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Aventuras de un navío oscuro

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Aventuras de un navío oscuro - Página 3 Empty Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Thorin el Jue Feb 21, 2013 12:14 am

Todas las grandes historias, empiezan porque alguien, cambia el rumbo de su destino, no importa el lugar, no importa donde hay que llegar, si al final consigues alcanzar tu sueño.

Me encontraba sentado, escudriñando viejos mapas, pues tras nuestro desembarco en Pelegos, deberíamos bien encontrar un nuevo destino para nosotros, ignoraba el tiempo que tardaríamos en llegar a la isla, pero seguramente no nos llevara mucho mas de 2 días, quizás si hay contratiempos medio día mas, tan solo quería acabar los arreglos de mi barco, de ser de otra forma no pararía para repostar, di una buena calada a la pipa, la cual humeaba constantemente, aunque algo me distrajo de mis pensamientos, la bestia que yo mismo había castigado, llamaba mi atención. Dirigí mi mirada hacia él, no esperaba que se dirigiese a mi después de lo que le hice, pero bueno, en este mundo hay gente muy extraña de eso no hay duda ninguna, fruncí el ceño tras ver su acción, se había arrodillado frente a mí, me estaba dando las gracias, ciertamente este chico es extraño, pero negué con la cabeza y me dirigí a él.

-Póngase en pie joven, no aceptare su gratitud, tómelo como una cuenta saldada, yo os perdono la vida y vos a cambio, serviréis en mi barco.- Dije explicándole su situación. –Poneos en pie joven después id a la cocina y ayudareis allí como pinche del cocinero.- Esa fue mi orden para él, esto no es un crucero de placer aquí todos deben aportar su granito de arena, no paso demasiado tiempo, y ya me vi nuevamente frente a otro de los ‘’nuevos’’ tripulantes, la señorita Rione, una de nuestras últimas adquisiciones, alistada en la taberna, la recordaba perfectamente, ella parecía tener ganas de aprender, aprender a manejar la espada, sostuve la pipa mientras la miraba con atención, escuchando su petición.

-No sé si a los mejores, srta. Rione, os puedo asegurar que no hay mejor espadachín que yo en este navío, aunque… si, lo mejor será que practique con alguno de los marineros, mas debo advertirle que eso no le excluirá de sus otras tareas en cuanto al navío querida.- Tras mis palabras suspire y me puse en pie. –Antes de empezar vuestro adiestramiento, id a cubierta y… limpiad como el resto, a menos que tengáis otra idea mejor.- Dije quizás con un leve tono picaron, realmente era una mujer atractiva y no negare que su, aspecto es atrayente.

---------

En la cocina, una criatura trabajaba quizás con un buen ánimo, disponía de muchos alimentos, además de un lugar perfectamente adaptado para que pudiera preparar, la comida de los demás tripulantes, esta criatura había sido rescatada hacia ya unas semanas, sus aptitudes en cuanto a cocinar le lograron un puesto en mi barco.
Aunque más que un cocinero, bien podía parecer un fuerte guerrero, un cazador, al capitán le gustaba contar con aguerridos hombres y ¿Por qué no contar, con algo aun más aguerrido que un marinero, aunque de momento se mantenga oculto en la cocina?

‘’Kalu’ak Colmillar’’ un engendro de la rama Bereskarn, sin duda, se podría decir que fue una muy buena adquisición.

----------

Lejos de la cocina, la señorita Rione y yo ya habíamos terminado nuestra ‘’charla’’, ahora yo continuaba escudriñando los mapas y ya tenía trazada una ruta a seguir, tras nuestra estancia en la isla tropical, pero lo primero es lo primero.

-¡¡UN BOTE!!- Exclamo un marinero, palabras que me sacaron de mi concentración, tan rápido como un relámpago, un segundo grito idéntico al primero, hizo que mis hombres observaran hacia el mar, por estribor se nos acercaba un pequeño bote, el cual iba a la deriva, yo me acerque al sr. Lowrie.

-Sr.Lowrie el catalejo por favor.- El me lo dio enseguida, para que pudiera ver con mis propios ojos de que se trataba, cuando lo extendí acerque la lente a mi ojo izquierdo, cerrando el derecho completamente, el bote no estaba abandonado, pero tampoco tenía remos, así que era llevado por el mar, sin ningún rumbo a seguir, esta escena también me resulta bastante familiar, suspire recogiendo el catalejo y se lo entregue al hombre que llevaba el timón.

-Virad a babor sr.Lowrie, veamos de que se trata.- Mi timonel no se hizo esperar y rápidamente, hizo girar el timón para que nos pudiéramos acercar a esa pequeña embarcación, a medida que nos acercábamos una figura se dejaba reconocer en aquella pequeña barca, una mujer, una mujer extraviada en medio del océano, era casi cómico, pero bueno, pirata o no, la recogeríamos, todavía podía sernos útil, tanto ella como el bote.

-Contramaestre: ¡Coged unos garfios y un par de cabos, acercad la embarcación!- Exclamo mi contramaestre, mientras yo bajaba por las escaleras, para ver de qué se trataba desde más cerca. Demostrando una buena puntería 2 marineros consiguieron enganchar la pequeña embarcación, hasta que lograron acercarla lo suficiente al navío y le dejaron caer una escalera hecha de cuerdas y madera, aunque ya desgastada y con algunas maderas rotas, la escalera seguía siendo funcional, no se demoro mucho, la mujer subió las escaleras como una exhalación, algo quizás asombroso a primera vista, pues no teníamos conocimiento de cuantos días llevaría a la deriva, además de que tampoco teníamos ni idea de cómo había llegado a esa situación, pero una cosa era cierta, estaba helada, o al menos eso parecía, ella temblaba, pero estaba bien tapada con un trozo de tela, supongo que pertenecía a la vela del bote.
Verdaderamente no teníamos ningún motivo para salvarla, pero bueno, por hacer 2 obras caritativas en un solo día uno no se muere. Un par de mis hombres bajaron al bote para ver si había algo interesante en este, yo aproveche y me acerque a la joven, no me hice de rogar y la despoje de aquel trozo de tela, para verla bien, vestía como nosotros incluso llevaba joyas, joyas extrañas de encontrar en gente corriente… tal vez ella fuera una pirata, no lo sé.

-Decidme… ¿Qué hacíais en ese bote querida?- Pregunte curioso, quería saber que la había incitado, a exponerse al mar abierto con un bote, o que la había obligado a ello.

-¡Capitán!- Exclamo uno de mis hombres desde el bote, suspire bajando la cabeza y me volví para ir hacia él, me asome por la borda para ver de qué se trataba, cuando me asome, vi algo que parecía un cuerpo, entrecerré los ojos para focalizar mejor, era el cuerpo de un hombre, parecía muerto. El marinero lo toco y si que estaba muerto de verdad, ni se movió ni hizo gesto ninguno, además al darle la vuelta se podía ver una enorme mancha de sangre en el pecho de aquel, hombre ahora cadáver.

-Arrojad su cuerpo al mar tras registrarlo.- Obviamente si había algo de valor, en posesión de aquel hombre, no lo íbamos a dejar allí para que el mar lo engullera. Tras todo este pequeño lio, que se había formado en tan poco tiempo, me puse en cubierta y mire a los lados, parecía que los marineros necesitaran escuchar ordenes para ponerse a trabajar, suspire negativo y negando con la cabeza.

-Atended a la muchacha, el resto seguid trabajando.- Ordene, el contramaestre asintió.

-¡Moveos ratas u os despellejo!- Exclamo mi querido contramaestre, el siempre tan simpático, mire hacia el cielo con negación, aunque efectivo el contramaestre no era alguien, al que los hombres tuvieran en muy alta estima, pero si era alguien muy respetado al que nadie dudaba en obedecer, aspecto imponente y su carácter solían ayudar a ello.


Las horas pasaban, dando lugar a una bella y cálida noche, bastante apacible, tranquila, sin demasiado movimiento, la mayoría de los marineros dormía tranquilamente en sus hamacas, las cuales se encuentran junto a la bodega en el piso inferior, este barco consta exactamente con 3 pisos, cubierta, bodega y bajo ella la despensa, donde se encuentra la comida y el ron, sobretodo el ron, litros y litros de ese delicioso alcohol.
Yo me encontraba en mi camarote, sentado en mi escritorio, a mi lado izquierdo una botella de ron, la cual para mi desgracia ya estaba completamente vacía, algo de lo que me di cuenta cuando fui a beber de ella.

-No queda ron.- Murmuré para mí mismo. -¿Por qué siempre se acaba el ron?- Pregunte con algo de molestia, mientras me ponía en pie quizás con algo de dificultad, mas aun no estaba tan borracho como para caerme, ni tampoco como para atender peticiones estúpidas, así que se podría decir que solo tenía el puntillo. Me acerque a mi despensa privada para tomar otra botella de ron, la noche es joven y a mí me gusta beber.

~~Yo-Ho Yo-Ho y una botella de ron~~ Cante en un tono de voz bajo, mientras que valiéndome de los dientes descorchaba la botella y daba un largo trago .

-------------------------

OFF:
Bueno, por fin el esperado post, disculpad si su calidad es cuanto menos irrisoria, pero a mi esperar tanto para postear, me molesta mucho y destruye mi imaginación, pido perdón en cuanto a eso.

Ahora el mastereo, les advierto que en el próximo turno tomaremos tierra. Eso es la primordial.
Sigamos, Yvonne, Tristan, Kiluyu, haced lo que queráis en este turno, podéis utilizar los PNJ que gustéis, siempre y cuando no matéis a nadie ni queméis, ni me hagáis una carnicería. Yvo tu al haber hablado directamente con Garfio puedes o bien, ignorar lo que te dijo y ponerte a hacer algo, o bien puedes tratar de convencerle en este único turno, tienes un leve permiso para mangonearlo un poco si quieres, es decir te dejo manipularlo un poco, hasta la llegada de Tess.

Kalu y Tess que sois los nuevos integrantes, tu Kalu pues te vas a encontrar con Gray en la cocina, charlar de lo que queráis, Tess a ti te han atendido los hombres del barco, ahora te estas recuperando en una de las hamacas, todos en este turno tenéis libertad para actuar como lo deseéis pero sed coherentes.

El Capitán en el camarote allí podéis bien entrar a hablar con el o no, eso esta puesto para el que lo quiera, bien divertiros, tenéis una semana.
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Aventuras de un navío oscuro - Página 3 Empty Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Yvonne Baynham el Sáb Feb 23, 2013 12:22 am

El capitán del Rocío Carmesí era un hombre insólito. Incluso sentado, y avizor en sus mapas, su presencia marcaba la autoridad total. El hombre estaba engalanado con prendas dignas de un rey, de manera que contrastaba totalmente con su tripulación. Al verlo, Yvonne no podía evitar pensar que estaba frente a algún noble cansado de su soporífera vida de protocolo. El hombre parecía emperifollado para una importante reunión en alguna corte, con una chaqueta de terciopelo bordeau, de cuyos bordes descollaban volados más oscuros. Su sombrero, de similares características presuntuosas, exhibía además una pluma que caía por detrás, casi tocando el cabello rizado.

Por otra parte, tal vez habría alguna razón más sencilla que explicara los adornos. Quizás el capitán Garfio quería dar un mensaje a los demás capitanes, y dejar en claro que él era el rey de los mares. Yvonne no entendía mucho de las costumbres piratas, pero la competencia entre capitanes era legendaria. Los bardos cantaban sobre esta en las tabernas de todos los reinos, y los libros relataban innumerables confrontaciones que habían tenido por resultado el hundimiento de los barcos más célebres de todos los tiempos. Esto a su vez, hablaba sobre la personalidad del hombre que tenía delante.

El cielo estaba limpio con la excepción de unas nubecillas blancas y ondulantes que se movían impulsadas por los fuertes vientos. Estos, a su vez, empujaban el navío con persistencia, llevándole cada vez más cerca de su destino. Pelegos, según había dicho el propio Garfio a su timonel. Qué había en esa isla era un misterio para la maga, pero según el capitán, allí repararían el barco. Así que necesitaba restauraciones… eso explicaba por qué cuando una ola medianamente intensa golpeaba el casco, toda la madera crujía. Ese detalle, no ocurría en el Furiosa, el barco de la Capitana, que había surcado el mar durante días sin temblar.

Tal vez el Rocío acababa de batirse con otro barco antes de haber llegado a Krakoa, aunque habiendo sobrevivido a la tempestad solo porque el señor Otul se había cruzado en su duro camino al agua, a Yvonne se le ocurrió que una tormenta había podido ensañarse con la madera del barco.

Ahora estaba apoyada en la mesa donde el capitán tenía sus mapas, y aunque no los entendía, tenía su mirada clavada en las hojas amarillentas y los dibujos cartográficos. Al otro lado de la mesa, estaba el cachorro de bestia, arrodillado en posición implorante. La capa harapienta del muchacho tal vez había sido gris, o marrón, en ese momento ya no se distinguía. Además, hacía juego con un pantalón desgarbado y unas botas de cuero marcadas por el paso del tiempo. La presencia del cachorro parecía una falta de respeto al lado del capitán Garfio. Yvonne no pudo evitar sonreír complacida, al ver un ejemplar de esa raza enfermiza, tan endeble. Los licántropos se habían hecho con cierto renombre en los últimos tiempos, incluso había quienes creían que los lobos tenían que tener voz y voto entre los humanos. Eclipse se había tenido que encargar de mover algunas fichas para evitarlo.

El capitán Garfio, a diferencia de cualquier persona cuerda que el recuerdo de Yvonne pudiese evocarle, se mostró terriblemente humillado al tener a un hombre de rodillas frente a él. Se deshizo del licántropo con tacto, pero la maga entendió sus palabras como el ofrecimiento de una oportunidad para volver a empezar. ¿Qué clase de ayuda espera de un licántropo capaz de transformarse en su otra forma, frente a un sinnúmero de piratas borrachos en un bar? Este hombre está loco.

Yvonne alzó las cejas, sorprendida, y se mantuvo así incluso cuando el licántropo, así como había llegado a la cubierta de popa, se marchó hacia abajo para comenzar con sus nuevas tareas.

— No sé si a los mejores, señorita Rione, os puedo asegurar que no hay mejor espadachín que yo en este navío, aunque… sí, lo mejor será que practique con alguno de los marineros, más debo advertirle que eso no le excluirá de sus otras tareas en cuanto al navío querida— demostrando estar a la altura de las circunstancias. — Antes de empezar vuestro adiestramiento, id a cubierta y… limpiad como el resto, a menos que tengáis otra idea mejor.

Garfio se había puesto de pie, su figura sobria se alzaba sobre la altura de Yvonne, y aun así no se reflejaba amenazante. Quizá fuese por su atuendo, que tanto contrastaba con el resto del Rocío –salvo todo en su conjunto-, o puede que por el gesto adusto que mostraba en su mirada. El caso es que Yvonne comprendió las palabras de manera distinta.

— Se me ocurren muchas ideas, capitán— comentó sugestiva deliberadamente, con sus cabellos todavía húmedos debido a la tormenta, cayendo sobre la escasa tela que cubría sus partes más delicadas.

El pensamiento de su apariencia, de todas formas, la atormentaba. Yvonne tenía costumbres propias de una dama de ciudad. Se había criado en la próspera ciudad de Phonterek, donde absorbió costumbres, que pese a los cambios, la acompañaron toda la vida. Uno de estos hábitos, era el de tomar un baño cada vez que podía. Cuando estaba de viaje y llegaba a una taberna, solía pedir que le calentaran agua apenas cruzaba el umbral de la puerta, y ni bien terminaba de comer, subía a su habitación a disfrutar del agua. Para ella era de vital importancia, no solo porque le hacía sentir más femenina, sino también porque de esta manera cuidaba su físico y por lo tanto, podía comunicarse mejor con su don.

Como veía que el hombre esperaba una respuesta con sus ojos cerúleos puestos en los de ella, decidió añadir algo que le diera una salida a ambos, demostrándole además, que había entendido lo que el hombre insinuó en lo que parecía una impertinente invitación. Lo que el capitán había expresado, es que no tenía tiempo en aquel momento para enseñarle. O está probando mi temperamento, o analizando mi inteligencia, salvo que lo haga para disimular sus modales, cosa que entre piratas debe ser cuestionable. De lo que no hay duda es de su agudeza, este hombre es un peligro, pensó Yvonne, sonriéndole cortésmente.
— Pero ninguna de mis ocurrencias nos llevaría menos de una noche — decidió seguirle el juego, acercándose al hombre y rodeándolo lentamente mientras hablaba— por lo tanto buscaré a un hombre que pueda enseñarme, hasta que usted tenga tiempo de mostrarme lo que sabe hacer con ese sable— agregó, mientras sus dedos palpaban la empuñadura del alfanje.

La risotada del capitán surgió de tal manera que el timonel miró hacia el costado, como si acabara de presenciar un hecho histórico.

— Veo que hablamos en el mismo idioma, señorita Rione— comentó, de tal manera que Yvonne no supo si estaba enojado, realmente le divertía, o simplemente empezaba a aburrirle.

Viendo que dos de las tres posibilidades amenazaban con su integridad, la maga dejó atrás la plataforma de popa para adentrarse en la cubierta principal. Buscó con la mirada a ver si encontraba al primer hombre con el que habló al llegar al Rocío, aquel que le dijo el nombre del navío. No tardó en encontrarlo, al otro lado del barco. En pocos minutos esquivando marineros ocupados en todo tipo de actividades como trapear, mover cajas o tirar de las cuerdas de las velas, llegó a la escalera que conectaba las cubiertas.

Efectivamente, era el hombre. Un cite de risa fácil, y rasgos juveniles, aunque entrado en edad. Parecía la clase de hombre con la que se podía conversar, pero no quiso importunarlo, además, este estaba absorto en su trabajo. Tiraba agua con un cubo cada dos o tres minutos, donde sus compañeros pasaban el trapo. Cuando este la vio llegar, la saludó sin ademanes.

— ¿Conociendo al capitán?— preguntó con una media sonrisa, bastante boba, en su rostro ligeramente llamativo.

Yvonne le dirigió una mirada de sorpresa, pero rápidamente se las arregló.

— ¿A Garfio? Oh, no, no… el capitán y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo— mintió manteniendo la mirada, aunque cruzó los brazos, molesta por la mirada que le dirigían algunos de los marineros que estaban en el suelo.

Las palabras surtieron un poco de efecto, pues estos rápidamente continuaron con sus quehaceres. Si el hombre se lo creyó o no, era otro tema, tenía que darle algo que pensar y por lo pronto, dar con algunas respuestas.

— Somos viejos amigos, y quería saber cómo le ha ido estos años, pero ya veo que bien. Este barco es mejor que el que tenía antes— arriesgó mientras el rubor subía por su cuello— aunque no estoy al tanto de muchas cosas, ¿tienen maestro de armas?
Por un momento, pensó que había ido demasiado lejos, pues los hombres a su alrededor cesaron sus actividades para mirarla. La cara de su escucha, en cambio, le indicó que estaba equivocada.

— Bartholomew Blood— dijo, con los ojos abiertos como platos, y la voz más baja que antes— cualquier pirata que se valore como tal, conoce al señor Blood.

Yvonne asintió sonriente, con un plan rondando su mente.

— Sé a qué se refiere, yo conozco a cada hechicera de Geanostrum— comentó preconcebidamente, y el plan funcionó perfectamente, pues los marineros cambiaron sus caras de pocos amigos, mientras se ponían a trapear como si se acabara el mundo y de esa manera compraran su pase a la otra vida. — Debo agradecerle señor…

— Vencarlo— respondió, baldeando. De pronto se veía más pálido que antes.

— Vencarlo— repitió Yvonne. — ¿Y dónde podré encontrar al tal Bartholomew?— obvió llamarlo por el apellido para demostrar que no tenía miedo.

— Cuando estamos fuera de combate por un buen tiempo, es normal que algunos hombres sientan que están perdiendo la costumbre, por eso por las mañanas se organizan combates. El señor Blood suele organizarlos, y asiste a los combatientes, además de preparar a los reclutas más ineptos— respondió el hombre, con una mueca irónica dibujada en sus facciones.

Alguno de estos días, aprovecharé para tener una charla con el tal Bartholomew Blood.


Yvonne

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Mensaje por Gray Fenris el Sáb Feb 23, 2013 3:54 pm

-Póngase en pie joven, no aceptare su gratitud, tómelo como una cuenta saldada, yo os perdono la vida y vos a cambio, serviréis en mi barco.- Dijo el hombre con una expresión calmada, algo me irritó en sus palabras que hice apreté mis dientes fuertemente mientras mis ojos escondían una expresión agresiva contra la madera del piso. –Poneos en pie joven después id a la cocina y ayudareis allí como pinche del cocinero.- El capitán termino sus palabras y lentamente me puse de pie cambiando mi cara a una expresión mas amena mientras lo observaba a él y a la mujer que regalaba al capitán una buena vista de su escote, no pude aguantar soltar una pequeña risa ahogada al ver su posición y gire lentamente mientras susurraba. -Aun no se pagan todas las deudas.-Pase mi mano ligeramente por el parche de mi mejilla mientras me retiraba hacia el gran pasillo, por el cual había salido antes.
Caminaba lentamente por el pasillo mientras recuperaba un poco el porte y mi caminar común, no sabia donde estaba la cocina pero mi olfato me ubicaba muy bien y me dictaba que pasillo tomar. Di unas cuantas vueltas en el largo pasillo pasando por camarotes y almacenes de distinto tipo, cruce por el almacén donde se encontraba el plato en el cual yo había comido hace unos instantes y me quede quieto por un pequeño pero inusual olor familiar. -"Puede ser que..."-empece lentamente a recalcar el olor en mi nariz para poder seguir el olor de reptil hasta su origen pero no fue así; al dar un paso adentro un lagarto pequeño salto de una entre las cajas y antes que yo pudiese pronunciar su nombre este salto a mi y subió hasta mi cabeza. -Buen amigo, no tengo ni la menor idea de como escapaste de esa jaula y llegaste hasta aquí, pero es bueno encontrarte.-Di media vuelta y seguí el camino mientras seguía el olor de la cocina, el cual casi era visible a medida que avanzaba.

Di la media vuelta en un esquina para llegar al final del pasillo y con el a una gran sala en cual se encontraba una gran cantidad de ollas en el suelo y unos cuantos sartenes colgando de la pared, avance siguiendo el olor de un exquisito y apetitoso Fumet de pescado que hervía en un rustico fogón de madera, en una gran olla. -¿Hola?-fue lo primero que dije mientras buscaba a alguien en el lugar, espere una respuesta de parte de alguien pero nadie contesto, así que sin esperar una orden abrí la gran cacerola y revise el Fumet.

Mientras Crisofilax bajaba de mi cabeza yo degustaba un poco del fumet, revisando su sabor, no pude aguantar la llegada de alguien y empecé a tomar algunas verduras como cebolla, zanahorias, condimentos, aceites y agregar al poco condimentado y recién preparado Fumet, para que así poco a poco este tomara consistencia y un exquisito sabor, así, mientras este terminaba de cocinarse,tome unas cuantas verduras a medio picar y comencé dejar cortadas algunas hasta que el cocinero llegase.
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Mensaje por Kalu'ak Colmillar el Sáb Feb 23, 2013 9:52 pm

La vida era sin duda sorprendente. Había escuchado varias historias sobre como el destino nos depara cosas que ni en nuestros sueños mas locos hubiésemos pensado que podían llegar a ser posibles. Sin embargo aquí estaba, en un barco pirata. Lo sorprendente para mi era sin embargo, que estuviera en un barco pirata rodeado de humanos. Esas cosas que tanto odio y desagrado me habían producido; ahora estaba bajo el mando de una de ellas.

Sin embargo cabe destacar que e capitán Garfio no parecer ser como los demás humanos que he conocido. Puede ser siniestro a veces y tal vez rudo. Pero era una persona que podía llegar a mostrar respeto por los demás. No le molestaba en nada mi presencia, de otro modo no me hubiera rescatado y menos formar parte de su tripulación.

Al parecer había ausencia de un buen cocinero en el barco. Aunque yo no me consideraba un chef experto, tenía una idea de cómo preparar platillos con pescado o frutas, más que nada con pescado, cosa que abundaba en el mar. Estaba preparando Fumet de pescado, cuando sentí la necesidad de ir al baño, así que abandone momentáneamente la cocina para caminar hacia el baño, convenientemente ubicado a pocos metros.

Sin embargo, escuche un sonido, como si alguien caminara a la cocina, y dijera algo que no alcance a escuchar bien lo que decía, pero luego se silencio. Tal vez haya sido algún idiota que se había equivocado de habitación o algo así. No sabía bien quien era, pero cuando acabe de hacer mis necesidades, Salí del baño y me fui a la cocina de nuevo.

Al entrar, vi a un hombre, no muy alto, aunque para mi, todos en ese barco no eran muy altos. Conforme me fui acercando, note que el hombre había cortado vegetales. Por que había trozos de vegetales por el área de la cocía que yo no había cortado. Ese hombre estaba modificando mi Fumet de pescado. Para colmo cocinaba con fuego. Un solo error y el barco enterose podría quemar.

Me acerque apresuradamente hacia el hombre, lo agarre del hombro y le di un leve tiron hacia atrás. Al voltearlo confirme que, en efecto, estaba degustando mi fumet, y encima agregaba cosas a el. Tenia ganas de clavarle mi pica hielo entre ceja y ceja. . Me contuve lo más que pude, al fin y al cabo soy un Bereskarn, no se podían esperar milagros a la hora de controlar mi temperamento. Menos en batalla o cuando alguien toca mi comida. “Pero quien diablos eres tu y que carajos haces con mi Fumet”. Lo aparte con la menor fuerza que pude, aunque tal vez lo haya sacudido un poco puesto que nuestros conceptos de fuerza son posiblemente diferentes.

Entonces, vi los vegetales que había agregado. “Maldición, que hiciste. Se estaba calentando. Agregaste encima más ingredientes de los que son necesarios, y los condimentos equivocados. Ni siquiera hay que agregarle aceite a este Fumet. Maldita sea, ahora hay que comenzar todo el puto proceso de nuevo. Por tu bien que nos alcance el tiempo. Si la cena se retrasa te are personalmente responsable y me encargare de que el capitán lo haga igual.

Estaba mas que encolerizado. Me había llevado mucho tiempo sacar las espinas de las merluzas. Había tenido que pesar las hortalizas y las verduras para asegurarme de que tuvieran el peso adecuado. Personalmente pesque la mayoría del pescado. Retire a cada rato la espuma que se formaba, por no mencionar que ahora tendría que esperar otra media hora por que al tipo se le había ocurrido interrumpir a la mitad el proceso de cocción. Me quería matar, y lo quería matar a el. Cuando había ido al baño, me había preocupado por dejar a solas mi Fumet, pero como faltaban casi 15 minutos para que acabara el proceso de cocción, supuse que no pasaría nada. Me equivoque, aunque no contaba con que un idiota llegara y estropeara todo.

Ahora, todo comenzaría de nuevo, pero esta vez me aseguraría de que ese remedo de humano compensara todo el trabajo perdido. Por suerte no había quemado el barco. Tome una caña de pescar, que no era la mía, sino una de repuesto. No le daría mi caña de pescar a ese tipo. Me acerque al tipo y le lance la caña de pescar. “Gracias a tu error ahora no nos alcanzara el pescado suficiente como para reponer el kilo de espinas de pescado que se perdió. Ahora, tú deberás pescar el suficiente pescado como para recuperar las espinas. No vuelvas a presentarte ante mí hasta que tengas todo el pescado. Por allí” Dije señalando una cesta de mimbre en una esquina” Esta la cesta donde pondrás el pescado. Mientras tú te vas yo me pondré a cortar los vegetales. Apúrate, por amor al cielo, apúrate. Si acabas antes de pescar, vuelve a la cocina y ayúdame a cortar las hortalizas y los vegetales. En cuyo caso, asegúrate de finalizar la tarea con la misma cantidad de dedos que ahora posees. No es que me importe, pero no quiero dedos ni sangre en mi Fumet.”

Sin esperar a que se fuera, tome uno de los cuchillos de la cocina y empecé a cortar zanahorias. Necesitaba 100g de zanahorias 100g de cebollas, hortalizas, ½ ramita de apio verde y 100 gr. de puerros, además de 1 kilo de espinas de pescado y condimentos, específicamente pimienta en grano, laurel, perejil y eneldo en rama, multiplicado por la cantidad de hombres que había abordo. Por suerte, la cocina estaba prevista con suficientes de esas cosas como para alimentar a toda la tripulación. Aunque después necesitaríamos comprar más ingredientes. Eso o dejar que al menos 1/3 de la tripulación pase hambre.

En momentos como este, desearía que el capitán hubiera mandado más ayudantes, o al menos uno que no tocara la comida sin que se le dijera. De hecho ni siquiera sabía si era un ayudante. Pero algo era seguro, si no lo era, lo golpearía tan duro que hasta un tiburón tendría miedo de su cara luego de que acabara.
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Mensaje por Tristán de Tincoras el Dom Feb 24, 2013 4:27 pm

Tristán miro al suelo con orgullo, como el pintor que termina su obra maestra. En su diestra, portaba un paño de color negruzco como estampado y en la zurda un cubo metálico abollado por un costado, a medio llenar de un agua con pinta insalubre. La habitación estaba resplandeciente, perfecta, brillante… al menos en comparación a como estaba antes de un buen rato de frotar a gatas. Sin embargo, absorto como estaba no pensó en un fallo de logístico bastante obvio. La puerta de salida de ese camarote estaba en la pared de enfrente a la que Tristán se encontraba más cercano. Al recaer en este pequeño fallo, el gesto de su cara se transformó de orgullo a estupefacción. En su mente, diseñó un par de planes para salir de la situación sin dañar la limpieza del suelo, ambos bastante rocambolescos. Se llevó la mano al mentón, y soltó un breve soplido para acompañar sus pensamientos. Tardó un par de segundos en llegar a una estrategia que le convenciese lo suficiente como para llevarla a la práctica: pisar flojito.

Primero haciendo avanzar la izquierda, pisó como si el suelo estuviese hecho de cristales rotos. Cuando la pisada estaba lo suficientemente firme como para no haber peligro de caída, imitó la maniobra con la derecha. Siguiendo ese mismo patrón y aguantando la respiración por algún motivo inexplicable, llegó hasta la puerta, de la cual se aferró como si le fuese la vida en ello. Tras unos segundos en blanco, se giró sobre si mismo para observar que, efectivamente, el suelo seguía prácticamente impoluto – aunque de nuevo, en comparación a como estaba antes. Cuando salió de la estancia, un hombre más bajito que él, viejo y de mal aspecto – aunque cabe decir que allí ninguno estaba especialmente cuidado visualmente – llamó su atención con un chasquido de lengua. “Eh, tú, el nuevo.” – dijo para iniciar un diálogo, con una voz rasgada y profunda. “Deshazte de esa porquería y ponte a cargar barriles en la bodega. Más de uno ha terminado tumbado por culpa de la tormenta.” – Tristán respondió a su petición – o mejor dicho, su orden – con una mirada y una sacudida de cabeza. Arrastrando los pies hasta la cubierta, lanzó el contenido del cubo – que a ese mejunje infernal apenas se le podía llamar agua – por la borda y dejó el paño y contenedor metálico en una esquina.

Allí mismo, en la cubierta, vio como dos marineros veteranos por su apariencia se permitían el lujo de pasar un rato de ocio jugando a las cartas. Tristán arrastró los pies hasta estar suficientemente cerca como para oír su cháchara. Por desgracia – o suerte, quien sabe – el que tenía más pinta de violento de los dos reparó en su presencia, y entre risotadas esputó “Así que el nuevo en el barco ya se permite acerarse a la zona de los adultos, eh… ¿Te crees demasiado bueno como para trabajar con el resto de novatos?...” – A pesar de su cara apacible, en el fondo esa frase incordió a Tristán enormemente, sobre todo tras lo orgulloso que estaba de su impecable técnica a la hora de dejar el suelo como un espejo. “¿Quieres jugar con los adultos, crío? Entonces siéntate, y jugaremos con nuestras reglas.” – obviamente, en algún momento los marineros la tomarían con él, como novato que es. Mentalizado de este hecho, Tristán tomó la silla que dejó libre el otro marinero y con su sonrisa tranquila oyó pacientemente. “Te aviso, los mayores jugamos a juegos peligrosos. Toma una carta, y yo tomaré otra. El que saque la carta más alta, le cortará un dedo de la diestra al otro.” – tras terminar esa frase, sacó un cuchillo bien afilado de su cinto. “Repetiremos esto cinco veces, o hasta que te rindas. El ganador se lleva todo el oro del perdedor.” – la risa macabra se contagió entre el corrillo que se encontraba allí, y Tristán vistió un mueca que expresaba sin palabras la frase “¿Me estás tomando el pelo?” pero aun así, esbozó de nuevo una sonrisa.

Tengo que ordenar la despensa en breve, dudo que pueda permitirme estar tanto rato jugando con vos.” – mientras decía esta frase, el marinero sonrió pensando que esa frase significaba que se acobardaría, pero Tristán continuó hablando. “Pero en Phonterek, los críos como yo jugamos a algo bastante popular.” - comentó mientras llevaba la mano al mazo. “Cada uno de los jugadores se pone media baraja sobre la mano dominante, y… Si me permites…” – comentó arrebatándole el cuchillo. “Cada uno clava el cuchillo sobre el mazo una vez, y el que se lleve más cartas gana.” – dijo mientras hacía un vaivén con el arma, simulando que lo clavaba pero sin llegar a hacerlo. Lo que Tristán no explicó es que en este juego, la destreza estaba infinitamente por encima de la fuerza bruta. Algunos pensarían que se necesita fuerza para clavar cuantas más cartas mejor, pero sin embargo una fuerza sin el equilibrio necesario terminaría clavando el cuchillo en la mano sin remedio. Además, también es necesario hacer hincapié en el hecho de que el cuchillo es empuñado con la zurda, lo que aun hace más desesperante el juego.

Empiezo yo, si no les importa.” – dejando de esbozar la sonrisa gentil para colocarse una cara de concentración absoluta, Tristán empuñó con fuerza el afilado objeto pero sin dejar ver ni un ápice de temblor en su pulso. Primero, dirigió una mirada al medio mazo, reposando sobre su diestra, y luego una mirada fugaz a su contrincante. La punta del arma descendió velozmente, clavándose en el montón de cartas como si de manteca se tratasen. El cuchillo ni siquiera rozó la piel de la mano cuando Tristán lo hizo retroceder con la misma velocidad con la que lo hizo avanzar. “Once… No, doce cartas.” – dijo intentando sonar decepcionando, pero fallando bastante en ello. Tomando el cuchillo por la punta, acercó la empuñadura a su contrincante, que la tomó rápidamente con furia. Su gesto ya no era burlón, sino más bien… Competitivo. A diferencia de Tristán, su zurda sí temblaba bastante. De hecho, Tristán se fijó en eso ya al comienzo… Al lado de la mesa – barril en la que estaban jugando, había no una sino dos botellas vacías, lo que indicaba que el marinero al que se enfrentaba poco o mucho, pero algo bebió. Las venas se marcaban bastante en el tenso brazo musculado del marino, que apretaba con fuerza descomunal la empuñadura del cuchillo. Una gota de sudor recorrió su cara, mientras se debatía si lanzar la estocada o no. Pero más pronto que tarde, lo hizo.

Clavó el cuchillo, y se quedó varios segundos mirándolo con tez pálida. Con cuidado, retiró el arma y se aseguró de que, efectivamente, no se había apuñalado la mano, lo que hizo que todos sus músculos se relajasen. “Diez… Dieciséis.” – dijo el marinero, aunque sin mostrar un ápice de alegría. Cuando unos segundos pasaron en silencio, el marinero estalló en carcajadas. “¡Joder! ¡Joder con el muchacho! Anda que para ser un marinero de agua dulce se sabe algunos juegos interesantes, ¿¡eh?!” – gritó a los cuatro vientos, eufórico. “¡Anda, anda! Ve a atender lo que sea que hagas en el barco antes de que llame al capitán y te apuñale la mano con su garfio, ¡ja, ja, ja!” – Tristán abandonó el asiento con una sonrisa sincera, y con gran alivio de cómo se desenvolvió todo al final.

Algún día acabaré sirviendo de postre a los tiburones… Ugh, arquero a la marinera…” – pensó para si mismo, mientras caminaba sin prisa a la bodega. “Debo de dejar de tentar a la suerte… O terminará dándome una patada voladora en la frente.


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Mensaje por Tess el Jue Feb 28, 2013 1:42 am

Otra vez en un barco que no era el mío y mucho menos el que estaba buscando desde hacía ya demasiado tiempo. Otra vez rodeada de desconocidos en los que no me atrevía a confiar y tampoco lo deseaba, la confianza daba autentico asco y nunca traía nada bueno.
Pero recapitulemos, tengo que pensar qué hice mal para acabar en la situación en la que estaba.

Cuando desperté en la playa busqué mi alfanje durante horas, maravillosamente -viva la ironía- enterrada en la arena. Me dirigí a la taberna más cercana y ahí comenzaron mis andanzas buscando información sobre el Nightmare, el barco del Capitán Slasher, mi padre. Nadie, absolutamente nadie, sabía nada de ellos desde hacía meses. A saber dónde estaban, tendría que explicarme muchas cosas cuando encontrase a mi padre, para empezar tendría que contarme con pelos y señales cómo diablos había acabado yo inconsciente en aquella playa.

Pensando que me serviría de algo, me enrolé en el primer barco que zarpaba hacia ningún destino en concreto pero que estaría un tiempo en alta mar. Si nadie en tierra sabía nada, quizá encontrase algo útil en alta mar. Los barcos siempre se cruzaban tarde o temprano con otro barco.
Pero la mala suerte parecía acompañarme allá a donde iba desde que desperté en la playa. Una tormenta azotó el barco sin darme la oportunidad de recabar la información que necesitaba.
Conseguí subir a un desvencijado bote que apenas se mantenía a flote y cuya vela estaba hecha retales dentro de él y el frágil mástil...¡¡¡Aaaj!!! clavado en el pecho de uno de los marineros del barco que acababa de hundirse.

-No te tiro al mar porque atraeré tiburones que lo sepas, pero si por mi fuese....- le dije al muerto como si pudiese oírme al tiempo que sacaba el palo roto de su pecho y cogía la vela para hacer un improvisado abrigo con ella. Hacía frío y estaba empapada al haber caído al mar.

Gracias a los dioses mi tormento helado y húmedo no duró mucho tiempo. Una voz gritando "¡¡Un bote!!" llegó hasta mí, estaba salvada. Tras que tirasen la escalera subí por ella como buenamente pude hasta llegar a bordo, casi de frente me encontré con el que, por su vestimenta y porte, sería el Capitán del navío. Su pregunta era la que cualquier otro hubiese realizado...cualquier otro que no fuese un pirata y estaba claro que aquel era un barco de eso mismo. "Estoy jugando al escondite con mis amigos...". Eso era exactamente lo que me hubiese gustado responder, pero me contuve. Era obvio por mi indumentaria, mis joyas y mis armas que una dama extraviada no era, pero bueno...me contuve a duras penas.

-El barco en el que navegaba se hundió con la tormenta de anoche. - respondí lo más escuetamente que pude y, salvada por la campana, uno de los tripulantes descubrió el cadáver del desgraciado marinero. Ya poco me importaba que acabase en el mar, el caso es que no lo hiciese yo.
Agradecí en apenas un susurro que me atendiesen. Tras las varias horas que tardé en secar mis ropas y remendarlas un poco para que pudiesen seguir siendo útiles decidí salir a cubierta y estirar las piernas, además de cotillear un poco. La noche ya había caído hacía rato y no eran muchos los tripulantes que aún realizaban sus tareas en cubierta.
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Mensaje por Kiluyu el Jue Feb 28, 2013 2:15 am


La cubierta estaba pletórica de actividad. Ningún marinero perdía el tiempo, todos trabajaban en labores específicas, atando cabos, acomodando velas y moviendo aparejos de aquí a allá, imprimiendo toda su energía y voluntad en ello. Supongo que era miedo y vocación en partes iguales, miedo a un castigo por parte del capitán, y el talento propio de un marinero, el sentir el agua salada en la piel, el sol en el rostro y la brisa marina entre los cabellos, al ritmo de una animada cantinela de alta mar, la cual incitaba a acompañar la tonada, si no con la letra, tarareando la misma. Debía admitir que la vida en el mar poseía su encanto, la libertad y la paz, constantemente en contacto con la cara más caprichosa de la naturaleza

Con paso tranquilo y relajado, me acerqué a la barandilla de borda, más sereno de lo que había estado durante mucho tiempo. Era difícil de creer, pero, incluso tras todo lo que había experimentado, me sentía calmado… me sentía bien. Ignorando todo a mí alrededor, saqué mi pequeña flauta, mi querida Sijjken, y la llevé a mis labios, como tantas otras veces ya lo había hecho. Respiré profundamente, llenando mis pulmones de aire, y dejé que le inspiración que me brindaba el paisaje fluyera a través de mis dedos, improvisando una melodía surgida de la misma nada. Como todas las otras, ésta era distinta a cualquier otra que anteriormente hubiese tocado, más sus diferencias eran incluso mayores. Eran los tonos del mar, que fluían en un vertiginoso ritmo, reflejando el vigor del trabajo de los marineros, la potencia de las olas chocando contra el casco del navío, el horizonte infinito que terminaba allí donde el mundo dejaba de serlo. Era la belleza de estar vivo unido a la furia de la continua batalla con el primigenio elemento. Mi corazón latía con fuerza, mientras mis sentimientos se expresaban con una intensa y vigorosa melodía, tan fuerte como mi aliento lo permitía. Quería que el mar, el océano entero, sintiese lo que yo sentía en ese momento, que supiera que la vida navegando era libre y maravillosa, que el corazón de cada uno de sus hijos que, como nosotros, atravesaba su tersa y, al mismo tiempo, agitada superficie, latiera al mismo tiempo, uniéndolos a todos como hermanos, más no de sangre sino de alma y espíritu.

Cada criatura y ser pensante en este mundo poseen un poder, un talento y una habilidad. No todos lo descubren, pero los que lo hacen, intentan llevarlo a su límite, a su extremo, revelar su mente y sus pensamientos al resto a través de su arte. Porque es arte aquello que se hace con el corazón, aquello que tú amas y que por su sendero transitarás con confianza y placer. Negarse a los sentimientos y pasiones tan solo te hace un frío prisionero de tu propia conciencia, encierra tu humanidad e impide crecer. Y luchar, luchar siempre, para alcanzar los deseos. Porque, aunque la tierra sea yerma, aunque la luz sea poca y el agua escasee, hasta el brote más débil tiene la posibilidad de elevarse, crecer, volverse un grueso roble… y vivir miles de años. Eso es lo que creo, eso es lo que el viejo dragón me enseñó, y precisamente en ese momento mi ser por completo había sido absorbido por esa pasión, por esa fuerza y ansias de vivir.

Tan ensimismado estaba con mi melodía, que había olvidado por completo dónde me hallaba. Volví a la realidad con el grito de uno de los marineros cerca de mí, coreado por otra voz.

- ¡¡UN BOTE!!

Aunque me costaba notarlo, así era. Un pequeño bote navegaba a la deriva, agitado por las olas y acercándose a nosotros. Perdí la concentración con tan repentino anuncio, y olvidé como seguir. Algo frustrado, guardé la pequeña flauta en su lugar dentro de mi capa, y presté atención al escenario que se desarrollaba ante nosotros. Había oído muchas historias acerca de náufragos perdidos en alta mar, cada cual con intrigantes y complejas historias, más nunca había presenciado algo así en persona.

A una orden del capitán, el barco viró en dirección al bote y enfiló su rumbo hacia allí, con la clara intención de averiguar que había allí. Cuanto más nos acercábamos, más detallado era el panorama frente a nosotros. Había una figura allí, una figura femenina, no obstante no había remos ni velas en esa ligera embarcación. ¿Qué le habrá sucedido a esa mujer para quedar varada allí? Aunque me recordaba a la historia de “La Dama de las Hojas Negras”, una historia marina que gustaba oír de boca del viejo Whikerlííen, esperaba que la misma no fuera igual de… sanguinaria, como la frágil protagonista del cuento. Ya bastantes hombres rudos y feroces se encontraban aquí para que también se sumara una señorita de malos a peores modales. Y esperaba que así fuera.

Una vez estuvimos al lado del barquichuelo, la voz del contramaestre, un tipo alto y de color con el cabello en forma de rastas haciendo juego con una poblada barba, retumbó en la cubierta del barco.

- ¡Coged unos garfios y un par de cabos, acercad la embarcación!

“Si se quedan sin ellos, usad el del capitán” Pensé a modo de broma. Según parecía, la melodía había cambiado mi humor a uno más alegre. Esperaba que el mismo durase. Dos marineros obedecieron la orden, y sin mucha demora, demostrando una puntería excepcional, lograron aferrar un costado de la embarcación, acercándola entonces a nosotros, arrastrándola sobre la superficie del agua con poco esfuerzo. La “dama” cubierta con una vela de barco, seguramente para aislarse del frío, subió velozmente la escalera de sogas que arrojaron los marineros desde cubierta una vez que el pequeño bote se había acercado lo suficiente. Temblaba, los dientes le castañeteaban, pero la destreza y agilidad que demostró, sumado a su apariencia general llena de joyas y con un enorme espadón en el costado, que quién había subido al barco no era una refinada señorita.

- Decidme… ¿Qué hacíais en ese bote querida?

Preguntó el capitán, con la curiosidad brillando en sus ojos de viejo lobo de mar. Mientras tanto, un par de marineros descendieron al pequeño barquichuelo a registrarlo, para ver si podían hallar algo de utilidad.

-
El barco en el que navegaba se hundió con la tormenta de anoche.

Respondió la fémina, entre los temblores que la aterían. Yo miraba la escena, aislado de todo. En casos como estos, prefería mantenerme al margen de todo. Para ser honesto, con lo poco que conocía a ese capitán, no creía que fuera a arrojarla nuevamente al mar. De ser así, no la hubiese dejado subir a su amado “Rocío Carmesí” en un primer lugar. Uno de los marineros llamó al hombre elegantemente vestido, quién suspiró y asomó la cabeza por la borda, con mirada inquisitiva. Siguiendo la dirección de sus ojos, pude notar en el aire un fuerte olor a podrido, arrastrado por la brisa marina. No lograba ver totalmente que era lo que estaban tocando los marineros, pero evidentemente mucho tenían que ver.

- Arrojad su cuerpo al mar tras registrarlo.

Los marineros obedecieron su orden al pie de la letra, rebuscando en un bulto, que más tarde arrojaron al agua. Un cuerpo. Miré nuevamente a la muchacha que navegaba a la deriva en el mar con un cuerpo muerto entre sus piernas y envuelta en una vela. Tras la orden del capitán de atenderla, secundado por la alegre voz del contramaestre, ella fue conducida a la bodega del barco. Mientras el gentío se dispersaba bajo las amenazas del hombre de color, procedí a alcanzar al señor del barco, quien parecía haber perdido interés en lo que sucedía a su alrededor.

- Capitán, espere un momento. – Traté de enderezarme y ajustar mi voz para el momento. No sabía los efectos que tendría lo que dijera, pero si encaras a una autoridad, mejor verse bien y sonar bien. – Bien, son dos cosas sencillas. La primera, no soy un humano, por mis venas corre la sangre de los lobos. Y, en segundo lugar, ¿Dónde se encuentra, disculpad mi franqueza, el bastardo por el cual casi pierdo la cabeza? Hablo de Gray Fenris, el licántropo que pescó en el bar en Krakoa. – Mostré sonrisa cómplice, para agregar. – Además, ¿No quiere saber de dónde obtuve esas joyas?



La belleza del mundo se encuentra en el equilibrio.
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Mensaje por Thorin el Jue Feb 28, 2013 7:05 pm

Uno más, poco a poco parecía que la mar, quería devolverme las bajas perdidas, por la batalla, ahora ya contaba quizás con una nueva integrante, una joven y hermosa ‘’pirata’’ que habíamos rescatado de un bote que viajaba a la deriva, al parecer la tormenta que nosotros, habíamos superado, su embarcación no pudo resistirla, no podía evitar pensar en que aquel capitán que tuvieran era o un idiota, o es que simplemente no sabía cómo dirigir un navío por estas duras aguas, el caso es que al menos ella había sobrevivido y estoy seguro de que no dudaría en unirse a mi tripulación.
Tras dar órdenes de lo que tenía que hacerse, el encapuchado se acerco a mí, llamando mi atención, me detuve para poder escuchar lo que quería.

-Hablad.- Dije incitando a que continuara con la explicación, como capitán debo atender las demandas de mis marineros, aunque sea solo a veces. –Os agradezco sinceramente vuestro aviso, no me gustaría tener que hacer con usted, lo que hice con el ‘’otro’’ lobo. Vuestro amigo… Gray Fenris, se encuentra en estos momentos ayudando al cocinero, o al menos eso espero que haga, debo advertiros, si vos, o ese otro lobo, compromete este navío o alguno de mis tripulantes durante, la próxima luna llena, os puedo asegurar que cuando todo acabe, tendré una piel de lobo, colgando en mi pared.- Dije mostrándole el garfio, dándole a entender que tras cazarlo, yo mismo lo despellejaría, no tenía intención ninguna de acabar con el ahora, puesto que me había pagado para quedarse en el navío y confiaba en que pudiera utilizar, sus habilidades para algo, pero no por haberme pagado iba a recibir un trato mejor que el resto.

-Si os soy sincero, no me importa saber de dónde, o como obtuvisteis esas joyas muchacho, el único caso es que vos estáis aquí. Ahora si me disculpáis, debo atender asuntos en mi camarote, cualquier cosa que necesiten, pregunten al contramaestre o al sr.Otul.- Dije con educación y un tono tranquilo, con lo cual tras terminar aquella conversación, decidí volverme dándole la espalda, para poder ir a mi camarote, aunque mis palabras sonaran desinteresadas, tenía cierta curiosidad de cómo había logrado aquellas joyas, pero ya tendría tiempo de preguntárselo más adelante.
Una vez en el camarote, no espere a nada ni nadie, con un paso, algo acelerado me acerque a mi despensa privada, tras cerrar la puerta, tome una botella de ron, la puse en mi mesa y después de tomar algunos mapas, me senté en mi silla, esperando poder decidir un rumbo claro tras nuestra estancia en la isla.

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Las horas transcurrían bastante rápidas, poco a poco me él reluciente sol del día, se ocultaba tras el horizonte, dando lugar a la noche, cubriendo el cielo con un hermoso manto de estrellas, amigas de muchos marineros que pasan largos días en la mar, pues gracias a ellas alguien puede ubicarse y considerar ciertas direcciones, llegando incluso a guiar a los náufragos hacia tierra.

Conforme avanzaba la noche, yo poco a poco empezaba a, marearme puesto que estaba bebiendo ron, desconocía lo que los marineros, hacían durante esta noche, puesto que realmente me encontraba absorto en mi trabajo, me lleve las manos a la frente, masajeándola tratando pensar y recapacitar, recordando buenos y malos momentos, fuere lo que fuere lo que nos esperaba en la isla, lo afrontaríamos como piratas, no podía evitar sentir curiosidad por los rumores de Pelegos, de seguro yo no era el único que los había escuchado, pero seguramente sería el único que había decidido hacerles caso, sin aviso previo algo me saco de mi concentración, unos pasos se escuchaban tras de mí, mientras que de la sombra aparecía un hombre el cual caminaba cojo, apoyándose con un bastón, mire hacia la nada y suspire, sabia de quien se trataba, cuando me di la vuelta para verle, pude ver un hombre de aspecto curtido, algo mayor quizás, pues esa persona tiene unos 45 años, aunque muy mal llevados, de aspecto fiero y figura imponente, su altura era casi igual que la mía midiendo un metro y ochenta centímetros, al igual que yo carecía de mano derecha llevando en esta al igual que yo un garfio, mientras que su cojera, era producida por falta de su pierna derecha, la cual había sido reemplazada por un ‘’cómodo’’ bastoncito de madera sujeto a su rodilla.

-Hola… Morgan.- Me saludo, llamándome por mi segundo nombre, puesto que él nunca pronunciaba mi primer nombre en mi presencia, su voz era ronca y se notaba gastada por la edad, haciendo que el sonido de esta fuera un tanto desagradable, pero a mí no lograba incomodarme, al observarle vi que estaba apoyado con su bastón en el sobaco, mientras que en su mano ‘’útil’’ portaba una de mis botellas de ron, si hay alguien en este navío que ose entrar en este camarote además del sr.Otul, solo podía ser el.

-Buenas noches, Sr. Blood.- Salude educado al hombre, quien sin pedir permiso ni ninguna otra cosa, se sentó en una silla quedando cara a cara conmigo, no sabía qué era lo que quería, pero algún motivo tenía que tener para interrumpir mi concentración.

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Algo que poca gente de este barco sabe, es que oficialmente, el Roció Carmesí, cuenta con dos piratas, que en su día ambos fueron capitán de este barco, el actual es Edward Morgan McCloud, conocido hoy en día como el Capitán Garfio, el otro es el actual maestro de armas, Bartholomew ‘’Saber’’ Blood, un temido bucanero cuya crueldad, fue un símbolo de los barcos a los que había abordado, pero ¿Por qué Edward, aceptaría a un enemigo entre su tripulación?
La respuesta se encuentra, en el pasado del verdadero capitán del Roció Carmesí.

Hace muchos años, Edward perdió la mano, pero tras ello desapareció para convertirse en un pirata, cosa que como todos los del navío saben perfectamente, consiguió, poco después de su regreso a la ‘’vida’’ como pirata, el navío sufrió un motín, el artífice de todo ello fue el capitán Blood, quien consideraba a Garfio un pirata de pacotilla, que no merecía poseer tan hermoso y impresionante navío, es por ello que organizo un motín, para relevar a Garfio de su puesto como capitán, cosa que consiguió expulsando al por aquel entonces joven capitán, el cual se convertiría en el hazmerreir de la piratería.
Edward paso un año entero buscando, su navío para dar caza de aquel bribón que se había aprovechado, para robarle el barco, muchos creen que cuando Garfio encontró su navío y tras derrotar al pirata que le traiciono, lo abrió en canal mas no fue exactamente así, cuando el capitán Morgan derroto al hombre conocido como el Sable, no le mato, pero sí que le hizo entender cuál era el castigo, con sus propias armas cerceno su pierna y su mano derecha, tulléndolo de por vida, pero aun así perdonándole la vida, para que pudiera vivirla con la vergüenza, de ver como el capitán Garfio, volvía ahora a ser el único y verdadero capitán del Roció Carmesí, pero su castigo que quedo allí, Morgan quiso demostrarle a Blood, que él jamás perdonaría su acción y es por ello, que tomo al hermano de Bartholomew y tras ordenar que lo ataran boca abajo en el mástil, lo destripo con su garfio, y tras ello Edward le hizo una oferta.

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Los tragos de ron se sucedían uno tras otro, mientras que yo y Bartholomew, charlábamos del pasado, hasta la fecha, Blood siempre me había sido leal debido a lo que hice con su hermano, fue listo y decidió no acabar como él, ese día aprendió una valiosa lección de mi parte, la traición se castiga, ¿Qué por qué no lo mate? Es muy fácil, su habilidad de combate y su inteligencia como lobo marino, me podían ser muy útiles, aunque siempre podía tratar de vengarse a mí no me preocupaba, confiaba lo suficiente en haberle hecho, suficiente daño como para saber, que traicionarme sale caro.

-Blood: Extraño mi pierna Morgan.- Me dijo nostálgico, aunque algo divertido por lo que le hice, entre piratas no es muy extraño bromear con la perdida de los miembros.

-Sabes que no me dejaste otra opción.- Le explique mientras daba un trago de ron, para después ofrecérselo, el pirata lo tomo con su mano y tras una sonrisa dio un trago.

-Blood: Así que tienes, nuevos reclutas, que no saben ni como, empuñar una espada… - Dijo suspirando negativo, mientras algunas gotas de ron, resbalaban por su desaliñada barba, las cuales seco con su manga, la cual lucia bastante mugrienta. -¿Qué quieres que haga con ellos?- Me pregunto con cierta intriga, aunque con un toque de malicia, sin duda su voluntad ya se había sometido a mí, ahora me era un hombre 100% leal, algo que aunque no podía comprender, me inspiraba alegría.

-Cuando desembarquemos en Pelegos, tu, los reclutas y yo mismo nos iremos al centro de la isla, para verificar un rumor.- Le explique, allí tendrían la oportunidad de probar sus aptitudes, para ver que podíamos hacer con ellos, ver si podían sernos de utilidad.
Bartholomew sabe cuáles son, mis verdaderas intenciones en cuanto a Pelegos, algo que en cierto modo le desagrada, pero sabe que por mucho que me dijese, no lograría cambiar nada, mi decisión estaba ya tomada y eso era lo único que ahora importaba.

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-¡TIERRA A LA VISTA, HACIA ESTRIBOR!-


El vigía nos advirtió a todos con un fuerte grito, despertando a los que aun dormían y avisando, a los que no habían pegado ojo en toda la noche, como por ejemplo el sr. Blood y yo, los cuales aun a pesar de haber estado bebiendo durante toda la noche, casi no se nos notaba el estado de embriaguez producido por el alcohol, desde donde nos encontrábamos todos podíamos prácticamente, apreciar la isla de Pelegos, la cual era de un tamaño considerable, sus playas de blanca y fina arena, no se adentraban mucho en la isla, seguramente habría unos 5 metros entre la orilla y los primeros vestigios de vegetación, cuando la marea subía, seguramente inundaría la parte más costera de aquel trozo de tierra flotante, su vegetación constaba al menos a simple vista en la mayoría de palmeras, no tardaríamos mucho en desembarcar y es por ello que no, no pude evitar esbozar una ligera sonrisa. El timonel viro hacia estribor, para que pudiéramos ir a tierra y aprovechando el leve trayecto que nos, quedaba hasta ‘’tierra’’ yo me dirigí a mi segundo al mando.

-Sr.Otul, por favor, vaya en busca de los nuevos ‘’marineros’’.- Dije dando mi orden a mi segundo al mando, el cual al igual que Bartholomew, estaba informado respecto a mis intenciones en la isla, pero a diferencia de el sr.Blood, Jack no desembarcaría conmigo sino que se quedaría vigilando este pozo de ratas para evitar que ninguno tuviese la feliz idea de traicionarme durante mi ausencia, o tendría que vérselas con él y el contramaestre.

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OFF ROL:
Gray, leí tu post anterior y pedí que te lo borraran, por favor no vuelvas a saltarte el turno, sino sabes cómo va, por favor pregunta a un compañero o envíame un MP a Tzekel’Khan, Garfio o a Hades, puedes utilizar tu post borrado, para hacer el de este turno, al menos en el tiempo que estabais en el barco hasta la llegada a la isla.

Bien vamos con el trayecto de mar-isla, durante ese trayecto podéis haber hecho lo que queráis, excepto matar PNJ, quemar el barco y demás cosas, para poder tener una partida más… amena todos os habéis conocido durante la cena, comiéndoos ese Fumet que han preparado Gray y Kalu, exceptuando este tramo de la cena, después podéis hacer lo que queráis hasta que llegamos a la isla.

El Sr.Otul irá a buscaros 1 a 1 personalmente, para deciros que Garfio os solicita, hablar con el de lo que queráis, pero nada de sacar nada del rumor, a menos que le preguntéis de que rumor se trata, el cual os voy a explicar en este Off. No podéis hablar todavía con Bartholomew, aunque si lo veréis al lado de Garfio.

~~Se dice que en el centro, de pelegos, se encuentra una joya, una enorme esmeralda, que en ella reside un enorme poder, que guiara a los aventureros hasta un tesoro, mayor que el de cualquier rey.~~

Ese es el rumor, que os contara Otul en caso de preguntarle, si es que lo hacéis, pero no os dirá nada más, por el resto ya sabéis, nada de Rambos, divertiros.

BARTHOLOMEW BLOOD:
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Mensaje por Gray Fenris el Dom Mar 03, 2013 2:01 am

Calle de estupefacción ante la morsa parlante frente a mio, no pude soportar una mueca de asombro y disgusto, sobre todo porque me reprendía acerca de mi Fumet, "¿que cocinas? agua con cabeza y espinas de pescados?" pero limite a contestarle a tan..."repulsivo" animal. -Maestro, la probé y la consistencia estaba demasiado tosca, así que agregue los ingredientes para que tomara mas fuerza.- pero sin escuchar mi respuesta el gigante caminaba de un lado a otro como si fuese el fin del mundo. -Esta la cesta donde pondrás el pescado. Mientras tú te vas yo me pondré a cortar los vegetales. Apúrate, por amor al cielo, apúrate. Si acabas antes de pescar, vuelve a la cocina y ayúdame a cortar las hortalizas y los vegetales. En cuyo caso, asegúrate de finalizar la tarea con la misma cantidad de dedos que ahora posees. No es que me importe, pero no quiero dedos ni sangre en mi Fumet.- Dijo la morsa mientras finalizaba su discurso y me entregaba una caña de pescar y me señalaba una cesta, casi tratando de arrancar de ahí, tome todo apresuradamente y salí corriendo del lugar mientras Crisofilax tomaba posición dentro de la cesta de mimbre. -Maldita morsa, cuando me baje de este barco te convertiré en ceviche.- susurre mientras subía las escaleras tranquilamente y el viento marino golpeaba mi nariz, salando, literalmente mis sentidos, estornudé un momento a causa de el cambio de temperatura, mientras caminaba a una baranda, sacaba mi cuchillo desollador de mis harapientos pantalones, lo dejaba dentro de la canasta y consecutivamente la dejaba en el piso, anudé el anzuelo y aseguro el plomo mientras lanzaba la lienza al mar con el poco de carnada que ya tenia y esperaba a que picara. Solo tomo un momento para que picara rápidamente, tire con fuerzas haciendo volar el pescado por el aire y haciéndolo caer en la cubierta, salpicando un poco de agua. Sonreí de felicidad al conseguir tal especie, no sabia que tipo de pescado era, pero a juzgar por el peso al tomarlo, bordearía unos 6 kg y mediría unos 55 cm. Tome rápidamente el cuchillo desollador y con un corte en la cavidad abdominal, corte ligeramente hacia la cabeza, con mi mano procedí a destriparlo, dejarlo en la cesta mientras usaba sus tripas de carnada, volvía a lanzar la red y proseguía con la rutina mientras me sentaba esperando a que algo picara, mientras silbaba una melodía al azar.

Habían pasado ya un par de horas para haber llenado la cesta con una gran cantidad de pescado, que al parecer, eran de la misma especie, tranquilamente me levante y cerré la cesta mientras caminaba devuelta a la cocina sosteniendo la caña a duras penas. Seguí el rumbo tranquilamente hasta llegar a la cocina nuevamente donde le tire la caña a un rincón y deje la cesta llena de pescado en un mesón desocupado y teñido por diversos cortes de frutas y verduras en el lugar. -Maestro, he traído una gran cantidad de pescado, la mayoría son grandes, los he destripado ya.- Deje el pescado mientras me proponía a ayudar en otros quehaceres de la cocina como ayudar a cortar verduras y mantener el orden en el lugar.
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Mensaje por Yvonne Baynham el Lun Mar 04, 2013 8:58 pm

El navío avanzaba lento y zigzagueante, pero inexorable a través del monótono paisaje dibujado por el cielo y el mar, seguido por el triste son de las olas. Unos pocos peces como diminutos espías recién formados saltaban sobre el nivel de las aguas bajas y ondulantes. El firmamento se había nublado levemente y el viento incansable soplaba sin pausa, empujando.

El humor de Yvonne se volvió tan triste y melancólico como los grises animales acuáticos que se adivinaban de vez en cuando bajo la capa marítima. Había un hecho ineludible que ya no podía ocultarse a sí misma. Cada kilómetro, cada paso lo acercaba a un destino incierto y a su encuentro con el futuro. Ni siquiera la suave melodía que un instrumento de cuerda le susurraba al oído desde algún lugar dentro del barco lograba tranquilizarla. El Hombre Etéreo era casi como un dios entre los hombres, siempre culto y competente; e Yvonne, que se sentía en deuda y un profundo agradecimiento, se encaminaba por propia voluntad hacia una isla que supuestamente desaparece a buscar una fortuna hasta ahora legendaria, sin avisarle de su ausencia.

Tenía miedo. Cada minuto que pasaba el temor se hacía más grande y su amargo sabor no se le quitaba de la boca. Lo que más deseaba en el mundo era escapar, pero sabía que eso era imposible. Lo cierto es que ni siquiera conocía un sitio al que poder escapar. No había un solo lugar en Noreth donde esconderse, si el Hombre Etéreo deseaba encontrarla. Los propios compañeros que habían seguido sus órdenes la habrían buscado para obligarla a asistir al encuentro de su jefe. En realidad, nada indicaba que la estuvieran buscando, y probablemente el hombre estaría satisfecho con la decisión de Yvonne de tomarse un tiempo para ella. De todas maneras, no podía deshacerse de la inquietud que la embargaba.

Vencarlo se había ido hacía media hora a cumplir con sus deberes, sin embargo ahora había vuelto y aguardaba con astucia que el miedo de la maga alcanzara su punto más alto antes de hablar. Así fue que en bajo las nubes, cuando el cielo plomizo era tan melancólico como el paisaje que los rodeaba, se acercó a Yvonne.

— ¿Quieres hablar de ello?

— ¿Para qué, Vencarlo?

— Tal vez te ayude.

— Nada puede ayudarme, porque no tengo problema.

— ¿Entonces por qué estás aquí desde hace horas, Yvonne? — preguntó con su característica sonrisa de bonachón.

Yvonne ya se estaba acostumbrando a la presencia del cite cerca. No parecía un mal hombre, sin embargo, había descubierto en su larga charla, que en realidad el hombre no era ni la mitad de tonto que lo que aparentaba ser. Su sonrisa era genuina, de eso no cabía duda, pero no por eso era lento ni torpe. En realidad Vencarlo unía las respuestas de Yvonne con asombrosa velocidad, llegando a conclusiones que ella no había querido revelar.

— El mar logra ponerme melancólica. El agua golpeando constantemente los costados del barco, mientras el casco la atraviesa rumbo a Palagos. El sonido de las olas es hipnótico. Admito que hay algo hermoso en hecho de viajar, pero también tiene efectos negativos, hay demasiado silencio— respondió con sosiego, mientras sus iris azules observaban la línea que dividía el horizonte.

El cite se acercó a su lado, apoyándose en la barandilla.

— En ocasiones, hace falta mucho valor personal para hacer lo que uno debe hacer— reveló con solemnidad, y eran las palabras que Yvonne necesitaba escuchar. La joven mujer le dio una mirada de soslayo para descubrir una sonrisa dibujada en el rostro cuidado de Vencarlo— Las mejores intenciones pueden a veces dar como resultado un gran daño.

Yvonne lanzó un leve suspiro que apenas pudo disimular, y se giró para perder de vista las aguas cada vez más oscuras. Se estaba haciendo de noche. ¿Cómo había podido ser tan ciega de olvidarlo? De las mejores intenciones puede resultar un gran mal. La amabilidad y las buenas intenciones pueden ser un insidioso camino hacia la destrucción. Había ignorado la segunda regla que todo mago debe tener presente al momento de enfrentarse a los problemas, es decir, en su vida diaria.

Cuando era joven y daba sus primeros pasos en la senda de la magia, Yvonne había tenido que aprender las Normas. Una tablilla con las diez pautas que los magos utilizan desde tiempos inmemoriales para conectarse a su don. Con el tiempo, estas deben cumplirse naturalmente, mas ella les había dado la espalda. Ignorando la segunda regla se había condenado a la culpa de haber “traicionado” a Eclipse, por haberse tomado un tiempo, que del que en realidad era merecedora. Por alguna razón, ahora que en su mente había recitado la norma, sentía su don propagarse con fuerza durante cada latido.

Sorprendida buscó a Vencarlo para mirarlo a los ojos, pero él ya no estaba allí, sino que había cruzado la cubierta principal.

— ¡Vamos a cenar, Yvonne! ¡Siente ese olor que viene desde dentro!

Estaban a principios de la primavera, y el crepúsculo traía una noche fresca, aunque no fría. El aroma a pescado y verduras de la cocina que había dentro del Rocío inundaba el barco y se mezclaba con el olor del mar. Las estrellas sobre su cabeza y las lunas recién nacidas avanzaban, pictóricas, sobre el horizonte e iluminaban dos brillantes senderos sobre el lecho del mar. Yvonne iba perdiendo la sensación de melancolía para cambiarla por un poco de temple. Había estado encerrada demasiado tiempo y cada momento que pasaba alejándose de la aburrida tanda de citas y ceremonias la llenaba de una impaciencia casi abrumadora.

De camino al comedor se les unió Sidorio, un hombrecillo panzón con ademanes peculiares y menos de una cabeza de Yvonne. El shike se había presentado a temprano por la tarde cuando vio a su amigo hablando con la que, según se comentaba en el barco, era una hechicera.

— ¡Qué bien sienta volver a viajar!— murmuró el hombre.

— ¿Es siempre así?— preguntó Yvonne en voz muy baja, pues conforme se acercaban el número de hombres crecía. — ¿Incluso después de tantos años de hacerlo?

— Siempre— respondió Vencarlo. — ¿Por qué crees que prefiero la vida de un marinero?

Cuando parecía que sus peores pensamientos se habían esfumado y un regocijo extraño se apoderaba de su estado de ánimo, llegaron al comedor. El improvisado comedor tenía algunas tablas gruesas, llenas de cortes y migas, que los marineros tenían como mesa. El contramaestre, bastante borracho, ocupaba al menos tres lugares con sus brazos sobre la mesa. Su presencia resaltaba porque era el único que no estaba hablando, gritando o riendo en carcajadas. Hacerse de un lugar no fue difícil, pues los marineros parecían preferir amontonarse en una punta con tal de esquivar a la hechicera.

Yvonne se sintió sonriente, evitando cruzar la mirada con el licántropo, no obstante por más que también lo hubo intentado, no lo logró con el otro humanoide. Ignorarlo era prácticamente imposible, se trataba de un Bereskarn de más de dos metros de altura. Por el tamaño de sus colmillos y el color del pelaje, resultaba fácil adivinar su edad adulta; y a juzgar por su parsimonia, no estaba acostumbrado a rodearse de humanos. La maga, que había se había cruzado con algunos ejemplares de esa raza, entendía que eran muy territoriales y bélicos. Le resultaba raro que estuviese allí.

— ¿Quieres?— era Vencarlo, tendiéndole un cuenco con sopa de pescado.

Yvonne se giró, aunque sus ojos aún miraban el abismo.

— Oh, gracias— contestó volviendo en sí.

En general la comida estuvo satisfactoria, y aunque esquivó aposta comer pedazos de pescado, saboreó la mezcla de verduras mientras tomaba el caldo. La fama de los Bereskarn como cocineros estaba bien merecida. Al menos sirven para algo, comprobó una sonriente Yvonne.

La charla de sobremesa fue bastante interesante y larga, los piratas fueron perdiendo el miedo y hablando cada vez más, hasta que los comentarios sobre “la hechicera” se vieron reemplazados por historias de sirenas, tesoros y… alcohol. Mucho alcohol. La noche transcurrió tan rápida como los vientos que empujaban el Rocío de camino a Palagos. Según Vencarlo, ya había estado alguna vez por allí y la isla no tenía nada de particular, sin embargo cuando la noticia de que había tierra a la vista llegó al improvisado comedor, trajo a un emisario del capitán.

El señor Otul entró con un aire ausente que borró cuando los pocos marineros que quedaban, levantaron su jarra “brindando” a su nombre. El segundo oficial del barco se acercó a Yvonne con presteza, y habiéndole advertido que venía en nombre del capitán, asintió hacia Vencarlo antes de alejarse de la mesa. La maga se apresuró para seguirle hacia donde estaba Garfio, con un ligero reproche en el estómago debido a los nervios.

— ¿Ha pasado algo, señor?

— Me temo que no, señorita Rione. Estamos llegando a la isla, y el capitán la espera— le señaló a donde estaba Garfio.

Al lado de la figura imponente del capitán del Rocío Carmesí había un hombre que Yvonne no podía identificar. Este no había estado en el comedor, ni había trabajado en el barco antes de que anocheciera, sin embargo la maga evitó deliberadamente prestarle más atención que al hombre imbuido en ropajes carmesíes y dorados. Cuando quiso acordar, Jack Otul ya había desaparecido otra vez.

— Capitán— saludó cortésmente, inclinándose con parquedad para demostrarle respeto.


Yvonne

¿Así que crees que yo también quiero una firma con tu nombre, Invitado?
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