el mar le llamo la atención, tomo su catalejo y observo a través de la lente de este para tratar de observar de que se trataba, así es como lo vio, sus ojos se posaron en una bandera, una bandera negra como el cielo nocturno, en el centro de esa un cráneo cuanto menos horripilante ‘’piratas’’ dijo el vigilante para sí mismo, esto no era nada nuevo, no al menos en la isla conocida como… Krakoa.

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Tras más de una semana de viaje, al fin pudimos verla, Krakoa, una isla llena de piratas, bandidos y demás escoria social, gente que busca tesoros o simplemente escapan de la justicia.
La isla no era muy grande pero si algo la hacía famosa es por carecer de, vigilancia, nadie que representara la autoridad se atrevería a arrestar a nadie en esta isla, era el lugar idóneo para mi, un capitán pirata necesitado de carne fresca para que se unan a mi tripulación, la última batalla si bien nos había logrado un suculento botín, nos había costado varios hombres y cuando estás en esas aguas, uno prefiere tener bastante carne de cañón.

-Señor Otul, preparad el ancla y los cabos, descansaremos en Krakoa.- Mi primer oficial asintió y se volvió para dar las ordenes, yo di una última mirada a la isla antes de adentrarme en mi camarote.
Debido a la última batalla en alta mar había perdido hombres, había perdido provisiones y como no, mi barco no estaba en la mejor de las condiciones, el mástil estaba algo quebrado y tanto la proa como, babor no presentaban la mejor de las condiciones y por Neptuno que si mi barco se hundía que sacrificare cuantos hombres hagan falta, para que lo saquen del fondo del mar.
Dentro de mi camarote me prepare un delicioso trago de ron, para tomarlo mientras contemplaba mapas y escudriñaba estos, en busca de cual sería nuestro mejor objetivo, como a cualquier pirata a mis oídos habían llegado rumores sobre un gran tesoro, un tesoro que hacía que los de los reyes parecieran meras baratijas, sin duda todo un sueño para un pirata, tenía que ser mío.

Poco tiempo después atracamos en el muelle.

-Sr. Lowrie, procure que a mi regreso el barco este, en perfectas condiciones.- Di como orden a uno de mis hombres, mientras tanto el señor Otul y yo, nos dirigiríamos a alguna taberna donde encontrar nuevas adquisiciones y porque no, beber ron.

Krakoa es famosa por estar llena de piratas, marineros retirados, borrachos y delincuentes variados, seguro que entre toda esta calaña podríamos encontrar algo decente, tanto mi primer oficial como yo nos dirigimos a la más famosa y abarrotada de las tabernas de esta inmunda isla, una taberna conocida como la Posada de Calipso, aunque su nombre no fuera merecido sin duda era famosa para los piratas y aquí encontraría a esos piltrafas que me ayudarían, a encontrar esos valiosos tesoros.

La taberna era un lugar, un tanto asqueroso, lleno de marinos mugrientos, hombres y mujeres borrachas y meretrices, por no hablar de un agradable y nauseabundo olor a alcohol en el aire, justo en frente de mi cayo un hombre que al parecer había bebido más de la cuenta, yo lo ignore y sin pasarlo pase por encima de el, pude observar que yo no era el único que buscaba ‘’reclutas’’ para su tripulación, suspire un tanto malhumorado y me dirigí a mi primer oficial.

-Espero que consigas mejores, candidatos de los que estoy viendo Jack.- Jack, era una de mis formas de llamar a mi primer oficial, simplemente por evitar llamarlo Otul constantemente.
Antes que nada teníamos que tomar algo, el largo viaje en el mar sin duda seca las gargantas de los hombres y la mía no era diferente, aunque yo ya había bebido de mi despensa privada ¿Por qué no ganarse unos cuantos candidatos invitando a una copa de ron? En la barra pague una botella y se la di a mi primer oficial, este asintió con la cabeza y tras echar a un ebrio marino, nos apoderamos de una mesa y unas sillas donde reclutaríamos a los nuevos tripulantes de mi barco.

De una pequeña mochila que siempre lleva consigo, el sr.Otul saco un frasco con tinta, una pluma y papel para anotar a los nuevos integrantes de mi tripulación, como capitán me gusta saber quien viaja en mi navío, ahora solo quedaba esperar a que los ebrios marinos que quisieran alistarse, vinieran a pedir un puesto de trabajo.

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Este es el Sr.Otul ''Jack''
Spoiler:

Es el primer turno, bien podéis haber llegado antes que yo a la taberna, o después como vosotros queráis, aquí si que podéis hacer lo que queráis libremente, excepto quemar la taberna XDD, no matéis a no ser que en vuestro post lo justifiquéis y, tampoco os paséis si tenéis que matar a alguien, ya sabéis que no quiero rambos.
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Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Yuuzu Izume el Mar Feb 05, 2013 10:52 pm



“¡ODIO EL MAR!” Grité para mí misma, había estado viajando hace más de dos semanas en un maloliente barco de cuarta llena de la peor escoria que alguien pudiera encontrar en los bajos fondos de toda la basura inhumana y desperdicios de lo malo defecado por la basura de la sociedad. Odiaba vivir en ésta condiciones, el barco se mecía de un lado a otro, haciéndome vomitar a cada rato, si no fuera porque Isid me dijo que viniera a ésta isla, no hubiera puesto un endemoniado pié en éste pedazo de basura defecado por la escoria vomitada de la sociedad. Traté de calmarme, de serenarme antes de que me diera un ataque y comenzara a matar a cada uno de los imbéciles disléxicos que estaban a bordo de éste barco. “Tranquila Izume, lo haces por Isid, no les prestes atención”. Finalmente el barco atracó en el puerto, no esperé a que pusieran esa escalera para que los pasajeros bajasen, oh no. Salté como nunca había saltado. Cayendo perfectamente sobre mis pies en el muelle. Ni siquiera me molesté en pagar esas deudas que tenía por haber perdido en los juegos de azar. Pero, viendo el lado positivo, los idiotas del barco eran fácilmente robables y había sacado un buen botín del viaje. Ahora, debía buscar la taberna local, donde se encontraba un amigo de Isid.

Después de mucho buscar, por fin encontré el sucio edificio, al cual entré de forma muy brusca. Como siempre, lo más bajo de lo bajo se encontraba en sus mesas, ebrios inmundos, sucios ignorantes y piltrafas detestables. Me acerqué a la barra de forma matona.

.¿Tú eres Sylph, amigo de Isid?- Le pregunté al tabernero
-Sí, ¿quién desea saberlo?- Contestó él
-Yuuzu, Izume-
-¡Ah!, la amiga de Isid, pues llegas tarde, ya se lo llevaron-
-¿Cómo que se lo llevaron?, ¡ACABO DE PASAR DOS MALDITAS SEMANAS A BORDO DE UN REPUGNANTE BARCO PARA VENÍR AQUÍ EN BUSCA DEL PRESIADO OBJETO DE ISID Y, ¿TÚ ME DISES QUE SE LO HAN LLEVADO?!- Le grité, acto seguido, desenfundé a mi Izanagi y le apoyé la hoja en la garganta – Esto no va a terminar bien para ti.

“¡Izume, tranquila!” Traté de calmarme, guardé mi espada y me disculpé con el tabernero. –Solo dime donde puedo encontrar un trabajo para pagar mi viaje a casa-

-Pues, esos hombres están reclutando para una tripulación, quizá ellos te puedan ayudar- Dijo el tabernero, señalando a dos hombres que estaba sentados en una mesa, la cual tenía tinta y pluma sobre ella. Me senté en una mesa aparte cercana a la de ellos, sin apartar la mirada de ellos.
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Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Gray Fenris el Mar Feb 05, 2013 11:36 pm

Un gran y fuerte hombre calvo de color entro a la taberna cantando victoriosamente mientras llevaba una cadena en las manos -¡He atrapado un perro!-Dijo mientras tiraba de la cadena y me empujaba desde el cuello a entrar en la taberna, caí de rodillas al piso algo mareado, pues el hombre me había mantenido todo el viaje bajo extrañas plantas, las cuales no me dejaban mantenerme en pie. Crisofilax estaba cautivo en una jaula, en manos del hombre el cual siguió adelante, saco a un borracho de una patada, se sentó en la mesa y empezó a alardear mientras pedía Alcohol.-Estaba en el continente, antes de partir hacia aquí, había ido a investigar con mis chicos el bosque y encontramos a este Licantropo descansando en el pasto, rompió varias redes para escapar pero fue muy tonto, tenia mi daga preparada con un fuerte sedante, un ligero corte y su lucha ceso...- Me levante un poco y sonriendo un poco mareado...-Claro...ceso luego de diezmar a tus hombres.- Reí un poco en conjunto con los que escuchaban la historia, lo cual provoco que una gran suela de una bota llevase mi cara al piso.-!Calla escoria!- Lo mire mientras apretaba mi cabeza en el piso y seguí burlándome.-Tuviste suerte de ser uno de los 4 vivos, cobarde, desde aquel día me traes sedado...argh..-su bota golpeo mi cara contra el sucio piso mientras algunos marinos se reían, no estaba en condiciones de luchar, aun me sentía muy mareado, mis ojos daban vuelta y mis oídos retumbaban lo que no me dejaba ponerme de pie ni volverme un lobo, no era mi mejor condición pero, por lo menos en este estado podía burlarme y dejar en ridículo a aquel hombre. -Lo traje acá para que una vez que se transforme lo disecare y lo colgare en la proa de mi barco.- tome un poco de aire y dije -Hablas de ese pequeño bote salvavidas con una bandera mal bordada, no me imagino como llevabas a 30 hombres a..cough.- Sentí un fuerte golpe en mis costilla lo que me hizo botar mucha saliva al suelo. Los borrachos se reían y esta vez de mi, me enoje lo suficiente. -Me enoje maldito viejo de mierda.-Mi cuerpo empezó a cambiar dentro de la taberna, mis pantalones se rasgaron y pero no se rompieron completamente, en cambio mis botas y mi guantes no soportaron el cambio, mi hocico cambio rápidamente y mi piel exploto dándole paso al pelaje de lobo, me había convertido en un Lobo híbrido, me levante rápidamente y pesque de la garganta al hombre de color asustado y lo lance por los aires a la ventana, cayendo hacia afuera, la gente en el lugar se quedo en silencio mientras me levantaba caminando hacia la entrada y con mi garras abrí la puerta, dando a conocer que tenia el control de mi cuerpo.

Unos fuertes gritos se escucharon afuera, junto salvajes movimientos de cadena, no duro mucho tiempo hasta asustadizo hombre dejase de llorar, abrí la puerta de la taberna, convertido en un humano, mi cuello estaba libre y sin cadena, camine mientras llevaba una parte de la cadena en mi mano, pero esta no sonaba en el piso, al contrario un bulto revotaba y a mientras avanzaba algunos corrían la mirada, o se levantaban y se marchaban o simplemente se reían de la pobre suerte del hombre de color. Me senté en la mesa donde el se había sentado y grite. -¡He capturado a un perro!-Mi risa no se contuvo mientras pateaba la cabeza de aquel hombre amarrada a la anudada cadena oxidada, había sido arrancada con fuerza bruta y la cara denotaba una expresión dolorosa. Evite dar otro tipo de comentario y bebí tranquilamente el vaso de ron mientras pensaba como salir del lugar.
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Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Kiluyu el Miér Feb 06, 2013 7:47 am


Lo primero que sentí fué el calor del sol en mi cuerpo. La arena azotaba mi rostro impulsada por el fuerte viento, mis labios secos por la sal del mar, mis músculos adoloridos por el inhumano esfuerzo. Abrí lentamente los ojos, saliendo de ese estupor, de esa inconsciencia. Me encontraba tirado en una playa que no reconozco, mugriento y golpeado. Flexioné mis brazos, haciendo palanca con el suelo, coordinando las piernas con dificultad, y de esa forma levantarme. La terrible herida en mi hombro estaba cicatrizando, pero aún escocía dolorosamente al ligero roce con mi capa. Irónicamente, esta última se encontraba intacta, brillando y reflejando la fuerte luz del sol. Revisé los bolsillos, los Kulls y mi flauta aún seguían allí. Palpé mis extremidades, en busca de algún corte o contusión del que no me haya percatado anteriormente, pero afortunadamente estaba ileso. Una vez que comprobé que mi propia persona se hallaba en buen estado, proseguí a inspeccionar el ambiente que me rodeaba. Una amplia y extensa playa, extendiéndose varios centenares de metros a ambos lados, cortándose a la derecha por una ensenada, un enorme cabo a la izquierda, y delimitado por una densa selva, cuyos árboles se alzaban a varios pies de altura. Detrás de mí, las olas rompían contra unos grotescos escollos, piedras dentadas de amenazante aspecto. Aún no puedo creer que siga vivo.

Me embarqué en un buque mercante en la siniestra ciudad de Malik Thalish, de gran envergadura, diseñado específicamente para el comercio, con un casco prominente, de proa ancha en comparación a los barcos de guerra y una monumental quilla. La arboladura era impresionante, cuatro enormes mástiles de velas triangulares, apenas suficiente para mover a semejante mastodonte, cuyo largo calculé en no menos de 60 metros. Conocí al capitán en uno de los olorosos bares intercalados entre apestosas cajas de pescado y destartalados comercios, y tras unas copas me comentó que se dirigía a la isla de los cerezos, Thaimoshi Ki Nao, llevando un cargamento de hierro y objetos preciosos como oro y joyas. Era el encargo de uno de los tantos nobles del lugar, y la fortuna que ganaría con ese negocio le permitiría retirarse por el resto de sus días a una bella mansión con vista al mar, donde vería caer el sol por el horizonte todos los días acompañado por un vaso de ron. Pero sabía el peligro que corría al transitar esa zona infestada de piratas, y buscaba mercenarios que ofrecieran su protección en caso de ataque, cosa que me ofreció. Era un viaje de dos semanas, y la última luna llena había sido hace tan solo cuatro sangrientos días, por lo que mi asentimiento fue inmediato.

Zarpamos una mañana nubosa, y el viento fue favorable durante gran parte del trayecto, en un viaje tranquilo y sin mayores sorpresas. Sin embargo, cuando el sol caía del cielo mientras cruzábamos la línea de peligro de una de las islas en el archipiélago, una embarcación de velas negras comenzó a seguirnos desde la distancia. El nerviosismo en la tripulación era evidente, nuestra velocidad era inferior en comparación a las veloces fragatas de asalto de los piratas, y no tardaron en alcanzarnos. Los puestos de combate fueron cubiertos rápidamente, todos empuñábamos un mosquete o una pistola de mecha y un pequeño cañón montado en la parte posterior, junto a numerosos barriles de pólvora. Sin embargo, los horribles agujeros a los lados del navío enemigo mostraban la clara ventaja armamentística que llevaban, lo que infundió el pánico entre mis compañeros.

La situación se extendió toda la tarde, hasta que el astro rey se sumergió en las aguas y la oscuridad de la noche nos envolvió en su ténebre manto. Las estrellas eran imposibles de divisar en el firmamento, por lo que la visibilidad se volvió nula. Se extendió la orden de no encender ninguna luz y mantener el más total silencio. A aquellos con el mejor oído se nos situó en la popa, con el fin de avisar si detectábamos alguna anormalidad.

Pero, el ataque fue totalmente inesperado. Cayeron sobre la tripulación sin hacer el más mínimo ruido, asesinando a sangre fría a los centinelas de proa y avanzando sobre los mercenarios que dormían en cubierta junto con sus armas. Un disparo rompió la calma de la noche, y la alarma se disparó entre las condenadas víctimas. Pero quedábamos muy pocos para hacerles frente. Luchamos entre las sombras, ninguno se atrevía a encender las antorchas, con el miedo de terminar muertos por un disparo enemigo. Voces y gritos nos rodeaban, a veces provenían de gargantas que no resultaban del todo familiares, incluso hasta guturales, pero más tarde comprendí que significaban: Usaron Merrows para abordarnos desde el agua. No podíamos ganar, estábamos condenados, debía salvar aunque sea mi vida. A tientas me dirigí a mi camarote, bajando por una escotilla en el castillo de popa y arrastrándome silenciosamente entre cuerpos y aparejos, procurando el mayor silencio. Fue difícil, muy difícil, pero lo conseguí, tomando mi morral y ocultándome dentro de uno de esos enormes toneles de cerveza de dos metros de diámetro, que afortunadamente vaciaron antes de tiempo, otorgándome un lugar lo suficientemente amplio como para caber allí cómodamente.

Una hora después sentí fuertes golpes y sacudidas. Un escalofrío recorrió mi espalda, supuse que habían unido ambas embarcaciones con ganchos o garfios. Presumí que izarían la bandera negra en éste barco también, y lo llevarían a algún puerto donde la ley no alcanza, para vender el lote completo en ese mercado negro. Oí pasos que corrían por la cubierta, chapoteos intermitentes y algunos gritos e insultos, mezclados con severas órdenes. Las escotillas se abrieron, y las voces se trasladaron a la estancia inferior, donde yo me encontraban. No hablaban más que para informar acerca de los descubrimientos que hacían aquí. Era su botín, no podía negarlo, acercándose demasiado a mi escondite. Uno de esos rufianes intentó sacar algo de cerveza del vacío contenedor, pero descubrió que ellos no eran los únicos con sed en alta mar. Lanzó algunos improperios, pero continuó con lo suyo luego de haber descubierto una pequeña caja de vinos finos que el capitán escondía debajo de los tablones, con la esperanza de poder llevárselos cuando desembarcáramos en aquel destino que ahora parecía tan lejano.

Estos bandidos del océano, luego de rebuscar, no sin hacer mucho ruido tras hallar las joyas, en los demás compartimientos y en la sentina, procedieron a retirarse a cubierta. Estaba a salvo, por el momento.

Dos tortuosos días pasé dentro de ese tonel, atormentado por el insufrible olor a cerveza, alimentándome de la carne seca que guardaba en mi morral y la poca agua que quedaba en mi cantimplora. Pero no podía seguir así más tiempo, debía encontrar alguna manera de liberarme de ellos. Y, entre mis cavilaciones, recordé los depósitos de pólvora en la popa, allí donde se encontraba montado el cañón. Si les encendiera, causaría una explosión lo suficientemente fuerte como para distraerles, y mientras ellos estén ocupados apagando las llamas, podría trasladarme al otro barco, mucho más veloz que este, y cortar los cables que unen ambos navíos. Aunque no conozco absolutamente nada de navegación más allá de lo que he visto en estos últimos días y lo que he aprendido de las historias del viejo, es la única vía de escape viable. Entonces, la trampilla de cubierta fue abierta nuevamente, y unas pisadas bajaron al depósito en el que me encontraba. Fue allí donde se desarrolló una extraña conversación.

- La mercancía que traían estos bastardos es demasiada, no entiendo por qué Yrcaag quiere hacer eso. - Una voz aguardentosa resonó entre las paredes de madera del recinto, llegando a mis oídos claramente. Hablaba en voz baja, con marcada ira en su extraño acento. - Es injusto, con el trabajo que nos costó dominar a esa tripulación. Pero no, claro, sus Merrows son primero, ¿No?

- Ya sabes Ren, les tiene en demasiada estima y ellos son leales como perros. - Otra voz, más suave y relajada, pero no menos iracunda, le respondió. - Seguramente ellos le aconsejaron hacerlo, con las costumbres extrañas que poseen no sería raro que renunciaran a este botín, quizás por alguna razón religiosa o filosófica.

- No, no, es el orgullo y el rencor que nos tienen, ¿Recuerdan lo que sucedió con Jhen cuándo le ordenó a uno de esos pieles escamadas que limpiara la borda? Ellos saltaron sobre él y le despedazaron, arrojando sus pedazos al mar. ¿Y qué hizo el Capitán? Nada, por supuesto, simplemente les excusó diciendo que ellos eran guerreros de alto nivel y que merecían ser tratados como tales. - Replicó una tercera voz, en un tono frío y cruel, como si masticara cada palabra.

Unos ruidos de pisadas se oyeron de la parte superior, y los rufianes hicieron silencio. Así que este es el germen que inicia los motines. Claramente es un conflicto de ideas, pero, ¿Por qué abandonarán la mercancía? ¿Qué harán con ella? Un horrible pensamiento cruzó mi cabeza, que muy pronto fue confirmado por uno de ellos una vez que el ruido se alejó.

- ¿Pero es necesario hundir el barco con todas estas riquezas encima? ¿No podemos, al menos, venderlas en algún puerto cercano? - Habló el segundo de ellos, preocupado, para a continuación agregar con malicia. - ¿Qué podemos hacer al respecto?

- Ellos se reunirán en el salón en la proa de este barco hoy a la noche, celebrarán un banquete privado al que solo asistirán esos inmundos peces. – El primero de ellos dijo nuevamente, con un tono de confidencia. - Propongo que sublevemos a los hombres y nos deshagamos de ellos en ese momento, y entonces nos repartiremos las joyas entre nosotros y venderemos este hermoso buque a algún rico comerciante con todo el hierro dentro.

Esto es favorable, puedo hacer estallar los barriles esta misma noche, y mezclarme entre la lucha y la confusión para escapar. Si, esa es mi única salida. Los hombres siguieron confabulando unos momentos más, y luego subieron las escaleras y cerraron la escotilla, dispuestos a llevar a cabo su plan. Pero este polizón les dará algunos problemas.

La oscuridad descendió rápido. Cuando escuché la señal de que encendieran la lámpara de proa, abrí la pequeña compuerta del tonel y salí de mi escondite. El almacén estaba totalmente desordenado, la mercancía esparcida por el suelo junto con algunas monedas de oro y manchas de vino. Qué animales. Un sonido de voces se escuchaba por los pasillos, mezclados con el ruido de platos y cubiertos golpeándose, el banquete ya había empezado, era solo cuestión de tiempo para que el motín comenzara. Me deslicé por el mismo camino que había tomado para llegar aquí desde la popa, a través de los vacíos camarotes, algunos ocupados por marineros que descansaban de su borrachera, y, sin cruzarme con ningún guardia, me aproximé a la trampilla que me llevaba al castillo de popa, donde estaba emplazado el cañón junto con los barriles de ese material tan destructivo, el cuál sería mi salvador. Levanté la madera con suavidad y asomé apenas la cabeza. Mi oído me decía ya que nadie se encontraba allí, pero no estaba de más asegurarse. El área estaba tenuemente iluminada por las antorchas de la otra parte del barco, y frente a mí se encontraba una figura apenas distinguible entre la oscuridad, el cañón con los barriles. Me arrastré fuera delicadamente, poniendo especial atención en no hacer ningún ruido que me delatara. Acuclillado, me oculté entre ellos. Con suerte, mi capa me ocultaría de miradas indiscretas, y podría hacer mi trabajo sin problemas. Con una de las dagas en mi mano, con cuidado les hice un profundo agujero a cada contenedor, de donde se derramó ese polvo tan peligroso. A continuación, me acerqué al viejo cañón y rebusqué en su base, hasta hallar aquello que necesitaba. Era un trozo de mecha de repuesto, de algunos metros de largo, lo suficiente para darme el tiempo necesario de encenderla y correr como desquiciado hasta ponerme a salvo. Enterré uno de los extremos en el barril más cercano, y rápidamente estiré el resto por la pequeña habitación, colocando el otro extremo al lado de la escotilla. Saqué el pedernal que llevaba en mi morral, y, con todo preparado, me restaba tan solo esperar a que los piratas se arrojaran contra su capitán.

No se hicieron esperar. Confiados, seguros de que su anterior líder y sus leales merrows se encontraban demasiado borrachos para responder, toda la tripulación del otro barco pasó a este, bajando por las trampillas, en dirección al salón. Era mejor de lo que esperaba. Sin perder tiempo, encendí la mecha y, en cuanto la última cabeza desapareció en las plantas inferiores, abrí la puerta que daba a cubierta y me arrojé prácticamente a la fragata a mi izquierda. Aunque tenía la seguridad de que los marineros habían pasado al otro barco, por precaución tenía mi hacha en la mano derecha. Pero la fortuna estaba de mi lado, y su descuido fue su final. Con el acero de mi arma, corté presto todos los cables que unían a las naves, separándose a cada gancho caído. La mecha aún no explotaba, y unos fuertes gritos estallaron en el navío mercante mientras yo, con la fragata robada, me alejaba de ellos lentamente. Tras apagar la linterna de proa, me dirigí al timón en popa, con una sonrisa en el rostro, contemplando la escena desde lejos de los amotinados llevando atados de pies y manos a su capitán y a dos de sus merrows a la cubierta, arrojándolos con crueldad al suelo y fusilándolos sin piedad alguna. Muy tarde se dieron cuenta de que su otra nave no estaba, cuando se dio la voz de alarma ya estaba lo suficientemente lejos como para no oír sus insultos. Y una poderosa explosión manchó la luz del firmamento nocturno. La mecha había llegado a su destino, ahora los piratas debían enfrentarse no solo al hecho de que su barco ha sido robado, sino también a que ahora se encontraban en uno de ellos semi destruido. Espero que se conformen con su preciado botín, a excepción de un pequeño cofre con joyas que yacía en mi morral. Una fuga exitosa, y ni siquiera supieron quién los golpeó.

Pero el equilibrio es caprichoso, y la señora fortuna que tanto me había sonreído esa noche desapareció en la mañana, como arrastrada por la brisa marina. Una brisa que muy pronto se transformó en tempestad, cuya fuerza fue suficiente para arrancar la arboladura de tres palos de la fragata, y arrojarla al embravecido mar entre fuertes sacudidas. El clima fue espantoso, unas negras nubes se aproximaban del sur, y no necesitaba ser un experto navegante para saber que una feroz tormenta se aproximaba, amenazante. La misma avanzaba implacablemente, generando olas que barrían la cubierta de lado a lado, arrastrando consigo cualquier elemento que allí estuviera, jugando con el navío como si fuera un pequeño cascarón vacío. Pero aún lo peor no se había desatado. Nunca imaginé que alguna vez lograría ver un escenario tan aterrador como hermoso. Los relámpagos atravesaban el espacio en la tempestad, rodeados por una intensa, rabiosa lluvia que caía con todo su peso, entre ráfagas de viento y olas de desproporcionadas magnitudes. Y yo, aferrado tenazmente al timón del barco, no podía imaginar que la muerte caminara tan cerca de mí, que entre la majestad de esa presencia destructiva, de esa clarividencia eterna de los fuegos celestiales, la suerte no se me acabara del todo.

Los recuerdos se escapan confusos ahora de los que entonces sucedió. En mi memoria aún permanece la visión de haber saltado en uno de los botes salvavidas, abandonando la nave ante una oscura presencia que surgió de las profundidades, una cuyo abrazo despedazó el navío como si de un leño se tratase.

La sed ardía en mi garganta, debo encontrar agua pronto. Recordé que llevaba una cantimplora en mi morral, que deposité dentro de ese bote. Los escollos se extendían por varios cientos de metros a lo largo de toda la playa, y pensé que buscar por esa extensión me daría aunque sea una pista de donde me hallaba. Caminé durante varias horas, no recuerdo cuantas, arena siempre entre mis pies, un sol que atacaba los sentidos y una sed terrible. Pero, en mi delirio, pensaba que buscar ese morral sería mi salvación. Por fortuna, la naturaleza se apiadó de mí, depositando en la orilla algo que rápidamente reconocí. Corrí hacia el pequeño objeto con presteza, arrastrándome al final por el suelo. Era mi morral, el cuero reseco por la sal del mar y algo duro, pero no había perdido su forma ni su resistencia. En su interior se encontraban todos mis objetos, las piedras, el cuchillo de caza, mis herramientas, las bolsitas, el cofrecito con las joyas y mi anhelada cantimplora. Fue el primer elemento que tomé con mis manos, y la vacié hasta la mitad de su contenido, refrescando mi garganta con un par de rápidos tragos.

Muy bien, tengo ya todas mis cosas, el morral, capa, la armadura que nunca me quité y mis armas. Con la cabeza un poco más despejada, me decidí a internarme un poco más en la espesura, buscar algo de comida y agua, tan necesarios ahora como nunca antes. El olfato fue mi gran aliado nuevamente, hallando un arroyo en el cuál pude saciar mi necesidad, y rellenar nuevamente la cantimplora. Bellas y suculentas frutas de ambientes cálidos colgaban de los árboles, casi ofreciéndose a ser devoradas. Tras hartarme de comer deliciosos mangos y algunos cocos que logré romper con unas rocas, seguí mi camino. La noche cayó pronto, los animales nocturnos salían de sus cubiles, algunos cuya peligrosidad no puedo dudar. “Quizás es mejor que prosiga en mi forma lupina, después de todo me adapto mejor de esa forma” Pensé. Me quité mi armadura de cuero junto con mis armas y lo guardé todo dentro de un morral que parecía estar a punto de estallar, procediendo a realizar la dolorosa transformación. Pelo empezó a surgir de mi piel, mis huesos cambiaron de forma con dolorosos crujidos y los músculos se retorcían, junto con tendones y cartílagos, hasta tomar la figura deseada. Me arrodillé, en un silencioso grito de dolor, hasta quedar en cuatro patas. El rostro se alargó, las orejas crecieron junto con una larga cola en mi parte posterior. Mientras tanto, las cicatrices ardieron como si llamas hubieran brotado de allí. Era espeluznante, por eso evitaba lo más posible transformarme, por más que mi riguroso entrenamiento involucrara tener que soportar este mismo castigo una y otra vez. Al final, así como el dolor surgió, desapareció, dejando solamente el recuerdo. La capa se envolvía en mi nueva forma, adaptándose al cuerpo sin molestar. Tomé con mis dientes el morral, y tras echar una ojeada a mi alrededor y sentir el mundo desde esta cautivadora perspectiva, eché a correr, guiado únicamente por mi instinto.

Tras horas de trote ininterrumpido entre arbustos y árboles de gran tamaño, un asentamiento humano surgió a orillas del mar. Y qué asentamiento humano. Por los barcos atracados en el puerto, la respuesta fue simple: “Piratas”. Me encontraba en una especie de colina, los toscos edificios estaban construidos de forma escalonada sobre el borde de la misma. Las luces de antorchas y faroles brillaban con una luz tenue, alumbrando los amargados rostros de rufianes y bandidos de toda clase. Muy bien, salgo de la sartén para caer en la olla.

Pero no tenía otra opción. Era más que seguro que no había ningún otro lugar habitado en la isla, y menos aún con todos ellos aquí. Quizás mi aspecto de sombra me ayude un poco a pasar desapercibido. Por lo que procedí a transformarme nuevamente, otra vez en un doloroso proceso de cambio, mis garras dejando lugar a dedos, mi pelo dejando lugar a piel, la cola regresando a mi columna vertebral y huesos y músculos tomando sus formas originales. No es algo agradable de mencionar, por lo que prefería pasar de largo con ello. Una vez los espasmos desaparecieron, volví a vestirme como estaba anteriormente, mi morral oculto dentro de la capa junto con todas mis pertenencias.

Mis pasos eran veloces, deslizándome por los inmundos callejones llenos de basura y olor a alcohol, el cuál parecía extenderse por toda la mal llamada “ciudad”, ocultándome en lo posible entre las sombras. Primero lo primero, un lugar “seguro” donde dormitar, aunque sea un poco, y conseguir algo para comer, además de la información que seguro necesitaría para saber a dónde dirigirme. Inmerso en mis cavilaciones, un hombre moreno que atravesó volando una ventana me sobresaltó, los vidrios volando en miles de pedazos frente a mí. ¿Una pelea? Mejor no averiguarlo. Me pegué a una pared, disimulando mi forma entre la sombra de un callejón. Pero la sorpresa fue mayor al ver como una peluda bestia de al menos dos metros de alto abría la puerta de aquel recinto con una cadena en sus manos, con la cuál aferró el cuello de aquel pobre hombre, entre llantos y gritos. Y la frutilla del postre fue ver, bajo la luz de las lámparas, como ese monstruo se transformaba en un hombre tatuado, de largo cabello negro plateado y cejas que le daban un aspecto preocupado, más no enojado. ¿Gray Fenris?

El joven arrastró al pobre hombre al interior del recinto, mientras algunas personas escapaban de allí. Si que sabe dar un buen show. Salí del callejón y me dispuse a seguirlo. La puerta estaba abierta, por lo que ingresé y la cerré detrás de mí de un empujón. Era un bar, bastante amplio para destacarlo. Unas escaleras parecían llevar a la planta superior, por lo que supuse tendría habitaciones. Justo lo que buscaba. El licántropo se había sentado en una de las sillas de la barra, con el hombre a sus pies atado con la fuerte cadena. Me le acerqué, mirando a mí alrededor con cuidado, vigilando los rostros de los presentes. Y le saludé socarronamente y con alegría, de la misma manera que lo hice hace ya mucho tiempo cuando nos conocimos.

- Saludos, señor lobo. Que intrigante el hecho de encontrarme con alguien como usted por aquí. ¿Está solo o viaja en manada?

Spoiler:
Antes que digan nada, las joyas en el cofre planeo que sean un soborno para mister garfio Wink
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Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Tristán de Tincoras el Miér Feb 06, 2013 6:50 pm

Ocasionalmente, los trabajos de Tristán lo llevaban lejos de Phonterek. El arquero solía aceptar estos trabajos porque eran los mejor remunerados. No era la primera vez que había sido contratado como chico de carga o simplemente como apoyo para la seguridad del cargamento de los barcos mercantes. Un conocido se había puesto en contacto con el arquero y por una suma nada desdeñable, acompañaría al cargamento en un velero hasta un puerto lejano del que no había oído hablar antes, y del que si no fuese por las continuas conversaciones de sus compañeros de viaje, habría olvidado el nombre. El olor a mar y la brisa fresca había calado en sus huesos, y hacía demasiado tiempo que no bebía un buen licor ni veía más que el infinito océano y las nubes blancas.

Sin embargo, toda travesía termina llegando a su fin. Habiendo cobrado y con una bolsa de monedas en el cinto, no podía ir a otro lugar que no fuese una taberna. Parecieron horas para Tristán, que terminó por desorientarse en el lugar hasta que por fin encontró un establecimiento con ese típico olor a tabaco, alcohol y… Bueno, inmundicia en general. El establecimiento era curioso… Guiándose únicamente por esta como un ejemplo general, a ojos de Tristán las tabernas portuarias eran bastante diferentes de las de Phonterek. La taberna podría describirse como… ‘precaria’. De aspecto sucio y descuidado, los consumidores no aportaban nada para un mejor ambiente. Con una sonrisa de oreja a oreja, Tristán caminó hasta la barra y gritó el nombre del licor que quería tomar esa noche, intentando alzar la voz lo suficiente como para sobreponerse al escándalo de la taberna.

Dejándole una moneda sobre la mugrienta superficie de madera, se llevó no solo el vaso sino que también la botella completa, a modo de celebración por un trabajo bien hecho y una recompensa jocosa. Con ambas manos llenas caminó a una de las mesas del fondo, colocando ambas botas sobre la superficie de madera y bebiendo a pequeños sorbos. El aire alrededor de Tristán parecía curiosamente más calmado que el resto de la taberna, como si el sujeto se hubiese abstraído completamente de su entorno y se encontrase sólo con su bebida y su silla, ajeno completamente a la atmósfera real del lugar. Aún con el ruido proveniente de borrachines y rameras, el hombre de pelo caoba no parecía ni irritado ni molesto, simplemente aprovechaba el espacio entre trago y trago para canturrear una vieja canción que había oído en el barco de mercancías en el que había llegado.

La luna en el mar riela~~♪♫ En la lona gime el viento~~ ♪♫” – Entre verso y verso, los tragos se sucedían hasta que el vaso quedó completamente vacío, hasta vaciar la botella. Sin ánimos suficientes para levantarse a por otra, Tristán mató algo de tiempo observando sus alrededores y un hombre en el que no se había fijado antes, o mejor dicho, un par de hombres. Viéndolos no solo más sobrios que la media sino que además mirando con ojos analíticos a todos y cada uno de los presentes, llamaron también la curiosidad del arquero. Con paso calmo y esquivando a los borrachos que hacían gestos erráticos por toda la sala, se acercó a la mesa en la que los dos hombres se encontraban con apariencia expectante. Aún con el vaso vacío en la mano, preguntó con tono tranquilo.

¿Buscáis tripulación, caballeros?” – la pregunta servía como intento de llamar la atención. Quizás fue el alcohol, que se le había subido ya un poco a la cabeza pero ante la respuesta afirmativa, Tristán sonrió torpemente y con cierto tono imperativo, colocó el vaso sobre la mesa y señaló el pedazo de papel. “Apuntad, señores, Tristán de Tincoras, terror de los siete mares.” – aún si en realidad sus viajes en navío habían sido pocos y no demasiado agradables, en su ebriedad se había permitido el lujo de ponerse tan pomposo y sobreutilizado apodo. Sonriente, hizo un gesto con la mano libre de despedida, y volvió hasta la barra, pidiendo la segunda botella de la noche.

A partir de ese momento, y a medida que los vasos se vaciaban, el tiempo pasó de manera confusa para el arquero. Al menos hasta que un grito fue lo suficientemente fuerte como para sobreponerse al ruido del gentío y obligase a que Tristán se girase, en dirección al foco de la voz, con curiosidad. Se giró y vio a una mujer de aspecto más bien menudo, con una cabellera corta y de color rojizo – quizás acentuado por la oscuridad del antro – y unas ropas de colores claros, que sin embargo amenazaba al tabernero con un arma de hoja curva, similar a una cimitarra. Tristán abrió los ojos de par en par, y con un suspiro largo musitó… “No me jodas… ¿Ya empezamos otra vez?” – pero al final, el encuentro pareció más una escaramuza verbal que una pelea hecha y derecha – lo que seguramente habría llevado a una pelea a gran escala entre borrachines. Tristán siguió a la mujer con la vista, hasta que la perdió en una de las mesas más cercanas al hombre que andaba buscando tripulantes.

Tristán soltó otro bufido, y dibujó de nuevo una sonrisa en su rostro, ¡al fin y al cabo estaba celebrando! Rellenó de nuevo el vaso y fue interrumpido de nuevo con una escena… Curiosa. En la taberna entró un hombre de aspecto fornido, trayendo consigo atado a un hombre de aspecto más delgado y melena negra como la noche. Tristán simplemente obvió cualquier comentario del tipo y se centró en la bebida… O eso pretendía. De nuevo atraído hacia esa zona en particular de la sala, el arquero palideció al ver como el hombre que se encontraba atado ahora sufría una transformación grotesca y dolorosa, al menos a ojos de Tristán. Convertido en un híbrido entre hombre y bestia, al parecer motivado por una rabia inmensa, tomó represalias contra el hombre que lo tenía atado, mandándolo a volar fuera de la taberna por una ventana. “Mira, que considerado el chucho, al menos nos ahorra ver una escena desagradable…” – comentó para sí mismo, con cierto deje de ironía.

El hombre, ahora en su forma original, volvió a entrar con la cabeza del hombre de color que antes lo tenía retenido… “Ay, madre… Lo más inteligente, volver a entrar con la cabeza de alguien en una taberna de piratas… ¿Por qué siempre me pasan estas cosas a mí? ¿Luminaris, qué te he hecho yo para merecer esto?” – ironizando, aprovechó mientras el licano se sentaba en una de las mesas para reducir su distancia con la puerta. No era la primera vez que Tristán presenciaba una pelea de taberna, y sabía que sus dos piernas era todo lo que necesitaba para salir. Más vale prevenir que curar, que dicen. Con la botella en la mano y paso errático, caminó poco a poco y pasando desapercibido hasta la puerta.

… Pero la botella me la llevo, como esto termine en hostias la voy a necesitar.” – comentó finalmente, en un susurro.
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Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Yvonne Baynham el Miér Feb 06, 2013 11:59 pm

Yvonne Baynham había estado tan concentrada en la misteriosa isla que parecía dilatarse en el minuto a minuto, que ni tan siquiera había oído los pasos de la capitana al acercarse. El efecto que resulta del acercamiento puede resultar hipnótico. Especialmente cuando no se ha visto tierra desde hace algunas semanas. El sonido del casco rompiendo las olas hacía que todo lo demás quedara en segundo plano hasta que solo existía aquella pequeña porción del barco, y la inmensidad azul por debajo. Era una sensación de armonía que rara vez se encontraba en tierra, podía entender a los que decidían llevar su vida en el mar, pero no funcionaba de esta manera para la maga.

Llevaba más tiempo del que hubiese querido en el Furiosa, y había tenido tiempo suficiente para comprobar lo difícil que es escapar a la memoria con tan poco para hacer. Lo que menos necesitaba eran planteos profundos sobre su vida. No podía cambiar su pasado, y probablemente tampoco conseguiría hacer mucho por el futuro. Se debía a una causa mayor, no tenía tiempo para darse gustos personales. Como miembro de Eclipse, una organización para-militar avocada a la humanidad, había consagrado su existencia a cumplir órdenes. Quizá esa fuera la razón por la que el mar le molestaba. Esta vez su razón, desde su propio punto de vista, era totalmente egoísta. No podía evitar pensarlo: Estoy privando de mis habilidades a la humanidad, por un problema personal.

— ¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Lady Baynham?

La voz de la capitana rompió el silencio, tomando por sorpresa a Yvonne, cuyo nombre no había revelado en ningún momento. Una vez hubo ocultado su asombro, se volvió para verla a los ojos.

— Capitana Crésida, veo que ni los barcos se salvan de tener espías— acusó.

La mujer se adentró aún más en la proa para señalar la isla. A pesar de que no se habían cruzado en muchas ocasiones durante el viaje, en cierta ocasión habían hablado sobre Krakoa. La capitana, una navegante veterana y conocedora de una buena cantidad de islas no se dirigía por esa ruta pero había decidido tomar un camino que pasara cerca solo para llevar a la maga hasta allí. Yvonne se había encargado de que la paga valiese la pena, aunque si ella hubiera sido la capitana, no habría aceptado acercarse tanto a una isla repleta de piratas.

— No se trata de mis fuentes, querida. Pero permíteme preguntarte una vez más, ¿Estás segura de que esto es lo que quieres?

Yvonne frunció el ceño, aunque por supuesto, no borró su sonrisa de los labios.

— ¿Te ha mandado Eclipse? ¿Es que ya sabían lo que me proponía antes de viajar?

— Estoy segura de que ya lo sabía, no creo que al Hombre Etéreo se le escapen detalles como este sobre su segunda al mando— respondió con tacto.

A Yvonne se le ocurrió que solo lo hizo de este modo para dejar en claro que también sabía su posición en la escala de mando de la organización, y el nombre por el que se conocía a su líder. Estuvo a punto de explicarse, pero la mujer tomó la palabra de nuevo

— Oh, no. No vayas a creer que soy otra de las tantas personas que ni siquiera conoces a pesar de tu rango de confianza, hija. Conozco al Hombre Etéreo porque yo misma he trabajado para Eclipse, yo también tuve cierta posición importante en la jerarquía, nada que se asemeje a la tuya— aclaró al ver que el ceño de Yvonne se fruncía de nuevo. — Sinceramente, he aprendido más de Eclipse desde que lo he dejado que por aquel entonces, pero debes saber algo: el Hombre Etéreo no ha cambiado desde hace al menos veinticinco años.

La Capitana Crésida tenía los ojos puestos en la isla cada vez más cercana, pero no estaba viendo. Parecía debatirse si continuar hablando o no. Esta vez no lo hizo.

— Con el mayor de los respetos, ¿por qué me estás diciendo todo esto capitana?— le preguntó claramente enojada. — ¿Qué pretendes lograr? No harás que desperdicie estos años de servicio a la humanidad para que me una a tu tripulación.

— El Furiosa no tiene espacio para alguien como tú Yvonne, no creo que tu destino esté en el mar. Conozco algo de tu historia, no mucho, pero como te he dicho, tengo mis fuentes— confesó enigmática— Eclipse no es lo que parece, hija, y si has podido escapar de las garras de Henry, estoy segura de que tarde o temprano verás que el Hombre Etéreo es aún más peligroso para ti.

— El Hombre Etéreo ha dedicado su vida a una causa mayor, algo que tú no has podido hacer al abandonarlo— podía permitir que hablara de su padre, pero no estaba dispuesta a oír que se mancillara el nombre del Hombre Etéreo.

El rostro de Crésida se ensombreció al oír aquellas palabras, no pretendía ofender a Yvonne ni despertar su instinto leal. Sabía que de esta manera no lograría nada más que fortalecer su vínculo a Eclipse. La capitana se cruzó con la joven en una de sus últimas paradas antes de adentrarse en el profundo mar, y la aceptó a sabiendas de quién se trataba. Había tenido esperanzas de ayudar a la maga a escapar de la influencia del Hombre Etéreo, pero ahora comprendía que nadie podía ayudarle. Ella no quería ayuda, posiblemente sin esa fe que la unía a Eclipse, no le quedaba nada por qué vivir. Pero entonces, ¿por qué quería llegar a Krakoa? La respuesta no tardó en llegar: Lauranna.

— Tienes ante ti la oportunidad de una nueva vida, Lady Baynham— le dijo suavemente, mientras su mano señalaba la isla. — Ha sido un placer conocerte, eres terca como Henry pero al menos tú tienes integridad moral. Buen viaje.

Yvonne escuchó los gritos de la capitana dando órdenes a su tripulación. Ordenanzas como “¡sin velas!” o “¡qué carajo haces allí pedazo de escoria, mueve ese culo y ata esa vela a la verga!” siguieron los próximos minutos, hasta que la capitana se metió en su camarote. Entonces, un hombre subió las escaleras que comunicaban a la proa y avisó a la maga que el bote estaba preparado para zarpar hacia la costa. Yvonne reconoció al hombre como el primer oficial de Crésida, un enorme narahí calvo, cuyo torso estaba repleto de heridas. El grandulón la guió hacia el bote, e hizo que lo bajaran con cuidado después de haberse subido él mismo.

Una vez en el agua se dispuso a remar, mas sus ojos no estaban puestos en el mar, ni en la isla, ni siquiera en las rocas que amenazaban a las embarcaciones cerca de la costa. Yvonne logró ver en la oscuridad, cómo el primer oficial la miraba, y aunque estuvo a punto de mandarlo a la mierda –aún no se decidía si solo con palabras, o con una muestra de lo que era capaz mediante su magia-, él tomó la palabra primero.

— Ha sido dura con la Capitana, señora.

Oh, vamos. En qué estuve pensando, pero ¿quién se cree que es para enseñarme cómo tratar a esos consejeros que dan sermones por el gusto de darlos, sin que nadie se los pida?

— La Capitana Crésida es una mujer fuerte, pero un día no lo fue. Hace más de dos décadas ella pensaba como usted, señora, y terminó con el corazón roto por un hechicero que jugó con sus sentimientos— ante la sorpresa que Yvonne no pudo evitar demostrar agregó— así es. Su padre y Crésida tienen una historia común, pero él no tuvo mejor idea que poner esa historia y su devoción por Eclipse en la balanza— explicó.

Cuando el bote llegaba a la costa, el narahí se bajó al agua cristalina, y terminó de acercarlo a la arena ayudado por una soga. El silencio contribuyó a la inquietud que sentía Yvonne sobre su futuro, las olas rompían contra la arena haciéndolo todo más difícil. Tenía ganas de volver al barco que la había traído y exigirle respuestas a la capitana Crésida. ¿Por qué no le habló de la relación con su padre, y en cambio quiso mostrarse benevolente y aconsejarle sobre el Hombre Etéreo? Irritada ante la perspectiva de tener que quedarse con las preguntas, Yvonne pasó por al lado del hombre ignorándolo por completo.

A pesar de su apariencia tosca, el hombre lo entendió.

— Espero que llegado el momento, usted sepa elegir— murmuró mientras daba la primer remada camino a su barco.

Posada de Calipso. El pestilente hedor a alcohol se hacía cada vez más nauseabundo conforme se acercaba a la vieja taberna. Minutos atrás había tenido la suerte de encontrar una puta lo suficientemente sobria como para entender a qué se refería al preguntarle sobre las expediciones piratas, y siguiendo sus indicaciones, llegó a la puerta sin mayores contratiempos. La escalera de madera que llevaba a la puerte tenía un escalón roto que la maga sorteó sin mirar para abrir la puerta.

Al entrar, el ambiente con el que se encontró, le recordó a cierta taberna por la que había estado en Malik-Thalish, la oscura ciudad-estado aliada de Phonterek. Por experiencia, Yvonne sabía que la calidad de una taberna se mide por su proximidad del puerto. O mejor dicho, por su lejanía. Las cantinas cercanas al agua eran frecuentadas por la peor clase de viajeros que se podía encontrar. Gente mugrienta, borrachos, mercenarios, prostitutas, ladrones y algún idiota sin idea de qué está haciendo allí dentro. Había varias mesas dispuestas por el lugar, algunas abarrotadas y otras no tanto. Yvonne consiguió acercarse lo suficiente a la barra como para ver el filo de una espada mhare siendo desenvainada.

La maga observó a la mujer sin poder evitar una sonrisa. Le pareció que la idea de desenvainar una espada frente al tabernero de una sucia tasca repleta de borrachos era o muy ingenua o muy pasada. Si el hombre era capaz de mantener a raya a sus comensales, entonces estaba claro que estos lo defenderían sin dudarlo. De eso se trataba la extraña lógica de los marineros, y especialmente de los piratas. La maga no lo comprendía del todo, pero era saber popular, no había mucho que aportar al saber popular. Rara vez tenía sentido común.

A sabiendas de que en cualquier momento la mitad operativa de la taberna se lanzaría sobre la joven espadachina, decidió tomar otro camino hacia el fondo. Esquivando varios manotazos, e incluso pegándole a ciertas manos que intentaban llegar a tocarla, se movió entre los borrachos. Había varios capitanes allí, reclutando borrachos para sus respectivas tripulaciones. No encontraba ninguno más o menos decente que el resto. Había cite, mhare, hunta, incluso le pareció reconocer a una capitana como narahí –aunque no sabía si en realidad entre toda la mugre, en realidad no era un cite cubierta hasta las narices de barro-. Entre todas las opciones, se encontró con un rostro que llamó su atención. El hombre tenía el ceño marcado, pero no parecía estar muy atento a los griteríos de los borrachos. Y además, estaba relativamente limpio, no podía pedir algo mejor a un pirata cuando ella misma no se había bañado por días pero al menos causaba una buena impresión.

Cuando Yvonne Baynham se acercó a la mesa, apoyó ambas manos y se inclinó dispuesta a pedir un lugar, permitiendo que se viera un poco más de piel de lo que siempre se veía. Sus cabellos, negros como el abismo de una noche sin las lunas, caían tocando la superficie de madera. Sus ojos azules puestos en primer momento en el hombre cuya mano sostenía una pluma, se posaron en el hombre que tenía al lado. Entonces este es el capitán.

— Creo que siempre hay lugar para una dama con mis aptitudes— comenzó, mientras dejaba que su esencia asomara a sus ojos. El azul profundo de sus iris se tiñó de escarcha por un instante, mas su sonrisa no se borró— Victoria Rione a su servicio, capitán.

Después de hacer una leve inclinación de respeto, sin despegar la mirada de los hombres, dio un paso atrás. Jamás se había anotado en ninguna expedición, de hecho eran los demás quienes debían rendir cuentas a ellas.
En qué estoy pensando, aquí nadie sabe quién soy. Puedo actuar con libertad y si me equivoco no afectará en nada en la vida de Yvonne.


Última edición por Yvonne Baynham el Jue Feb 07, 2013 7:32 am, editado 1 vez (Razón : Se han modificado los párrafos 1 y 2 por faltas gramaticales graves desde el punto de vista de la propia jugadora. No se han cambiado acciones y hay foto como prueba.)
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Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Gray Fenris el Jue Feb 07, 2013 7:13 pm

-Kiluyu, ¿eres tu?-Solo alcanza a saludar a un viejo camarada y la trifulca empezó y no fue por alguien que viniese a por mi cabeza, un taburete voló junto con un hombre, tan solo un pequeño instante vi como caía, gire la cabeza para hilar unas palabras con Kiluyu pero este ya había desaparecido tal y como lo había hecho el contenido de mi vaso. Me quede en el lugar y tome una botella de ron, planeaba no moverme del lugar y que ellos viniesen de a poco. Un fuerte estruendo sonó mientras giraba mi brazo y rompía la botella en un maldito pirata, este cayo al suelo, un poco herido pero sin ánimos de seguir haciendo nada, reí un momento y seguí buscando alguna otra botella en la barra con cual darle a otro matón que intentase acercarse, pero mientras trataba de alcanzar una con mi brazo, una cálida sensación seguida de un horripilante dolor se amplifico en mi mejilla. -¡Argh!- un gran garfio entro por mi pómulo, un frió metal corto mi encía y si no fuese por la destreza de mi lengua, esta también habría sido perforada, rápidamente lleve mis ambos brazos al antebrazo de aquel garfio tratando de soltarme pero todo fue en vano, una enorme fuerza me lanzo como si hubiese capturado un débil pez de las orillas, me moví fuertemente pero esto solo hizo que el garfio despedazara mas mi mejilla.

-¡Llevad a la bestia a mi navío de inmediato, junto con los nuevos tripulantes.-

Salí volando hacia el suelo, mientras veía el oscuro cielo, el cual empezaba a taparse en fuertes nubes, fue lo ultimo que vi antes de que un fuerte porrazo borrara todo rastro de conciencia de mi. Mi vista se nublo mientras mi cabeza comenzó a sangrar junto con mi mejilla, solo sentía como raras serpientes amarraban mis pies y manos mientra era arrastrado dejando un camino en la arena marcado con sangre.

Fuertes olas azotaron mi cuerpo, junto con un fuerte olor a mar embravecido, poco a poco, empece a abrir los ojos, mientras mi vista se recuperaba de aquel golpe. Otra fuerte ola golpeo contra mi pero esta vez me mantuvo ahogado en agua por un largo momento. -Aaargh.-Fue lo que grite mientras salia del agua, la sangre de mi mejilla chorreaba junto con la marea en mi cuerpo, había sido despojado de todas mis cosas, tan solo llevaba un taparrabos para cubrir mi decencia, el frió se impregnaba en mi cuerpo y poco a poco empezaba a temblar, aun no entendía bien la situación pero de algún modo tenia que tratar de sacarme el frió de encima, si me convertía en lobo, mi pelaje se mojaría haciendo que el frió se impregnase en mi así que decidí mantenerme tal cual y pedirle a la naturaleza que no me torturase por mas tiempo. -¡Ayudadme!- Grite mientras me tragaba mi orgullo.
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Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Kiluyu el Sáb Feb 09, 2013 1:12 am


Acción y reacción, causa y consecuencia, todo es parte del equilibrio, porque como las nubes y la tierra, como el firmamento y el mar, todo debe tener una contraparte, todo se coloca en la balanza, y el destino hila el sendero. Aunque soy de los que creen que la fortuna no está escrita, que lo forjamos en base a nuestras acciones, el azar es un factor presente en cada camino, y depende de cada quien la represalia que obtendrá gracias a sus actos, en una relación directamente proporcional. Sin embargo, a veces la balanza, en algún momento, desequilibre los términos, dando como resultado eventos inesperados, nada comparables en relación a las acciones realizadas. Pese a todo, no podemos vivir nuestra vida pendientes y atentos a cada movimiento, cada palabra y cada gesto, con el miedo siempre presente en nuestros corazones, como una bestia acechándonos. Simplemente, la presión terminaría matándonos. No, la solución más viable es la aceptación, la asimilación de cada hecho. No esperar nada, no planear nada. Debemos adaptarnos a los cambios que sufrimos, no rezar a un dios por un milagro, los milagros, en todo caso, los creamos nosotros. ¿Por qué? Porque es la única manera de sobrevivir, de seguir transitando el camino, y de disfrutar, de “vivir” la vida, a cada segundo, a cada minuto, porque si uno vive preocupado su mente se cierra, levanta una barrera y le es imposible experimentar los breves momentos de felicidad. El mundo es una balanza, y nosotros decidimos cuanto peso le aplicamos.

Es mucha casualidad encontrarme al licántropo en la taberna de una isla pirata perdida en el océano, pero es cierto. El joven Gray Fenris estaba sentado frente a mí, de espaldas y con una cadena en su mano, de la cual colgaba un hombre. Desconozco la razón de semejante actuar, pero para que él reaccione de esa manera debió haber sido algo bastante problemático. Aunque, el hecho es que a nuestro alrededor el clima ya de por si se había vuelto exageradamente tenso, como una mecha que había encendido en el depósito de pólvora de la otra nave. Y no me extrañaba, de todas las historias que había oído, siempre que se desarrolla un suceso de semejante magnitud en un bar como este, los marineros que allí descansaban, totalmente borrachos, terminan originando peleas que usualmente terminan en muchos muertos y heridos, y muy posiblemente con el establecimiento en llamas, seguido por saqueos y robos por parte de los criminales. Después de todo, son piratas, ladrones y asesinos de alta mar, el honor no es nada para ellos, solo el poder otorga voz.

Algunos golpes y gritos resonaron en el local, seguidos por mesas y sillas cayéndose estrepitosamente. El pequeño pleito de un par de sabandijas originó que toda la taberna se sumara a una lucha campal donde absolutamente nada importaba. Aún desconozco como se originó aquello, botellas volaban por doquier, rostros enfurecidos y puños manchados de sangre.

- Kiluyu, ¿Eres tú?

El joven frente a mí respondió a mi saludo mientras esa escena se desarrollaba. Mala suerte fue la mía que el primer asiento en cruzar el éter alcoholizado de esa taberna, impulsado por las manos de un rufián, terminara impactando en mi cabeza, arrojándome al suelo con fuerza. Aterricé de espaldas sobre la mesa de dos comensales, quienes reaccionaron con ira ante semejante suceso, intentando sujetarme. Afortunadamente, mi largo entrenamiento me otorgó la ventaja sobre esos beodos contrincantes, pese a mi extremadamente incómoda posición. El de la derecha aferró mi capa y usando su fuerza me alzó, dispuesto a darme una paliza junto a su compañero, pero no se esperó que un fuerte gancho con el puño izquierdo, sumado a mis leales Cestus, impactara en su mejilla, dejando escapar tanto sangre como algunos amarillentos dientes. Fue un buen golpe que solo le dejará algunas cicatrices en el rostro gracias a las espinas, además de la necesidad de usar prótesis para la dentadura. El dolor lo embargó, y su mano me liberó del agarre, mientras su compañero reaccionaba ante ello, abalanzándose sobre mi persona con una pequeña pero filosa daga. Años y años de rigurosa práctica me llevó el perfeccionar mi combate a corto alcance, y, sin pecar de vanidoso, puedo decir que un oponente así es fácilmente manipulable. Dejé que su primer ataque horizontal, destinado a crear un agujero en mi vientre, pasara de largo a mi derecha, y, en un giro en la misma dirección aprovechando el impulso, llevé ambas manos a la suya, inmovilizándola con la diestra y acertando no uno sino dos golpes en su nariz con la zurda, usando el borde de la mano libre de espinas pero surtiendo el mismo efecto de impacto. No se esperaba un contraataque de ese tipo, y, al verse golpeado en una zona tan sensible, se vio obligado a desistir. Si quiero seguir con vida, debo aprovechar esta oportunidad para huir. Fugazmente miré a mí alrededor, centrándome en la salida. Nadie cerca de ella, es momento. Velozmente crucé el corto trecho que me separaba de ella, aferrándome del borde izquierdo del marco al pasar para así girar aprovechando el envión.

Ya fuera, me pegué lo más que pude a la pared, evitando destacar ante la luz de las lámparas, y me escondí en la sombra de un oscuro callejón. Recordé que allí dentro aún estaba Gray, pero nada podía hacer frente a tantos. Habría muerto de seguir allí. Vigilé la entrada, por si lo veía salir de allí a él o a alguien más. Algunos de esos exaltados borrachos huyeron ante el repentino estruendo de un disparo, que fue sucedido por un gran número de los mismos. Mis tímpanos no soportaban del todo aquello, por lo que me vi obligado a llevarme las manos a los oídos, algo mareado por efecto de semejante ruido. Y, entre los parroquianos que salían, observé como una persona, cuyo porte era confiado y rudo, junto con unas elegantes ropas que bien podían otorgarle de por sí un título de capitán, arrastraba detrás de sí al joven licántropo con lo que parecía ser un garfio metálico. ¿Un capitán con garfio? ¿De dónde había oído algo parecido? Como sea, mientras un grupo de marineros armados hasta los dientes se acercaba a la taberna, él les gritó a viva voz.

-¡Llevad a la bestia a mi navío de inmediato, junto con los nuevos tripulantes.-

Junto a él se encontraban un par de personas que, aunque sonara extraño, me pareció reconocer, más sus rostros estaban difusos gracias a la tenue luz y la confusión por los disparos. Él arrojó su presa al suelo, como si el trofeo de una cacería fuera, y los recién llegados obedecieron prontamente, atándole los brazos, golpeándole la cabeza y arrastrándolo a los muelles, seguidos por las dos personas y el capitán. Observé cómo se alejaban al puerto, y repentinamente me encontré solo ante una decisión, ¿Seguirlos o no seguirlos? Era más que evidente que no iban dejarme subir a su embarcación, pero menos aún podía permanecer en este hediondo lugar. Además, se llevaron a Gray con ellos, ¿Qué otra opción tenía?

Antes de que la última sombra desapareciera, corrí como pude tras ellos, entre la confusión y el mareo provocados por el tiroteo. Les seguí la pista gracias al notorio sombrero que llevaba aquel de mayor rango, y apenas pude apreciar el tamaño de semejante embarcación gracias a la oscuridad de la noche. Solo unas lámparas de aceite brindaban limitada iluminación en el navío. El problema se encontraba en cómo podía subirme y pasar desapercibido, ya que la tripulación había concentrado todas sus energías en preparar la nave para zarpar pronto ante la orden de su capitán. Evidentemente, todos los lugares estaban vigilados, pero si mal no me equivoco, la atención estaba centrada en los cabos y aparejos, por lo que la bodega y la sentina debían estar sin vigilancia alguna.

Unas ventanas bajo la parte de popa reflejaban un ligero brillo desde el interior, develando que una de los vitrales se encontraba abierto, ¡El camarote del capitán! Era mi vía de ingreso, pero, ¿Cómo llegaría hasta allí? Oculto tras un tocón saliente en el muelle, traté de ver por dónde podía subir. Uno de los tripulantes estaba desenganchando los cabos en tierra, mientras otro los levantaba desde la borda, pero, para mi buena fortuna, olvidó uno de ellos, aquel que colgaba justo frente a las ventanas del camarote. La balanza fue bondadosa entonces, y, de un salto, alcancé a aferrarme a la soga antes de que el enorme navío zarpara de la costa, impulsado por las poderosas ráfagas de viento que henchían las velas a favor, cobrando una velocidad asombrosa. Pero el aire… había humedad en el mismo, y su olor era distinto a la sal del mar. Además, una sensación de energía flotaba en el ambiente, junto con unas alteradas olas, que golpeaban los lados del barco como si intentaran voltearlo. Una tormenta. Quizás fuera la misma que yo me encontré, y si así era, mejor que tuvieran un buen navegante. Y mientras pensaba en eso, la lluvia cayó como plomo, sin avisar siquiera.

Elevé mi rostro, tenía que concentrarme en trepar entre las sacudidas, no en la tormenta. Ahora no había vuelta atrás, o subía, o moría. Elevé el brazo derecho mientras flexionaba el izquierdo, tomando con fuerza el cabo. Con cuidado, repetí la acción invirtiendo los miembros. Era complicado, no tenía casi momentos para sostenerme entre el movimiento, el agua empapaba cada rincón de mi cuerpo y hacía que mis manos resbalaran, que mis ojos se cerraran involuntariamente. Pero debía seguir, continuar, no rendirme. En más de una ocasión casi resbalo y caigo al tempestuoso océano. Una y otra vez moví los brazos, avancé poco a poco, subiendo cada vez más, hasta que pude ver el alfeizar de madera de la ventana frente a mí. Con la mano extendida, me aferré a él como si de garras se tratase, y entré de un envión, aprovechando una ola descendente.

Ya dentro, me encontré con un pequeño recinto, iluminado por un par de velas de cera situadas en un amplio escritorio, formando extrañas figuras con las sombras a su alrededor. El resto de la habitación se encontraba en penumbras. Lo único que pude notar con claridad fueron unos mapas sobre la mesa junto a una botella de ron a medio beber, volcada a un costado con un tapón en su boca, lo que impedía que se derramara. Intrigado, me acerqué a esos pergaminos algo doblados y arrugados, revisándolos. Los mismos mostraban extensas zonas marítimas y costeras, islas y archipiélagos, puertos y ciudades pesqueras y navales de casi todo Noreth. Pero uno de ellos llamó mi atención, uno marcado en rojo…

En ese momento, unos ruidos en las tablas sobre mí me devolvieron a la realidad, alertándome del hecho de que ahora era un polizón en ese barco, y que corría un gran riesgo. Corrí veloz dejando todo aquello detrás, revisando donde podía ocultarme. Tropecé con un piano de cola, cuyo ruido fue escondido por los truenos en el exterior. Cerca de la entrada, se hallaba una despensa llena de botellas con ese amargo líquido que los marinos suelen tomar. Me aproximé allí, y deslizándome poco a poco, me escondí como pude, en una posición lo suficientemente cómoda para que los calambres no me torturasen. No estoy seguro de que me vayan a encontrar, pero mi principal fin aquí es rescatar a Gray. Quizás el cofrecito en mi morral me ayude…
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Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Tristán de Tincoras el Sáb Feb 09, 2013 2:13 am

Tristán ya había comenzado su camino hacia la puerta cuando el primer taburete aún no volaba por la sala, y cuando lo hizo el arquero se limitó a esquivar con cierta gracia los manotazos y embestidas de los borrachines coléricos. Con mucho cuidado de no perder la botella que portaba en la diestra, avanzó con paso errático y evitando pisar a aquellos que ahora reposaban en el suelo, fuese a causa de un golpe o de pura ebriedad. Los gritos, maldiciones, quejidos y gemidos llenaban la sala, y los ruidos de madera crujiendo o directamente rompiéndose la acompañaban como una orquesta de caos y violencia.

El hombre de pelo bicolor dedicó una mirada fugaz al hombre que antes estaba en la mesa, reclutando, y que ahora parecía no solo quedarse en la taberna, sino además vio cómo se perdía en la marabunta, junto a borrachos y meretrices. Con paso raudo llegó hasta la puerta, y haciendo una burlesca reverencia comenzó a hablar, en un tono suficientemente apagado como para no llamar demasiado la atención, entre gritos y quejidos.

¡Damas, caballeros! Lamento tener que irme, y privaros de mi insuperable presencia, pero sepáis que hasta este momento, la velada ha sido maravillosa en vuestra compañía.” – Justo en el momento de terminar la frase, una botella vacía voló a dos palmos de la cabeza de Tristán, reventando en mil fragmentos al impacto con el marco superior de la puerta. Rápidamente giró sobre sí mismo, y abandonó el establecimiento, botella en mano y con gesto alcoholizado. “Bien… Si mi mente no me engaña… Me he metido a trabajar en un barco pirata…” – Tristán soltó una carcajada ahogada, mientras la fresca brisa de mar nocturno azotaba sin piedad al hombre. “Vale… A saber cuál es el barco del señor capitán…” – mientras pretendía continuar caminando, el estruendo de un arma de fuego azotó la taberna y alrededores, asustando al arquero por unos segundos, y haciendo que se voltease con gesto incrédulo.

Benditos brutos…” – pensó para sí mismo, antes de dar un par de pasos al frente. Antes siquiera de que Tristán decidiese ir por una ruta u otra, el capitán salió con el licántropo… ‘agarrado’… con el garfio… Tristán encontró la escena tan surrealista por algún motivo que de nuevo soltó una pequeña risa que ahogó, quizás para no llamar la atención. Luego Tristán reparó en que varios hombres de aspecto fornido y ataviados como marinos llegaban armados, y se acercaban para recibir las hombres del pescador de licántropos. Al parecer, llevarían al chucho hasta el navío, igual que nosotros. “Espero que lo del garfio no sea una costumbre entre piratas…”- pensó para sí mismo. Entonces Tristán reparó en una mujer que no había visto antes, y que no había llegado con los marineros armados que ahora cargaban al licántropo. Quedó unos segundos mirándola en silencio, con su mirada medio perdida.

Luego esbozó una sonrisa un poco torpe, y caminó hacia ella. “Tristán de Tincoras, para servirla.” – dijo haciendo una reverencia torpe y desequilibrada, que tuvo que interrumpir para no dar de bruces contra el suelo. Uno de los hombres que habían venido a buscar al licano ahora se acercaba a ambos. “Seguidme, si no queréis que el capitán os deje en tierra y sin piel.” – solo las apariencias del fuerte mastodonte eran suficientes como para que el arquero no le dijese ni pío, pero además la escena del garfio atravesando la mejilla del licano le daba cierta seguridad con el hecho de que sí los despellejaría. “Nos vemos a bordo, milady” – de nuevo, retomó el camino siguiendo a la mole de músculos.

Quizás por culpa de la ebriedad o simple despiste, lo siguiente en la memoria de Tristán era encontrarse ya en la cubierta del barco, con un insidioso dolor de cabeza y una brisa marina que para el hombre que mayormente había vivido en secano, era una tortura que calaba hasta los huesos… Aun así, Tristán vestía una sonrisa a medio esbozar mientras sujetaba la botella casi vacía y miraba a la superficie del mar con el estómago ligeramente revuelto. A su espalda oía murmullos de los marinos y ciertamente una gran cantidad de movimiento, seguido de un grito imponente e imperativo.

¡Levad anclas y soltar los cabos, nos largamos de aquí!” – Poco tiempo después, el barco comenzó a moverse, y Tristán se tambaleó buscando equilibrio con el gran navío. El aire fresco ya comenzaba a espabilar al arquero, y disminuir el efecto del alcohol en el cuerpo, volviéndolo ligeramente menos ebrio. Cuando comenzó a caer la lluvia, Tristán que estaba más bien confuso y desorientado se dedicó a imitar y ayudar en lo que pudiese a los piratas, que parecían controlar mucho mejor la situación. Se movía por la cubierta como un pollo descabezado, buscando poder hacer algo dentro de sus capacidades, mientras la lluvia caía inclemente sobre todos los que no estaban resguardados.

Si es que quien me manda… Tengo que dejar de beber y de hacer estas tonterías… Algún día.” – refunfuñó para sí mismo, con un suspiro largo mezcla del cansancio de correr por la cubierta y le inclemente tormenta.
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Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Yvonne Baynham el Sáb Feb 09, 2013 8:18 pm

Yvonne asintió satisfecha al ver que el Sr. Otul anotaba su nombre en la lista impecablemente elaborada, en una hoja amarillenta que tenía sobre la mesa.

— Los vientos soplarán a tu favor— declaró mientras se hacía a un lado.

Habiendo pasado las últimas semanas encerrada en un pequeño cuarto de la Furiosa, el galeón aparentemente mercante de la Capitana Crésida, tuvo tiempo suficiente para pensar en la forma que emplearía en convencer a algún capitán de que sería útil para su tripulación. De ninguna manera se había puesto a pensar que la aceptarían tan fácilmente. Por otro lado, solo faltaba echar un vistazo en la escabrosa taberna para sentirse una buena elección. De hecho, lo que en un principio parecía un tugurio repleto de borrachos, se iba convirtiendo en un tugurio caótico repleto de borrachos violentos.

El roce que provocó el tal señor Otul al pasar por el costado, le recordó que estaba frente al capitán al mando del barco en el que andaría los próximos días. La mirada del hombre se posó sobre ella cuando le sugirió salir de allí. Yvonne no puso objeciones a la orden del hombre, a quien asintió levemente.

Al hecho de que alguien había amenazado al tabernero, se le sumaba un licántropo sin mejor idea que mostrar su verdadera naturaleza ante todos los presentes. Yvonne se giró con cuidado para no llamar la atención. Lo que vio no le llamó la atención, aquel muchacho no parecía mayor que su hermana de quince, por no decir que lucían parecidos con ese peinado y la contextura delgada. Un cachorro. En general, los licántropos habían tomado renombre en las sociedades modernas, aunque siempre existían aquellos que seguían viéndolos como bestias. Y no hay ningún tipo de hombre más progresista y a su vez conservador, que un pirata. ¿Qué pasaría entre una multitud de estos? La respuesta estaba a punto de llegar, y en realidad no tenía tanta urgencia por conocerla.

La maga tomó la misma vía por la que había llegado hasta la mesa del capitán, buscando con presteza al señor Otul entre el gentío. Desafortunadamente, el hombre salvó distancias rápidamente, haciendo que cualquier intento por llamarle la atención entre el griterío general fuese nulo.

Aproximadamente dos minutos después Yvonne Baynham cruzaba la puerta de la taberna. Tenía el cetro en mano, y exhibía una ligera capa de sudor en su piel desnuda. Como era habitual, llevaba el torso casi al descubierto, salvo por una tela blanca sujeta por una red fina que obstaculizaba la mirada a cualquier mirada indiscreta. Había pasado por una horda de hombres que posiblemente acababan de bajar a tierra después de una temporada en el mar, y no se habían abalanzado sobre ella. No sabía si debía sentirse afortunada, o volver y subirse a una mesa para saber si la consideraban atractiva.

¿Qué estoy haciendo? Debería estar agradecida de no tener que vérmelas con esa gentuza, como la espadachina y el lobo. Esos dos no saldrán vivos de aquí.

Había hombres esperando afuera de la taberna, mas ninguno parecía conocido. El señor Otul ya se había marchado camino al barco. Sin poder ocultar su frustración, Yvonne se hizo un lugar entre los hombres y esperó a que saliera el capitán. Su sonrisa no iba dirigida a nadie, sin embargo no dejaba de exhibirla al revisar a los piratas de pies a cabeza. ¿Estarían esperando al mismo capitán, aquel que, armado con una pistola de mecha, se había levantado después de ella? La trifulca de la taberna se estaría oyendo en gran parte de la isla, pues no era lo suficientemente grande como para escapar de los gritos, los gemidos, las sillas rompiéndose y ¿qué era eso? ¿armas de fuego? Probablemente el capitán estaba montando una escena, aunque tal vez hubiese otros marineros con ese tipo de arma, y no los había visto. Tener una pistola de mecha era símbolo de ostentación en tierra. No sabía si en el mar se aplicaba el mismo razonamiento.

Después de Yvonne, salieron varios hombres. Uno de ellos se acercó con los pasos característicos de quien está a punto de perder el control por el alcohol, y una sonrisa que no decía lo contrario. El hombre no le pareció mayor que ella, a pesar de que el alcohol suele deshidratar a las personas, y por lo tanto, tenía algunas arrugas marcadas en el rostro. Por lo demás, estaba vestido como un explorador, pero no exhibía distintivos de ninguna fuerza militar que Yvonne conociera. Tal vez era un cazarrecompensas, o un montaraz, aunque no entendía que podía estar haciendo uno de estos por allí. Cuando él se inclinó en una desaguisada reverencia, el capitán se personó, casi rompiendo la puerta. Tenía enganchado al licántropo en el garfio. Al soltarlo, masculló algo que la maga no alcanzó a oír debido a que el tal Tristán quería presentarse.

Yvonne Baynham lo miró impasible, con su característica sonrisa dibujada en los labios, aunque lejos estaba de sentirse cómoda.

— Limítese a servir al capitán— respondió tajante. No puedo hacer enemigos tan pronto, quizás este sea un buen momento para dejar a Yvonne, aunque sea por unos días. — Victoria Rione— se presentó con una reverencia bien preparada que contrastaba con el mamarracho presentado por Tristán. Se inclinó más de lo que acostumbraba, para mostrar que en realidad se había equivocado al contestar tan cortante.

— Seguidme, si no queréis que el capitán os deje en tierra y sin piel— interrumpió un hombretón cuya atribución no estaba dispuesta a discutir… de momento.

En un instante, el grupo se movía con plena seguridad, seguidos por el mismísimo capitán camino a su barco. Este hombre tenía un manto de autoridad propio de quienes saben lo que están haciendo. Yvonne esperaba que no solo fuese una apariencia, pues acababa de salir de una taberna caótica con el licántropo, uno de los que habían armado el jaleo. Pero ya fuera por casualidad, o porque en realidad el capitán sabía lo que hacía, nadie los siguió camino al barco.

A pesar de la actividad que había en la isla de Krakoa, el puerto no hervía de dinamismo. Esto, por supuesto, no era de extrañar teniendo en cuenta las luces exhibidas entre las nubes. Se aproximaba una tormenta, uno de los pocos enemigos que puede temer un hombre de mar. Yvonne había oído historias en muchas posadas acerca de las atrocidades que logran los vientos y el agua en los mejores barcos. Aun así, el capitán parecía llevar prisa por salir de allí. El barco guardaba ciertas similitudes con el Furiosa, no obstante podía ser confundido con la copia siniestra. Sin ir más lejos, el mascarón de proa parecía un siniestro homenaje a alguna clase de diosa olvidada hace mucho tiempo atrás.

Yvonne Baynham fue una de las últimas personas en acceder al barco mediante el puente que habían levantado para conectarlo al muelle. Viendo la cantidad de barcos que había por allí, podía hacerse una idea de por qué la capitana Crésida la había enviado en un bote lejos del puerto.

— Disculpe, ¿cómo se llama este barco?— preguntó a uno de los marineros que habían respondido a la orden del capitán para hacerse a la vela.

El hombre levantó la mirada confundido.

— Rocío Carmesí— contestó casi a punto de perder el aire.

Típico de piratas, aunque admitía que el nombre carmesí podía subir la moral hasta al más cobarde. Ese color era el de la sangre. Yvonne se las arregló para desatenderse de cualquier trabajo que pudiesen desempeñar los corsarios, y se subió a la plataforma de proa donde algunos hombres soltaban las sogas para así liberar la vela. Los hombres parecían ignorar completamente la presencia de la maga, si esto permanecía así, sería un viaje muy tranquilo.

— Disculpe, ¿sabe el nombre del capitán?— le preguntó a uno de los hombres que casualmente bajaba la escalera para pasar a la plataforma mayor. Ya habían soltado la vela.

El hombre se giró atónito ante la pregunta.

— Estás en el Rocío Carmesí, el barco insignia del mayor capitán que haya surcado las aguas, el Capitán Garfio— le dijo entre irritado y confundido.

Yvonne asintió antes de bajar ella también. Pasó al lado del hombre para situarse cerca del borde, apoyando ambas manos en la baranda. Quería tener algo en lo que pensar, pero no podía entrometerse en el trabajo ajeno si no estaba preparada para ayudar. Exhalando durante un largo rato, permitió que el viento se llevara sus preocupaciones, mientras el barco se hacía a la mar.
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Re: Aventuras de un navío oscuro

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